Introducción
Alemania en otoño
El 17 de octubre de 1930, Thomas Mann se dirigió al público congregado en la Sala Beethoven de Berlín. Se trataba de una audiencia heterogénea, formada por personas que deseaban asistir a una velada literaria y por una mayoría que sospechaba otro sentido en las palabras del escritor, orientadas a una actualidad política afligida por preocupantes presagios de un desastre ya perfilado.1 Entre los asistentes, ni siquiera faltaban los alborotadores convocados por el Gauleiter del Partido Nacional Socialista (NSDAP) en la ciudad, Paul Joseph Goebbels, nombrado cuatro años antes por Adolf Hitler para conquistar la capital del Reich o, por lo menos, para dejar constancia de una presencia junto a la que habían impuesto los partidarios de la coalición de Weimar, socialistas, demócratas y católicos del Zentrum. Mientras éstos gobernaban la ciudad y el Land, el creciente poder del Partido Comunista de Alemania (KPD) se mostraba en la ocupación de las calles, habiéndose convertido no sólo en una fuerza capaz de mantener una presencia visible que expresara un poder paralelo, alternativo, al de las instituciones, sino que había conseguido también una influencia electoral que le llevaría a rebasar a la socialdemocracia en los distritos de la capital del Reich, como sucedería en las últimas elecciones libres celebradas, en noviembre de 1932.2
A Thomas Mann podía molestarle la presencia de los nazis. No sólo estaban poco dispuestos a escuchar lo que tenía que decir el escritor. Sobre todo, deseaban impedir que Alemania oyera una voz indiscutiblemente propia, articulada por quien, en plena madurez vital y productiva, se había acreditado como el mejor novelista del país y había obtenido un reconocimiento internacional que se fijó en la concesión del Premio Nobel en 1929. Pero esa molestia no puede confundirse con el temor. Ocho años atrás, en ocasión del homenaje tributado a Gerhart Hauptmann, ya había tenido ocasión de enfrentarse a los jóvenes nacionalistas, poco pacientes ante su petición de superar la absorta pesadumbre de la derrota, incitándoles al descubrimiento de una Alemania profunda y libre en las horas difíciles.3 Sin embargo, en 1922, el «Es Lebe die Republik!» con el que acababa su exposición saludaba a un régimen aún prestigioso, reciente, impulsivo, capaz de obtener el apoyo de los escépticos iniciales, de los llamados «republicanos por la razón» con el que los reformistas del viejo Kaiserreich se habían adherido a la República. Un régimen con recursos para quebrantar el ánimo de la extrema derecha, ya que fue ese gran acuerdo nacional, más que el simple ejercicio del poder represor del Estado, el que hizo fracasar el Putsch hitleriano de noviembre de 1923. Pero habían pasado años y penurias cuya capacidad de erosión sobre las esperanzas iniciales de una democracia se mostraron demoledoras. Cuando habló en la Sala Beethoven en 1930, Thomas Mann debía hacer algo más que reprender a algunos exaltados fuera de lugar. Era consciente de que él mismo —y con él todo lo que representaba, la fibra esencial con la que había fabricado el tejido social de la tolerancia y del espíritu ilustrado— estaba a punto de precipitarse en una catástrofe. La mayor de sus vejaciones era que el desastre iba a producirse en nombre de la «auténtica» Alemania, enmascarado tras la defensa de la nación verdadera, algo que sólo podía acarrear la dificultad de continuar siendo alemán cuando la embriaguez hubiera terminado y llegaran los efectos más amargos de la derrota militar, la humillación política y la pérdida de la propia estima por la inmensa clausura moral del exterminio. ¿Cómo recuperar el nombre de Alemania entre unos escombros que no eran sólo las casas destruidas, sino el propio carácter, la razón de ser, la identidad de una cultura reducida a una monstruosa depravación que había falsificado su personalidad?
El patriota Thomas Mann percibió que, como estaba sucediendo en otras partes de Europa, lo que estaba quedando «fuera de lugar», en una penosa excentricidad, era precisamente aquello que las personas de su talante y educación representaban, todo lo que había tratado de convertir en algo más que en una propuesta estética, para hacerla una reconciliación entre la belleza y la moral. Esa tarea de demolición de la tradición se hacía empuñando el nombre de la autenticidad, de un movimiento palingenésico destinado a una forma de retorno a los orígenes verdaderos, traicionados por el racionalismo y el liberalismo, por el marxismo y la vanguardia artística, por el pacifismo y el reconocimiento de que una sociedad es conflicto articulado, no un cuerpo homogéneo, cuya pluralidad pasa a comprenderse como la presencia de un agente exterior o la degeneración de alguno de sus órganos. Desde posiciones que ni siquiera se identificaban totalmente con el nazismo, sino con el sentimiento de pérdida experimentado por el hilo de penurias que habían ido desmoralizando al país, se decía proteger una civilización construida por generaciones de una élite de Dichter y Denker, de poetas y pensadores, pero también de fabricantes y organizadores de la política, de teóricos del Estado de Derecho y defensores de las condiciones de vida de los trabajadores, de dirigentes empresariales con un concepto utilitario de la existencia, capaces de llevar adelante la racionalización industrial iniciada en los últimos años del Kaiserreich y puesta a prueba en la Betriebsgemeinschaft de la Gran Guerra. En nombre del Volk se obstruía esa trama popular construida con lentitud, con perseverancia y con respeto por los derechos del individuo, por lo menos con la aceptación de una declaración inicial de los mismos, heredada del equilibrio entre cosmopolitismo y patriotismo que caracterizó a los pensadores que se expresaron desde la liberación del pensamiento en el siglo XVIII.
Walter Benjamin nos indicó que la historia se capta realmente en los momentos de peligro.4 El otoño de 1930 presentaba un riesgo perceptible sólo en algunas anticipaciones, que difícilmente permitían sospechar la aterradora catástrofe que se cernía sobre el mundo, ataviada precisamente de la imagen de su voluntariosa transformación, del dominio sobre la materia, del progreso comprendido por la imposición del poder de una cultura superior, de lo que normalmente nos hemos acostumbrado a llamar «progreso».5 Una fractura que actuaría como un gran interruptor moral, un increíble proceso de degradación histórica que aniquilaría la imagen convencional de la evolución hacia delante, la mejora permanente de las condiciones de existencia, la imparable humanización y el crecimiento paralelo de la riqueza y la cohesión social. Ante el observador superficial, en una fase de esplendor cultural sólo podían presentarse los indicios contingentes, indescifrables, los síntomas que sólo pueden ser traducidos correctamente por quienes poseen el genio de contemplar la intimidad de los procesos históricos, de quienes se atreven a mirar al abismo y a narrarlo, sin preocuparles la advertencia nietzschiana que nos recuerda que el abismo también contempla a quien lo observa. En las elecciones de septiembre de 1930, precipitadas por la decisión de la derecha de negar su confianza al gobierno socialdemócrata de Müller, se había producido un hecho que portaba en sus entrañas el contenido de ese futuro previsible aún a tiempo de ser evitado: el NSDAP consiguió el apoyo de más de seis millones de ciudadanos y pudo colocar a 107 militantes en el Reichstag, convertido en el primer partido de la derecha y dispuesto a ser una baza indispensable para cualquier estrategia de destrucción de la República de Weimar. Cuando el peligro acecha con menor envergadura, la estatura de los intelectuales se pone al mismo nivel que su obligación ante la sociedad. Cuando ese mal aparece con el atavío de una posible liberación, cuando sirve para consuelo de una atmósfera de sufrimiento, alentando como una esperanza que exige la renuncia a la razón y el despojo de las actitudes morales, el hombre es puesto especialmente a prueba. Como había de indicarlo Elias Canetti en sus memorias, «habida cuenta de las cosas que se auguraban, nadie tenía el derecho a sentirse privilegiado; no era el peligro de uno, sino el de todos. Percatarse de aquellas cosas y hablar sobre ellas no era ningún mérito; lo que importaba era verlas con lucidez, sólo eso, pero era precisamente lo más difícil de lograr».6 A un Thomas Mann de una edad avanzada para los criterios de la época era obvio que no le faltaba la lucidez, a diferencia de lo que ocurría con tantos académicos, científicos y escritores que no daban importancia a lo que pasaba o, acobardados por el hundimiento político y social del país, dispuestos a dejarse envolver por la fascinación de la propuesta de «autenticidad comunitaria», de regeneración espiritual a través de la regeneración racial que contenía el proyecto nazi. Nadie se habría atrevido a reprocharle una inteligencia defectuosa a Thomas Mann. Pero a aquel hombre pulcro, atildado, atento a sus orígenes de clase, desdeñoso de la mediocridad intelectual y poco propicio al populismo de algunos de sus compañeros, tampoco le faltaba el coraje. En especial, no carecía de ese arrojo discreto y, al tiempo, enérgico: esa valentía de los hombres que se saben extraordinarios, pero que sólo ven en ello el resultado del esfuerzo y el origen de una responsabilidad. Esos hombres que, como Chesterton, sólo comprenden lo que significa la palabra «libertad» cuando la ven unida a la dignidad.7 Quizás se trate de la actitud opuesta al heroísmo tal y como lo habían de ver los nazis precisamente, partidarios de la inmersión del individuo en un proyecto que le concedía entidad gracias a su renuncia al mundo privado que había dejado de existir, a la esfera de la conciencia que había desertado del individuo para encaramarse al gigante anónimo de la comunidad. No era ese tipo de heroísmo, sino la humilde y simple decencia, como la de aquella Antígona que, frente a Creonte, no temió pensar de una forma distinta a como lo hace la mayoría de sus conciudadanos, dando origen a una forma de comprender la sociedad, los límites del poder y la malversación de fondos morales que se utilizan como coartada frente a la libertad, que ha convertido su figura en un clásico reiterado.8
El autor de La montaña mágica estaba levantando un acta de acusación en la forma en que éstas suelen presentarse en el tribunal de la Historia, cuando los papeles de los verdugos y las víctimas se amalgaman en las actitudes peor clasificadas de la ética. No sólo cuando la complicidad con la usurpación adquiere la forma de un farsante desconocimiento, no sólo cuando se simula que las cosas no pueden ser de otra manera, sino también cuando tal usurpación es contemplada como una condición excepcional necesaria, cuya responsabilidad queda atenuada por el fragor de las circunstancias. Acostumbrado a ser el juez de su clase, el delator de su medio, el que ha tirado la primera piedra contra los peligros del Innerlichkeit, del ensimismamiento que cree poder recluirse en el alivio de la salvación individual, el crítico de una burguesía a la que exige que tome las riendas morales del país no puede ser juez sin ser, además, parte. Porque es exigente: pide que la burguesía recurra a su propia experiencia, a las raíces que un hombre como él cree que pueden separarse de la organización de la sociedad que dará paso al fascismo sin quebrantar el sistema de organización de la economía que puede convenirle. Pide que esta clase social a la que pertenece, enorgulleciéndose de su herencia, de su localización en la patria de la libertad y el racionalismo, vuelva a cumplir en un momento en que se la requiere. Que vuelva a ser el impulso del espíritu y de la autonomía del individuo. Pero, para disgusto del público que estaba dispuesto a escuchar a uno de los suyos, Thomas Mann comprende que, en las circunstancias de 1930, ese llamamiento a la burguesía tiene que ir acompañado de algo más que de una simple enunciación de su pasado o, en cualquier caso, de una analogía. Si en el siglo XIX la burguesía se alió con las clases populares para izar la bandera del liberalismo, esa misma enseña solamente podía mantenerse defendiendo la República de Weimar en compañía del partido más fuerte y más inclinado al pacto social de la clase obrera, la socialdemocracia. Solicita, cuando el tiempo ha mostrado el desastre de cualquier alternativa, dar una oportunidad al SPD, que se establezca de nuevo la Bürgerfrieden, la unión patriótica. Esta vez, contra los falsos patriotas que conducen a Alemania a negarse a sí misma con la excusa de afirmarla. Thomas Mann no puede relatar sin establecer un testimonio, no está dispuesto a describir sin proponer una advertencia. Opta por lo que corresponde a lo que él cree su deber, a lo que siempre ha tomado como su función, al margen de un simple creador de ficciones afortunadas, para ser un intelectual que utiliza las armas con las que el genio le ha dotado: su penetrante visión de la realidad completa y compleja, la materia verbal para expresarla y la solvencia ética para desplegarla ante sus avergonzados conciudadanos.
Por ello, frente a un público que le escucha con sarcasmo o con temor, propone un código de conducta como cortafuegos contra el incendio que está prendiendo en Alemania: levanta un repertorio de normas superiores establecidas sobre su propia herencia social. Mann nunca intenta asumir un lugar social que no es el suyo ni por origen ni por vocación. Orgulloso de la función que su clase ha determinado en el desarrollo de la cultura nacional, Mann reclama a la burguesía que regrese al territorio de la razón para oponerse al arrebato emocional que cancela la trama de la convivencia y se emborracha en los trámites de un crepúsculo moral que enarbola el horizonte desde la petrificada Tierra Prometida que el nazismo promete al pueblo designado para imponer su destino. Se trata de un atractivo peregrinaje depurador, un deambular sonámbulo en el que los esclavos se saben llamados por el Creador a cumplir su tarea, en que se restauran los lazos de fraternidad quebrantados por la modernización, en la que es tan fácil descubrir la pureza propia de la comunidad como el defecto pernicioso de los ajenos responsables del sufrimiento popular. El sueño de la Volksgemeinschaft en nada corresponde al ejercicio de emancipación que han propuesto los teóricos de la modernidad, sino que es una perversión acuñada en su misma ceca, falsa moneda con su mismo aspecto de llamada al progreso, a la libertad colectiva, a la integración solidaria, a los derechos del pueblo, al sentimiento de pertenencia anulado, a las tutelas sociales abolidas. El precio de su cumplimiento es, precisamente, invertir los valores que desea copiar, como el precio de la falsa moneda es anular el valor de la auténtica: su sentido es obtener un mundo de aparente armonía que sitúa cada forma de disidencia como defecto, cada expresión de desacuerdo como una infección del organismo nacional, cada conflicto como herejía que pone en peligro la virtud del pueblo, todos ellos, elementos que superan el debate político para proponer la defensa radical que sugiere el nazismo: la Ausmerzen, la extirpación de quienes han sido clasificados previamente como ajenos, la Vernichtung, el exterminio, considerado como el desenlace feliz, la «solución final» de un proceso que ha empezado expresándose en reclamaciones de carencia de ciudadanía alemana para quienes no comparten estas pesadillas, y que habrá de certificarse en la edificación de los espacios de marginación que el Tercer Reich construirá desde sus inicios.
