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Hay un hombre en una silla con las manos atadas a la espalda. Está en calzoncillos y camiseta de tirantes, inmóvil, con la mandíbula desencajada y la barbilla contra el pecho, y respira por la boca, de la que cuelga, entre los labios reventados, un hilo de baba sanguinolenta. El torso sufre una sacudida con cada inspiración, debido a los sollozos o quizá a las arcadas. Tiene una brecha en la ceja derecha que sangra sobre el ojo hinchado, convertido en un huevo negruzco. En la frente, un chichón enorme empieza a amoratarse. Le ha chorreado sangre de la cara por la camiseta. También ha caído al suelo.
El espacio solo está iluminado por la lámpara suspendida encima de la mesa de billar, que proyecta un cono de luz amarilla y deja todo lo demás en penumbra: cuatro mesas de bar, redondas, con sus sillas alrededor, un tablero de puntuación, un aparador. Aunque hay apliques en las paredes, con pantallitas verdes, da la impresión de que a nadie le ha parecido necesario encenderlos.
Alrededor del hombre de la silla hay tres individuos que ahora mismo no dicen nada y se limitan a fumar, de pie. Jadean ligeramente, se oye su respiración entrecortada, que se calma poco a poco. Uno de ellos, en especial, alto y corpulento, tose y está a punto de ahogarse, y acaba pisando el pitillo para apagarlo. La camisa arremangada deja ver unos músculos abultados. La barriga prominente tensa los faldones y tira de los botones, que parecen a punto de reventar. Tiene el pelo muy negro, rizado, lo que confiere a la cara redonda un aspecto de serafín malhumorado, con el entrecejo fruncido, la boca torcida y los ojos muy claros y atravesados por grandes pupilas, clavadas en este instante en la nuca del hombre de la silla.
—A ver, ¿qué hacemos?
Los otros dos también miran con gesto pensativo al hombre inconsciente y no parecen haber oído la pregunta. El mayor de los tres se aproxima. Examina la cara tumefacta y chasquea los dedos a la altura de una oreja.
—Hay que espabilarlo. El muy hijo de puta no puede con su alma.
Se pone recto y le atiza un manotazo en la coronilla.
El hombre da un respingo, abre todo lo que puede el ojo que aún le sirve.
—¿Sabes dónde estás? ¿Sabes qué haces aquí? ¿Te acuerdas? ¡Eh! ¿Me oyes o qué?
El otro gime mientras asiente con la cabeza. Puede que se oiga un «sí» procedente de lo más hondo de la garganta.
—¿A Penot lo conoces? Sí, claro que lo conoces. Bueno, pues buscamos al que lo rajó el otro día. Y punto. O sea, que nos dices dónde está el Cangrejo y te dejamos que te vayas a casita. ¿Entendido?
El grandullón suspira, carraspea y escupe en el suelo. Ya respira mejor y enciende otro pitillo. Se oye el chasquido de su mechero americano. El tercero se ha sentado en una silla con los codos apoyados en la mesa, las piernas estiradas y los pies cruzados. Mira el reloj. Solo se oye el jadeo del torturado.
—Esto es perder el tiempo —dice el que ha mirado la hora—. Coño, son casi las doce de la noche. No va a abrir la boca.
—Pues claro que va a cantar. ¿A que vas a cantar? ¡Sujétale la cabeza!
Se levanta, se quita la americana, se arremanga, le rodea el cuello con el brazo y tira hacia sí para estrangularlo. El mayor enciende un pitillo, aspira el humo con avidez y mira cómo enrojece la punta incandescente; luego se acerca al hombre, que trata de gritar, aunque el sonido queda ahogado por el brazo que le atenaza la garganta.
—¿Dónde está el Cangrejo? Está claro que ha liquidado a Penot a la primera de cambio para vengarse por lo que le hizo a su hermano durante la ocupación. Sabemos que ha sido él o uno de los suyos, así que dínoslo, joder, o te damos de hostias hasta mandarte al otro barrio.
Da vueltas con el pitillo alrededor del ojo derecho del torturado, que logra decir entre estertores que no sabe nada. Expectora las palabras. Salivazos sanguinolentos. Luego chilla cuando el otro le hunde la punta del pitillo justo debajo del ojo y al que lo retiene le cuesta impedir que zarandee la cabeza y se retuerza hasta mover la silla, cuyas patas rechinan levemente contra el parqué. El grandullón acude en su ayuda y le coloca las manos contra las sienes con el gesto disgustado de quien está ya harto de ese tipo de obligación rutinaria.
—Cierra el pico —ordena—. Y contéstale a Albert si no quieres quedarte tuerto.
Habla sin levantar la voz, como el que da un consejo con impaciencia. Sus manos forman una especie de casco en torno a la cabeza ensangrentada, con los gruesos dedos a modo de visera.
El tal Albert aparta el pitillo y le da una calada. Olor a piel y carne quemadas. El humo, espeso e indolente, flota por debajo de la lámpara del billar. Les hace un gesto a los otros dos y vuelve a acercarse. Sostiene la brasa de tabaco al lado de la comisura del ojo.
—¿Sabes qué? De haber estado aquí Penot, ya te habría hecho la manicura; siempre les hacía lo mismo a los maricones con los que se topaba ¡y no podían pintarse las uñas durante un tiempecito! Y el rabo ya te lo habría enchufado a la corriente. Total, que por un lado es mejor que esté muerto. Claro que nosotros tampoco somos mancos. Nos dedicamos a otras cosillas. Podemos hacerte un tratamiento a navaja, como a un lechón.
El hombre de la silla sacude la cabeza. Gime que no ha hecho nada, que no ha sido él. Que no sabe nada. Le caen las lágrimas por las mejillas sin parar.
—Deja de lloriquear, que nos das pena. Dime dónde puedo encontrar al Cangrejo o te apago el pitillo en el ojo y te lo achicharro, pedazo de mamón. Si hace falta, te utilizo de cenicero toda la noche.
Los otros dos vuelven a inmovilizarlo como antes. Se muestran tranquilos, metódicos. Escrupulosos. No delatan ni rastro de impaciencia, de cólera. Puede que en sus rostros relucientes sí se manifieste cierto hastío. El hombre intenta forcejear, pero no sirve de nada, teniendo en cuenta la camisa de fuerza de brazos y manos que lo inmoviliza. Dos o tres pestañas crepitan ya y de inmediato huele a pelo quemado. El alarido que lanza el individuo los sobresalta a los tres. Albert da un paso atrás, sosteniendo el pitillo entre el pulgar y el índice. El hombre gime, jadea y se ahoga, tiene la garganta llena de flema y ya no se retuerce, concentrado como está en respirar; luego, proyectando el torso hacia delante con tanta violencia que casi vuelca la silla, vocifera:
—¡Está en la rue du Pont-de-la-Mousque! ¡Ha cogido una habitación para esta noche en el hotel de Rolande con una puta que tiene! Mañana se va a España a pasar el invierno. Hace una semana que no duerme en su casa, dice que es peligroso porque los otros lo buscan por lo de Penot.
Se queda sin aliento, abatido, con la cabeza caída. El pecho se agita con una respiración entrecortada, los pulmones silban como cámaras de aire aplastadas.
—Tenemos algo de tiempo —dice Albert.
Hace un gesto al grandullón, que saca del bolsillo de los pantalones una navaja, cuya hoja despliega, y se queda allí plantado contemplando el brillo del acero. El hombre de la silla retuerce la boca y llora en silencio. Luego, con voz quejumbrosa, consigue decir que no pueden hacerle eso, que les ha dicho lo que querían saber.
El grandullón se limpia una uña con la punta de la navaja. Se ríe con ganas.
—¿El qué? —pregunta, con fingido asombro—. ¿Tú te crees que vamos a descuartizarte aquí? ¿Cómo se te ocurre? ¿Y ponerlo todo perdido? ¿Dejar el parqué hecho una porquería con tu sangre asquerosa? ¿Luego vas a limpiarlo tú o qué? Anda que no berrearía la vieja si le enguarráramos la sala de billar.
—Venga, vámonos ya. Francis, ve a por el coche —ordena Albert, lanzándole las llaves.
Francis se limpia con un gran pañuelo la sangre que tiene en las manos y los antebrazos, luego se pone la americana y después un abrigo que había dejado encima de una mesa.
La calle, que pasa por alguna parte de la zona de detrás de la estación, cubierta de adoquines desnivelados, queda cortada aquí y allá por los raíles por los que de vez en cuando pasan entre gemidos locomotoras diésel que tiran de vagones de mercancías. No hay un alma. A lo lejos se oye un rechinar metálico, el ladrido de un perro. De un empujón, meten a su prisionero en el asiento de atrás. Está llorando.
