En el instante en el que Luz Acaso y Álvaro Abril se conocieron, sus vidas se enredaron como dos cordeles dentro de un bolsillo.
Luz, que había llegado a Talleres Literarios atraída por un anuncio del periódico, fue recibida por Álvaro, que la invitó a pasar a un pequeño despacho con libros en las paredes y en el suelo.
—Soy Álvaro Abril, hemos hablado por teléfono.
—Sí —dijo ella.
—Usted se sienta ahí y yo aquí —añadió el joven señalando dos sillas incómodas, situadas a ambos lados de una mesa barata.
—Ahora tengo ganas de salir corriendo —confesó la mujer desabrochándose el abrigo, sin llegar a quitárselo, a la vez que tomaba asiento.
—¿Y eso? —preguntó sonriendo Álvaro Abril.
—No sé.
El joven le explicó que la actividad principal de Talleres Literarios eran las clases de escritura creativa.
—Aunque también hacemos otras cosas, como la que aparece en el anuncio que la ha traído hasta nosotros.
—¿Y hay gente que se apunta? —preguntó ella.
—Empieza a haberla. En Barcelona llevan trabajando con buenos resultados desde hace cuatro o cinco años. En Madrid hemos sido nosotros los primeros. A mucha gente, cuando se jubila o tiene más tiempo libre del habitual, le apetece escribir la novela de su vida, pero para escribir, como para todo, hace falta oficio. Nosotros ponemos el oficio. La gente pone su vida y nosotros ponemos el oficio. Y es que no se trata solo de «escribir bien», sino de seleccionar y articular los materiales. En realidad, escribir una biografía es muy parecido a escribir una novela que luego puede regalarse a los hijos o a los nietos. Constituye una forma de permanecer del mismo modo que se permanece en el álbum de fotos familiar, ¿no?
Luz Acaso debió de pensar que recitaba la información. Álvaro Abril parecía un muchacho haciendo un negocio que le venía grande. Tal vez su sueldo dependía de que personas como ella picaran en el anzuelo.
—Bueno, yo no estoy jubilada. Apenas tengo cuarenta años —dijo aparentando una ofensa que quizá no había sentido.
—Es evidente que no tiene edad de estar jubilada, perdone. Me estaba refiriendo al tipo de usuario más frecuente, pero a cualquier edad se puede desear contar la propia vida. ¿Por qué cree que desearía hacerlo usted?
Luz Acaso miró al joven de frente y dijo:
—Es que me he quedado viuda.
Dijo esta frase, me he quedado viuda, y tras un breve estremecimiento se echó a llorar para sorpresa de Álvaro Abril, que permaneció quieto y perplejo al otro lado de la mesa.
Alguien abrió la puerta del despacho y tras advertir la existencia de algo raro volvió a cerrarla y desapareció. La irrupción reprimió violentamente el llanto de Luz Acaso, que pidió disculpas mientras se llevaba un pañuelo de papel a los ojos.
—La gente —señaló entonces Álvaro Abril— cree que para contar la propia vida es preciso empezar por el principio: año y lugar de nacimiento, etcétera. Pero se puede empezar por el final, o por el medio, por donde uno quiera. Yo no estoy seguro de que las cosas sucedan unas detrás de otras. Con frecuencia suceden antes las que en el orden cronológico aparecen después. Si usted quiere o necesita empezar por el fallecimiento de su marido, podemos empezar por ahí y luego ir a donde sea reclamada por la memoria o por el sentimiento. Lo importante es que los sucesos que seleccionemos tengan una carga de significado importante, para que el relato respire. Y se lo digo así desde el convencimiento de que la vida, de ser algo, es eso: un relato, un cuento que siempre merece la pena ser contado.
