Dinámica de los cuerpos eléctricos

Juan Sardá

Fragmento

TXTDinamica-4.xhtml

Capítulo
2

 

 

 

 

Esta mañana hemos desayunado juntos como si tal cosa. Tú parecías contenta, como se supone que debería estarlo cualquiera antes de casarse. Hemos mantenido una conversación trivial e inocente sobre los invitados y la disposición de las mesas, hemos repasado los detalles de la ceremonia y hemos hablado de tus padres y de los míos como si fuéramos una pareja de novios perfectamente normal con la diferencia de que tú y yo siempre nos hemos sentido un poco mejores que el resto, más guapos, más inteligentes y más ricos. Merodeabas por la cocina, incapaz de sentarte a la mesa o terminarte la sempiterna tostada de pan integral con mermelada, con los ojos aún legañosos y la mirada perdida, como si la boda, la fiesta, la luna de miel y el paripé de las horas por venir te resultaran mucho más cercanos y vívidos que nuestra cocina de Brooklyn, desordenada y atestada de cacharros. La luz de agosto se colaba por el ventanal iluminándolo todo sin sombras ni aristas, de una forma que me pareció tan alegre como mortecina, como si la vida, al perder sus claroscuros, se convirtiera en algo al mismo tiempo confortable y atroz. De una claridad cegadora.

 

Y mientras te como los pechos desde su luna llena hasta el pezón, poco a poco, como a ti te gusta, dándote furtivos lametazos y mordiscos, mientras te devoro la oreja con la lengua, sintiendo como mi dedo navega en tu coño, soy incapaz de mirarte a la cara. Y no porque no sienta deseo, hace meses que no te he deseado tanto, y lo agradeces con voluptuosos movimientos de cadera y gemidos que suenan a vítores, sino porque temo que bucees en mis ojos y te des cuenta de que este polvo no es el preludio de un matrimonio carnal sino la antesala del abismo.

 

Yo te he seguido la conversación asintiendo con la cabeza o enfatizando tus opiniones haciendo un doloroso esfuerzo por no perder el hilo, para que no notaras que estaba pensado en cualquier cosa menos en nuestra boda. De hecho, ha habido un momento en el que parecías tan verdaderamente feliz e iluminada, a tus 28 radiantes y hermosos años, que he tenido ganas de reírme hasta reventar, aunque después casi me pongo a llorar y te pido que vayamos a la cama para hacer el amor por última vez. Te has despedido simpática y cariñosa, con esa actitud como de retranca y esa voz ligeramente cazallera que me encantó cuando nos conocimos. Después de que te fueras, desenterré la marihuana que tenía guardada en el cajón de los calcetines, escondida en la esquina más roñosa. Mientras me hacía un porro tras otro intentando concentrarme en los detalles del mobiliario, me he imaginado como en una película las escenas de desesperación que sucederían si, mañana por la tarde, apareces radiante y vestida de blanco en la iglesia para encontrarte con que tu novio ha volado, como si fuera el principio de un melodrama sin gracia que empieza con una prometida abandonada en el altar y prosigue con una carnicería emocional cuyos ecos se escucharán durante toda la trama.

 

Te agarro por detrás y te pones a cuatro patas. Mi polla da vueltas dentro de tu culo pálido y perfecto a base de horas en el gimnasio y haces el mismo ruido que cuando llevas media hora haciendo steps. Es casi una pura cuestión deportiva. Procuro concentrarme y siento cómo las membranas de tu sexo acarician el mío y durante un momento tengo la impresión de que no existe nada más que esta sensación de estar perdido, flotando en la inmensidad de una nada que también es un todo infinitamente repetido.

