Índice
El asesinato de Cenicienta
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
Capítulo 78
Capítulo 79
Capítulo 80
Epílogo
Agradecimientos
Biografía
Créditos
Mary Higgins Clark nació en Nueva York y cursó estudios en la Universidad de Fordham. Está considerada una de las más destacadas autoras del género de intriga, y sus obras alcanzan invariablemente los primeros puestos en las listas de best sellers internacionales.
Para más información, visite la página web: www.maryhigginsclark.com
Alafair Burke nació en Florida en 1969. Después de graduarse con honores en la Stanford Law School de California, trabajó en la fiscalía del estado en Oregón. Actualmente, vive en Nueva York y combina su actividad como catedrática de derecho en la Universidad Hofstra con la de escritora de novelas policíacas. El asesinato de Cenicienta es la primera obra que ha escrito a cuatro manos con Mary Higgins Clark.
Título original: The Cinderella Murder
Edición en formato digital: noviembre de 2015
© 2014, Mary Higgins Clark
Todos los derechos reservados. Publicado por acuerdo con la editorial original, Simon & Schuster, Inc.
© 2015, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
© 2015, Matuca Fernández de Villavicencio, por la traducción
Diseño de portada: Loles Sarget
Ilustración de portada: © Christie Gardner / Thinkstock
Penguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright. El copyright estimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyright al no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.
ISBN: 978-84-6633-329-0
Composición digital: M.I. maqueta, S.C.P.
www.megustaleer.com


MARY HIGGINS CLARK
y Alafair Burke
El asesinato de Cenicienta
Traducción de
Matuca Fernández de Villavicencio

www.megustaleerebooks.com
Para Andrew y Taylor Clark,
los recién casados, con amor
Querido lector:
Mi editor tuvo una idea que me encantó: crear, en colaboración con otra escritora, una serie de novelas utilizando los personajes principales de Asesinato en directo. Alafair Burke, autora de suspense a la que admiro desde hace tiempo, y yo hemos escrito, conjuntamente, El asesinato de Cenicienta. En esta novela, y en las siguientes, testigos, amigos y familiares de casos no resueltos serán convocados, años más tarde, para aparecer en un programa de televisión con la esperanza de sacar a la luz pistas que investigaciones anteriores pasaron por alto. Espero que la historia os guste.
MARY HIGGINS CLARK
1
Las dos de la madrugada. Qué puntual, pensó, apesadumbrada, Rosemary Dempsey, al tiempo que abría los ojos y se revolvía en la cama. Siempre que tenía por delante un día especial, se despertaba inevitablemente en mitad de la noche, inquieta, segura de que algo iba a salir mal.
Siempre había sido así, incluso en su infancia. Y ahora, a sus cincuenta y cinco años, felizmente casada desde hacía treinta y dos y con una hija guapa y brillante de diecinueve llamada Susan, Rosemary seguía siendo una eterna sufridora, una Casandra viviente. «Algo va a salir mal.»
Gracias una vez más, mamá, pensó. Gracias por todas las veces que contuviste la respiración, convencida de que la tarta invertida que tanto me gustaba hacerle a papá se desmoronaría; pero solo ocurrió la primera vez, cuando yo tenía ocho años. Las demás salieron perfectas. Estaba tan orgullosa... Y en un cumpleaños de papá, cuando yo tenía dieciocho, me contaste que siempre le hacías una tarta de reserva. Me enfadé tanto que, en el único acto de rebeldía que soy capaz de recordar, tiré a la basura la tarta que yo había preparado.
Tú te echaste a reír y luego intentaste arreglarlo.
—Tienes talento para muchas cosas, Rosie, pero tienes que reconocer que eres un poco torpe para la cocina.
Y, por supuesto, no dejabas de recordarme lo torpe que era en otras cosas, pensó Rosemary. «Rosie, cuando hagas la cama asegúrate de que la colcha caiga igual por los dos lados. Solo te llevará un minuto más hacerlo bien.» «Ten cuidado, Rosie. Cuando leas una revista, luego no la dejes tirada de cualquier manera sobre la mesa. Ponla encima de las otras.»
Y ahora, pese a saber que soy capaz de organizar una fiesta y preparar una tarta, siempre tengo el presentimiento de que algo va a salir mal, pensó Rosemary.