Álvaro Abril hablaba de los componentes de la biografía como un biólogo de un organismo animal, lo que a él mismo le produjo cierto asombro, como si acabara de descubrir que había alguna familiaridad insospechada entre el hecho de escribir y el de vivir. Entonces volvió a abrirse la puerta y alguien le hizo una señal, porque miró el reloj y dijo con expresión de disgusto que tenía que empezar una clase, pero que si Luz deseaba seguir adelante con el proyecto, tendrían que ponerse de acuerdo en las cuestiones de orden práctico. Normalmente, añadió, él trabajaría con un magnetófono, aunque tomaría apuntes también. Calculó que bastaría con que tuvieran media docena de entrevistas de una hora, aunque no había normas fijas. Podían ser más o menos.
—Hay gente que prefiere las biografías cortas y gente que las prefiere largas. Una vida puede contarse en cincuenta folios o en quinientos. Esa es su decisión.
Luz Acaso fue asintiendo a todo, incluido el precio de cada hora de trabajo y los costes de publicación del libro, si al final deseaba hacer una pequeña edición. Quería irse, seguramente para volver. Tal vez pensaba que cuanto antes terminara aquella entrevista preliminar, antes comenzarían las siguientes, de modo que debió de ser un alivio levantarse de la silla después de que se hubiera comprometido a acudir cada día a las doce. Álvaro Abril la acompañó tropezando consigo mismo hasta la puerta de Talleres Literarios, donde se despidieron entre grupos de jóvenes que entraban y salían con las manos llenas de cuadernos y libros.
Mientras cruzaba la calle, se abrochó el abrigo, que se volvió a desabrochar absurdamente cuando llegó al coche. Solía quitárselo y ponerlo en el asiento de atrás, para que no se arrugara, pero tenía mucho frío y esta vez se metió en el automóvil con él. La sede de Talleres Literarios estaba situada al fondo de un callejón de chalets antiguos que arrancaba en Alfonso XIII, cerca de López de Hoyos, e iba a morir violentamente contra el parapeto metálico de un ramal de la M-30. A la entrada del callejón, llamado Francisco Expósito, había una señal de tráfico con el símbolo de calle cortada.
Luz Acaso permaneció unos segundos pensativa dentro del automóvil. Cuando ya estaba a punto de arrancar, oyó unos golpes en la ventanilla de la derecha. Sobresaltada, giró la cabeza en esa dirección y vio al otro lado del cristal a una joven con un parche en el ojo derecho y una chaqueta de cuero del mismo color que el parche: negra. Llevaba el pelo muy corto y distribuido irregularmente.
—¿Qué pasa? —dijo Luz bajando la ventanilla.
—Que si vas hacia arriba, hacia Alfonso XIII.
—Sí.
—¿Y me puedes llevar?
—Sube.
La tuerta subió echando pestes del frío. Llevaba también una carpeta verde, de gomas, y un libro muy manoseado. Luz arrancó y preguntó a la tuerta adónde iba.
—Da lo mismo —respondió.
—¿Estudias en Talleres Literarios?
—He venido a preguntar cuánto cuestan las clases, pero son demasiado caras para mí.
La tuerta explicó a Luz que parte del prestigio de esa escuela se debía a que trabajaba en ella como profesor Álvaro Abril, un joven escritor que había triunfado a los veinte años con una novela de gran éxito, aunque llevaba cinco sin publicar nada. Se rumoreaba que tenía una crisis que lo hacía aún más atractivo.
—Yo me prostituiría a cambio de que él me diera clases de escritura —concluyó—. ¿Es profesor tuyo?
—Es mi biógrafo —respondió asombrada Luz Acaso.
—¿Tu biógrafo? ¿Qué es eso de tu biógrafo?
Luz empezó a explicar a la tuerta cómo había llegado a Talleres Literarios y de repente se puso a llorar de nuevo.
—Perdona —dijo—, no sé qué me pasa.
—Estarás débil.
—No es eso. Es que llevaba dos meses encerrada en casa, sin hablar con nadie, cuando leí el anuncio de Talleres Literarios en el periódico y concerté la cita. Dos meses sin hablar con nadie. Estaba a punto de hacer cualquier cosa, una locura, pero tropecé con el anuncio y ahora, al aflojarme, me ha dado por llorar, perdona.