 

He pasado la mañana fumando y deambulando por la casa sin atreverme a tocar nada, como un policía que acabara de llegar después de un crimen y no quisiera alterar las huellas. De repente, aquella ropa pulcramente ordenada en el armario, gracias a la asistenta, por supuesto, porque eres la persona más desordenada que he conocido en toda mi vida; aquellos muebles de diseño mezclados con otros recogidos por la calle que tú has restaurado con escasa gracia; la cocina de formica e incluso la vista sobre el parque me han dejado frío y asombrado, como si no acabara de creer que ese apartamento tan bonito fuera mío. Aunque a ratos tenía ganas de llorar, también sentía cómo el odio por todo aquello iba creciendo hasta dejarme la garganta seca, y entonces me sentaba sollozando en el sofá y mirando las grietas del techo me preguntaba si tendría fuerzas para abandonarte a ti y a todo esto.

 

Te has sentado encima de mi polla y generosamente me ahorras unas cuantas embestidas. A veces, follas tan bien que tengo la impresión de que esto también te lo enseñaron en ese colegio para niñas pijas en el que aprendiste a recitar a Verlaine, montar a caballo y cocinar pasteles de zanahoria. Desde hace un par de meses, has abandonado tu look de Lolita tejana con toque irónico arty que tan bien te ha funcionado y ahora llevas el pelo hasta la altura de los hombros y más rizado, como si estuvieras interpretando el papel de madre de Laura Ashley por adelantado. Aunque sigues follando como una zorra, eso no ha cambiado.

 

No he tenido más remedio que salir de casa para comer con mis padres y tus tíos. La cita me ha instalado definitivamente en el sopor. Mamá está muy pesada desde que se instaló en Nueva York en casa de tus viejos, y aunque he intentado ser amable y solícito, interpretando como mejor podía el papel de hijo abnegado y conmovido porque tiene un cáncer galopante, la verdad es que la mayor parte del tiempo tenía ganas de gritarle. Me saca de quicio ese papel de resignado sufrimiento y fingida alegría, como una actriz principal que debe permitir que una jovencita se luzca más que ella en una escena y mira al público buscando el aplauso por su propia generosidad impostada. Papá intenta aparentar que es la persona más feliz del mundo y se muestra tan dispuesto y dadivoso como es posible, pero lo soluciona todo con una frase hecha y está claro que está rezando para que me case de una santa vez y todo esto haya terminado sin que se produzca una tragedia.

 

Finalmente logro correrme dentro de ti, pero tú todavía quieres más. Los dos sabemos que hemos follado sin condón pero pareces estar deseando quedarte embarazada. En el lavabo procuro evitar mirarme a mí mismo en el espejo y cuando regreso a la habitación te encuentro desnuda y suplicante, estirada sobre la cama como una gata. Mi polla vuelve a ponerse dura y te cojo por detrás y te penetro aplastándote contra la pared y diciéndote cosas guarras al oído.

 

Después de la comida he quedado con Jorge y Álvaro para dar un paseo por la ciudad sin detenernos en ninguna parte ni hacer nada más que charlar como buenos amigos. Y mientras Jorge decía que me tenía envidia por casarme con toda una pija de Nueva York y Álvaro estaba tan impresionado que era incapaz de abrir la boca, me iba sintiendo cada vez más cómodo en mi papel de marido exitoso y neoyorquino y la posibilidad de escaparme me parecía tan remota que cualquiera diría que tan sólo un día antes había estado planeándolo con Mauricio. Las angustias de la mañana parecían remotas y lejanas, como si le hubieran pasado a otra persona o hubieran sido un sueño. Y aunque era consciente de que lo que de verdad me hacía feliz no era la posibilidad de casarme con Charlene sino deleitarme en cómo mis amigos me idealizaban, en lo que su mirada me convertía, también me sentía embriagado y animoso y durante un tiempo he creído ser una persona perfectamente feliz y razonable. Al cerrar los ojos, me imaginaba a mí mismo dentro de diez años, enseñándoles mi casa nueva en los Hamptons, paseando por unas estancias vacías con pantalones de pinzas y camisa de marca, pensando en qué lugar colocaría el embarcadero desde el que salir en yate con mis hijos maravillosos de anuncio de Ralph Lauren a hacer picnic.

