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A la sombra de una jornada en flor
Not the intense moment
Isolated, with no before and after,
But a lifetime burning in every moment.
And not the lifetime of a man only
But of old stones that cannot be deciphered.
T. S. Eliot, «East Coker», en The Four Quartets
Las manos sobre la ciudad. El pueblo republicano y la conquista de las calles
El 14 de abril de 1931 contuvo la ambigüedad que impregna las transiciones políticas, con su mezcla de rencor y de entusiasmo pisando la dudosa luz del día. Son jornadas en las que el tiempo pierde su sentido convencional a través de su aire de redención, como lo estableció Walter Benjamin al reflexionar acerca del perpetuo presente del judaísmo, de la negativa a adivinar el futuro y a pensar en las condiciones habituales del progreso, viendo en una constante actualidad una suspensión de la cronología, porque se está en una eternidad caracterizada por el hecho de que, en cualquier momento, puede irrumpir el Mesías.1 La analogía, con su mezcla de paciente espera y jubilosa sorpresa, permitió que el tiempo cobrara forma, que fuera visible en una multitud de creyentes, deambulando por las ciudades conquistadas siendo miembros de tradiciones políticas cuyas fronteras se desvanecían, como los nombres de las tribus del pueblo elegido perdían consistencia en el cauce del pueblo elegido tomando posesión de la tierra en el final del Éxodo. La imagen sagrada nos proporciona la metáfora oportuna para esa fe laica que se desbordó tras las elecciones municipales, y que precisaba de la constatación de un protagonista bendecido por el sustitutivo ilustrado de la Providencia, que es la voluntad general, el progreso, la razón histórica. Las calles cobradas, las placas que las nombraban sustituidas, el lugar personificado por la colectividad en marcha, sobre un espacio recién nombrado. El hecho se vivió como acontecimiento, el día se experimentó como Historia. En las principales capitales se esparció la transversalidad de un entusiasmo dando nuevo aliento a un viejo sujeto político: el pueblo. La palabra mítica ensanchaba su sonoridad y daba cuenta de su significado al incorporarse en las muchedumbres sostenidas de pronto en una interrupción de la existencia, concentradas en un instante eterno, un día cuya densidad permite que los hechos floten sobre sus horas, que los manifestantes queden inmunes a su duración convencional.
No ocurre sólo en nuestro particular 14 de abril. El pueblo no dejará de estar presente en todas las invocaciones de legitimidad del periodo de entreguerras, desde el fascismo hasta el comunismo, pasando por el republicanismo democrático o las nuevas formas de catolicismo social. Se hallará como fórmula teórica, como referencia discursiva, pero también en una mecánica de visibilidad, de manifestación, de presencia física que permite indicar la existencia tangible de la voluntad general. No sólo hay que hablar en nombre del pueblo si se quiere ser escuchado; también se establecen los engranajes de una dinámica de la sociedad de masas que exige mucho más que la referencia verbal, para necesitar otro tipo de «contrato social», menos teórico que realizado por su experimentación constante. La ontología se convierte en estética, porque el ser del pueblo necesita su representación y la armonía de sus elementos didesencantaba el futuro, al cual sucumben los que buscan información en los adivinos. Pero no por eso se convertía el futuro para los judíos en un tiempo homogéneo y vacío. Ya que cada segundo era en él una pequeña puerta por la que podía entrar el Mesías», W. Benjamin, «Tesis de Filosofía de la Historia», en Discursos interrumpidos I, Madrid, 1982, p. 191.
a la sombra de una jornada en flor versos, que constituyen un afán de totalidad unitaria, de voluntad homogénea. La referencia al pueblo fundamenta los discursos, pero incluso el Manifiesto de quienes llegaran a convertirse en ministros señala la importancia de que ese pueblo esté en la calle como justificación de su conducta. La abstracción retórica pasa a concretarse en las multitudes que toman conciencia de su propio existir social, al contemplar el espectáculo de su propio deambular, su manifestación. Adquieren identidad desterrando de su territorio a un régimen que ha dejado de tener esa base social indispensable. Tiene que ser una expresión simbólica, porque no se trata de que todo el pueblo se encuentre allí. Hablamos más bien de que la parte del pueblo que ha salido a ocupar la calle se considere un resumen del conjunto de la comunidad, una nación republicana que se convierte en la totalidad de los ciudadanos, un país que se manifiesta en aquella parte del mismo que pasea por las ciudades, que participa en los gestos como la abolición de los viejos nombres que designaban una avenida, la deposición de una estatua, la entonación de cánticos como La Marsellesa o el Himno de Riego y el sentimiento de calidez que proporciona una aglomeración en la que todos parecen pensar lo mismo, construyendo una voluntad de ser que se presenta como voluntad de poder. Mediante tales acciones, quieren describir una totalidad comunitaria que supera esferas más reducidas, determinadas por la clase, la opción política que se reconoce como parcial, la confesión religiosa que acepta la pluralidad de creencias. Desde el inicio mismo de la política moderna, el pueblo señala el origen legítimo del poder y adquiere una connotación positiva a la que se le atribuyen moralidad, sentido común, honestidad y una vida labrada con esfuerzo. Todas esas características de exaltación del pueblo —un término cuya consagración se expresa en la necesidad de recurrir a otros cuando se desvía en sus acciones del camino de la virtud, convirtiéndose en «populacho» o «turba»— hacen de la palabra un imán de elementos afectivos, de vinculaciones con la ciudadanía auténtica frente a quienes no forman parte de ella. Va mucho más allá de las identidades de clase o de partido, aun cuando pueda incluirlas, hasta el punto de legitimarlas porque se constituyen en el seno de esa entidad mayor. Formar parte del pueblo concede a las clases una existencia más integradora, de la misma manera que una tendencia política sólo puede aceptarse en la medida en que se considere un «momento» del pueblo, un sector que desea crecer en su seno reconociéndole su calidad suprema. Organizaciones que se saben representativas de un fragmento social se denominan opciones populares barcelona, mayo de 1937
y se dirigen al conjunto del pueblo en su discurso, conscientes de que ese llamamiento concede un campo gravitatorio en el que deben girar todas las opciones. Tratándose de un fenómeno con el que habremos de encontrarnos a lo largo de este ensayo, pronunciándose como referencia explícita de su legitimidad —el Frente Popular, las clases populares, el pueblo católico, el pueblo carlista—, habrá ocasión de señalar cómo van dibujándose en la peripecia republicana, hasta llegar a manifestar buena parte de sus contradicciones en la crisis de mayo de 1937.
Lo que importa es la forma en la que el pueblo se exhibe,2 su visualización movilizada, la necesidad de constituir una apariencia que manifieste las características diferenciales del proyecto, su superioridad democrática frente a los demás: la participación de las masas unánimes, que reducen al adversario a un fragmento insignificante de la sociedad que no es el pueblo. La movilización es un recurso y un símbolo, como lo es el sentimiento de pertenencia en diversas condiciones a una sola voluntad de base.3 Un factor que supera en mucho el acuerdo frío y distante entre las cúpulas políticas, para hacer del encuentro en la calle, de la concentración, de la comunidad en marcha, de la ocasión extraordinaria de conmemoración, de celebración o de exigencia, un fenómeno de algo que existe constantemente, que vive en lo cotidiano, al que se le recuerda su permanencia en los discursos políticos para convocar su presencia y marcar un acontecimiento. Una vía para relacionarse con el poder político que lo legitima y que hace que las alianzas entre elementos diversos puedan presentarse al modo de una emanación de la voluntad general en su sentido y su visibilidad más fuerte.
Josep Pla había asistido a aquel espectáculo del pueblo y supo resolver en la alusión a dos símbolos complementarios el carácter de las jornadas. El 18 de abril de 1931, al relatar los acontecimientos en La Veu de Catalunya, describía la noche de velatorio del inmenso sepulcro de una época en que se había convertido el Palacio Real, cuando la familia de Alfonso XIII podía meditar el abandono de liberales y conservadores, que había llegado a la humillante circunstancia de un Sánchez Guerra encargado de formar gobierno tras la dimisión de Berenguer,
2. E. Ucelay-Da Cal, «Catalan populism in the Spanish civil war», en C. Ealham
y M. Richards, The Splintering of Spain. Cultural History and the Spanish Civil War, 19361939, Nueva York, 2005, p. 96.
Pas le peuple, pour le peuple. Le populisme et les démocratiesL’Illusion populiste. De l’archaïque au médiatique, París, 2002, p. 21 y ss.
a la sombra de una jornada en flor teniendo que solicitar el auxilio de los miembros del Comité Revolucionario recluidos en prisión. En aquel mausoleo de un tiempo que naufragaba como un buque insignia solitario, del que se apartaban las naves que habían acompañado su singladura en la Restauración, alguien —«el pueblo», escribía Pla, sin querer resistirse al sujeto de la oración que estaba verbalizándose en las calles— había hecho ondear «atada a una caña, una bandera republicana, hecha deprisa y corriendo, con harapos de suburbio miserables».4 El escritor ampurdanés cuidaba de distinguir las voces de los ecos. Procuraba separar en sus crónicas a los reclamados como nuevos gobernantes, al monarca caído y a quienes iban a ser el apoyo social del cambio. No mezclaba a aquel pueblo —responsable del adusto pendón sobre el emblema y residencia de la dinastía agonizante— con quienes se dedicaban a menesteres menos anónimos, como el de incluir sus apellidos en un gobierno en precario que debía orientar los primeros pasos de aquella alegría no menos provisional. Tal aspecto estaba lejos de señalizar una división del trabajo en la que unos ejercían las funciones simbólicas mientras otros preferían los ámbitos gestores de la sucesión de poderes. La forma en la que ésta se realizó, rechazando una continuidad entre el viejo gobierno y el nuevo, permitía salvar la fisura social del «pacto de caballeros» de San Sebastián y la salida a la calle de las multitudes; aquella presunta falta de cortesía —no aceptar un traspaso de poderes que legitimara el viejo orden— permitió dotar la transición del aspecto revolucionario que la presencia de personajes como Alcalá Zamora o Miguel Maura podían desmentir, llevando la radicalidad a la escenificación de un gesto que señalaba una ruptura con los antiguos compañeros de responsabilidades, en la misma medida en que se establecía la congruencia con unas masas dispuestas a desbordar determinadas actitudes tímidas.5 La presencia de los tres miembros del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y de la Unión General de Trabajadores (UGT) en el gobierno, tras las no poco sensatas objeciones puestas por los seguidores de Besteiro a la colaboración con aquellos a quienes correspondía un cambio de límites refor
4. J. Pla, La Segunda República española. Una crónica, 1931-1936, Barcelona, 2006,
5. J. Gil Pecharromán, Niceto Alcalá-Zamora. Un liberal en la encrucijada, Madrid, 2005, pp. 205-211. Los problemas de las formas ejercidas por el nuevo gobierno en la transición son achacadas por Alcalá Zamora a la conducta del monarca, que llegó a reprochar a Romanones su deslealtad: N. Alcalá-Zamora, Memorias, Barcelona, 1977, pp. 164-165.
p. 61.
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mistas tan obvios,6 establecía algo más que la asunción de responsabilidades en una determinada estrategia: proyectaba en aquel día de unanimidad por la base una especie de reflejo de la misma falta de exclusiones en la constitución de las autoridades. Los jóvenes socialistas que cercaban el Palacio Real para proteger a la familia de Alfonso XIII de algún acto de violencia, los mismos que se enfrentaban a la hostilidad de los comunistas contra el nuevo régimen, estaban actuando en defensa de una República de cuyo más alto poder ejecutivo formaban parte, de la misma manera que estaban presentes en las calles. La mecánica populista de trabazón horizontal y de mutua dependencia vertical, de un pacto de reciprocidad que de momento se saldaba en el indispensable espacio simbólico, de rituales visibles de cualquier manifestación de esta índole, pasaba a caracterizar aquella «fiesta popular», que pronto habría de dejar paso a otras identidades menos inclusivas.7
En aquella jornada de excepción, la realidad y el deseo, habituales zonas polares puntuando los extremos opuestos de las difusas esperanzas de las masas y del pragmatismo gubernamental de la élite, caminaban fundidos en el cuerpo místico de una masa repentinamente convertida en pueblo, en conjunto de ciudadanos, en verdaderos españoles poseedores de una soberanía originaria. La transustanciación implicaba, para poder disponer de su eficacia mística, de un cambio en el carácter de la élite que había venido produciéndose en los últimos tiempos. El lema regeneracionista enunciado en el manifiesto de la Liga de Educación Política española en 1914 abandonaba su función esencialmente didáctica para certificarse en otro escenario. Los hombres que se agruparon en torno a la distinción orteguiana de la vieja y la nueva política,8 construyendo su proyecto reformista sobre una base fundamentalmente directiva, pedagógica, eran distintos a aquella promoción evolucionada, reorientada en los tumultuosos años de la dictadura, para ejercer sobre un territorio fundamentalmente representativo, en las diversas facetas de legitimación popular que se les ofreciera, pero necesariamente en alguna que estableciera una nueva escisión entre lo viejo y lo nuevo. Tal cambio se refería a la primacía de la política o, para decirlo en términos más
6. J. F. Fuentes, Largo Caballero. El Lenin español, Madrid, 2004, pp. 151-187.
Madrid, 1931-1934. De la fiesta popular a la lucha de clases, Madrid, 1984,
cap. 1.
