La vida frenética de Kate

Allison Pearson

Fragmento

Para Evie, con amor

Juegos malabares: m. pl. 1. Ejercicios de agilidad y destreza que se practican generalmente como espectáculo, manteniendo diversos objetos en equilibrio inestable, lanzándolos a lo alto y recogiéndolos, etc. 2. Combinaciones artificiosas de conceptos con que se pretende deslumbrar al público.

Malabarista: com. 1. Persona que hace juegos malabares. 2. Chile. Persona que roba o quita algo con astucia.

Diccionario de la Lengua Española,

Real Academia Española,

vigésima segunda edición

The wheels on the bus go round and round,

Round and round, round and round,

The wheels on the bus go round and round,

All day long.

The babies on the bus go Waah, Waah, Waah,

Waah, Waah, Waah, Waah, Waah, Waah,

The babies on the bus go Waah, Waah, Waah,

All day long.

The mummies on the bus go Shh, Shh, Shh,

Shh, Shh, Shh, Shh, Shh, Shh,

The mummies on the bus go Shh, Shh, Shh,

All day long.[*]

Tradicional

PRIMERA PARTE

PRIMERA PARTE

1. EN CASA

1

EN CASA

1.37 de la madrugada. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Me lo puede decir alguien? No a esta cocina, me refiero a esta vida. Es la mañana del recital de villancicos de la escuela y estoy golpeando pastelillos de frutas; no, digámoslo claramente, lo que estoy haciendo es deslucir los pastelillos, un proceso mucho más delicado y sutil.

Les quito el lujoso envoltorio de Sainsbury, extraigo los pasteles de sus moldes de aluminio, los coloco en una tabla de carnicero y hago caer sobre sus caras inocentes y harinosas el rollo pastelero. No es tan fácil como suena, creedme. Si les das con demasiada fuerza, se desmoronan, con una especie de reverencia de dama gorda, con sus faldas de masa abultándose hacia los lados, y la fruta empieza a rezumar. Pero con un firme movimiento descendente —imaginad la suficiente presión como para aplastar un pequeño escarabajo— puedes provocar un desmigajamiento, como un pequeño desprendimiento de tierras, que les dará una agradable apariencia de cosa hecha en casa. Y «hecho en casa» es lo que yo persigo. En casa es donde está el corazón. En casa es donde está una buena madre, haciendo pasteles para sus hijos.

Todo este jaleo es debido a una carta que Emily trajo de la escuela hace diez días y que ahora está sujeta a la nevera con un imán de Tinky Winky; en esa carta se pedía «si los padres podrían hacer, por favor, una aportación voluntaria de comida o refrescos» para la fiesta de Navidad que hay siempre después de los villancicos. La nota está impresa en color rojo fresa y al final, junto a la firma de miss Empson, hay un muñeco de nieve tocado con un birrete y que esboza una tímida sonrisa. Pero no hay que dejarse engañar por el esforzado tono relajado ni por el estallido de signos de exclamación, símbolo de camaradería. No, no. Las notas de la escuela están escritas en clave, una clave enterrada tan astutamente en el texto que solo podrían descifrarla los de Bletchley Park[*] o las mujeres que se sienten culpables y se encuentran en un avanzado estado de falta de sueño.

Cojamos la palabra «padres», por ejemplo. Cuando escriben «padres» lo que de verdad quieren decir es «madres». (¿Acaso un padre que tiene una esposa en casa ha leído alguna vez una nota de la escuela? Técnicamente no es imposible, supongo, pero en ese caso la nota será una invitación a una fiesta y, además, una invitación a una fiesta que se habrá celebrado hace ya diez días.) ¿Y «voluntario»? «Voluntario» es lo que los maestros escriben cuando quieren decir «Bajo pena de muerte y/o de que su hijo no consiga entrar en la escuela secundaria que usted elija». En cuanto a «aportación de comida y refrescos», podéis tener por seguro que no se trata de algo comprado por una madre perezosa y tramposa en el supermercado.

¿Que cómo lo sé? Porque todavía recuerdo la mirada que mi madre cruzó con Mrs. Frieda Davies en 1974, durante la fiesta de la Cosecha, cuando un niño con una polvorienta parka verde se acercó al altar con dos latas de melocotones en almíbar, marca Libby’s, metidas en una caja de zapatos. Aquella mirada no se me olvidará nunca. Decía: «Hay que ser muy ruin y perezosa para celebrar la generosidad del Señor con una cosa cualquiera comprada en el último momento en el supermercado de la esquina, cuando está claro que lo que Dios quiere es un surtido de frutas en una cesta envuelta con un bonito papel de celofán. O una trenza de pan». El pan de Frieda Davies, que sus gemelos paseaban por toda la iglesia, estaba tan bien trabajado que se parecía a las apretadas trenzas de una doncella renana.

—Mira, Katharine —me explicó Mrs. Davies más tarde haciendo aquel ruidito desaprobador, una especie de estornudo hacia arriba, desde sus senos nasales, mientras tomaba pastas de té—, hay madres que hacen el esfuerzo, como tu mamá y yo. Y luego está esa otra gente que —largo resoplido— no hace ese esfuerzo.

Por supuesto, yo ya sabía quiénes eran. Mujeres que se saltan las cosas a la torera. Ya en 1974, se había empezado a extender un lenguaje vejatorio contra las madres que trabajaban fuera de casa. Mujeres que llevaban trajes sastre y que incluso, se decía, dejaban que sus hijos vieran la televisión cuando todavía era de día. Eran criaturas que llevaban adheridos rumores de dejadez, igual que el polvo se adhería a las guías de sus cortinas.

Así que ya veis, antes de que tuviera realmente la edad necesaria para saber qué significaba ser una mujer, ya comprendía que el mundo de las mujeres estaba dividido en dos: estaban las madres como deben ser, sacrificadas horneadoras de tartas de manzana y requetelimpias supervisoras del baño... y estaban las demás. Ahora, a mis treinta y cinco años, sé perfectamente a qué clase pertenezco yo y supongo que eso es lo que estoy haciendo aquí en la madrugada del 13 de diciembre, dándole a los pastelillos con un rodillo para que tengan aspecto de haber sido hechos por una madre. Antes, las mujeres tenían tiempo de hacer pasteles y tenían que fingir orgasmos, pero lo que nosotras tenemos que fingir son los pasteles. Y a esto le llaman progreso.

—Mierda. Mierda. ¿Dónde ha escondido Paula el cedazo?

—Kate, ¿qué demonios estás haciendo? Son las dos de la madrugada.

