CELDA 2607
Penal Penitencia
Galería de los rompevidas irreflexivos
Purgatorio de los pervertidos
16/7/2020
He pasado veintiocho años en este puto rincón del infierno. Ahora me dicen que si rememoro mis malandanzas y las escribo, podré salir de aquí.
Resulta que todas esas gilipolleces de la religión que desdeñé y desobedecí son verdad. Hay Cielo para la buena gente, Infierno para los monstruosamente maaaaaalos. Hay Purgatorio para los individuos como yo: canallas cáusticos que capitalizaron un sistema sicótico y causaron catástrofes. He ardido en la pira de mis pecados durante dos décadas largas. He revivido mi vida terrena con distópico detalle. Ahora mis sagaces celadores tantean un trato:
Deja constancia de tus amargas andanzas. Vocea la verdad, victorioso. Cuélate en el Cielo, y coloca ese colofón.
Muchacho, es hora de CONFESAR.
El Purgatorio es un pedazo de mierda. Has de cargar con el cuerpo que tenías en la Tierra al morir. Te sirven solo comida de avión de clase turista. No hay prive, ni sabrosas intrigas, ni mujeres magnéticas. Las víctimas violadas se dejan caer por mi celda. Me recuerdan mis muchas maldades y me hincan atizadores al rojo vivo. Garbosos gays descienden en picado desde el Cielo y me reprochan que los sacara del armario en los homófobos años cincuenta. Era mi trabajo. Tendía trampas a famosos de reputación turbia y a políticos papanatas, y les daba por el culo en Confidential. Vendí mi alma a esa arrabalera revista. Ahora, me AVERGÜENZO abyectamente.
¿Y qué?
La vergüenza es para perdedores pichafloja. La confesión acalla la conciencia cerril y la arrastra hacia la rectitud de la redención. Escucha mi sentida súplica, oh, atento mundo mío:
¡¡¡¡¡Sacadme de aquí de una puta vez!!!!!
Mis celadores me han proveído de papel y pluma. Han recopilado una colección completa de Confidential. Mis sinapsis saltan ante un sinfín de retorcidos recuerdos. Freddy Otash, 1922-1992. Soy un poli corrupto, un detective privado, un chantajista chanchullero. Soy un deus ex machina demoníaco de mis trasegados tiempos. Soy el Cancerbero que tuvo cautivo a Hollywood. Soy el conocedor de tórridos secretos sexuales que vosotros los insufribles terrícolas queréis oír.
Confidential fue la precursora del infantil internet. Nuestro chismorreo a chorros era repugnantemente real. ¿Y qué decir de los blogueros de hoy, los muy baladrones, y de sus trapaceros textos? Tipejos timoratos todos ellos. Dimos estopa a los estudios de cine. Cargamos contra los capitostes. Dispensamos disgustos a diestra y siniestra. Vampirizamos el país con nuestro voyerismo y lo tuvimos enganchado a esa delirante diarrea. NOSOTROS CREAMOS LA ACTUAL CULTURA MEDIÁTICA DEL COTILLEO. Nosotros desarrollamos disparatadamente un estilo escabroso y lo convertimos en nuestra seña de identidad.
Es el léxico de la verdad lisa y llana. Es el diálogo de los dimes y diretes. Es la difamación deleznable y la emoción de la amenaza. Pienso y escribo por medio de la aliteración algorítmica. El lenguaje debe levantar el látigo y lacerar. El lenguaje libera a la vez que ofende. Eso me lo enseñó Confidential. Con mi confesión, este desconcertante dialecto os dividirá en dos. Oídme, capullos, existen el Pecado y la Expiación, no hay nada más.
El Purgatorio es una proposición punitiva. Ayer vino a atormentarme Montgomery Clift. Confidential lo bautizó «el Liliputiense Lila» y «la Princesa Rabocorto». A Monty lo siguió JFK. Yo delaté su drogadicción y su febril fulaneo. A continuación me impuso penitencia Marilyn Monroe. Marilyn tocaba la flauta. Hacía el francés a farmacéuticos corruptos, XXX-exclusiva. Ellos a cambio le despachaban nocivo nembutal. A lo mejor debería haberme callado el cotilleo… pero ¡¡¡¡¡me amparaba la Primera Enmienda!!!!!
Tengo sed de sinceridad y me reconcomen los recuerdos. Me siento revitalizado y renacido. Mi desquiciado deambular por los derroteros de la memoria empieza AHORA.
NATE & AL’S DELI
Beverly Hills
14/8/92
—En el 51 yo trabajaba en la Brigada Antivicio de Hollywood. Se nos informó de un picadero que operaba en un chabolo de Villa Elaine. Me planté allí en un pispás.
Nos hemos arrellanado en mi reservado. He ahí a mi público: cuatro gerifaltes del mundo del espectáculo en peor estado que yo. Andadores, bastones y botellas de oxígeno obstruyen los pasillos hasta la cocina. Freddy O. el Frenético ante sus admiradores.