Obras Completas, Madrid, 2004,
vol. I, pp. 710-737. El Manifiesto de la Liga se reproduce en las páginas 738-744.
a la sombra de una jornada en flor ajustados, a la prioridad de una acción política vinculada más a la organización del Estado en un sentido democrático, que a la práctica liberal tutelada de los discursos regeneracionistas. Si de la pedagogía se pasaba a la representación, de la crítica se pasaba a la propuesta organizada, lo que era congruente con unas nuevas condiciones políticas, más a tono con el espacio europeo posterior a la Gran Guerra y aplazado en España, en que se construía un marco moderno parlamentario como esfera central del proceso de modernización que se quería aplicar al país.9 Santos Juliá ha descrito el paso que se produce, en una sucesiva ruptura de liderazgo intelectual, entre Unamuno, Ortega y Azaña, pautando con tres nombres cruciales tres fases de la historia intelectual de la crisis de la Restauración y, por tanto, de la suma de la clase media española a las posiciones republicanas, sumando con el socialismo reformista el espacio de ese pueblo que habrá de definir en las semanas siguientes al 14 de abril los límites de su encuentro; en especial, su ensayo revela la repugnancia de Azaña por la parálisis contemplativa de la generación del 98,10
a la que va a sumar el desencanto por quien debía ser un maestro de inspiración, un proyector de ideas que, en sus propias palabras, acabará confundiendo el pensamiento con las ocurrencias.11 La crueldad del comentario, que no se hará público para dejar solamente un elegante reproche a la carencia de capacidad para orientar un proyecto democrático, pone de manifiesto la conciencia de un relevo que no es generacional por la edad, sino por la actitud: los hechos habrán de confirmar el sentido correcto del tipo de compromiso tomado por un intelectual de partido frente a quien cree que puede continuar en una tarea de tribuno. Sin duda, tal labor ha podido realizarse con singular brillantez, convocando a través de una crítica demoledora, sagaz y de una impecable fuerza retórica, a quienes leen, en noviembre de 1930, «El error Berenguer», con su famosa exhortación a la reconstrucción de un Estado que ha dejado de existir, delenda est Monarchia. Sin embargo, como en la genealogía de la expresión, la Cartago que debe asaltarse no habrá de hacerlo más que como una reforma del Estado vacante, una invasión desde fuera de la ciudad sitiada. Ortega rechaza ásperamente la llegada
9. P. Aubert, «El papel de los intelectuales», en C. Serrano y S. Salaün, eds., Los
felices años veinte. España, crisis y modernidad, Madrid, 2006, pp. 113-133.
La doma de la Quimera. Ensayos sobre nacionalismo y cultura en España, Madrid, 2004, cap. VI.
Historia de las dos Españas, Madrid, 2004, cap. 5.
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de una revolución en su artículo «Un proyecto», publicado el 6 de diciembre, en el cual indica que no cree en el hecho revolucionario como resultado de una preparación, sino como acontecimiento que sigue a una atmósfera de cambio que no se halla presente en la ciudadanía. Toda una desautorización —y, de hecho, el planteamiento de una alternativa personal— a quienes han creado el engranaje de un gobierno republicano sobre la base de la entrega a la actitud revolucionaria de un pueblo que la demanda. La desautorización podía disponer de algunos factores de efímera verosimilitud cuando llega el fracaso de la prematura insurrección militar de Jaca y se desarbola la huelga general que debía acompañarla y destruir a la monarquía por un acto de fuerza. Sin embargo, la dinámica de aquella prodigiosa etapa acabaría por desmentir a Ortega y salvar a los fracasados iniciales. A falta de esa preparación, a aquellas alturas de la crisis del régimen, y tras haber escrito el más famoso de los artículos de condena del sistema alfonsino, Ortega proclama la peregrina fórmula de una «Junta Magna para la reorganización del Estado español», una caprichosa manera de tratar de reunir la única estrategia en condiciones de representar políticamente los movimientos internos de la sociedad —las Cortes Constituyentes— y la vieja idea de mantener en vilo a una élite de la que no se excluye, como nunca ha querido hacerlo el filósofo, a los dirigentes de la socialdemocracia española.12 La creación de una Agrupación al Servicio de la República para organizar una representación propia de intelectuales en un parlamento de partidos, mientras Azaña consolidaba su Acción Republicana, indica el esfuerzo baldío de Ortega para modificar una conducta que conducirá al desengaño de finales de 1931. Dejado de lado por los líderes congruentes con el sistema republicano elegido, apenas escuchado en sus soflamas parlamentarias, contempla su propia carencia de público como el fracaso del régimen, exigiéndole su rectificación y asomándose, de forma harto peligrosa, al abismo de una opción más radical, como harán algunos de sus más destacados discípulos desde las filas del Frente Español.13
12. J. Ortega, Obras Completas, Madrid, 2005, vol. IV, pp. 760-774.
Obras CompletasLa razón y la sombra. Una lectura política de
Ortega y Gasset, Barcelona, 1984, cap. VI.
a la sombra de una jornada en flor
La mezcla de los intelectuales procedentes del reformismo político dinástico, de algunas figuras del monarquismo convertidas por efecto de la dictadura y del socialismo —a lo que deberemos sumar la actitud del nuevo republicanismo populista catalán y la actitud a analizar de un anarcosindicalismo que establecerá un espacio al margen y, al mismo tiempo, dispuesto a la colaboración desde su soberanía—, crea un nuevo cordón umbilical que confirma la dinámica populista. La afirmación de Niceto Alcalá Zamora refiriéndose a la «revolución social» —aun cuando el presidente del Gobierno Provisional no dejara de indicar que el Partido Socialista había sido un muro de contención para evitar que las cosas fueran demasiado lejos, es decir, demasiado cerca del mismo programa del PSOE—14 puede provocar una cierta aprensión contemplándola fuera del contexto en el que la opción «revolucionaria» adquiere su sentido, pues difícil sería que uno de los responsables de la Derecha Liberal Republicana optara por el más usual de los significados de la palabra.15 Aun cuando su infatigable enemigo Lerroux hubiera de dedicar a don Niceto unas páginas envenenadas en sus memorias, utilizando para ello las palabras de Prieto sobre la escasa idoneidad del personaje,16
la invocación del término por personas de su condición social y su procedencia política adquieren un valor de cambio simbólico indispensable en el tipo de transición que se estaba produciendo. Para el propio Azaña, aunque en sus labios resultara menos extraña, la convicción de un hecho revolucionario, alimentado también estéticamente con el encarcelamiento previo de quienes constituirían el nuevo Ejecutivo, pasaba a conceder una solemnidad capaz de reunir los harapos de suburbio con los chalecos de Ateneo.17 Según el fundador de Acción Republicana, identificado progresivamente como encarnación de la Segunda República, el nuevo régimen venía dotado de los dos factores fundamentales: la República era el pueblo, y su llegada solamente había podido ser el resultado de una revolución popular y, aunque la izquierda nunca pronunciara la palabra, también de una estética populista. No en
14. Citado por P. Preston, La destrucción de la democracia en España. Reforma, reacción y revolución en la Segunda República, Madrid, 1987, p. 89.
Niceto Alcalá-Zamora..., p. 240 y ss.
La pequeña historia, Madrid, 1963, p. 81: «Decididamente, Prieto
tenía razón: “Dios no llamaba a don Niceto por esos caminos”».
Manuel Azaña, una biografía política. Del Ateneo al Palacio Nacional, Madrid, 1990.
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vano, Josep Pla recuerda cómo esta última institución no tuvo empacho en llamar a Joaquín Maurín para que realizara una conferencia acerca de las tareas de la revolución española, observando con regocijo cómo se conmovían los asistentes ante las promesas de radical mutación social pronunciadas por el líder comunista, entusiasmo que sólo quedó templado cuando el líder del Bloque Obrero y Campesino (BOC) se definió como separatista.18 Los líderes procedentes del antiguo régimen y colocados, en diversas fases de la dictadura de Primo de Rivera, en la orilla opuesta de un sistema republicano, pasaron a insertarse en la lógica fluvial que arrastraba a aquel pueblo inundando las calles madrileñas en la noche del 13 al 14 de abril, y que desentumecería la atmósfera enrarecida del antiguo régimen, paseando la iconografía republicana en las horas siguientes por las calles de las grandes ciudades españolas. En los recursos verbales del periodo de entreguerras, a uno y otro lado de la trinchera que separará el fascismo y el antifascismo como el último acto de esa parte del siglo, las palabras «revolución» y «pueblo» poseen rigor descriptivo, poder de movilización y eficacia simbólica al mismo tiempo. Si la nueva República otorga un marco de derechos y, sobre todo, un recinto sentimental con capacidad para acoger a casi todos, esa misma esperanza masiva proporciona los recursos de sustentación afectiva y material que necesita la fase recién iniciada. No es de extrañar que un intelectual fascista como Ernesto Giménez Caballero, a la vista del entusiasmo despertado por Macià en la plaza de Sant Jaume, pueda emocionarse considerando que el nuevo régimen proporciona la posibilidad de encuentro entre un pueblo y el líder en el que éste se refleja. No tardará el pintoresco y penetrante polígrafo en tratar de encontrar una salida a los desengaños que irá sembrando la ilusión inicial republicana en la figura de Azaña, en el que aprecia un sentido de la autoridad del Estado que no estará demasiado lejos de la imagen que proporcionará al dirigente republicano la peor de las famas en los ambientes de la extrema derecha y de la extrema izquierda en los meses venideros.19
Ese culto al héroe del intelectual fascista no podía ser lo que prestigiara al régimen en sus primeros pasos, aunque resulta interesante que la fascinación por el cordón umbilical populista sea aceptado en los márgenes de unas instituciones contra las que el fascismo habría de le
18. J. Pla, La Segunda República..., pp. 99-100.
Ernesto Giménez Caballero. Entre la vanguardia y el fascismo, Valencia, a la sombra de una jornada en flor vantar, en muy poco tiempo, una curiosa síntesis de reproche por promesas incumplidas y de rechazo por sus excesos reformistas, como podrá observarse cuando el propio José Antonio, el menos indicado para
reivindicar el régimen tras haber fundado la Unión Monárquica Nacional y haberse presentado como su candidato en las elecciones parciales de 1931, llegue a afirmar, siendo ya diputado falangista en las
Cortes del segundo bienio, el sueño inconcluso que había significado
aquel brusco amanecer republicano. El 19 de mayo de 1935, el jefe nacional de la Falange de las JONS se dirigía a sus seguidores en el Cine
Madrid, de la capital de España, para señalar la gran responsabilidad de
quienes habían defraudado las esperanzas del pueblo, dilapidando con su
falta de sentido patriótico la revolución que aguardaban los españoles.20
En los estertores del régimen, menos de un año antes de que el líder falangista negocie el ingreso en una coalición en la que se encuentran adversarios radicales del régimen, la ilusión retrospectiva mezcla el crimen y el castigo en su forma más paradójica: la revolución fraudulenta legitima la contrarrevolución. Sin embargo, que tales palabras fueran pronunciadas también a poca distancia de la insurrección de octubre de 1934 era porque deseaba señalar a los dirigentes republicanos dónde se encontraba su responsabilidad en las insatisfacciones populares, en un recurso que no dejaría de cubrir uno de los flancos estéticos y políticos del fascismo en todas partes: una reacción organizada contra la revolución farsante, en especial la que podían traer las izquierdas procedentes del liberalismo. Más temprano madrugó la madrugada en otras zonas del fascismo español para sumarse a aquel entusiasmo, si consideramos los elogios desmesurados de Ramiro Ledesma Ramos, cuyo sentido del fuste de la realidad le ha hecho olvidar sus pretensiones literarias y filosóficas para lanzarlo al único espacio de protagonismo, el de la política. Para el fundador del semanario de una cabecera que ya parece desmentir las condiciones del cambio, La Conquista del Estado, lo inaudito del proceso es la carencia del relevo de una élite vieja, representante de un sistema liberal caduco, ajeno a la actualidad y la eficacia de los nuevos proyectos políticos alzados en Europa desde la Gran Guerra. Para un fascista que se suma con entusiasmo a la caída de la monarquía —al contrario de lo que sucede con José Antonio Primo de Rivera—, el populismo no deja de incluirle, como alguien cuya entrada en la política ha ido en la dirección de la exaltación de ese sentimiento juvenil,
20. J. A. Primo de Rivera, Obras Completas, Madrid, 1945, p. 79 y ss.
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de ruptura de fondo, de cesión del paso a las ideas salidas de las experiencias totalitarias del nuevo siglo, que sólo pueden fiarse de una vanguardia nacida con él, y dispuesta a un proceso de nacionalización de las masas, de organización de la comunidad de todo el pueblo mediante la abolición real de la vieja política parlamentaria. Para Ledesma, la llegada de la República equivale al Gran Acontecimiento de la Gran Guerra que permitió los dos procesos que van a dar sentido político radical y moderno al siglo xx, los dos proyectos en los que se manifiesta el ser profundo de la época en que se vive: la revolución rusa y el fascismo.21
Los ejemplos citados, que llevarán adelante su tarea política con el objetivo primordial de acabar con el régimen republicano, nos indican la potencia simbólica que tuvo y conservó aquel 14 de abril, incluso para que sus adversarios desde su nacimiento pudieran realizar la lectura de la movilización popular que más les convenía y arrojarla al rostro de los dirigentes republicanos. Nos indica, por otro lado, esa fuerza transversal de la dinámica populista, capaz de alimentar al fascismo así como de proporcionar materiales indispensables de movilización para el antifascismo, usando esos vocablos de rango universal, el pueblo y la revolución, de acuerdo con orientaciones propias que acabarían generando conflictos graves cuando tuviera que definirse en el bando republicano lo que se comprendía por una revolución popular antifascista. El pueblo, una palabra tan abundante, sufría el mismo destino de las monedas de curso excesivo, que es la devaluación, aunque sólo en su significado, y no en la relación de confianza que el público establece con ellas, por lo menos en aquellas primeras horas del proceso, cuando el concepto parecía contentar a todos. Su polisemia, que mezcla la contundencia del vocablo, su apariencia de totalidad en transformación, con el muy diverso valor práctico que le dan sus distintos usuarios, es uno de los propulsores más eficientes del populismo, que exige un deliberado control de los cambios por quienes sustituyen al viejo orden y una difusa actitud de equilibrio entre rupturas y continuidades por las masas sociales que lo apoyan. Con todo, declararse republicano es la forma de pasar por revolucionario en las condiciones de abril de 1931. Pues ésa, y no otra, era la revolución que había venido pensándose desde los años anteriores, a la que se había rendido culto en
21. F. Gallego, Ramiro Ledesma Ramos y el fascismo españolidem, «La realidad y el deseo. Ramiro Ledesma en la genealogía del franquismo», en
Fascismo en España. Ensayos sobre los orígenes sociales y culturales del franquismo, Barcelona, 2005, p. 367 y ss.