Albert va al volante, Francis a su lado. Detrás, el grandullón y el hombre al que han torturado. Nadie dice nada. Alguien ha llamado Jeff al grandullón hace un momento, mientras el coche arrancaba. Al hombre de la silla le han hablado sin llamarlo por su nombre en ningún momento. Lo llevan todavía con las manos atadas. No le han dado la oportunidad de vestirse, de modo que, al ir solo en ropa interior sobre el escay del asiento del coche, tirita de frío, sorbe por la nariz y le castañean los dientes. ¿Cómo se llama? Es probable que lo digan dentro de unos días en la sección de sucesos, o quizá incluso en la portada de Sud Ouest, cuando encuentren el cadáver y lo identifiquen.
En cambio, sí es conveniente saber por qué Albert ha insistido en ponerse al volante: el coche, un Peugeot 403 prácticamente nuevo, pertenece al Departamento de la Policía Judicial, del que es comisario.
El comisario Albert Darlac.
Disminuyen la velocidad al llegar a un bulevar oscuro que se pierde por el norte de la ciudad, en un barrio lleno de fábricas y de obreros, arrinconado entre una zona pantanosa de caminos inundados y el río fangoso que se lleva el cieno hacia el norte. Miseria encharcada. Toman un camino de cemento que lleva a la base submarina abandonada por los alemanes al lado de las dársenas. Se adivina su masa gigantesca, que absorbe la noche y la condensa en tinieblas impenetrables. Se detienen en un tramo lleno de baches, pegado a un terreno baldío invadido por los cardos y las zarzas. Francis y el grandullón abren las puertas traseras del vehículo y hacen bajar al hombre, que cae de rodillas en un charco. Francis lo levanta como si fuera un muñeco de trapo para ponerlo de pie y corta la cuerda que le ata las manos. Lo empuja delante del coche, en el haz de luz de los faros.
—Eres libre. Lárgate.
El hombre tiembla y gime. No se mueve. Los mira sin entender, tratando de leer su expresión, pero probablemente no ve otra cosa que la noche. Se abraza en la oscuridad gélida y luego echa a andar con cautela, ya que va descalzo por un sendero desdibujado que apenas se distingue entre los matorrales.
Jeff saca de un bolsillo interior del chaquetón una Luger que amartilla sin hacer ruido, luego avanza y apunta al hombre, que un poco más allá jadea y solloza porque se hace daño en los pies con los pinchos y todas las porquerías que cubren el miserable páramo. Cuando resuena el disparo, Darlac y Francis hunden la cabeza entre los hombros, puesto que el estruendo reverbera contra los muros de cemento del fortín monstruoso, que lo amplifican y parecen propagar la detonación por toda la ciudad.
El hombre sale impulsado hacia delante por el impacto y da un traspié, clava una rodilla en el suelo y grita de dolor antes de levantarse para tratar de correr. Logra recorrer dos o tres metros entre chillidos y su silueta está a punto de fundirse con la oscuridad, más allá del haz de los faros, cuando el grandullón vuelve a apretar el gatillo y ven que una forma clara se desploma y luego la vegetación seca se agita y se hunde por donde él se arrastra, tal vez, o forcejea con lo que está acabando con su vida. Oyen sus estertores, sus quejidos ahogados, el crujido de las hojas y de las ramitas muertas.
Jeff se acerca con el brazo caído y la pistola pegada a la pierna. Su corpachón se balancea.
—¿Qué coño haces? —pregunta Darlac.
—Nada —contesta el otro sin darse la vuelta.
Dispara tres veces más y se queda mirando lo que hay a sus pies y los otros dos no alcanzan a ver.
Albert Darlac arranca el coche y mete la marcha atrás. Francis monta justo en el momento en que empieza a desembragar. Miran a Jeff, que corre hacia ellos iluminado por los faros. Es corpulento pero muy rápido, muy ágil, y abre la puerta al vuelo gritando:
—Joder, Albert, ¿se puede saber a qué juegas?
Darlac no contesta nada. Maniobra, regresa a la calzada adoquinada del bulevar. A su espalda, el grandullón resopla, tose, masculla:
—Había que cargárselo, ¿no? ¿O qué?
—Siempre estás igual, ¿eh? ¿Te la pone dura? ¡Tú estás chalado, joder! Te gusta la carne, ¿verdad?
Darlac, vuelto a medias hacia el asiento de atrás, le grita mientras el vehículo circula sobre los adoquines con un traqueteo que hace temblar toda la carrocería. Aferra el volante con las manos enguantadas y lo zarandea como si pretendiera arrancarlo. Francis se ha acurrucado imperceptiblemente en el asiento y mira por la ventanilla la noche mal iluminada por las calles desiertas. Un silencio repentino domina el habitáculo. Solo se oye respirar por la nariz a Jeff, como un niño enfurruñado, tratando de contener la rabia.
—No deberías hablarme así —dice al cabo de un momento con voz débil mientras pasan junto al muro del cementerio de la Chartreuse.
—¿Cómo que no debería? Te hablo como me da la gana. Y tú me obedeces. La cosa no tiene vuelta de hoja. Había que cargarse a ese capullo y ya está. ¡Una bala, un trabajito limpio, lo dejamos ahí que se pudra y punto! ¡Así que tranquilo! ¡O te devuelvo al sitio del que te saqué!
El otro no abre la boca. Inclina la cabeza, se toca las manos.
—Eres muy duro —interviene Francis—. Joder, eso no se dice.
—¿Que soy muy duro? Esto lo hacemos para que el mamón de Destang no declare la guerra y prenda fuego a la ciudad, y este va y se ensaña. ¡Eso no se puede hacer, lo sabes perfectamente! Ya no respeta las reglas.
Francis se ríe burlón, apoyado contra la puerta.
—Ah, ¿ahora resulta que hay reglas? Primera noticia. La única regla que yo conozco es la ley del más fuerte, joder, y en este momento somos nosotros.
—Cierto. Pero las cosas no se hacen de cualquier manera. Lo que hemos dejado ahí es un trabajo de dementes, de perturbados. No ha sido un trabajo de hombres. Si vamos por ahí haciendo esas gilipolleces, no nos respetará ni Dios.
Francis asiente. Jeff sorbe. Todos se callan. Al acercarse a la place Gambetta, ven a la gente que sale en pequeños grupos del cine Rio y después a los que aprietan el paso por la plaza debido al frío. Aquí, la ciudad tiene algo más de luz y de vida. Las terrazas de los cafés, los neones de los cines. Bajan hacia el muelle por el cours de l’Intendance, todavía lleno de coches y peatones. Tienen que detenerse en un semáforo en rojo en el cruce con la rue de Grassi. Pasan unas mujeres riendo. Francis baja la ventanilla y las piropea. Ellas se vuelven y se dan codazos entre risillas.
—Yo me tiraba a una encantado, así, rapidito, le daba bien por el culo.
El coche arranca y Francis sube la ventanilla revolviéndose incómodo en el asiento. Se ven obligados a dar un rodeo por la Bolsa y luego suben por la rue Saint-Rémi. En la esquina de la rue du Pont-de-la-Mousque, Darlac aparca en la acera y bajan. Cierran de un portazo casi a la vez. Corren hacia el hotel, indicado por un cartel azul iluminado por una bombilla de escasa potencia. En el pequeño vestíbulo, Rolande, la patrona, se despierta al oírlos entrar, con los ojos hundidos en las mejillas y relucientes en sus bolsas arrugadas, y soltando un suspiro les pregunta qué quieren.
—Policía —dice Darlac, enseñando el carné.
La mujer se pone unas gafas en la punta de la nariz y compara la foto con la cara del comisario.
—¿Y esos?
La voz cascada. Tabaco, alcohol, una vida de mierda.
Un gesto de cabeza del jefe. Exhiben los dos a una el carné tricolor.
Darlac se fija en un teléfono situado detrás de ella.
—Ni tocarlo o te lo hago tragar enterito. ¿Está claro?
La mujer se encoge de hombros.
—No sigas, Darlac, me das mucho miedo. ¿Qué queréis?
—Al Cangrejo.
—No sé de qué me hablas. No me gusta el marisco.
Del bofetón se cae de la silla y va a chocar contra una mesita situada detrás, encima de la cual había un cenicero lleno de colillas y dos guías telefónicas que se estampan contra el suelo con gran estruendo. Darlac se ha inclinado sobre el mostrador, apoyándose en los brazos cruzados.
—El Cangrejo —repite—. No nos obligues a ser malos.
La mujer se incorpora un poco, se sienta apoyándose contra la pared y tira de los bajos del vestido para taparse los muslos. Mira a los tres hombres mientras se limpia el labio partido con el dorso de la mano. Le cae la sangre por la barbilla.
—En la 8. Segundo piso.
Se levanta, pero sigue apoyada contra la pared, lejos de ellos. Darlac señala el teléfono con un movimiento del mentón y Jeff se mete detrás del mostrador, arranca el cable y lo enrosca en torno al cuello de la mujer.