Para Thomas Mann, esa sublevación de los instintos, donde la desesperación se disfraza de esperanza y la soledad se refugia en la exclusión racial, es algo diferente al alzamiento político de los trabajadores, para exhibirse con la violencia física y la decrepitud moral de una orgía de lo plebeyo. El Discurso alemán, que subtitula Un llamamiento a la razón, hace algo más que ofrecernos el diagnóstico de una sociedad enferma, que confunde su delirio con la lucidez y que se trastorna creyendo disfrutar de una envenenada eternidad en los ejercicios funerarios de los himnos de la militancia fascista. Ésta, que ha sido hasta entonces una minoría, ha aprovechado algo más que la quiebra institucional de un régimen: se ha encaramado en la crisis de confianza en valores asentados durante dos siglos. Tal peligro, que nada tiene que ver con un simple cambio de gobierno, sino con una renuncia a lo alemán en nombre de Alemania, es lo que llega a desesperar a un patriota como Mann. Su voz, a pesar de los esfuerzos por acallarle, consigue leer el alegato, que es una prescripción, un juicio político y moral que contiene las instrucciones para su uso programático. Pide algo posible aún: un compromiso histórico entre la burguesía liberal y la socialdemocracia, desbrozando de recelos ideológicos el encuentro en beneficio de una tarea de civilización, de reconquista del mundo asediado por lo que nada tiene que ver con la esperanza prometida, con la emancipación por obtener, con la gran reconciliación que hará renacer a los alemanes de su orgullo calcinado en 1918. Ya han hecho sacrificios inmensos para renunciar a sus elementos de identidad diferenciada. Ya pueden aceptarse como compañeros de un viaje que quiere evitar la desembocadura en el final de la noche. Como representante de una clase que conoce bien «la aversión filosófica que la burguesía alemana experimenta ante el socialismo», Mann hace algo más que proponer un acuerdo táctico, circunstancial, para hacer frente al fascismo: reconoce el límite de un paisaje de la civilización, la fractura territorial que conduce al precipicio y que exige un encuentro histórico entre las dos grandes opciones que deben constituirse, como fundamentos complementarios, a quien desea enfrentarse a ese nazismo que quiere presentarse como lo «auténticamente alemán», sin ser más que una patología, una pesadilla engendrada por una extraña mezcla de la desmoralizada generación salida de las trincheras y de los hombres sin atributos de la decadencia finisecular. El elogio de Stresemann no es un canto fúnebre a favor del pragmatismo chato y contra la grandeza de los rituales dionisíacos que están a punto de adueñarse del alma alemana. La defensa de la dignidad del reformismo socialdemócrata nada tiene que ver con la exaltación de una carencia de identidad, de un carácter liviano. Para Thomas Mann se trata, justamente, de defender el espíritu frente a la carne, la Alemania del pensamiento, de Kant, de Schiller, de Goethe, el verdadero idealismo, en una patria donde las apresuradas caricaturas de Der Angriff o los lodazales soeces de Der Stürmer construyen un vocabulario utilizando como material de edificación los escombros del lenguaje de la Aufklärung. La Alemania del espíritu que habrán de defender los hermanos Scholl y sus compañeros en 1943, a salvo de la corrupción generalizada que Mann ha anunciado una docena de años atrás.9
Probablemente, Thomas Mann deseaba explicarse ante sus oyentes no sólo como profeta de un peligro que acechaba a su país y a su cultura de una forma mucho más grave de lo que él mismo podía suponer. Deseaba hacerlo también desde la posición de fuerza que le otorgaba el reciente reconocimiento internacional a su obra y su propia exigencia de virtud ciudadana, considerando que su importancia artística le exigía levantarse con particular energía contra un movimiento que decía inspirarse en la fuerza del espíritu y presentarse en una escenificación dispuesta por un caudillo que se vanagloriaba de su «estilo», de su «identidad» política diferenciada, de su desprecio de lo común cubierto de un manto comunitarista, de su rechazo de la experimentación artística acolchado bajo una protección estética: un Adolf Hitler que confundía las virtudes del observador de Poe o de Baudelaire con los delirios marginales de un artista frustrado, de un bohemio sin personalidad, ansioso por convertir su vacío en un arquetipo de poder artístico.10 Lo que Hitler se considerara a sí mismo había de preocuparle muy poco a Thomas Mann, aun cuando, al dirigirse a los muniqueses en un homenaje al acto de recepción del premio Nobel, indicando que nunca habría de abandonar la capital bávara, no debiera agradarle saber que La montaña mágica se vendía menos que Mi lucha.11 Le preocupaba de verdad ese sentimiento de rendición incondicional que podía observar en la burguesía alemana, así como la extraña dejación de perspectiva que desvelaban ciertas frivolidades nietzschianas de segunda mano en el círculo de George o en Benn. Nunca había apreciado mucho la validez estética del expresionismo, pero podía lamentarlo como guardia lírica pretoriana del nacionalsocialismo, con sus inclinaciones por una «autenticidad» esteticista inclinada a las situaciones de riesgo moral, o de entrega gozosa a la abyección. Ese riesgo podía preocuparle lo suficiente para dirigirse a su audiencia preguntándole si la exaltación de la orgía de los sentidos y la denuncia de la razón tenían algo que ver con lo alemán. Le preocupaba esa coartada ejercida por otros, pero en especial la que podían proporcionar su silencio y la interpretación de sus propias palabras. Había tenido que recordar en su homenaje a Hautpmann de 1922 que los estudiantes no podían esperar que repitiera exactamente lo que había dicho al escribir las Consideraciones de un apolítico, porque su existencia espiritual le impedía la petrificación irreflexiva. Debía enfrentarse, además, al injusto crédito que podía dársele por las inclinaciones decadentistas y esteticistas que se insistía en detectar en relatos como La muerte en Venecia o Tristán, que señalaban la predilección por la fuerza del espíritu y la belleza frente al individualismo materialista y el sentido del deber productivo de su herencia familiar. No creo que la compasión de relatos como Un instante de felicidad o la decisión de los protagonistas de La voluntad de ser feliz, dispuestos a la muerte y al recuerdo para cumplir con las exigencias de su amor, puedan identificarse con lo que el nuevo nacionalismo alemán estaba entendiendo por «voluntad», como no creo que las tribulaciones de Gustav von Aschenbach ante la belleza encarnada en Tadzio pertenezca al mismo sistema solar que el culto a la fuerza escultural y la intimidación arquitectónica de las propuestas estéticas del nazismo. Sus constantes defensas de la República a lo largo de la década de los veinte rompían cualquier interpretación ambigua de una existencia tan prematuramente inclinada a hacer lo más difícil: no dejarse tentar por el demonio que podía ofrecer una «prohibición del amor» a cambio del poder de creación muy diferente a la que ofrecería el nacionalsocialismo.12 Por otro lado, Thomas Mann no podía ignorar el hecho de haberse formado en una época de crisis que, a escala de todo el continente, había ido afirmando la decadencia de la burguesía que culminó en la Gran Guerra, algo que llegó a contagiarle y que infectó definitivamente a los intelectuales de la Revolución Conservadora. Un hombre tan exigente por comprender el papel que representaba en ese momento de engarce entre dos épocas no podía ignorar los motivos profundos que podían llevar a la burguesía a romper el contrato firmado con sus propias raíces espirituales. Mann defiende un atributo de la burguesía que es ahora, también, la del movimiento obrero socialdemócrata comprometido en la salvación de la República. Cuando Marc Fumaroli nos recuerda que la nobleza francesa del siglo XVIII era un mundo de libertad frente al despotismo, incapaz de convertir su sentido de la tolerancia en proyecto político, para creer que podría mantenerlo en la autonomía de las relaciones sociales;13 cuando Benedetta Craveri nos indica la forma en que la nobleza francesa del siglo XVII construye «un ideal de sociabilidad bajo el signo de la elegancia y de la cortesía, que contraponía a la lógica de la fuerza y a la brutalidad de los instintos un arte de reunirse basado en la selección y en el placer recíprocos»;14 cuando el propio Goethe recuerda, tras describir una acalorada discusión en la que dos hombres pierden los estribos hablando de la invasión napoleónica, la súplica de la dueña de la baronesa a favor de las viejas costumbres que ponen por encima de todo los modales y la tolerancia,15 quizás deba pensarse en un Thomas Mann que defiende los principios de esos rasgos apenas apuntados en los orígenes de la sociedad burguesa y a los que tan pronto iba a renunciarse en Alemania, a fin de cuentas los mismos que había advertido su hermano Heinrich en momentos menos felices de la relación entre los dos.16
Tales circunstancias se estaban dando en la misma capital del Reich, y en relación con una célebre obra de un escritor menos excelso pocas semanas después de que Thomas Mann abandonara apresurada y furtivamente la sala en la que había realizado uno de sus discursos más lúcidos y valientes. El 5 de diciembre, al día siguiente de la celebración de un preestreno, la Mozartsaal exhibía la versión cinematográfica de Sin novedad en el frente, de Erich M. Remarque.17 Resulta dudoso que la obra tuviera el sentido que Joseph Goebbels intentaba otorgarle, tratándose de un libro que había exaltado la experiencia de la vida de las trincheras, para analizar solamente en sus últimos capítulos la soledad de un soldado que ha ido perdiendo a sus compañeros de promoción.18 Sin embargo, el autor había roto, con sus referencias finales al desarraigo del protagonista y a su sensación de pertenecer a una generación perdida, justamente cuando el ritual conmemorativo del nacionalsocialismo hacía de la guerra —no vivida por muchos de sus votantes y militantes, pero sí recordada profusamente— uno de los factores originarios que caracterizan a todos los movimientos de fe.19 El boicot a la película correspondía a la ocupación física de Berlín que venía realizando el partido desde el nombramiento de Goebbels como Gauleiter a finales de 1926, que disputaba a los comunistas el espacio público berlinés.20 Al boicot del día inicial, seguido de constantes manifestaciones nazis frente al cine en los días siguientes y a la propaganda triunfante de Der Angriff, siguió el encargo del ministro del Interior centrista Joseph Wirth, que concluyó con un dictamen de la comisión de censura que prohibía la película. Con orgullo, Goebbels pudo publicar en Der Angriff que el ministro del Interior prusiano había sido derrotado, mientras en una entrada en su diario el día 14 de diciembre podía escribir: «Somos, a ojos del público, los hombres más fuertes».21 En cambio, los diarios de algunas personas preocupadas por el ascenso del nazismo no recogieron este hecho, aun cuando no dejaban de considerar lo peligrosa que era la cierta complicidad con que los miembros de sus círculos de amistades contemplaban al movimiento.22 La ebullición artística de una ciudad en la que se estrenaban constantemente obras de teatro, cabarets y películas; donde, como recuerda Spender, la mayor parte de los intelectuales eran defensores doctrinarios de la izquierda más radical,23 la actividad estética de la izquierda no se corresponde con una relación estrecha con la clase obrera, cuyos barrios no son frecuentados por esta burguesía radicalizada, lo que establecía una fatídica ruptura en la relación visual entre el «espectáculo» y la vida cotidiana de los trabajadores, que acrecentaba la descomposición del ligamen entre arte y política que, sin embargo, los nazis eran capaces de detectar en sus adversarios y de construir en forma de discurso y de «manifestación».24 Quizás, en esos barrios obreros sólo podían escucharse, como lo recuerda Christopher Isherwood al comienzo de Adiós a Berlín, refiriéndose precisamente al otoño de 1930, los silbidos de las prostitutas llamando a sus chulos: esa voz «tan desesperanzadamente humana» que no puede dirigirse a un turista atento, curioso, pero accidental.25
Mientras estos dos espectáculos complementarios se producían a pocos días de distancia en Berlín, las palabras de Thomas Mann cuando se pregunta «¿Qué tiene esto que ver con Alemania?» se mantienen mucho más allá del momento en que se pronunciaron. De hecho, resisten como un factor que puede absolver a una cultura con el riesgo de considerar a los nacionalsocialistas un factor que nada tiene que ver con ella, como se pretende que el fascismo es un breve paréntesis ajeno al ritmo generoso de la modernidad. A responder a esa pregunta de Thomas Mann está destinado este libro. Lo hace de una forma que debe explicarse para evitar su confusión como un mero gabinete de curiosidades, esos precedentes de los museos que abarrotaban las residenciales de los viajeros con animales fantásticos fabricados en los sótanos de los taxidermistas. Se trata de comprender un movimiento de época a través de la experiencia personal de quienes la vivieron y optaron por el nazismo. Esa aproximación a una experiencia personal que enlaza con el espacio público es la única forma que se me ocurre de entender un período histórico. Las trayectorias personales y los acontecimientos tienen una relación flexible, de direcciones múltiples, es una trama de conexiones que actúa en ambos sentidos, identificando los espacios, los tiempos, las ideas, a los colectivos y a los individuos. Las personas, como los dioses en los que se puede decidir dejar de creer anulando su existencia, eligen y son elegidas al mismo tiempo, ejercen su libertad y le ponen límites. Puede pensarse que se trata, en los casos en los que se elige una biografía, establecer un «contexto», como el pintor que intenta establecer una perspectiva que no deje a quien contempla la obra en el vacío. Puede verse en ellos simples rugosidades de óxido humano colocado en la solemne marcha de los grandes acontecimientos. Procuremos evitar ambas perspectivas pues se trata de algo distinto. Si confesar las intenciones de un autor tiene siempre el riesgo de que el lector detecte con mayor facilidad hasta qué punto ha quedado lejos de su meta, ese peligro de descrédito es preferible al de la confusión desde el comienzo.
Se ha querido explicar el nazismo en su pluralidad, en una heterogeneidad que se acentúa a medida que se profundiza en él y que contrasta con su prestigio y su propia apariencia de movimiento y régimen monolíticos. ¿Qué mejor forma de tratar de hacerlo que señalando hasta qué punto los máximos dirigentes del partido y del Tercer Reich pudieron representar facetas distintas, que permiten explicar los cauces a través de los cuales diversos segmentos de la sociedad alemana se insertaron en un compromiso activo con el régimen? Ciertamente, se corre el riesgo de fabricar un arquetipo del que eliminemos las impurezas que no respondan a un propósito que tropieza con las inclemencias de los paisajes personales. Se tiene la ventaja, sin embargo, de compensar tal riesgo mediante la inclusión de tales condiciones en la propia explicación de una adhesión que corresponde al personaje del que hablamos, a veces en exclusiva, a veces como referencia de condiciones compartidas. Siendo imposible llevar adelante un registro minucioso de todas las motivaciones que llevaron a esa aceptación, utilización instrumental, tabla de salvamento personal, recipiente de esperanza o recurso utópico en una situación límite, repasando las condiciones concretas de millones de personas, nos es posible establecer una serie de campos que no clasifican rígidamente, pero establecen ciertas semejanzas, un parentesco político y emocional, un lugar histórico común constituido por varias zonas generales que, en cierta medida, cada uno de los dirigentes puede representar, sin que ello signifique que se identifica con las circunstancias exactas de un número determinado de ciudadanos. Algo que sirve, además, para evitar que esta misma sociedad pueda mostrar una extrañeza posterior con respecto a quienes oficiaron, desde diversos ángulos de la fe, la ceremonia conjunta en la que todos creyeron, aunque por motivos distintos. Tampoco puede implicar este punto de partida que estemos hablando de circunstancias contradictorias, como el encuentro casual de unos viajeros que se resguardan de la tormenta en una posada, sin tener más en común entre ellos que el disgusto por las condiciones climáticas. Debe decirse que esa pluralidad del fascismo alemán fue mantenida sobre un factor más importante que ella: el reconocimiento de un proyecto común, de una utopía compartida, de una ideología que se consideraba la propia de todos. Lo que se plantea es solamente la manera en que ese mismo objetivo, para poder consumarse, había de obtener los dispositivos de la variedad de experiencias, de la diversidad de tradiciones que era capaz de empuñar, para permitir golpear en una sola dirección alimentándose de circunstancias sociales diferenciadas. De hecho, como siempre ocurre en la Historia, aun cuando tendamos a establecer criterios unitarios que sustituyen esa pluralidad en lugar de verificarla, en especial cuando pasamos a creer que la propia unanimidad solicitada a sus fieles por el nacionalsocialismo es una realidad tal y como su misma propaganda quiso hacer creer.
La aproximación biográfica ha tomado el título de la famosa novela de Penn Warren All King’s Men, que los hábiles periodistas Woodward y Bernstein trasladaron a la conspiración de Watergate, aunque rebajando la majestad del título a la del presidente. Siguiendo su misma lógica, el todos no ha buscado el imposible criterio de exhaustividad sino la opción factible de la selección. En este caso, la arbitrariedad —el pariente pobre de la presuntuosa palabra «selección»— puede haber dejado a algún personaje de interés al margen, como podría serlo el gobernador general de Polonia, Hans Frank; algún crítico de la izquierda nazi, como Otto Strasser; al responsable de la mano de obra esclava, Fritz Sauckel; al organizador del servicio de seguridad, Reinhard Heydrich, o al responsable del esfuerzo inicial de desarrollo técnico de la guerra, Fritz Todt. En todas las ausencias, sin embargo, creo que existe la compensación que puede encontrarse en una evocación impregnada de su lógica, como corresponde a una mezcla de Himmler y Rosenberg en el caso de Frank, o de Speer en el de Todt, mientras la izquierda nazi puede estar más o menos dibujada en las alusiones dedicadas a Otto Strasser en las actitudes ideológicas de las SA al hablar de Röhm, en las posiciones de su hermano Gregor en una fase de su carrera política, o en las mismas actitudes del fundador del DAP, Anton Drexler. En este caso, pues, la presencia es sustituida por la afinidad, por un mundo de recursos metafóricos en lo que parece más importante señalar tendencias generales que actitudes rígidamente delatoras de una personalidad irrevocable.
En ninguno de estos casos llamativos, en efecto, perdemos la cuestión fundamental que ha orientado el trabajo: descubrir a través de esas trayectorias diversas las facetas del tiempo de lucha (Kampfzeit) y del establecimiento en el poder del nacionalsocialismo, lo que suele llamarse el Tercer Reich, de una forma que fue cada vez menos usada por sus propios dirigentes. La aproximación biográfica nos permite llegar a jóvenes que fueron lo bastante mayores para llegar a la guerra, aunque no para esquivarla, como fue el caso del propio Hitler, de Göring, Röhm o Strasser. También a quienes no alcanzaron tal posibilidad, como Himmler, Schirach, Ley o Speer. En cualquier caso, ninguno de ellos pertenece a la generación que había madurado en el período anterior, en la época cuya inverosímil destrucción habían de describir con impecable nostalgia los novelistas centroeuropeos nacidos con el suficiente recorrido en el período previo a la Gran Guerra como para deambular luego por los años anteriores al conflicto iniciado en 1939 como un espacio sonámbulo de la cultura europea, un lugar que no se reconoce ni en la nostalgia ni en la anticipación, sino en la pura y simple extranjería. Los nazis examinados, que representan las diversas maneras de acercarse al movimiento hitleriano, su infinita y deplorable trama de motivos, pudieron llegar a vivir el mundo del Kaiserreich, pero asociaron la destrucción de aquel recinto de seguridad, de valores bien asentados y de espacio personal con una clara delimitación: la revolución de noviembre y la irrupción ilegítima de la República de Weimar, que para ellos nunca supuso un mundo de sueños y de desengaño, sino un revelador de la propia identidad adquirida como oposición al orden político surgido de la derrota en la Gran Guerra. Su militancia fue un acto de apostasía de la autoridad civil a favor de una autoridad más alta, de un mundo que reclamaba su lealtad no tanto desde el pasado como desde la ilusión de una continuidad saqueada. No añoraban el Imperio caído, sino un futuro que no llegó a darse, con lo que su nostalgia adquirió el contorno de una ucronía, de un futuro a realizar que decidieron llamar su propia revolución. Su constitución afectiva, como tan bien lo muestran los diarios de Himmler entre 1914 y 1924, cuidadosamente diseccionados por Bradley Smith,26 fue creándose en las condiciones de una alteralidad completa con respecto al mundo cuya frustrante realidad les había arrebatado su futuro. Vivieron alojados psicológicamente en esas condiciones de violencia íntima entre un mundo interior comprensible y un mundo real indescifrable, que se sumaron a la propia violencia política del período encajando a la perfección, aunque en formas distintas. Fueron, en este sentido, personajes congruentes con una generación que jugó la carta del fascismo a fondo, que lo hizo por la voluntad de millones de personas de todas las clases sociales. Fueron congruentes con una sociedad que había experimentado la suma moralmente algebraica del inconformismo antimodernista de final de siglo y de la alternativa de un modernismo destructor que se fascinó con la potencia regeneracionista de la guerra, con el consuelo extraordinario de su heroísmo, con su persuasiva mecánica comunitaria, con su atroz autorización de la violencia. Fueron hijos de la generación que entró en crisis en el final de una fase expansiva y optimista del siglo XIX, que comenzó a mostrar en registros muy diversos de la experiencia cultural el temor a la decadencia y a la degeneración, la nostalgia de la aventura y del heroísmo, para proyectar tales intuiciones en la experiencia de masas de la Gran Guerra. Sin ella, la mayor parte de experiencias sociales que hemos conocido en el siglo XX habría tenido una tonalidad distinta, desde luego. Pero quizás el fascismo y sus innumerables variables europeas fue un elemento privilegiado en esta realización de masas de un movimiento aparecido, dentro de los márgenes del Antiguo Régimen, como un rosario de inquietudes que sólo la experiencia de socialización de las trincheras había de corroborar o pervertir, extendiéndola en una inmensa marea de contaminación que asumió valores normalizados en el campo de batalla, y que las generaciones que no habían tomado parte en ella habrían de extender a los más jóvenes mediante los rituales de conmemoración.27
Por ello, contemplar trayectorias tan distintas nos permite entender algunos aspectos centrales del movimiento y, en especial, su inmensa porosidad, su capacidad de reproducir, como un espejo perverso y deformante, la propia realidad a la que se asomaba, para contemplarse, la sociedad alemana de su tiempo, con sus rostros diferentes o con las diversas maneras de desfigurarlos en expresiones distintas. Podemos hacerlo aproximándonos al entusiasmo desencajado de un ideólogo místico como Goebbels o un modernizador ansioso de la eficacia del sistema productivo de guerra como Speer; un estratega pragmático como Strasser o un antisemita soez y simplificador como Streicher; un minucioso organizador del Estado racial, de la esclavitud y del exterminio como Himmler o un tenaz organizador de la neutralización de la clase obrera como Robert Ley; un nostálgico de la comunidad social Völkisch como Drexler o un individuo inmerso en el espacio de sociabilidad violenta de los excombatientes, como Ernst Röhm. Todas estas formas de aproximación al movimiento —o de abandonarlo en momentos y rupturas de distinta intensidad— nos proporcionan las áreas de explicación indispensables para comprender ese poliédrico artefacto de integración radical y de exclusión no menos completa que fue el nazismo. Esa paradójica mezcla de modernización y arcaísmo, de ruralismo e industrialización acelerada, de antisindicalismo y obrerismo, de sentimiento de pertenencia y de exclusión, de identidad y de alteralidad, de apariencia de Estado absoluto y de caos poliárquico que funcionaron hasta pocos meses antes de su extinción, justo cuando iban definiéndose los rasgos más homogéneos en su consumación y la autoridad política que los administraría.
Como el propio Hitler, estos personajes sólo pudieron llegar al escenario de la Historia de la mano de la catástrofe de la Gran Guerra y de la crisis de la democracia. Pero fueron ellos quienes organizaron y representaron las distintas maneras en que la sociedad alemana se comprometió en hacer que ese gesto voluntario, esa opción entre otras, adquiriera la farsante forma de un acto providencial o de un destino heroico, según cual fuera la sensibilidad religiosa de quien lo aceptara. Lo era, en cualquiera de sus dos aceptaciones, para los creyentes y para los paganos, para los sanos y para los defectuosos, para los Volksgenossen y los Gemeinschaftsfremde. Todos ellos consiguieron brillar solamente a través del carácter de catalizador que poseía la persona del Führer, pero también lo es que sin una línea de continuidad con sectores que no eran viejos combatientes del partido, que incluso lo habían perseguido desde la policía de Weimar, el Reich no habría sido posible.28 Contemplándolos de cerca, uno puede considerar la forma en que Chateaubriand se excusaba ante los lectores de sus memorias al acabar la etapa dedicada a Napoleón, indicando que, desaparecidos los grandes hombres, sólo nos quedan los acontecimientos.29 Pero la comparación es, además de su habitual carácter odioso, inconveniente. Hitler transmitió a su élite el poder, pero no la gloria. Tuvo los secuaces que corresponden a un jefe de banda, no los discípulos que pueden atribuirse a un mesías. No selló entre su pueblo y la Historia o la Divinidad un proyecto de progreso universal, sino la esclavitud y el exterminio para los ajenos, que favorecía y aseguraba la libertad mezquina y fraudulenta de los propios. Les marcó con la línea de sombra de una agonía crepuscular que quiso solemnizarse en un majestuoso Götterdämmerung cuando su derrota de casta era inevitable, pero no propuso una aurora universal que entornara la noche de los pueblos y proporcionara a todos la incorporación de sus derechos. Los convirtió en maestros de obras de una nueva comunidad de destino, pero su arquitectura distinguía entre el ser como habitante de la sociedad racial y el no ser de los asociales, localizados en espacios de reclusión, en un no habitar verdaderamente, Untermenschen que habrían de constituirse en un permanente recordatorio de la superioridad del pueblo elegido, en su fuente de recursos materiales y en su espacio simbólico de libertad pervertida.30 En un amplio abanico que recoge al oportunista de inteligencia poco común como Speer, al matón antisemita como Streicher, al místico que confiesa que poco le importa en qué creer mientras crea en algo intensamente como Goebbels, al fervoroso creyente al que repugna la violencia como Rosenberg o al creyente de teorías muy similares dispuesto a realizar el exterminio como Himmler; en ese espacio común, la percepción de la sociedad hitleriana recoge todos los registros de un sistema planetario que necesita girar en torno a un centro de gravedad para mantenerse en orden, pero que es incapaz de dotarse de más objetivo que el de su propia realización. Las contradicciones entre estos individuos no sólo no debilitan al régimen, sino que permiten que evite el pluralismo formal para constituirlo como heterogenidad antidemocrática, desplazando el conflicto a un combate entre la comunidad y sus enemigos esenciales. En todo lo demás, el examen de estos perfiles, estas breves evocaciones, nos conducen a averiguar lo frágil y, sin embargo, asombrosamente duradero del engranaje nacionalsocialista, antes y después de la captura del poder.
