Prólogo
Chicago,
noche del 8 al 9 de octubre de 1871
Olió el humo antes de verlo, antes de asomarse siquiera a la ventana de su cuarto y ver aquel cielo de color naranja que se le atravesó en la garganta y en las pupilas. La parte sur de la ciudad ardía en llamas. Distinguió las lenguas de fuego lamer las panzas de lo que parecían jirones de nube y que no podían ser otra cosa que condensaciones de humo denso y azulado. El fuego estaba lejos, tan lejos de hecho que más parecía un sueño que otra cosa. Solo que Violet Montroe sabía que no se encontraba en su cama, sino de pie frente al ventanal abierto, con los pies descalzos sobre una alfombra que no lograba mitigar el frío de la madera que cubría. Todo en Chicago estaba hecho de madera, hasta las calzadas, fabricadas con travesaños que crujían con el paso de los carros y los caballos.
Sin embargo, no había sido el pavoroso incendio lo que la había despertado cerca de la una y media de la madrugada. Habían sido las voces de sus padres, discutiendo en el piso de abajo. Que ella recordara, era la primera vez que los oía alzar la voz de aquella manera. Su madre tenía una extraña forma de mostrar su desacuerdo con algo: hacía un mohín con la boca y apretaba mucho los labios. Durante minutos, u horas, no decía nada, y todo lo realizaba con movimientos bruscos, hasta que se le pasaba el enfado. Tampoco su padre tenía por costumbre gritar, como mucho soltaba alguna frase contundente —especialmente, a alguna de sus tres hijas— antes de encerrarse también en un mutismo menos rudo que el de su esposa. Así que aquella era una situación extraordinaria, y dos hechos tan extraños en la misma noche —el incendio y la discusión— no podían ser una casualidad.
Se echó un chal por encima de los hombros y bajó las escaleras, con el estómago contraído y apenas sin respiración. En ese momento se había hecho un inusitado silencio, denso como la mantequilla. Apenas hacía tres meses que se habían instalado en aquella espaciosa vivienda y Violet aún no se había hecho a sus ruidos, a sus corrientes de aire ni a aquellos peldaños que crujían levemente bajo sus pasos.
Vio la luz del salón pequeño encendida y se dirigió hacia allí. Su padre permanecía en pie junto a su madre, que había tomado asiento y se cubría el rostro con las manos. ¿Estaba llorando? No recordaba haberla visto llorar jamás.
—Violet me acompañará —dijo entonces su padre al verla aparecer—. Así iremos más rápido.
—¿Es que te has vuelto loco, Dashiell?
Violet se dio cuenta de que su padre estaba completamente vestido, con pantalones, camisa, chaleco y botas. ¿A dónde tenían que ir a aquellas horas de la noche?
—Vístete, Violet —le ordenó.
—¿Qué?
—Rápido, no podemos perder ni un minuto. Tenemos que ir al taller —la apremió su padre.
—¿Al taller? —Violet echó un vistazo a través de la ventana para cerciorarse de nuevo de que aún era de noche.
—Se ha declarado un incendio más al sur y podría alcanzar el negocio. Hay que ir a buscar las herramientas y algunos materiales valiosos.
—Dashiell, por favor... —suplicó su esposa.
—Margaret, querida, no hay otro remedio. Nos ha costado mucho llegar hasta aquí y no podemos perderlo todo en una sola noche. —El hombre acarició con ternura el rostro de su esposa—. Tú prepara las maletas y despierta a las niñas. Si el fuego sigue avanzando tendremos que salir de la ciudad.
—Dios mío...
—Violet, ¡corre! —insistió su padre, con voz potente.
Ella se dio la vuelta y subió los escalones de dos en dos, con el corazón martilleándole las sienes.
—Dashiell... —oyó decir a su madre antes de que su voz se convirtiera en un susurro inaudible—, es solo una niña.
«Tengo doce años», le habría gustado responder a Violet. Niñas eran sus hermanas Flora y Rose, de nueve y siete años, que dormían en sus habitaciones sin imaginar que en unos minutos tendrían que levantarse y ayudar a su madre a preparar el equipaje. Oh, Dios. ¿Y si el fuego alcanzaba realmente la casa nueva y perdían todo cuanto tenían? La preciosa vivienda, de dos plantas y con un amplio desván, estaba situada en la calle Halsted, en la zona norte. Apenas poseía un rectángulo de jardín en la parte delantera, pero estaba ubicada en un buen barrio y Violet disponía al fin de una habitación para ella sola. Hasta hacía poco habían vivido en la parte superior del taller de ebanistería y carpintería de su padre, y las tres habían compartido cuarto desde siempre.
Las primeras noches en la nueva casa habían sido las más difíciles. Flora y Rose no se acostumbraban a dormir solas y se levantaban de sus camas para colarse en la habitación de su hermana mayor, hasta que su madre decidió tomar las riendas del asunto. No se habían mudado a una zona mejor y a una casa más grande para terminar viviendo hacinados de nuevo. Le dolió reconocer que las echaba de menos tanto como ellas a Violet, pero terminó acostumbrándose y en ese momento se sentía muy feliz con su espacioso dormitorio y sus cosas siempre recogidas.
Se vistió deprisa con la ropa más usada que encontró y bajó de nuevo como una exhalación. Su padre se había puesto un gabán y se encontraba junto a la puerta, aguardándola.
El aire que la recibió en el exterior era cálido, más cálido de lo que debería haber sido a aquellas alturas del año. Echó un vistazo hacia arriba y al resplandor rojizo que pintaba el cielo hacia el sur. El fuego debía de ser enorme si había alterado la temperatura de aquel modo.
O estar mucho más cerca de lo que parecía.
—Cogeremos la carreta y la llevaremos todo lo cerca que podamos del taller, así podremos cargar con más cosas —le dijo él, mientras se dirigía al pequeño cobertizo situado en un lateral.
Unos minutos más tarde, ambos iban subidos al pescante del carro que su padre utilizaba para entregar sus encargos o para transportar los materiales con los que fabricaba sus muebles, pero no pudieron avanzar tanto como les habría gustado. Las calles estaban abarrotadas con cientos de personas y vehículos como el suyo cargados hasta los topes, huyendo de las llamas hacia el norte. Dashiell giró por un callejón, se bajó y ató los caballos a una de las farolas de gas que todavía alumbraban la calzada.
—Iremos caminando desde aquí —la informó su padre.
Estaban en la calle Pearson, a cinco manzanas del taller, situado en Clark con Ontario. Cinco manzanas eran apenas un paseo, pero no en aquellas circunstancias.