—Mira, por esta vez no aprieto mucho. ¡Así estás guapísima, pareces una salchicha bien embutida!
Francis se ríe.
La mujer no se mueve, se ha quedado petrificada con la boca abierta y llena de sangre y la respiración entrecortada. Le caen por las mejillas unas lágrimas ennegrecidas por la máscara de pestañas.
—¡Mírate en un espejo! ¡Con todas las que has debido de comerte, seguro que puedes hacer una buena comparación!
Darlac sonríe al ver a la mujer humillada con su corbata de cable negro, que le cuelga pesadamente sobre el pecho; luego, chasquea la lengua con una mueca de desdén y se dirige hacia la escalera, seguido de los otros dos. Suben por los peldaños de piedra casi sin hacer ruido. Las suelas de los zapatos rechinan, se oye a Jeff resoplar un poco. Al llegar al segundo piso, avanzan poco a poco por el pasillo en penumbra, pero el suelo de madera los traiciona a cada paso. La única luz que tienen es la del hueco de la escalera, prácticamente no se ven. Darlac hace un gesto para que se queden quietos y saca una pistola de debajo de la axila. Se quedan así delante de la puerta de la habitación 8 unos dos minutos, engullidos por la oscuridad. Apenas se les refleja un rastro de luz en la piel de la cara y parecen criaturas inmateriales moldeadas por la noche. Tan solo se oye el chirrido rítmico de un somier al fondo del pasillo. Al señalar en esa dirección, Francis hace crujir una lama del suelo.
—Ahí hay alguien que…
—¡Cierra el pico!
Susurran con las cabezas pegadas. Entonces Darlac le pone la mano en el brazo a Jeff. La puerta y los tabiques vibran por el impacto del hombro del grandullón, la cerradura salta por los aires cuando la revienta con la suela del zapato como si fuera a trepar por la pared. Darlac irrumpe en la espesa penumbra y al instante aparece a su izquierda un cuerpo que se abalanza sobre él entre gruñidos y lo estampa contra la pared mientras una mujer se pone a chillar. Cuando se enciende la luz, Darlac está sentado en el suelo, acorralado en el rincón formado por un armario y la pared, y un hombre alto y larguirucho le da puñetazos indiscriminadamente, demasiado cerca para coger impulso, demasiado deprisa para afinar. Darlac le clava el cañón debajo del mentón y el otro aparta las manos, se pone de pie, da un paso atrás, enjuto como la muerte, un esqueleto en pijama, el pelo canoso alborotado. Jeff le pega un guantazo con el dorso de la mano que lo manda volando contra el lavabo. El larguirucho se lleva por delante una silla y se estrella contra la cañería como un gran títere de madera a punto de partirse en pedazos.
En la cama, la mujer ha dejado de gritar porque Francis le ha puesto una almohada en la cara. Está desnuda, se dobla, se retuerce y patalea abierta de piernas, sin ningún pudor, y Jeff se regala la vista de tapadillo. Durante unos segundos, el silencio es absoluto. Los ocupantes de todo el burdel contienen la respiración para oír qué sucede a continuación. Francis suelta la almohada y la chica se incorpora, tira de la sábana y se tapa hasta media cara. Es muy jovencita, va sin maquillar, bastante guapa.
Francis levanta una mano enorme con varios anillos y en voz baja le aconseja que mantenga la boca cerrada.
Darlac se agacha delante del lavabo, tira del cuello del pijama del Cangrejo y lo arrastra hasta el centro de la habitación como si fuera un haz de leña seca para dejarlo a un lado de cama en una alfombrilla desteñida, gris por el polvo incrustado, que podrían haber pisado perfectamente unas botas alemanas hace quince años entre una patrulla del puerto y otra. La chaqueta destrozada, con los botones arrancados, deja ver los hombros, los omoplatos, las clavículas, deja ver las vértebras, las costillas de ese hombre, deja ver la delgadez de la caja torácica, cubierta por una piel que no es más que una tela pálida tensada hasta casi desgarrarse. Darlac ya vio cosas así después de la guerra, en camillas dispuestas en la estación Saint-Jean: todos los que no se habían recuperado a pesar de los cuidados recibidos, a los que mandaban a su casa, destrozados por la disentería y el desánimo, a la espera de que decidieran volver a vivir.
Entonces contempló con curiosidad aquellos cuerpos casi inexistentes, aquellos ojos inmensos que daban vueltas en sus órbitas como si estuvieran en el fondo de una tumba abierta; había en ellos algo que no entendía, que tal vez no entendería nunca, porque lo habían movilizado para proceder a la comprobación de su identidad, del mismo modo que tres años antes había determinado y luego comprobado con diligencia las mismas identidades en las redadas y había sacado de su casa a empellones a familias en buen estado de salud, se había cruzado con miradas atemorizadas pero vivas y encendidas por todo tipo de emociones y había abofeteado mejillas rollizas y empujado hombros fuertes, para luego ordenar la partida de autobuses o camiones y volver a subir a las viviendas vacías con el objetivo de registrarlas y empezar el inventario y el saqueo.
Darlac recuerda todo eso mientras clava el arma en la sien hundida de Bertrand Maurac, apodado Cangrejo o el Cangrejo por todos los cabrones del hampa y de la policía después de que tres cánceres en quince años no hayan podido acabar con él, puesto que las tres veces ha tenido una remisión espontánea, si bien no han dejado de él más que ese saco de huesos casi vacío en el que la muerte tal vez no sabe ya ni qué ir a segar. El comisario se levanta y le pide a Jeff que lo vigile. El otro se planta delante del Cangrejo con los brazos caídos. Una ballena que contempla un pecio a la deriva reducido a su mero armazón.
Darlac guarda la pistola en la funda y se acerca a la cama. Aparta de un tirón la sábana que ocultaba a la chica y la contempla desnuda en mitad de ese caos de arrugas. Ella tiene el reflejo de hacerse un ovillo y luego parece relajarse y estira las piernas y se coloca de lado, apoyada sobre un codo y con una rodilla levantada, como si posara para un pintor, con gesto arrogante.
—¿Cuántos años tienes tú para andar puteando con esa piltrafa de ahí?
—Veintidós. Y no puteo. Somos amigos.
Darlac se vuelve hacia el Cangrejo.
—Anda, ¿tú tienes amigos? ¿Conoces a alguien a quien no hayas jodido vivo o que no te haya jodido vivo a ti y no te quiera muerto y no tenga ganas de poner a secar tu pellejo antes de que el cáncer le gane la partida? ¡Coño, pues preséntamelo, que me lo cargo en el acto!
—Ya verás tú, cabrón, quiénes son mis amigos y cuántos tengo. Cuando te pongan la mano encima te acojonarás tanto que les ofrecerás a la puta de tu madre para que la hagan chillar en tu lugar.
Voz ronca. Laringe operada. Garganta vaciada entre dos tendones azulados.
Jeff vuelve hacia Darlac su imponente figura cuadrada. Le brilla la frente. Aprieta los puños. El comisario observa al Cangrejo, que levanta hacia él la cabeza cadavérica envuelta en piel, con los labios relucientes de baba, y luego suspira, parpadea y murmura «Déjalo» antes de concentrarse de nuevo en la desvergonzada que yace desnuda en la cama.
—¿Veintidós años, has dicho? ¿Tienes papeles? ¿Cómo te llamas?
—Arlette. Tengo dieciséis.
—¿Tus padres dónde están?
—Ni idea, me trae sin cuidado.
—Pues vas directa a la prostitución y el vagabundeo. Vístete y andando. Tienes tres minutos para taparte el culo.
Se vuelve hacia el Cangrejo, que sigue sentado en el suelo.
—Tú también te vienes con nosotros. Vístete. No te encantes.
El hombre se levanta y ven cómo se le mueve el esqueleto por debajo de la piel, sobresale y gira, da la impresión de que tiene que dolerle. Dobla la espalda de dragón para recoger su ropa, se la pone sobre la carcasa y poco a poco el espanto de su cuerpo queda oculto bajo las capas de tejido.
—Mis padres viven en Saint-Michel, en el número 34 de la rue Saumenude —dice la chica, que se ha puesto un impermeable azul marino encima de un vestido negro—. Somos cinco chicas y para mí ya no hay sitio. Además, mi padre ya no me quiere en la cama porque dice que soy demasiado vieja.
—Tu padre es un capullo —asegura el grandullón—. No sabe lo que se pierde.
Francis se encoge de hombros y luego mira el reloj. Lo hace constantemente. Mirar el reloj. Como un jefe de estación.
—Hay que salir pitando, Albert.
Darlac piensa con los ojos clavados en la jovencita.
—Tú coge el coche del Cangrejo y llévate a la chica a casa de los Couchot. Dile a Émile que la tenga a buen recaudo y la deje a su aire. Que no la ponga a trabajar ni nada de eso. Que no salga, que no hable con nadie. Ya iré yo a verlos para decidir lo que se hace. Ahora, con Jeff, me llevo a este saco de huesos para hablar de nuestras cosas.