Comprenderlo significa, sin embargo, contextualizarlo, aunque, como se ha dicho, esa contextualización busque una lógica ambiental, un significado imprescindible de la época, más que un decorado secundario que conceda relieve a los protagonistas. Acercarnos a estas personas con la ventaja de la distancia, con la extraordinaria validez de conocer la consumación del proyecto, pero con la necesidad de evitar cualquier anacronismo, que nos impida comprenderlos y, más que eso, entender por qué llegaron a disponer de esa cultura alemana que aterrorizaba a la extrema derecha francesa con sus mauvais maîtres influidos por el pensamiento de la Ilustración. Esa otra Alemania a la que Mann trató de movilizar, a la que quiso luego representar, a la que dignificó recordando dónde se encontraba, de la misma forma que Benjamin y Zweig decidían que su vida carecía de sentido cuando parecía segura la victoria de Hitler. Goebbels no podía comprender en 1945 un mundo sin el nacionalsocialismo. Para Thomas Mann no era el mundo, sino su Alemania, esa cultura y esa civilización arrebatadas que, en sólo veinte años, pasó de los edificios de la Bauhaus a levantar los complejos de Auschwitz o Chelmno. Los hechos corresponden a la voluntad de los individuos en condiciones sociales adecuadas, en situaciones límite que ponen a prueba una cultura, un pueblo, una élite, el concepto mismo de la modernidad utilizada para provocar el exterminio.31 Sobre el escenario de aquellos años decisivos, algunos hombres desempeñaron su papel con la vocación del artista que crea y comunica, que interpreta en el sentido hermenéutico y teatral de la palabra, que actúa en el escenario de su tiempo. A esa pista de acontecimientos, modificada por los gestos y las palabras, moldeadora del verbo y de la acción, habremos de referirnos en primer lugar: los acontecimientos habrán de adquirir sentido, las masas habrán de tener significado para que los individuos, perpetuos circuitos donde el mundo adquiere su energía, lleguen a comprenderse.
«¿Qué tiene que ver todo esto con Alemania?» se preguntaba Thomas Mann y se lo preguntaba a un público poco amable. La pregunta contiene la negación. El historiador, al que corresponden menos las advertencias que el examen de los procesos ya realizados, tiene que responder con un todo que no significa, en lo que afecta a los alemanes de años de entreguerras, todos. Por eso se ha comenzado por señalar a quien supo ponerse frente a la catástrofe sin ser escuchado, como podíamos referirnos a esos millones de electores que optaron, incluso en las condiciones desesperadas de marzo de 1933, por seguir fieles a la socialdemocracia o que se inclinaron por dar apoyo a la resistencia del KPD. Pero lo que ocurrió no sólo «tiene que ver», sino que incumbe a Alemania, como el fascismo incumbe a Europa. El historiador, ante la pregunta de Mann, tiene la tentación de responder todo, en un sentido distinto al que excluye la determinación libre del futuro de las personas, su propia voluntad individual, que tantas veces les llevó a negar, antes de 1933 o después de aquella fecha. Es un todo que se refiere a la congruencia histórica entre el nacionalsocialismo y Alemania, precisamente para acentuar que podía haberse tomado otro camino y que el nazismo fue el resultado de una opción. De la opción de personas como todas aquellas en cuyo mundo va a entrarse, cuya peripecia vital va a ofrecerse a la manera de memorables ejemplos de esa pertenencia voluntaria, no fatídica. Esa Alemania que inició una estación con apariencia letárgica, un otoño moral pero productivo, atareado en su apariencia de transformación, de mutación vital, de tiempo en suspenso que asiste a una modificación de todos los recursos con los que hallamos nuestro significado social, que interrumpe la respiración y parece encerrarnos en un paréntesis excepcional. Pero esa Alemania que tenía que ver con el nazismo no asistía a un final decadente, no lo vivía como una expiación ni como una agonía, algo que acertaron a descubrir quienes lo padecieron como víctimas del proyecto. El nazismo llegó, de la mano de quienes lo dirigieron y de quienes se acercaron a él, como el símbolo y la carnalidad, como el ritual y la experiencia de una liberación definitiva. Quizás en ello resida la sustancia que más aterró a Thomas Mann. Quizás en su mezcla de esperanza social de los castigados por la crisis, tecnocracia habilidosa de los poderosos y puesta a prueba más alta de la modernidad consista la imposibilidad de apartar la mirada de su triunfo, sesenta años más tarde de que se volaran las cámaras de Auschwitz.
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Anton Drexler
La edad de la inocencia
En la sección de Colecciones Especiales de los archivos de la Universidad de California, Los Ángeles, se encuentra una pequeña nota manuscrita que dice: «Nada para mí, nada para mi partido, todo para mi pobre, mi desacreditado pueblo». Está fechada el 25 de febrero de 1921 y lleva la firma de un cerrajero que trabajaba en los ferrocarriles de Munich, Anton Drexler.1 En aquel momento, Drexler disponía ya de cierto prestigio en los ambientes nacionalistas de Baviera, al ser el máximo dirigente del Partido Nacionalsocialista, convertido en la principal organización política muniquesa, circunstancia que, muy poco tiempo después, habría de variar para hacer del NSDAP el partido de origen völkisch más importante de Baviera, antes que el Putsch de noviembre de 1923 lo situara en la ilegalidad y la incertidumbre. Sin embargo, a los pocos meses de redactar esta emotiva anotación, Drexler hubo de dejar, como lo hizo buena parte de la vieja guardia, la dirección del partido en manos de Adolf Hitler, que en el siguiente verano había de aprovechar una profunda discrepancia estratégica en el seno de la organización para imponer formalmente lo que ya era una situación de hecho: su liderazgo absoluto al frente del movimiento.
Como otros personajes de aquel ambiente muniqués que permitió el inicio de la carrera de Hitler,2 Anton Drexler aparece con la difuminada apariencia del precursor, una función que no sólo tiene las virtudes que se espera observar en aquellos sin los que el Führer nunca habría llegado a disponer de un espacio propio de realización de sus ideas, una imprescindible primera plataforma desde la que lanzarse a la política, desde la precaria posición que ocupaba como propagandista en el ejército, dudando aún si establecer un partido político propio pero conocedor de su nula experiencia y de su carencia de virtudes organizativas para hacerlo.3 Drexler y el puñado de personas que fueron decisivas para este paso aparecen, no sólo en la peculiar hagiografía del NSDAP, sino también en una buena parte de los estudios académicos y de la ingente literatura de divulgación sobre el tema, como unos mediocres artesanos incapaces de resolver los obstáculos de su trabajo. Ni siquiera adquieren esa dignidad del científico al que se le reconoce haber entreabierto una puerta sin cuyo esfuerzo inicial permanecería clausurada o ignorada para el genio que rinde homenaje a sus precursores como algo más que unos torpes antecedentes de los que hubo de desembarazarse. Porque, sin duda, ésa ha sido la imagen que la historiografía del partido nazi en sus momentos de conquista del poder, pero también buena parte de la académica posterior a la guerra y casi toda la que divulga un tema de tanto interés popular, ha trasladado a los lectores. Algo que tenía el interés de reforzar un aspecto esencial del mito de Hitler, como verdadero creador de una novedad, líder que sólo debía su genio a ese ambiguo acreedor intelectual que es el destino, hábilmente combinado con lo que debería ser su antagonista: la fuerza de la voluntad. En esa fuerza del mesías esperado como redentor del pueblo escogido, sólo podían aceptarse precedentes, nunca maestros. Y, más bien, quienes habían orientado de forma equivocada el trabajo por realizar, aunque dotándoles de la honestidad suficiente como para justificar la inclusión del propio Führer en el primer Partido Obrero Alemán. Poco le habría costado, en caso contrario, considerarlos más herejes que compañeros insuficientes, defectuosos personajes destinados a que brillara con mayor potencia la luz del verdadero inspirador del movimiento de liberación de la comunidad popular. Para el movimiento völkisch, esa esperanza era algo tan asentado que no sólo resultó fácil mantener esa leyenda, sino que ni siquiera los verdaderos forjadores de la inclusión de Hitler en el movimiento se atrevieron a modificarla, por el temor a separar el nazismo de esa raíz que le permitía enlazar con la esencia de la germanidad.4
Lo que, en el caso de Hitler, es la necesidad de un mito, en el de Drexler y sus compañeros, combatientes veteranos del nacionalsocialismo, es el ultraje de una caricatura. Esa caricatura que, como todas, tiene que conservar un parecido con la realidad para resultar creíble, fue alentada desde muy pronto por el propio Hitler, cuando dictó sus recuerdos para el primer volumen del Mein Kampf a su compañero de prisión en Landsberg, Rudolf Hess. En el capítulo dedicado al Partido Obrero Alemán, se empleó con una especial aspereza a denunciar las condiciones del partido en aquellos momentos como algo «horrible, sencillamente horrible, sólo se contaba con fe y buena voluntad».5 Los esfuerzos realizados para desmentir esta situación fueron convenientemente silenciados, como ocurrió cuando el presidente de la Sociedad de Thule publicó un libro con el expresivo título de Bevor Hitler kam —antes de que llegara Hitler—, que insistía en la existencia de un amplio movimiento y un numeroso grupo de personas que habían estado trabajando en ideas propias y no sólo preparando el terreno al Führer.6 El propio Drexler, como es sabido, escribió dos textos para modificar la versión de los acontecimientos que se habían consagrado, uno en 1935 y una carta al propio Führer redactada en 1940 que no llegó a enviar, a la espera del final de la guerra, y en la que le reprochaba que se adjudicara la redacción del programa del partido, cuyas notas iniciales habían sido redactadas por Drexler en varias tentativas previas al redactado final, que realizaron conjuntamente.7 Sin embargo, la realidad es mucho más que una disputa de primogenitura, que no deja de ser uno de los mitos fundadores de nuestra propia cultura judeocristiana y que aparecerá en otros fascismos, como en el enfrentamiento entre D’Annunzio y Mussolini, entre Doriot y Déat o entre Ramiro Ledesma y José Antonio Primo de Rivera. En política, y en especial cuando el liderazgo carismático es un elemento que define la calidad de un proyecto político, el reconocimiento de los antecedentes tiene mucha menos generosidad que en la ciencia, en la literatura o en el arte. La mejor originalidad parece ser, precisamente, la capacidad de mejorar la materia encontrada, no el hallazgo de una sustancia reservada a la contemplación del elegido. El sagaz periodista Konrad Heiden, refiriéndose en los años del Tercer Reich a esta situación, indicaba, precisamente bajo el título de «un fundador olvidado», que Adolf Hitler había heredado de Drexler mucho más que un pequeño grupo organizado en torno a unas rudimentarias ideas que mezclaran vagos sentimientos socialistas y una profunda inclinación por el nacionalismo antisemita. Había adquirido su «ingenua confianza en sí mismo y su fe ardiente».8 Es más discutible su afirmación acerca de la trayectoria semejante de ambos personajes, que nos apartarían de lo que importa destacar en este capítulo: que se trata, más allá de las disputas por saber a quién corresponde el inicio del movimiento, de averiguar qué diferencias de carácter del mismo encontramos en lo que no es una simple crisis de liderazgo, sino la opción por proyectos políticos diferenciados.9
Anton Drexler destacó en su pequeña autobiografía— que se ha hecho famosa precisamente por haber sido el libro que entregó a Adolf Hitler en septiembre de 1919, tras oírle hablar en un mitin del DAP—,10 la forma en que el «despertar político» de un obrero alemán como él se relacionó con las vicisitudes de la guerra. Educado en una familia socialdemócrata de Munich, tras acabar su formación profesional viajó hasta Berlín donde, en circunstancias que él atribuyó a su enfrentamiento con los sindicatos del SPD, perdió su empleo y se vio obligado a ganarse la vida tocando la cítara para recibir las propinas de las clientelas de los restaurantes y cafés. Sin embargo, este paralelismo que podría unirle al artista frustrado Adolf Hitler, repartiendo sus acuarelas de paisajes rígidos entre los paseantes y ahorrando para poder asistir a los conciertos de Wagner, en poco se corresponde al origen familiar, educación y perspectivas vitales de Drexler. Lejos de recluirse en el exilio voluntario interrumpido sólo para poder hacer frente a las necesidades vitales más urgentes, Drexler tenía una profesión que a Hitler le habría parecido deshonrosa para él, aunque no para cualquier otro ciudadano. En el escrito redactado en 1935, destacó que había recorrido diversos Länder buscando empleo, y que siempre tuvo que abandonarlos por su enfrentamiento con judíos que le estafaban, en especial el propietario de una granja al que había servido en condiciones ignominiosas.11 Lo más importante es la ausencia de cualquier actividad política o sindical hasta el estallido de la guerra, mientras trabajaba en la compañía real de ferrocarriles de Baviera (Königlich Bayerischen Staatsbhanen) como cerrajero especializado (Werkzeugschlosser) y capataz (Werkzeugmecherei). Sus declaraciones de patriotismo y antisemitismo no debían ser una concesión a la galería realizada durante el Tercer Reich, ya que durante el conflicto se movilizó para convertirlo en una ocasión en la que los principios nacionalistas y obreristas pudieran reunirse en un solo esfuerzo, siguiendo la propia lógica del Burgfrieden que había señalado el emperador y la actitud de los dirigentes de la mayoría socialdemócrata, al señalar que los trabajadores alemanes no estaban luchando solamente por motivos económicos, sino por la cultura nacional y una tradición patriótica alemana.12 Su oposición a las actitudes que comenzaron a mostrarse en el movimiento obrero en el tercer año de la guerra, cuando llegó a paralizarse la producción de armamento por una huelga, le llevaron a modificar tal optimismo inicial y a descubrir que el frente interior se estaba rompiendo, algo que exigía que se cerraran las filas de todos, independientemente de sus orígenes sociales, para aislar a quienes estaban dispuestos a provocar la derrota de Alemania para conseguir llegar al poder a través de una revolución.13 Tras el acuerdo parlamentario de 1917, que suponía la quiebra de la solidaridad nacional en torno a una guerra anexionista —y que había ido acompañada de tensiones tan profundas como para provocar la principal escisión sufrida por la socialdemocracia en el siglo XX, la aparición del USPD—, Drexler se dedicó a lo que entendía que podía convertirse en la actividad permanente de su existencia: la actividad política en el marco de un nuevo nacionalismo que había de surgir de la experiencia de la guerra, un nacionalismo basado en la solidaridad nacional, en la incorporación de los trabajadores a la ideología völkisch y a la realización de un nuevo orden económico solidario que anulara las condiciones de crecimiento del marxismo internacionalista y judío. Su militancia inicial, como la de cientos de miles de alemanes que pensaban en términos semejantes, se produjo en el Vaterlandspartei del almirante Tirpitz, que pronto había de ser dirigido por el nacionalismo conservador orientado más tarde hacia el monarquismo del DNVP. Dedicando una actividad infatigable —extraña en un hombrecillo de apariencia frágil, miope, sin dotes algunas para expresarse en público—, Drexler denunciaba las acciones que entorpecieran el esfuerzo productivo de la guerra, mientras se sentía defraudado por las actitudes escasamente dispuestas a la renuncia a los privilegios de las clases altas.14 El biógrafo de Hitler, John Toland, señaló que Drexler era el tipo de persona con una sola idea fija en la cabeza, formada en su educación casera y en su propia experiencia como trabajador: que los obreros estarían explotados mientras no se modificara el orden social. «Pertenecía a la clase obrera y nunca se le habría ocurrido pertenecer a otra.»15 Sin embargo, el sentido de clase tenía unas características especiales, que lo apartaban tanto de lo que sería el círculo de la Frontsgemeinschaft que siguió a Hitler y aseguró su liderazgo en el partido, como la posición que mantenían quienes no estaban dispuestos a considerarse vinculados a comunidad popular alguna, una vez había pasado el entusiasmo de los primeros meses. Se trataba de una posición que podía resultar excéntrica en los talleres del ferrocarril y, sobre todo, en cualquier empresa, pero mucho menos en la cultura política de carácter socialconservador que se podía abrir paso en las condiciones de la guerra, fueran las de la euforia de la victoria o fueran las de la solidaridad de los tiempos amargos del último año. En una propaganda que anticipaba el discurso nacionalsocialista, Drexler comenzó a referirse a quienes se aprovechaban de las condiciones de la guerra para hacer su negocio, indiferentes a los padecimientos de los humildes, como los grandes adversarios de los trabajadores, con lo que superaba el esquema binario de la lucha de clases y se instalaba en una cultura populista que podía achacar a los judíos, típicos usureros y estraperlistas (Wucherer y Schieber) ajenos a la comunidad.