El olor a madera quemada y al alquitrán que cubría los techos de los edificios era mucho más fuerte allí, mezclado con otros que Violet fue incapaz de distinguir. Casas y negocios de todo tipo, situados varias calles más al sur, estaban siendo engullidos por el fuego, que arrojaba una miríada de efluvios al aire. Tosió para aclararse la garganta, pero aquella mezcolanza se le adhirió al fondo del gaznate y ya no fue capaz de arrancársela de allí. Se limitó a seguir a su padre, que iba esquivando a la muchedumbre, a veces a codazo limpio.
Los ojos de Violet no daban más de sí. Nunca había visto a tanta gente en un mismo lugar. Algunos ni siquiera se habían vestido, y veía sus camisones por debajo de abrigos y gabanes. Aferraban bultos entre las manos, con los ojos tan desorbitados como debían estar los suyos. En la esquina de Clark con Huron se detuvo, atónita. Un grupo de jóvenes, con los rostros cubiertos por pañuelos, lanzaban piedras contra el escaparate de una tienda. En cuanto el cristal se vino abajo, los vio entrar en el interior y salir después con los brazos abarrotados de productos.
—¡¡¡Eh!!! —les gritó.
Ni siquiera parecieron escucharla, porque echaron a correr hacia el norte con su botín, sin mirar atrás. Otros establecimientos de la zona habían corrido la misma suerte, comprobó con más consternación que rabia. Conocía a casi todos los dueños de esas tiendas, ella se había criado en esas mismas calles.
Se volvió hacia su padre, quizá él podría hacer algo, pero no estaba con ella. Seguro que ni se había dado cuenta de que ya no lo seguía. Violet continuó avanzando hacia el sur, esquivando a la marabunta que se desplazaba en dirección contraria, aunque con mucho menos fortuna que su progenitor. Cuando llegó al fin frente al taller, vio la puerta abierta y entró.
—¡Papá!
—¡Aquí!
Escuchar la voz de su padre fue como un bálsamo que la tranquilizó de inmediato. Allí dentro, en la penumbra, el silencio la asaltó. Hasta ese momento no se había dado cuenta del ruido que había fuera. Gritos, voces, llantos, caballos y carros, piezas de loza o cristal estrellándose contra el suelo, hierros contra hierros, y un rugido de fondo que era como tener un enjambre de abejas metido en la cabeza.
Su padre apareció con media docena de tablones de madera de ébano, sin duda los más valiosos que tenían. Los había adquirido para fabricar una cómoda para la esposa del alcalde Mason, y no pensaba dejar que ardieran.
—Coge las piezas más pequeñas —le ordenó.
Violet hizo lo que le pedía y entró en la trastienda, donde tenían el taller. Sabía perfectamente dónde se encontraba cada cosa. Había pasado casi tanto tiempo allí como en la escuela. Le encantaba ver trabajar a su padre y a sus dos ayudantes y, con el tiempo, incluso había aprendido los rudimentos del oficio. «Lástima que no seas un chico —le decía a menudo—. Habrías sido un ebanista excelente».
Esos cumplidos siempre la hacían enrojecer de placer, lo mismo que la hacían lamentar su condición femenina. Pese a todo, procuraba mostrarse útil en todo momento, y lo mismo hacía recados que lijaba listones, barnizaba las piezas, diseñaba molduras o llevaba las cuentas. Las matemáticas se le daban francamente bien, y su padre delegaba en ella cada vez con mayor asiduidad. ¿Qué iba a ser de ellos si el local ardía hasta los cimientos?
—¡Violet! —Su padre la llamó desde el exterior.
Con las tablillas entre los brazos corrió hacia él. Por suerte, el viaje hacia el carro fue más rápido esta vez. No solo iban en la dirección adecuada, el caudal de personas también había disminuido. Cargaron las maderas en el vehículo y regresaron al taller.
Al final de la calle Clark, que ahora recorrían, se apreciaba el puente que cruzaba el río hasta el lado sur de la ciudad. Y fue entonces, mientras avanzaban en aquel sentido, cuando apreció las voraces llamas que se tragaban los edificios.
—Papá, tenemos que volver a casa. —Agarró con fuerza el brazo de su padre. Sentía los dedos rígidos.
—Aún tenemos tiempo —le aseguró—. El río retendrá el incendio.
Aquello tenía sentido. El fuego no caminaba sobre las aguas. Quizá, después de todo, el taller se salvaría.
Una vez accedieron de nuevo al interior, vio cómo su padre seleccionaba las maderas más nobles, el pan de oro para adornar las molduras, piedras semipreciosas para algunos adornos —sobre todo para los pomos— y todo cuanto le pareció de valor. Ella, entretanto, cogió un par de bolsas de arpillera y las llenó con las herramientas más valiosas. Sierras, martillos, mazos y cepillos chocaron contra cinceles, limas, tornillos, punzones y abrazaderas. Terminó arrastrando las bolsas por el suelo, incapaz de alzarlas debido a su elevado peso. Cuando finalizó, aún aguardó unos minutos a que su padre acabara con su inspección en busca de qué llevarse. Prácticamente nada de lo que había expuesto en la tienda podían acarrearlo sin ayuda, y allí se quedaban cómodas y roperos, cajoneras y mesitas de noche ricamente trabajadas y ornamentadas. Solo cogió algunos objetos pequeños y los colocó sobre una enorme pila. Violet pensó que era imposible que pudieran llevarse todo aquello. Ella ni siquiera era capaz de cargar con las herramientas. Necesitarían la noche entera para trasladarlo todo hasta el carro.
Su padre pareció darse cuenta también y ambos intercambiaron una mirada significativa. Ella se tragó sus propias lágrimas en cuanto adivinó las que anegaban los ojos de su padre.
—Cargaremos con lo que podamos —anunció él, con la voz estrangulada.
—Sí, papá.
De haber podido, Violet habría congregado a un ejército para que lo sacara todo de allí con tal de no ver el gesto de derrota y de tristeza en aquel rostro tan querido. Les llevó unos minutos seleccionar lo que les pareció esencial. El apremio por salir de allí cuanto antes le mordía los tobillos, pero Dashiell Montroe ni siquiera parecía ser consciente de que un monstruo de mil cabezas aguardaba al otro lado de la puerta.
En cuanto el aire caliente de la calle les azotó la cara Violet se dio cuenta de que el fuego, después de todo, sí que podía caminar sobre las aguas. Los edificios de su lado del puente ardían y las llamas ya no estaban más que a tres manzanas de distancia. ¿Cómo podían avanzar tan rápido?