 

Hemos permanecido juntos, pegados el uno al otro como una lapa, follando en todas las posturas posibles, sin ganas, por pura lascivia, deseando y al mismo temiendo el momento en el que yo me corriera para terminar con una tortura que se convierte en placer brutal y alucinado. Ahora sí nos miramos y en tu rostro jadeante y sudoroso, cubierto por un mechón de cabello dorado, he creído ver un atisbo de amor o quizá simplemente de cariño y deseándote con todas mis fuerzas me he vuelto a correr dentro de ti pensando que quizá el azar sabría mejor lo que me conviene.

 

He regresado a casa en metro de buen humor. El paseo con mis amigos me ha devuelto a una extraña normalidad, y me he olvidado de que sólo 24 horas antes estaba pensando en marcharme y dejaros a todos tirados. He atendido llamadas de amigos y familiares, que estaban tan simpáticos y emocionados como yo. Incluso he sacado del armario mi petulante traje de novio y me lo he probado. Al mirarme en el espejo, me he visto a mí mismo como un apuesto marido y todo resultaba tan irreal como si detrás del espejo hubiera un actor clavado a mí mismo imitando mis gestos. Finalmente, aún algo enrarecido por la visión de aquella figura en la que no podía reconocerme, he recogido el traje, he llenado una maleta gigantesca con mi ropa más cara como para aguantar quince días sin coladas, he comprobado que el billete seguía en la chaqueta y he apagado la luz antes de salir del apartamento. El sonido de la puerta al cerrarse me ha dejado impresionado, como si hubiera entrado en una celda. He estado a punto de volver a entrar para despedirme. De pronto, tenía ganas de llorar. Me ha asustado la perspectiva de cruzarme con alguno de mis amabilísimos y modernísimos vecinos y que me hiciera un interrogatorio a costa del maletoncio. Pero no he visto a nadie. Cuando he abandonado el edificio, sintiéndome un ladrón o un impostor, sobre las ocho, la luz de agosto había adquirido un aire inquietante y alegre. He comenzado a reírme como un loco y me he dado cuenta de que ya no era yo, sino él: el monstruo.

TXTDinamica-5.xhtml

Capítulo
3

 

 

 

 

Hace ya media hora que te marchaste del hotel y no dejo de darle vueltas. He puesto el cartelito de no molesten. Espero que sea suficiente. Te has despedido como has entrado. Sin avisar ni fórmulas de cortesía. No hacía ni treinta segundos que me había corrido y tú ya estabas poniéndote los tejanos y la camiseta. Me he quedado observándote en silencio, sin entender por qué ha sucedido todo esto o qué pretendías demostrar. Después, la conversación con Jorge ha sido espantosa. Nadie se salta estas cenas. Jorge estaba nervioso y no dejaba de repetir que lo que le preocupaba no era tanto que no fuera a mi despedida de soltero como que yo estuviera bien. No entendía nada, porque me había visto «muy contento» durante el paseo. Me ha hablado como si fuera mi psiquiatra, lo que me ha puesto aún más nervioso. Le he dicho que estaba de puta madre y se ha tenido que callar.

Como siempre, le he encargado el trabajo sucio. Le he dicho que llamara a todo el mundo para cancelar o cuando menos para avisar de mi no asistencia. Le he animado a que salgan de todos modos y se lo tomen como un homenaje. Total, esto también lo paga mi padre. Me los he imaginado con un matasuegras y un gorro en forma de cono como los de los turcos, con una botella de whisky en una mano mientras con la otra le meten billetes por el tanga a una stripper mulata que baila encima de una mesa. La idea de una exhibición tan burda y repugnante de la heterosexualidad me ha dejado tiritando. Y eso que mis amigos seguro que han organizado una despedida de soltero más cool en un garito de música rara del downtown para terminar metiéndonos pastillas en una discoteca de moda. Pero bueno. Por eso me puse la boda a las seis de la tarde.