Esta propaganda, que no dejaría de causarle problemas con los cuadros sindicales, a los que acusaba de traicionar los intereses de la nación cuando planteaban sus reivindicaciones de una forma cada vez más agresiva, publicó un artículo en enero de 1918 en el München-Ausburger-Abend-Zeitung, con el provocativo título de «El fracaso de la Internacional proletaria y el naufragio de la idea de la confraternización».16 Un llamamiento a la unidad en la victoria, una idea de dónde se encontraba la verdadera línea de identidad y dónde había fracasado a través de la propia experiencia de la confrontación entre pueblos, que disponía de mucho mayor potencial de lo que podía esperarse de una arenga patriótica, si consideramos que su autor estaba atisbando las bases de un cambio de ciclo que no era capaz de definir ideológicamente ni de definir políticamente, sino sólo de expresar mediante una intuición muy cercana a la congruencia con la ruptura de una etapa histórica y una transformación cultural de las masas que daría paso al fascismo. Que el periódico estuviera vinculado a los sectores nacionalistas no impedía que Drexler continuara con lo que había de ser la obsesión de un proyecto político que identificaba con su propia experiencia y su sensibilidad: la única forma auténtica de ser socialista era el nacionalismo, y el orden de los factores certificaba el producto político que se deseaba construir, como novedad emanada de la Gran Guerra que había acabado con todos los criterios con los que se había tratado de construir la sociedad hasta aquel momento. En este aspecto, poco erraba Drexler y, con razón, Konrad Heiden coloca en el principal de sus adversarios políticos, Walther Rathenau, la misma convicción del cambio de perspectiva definitivo que había abierto el estallido de la guerra.17 En marzo de 1918 se decidió a constituir una primera plataforma política propia, el Comité de Trabajadores Libres por una Buena Paz (Freien Arbeiterausschusses für einen guten Frieden), que logró el apoyo de un puñado de compañeros de trabajo en los ferrocarriles, aunque sus cuarenta miembros no podían compararse con los casi trescientos mil que una organización con el mismo nombre había conseguido reunir a escala nacional, centrándose en Bremen. De hecho, como había de ocurrir antes de la revolución soviética de Baviera, este tipo de organización que preparaba el camino para la llegada de las organizaciones patrióticas posteriores se desarrollaba con mayor facilidad en la zona prusiana, donde las cosas sólo cambiaron las medidas tomadas por los gobiernos democráticos de Weimar y, especialmente, por la coalición mantenida bajo el liderazgo socialdemócrata en Prusia. Dada la escasa capacidad de movilización y la necesidad de actuar con eficacia ante la revolución y la derrota militar, Drexler aceptó ponerse en contacto con la selecta Sociedad de Thule a través del periodista deportivo Karl Harrer y establecer una primera colaboración. Ciertamente, se trataba de dos actitudes políticas diferenciadas, y Drexler habría de utilizar las posiciones de Hitler para combatir el gusto por la actividad meramente cultural y semiclandestina que envolvía a aquella organización, además de para superar el aspecto vinculado a la bohemia y las clases ociosas que debían repugnar a su conciencia de trabajador, por muy alejado que se hallara de los planteamientos marxistas. Su propio populismo le alejaba del tipo de racismo intelectual defendido por la Sociedad de Thule, aunque no le molestaran sus principios, sino una estrategia orgullosa de ser un callejón sin más sentido que su propio testimonio en el entramado urbano del Munich que empezaba a hervir en la dinámica de la revolución y la contrarrevolución. En el otoño de 1918, Harrer y Drexler reunieron sus personalidades diferenciadas para repartirse el poder en un Círculo Político Obrero (Politischen Arbeiterzirkel), poniendo Drexler su experiencia y sus contactos en los sectores de trabajadores antisindicalistas y antimarxistas del ferrocarril y proporcionando Harrer su vinculación con una sociedad que disponía de recursos y que podía orientarlos hacia formaciones políticas que pudieran tomar la delantera en su organización. De hecho, el máximo dirigente de la misma, Sebottendorff, redactó algunas líneas programáticas para el Partido Socialista Alemán que se organizaría al año siguiente al norte de Baviera, que parecía disponer de un impacto mayor que la organización creada en Munich: el Münchener Beobachter, vinculado a este estrafalario aristócrata, sentía más simpatías por el DSP que por el partido que constituiría Drexler en 1919 y, en especial, cuando aprobó un programa a finales de 1918, llegando Sebottendorff a ayudar a constituir en mayo de 1919 una pequeña sección del DSP en Munich.18 Tales datos, que podían interesar poco a quienes no veían conflicto alguno de fondo entre las expresiones necesariamente fragmentarias del movimiento völkisch, habían de preocupar a Drexler lo suficiente como para acelerar el proceso de constitución de su propia organización política, incluso en contra de quien, como Harrer o los contertulios del lujoso Vierjahreszeit, donde se reunía la sociedad, podían considerar una tarea meramente especulativa. De hecho, el propio Drexler dejó escrito que la intención del Círculo Político Obrero era dedicarse a las conferencias y tertulias sobre asuntos de actualidad, entre un grupo de personas selectas.19
La Sociedad de Thule estaba financiada por el conde Rudolf Freiherr von Sebottendorff, un extraño personaje de linaje más que dudoso, pues había nacido en 1875 en Hoyerswerda con el apellido Glauer, hijo de un maquinista. Ni siquiera consiguió acabar sus estudios, pero pudo amasar una fortuna mediante el establecimiento de negocios en Turquía, a lo que sumó el dictado de cursos esotéricos en el imperio agonizante, poco antes de la guerra. Sus viajes ampliaron, como era poco habitual en las tertulias völkisch, su visión del mundo, aun cuando sus posiciones políticas se fusionaron con sus actitudes místicas en una actitud contrarrevolucionaria muy acentuada tras la revolución alemana. En 1918, se incorporó a la Germanenorden y creó una sección en Munich, que tomó el nombre de Sociedad de Thule: en su libro Bevor Hitler kam, Sebottendorff indicó que solamente con apoyo de la sociedad, que había constituido simultáneamente el DAP y el DSP en Munich, pudo Hitler formar el NSDAP.20 La sociedad había de conseguir interesar a algunos futuros dirigentes del nazismo de tanta talla como Hans Frank o Rudolf Hess, pero ni siquiera éstos pensaban reducir su actividad a las actividades de logia en las que pensaba la sociedad. Para un hombre como Drexler, sin embargo, que tenía clara la necesidad de obtener un apoyo de masas para el discurso nacionalsocialista, las tareas educativas que se proponía la organización, en una línea ciertamente esotérica, contenían ciertos principios de coincidencia obvia cuando se trataba de tratar los temas más inmediatos, algo que los acontecimientos políticos habrían de desarrollar con especial brutalidad precisamente en Munich, en la primavera siguiente. Lo que habían logrado unos y otros —pero, a fin de cuentas, el más beneficiado había de ser Drexler— era el establecimiento de unos contactos personales que dieran al trabajador ferroviario cierta influencia en los medios intelectuales social-racistas de Munich, y debe considerarse que la sociedad disponía, antes de la caída de Luis III de Baviera, de unos trescientos afiliados sólo en la capital. Entre ellos se contaba una persona independiente, altiva, que era considerada en los círculos völkisch el creador de una doctrina económica que permitía combinar un cierto tipo de anticapitalismo con el antisemitismo y el respeto al «capital productor», la teoría del Zinsknechtschaft a la que, como con exquisita perversidad habría de escribir en sus últimos meses de vida Alfred Rosenberg, ya se había referido Theodor Fritzsch en la revista Hammer antes de la guerra, de una forma casi literalmente copiada por el presuntuoso economista.21 Ciertamente, Feder podía resultar cada vez menos agradable al trato con la militancia, dada la alta estima que tenía de sus cualidades como intelectual, del intento de guardar su independencia, creando una Liga dedicada a la lucha contra «la esclavitud del interés», posición que iría modificando después de la refundación del partido en 1925, cuando el liderazgo de Hitler se afirmó y tuvo que tragarse las palabras que le había dedicado en los años de crisis, en las que le recordaba en 1923 que nadie había considerado su jefatura como un poder absoluto, sino como la de un primum inter pares como correspondía a la vieja democracia germánica, una afirmación que dudosamente habría de realizar en años posteriores.22 De hecho, la escasa originalidad de sus propuestas ha sido observada por otros autores, que las consideran propias del conjunto del movimiento völkisch incluso antes de que se produjera la guerra mundial. Sin embargo, un personaje escasamente apreciado en el futuro por sus camaradas23 tuvo la capacidad de exponerla con especial rigor y brillatez, lo que permitió dar la sensación al movimiento de disponer de su propio Manifiesto comunista. De hecho, el texto que escribió en 1919 acerca de la «esclavitud del interés» tenía una aspiración de este nivel,24 y la forma en que fue capaz de encontrar un fundamento teórico para la unidad de los sectores populares contra un cierto tipo de capitalismo esquivando los análisis acerca de la propiedad privada de la izquierda socialista le proporcionaron suficiente popularidad como para ser invitado a frecuentes intervenciones públicas, que daba —a pesar de su militancia temprana en el DAP— para asociaciones patrióticas antisemitas como el Schutzund Trutzbund o el DSP: de hecho, su verdadera aspiración era llegar a convertirse en líder de un movimiento, aspecto para el que carecía de las virtudes que mostraría Hitler. Llegó a crear su propia plataforma, la Liga Alemana de Combate para la Ruptura de la Esclavitud del Interés (Deutscher Kampfbund zur Brechung der Zinsknechtschaft) en 1920, y trató de hacerse con el Völkischer Beobachter comprando un porcentaje importante de sus acciones poco después. Estos esfuerzos fueron bloqueados por la habilidad de Drexler y de Hitler, que se dedicaron a la expansión de su propio partido y a la compra del periódico más importante de esta tendencia, mientras procuraban mantener las buenas relaciones con un personaje prestigioso. Con todo, éste llegó a quejarse de la posición que iba tomando Hitler en el partido, algo que no sólo podía tener que ver con sus propias posiciones, sino seguramente con la imagen de equivalencia de los diversos cuadros völkisch que, hasta la llegada del Führer, había caracterizado al sector, algo que explica la nota de agosto de 1923 y los probables esfuerzos para mantener las condiciones previas realizados en conversaciones con la vieja guardia del DAP.25 En cualquier caso, de lo que caben pocas dudas es de la importancia que tenía la aproximación a un hombre de esta categoría, con un trabajo teórico a sus espaldas, con una gran capacidad de comunicación con su público y capaz de ofrecer una rudimentaria base al anticapitalismo intuitivo de la clase media, que resultaría de escaso interés cuando Hitler orientó el partido al pacto con la élite económica del país.26 La sociedad permitía llegar también a Dietrich Eckart, poeta nacionalista famoso, de una precaria salud que le llevaría a la muerte poco después del Putsch de Munich y que editaba una revista, Auf gut deutsch, que, sin llegar a tener la importancia del Beobachter controlado por Sebottendorff, permitía el contacto con otros sectores, como el núcleo de emigrados bálticos que desempeñaron un papel importante en el primer NSDAP. (Alfred Rosenberg escribió sus primeros artículos en la revista de Eckart y Scheubner-Richter fue la única muerte del 9 de noviembre de 1923 que Hitler siempre consideró irreemplazable.) A través de estos personajes, que podían incluir la experiencia de la revolución rusa en su mezcla de ataque al bolchevismo y al judaísmo, también podía conseguirse una comunicación con los sectores de emigrados blancos que habían establecido en Munich la organización Aufbau (Reconstrucción), que podía aportar ayuda a una organización naciente y que encontraba una competencia considerable en sus primeros pasos en otros grupos de carácter nacionalista, menos inclinados a apoyar las posiciones obreristas de Drexler.27
Si la intención de Drexler era ir más allá de un pequeño círculo que no tenía más intención que realizar pequeñas charlas —en general dadas por Kar Harrer— y discusiones que compartía media docena de individuos, no esperó a que las cosas continuaran con una reunión semanal de este carácter muchas semanas. Poco antes de la Navidad de 1918 indicó que aquella forma de trabajo no era la que podía crear un estado de opinión en Munich, y aun negando la posibilidad de una organización de partido clásico, de orientación electoral, no existía más remedio que dotarse de una mínima estructura organizativa que superara este pequeño trabajo de adoctrinamiento, para pasar a la creación de un foco de influencia social que, necesariamente, debería adquirir la forma de un partido völkisch, distinto a los que habían ido creando las distintas facciones de la burguesía liberal o conservadora y del proletariado socialista, pero que ofreciera un marco de discusión con mayores ambiciones y sin una voluntad sectaria tan acusada. A pesar del disgusto de Harrer —que logró evitar la aparición del término «socialista» en el nombre de la organización—, en enero de 1919 se constituyó el Partido Obrero Alemán, formado básicamente por compañeros de trabajo de Drexler.28 El paso dado por el trabajador del ferrocarril era de una importancia crucial cuyo silencio lo hace más ominoso. Pues, a pesar de las carencias que no ignoraba sobre su capacidad de comunicación, había asentado firmemente una concepción del nacionalsocialismo cuya expresión clara, su manifestación histórica precisa, atribuía a las condiciones de la derrota, que inyectaría un ánimo patriótico y un temor al poder de la izquierda marxista en los sectores de trabajadores nacionalistas, lo que permitió que el amplio sector conservador, pero con un sentido de integración nacionalracial, pudiera llegar a constituirse en un movimiento. Su problema era no tener los instrumentos precisos para hacerlo, no disfrutar de una personalidad magnética ni de la facilidad de palabra y la perspicacia táctica que podía tener Hitler. Pero su acierto era haber descubierto ese flanco que se abriría de forma cada vez más amplia en la sociedad alemana, a medida que el discurso de mutua alimentación del nacionalismo y de un «socialismo alemán» que se había experimentado en el esfuerzo conjunto de la guerra y en la desgracia compartida de la derrota y de la amenaza de la revolución marxista, habrían de promover. Es difícil considerar que, sin esa decisión, rompiendo la estructura conspirativa de los racistas de élite y anticipándose a la insuficiencia y fragmentación de las asociaciones patrióticas, Hitler hubiera podido dar el paso de convertir aquel material en la base de un gran partido fascista, superando incluso los mecanismos limitados, pero necesarios, del movimiento völkisch. Como lo indica el autor de una de las mejores monografías sobre la historia del NSDAP, es dudoso que el propio Hitler habría sido enviado a examinar el desarrollo de esta organización por la Reichswehr si se hubiera tratado de algo tan insignificante como lo que él mismo quiso dejar escrito en sus memorias.29
El Führer consiguió hacer célebre su entrada en contacto con el pequeño partido, en especial la actitud reverencial que le dedicó Anton Drexler al entregarle su libro rogándole que lo leyera y le diera su opinión, tras la vibrante intervención realizada por el cabo de infantería ante un tal profesor Baumann, que había defendido, tras una conferencia de Feder, la separación de Baviera del Reich. De hecho, la exclamación realizada por Drexler en dialecto bávaro, refiriéndose a la utilidad que podía tener Hitler para la organización («Mensch, der hat a Gosch’n, den kunnt ma braucha»),30 indicaba dos cosas que no resultaban una novedad. La primera, que Hitler había demostrado ya sus especiales dotes oratorias en la educación de soldados que debían ser desmovilizados, tal y como pudieron señalarlo algunos intelectuales nacionalistas a su superior, el oficial Karl May.31 Incluso, pocos días más tarde, Hitler fue encargado de redactar lo que suele considerarse su primer escrito teórico antisemita, inspirado en buena medida por las doctrinas económicas divulgadas por Feder.32 Por otro lado —y esto suele citarse con menos frecuencia—, Drexler disponía de una especial y poco frecuente perspicacia para saber cuáles eran sus limitaciones, que de forma lúcida comparaba con las necesidades del movimiento. Si su tenacidad le había permitido superar los años de aislamiento de la guerra y el fracaso de sus primeras plataformas políticas, pudo imponerse a Harrer a la hora de constituir un partido que superara el estrecho margen de una sociedad cultural, al tiempo que lamentaba no disponer del carisma indispensable para realizar una propaganda de masas a la que debía añadirse la disposición de un perfil político propio, que sólo podía ser el resultado de la aprobación de un programa. Los méritos quedan así repartidos, e incluso la modestia sincera de Drexler otorgó los frutos como había de hacerlo su oposición, la vanidad encarnada en Adolf Hitler. Por el camino de la virtud o del vicio, a ambos personajes les unía un objetivo común, algo que no dejará de constituir compañías escandalosas en la política de entreguerras, aunque el amargo destino de Drexler pudiera indicar que la inocencia suele tener un camino al cielo político —es decir, al poder— menos directo que el que proporciona la falta de escrúpulos. Quizás las relaciones entre Drexler y Hitler puedan construir una de esas oposiciones arquetípicas —como la que podía enfrentar a Speer y a Goebbels, a Strasser y a Streicher, a Himmler y a Röhm— sobre las que el nazismo se levantó, como los zancos que aseguraban a Proust la contemplación de su pasado y convertirlo en experiencia manipulable.33 En cualquier caso, el fundador del DAP había de ayudar a aquel desconocido, que apenas podía brillar frente a los habituales oradores de las tertulias völkisch como Dingfelder, Feder o Eckart, exigiendo a sus compañeros que le dieran la oportunidad de ser el protagonista de un mitin del partido.34 El éxito obtenido por Hitler en su primer acto, realizado en el mes de octubre, había de llevar a su nombramiento como responsable de propaganda de la organización, algo que Konrad Heiden ya considera como la entrega por Drexler del alma de un movimiento inventado y creado por él a quien habría de darle un sentido tan distinto.35 Si otros, como el propio Goebbels, o quienes acompañaron a Hitler en la torpe maniobra militar del Putsch —compensada genialmente por la defensa ante el Tribunal que juzgó a los golpistas—, pudieron consolidar el mito de Hitler en el movimiento y en la sociedad alemana, de tal forma que nadie pudo situarse en condiciones de modificar esa posición, convertida en un elemento central de la escenificación del poder nazi y del símbolo de la Volksgemeinschaft, Drexler hizo algo de apariencia más humilde, pero de esfuerzo mayor que partía de la nada y de su propio trabajo previo: arrancar a Hitler de los barracones de adoctrinamiento militar y convertirlo en figura pública de la organización y, poco después, de todo un movimiento, aunque fuera a costa del cambio de su carácter inicial, sin el que ese mismo liderazgo carismático y la capacidad de intervención política no se habría podido producir.