Richard está en la puerta de la cocina guiñando los ojos debido a la luz. Rich lleva su pijama Jermyn Street, lavado y centrifugado hasta dejarlo esponjoso como un copo de algodón. Rich, extremadamente razonable, como buen inglés, e irritantemente amable. Richard el Lento lo llama mi compañera americana, Candy, porque el trabajo en su empresa de arquitectura ética ha ido disminuyendo hasta quedar casi parado, le cuesta media hora sacar el cubo de la basura y siempre me está diciendo que afloje la marcha.

—Frena, Katie; eres como ese aparato del parque de atracciones. ¿Cómo se llama? Eso que hace que la gente chille y se pegue a un lado mientras esa maldita cosa gira sin cesar.

—Fuerza centrífuga.

—Eso ya lo sé. Lo que quiero decir es cómo se llama la máquina.

—Ni idea. ¿El muro de la muerte?

—Eso es.

Entiendo lo que quiere decir. No estoy tan ida como para que no entienda que hay algo más en la vida que falsificar pasteles en mitad de la noche. Y el cansancio. Un cansancio de buceador de aguas profundas, un viaje hasta el fondo del agotamiento; para ser sincera, nunca he vuelto a salir a la superficie desde que nació Emily. Cinco años de andar en círculos vestida con el traje de plomo de la falta de sueño. Pero ¿qué alternativa tengo? ¿Ir a la escuela esta tarde, echarle cara al asunto y dejar, decidida, una caja de Sainsbury’s en la mesa de las ofrendas para la fiesta? Entonces, a la «mamá que nunca está» y a la «mamá que chilla», Emily podrá añadir la «mamá que no hizo el esfuerzo». Dentro de veinte años, cuando arresten a mi hija en los jardines del palacio de Buckingham por tratar de secuestrar al rey, aparecerá un psicólogo criminalista en las noticias y dirá: «Para explicar los problemas mentales de Emily Shattock, sus amigos se remontan a un recital de villancicos en la escuela, donde su madre, una presencia oscura en su vida, la humilló delante de todos sus compañeros».

—¿Kate? ¿Estás ahí?

—Necesito el cedazo, Richard.

—¿Para qué?

—Para cubrir los pasteles con azúcar glas.

—¿Por qué?

—Porque tienen un color muy homogéneo y, en la escuela, todo el mundo se dará cuenta de que no los he hecho yo misma. Por eso.

Richard parpadea lentamente, como Stan Laurel después de recibir otra tarta en plena cara.

—No te pregunto por qué azúcar glas, sino por qué hacer pasteles, Katie. ¿Estás loca? Solo hace tres horas que has vuelto de Estados Unidos. Nadie espera que hagas nada para la fiesta.

—Pues yo lo hago. —La rabia que hay en mi voz me coge por sorpresa y veo que Richard se estremece—. Bueno, ¿dónde mierda ha escondido Paula ese cedazo?

De repente Rich parece mayor. La arruga de preocupación, en un tiempo un divertido signo de exclamación entre las cejas de mi marido, se ha ido haciendo más profunda y ancha hasta convertirse en una reja con cinco barrotes, sin que yo me diera cuenta. Mi encantador y divertido Richard, que en otros tiempos me miraba como Dennis Quaid miraba a Ellen Barkin en Querido detective, ahora, después de trece años de una relación de igualdad, de apoyo mutuo, me mira como un sabueso fumador mira al investigador médico; consciente de que quizá esos experimentos sean necesarios en aras del progreso humano, pero rogando, pese a ello y por favor, que lo liberen.

—No grites —dice susurrando—, los despertarás. —Un brazo con huellas de caramelo señala hacia el piso de arriba donde nuestros hijos duermen—. Además, Paula no lo ha escondido. Tienes que dejar de echarle la culpa de todo, Kate. El cedazo siempre está en el cajón de al lado del microondas.

—No, su sitio es aquí, en este armario.

—No, desde 1997 no está ahí. Cariño, por favor, ven a la cama. Tienes que levantarte dentro de cinco horas.

Al ver que Richard se va arriba siento unos enormes deseos de seguirlo, pero no puedo dejar la cocina en este estado. Sencillamente, no puedo. Parece que en la habitación haya habido una batalla; hay metralla de Lego diseminada por una amplia zona y un par de Barbies mutiladas —una sin piernas y la otra sin cabeza— están haciendo una especie de picnic encima de nuestra manta de viaje escocesa, que sigue apelmazada con la hierba de nuestra última excursión a Primrose Hill en agosto. Al lado de la cesta de verduras, en el suelo, hay un montón de pasas que estoy segura de que ya estaban allí la mañana que me fui al aeropuerto. Algunas cosas han cambiado durante mi ausencia; media docena de manzanas se han incorporado al enorme cuenco de cristal encima de la mesa de pino, al lado de las puertas que dan al jardín, pero nadie ha pensado en tirar la fruta vieja que estaba debajo y las peras del fondo han empezado a soltar una pegajosa resina de color ambarino. Mientras tiro las peras, una a una, a la basura, me estremezco un poco al contacto con la pulpa podrida. Después de lavar y secar el cuenco, limpio cuidadosamente cualquier pringue ambarino adherido a las manzanas y las vuelvo a colocar en su sitio. Toda esa operación me lleva unos siete minutos. A continuación, empiezo a limpiar el azúcar glas descarriado de la encimera de acero inoxidable, pero al pasar la bayeta noto un olor apestoso. Huelo la bayeta. Viscosa, llena de bacterias, tiene el dulce y repugnante hedor del agua del jarrón cuando tiras las flores muertas. ¿Cómo de rancio debe estar un trapo en esta casa para que a alguien se le ocurra tirarlo?

Tiro la bayeta con furia dentro del atestado cubo y busco una nueva debajo del fregadero. No hay ninguna. Por supuesto, claro que no hay ninguna nueva, Kate, porque tú no estabas aquí para comprarla. Extraigo la bayeta vieja del cubo y la meto en agua caliente con un poco de Dettol. Lo único que me queda por hacer es sacar las alas y la aureola de Emily para que estén preparadas para mañana por la mañana.

Acabo de apagar las luces; estoy empezando a subir la escalera cuando se me ocurre algo horrible. Si Paula ve las cajas de Sainsbury’s en el cubo, difundirá la noticia de mi gran falsificación de pasteles por radio macuto. ¡Joder! Recupero las cajas del cubo, las envuelvo en el periódico de ayer y, con el brazo bien estirado, llevo el paquete hasta la puerta de la calle. Miro a derecha e izquierda para estar segura de que nadie me ve y lo meto dentro de la gran bolsa negra que hay frente a la casa. Finalmente, ya libre de la prueba de mi culpabilidad, sigo a mi marido a la cama.