Es a finales del verano, año 92. He cumplido los setenta y estoy de puta peeeeena. He consumido whisky a carretadas y succionado tres paquetes de tabaco diarios desde que vi la luz del sol. Tengo enfisema y la patata cascada. Mi afán es llegar a los ochenta. Es una posibilidad lunarmente remota.
Sol Sidell dijo:
—Ve al grano, Freddy. Te acercaste al picadero, y entonces ¿qué?
Sol el Sicalíptico. Con debilidad por las menores desde que vino al mundo. Producía pelis playeras en lo soberbios sesenta. Lo saqué de un pozo de mierda, allá por el 66. Estaba engrifado hasta las cejas y se trajinaba a dos lolitas.
—Vale —dije—, me acerqué al chabolo y eché un ojo por una ventana lateral. Joder, he ahí a Sam Spiegel, el fulano que produjo Lawrence de Arabia y El puente sobre el río Kwai. Estaba comiéndole el chocho a una nena de ciento cincuenta kilos. Eso era un problema gordo, allá por el 51. Le dije, Sambo, esto tiene un precio. Tú eliges: el descrédito o una donación mensual al fondo para la jubilación de Fred Otash.
Mis compinches prorrumpieron en risotadas. Me sumergí en mi sándwich Reuben y sentí una penetrante punzada en el pecho. Le di al digitalín. Vi a Jules Slotnick succionar de su mascarilla de oxígeno y encender un Camel Light. Julie producía rimbombantes bodrios sobre la lucha del campesinado. La Culpabilidad del Capitalista, podríamos llamarlo. Conminaba a sus criadas a mamársela. Retenía sus tarjetas verdes como salvaguardia contra su renuencia a bajarse al pilón a diario.
Sid Resnick dijo:
—Cuéntanos otra, Freddy.
El Gran Sid era el Hombre Herido de Holocausto. Producía infradocumentales para la televisión islámica. Era el Rey de los Cazagorditas. Le molaban muuucho.
Me exprimí los entresijos endocraneales en busca de una anécdota. Dos gays entrados en años se pasearon junto al reservado. Eso me sirvió de inspiración.
Los señalé.
—Una vez, allá por el 56, me llegó el soplo de una fiesta de pijamas solo para hombres. Pagué a unos chicos duros del Departamento de Policía de Los Ángeles, y me llevé la cámara. Aquellos gachós se habían montado un quinteto con Rock Hudson, Sal Mineo y un fulano con descomunales quistes acneicos. Confidential redactó la nota. La Universal me pagó diez de los grandes por dejar al Gran Rock fuera del artículo.
Las risotadas resonaron y rerresonaron en el reservado. Julie Slotnick boqueó, falto de aire. Al Wexler escupió un trozo de bagel al reírse. Este surcó el aire y acabó en el suelo.
Al el Alco tenía seis librerías de porno y nueve clínicas de cirugía nasal. Embistió un camión de migrantes mexicanos con un balance de seis muertos. Conseguí dejárselo en delito de poca monta. Al tenía conmigo una deuda descomunaaaaal.
Liquidé el sándwich. Al el Alco respondió con artificiales alharacas. Expuse el credo por el que se ha regido mi vida:
—Haré lo que sea menos cometer un asesinato. Trabajaré para quien sea menos para los rojos.
Mis muchachos batieron palmas y se desternillaron. Una mala punzada me perforó el corazón. Le di al digitalín, acompañado de tremendos tragos de whisky.
El chute de chucrut y picadillo de carne me había horadado el organismo. Me sentí ingrávido y demasiado dispéptico. Devolví una corteza de pan. Poté en el plato.
El reservado dio vueltas. Mis compinches se volatilizaron. Mi visión se enturbió y ennegreció. Las décadas se degradaron y desaparecieron. A lo mejor estoy muerto. A lo mejor estoy soñando esta mierda…
BRIGADA DE ROBOS Y ATRACOS
Unidad de Investigación
Departamento de Policía de Los Ángeles
Edificio municipal
4/2/49
Heme ahí. Soy un guapo galán, allá por el 49. Estoy como un tren, triunfo y me trinco a titis que tiran de espaldas, tres de una tacada.
Soy bien plantado y estoy bien dotado. Soy un libanés libidinoso. Considéreseme un beduino bribón de nacimiento. Soy exmarine. Fui instructor de las tropas en Parris Island y las envié a Saipán, ya enseñadas. Me incorporé al Departamento de Policía de Los Ángeles a finales del 45. Me metí en asuntos turbios a la primera de caaaaaambio.
Formé una red de 459. Hacían la ronda en el centro. Irrumpían en casas de empeños y desvalijaban farmacias donde se vendía droga. Yo elegía los golpes. Mi banda guindaba la guita y la droga. Eran sigilosos seres de las dos de la madrugada. Yo era su Rajá, el Poli Granuja.
Soy corrosivamente corruptible y me tienta el trinque. Vivo para el malicioso mangue. Es mi sino existencial. Tuve una vida hogareña convencional en el culo del mundo, estado de Massachusetts. Mis padres me querían. Nadie me dio por culo en la cuna. Vivo conforme al código de un tipo legal. Hay cabronadas que yo no hago. Mi código acabó en catástrofe el 4/2/49.