Su padre había cogido una de las carretillas que usaban en el taller y la había cargado hasta los topes con las herramientas y otros enseres. La había sujetado con unas correas que luego se había pasado por los hombros, para tener las manos libres con las que cargar con más cosas aún. Violet acarreaba cuanto cabía entre sus huesudos brazos, que se resentían con el peso que soportaban. Con el fuego rugiendo tras ellos avanzaron por las calles ahora desiertas, Dashiell resollando y ella mordiéndose los carrillos para no quejarse.
—¡Los libros! —Su padre se detuvo y echó la vista atrás.
—¿Qué?
—No podemos dejar los libros ahí.
—Papá, no...
—Violet, ahí están nuestros encargos, el dinero que nos deben nuestros clientes, las facturas firmadas... Sin eso no cobraremos ni un centavo.
Ambos miraron hacia atrás. Ya habían recorrido una manzana, pero el fuego parecía no haberse movido de su sitio.
—Volveré en un segundo.
—¡No! —El temor a quedarse sola allí, y atrapada, fue superior a sus fuerzas.
—Espérame aquí, no te muevas. Te juro que estaré de regreso antes de que te des cuenta.
Dashiell dejó los bultos que cargaba en el suelo, se deshizo de las correas —que quedaron tiradas sobre el pavimento como dos serpientes sin cabeza—, y corrió de vuelta al taller. Casi como en un sueño, Violet contempló su cabello rojo brillando incandescente a la luz del fuego y se preguntó si el suyo, del mismo color, brillaría del mismo modo. Era la única de todas las hermanas que había heredado aquel rasgo de su padre, el cabello rojo y los ojos grises.
Lo vio desaparecer por la puerta y aguantó la respiración. Un remolino de calor le revolvió las faldas y vio cómo el fuego se retorcía y extendía sus tentáculos hacia ella. En un instante, el local junto al de los Montroe comenzó a arder.
«Papá, sal ya, por favor», rogó, tan asustada que no era capaz ni de moverse.
El tiempo se estiró como una lengua de lava. Algo había ocurrido, estaba segura. Los libros estaban en la trastienda, en un armarito que se cerraba con llave. ¡La llave! Su padre se la llevaba a casa todas las noches, y no estaba segura de haberla visto colgada de su cuello. Sin duda estaría tratando de abrir el mueble con lo que tuviera a mano, solo que la mayoría de las herramientas con las que podría haberlo hecho estaban allí, en la carretilla. Dejó su carga en el suelo y hurgó en las bolsas de arpillera, hasta que dio con un formón y un mazo. Si hacían cuña, podrían abrir el mueble en un instante. Abandonó todas las pertenencias en mitad de la calle y corrió en dirección al taller, mientras las llamas salían ya de las ventanas del edificio colindante.
No había recorrido ni la mitad de la distancia cuando una potente deflagración cortó el aire, al tiempo que una llamarada barrió la calle, tragándose de una vez casi toda la manzana. Violet se volvió por instinto y la onda expansiva la arrojó a varios metros de distancia. Sintió un dolor en el costado tan fuerte que no podía ni respirar, y el olor a carne quemada inundó sus fosas nasales. Escuchó gritos a lo lejos y pensó en su padre, hasta que se dio cuenta de que era ella misma quien profería aquellos alaridos. ¡Se estaba quemando viva y no podía moverse!
Por el rabillo del ojo vio aproximarse una sombra. Era el fuego, pensó, que venía a por ella, a finalizar el trabajo que había comenzado. En cambio, fue algo pesado y húmedo lo que la cubrió por completo, y el alivio se mezcló con el dolor más atroz que había experimentado jamás.
Luego el cielo volvió a aparecer sobre su cabeza, lleno de rojos, naranjas y púrpuras, y recortado contra él un rostro masculino y barbudo que reconoció de inmediato.
—¿Violet? —preguntó el hombre.
Ni siquiera supo si fue capaz de asentir. Percibió unos brazos que la envolvían y la alzaban del suelo, y el sonido de unas voces alrededor, algunas de ellas conocidas. Aquel era el señor Williams, el dueño de la zapatería de la calle Erie.
Violet quiso preguntar por su padre, aunque conocía de sobra la respuesta a la pregunta que se moría por hacer. Solo que la oscuridad la atrapó antes y la sumergió en un mundo de tinieblas.
Allí donde el fuego ya no podía alcanzarla.
1
Heaven, Colorado. Marzo de 1887
15 años y 5 meses después
Violet se despertó con el sol desparramado sobre su almohada y pestañeó un par de veces, hasta que sus ojos se habituaron a la luz. Echó un vistazo alrededor y no reconoció el lugar en el que se encontraba.
Ya no estaba en Chicago, su ciudad natal, pensó, y ella ya no era Violet Montroe.
Recordó los últimos días de su vida, el fastuoso viaje en tren a bordo de uno de aquellos coches Pullman de los que tanto había oído hablar. Rememoró los sillones ricamente tapizados, el vagón restaurante donde había comido y cenado durante el viaje, la cama que el mayordomo del tren le había preparado, y los pasajeros con los que había compartido aquellas horas de su vida. A continuación, su llegada a Denver, una ciudad que le pareció casi tan grande como Chicago, pero que apenas tuvo tiempo de ver antes de tomar un nuevo tren con destino a Pueblo, más al sur. Y luego el interminable viaje en diligencia, en compañía de un comerciante y de una señora anciana que había desoído la norma de no utilizar perfume durante el trayecto para no molestar a los pasajeros. Violet se había pasado la mayor parte del recorrido mareada, hasta llegar a aborrecer —creía que para siempre— el aroma de las rosas. ¿Es que la gente no era consciente de que las reglas estaban para algo?
Al llegar por fin a su destino, el pueblo de Heaven, casi era noche cerrada y ella estaba tan agotada que se dejó caer sobre la mullida cama de la habitación del hotel, sin querer tomar ni un bocado.
Y ahora ahí estaba, despierta, a medio vestir y con un hambre voraz.
Se levantó y se tomó su tiempo para lavarse y vestirse. Solo entonces se aproximó a la ventana.
En la casa de huéspedes en la que había vivido los últimos quince años disponía de una habitación lo bastante alta como para poder observar los tejados que la circundaban y las copas de algunos árboles, que el viento mecía casi a diario. No estaba preparada para la visión que en ese momento se extendía frente a ella, la inmensa pradera nevada que se vislumbraba más allá de los confines del pueblo, con las Montañas Rocosas recortándose al fondo. Ahogó un suspiro, mitad admiración, mitad aprensión. Jamás había visto una extensión abierta de tamañas dimensiones, una extensión que la hacía pensar en espacios infinitos e inabarcables. Aquel iba a ser su nuevo hogar.