En la escalera, por la que bajan a toda prisa empujando a sus prisioneros, se cruzan con una pareja que se aparta y se pega a la pared de piedra. Un cuatro ojos con gorra y una puta pelirroja con abrigo de piel que baja los ojos y esconde la cara al ver acercarse a Darlac y luego lo mira alejarse de espaldas. En cuanto oye que han llegado al vestíbulo, hace avanzar a su cliente de un empujón, como si de repente tuviera una urgencia.
Pasan, sin mirarla, por delante de la patrona, que sostiene un pañuelo delante de la boca y finge a su vez que no los ha visto. En la esquina de la rue Saint-Rémi los azota un viento gélido procedente del río y todos hunden la cabeza en el cuello levantado del abrigo. La chica parece diminuta entre esos hombres sombríos y durante unos segundos no dicen nada, no se mueven, como si el aire frío los hubiera convertido en estatuas de hielo o la noche les diera miedo.
Darlac evalúa la situación. Mira a lo lejos en dirección al muelle, de cara al viento del este, sin pestañear. Nadie se mueve. Sus dos secuaces lo miran a la espera de órdenes, como soldados de un comando.
—¿Dónde tienes el coche?
El Cangrejo contesta apretando los dientes y tiritando dentro del chaquetón marinero.
—En la place du Parlement. Un Chambord gris.
Sin que tengan que explicarle nada, rebusca en el bolsillo, saca las llaves y se las tiende a Francis. Se separan en silencio. El viento les silba en los oídos y cuando Darlac y Jeff se dejan caer en los asientos del 403 suspiran aliviados, mientras que el Cangrejo se acurruca contra la puerta, cruza los brazos y cierra los ojos. Darlac se ha sentado al volante.
—¿Adónde vamos? —pregunta el Cangrejo.
—A España. ¿No era adonde querías ir?
—¿Quién os ha dicho eso?
—El que nos ha dicho dónde te habías metido. Lulu de Kléber. ¿Lo conoces? Lucien Potier.
—Ah. El maricón. Ya me parecía a mí…
—No volverá a irse de la lengua —comenta Jeff.
El Cangrejo se recoloca en el asiento.
—¿Lo habéis…?
Darlac lanza una mirada asesina a Jeff para que se calle. Silencio. Recorren el muelle, pasan por el puente de piedra. La ciudad está oscura y vacía, jalonada de bombillas poco potentes colgadas de cables que van de un lado a otro de las calles.
—¿Por qué habéis hecho una cosa así?
—Para que te enteres de que vamos en serio. No nos ha hecho ninguna gracia que rajaras a Penot. Y hemos quitado de en medio al cerdo ese de Lulu, así no tienes que encargarte tú.
—A Penot tendría que habérmelo cargado en el 46, cuando lo conocí, pero en aquella época teníamos un trato con Destang. Era importante retomar los negocios con una base sólida. En fin, que no soy el que andáis buscando. Yo a ese hijo de puta no le he hecho nada, y eso que ahora iría encantado a mearme en su cadáver. Y tampoco le he pedido a nadie que lo quitara de en medio, porque yo en eso ya no pinto nada. A ver si te entra en esa cabezota de policía.
Se calla, le falta el aliento. Tose. Se seca la frente, cubierta de sudor.
Darlac se vuelve hacia él con el codo apoyado en el respaldo del asiento.
—¿Qué te pasa? Te ha vuelto a salir, ¿eh? ¿Ha vuelto otra vez para acabar contigo?
—¿Y a ti qué coño te importa?
El comisario se encoge de hombros.
—Nada. Si te vas a España para estirar la pata, te pago el billete de tren en primera.
—Mejor me compras un billete de ida y vuelta. Pienso diñarla aquí, porque soy de aquí y aquí es donde murieron mis viejos.
Vuelven a arrancar y siguen calle arriba para luego dar la vuelta en el Grand Théâtre y volver a coger la calle del muelle hacia el sur.
—¿Adónde me lleváis?
—Vamos a dejarte en la estación. ¿No querías largarte a España?
El Cangrejo limpia la condensación de la ventanilla y mira la ciudad como si no la reconociera.
—¿No tendrás un pitillo? Yo me los he dejado en la habitación.
Jeff hace ademán de sacar el tabaco del bolsillo del abrigo, pero Darlac lo fulmina con una mirada de reojo, de modo que el otro no se mueve. Ninguno de los dos dice nada.
El Cangrejo se estremece. Se sube el cuello, se hunde en el asiento.
—¿Por qué no me matáis?
—Ya te gustaría, ¿eh? Seguramente a estas alturas no tienes ni fuerzas para cagar. No. No vuelvas a poner un pie en Burdeos. Vete a hacer de chulo en Valencia, a pasar hachís en Algeciras o a diñarla en Toledo, a mí me la trae floja mientras te subas al primer tren. No quiero volver a verte el pelo ni a oír hablar de ti. Seguro que pasta no te faltará, te llegarán tus buenos giros postales, y ya habrás mandado unos ahorrillos para allá. Mañana por la mañana, el juez te pondrá una orden de detención. Por aquí no podrás volver, so cabrón. Proxeneta y ahora cómplice de asesinato. Y de las drogas ya no digo nada. Si reapareces, nos tendrás a Destang y a mí pisándote los talones y, si él te pesca antes que yo, te garantizo que acabarás en el fondo del río, cortado en pedacitos para que se te merienden las gambas. En fin, en cuanto llegues me llamas, me dices dónde estás y me mantienes informado de todo lo que pase entre Francia y España. Putas, droga, lo que sea. Si no sé nada de ti, nos vamos a ver a tu hija a ese internado de Niza tan estupendo. Sé de gente que le daría trabajo. Una buena educación sale cara, pero también tiene recompensas.
El Cangrejo masculla toda una serie de improperios mientras se da de cabezazos contra el cristal.
—¿Por qué no me matáis?
Darlac enciende un pitillo. Saca el humo por la boca, por la nariz, con un suspiro de fatiga, justo en el momento en que se detiene al lado de la acera.
—Te lo acabo de decir. Además, si ya estás muerto. Venga, ahueca el ala.
Están enfrente de la estación Saint-Jean, delante de un café que proyecta sobre el coche una luz excesiva, entrecortada por las sombras rápidas de los transeúntes. El Cangrejo lo mira todo asombrado, boquiabierto. Abre despacio la puerta y baja del vehículo, pero se queda quieto unos segundos, con la mano todavía en la manija, contemplando a su alrededor el ajetreo nocturno. Luego cierra la puerta sin dar un golpe y ven su silueta frágil alejarse por la acera, poco a poco, paso a paso, como si fuera a derrumbarse en cualquier momento.
2
Se detiene de repente ante la verja del puerto, con la bicicleta entre las piernas, y se queda allí inmóvil, atónito. Solo se le ven los ojos, porque lleva un pasamontañas, una chaqueta forrada de piel con el cuello levantado y unas manoplas con las que aferra el manillar. Contempla el tráfico atronador de coches y camiones, aturdido por el estrépito, y aprieta los dientes ante el quejido de los ejes y las planchas que se tambalean sobre los grandes adoquines al tomar el cours de la Martinique. Siente en las piernas el rugido sordo de un tren que avanza lentamente por delante de las naves, interminable, acompañado a pie por un individuo que balancea un farol con el brazo extendido. La ciudad le vibra y le tiembla dentro de la carne.
Lo mira todo como si el paisaje hubiera surgido de la oscuridad y a él lo hubieran proyectado de golpe y porrazo en un decorado cinematográfico levantado en cuestión de un instante. Sus ojos reflejan un gran estupor. Su silueta congelada se tiñe de negro en una noche que ya se desvanece ante el vasto destello de oro pálido que se levanta por el Garona, por encima del manto de bruma que cubre el agua. Las farolas de un verde grisáceo, suspendidas de cables, proyectan todavía sobre todo ese ajetreo de la madrugada su luz inútil, que un leve viento del norte balancea con desgana. El joven hunde la cabeza entre los hombros.
Se llama Daniel y tiene veinte años.
Con frecuencia, como en este momento, se pregunta qué está haciendo en el lugar donde está. Le sucede en cualquier parte. En la sala de baile, en el autobús, en el cine. Entre el ruido y la cháchara. A pesar de las risas y los amigos. En esos casos, deja lo que tiene entre manos y mira a su alrededor sin ver y escucha sin comprender a los seres humanos que lo rodean. Su ajetreo, sus pisadas entusiastas, sus locas trayectorias de insectos acorralados entre el cristal y la cortina. En esos momentos se siente horriblemente ligero, transparente, casi inexistente, disuelto en el aire y atravesado por los seres y los objetos, hasta el punto de que tiene la impresión de ser un fantasma, una aparición que ya no sabe de dónde vuelve pero siente terror por haberse ido.
