
Londres, 1837
Una vez más, Hope apoyó la frente en la ventana y exhaló una bocanada de vaho hacia el cristal solo para dibujar un corazón. Enseguida lo borró con la mano. Si la veía su madre, que andaba merodeando por el salón, seguro que la reprendía.
—La prima Annabelle celebrará su puesta de largo la próxima temporada —susurró en voz alta sin volverse—. ¿Cuándo será la mía?
—¿A qué viene tanta prisa? —le respondió la vizcondesa, en un tono seco y severo acorde con su expresión, aunque Hope no la viese—. ¿Acaso crees que estás preparada?
—¿Cómo voy a estarlo si nunca vamos a ningún sitio?
Hubo un momento de silencio.
—Aún eres muy pequeña.
Iba a cumplir quince años. No lo era. No más que sus primas y el resto de las conocidas de la familia con las que compartía edad. Aunque no todas hubieran sido presentadas en sociedad, a menudo visitaban otras casas, tomaban el té en reservados, compraban vestidos a la última moda, paseaban acompañadas por las plazas y los parques de Londres e incluso viajaban a la costa sur de Inglaterra en la temporada de verano. Hope Maude no hacía ninguna de esas cosas y, por más que su madre tratase de ocultarlo, sabía bien la razón: Patrick Maude, lord Loughry.
Hacía tiempo que Hope había decidido dejar de llamarlo «padre».
Porque una señorita de su posición, la honorable hija mayor de un vizconde ni más ni menos, no debería refugiarse en casa para reducir gastos y que nadie contemplara su ropa desgastada, con evidentes huellas del paso del tiempo. Por si fuera poco, todavía vestía como una niña: con vestidos cortos y poco entallados, sin corsé, y trenzas con lazos blancos que le caían sobre los hombros.
Nunca llevaba joyas. Hacía tiempo que las habían empeñado casi todas. Solo conservaban las que podía lucir su madre cuando esta se veía obligada a asistir a acontecimientos sociales ineludibles. Como el collar de perlas que llevaba en ese momento, único toque de lujo en todo aquel cuadro siniestro que era el salón principal.
Hope no escuchaba los rumores del resto de la aristocracia de Londres, era imposible que lo hiciera, pero a veces le parecía que atravesaban los muros de piedra de la fría mansión palladiana y conseguían llegar hasta sus oídos.
«El vizconde los arrastrará en su caída».
«Están completamente arruinados».
«Apenas les queda dignidad para ostentar el título».
Los sentía resonar desde la calle, más allá del jardín delantero, como cuchicheos llenos de veneno y compasión a partes iguales por esa niña vestida de muñeca que veía la vida pasar desde las ventanas.
Sin embargo, lord Loughry parecía incapaz de oírlos. No era sordo, aunque Hope hubiera llegado a creer que sí, porque no escuchaba a su propia mujer, ni a su primogénita, ni a su hijo pequeño, el heredero del título (y probablemente de nada más), ni a los escasos amigos que le quedaban, ni siquiera a sus acreedores. Y estos últimos cada vez eran más y reclamaban más alto y más fuerte.
«Es imposible que no los oiga», pensaba Hope. «Pronto nos ahogarán y él seguirá apostando como si nada, ajeno a nuestras miserias».
—Hope. —La chica dio un respingo al oír a su madre—. Apártate de la ventana. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?
La chica suspiró y se alejó del cristal.
—Y siéntate bien.
—¿Para qué? —Sonrió—. Si no me ve nadie.
—Podría verte el servicio.
—¿Quieres decir Gladys y su marido?
—Siéntate bien. Ya.
Resopló y obedeció. No pudo evitar empezar a taconear con el pie derecho en la alfombra.
—Hope, basta.
—¡Pero si no hago nada!
—El pie.
Con otro bufido, decidió levantarse. Sin pretenderlo, se vio dando pequeñas vueltas sobre sí misma mientras paseaba por el salón. Antes estaba repleto de cuadros, incluido uno suyo, pero los habían empeñado. Imaginaba que su retrato estaría adornando alguna casa ajena en la que se preguntarían quién era aquella chica de ojos tristes. «O bien les ha servido para avivar la chimenea».