 

 

He mandado al camello subir a mi habitación. Lo bueno de mi camello es que no parece un camello. Un drogadicto sí; un empanado de campeonato, desde luego, pero no un camello. Tiene el cabello negro y rizado y pinta como de bajista de un grupo de rock, cosa que también es con mucho menos éxito que entusiasmo. Cuando quedamos, él siempre se comporta como si fuéramos amigos, yo creo que en parte porque soy buen cliente y en parte porque hay algo de mí que le deja verdaderamente asombrado, no sabría decir exactamente qué. Esta vez, sin embargo, iba con prisa y no ha querido ni fumarse un porro. Parecía tan genuinamente incómodo por estar conmigo en la misma habitación de hotel que me he sentido avergonzado porque pensaba invitarle a la boda. He creído que le haría ilusión hacer algo de persona normal y no sólo de camello drogadicto con un grupo fracasado. Pero me miraba como si no tuviera nada que ver conmigo o quizá temiendo que me diera por hacerle confesiones plastas sobre este «importante paso». Incluso le he dicho que no pensaba ir a mi despedida de soltero para hacerme el interesante, cosa que ha solucionado pidiéndome el dinero y largándose a toda prisa. Cuando me he quedado solo, me he sentido como si mi mejor amigo acabara de abandonarme en una isla desierta. Me ha dolido.

Aunque ahora, en este puto lavabo, me siento más y más pequeño. Parece que cada vez que vuelvo a mirarme en el espejo estoy más lejos. Mis ojos, vidriosos y diabólicos, son como dos llamas devastadoras. No puedo mantener su presión más que pocos segundos. El cristal me devuelve una imagen de mi rostro borrosa y monstruosa. Soy yo. Pero no me reconozco. Estiro el brazo. Mi dedo tocando a mi otro dedo reflejado, durante un segundo que es como un chispazo. Pero pasa pronto. Cuando intento levantar la mirada, sigo siendo incapaz de enfrentarme a mí mismo. Si lo hago, sé que los volveré a encontrar empañados como el capó de un coche en una tormenta. Tengo pinta de psycho killer chungo. Mi próximo crimen está cercano.

Debería darme vergüenza estar sentado entre el bidé y el retrete, como decía el abuelo. Parezco un puto yonqui. No sé por qué me está costando tanto esto. ¿Cuánto tiempo queda hasta que salga el avión? Trece horas. No es tanto. Podría ir ahora mismo al aeropuerto. Sería una paranoia de cuidado. Estoy decidido. Sólo necesito un poco de ayuda. Un poco de cocaína, mi vieja y fiel amiga. Si muevo el cuello, estoy seguro de que se dislocará. La maleta ya está hecha. Mauricio me está esperando. Está todo arreglado.

Hasta ahora ha sido fácil. Mi mano, apoyada sobre mi rodilla, el mentón sobre la tapa del váter. Una pierna estirada; la otra, encogida. Doy pena. Mi pelo, en cambio, está superperfumado. En el suelo de mármol brillan puntas blancas, como un collar de perlas que acabara de romperse. (Hasta que las puntas se unen, formando un halo de luz que me ciega). Tengo ganas de arrancar las baldosas del suelo y desordenarlo todo. Me duele que esto esté tan limpio, siendo mi cabeza un puto caos. No sé si estoy llorando. Llevo así demasiado rato.

Cuando por fin consigo incorporarme, vuelve a asustarme mi propia imagen en el espejo. Antes de marcharme, le lanzo una última mirada, para comprobar si ese ser monstruoso que me observa desde el otro lado se viene conmigo o se queda allí, congelado, soportando su propia desgracia. Desgracia, qué palabra tan fuerte. Estoy supermelodramático. Pero me acompaña, angustiado y pesado. No sé cómo he podido llegar a este final tan grotesco y peliculero: un billete en el bolsillo de una chaqueta, con destino a Buenos Aires.