a la sombra de una jornada en flor los viejos escenarios minoritarios de la coalición republicano-socialista, de la misma forma que acabó por aceptarse por los recién incorporados al pacto, estableciendo el binomio pueblo/poder en la forma de pueblo/monarquía. Dado que no fue posible, como era tradición y voluntad de los más veteranos, que ese cambio fuera apoyado por un empuje de base que demostrara la capacidad de echar al monarca por la fuerza, mediante la conjunción de un golpe militar y una protesta de los trabajadores, la representación tenía que adquirir un estilo similar, aunque pacífico; la falta de resistencia de Alfonso XIII se correspondía a aquella voluntad unánime del pueblo, tan poderosa como para poder llevar adelante un proceso revolucionario que se manifestaba en la salida de las masas a la calle para dispersar por ella los distintos actos simbólicos del republicanismo, mientras la misma masa proporcionaba su apoyo entusiasta, su reconocimiento a un gobierno que intentaba plasmar una inmensa alianza de culturas políticas y clases sociales en su misma composición, al tiempo que se consideraba llevado a los balcones desde los que saludaba a la multitud como resultado de esa exigencia del pueblo expresada en los espacios públicos. Quienes constituyeron el nuevo gobierno eran parte y representación de ese nuevo elemento de legitimidad sobre el que se estableció la ruptura con la monarquía y que supuso mucho más que el cambio de un monarca por un presidente.
El conjunto de expresiones simbólicas del cambio tenía que disponer de esa duplicidad que permitía la cancelación de las viejas instituciones, pero que no implicaba la acción de una parte del país sobre otra zona significativa de la población, una victoria que estableciese una nueva mayoría, sino que aspirara a una totalidad, de la que sólo se excluían algunos factores anecdóticos, que dejaban de ser nación propiamente dicha, pueblo republicano, ciudadanía activa, en la medida en que no deseaban participar de un escenario al que se había invitado al conjunto del pueblo. Debía ser un objetivo obtenido por todos que garantizara el vaciado social del orden político precedente: no sólo el abandono de una élite que cambiaba sus lealtades, sino una alteración más profunda, que se refiere a la pérdida de su sustento popular. La escisión del pueblo resultaría insoportable en estas condiciones para que el cambio se produjera con lo que todos los observadores indicaron como una mezcla de entusiasmo y serenidad, a la manera de un asentimiento general, como si el pueblo se limitara a asistir a su propio espectáculo de recuperación de su soberanía, sin ser el causante de un violento cambio de correlación de fuerzas. La revolución, en este esquema populista, no acepta más que barcelona, mayo de 1937
la unanimidad porque no acepta una designación social del pueblo y, en cambio, plantea un significado ideológico del mismo, una condición que se convierte en opción y que debe sustituir los elementos habituales de distinción de opiniones y clase por los de la participación en un acontecimiento político. El republicanismo del 14 de abril estableció ese recinto de unidad porque la gente de diversas condiciones, que habría de votar a partidos distintos en junio y que, pocos meses después, fracturaría ese instante histórico de encuentro radical, hizo del apoyo a la salida de Alfonso XIII y del cambio de régimen una afirmación propia, insertando cada una de sus circunstancias como elementos contingentes en un acto esencial. La transición realizada en el país no pudo hacerse de otra forma, cuando habían fallado los movimientos huelguísticos o los intentos insurreccionales sólo unos meses atrás.22 La cancelación de un viejo orden de cosas, en condiciones que proceden de la derrota estratégica de su impugnación violenta, podía ir acompañada de una aceleración del «estado de disponibilidad» general a un cambio, que se fue agudizando a medida que la capacidad de maniobra del régimen se hizo más pequeña. Una coyuntura de este tipo favoreció su aspecto populista y las dosis de manipulación y control que lo caracterizan porque se hallaban presentes los dos aspectos básicos del mismo: la integración de las masas en actos visibles de ocupación de los espacios públicos y el establecimiento de una nueva alianza con la élite, basada en la delegación aceptada por el pueblo, en el reconocimiento por parte del mismo de la dirección ejercida por ella. El lenguaje revolucionario y los actos simbólicos de modificación del escenario público eran indispensables, pero también lo fue la seguridad de factores de permanencia. Por un lado, porque el or
22. S. Ben-Ami, en Los orígenes de la Segunda República española. Anatomía de una transición, Madrid, 1990, ofrece una detallada visión de organizaciones y de cúpulas dirigentes que puede aproximarnos a un aspecto que contuvo el proceso de transición, aunque algunos aspectos, como la impregnación cultural del cambio, el lugar fundamental ocupado por el apoliticismo popular y la forma en que éste puede explicar tanto los fracasos de determinadas estrategias como las alianzas realizadas en la primavera de 1931, cuando se produce la imposibilidad de reformar el régimen por la falta de colaboración de los sectores dirigentes, y la imposibilidad de no reformarlo por la potencia de los núcleos reformistas, permiten abrir una etapa de vacío necesariamente atenta a las posibilidades de este camino de integración pacífica y de aparente unanimidad de quienes han probado suerte en opciones revolucionarias, de quienes no han querido mantener tal colaboración desde posiciones críticas del movimiento sindical de esquemas libertarios, o de quienes han conservado la esperanza de un mayor control desde arriba de un proceso de apertura.
a la sombra de una jornada en flor den y la tolerancia generalizada, la voluntad de considerar a todos partes integrantes del proyecto ciudadano, legitimó el cambio como un plebiscito abrumador, que no hizo más que poner en marcha la manifestación del vaciado de las instituciones previas y el anhelo de transformación; en definitiva, porque la ausencia de violencia ejercida contra los resistentes, contra quienes no deseaban ir tan lejos aunque aceptasen ciertos cambios, habría restado algo más que seguridad política al proceso: le habría arrebatado una gratificación emotiva indispensable cuando se acababa con un régimen en el que habían nacido y se habían formado políticamente todos los participantes en los hechos. Por otro lado, porque esta transversalidad, que proporcionaba la poderosa imagen de una voluntad general en ejercicio, desplegada en las risueñas manifestaciones callejeras, sólo podía mantenerse, cuando no se había producido una catástrofe aniquiladora del mundo material y las tramas sociales existentes —como sería el caso de los procesos de guerra y revolución en otros países—, un cambio tranquilo sin la interrupción de los elementos de seguridad en la vida cotidiana: la regularidad del trabajo, la posibilidad del consumo, el funcionamiento de los servicios públicos. Incluso los más fervientes partidarios del cambio deseaban que éste ofreciera tales garantías que habían de prestigiarlo como no podía hacerlo un desorden justificado por la mayor fuerza de transformación que conllevaría, y que implicaría una ruptura del frente republicano desde sus inicios. La diversidad de horizontes de cambio que podían contemplarse en la constitución del gobierno provisional y en el futuro político de los diversos ministros, representaban en el nivel ejecutivo esa unanimidad republicana que se construyó en la calle, algo que alimentó mutuamente ambas posiciones, dando garantías a todos los que participaban en el proceso, trabajadores vinculados al socialismo, clase media republicana de izquierdas o sectores conservadores que compartían los mismos temores de Lerroux o de Maura ante el socialismo en el gabinete o ante las masas obreras en la calle, listas para lanzar sus reivindicaciones de clase en cuanto el marco de libertades lo permitiese y lo alentara.
Ortega saludó el 23 de abril la «sencillez de la República», advirtiendo que: «esa “forma” de Gobierno, que se supone tan inoperante, trae consigo nada menos que todo un estilo de vida ... Queramos o no, desde el 14 de abril todos vamos a ser otra cosa de lo que éramos ... Todos, republicanos y monárquicos».23 Incluso los adversarios declarados
23. J. Ortega y Gasset, Obras..., vol. IV, pp. 777-778.
barcelona, mayo de 1937
del régimen eran aceptados en una nueva fase, a pesar de que su actuación en defensa del mismo fue satisfactoriamente baja, lo suficiente como para sorprender a los propagandistas del viejo orden y para tranquilizar a los del nuevo.24 Resultado de una situación de especial y prolongado desgaste institucional, pero que en sus entrañas contenía elementos de fractura que no tardarían en aparecer, con las movilizaciones obreras, la reorganización de la derecha —republicana o no— e incluso la aparición del reducido fascismo español, el breve plazo de la acogida plebiscitaria del régimen necesitaba del aparente oxímoron del «orden revolucionario»: dos términos que pasan a sostenerse mutuamente en aquella circunstancia. La salida a la calle no se producía para crear el desorden, sino para expresar el orden; no era un acto de fuerza dispuesto a la lucha, sino una manifestación de conformidad con lo que estaba sucediendo, como si el pueblo aceptara ser, al mismo tiempo, actor principal, director artístico y diseñador de efectos especiales. En el populismo, en cualquiera de las vías de expresión del populismo del periodo, la política necesita del espectáculo porque ha creado un escenario nuevo, paralelo al de las instituciones, en el que éste puede producirse como aceptación y no sólo como confrontación con el poder.
La disciplina social construida en las manifestaciones de los partidarios más activos del nuevo régimen son el recinto ritual del mismo, donde los oficiantes del acto litúrgico son el marco en el que se producen los acontecimientos y los responsables, a través de su fe, de que los hechos adquieran la calidad de un proceso revolucionario de adhesión al nuevo régimen. Sólo diez años atrás, T. S. Eliot había pronunciado, en el soberbio arranque de La tierra baldía, el prestigio necesario a un mes de abril que ordenaba la memoria y el deseo, la ruptura de los goznes de la tierra tras un invierno de gestación, para que el paisaje establezca una ruptura que procede, en el fondo, de una solemne continuidad, de una salida a la luz de todo lo que ha ido nutriéndose bajo el aspecto inmóvil de la naturaleza. Asociada a la juventud, a la acuñación de emociones, a la intrepidez y a la esperanza, la estación primaveral ha servido siempre como metáfora de una nueva era, un movimiento que tiene tanto de novedad como
24. J. M. Gil-Robles recuerda cómo le sorprendió, en la campaña municipal, que no sólo fueran los sectores republicanos habituales quienes dieran la espalda a los mítines de la derecha monárquica, sino también los ciudadanos que hasta aquel momento lo habían sido y que se encontraban paralizados por la crisis del régimen y la ausencia de una alternativa política al mismo (No fue posible la paz, Barcelona, 1968, pp. 29-33).
a la sombra de una jornada en flor de regeneración. En el mensaje de ese populismo de breve duración —tan breve como la propia estación que le sirve de recinto real y literario— la revolución tiene ese significado ambivalente. Un primer espacio simbólico queda marcado ya, en esas primeras jornadas republicanas, por su advenimiento coincidente con el ritmo natural de las cosas, que parece complementar su fuerza tranquila, su energía controlada, su ilusión bien encauzada por quienes plantean una estética de la participación, tras una etapa que se definía a través de todos los mecanismos institucionales y culturales de la exclusión social y política. La llegada del pueblo, el famoso «el pueblo está en la calle» que justifica a los nuevos gobernantes, supone la integración, la ciudadanía, el reconocimiento en una escenificación al aire libre. Al símbolo estacional se suma el de la ocupación del espacio público, la presencia en los actos multitudinarios como manifestación de ciudadanía, ejercicio y demanda de derecho. Se trata de la comunidad nacional articulada legalmente, pero también con un sentimiento de pertenencia emocional, una intuición de libertad al alcance de la mano, de verificación como sujeto colectivo. En la tradición del republicanismo, el pueblo es una entidad mítica como objetivo, además de una base social de actuación política. Es una fuente de legitimidad de un proyecto y un público al que deben dirigirse los beneficios de un Estado de Derecho. Y, en esta dinámica, solamente la práctica social de la participación, de la acción de demanda, de protesta, de conmemoración, permite vislumbrar dónde reside el ámbito de una permanente delimitación de la ciudadanía, de un estar dentro del espacio de los derechos, de un ámbito popular que construye sus espacios de sociabilidad permanentemente alerta para protegerse y para no perder la conciencia comunitaria.25 Los intelectuales que, como el propio Ortega, se han formado en la fabricación del pueblo, al que deben dar su entrada en el mundo adulto, sin dejar nunca de mostrar su reticencia por la masificación, coinciden con un fenómeno que no dejará de darse en la política contemporánea, donde el uso de las masas se combina con el temor de cualquier élite —incluyendo a las diversas aristocracias revolucionarias— a la función que puede llegar a tomar ese ente despertado de su sueño.26 Estos factores resultarán igual
25. R. Cruz, En el nombre del pueblo. República, rebelión y guerra en la España de
1936, Madrid, 2006, cap. 2.