Ese día, no obstante, su aprensión estaba justificada. Jack cumplía sesenta años y esa noche sesenta de sus amigos se reunirían en la casa para celebrarlo; cócteles y una cena bufet servida en la terraza por el infalible servicio de catering. La predicción del tiempo era inmejorable: veintiún grados y el cielo despejado.
Era 7 de mayo en Silicon Valley, lo que significaba que las flores se hallaban en plena floración. La casa de sus sueños, la tercera desde su llegada a San Mateo treinta y dos años atrás, imitaba el estilo de una casa rústica de la Toscana. Cada vez que Rosemary subía con el coche por el camino que conducía a su hogar, volvía a enamorarse de ella.
Todo irá bien, se dijo con impaciencia. Y, como siempre, prepararé la tarta de chocolate invertida y saldrá perfecta y nuestros amigos lo pasarán de maravilla y comentarán lo fantástica que soy. «Tus fiestas son siempre un éxito, Rosie... La cena estaba deliciosa... Tienes la casa preciosa...», etcétera, etcétera. Y por dentro seré un manojo de nervios, pensó, un auténtico manojo de nervios.
Con cuidado para no despertar a Jack, deslizó su cuerpo delgado por la cama hasta pegar su hombro al de él. La respiración acompasada de su marido le dijo que Jack estaba disfrutando de su habitual sueño apacible. Merecía ese descanso, con lo mucho que trabajaba. Como hacía siempre que intentaba vencer uno de sus ataques de angustia, Rosemary recordó todas las cosas buenas que había en su vida, empezando por el día en que conoció a Jack en el campus de la Universidad Marquette. Ella estaba estudiando una diplomatura y él cursando la carrera de Derecho. Fue amor a primera vista. Se casaron cuando ella terminó la universidad. A Jack le fascinaba el desarrollo de las tecnologías y cada vez hablaba más de robots, de telecomunicaciones, de microprocesadores y de algo llamado conexión entre redes. Al cabo de un año se mudaron al norte de California.
Yo siempre quise vivir en Milwaukee, pensó Rosemary. Aún hoy volvería allí sin pensármelo dos veces. A diferencia de la mayoría de la gente, me encantan los inviernos fríos. Pero no puedo negar que en California nos ha ido bien. Jack dirige el departamento legal de Valley Tech, una de las empresas de investigación y desarrollo más importantes del país. Y Susan nació aquí. Después de más de una década buscando ese bebé que tanto ansiábamos y por el que tanto rezábamos, finalmente lo tuvimos en nuestros brazos.
Rosemary soltó un suspiro. Para su desgracia, Susan, su única hija, era californiana de los pies a la cabeza. Se reía ante la idea de mudarse a otro lugar. Rosemary intentó apartar de su mente el desagradable pensamiento de que el año anterior Susan había elegido ir a UCLA, una universidad estupenda pero a cinco horas en coche. La Universidad de Stanford, que estaba más cerca de casa, la había aceptado, pero ella corrió a matricularse en UCLA, probablemente porque el inútil de su novio, Keith Ratner, estudiaba allí. Señor, pensó Rosemary, no permitas que mi hija acabe fugándose con él.
La última vez que miró la hora eran las tres y media, y se durmió con el insoportable presentimiento de que ese día, algo terrible iba a ocurrir.
2
Rosemary se despertó a las ocho, una hora más tarde de lo habitual. Consternada, saltó de la cama, se puso la bata y bajó a toda prisa.
Jack estaba todavía en la cocina, con un bagel tostado en una mano y una taza de café en la otra. Vestía camisa deportiva y pantalones de color caqui.
—Feliz cumpleaños, cariño —dijo Rosemary—. No te oí levantarte.
Su marido sonrió, engulló el último bocado de bagel y dejó la taza sobre la encimera.
—¿No me das un beso por mi cumpleaños?
—Te daré sesenta —le prometió ella mientras notaba los brazos de él alrededor de la cintura.
Jack le pasaba unos treinta centímetros. Cuando Rosemary llevaba tacones no era tanta la diferencia, pero cuando iba en zapatillas él parecía un gigante a su lado.
Su marido siempre le hacía sonreír. Era un hombre guapo. Tenía una espesa mata de pelo, ahora más gris que rubia, un cuerpo delgado y musculoso y un rostro bronceado que acentuaba el azul oscuro de sus ojos.
Susan se parecía mucho más a él, tanto en el físico como en el carácter. Era alta y delgada, con una larga melena rubia, ojos azul oscuro y facciones clásicas. Poseía el cerebro de su padre. Dotada para la tecnología, era la mejor estudiante del laboratorio de informática y destacaba igualmente en las clases de arte dramático.