Se entretuvo rozando el lomo de un libro aquí, una cortina por allá o una figurita de porcelana, antes de hacer alguna que otra floritura de baile cuando su madre no miraba. Beatrice Maude, lady Loughry, había decidido sentarse en uno de los desgastados sillones a coser. No labores decorativas, como el resto de las damas de su posición, sino remiendos de prendas que, por el tamaño, debían de pertenecer a Henry, el hermano pequeño de Hope. La dama parecía frustrada y levantaba de vez en cuando la vista para amonestar a su hija con la mirada.
Hasta que Hope comenzó a tararear una canción y la quinta nota fue la gota que colmó el vaso.
—Hope Clementine Beatrice Maude, de verdad, estate quieta. Ya no eres una niña.
—Mamá, déjamelo claro, ¿lo soy o no lo soy? —Dio una palmada en el aire—. Porque parece que ya no soy una niña para lo que os interesa, que ya no puedo bailar y dibujar lo que quiera, pero tampoco soy una adulta para salir a conocer a otras personas, a hacer amigas y a… —titubeó, y notó que se le sonrojaban las mejillas— a enamorarme.
—¿Enamorarte? —La vizcondesa se rio con sorna, sin apartar del hilo y la aguja aquellos ojos verdes que heredara su hija—. Si eres tan ingenua, me temo que sí: sigues siendo una niña boba.
—¿Qué quieres decir?
—¿Qué crees que buscan los hombres, querida Hope? —La aguja se hundió en la tela y desapareció—. Porque poco importa la respuesta que des, no posees ninguna de esas cosas.
Hope se quedó muy quieta. Se alisó la tela del vestido viejo color crema y se miró las manos. Tenía las uñas de la mano derecha mordidas y rastros de carboncillo en la izquierda, la que usaba para dibujar a escondidas toda clase de criaturas de cuento.
Sabía que no era especialmente hermosa, porque leía las revistas que le dejaba su prima y solía observar con atención a Annabelle, la beldad más prometedora de la familia. En comparación, ella apenas brillaba. No tenía el pelo rubio y domable, sino castaño y ligeramente encrespado. Su cuerpo aún no parecía el de una mujer y tenía la nariz algo ancha, cubierta de pecas irlandesas. Sus ojos verdes eran la parte de su cuerpo que más le gustaba, pero tenía que compartirlos con su madre, para que incluso ese rasgo estuviera manchado de cierto resquemor.
Lady Loughry tenía razón: no era bonita. Sin embargo, había creído que su entusiasmo y su vitalidad harían suspirar a algún buen hombre que la sacara de aquella casa, le comprara bonitos vestidos con los que bailar y le regalara una estancia llena de luz para dibujar tranquila, rodeada de niños a los que malcriaría. Tal vez no con lujos, pero sí con amor. Lo único que podía permitirse su familia y que, aun así, se resistía a regalarle.
—¿Es que no tengo ningún valor? —se aventuró, esta vez sin la rebeldía de antes, sino con cierta sumisión.
Su madre pareció meditarlo durante un momento, el tiempo justo para alimentar las esperanzas de Hope y derribarlas después.
—El poder del título y las influencias de tu padre, quizá —masculló al fin—. Si no acaba por destruirlo todo, claro.
Hope se dispuso a contestar cuando oyeron un estruendo procedente de la entrada. La vizcondesa se giró con rapidez y dejó la labor a un lado. A continuación se levantó y alzó una mano hacia ella.
—Quédate ahí, Hope. ¡Gladys! Gladys, ¡¿qué ha sido eso?! ¿Henry está bien?
Hubo unos segundos de silencio antes de que el estruendo se repitiera y unos fuertes pasos resonaran en el corredor. Se oyó un bramido de sorpresa que mutó en dolor. Era Gladys, la vieja sirvienta, una de las pocas leales a la familia y que había sido la otra madre de Hope. La chica ahogó una exclamación a juego con la del ama de llaves antes de que la puerta del salón se abriera de par en par.
Eran tres hombres. Hope nunca había visto a tipos así. No por las ropas, que eran bastas y oscuras, más bien comunes, sino por la enormidad de los cuerpos y la agresividad que destilaban sus movimientos. Las armas también ayudaban. Todos portaban porras y modernas pistolas al cinto. En un par de zancadas se plantaron frente a lady Loughry, que se había quedado paralizada.