A través de la ventana del rellano y de la niebla de diciembre, veo cómo la luna en cuarto creciente está recostada en su hamaca, por encima de Londres. Incluso la luna consigue poner los pies en alto una vez al mes. El Hombre de la Luna, claro. Si fuera la Mujer de la Luna, ni siquiera llegaría a sentarse. A ver, decidme, ¿lo haría?

Me tomo mi tiempo para lavarme los dientes. Veinte veces cada diente. Si me quedo en el cuarto de baño lo suficiente, Richard se quedará dormido y no tratará de que lo hagamos. Si no lo hacemos, podré saltarme el baño por la mañana. Si me salto el baño, tendré tiempo de empezar con los e-mails que se han amontonado mientras he estado fuera y quizá incluso conseguiré comprar algunos regalos de camino al trabajo. Solo quedan seis días para hacer compras antes de Navidad y solo cuento con nueve regalos, así que faltan doce, más las chucherías para los calcetines de los niños. Y no ha llegado nada de KwikToy, el servicio urgente de regalos por la red.

—Kate, ¿no vienes a acostarte?

Rich me llama desde la habitación. Su voz suena como empañada por el sueño. Bien.

—Hay algo de lo que tengo que hablarte. ¿Kate?

—Un minuto —digo—. Voy a echar una ojeada a los niños.

Subo el tramo de escaleras hasta el siguiente rellano. La alfombra está tan desgastada que el reborde de cada peldaño parece la hierba muerta que encuentras debajo de una marquesina cinco días después de una boda. Alguien va a tener un accidente un día de estos. Arriba, me detengo para recuperar el aliento y maldigo en silencio estas casas londinenses altas y estrechas. De pie en medio del silencio, frente a las puertas de los niños, escucho sus diferentes estilos de dormir; los ronquidos de cerdito de él, los suspiros de princesa de ella.

Cuando no puedo dormir y, creedme, soñaría con poder dormir si no me lo impidiera la cantidad de cosas que tengo en la cabeza, me gusta entrar de puntillas en la habitación de Ben, sentarme en la silla azul y quedarme mirándolo. Parece que mi pequeño se haya lanzado a la inconsciencia, como un hombrecillo diminuto que tratara de subir de un salto a un autobús en marcha. Esta noche, está despatarrado en la cuna, boca abajo, con los brazos bien abiertos y los diminutos dedos doblados en torno a un barrote invisible. Acurrucado contra la mejilla, tiene a ese repugnante canguro que tanto adora. Con toda una estantería atestada de los más preciosos peluches que unos padres ansiosos pueden comprar y ¿qué elige como objeto de su amor? Un marsupial bizco de la caja de restos de serie de Woolworth’s. Ben todavía no sabe decirnos cuándo está cansado; así que se limita a decir «Roo». No puede dormir sin Roo porque, para él, Roo significa dormir.

Es la primera vez que veo a mi hijo en cuatro días. Cuatro días, tres noches. Primero estuvo el viaje a Estocolmo para dedicarle un tiempo, en persona, a un nuevo cliente nervioso; luego Rod Task me llamó desde el despacho para decirme que moviera el culo y me fuera a Nueva York a mimar a un viejo cliente que necesitaba estar seguro de que el nuevo cliente no me absorbía demasiado tiempo.

Benjamin nunca me pasa factura por mis ausencias. Todavía es demasiado pequeño. Siempre me recibe con una alegría incontrolable, como una fan haciendo molinetes con los brazos en un estreno de Hollywood. Con su hermana es diferente. Emily tiene cinco años y está llena de celosa sabiduría. La vuelta de mamá siempre da pie a una intrincada secuencia de desaires y castigos.

—En realidad, Paula me lee ese cuento.

—Pero yo quiero que me bañe papá.

Wallis Simpson tuvo una acogida más calurosa de la Reina Madre que la que yo tengo de Emily después de un viaje de negocios. Pero lo soporto. Es como si mi corazón se encogiera dentro de mí pero, de algún modo, lo soporto. Quizá crea que me lo merezco.

Dejo a Ben roncando suavemente y empujo con cuidado la puerta de la otra habitación. Bañada por el fulgor acaramelado de su lamparita de Cenicienta, mi hija está, como a ella le gusta, desnuda igual que una recién nacida. (La ropa, a menos que se trate del traje de novia de una condesa o de una princesa, es motivo de constante irritación para ella.) Cuando la arropo con el edredón, patalea protestando como una rana de laboratorio. Incluso cuando era un bebé, Emily no soportaba que la tapáramos. Le compré uno de esos sacos de dormir con cremallera, pero se revolvía en su interior e hinchaba los carrillos como si fuera el dios del Viento que hay en una esquina de los viejos mapas. Al final tuve que aceptar la derrota y lo regalé. Incluso dormida, cuando su cara tiene el aspecto aterciopelado de un albaricoque, se ve la determinación de su barbilla. El último informe de la escuela decía: «Emily es una niña muy competitiva y tendrá que aprender a perder con más elegancia».

—¿No te recuerda a alguien, Kate? —dijo Richard y soltó aquel gemido de cachorro pisoteado que ha adquirido últimamente.

Ha habido veces, durante este último año, en que he tratado de explicarle a mi hija —pensaba que tenía la edad suficiente para oírlo— por qué mamá tiene que ir a trabajar. Porque mamá y papá, los dos, necesitan ganar dinero para pagar la casa y para todas las cosas que a ella le gustan, como las clases de ballet y las vacaciones. Porque mamá tiene un trabajo que sabe hacer bien y porque es muy importante que las mujeres trabajen igual que los hombres. Mi discurso alcanza siempre un clímax emocionante —trompetas, coros, la hermandad de mujeres agitando emocionadamente banderas— en el cual le aseguro a Emily que lo comprenderá todo cuando sea mayor y también ella quiera hacer cosas interesantes.

Por desgracia, los argumentos a favor de la igualdad de oportunidades, establecidos hace ya tanto tiempo en la sociedad occidental, a mi hija de cinco años la dejan fría. No hay otro dios que mamá y papá es su profeta.

Por la mañana, mientras me preparo para marcharme, Emily me hace la misma pregunta, una y otra vez, hasta que me dan ganas de darle una torta y luego, durante todo el trayecto hasta el trabajo, me entran ganas de llorar por haber querido dársela.

—¿Me acostarás tú esta noche? ¿Mamá, me acostarás esta noche? ¿Lo harás? ¿Quién me acostará esta noche? ¿Me acostarás tú, mamá? ¿Me acostarás?

¿Sabéis cuántas maneras hay de decir la palabra «no» sin llegar a usar la palabra «no»? Yo sí.