Conducía al ritmo del llanto. Con tirones y frenazos a los que la tuerta permanecía indiferente.
—¿Y por qué llevabas dos meses sin hablar con nadie?
—Estoy de baja médica por depresión. Soy funcionaria y he decidido no volver a la oficina nunca, nunca, pero para no volver tengo que deprimirme más. El médico nota cuando te pones bien, así que he estado dos meses haciendo ejercicios de depresión para continuar de baja. Pero dos meses sin hablar con nadie es demasiado. Enloquecedor. Entonces vi el anuncio de las biografías, llamé a Talleres Literarios y pedí hora.
Mientras hablaba, había conducido de forma circular, por lo que se encontraban casi en el punto de partida. Daba vueltas con la conversación y con el coche. Se había nublado y sobre el parabrisas caían gotas de un agua espesa que la varilla limpiadora apartaba con un gemido hacia los lados. Esa noche había nevado sin generosidad, como nieva en Madrid. Todavía quedaban restos de una materia blancuzca en algunas esquinas.
—¿Así que Álvaro Abril es famoso? —preguntó volviéndose a la tuerta.
—Conocido, sobre todo en los ambientes literarios. Tiene cierta fama de maldito y todo el mundo espera su segunda novela. Pero ya no podrá ser mi profesor. Peor para él.
—¿Y tú qué cosas escribes?
—Reportajes, o novelas, depende. Ahora estoy preparando una cosa sobre el lumbago.
—Yo tengo lumbago —dijo Luz Acaso.
—Pues me vendría bien hablar contigo. ¿Tienes prisa?
—¿Prisa para qué? Ya te digo que llevo dos meses sin hablar con nadie.
De repente el limpiaparabrisas dejó de chirriar sobre el cristal, instalándose dentro del automóvil, entre las dos mujeres, una paz palpable, casi una oleada de dicha.
Luz Acaso vivía en María Moliner, una calle estrecha, de casas antiguas, sin ascensor, que habían sobrevivido a la especulación inmobiliaria, situada detrás del Auditorio de Príncipe de Vergara. Subió por las escaleras con la tuerta detrás, para hablar del lumbago, e introdujo la llave en la cerradura con torpeza, por culpa de la excitación. Cuando logró acertar, abrió y pasó delante, guiando a su invitada.
Aun siendo oscura, la casa resplandecía con un fulgor misterioso, semejante al que producen las luciérnagas en las médulas de la noche. Tenía un breve pasillo con la puerta de la cocina a un lado y la del cuarto de baño al otro, y un pequeño salón por el que se accedía a dos habitaciones cuyas puertas, una al lado de la otra, permanecían cerradas. Desde la ventana de ese salón, a través de los visillos, se veían las casas de enfrente, casi al alcance de la mano, con balcones diminutos a los que no se asomaba nadie. Cuando las dos mujeres entraron, se puso a nevar con alguna intensidad y la realidad adquirió un cierto aire de maqueta. Entonces Luz preguntó a la tuerta cómo se llamaba y ella dijo que María José.
—María José —repitió Luz, como si tuviera problemas de memoria—. Yo me llamo Luz.
—¿Luz?
—Sí, Luz Acaso.
María José sonrió con el lado izquierdo de la boca y cuando Luz le propuso comer algo, pues eran las dos y media, dijo que sí con el mismo lado. A veces, no siempre, hablaba y reía con medio lado nada más. Y apenas utilizaba el brazo derecho. Debajo de la chaqueta de cuero negra llevaba una camiseta muy ceñida y unos vaqueros. Prepararon una ensalada abundante y un plato de embutidos y se sentaron a la mesa de la cocina para hablar del lumbago. La cocina daba a un patio interior cuya opacidad penetraba en la pieza a través de una puerta de cristal por la que se accedía al tendedero. Pero se trataba también de una opacidad resplandeciente, protectora.