Al lado de su marido y de su hija, Rosemary siempre tenía la sensación de que desaparecía en un segundo plano. También esa había sido la percepción de su madre. «Rosie, ese pelo castaño sucio necesita urgentemente unas mechas.»
Ahora, aunque se hacía reflejos, Rosemary seguía pensando que el color de su pelo era «castaño sucio».
Jack disfrutó de su largo beso y la dejó ir.
—No te enfades conmigo —dijo—, pero estaba pensando en hacer unos cuantos hoyos en el club antes de la fiesta.
—Lo suponía. ¡Bien por ti! —exclamó Rosemary.
—¿No te importa que te abandone? Sé que no tengo la más mínima posibilidad de que me acompañes.
Rieron. Jack sabía de sobras que su mujer se pasaría el día cuidando hasta el último detalle de la fiesta.
Ella cogió la cafetera.
—Tómate otra taza conmigo.
—Por supuesto. —Él se volvió hacia la ventana—. Me alegro de que haga tan buen día. Me desquicia que Susan conduzca cuando llueve, pero las predicciones para este fin de semana son excelentes.
—Y a mí me desquicia que tenga que marcharse mañana a primera hora —añadió ella.
—Lo sé, pero es buena conductora y lo bastante joven para que no le afecten los trayectos largos. De todos modos, recuérdame que le diga que debe cambiar de coche. Tiene dos años y ya ha visitado demasiadas veces el taller. —Jack apuró su café—. Me voy. Volveré sobre las cuatro. —Plantó un beso en la frente de Rosemary y se marchó.
A las tres de la tarde, Rosemary se alejó de la mesa de la cocina con una sonrisa de satisfacción. La tarta de cumpleaños de Jack había quedado perfecta. No se había desprendido una sola miga cuando la giró y levantó el molde. La cobertura de chocolate, receta personal, había quedado bastante lisa y sobre ella podían leerse, escritas con mimo, las palabras FELIZ 60 CUMPLEAÑOS, JACK.
Todo está listo, pensó. Entonces ¿por qué no consigo relajarme?
3
Cuarenta y cinco minutos después, justo cuando Rosemary esperaba que Jack apareciera por la puerta, sonó el teléfono. Era Susan.
—Mamá, tenía que reunir el valor para decírtelo. Esta noche no puedo ir a casa.
—¡Oh, Susan, papá se llevará un gran disgusto!
La voz joven y entusiasta, casi entrecortada, de Susan, dijo:
—No te he llamado antes porque aún no lo sabía con seguridad. Mamá, esta noche he quedado con Frank Parker para que me haga una prueba para su nueva película. —Se serenó un poco—. Mamá, ¿te acuerdas de mi actuación en la obra Después de la oscuridad que representamos antes de Navidad?
—¿Cómo no voy a acordarme? —Rosemary y Jack habían volado a Los Ángeles para ver la obra de teatro en el campus desde la tercera fila—. Estuviste fantástica.
Susan rió.
—Qué vas a decir si eres mi madre. ¿Y te acuerdas de Edwin Lange, el agente de casting que dijo que quería ficharme?
—Sí, y no volviste a saber de él.
—Pues resulta que sí he vuelto a saber de él. Me dijo que Frank Parker había visto la cinta de la obra. Edwin la había grabado y se la enseñó. Por lo visto a Frank Parker le encantó y está considerando la posibilidad de darme el papel protagonista de su nueva película. Transcurre en un campus y está buscando a estudiantes universitarios. Edwin quiere presentármelo. ¿Puedes creerlo, mamá? Aunque es pronto para cantar victoria, no puedo dar crédito a mi suerte. Es demasiado bueno para ser verdad. ¿Te imaginas que consiguiera un papel, y además el de la protagonista?
—Tranquilízate o te dará una ataque —le advirtió Rosemary—, y entonces no habrá papel que valga.
Sonrió y se imaginó a su hija irradiando energía por todos los poros, jugueteando con su larga melena rubia, sus maravillosos ojos azules brillando.
El trimestre está a punto de acabar, pensó. Si Susan consiguiese un papel en esa película, sería una gran experiencia para ella.
—Seguro que papá lo entenderá, Susan, pero no te olvides de llamarle.