DEBO RECORDAR

Alas de ángel. Presupuesto para nueva alfombra escalera. Sacar lasaña congelador para almuerzo sábado. Comprar rollo de cocina, chisme especial para pulir acero inoxidable, regalo y tarjeta para la fiesta de Harry. ¿Cuántos años tiene Harry? ¿Cinco? ¿Seis? Tengo que organizarme y montar un cajón de regalos bien surtido, como una madre como es debido. Comprar árbol de Navidad y luces nuevas recomendadas en el Telegraph (¿Selfridge’s o Habitat? No me acuerdo. Mierda). Soborno/regalo de Navidad para la niñera (¿Billete Eurostar? ¿Efectivo? ¿Algo de DKNY?). Emily quiere un muñeco bebé que hace pipí (por encima de mi cadáver). Regalo para Richard (¿Cata de vinos? ¿Arsenal? ¿Pijama?). Libro para suegros —Los jardines perdidos de no sé dónde— . Pedir a Richard que recoja la ropa de la tintorería. ¿Qué me pongo para la fiesta de la oficina? Traje de terciopelo negro demasiado pequeño. Dejar de comer. ¡YA! Medias lila. No hay tiempo depilación cera; afeitar. Pedir hora para masaje antiestrés. Pedir hora lo antes posible para reflejos (empiezo a parecerme al George Michael del período medio). Ejercicios Kegel. ¡¡¡Comprar píldora!!! Pastel helado (¿Glacé Real? Preguntar Delia). Arándanos. Mini salchichas para fiesta. Sellos felicitaciones, segunda clase, 40. ¿Regalo maestra Emily? Y sin falta, como sea, hacer que Ben deje el chupete antes de Navidad con suegros. Perseguir KwikToy, esos inútiles de los regalos por mail. Test Pap. Vino, ginebra. Vinsanto. Llamar mamá. ¿Dónde he metido la receta de oca «seca con secador» de Simon Hopkinson? ¿Relleno? ¿¿¿Hámster???

2. EN EL TRABAJO

2

EN EL TRABAJO

6.37 de la mañana. «¡Venid y adoremos. Venid y adoremos. Venid y adoreeemos...!» Me acaricia, tira de mí y, cuando nada de eso funciona, Emily me despierta cantándome villancicos. Está de pie al lado de mi cama y quiere saber dónde está su regalo. «No puedes comprar su cariño», dice mi suegra, que, evidentemente, nunca ha gastado el dinero suficiente en ese terreno.

En una ocasión traté de volver a casa de un viaje de negocios con las manos vacías, pero en el taxi que me traía desde Heathrow perdí la confianza y le pedí al taxista que parara en Hounslow donde me metí de cabeza en un Toys’R’Us, con lo que añadí una vibración tóxica a mi jet lag. La colección completa de Barbies de Emily es ya tan increíblemente inmoral que quizá solo sea cuestión de tiempo que se convierta en una instalación de Tracey Emin.[*] La Barbie con vestido flamenco, la Barbie del Milan AC (los colores del equipo, una monada de botas), la Barbie tailandesa —una descarada flexible que puede doblarse hacia atrás hasta chuparse los dedos de los pies— y la que Richard llama Barbie Klaus, una aterradora super rubia alemana, de ojos azules sin vida, vestida con pantalones de montar y botas negras.

—Mamá —dice Emily, considerando su último regalo con ojos de experta—, esta Barbie hada podría llevar una varita mágica y hacer que el Niño Jesús no estuviera enfadado.

—Barbie no sale en la historia del Niño Jesús, Emily.

Me lanza su mejor mirada Hillary Clinton, llena de esa noble condescendencia que dice «esto me duele más a mí que a ti».

—No ese Niño Jesús —suspira—. Otro diferente, tonta.

¿Sabéis?, lo que compras a una niña de cinco años cuando vuelves de una visita a un cliente, si no llega a amor o tan siquiera a perdón, es al menos una especie de amnistía. Varios minutos durante los cuales la necesidad de echarte la culpa queda superada brevemente por la necesidad de abrir el paquete con un derroche de júbilo. (Cualquier madre trabajadora que diga que no soborna a sus hijos puede añadir «mentirosa» a su currículo.) Ahora Emily tiene un regalo para señalar cada infidelidad de su madre —que anda por ahí con su trabajo—, igualito que cuando mi madre recibía un colgante nuevo para su brazalete cada vez que mi padre andaba por ahí con otras mujeres. Cuando mi padre se marchó, tenía yo trece años, mamá casi no podía levantar la dorada esposa que llevaba en la muñeca.

Estoy aquí tumbada, pensando que las cosas podrían ser mucho peores (por lo menos, mi marido no es un alcohólico ni un adúltero compulsivo) cuando Ben entra vacilando en el dormitorio y apenas puedo creer lo que veo.

—¡Por Dios, Richard!, ¿qué le ha pasado en el pelo?

Rich saca la nariz por encima del edredón, como si viera a su hijo, que cumplirá un año en enero, por vez primera.

—Ah, Paula lo llevó a ese sitio al lado del taller. Dijo que se le metía el pelo en los ojos.

—Pues ahora parece recién salido de las Juventudes Hitlerianas.

—Bueno, ya le volverá a crecer. Y Paula pensó, y yo también, claro, que todos esos rizos a lo Fauntleroy, bueno ahora los chicos ya no tienen ese aspecto, ¿verdad?

—No es un chico; es mi bebé. Y ese es el aspecto que quiero que tenga; el de un bebé.

Últimamente, he observado que Rich ha adoptado un procedimiento estándar para hacer frente a mis ataques de furia. Una especie de postura con la cabeza baja, una actitud sumisa como «en caso de ataque nuclear», pero esta mañana no puede reprimir un murmullo de rebelión.

—No creí que pudiéramos organizar una teleconferencia internacional con el peluquero de un día para otro.

—¿Qué se supone que quiere decir eso?

—Solo quiere decir que tienes que aprender a no controlarlo todo, Kate.

Y con un movimiento fruto de mucha práctica, coge al bebé, le limpia un moco putrefacto de la naricilla y se dirige escalera abajo para desayunar.

7.15 de la mañana. El cambio de ritmo entre trabajo y casa es a veces tan brusco que os juro que oigo cómo me chirrían los engranajes en el cerebro. Cuesta un rato volver a la longitud de onda de los niños. Desbordando buenas intenciones, empiezo al estilo Julie Andrews, llena de entusiasmo tipo club de tenis y demenciales énfasis cantarines.

—Veamos, niños, ¿qué os gustaría desayunar hoy?