Mañana vais a pagarlo todos. Os vais a acordar de mí el resto de vuestras vidas. Los que habéis venido y los que os habéis quedado en casa. Lo pagarás tú, papá, por haber sido un gilipollas toda tu vida. Y tú, mamá, por haberme abandonado cuando más te necesitaba y haber matado a Susana. Y lo pagaréis vosotros, asquerosos amigos míos. Los que estáis aquí porque tendréis que tragaros el marrón y los que estáis allí porque voy a hacer que os sintáis muy culpables por haberme traicionado.

Y lo pagarás tú, Wences. Porque pronto seré yo quien se ría de ti. Como me reiré de ti, Charlene, por primera vez en tu puta vida. Me has convertido en un fantoche que te ríe las gracias. Has destrozado mi vida poco a poco. Si no hubiera sido por ti, jamás habría dejado a Wences y ahora no estaría en esta ciudad haciendo anuncios de mierda. Tus amigos me odian y ha sido culpa tuya. Has tratado de anularme y ahora seré yo quien te anule a ti. Os voy a devolver a todos, de una vez para siempre, el daño que me habéis hecho.

 

 

Me hago dos rayas gigantes.

 

 

Ha sido buena idea salir del lavabo. No quiero llorar. No quiero sufrir. Tengo que ser fuerte. La decisión aún no está tomada. Sólo necesito un poco de tiempo. Me dedico a apagar las luces del dormitorio como quien prepara el escenario para una obra teatral. Esta noche se representa mi tortura. Todo es granate, beige y rosa. La moqueta, rosa palo. El sillón, con orejas, granate con coquetas flores fucsia. Y las paredes están forradas con papel beige, cruzadas verticalmente por una tira color bermellón. Me siento en el sillón y a mi derecha tengo el armario, cubierto por un espejo. A mi izquierda, la mesa del escritorio. Dejo los tres gramos de farlopa encima de una revista de la cadena Hilton con una tía en la portada sonriendo en un campeonato de polo en las Bahamas. Separo medio gramo en una bolsita y lo guardo en la chaqueta, de reserva. Estoy preparado. Puedo afrontarlo. Son las diez de la noche. Quedan trece horas para que salga mi avión. Diecisiete para casarme.

Tengo la ventana delante. La vista es un desastre. Un callejón con varios cubos de basura y bolsas repletas de mierda tiradas a los lados. Hay gatos merodeando. La habitación ahora ya sólo está iluminada por la lámpara del escritorio. Necesito oscuridad. Para ser agosto, hace un tiempo desapacible. Todo es naranja. Mi imagen se recorta en el cristal y se confunde con los cubos de basura y el callejón con sus felinos raquíticos. Me asusta mi rostro fantasmal, desquiciado y arrogante, y eso que sólo llevo cuatro rayas. Siempre me queda la opción de suicidarme. O mataros a todos como en un instituto americano. No me cuesta ver los cuerpos ensangrentados, las vísceras esparcidas y los miembros amputados tirados como los restos de basura que devoran los animales del callejón que me sirve como paisaje.

Quizá debería salir a dar un paseo para tranquilizarme. Voy a conseguirlo. Por un segundo, mi imagen proyectada en el cristal de la ventana me ha vuelto a recordar a mí mismo. Soy yo, tu guaperas favorito. El mismo chico de siempre con flequillo y los ojos verdes. Con la sonrisa medio torcida y el gesto dinámico. Si me pongo de perfil, el cristal del armario me devuelve una imagen insuperable de mí mismo. Ser guapo ha sido muchas veces lo único real de toda mi vida. Aunque quizá tengo la nariz demasiado grande. Tranquilo tío, lo vas a conseguir. Queda farlopa para un regimiento. Y no es tan difícil. Tengo mi propia reputación, ya no necesito a Michael, no en Nueva York. Y siempre puedo volver a Barcelona. Supongo que queda dinero de sobra en el banco para seis meses. Después ya veremos. Y si no, seré tuyo para siempre. Lo juro. La verdad es que no tengo ni puta idea de lo que estoy diciendo.