Acaparé un espejo del pasillo. Me peiné y me arreglé el nudo de la corbata. El sastre Sy Devore me hacía a medida los entallados uniformes. En la sala de revista se desató un bueeeen barullo. Es un aviso de Código 3: tiroteo en la Nueve con Figueroa.
Dos hombres abatidos. Un poli de tráfico/un atracador. El poli estaba a las puertas de la muerte. El atracador sufrió heridas superficiales. Los dos: instalados en el Receiving Hospital de Georgia Street, ahora mismo.
El barullo bamboleó la sala. Los teléfonos sonaban sin cesar. El barullo me bombardeó. Oí mortíferos murmullos aliñados con la gestalt propia de una turbamulta de linchadores.
Oí unas fuertes pisadas. Un aliento a alpiste me puso los pelos de punta.
—Si has acabado de admirarte, tengo algo para ti.
Me di la vuelta. Es un guri de Robos y Atracos llamado Harry Fremont. Harry tiene una reputación rancia. Mató a patadas a dos pachucos durante los disturbios de los trajes zoot. Chuleaba a putas travestis desde un bar de locas. Estaba mamado a las doce del mediodía.
—¿Sí, Harry?
—Haz algo útil, chaval —dijo Harry—. Hay un asesino de polis en Georgia Street. El jefe Horrall opina que deberías ocuparte tú. Es una oportunidad que no te conviene desperdiciar.
—Ocuparme ¿de qué? —dije—. El poli al que ese fulano le pegó un tiro no ha muerto.
Harry alzó la vista al techo. Me entregó un llavero. Dijo:
—Es el 4-A-32. Está en la plaza del jefe de guardia. Mira debajo del asiento trasero.
Lo pillé. Harry fijó la mirada en la mía. Puso cara de «Ahooora lo pilla». Me guiñó un ojo y se alejó de mí tan campante.
Hice acopio de calma y me quedé quieto. Me impregné de aquella gestalt de turbamulta de linchadores. Atravesé a toda prisa la sala de revista y bajé como un zombi por la escalera. Llegué al garaje.
Busqué la plaza del jefe de guardia. He ahí el 4-A-32. La llave entra en el contacto. El garaje estaba a oscuras. Las cañerías del techo goteaban. Las gotas de agua se teñían de estrafalarios colores y adoptaban formas disparatadas.
Pisé el pedal y salí a Spring Street. Conduje despaaaaaacio. El atracador estaba en la unidad para presos del hospital. La treta consistía en simular un traslado a la trena. De eso hacía ya cuarenta y tres años. Lo tengo aún grabado en cinemascopecado y sonido envolvente. Veo aún a los transeúntes por la calle.
Helo ahí. He ahí el Receiving Hospital de Georgia Street.
La unidad para presos se encontraba en el lado norte. El pabellón de ciudadanos respetuosos con la ley se encontraba al sur. Un estrecho pasadizo partía en dos el recinto. Entonces caí en la cuenta:
Saben que lo harás. Saben que eres esa clase de tipo.
Busqué bajo el asiento trasero. Saqué los papeles del traslado de Ralph Mitchell Horvath. Agarré un revólver de cañón corto del 32.
Me metí el arma en el bolsillo delantero y agarré los papeles. Bajé del buga. Pasé por el pasadizo y atravesé la puerta de la unidad para presos.
Atendía en recepción un hombre del Departamento de Policía. Señaló a un tipejo esposado a un bajante. El tipejo vestía una chaqueta de solapas anchas sin hombreras y un pantalón caqui de bajos rajados. Lucía una férula en el brazo izquierdo. Estaba podrido de acné y plagado de chancros. Emitía vibraciones de yonqui. Parecía un insolente de tomo y lomo.
El hombre de recepción se deslizó un dedo por la garganta en un gesto de degüello. Le entregué los papeles y desesposó y reesposó al tipejo. El hombre de recepción dijo:
—Bon voyage, encanto.
Obligué al tipejo a salir a empujones y le señalé el pasadizo. Me precedió. Yo no me sentía los pies. No me sentía las piernas. El corazón me palpitaba a toda pastilla. Había extraviado las extremidades en algún sitio.
No hay ventanas delatoras. No hay peatones en Georgia Street. No hay testigos.
Saqué el arma del bolsillo y disparé por encima de mi propia cabeza. El retroceso del arma devolvió la vida a mis extremidades. Tenía el pulso a más de doscientas rpm.
El tipejo giró en redondo. Movió los labios. Una palabra salió de él en forma de chillido. Extraje mi revólver reglamentario y le disparé en la boca. Le estallaron los dientes. Se desplomó. Coloqué la pipa exculpatoria en su mano derecha.
Intentó decir «Por favor». Este sueño es una recreación de rutina. Los detalles viran y varían. El «Por favor» siempre sale. Yo estoy vivo. Él no. Esa es la cruel conclusión.
El poli sobrevivió. Sufrió una herida con entrada y salida. Al cabo de una semana volvía a estar de servicio.