Emily y Ben le siguen la corriente a esa simpática extraña durante un rato, hasta que Ben no lo soporta más, se pone de pie en su trona, estira el brazo y me pellizca como si quisiera comprobar que soy yo. Su alivio es patente cuando, durante la siguiente irritante media hora, la vieja cascarrabias que conocen como mamá vuelve a estar allí.

—¡Vais a tomar Shreddies y no se hable más del asunto! No, no tenemos Fruitibix. Y no me importa lo que papá os dejara comer.

Richard tiene que irse temprano. Una visita con un cliente a un solar de Battersea. ¿Puedo esperarme hasta que llegue Paula? Sí, pero solo si puedo marcharme a las siete y cuarenta y cinco en punto.

7.57 de la mañana. Y ahí llega ella, blandiendo las múltiples excusas de quien no se arrepiente de nada. El tráfico, la lluvia, la alineación de los planetas. Ya sabes lo que pasa, Kate. Claro que lo sé. Chasqueo la lengua y suspiro en las pausas reservadas para que muestre mi comprensión mientras mi niñera se prepara una taza de café y ojea sin interés mi periódico. Señalar que durante los veintiséis meses que lleva cuidando a nuestros hijos, Paula se las ha arreglado para llegar tarde una de cada cuatro mañanas sería arriesgarse a tener una bronca y una bronca contaminaría el aire que respiran mis hijos. Así que no, no habrá bronca. Hoy no. Tres minutos para llegar al autobús, y la parada está a ocho minutos a pie.

8.27 de la mañana. Voy a llegar tarde al trabajo. Tarde de una forma indecente, intrépida. El carril del autobús está lleno de autobuses. Me bajo del autobús. Me lanzo a la carrera, quemándome los pulmones, City Road abajo y luego corto por Finsbury Square, donde mis tacones agujerean el prohibido césped y me gano el acostumbrado grito de «¡Eh!» que me lanza el viejo cuya tarea es gritarte por cruzar corriendo el césped.

—¡Eh, joven! ¿No puede dar la vuelta como todo el mundo?

Que te griten resulta embarazoso, pero está empezando a preocuparme que a una pequeña, vergonzante parte de mí, en realidad le guste que me llamen «joven» en un lugar público. Con treinta y cinco años, con la gravedad y dos niños tirando de ti hacia abajo, hay que recoger los cumplidos donde se puede. Además, calculo que el atajo me ahorra dos minutos y medio.

8.47 de la mañana. Una de las instituciones más antiguas y distinguidas de la City, Edwin Morgan Forster se levanta en la esquina de Broadgate y St. Anthony’s Lane. Es una fortaleza del siglo XIX, dotada de una enorme y prominente proa de cristal del siglo XX; parece como si un transatlántico hubiera chocado contra unos grandes almacenes y hubiera salido por el otro lado. Mientras me acerco a la entrada principal, reduzco la velocidad hasta el trote y llevo a cabo la inspección de mi equipo.

¿Zapatos, conjunto, dos? Comprobado.

¿Sin cereales del desayuno en la chaqueta? Comprobado.

¿Falda no metida dentro de las bragas? Comprobado.

¿Sostenes no visibles? Comprobado.

Bien, allá voy. Cruzo con paso airoso el atrio de mármol y le enseño mi tarjeta a Gerald, el guardia de seguridad. Desde la modernización de hace un año y medio, el vestíbulo de Edwin Morgan Forster, que antes parecía un banco, ahora parece uno de esos recintos de un zoo diseñados por los constructivistas rusos para albergar a los pingüinos. Todas las superficies son de un blanco ártico que taladra los ojos, excepto la pared del fondo, pintada exactamente del mismo turquesa que el jabón de regalo marca Yardley, que hace ya treinta años era el preferido de mi tía abuela Phyllis, pero que el diseñador del vestíbulo describió como «un color oceánico de visión y futurismo». Por esta muestra de sabiduría, una empresa que cobra por administrar el dinero de otras personas, pagó una cantidad sin confirmar de setecientos cincuenta mil dólares.

¿Podéis creeros cómo es este edificio? Diecisiete plantas, con cuatro ascensores. Dividid por cuatrocientos treinta empleados, incluid un factor de seis tipos nerviosos que no paran de apretar el botón, dos cabrones despreciables que no sujetan la puerta y Rosa Klebb con un carrito de bocadillos y tendréis que escoger entre esperar cuatro minutos o subir por la escalera. Subo por la escalera.

Llego a la planta trece con la cara color fucsia y me doy de narices con Robin Cooper-Clark, nuestro director de inversiones, con su traje de raya diplomática. El choque de aromas es tan inmediato como punzante. Yo, Eau de Sweat; él, Floris Elite con un recuerdo de salpicadero de nogal y Winchester.

Robin es excepcionalmente alto y una de sus cualidades es que puede mirarte desde arriba, sin mirarte por encima del hombro, sin hacer que te sientas pequeño en modo alguno. No fue ninguna sorpresa enterarme por una necrológica, el año pasado, de que su padre era obispo y tenía la Cruz al Mérito Militar. Robin tiene algo que es, a la vez, angelical e indestructible; ha habido veces en EMF que he pensado que me moriría si no fuera por su amabilidad y por su respeto, ligeramente burlón.

—¡Qué color tan estupendo, Kate! ¿Has estado esquiando?

La boca de Robin se curva hacia arriba en las comisuras y parece dirigirse hacia una sonrisa, pero una de sus espesas cejas grises se enarca señalando hacia el reloj que hay encima de la mesa de operaciones.

¿Me arriesgo a fingir que estoy aquí desde las siete y que acabo de salir para tomarme un capuchino? Una mirada a través de la oficina me dice que mi ayudante Guy está ya, con una sonrisita de suficiencia, al lado de la máquina del agua. Maldición. Guy debe de haberme detectado justo en el mismo momento porque, por encima de las cabezas inclinadas de los operadores, con sus teléfonos sujetos bajo la barbilla, por encima de las secretarias y la sección europea y el equipo de Valores Globales, con sus camisas Lewin idénticas, de color púrpura, me llega la voz de «Llamando a todos los superiores» de mi ayudante.

—He puesto el documento de Bengt Bergman en tu mesa, Katharine —anuncia—. Siento que otra vez hayas tenido problemas para llegar.