O, si no, se queda congelado y contempla el cielo al amanecer, claro y desteñido, pulido por un viento frío. Esa pureza vacía, atravesada a veces por un pájaro apremiado, le oprime el corazón y renueva a diario el prodigio de la luz que levanta la capa de la noche. En esos instantes de contemplación feliz, el tiempo se contrae de improviso y se vuelve denso y doloroso como una bala de plomo.
Luego eso pasa, por descontado. Porque a su alrededor está la vida, bien fuerte y ruidosa.
Por encima de las naves, se ven los brazos de las grúas inclinados sobre los barcos. Parecen brujas de hierro que hurgan en el vientre de esos monstruos desmañados que el río ha arrojado contra el muelle. La marea está alta, por lo que Daniel distingue la cima de un castillo, los reflejos de la pasarela, el palo erizado de antenas y la chimenea negra y azul con la insignia de la compañía Delmas-Vieljeux. Algunos días, de tanto como los levanta la marea, da la sensación de que podrían entrar todos a la deriva en la ciudad, cortar la piedra con su proa enorme y abrir canales donde antes había calles en penumbra.
Sin embargo, el frío está a punto de metérsele en lo más profundo de la piel y de repente le parece tener el estómago lleno de nieve, así que Daniel se agita, se da palmadas en los brazos, se sacude las ideas sombrías y la escarcha que se le ha formado en los hombros y luego empieza a pedalear de nuevo por los crueles adoquines, conmocionado hasta las entrañas, con los brazos rígidos sobre el manillar, y avanza a trompicones entre los raíles, los bultos y los socavones. La bicicleta traquetea con un tintineo y hasta el timbre, atascado desde hace meses, se decide de vez en cuando a sonar entre la algarabía ensordecedora del tráfico. A cada rato, se recoloca en el hombro la bolsita que lleva en bandolera, en la que ha metido la fiambrera envuelta en el mono limpio. Pasa de largo del puerto sin ver nada más de aquel desfile interminable de naves alineadas tras kilómetros de rejas; acelera con la nariz pegada al manillar y los ojos llenos de lágrimas debido al frío y sigue así hasta la estación.
Las aceras están llenas de gente cargada de bultos, gente que levanta maletas pesadas que van chocando contra las piernas, que anda ladeada, con las rodillas dobladas y los brazos agarrotados para no arrastrar por el suelo las grandes bolsas que cargan. O, si no, llevan pegada al cuerpo a una criatura embozada y convertida en un paquete oscuro y pesado que hay que ir levantando a cada tanto de un golpe de hombro o de cadera para que no se resbale. Cruzan la calle y se dirigen a toda prisa al vestíbulo de las salidas, tal vez refunfuñando porque alguien se queda rezagado o anda demasiado deprisa. Forman un pueblo de siluetas cojas que renquean o se tambalean, de sombras quizá vacilantes que uno espera ver engullidas por las grandes fauces de sus maletas, abiertas de repente al saltar las cerraduras. Una corte de los milagros surgida de la pálida madrugada azulada que se arrastra para ir al asalto de una catedral profana. Se diría que algunos van a tomar el último tren existente, de tan lamentable como es su avance vacilante.
Sin embargo, a contracorriente se ve a individuos solitarios, con las manos libres o hundidas en los bolsillos, que salen por las grandes puertas acristaladas y se detienen en la luz tenue de la mañana para encender un pitillo, tras lo cual siguen andando despacio, ajenos al gentío que se marcha, ligeros y erguidos entre el ajetreo de espaldas rotas, de espectros domados.
Daniel se los imagina desesperados por haber dejado atrás para siempre a una persona amada, vagando todo el día por una ciudad que no reconocen. O quizá caminando hacia una venganza que los obsesiona y los tortura como un dolor incurable. Todas las mañanas, montado en su bicicleta, se le pasa por la cabeza el preludio de un melodrama cinematográfico cuya trama nunca se molesta en desarrollar.
Luego ve pasar a unos soldados con abrigo caqui y gorra. Habrá unos veinte, en fila de a dos, con la espalda curvada por el peso de la maleta. Por delante van dos gendarmes con el mosquete al hombro. Daniel se detiene para dejarlos pasar. Van a coger el tren de Marsella. Por la noche se embarcarán hacia Argelia. Una punzada en el corazón. Ya se ha ido algún que otro amigo. Allí abajo la cosa está que arde. Muere mucha gente. Dicen. Cuentan. Parece ser. Las palabras bailan. Patrullas, emboscadas, represalias, matanzas, mutilaciones. Todo el mundo conoce a un muerto, conoce a alguien que llora a un hijo o a un hermano y maldice a los ministros y empieza a odiar a ese pueblo de degolladores que asesina a los hermosos jovencitos que ponemos al alcance de sus cuchillos.
Daniel sabe que tiene que irse el mes que viene. No tardará en recibir el pasaporte. No sabe qué lo espera. Y tampoco qué esperar.
Vuelve a arrancar, haciendo mucha fuerza en los pedales para avanzar por los adoquines desnivelados. Pasa por delante de bares ya llenos de gente, fantasea por un instante con lo maravilloso que sería, por una vez, parar para tomarse un café con leche y un cruasán en la barra… o soñar despierto en un banco corrido, bien calentito, delante de un chocolate. ¡Menuda excentricidad! En la rue Furtado, ve el cartel de Neiman del taller y, debajo, a Norbert, el aprendiz, fumando un pitillo y pegando patadas contra el suelo. Se dan la mano. Daniel le pregunta qué tal está, pero el otro no contesta, baja la mirada, la sombra de la gorra le cubre la cara.
—¿Qué mosca te ha picado?
Norbert, vuelto hacia la puerta del taller, dice que no con la cabeza. Tira el pitillo, que crepita en la alcantarilla.
—Enséñamelo —insiste Daniel.
Tiene el ojo medio cerrado, morado, con la ceja hinchada, a punto de reventar. El pómulo también se ha llevado lo suyo.
—Joder, ¿qué te ha pasado?
Norbert se encoge de hombros y se pone a sollozar. Sin lágrimas, tan solo grandes sacudidas que le desgarran el pecho. Se ahoga de dolor y de rabia.
—¿Ha sido tu padre?
El muchacho asiente con la cabeza.
—Venga, no podemos quedarnos aquí plantados. Hace un frío que pela. Vamos a encender la estufa.
Daniel extrae del bolsillo de la chaqueta dos llaves de buen tamaño y abre una puertecita enmarcada en la grande. Mientras Norbert enciende la luz, él saca el cartel, lo coloca pegado al bordillo de la acera y luego se dirige al rincón de la zona de trabajo donde tienen un hornillo conectado a una bombona de gas, un fregadero y un armarito en el que guardan las fiambreras. Lava la cafetera italiana, la prepara y la pone en el fuego. Se frota las manos delante de la llama azul. Está tiritando, ahora que ha dejado de pedalear, así que no se quita todavía el pasamontañas. El frío, denso y pesado, se acumula bajo las altas vigas de acero de la cubierta del taller. Les iría bien encender la estufa de leña, pero el jefe es el único que se las apaña: se pasa diez minutos hurgando dentro, refunfuñando y diciendo que va a machacar ese trasto de mierda a martillazos para poner una estufa nueva cuando, de golpe y porrazo, el trasto se pone a rugir como una bestia bien enseñada.
Norbert se mete en la oficina de paredes de cristal donde se preparan las facturas y los pedidos. Allí hay una estufa de petróleo; la llena, la enciende, sorbe por la nariz y se la limpia con el dorso de la mano.
Se beben el café aspirando el olor a combustible, suspirando con placer y soplando los tazones. Norbert le ha echado tres terrones de azúcar y se traga el líquido a grandes sorbos, agarrando el recipiente con las manos abiertas para calentárselas. Luego se fuman un pitillo, echando el humo lejos y bien recostados en la silla, y repasan el trabajo del día. Probar las válvulas de un Peugeot 202, dar un repaso a los frenos de un Renault Juvaquatre, reparar la avería eléctrica de un Citroën Traction con la que el jefe se rompe los cuernos desde ayer. Y con eso se les irá la mañana.
Daniel se queda mirando al muchacho, la cara hinchada, el brillo negro que proyecta el ojo bueno, el aire jactancioso con el que se fuma el Gauloise como un artista de cine.
—Tendrías que ir al médico a que vea eso del ojo. O al hospital.
Norbert se encoge de hombros y luego agacha la cabeza.
—Qué va. Si no es nada. Además, ni que fuera la primera vez.
Habla con el mentón casi pegado a la cazadora y un hilo de voz. Pasan unos instantes en silencio. Doblan el cuello, se encorvan. El frío vuelve a apoderarse de ellos. De vez en cuando se oye un crujido metálico en el local. Un tren pita a lo lejos, por los talleres de la estación.
—¿Qué ha pasado con tu padre?