—Lo intentaré, mamá, pero he quedado con Edwin dentro de cinco minutos para repasar la cinta y ensayar, porque dice que Frank Parker querrá que lea para él. No sé cuánto tiempo nos llevará. Vosotros estaréis con la fiesta y no oiréis el teléfono. ¿Qué te parece si le llamo mañana?
—Me parece bien. La fiesta es de seis a diez, pero la gente suele quedarse más rato.
—Dale un beso de cumpleaños de mi parte.
—Lo haré. Y tú deja a ese director con la boca abierta.
—Lo intentaré.
—Te quiero, cielo.
—Y yo a ti, mamá.
Rosemary no se había acostumbrado aún al brusco silencio que seguía cuando se apagaba un móvil.
Cuando el teléfono sonó a la mañana siguiente, Jack cerró el periódico de golpe.
—Esa es nuestra niña. Un poco pronto para una estudiante siendo domingo.
Pero la llamada no era de Susan; era del Departamento de Policía de Los Ángeles. Tenían malas noticias. Una joven había sido hallada en Laurel Canyon Park justo antes de que amaneciese. Al parecer, la habían estrangulado. No querían alarmarles innecesariamente, pero habían recuperado el permiso de conducir de su hija de un bolso que se encontraba a quince metros del cuerpo. La mano de la chica estaba aferrada a un móvil y el último número marcado era el de ellos.
4
Laurie Moran se detuvo camino de su despacho, situado en el número 15 del Rockefeller Center, para admirar el océano de tulipanes rojos y amarillos que adornaban los Channel Gardens. Los jardines, cuyo nombre hacía referencia al canal de la Mancha porque separaban los Empire Buildings francés y británico, siempre rebosaban de flores exuberantes de vivos colores. Los tulipanes no podían competir con el árbol de Navidad de la plaza, pero la aparición de plantas nuevas a lo largo de la primavera siempre hacía que a Laurie le resultara más fácil despedirse de su estación favorita en la ciudad. Aunque otros neoyorquinos se quejaban de las hordas de turistas en Navidad, a Laurie el aire frío y los adornos navideños le alegraban el corazón.
Un padre estaba fotografiando a su hijo delante de la tienda de Lego, junto al dinosaurio gigante. Cuando Timmy, su hijo, iba a verla al trabajo, siempre tenía que recorrerse toda la tienda para ver las últimas creaciones.
—¿Cuánto tiempo crees que tardaron en hacer el dinosaurio, papá? ¿Cuántas piezas crees que tiene?
El muchacho miraba a su padre con la certeza de que tenía todas las respuestas. Laurie sintió una punzada de tristeza al recordar que Timmy miraba a Greg con esa misma admiración expectante. El padre se dio cuenta de que los estaba observando y Laurie desvió la mirada.
—Perdone, señorita, ¿le importaría hacernos una foto?
Laurie, de treinta y siete años, había descubierto hacía tiempo que la gente la veía como una persona amable y accesible. Esbelta, con el cabello rubio miel y unos ojos color avellana claro, normalmente era descrita como una mujer «guapa» y «con clase». Lucía una sencilla melena hasta los hombros y raras veces se maquillaba. Era atractiva pero no intimidaba. Era la clase de mujer que la gente paraba por la calle para pedirle indicaciones o, como en este caso, para que ejerciera de fotógrafa aficionada.
—Claro que no —dijo.
El hombre le tendió el móvil.
—Estos artilugios son fantásticos, pero todas nuestras fotos de familia están hechas a un brazo de distancia. Estaría bien tener algo que enseñar aparte de selfies.
Se colocó detrás de su hijo mientras Laurie retrocedía para abarcar todo el dinosaurio.
—Sonrían —dijo.
Esbozaron una sonrisa blanca y radiante. Padre e hijo, pensó Laurie con nostalgia.
El hombre le dio las gracias cuando ella le devolvió el teléfono.
—No esperábamos que los neoyorquinos fueran tan amables.
—Créame, la mayoría lo somos —le aseguró Laurie—. Pida indicaciones a los neoyorquinos y nueve de cada diez se prestarán a ayudarle.
Sonrió al recordar el día que estaba cruzando el Rockefeller Center con Donna Hanover, la ex primera dama de Nueva York, y un turista le tocó el brazo y le preguntó si conocía bien la ciudad. Donna se dio la vuelta y le explicó por dónde debía ir. «Está a solo dos manzanas de...» Todavía sonriendo, Laurie cruzó la calle y entró en las oficinas de Fisher Blake Studios. Bajó del ascensor en la vigésimo quinta planta y se dirigió con paso rápido a su despacho.