Observad el «otra vez», la gotita de veneno en la punta de la daga. Pedazo de gilipollas. Cuando financiamos a Guy Chase para que fuera a la European Business School, hace tres años, era como un dolor de cabeza salido del Balliol[*] con un traje con dos chalecos y un enorme déficit en higiene personal. Volvió vestido con un traje marengo de Armani y la expresión de alguien con un máster en Ambición Ciega. Me parece que puedo decir, honradamente, que Guy es el único hombre de Edwin Morgan Forster que se alegra de que yo tenga hijos. Varicela, vacaciones de verano, villancicos en Navidad... todo son oportunidades para que Guy brille en mi ausencia. Veo que Robin Cooper-Clark me está mirando expectante. Piensa, Kate, piensa.

En la City, es posible llegar tarde sin que te lo hagan pagar. La clave es ofrecer lo que mi amiga Debra, que es abogada, llama una «Excusa de Hombre». Los altos cargos, que quedarían francamente horrorizados ante la historia de un bebé que vomita por la noche o una niñera que no se presenta (misteriosamente, el cuidado de los niños, aunque lo pagan el padre y la madre, siempre se entiende que es responsabilidad de la mujer), aceptarían sin vacilar cualquier cosa que tenga que ver con un motor de combustión interna. «Se me ha averiado el coche», «Me han abierto el coche», «Tendríais que haber visto el caos en la calle (rellenar)». Cualquiera de estas excusas será perfecta. La alarma de los coches ha sido una incorporación reciente y valiosa al repertorio de excusas masculinas porque, aunque tiene ciertos síntomas femeninos —imprevisibilidad al dispararse, aullido muy agudo—, va unida a una Excusa de Hombre y puede ser necesario llevar el coche al taller para que la arreglen.

—Tendrías que haber visto el jaleo en Dalston Junction —le digo a Robin, revistiéndome de una máscara facial de estoica resignación urbana y señalando, con los brazos muy abiertos, todo un panorama de carnicería automovilística—. Un sonado en una camioneta blanca. Los semáforos, cada uno a su aire. Increíble. Debo de haber estado allí, atascada, sus buenos veinte minutos.

Robin asiente:

—Conducir en Londres hace que casi demos gracias por los trenes de cercanías de la Network Southeast.

Se produce una pausa mínima. Una pausa en la que trato de preguntar por la salud de Jill Cooper-Clark, a la que le diagnosticaron cáncer de mama el verano pasado. Pero Robin es uno de esos ingleses dotados desde que nacieron con un sistema de alarma preventiva que les ayuda a interceptar y desviar cualquier posible pregunta de naturaleza personal. Así que, cuando mis labios aún no han empezado a formar el nombre de su esposa, dice:

—Haré que Christine nos reserve mesa para almorzar, Kate. ¿Sabes que han convertido en restaurante un sótano al lado del Old Bailey?; deben de servir testigos asados al punto, seguro. Suena divertido, ¿no crees?

—Sí, quería preguntarte cómo...

—Estupendo. Luego hablamos.

Para cuando llego al refugio de mi mesa, he recobrado la compostura. ¿Sabéis?, me encanta mi trabajo. Puede que a veces no lo parezca, pero es así. Me encanta el acelerón en la sangre cuando las acciones por las que he apostado cumplen lo prometido. Me flipa formar parte de ese reducido puñado de mujeres en la sala Vip del aeropuerto y, cuando vuelvo, adoro compartir mis terroríficas historias de viaje con mis amigas. Me encantan los hoteles con un servicio de habitaciones que aparece como un genio al frotar la lámpara y una pradera de algodón blanco que me da el sueño que anhelo. (Cuando era más joven, quería irme a la cama con alguien; ahora que tengo dos niños, mi más ardiente deseo es irme a la cama conmigo misma, a ser posible para dormir doce horas seguidas.) Y sobre todo adoro el trabajo; reviento de satisfacción porque soy buena en lo que hago, porque tengo el control, mientras que el resto de la vida parece un lío horroroso. Me encanta el hecho de que los números hagan lo que yo digo y nunca pregunten por qué.

9.03 de la mañana. Pongo en marcha el ordenador y espero que se conecte. La red es tan lenta esta mañana que sería más rápido volar a Hong Kong y recoger el maldito Hang Seng en persona. Entro mi contraseña —Ben Pampers— y voy directo a Bloomberg para ver qué nos han deparado los mercados esta noche. El Nikkei está estable, Bovespa de Brasil sigue con su enloquecida samba de costumbre, mientras el Dow Jones parece la gráfica de un paciente al que no hay que resucitar, sometido a cuidados intensivos. Cielos, hace frío ahí fuera y no solo debido a la niebla que acaricia los edificios de oficinas que veo desde mi ventana.

A continuación, compruebo las divisas por si hay algún movimiento espectacular, luego tecleo TOP para ver todas las noticias de las grandes corporaciones. La principal se refiere a Gayle Fender, una operadora de bonos, mejor dicho, ex operadora. Ha demandado a su empresa, Lawrence Herbert, por discriminación sexual, porque sus compañeros hombres recibieron primas mucho mayores que ella por unos resultados inferiores. El titular dice: LA DONCELLA DE HIELO, PIERDE EL ENTUSIASMO POR LOS HOMBRES. Para los medios, las mujeres de la City son todas Isabel I o lapdancers en reposo. Es la vieja historia de la virgen y la puta, envuelta en el Wall Street Journal.

Personalmente, siempre me ha atraído la idea de convertirme en una doncella de hielo, a lo mejor se puede comprar el traje. Ribeteado con pieles blancas, y con unos tacones como estalactitas y un pico a conjunto. En cualquier caso, la historia de Gayle Fender acabará como acaban siempre esas historias; con un «sin comentarios» cuando, con los ojos bajos, abandone el juzgado por una puerta lateral. La City acalla las discrepancias; tenemos medios para hacer que no hables. Llenarle la boca a alguien con billetes de cincuenta libras suele funcionar.

Miro los e-mails. Cuarenta y nueve entradas en mi Bandeja desde la última vez que estuve en el despacho. Recorro la lista rápidamente para eliminar primero la bazofia.

¿Ejemplar gratis de una nueva revista de inversiones? Basura.

Está usted invitada a un congreso sobre globalización a orillas del lago Ginebra. El chef Jean-Louis, famoso mundialmente, se encargará de la restauración. Basura.

Recursos Humanos quiere saber si apareceré en el nuevo vídeo corporativo de EMF. Solo si me dan mi propia escena con John Cusack atado a la cama.

¿Firmaré una tarjeta para un pobre cabrón del Tesoro al que han despedido? (Jeff Brooks se va voluntariamente, dicen, pero pronto empezarán las marchas forzosas.) Sí.

El mensaje que ocupa el primer lugar de la Bandeja de Entrada es de Celia Harmsworth, directora de Recursos Humanos. Dice que mi jefe, Rod Task, no podrá asistir a la charla para los empleados de EMF en prácticas a la hora del almuerzo; ¿podría ir yo en su lugar? «Nos alegraría verte en la sala de conferencias de la planta treinta a partir de la una.»