El muchacho se mira los pies y los hace girar despacio sobre los talones. Expulsa por la nariz humo y desdén.
—Es siempre lo mismo… Se puso a berrear en cuanto llegó porque le parecía que hacía frío, decía que mi madre no había metido suficiente carbón en la estufa. Había empinado el codo, así que, claro, estaba de mala uva, y encima tropezó con la cartera de mi hermana, que estaba tirada en el pasillo, y se puso hecho un basilisco, fue a buscar a la niña y la arrastró del pelo para que la recogiera, tratándola de puta: «Eres una putita como la puta de tu madre», decía. Entonces mi madre empezó a protestar, le dijo que cómo se atrevía a llamar puta a una cría, y menos a su propia hija, y él le preguntó si quería recibir, el tono fue subiendo y al final la cosa estalló. Yo me interpuse y, como él es mucho más fuerte y tiene las manos como palas, pues eso… Me hice el muerto para que parase y al final se cansó de arrearme puñetazos, no se aguantaba de pie de la curda que llevaba. Yo me protegía la cara, pero entonces empezó a darme unos patadones tremendos y al final me llevé la peor parte en la espalda. La tengo toda morada, tendrías que verla… Por suerte, todavía llevaba puesta la cazadora de cuero. En fin, al menos mi madre y mi hermana pudieron irse a casa de la vecina, la señora Jiménez, como siempre… Han pasado la noche tranquilas y además la señora Jiménez tiene baño…
Mueve de un lado a otro la cabeza, castigada por los golpes, da una calada al pitillo y expulsa el humo haciendo ruido.
—Un día de estos pienso clavarle un buen cuchillo en la barriga y dejarlo allí que se muera de asco agarrándose las tripas. Lo tengo muy claro, joder.
—Ya, y te vas directo a chirona. Por culpa de ese cabrón… No vale la pena mandar tu vida a tomar viento por eso. No sabes lo que te dices.
—Y tú no sabes de qué hablas. Mi vida… A ver, ¿qué sabes tú de mi vida? Tú no te pasas todas las noches preguntándote qué va a pasar, cómo va a acabar todo. Tú no sabes lo que es cagarse de miedo, no atreverse a hablar, no atreverse ni a mirar a los demás para que no se crea que nos conchabamos contra él. Algunos días me entran ganas de que no vuelva, de que lo haya atropellado un camión o de que se le hayan quedado atascadas las ruedas de la bicicleta en los raíles del tranvía justo delante de un autobús. O de que se haya caído al río de lo borracho que iba. Me imagino esas cosas y no sabes lo bien que me sienta, ni te lo imaginas. Joder, es que en mi casa no viviremos tranquilos hasta que esté muerto y enterrado. Hasta que estemos solos mi madre, mi hermana y yo. Tú no tienes ni idea. Porque un día nos matará: a mi madre, a mi hermana o a mí. Y, la verdad, preferiría quitarlo yo de en medio antes de que la cosa acabe así.
Daniel asiente con la cabeza para indicar que tiene razón. No, él no puede saberlo. Todo eso le recuerda una vez más que el mundo es un circo en el que han soltado a las bestias, la bodega atestada de un barcucho a merced de las tormentas, un tugurio lleno de brutos, de inocentes desconcertados y de mujeres perdidas a las órdenes de un patrón arrellanado detrás de la caja registradora con la mano encima de un fusil escondido debajo del mostrador. No sabe por qué y no comprende esa desgracia obstinada que no deja de ensañarse nunca, lo que hace que siempre se le forme en el pecho una cólera impotente o una melancolía soñadora que a veces lo aísla unos instantes en una jaula de cristal.
Silencio. La estufa ronronea con leves chirridos. Luego Daniel se levanta, se quita el pasamontañas, que ya se había enrollado en lo alto de la cabeza como un gorro, y empieza a desabotonarse la chaqueta.
—En fin, si empezamos a trabajar a lo mejor entramos en calor, ¿no? El viejo va a llegar hacia las once y si no hemos acabado el 202 montará una buena; creo que el dueño tenía que venir a recogerlo esta tarde.
Se ponen el mono a toda prisa, resoplan y dan patadas contra el suelo. Se dirigen a la zona de trabajo para encender las luces y enchufar las lámparas portátiles. Hablan alto, entre un estruendo ensordecedor de herramientas y de chapa, tal vez en un intento de espantar al monstruo polar que merodea por allí, se abraza a ellos y les suelta en la cara su aliento helado. Norbert enciende un motor de manivela y se abalanza hacia el interior del coche para pisar el acelerador. El motor tose, crepita, se cala. El muchacho desaparece debajo del capó refunfuñando maldiciones e inicia una lucha mientras gruñe por el esfuerzo.
—Joder —dice varias veces con la voz amortiguada por la rabia. Da la impresión, al verlo ahí con los brazos rígidos y los pies resbalando por el cemento, de que está estrangulando a alguien—. Me cago en la puta —murmura, apretando los dientes.
—¿Qué le pasa? —pregunta Daniel.
—Nada, el delco. Tú déjame.
Lo deja. Desde donde está, delante del banco de trabajo en el que ha dejado la culata a la que retira del acero los pedazos de pistón fundidos, Daniel solo ve los pies del chico, que de vez en cuando se levantan del suelo al mismo tiempo, como si se lo tragaran las enormes fauces del capó abierto para que luego lo digieran las entrañas del motor.
Hacia las diez, hacen una pausa, como todas las mañanas. Café. Norbert rebusca en la caja en la que los clientes dejan las propinas y sale corriendo a la panadería a buscar dos bollos rellenos de chocolate mientras Daniel lo prepara todo. Una gran mancha de sol pálido tiene a bien caer delante del taller, así que corre el portón, que se desliza pesadamente sobre su raíl, la luz se mete dentro y el joven se fuma un pitillo entrecerrando los ojos ante la inesperada tibieza.
Lo primero que ven del hombre es la sombra que proyecta. Se queda inmóvil, allí plantado en el sol invernal, en el centro de la luz gélida, con un casco de cuero en la cabeza, apoyado en el manillar de una gran motocicleta. Lleva la parte inferior de la cara envuelta en una gruesa bufanda de punto de aspecto tosco. Daniel suspira, apura el tazón y sale de la oficina sacudiendo la ceniza del pitillo. Se prepara para tranquilizar a un cliente inquieto que ha ido a ver si su coche va a estar listo esa misma tarde y pretende comportarse como si se lo hubieran prometido para ayer. Lo saluda y le pregunta qué desea.
El otro no contesta. Lo mira fijamente. Le brillan los ojos. Se ha bajado la bufanda y su boca exhala nubecillas de vapor apresuradas que delatan una respiración entrecortada. No se mueve ni un ápice, nada, y se diría que el frío está a punto de dominarlo y congelarlo en un bloque de hielo como a los mamuts de Siberia. Y entonces se pone a hablar de las bujías y del encendido, de su motocicleta, que se le ha averiado no muy lejos de allí, en el cours de la Marne. Tiene una voz ronca, sorda, quizá ahogada por la bufanda que aún le cubre un poco la boca.
—Si pudieras echarle un vistazo… —dice, aún sin moverse.
Daniel le explica que el jefe, que es el que entiende de motos, no va a llegar hasta las doce. Está solo con el aprendiz y tienen un montón de trabajo entre manos, y al decir esas palabras señala el caos de coches acumulados en el taller.
El hombre asiente, vacila, parece a punto de marcharse, luego le pregunta si puede dejar la motocicleta, por si les da tiempo de repasarla para mañana, o incluso para pasado mañana, él se las apañará, cogerá el autobús.
—¿Vive lejos?
—No mucho. Además, me gusta andar. No te preocupes.
La voz del hombre vibra, se apaga. Da la sensación de que se le corta la respiración. O de que va a llorar. Daniel lo mira con atención y lo ve pestañear y esbozar una sonrisa, y de repente cubre su rostro toda una red de pliegues, como uno de esos velos que se ponen las viejas en los entierros. Es imposible adivinar su edad. El cuerpo parece vigoroso, erguido, robusto incluso, pero la cara es la de un anciano, arrugada como un periódico viejo en el que solo se hubieran impreso malas noticias. Y da la impresión de los ojos (¿negros o azul oscuro?) las han leído todas y luego se han echado a llorar. De repente se pone a temblar, hasta el punto de que el manillar le tiembla entre las manos.
—Déjela aquí —se decide Daniel—. Pásese a última hora, si puede. Si solo es el encendido, la cosa tendría que ser rápida.
—Te lo agradezco mucho. Sí, me paso luego. ¿Hacia las seis te parece bien?
La misma voz exánime.