TXTDinamica-6.xhtml

Capítulo
4

 

 

 

 

No hacía ni tres días que nos conocíamos y ya te estabas mudando a vivir conmigo. Te acompañé hasta tu pensión de la calle Avinyó para recoger tus maletas. La chica roja y rolliza que espantaba mosquitos en la estación de tren de Benicàssim, con la que compartías habitación, parecía desolada por tu pérdida. Además, había tenido que pagar la habitación ella solita y se estaba arruinando. Ya llevaba dos días preocupada por ti. ¿Por qué no cogías el móvil? Necesitaba desesperadamente hablar con alguien. Había adquirido un aspecto como de cerdo engrasado. Los climas cálidos no eran lo suyo, estaba claro, pero ella buscaba todo el rato la postura desde la que los rayos de sol le dieran de forma plena. Como las plantas del salón de mi casa de Reina Victoria, porque en Bonanova nunca hubo plantas y mucho menos flores.

Creo que era escocesa, pronunciaba el inglés como si se lo comiera y yo entendía aproximadamente la mitad de lo que decía. Tampoco puse mucho esfuerzo. Su pelo rubio se había vuelto blanco, y sus ojos azules brillaban como el mar en una playa. Nos fuimos a comer los tres porque te sentías ligeramente culpable. Supongo que porque tú eras guapa y ella fea y por eso tú habías ligado y ella no. Tomamos un menú de 1.000 pesetas y la escuchamos lamentarse sobre un tal Jordi, con el que se había enrollado en el Karma. Por lo visto ni la llamaba ni le cogía el teléfono. También nos contó que su madre era alcohólica. Y que de su padre lo mejor que conocía era la firma en los cheques. Fue bastante deprimente. Al final, hasta acabó por darme pena que te fueras a vivir conmigo. La gorda parecía necesitarte más que yo. Además, aquella mudanza me tenía algo asombrado y asustado. Tan rápido. ¿Ya está?

Los siguientes días que pasamos juntos en Barcelona continuamos como los anteriores: dedicándonos a follar compulsivamente. Compré dos cajas de 24 condones cada una, Nature, de Durex. Nos aislamos completamente. Mantuvimos una posición hostil con las suecas. Hacíamos horarios de locos: desayunábamos a las ocho de la mañana sin haber dormido, follábamos y nos quedábamos fritos. Sobre las cinco, comíamos. Después, volvíamos a hacer el amor hasta que nos cansábamos. Escuchábamos discos de la Velvet y tú cantabas, mal, imitando a Nico, aunque hay que reconocer que por lo menos ponías mucha pasión. Hablabas de tus amigos de Nueva York constantemente y sobre cualquier cosa que se te pasara por la cabeza. Cuando te sentías capaz de cerrar la boca, leías libros de arte y yo veía deportes por la tele o leía los periódicos de arriba abajo como si fuera una novela.

Te paseabas por la casa con aquellos shorts tejanos que no te quitaste en todo el verano, aquellos pantalones cortísimos que ponían cachondo a todo el mundo. Disfrutabas como una loca exhibiendo aquella belleza tuya de Lolita tejana, aquellos ojos azules y orgullosos y tu cabello rubio, largo y ligeramente ondulado que cuidabas primorosamente. Te sentías la reina del universo y sabías que nadie se atrevería a negártelo. Exudabas sexo por los cuatros costados y tenía la impresión de estar asistiendo al milagro de la belleza femenina como si fuera un espectáculo. Veíamos películas antiguas a las tres de la madrugada. Arrancaste las polaroids de Wences y Mireia de las paredes de la habitación y colgaste en su lugar varias reproducciones de Miró. Sin darme cuenta pasaste a ser el centro de mi vida. Me lo pusiste todo muy fácil y yo te deseaba y te necesitaba.