Vil venganza. Rabiosamente errónea en retrospectiva. Una quebradura en la cripta de mi alma. Harry Fremont transmitió el mensaje. Freddy O. es legal. El jefe C.B. Horrall me envió una botella de Old Crow. El jurado de acusación lo defenestró al cabo de dos meses. Lo pillaron metido en una red de prostitución. Lo sucedió un jefe provisional.
Ralph Mitchell Horvath. 1918-1949. Ladrón de coches/Asaltante a mano armada/Exhibicionista. Enganchado a las chaquetas amarillas y el moscatel.
Ralphie dejó viuda y dos hijos. En un arranque de culpabilidad, los indemnicé a golpe de pagos penitenciales. Giros postales. Uno al mes. Firma falsa. Todos anónimos. Fijémonos: Ralphie está muerto y yo no.
Derroteros de la memoria. Soy un guapo galán, allá por el 51. Soy un gastado guiñapo, allá por el 92.
Me refugié en mi chabolo. Allí me quedé hasta el Día del Trabajo. Deambulé por los derroteros y eché últimas miradas a mis seres queridos, mis seres deseados y mis seres perdidos.
Recorrí los álbumes de recortes. Al ver las fotos antiguas, mis engranajes entraron en funcionamiento. Ahí estoy yo con Frank, Dino y Sammy. Partí piernas para ellos. Se avergüenzan y apartan. Hay muchas fotos de mi cama en el viejo chabolo. La llamaba «la Pista de Aterrizaje». Por entonces yo era el Señor de los Tríos. Me lo hacía con azafatas, aspirantes a estrella y actrices consagradas. Liz Taylor y yo nos lo pasamos pipa en numerosas ocasiones con una azafata llamada «Barb». Hay fotos de mi amor perdido, Joi Lansing. Hay una foto de mi amor verdadero, Lois Nettleton. Por entonces yo era joven y estaba bien dotado. ¡¡¡¡¡Aaaayyyy… maldito sea el dulce misterio de la vida!!!!!
He ahí mi diccionario y mi tesauro. En Confidential eran herramientas educativas para los redactores rabiosos. Utilicemos la aliteración y difundamos difamaciones. Los homosexuales son «ceceantes licenciosos». Las lesbianas son «cachas marimachas». Los borrachos son «beodos buscabotellas» y «dipsomaníacos dispépticos». Vulgaricemos y vitalicemos. Engendremos una enloqueciiida jerga populista. Hagámosla pregonaaaaaar pecaminosamente.
Mis compinches se presentaron el Día del Trabajo. Hicimos hamburguesas y libamos de lo lindo. Se marcharon a las 2.00 h. Un regimiento de enfermeros los agarró y los acarreó hasta sus limusinas. Los andadores anadearon, las botellas de oxígeno se volcaron y rodaron. Aquello me puso los pelos de punta, socios.
Me acomodé y vi una reposición de Dragnet. Cuatro de las veces que detuvieron a Jack Webb por conducir bajo los efectos del alcohol, compré al juez ajumado. Me pasé por la piedra a la mujer de Jack, la conocida cantante Julie London. Ella dijo que yo era el mejor y el más grande.
Me papeé una docena de galletas Famous Amos. Había visto el episodio ya antes. El sargento Joe Friday enchironaba a unos hippies hirsutos. Echaba de menos a Jack. Compartimos unas cuantas carcajadas. Estiró la pata en…
Una bomba de hidrógeno cayó en mi corazón. Nubes en forma de hongo me hostigaron. Se metamorfosearon en monstruos. Johnnie Ray, Monty Clift. Políticos pisoteados y actores de cine acosados. Es un calamitoso caleidoscopio de condenación.
Se abalanzaron sobre mí. Pusieron cara de «¡¡¡¡¡J’accuse, j’accuse, j’accuse!!!!!». Me costaba respirar. Me estalló el brazo izquierdo. Pulsé el botón de urgencia médica del teléfono.
Luego unas desconcertantes detonaciones. Son los titulares de terror del Herald. EL CACIQUE DEL COTILLEO, EL SEÑOR MIEDO, EL CHAMÁN DEL BOCHORNO. Luego un estruendoso estrépito. Echan la puerta abajo. Una mascarilla me cubre la boca.
Estoy muerto. De ahí el Purgatorio y esta confesión.
EL MUERMO DE LA RONDA A PIE
Centro de Los Ángeles
4/10/52
División Central. Guardia en un día desaborido. Freddy el Frescales ha perdido el norte.
Disolví mi banda del 459. Mis mejores hombres se engancharon a la magnífica «H». Los veía decididamente desesperados y propensos a irse del pico. Yo había dilapidado la plata en el juego. Vivía de la triste paga de poli y me hallaba hundido en la depre. William H. Parker ascendió a jefe en el 50. Instauró rigurosas reformas e infiltró en la tropa una cohorte de confidentes para destapar desmanes y desaguisados. Yo conducía un macarramóvil Packard. Lo gané a los dados en el barrio negro. Los pájaros de Parker le fueron con el soplo al justiciero Jefe. Fui emplazado e interrogado intensamente. Parker me advirtió que no fuera bolchevique. Dijo: «Tengo mis cuatro ojos puestos en ti».