Pues, ciertamente, en el principio fue el Verbo y en el principio fue la Acción. La distancia de dos mil años entre san Juan y Goethe se encoge hasta situarse en la forma que habría de adquirir, muy rápidamente, el partido. La palabra y la movilización, alimentándose a veces en el mismo local a través de los enfrentamientos con quienes tratan de impedir que Hitler hable. El reconocimiento obtenido por la militancia, la gratificación afectiva, la sensación de comunidad que procede de aullar ante las mismas consignas y reconocerse en las mismas tareas de lucha. ¿Debe considerarse casual que Hitler titule su libro con un nombre como Kampf, que a su significado literal añade la sonoridad, la aspereza, la brevedad de un golpe que le concede la palabra alemana? En el principio fue el Verbo: Werbeobmann es la responsabilidad adquirida por Hitler en el partido, cuyo crecimiento va a realizarse, a lo largo del primer año de militancia de quien continúa cobrando un sueldo del ejército, gracias a la constancia de las conferencias de masas realizadas en la capital. Prácticamente, una vez a la semana, lo que puede despertar los recelos de algunos, cada vez menos, de los antiguos dirigentes del partido, trabajadores que siguen asistiendo a su jornada laboral y temen el agotamiento de una militancia tan exigente. Hitler sabe, en cambio, que una ciudad de setecientos mil habitantes no sólo puede permitírselo, sino que un pequeño movimiento como aquel, reducido aún a una sola ciudad, enemigo de la participación en los procesos electorales, no tiene una vía alternativa de crecimiento, a no ser que quiera convertirse en una lánguida especie en extinción, como las numerosas sociedades patrióticas y los restos de los Freikorps que han acabado con la República soviética a comienzos de mayo de 1919. Sin el Verbo, la Acción va quedando relegada a algunos gestos destinados a su extenuación. El crecimiento del espacio völkisch en la capital de Baviera no puede comprenderse al margen de la guerra civil causada por el asesinato de Eisner, la proclamación de la República soviética y la lucha brutal entre el ejército rojo y la contrarrevolución, que parece ofrecer no sólo las perspectivas de la continuidad en un combate victorioso de quienes han sido vencidos, sino que además ofrece el prestigio de la extrema derecha a quienes reciben alborozados su entrada en la capital.36 A las asociaciones patrióticas ya existentes se suma la experiencia demoledora de la República soviética, el baño de sangre que se produce en uno y otro lado, y el giro de la sociedad muniquesa a una simpatía que a veces sólo implica complicidad, dejar hacer, y en otras supone la oferta de un camino de acción, de una vía de supervivencia en la bohemia contrarrevolucionaria que estaba alejada de los criterios iniciales de los fundadores del DAP, alejados de la mística militarista de los soldados de fortuna que constituyen los Cuerpos Francos.37 Para quienes han ejercido la acción o la han contemplado desde su atemorizado retiro; para quienes el bolchevismo no ha sido sólo una experiencia extranjera, sino algo contemplado en los comités de soldados que lucían un brazalete rojo y que podían irrumpir en las residencias de burgueses desconcertados, como sucederá con el propio Thomas Mann, la disposición de ánimo es otra, en la que la tranquilizadora presencia de las organizaciones de autodefensa se acompaña, ahora, de una voz que cada vez clama menos en el desierto, una voz con acento austríaco que no resulta tan chocante como podría haberlo sido en el norte, una voz atenta a que todo discurso es una melodía que proclama consignas, pero que tiene que hacerlo con una música, un ritmo, unos silencios intercalados, una sensación de diálogo con la multitud que parezca darle a ésta una comunicación mística con el líder, convertirle en un catalizador, en un cable de alta tensión ideológica que electriza a los oyentes con la potencia de las ideas. Las personas que lo escucharon en aquellos años nos han dejado el testimonio de su sorpresa ante el nivel de entrega que podía proporcionar.38 Por ello, tras el primer éxito de sus intervenciones públicas, Hitler estará en condiciones de exigir una modificación en las tareas del partido que supondrán una verdadera expulsión de Kart Harrer, su principal adversario. Algo para lo que, nuevamente, era indispensable la ayuda de Drexler, que podía haber bloqueado la propuesta, pero que deseaba también llegar al objetivo de una organización de masas y destituir a quien sólo había puesto obstáculos a cualquier forma de organización que superara los rincones en penumbra del elitismo ariosófico. En diciembre de 1919, un demoledor informe de Hitler provocó la salida del hasta entonces presidente del partido a escala del Reich. Gracias a los informes de la policía recogidos por E. Deuerlein, podemos seguir ahora la influencia creciente del DAP y su paso a un organismo capaz de concentrar a oyentes y recoger fondos de los asistentes. Tras una primera intervención en noviembre, comparando las paces de Brest-Litovsk y Versalles, Hitler compartió tribuna antes de las Navidades con otros dirigentes, hablando, por ejemplo, acerca de «Alemania en la hora de su mayor decadencia» en la sala Deutsches Reich, con lo que el partido alcanzó casi medio millar de oyentes. Entre el 13 de noviembre de 1919 y el 24 de noviembre de 1920, Deuerlein da cuenta de 48 conferencias. Hitler fue el protagonista de 31 de ellas, y sólo Feder pudo seguirle a gran distancia con cinco intervenciones.39 En tales circunstancias, era lógico que la propuesta de Hitler pudiera ser apoyada sin reservas por Drexler, y que se procediera a una salida de Harrer que tenía todos los visos de una expulsión, no sólo por discrepancias, sino también por la incompetencia con la que se había dirigido hasta entonces una organización que, como los hechos lo demostraban, estaba en condiciones de convocar actos de masas, en especial tras la «liberación» de Munich por las tropas contrarrevolucionarias, y que se correspondía con las propuestas de organización del partido que Hitler había considerado oportuno transmitir a Drexler tras sus éxitos como orador.40
Los sueños de la razón de Drexler desde 1916 habían comenzado a dar a luz a un monstruo, engendrado en las condiciones de violencia de la guerra, de la desmoralización de la derrota y la compensación afectiva de una victoria sobre el enemigo interior —judíos, republicanos, marxistas— a los que se les achacaba el sufrimiento baldío de los soldados en el frente. Una mezcla explosiva, alejada de aquellas condiciones de patriotismo social en las que Drexler había iniciado su carrera, pero de cuyo éxito no estaba dispuesto a alejarse, dado que todas esas condiciones habían modificado también su posición, radicalizándola, haciéndola propicia a la venganza popular de una nación humillada, a la destrucción por todos los medios de una República dirigida por quienes habían sido sus adversarios radicales desde el comienzo mismo de su aprendizaje cultural. La forma en que Drexler vinculaba, en sus memorias, su propia desgracia personal con la de su pueblo puede recordarnos a otros dirigentes que sienten lo mismo, aunque no sean capaces de proyectarlo de una forma que les convierta en la encarnación de una desdicha colectiva y de una regeneración, como ocurrió con Hitler. Sin embargo, la escisión entre el propio destino y el Gemeinschicksal iba a llegar a gran velocidad para el trabajador de los ferrocarriles de Munich y sus compañeros, precisamente como resultado de las condiciones que habían permitido su éxito tras la irrupción de los Freikorps en el Munich de mayo de 1919. Hitler fue ganando popularidad, hasta culminarla en su célebre discurso en el Cirkus Krone, la principal sala de conferencias de Munich, el 3 de febrero de 1921, cuando consiguió reunir a seis mil personas para hablarles del «Futuro o la decadencia» («Zukunft oder Untergang»). Los discursos del entonces aún responsable del partido contenían lo que habría de ser el tuétano de la propaganda völkisch en aquellos años, realizada en condiciones que nadie estaba en condiciones de igualar en su capacidad de síntesis: el principio de comunidad nacional, que unía a los trabajadores alemanes contra sus adversarios, capitalistas especuladores o falsos revolucionarios, algo que le conducía a hacer especial hincapié en el carácter revolucionario de sus propuestas, aunque distinguiéndolas de las que podían hacerse desde la izquierda;41 los ataques a la República que heredaba, de la mano de los «criminales de noviembre» (Novemberverbrecher); las condiciones humillantes de la rendición, causa próxima de todas las desgracias que sus oyentes podían identificar con el desorden de la vida social del país tras el conflicto, y el antisemitismo, que permitía convertir el simple prejuicio racial que compartían las diversas corrientes conservadoras en la base de una interpretación del mundo, en la fuente de un análisis de los conflictos políticos, atribuyéndolos a una planificación conspirativa para acabar con los valores de una cultura nacional propia y a la existencia de una alternativa espantosa que implicaba la degeneración de todo aquello que sus oyentes ya habían visto perderse con las ruinas del mundo seguro y estable del Kaiserreich. Todos estos temas iban dando forma a una concepción del mundo, a un estado de ánimo que era congruente con la experiencia sufrida por sectores populares que no habían sido protegidos por una formación ideológica liberal o socialista, y cuyas certidumbres se habían desguazado con la terrible impresión de la derrota y la masacre bávara de la primavera de 1919. Sin embargo, el tema del antisemitismo pasó a ocupar, en aquel momento, un espacio de singular importancia que correspondía a la fuerza de la que aún disponían las organizaciones como la Liga völkisch Schutz- und Trutzbund , o el que alentaba en las organizaciones paramilitares y en la recién creada Guardia Cívica bávara (Einwohnerwehren). El partido deseó convertir aquel escrúpulo antisemita en una parte explícita de su programa para darse una solución que fuera más allá de las actividades coyunturales agitadoras, convirtiéndolo en un elemento que cohesionara y dinamizara un movimiento político de masas. Por ello, el 13 de agosto de 1920, ante un público entusiasta que interrumpió 58 veces la intervención con aplausos, Hitler pronunció su célebre «¿Por qué somos antisemitas?». Un discurso articulado, complejo, que iba haciendo del antisemitismo la columna vertebral de una posición diferenciada y actualizada del movimiento völkisch, lo que le permitía cimentar su actitud conservadora de los valores en peligros y revolucionarias frente a las condiciones de explotación que propiciaba el judaísmo, algo que lo convirtió en una de las piezas oratorias indispensables para conocer el pensamiento del nacionalsocialismo en aquel momento de su desarrollo y la necesidad de conectar con una audiencia bien dispuesta, algo que explica que tal claridad se abandonara precisamente en los años de máxima expansión del partido, después de 1930.42
Necesariamente, la posición de Hitler como gran comunicador iba convirtiéndole en el verdadero líder del partido y dejando a Drexler en una posición cada vez más precaria, en la medida en que su función de fundador iba quedando olvidada y porque la propia composición del partido, con la militancia atraída por las nuevas condiciones de Munich, y la actitud de Hitler lo impedían. Ambos aspectos habrían de sucederse en el tiempo, siendo el primero de ellos una jugada maestra del propio Hitler que, tras haber hallado un aliado indispensable para librarse de Harrer, podía emplazar a Drexler en una honorable posición de actor de reparto. Si el principio fundador es indispensable en cualquier movimiento de religión política moderna, correspondía modificar aquel 5 de enero de 1919 en que se constituyó el DAP o el mes de marzo de 1918 cuando Drexler insistía en sus conferencias en colocar como inicio real del movimiento, solemnizando una «verdadera» fundación que se acompañara de una entrega de los Mandamientos, del texto sagrado en torno al que se agrupaban los fieles. La atención de Hitler a la importancia que tenían estos elementos espectaculares, de escenificación del poder y manifestación de la voluntad colectiva jerarquizada, le ponía por delante de la ingenuidad de un Drexler más atento a las tareas burocratizadas propias de sus orígenes políticos. Curiosamente, Drexler no había comprendido, como en cambio sí lo hizo Hitler, que la política, en especial este tipo singular de opción comunitaria, debía expresarse a través de un acto místico, que permitiera la conmemoración de un origen, de la misma forma que habría de adornarse en el futuro de los mártires de la Causa. Por ello, la preparación de un programa y la autoría del mismo resultaban tan importantes. Y por lo tanto era crucial cambiar el nombre de un partido que no había fundado Hitler, sino que había entrado a militar a los nueve meses de su creación. Sabemos que Drexler había preparado dos borradores de programas en diciembre de 1919 que fueron rechazados por sus compañeros, y que él y Hitler —quizás con alguna colaboración muy puntual de Feder— estuvieron trabajando intensamente en la redacción de los veinticinco puntos que habrían de leerse en un mitin de especial relevancia, y que se convertirían en un punto de referencia para el futuro. Importaba menos la escasa originalidad de los enunciados, que no hacían más que repetir de forma enérgica lo que el movimiento völkisch había estado solicitando desde el final de la guerra, que la aprobación en un acto de masas de aquel texto que Hitler habría de declarar inmutable no sólo para evitar dirigir un partido reunido en torno a un programa discutible, sino también para convertirlo en un dogma en el que, invirtiendo la afirmación evangélica de san Juan, la Carne se hiciera Verbo y habitara entre los seguidores del movimiento. Con un dirigente reconocido, faltaban, más que sus palabras reiteradas incansablemente, las tesis petrificadas, grabadas a las puertas de las instituciones de la República como Lutero clavó sus 95 afirmaciones en la puerta de la catedral de Wittemberg, una imagen que un entusiasta Adolf Hitler había de indicarle al somero Drexler mientras, en casa de éste, hasta altas horas de la noche, redactaban el documento. Curiosamente, Drexler insistió luego en que tuvo que ser él quien convenciera a un reticente Hitler de la necesidad de que un partido político dispusiera de un programa, de la misma forma que se quejó amargamente, en la carta que nunca llegó a enviarle en 1940, que él sabía mejor que nadie a quién se debía la redacción del texto, que Hitler se atribuía en exclusiva.43 El éxito del acto de febrero de 1920 y el oportuno cambio de nombre por el de NSDAP —cuya legalización se produjo como NSDAverein a fines de septiembre—44 permitieron que ambos aspectos —la fundación y el dogma— aparecieran vinculados a la persona de Hitler, pues fue él quien realizó la lectura de los puntos del programa, mientras Drexler perdía una ocasión indispensable para indicar quién quedaría irrevocablemente vinculado a aquella acción. No es casual que Hitler concluyera el primer volumen de Mein Kampf en este punto, como si toda su vida, iniciada en 1889 en el pueblecito fronterizo austríaco de Braunau, y cincelada por la experiencia de la miseria, la guerra y las penurias de la revolución —aspectos que no dejó de lanzar al público para provocar su empatía—, se hubiera orientado a desembocar en este inicio real del movimiento. Con su silencio, escenificado por un ataque de nervios que le impidió tomar la palabra, hecho que ponía las cosas en el peor de los espectáculos políticos posibles para su futuro, Drexler acababa de hacer una entrega real de la encarnación de la idea a Hitler. El Führer tomaba cuerpo y convertía en una sombra al viejo luchador nacionalpopulista, hacía de él un simple objeto burocrático que poco tenía que ver con las expectativas del movimiento y que sólo podría tener importancia cuando el partido debiera recorrer los intrincados pasillos del poder y la tediosa trama de los documentos administrativos. Drexler no llegaría a aquella circunstancia, aunque necesitaría de la mala fortuna disfrazada esta vez del inesperado éxito que a veces anida en las clamorosas derrotas, como la del Putsch de 1923, que podía haber acabado con la carrera de su criatura política.
La suerte de Drexler —y, con él, la de todo lo que el trabajador ferroviario representaba, los hombres humildes que estaban orgullosos de su condición, los obreros cuya visión del socialismo y de la democracia en nada había cedido a una versión militarizada y carismática del liderazgo, los trabajadores carentes de una ambición personal y ajenos a las técnicas de la violencia—45 comenzó a llenarse, desde comienzos de 1920, por los soldados atrincherados en Munich, por los miembros de las asociaciones de veteranos, por los afiliados a las agrupaciones de combate antisemitas, por los activistas de los Freikorps, hombres como Hermann Göring o, sobre todo, Ernst Röhm, hombres como Hermann Esser cuyo posterior anonimato ha borrado su función decisiva en apartar a la vieja guardia en aquellos años y en desplazar la orientación del partido hacia una táctica de propaganda brutal. Estos hombres disponían de una cultura política muy distinta a la de los fundadores del DAP, la vieja guardia en la que aún podía apoyarse Drexler, y su paso de las organizaciones más radicales al partido iba poniendo en condiciones de inferioridad a quienes lo habían fundado. Eran hombres cuya experiencia fundamental no era la de la propaganda patriótica durante la guerra, sino la del frente. En él habían forjado una idea de la disciplina, de la comunidad de trincheras, de la camaradería, de la legitimidad de la violencia, de la corporeidad agonizante o dominadora de la nación en marcha. La experiencia de masas que habían tenido los había marcado para siempre en un estilo de vida, que ellos tomaban por una ideología con bastante acierto, al considerar que esa diferencia entre las argumentaciones liberales o el tipo de lucha de clases marxista y la identidad comunitaria de guerreros que ellos representaban era, precisamente, lo que iba a marcar el período de entreguerras. Su posición contrarrevolucionaria era también una experiencia bélica, no una propaganda contra determinadas ideas: era un sentimiento adquirido en la práctica, en el combate, en el riesgo y en el acto de depositar la propia vida en tus camaradas que ello comporta. Ante la intensidad de esos actos, cualquier forma de militancia menos áspera podía resultarles un acto repulsivo, que parecía olvidar lo que los hombres habían sido capaces de sentir en el mundo de la guerra. Cualquier otra cosa les parecía una renuncia, no el final de un paréntesis, sino una absurda estupefacción cívica. Hombres de armas durante tantos años, sólo podían entender la política como la continuación de la guerra, y la revolución nacional como la forma precisa en que la guerra continuaba contra los mismos enemigos que habían provocado la derrota, que tenían la osadía de llamarse «alemanes». Todo este universo necesitaba dotarse de consignas, de bandera propia, de rituales de marcha, de liturgias de combate, de uniformes que construyeran la imagen de un solo organismo, superando el carácter parlamentario del viejo movimiento völkisch. Pero necesitaban un líder, ese oficial en cuyas manos habían depositado las esperanzas de sobrevivir, ese sargento que había comido y sufrido en su compañía, ese cabo que les había flanqueado en los campos atestados de camaradas muertos y aturdidos por el sonido de las bombas, el aire desordenado por el fluir de la metralla y la espantosa geografía humana de los cuerpos cancelados. La victoria de Hitler no fue sólo el resultado de sus mejores dotes de orador, sino también de la congruencia entre su propia experiencia y el partido que se había ido forjando tras la revolución de 1919.