 

 

En realidad, creo que durante aquellas dos semanas sólo salí de la casa para ver a Copi y Álvaro pinchar en el Green. Y porque Álvaro no había dejado de dar la paliza toda la semana para que arrastráramos a Jena, que nos odiaba porque habíamos robado el ventilador del salón para instalarlo en ese cuarto que habíamos convertido en un universo de infinitos misterios y placeres. Ni siquiera tuve fuerzas para ir a recoger el reloj que había olvidado en casa de Carla. Salir de aquella casa era un ejercicio insoportable. Cada vez que entraba y te encontraba allí, sentada en el sofá en bragas con las piernas cruzadas sobre el respaldo de pana, leyendo una revista y fumando era como si penetrara en una realidad paralela. Todo lo que estuviera fuera del perímetro de esa habitación era terrorífico. Era como vivir en dos mundos totalmente opuestos.

Mis padres habían vuelto de California antes de lo previsto y me llamaban constantemente para insistir en que fuera a Cadaqués. Estaban pasando por una de sus fugaces épocas de reconciliación. Yo no tenía fuerzas para enfrentarme a vosotros, sólo me apetecía follar y drogarme. Me sentía culpable, pero no lo suficiente. Lo único que me daba rabia era no dejaros impresionados presentándoos a mi última conquista. Y mis amigos insistían en explicarme historias tremendas de Wences, que había vuelto a Barcelona para encerrarse en casa con pastillas y farlopa. Por lo visto, se pasaba todo el día al teléfono insultándome. De vez en cuando me llamaba, supongo que para insultarme en persona pero yo nunca le contestaba. Para colmo, Silvia se empeñaba en darme la paliza con unas fotos que tendría que haber hecho en Benicàssim y de las que había pasado olímpicamente. Por Dios, si había estado follando con ella. Incluso quería críticas de algunos conciertos. ¡Madre mía!

Pero mientras el mundo exterior se obstinaba en conspirar contra mí, tú te comportabas como una geisha. Me hacías la comida e ibas al supermercado. Preparabas zumos de frutas y limpiabas. Incluso me planchabas la ropa. Cuando pienso en lo jodidamente desordenada que eres, me asombra que hicieras ese esfuerzo. Porque nada te preocupaba más que mostrarte sumisa a todos mis deseos. Gemías como una posesa cuando te penetraba y me la chupabas durante horas y horas. Tampoco te quejabas por ninguna de mis muchas malas costumbres como no escuchar lo que me decías, ver partidos absurdos de fútbol de campeonatos veraniegos en Dubai a las cinco de la madrugada o hacerme un porro cada veinte minutos. Hablabas mucho pero sin mojarte casi nunca. Lanzabas los temas, divagabas alrededor de ellos y parecías sentir urgencia por conocer mi opinión sobre casi todo. Si no estabas de acuerdo no me dabas la razón, pero tampoco me la quitabas.

Aquellos días, conseguiste con gran audacia hacerme sentir el rey del universo. Las mujeres son expertas en hacerte creer el Hacedor de su existencia. Pero aunque estaba fascinado por ti, flotando de forma indolente en ese universo de placer y atenciones que habías creado, había algo que me dejaba perplejo, que no alcanzaba a entender del todo. Era obvio que hacías todo lo posible por halagarme, a veces notaba incluso cómo procesabas la información para adaptarte mejor a mis gustos («no le gusta el atún», pensabas de forma concienzuda, anotando a fuego el dato, «no lo vuelvas a poner en la ensalada» o «no le acaricies el pecho después de que se haya corrido, le molesta que le toquen durante un par de minutos», y no lo hacías más). Eso te daba un aire encantador de becaria nerviosa en su primer trabajo. Pero también había en aquella voluntad de ser «perfecta» un síntoma de cálculo, de estrategia que me desconcertaba e inquietaba. Además, como eres tan tacaña, a veces incluso sospechaba que estabas ganándote la plaza en la cama para ahorrarte la pensión.