Aquel día llovió. Menudo monzón. Violentos vientos me vapulearon durante la ronda a pie. Paré en una cabina de teléfono y llamé a la comisaría. El hombre de guardia me dijo que fuera echando leches al 668 de South Olive. Estaban rodando un episodio de Racket Squad en el vestíbulo. Necesitaban a un hombre duro para ahuyentar a los cazadores de autógrafos.
Me encaminé hacia allí. Cogí un vigoroso viento de cola y chapoteé a toda mecha por los charcos. Era un edificio destinado a la atención médica. El vestíbulo estaba bien iluminado. Me encontré con una crispada concurrencia, de inmediato.
Luces, cámaras, micrófonos en jirafas. He ahí la acción, de buenas a primeras.
Un fulano con orejas de soplillo estaba importunando a una rubia regia. Llevaba unos chinos pinzados y una chaqueta gastada. Ella era escultural, un bombón.
El elenco y el equipo técnico orbitaban en torno a la escena. El orejas de soplillo agarró a la rubia por el brazo y le causó abrasiones. Eso me cargó las gónadas y me encendió las entretelas. Me acerqué a él por detrás. Vio mi sombra y giró en redondo. Le aplané la nariz con la palma de la mano. Le lancé un zurdazo a la laringe. Lo remaché de un rodillazo en las bolas mientras se desplomaba.
La rubia hizo una genuflexión. Me toqué el sombrero. El orejas de soplillo se resguardaba la napia reventada y llamaba a su mamá con un gimoteo. El elenco y el equipo aplaudían.
—Es mi exmarido —dijo la rubia—. No me paga la pensión desde hace tres meses.
Le pateé la cabeza y le cogí la cartera. El orejas de soplillo gimió de nuevo llamando a su mamá. El elenco y el equipo silbaron y zapatearon.
La cartera pesaba lo suyo. Abrí el compartimento de los cuartos y conté bastantes billetes de cien. Se los entregué a la rubia. Se los echó al bolso y echó un dólar al exmaridito. Dijo:
—Por los viejos tiempos. Era bueno en el catre.
Me desternillé. Me llevé la mano al bolsillo y le di una tarjeta. Una sutil demostración de clase. Constan mi nombre, mi número de teléfono y «Señor de los Veintitrés Centímetros».
Echó la tarjeta junto con el botín. Un tipo gritó:
—Ahora entras tú, Joi. Escena 16-B.
Ella me guiñó el ojo y se alejó. Esposé al orejas de soplillo con las manos a la espalda y llamé a la comisaría desde un teléfono público. Hollybufo: rodaron la escena mientras el ex seguía esposado y en estado de coma en el suelo.
Salí y me fumé un pitillo. Paró delante un coche de policía y se llevó al ex a Georgia Street. Pensé en Ralph Mitchell Horvath. Un chico me devolvió la tarjeta de visita. Ella había escrito al dorso: «Joi Lansing. 99-63-97. En el Googie’s, esta noche a las 20.30».
Vivo en un chabolo de soltero soberbio, a un paso del Strip. Está abarrotado de banderas japonesas y Lugers enmarcadas. Tengo un periscopio en el porche. Espío a las mujeres del barrio y me grabo sus gestalts.
Soy un voyeur. Es algo vampírico. Estudio a la gente. Ansío conocer sus secretos sucios.
En mi dormitorio hay un enoooooooorme cuarto ropero. Tengo sesenta trajes de Sy Devore. Los cajones de mi cómoda contienen abundante lencería de encaje. Mis felinas amantes me dejan recuerdos a raudales.
Guardo una carpeta sobre Ralph Mitchell Horvath. Reuní el material en departamentos de policía y penitenciarías de todo el estado. Conozco todos los secretos de Ralphie.
Pinchó a un marica mexicano en el reformatorio. Engendró dos hijos cortos de alcances. Chuleó a su mujer para saldar sus deudas de póquer. Afanó barbis a un farmacéutico chino.
Incorporé esa información. Me sirvió para poner distancia con respecto a Ralphie. Mantuve a raya su poder sobre mí. Conoce a tu enemigo. Conozco esa irreligiosa realidad desde la cuna.
Me acicalé bien para Joi Lansing. Me calcé los mocasines de cocodrilo y escondí la fusca en una funda colgada al hombro. Un toque de Lucky Tiger… y un pequeño paseo hasta el lugar de encuentro.
El Googie’s era un café restaurante en la esquina de Sunset con Crescent Heights. La estética de la era espacial me puso los pelos de punta. Fluorescentes/tapizados de piel sintética/cromo. Un estiloso enjambre de mangantes del mundo del espectáculo camino del infierno.
Entré. Joi Lansing saltaba de mesa en mesa. Llevaba un vestido demasiado ceñido y una exigua estola de visón con la etiqueta de una casa de empeños prendida. En el tugurio corría el runrún de algo ocurrido en Glendale. Una clienta del Googie’s había rodado una escena de amor con Bob Mitchum. Bob el Bribón le metió la lengua. Se fumaron un petardo en el aparcamiento trasero de la RKO. Ella se la mamó en su Ford del 51.