El desprecio de las masas. Ensayo sobre las luchas culturales de la sociedad moderna, Valencia, 2002) realiza un sugerente repaso acerca de los retos de la igualdad
que supone una sociedad que da a conocer a las masas su naturaleza subjetiva en la histomente útiles en las etapas de fragmentación, cuando la ilusión de la unanimidad se quiebre, para alentar en los espacios divididos la posesión de la
exclusiva de este carácter, recurriendo a esquemas generales muy semejantes, y se llevará a cabo, como construcción de experiencias comunitarias
que se representan a sí mismas como la totalidad del verdadero pueblo, otra
de las características del populismo, aunque en su fase de división. Un
factor que se ha contemplado dentro y fuera de España, antes y después
de la experiencia unitaria del 14 de abril.
Mesas separadas. La diversidad del espacio republicano
Podría considerarse, con todo, que la amplitud de la unidad dejaría de
corresponderse con la realidad social del país, con la cultura de fondo
existente en espacios aún poco definidos en los primeros compases de
la transición, como los rasgos distintivos del sindicalismo libertario y del
socialista, correspondiendo ambos a proyectos y experiencias, es decir,
a la mezcla de las condiciones concretas de un entorno laboral y vecinal en el que se desarrolla la vida de los trabajadores y su adhesión a una
de las dos culturas mayoritarias del obrerismo español. Elementos conflictivos del desarrollo económico, social y político modificarían las
condiciones generales de la República y éstos a su vez serían devueltos
a la superficie en una forma conflictiva que superaba la armonía de las
jornadas de abril. Las posibilidades de mantener la alianza permanente
entre los pilares del socialismo reformista proletario y el republicanismo
de clase media urbana sufrirían muy pronto tensiones que harían cada
vez más difícil sostener que aquella festividad era más congruente con
un proyecto de construcción institucional que con una breve expresión
de repudio unánime del régimen monárquico.27 El pueblo cede el paso ria. Como respuesta a ese temor a las masas, Alain Finkelkraut realiza un espléndido paseo por el hallazgo del otro y semejante, de la igualdad en una sociedad aún previa a la revolución burguesa, partiendo de un miedo de Pascal al desencantamiento del mundo que
le hace defender los mitos, la magia, las creencias de los humildes como un espacio de sabiduría, que se vierte en un principio de comunidad opuesto al Yo que duerme (La humanidad perdida. Ensayo sobre el siglo XXirrupción de las masas formas de igualitarismo La crainte des masses. Politique et philosophie après
Marx, París, 1997, en especial el capítulo «Modernités. Peuple, État, Révolution».
Madrid, 1931-1934...) trazó el análisis de esta transformación en el a la sombra de una jornada en flor a la clase en el primer bienio republicano, en especial cuando, junto a
las distintas facetas de quienes han apoyado el advenimiento del nuevo
régimen, se constituyen políticamente, cobran forma y actividad populista aquellas fuerzas que desean destruirlo. Ha dejado de ser total
y exclusivamente identificable con la República al llegar las elecciones
de 1933 y la izquierda pasa a reconocerse solamente en el ámbito más
reducido de clase, que se presenta, además, como una superación del recinto popular en el que previamente se ha difuminado su verdadera
identidad. Esta descripción tiene su correlato estratégico, pues la primacía o la exclusividad de la clase como referente de pertenencia y acción
social exige una ruptura con las posiciones previas de unidad, a lo que
se añade una distinción entre quienes, habiendo superado el marco del
14 de abril, expresan esa prioridad que no impide la alianza interclasista, mientras que aquellos que se plantean la exclusividad —o que ya lo
hicieron en el momento de proclamarse la República, pero que ahora
tienen dispositivos políticos de mayor eco para hacerlo, como es el caso
de los comunistas— lo harán como un avance político que establece la
independencia de la clase obrera y proporciona a sus organizaciones
políticas su carácter de vanguardia. El sector que podía romper la unanimidad del 14 de abril en el otro lado del espejo político del primer
bienio republicano, una derecha en proceso de fascistización, no podía
expresarse en estos términos, dado que su propio horizonte ideológico
sólo podía alcanzar la base de masas necesaria precisamente a través de
una definición del populismo como instrumento de la contrarrevolución, o de revolución preventiva que detuviera la ofensiva autónoma
del proletariado o su coalición con un liberalismo entregado a las propuestas revolucionarias de las organizaciones obreras. En este marco
ideológico, la extrema derecha ofrecerá una alternativa consistente en
el paradigma moderno de la superación del conflicto social que proporcionará el fascismo, no sólo la reconciliación de intereses en conflicto, sino también la superación misma del concepto de clase.
Para el propósito de un estudio destinado a comprender el enfrentamiento entre revolucionarios que entendían la relación entre clase y pueblo de forma distinta, y que habrían de construir estrategias —en el caso del marxismo radical— o actitudes —en el caso de sectores libertarios— que se basaban en esta oposición, tal explicación parece un estímarco de la capital madrileña con un abrumador examen de los cambios en la vida cotidiana hace más de veinte años.
mulo oportuno para considerar este aspecto en el momento mismo en que la escisión no ha aparecido claramente, en el momento en que se vive aún política y socialmente en forma de pueblo por parte de la inmensa mayoría de la izquierda. La unanimidad del 14 de abril tuvo que ser denunciada en los años posteriores por una izquierda que quiso desmantelar el mecanismo populista expuesto en aquella ocasión —que incluía una delegación del poder realizada de una forma plebiscitaria— como parte de la subordinación de la clase obrera a una cautela política que acabó por entregarse a los intereses de la burguesía. Curiosamente, en plena guerra civil habría de producirse un debate en condiciones similares aunque no idénticas, en especial porque el debate tenía como foco de iluminación del escenario el peligro de una victoria del fascismo en España. No se trataba, por tanto, de una mera discusión a la que se hubiera llegado como resultado de la progresiva insatisfacción de sectores proletarios enfrentados a la timidez del reformismo, sino de una nueva fase del trayecto que, habiendo pasado por los intensos conflictos internos del primer bienio, se situó en un campo de fuerzas que situaba un discurso popular reclamado por ambos contendientes, en su versión democrática o su versión comunitaria fascista, y un discurso de clase que sólo se comprendía como tal excluyendo esa referencia prioritaria al pueblo, que en el bando republicano había tomado la forma de una estrategia frentepopulista. Puede indicarse que la oposición inicial entre clase y pueblo, haciendo de la segunda identidad exclusiva una fase posterior a la más inmadura históricamente del pueblo, nos proporciona no sólo una visión de lo que ocurrió cuando la unanimidad del 14 de abril se rompió —algo que sucedió en direcciones muy diversas—, sino que pasa a una caracterización de las jornadas de movilización popular que las examina a la luz de las escisiones producidas después, como resultado de una realidad sociológica que ni siquiera el 14 de abril se corresponde a una opción como la tomada más que como necesidad de las fuerzas coaligadas de ejercer una dinámica populista, es decir, de aceptar la unanimidad como una relajante manera de colocar las tareas que debía afrontar el gobierno en un espacio mucho menos tenso de lo que habrían de exigir las ilusiones despertadas por el cambio y, en el fondo, los motivos que habían llevado a apoyarlo por amplios sectores populares. Naturalmente, como veremos, la frustración reformista de unos se correspondía perfectamente con otra frustración, que era la de quienes se apartaron de la coalición gubernamental —como la que representaban Alcalá Zamora y Maura y, muy especialmente, Lea la sombra de una jornada en flor rroux— y la de quienes empezaron a organizar la revisión de la obra constitucional desde el tránsito del año 1931 a 1932. En definitiva, el populismo ha podido abandonar o bien la unanimidad republicano-socialista, o bien la República misma, para ir a buscar otros espacios de realización a sólo ocho meses de un edificio político que parecía destinado a no modificar mucho más lentamente sus estructuras. A la unanimidad le sucede una impugnación tan diversa y multitudinaria, que nos sirve para cuestionar la validez de lo sucedido en los días de advenimiento del nuevo régimen. Sin embargo, el acuerdo fundamental con este diagnóstico demanda algunas consideraciones que lo suavicen, en especial por lo que respecta a lo que está sucediendo en la capital, para que no se corra el riesgo de realizar una lectura general destinada a comprender lo que sucede en el conjunto del país, y para evitar una sanción de las relaciones entre pueblo y clase que podrían achacarse no sólo a la propia jornada del 14 de abril en España, sino también a lo que se produce a lo largo del periodo republicano, sobre todo cuando esta relación intenta impugnarse desde algunos sectores radicalizados por la lucha antifascista. No es menor el peligro de considerar esta unanimidad popular como un resultado de un fenómeno que es operativo en España cuando ha dejado de serlo en otros países, en especial los más avanzados del continente.
Ciertamente, la unidad del pueblo como recurso de consistencia política era una ingenuidad, si con ello se pretendía mantener las condiciones de cordialidad social que llegaran a ignorar, entre otras cosas, lo que era la República para quienes habían salido a defenderla y saludarla, algo parecido a lo que ocurrirá con la sólo teórica unidad antifascista que habrá de producir el descalabro de mayo de 1937 en la retaguardia catalana, y que en el recuerdo de los españoles que simpatizan con la experiencia de 1931 quedaría representado en dos imágenes de una gran eficacia comunicativa: las barricadas de mayo en Barcelona, frente a los alegres desfiles de julio de 1936, que parecen restaurar una nueva unanimidad popular, que desmiente la del 14 de abril en el marco mismo del debate político que se produce en la interpretación de la lucha antifascista y el tipo de revolución a realizar.28 Creo que sin una consideración acerca
28. Como puede demostrarlo el tono con que La Batalla del 14 de abril de 1937 se refirió, en plena crisis del sistema republicano en Cataluña, a la superación política de aquella jornada, indicando en su editorial «Sexto aniversario» que «el 19 de julio no es un retorno a la situación política expresada por el 14 de abril. Es en vano que se tradel valor más que simbólico de esa unanimidad popular —incluyendo los mecanismos populistas de su control, que tuvieron su aplicación más refinada precisamente en Cataluña— sería difícil entender los tres episodios, tanto en lo que se refiere a su ambiente como a su calidad política: las jornadas de abril de 1931, las de la movilización antifascista de julio de 1936 y el enfrentamiento entre concepciones distintas de la revolución, la guerra y el fascismo en la primavera barcelonesa de 1937. Me limitaré a señalar algunos elementos indispensables del análisis, en el momento en que se describe esta radiante marea unitaria de la ciudadanía republicana, para que el curso de los acontecimientos narrados después permita dotarlos de lo que creo que es un aprendizaje político de la izquierda y la extrema izquierda, como lo son también sus polos opuestos, en el republicanismo conservador, el monarquismo y el fascismo en los años posteriores. La memoria de los factores de homogeneidad en la primavera de 1931 —y de su ruptura a partir del verano— había de convertirse en una experiencia política que determinara estrategias y modificara o confirmara actitudes ante el régimen. La caracterización de una nueva forma de constituir políticamente al pueblo en el marco de una democracia procedía de una memoria dotada de elementos de corrección y corroboración. Quienes se incluyeron en las esferas de conflicto a distintos niveles procedían de una aceptación o una reticencia iniciales, y habían de determinar el grado de su necesidad de adaptar la defensa de las bases del régimen a unas nuevas condiciones y a adversarios más potentes, como también habían de crear un repertorio de acusaciones que se dirigían a una virtud o a un pecado original del propio sistema. En dete de hacer literatura sobre esto y de especular con hechos históricos falsos o desfigurados. En la Historia no se repiten los acontecimientos ...». En realidad, ni siquiera el 14 de abril había hallado a los dirigentes del BOC o de la Oposición de Izquierdas entonces, del POUM en 1937, aceptando el carácter de la República que le daba la mayoría de la población trabajadora española. Esa desautorización no se basaba solamente en una superación de los acontecimientos por nuevas correlaciones de fuerzas, sino por el rechazo inicial de la unidad popular frente a la que, ya entonces, se propuso lo que parecía cobrar actualidad en el debate que pronto degeneraría en la tragedia de mayo: la relación entre la revolución proletaria y la revolución democrática. El uso constante del término poble clase en la prensa del POUM pueden indicar la forma en que se plantean dos maneras de comprender la maduración política del 14 de abril: en un caso, dando un sentido de hegemonía de la clase obrera en una alianza democrática; en el otro, de independencia de la clase obrera en una alianza por un gobierno de los trabajadores.
