La vida frenética de Kate

Allison Pearson

Fragmento

Para Evie, con amor

Juegos malabares: m. pl. 1. Ejercicios de agilidad y destreza que se practican generalmente como espectáculo, manteniendo diversos objetos en equilibrio inestable, lanzándolos a lo alto y recogiéndolos, etc. 2. Combinaciones artificiosas de conceptos con que se pretende deslumbrar al público.

Malabarista: com. 1. Persona que hace juegos malabares. 2. Chile. Persona que roba o quita algo con astucia.

Diccionario de la Lengua Española,

Real Academia Española,

vigésima segunda edición

The wheels on the bus go round and round,

Round and round, round and round,

The wheels on the bus go round and round,

All day long.

The babies on the bus go Waah, Waah, Waah,

Waah, Waah, Waah, Waah, Waah, Waah,

The babies on the bus go Waah, Waah, Waah,

All day long.

The mummies on the bus go Shh, Shh, Shh,

Shh, Shh, Shh, Shh, Shh, Shh,

The mummies on the bus go Shh, Shh, Shh,

All day long.[*]

Tradicional

PRIMERA PARTE

PRIMERA PARTE

1. EN CASA

1

EN CASA

1.37 de la madrugada. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Me lo puede decir alguien? No a esta cocina, me refiero a esta vida. Es la mañana del recital de villancicos de la escuela y estoy golpeando pastelillos de frutas; no, digámoslo claramente, lo que estoy haciendo es deslucir los pastelillos, un proceso mucho más delicado y sutil.

Les quito el lujoso envoltorio de Sainsbury, extraigo los pasteles de sus moldes de aluminio, los coloco en una tabla de carnicero y hago caer sobre sus caras inocentes y harinosas el rollo pastelero. No es tan fácil como suena, creedme. Si les das con demasiada fuerza, se desmoronan, con una especie de reverencia de dama gorda, con sus faldas de masa abultándose hacia los lados, y la fruta empieza a rezumar. Pero con un firme movimiento descendente —imaginad la suficiente presión como para aplastar un pequeño escarabajo— puedes provocar un desmigajamiento, como un pequeño desprendimiento de tierras, que les dará una agradable apariencia de cosa hecha en casa. Y «hecho en casa» es lo que yo persigo. En casa es donde está el corazón. En casa es donde está una buena madre, haciendo pasteles para sus hijos.

Todo este jaleo es debido a una carta que Emily trajo de la escuela hace diez días y que ahora está sujeta a la nevera con un imán de Tinky Winky; en esa carta se pedía «si los padres podrían hacer, por favor, una aportación voluntaria de comida o refrescos» para la fiesta de Navidad que hay siempre después de los villancicos. La nota está impresa en color rojo fresa y al final, junto a la firma de miss Empson, hay un muñeco de nieve tocado con un birrete y que esboza una tímida sonrisa. Pero no hay que dejarse engañar por el esforzado tono relajado ni por el estallido de signos de exclamación, símbolo de camaradería. No, no. Las notas de la escuela están escritas en clave, una clave enterrada tan astutamente en el texto que solo podrían descifrarla los de Bletchley Park[*] o las mujeres que se sienten culpables y se encuentran en un avanzado estado de falta de sueño.

Cojamos la palabra «padres», por ejemplo. Cuando escriben «padres» lo que de verdad quieren decir es «madres». (¿Acaso un padre que tiene una esposa en casa ha leído alguna vez una nota de la escuela? Técnicamente no es imposible, supongo, pero en ese caso la nota será una invitación a una fiesta y, además, una invitación a una fiesta que se habrá celebrado hace ya diez días.) ¿Y «voluntario»? «Voluntario» es lo que los maestros escriben cuando quieren decir «Bajo pena de muerte y/o de que su hijo no consiga entrar en la escuela secundaria que usted elija». En cuanto a «aportación de comida y refrescos», podéis tener por seguro que no se trata de algo comprado por una madre perezosa y tramposa en el supermercado.

¿Que cómo lo sé? Porque todavía recuerdo la mirada que mi madre cruzó con Mrs. Frieda Davies en 1974, durante la fiesta de la Cosecha, cuando un niño con una polvorienta parka verde se acercó al altar con dos latas de melocotones en almíbar, marca Libby’s, metidas en una caja de zapatos. Aquella mirada no se me olvidará nunca. Decía: «Hay que ser muy ruin y perezosa para celebrar la generosidad del Señor con una cosa cualquiera comprada en el último momento en el supermercado de la esquina, cuando está claro que lo que Dios quiere es un surtido de frutas en una cesta envuelta con un bonito papel de celofán. O una trenza de pan». El pan de Frieda Davies, que sus gemelos paseaban por toda la iglesia, estaba tan bien trabajado que se parecía a las apretadas trenzas de una doncella renana.

—Mira, Katharine —me explicó Mrs. Davies más tarde haciendo aquel ruidito desaprobador, una especie de estornudo hacia arriba, desde sus senos nasales, mientras tomaba pastas de té—, hay madres que hacen el esfuerzo, como tu mamá y yo. Y luego está esa otra gente que —largo resoplido— no hace ese esfuerzo.

Por supuesto, yo ya sabía quiénes eran. Mujeres que se saltan las cosas a la torera. Ya en 1974, se había empezado a extender un lenguaje vejatorio contra las madres que trabajaban fuera de casa. Mujeres que llevaban trajes sastre y que incluso, se decía, dejaban que sus hijos vieran la televisión cuando todavía era de día. Eran criaturas que llevaban adheridos rumores de dejadez, igual que el polvo se adhería a las guías de sus cortinas.

Así que ya veis, antes de qu

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