Grace García y Jerry Klein ya estaban trabajando en sus respectivos cubículos. Cuando vieron a Laurie, Grace fue la primera en saltar de la silla.
—Hola.
Grace, de veintiséis años, era la ayudante de Laurie. Como de costumbre, su rostro con forma de corazón exhibía una generosa pero impecable capa de maquillaje. Ese día, la camaleónica cabellera de color negro azabache estaba recogida en una coleta alta. Llevaba un vestido mini azul, mallas negras y unas botas de tacón de aguja con las que Laurie ya se habría dado de bruces contra el suelo.
Jerry, que vestía una de sus características chaquetas de punto, abandonó sin prisas su mesa para seguir a Laurie hasta el despacho. Pese a los tacones kilométricos de Grace, el cuerpo alto y larguirucho de Jerry sobresalía. Solo tenía un año más que su compañera, pero llevaba en la empresa desde sus tiempos de universidad. Había pasado de becario a ayudante de producción al que valoraban, y acababa de ser ascendido a productor adjunto. De no ser por la dedicación de Grace y Jerry, Laurie no habría conseguido que su programa Bajo sospecha despegara.
—¿Qué pasa? —preguntó Laurie—. Os comportáis como si en el despacho me esperara una fiesta sorpresa.
—No vas desencaminada —dijo Jerry—. Solo que la sorpresa no está en tu despacho.
—Sino aquí —dijo Grace tendiéndole un sobre grande de correos.
En la parte del remitente aparecía escrito: ROSEMARY DEMPSEY, OAKLAND, CALIFORNIA. El precinto estaba abierto.
—Lo siento, le hemos echado un vistazo.
—¿Y?
—Acepta —aulló Jerry—. Rosemary Dempsey accede a participar y ha firmado en la línea de puntos. Felicidades, Laurie. El siguiente caso de Bajo sospecha será el Asesinato de Cenicienta.
Grace y Jerry ocuparon su lugar habitual en el sofá de cuero blanco, debajo de los ventanales con vistas a la pista de hielo. En ningún sitio se sentía Laurie tan segura como en su casa, pero su despacho —espacioso, elegante, moderno— simbolizaba sus años de duro trabajo. En esa estancia obtenía sus mejores resultados. En esa estancia ella era la jefa.
Se detuvo frente a su mesa para, en silencio, dar los buenos días a una fotografía. Hecha en East Hampton, en la casa de la playa de un amigo, era la última instantánea en familia de Greg, Timmy y ella. Hasta el año anterior Laurie se había negado a tener fotos de Greg en su despacho, convencida de que solo harían recordar a la gente que su marido había sido asesinado y que su caso seguía abierto. Ahora se aseguraba de mirar la foto por lo menos una vez al día.
Finalizado su ritual matutino, se sentó en el sillón giratorio gris, de cara al sofá, y hojeó el acuerdo que la señora Dempsey había firmado y que indicaba su deseo de participar en Bajo sospecha. La idea de un reality show que revisara crímenes no resueltos había sido de Laurie. En lugar de utilizar actores, la serie ofrecía a los familiares y amigos de la víctima la oportunidad de narrar el crimen desde su punto de vista. Aunque la cadena había recibido la idea con cautela —por no hablar de ciertos fracasos profesionales de Laurie—, el proyecto de filmar una serie de especiales despegó. La primera entrega no solo había disparado los índices de audiencia, sino que había conducido a la resolución del caso.
Había transcurrido casi un año desde la emisión de «La Gala de Graduación». Desde entonces habían estudiado y rechazado docenas de asesinatos sin resolver porque ninguno cumplía un requisito fundamental: que los familiares y amigos más cercanos de la víctima, algunos de los cuales permanecían «bajo sospecha», participaran en el programa.
De todos los casos no cerrados que Laurie había estudiado para el segundo episodio, el asesinato, hacía dos décadas, de Susan Dempsey, de diecinueve años, había sido su primera elección. El padre de Susan había fallecido tres años atrás, pero Laurie localizó a Rosemary, la madre. Aunque la mujer agradecía todo esfuerzo por descubrir quién había matado a su hija, dijo que estaba muy «quemada» por sus experiencias con gente que le había tendido una mano con anterioridad. Quería estar segura de que Laurie y el programa respetarían la memoria de Susan. La firma del acuerdo significaba que Laurie se había ganado su confianza.