Por ello, el hecho aparentemente menor, o inexplicable, que se esconde tras la crisis interna del verano de 1921, cuando Drexler tuvo que abandonar sus proyectos de unificación con la Abendländischer Bund del doctor Dickel, su posible expansión hacia Austria o Checoslovaquia, su contacto con el DSP de Brunner, no responde solamente a una caprichosa disputa de un liderazgo que ya estaba asentado. Lo que se estaba poniendo de manifiesto era, precisamente, dos maneras de entender el movimiento völkisch, en las que Drexler seguía representando a los sectores de obreros especializados y de clase media —a unas personas de orden cuya vida había sido sacudida por la derrota, pero unidos aún en torno a unas formas de hacer política que respetaban los métodos de la negociación desde posiciones radicales, la discusión y la propaganda tradicional, el proyecto entendido fundamentalmente como una nacionalización de los trabajadores— y a quienes, como los nuevos seguidores de Hitler, comprendían la política superando esas viejas actitudes y creando un moderno partido fascista, aun cuando Hitler hubiera de aplazar las cosas hasta la refundación de 1925, una vez hubieran sido completamente vencidas las organizaciones paramilitares de las que dependía su partido. Cuando Hitler se opuso a las conversaciones con otros partidos en los que predominaban las viejas ideas, Drexler trató de contraatacar dejando que se distribuyera un panfleto insultante contra Hitler y sus secuaces, en especial Herman Esser, que siempre representó, a ojos de muchos nacionalsocialistas, el peor aspecto de esta nueva guardia pretoriana que rodeaba a Hitler.46 Lamentablemente para Drexler, Hitler estaba en condiciones de exigir, de poner un ultimátum a la dirección del partido, y sólo por ello lo hizo, pues nunca habría arriesgado todo el esfuerzo realizado en aquellos meses: su baja le habría convertido en un cadáver político. Contando con el apoyo de algunos sectores financieros de Baviera, con la estrecha vinculación a los grupos paramilitares y con su propia trayectoria, que se había reforzado en diciembre de 1920 con la compra del semanario de mayor tirada del espacio völkisch, el Völkischer Beobachter, Hitler disponía de fuerzas como para enfrentarse incluso a Drexler, a Feder y contando con el inesperado apoyo de quien aún era compañero de partido de Dickel, Julius Streicher, que temió que la operación contra Hitler pudiera representar el triunfo del sector moderado del movimiento völkisch, algo en lo que no se equivocaba: en cualquier caso, tal ayuda, considerando el peso de Streicher en la otra gran capital de Baviera, Nuremberg, pudo resultar algo decisivo para desalentar no sólo a los nazis, sino también a los miembros de los otros grupos implicados.47 Las propuestas de Hitler implicaban la normalización de lo que ya era un hecho; sin embargo, como todo proceso de regularización de lo que está ocurriendo en la realidad, implicaba el reforzamiento del carácter de ese mismo acontecimiento. Hitler no sólo veía reconocida una posición, sino que además ponía las bases para la modificación definitiva del movimiento, como volvería a hacer tras su salida de la cárcel en 1925. La carta a los miembros del comité había solicitado la entrega de un poder absoluto como jefe del partido («ersten Vorsitzenden mit diktatorischer Machtbefugnis»), un cargo que le permitía llevar adelante la reorganización y purga de la dirección; la permanencia de la dirección del partido en Munich; la prohibición de cualquier modificación del nombre o del programa del partido en los siguientes años y el freno a cualquier proceso de fusión, invitando solamente a quienes estuvieran de acuerdo con las ideas del NSDAP a entrar en sus filas (nur deren Anschluss); la prohibición de asistir a cualquier otra reunión con partidos afines en Austria; aspectos a los que se añadía que tales demandas no se hacían por interés personal, sino por la convicción de que, sin una dirección de hierro, el partido acabaría en manos de aquellos con los que se estaba tratando. Lo cual, a todos los efectos, sólo significaba una diferencia estratégica, pues el propio Drexler y sus compañeros podían considerar que tal proceso no tenía que contemplarse más que como el resultado de una evolución lógica de politización del movimiento völkisch en el que la adopción de uno u otro nombre había sido sacrificado en los últimos tres años a circunstancias diversas.48 Pero ya ni siquiera se trataba de eso, sino más bien de firmar las condiciones de una rendición que no tuviera tal aspecto, un acuerdo basado en un debate y una rectificación. Sin embargo, la resistencia opuesta por la dirección del partido y su ingenuo llamamiento a una asamblea general de militantes para el 29 de julio indicaban la diferencia de maestría en el manejo de la táctica, dado que una expulsión podía crear una crisis temporal, mientras que una petición de apoyo de las masas de militantes podía ser controlada por los partidarios de Hitler. Como indicaba un informe de policía que recoge Franz-Willing, se trataba de un enfrentamiento entre radicales y los legítimos representantes de un partido que iba orientándose hacia una acción parlamentaria, dejando de lado cualquier cuestión relacionada con la unificación con otros grupos.49 La expulsión de Esser y la salida de la dirección de Körner, acordada por orden del comité el 21 de julio, podían señalar este carácter no personalizado de la lucha que Hitler había tratado de imponer, aun cuando el escenario había sido dispuesto apresuradamente por la reacción de éste, y era difícil variar su visibilidad. Por el contrario, parecía querer castigarse a sus partidarios por el hecho de serlos, no por una posición política que los distinguiera del resto de los dirigentes. En ese momento se recibió por unas docenas de dirigentes el panfleto firmado por un «comité provisional revolucionario», en el que se llamaba a Hitler Adolf I, rey de Munich, y se afirmaba incluso la influencia judía en sus ansias de poder en contra de Drexler. Como no podía ser de otra forma, la torpeza de los cuadros de dirección al convocar una reunión que debían haber aplazado indefinidamente, el reparto de un injurioso panfleto que parecía redactado por los propios partidarios de Hitler y el prestigio de éste dentro del partido fueron bastante para provocar la aplastante derrota del Comité de Dirección. Hitler fue el primer interesado en cerrar la crisis de la manera más apropiada y como acostumbró a hacer a lo largo de su vida: dejar que Drexler siguiera ocupando un puesto de responsabilidad nominal, considerar fijada la reconciliación a sabiendas de que todo el mundo había comprobado su victoria —y ahora su generosidad— y reconstruir el partido durante el verano de una forma que destruyera cualquier vestigio de peligro en el futuro. En el fondo, como en 1919 o en 1920, se trataba de adaptar las condiciones organizativas a la realidad política, y de que estas mismas reglas permitieran que la victoria política fuera completa. Más de mil personas dieron su apoyo a la renovación, que dejó a Drexler en la penosa situación de Presidente de Honor, mientras tenía que soportar que el nuevo Vorsitzender fuera Hitler y que Herman Esser, su peor enemigo, pasara a convertirse en miembro del nuevo Vorstand como primer secretario. Inmediatamente, la estructura se aseguró con la creación de comités específicos encargados a personas de la confianza de Hitler.50 Más de dos años antes de la acción que le llevaría a su ruptura con el partido, el Putsch de 1923, Drexler asistía a una ceremonia como las que Hitler habría de saber organizar magistralmente en el futuro: podía haber perdido la batalla en una reunión personal con el Comité de Dirección, pero nunca en una reunión de masas como la del 29 de julio. Como bien lo indica Tyrell en su minuciosa descripción, era el esbozo (Entwurf) del Führerpartei, que venía a sustituir al partido de organización democrática que había existido hasta entonces. Drexler no podía oponerse a la congruencia hitleriana: una cosmovisión antidemocrática, una estrategia antidemocrática, no podían organizarse democráticamente. El tipo de partido no era un tema de organización, sino de ideología. Y los poderes absolutos no se referían a la eficacia o a la situación de excepcionalidad, sino a una concepción mística de la política, una construcción religiosa en la que, como se decía en el juramento de los grupos paramilitares del partido, «¡Führer, ordena!» («Führer befiehl!»). El esbozo tenía que perfeccionarse a la luz de los acontecimientos y, desde luego, tenía que orientarse de acuerdo con la progresiva extinción de una fase de la República en la que la dispersión de las organizaciones völkisch y los grupos paramilitares podían imponer una mezcla de disciplina militar y de chantaje político permanente. Pero el camino se había emprendido mientras las opciones de Drexler iban quedando atrás, territorio político que caducaba por efecto de la distancia más que del tiempo. La noche caía sobre la residencia sentimental del movimiento nacionalsocialista como lo habían comprendido Drexler y sus compañeros, el tiempo hacía estragos en un edificio abandonado, adueñándose de sus estancias y desfigurando su expresión. Al otro lado del espejo de la política, en el proceso de congruencia con el tiempo nuevo —esas estructuras desde las que Hitler podía ya escribir a Julius Streicher como el Führer en un singular mayestático—, se preparaba un nuevo partido dotado de fuerzas de choque, asignadas muy pronto al héroe de guerra Hermann Göring, aún no uniformadas, pero dotadas de un nombre que las haría célebres, Sturmabteilung, en el que la palabra Sturm no sólo significaba «asalto», sino que resonaba como su misma tarea: en el principio fue el Verbo, pero el Verbo se hizo Acción.
Como Presidente de Honor de un partido cuyo liderazgo personal se iba afirmando al margen de sus estructuras formales, Anton Drexler solamente podía ir retirándose de la escena política sin dejar de abandonar las esperanzas de un error de los radicales que empujaban a Hitler a una acción militar contra un régimen que el viejo nacionalsocialista sabía mucho más fuerte de lo que creía Hitler, en especial en comparación con los grupos de excombatientes y los guardias de asalto que podían recorrer el país y ocupar Coburgo a finales de 1922, a la manera como lo habían hecho las escuadras mussolinianas, o que podía hacerse con el apoyo de un arruinado Julius Streicher, cuyo periódico Der Stürmer sólo podía disgustar a los antisemitas que no identificaban su opción con la caricatura pornográfica. El error podía producirse por una dinámica que exigía, en virtud de la propia dispersión del movimiento, de los numerosos cabecillas, de la equivalencia entre organizaciones políticas y paramilitares, dar un golpe contra el régimen incluso en contra de la extrema derecha parlamentaria. A lo largo de 1923, las constantes divisiones del movimiento, en el que se demostraba que Hitler podía dominar el NSDAP pero, en absoluto, imponerse a los ritmos de impaciencia o timidez impuestos por los dirigentes de organizaciones como Bayern und Reich o la Kriegsflagge —que rompieron la alianza de organizaciones nacionalistas constituida a comienzos de año por discrepancias con el radicalismo del Partido Nazi—. Estas pérdidas iban aislando a Hitler y al que ya era su partido. Lo que no podía entender Drexler es que el aislamiento a corto plazo podía convertirse en un factor de prestigio a los pocos meses, y que Hitler podía estar potenciando las divisiones internas del movimiento patriótico para quitarse de encima a quienes estuvieran en posición de disputarle el liderazgo. Naturalmente, tal aspecto podía suponer un grave riesgo para una acción, pero incluso su derrota podía implicar la clarificación de un paisaje excesivamente brumoso, en el que la identidad del NSDAP se camuflaba en el magma de organizaciones aliadas y el liderazgo de Hitler parecía limitarse al partido, para dejar el de Ludendorff como imagen capaz de reunir a todos los patriotas antirrepublicanos con una visión militarista del cambio político.51
Sin embargo, si el fracaso del Putsch parecía alejar a Hitler de la actividad política nacionalsocialista, mientras los radicales quedaban sometidos a una dispersión que les haría difícil restaurar el liderazgo del movimiento, los «años de prohibición» que se prolongarían hasta comienzos de 1925 en Baviera sólo alentaron la esperanza de Drexler en las posibilidades que ofrecía una nueva situación: la creación del Movimiento Nacionalsocialista de la Libertad (NSFB), liderado por Ludendorff, Gregor Strasser y Albrech von Graefe —un dirigente völkisch del norte, que disponía de una pequeña organización de extrema derecha escindida del DNVP en 1922—.52 Si las posiciones contrarias a la participación electoral y los pactos no dejaban de expresarse, por parte de algunos dirigentes del norte como Ludolf Haase de acuerdo con los criterios asamblearios del viejo movimiento völkisch, la actitud moderada y la vía parlamentaria seguida por los pragmáticos Strasser y Graefe, apoyados en el prestigio aún intacto del héroe de guerra, permitió que los réditos del proceso contra Hitler y sus compañeros se expresaran en un triunfo electoral, especialmente en Baviera, donde Drexler permaneció como diputado hasta 1928, cuando dejó la política definitivamente. Sus esperanzas de regeneración del movimiento se mostraron inútiles cuando su solicitud de expulsión del partido de Esser fue rechazada en la reunión de refundación de febrero de 1925.53 Tiempo después, Drexler impulsó la creación de un movimiento nacionalsocialista propio (Nationalsoziale Volksbund) que no tuvo la menor incidencia en las condiciones de polarización y de fijación de campos que se estaban produciendo: no podía contar con los moderados electoralistas ni con los radicales asamblearios, mientras que cualquier aproximación a Streicher, Amann o Esser le resultaba un impedimento anímico e ideológico esencial para relacionarse con el partido de Hitler. El Führerprinzip, impuesto con una brutalidad que llegó a provocar el desconcierto de personas tan contenidas como Gregor Strasser, la ruptura con Graefe y la retirada política de Ludendorff situaron a Drexler en esa posición imposible en la que se encuentran quienes han dado vida a algo en lo que intuyen su propia sangre, pero una extraña conciencia pervertida, una desviación, una contaminación creciente que convierte las palabras aparentemente compartidas en los célebres «falsos amigos» que atormentan a los traductores. En sus memorias, Kurt Lüdecke recordaba a un anciano y enfermo Drexler al que el partido en el poder ni siquiera era capaz de ayudar en la compra de la silla de ruedas que necesitaba y apenas podía permitirse. Tal testimonio puede compararse, en manos de este autor, con las referencias a un descontento generalizado de la vieja guardia en torno a Hitler a partir de 1930 y debe ser tomado con precauciones, aunque los últimos documentos de Drexler que se conservan, dirigidos precisamente a tratar de rectificar la historia del partido creada por Hitler y sus colaboradores, indican las pésimas relaciones en que se encontraba el fundador del DAP con su antiguo camarada y un grado de ostracismo inexplicable, que podía haberse compensado con algún cargo menor, algo a lo que Hitler nunca fue reacio. Sin embargo, el Führer se hallaba frente a su propia memoria, a un derecho de primogenitura que ponía en peligro un elemento esencial de su reinado en la tierra. Muerto durante la guerra, Drexler había de recibir el homenaje tardío y desesperado de quien, compañero suyo en las primeras andanzas del partido en Munich, entregó su alma a la organización y tuvo que entregar su cuerpo al verdugo de Nuremberg. En sus anotaciones de prisión, Alfred Rosenberg le recuerda casi en forma de un epitafio:
Drexler no estaba muy familiarizado con cuestiones económicas, pero era un hombre sencillo, que actuaba de corazón. Había experimentado personalmente gran parte de los sufrimientos que los trabajadores padecieron en Alemania, y comprendió que cualquier solución pasaba por la unidad de todo el pueblo. Más tarde, describió su carrera en un libro modesto. No creía demasiado en los antiguos partidos, ni consideraba que el parlamento tuviera mucho que ver con sus esperanzas de regeneración social. Todo parecía en desorden y quienes llamaban a la revuelta sólo conseguían reunir bandas de desesperados sin ningún pensamiento que les concediera un destino. ¿Qué hacer? Drexler estaba realmente preocupado. Era un hombre alto, atildado. Sus ojos miraban, frecuentemente, con honesta desesperación tras sus gafas. Uno de tantos, de tantos miles buscando un camino en el caos, a pesar de que algunos de ellos se encontraran en algún momento al otro lado de las barricadas.54
Drexler era más que todo eso: era un activista contrarrevolucionario, un antisemita convencido, alguien que toleró la compañía y las palabras de Hitler claramente dirigidas a convocar la lucha contra la República y contra los «falsos alemanes». Los perdedores parecen expiar en su derrota sus pecados, aunque no deja de ser curioso que, en pleno exterminio, cuando nadie podía ignorar la catástrofe de la guerra racial ni las medidas tomadas contra los judíos y los «asociales», cuando nadie ignoraba la existencia del terror político y de los campos de concentración, Drexler aún quisiera disputarle a Hitler la primogenitura de lo que había llevado a aquel desastre moral. Quizás Rosenberg, a las puertas de la muerte, tuviera sus propias razones para sentirse próximo a aquel individuo, algo que tendremos ocasión de ver en la trayectoria de quien sí llegó a ser ministro de Hitler. Sin embargo, en aquellos ojos interceptados por las gafas, tal vez Rosenberg pudiera confundir la honestidad con la desesperación. No es que creer en algo lo convierta en verdadero. Es que ni siquiera la honestidad de la creencia puede contagiarse siempre a la rectitud moral de lo creído. Pero ése no era, desde luego, el epitafio que podía escribir alguien a quien esperaba el patíbulo por haber creído sin dar a sus adversarios la misma posibilidad.
2
Julius Streicher
Mirando hacia atrás con ira
En 1928, los dirigentes del Partido Nacionalsocialista en Hamburgo, encabezados por el Gauleiter Albert Krebs, recibieron en la estación de ferrocarril al legendario dirigente del NSDAP en Nuremberg, Julius Streicher, que debía colaborar en la campaña electoral mediante una conferencia, aprovechando que se trataba, tal y como lo había calificado determinada prensa austríaca, de uno de los mejores oradores de Alemania.1 Para sorpresa de los presentes, y en especial para la del muy juicioso Krebs, Streicher indicó que no se sentía bien y que temía haber tomado café envenenado por los judíos, que estaban conspirando desde su salida de Nuremberg. Lo que más sorprendió a Krebs —y lo que, según él, le permitió comprender el carácter profundo del antisemitismo de personas como Streicher— es que el dirigente de Franconia era una persona con una conversación inteligente, cuyas apreciaciones acerca de las fuerzas sociales existentes en Nuremberg nada tenían que ver con aquella actitud primaria, sino con una penetrante capacidad de analizar el tejido social y cultural en el que actuaba. Esa duplicidad era la esencia de un antisemitismo patológico, pues Streicher creía verdaderamente que trataban de asesinarle, que existía una conspiración judía para hacerlo, hasta el punto que se hizo acompañar por guardaespaldas en Hamburgo. Krebs, que en sus memorias no deseó entrar en ningún juicio acerca del famoso carácter conflictivo del personaje, dejó constancia de lo que le había de hacer no sólo célebre, sino, una vez acabada la guerra, en el acusado más notable de antisemitismo durante el primero de los procesos de Nuremberg, la ciudad en la que había ejercido un poder incalculable.2
En su conciso ensayo acerca de la formación del poder político de Streicher en Nuremberg, Robin Lenman indica que la obvia existencia de desequilibrios psicológicos en la obsesiva atribución de culpabilidades realizada por el dirigente nazi no puede despojarse de su congruencia con un ambiente social, sin el que las posiciones de este miembro de la pequeña clase media habrían quedado fácilmente desautorizadas y condenadas a una franja de lunáticos sin incidencia.3 Lo que resulta significativo es que esa misma corrupción del carácter que parecía sorprender a Krebs —algo que no deja de ser, a su vez, sorprendente, en el dirigente de un partido que ya llevaba nueve años sin ocultar sus principios antisemitas como rasgo nada secundario de su perfil, aunque tal vez sin emparejarlos con la paranoia que aparece relatada en la breve semblanza— es la forma en que la posición personal de Streicher, vinculada fundamentalmente a la cuestión judía, había conseguido disponer de una audiencia nada desdeñable en el norte protestante de Baviera—. Cómo sobre esa base fundamental, a la que se podían añadir los otros factores populistas del pensamiento völkisch, el antiguo maestro de escuela había logrado hacerse con un espacio público que ya no abandonaría, ni siquiera cuando determinados rasgos de su personalidad le hicieron ganarse el desprecio de sus propios camaradas, que no lograrían su destitución hasta el comienzo de la guerra mundial, dada la lealtad con la que Hitler pagaba la que le había proporcionado en momentos difíciles el monarca ultra de Nuremberg. Éstos fueron los dos elementos que fundamentaron su carrera en el partido: por un lado, un perfil antisemita que ningún otro dirigente podía arrebatarle en la forma en que Streicher lo presentaba a sus oyentes o a sus lectores. Nadie como él construyó un movimiento político que se basaba hasta tal punto en el antisemitismo, siendo el resto de los factores de su propuesta meras adhesiones adjetivas a su sustancia ideológica y política; por otro, el dominio de un área que hubo de disputar a muchos adversarios ansiosos de hacerse con el poder en la principal ciudad de Franconia, algo que no sólo le llevó a disponer del permanente apoyo de Hitler en los numerosos enfrentamientos que se dieron en el partido antes de la conquista del poder, sino que le llevó a desdeñar algún cargo público tras la Machtergreifung, precisamente porque habría supuesto su paso a la capital administrativa de la región, Ansbach, o al propio centro del Reich, Berlín.4 La vinculación de estos dos elementos es importante como un factor que nos permite penetrar en la espesura de la adhesión al nazismo, que se encarna en el poder adquirido por una persona tan conflictiva como Streicher en una ciudad de origen tan moderado como Nuremberg, lo que expresaba la radicalización de la sociedad, la nueva función del antisemitismo, el desplazamiento cultural de la clase media no sólo hacia tendencias ideológicas determinadas, sino hacia la forma en que éstas podían presentarse, al hacer de Nuremberg, al mismo tiempo, la ciudad en la que se celebraban los congresos que construían el inmenso símbolo de la Volksgemeinschaft, con sus anuales ejercicios de representación escénica de la hermandad comunitaria, de la lealtad al líder, del encuentro con una idea que unificaba a la nación: en definitiva, de la inclusión radical, mientras Nuremberg había sido la ciudad donde se había sostenido el carácter más obsceno de la propaganda antisemita, del factor que permitía cimentar al Gemeinschaftsfremde construido como arquetipo, a través de las páginas del popular semanario dirigido por Streicher desde 1923, Der Stürmer. También había sido la ciudad que dio nombre, en 1935, a las leyes de ciudadanía que implicaban, con el pretexto de la defensa del honor y la sangre del pueblo alemán, la exclusión de los judíos en la norma de máximo rigor obtenida antes del proceso de guetización, deportación y exterminio que se produjo después. Fábrica de identidad racial y de mercancía defectuosa, industria constructora de un material simbólico que, sin embargo, también perpetraba los elementos jurídicos del proyecto cuando Alemania solamente había iniciado el camino que llevaría a Auschwitz. La locura que Krebs deseaba hallar en la actitud recelosa de Streicher en la estación ferroviaria de Hamburgo en 1928, y que dio lugar a que los médicos de Landsberg en 1924 y los del tribunal de Nuremberg en 1945-1946 pudieran considerar el desequilibrio mental del personaje.5