a la sombra de una jornada en flor finitiva, los acontecimientos no son una simple posterioridad, sino una herencia. El pasado no es sólo un tiempo anterior, una abstracción hueca que se distingue sólo por su disposición cronológica, sino también un recipiente de contenidos de referencia, una tradición cargada de episodios que dan significado, que proporcionan imágenes reconocibles para el sujeto que debe actuar sabiendo que en todo lo que hace se encuentra presente el contenido útil, la materia que ha ido sedimentándose y da un especial significado a los acontecimientos, que no es coincidente con el de otros sectores, porque se basa en una distinta asunción «orgánica» de lo que ha ocurrido anteriormente, ya no como simple pasado, sino como experiencia.29 Una determinada imagen del 14 de abril, de la experiencia popular desarrollada entonces, había de reposar sobre los factores de ruptura producidos en los tiempos posteriores y convertirse en un anuncio de la catástrofe, en una determinación examinada retroactivamente. Las direcciones políticas, los equipos dirigentes sindicales, están acostumbrados a componer sus estrategias de acuerdo con una cuidadosa atención a los errores y aciertos del pasado, convertidos en un instrumento polémico para dar consistencia a la propia argumentación. Pero tal evidencia sólo podía serlo si era capaz de conectar con sentimientos parecidos en la base social a la que se dirigía en análisis, que en
29. Las reflexiones de Walter Benjamin sobre este sentido del tiempo —con las que conecta la atención prestada al peso de la formación de las clases representen sean— signos Walter Benjamin. Aviso de incendio, Buenos Aires, 2003, pp. 142-147.
barcelona, mayo de 1937
muchas ocasiones ni siquiera lo escuchaba en su complejidad y sutileza, para advertir tan sólo las consignas que se intuyeran como acertadas como resultado de la propia experiencia. Acostumbrados a considerar el debate y el cruce de acusaciones entre los partidos y los sindicatos por medio de los redactores de sus informes o de los autores de los editoriales de su prensa, quizás hayamos dejado en un espacio menos frecuentado cómo se vivían los acontecimientos acumulados en la peripecia social de quienes eran militantes, afiliados o simples ciudadanos a los que llegaba este mensaje, pero que disponían de sus propios recursos para apoyarlo.30 ¿Puede pensarse que los participantes en los sucesos de mayo no habían construido su propia imagen de las jornadas del 19 y 20 de julio de 1936, y que éstas habían sido contempladas como resultado no tanto de cómo se vivió, sino de cómo se construyó imaginariamente la unanimidad del 14 de abril, una vez que las circunstancias sociales habían modificado la percepción del significado de aquel acontecimiento?31
La comprensión de la confluencia inicial de fuerzas que se fracturará en poco tiempo obliga a considerar dos factores que nos permitirán tener una perspectiva más leal a los acontecimientos. Por un lado, la existencia de realidades regionales dispares, que determinan rasgos específicos de políticas regionales o locales, sin los que el proceso nacional de la Segunda República es poco comprensible. Por otro, la existencia de proyectos políticos que, sin dejar de participar o de «dejar hacer» en la jornada del 14 de abril, tienen una estrategia propia que acabará realizándose como línea divisoria de proyectos más o menos ra
30. Una sensibilidad ante este tema fue la que expresó, cuando era muy poco frecuente hacerlo, E. Ucelay-Da Cal en un libro merecedor de haber abierto toda una
línea de preocupaciones, La Catalunya populista. Más recientemente, el texto de
Militants S. Democràcia i participació a CNT als anys trenta, Barcelona, 2003,
va en ese mismo sentido, como va siendo cada vez más frecuente en la historia social.
a la sombra de una jornada en flor dicales, más dispuestos a sostener la unidad del pueblo democrático o a establecer una etapa en la que ésta debe ser cancelada a favor de un cambio del poder de clase que excluye la colaboración con la burguesía, incluso la que se enfrenta al fascismo. La atención a los proyectos políticos distintos parece obvia en una historiografía acostumbrada a satisfacer su apetito intelectual consumiendo estrategias de distintos sabores. El primer aspecto requiere romper el mito de la excepcionalidad española en el curso de la crisis europea de la primera mitad del siglo, un producto que, además de surgir ciertos intelectuales del 98 que trataron de apacentar su rebaño de críticas en los fértiles pastos de los precursores de un Sonderweg español salió de la factoría ideológica del franquismo, que recurría a un curioso proceso de legitimación de un régimen distinto a los de su entorno por la vía de bucear en raíces específicas, un proceso que conduciría también a considerar que la guerra civil era «la guerra de España», sin considerar el marco de desmantelamiento de la democracia que se estaba produciendo en la Europa de los años de la primera posguerra, generalización que había de utilizarse en su momento en nuestro país, tanto por la izquierda como por la derecha, como el carácter internacional del conflicto que estaba produciéndose en España.32 Es muy posible que la debilidad de nuestra dedicación a la historia internacional haya tenido un resultado paradójico, pero previsible para quien entiende la diferencia entre hacer historia comparada y prestar atención a la contemporaneidad de los procesos históricos. El deficiente conocimiento de lo que está sucediendo en Europa o en América Latina, por ejemplo, lleva a una comprensión deficiente de lo que ocurre en el seno del propio país; ocurre en lo que se refiere al análisis de los proyectos políticos a los que haremos referencia —y, de modo especial, en lo que afecta al populismo—, y sucede también en la atención a los marcos regionales internos, más complementarios que yuxta
32. José-Carlos Mainer ha expuesto, con su habitual brillantez y abrumadora erudición, algunos factores de esta mitología —en especial, el de la guerra civil como delta de fragmentación en el que desembocan los atormentados cuarenta años anteriores— en el prólogo a la nueva edición de Años de vísperas. La vida de la cultura en España (1931-1939)Fascismo en España. En especial, en el apartado V: «Como quien espera el alba. España en la lógica de final de siglo: de la anomalía a la normalidad», y VI: «Los placeres prohibidos. La etapa crucial de 1914-1930 y el “retraso” político del fascismo español».
puestos, de la misma forma que la relación entre la historia nacional y la internacional tiene que ver más con la integración en un proceso heterogéneo, pero un solo proceso contemporáneo, que con el uso puntual de algún caso que certifique un aspecto que nos conviene destacar. De esa carencia no están libres ni siquiera quienes han rechazado una historia nacional española para pasar a marcos más homogéneos, dado que algunas de sus características solamente pueden comprenderse tal y como lo vieron los protagonistas de los hechos: como parte de un proceso que coincidía con asuntos y enfoques internacionales. En efecto, la atención a otros países puede demostrarnos que la diversidad interna de los marcos regionales españoles no es un rasgo de excepcionalidad, aunque su tratamiento y las expresiones ideológicas de las identidades sociales de ámbito geográfico más reducido al estatal hayan sido distintos. Lo que es interesante es señalar que, en estos casos de la historia contemporánea que se está desarrollando en el exterior de España, las realidades regionales son capaces de ser determinantes en la suerte del conjunto de la nación, como no dejará de suceder en nuestro caso. Por poner sólo un ejemplo, quizás el más sugerente y significativo en la Europa central u occidental, podemos considerar la importancia que tendrán las especiales características culturales de Baviera en la República de Weimar, cuando el antiguo reino de la Casa de Wittelsbach establezca la defensa de una identidad basada, en buena medida, en el catolicismo conservador frente a una Prusia liderada por la socialdemocracia en coalición con demócratas y católicos del norte. Un partido de las características del Partido Popular Bávaro (BVP), que en su propia denominación muestra la voluntad de una representación política del conjunto del país, habrá de mantener un curioso equilibrio: defender una identidad de la que se hace portavoz, al tiempo que considera la conveniencia de proteger a los grupos nacionalistas alemanes de extrema derecha, el ámbito völkisch en el que se constituirá el Partido Nazi. La vía utilizada para lograr estabilizar una situación de estas características consistirá en darles coherencia en la búsqueda de un enemigo exterior, republicano, socialdemócrata, contra el que se puede construir un complaciente espacio de ocultación de contradicciones sociales en la propia Baviera. Un caso de estas características, al que los republicanos españoles debían prestar tanta atención como lo hacía un movimiento obrero que tenía en las organizaciones marxistas alemanas referentes de la máxima importancia, no sólo era conocido en la tradición cultural del nacionalismo catalán, sino que valdría la pena examinar la forma en a la sombra de una jornada en flor que estos elementos de conflicto paralelo nos aleccionan sobre ambas experiencias.33
La peculiaridad de la cultura política catalana durante la República hubo de condicionar aspectos cruciales del debate en el conjunto del país. Para los republicanos, se convertía en uno de los factores esenciales de modernización propuesto en su programa regeneracionista, nada alejado de la fascinación que creó una sociedad que sabía vender su dinamismo interno a la opinión pública española. De ahí que el «problema catalán» fuera contemplado como tarea esencial de la República tanto por sus defensores como por sus adversarios, e incluso llegara a considerarse un factor de necesidad secundaria en el debate político por parte de sectores significativos de la izquierda. No hay más que recordar la queja de Ángel Pestaña, cuando escribía en La Libertad su crítica a que se hubiera dedicado una mayor escenificación al debate sobre el Estatuto que al que afectó, en el mismo periodo de sesiones parlamentarias, a la Reforma Agraria; la sorpresa de Nin cuando denunciaba que Maurín se hubiera declarado «separatista» en el Ateneo madrileño, o la forma en que el debate entre Azaña y Ortega en torno a esta cuestión ha podido reeditarse para señalar la existencia de una fractura entre quienes se habían comprometido con el advenimiento del nuevo régimen desde la élite intelectual más respetada del país. Por no hablar de la función mitológica que habría de representar el caso de Cataluña en la derecha española y en el nacimiento mismo del fascismo, normalmente como un factor legitimador del concepto de unidad de España que actuaría como uno de los resortes frente al conjunto de la izquierda cómplice de las posiciones nacionalistas catalanas.34 Las condiciones políticas de la Se
33. La referencia a la implicación de esta excepcionalidad catalana en el marco del
debate sobre la excepcionalidad española está tomada del trabajo de E. Ucelay-Da Cal,
«El pueblo contra la clase: populismo legitimador, revoluciones y sustituciones políticas en Cataluña (1936-1939)», Ayer50 (2003), pp. 145-146; la relación entre el republicanismo catalán y las experiencias populistas americanas como la del cardenismo,
aparece también en este texto, pp. 151-152.
La Libertad (9 de junio de 1932). Recogido por
Trayectoria SindicalistaComunismoDos
visiones de España. Discursos en las Cortes Constituyentes sobre el Estatuto de Cataluña
(1932)La Conquista del Estado, dedicó buena parte de sus esfuerzos para quebrar la solidaridad del gogunda República permitieron que en Cataluña se divulgara y cobrara
una nueva forma la afirmación de una propuesta nacional propia. Cataluña había elaborado en el cruce entre los siglos xix y xx una serie de
propuestas de primacía de la sociedad civil, inspiradas en yacimientos
ideológicos tan variados como el nacionalismo integral de origen regionalista en Francia o posiciones de un sentido de la eficiencia y la responsabilidad de la sociedad propias de culturas políticas vinculadas al
protestantismo anglosajón. A este respecto, son significativos los elogios
de una persona cuya evolución se ve con contradicciones internas que,
de hecho, no existían. En efecto, los elogios de Ramiro de Maeztu a la
función de una burguesía que se hiciera cargo de la modernización española, y que habitaba en las zonas periféricas donde la dependencia del
Estado era menos potente, pudieron pasar a un elogio de la modernización mucho mejor definido en las condiciones de la primera posguerra,
tras la experiencia de la reflexión sobre la técnica que ésta produjo, así
como por la exposición de motivos de «primacía de la sociedad civil»
que podían existir, sólo en aparente paradoja, en las propuestas de los regímenes autoritarios, construidos precisamente para evitar que la política llegara a interferir en las dinámicas «manchesterianas» —una expresión reiteradamente usada por Mussolini hasta la llegada de la crisis
de 1929—. El interés de un intelectual como Maeztu, cuya orientación
a favor de un Estado que respetara el ímpetu de las «entidades naturales» —eso sí, acompañado de una versión de las relaciones entre técnica y moral que dieron lugar a un texto imprescindible en el combate
contra el relativismo—, puede indicarnos la congruencia de la opción
tomada en las condiciones más propicias por una élite regionalista que
deseaba construir un espacio de soberanía, dotado de proyecto cultural
justificativo y homogéneo, que le permitiera negociar con la dinastía
reinante las condiciones de su control ideológico sobre la sociedad catalana. El marco no pudo tener las condiciones que había previsto el
sector que se organizó en la Lliga, pero dispuso el escenario que habría
de irse desarrollando según distintas correlaciones de fuerza. Y el escenario implicaba un guión de autonomía de la sociedad civil, defendida
por las corrientes más conservadoras y por la tradición republicana federalista, que habría de desembocar también en las opciones obreras a bierno provisional mediante una violenta campaña contra las declaraciones de los políticos nacionalistas catalanes, como he detallado en mis dos trabajos ya citados, Ramiro
Ledesma... y «La realidad y el deseo...».
a la sombra de una jornada en flor través del sindicalismo revolucionario y el anarcosindicalismo. A partir de la crisis española que coincidió con la revolución rusa y el fin de la Gran Guerra, la movilización obrera catalana y la opción conservadora a favor del golpe de 1923, precedido de una violencia patronal sin precedentes —incluso la represión se encargaba a la sociedad civil con la complicidad del gobierno—, lo que se levantó fue un obstáculo insalvable para que la Lliga pudiera aprovechar la crisis de la monarquía en 1931, es decir, se alteraron las condiciones políticas del escenario, aunque no el escenario del espacio autónomo de la sociedad frente al Estado central que se había construido como realidad y como mito transversalmente en el país.35
El sorprendente éxito de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) frente a quienes parecían ostentar la herencia lógica de los primeros proyectos catalanistas de la Lliga, Acció Catalana, se debió precisamente a unas circunstancias especialmente favorables al proyecto populista, que se reunían con la capacidad de ERC de añadirles el indispensable elemento de uso del poder político como forma de representación democrática y como ejercicio de poder clientelar. Las herencias recibidas y modificadas por la crisis de 1930 utilizaron las resonancias de la primacía de la sociedad frente al Estado del discurso tradicional cata
35. La reflexión más minuciosa del proceso de influencias generadas en la propuesta catalanista de comienzos de siglo la proporciona E. Ucelay-Da Cal en El imperialismo catalán. Prat de la Riba, Cambó, D’Ors y la conquista moral de EspañaThe Shadow of a Doubt: Fascist and Communist alternatives in Catalan Separatism, 1919-1939Ramiro de Maeztu y el ideal de la
burguesía en España, Madrid, 2000, y la brillante biografía que nos ha proporcionado
Ramiro de Maeztu. Biografía de un nacionalista español, Madrid,
2005.