Sin darme cuenta, o quizá dándomela pero deseándolo, notaba cómo al final eras tú la que siempre acababa ganando la partida, me estaba convirtiendo en el novio que querías, en la plasmación física de tus fantasías románticas europeas. Detrás de aquella cortesía extrema, de aquellos modales exquisitos, de aquellas sonrisas beatíficas y comprensivas, de aquel izquierdismo y furibundo antiamericanismo que me tenía asombrado y me superaba había otra cosa. Porque aunque hablaras durante horas de tus sentimientos, aunque te encantara «confesarme» tus intentos de suicidio (yo no me creía nada), tu complejo de Electra o te encantara ejercer el papel de mujer liberada, bisexual y medio loca, incluso en tu forma de follar desinhibida y estudiadamente espontánea yo sentía que, tras la máscara, se agazapaba una mujer dura y autoritaria, algo pagada de sí misma y misógina, que estaba convencida de que era única en su especie: rubia, americana de pura cepa, Lolita y artista en ciernes de Nueva York. Lo tenías todo y sólo querías más.

De vez en cuando me angustiaba aquella red que ibas tejiendo a mi alrededor, una especie de prisión con barrotes de un azúcar irrompible, pero me sentía demasiado débil como para oponer ninguna resistencia y el mundo parecía una monstruosidad comparado con los mimos y atenciones que me prodigabas. Aunque es posible que quizá lo único que quisiera era escapar de Wences. Además, enseguida encontraste mi talón de Aquiles: cualquier piropo que me echaras (y lo hacías con frecuencia) me dejaba inmediatamente fuera de combate. En realidad, encontraste con una precisión asombrosa la forma de llegar a mi corazón, hacerme sentir al mismo tiempo objeto de tu deseo y una persona inferior a ti. Despreciarme mitificando a alguien (o más bien lo que representara) es el único tipo de amor que jamás he conocido. Durante el día llevabas camisetas de grupos punk; por las noches, camisones de seda de 500 dólares.

 

 

Nos reíamos mucho. Tienes, por supuesto, el defecto congénito de todas las mujeres de entretenerte en detalles irrelevantes, pero tu forma de contar las historias es graciosa. Me tronchaba cuando me relatabas que tus tíos (los de Nueva York, los riquísimos, a los que tenías mitificados, al contrario que a tus propios padres de Waco, que debían de ser espantosos porque los tenías escondidos en tu conversación como ocultabas tu propio nombre. Porque preferías que te llamaran Charlie, que suena mucho más cool que ese de camarera de Oklahoma que te habían puesto. Pero yo jamás me acostumbré a llamarte de otra manera que no fuera Charlene, quizá por fastidiarte y porque la ambigüedad de Charlie me inquietaba) se habían hecho amigos de unos vecinos que resultaron ser espías del KGB. Un buen día apareció el FBI en su apartamento de Park Avenue y los interrogó durante seis horas a cada uno. Fue un escándalo nacional. Me partía cuando me contabas que habías salido dos años con un francés cuya principal pasión en la vida eran los videojuegos. El tal menda estaba conectado con una red de freakies en todo Estados Unidos. Mantenía con ellos una tensa competencia, que se saldaba con crisis periódicas cuando perdía. Tu cara se iluminaba cuando me explicabas cómo tenías que secarle las lágrimas porque había sido noqueado en el Street Fighter.

Te escuchaba con atención mientras me contabas que uno de tus psicólogos, al que habías visitado durante seis años, se había hecho una operación de cambio de sexo, abandonado a su mujer y cuatro hijos para cantar en un bar de Las Vegas canciones de Dolly Parton. Esto, fíjate tú, después descubrí que no era exactamente así, pero casi. En mi alegría y en mis carcajadas se confundían, por supuesto, la realidad y el mito. Tenía la sensación de ser el protagonista de una película. Cuando me miraba en el espejo, me costaba creer que realmente existiera. A veces, hasta me imaginaba la banda sonora y el montaje. La simple pronunciación de las palabras Park y Avenue ya me sonaban, de por sí, a música celestial. Si soy honesto, confieso que fuimos felices.

TXTDinamica-7.xhtml

Capítulo
5

 

 

 

 

Ahora estamos abrazados. Son la

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Product added to wishlist