Sin relevancia alguna en el régimen nazi y, sin embargo, considerado tras su destrucción como uno de los principales responsables de sus crímenes raciales, Streicher parecía representar, dentro del propio cuadro de responsabilidades con el que los vencedores distribuyeron el acta de su acusación solemne en Nuremberg, quien encarnaba el aspecto antisemita del movimiento, quien representaba el principal de sus factores de cohesión basado en la exclusión y en las consecuencias más radicales de éste. Si la autoridad máxima de su realización, Heinrich Himmler, se había suicidado poco después de su detención, Julius Streicher pasaba a ocupar un espacio que disponía de mayor significado del que probablemente le otorgaban sus propios jueces: había sido el hombre que había preparado el camino, no el eficaz administrador que había construido la maquinaria con capacidad para dar al antisemitismo una función en la Vernichtung con que las SS insertaron su trabajo en una progresiva ocupación de espacios de poder en el sistema. A Streicher se le podía implicar en haber hecho del nacionalsocialismo el proyecto político de un antisemitismo de masas en la ciudad que era la expresión misma del movimiento, una alternativa a la urbe fundacional y a la capital del Reich conquistada. Un Nuremberg que establecía una trinidad de aire religioso con Munich y Berlín, en la que correspondía a la primera ciudad el nacimiento del nacionalsocialismo y a la segunda sus concesiones políticas para poder ocupar la capital desde donde siempre se había gobernado la Alemania unificada desde 1870. Sin embargo, a Streicher no se le reconocía —y habría resultado difícil hacerlo en las condiciones inmediatamente posteriores a la guerra, cuando la ideología nazi solamente podía comprenderse como una patología— en su «juiciosa» administración de los aspectos inclusivos que todo proyecto comunitario posee, una entrega a la parte sana de la nación que hace merecedor de formar parte de su virtuosa condescendencia, de su exacta delimitación de integración y extranjería, proporcionando el camino del retorno a la comunidad para quienes sienten su vida en estado de incertidumbre.6 Todo lo que se contemplaba como una recurrente y escandalosa construcción de un arquetipo de obscenidad y de indecencia, de suciedad y de inmoralidad en todos los órdenes de la vida, que el semanario de Julius Streicher repartía entre unas decenas de miles de ávidos lectores de ese tipo de prensa, sólo puede comprenderse adecuadamente desde la posición inversa que se atribuye a quienes actúan como delatores, como divulgadores, como creadores del arquetipo precisamente para diferenciarse de él y, sobre ello, construir un arquetipo alternativo, una vida honesta, moral, recta, que ha sido degradada por las especiales circunstancias de la posguerra. Podría pensarse que, en la mentalidad de quienes siguieron a Streicher, el antisemitismo cumplía la involuntaria función de la defectuosa copa dorada de Henry James, que descubría una infidelidad en la apariencia pomposa de un ambiente de orden y de ajuste a las normas sociales. Sin embargo, parece más probable que fuera Gregor Samsa, el protagonista de La metamorfosis de Kakfa, el que mejor respondiera a esa juego deformante de espejos, en la medida en que lo que se produce no es una decepción que se encubre, sino una súbita destitución que quiere hacerse pasar por deshumanizadora porque pierde la apariencia humana, un cese de pertenencia que no deriva más que del aspecto, no de la conciencia, pero que rápidamente se atribuye a una anormalidad, a una impureza que sirve para establecer la complicidad y gratificación de quienes siguen siendo normales o que consiguen obtener tal normalidad en el proceso mismo de separación del repentino intruso, comprometiéndose en un ejercicio de exclusión al que sigue el alivio de la extinción vital. En el aparente mundo caótico kafkiano, esa neurosis buscada en Streicher debería quizás situarse en determinados rituales con que los nuevos enfoques de la modernidad tras la Gran Guerra habían de buscar volver a poner orden en la sociedad, devolver el lugar perdido, entronizar en una profunda restauración en forma de regeneración lo que ha sido arrebatado, convertir el exilio en el reino de nuevo. Un regreso a la comunidad, a una estancia razonable, a un paraíso de estatus social difuminado por los desastres de la guerra y atormentado por la crisis económica, la racionalización industrial y un portentoso cambio de ciclo social.7 Sin duda, la función que el antisemitismo tuvo como un elemento concreto en una dilatación —extendida más del propio exterminio judío— de la lógica integracionista que siempre posee la determinación de un adversario que concentra la carencia de higiene de una sociedad y deposita la limpieza en quien lo detecta y lo denuncia, ha ocupado buena parte de las reflexiones acerca de uno de los factores clave de los riesgos de la veneración de la identidad en nuestras sociedades, aun cuando se haya sido algo más reacio a contemplarlo como una solución que no desmiente la modernidad sino que, más bien, la completa pervirtiéndola.8
Streicher no fue acusado de esa función integradora, sino de lo que permitía realizarla a través de la incitación al odio, del descubrimiento del diferente, del ajeno, del que podía y debía ser destruido en dos fases: primero, en la de un movimiento de toma de conciencia que era capaz de ir dotando de una normalidad racista a los ciudadanos hasta entonces moderados; después, cuando se hubiera producido la normalidad de ese proceso de violencia, cuando se hubiera anestesiado el cuerpo social al mismo tiempo que se radicalizaba, proceder a una separación legal cuyas consecuencias importaban menos que el hecho de construcción de la comunidad popular que proporcionaba, y del que el proceso de movilización antisemita había sido un requisito. Cuando uno observa el libro que se editó cuidadosamente por el propio Streicher en 1933, como conmemoración del primer congreso de Nuremberg celebrado tras la llegada al poder del partido, no puede menos que considerar esa función que era la que había permitido a un personaje de características personales tan poco apreciadas, a un vistoso fanático, ser aceptado como la manifestación personal de lo que sentía una zona notable de la sociedad de Nuremberg. Su conversión en un elemento excéntrico, que habría de ser tan habitual en las condiciones de la derrota del nacionalsocialismo, no permitiría entender todo lo que un libro primorosamente editado en aquellos momentos quería implicar, antes de que Leni Riefenstahl llegara a consagrarlo mediante uno de los mejores reportajes de la historia. Pues, como habría de hacer la película en sus primeros compases, cuando el avión que transporta al Führer sobrevuela la ciudad, junto a las fotografías de los principales dirigentes del partido, el protagonismo se cede al recinto urbano y a sus habitantes. Si los individuos son los cuadros del NSDAP que ocupan el liderazgo del proceso de regeneración, la Volksgemeinschaft tiene algo más que las construcciones realizadas por Goebbels y Speer para la realización de los actos de masas. Es la propia tradición edificada, los puentes sobre el río, los torreones vetustos que parecen haberse mantenido en pie para otear la catástrofe y convertirse en un punto de referencia, en una zona de llamada a la que se ha acudido desde el congreso de 1927. Las masas en un orden nuevo, en una integración meticulosa, disciplinada, que construye la imagen de una norma social reconstruida sobre los escombros de la República nacida de la derrota y la humillación. Las masas que forman parte del paisaje urbano son excepcionales transeúntes pero, al tiempo, nada extraños a las fachadas cuyos balcones se adelantan hacia la calle ataviados con las banderas del partido, incrementados con la frecuencia de las flores, sólidos en su lugar y ondeando por el efecto visual de los estandartes al viento, como la misma comunidad que ha pasado a representar la ciudad entera. Las escenas de confraternización, de igualdad, de sentimiento de equivalencia y jerarquización asumida, la vieja cultura völkisch inculcando de nuevo a la antigua residencia de los Hohenstauffens la impresión de algo que no es sólo protagonismo, sino la sensación de una Wohnungsfrieden, una paz de vecinos. Y abriendo el congreso que se celebra en el corazón de ese organismo vivo, quien es el responsable de la eliminación de sus elementos patógenos, el Gauleiter de Franconia, Julius Streicher, dirigiéndose a los delegados al congreso para señalar la bienvenida que les da la antigua ciudad, cuando el sueño del partido se ha cumplido.9 Nuremberg no podía haber pasado a un proceso de radicalización tan potente sin las condiciones a las que nos hemos referido en la primera parte de este trabajo y que, en el caso de la ciudad más importante de Franconia, tuvieron un papel especial, al afectar a una sociedad tradicionalmente moderada, con impulso especial del movimiento obrero y del centroizquierda, y que pasó a mostrar como pocos casos la descomposición cultural provocada ya antes de la gran crisis de 1929, aunque no por un efecto directo de la experiencia de los consejos obreros, como sucedió en Munich. Nuremberg era una ciudad obrera, en la que el peso de los sectores medios era muy importante: mientras una quinta parte de la población trabajaba en empresas de más de mil empleados, especialmente dedicadas a la metalurgia, una cuarta parte de la población activa lo hacía en centros de menos de seis empleados. La polarización estaba servida, aunque no incluyera una inmediata radicalización política, sino sólo las bases sociológicas de una posibilidad, a la que no tardarían en sumarse las vueltas de tuerca de una degradación cultural de la que Streicher sería responsable y beneficiario. En las elecciones constituyentes y estatales de enero de 1919 y en las municipales de junio del mismo año, el voto había ido a parar a los dos partidos socialdemócratas en un 60 por ciento, mientras el Partido Demócrata conseguía controlar el sufragio de la clase media al obtener entre el 30 y el 20 por ciento del voto.10 La pérdida de estas bases del DDP y su paso al nazismo había de ser la principal baza de Streicher, que aprovechó la pérdida de confianza que se produjo tras la crisis que siguió a la aplicación de las cláusulas del Tratado de Versalles y la crisis interna del régimen hasta la estabilización de 1924. Sólo sobre la insólita pérdida de un área de influencia como la que se había obtenido en las primeras experiencias electorales puede entenderse el crecimiento de una personalidad tan especial como la del caudillo antisemita y el hecho de que fuera esta faceta del nazismo, precisamente, la que hiciera crecer al partido en la región, a pesar de las resistencias iniciales de los sectores agrícolas, cuyo trasvase sólo se produciría en la etapa final de la República.11
Curiosamente, la carrera política inicial de Julius Streicher se adaptó a esta posición moderada de la ciudad. Nacido en 1885 en una familia de clase media en Fleihausen, cursó estudios de magisterio y obtuvo plaza en un suburbio de Munich, dedicándose a la política muy pronto, en las filas de las juventudes del Partido Progresista, precedente del DDP en la etapa imperial. Su regreso de la guerra, donde obtuvo la condecoración de la Cruz de Hierro de Primera Clase y su ascenso a oficial, modificó radicalmente sus posiciones políticas, inclinándose por frecuentar los espacios de fraternidad vinculados a las asociaciones patrióticas, en los que pronto había de destacar como orador.12 Como en otros lugares de Alemania, el Deutsche Völkischer Schutz- und Trutzbund era la más importante de las organizaciones existentes, y su cariz antisemita conectó con una tendencia ideológica que ya había anidado en la mente de Streicher, que se convertía ahora en la base de sus posibilidades de proyección social y superaba el territorio frustrante de su actividad escolar, tan poco compatible con la alta estima en que se tenía y con la necesidad de buscar los ambientes que reprodujeran la excitación combativa y el sentimiento de confraternización del frente. Sin embargo, su interés se desplazó pronto de una organización tan heterogénea a la necesidad de formar un proyecto político en el que deseaba situar de forma prioritaria, como plataforma política de masas, el antisemitismo. En noviembre de 1919 se constituyó el Partido Socialista Alemán, al que se adhirió inmediatamente Streicher, iniciando la publicación del periódico Der Deutsche Sozialist. Tres aspectos habrán de distanciarle del partido, que le llevarían a la salida del mismo en cuanto viera la oportunidad de una alternativa, como hará siempre a lo largo de su carrera política: el sentido patrimonial sobre la ciudad de Nuremberg, la escasa disposición a aceptar las críticas al tono desabrido de sus artículos antisemitas y el hecho de que la lucha contra la dominación judía no se entienda como la base fundamental del resto de las facetas de un movimiento político.13 Elementos parecidos le llevarán a romper con el grupo en el que se integrará al abandonar el DSP de Brunner, la Comunidad de Trabajo de la Liga de Occidente (Deutsche Werkgemeinschaft des Abendländischesbundes), fundado y dirigido por el doctor Dickel. En él permanecerá desde 1921, y publicará con la ayuda del secretario de la nueva organización un nuevo periódico, el Deutscher Volkswille. Las quejas por los excesos del lenguaje de Streicher se repitieron, lo cual le obligó a comunicar a Dickel que era un hombre con convicciones firmes y que no pensaba abandonarlas, expresándolas con la vehemencia que no sólo correspondía a su temperamento, sino también a la manera en que la verdad debía manifestarse, en toda su crudeza. No en vano, cuando rompió con Dickel y acabó creando su propio movimiento, que mantuvo el nombre de Deutsche Werkgemeinschaft el semanario que apareció a partir de abril de 1923 Der Stürmer, indicó, bajo la cabecera del periódico, que luchaba por expresar la verdad (Deutsches Wochenblatt zum Kampfe um die Wahrheit). El que, junto con el órgano oficial del partido, Völkischer Beobachter y el de la organización de Berlín, Der Angriff, se convertiría en el periódico más importante del NSDAP y más relacionado con la esencia antisemita del nazismo, aparecía como resultado del legendario mal carácter de Julius Streicher, que le llevaba a una constante querella con sus propios camaradas, que se unían a la inacabable lista de demandas judiciales que habrían de ponerle las personas agredidas en su periódico o sus mítines.
Sin duda, nos hallamos en una de esas circunstancias históricas en las que la moderación de la estrategia y la tolerancia de las formas tienen menos prestigio, en amplios ambientes, que sus contrarios: la profundidad de las convicciones, en una posición que será heredera directa de la violencia heredada de la Gran Guerra, de las luchas revolucionarias y de la contrarrevolución, se manifiesta con mayor congruencia confundiendo la sinceridad con la bravuconería o, lo que resulta propio de la moral de la época, utilizando los vagos rumores ambientales, los prejuicios y las sospechas como pruebas de los principios. La corrección política pasa por el exceso, la exageración de las formas es un momento preciso de la intimidación, una fase de afirmación propia destinada a recluir al adversario en un espacio de confrontación que nada tiene que ver con la densidad de los argumentos, sino con su carácter espectacular. Esa superproducción imaginaria rememora la monumentalidad de la guerra, las cifras imposibles de las víctimas, la velocidad de las ametralladoras, la cirugía deformante aplicada a un paisaje aniquilado. Se vive con una aceptación que sólo puede partir de esa experiencia, como si sus autores no hicieran otra cosa más que reunirse con los efectos especiales propagados por una época expresionista. De la resonancia, sin embargo, se pasa a la modificación de la urdimbre social en la que se trabaja políticamente, sin necesidad de llevarla a un terreno de superación de la catástrofe, mientras se la convierte en mero interludio, anticipando la que llegará cuando el nacionalsocialismo alcance el poder. La moderación es la mediocridad, la falta de responsabilidad con la grandeza del instante, el recogimiento individualista y recatado ante las exigencias de un Ser que desea ser interpretado a través de los actos. Esa ontología que se convierte en estética lo es sólo porque la autenticidad, lo que en el fondo es la comunidad, solamente podrá verbalizarse, tomar la palabra, decirse a sí misma metafóricamente, si halla el camino de una empresa que la reconcilia, que anula sus fracturas, que las expulsa considerándolas ajenas, estableciendo un territorio armonioso para quienes son la exhibición de esa sustancia íntima de la comunidad cercada por sus adversarios. El mérito de Julius Streicher, de ese personajillo de apariencia exasperada, de inteligencia mediana, de físico poco imponente, es haber sentido la presión atmosférica en la que su proyecto debe moverse. Streicher, como le ha ocurrido a Hitler, ha tenido la intuición de entender lo que una parte de la clase media de Nuremberg deseaba sin hallar un contrapeso sólido. Las condiciones de la crisis económica y la humillación nacional que sigue al tratado de 1919 pueden explicar esa radicalización, que va prendiendo en una Mittelstand progresivamente devastada, que pierde la certidumbre de su lugar, su seguridad social, su prestigio. Pero que tal desafecto se exprese a través del antisemitismo corresponde a dos elementos complementarios: la existencia de una crisis de confianza burguesa que no puede ser controlada por los partidos liberales y va perdiendo apoyo en los núcleos meramente populistas o los partidos de interés,14 y la forma en que el antisemitismo es una tradición silente, o moderada, o recluida en un espacio cultural, que puede pasar a ser factor de identidad política, que actúe precisamente como una reivindicación del propio lugar social utilizando una instancia de solidaridad nacional contra lo ajeno. Allí donde habían fracasado esfuerzos realizados a finales de la época guillermina de una envergadura cultural nada desdeñable, pasa a situarse la brutalidad sin sutilezas que se solicita por parte de un público que, entre otros hábitos de la clase media, ha perdido uno en el que no repara: el de la tolerancia del liberalismo decimonónico.15 Lo que parece más importante es situar el éxito de Streicher en una conversión que no se produce en el vacío, sino en la propia tradición desplazada hacia otra zona de actividad, que tiene que ver más con las actitudes culturales de la clase media que con los nuevos espacios de sociabilidad que se crean y en los que el movimiento nazi habrá de alcanzar especial notoriedad, al ser uno de sus principales recursos la ruptura de esa columna vertebral de buenas costumbres que separa la vida familiar de la vida social en la clase media. La experiencia colectivista de la guerra, de la militancia en los grupos defensivos patrióticos y las condiciones de quiebra moral que se producen en los primeros años de la República desahucian esa línea de demarcación que había caracterizado a estos sectores, marginando a los más radicales. El fascismo es, en buena medida, un resultado de ese tipo de modernización, una movilización asociada a la irrupción de las masas o a una toma de conciencia de la clase media como sujeto de un nuevo espacio político. A ese lugar se asocia un lenguaje y se atribuye una consigna. El lenguaje rescata, más que inventa, el que ya se había utilizado en los años anteriores de la guerra para hablar del judaísmo. Es el escenario el que induce su difusión y el que hace de un asunto privado la base de un proyecto político.16
Si Julius Streicher puede hacerlo, si su periódico coloca unos seis mil ejemplares en la ciudad que se convertirán después del Putsch de Munich en unos diez mil, es porque el antisemitismo es utilizado en sus discursos, como lo era en el caso de Hitler, como un método explicativo del resto de los problemas que asolaban a la clase media. El antisemitismo no aparecía como un tema ideológico aislado, sino como la única forma posible de explicar, según el público con el que se enfrentaba el conferenciante, las penurias de la clase obrera, el poder de los magnates económicos, la decadencia moral de Alemania, el peligro en el que se encontraban las muchachas sanas como resultado de las apetencias de un pueblo cuya visión de las relaciones sexuales con los gentiles era de utilización instrumental, no de cuidado del honor, de la salud y de la raza. Los motivos por los cuales los alemanes pueden pasar al antisemitismo político, además de la existencia previa de una tradición cultural de alteralidad, de extranjería, son las nuevas circunstancias que derivan de una propaganda de extrema derecha que ha podido ir vinculando los problemas del pueblo alemán a la acción de los judíos. La credibilidad no puede basarse en nuevos acontecimientos, pero tampoco en una mera tradición reservada al prejuicio: la tarea de los nazis —y, en este caso, de Streicher— es la dignificación del discurso antisemita, su politización en el sentido más literal de la palabra, haciendo del antisemitismo un asunto cívico de masas que supone el necesario preámbulo para resolver otras cuestiones. El escaso número de nazis que indican en la célebre encuesta Abel que se han hecho del partido porque tienen una mentalidad antisemita, que según los cálculos de Merkl no llega al 15 por ciento del total de quienes responden,17 debe tener en cuenta la poca representación de la zona en las respuestas y el hecho de que hasta cierto punto todos los militantes del partido comparten el antisemitismo, aunque no sea ese el motivo principal de su entrada en el NSDAP.18 Lo que importa en los análisis de Der Stürmer o de la propaganda oral de Streicher es su capacidad de síntesis, algo indispensable para un movimiento que se basa en su carácter monolítico y heterogéneo al mismo tiempo, su esencia de movimiento de fe, de creencia que sólo tiene que asistir a unos rituales en los que se verifican principios, lo cual significa que Streicher pasa a conceder, más que una estrategia política, el escenario en el que el prejuicio pasa a convertirse en la participación en un espectáculo de masas, una forma de integración estética en la que se exige la totalidad. El sentimiento que se dejaba reservado al espacio familiar pasa a ser corroborado en el área popular, se muestra y se contempla, como en un juego en el que los camaradas de guerra se mostraran sus cicatrices. El sufrimiento no sólo tiene una huella: tiene, como las heridas, un motivo. Ese motivo hallará, en las palabras de Streicher, algo distinto a un programa de acción, pero necesario para que éste pueda cumplirse: una certeza experimental, sensitiva, táctil, corporal. En definitiva, virtuosamente racial. Cuando los judíos son atacados por ser modelo de execrables actitudes de lo que hoy llamaríamos «acoso sexual»; cuando los dibujos del hábil caricaturista «Fips» —Philip Ruprecht— presentan a los médicos observando lascivamente a las jóvenes arias, a los profesores abusando de sus alumnas, a los burgueses usando a alemanas necesitadas como amantes a cambio de dinero, sólo se edifica una línea entre el vicio y la virtud sobre la que se construye la decencia de la propia comunidad, aunque la sospecha de corrupción sexual era preexistente. Cuando se considera la explotación del hambre alemán por los especuladores; cuando se exhiben las prácticas del secuestro y asesinato de niños a manos de judíos esotéricos; cuando se manifiesta el riesgo de la dominación mundial por una conspiración judía, se está trabajando sobre una vieja intuición. Lo que ocurre es que esa vieja intuición, que desde hace mucho tiempo ha ido acompañada de caricaturas del judío de nariz y barriga exageradas, de suciedad corporal y actitud lujuriosa, se convierte en algo más que un arquetipo para una revista de entretenimiento. Se convierte en un modelo de explicación y, por tanto, en la preparación de un programa de acción, que ha debido normalizarse previamente, justificándose a través de las acusaciones grotescas lanzadas en los mítines, y cuya única prueba es su propia exhibición, su propia realidad hecha espectáculo.19 Las temáticas habituales del antisemitismo continental: la corrupción sexual —y racial—, el dinero, el poder, el cosmopolitismo… pasan a convertirse en un obstáculo para la emancipación de los alemanes. Ninguna política es realista sin considerar prioritariamente el problema judío. Si, fuera de Nuremberg, el problema parece menos importante, no deja de ser algo que va tomando la envergadura de un hecho asumido, frente al que solamente se puede salir al paso cuando se cometen excesos contra las personas conocidas que no se ajustan al arquetipo. El antisemitismo berlinés de las SA puede ser de distinto peso al de las posiciones de la clase media de Nuremberg, pero el antisemitismo se ha convertido en un elemento que sirve, junto con el liderazgo y el sentido de comunidad nacional encarnado en éste, para establecer una forma especial de doctrina rupturista.20
El encuentro con el Partido Nazi proporcionó a Streicher la posibilidad de hacerse con recursos económicos que le resultaban indispensables para mantener no sólo su liderazgo, sino también una cierta seguridad, ante el volumen de demandas judiciales que el alcalde del DDP, Luppe, descargaba sobre su persona, hasta que consiguió que perdiera su empleo de maestro en 1923, como resultado de sus constantes ausencias de clase.21 Para Hitler, el apoyo es indispensable, y se lo hará saber con esta brutalidad a un dirigente de los críticos del norte cuando, a través de su secretario Fobke, le indica, en 1924, que ha conseguido reunir a sesenta mil militantes, más que el resto de los nacionalsocialistas en Baviera entera, por lo que no está dispuesto a prescindir de él por meras cuestiones de simpatía personal o de temperamento.22 En octubre de 1922, cuando Streicher asume la entrada de su grupo en el NSDAP, ya ha evitado la instalación de grupos nazis en Nuremberg, dejando muy claro que cualquier actividad política en la ciudad tiene que pasar por su persona, de una popularidad imbatible en el público de extrema derecha, aun cuando tenga graves enemigos en el seno de las organizaciones más próximas, cuadros de las SA o del propio partido que Hitler deberá calmar ante la exigencia de Streicher de controlar siempre el aparato del partido en su ciudad. Ya le llegará al Führer el tiempo de la dominación y, en cualquier caso, cuando tiene que reñir a Streicher por los problemas de convivencia que llegan a paralizar el trabajo político en Franconia lo hace a través de Amann, no en persona. Ninguno de los numerosos adversarios de Streicher, que crecen a medida que el partido incrementa sus efectivos y el pastel de la ciudad se hace más apetitoso, consigue romper el vínculo que lo ata a Hitler, único factor que podía causar su desgracia y que acabará propiciándola en 1939. Ni las acusaciones de conducta corrupta con adolescentes, de infidelidades en su matrimonio, de afición a la pornografía, de autoritarismo o de un exceso de independencia pueden modificar la posición del Führer. Streicher le ha mostrado algo que el Führer necesita: la asunción plena del carácter del partido como el de un liderazgo absoluto, evitando las costumbres asamblearias del movimiento völkisch. ¿Cómo iba a aceptar algo distinto quien había gobernado con mano de hierro la ciudad de Nuremberg y había evitado cuidadosa y hábilmente que otros dirigentes políticos pudieran disputarle el espacio mediante la introducción de mecanismos distintos al poder de la oratoria? Streicher y Hitler coinciden en esta formulación, de la misma forma que entienden que debe superarse el estilo moderado, romántico y conservador de las asociaciones patrióticas y construir un partido cuya base de acción sea la ocupación del espacio público, la toma del poder en la calle antes de llegar a conquistar el Estado.