—¿Y su querido esposo? ¿Está en casa? Tiene unas cuentas por las que responder.
El acento era cerrado, algo confuso, y la voz muy ronca, pero Hope lo entendió a la perfección, y su madre también. Beatrice abrió la boca para responder, solo para cerrarla al segundo. Los labios, secos y gruesos, vibraban en un grito mudo, tratando de conformar una contestación acorde a tamaña grosería. Tres desconocidos armados en el salón de la vizcondesa Loughry; era tan impensable que la dama se había quedado sin habla. Parecía incapaz de sostenerse, como si estuviera en medio de una pesadilla. Se hizo evidente cuando uno de los hombres se aproximó un paso más y la dama se tambaleó hacia un lado y estuvo a punto de caer contra el sillón.
—¿Está al tanto de cuánto le debe su marido a nuestro jefe? Porque, si hemos llegado hasta aquí, damita, sabrá que hemos agotado el resto de las posibilidades. Y estamos algo cansados.
Debía de ser el líder. Al menos eso pensó Hope, de pie en medio del salón, igual de inmovilizada que su madre, aunque más despierta. Solo cuando uno de los tres hombres se dio la vuelta y se aproximó a una estantería para tirar uno a uno los libros, la chica se adelantó.
—¡Aquí no hay nada de valor!
No supo de dónde le salió la fuerza. En cualquier caso, consiguió que el hombre más grande la mirase. Y sonriera.
«Tal vez sí sea una niña boba».
—Yo creo que sí que hay algo valioso, pequeña.
El matón se volvió y alargó el brazo con el que no sostenía el arma hacia su madre. No, hacia su madre, no. Se cernió sobre el collar de perlas que la mujer conservaba en el recto cuello y que no se quitaba nunca, ni siquiera de noche. Hope sabía la razón: en cuanto lo dejase en el tocador, el vizconde lo acercaría a alguna casa de empeños para después dilapidar la pequeña fortuna en las casas de apuestas, los clubes de juego o cualquier otro lugar sórdido y tenebroso de la imaginación de Hope. Y se desharía como la ceniza de la chimenea.
—¡No toque a mamá!
Como un torbellino, Hope salvó la distancia que la separaba del hombre que forcejeaba con una lady Loughry débil por la sorpresa. Los otros dos tipos estaban demasiado ocupados registrando el salón y metiéndose en los bolsillos toda clase de objetos, así que Hope agarró el brazo de la pistola del líder y lo zarandeó.
—¡Niña estúpida! ¡Suelta!
—¡Deje a mamá! ¡Deje las perlas de mamá!
El ama de llaves, que había guardado un sospechoso silencio hasta entonces, gritó de nuevo en el pasillo. Después, Hope oyó que se abría la enorme puerta de la entrada y más gritos que se alejaban hacia el jardín delantero, hacia la cochera con Robert, el único mozo que les quedaba, hacia la calle. Lejos, muy lejos.
—¡Hope, para! —consiguió articular su madre—. ¡Déjalo!
—¡Fiera de niña!
El hombre la empujó contra el suelo al tiempo que tiraba del collar, y la joya no resistió el envite. Las perlas saltaron por los aires en todas direcciones. El líder gruñó, frunció el ceño con enojo y agarró a la vizcondesa del codo violentamente.
—¡Díganos dónde tiene el resto de las joyas!
—No… no hay más —balbuceó Beatrice—. N-no hay más.
—¡Mentirosa!
La apuntó con el arma y la dama se echó a llorar. Hope nunca la había visto así. No alcanzaba a comprender cómo no se había desmayado ya.
Desde el suelo, la chica se mordió el labio inferior y vio de reojo que uno de los hombres agarraba una cajita lacada en pan de oro de la estantería. Su preferida. Antes, cuando aún tenían algo de dinero, solía estar llena de dulces. A esas alturas ya no encerraba nada. Y, si no hacían algo, no quedaría nada en toda la casa. Ni siquiera estaría mamá, porque el hombre no había bajado el cañón del arma.
«Esto no puede estar sucediendo».
El ruido de los dos hombres tirando los objetos y el llanto de Beatrice Maude llenaban el salón. El contraste horripilante con el habitual silencio de la mansión hizo que a Hope se le erizase el vello. El de los brazos, el de las piernas, el de la nuca. Una fuerza cálida que la recorrió y despertó. Supo entonces que, a falta de otro, tendría que actuar como el caballero que salvase a la dama.