lanista, pero utilizaron este factor transmutándolo en un elemento que permitiera construir la alianza con el movimiento obrero que no había conseguido realizarse en los años de las crisis previas de la Restauración en Cataluña. De hecho, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), cuyo origen y buena parte de sus efectivos y dirigentes se encontraban en el Principado, había construido un espacio de clase propio, en el que debe comprenderse el concepto de apoliticismo de la organización. Por él debe entenderse, además de la ortodoxia anarquista cuyas diversas facetas pudieran desplegarse en algunos círculos dirigentes, una zona social que se construye como convivencia en los barrios, como cooperación en las fábricas, como forma de adquirir educación —uno de los bienes de la burguesía a «expropiar»— en los Ateneos y a través de las ediciones baratas de la prensa libertaria. Más que un proyecto sindical reducido a una serie de plataformas reivindicativas, era un modelo que traspasaba los límites de la lucha y la gestión para ser la expresión comunitaria de la clase obrera catalana, su forma de ser, su conciencia de vivir en común. Una identidad que demandaba diferencia y que se había alimentado desde comienzos de siglo del rechazo de la política gestionada, en un principio, por la élite conservadora. El lerrouxismo, siendo un partido populista, había adquirido una realidad sociológica de clase que se vertió en un discurso propio del pueblo. Lo importante era, sin embargo, su carácter específico, la impresión de los obreros lerrouxistas de constituirse como algo ajeno a la política en su sentido tradicional, pasando a formular algo más que su modernización como un primer partido de masas en Cataluña, y convirtiéndose en un primer ámbito de automarginación que podía no ser compartido por los dirigentes, pero que creaba este sentimiento en su militancia. Que Solidaridad Obrera respondiera ostentosamente con su nombre a la Solidaritat Catalana creada por los seguidores de Prat de la Riba podía indicar una coincidencia de planteamiento instrumental, aunque tuviera los evidentes signos de distinción ideológica. Se trataba de construir fuera de los ámbitos institucionales que eran el verdadero Poder —el del gobierno central—, para levantar el campamento de los trabajadores en otro lugar, a salvo de la contaminación en que podía acabar cualquier operación organizativa que pudiera desprenderse de aquellos espacios cotidianos propios: el de la lucha sindical o vecinal. A ojos de esta arquitectura de la autoafirmación, de la identidad que se afirma en forma de sindicato como pertenencia a un mundo de clase propio, que habita en barrios determinados, que enarbola valores de solidaridad, reivina la sombra de una jornada en flor dicación y rebeldía que quieren mantenerse al margen, ERC podía ofrecer algunos elementos de fuerte atractivo, como su carácter de movimiento en proceso de realización, sus desdibujadas afirmaciones de progreso y justicia social, el potente liderazgo de un caudillo —cuya legendaria honestidad debía ser valorada en una cultura tan atenta al carácter de los seres humanos como a la clase a la que pertenecían—, así como el recuerdo de una intensa colaboración en los años previos a la dictadura y en los de su ocaso con buena parte de sus dirigentes. A ello, Esquerra sumaría dos factores políticos que habrían de ser funcionales en el esquema de participación social de la CNT: por un lado, su capacidad de obtener recursos de gestión que permitieran llevar adelante una política propicia a las necesidades del proletariado o, cuanto menos, no declaradamente hostil; por otro, un alejamiento del poder central que podía permitir a ambos actores desempeñar su función con eficacia publicitaria. Para ERC, los problemas venían del gobierno de Madrid, en especial cuando en sus manos residían aspectos básicos de la reglamentación de las relaciones laborales. En tal caso, la CNT podía dar su apoyo y su voto a Esquerra, mientras se lo negaba a un Partido Socialista que no tardaría en plantear, en el mismo nacimiento de la Segunda República, su propio modelo sindical como el cumplimiento del proyecto social republicano.36
Disponer de recursos institucionales de representación y, al mismo tiempo, no ser Estado, permitía a ambos actores beneficiarse mutuamente de un escenario claramente populista. La transversalidad social que se encontraba tras la abrumadora victoria de ERC, que no fue acompañada, como en el resto del país, de un equilibrio entre republicanos y socialistas, sino que redujo a éstos a elegir entre el silencio y el apéndice del partido dominante, permitió que el mecanismo funcionara, acompañado de todos aquellos rituales de afirmación y de todas las maneras de esquivar sus conflictos íntimos propios del populismo. En este sentido, la función del gobierno republicano distinto había de actuar como un factor simbólico para dar a entender a los afiliados al sindicato que la delegación institucional podía realizarse manteniendo, al mismo tiempo, la esencia del discurso del apoliticismo, que en su versión positiva implicaba la edificación de la propia comunidad, sin que sus prag
36. Las posiciones de la CNT como aliado «impropio» de ERC y su vinculación con la tradición lerrouxista pueden encontrarse en la crítica realizada por J. Maurín, «El movimiento obrero en Cataluña», en Leviatán (octubre de 1934).
barcelona, mayo de 1937
máticos dirigentes renunciaran a ser, cuando consideraron positiva una intervención política puntual, adjudicarla a un partido federalista, en el que podían encontrar una complicidad de identidades: las que buscaban la razón de ser de cada uno en aparecer como distintos del Estado. Para la CNT de 1931,37 la posibilidad de prolongar su alianza populista, a diferencia de lo que ocurrió en Madrid, se basó precisamente en este juego especular, que reflejaba cuerpos autónomos en el mismo campo visual, que les daba forma y dependencia mutua, que les permitía adquirir una configuración observable, una presencia, el primer factor para que pueda establecerse el poder institucional o la soberanía social establecida en su espacio de clase por la CNT. La comprensión de este factor puede permitir acercarnos con mayores recursos de análisis a los conflictos internos que esta aproximación podrá provocar en el movimiento libertario, de la misma forma que puede permitirnos comprender la debilidad en que se encuentra ERC cuando deja de disponer de este apoyo —por ejemplo, en las circunstancias de octubre de 1934— y, sobre todo, la forma más conflictiva en que se resuelve la restitución del terreno de encuentro a partir de la jornada de triunfo del Frente Popular en 1936, de la derrota del fascismo el 19 y el 20 de julio en Barcelona y del debate sobre el carácter de la revolución y de la victoria cuando aparece un interlocutor con el que no se había contado en 1931: la izquierda marxista, dividida entre el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) y el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), cuya división de estrategias acentuaba el conflicto entre los integrantes de la coalición populista de 1931-1933 en lugar de amortiguarlo.38
37. F. Godicheau, La guerre d’Espagne. République et révolution en Catalogne (19361939), París, 2004.
La Catalunya populista La lucha por Barcelona. Clase, cultura y conflicto, 1898-1937The Spanish Republic at War (1936-1939)La República española en guerra (1936-1939), Madrid 2006].
a la sombra de una jornada en flor
Aun cuando el marco catalán resulta especialmente inspirador de lo que significa el engarce entre la clase y el pueblo en los primeros meses republicanos, para tender a una recuperación en su etapa de crisis, cincelando las bases originarias del enfrentamiento al que se refiere este libro, la conjunción entre trabajadores y clase media urbana en torno a un proyecto común, con la invocación del pueblo y con una silenciada mecánica populista, ha podido recogerse en otros puntos, como en el espléndido estudio de historia local realizado por Pamela Radcliff acerca de Gijón.39 El estudio analiza la forma en que los republicanos se consideraron educadores de un pueblo cuya emancipación cultural y social había de integrarse en el proyecto de cambio de régimen. La elaboración de una malla de organismos destinados a cooperar con trabajadores sindicalistas o anarquistas, proporcionándoles una asistencia educativa y un impulso ideológico, creaba un área de coincidencia que pudo destacar en las acciones que precedieron al 14 de abril, como la movilización provocada tras los sucesos de Jaca, que se acompañó de un cierto grado de violencia y del habitual uso simbólico de un bautismo de las calles, dándoles los nombres de los héroes caídos. La obsesiva costumbre de atacar los símbolos como realidades, que pudo observarse en el derribo de alguna estatua en Madrid, y también en el cambio de las placas callejeras, muestra la importancia que estos factores de reconocimiento tenían para sus usuarios, que no tomaban el asunto como un ejercicio de frivolidad sino, como ocurrirá con la difusión de rituales tras la Gran Guerra en honor a los caídos o los excombatientes,40 como la imperiosa necesidad de dar a la acción de las masas en la calle un sentido, cuyo carácter más aparentemente inofensivo y de mayor calado de transformación simbólica era alterar el nombre de una avenida. No dejaba de ser un ejercicio tradicional de conquista del espacio urbano, que comenzaba, precisamente, por arrebatar a la vieja clase dirigente su presencia simbólica denominando los lugares. Esa apropiación del espacio por el que caminaban los ciudadanos empezaba por la palabra, creando un vocabulario popular, revolucionario, que retirara del ámbito de convivencia el recuerdo de quienes eran ajenos al pueblo. La reflexión de Pamela Radcliff ilumina también cuáles son los factores que irán de
39. P. B. Radcliff, De la movilización a la Guerra Civil. Historia política y social de
Gijón (1900-1937), Barcelona, 2004.
Fallen Soldiers. Reshaping the Memory of the World Wars, Nueva
York, 1990.
barcelona, mayo de 1937
teriorando la centralidad del pueblo, pero también muestra cómo puede llegarse a un estado de fragmentación en que la mitad del país tiene que ser excluida de su condición de pueblo a causa de la opción política que ha tomado, sin que pueda ser expulsado por la condición social en la que se encuentra. La clase y el pueblo caminan en un estado de fusión que no implica necesariamente la eliminación de uno de los factores, sino que permite la convivencia de ambos mientras sean capaces de establecer unas reglas adecuadas, en especial la que no tolera la desaparición de la clase misma, en el caso de la cultura de la izquierda. El conflicto se produce cuando, en nombre del pueblo, se supone que la clase debe desaparecer o ejercer sacrificios que no considera pertinentes. En el bando contrario, la construcción simbólica del pueblo se realizó contra una República que atentaba a sus referencias básicas, como la religiosa, que había ido siempre revestida de actos de afirmación como las romerías, los mercados semanales en una economía comunitaria, la bendición de los animales como legitimación de la pequeña propiedad, etc. Tal poder de convocatoria habrá de ser analizado para comprender, a través de él, uno de los elementos centrales de la crisis republicana, que es la adquisición de una base de masas para el proyecto contrarrevolucionario, precisamente utilizando un repertorio de movilización populista.41 En este caso, la fragmentación se acepta mediante la expropiación del carácter popular de los adversarios, que pasan a ostentar una siniestra apariencia de clase, con todo lo que ella contiene en el imaginario colectivo de los sectores populares católicos: resentimiento, revolución destructiva, laicidad, falta de respeto al orden, a la propiedad y a la familia, pero, por encima de todo, anulación de la unidad comunitaria.
En la defensa de la República como comunidad de ciudadanos, de trabajadores de toda clase, había querido construirse la mitología de movilización del régimen, y la salida del pueblo a la calle el 14 de abril había sido un acto inaugural que precisaba de esa actuación. Lo popular establecía parámetros de sentimiento de pertenencia que se sumaban al de clase, en lugar de antecederlo, aun cuando la fractura se produjera en dos sentidos que no corresponden a un ciclo inevitable. Por un lado, el temor a la misma supresión del conflicto de clase y de la soberanía ejercida en este recinto previo como experiencia cotidiana —más allá de las
41. J. Ugarte, La nueva Covadonga insurgente. Orígenes sociales y culturales de la sublevación de 1936 en Navarra y el País Vasco, Madrid, 1998.
a la sombra de una jornada en flor celebraciones esporádicas—. Además, el miedo a que esa unidad del pueblo implique la hegemonía de la clase en un espacio superior a la misma. Tal fue la respuesta de la izquierda obrera y de la clase media conservadora, respectivamente. Pero la percusión del término siguió inspirando, con sus rituales de comunidad auténtica —empezando por la profusión del uso de la palabra pueblo—. Se afirmó con su designación quién no era pueblo, aunque deseara presentarse como tal, a causa de sus posiciones políticas reaccionarias o de su traición a la esencia católica de España, según el bando que se tomara en el conflicto ideológico que acabó en la guerra civil. Estuvo ahí de manera constante, con su aceptación de una fragmentación que no se había dado más que cuando, por fin, aparecieron los antagonismos ocultos el 14 de abril, en todos y cada uno de los episodios que integraron la nueva salida a la calle del pueblo, primero para votar a un Frente propio, luego para tomar las ciudades y los pueblos con las armas en la mano.