La coincidencia de criterios ideológicos será lo que conducirá al enfrentamiento con Rosenberg y Strasser después del Putsch, exigiendo que se mantengan las condiciones que Hitler ha dejado fijadas para el partido y considerando que los esfuerzos de creación de un movimiento parlamentario por Ludendorff y Gregor Strasser conducirán no sólo a una mayor moderación política, no sólo al abandono del principio antisemita como razón de ser del partido, sino que además pondrán en duda el modelo de Führerpartei que Hitler estableció en 1921 en su victoria sobre Drexler. La constitución, a comienzos de 1924, de la Comunidad Popular de la Gran Alemania (Grossdeutschland Volksgemeinschaft, GVG) por Alfred Rosenberg, nombrado jefe del partido por Hitler, fue seguida por la oposición permanente a la línea moderada y pactista que se tomaba, liderando la oposición a los acuerdos con los grupos conservadores dirigentes de la talla de Max Amann, Hermann Esser o el propio Streicher.23 El grupo de Munich y Nuremberg no se mueve sólo contra el moderado Rosenberg, sino contra los radicales del norte que pueden considerar inadecuado el principio de Führerpartei, aunque sus principales adversarios sean los fundadores del Movimiento Nacionalsocialista de la Libertad (NSFB). Su expresión bávara, el Völkischer Block, acepta a los disidentes en sus listas, para observar con aturdimiento e impotencia cómo éstos sabotean la acción política de los sectores que, en las elecciones de la primavera de 1924, habían conseguido ir recuperando un movimiento político con visos de desempeñar algún papel en el panorama de la extrema derecha alemana.24 A pesar de las extremas dificultades que envuelven a la GVG, reducida a tres ciudades de Baviera, su mantenimiento leal a lo largo de todo el período de encierro de Hitler que indica que lo único que esperan es la voz de mando de su líder, permite que éste pueda diferenciar perfectamente su actitud de la que ha observado en Strasser, Rosenberg y, sobre todo, Ludendorff. El primero ha conseguido hacerse con un espacio de poder personal que ni siquiera Hitler conseguirá quebrantar en el futuro, un prestigio de estratega y organizador cuya falta de carisma se refuerza con el buen trato a sus camaradas y el respeto del conjunto de la «derecha social» alemana, especialmente del Zentrum y de algunos sectores politizados de la Reichswehr. El segundo ha mostrado la incompetencia organizativa que era de esperar, aun cuando no le ha sido favorable que sus posiciones ideológicas sectarias no se hayan entendido con el pragmatismo de Strasser, mientras sus actitudes benévolas no hayan podido soportar las maneras de dirigentes de la obscenidad espectacular de Esser o de Streicher, del que dice que confunde la diferencia de razas con pasearse con un látigo por Nuremberg. En cuando a Ludendorff, el Führer sabe perfectamente que sus proyectos políticos van a tener que caminar por separado después del golpe de Estado fallido, único aspecto para el que necesitaba a un militar retirado: su amortización en las elecciones presidenciales de 1925, con un 1 por ciento de los votos celebrado jubilosamente por Streicher,25 quien ya había insultado gravemente al mariscal en otras ocasiones, acabará de decidir la suerte del equipo dirigente alternativo al GVG. De hecho, cuando Hitler reorganiza el partido, ni Strasser ni Rosenberg asisten al acto de refundación, mientras los dirigentes del núcleo escindido en 1924 lo hacen como un solo hombre, mostrando que el motivo de debate no era el estratégico, sino el de la lealtad a Hitler. Por ello, cuando el Führer reparta las responsabilidades en Munich lo hará entre estos sectores adictos, con excepción de un Streicher con el que está de acuerdo en lo principal: le necesita para dirigir Franconia tanto como Streicher se resiste a abandonar su zona de influencia en años de incertidumbre.26 Una zona indispensable para proteger Baviera de la contaminación revolucionaria del marxismo en Sajonia y Turingia, y a la que habrá de prestar una atención especial el propio Hitler durante el año 1925, mientras reconstruye su partido, recorriendo las poblaciones en compañía del que será nombrado Gauleiter de la región inmediatamente, para desolación de quienes, como Strasser o Rosenberg, e incluso quienes en el seno mismo del nazismo de Nuremberg, no habían logrado entender los criterios que conducían al Führer a actuar con aquella lógica, más próxima siempre al éxito y lealtad de sus subordinados que a la corrección de su estilo, su preparación teórica o la independencia de su criterio.
La celebración del Día del Partido en Nuremberg en 1927, que convirtió la ciudad a partir de aquel momento en la capital de los congresos del movimiento nazi, es una respuesta a la prohibición a la que se somete al NSDAP en Prusia y bajo un gobierno del Reich aún dirigido por la socialdemocracia. Sin embargo, parece ser también un acto de reconocimiento y de recompensa, muy usual en los hábitos de gestión del partido por Hitler. Streicher había sufrido, a su retorno del congreso de Weimar, uno de los innumerables juicios incitados por el alcalde demócrata de Nuremberg, que esta vez consiguió una sentencia ligera, pero que obligó al dirigente nazi a permanecer en la cárcel entre agosto y diciembre de 1926. A la necesidad de compensar este sacrificio se sumaba la actitud que había tenido Julius Streicher en la crisis más importante sufrida por el partido tras el proceso de su refundación, ofreciendo la segura ciudad de Bamberg para que Hitler pudiera aplastar a los poderosos disidentes de la Arbeitsgemeinschaft de los cuadros del norte, que habían preparado un minucioso trabajo para sustituir tanto la estrategia del partido como la naturaleza carismática del mismo.27 La posición de Streicher podía haber sido decisiva para debilitar el liderazgo de Hitler o, al menos, para dejar claro —sobre un acuerdo elemental en los aspectos ideológicos con el Führer— que disponía de la fuerza suficiente para mantener su propia posición. Pero no lo hizo, sino que vinculó su suerte a la de Hitler como lo había hecho en los debates del período de prohibición. Por ello, la elección de Nuremberg como ciudad de los congresos y, de hecho, como espacio ritual permanente del NSDAP, como su proyección simbólica, pasaba a ofrecer a Streicher una especial gratificación política y afectiva: su versión del nacionalsocialismo era priorizada por el Führer, quien sólo se encargaba de asegurar que los actos que fueron sucediéndose en el seno de la ciudad de Franconia no resaltaran un poder absoluto de Streicher, al ir depositando los aspectos referidos a la organización del espectáculo en manos de Albert Speer y, en menor medida, de Joseph Goebbels, mientras permitía que los líderes de las diversas agencias del partido brillaran con una luz propia especial en aquella eucaristía laica en los años venideros: los días dedicados a los jóvenes, a los trabajadores o a los miembros de las milicias iban necesariamente acompañados de los responsables de las Juventudes Hitlerianas, del Frente Alemán del Trabajo, de las SA o de las SS o del Servicio Obligatorio de Trabajo. En su afán por distribuir las tareas entre los diversos jefes del partido, en especial tras su acceso al poder, Hitler mostraba el verdadero carácter de un Führerpartei, al asegurar que su persona se convirtiera, en aquel escenario magistral, aquel regazo comunitario jovial e intimidante, en el gran sintetizador de todos los esfuerzos que se reunían, en el elemento que permitía darles una coherencia. El congreso de Nuremberg estaba destinado a una afirmación del movimiento, pero también, como resultado de su misma esencia, debía convertirse en una exaltación de su líder tan visible, tan aparente, tan corpóreo, como la misma raza común que determinaba la permanencia a la comunidad. Hitler, en su encarnación del movimiento, se convertía en una paradójica espiritualización del mismo, pues su identificación con la idea le permitía superar el aspecto de un proyecto biologista, materialista, vertido en la sangre y gesticulando en el cuerpo de los Volksgenossen, y así establecer un principio anímico, una fe sin la que aquellas concentraciones corrían el riesgo de carecer de algo más que de su propia intensidad momentánea. En cierto modo, la materia y el espíritu se reunían, como proyecto político racial, como una permanencia que permitía escapar al carácter tumultuoso y efímero de cualquier experiencia intensa. Por ello, los actos de homenaje a los caídos, uno de los aspectos centrales de los congresos, poseían esa calidad de encuentro con una tradición, de memoria conjunta, de experiencia compartida incluso cuando muchos de quienes permanecían silenciosos mientras sonaba el Ich hatte einen Kamerad ni siquiera tenían uso de razón durante la Gran Guerra o en el período de lucha que concluyó en noviembre de 1923.28
Un tercer aspecto que Hitler había de apreciar inmediatamente fue el que volvió a proporcionarle Streicher en un momento difícil, justo cuando el líder del NSDAP se enfrentaba en las peores condiciones posibles a una campaña electoral. Tratándose de la primera celebrada tras las generales de diciembre de 1924, el refundado Partido Nazi se presentaba esta vez en solitario para ocupar escaños en el Reichstag, sin los recursos indispensables para llevar adelante una adecuada campaña —más allá del entusiasmo impagable que podían darle sus propios militantes—, cuando la crisis republicana se había superado y antes de que la Gran Depresión devorara a una velocidad inaudita los recursos inmunológicos de la democracia alemana. Lejos de exigir su propia candidatura, prefiriendo seguir en el parlamento de su Land, con el pie puesto en las cercanías de su zona de influencia política, como buen señor feudal que conocía los instrumentos en que se basaba el poder en aquel movimiento, Streicher hizo una meritoria campaña a favor de Walter Buch y Franz von Epp, dos candidatos de la máxima confianza de Hitler, que consiguieron ocupar un lugar en el parlamento central gracias al deslumbrante esfuerzo desarrollado por Streicher en su región: Franconia fue responsable de una octava parte de la totalidad de los votos obtenidos por el NSDAP en toda Alemania y Streicher consiguió su puesto en el Landtag mientras dejaba que Von Epp y Buch pasaran a disponer del suyo en Berlín.29 Al analizar los resultados obtenidos —doce diputados y un 2,6 por ciento de los votos en el Reich—, la posición de Hitler, que reunió a los dirigentes en Munich para comentarlos durante tres días, fue menos pesimista de lo que cabía esperar: de hecho, no sólo le permitían cerrar definitivamente las veleidades socializantes de la tendencia dirigida por Gregor Strasser hasta la conferencia de Bamberg, señalando la inutilidad del llamado «Plan urbano»; lo que le permitía albergar esperanzas eran los resultados obtenidos en algunas zonas en las que apenas se había hecho propaganda, medianos centros rurales que empezaban a sentir los indicios de la Gran Depresión o que, sencillamente, habían vivido la experiencia de la racionalización industrial de los «años dorados de Weimar» como un ejercicio a favor de los empresarios y del proletariado urbano. Antes de que llegara la ola de votos que propiciaría la crisis, el campesinado estaba recurriendo a dar su apoyo a sus propias opciones populistas, que eran un primer paso para entregarse a un movimiento que situara sus reivindicaciones en un marco más amplio y, por tanto, más eficaz. Un cálculo racional que se mezclaba, en la actitud del campesinado, con la defensa de los valores tradicionales que el NSDAP habría de empezar a lanzar como propaganda fundamental sobre la sociedad alemana, lo que coincidía con la apertura a las fuerzas de la derecha que realizaría a partir de 1929, en la campaña contra el Plan Young, y que tendría su culminación en la formación del Frente de Harzburg en 1931, un factor para el que era de la máxima importancia lo que estaba sucediendo en los grupos de la derecha liberal y conservadora: el crecimiento de los sectores más duros en el Zentrum, el acceso de Alfred Hugenberg a la dirección del DNVP, el fallecimiento de Stresemann en 1929 y el giro del DDP hacia una extraña reivindicación de una «nueva democracia» que le llevaría a constituir el Staatspartei pactando con los sectores de extrema derecha de la Orden Juvenil de Alfred Mahraun. En este escenario, Hitler esperaba éxitos de sus dirigentes locales como único factor que le permitía hacer una valoración positiva del triunfo de la voluntad. Por ello, cuando Streicher consiguió un buen resultado en las elecciones municipales de Nuremberg de 1929, con la obtención de cuatro concejales, y cuando pudo mostrar el conocimiento de las preocupaciones campesinas rebajando el aire monotemático de Der Stürmer a un juego de amalgama entre el antisemitismo y las cuestiones concretas que padecía el campesinado, el Führer pudo volver a prestar su apoyo a un dirigente que no cejaba en sus enfrentamientos con otros líderes del partido.30
En 1930 llegaron los réditos electorales al movimiento nazi, cuando culminó la aproximación de Hitler a la derecha, cuando ésta fue consciente de que no existía salida posible antidemocrática que no contara con los nazis y cuando el país entero se sumió en la profunda depresión económica, que para los ciudadanos antifascistas implicaba mucho más que una crisis económica, para convertirse en la apertura de una etapa de progresiva indefensión, con la liquidación del espacio liberal, el giro hacia soluciones autoritarias corporativas del catolicismo y la división inapelable del movimiento obrero con el crecimiento del KPD, es decir, las condiciones opuestas a las que se habían vivido en los traumáticos inicios del régimen. Streicher no pudo celebrar ni la campaña ni la victoria de septiembre de 1930, al hallarse en la cárcel de Stadelheim en Munich. El triunfo, precedido ya de algunos éxitos en elecciones regionales de 1929, resultó espectacular en zonas como Schleswig-Holstein, donde casi la mitad del electorado se inclinó por los nazis tras una durísima movilización del Landvolk descrita por el novelista Hans Fallada, y que arrancó de manos de los conservadores del DNVP el voto de los pequeños propietarios y los jornaleros, sin entregarlos a los comunistas. El nacionalsocialismo tenía la doblez de la que carecía el KPD y, mientras Hitler podía reunirse con los empresarios para asegurarles que nunca habría una modificación del régimen capitalista en Alemania tratando de ganar un apoyo que se había mostrado reticente,31 los agitadores nazis podían recorrer las zonas rurales deprimidas con sus discursos contra los bancos que provocaban la quiebra de los pequeños propietarios, enarbolando una bandera de integración popular que llevaba dispositivos revolucionarios evidentes: los de acabar con una situación que no era una mera llamada mística, sino un choque cruento con la realidad.32 Como había ocurrido en el conjunto de Baviera, el grado de crecimiento en Franconia no había sido tan fuerte: las elecciones de septiembre habían realizado el sueño de Hitler en otro sentido. Un partido nacional, más bien un gran movimiento de emancipación, una forma en la que el espíritu alemán se daba a conocer, mediante una rigurosa encarnación vinculada al discurso racial, pasaba a ser verdaderamente una opción votada en el conjunto del país, dejando de reducirse al sur, a una opción provinciana que procedía de los graves sucesos de 1919 y que se extinguiría en cuanto se sumieran en el olvido los recuerdos de aquellas circunstancias. La multiplicación por diez en Schleswig-Holstein o por nueve en Hannover era mejor noticia que el 35 por ciento de votos obtenidos en Franconia. El ritmo de expansión había roto definitivamente las barreras defensivas republicanas, en especial las que hacían referencia a la clase media protestante, aquella a la que se dirigiría Thomas Mann unas semanas más tarde, consciente de la presión insoportable que se ejercía sobre la conciencia alemana desconcertada por la crisis, tan cercana, tan fácilmente equiparable, tan posiblemente inserta en las condiciones de la derrota, como el propio Mann habría de reconocer, al reprochar a los vencedores que los nazis pudieran conta