Se levantó de un salto, sirviéndose de esa energía que siempre le reprochaba su madre, y se abalanzó de nuevo hacia el hombre que apuntaba a lady Loughry. Era obvio que no tenía las de ganar, pero no importaba. Lo único que importaba era plantar cara y que aquello terminase.
El tipo ni siquiera tuvo tiempo de gritar antes de forcejear con la chica. Antes de resistirse y de que, en un descuido, apretara el gatillo.
El estruendo hizo que el tiempo se detuviera.
Logró que se interrumpieran los ruidos, que el polvo del hogar quedara suspendido en el aire, que las expresiones se congelaran en un rictus de sorpresa y de dolor.
Hope cogió aire, gritó y se desplomó. Contra el suelo, dejó caer la cabeza a un lado y agarró con los dedos el pelo corto de la alfombra que estaba harta de ver. Igual que su vestido, la tela empezó a empaparse de caliente sangre roja que se derramaba sin descanso a su alrededor. Lo dominó todo: la vista, el olfato, el tacto.
Hasta el sabor del aire era metálico.
—¡Hope! —exclamó su madre.
El hombre que había disparado tardó en reaccionar. Solo cuando uno de sus compañeros le agarró del cuello de la camisa y tiró de él, consiguió moverse y echar a correr hacia la puerta.
—¡Volveremos si el vizconde no paga! —se oyó.
Fue una amenaza poco intimidante. Las mujeres del salón hicieron caso omiso. La mayor, que seguía llorando, se había arrodillado junto a su hija y movía los ojos a un lado y a otro de manera frenética. De la puerta a la chica, de las perlas del suelo a la sangre que las engullía. Retorcía las manos temblorosas, un segundo sobre el rostro de Hope y al siguiente sobre el suyo propio, húmedo de lágrimas y sudor.
—Hope, ¿por qué te has obcecado así? ¡Niña tonta, tonta, tonta!
Su pequeña no podía hablar. La bala en la pierna izquierda dolía como si fuera acero candente, la despedazaba y le tironeaba de los músculos desgarrados, del hueso roto y de la sangre que fluía.
Hope no gritaba porque su pierna ya lo hacía por ella.
Aquel líquido rojo parecía huir de ella como lo habían hecho todas las cosas que había conocido a lo largo de su vida: su padre, su madre, el dinero, las amistades… Sus posibilidades de enamorarse. Hasta su propio amor, el afecto que se debía a sí misma y hacia lo que valía. Sus esperanzas. Todo aquello que existía para ella se vertía como lo hacía su sangre.
Y, por mucho que cerrasen la herida, la chica sabía que se habían perdido para siempre.

Londres, 1844
Una vez más, Hope paseó la mirada por el espléndido salón lleno de parejas y suspiró. Aquellos bailes la hacían sentirse miserable, sobre todo porque, en cuanto ponía un pie en ellos (sin importar si era el metálico o el de carne y hueso), deseaba regresar a casa. Precisamente a esa casa que era la razón por la que hacía de tripas corazón y acompañaba a regañadientes a su prima Annabelle a aquellas interminables veladas.
Quería escapar de su propio hogar. Quería salir volando de aquellas paredes heladas, del desprecio de su madre, la ausencia de su padre y la despreocupación de un hermano demasiado pequeño para entender los problemas familiares.
Deseaba volar, pero la pierna de metal pesaba demasiado.
El marido de su prima se acercó a ellas y extendió la mano hacia su joven esposa con intención de sacarla a bailar. Annabelle se giró un instante hacia Hope, aunque esta le dirigió una leve sonrisa de comprensión.
—No te preocupes, Annabelle. Baila por mí.
No la odiaba. La envidiaba, que era algo infinitamente peor. Le gustaba observar cómo daba vueltas e imaginar que era ella. Que era bonita y deseada, que no llevaba un vestido gris que ya había usado en cien ocasiones, que se había casado y alejado de las miserias de un hogar vacío y pobre. Pobre, aunque fingía no serlo. La Iglesia aseguraba que mentir era pecado, pero no decía nada sobre qué hacer si el propio hogar constituía una gran farsa con más de una década de antigüedad.