No, no y no. Tengo que escribir nueve informes sobre fondos antes del viernes. Y además tengo que asistir a una representación de Navidad muy importante esta tarde a las dos y media.

Con los memorandos de trabajo liquidados, puedo dedicarme a los e-mails de verdad, los que importan; mensajes de amigos, chistes e historias que recorren el mundo como si fueran caramelos. Si es verdad lo que dicen, que la mía es una generación hambrienta de tiempo, entonces el e-mail es lo que picoteamos, culpables, entre horas, es nuestra comida consuelo. Sería difícil explicar el sustento que recibo de mis corresponsales habituales. Está Debra, mi mejor amiga de la universidad, ahora madre de dos hijos, que trabaja como abogada con Addison Pope, justo enfrente del Banco de Inglaterra y a unos diez minutos a pie de Edwin Morgan Forster. Aunque no por eso voy a verla; sería igual que trabajara en Plutón. Y luego está Candy. Candace Marlene Stratton, compañera en la gestión de fondos, malhablada, un hacha en la Web y soberbio producto de exportación de Rockaway, New Jersey. Mi hermana de armas y una mujer a la vanguardia de lo último en corsetería mundial. Mi personaje literario favorito es Rosalind, de Como gustéis; el de Candy es ese tipo duro de Elmore Leonard que lleva una camiseta que dice: «Está claro que me has confundido con alguien a quien le importa una mierda».

Candy se sienta ahí mismo, al lado de la columna, a cinco metros de mí; sin embargo, es raro que intercambiemos más que unas pocas palabras en voz alta durante un día normal. Sin embargo, en la pantalla, entramos y salimos la una de la mente de la otra como si fuéramos vecinas a la vieja usanza.

De: Candy Stratton, EMF

Para: Kate Reddy, EMF

Kate,

P: ¿X q las mujeres casadas están más gordas q las solteras?

R: Las mujeres solteras llegan a casa, miran lo q hay en la nevera y se van a la cama.

Las mujeres casadas llegan a casa, miran lo q hay en la cama y se van a la nevera.

¿Q.tal? Yo, cistitis. Demasiado sxo.

xxxx[*]

De: Debra Richardson, Addison Pope

Para: Kate Reddy, EMF

Mañana. ¿Q.tal Suecia y NYC? Pobrecita. Felix se cayó de la mesa y se rompió el brazo por cuatro sitios (no sabía q se pudieran romper 4 sitios). Pesadilla. Seis horas en urgencias. ¡Bendito National Health Service! Ruby anunció ayer q adora a su niñera, a su papá, a su conejito, a su hermano, a todos los Teletubbies y a su mamá, en ese orden. Agradable saber q valía la pena, ¿no? ¿Recuerdas almuerzo el viernes? Dime q no lo cancelas.

xxxx, Deb

De: Kate Reddy

Para: Candy Stratton

Más días de descanso, Estocolmo, Nueva York, Hackney. Levantada hasta alba falsificando pastelitos para recital villancicos Emily. Ni preguntes.

Además, Pol Pot ha hecho corte pelo espantoso a Ben y no me atrevo a quejarme xq no estaba aquí y no estar aquí significa q cedes todos los derechos de autoridad materna. Además, tengo q recordar al Maestro Rod Task q tengo q salir pronto para ir concierto.

¿Alguna idea de cómo hacerlo sin mencionar las palabras a) niño, b) salir?

Un abrazo

Kate xxxx

PD: ¿Q es sxo? No sé, pero me suena vagamente a algo.

De: Candy Stratton

Para: Kate Reddy

Cariño, elimina esa basura diosa hogar. Mira otras mamás a los ojos y di: Tengo un trabajo y estoy orgullosa, o te vas a matar.

Dile a Rod Task q tienes una emergencia menstrual. Australianos alucinan + q británicos con problemas mujeres.

Hasta luego

xxxxxx

Miro al otro lado de la oficina y veo a Candy tomando un trago de una lata que levanta en un brindis alegre hacia mí. Hasta hace poco, la dieta de Candy se limitaba a CocaCola —del tipo Diet y del otro— que la dejaba delgada como un junco y con unos pechos prominentes; esto le conseguía un montón de amantes, pero no mucho amor. Es un año mayor que yo y, a sus treinta y seis, Candy es una soltera congénita y, a veces, le envidio su capacidad para hacer las cosas más fantásticas, como ir a tomar una copa después del trabajo o meterse en el cuarto de baño el fin de semana sin la compañía de un cincoañero curioso o llegar al trabajo con unas enormes ojeras después de haber estado levantada toda la noche practicando el sexo, en lugar de llegar al trabajo con unas enormes ojeras después de estar levantada toda la noche con el lloroso producto del sexo. Candy estuvo comprometida hace unos dos años con un consultor de Andersen. Por desgracia, estaba tan ocupada trabajando en una final para un fondo de pensiones alemán que le dio plantón tres veces seguidas. A la tercera, Bill la esperaba en un restaurante de Smithfield y empezó a hablar con una enfermera del St. Bartholomew que estaba en la mesa de al lado. Se casaron en agosto.

Sin embargo, Candy dice que no va a preocuparse por su fertilidad, al menos hasta que Cartier empiece a hacer un reloj biológico.

De: Kate Reddy, EMF

Para: Debra Richardson, Addison Pope

Querida D.

Voy tan atrasada que no puedo escribir mucho. Cancelar almuerzo ni loca.

¿Por qué una Excusa de Mujer sincera es menos aceptable que una Excusa de Hombre falsa?

Intrigada, Kate

De: Debra Richardson

Para: Kate Reddy

Porque no quieren que les recuerdes que tienes una vida, idiota.

Hasta viernes

D xx

Decidí no abordar a Rod Task en persona por la cuestión de salir antes para ir a la representación de Navidad de Emily. Mejor añadirlo como quien no quiere la cosa, una especie de PD, a algún e-mail de trabajo. Como si fuera un hecho normal, no un favor. Acabo de recibir la respuesta.

De: Rod Task

Para: Kate Reddy

Jesús, Kate, si parece que fue ayer cuando hacías tu propia representación de Navidad.

Claro, tómate el tiempo que quieras, pero tenemos que hablar hacia las cinco y media. Y necesito que vuelvas a Estocolmo para mimar a Sven. ¿Te va bien el viernes, preciosa?