Bajó los ojos hasta el nivel de la calle, donde varios transeúntes se desplazaban de un lugar a otro, y vio un carromato detenido frente a la entrada del hotel. Un hombre salía en ese instante del interior con un baúl que ella conocía muy bien y lo colocaba en la parte trasera del vehículo. Lo vio detenerse y alzar la vista. Durante unos segundos, dejó que sus miradas se encontrasen antes de alzar la mano y saludarlo.
Ese era el hombre con el que se había casado. El hombre que la había convertido en Violet Anderson.
Un hombre al que, tres semanas atrás, ni siquiera conocía.
Chicago, tres semanas antes
Hacía frío. Acurrucada bajo las mantas y con la cabeza descubierta, Violet contempló los jirones de vaho que escapaban de su boca con cada respiración. Irguió un poco la cabeza para comprobar que, en efecto, el brasero de su diminuta habitación estaba apagado. El carbón debía de haberse agotado en algún momento durante la noche, como solía suceder con más asiduidad de lo aconsejable. «Algún día pillarás una pulmonía», solía decirle su madre, pero Violet evitaba por todos los medios aproximarse a nada que pudiera arder, quemar o engullir. Así que la mitad de los días amanecía envuelta en un sudario helado, y la otra mitad en uno de escarcha. De todos modos, se decía siempre, tampoco disponían de muchas reservas para su uso privado. La prioridad eran los huéspedes, algo que no lograba inculcar en las cabezas de su madre y su hermana Rose. Ambas usaban el carbón a discreción y la pila que guardaban en el cobertizo, que en otro tiempo había albergado una carreta y un par de caballos, menguaba a pasos agigantados. Si aquel terrible invierno no finalizaba pronto, se quedarían sin reservas.
A través del ventanuco del desván comprobó que ya había amanecido, y no necesitó mirar las manecillas del reloj de su mesita para cerciorarse de que ya era hora de abandonar su cama. Aspiró un par de bocanadas y luego contuvo la respiración mientras se levantaba de un salto. Se lavó, se vistió a toda prisa, y salió del cuarto.
Permaneció unos segundos en el diminuto distribuidor al que daban las demás estancias situadas en el desván, que ocupaban desde que habían decidido convertir su preciosa y espaciosa vivienda en una casa de huéspedes. Ningún sonido provenía de los dos cuartos situados frente al suyo, e intuyó que ni su madre ni su hermana se habían levantado aún. No se molestó en comprobar el contiguo al suyo, donde Flora, la mediana de las Montroe, había vivido hasta hacía unos meses, antes de casarse y marcharse lejos.
Con una mueca de fastidio, bajó por las empinadas escaleras hasta el primer piso, echó una ojeada rápida a la puerta del que había sido su dormitorio —con un pellizco en el corazón, como cada día—, y continuó hasta la planta principal. Escuchó trajinar en la cocina y supuso que Susie, la joven que habían contratado dos años atrás para que las ayudara, ya habría encendido los fuegos.
El señor Boyd, empleado de banca y su huésped más antiguo, no tardaría en aparecer por el comedor antes de acudir a su empleo, y Violet tenía que prepararle el desayuno: huevos revueltos, dos salchichas y tres tiras de beicon. Ni una más ni una menos.
—Buenos días, Susie —saludó a la joven bajita y delgada como un alambre en cuanto entró en la cocina.
—Buenos días, señorita Violet.
—Ya sigo yo —le dijo, en cuanto comprobó que la muchacha había llenado la cocina de hierro con carbón suficiente—. ¿Podrías encender la chimenea del comedor?
—Sí, señorita.
Violet no sabía por qué todavía necesitaba decirle a Susie lo que debía hacer. En el tiempo que llevaba con ellas sin duda conocía todas las rutinas a la perfección. Primero la chimenea del comedor, y dos horas más tarde la de la salita, donde la señora Milton y su hija se instalarían tras su desayuno, mucho más frugal que el del señor Boyd. Ya no debían preocuparse por la pequeña biblioteca donde a la anciana señorita Lowen le gustaba refugiarse durante la mañana. Había sido huésped de las Montroe durante cinco años, y había fallecido un par de semanas atrás, plácidamente en su cama. Tras su muerte, disponían de cuatro habitaciones libres. Demasiados huecos en una casa que necesitaba tanto mantenimiento.
En cuanto llegase la primavera la situación mejoraría, y en verano estarían al completo, como cada año. Chicago se había convertido en un destino atractivo para muchos turistas de la costa Este, que acudían a ver aquellos enormes edificios de piedra, acero, mármol y cristal que se habían construido en la ciudad en los últimos años. La madera había quedado relegada a los interiores de aquellas construcciones que el fuego no podría vencer. O al menos eso pensaba todo el mundo.
La mañana se desarrolló según lo previsto. El señor Boyd se tomó su desayuno y le dio las gracias con suma amabilidad, como siempre. Media hora más tarde bajaron su hermana y su madre y, casi una hora después, las Milton. Margaret Montroe era quien se ocupaba de servirles y Violet lo prefería así. La señora Milton no era precisamente una mujer agradable. Tras quedarse viuda y sin muchos recursos no podía permitirse mantener una casa propia, y su hija y ella se habían instalado en casa de las Montroe hacía ya varios meses. Siempre encontraba algo desagradable que decir. Si no era por la comida, era por la capa de polvo que aseguraba haber visto sobre los muebles de la salita —aunque Violet se ocupaba de mantenerla siempre impoluta— o por la falta de suavidad de las toallas, que, aseveraba, le arañaban la piel. Su hija Meredith, en cambio, era una tímida y agradable muchacha de dieciséis años que apenas se atrevía a abrir la boca en presencia de su madre. Sus rizos oscuros casi siempre le ocultaban el rostro y era difícil adivinar lo que pensaba. Esas dos mujeres eran quienes se alojaban en el antiguo dormitorio de Violet, el más grande desde que habían dividido en dos las antiguas habitaciones de sus padres. Eso era, quizá, lo que más la molestaba, que su precioso cuarto lo ocupase una persona que no se lo merecía, o al menos una de ellas.
Con tan pocos ocupantes en la casa, las tareas de la mañana les llevaron poco tiempo, y aún habrían tardado menos si Rose no fuese tan remolona. Cerca del mediodía, las tres mujeres Montroe estaban sentadas a la mesa de la cocina, tomando una taza de té.
—El carbón comienza a escasear —comentó Violet.
—Pues compra más —replicó su hermana, como si aquella información fuese demasiado insignificante para prestarle atención.