Volvió a suspirar e hizo amago de levantarse de la butaca para dar una vuelta por los jardines. Tampoco le importaría a nadie si lo hacía sola.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que se le había soltado el lazo de la media, que amenazaba con descender hasta enredarse en el tobillo de la pierna izquierda. Aunque, evidentemente, no sentía nada de rodilla para abajo (porque no había piel), sí que notaba el roce de las puntas de la tira de tela en el muslo, en una muda advertencia.
No tenía doncella propia. Su madre y ella compartían los servicios de Lily, la sobrina de Gladys, así que se había tenido que vestir prácticamente sola. Lo raro era que el vestido no se hubiera ido desabrochando a cada paso cuando había hecho su aparición y que no se le hubiera aflojado el corsé en mitad de la fiesta.
Se levantó, esta vez con menos ímpetu, y se encaminó con pasitos cortos hacia las puertas abiertas que daban acceso al salón. Lo hizo casi pegada a la pared, tratando de camuflarse con el papel pintado de flores. Nadie pareció advertir su salida y, por una vez, se alegró de ser invisible.
Se dirigió hacia el tocador rezando porque el lazo aguantase y la media no bajara. Podría tropezar o renquear todavía más que de costumbre. La pierna, como todo lo demás sobre su cuerpo, no era de la mejor calidad. Su madre había utilizado las perlas ensangrentadas de aquel collar roto para pagar la primera prótesis y, a medida que Hope crecía, la familia fue empeñando pequeños tesoros para costear reemplazos básicos de bajo precio, a veces incluso de segunda mano. Resultaba complicado encontrar uno que le valiera, porque no era habitual que una dama necesitase piezas así. Normalmente eran hombres (militares, en su mayoría) quienes requerían esas prótesis, y la familia del vizconde no podía sufragar una a medida. Costaban demasiado, y tanto lord como lady Loughry le habían dejado claro a Hope que ella no valía tanto.
Aun así, Beatrice Maude se empeñaba en lanzarla a los lobos de la sociedad londinense ataviada con torpeza, a ver si de casualidad cazaba a uno bobo que quisiera pagar las deudas de su padre y volver a colocarlos en el lugar que les correspondía.
«Para ser tan miserable y poco cristiana, bien que confía mi madre en los milagros», pensó Hope.
Y es que ¿quién iba a querer a una pobre tullida sin un chelín en el bolsillo?
Hope llegó por fin al tocador. Antes de entrar, oyó risas al otro lado. Estuvo a punto de dar media vuelta y marcharse, porque, si esas carcajadas no eran ya a su costa, muy pronto lo serían. Giró el pomo de metal dorado y cogió aire para reunir fuerzas y enfrentarse en silencio al desprecio al que estaba acostumbrada.
Pero al abrir comprobó que, por una vez, no era de ella de quien se burlaban.
—¡Es de la empresa de mi primo, Cayden Dagger! ¡Es lo último de lo último! —exclamaba una joven con un leve acento francés.
No parecía enfadada, solo frustrada, lo que hacía reír todavía con más ímpetu a las dos damas frente a ella, que ocultaban sin éxito las sonrisas sardónicas tras los abanicos.
—Y, aparte de cómodos —añadió—, ¡sientan estupendamente!
Debía de tener unos dieciocho años y era rubia, aunque no como Annabelle. El pelo de aquella joven no era claro ni fino, sino grueso y oscuro. Brillaba como la miel de romero hendida por la luz. A pesar de llevarlo peinado a la moda, con tirabuzones a ambos lados y decorado con lazos y perlas, tenía volumen. Mucho. Uno que no podía ocultar y que se extendía a su cuerpo. El corsé acentuaba una cintura estrecha e imposible en una silueta generosa, de líneas marcadas y, además, de corta estatura. Hope no era precisamente alta, pero debía de sacarle al menos media cabeza.
A la joven no parecía importarle su pequeñez física. Blandía como si fuera un arma un zapato rosa a juego con el vestido. Hope no entendió por qué hasta que la muchacha accionó una pequeña palanca y el tacón del zapato se redujo a la mitad.