Daniel le enseña dónde aparcar la moto. Una Norton. Quizá recuperada después de la guerra. El hombre se quita el casco, lo deja colgado del manillar y le da las gracias de nuevo antes de echar a andar y ponerse una gorra que ha sacado del bolsillo. Sin saber por qué, Daniel sale a la acera para verlo alejarse en dirección al puente du Gui, que pasa por encima de las vías del tren. La esbelta silueta avanza con paso firme. Esos andares rápidos y resueltos sorprenden a Daniel, que esperaba más bien verlo adentrarse tambaleándose en esa luz afilada por el hielo. Un escalofrío lo obliga a moverse en el preciso instante en que el otro desaparece al doblar la esquina y de repente todo queda vacío, en silencio, lo cual le resulta insoportable.
3
Un día, morí. Íbamos por una carretera y nos dormíamos andando, y nos caíamos, y alguien nos levantaba y entonces las piernas empezaban a avanzar otra vez y ayudábamos a mantenerse en pie a otros que tropezaban porque se quedaban dormidos y a veces no se despertaban, de modo que los soldados los dejaban tirados en el barro o la nieve del arcén y nos obligaban a seguir adelante a base de culatazos en la espalda o en la nuca. A veces se ensañaban con alguno hasta que se desplomaba, lo cual les daba un buen motivo para matarlo, clavándolo en el suelo con la bota y metiéndole una bala en el cogote. Había entre nosotros muchos que se habían roto los dedos al intentar protegerse con las manos y luego no podían ni comerse las cuatro migas de pan que todavía hacían circular por la fila y que ablandábamos en el agua de los charcos o en la nieve. Creo que la mayoría de las veces era en la nieve. Los que tenían las manos rotas no podían ni siquiera deshacerse el nudo de la cuerda de los pantalones para cagar en los descansos, así que los ayudábamos, cuando podíamos, cuando el frío no había endurecido los nudos mojados; si no, se aliviaban tumbados, tapándose la cara con las manos hinchadas y negruzcas como si les diera vergüenza. Como si alguno de nosotros aún pudiera sentir esa emoción a aquellas alturas. O tal vez se tratara de una especie de reflejo, un recuerdo muy lejano y sepultado de lo que habíamos sido antes de quedar reducidos a aquellos cuerpos que solo se aguantaban derechos por el empecinamiento del esqueleto y para los cuales todo paso dado, todo latido del corazón arañado a la nada constituía una victoria vana.
No sé de qué podían avergonzarse. Los veía resoplar y sollozar entre las manos y no lo entendía. Habíamos visto a tantos compañeros muertos en las letrinas durante la noche, con el culo huesudo clavado, como aspirado por el agujero fétido, desmoronados sobre sí mismos y ya rígidos y secos y fríos, paralizados por el hielo en su último dolor… Habíamos visto a tantos. No nos atrevíamos a tocarlos, nos contentábamos con poder levantarnos y seguir andando después de haber vaciado el vientre para huir bien lejos de lo que nos aguardaba.
A los que tenían las manos rotas también los ayudábamos a comer y les cogíamos un bocadito del bocado que les tocaba, y no decían nada y nosotros tampoco. Hacía ya mucho que no nos decíamos gran cosa, porque nos cansábamos demasiado y con la boca seca y la lengua hinchada y las encías doloridas toda palabra pronunciada se convertía en un suplicio, como si hubiéramos bebido gasolina encendida.
O quizá hablábamos en voz baja. Nos susurrábamos ánimos al oído, azuzábamos a los que ya no podían levantarse para que anduvieran y vivieran, porque las dos cosas iban de la mano, porque andar equivalía a caer sobre el otro pie, la única forma que conocíamos de mantenernos derechos. Les prometíamos descansos inminentes que no llegaban nunca, anunciábamos la llegada a otro campo de un momento a otro, se lo susurrábamos todo a aquellas caras afiladas dándoles golpecitos delicados a unos huesos que tiritaban bajo la tela agujereada entre los gritos y las patadas de los de las SS.
¿Cuántos días?
Puede que varias vidas. Vidas interminables a punto de apagarse. Yo reviví la mía paso a paso. Mi mente moribunda, que apenas era capaz de movilizar lo que quedaba de mi ser para hacerlo andar, hacerlo respirar, porque me parecía posible olvidarme de respirar de tanto como me agotaba el esfuerzo, porque el frío y la humedad que me invadían los pulmones a cada inspiración eran una intrusión enemiga, el ataque de un comando decidido a socavar un poco más mi fortaleza hueca; mi mente ya no pensaba, pero estaba repleta de recuerdos olvidados que afloraban en aquel momento como los peces que se revuelven en el fondo de un estanque recién vaciado.
Infancia, felicidad, sol. Las risas de los clientes del pequeño café que tenían mis padres. El tren a Arcachón. Sentado entre ellos, contemplaba por la ventanilla la aparición de los primeros pinos que, para mí, eran indicio de las tierras felices bañadas por el mar. Los notaba todavía a los dos contra mí, sus manos sobre la piel, sus besos. Pero también los otoños y la lluvia sin fin y los castaños del patio del colegio. Se me aparecían caras. Nombres. Perdidos desde hacía quince años. El recuerdo de una riña en el baño, la intervención del maestro, que nos había arrastrado hasta el aula de las orejas. Olores. La piedra húmeda, el moho del sótano en el que guardábamos las cajas de botellas y los barriles de cerveza. El agua de colonia con la que se rociaba mi padre los domingos por la mañana antes de llevarme, a veces, al mercado des Fossés, en el cours Victor-Hugo, entre los curiosos y la palabrería de los vendedores ambulantes y el perfume del algodón de azúcar y de los caramelos de colores.
Embriagado por el olor y los colores de mi vida, avanzaba entre el hedor a cadáver y a mierda que desprendíamos todos, uniformemente grises de pies a cabeza, pálidos por debajo de la roña, un rebaño vencido que avanzaba a duras penas por el matadero sin límites que era aquel camino de un mundo tan gris que la nieve ya no era capaz de blanquear, vislumbrando a lo lejos las negras columnas de los incendios como puntos de referencia encorvados por el viento. Sorprendidos y aterrados cada vez que uno de nosotros se derrumbaba vomitando sangre, porque entonces algo adquiría color de repente y ese escarlata era la muerte que llevaba en su interior como un monstruo y que paría con un último estertor.
Y, un día, también yo morí.
Me desplomé sobre la nieve sucia y dura, apisonada por miles de pasos. Estaba a cuatro patas y trataba de respirar, de bombear aire como si pudiera volver a inflarme y ponerme de pie, pero con cada intento tenía la sensación de vaciarme aún más. Estaba a cuatro patas y notaba cómo me temblaban los brazos, incapaces de sostenerme, y el frío me quemaba las manos y las rodillas. Había visto a muchos que habían hecho lo mismo y a los que habíamos intentado llevar a cuestas algunos metros a la espera de que pudieran volver a andar, pero que al final habíamos dejado atrás porque nos faltaban fuerzas para seguir ayudándolos. Teníamos que alejarnos porque siempre había un guardia o uno de las SS que se acercaba pegando gritos, abriéndose paso entre los hombres con la punta de la bayoneta o haciendo girar la porra, y que se ponía a pegar patadas o garrotazos al que había quedado tumbado boca abajo. A veces, lo remataba allí mismo o nos obligaba a arrastrarlo a la cuneta y lo dejaba allí tirado, quizá ya muerto.
Alguien me cogió por las axilas y me levantó susurrándome que íbamos a meternos en más líos y me sorprendió oír hablar en francés, no sé por qué, ya que evidentemente había más franceses en el campo y en la columna, claro que desde que habíamos empezado a andar hablábamos tan poco que al dirigirnos a alguien recurríamos a una especie de jerigonza compuesta por pocas docenas de palabras tomadas del alemán y del francés o del italiano o del polaco. Términos de supervivencia y de primera necesidad, sin frases, sin gramática. Algo parecido a los sonidos que intercambiarían unos animales.
Oí gritar al guardia y de inmediato nos empujaron a la zanja sin que me diera tiempo de ver la cara del que me aguantaba. Caí boca abajo, con el otro encima de mí, sobre una capa de nieve blanda acumulada allí, casi acogedora, y pensé en la suerte que tenía de poder morir sin más sufrimiento. Dos disparos resonaron sobre nosotros y en el momento en que un proyectil me clavó el hombro al suelo el hombre que me había levantado se volvió más pesado y me hundí en la nieve y volví un poco la cabeza para respirar todavía unos instantes y luego tuve la impresión de hundirme aún más y ya quedó solo el frío, nada más, ni siquiera el dolor. El frío y nada más.