—¿Con qué dinero?
—Oh, vamos, seguro que hay fondos de sobra.
—Estamos en febrero, aún quedan muchas semanas de frío, y la muerte de la señorita Lowen nos va a dejar con menos ingresos.
Violet echó un vistazo a su madre, que bebía el té a pequeños sorbos. Esperaba algún comentario de su parte, pero, como casi siempre, permaneció en silencio. Contempló las marcadas arrugas que circundaban su boca, y la línea que se dibujaba en su entrecejo, más hendida de lo que le habría gustado. Ni siquiera sus ojos de un dulce color castaño, lograban mitigar la dureza de su rostro. Desde la muerte de su padre, parecía haber perdido toda la alegría, y con los años había ido delegando cada vez más en su hija mayor.
—Solo digo —insistió Violet— que sería conveniente ahorrar un poco de combustible. No hace falta llenar el brasero cada noche.
—¡Pero hace frío en mi habitación! —se quejó Rose.
—¿Y crees que en la mía no? Me despierto helada todas las mañanas.
—Yo también.
—¿Tú? —Violet alzó las cejas—. La última mañana que entré en tu dormitorio creí que había llegado el verano sin darme cuenta.
—Eres una exagerada.
—Rose, ni siquiera estabas usando la manta que siempre tienes a los pies de la cama.
—Compra más carbón, Violet. —La voz de Margaret, mucho más grave que las de sus hijas, reverberó en las paredes de la cocina—. Ninguna de nosotras tendría que pasar frío en su propia habitación. Bastantes cosas hemos perdido ya.
Violet estaba de acuerdo, pero esa no era la cuestión. Si utilizaba parte de los ahorros para comprar más carbón, se vería obligada a recortar en otras partidas, como en el aceite de las lámparas o en la calidad de los productos que adquiría en el mercado. Y no quería ni imaginarse lo que diría la señora Milton si los ingredientes de sus comidas no estaban a la altura de lo que pagaba. Sin embargo, no dijo nada. Se limitó a asentir, sabiendo que aquella era una de tantas batallas perdidas.
Permaneció taciturna el resto de la jornada, repasando mentalmente las cuentas de la casa. Disponían de una pequeña reserva, una cantidad que ella siempre ahorraba para hacer frente a los imprevistos o por si el verano no resultaba ser tan bueno como esperaban. Echaría mano de esos fondos con la esperanza de reponerlos en unos meses.
El día se fue oscureciendo, y la mortecina luz de las farolas bañó los montículos de nieve de las calles. Apenas eran las cuatro de la tarde y casi era noche cerrada. Violet se disponía a instalarse en el pequeño despacho de la planta baja para repasar al fin los libros. Cuando se dirigía hacia allí, alguien llamó a la puerta principal. No podía tratarse del señor Boyd, que disponía de su propia llave y que, recordó, había regresado del trabajo una hora antes. Tal vez, pensó con un atisbo de esperanza, se trataba de un huésped nuevo. La respuesta a sus plegarias.
Se alisó la falda y acudió a abrir. Al otro lado del umbral había un hombre de elevada estatura, delgado, pero de anchas espaldas. Su pelo rubio, que llevaba a la altura de los hombros, se meció con la brisa de la noche, y enmarcó un rostro bronceado y atractivo, en el que destacaban los ojos más azules que Violet había visto jamás.
—Buenas noches, señora. ¿Es esta la casa de huéspedes Montroe? —preguntó, con una voz tan varonil que a ella le temblaron las pestañas.
—Eh, sí.
—En la estación, alguien me ha recomendado que acudiera aquí. Necesito un lugar donde alojarme unos días.
—Oh, sí, claro, por supuesto. —Violet reaccionó con lo que le pareció una actitud de lo más profesional—. Pase, por favor.
Mientras cerraba la puerta a espaldas de aquel individuo, se preguntó de dónde habría salido aquel dios nórdico.
Christopher aún no se había acostumbrado a no sentir el ajetreo del tren bajo los pies, y la sensación de ingravidez había aumentado en cuanto aquella puerta se abrió y la figura menuda de aquella mujer lo recibió en su casa. Apenas le llegaba a la altura del hombro, pero todo en ella irradiaba fortaleza, desde el cabello rojo, peinado en un moño bajo, hasta los ojos grises y la firme línea de la mandíbula. No sabía por qué había supuesto que aquella casa de huéspedes la manejaría una viuda entrada en años y en carnes, y no aquella joven exquisita y más bonita de lo que convenía a su salud mental.
La siguió hasta el modesto mostrador de recepción, situado no lejos de la puerta. Tras él, un panel de madera albergaba pequeños rectángulos vacíos —imaginó que para el correo— y una serie de ganchos con las llaves de las habitaciones. La idea de no tener que volver al exterior mejoró sustancialmente su humor.
—¿Cuántos días tiene pensado alojarse en nuestra casa?
—Lo cierto es que aún no lo sé. Dos, tal vez tres, pero no se lo puedo asegurar. ¿Es un inconveniente?
—No, en absoluto —contestó la joven, que extrajo un pesado libro de debajo del mostrador y lo abrió frente a ella—. ¿Su nombre?
—Anderson, Christopher Anderson.
La vio garabatearlo en una de aquellas columnas, con una caligrafía de lo más cuidada. Ni siquiera se atrevió a decirle que su apellido, en realidad, se escribía con dos eses. Casi todo el mundo había dado siempre por supuesto que solo llevaba una y, con el tiempo, se había incluso habituado a verlo escrito de esa manera.
—¿Procedencia?
—Heaven, Colorado.
Ella alzó la cabeza y las cejas.
—Viene de muy lejos, señor Anderson.
—Y en mitad del invierno más frío de los últimos años, lo sé —contestó él, con una sonrisa.
—Bienvenido a Chicago. —Ella también sonrió, mostrando una perfecta hilera de dientes blancos y pequeños—. Ocupará la habitación número tres, si le parece bien. Tiene las mejores vistas.
Christopher pensó que, con suerte, podría ver parte de la ciudad y de aquella infinidad de edificios de piedra, aunque de ningún modo podría considerar aquello como un paisaje apetecible. No viniendo de donde venía.
—Muy considerada por su parte, señorita Montroe —dijo en cambio.
Ella se limitó a asentir, cogió la llave correspondiente, salió de detrás de la barra y le pidió que la siguiera hasta el piso de arriba.
—Solo servimos desayuno, entre las seis y las diez de la mañana, y cena a las siete —comenzó a explicarle mientras subía por la escalera. Christopher apenas era capaz de concentrarse en otra cosa que no fuera el delicioso vaivén de sus caderas—. La puerta principal se cierra a las nueve de la noche y no están permitidas las visitas más allá de esa hora.