Saludos,

Rod

No, el viernes no me va bien. No puedo creer que espere que haga otro viaje antes de Navidad. Significa que me perderé la fiesta del despacho, tendré que cancelar el almuerzo con Debra, otra vez, y perderé el tiempo para compras con el que contaba.

Nuestras oficinas son un espacio abierto, pero el director de Marketing tiene una de las dos salas con paredes; la otra pertenece a Robin Cooper-Clark. Cuando entro, pisando fuerte, en el despacho de Rod para protestar, está vacío, pero me quedo unos momentos para absorber el panorama que se ve por el ventanal que ocupa toda la pared, desde el suelo al techo. Directamente debajo, está la pista Broadgate, una bandeja de hielo incrustada en medio de las escalonadas torres de hormigón y acero. A estas horas está vacía, salvo por un patinador solitario, un tipo alto y moreno con una sudadera verde, trazando lo que al principio tomo por ochos pero que, cuando acaba el largo trazo hacia abajo, se convierte en el signo del dólar. Con la niebla deshaciéndose, la City tiene el mismo aspecto que durante el Blitz, cuando el humo de los incendios se dispersaba, desvelando mágicamente la cúpula de San Pablo. Si te vuelves en la dirección opuesta, ves la torre de Canary Wharf guiñando el ojo como un cíclope cachondo.

Al salir del despacho de Rod, me doy de narices con Celia Harmsworth, aunque ninguna de las dos resulta herida porque yo reboto contra su formidable busto. Cuando las inglesas de una cierta clase social llegan a la edad de cincuenta años, ya no tienen pechos, tienen pecho o incluso, dependiendo de las hectáreas de tierra y de la antigüedad de su linaje, busto. Los pechos vienen por pares, pero un busto es siempre singular. El busto niega la posibilidad de un escote o de cualquier tipo de balanceo. Donde los pechos dicen: «¡Ven a jugar!», el busto, como la protección de un auto de choque, dice: «¡Aparta de ahí!». La Reina tiene busto y Celia Harmsworth también.

—Katharine Reddy, siempre con tantas prisas —dice regañándome.

Como directora de Recursos Humanos, Celia es, sin esforzarse, una de las personas menos humanas de todo el edificio; sin hijos, sin encanto, fría como un Chablis, tiene el don de hacerte sentir a la vez sin uso y usada. Cuando volví a trabajar después de nacer Emily, descubrí un día que Chris Bunce, director de los Fondos de Cobertura y quien más ingresos había generado para EMF en los dos años anteriores, había puesto un chorro de vodka en la leche extraída que guardaba en la nevera del despacho, al lado de los ascensores. Fui a ver a Celia y le pregunté, de mujer a mujer, qué medidas me aconsejaba tomar contra aquel gilipollas que, cuando me enfrenté a él en el Bar Davy’s, afirmó que meter alcohol en el alimento de un bebé de doce semanas «era solo una broma sin importancia».

Todavía recuerdo el mohín de desagrado que apareció en la cara de Celia y que no iba dirigido al cabrón de Bunce.

—Usa tus ardides femeninos, querida —dijo.

Celia me dice que está encantada de que pueda hablar a los empleados en prácticas a la hora del almuerzo.

—Rod dijo que podías hacer la presentación dormida. Diapositivas y unos sándwiches, ya sabes de qué va, Kate. Y no te olvides de la declaración de misión, ¿eh?

Hago un cálculo rápido. Si la introducción dura, digamos, una hora incluyendo las bebidas, eso me deja treinta minutos para encontrar un taxi, cruzar la City hasta la escuela de Emily y llegar al principio de la obra. Tendría que ser suficiente. Me parece que puedo conseguirlo siempre que no hagan ninguna maldita pregunta.

1.01 de la tarde.

—Buenas tardes, señoras y señores, me llamo Kate Reddy y me gustaría darles la bienvenida a todos a la planta trece. Para algunos, trece significa mala suerte, pero no es ese el caso aquí, en Edwin Morgan Forster, que está entre las diez primeras administradoras monetarias del Reino Unido, entre las cincuenta primeras globalmente en términos de activos y que, durante cinco años seguidos, ha sido votada administradora monetaria del año. El año pasado, generamos unos ingresos superiores a los trescientos millones de libras, lo cual explica por qué no se ha escatimado dinero alguno en esos fabulosos sándwiches de atún que ven hoy desplegados frente a ustedes.

Rod tiene razón. Puedo hacer esto dormida; es más, lo estoy haciendo bastante dormida, porque el jet lag se está apoderando de mí, el cráneo empieza a tensarse en la coronilla y parece que alguien me esté llenando las piernas con agua helada.

—Estoy segura de que ya estarán familiarizados con el término «gestor de fondos». Para decirlo simplemente, un gestor de fondos es un apostador de alto nivel. Mi trabajo consiste en estudiar el estado de las empresas en todo el mundo, evaluar qué tal se cotizan sus productos en el mercado, comprobar el historial de los competidores, apostar un buen montón de dinero a la mejor opción y luego confiar en que no se caerán al primer obstáculo.

Hay risas por la sala, las risas agradecidísimas de unos veinteañeros atrapados entre la arrogancia de haber conseguido uno de los seis únicos puestos de capacitación con sueldo de EMF y el miedo a hacérselo encima al pensar que puedan pillarlos en falso.

—Si los caballos que he respaldado se caen, tengo que decidir si los matamos allí mismo o si vale la pena cuidar esa pata rota hasta que se cure. Recuerden, señoras y señores, la compasión puede resultar cara, pero no necesariamente es un despilfarro de dinero.

Yo también fui una empleada en período de formación hace doce años y esperé sentada en una sala igual que esta, cruzando y descruzando las piernas, dudando qué era peor, si parecer la duquesa de Kent o Sharon Stone. Era la única mujer reclutada aquel año, estaba rodeada de tíos, unos animales enormes, cómodos con sus pieles de raya diplomática. No como yo; el traje Whistles de crep negro en el que me había gastado mis últimas cuarenta libras me daba el aspecto de inspectora escolar de Wolverhampton.

El racimo de novicios de este año es bastante típico. Cuatro tíos, dos chicas. Los tíos siempre se quedan atrás; las chicas se sientan muy derechas en primera fila, con las plumas listas para tomar notas que nunca necesitarán. Acabas conociendo a cada tipo después de un tiempo. Mirad al señor Anarquista, allá al fondo, con patillas de Velcro y el ceño de Liam Gallagher. Hoy lleva traje, pero mentalmente sigue con su chaqueta de cuero. Probablemente, Dave era una especie de activista en la universidad. Estudió economía para armarse mejor para la lucha de los trabajadores, mientras chantajeaba moralmente a todos los chicos de su pasillo para que com

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