—Debemos actuar con cautela —les recordó a Grace y a Jerry—. El apodo de «Cenicienta» lo creó la prensa, y la madre de Susan lo detesta. Cuando hablemos con los familiares y amigos utilizaremos siempre el nombre de la víctima, Susan.
Un periodista de Los Angeles Times se había referido al caso como «El asesinato de Cenicienta» porque a Susan le faltaba un zapato cuando fue descubierta en el Laurel Canyon Park de Hollywood Hills, al sur de Mulholland Drive. Aunque la policía encontró el otro zapato cerca de la entrada del parque —presuntamente se le había caído mientras intentaba escapar de su asesino—, la imagen de un zapato de salón sin pareja se convirtió en el detalle que tocaría la fibra sensible del público.
—Es un caso perfecto para el programa —comentó Jerry—. Una universitaria guapa e inteligente, por lo que tenemos el atractivo escenario de UCLA. Las vistas de Laurel Canyon Park desde Mulholland Drive son magníficas. Si conseguimos localizar al dueño del perro que encontró el cuerpo de Susan, podríamos filmar una toma junto a la pista canina a la que se dirigía esa mañana.
—Por no mencionar el hecho —añadió Grace— de que el director de cine Frank Parker fue la última persona, que se sepa, que vio a Susan viva. Ahora lo llaman el nuevo Woody Allen. Antes de casarse tenía fama de mujeriego.
El director Frank Parker tenía treinta y cuatro años cuando Susan Dempsey fue asesinada. Creador de tres películas independientes, había gozado de éxito suficiente para contar con el respaldo de la productora para su siguiente proyecto. Casi todo el mundo había oído hablar por primera vez de él y de ese proyecto porque, la noche que mataron a Susan, había estado haciéndole una prueba para un papel.
Uno de los retos de Bajo sospecha era convencer a las personas cercanas a la víctima para que participaran en el programa. Unas, como Rosemary, la madre de Susan, deseaban dar un nuevo impulso a la investigación del caso. Otras quizá ansiaran limpiar sus nombres después de vivir, como indicaba el título del programa, bajo una nube de sospecha. Y unas cuantas, como Laurie había esperado que fuera el caso de Frank Parker, podrían acceder de mala gana para aparecer ante el público como personas solidarias y dispuestas a colaborar. Siempre que surgían rumores sobre el caso de Cenicienta, los representantes de Parker se apresuraban a recordar al público que la policía lo había descartado oficialmente como sospechoso. Pero el hombre seguía teniendo una reputación que salvaguardar y no querría ser visto como el obstructor de una investigación que podía conducir a la resolución de un asesinato.
Parker era en esos momentos un director nominado por la Academia.
—Acabo de leer la reseña de su próxima película —dijo Grace—. Por lo visto es una seria candidata a los Oscar.
—Esa podría ser nuestra oportunidad para conseguir que se implique en el programa —señaló Laurie—. No le vendría mal toda esa atención cuando lleguen los Oscar. —Empezó a tomar apuntes en una libreta—. Nuestro siguiente paso será ponernos en contacto con las personas más allegadas a Susan. Llamaremos a toda la gente de la lista: sus compañeras de cuarto, su agente, sus compañeros de clase, su pareja de laboratorio.
—Tacha al agente —dijo Jerry—. Edwin Lange murió hace cuatro años.
Una persona menos para las cámaras, pero la ausencia del agente no afectaría a la reinvestigación del caso. Edwin había quedado aquella tarde con Susan para ensayar el texto antes de la audición, pero le telefonearon para decirle que su madre había sufrido un ataque al corazón. Se subió inmediatamente al coche y se pasó todo el trayecto hasta Phoenix llamando a familiares desde el móvil. Cuando se enteró de la muerte de Susan se quedó conmocionado, pero la policía nunca lo consideró sospechoso o testigo material.
Laurie prosiguió con la lista de las personas con las que debían contactar.
—Es especialmente importante para Rosemary que nos aseguremos la presencia de Keith Ratner, el novio de Susan. Supuestamente, se hallaba de voluntario en un acto, pero Rosemary lo despreciaba y está convencida de que tuvo algo que ver. Sigue en Hollywood trabajando de actor de reparto. Yo me encargaré de esa llamada y de la de Parker. Ahora que la madre de