Un murmullo traspasó el tugurio. Yo sabía que un servidor irradiaba PASMA. Irrumpí en un reservado y me desabroché la chaqueta. Un moñas mariposeó cerca y echó un ojo a mi pipa. Corrió a reunirse con su grupo, todos de la acera de enfrente, un reservado más allá. Incorporemos esta información: el camarero del Cockpit Lounge organizó una subasta de esclavos, solo chicos. Adlai Stevenson se vio involucrado y abochornado. Las locas cacarearon: ¡¡¡ja-ja-ja!!!
Joi se sentó. Señalé la etiqueta de la casa de empeños. La arrancó y la dejó en el cenicero.
—Gracias por la invitación —dije.
—Gracias por el desquite —dijo Joi—. Ese tipo me fracturó la muñeca izquierda el Día de San Patricio del 49.
—Eres muy joven para tener ya un exmarido.
—Sí, y estoy separada del segundo. Iría a Reno para un divorcio exprés, pero igual no servía. Nos casamos en Tijuana, así que el papeleo podría traer complicaciones.
—¿Hay algo que yo pueda hacer?
—Bueno, eres policía.
Encendí un pitillo y le ofrecí el paquete. Joi negó con la cabeza.
—Está en libertad condicional, y pasa grifa desde México. Podrías llamar a Narco. A lo mejor eso serviría.
Negué con la cabeza.
—Dame su dirección. Ya pensaré en algo.
—Vendrá aquí a las nueve y media. Ha estado viviendo en un albergue desde que lo puse en la calle, y un cocinero de aquí, el de la fritura, atiende sus llamadas de teléfono. Es técnico maquinista no sindicado. Le colé un mensaje falso después de conocerte. Tú eres un productor de la Fox, y tienes un trabajo que ofrecerle. Te reunirás con él en el aparcamiento.
Me desternillé.
—¿Has dado por supuesto que me prestaría, así sin más?
Joi se desternilló.
—Vamos, Freddy. Ese número que te sacaste de la manga en el centro y lo de «Señor de los Veintitrés Centímetros»… ¿Qué no harías por dinero o por un polvo?
Un mozo de comedor mexicano pasó furtivamente por al lado. Lo agarré de una trabilla del cinturón y lo detuve. Vio mi fusca y le entró el tembleque.
Le aflojé un billete de diez.
—Ve a la cocina y tráeme una bolsa de hierba. Si no cumples, irás camino de Culiacán en el tren de esta noche.
Manuel puso cara de «Sí, sí» y se alejó. Joi se desternilló y me gorroneó un pitillo. Exhalé un anillo de humo a gran altura. Ella exhaló otro a una altura aún mayor. Llegaron al techo y formaron hongos, a lo Hiroshima.
Manuel serpenteó de regreso con la mota. Le dije que se largara. El grupo de la otra acera analizó una nueva perla. Ava Gardner se había tirado a Sinatra. Está liada con un extra bien dotado de Monogram.
—¿Cuál es tu verdadero nombre? —pregunté.
—Joyce Wassmansdorff —dijo Joi.
—Ponme en antecedentes.
—Soy de Salt Lake City. Tengo veinticuatro años. Estudié en la academia de la MGM, y no llegué a ninguna parte.
—Pero ¿ahora eres una joven promesa?
Joi aplastó la colilla.
—He trabajado en seis películas sin salir en los créditos, y en cuatro con reconocimiento en los créditos. He hecho papeles en Racket Squad y Lucha contra el crimen, y una comedia con Jane Russell.
—Cuéntame algún trapo sucio de Russell.
—¿Qué hay que contar? Es una santurrona, casada con ese quarterback de los Rams.
Recorrí el salón con la mirada. La paranoia se apodera de mí, periódicamente. ¿Y ese par de fulanos con el pelo al rape junto al puesto de comida para llevar? Son hombres de Bill Parker. Los había visto en la Central. Eran puritanos de labios prietos en busca de polis corruptos que empapelar.
—Necesitarás dinero para disfrutar de mi compañía —dijo Joi.
Rerrecorrí el salón con la mirada. Activé mi visión radiográfica. Un tipejo al que trinqué por un timo me reconoció y salió por piernas.
—Son las nueve y media —dijo Joi—. Busca a un hombre bajo con un tupé enorme.
Salí al aparcamiento. El del tupé mataba el tiempo junto a un Mercedes del 51. Me acerqué mucho. Atisbó la herramienta en la hombrera y puso cara de «Oh, mierda». Vestía un pantalón de color claro. Se meó por la pata abajo hasta los dobladillos vueltos. Procedí, diplomáticamente.
—No te opongas al divorcio. Yo negociaré los pagos de la pensión. Envíame el cheque directamente a mí. Me quedaré mi parte y entregaré el resto a la señorita Lansing.
El del tupé levantó las manos. Eso quería decir «No me pegue, jefe». En un solo movimiento saqué la bolsa de hierba y le agarré la manaza. Apreté con fuerza y conseguí sus huellas dactilares completas.
Lloviznaba. Señalé hacia la calle. El exmaridito n.º 2 se echó a correr.