Me asfixiaba. Levanté la cabeza y escupí agua y pedacitos de hielo y pegué un grito para respirar y para tomar aire. El cadáver me aplastaba y ya no podía moverme, ya no sentía nada de mi cuerpo, como si no fuera más que una cabeza seccionada. Estaba tumbado en la nieve derretida y pensé que iba a morir de frío debajo de aquel cadáver que me aplastaba contra el suelo para retenerme a su lado en la muerte. Me concentré en las manos. Una la tenía atrapada debajo del cuerpo, pero la otra estaba encima de la cabeza y meneé los dedos, los desentumecí y logré mover el brazo. Entonces fue cuando oí los gemidos del otro y ni siquiera me sorprendí. Si los vivos ya estaban muertos, los muertos podrían revivir perfectamente, de un infierno al otro. Le pedí que se levantara, porque estaba a punto de palmarla debajo de él, pero siguió lamentándose, con la cabeza enterrada entre mis omoplatos. Traté de apoyarme en el brazo libre, pero no tenía ninguna fuerza y a veces hasta me costaba meter suficiente aire en los pulmones y me ahogaba, de forma que empecé a revolverme lo poco que podía, a contorsionarme bajo su cuerpo moribundo y a insultarlo, cerdo de mierda, vete a diñarla a otro lado, a escupir improperios a quien me había ayudado, aguantado, cargado, a quien había encajado en mi lugar las dos balas que debían haberme matado.
No sé cuánto tiempo pasé retorciéndome como un gusano gigante en aquel barro helado. El cuerpo del hombre basculó de repente y encontré las fuerzas necesarias para alejarme de él a rastras, como si hubiera podido saltarme encima. Me senté, apoyado en el ribazo, y lo miré. Se había incorporado de una forma extraña, combado contra el borde de la zanja con los ojos bien grandes y la boca muy abierta y llena de babas sanguinolentas. Me acerqué y le busqué la arteria del cuello para tomarle el pulso, pero solo notaba en los dedos un embrollo de cordajes anudados alrededor de huesos que sobresalían bajo la piel. Le cerré los ojos castañeteando los dientes. Había quedado reducido a una sucesión de temblores y el frío se apoderaba de mí, notaba que se me extendía por el vientre y me paralizaba poco a poco. Como el muerto tenía la chaqueta seca, al haber caído encima de mí, se la quité y me la puse, pero los pantalones estaban llenos de mierda y de barro y tuve que levantarme para ponerme a buscar otros.
Di varios pasos tambaleándome, se me aceleró el corazón y se me llenó el pecho de dolor. Me di un masaje en los costados, pero fue peor, ya no sabía dónde me dolía y notaba bajo los dedos aquel latido desenfrenado y la vibración de mi esqueleto con aquellos mazazos que sin duda iban a desencajarlo. La herida del hombro no era nada en aquella jaula de tormento en la que me encontraba, tan solo un agujero que me atravesaba por encima de la clavícula. Seguí andando y recuperé un poco el aliento y entonces, por fin, levanté los ojos del suelo y miré a mi alrededor.
La luz era insoportable. Todo era blanco hasta donde alcanzaba la vista, salpicado de nieve fresca y encostrado de hielo. El sol caía desde lo alto sobre aquella blancura, de la que extraía reflejos cegadores. El cielo era de un azul puro tan transparente y profundo que uno se sentía a punto de ver estrellas en pleno día.
La carretera estaba vacía. Las huellas hundidas en la nieve se alejaban hacia el oeste con un reguero de miles de huecos azulados bajo la luz descarnada. Pisadas de fantasmas. El silencio era total y el aire estaba inmóvil. Oía dentro del cráneo los latidos de la sangre, pero no podía ser más que un eco lejano de la vida, ya que estaba muerto. Lo supe en aquel instante. No volvería jamás de aquella tierra congelada, no abandonaría jamás aquel camino plagado de cadáveres. No redescubriría jamás lo que era la vida. Seguí adelante por aquella carretera, entre los muertos abandonados en el arcén, sin apoyarme en aquel suelo frío y polvoriento, sin consistencia física. Era ya el único que me veía, que percibía la realidad material de mi espectro. Para los demás, me confundiría con la transparencia del aire. Sus miradas me atravesarían sin adivinar en ningún momento mi realidad.
A veces la noche se abriría en torno a mí y entonces solo me reconocerían las almas errantes con las que me cruzara por casualidad, con los ojos muertos de espanto como los míos y la boca abierta de par en par en un último suspiro, como la mía cuando me asfixiaba entre los vivos. Y seguiría deslizándome, sin que nadie se percatara, junto a verdugos tranquilos y traidores olvidadizos, y no se darían cuenta de quién iba a matarlos ni de qué infierno había engendrado aquella sombra que los miraría y les sonreiría.
Apenas podía andar y me hacía promesas imposibles de cumplir, pero era lo único en lo que podía creer, de modo que me aferraba a eso como a la barandilla tambaleante de una escalera desmoronada.
4
Cuando vuelve a encenderse la luz, mientras a su alrededor resurge el rumor de las conversaciones, Daniel se queda todavía sentado unos segundos contemplando la pantalla blanca y muda. Parpadea como si reaccionara ante el polvo y el sol cegador de Tombstone, chasquea la lengua al estilo de Doc Holliday cuando tiene sed y vuelve a ver la calle inundada de luz y flanqueada por unas aceras de madera en las que se han sentado en mecedoras, a la sombra, unas siluetas inmóviles. En su cabeza, los hombres siguen corriendo, saltando y cayendo durante la refriega, y siguen resonando los disparos, y siguen restallando las palancas de los Winchesters. Los asientos de las butacas chocan suavemente contra los respaldos al levantarse sus ocupantes y él siente los golpes amortiguados en la espalda mientras saborea la soledad, en la que deja que la película se propague por su interior y se instale en la memoria. Sus amigos le preguntan con frecuencia cómo consigue acordarse de tantos detalles de todas las películas que ve, del nombre de los actores y del director, de las cosas en las que nadie se fija. Y se limita a contestarles que le gusta y que, si pudiera, iría al cine todos los días y escribiría libros sobre el tema y críticas en los periódicos. A los demás les parece una excentricidad: escribir un libro, sí, ¿y qué más? ¿Él, el mecánico de la rue Furtado, el chaval criado allí en Bacalan, ese barrio obrero en el límite de la ciudad y de las ciénagas?
No se atreve a contarles que con un metro plegable se ha hecho un pequeño marco rectangular que lleva en el bolsillo y que a menudo mira a la gente y las cosas entre esos ángulos rectos y que entonces solo existe lo que ve ahí dentro, más preciso, más profundo, más singular, más fuerte. No se atreve a decirles, porque lo tomarían por loco, que encuadra a las mujeres que van por la calle y que así son más guapas, y que la propia ciudad, al encerrarla en esa geometría, pasa a ser el escenario de intrigas que podrían surgir en cualquier parte, en la esquina de esa calle, en mitad de esa plaza, detrás de esa ventana, en ese coche que pasa y se aleja a toda velocidad…
Oye el chasquido de la tapa de un mechero por encima de su cabeza y al instante lo rodean una nube de humo y su olor a tabaco rubio. Alain le tiende un paquete de Camel.
—¿Qué? ¿Te quedas a enterrar a los muertos o te vienes con nosotros?
—¿Dónde están los demás?
—Fuera, ¿dónde van a estar? Aquí uno se ahoga.
Daniel coge un pitillo del paquete y Alain se lo enciende con su Zippo.
—A ver —pide Daniel—. ¿De dónde lo has sacado?
Lo sopesa, abre la tapa de un golpe de pulgar, hace girar la ruedecilla. Olor a gasolina, una llama densa.
—De un marino del puerto. Estuve trabajando por allí cinco días la semana pasada y me puse a charlar con un italiano. Me dijo que tenía un montón. Es de Nápoles y por lo visto por allá compran y venden cualquier cosa que sea americana. Se ve que a los soldados gringos se lo dan con el petate.
—¿No podrías conseguir otro?
Alain dice que no con la cabeza. Le tira el paquete de tabaco rubio empezado.
—Ten. Quédatelo. Me dio dos cartones. Zarpó ayer y no volverá antes de febrero, se van a Senegal y después a Túnez. A saber si la próxima vez vende sacos de cuscús o estatuillas de madera.
Salen al vestíbulo entre risas, cogidos del brazo, y tropiezan ligeramente con una señora mayor que se pone a gritarles agitando el mango del paraguas.
—¡Ni os molestáis en pedir perdón! ¡Así es la juventud de hoy! ¡Una panda de granujas! Anda que no os mandaba yo a todos a Argelia…
—Mi hijo está allí ahora —dice una mujer detrás de ella—. Eso es lo que les pasa a los jóvenes de hoy, como dice usted. Lo que les hacemos. Los mandamos a la guerra, como si no hubiera bastado con la última. ¡Mujer, deje que se diviertan un poco y cállese!
La señora se da la vuelta y no contesta nada, estupefacta, con cara de tonta. Aferra contra el cuerpo el bolso y el paraguas.
—Si le sirve de consuelo, me voy en febrero —dice Daniel—. Estoy esperando el pasaporte. Y por mí puede irse a la mierda.
La señora se pone roja como un tomate. De repente sale un individuo de detrás de ella y agarra al joven del brazo.
—¿