El enfrentamiento provocado en la guerra civil, la naturaleza del debate sobre las distintas revoluciones que se plantean —que, desde luego, son más que las dos simplificadas en muchas referencias al enfrentamiento de mayo del 37—, sólo puede comprenderse atendiendo a determinadas resonancias que inspiran el entusiasmo, el cansancio, la rectificación o la radicalización de los sectores en lucha. La presencia de un ideario que sostenía la identidad de la alianza nacional-popular, entre clase obrera y clases medias, construyendo un pueblo identificado con la democracia republicana, había de ser lo que se presenciaba a distancia cuando el fascismo lo impugna sin dejar de utilizar las propias frustraciones de clase producidas entre 1931 y 1936, en el momento en que ambos polos, la clase y el pueblo, dejan de actuar armoniosamente. La diferencia de proyectos políticos con que se inauguró el régimen podía iniciar esa tarea de lenta destitución del fervor unánime del 14 de abril. Pero ello no implicaba el anacronismo de lo nacional-popular, sino que lo situó en un aspecto más reducido. Si, para la izquierda, la obtención del recurso del pueblo implicaba el esfuerzo para adquirir una progresiva influencia de la clase en los asuntos públicos y, en especial, a los que afectaban a las relaciones laborales, a las condiciones de vida en los barrios o al derecho a la educación, no se produjo un abandono de esa referencia, sino que se perdió la ilusión de su capacidad inclusiva, aun cuando lo que se excluía, por el mismo hecho de padecer esa circunstancia, dejaba de ser exactamente pueblo, para clasificarse inmediatamente como clase, más definida por sus inclinaciones políticas
(las «clases reaccionarias») que por una taxonomía sociológica. Los votantes de Lerroux podían ser pueblo en junio de 1931, para dejar de serlo dos años más tarde sin que se hubiera modificado un ápice de su situación profesional. Por el contrario, abogados bien pagados de Esquerra Republicana o profesionales del Partido Radical-Socialista podían formar parte de ese concepto obtenido mediante una conducta en relación con la clase obrera. La propuesta comunista de un Bloque Popular antifascista y la firma, más tarde, del pacto del Frente Popular señalan la intermitencia de un principio de adhesión que quiere legitimarse con una palabra más integradora que la que, en determinados momentos, puede envolver la Alianza Obrera. El fascismo, que se construye como una forma de exclusión en nombre del pueblo, pasa a construir al otro lado la reivindicación de un regreso simbólico, la palabra que vuelve a identificarse con la soberanía de los ciudadanos, con los derechos de los individuos, con la reforma social e incluso con la revolución democrática. Esta referencia no sólo no pertenece al pasado, sino que se extiende como una superación de la etapa de fractura que sigue a la afirmación de la clase frente al pueblo a partir del segundo bienio republicano. Lo demuestra la forma en que funcionará la relación entre clase y pueblo en otras circunstancias políticas contemporáneas a las que es preciso hacer referencia para señalar la actualidad de la propuesta, que se hallaba entre las noticias que recibían los dirigentes políticos españoles.
Entre ellas, nuevamente, cabe destacar la que habría de inspirar el modelo constitucional republicano, el régimen de Weimar. Su nacimiento tortuoso, acompañado de la extremada violencia que se prolongó hasta 1923, no impidió una movilización de socialistas y demócratas, junto a un sector dominante del catolicismo político del norte y del oeste del Reich, para reconocerse como un pueblo, un Volk poco dispuesto a regalar la palabra a los sectores antidemócratas, que se podía considerar heredero de las tradiciones progresistas alemanas. La socialdemocracia actuó, al mismo tiempo, como partido obrero y como parte de una coalición popular, destinada a consolidar un régimen parlamentario frente a quienes consideraban llegado el momento de impulsar un discurso de clase opuesto a la colaboración con la burguesía reformista, así como contra quienes ni siquiera habían aceptado el nuevo régimen, contemplándolo como el resultado de una revolución que condujo a una derrota. La extrema derecha völkisch no dejó de utilizar esa secuencia —la revolución primero, la derrota después— para construir una relación causal que, mientras desacreditaba a los «revolucionarios de noviembre», a la sombra de una jornada en flor permitía levantar una «verdadera revolución alemana», un verdadero «socialismo alemán». Sin embargo, la socialdemocracia no dejó de actuar negándose a aprovechar la derrota para llevar la revolución más allá de donde lo permitía la correlación de fuerzas existente en los primeros años de la República, algo que le permitió hacer de la clase obrera que controlaba junto con católicos y demócratas, hizo de la clase obrera la garantía de la unidad del pueblo en torno a las instituciones democráticas y el marco reformista contenido en la Constitución de 1919. Si bien siempre fue contemplado como un partido de clase —algo que no le ayudó en sus esfuerzos por ganarse a sectores medios en proceso de proletarización, que optaron por el populismo fascista—, nunca abandonó, ni en los estertores republicanos de 1930-1933, su aspiración de ser, al mismo tiempo, un factor crucial en la defensa de la unidad de las fuerzas populares. No podía ser ajeno a este planteamiento, que había de provocarle tantos enfrentamientos con el cada vez más poderoso y radicalizado Partido Comunista, la experiencia de haber asistido a algo que ha sido poco apreciado por los historiadores: la existencia de una poderosa movilización de clase de la burguesía, formando grupos de defensa incluso en el marco de la aceptación de la nueva República, y el deseo de los dirigentes del SPD de mantener esa capacidad de organización en el marco parlamentario, evitando que fuera abriéndose una alternativa capaz de integrarla en una zona ideológica antidemocrática, primero en los pequeños partidos populistas y, más adelante, en formas de dependencia del Partido Nazi de distinta intensidad. El desesperado llamamiento de Thomas Mann en 1930 a su propia clase para que aceptara ser popular y no aceptara la tentación populista del nazismo, exigiéndole el pacto con la socialdemocracia como única vía de su propia salvación, es un ejemplo revelador de la conciencia de una defunción, de la lenta extinción de la unidad de 1919 para alimentar la alevosa comunidad nacionalsocialista creada en 1933.42
La primera fragmentación, la que se opone a la coalición reformista y la CNT, mientras se construye la oposición a la constitución republicana de la derecha en proceso de organización, procede de la estrategia del
42. P. Fritzsche, Rehearsals for Fascism. Populism and Political Mobilization in Weimar Germany, Todos los hombres del Führer. La élite del nacionalsocialismo, 1919-1945The German Socialist Party. Champion of the First Republic, 1918-1933, Lawrence, 1986.
proyecto de los socialistas en el poder, que alcanza a pulsar zonas sensibles en los aspectos laborales, despertando la oposición conjunta de libertarios y de una base social de pequeños propietarios que se refugian en Acción Popular o en el Partido Radical. De igual modo, se corresponde a la decisión del Partido Radical-Socialista de exhibir un discurso anticlerical que el pausado tono de Azaña no podrá calmar. El modelo de Weimar puede resultar de especial interés por el papel desempeñado en el régimen por el Partido Socialdemócrata, pero en América Latina existen referentes que nos indican lo escasamente anacrónica que era la convocatoria revolucionaria del pueblo, en la medida en que ésta adquiría una permanencia de la clase en el marco de un movimiento popular. Lejos de las características parlamentarias al uso en Europa, el caso del Partido de la Revolución Mexicana (PRM) creado por Cárdenas en 1938 para sustituir al Partido Nacional Revolucionario (PNR) de su adversario Calles, aunque presentándolo como continuidad y maduración del mismo proyecto, se establece sobre una revolución que se presenta como movimiento de emancipación del pueblo frente a la oligarquía, que se consolida con la eliminación progresiva de algunos sectores agraristas radicales, pero que integra a la clase obrera urbana, unificada como sector del partido dominante en un régimen de pluralidad política aparente. El PRM pasará, en la década siguiente, a denominarse Partido Revolucionario Institucional (PRI), estableciendo la equivalencia entre nacionalidad, pueblo, revolución e instituciones, y aceptando una existencia secundaria de quienes se oponen desde la negativa al curso tomado por la revolución desde los años veinte —como los seguidores del proyecto democrático de Vasconcelos o los conservadores del Partido de Acción Nacional—, así como a quienes desean la superación del engranaje populista a través de un movimiento de clase, como ocurrirá en el caso de Vicente Lombardo Toledano, principal líder sindical del país en la etapa cardenista. Sin embargo, el propio Lombardo ha establecido la vinculación entre el proyecto populista y el interés de la clase obrera, confiando en un proceso de penetración vírica, destinada a que el sindicalismo mexicano se reproduzca aprovechando el ADN de la célula institucional, para ser víctima de un proceso inverso. Reflexiones parecidas podrían hacerse sobre las experiencias de Bolivia y el Movimiento Nacionalista Revolucionario, que lidera un proceso de captación del poder político gracias a su capacidad de integración de clases, para ir expulsando más tarde a las que se encuentran en una situación subalterna, aunque haya desplazado a la vieja élite dirigente del país gracias a la oferta de las reformas que deben hacerse para mana la sombra de una jornada en flor tener la adhesión de una clase obrera que negocia de forma consciente una opción perfectamente racional, atenta a la correlación de fuerzas existentes en los años cuarenta y cincuenta. En el caso argentino, una clase obrera carente de un tipo de organización que vaya más allá del sindicalismo encontrará en el liderazgo populista de Juan Domingo Perón la forma de delegar un apoyo político, mientras confían en la posibilidad de mantener la soberanía en su propio espacio, una ilusión que pronto será destruida por el astuto dirigente.
Todos estos casos pueden mostrar la actualidad de lo popular, como podrían hacerlo otros casos europeos en los que la izquierda quiere actuar, al mismo tiempo, como representante de clase disputando a partidos republicanos su escenografía populista. ¿No se llamará Le Populaire el órgano de la SFIO tras la escisión comunista? ¿No pasará Jacques Doriot, antiguo responsable de las Juventudes Comunistas, expulsado en el periodo de máximo sectarismo clasista del PCF, a constituir un partido que llamará «popular», aludiendo a los motivos que lo han separado de la organización en la que inició su militancia? ¿No existirá en el Partido Demócrata alemán el reiterado uso del término Volksgemeinschaft asociado luego siempre al nazismo, como alternativa popular al Kaiserreich y forma de enunciar una República de base social amplia? ¿No llevarán los socialdemócratas su política de alianzas a una consideración teórica de más calado, en la que la práctica del encuentro con los partidos de las clases medias pasa a convertirse en un esfuerzo por acentuar su esfera de representación, convirtiéndose, él mismo, en un partido de todo el pueblo? ¿No recurrirán a ese nombre sectores del catolicismo político italiano que habrán de enfrentarse inicialmente al fascismo? ¿No existirá, en la propia mentalidad de la carrera política de un hombre como Maurín, la atención prestada a una revolución democrática nacional y popular, como primera fase de un proceso en el que obreros y campesinos se convierten en una delegación social y simbólica del conjunto del pueblo? ¿No consistirá en esa evolución el paso de la Federación Comunista Catalana-Balear al BOC, que tanto indignará a Trotsky, desconcertará a Nin y supondrá la ruptura entre la Izquierda Comunista Española y el fundador de la IV Internacional cuando se produzca la fusión de ambos en el POUM?
La congruencia del marco populista en un caso como el de Cataluña no puede ser ajeno a que sea éste precisamente el lugar en el que se produzca el confuso conflicto de 1936-1937 que culmina en los hechos de mayo. En ningún otro espacio se había prolongado una colaboración de este tipo en un ámbito socialmente limitado, en el que la base social de una clase media antifascista disponía de la representatividad lograda por el pacto silencioso con la CNT. En ningún otro punto se había producido hasta 1936 una ausencia tan clamorosa del socialismo, en su versión política y sindical, existiendo una proporción de clase obrera tan abundante. En ningún otro lugar tales precedentes habían llevado a unas circunstancias inéditas, como el paso del apoyo externo a la colaboración directa por parte de la CNT y de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) —antes de que se produjera en el gobierno central, e incluso mientras se negaba que ello pudiera darse fuera de Cataluña—, y la aparición de una representación política nueva en el área marxista, el PSUC, fruto directo del Frente Popular antifascista, que pasaba a competir en ese espacio con el POUM, aunque no dejara de hacerlo también con ERC, como lo veremos, por distintas formas de entender la nueva unidad popular y la función de la clase obrera, el campesinado y las clases medias en la revolución que coincidía con la guerra. Por tanto, la excepción de este desarrollo tiene un elemento paradójico sólo en apariencia, si se desea mantener una visión demasiado rígida de las relaciones entre lo popular y lo clasista: fue precisamente en el lugar en el que había venido dándose una práctica más amplia de gestión popular —con la extrañeza añadida de que se tratara de una alianza entre republicanos y libertarios, no de republicanos y socialistas— donde se presentó de una forma más elaborada, más teorizada por los dirigentes del PSUC y del POUM, más sangrienta y con una mayor capacidad de crear una tradición, destinada a usarse como símbolo y realidad de la derrota de la revolución previa a la derrota de la República, como resultado de haber mantenido una estrategia de revolución de todo el pueblo frente a una exclusividad de la toma del poder por la clase obrera.