—Comprendo.
—Si el horario no se adapta a sus necesidades podemos hacerle entrega de una llave de la entrada principal.
—Creo que no será necesario.
La joven torció a la derecha, abrió la primera puerta y se apartó para dejarlo pasar. Era una habitación espaciosa, más de lo que esperaba, con una cama grande y mullida, un par de butacas, un pequeño escritorio, un ropero de considerable tamaño y dos mesitas de noche a juego.
—Pediré que le enciendan el fuego ahora mismo —le dijo la chica señalando la chimenea. Junto a ella había apilados un buen número de leños.
—Puedo hacerlo yo mismo.
—Como prefiera entonces. ¿Cenará con nosotros esta noche?
—Si no es inconveniente... —Christopher esperaba que no lo fuera, porque tenía apetito y unas ganas enormes de probar comida de verdad después de tantos días de viaje.
—Ninguno —sonrió ella—. Pondré un cubierto más en la mesa.
La joven se despidió y él se quedó a solas por fin. Colocó la bolsa de viaje sobre la cama y resistió la tentación de tumbarse también. Sabía que, si lo hacía, ya no despertaría hasta el día siguiente. Optó por una de las butacas, donde se dejó caer como si fuese un fardo de heno, y cerró los ojos unos minutos.
Unos años atrás, Violet había comprado un mapa de Estados Unidos y lo había colgado en el recibidor. A los clientes, sobre todo a los que venían de lejos, les gustaba comprobar en él la distancia que habían recorrido desde su lugar de origen o cuántos estados habían cruzado para llegar a Chicago. Y a ella también, aunque eso no se lo había comentado nunca a nadie. Le fascinaba recorrer el trayecto con el dedo desde Virginia, Massachusetts o Connecticut, o desde el oeste, Oregón, California, Nevada... Que ella recordara, nunca habían tenido a nadie de Colorado hospedado allí. Comprobó que los separaban dos estados, Iowa y Nebraska, y calculó que la distancia rondaría las mil millas.
Violet no había salido jamás de Chicago y lo más cerca que estaba de poder hacerlo era a través de aquel mapa de metro y medio de largo. Disfrutaba imaginando cómo serían otros lugares de Estados Unidos, cuanto más lejanos mejor, qué cosas tendrían en común y qué los diferenciaría. Algunos huéspedes no tenían reparo en comentar las costumbres de sus regiones y ella no perdía detalle, aunque nunca se habría atrevido a interrogar a alguien al respecto. Le gustaba pensar que su casa era un lugar con clase y de reputación intachable, y jamás habría consentido que la tomaran por una chismosa.
Comprobó la hora en el reloj que siempre llevaba en un bolsillo de su falda —herencia de su padre— y decidió que ya no tenía tiempo de encerrarse en el despacho, donde a buen seguro se le echaría el tiempo encima. Lo mejor sería que comenzara con los preparativos de la cena.
Al entrar en la cocina se detuvo unos instantes. Allí, cómodamente instalado a la mesa que ocupaba el centro de la estancia, se encontraba Allan Crawford, disfrutando de una copita de jerez y de unos frutos secos que sin duda su madre, sentada a su derecha, habría sacado de la despensa. Frente a ellos, con los codos sobre la mesa, los observaba su hermana Rose.
—Allan, no me dijiste que vendrías esta noche —lo saludó con una sonrisa.
—Querida, no podía pasar ni un día sin verte. —El joven se levantó, se aproximó a ella y le tomó la mano para besársela, como si fuese uno de esos caballeros que aparecían en las novelas.
—Oh, Violet, ¿no te parece que Allan es de lo más romántico? —Su hermana miraba al joven como si este estuviera revestido de oro.
—Tú siempre me ves con buenos ojos, Rose —contestó él en su lugar, al tiempo que soltaba su mano.
—Tenemos un nuevo huésped —le comentó Violet a su madre, mientras se dirigía a los fogones.
—Estupendo, estupendo... —La atención de Margaret Montroe volvió a centrarse de nuevo en el joven—. El señor Crawford nos estaba contando cómo le había ido el día en el despacho.
—Señora Montroe, ya le he dicho en más de una ocasión que puede llamarme Allan. Somos casi familia, ¿no?
Violet se dio la vuelta mientras su hermana y su madre coreaban las palabras de aquel hombre que siempre parecía sentirse como en su propia casa. No era de extrañar, pensó ella, si cenaba allí casi todas las noches. En teoría, acudía a cortejarla y mostraba un interés que parecía sincero en su persona, aunque hasta la fecha no había mencionado la palabra compromiso y mucho menos matrimonio. Sin embargo, su madre estaba convencida de que eso no tardaría en suceder. A fin de cuentas, llevaba más de cuatro meses visitándola casi a diario, y haciendo alusiones veladas a un posible futuro juntos.
«Él sería la solución a nuestras plegarias», insistía Margaret Montroe, aunque Violet no tenía ni idea de a qué plegarias se refería. Allan Crawford era un joven abogado de veintiséis años que aún estaba labrándose un futuro, aunque, por cómo hablaba y se daba importancia, esa parecía ya una meta conseguida. A ella no le gustaba el modo en el que se vanagloriaba de sus pequeños logros y tenía la sensación de que era mucho menos inteligente de lo que pretendía aparentar, pero, al mismo tiempo, también era un hombre amable y divertido. Quizá por eso consentía que continuara visitándola, aunque a aquellas alturas no tenía muy claro si su presencia alegraba más a su familia que a ella. Aún no sabía cuál sería su contestación si algún día él daba el paso definitivo y le proponía matrimonio. Y no tenía nada que ver con que fuese dos años menor que ella, ni siquiera con que su situación económica fuese menos boyante de lo que presumía. Simplemente, creía que no lo amaba, y que esos sentimientos no cambiarían en el futuro, por mucho que su madre insistiera en lo contrario. Tal vez esa tibieza que se le instalaba en el pecho en algunas ocasiones, cuando él le rozaba la mejilla con los labios o la tomaba de la mano, fuese suficiente. Quizá el amor era precisamente eso, una sensación agradable, reconfortante y efímera. En esas cuestiones, tal vez su madre sabía más que ella.