—A Hollywood le vendría bien un tipo como tú.
Me di la vuelta. He ahí a la Jovial Joi. Tiene sentido de la oportunidad.
—Querrás decir que Hollywood me vendría bien a mí.
Me besó. Le devolví el beso. Así empezó todo.
Yo tengo sentido de la oportunidad. Cuesta dinero, lucero. Atraqué una casa de apuestas al cabo de dos días.
Una máscara de Hitler me cubría el rostro. Entré con una bolsa de colmado vacía y salí con cuatro de los grandes. Repartí el botín a medias con Joi. Financié mis negocios con el resto. Un farmacéutico de Beverly Hills me proporcionó una pila de píldoras que colocar. Harry Fremont me vendió ocho fuscas de lo más frías. Joi reclutó a un médico especialista en raspados. Le dije que empezaría a buscar buenas chicas en apuros. Armas/droga/un galeno granuja. Mi novia como cauce hacia una coruscante cultura de la corrupción.
Joi llegó a Hollywood en el 42. Tenía catorce años. Se matriculó en la academia de la MGM y conoció a Todo el Mundo. Era intensamente inmoral y estaba condenadamente conectada. Lo sabía Todo. Era una guía Baedeker en forma de chica. Conocía a camareros, mozos de comedor, botones, busconas, bribones y directores de reparto. Conocía a pornógrafos, púsheres y proxenetas. Conocía a multitud de pendones en apuros. Se había propuesto coronarme Rey de la Extorsión. Joi untó la palma de la mano a todo Hollybufo con mis donativos. Docenas de desvergonzados delincuentes aceptaban mi generosidad. Comprábamos trapos sucios aptos para el crudo y burdo chantaje.
Yo trabajaba en el Departamento de Policía de Los Ángeles. Me busqué un bolo para el tiempo libre. Ahora era el jefe de seguridad del Hollywood Ranch Market. Se trataba un establecimiento licenciosamente legendario y abría toda la noche. Trincaba a mecheras y falsificadores de cheques. Vivía conforme a mis medios y nunca daba a los gorilas de Bill Parker un pretexto para atraparme. Llevaba a Joi al Ciro’s y al Mocambo. Veía allí a polis de la Brigada de Inteligencia que observaban el ambiente. Los acogía como un hermano. Pregonaba a bombo y platillo mis grandes noches, financiadas mediante grandes días en el hipódromo.
Vendía armas. Vendía pastillas. Mediaba en abortos. Difundí una película porno titulada El zoo de Mae West. La convivencia en pareja estaba prohibida para los hombres del Departamento de Policía de Los Ángeles. Joi y yo manteníamos nuestras citas en el chabolo de su madre en Redondo. Ella dijo que la voz corría y se metastatizaba: Freddy O. es el Hombre a Quien Hay que Acudir.
Los bolos se sucedieron. Aporreé a un pervertido que le enseñó el nabo a la mujer de Duke Wayne. Duke me pagó cinco de cien y me contó los últimos chismes sobre el Hollywood Rojo. Dino Martin me llamó. Dejó preñada a su criada y los trillizos estaban a punto de romper el cascarón. Soborné a un poli de aduanas y conseguí que deportaran a Dolores la Dolorosa. Dino me pagó dos de los grandes y me transmitió los trapos sucios sobre una sorprendente sucesión de starlets. Estas campeaban en mi cama y me traían trapos sucios a cambio de una iguala. ¿Quieres billetes de cien y ardientes achuchones en el heno? Llama al Señor de los Veintitrés Centímetros.
Le facilité un raspado a Lana Turner. Se cepilló a un saxofón alto llamado Art Pepper en un arrebato de abandono bebop. El panoli de Pepper quería que el niño naciera y la amenazó con revelarlo. Coloqué dos canutos en el estuche de su saxo y di el soplo a la pasma. Le cayeron nueve meses en el penal de Wayside.
Joi conocía a unas cuantas amas de casa con clase en Hancock Park. Eran insoportablemente insustanciales y vivían asentadas en el aburrimiento. Necesitaban follar furtivamente. Joi vio dinero en eso. Añadamos «macarra» a mi currículum. A partir de ahora formo parte de la Patrulla de Sementales.
La oportunidad es amor. Ese conciso concepto azotó mi alma en apogeo.
Joi dijo que Liberace tenía un trabajo para mí. Estábamos en el catre en casa de su madre. Sus ojos resplandecían y se arremolinaban en torno a mí de una manera totalmente nueva. Dibujaba el signo del dólar en el aire.
El momento vibra en VistaVision y supersónico PompaMascope. Un piano enlaza un nocturno y palpita con una polonesa.
POMPA Y POSTÍN EN EL CHABOLO DE LIBERACE
Coldwater Canyon
29/4/53
Me recibió un afectado factótum. El jardín era de temática tropical y del tamaño de un campo de fútbol.
Unos flamencos flotaban en el aire. Unos tucanes transitaban por allí y devoraban bichos. Un camino cruzaba entre frondas de tres metros de altura y explosiones florales. Todo era verde, morado y rosa.