—No saldría nunca de esta cocina —dijo María José—, es como si estuviéramos en Praga.
—¿En Praga?
—Sí. No conozco Praga, pero me la imagino con calles estrechas y patios interiores. Me gustan las calles que parecen pasillos.
—¿Por qué quieres escribir sobre el lumbago?
—Porque escuché la palabra en el autobús y se me quedó dentro de la cabeza, dando vueltas como una mosca dentro de una botella. Hay palabras que entran y luego no encuentran la salida. No sabía qué podía ser el lumbago, pero me gustó tanto su sonido, lumbago, lumbago, que en ese mismo instante decidí escribir un reportaje, o quizá un libro, sobre él. Desde que acabé el instituto me he dedicado a hacer cursillos de esto o de lo otro, para dar la sensación de que me encontraba ocupada, pero necesitaba ya entregarme a algo, aunque fuera al lumbago. Una mañana te levantas y te das cuenta de que ya es tarde para todo.
—Es verdad, te levantas y es tarde para todo —repitió Luz sirviendo un poco de agua.
—Mis padres no hacían más que presionarme para que decidiera de una vez qué quería hacer, y entonces les dije que quería ser escritora. Curiosamente, el mismo día que escuché la palabra lumbago en el autobús, encontré en el buzón publicidad de una clínica de quiromasaje especializada en este mal. Y esa noche, en la televisión, dijeron que la Audiencia había suspendido un juicio porque el inculpado principal padecía un ataque de lumbago. A veces pienso una cosa y empiezan a sucederse manifestaciones de esa cosa. Me ocurre a menudo, pero no puedo demostrarlo.
—Te entiendo —dijo Luz.
—El lumbago comenzó a rodearme en cierto modo. Averigüé en qué consistía y resultó tratarse de un dolor difuso situado aquí, entre el final de las costillas y el principio de la cresta ilíaca, fíjate, como si fuera posible tener dentro del cuerpo una cosa llamada cresta ilíaca. Me di cuenta entonces de que había dado sin querer con un asunto fantástico, porque lo específico del lumbago, además, es que no ataca a ningún órgano en concreto, sino a una zona imprecisa llamada «región lumbar». Región lumbar: suena, si te fijas, como el nombre de una geografía mítica. Pero es que además solo se manifestaba al doler. Una región desconocida, en fin, en la que sopla el dolor en lugar de soplar el viento… Por la noche, en la cama, pensé que ese empeño mío en escribir sobre cosas que ignoraba podría significar también que quería escribir con la parte de mí que no sabía hacerlo. Con la que sabía escribir ya había visto hasta dónde podía llegar, pues en los últimos tiempos, entre un cursillo de contabilidad y otro de ciencias sociales, había escrito una novela corta que envié a todos los concursos literarios existentes y en todos quedé bien situada, aunque no gané ninguno. Ideé el siguiente plan: me taparía el ojo derecho con un parche e inmovilizaría la pierna y el brazo de ese lado forzándome a hacerlo todo con la mano izquierda.
—¿Entonces no eres tuerta?
—Por supuesto que no, pero pensé que había vivido apoyándome demasiado en el lado derecho, reproduciendo lugares comunes, tópicos, estereotipos, cosas sin interés. Se trataba, por decirlo así, de escribir un texto zurdo, pensado de arriba abajo con el lado de mi cuerpo que permanece sin colonizar. Un texto cuya originalidad, si no otras cosas, estaría garantizada. Algunos pintores hacen esto para no amanerarse. Empiezan a pintar con la izquierda cuando resultan demasiado previsibles con la derecha.
—Yo soy zurda —dijo Luz.
—¿Y por qué comes con la derecha?
—Soy una zurda contrariada. Solo utilizo la izquierda cuando estoy sola.
—Me fascináis los zurdos, de verdad, porque tenéis que aprender a vivir en un mundo hecho por diestros, en un mundo al revés en cierto modo. Vuestra vida es una obra de arte, s