Solo que Violet había experimentado algo muy diferente unos años atrás, algo que su madre había terminado tachando de capricho y de locura pasajera, y que ella había terminado por aceptarlo como cierto. No había otra razón que explicara por qué se había dejado engatusar por un joven huésped hasta el punto de mantener una relación íntima con él durante varias semanas, con la falsa promesa de un matrimonio que, por supuesto, jamás llegó a celebrarse. Habían transcurrido nueve años desde aquello, y aún había días en los que, al mirarse al espejo, esperaba reencontrarse con aquella joven risueña y feliz que creía que el mundo era un lugar maravilloso.
Y que su futuro le pertenecía.
2
Margaret Montroe sostenía que la cena era la comida más importante en una familia, el momento en el que todos estaban juntos. Por eso tenía por costumbre celebrarla con todos sus huéspedes, alrededor de una misma mesa, como si en ese breve lapso de tiempo todos los que habitaban bajo un mismo techo compartieran algo más que una concatenación de azares o circunstancias. Violet habría preferido que el gran comedor contara con varias pequeñas mesas para que los clientes pudieran disfrutar de cierta intimidad, pero su madre nunca había estado de acuerdo con esa idea.
A las siete de la tarde en punto, las dos hermanas comenzaron a sacar las fuentes de comida: crema de calabaza y puerro, pescado sazonado con pimienta y perejil, patatas al horno y un pudin de manzana que tenía una pinta deliciosa. Los comensales habituales ya ocupaban sus puestos y, en el momento en el que ella misma dejaba la humeante sopera en el centro de la mesa, el señor Anderson apareció bajo el umbral. Su imponente figura se recortó un instante bajo el vano de la puerta, atrayendo la atención de los demás. Dio las buenas noches y acomodó su envergadura en la única silla que permanecía vacía, entre el señor Boyd y Allan Crawford.
Violet presentó al recién llegado, escuchó suspirar a su hermana y, aún más increíble, a la joven Meredith Milton, que agachó la cabeza tan pronto como el aire escapó de sus labios. El señor Boyd lo saludó con su amable sonrisa y Allan gruñó algo ininteligible al tiempo que fruncía las cejas. La señora Milton alzó una de las suyas y evaluó de un vistazo al nuevo inquilino y Margaret Montroe la imitó con tanto tino que, durante un instante, y pese a que físicamente no se asemejaban en lo más mínimo, parecieron hermanas. Violet fue la única que no reaccionó ante la aparición de aquel hombretón rubio y atractivo, al menos no de modo que pudiera llamar la atención de alguien. Por dentro, sin embargo, sintió una especie de latigazo, como si ese hombre fuese un imán gigantesco y ella un simple pedazo de hierro.
A Christopher le había extrañado la disposición de aquella mesa. Había supuesto que tendría la fortuna de cenar a solas, y ni siquiera se había planteado la posibilidad de encontrarse rodeado de desconocidos. Tampoco era necesario que socializara con ellos, se dijo. Con que se mostrara razonablemente amable y especialmente callado sería suficiente. Si todo iba bien, en unos minutos estaría de regreso en su habitación.
Pero las cosas nunca salen como uno las concibe.
—¿Viene usted de muy lejos, señor Anderson? —Ronald Boyd era un hombre curioso por naturaleza, y la presencia de aquel hombretón en la casa de huéspedes era sin duda un hecho llamativo.
—De Heaven, Colorado.
—Vaya, un largo viaje.
—Supongo. —Christopher no tenía interés alguno en alargar aquella conversación más de lo necesario.
—¿Y qué le trae por nuestra ciudad?
—Negocios —contestó de forma escueta.
—¿A qué se dedica, si no es mucho preguntar?
—Poseo un rancho.
—Oh, ¿es usted uno de esos que se han hecho ricos con las vacas? —preguntó la más joven de las hermanas Montroe.
—¡Rose! —la riñó Violet.
—No me va mal —contestó Christopher, con un atisbo de sonrisa—. Pero no sé si podría considerarme un hombre rico.
—¿Cuántos acres de tierra posee? —insistió Boyd.
—Unos veinte mil.
—Caramba, esa es mucha tierra.
—¿Cuánto son veinte mil acres? —preguntó Rose.
El señor Boyd se mordió el labio un instante mientras efectuaba algunos cálculos mentales.
—Alrededor de una séptima parte de Chicago —contestó al fin.
El silencio se hizo alrededor de la mesa mientras Violet servía la crema. Que un solo hombre tuviera en sus manos tal cantidad de terreno le parecía casi absurdo. Durante unos segundos, los comensales se centraron en el contenido de sus platos.
—La crema está deliciosa, señora Montroe. —Boyd siempre tenía una palabra amable para las dueñas de la pensión.
—Un poco sosa para mi gusto, Margaret —sentenció la señora Milton, que arrugó un poco la nariz al dirigirse a la dueña del establecimiento.
—La ha cocinado Violet —replicó Rose—, y a mí me parece excelente.
Violet le dedicó un guiño a su hermana por defenderla del comentario malintencionado de la señora Milton.
—¿De dónde es usted, señor Anderson? —volvió a la carga Boyd.
—De Colorado. Ya me lo había preguntado —contestó Christopher, un tanto confuso.
—Oh, no —rio el hombre—. Me refería a de dónde proviene su familia. Imagino que no es usted oriundo de allí, no hace tanto que Colorado forma parte de la Unión.
—Cierto, nací en Nueva York.
—Nueva York —suspiró Rose—, siempre he querido ir allí. ¿Es tan bonita como Chicago?
—Yo... lo cierto es que no lo sé —contestó Christopher—. La última vez que estuve allí acababa de cumplir los cinco años.
Y Christopher, que al inicio de la noche no tenía intención de charlar más de lo estrictamente necesario, se vio arrastrado a explicar parte de sus orígenes, mientras el señor Boyd y Rose lo acribillaban a preguntas, con alguna que otra intervención de Allan Crawford, que no había dejado de observarlo con recelo durante toda la velada.
Les habló de su abuelo, Isak Andersson —con dos eses, recalcó—, que había llegado de Suecia con el inicio del siglo. Y de su padre, Gustav, que decidió ir en busca de fortuna cuando se encontró oro en Colorado en 1858, y dejó a sus padres, a su esposa y a su hijo en Nueva York. De cómo había obtenido unas buenas ganancias con las que, en lugar de regresar al Este, había decidido invertir en la compra de un rancho, y luego los había ido a buscar. No les contó, sin embargo, que los comienzos habían sido difíciles, porque apenas sabían nada sobre ganado y habían tenido que contratar a un capataz, ni de lo mucho que les había costado superar los fríos inviernos y los tórridos veranos.
—Un rancho familiar entonces —comentó el señor Boyd, a quien pareció agradarle la idea.
—En realidad, ahora solo quedo yo. Mis padres fallecieron y mi hermana se casó y vive en Montana.