Llegamos a un claro. El pavimento era de losas con claves musicales grabadas. La piscina tenía forma de piano. Liberace estaba sentado en una hamaca. Un leopardo con un collar de visón dormitaba a sus pies.
El factótum se marchó, muy ufano. Acerqué una hamaca. El leopardo despertó y me gruñó. Le rasqué el cuello y le besé el hocico. Volvió a dormirse.
—Es usted un temerario —dijo Liberace—. Es la clase de hombre que necesito.
—Estoy aquí para sacarlo de su aprieto, caballero. Me ha dicho Joi que cierto hombre anda molestándolo.
El factótum regresó con unos cócteles, muy ufano. Dos vasos altos despedían un resplandor rosado. El tipo nos sirvió y se esfumó. Mi copa sabía a chicle radiactivo.
—Arriba, abajo, al centro y adentro —dijo Liberace.
Solté una risotada.
—Cierto chico le está dando la lata, ¿no? Pague, o lo delatará a la Legión de la Decencia. Todos esos mafiosos italianos que acuden a su espectáculo en Las Vegas se darán el piro. Su programa de televisión se cancelará si corre la voz de que es usted de la otra acera.
Liberace dejó escapar un suspiro.
—Inimitablemente sincero, y tan, tan cierto. El chico en cuestión es un friegaplatos del Perino’s. ¿En qué estaría yo pensando?
Tomé un sorbo de mi bebida rosa.
—¿Fotos?
—Por supuesto, querido mío. Me llevó a la habitación de un motel donde había una mirilla en la pared.
Un altavoz de alta fidelidad crepitó y se puso en marcha. Judy Garland entonó a grito limpio: «Someday he’ll come along / The man I love». El leopardo se ladeó y se lamió las bolas. Liberace le habló en gorgoritos.
—Cinco mil, caballero. Recibirá las fotos y los negativos, junto con mi garantía de que no volverá a ocurrir.
Liberace hizo un mohín. Hinchó el pecho. Varias lentejuelas se desprendieron de su toga. El leopardo se acercó a la piscina con un lento trote y encorvó el culo por encima del borde. Echó una cagada descomunal.
El factótum corrió hacia él. Esgrimía un artilugio recogedor de bosta. Liberace metió la mano debajo de su hamaca y sacó un álbum de recortes.
—Los exreclusos son una debilidad mía, lamento decir. Tengo la foto de la ficha policial de ese muchacho, y las de otras de mis conquistas entre chaperos. Es mi nuevo pasatiempo. Pego fotos cuando no estoy cautivando a mis admiradores o practicando Chopin.
Cogí el álbum y lo hojeé. Era una puta magnetita de moñas. Conté veintiséis vaqueros de la vaselina que lucían carteles colgados del cuello. Nombres/fechas/números del código penal. Un soez surtido de masculinidad maligna. Violaciones de la libertad condicional y detenciones por prostitución a tutiplén.
Liberace hincó el dedo en la foto de un tal Manolo Sanchez. El tipo emitía vibraciones de pérfido peso gallo.
—Me partió el corazón, y su malévola hermana lesbi tomó las instantáneas. Trátelo con toda la severidad que considere oportuna.
Asentí y pasé la hoja. Destacaban en la página tres muchachos de lúgubre glamur. Ward Wardell, Race Rockwell, Donkey Don Eversall. Fichados todos por posesión de pornografía.
Señalé las fotos.
—Actores de pelis guarras, ¿no? Aparte hacen chapas. Ves la peli, te entra el anhelo, haces una llamada.
—Correcto. Fui a una proyección en casa de Michael Wilding y Liz Taylor. Michael proyectó Lujuria en el vestuario y Pasión en el presidio, y me derivó a ellos.
«Derivó», la expresión me hizo gracia.
—¿Podrían estos tipos empalmarse con una mujer?
Liberace lanzó una exclamación.
—Podrían, pueden, y lo hacen, encanto. Y Donkey Don es la octava maravilla del mundo, no sé si me explico.
Sentí un cosquilleo. Pensé «Ganancias». Vi signos de dólar y un desfile de estrellas de cine en mi Pista de Aterrizaje.
—¿Así que Michael Wilding es un caballero gay?
—Por los cuatro costados, amor mío. Su casa se conoce como «Cazamariposas», lo cual perturba infinitamente a la adorable Liz.
Solté una risotada.
—¿Y Liz quiere el divorcio, para poder pasar a su siguiente marido y batir el récord mundial de todos los tiempos?
Liberace se dio una palmada en las rodillas.
—Sí, y en ese apartado le lleva ventaja a la novia de usted.
Me hice crujir los nudillos. Liberace entró en éxtasis. Casi se corrió de gusto en los vaqueros.
—Dígale a Liz que se reúna conmigo en el hotel Beverly Hills, mañana por la noche. Facilítele mi currículum.
Liberace reentró en éxtasis. El leopardo gruñó y un tucán se escabulló a lo alto de un árbol.
El Perino’s era un local de postín y clientela rica de toda la vida. Servía a individuos infecundos y a viudas venadas. Me acerqué por allí a la hora del cierre y aparqué junto a la pue