La regla del juego. El socialismo y la vertebración de la República
Estos elementos de comparación con fases distintas del proceso nos permiten señalizar con mayor brío aquello en lo que consistió la unanimidad del 14 de abril y, sobre todo, entender la actitud de las fuerzas políticas que la defendieron, que la toleraron o que la condenaron desde el principio. Las propuestas políticas yacen, precisamente, en este lugar y en este tiempo. Comenzando por la del Partido Socialista y la Unión General de a la sombra de una jornada en flor
Trabajadores, para los que la entrada en el gobierno había sido el resultado de una dura pugna en la dirección de ambas instituciones, aunque el triunfo de los más entusiastas partidarios de la colaboración, cuya mutua animadversión no ocultaba su coincidencia temporal —en el caso de Largo Caballero y Prieto—, implicó una apuesta a fondo con el advenimiento de la República, incluyendo la presencia de los jóvenes socialistas como fuerzas del orden público, mostrando que los socialistas ponían base militante al cambio que otros partidos no podían ofrecer. Aunque base militante, puede decirse que, desde luego, no se trataba de la única base social; junto a una Derecha Liberal Republicana escuálida o formaciones que habrían de encaminarse por la senda de superación de su coordinadora de generales con escasa tropa, como Acción Republicana e incluso el radical-socialismo, los seguidores de Lerroux, no necesariamente afiliados, pero atentos a lo que significaba el personaje en el marco de las decisivas alianzas de finales de año, cuando se tuvo que escoger entre una opción puramente republicana o una coalición republicano-socialista, tenían el peso en las clases medias que no tardaría en canalizarse de una forma ostentosa como principal instrumento de fractura interna del nuevo régimen desde las entrañas del republicanismo histórico. Para el PSOE y la UGT, la participación en el gobierno podía ser un riesgo que los partidarios de Besteiro no dejaron de denunciar, en la ortodoxia de la derecha socialdemócrata, para la que la autonomía de la clase obrera y del socialismo implicaban el reconocimiento de una revolución burguesa por hacer, que los partidos orgánicos de la burguesía debían llevar adelante. La intransigencia doctrinal no carecía de inteligencia táctica, considerando el desgaste que supuso para el socialismo su acción de gobierno. Pero la conquista de aquellos espacios de poder implicaba la construcción, por fin, del proyecto reformista del PSOE y la UGT sobre una realidad tangible, en la que los ministros no tenían la cohesión de un gobierno vencedor en las urnas, sino la representación de esa zona del pueblo que ahora parecían monopolizar: la clase obrera y un campesinado cuya afiliación a la UGT se había multiplicado por diez desde el último año de la monarquía. Paul Preston ha podido señalar que ese crecimiento se contemplaba en los sectores reformistas con aprensión, a sabiendas de que la llegada de jornaleros radicalizados podría empujar a la UGT a una estrategia poco acorde con el modelo de transformación social que se proponía desde los viejos cuadros, incluyendo a Largo Caballero.43 Considerar que
43. P. Preston, La destrucción..., pp. 92-93.
barcelona, mayo de 1937
la división interna del PSOE y la UGT a partir de 1933 obedecía a la llegada de estos sectores y la frustración causada en el seno del sindicato y del partido por la oposición a una política moderada puede tener visos de credibilidad, pero no se trata de una causa exclusiva. La oposición a la política reformista no vino solamente de los sectores sociales más acaudalados, sino que dio alas a pequeños propietarios rurales y a pequeños empresarios, e incluso a quienes no deseaban pactar en Cataluña unas normas que no tuvieran el visto bueno de la CNT, porque se convertían en papel mojado.44 Por otra parte, el entusiasmo reformista de Largo Caballero y Fernando de los Ríos correspondía a un modelo tanto político como sindical, en el que la organización obrera gozaba de autonomía en su relación con el partido, aunque se fijara una concepción equivalente del reformismo. Para Largo Caballero, el paso de esa multitud de campesinos hambrientos a la UGT suponía apartarlos del anarcosindicalismo, algo indispensable para que el proyecto tuviera viabilidad, pero también para que el sindicalismo español pasara a modernizarse, implicándose en el engranaje institucional hasta convertirse en un sindicalismo de gestión que, además, firmaba los decretos de regulación de las relaciones laborales. Lo que se proponía era una integración en el área de influencia gubernamental de la clase obrera; en ese esquema, la aceleración de las medidas reformistas que se convirtieron en normativa legal ya antes de las primeras elecciones y la apertura de las Cortes Constituyentes el 14 de julio de 1931 estaban destinadas a indicar que la unanimidad de la «fiesta republicana» del 14 de abril había servido para alterar puntos nucleares del mundo del trabajo y la asistencia social. Naturalmente, el proyecto socialista en el gobierno estaba diciendo otra cosa, propia de las versiones corporativas que circularían por Europa en la posguerra y, en particular, en los pactos firmados en los primeros compases de la República de Weimar: que la mejora de las condiciones de los trabajadores exigía la aceptación del control de la clase por el Estado. O, más bien, la integración en una sociedad controlada por el Estado a través de las normas emanadas de los ministerios socialistas. El pueblo había estado en la calle para que el ministerio lo reorganizara. El proyecto podía funcionar en la lógica del pacto entre la izquierda azañista y la socialdemocracia, pero constituía un atentado directo a las formas de sociabilidad obrera que habían construido la CNT como organización abrumadoramente hegemónica en la cla
44. E. Vega, Entre revolució i reforma. La CNT a Catalunya (1930-1936), Lleida, 2004, p. 151 y ss.
a la sombra de una jornada en flor se trabajadora de Cataluña. En el gobierno central no podía existir forma alguna de delegación que mantuviera la soberanía del sindicato: la socialdemocracia se veía en el interior del poder como representante de la clase en una fase de unidad popular; la CNT se veía como un factor soberano que delegaba en una fuerza republicana, federalista, partidaria de reformas y vinculada a una tradición respetuosa con la autonomía de la sociedad. Por ello, el proyecto socialista no podía prescindir de su tendencia a arrinconar el modelo sindical libertario, que consideraba ajeno a la modernización del país y a las posibilidades de mejora de los trabajadores en un marco de revolución democrática; cualquier obstáculo que se pusiera, en nombre de la resistencia de un modelo adverso, pasaba a integrar las filas de quienes deseaban debilitar un régimen que proporcionaba, por primera vez, el espacio de posible realización del proyecto socialista. No es extraño, por ello, que desde las filas de lo que más tarde sería la izquierda del partido, de lo que a partir de 1933-1934 rompería abiertamente con el «posibilismo» declarando imposible realizar el proyecto socialista en el marco de la democracia burguesa, saliera la condena de una oposición del anarquismo, incluso cuando no se trataba de una respuesta a alguna acción ministerial, sino de acciones huelguísticas contra el empeoramiento de las condiciones de vida.45 Incluso para este sector que se afanaba en llevar adelante la primera legislación social dictada por el socialismo en el poder, la superioridad del proyecto del PSOE y la UGT consistía precisamente en su carácter estatal y nacional, algo que en los oídos de los libertarios podía sonar como lo que era en realidad: los socialistas no se limitaban a ser trabajadores que pactaban con la burguesía, sino una parte del proyecto reformista de la coalición que acabaría por configurarse, tras romper con el centro-derecha lerrouxista a finales de 1931. Por ello, las medidas como la Ley de los Jurados Mixtos o la de Asociaciones Laborales fueron tomadas por el movimiento libertario como una agresión, pero que lo era por ser coherente con la concepción socialdemócrata del Estado, no sólo del reformismo. En realidad, puede considerarse que el cambio de las posiciones del PSOE y de la UGT, la radicalización de las Juventudes Socialistas y el viraje de Largo Caballero procedían en menor medida de un abandono de la concepción reformista que de la misma sustancia del Estado: en el momento en que éste derivaba hacia una mutación provocada por el proceso de fascistización, se
45. M. Bizcarrondo, «Araquistáin y la crisis socialista de la II República», Leviatán<, madrid, 1975, p. 105 y ss.
producía el giro estratégico. Mientras tanto, la unanimidad del 14 de abril, rectificada por la importante fractura del lerrouxismo, quedaba presente, al poder considerar que lerrouxistas y anarquistas habían dejado de representar al pueblo en la misma medida en que no lo representaban las huestes católicas y monárquicas en proceso de reorganización. Para el PSOE y la UGT en su conjunto, incluyendo a los seguidores de Largo Caballero en el proceso de radicalización que siguió al primer bienio, la actitud socialista obedecía a unos principios doctrinales muy enraizados en una ortodoxia ideológica que les hacía analizar de una forma poco flexible las fases de la revolución española, de modo que las posiciones de desacuerdo inicial, más que poder clasificarse en actitudes de izquierda y de derecha, correspondieron a una forma de considerar las tareas de la revolución y la clase que debía llevarlas a cabo, más que al alcance de los cambios históricos que debía llevar adelante la socialdemocracia. Es obvio que la estrategia que se derivaba de este análisis pudo colocar a los distintos sectores del partido en posiciones que sería cómodo establecer según el criterio habitual de izquierda, centro y derecha que fue usual en el lenguaje político de la época. Sin embargo, como se ha visto, la actitud de un moderado como Besteiro podía tener un resultado de corte «maximalista» en su negación a colaborar con una fase que correspondía a la burguesía española, mientras que la de un veterano dirigente sindical como Largo Caballero podía verse, en la práctica, como idéntica a la del pragmático dirigente Indalecio Prieto, para el que la colaboración con la burguesía resultaba de la seguridad de que ésta nunca llegaría a realizar las tareas que podían resultarle propias desde el punto de vista de la ortodoxia del marxismo si no era mediante la alianza con un poderoso tándem PSOE-UGT que obligara a la izquierda republicana a llevarlas adelante. Ni siquiera en los momentos del giro a la izquierda se abandonó la consideración de ese binomio como el representante auténtico de la clase obrera española, guardando las debidas distancias con los sectores comunistas y libertarios. El alcance real de la ruptura con la burguesía republicana de izquierdas en el segundo bienio es discutible, si consideramos la propia concepción que se tuvo del Frente Popular entre los dirigentes socialistas, propio de un acuerdo electoral que ni siquiera establecía la subordinación de la burguesía a los partidos obreros con los que se realizaba el acuerdo. La entrada masiva de diputados republicanos en las Cortes como resultado de la renuncia socialista a ser el principal partido no era una posición exclusiva del prietismo, sino que podía serlo también de la izquierda del partido, aunque convirtiendo su correlato gubernamental a la sombra de una jornada en flor posterior, cuando se produjo la negativa a aceptar la oferta hecha a Prieto para formar un ejecutivo, en una apariencia maximalista que quisiera reducir el contacto con la izquierda burguesa al acto electoral, lo que llevaría al PSOE a posiciones similares a las que anidaban en los votantes libertarios o en el análisis de partidos como el POUM. Desde luego, no se trataba de un esquema de estas características, sino de una versión corregida de lo que se había dado en la primera fase de gobierno republicano, ahora mediatizada de forma alarmante por la presencia del fascismo, lo que obligaba a que los acuerdos con la clase media democrática fueran indispensables incluso para quienes habían decretado la caducidad histórica de la democracia burguesa en España como marco para llevar adelante una política socialista. Las contradicciones de este planteamiento pudieron solventarse con la dinámica introducida por la guerra civil y, en especial, por la ampliación de la coalición gubernamental a los partidos y sindicatos obreros, incluyendo a los libertarios en noviembre de 1936. En el primer bienio republicano, el PSOE y la UGT —en especial, Largo Caballero desde el Ministerio de Trabajo— estaban actuando de acuerdo con una tradición propia de colaboracionismo que había llevado incluso a considerar una participación en los esquemas corporativos de la dictadura, pero también de acuerdo con lo que era común en la socialdemocracia europea de su tiempo, cuyas posiciones sólo habrían de modificarse, en un viraje de alianza con los comunistas —y no en todas partes—, en el periodo posterior a la toma del poder por Hitler, cuando el tema del fascismo empezó a ser prioritario en todos los análisis realizados por la izquierda. Los socialistas españoles actuaron como lo habían hecho sus correligionarios alemanes, y por motivos muy semejantes. Al igual que el SPD, no se consideraban sólo como un elemento vertebrador de la clase obrera, capaz de inducirla a posiciones realistas de adquisición de zonas de poder, sino también como un factor de cohesión nacional, que superara la visión del mundo socialista como una sociedad paralela a la burguesa, que participaba en la misma preservando su pureza de clase. Desde la entrada en el gobierno imperial, la actitud del SPD fue distinta, aun cuando ello le costara la poderosa escisión de los socialdemócratas independientes (USPD) en 1917. Su actitud había de ser más clara aún en el equivalente alemán del 1931 español: la proclamación de la Segunda República —que los dirigentes socialistas contemplaban en plazos más largos, incluso en el momento del derrocamiento de Alfonso XIII— tiene su episodio paralelo en la actitud que toma la socialdemocracia alemana una vez ha podido resolver el debate inicial, limitado a los partidos obrebarcelona, mayo de 1937
ros, de noviembre de 1918 a enero de 1919. A partir de la formación de un gobierno de coalición con demócratas y el Zentrum católico, el SPD, con el apoyo seguro de sus sindicatos, dejó de ser un aspecto marginal, aunque numeroso, de la política alemana, para definir sus fundamentos, al principio y al final de la República, como pudo ocurrir en el caso español. La posición no era de simple representación en el gobierno ni en un caso ni en otro, sino de ser la garantía del mismo, de representar a la verdadera mayoría democrática del país y de haber adquirido una responsabilidad histórica que no podía despreciarse en perjuicio de la propia clase obrera. Al hacer de ella una parte integrante de un campo popular durante un largo periodo, la socialdemocracia podía mantener un discurso de clase que se comprendía a través de una práctica popular, de integración en una zona más amplia que existía gracias a la potencia de la organización, a la lealtad de sus bases, a la existencia de una vigorosa cultura reformista que el conflicto con el comunismo no hizo más que hacer más consistente a lo largo de la década de los años veinte, pues el reformismo socialdemócrata fue legitimado por las conquistas tangibles realizadas por sus partidos y sindicatos.46 La práctica reformista era más rentable,