—Oh, lo siento mucho.
—¿Por mí o por mi hermana? —bromeó Christopher, que trató de quitarle importancia al asunto.
—Por todos, imagino —sonrió el señor Boyd.
Le gustaba aquel hombrecillo, pensó el vaquero. Era curioso, pero no impertinente, amable, pero no condescendiente, y parecía tener sentido del humor.
—No sé si yo podría vivir solo y en un lugar tan alejado de todo —comentó entonces Allan Crawford.
—No estoy solo. Otros seis hombres trabajan conmigo, y el pueblo no está lejos.
—Ya... —Allan chasqueó la lengua—. Creo que ni aun así. Me temo que soy incapaz de imaginarme todo el día con las botas llenas de estiércol.
El joven soltó una risotada, convencido de que había hecho una gracia, pero lo más que obtuvo fue una sonrisa temblorosa de Rose.
—Tengo la sensación de que hay más estiércol en Chicago que en Colorado —dijo Christopher, que hizo una pausa de lo más elocuente—. En la pradera, los excrementos de reses y caballos se dispersan en un área muy grande, y el viento y el sol los secan enseguida. Aquí, en estas calles estrechas donde imagino que apenas debe entrar la luz del día, el continuo paso de los caballos debe dejar...
—Les recuerdo que estamos cenando, caballeros —los cortó la señora Milton, con un mohín de disgusto.
—Tiene razón, señora. Mis más sinceras disculpas —dijo un Christopher contrito, que lamentaba haberse dejado provocar por aquel petimetre de piel pálida y manos pequeñas.
Un rato más tarde, cuando estaban a punto de comenzar con el postre, el señor Boyd trató de hacerle hablar un poco más sobre su vida, pero Christopher decidió que, por esa noche, ya había hablado demasiado. Sus escuetas respuestas fueron suficiente para que el hombre abandonara definitivamente el tema, y Christopher pudo al fin disfrutar de verdad de la cena, la más deliciosa que había tomado en mucho tiempo.
—¿No te parece que has sido un poco maleducado con el nuevo huésped? —regañó Violet a Allan más tarde, después de que ella y su hermana hubieran recogido la cocina.
—Me estaba poniendo enfermo con sus aires de superioridad.
—¿Qué aires?
—¿No lo has visto? —le reprochó él—. Hablando de su rancho, de sus tierras... como si nos importara.
—Te recuerdo que ha sido el señor Boyd quien le ha preguntado.
—Violet, a veces eres tan ingenua... —le dijo él, que acarició su mejilla con el dorso de la mano.
—No seas paternalista, Allan. Te recuerdo que soy mayor que tú —contestó con más aspereza de la que pretendía.
—Para algunas cosas no lo eres en absoluto —insistió él—. Ese hombre solo trataba de presumir delante de vosotras, y que no hayas sido capaz de verlo es prueba suficiente de tu inocencia.
Violet hizo una mueca. No coincidía en absoluto con la opinión de Allan. El señor Anderson en ningún momento le había parecido un hombre que necesitara presumir de algo, y menos delante de un puñado de personas a las que, con toda probabilidad, no volvería a ver una vez finalizase su visita a Chicago. Sospechaba, más bien, que Allan se había sentido intimidado por ese hombre interesante y atractivo que, por una noche, le había robado el protagonismo.
—Creo que ya se ha hecho un poco tarde —dijo en cambio.
—Cierto. —Allan se aproximó un poco más a ella—. ¿Me acompañas a la salida?
—¿Has olvidado el camino? —inquirió con sorna.
Violet sabía muy bien que Allan solo buscaba unos minutos a solas con ella, para robarle un par de besos, pero esa noche no le apetecía ni un poco, y seguía molesta con él por el modo en el que se había comportado durante la cena.
—De acuerdo, como quieras —masculló él.
Allan se despidió de Margaret y de Rose, que cosían en un rincón de la cocina, y abandonó la estancia. Violet se quedó secando los cacharros e hizo caso omiso a los comentarios de su hermana, que le recriminaba que no hubiera acompañado a su pretendiente hasta la puerta.
En ese momento se sintió culpable.
Aunque solo un poco.
Más de veinte años atrás, al sudeste de la ciudad, se había creado la Union Stock Yards, un gran complejo pensado exclusivamente para la recepción del ganado procedente de todos los rincones del país. Allí, el producto final era procesado, empaquetado y enviado a sus destinatarios finales. Christopher había oído comentar que el ochenta por ciento de la carne que se consumía en Estados Unidos pasaba por Chicago. Él siempre había pensado que aquellas cifras eran exageradas, al menos hasta que estuvo frente a la entrada principal de aquel distrito. La puerta que daba acceso al complejo era una construcción de piedra caliza y techos a dos aguas, con una gigantesca entrada principal —imaginó que para el paso de los animales— y dos más pequeñas, no totalmente simétricas. En la parte superior, destacaba con nitidez una cabeza de novillo esculpida, lo que daba clara cuenta de lo que uno podía encontrarse en su interior.
Sin embargo, Christopher Anderson no estaba preparado para lo que lo aguardaba una vez traspasó aquella frontera: corrales hasta donde se extendía la vista, la mayoría de ellos vacíos a esas alturas del año, y un sinfín de construcciones de todo tipo, desde hoteles y tabernas hasta oficinas. Calculó que todo aquello debía de ocupar una extensión de al menos trescientos acres. Era como una ciudad dentro de otra ciudad. Pensó que tal vez habría podido alojarse en alguno de aquellos hoteles, para estar más próximo al lugar que pretendía visitar, solo que el fuerte olor que parecía impregnar las paredes y la tierra apisonada de caminos y corrales —a orines, miedo, sangre y vísceras— habría sido superior a él. Más que nunca, echó de menos los espacios abiertos de Colorado.
Tras preguntar a un muchacho con marcado acento irlandés dónde se hallaban las dependencias de la Armour & Co., se detuvo al fin frente a uno de los edificios más grandes del complejo. Una vez traspasó la puerta, se encontró en un amplio recibidor, decorado con más elegancia de la que esperaba. Detrás de un largo mostrador, un joven de abundante bigote y cabello peinado hacia atrás le preguntó qué deseaba. Christopher permaneció unos segundos poniendo en orden sus pensamientos.
—Quisiera ver al señor Bradford.
—El señor Bradford estará de viaje hasta la próxima semana —le indicó el empleado—. Si viene en busca de trabajo puede rellenar el formulario que...
—Soy ganadero —se apresuró a contestar Christopher.
—Ah, en ese caso puede usted hablar con el agente que corresponda a