Las damas se echaron a reír con más fuerza, por lo que la exclamación de sorpresa de Hope quedó relegada a un segundo plano. Sin embargo, pareció llegar a oídos de la desconocida rubia, que abrió mucho los ojos y la boca. Se acercó cojeando hasta ella, procurando no tocar el suelo con el pie descalzo, hasta colocarle el calzado a Hope justo bajo la nariz.
—¡¿A que tú lo ves?! ¿A que es una idea estupenda?
Hope no supo qué contestar, así que sonrió y asintió. Ella odiaba los zapatos, en general. El pie de metal solía ser diferente del derecho, así que debía modificarlos o bien resignarse a llevarlos dispares. Cualquier invento que redujera la tortura que suponía andar con tacones con una pierna ortopédica era bienvenido.
—¿Veis? ¡Aquí hay alguien con visión de futuro! —resopló la desconocida con una sonrisa, sin una gota de maldad—. Ya lo dice mi padre: el mundo no está preparado para los genios.
—¿Es que los genios calzan tacones? —preguntó con mordacidad una de las damas.
—Querida, como ves, ya no.
Lo comentaron entre sí tras los abanicos, pero se las escuchó a la perfección y el veneno que contenían sus palabras se paladeó con claridad. Hope adivinó enseguida las intenciones de la chica del zapato rosa, que parecía decidida a lanzarles aquel extraño invento a la cara, y la agarró del brazo. Todas se quedaron mudas de pronto.
—Déjelas. No merece la pena.
Hope lo dijo en un susurro, pero bastó para que las otras dos damas se pusieran tensas y se dirigieran con altanería a la puerta. Al pasar, murmuraron:
—Señorita Boulanger, pruebe a ponerle su zapato endemoniado a esta. Se llevará una buena sorpresa.
Las risas se hicieron tenues en el pasillo. El tocador, de pronto bajo un extraño hechizo, continuó en silencio. Hope se dio cuenta de que todavía tenía bien agarrado el brazo de aquella joven rubia que parecía no conocer ningún tipo de recato y la soltó. Hizo una leve inclinación de disculpa y se encaminó al espejo. No podía subirse las faldas delante de una desconocida, así que esperaría a que se marchara o bien trataría de hacerse la lazada por encima de la falda…
—¿Por qué cojeas?
Hope se quedó inmóvil frente al espejo y miró a la otra chica en el reflejo. Tenía la cara ovalada, la piel rosada y tersa, y unos ojos azules límpidos que no encerraban ninguna malicia, tan solo una curiosidad vivaz y despierta. Le recordó a ella misma cuando era una niña.
No, a ella misma antes del accidente.
—No tengo pierna. Es decir, sí, pero es… de metal.
Sabía que no debería haber contestado así, pero era la primera vez que se enfrentaba a esa pregunta. La mayoría de las personas con las que se relacionaba eran sirvientes que no se atrevían a formular una cuestión semejante o nobles que ya sabían de su pasado.
«¿De dónde ha salido esta chica?».
—Vaya —susurró la desconocida con sorpresa. Su sonrisa se desvaneció y el azul de su mirada se empañó con una dulce lástima—. Lo siento mucho. ¿Puedo verla?
Hope se volvió y arqueó una ceja.
—Eso es de mala educación, ¿lo sabía?
—Dieu. Dios, ¡es verdad! Huy. He dicho «Dios». Bueno, perdón. ¡Perdón también a Dios! —La rubia alzó los ojos al cielo (más bien al techo) y se santiguó—. Deja que me explique: he pensado que si cojeas es porque debes de tener algo mal ajustado y quizá pueda ayudarte. Mi primo Cayden sabe de estas cosas. Es un empresario del sector del transporte muy importante, ¿sabes? Se dedica sobre todo al ferrocarril, pero también crea, compra y vende toda clase de máquinas de vapor, de motores… e invierte en inventos como este. —Volvió a alzar el zapato antes de ponérselo en el pie—. Así que tal vez podría ayudarte.
—No lo creo, pero… —Hope titubeó, aunque acabó por sonreír—. Gracias, de corazón.
Las mejillas de la desconocida se tiñeron de un súbito color rojo y, avergonzada, se acercó hasta Hope con lentitud (lo que resultaba antinatural en ella). Le acarició con cariño y timidez la manga abullonada del vestido.
—No, yo debo darte las gracias a ti. Esas mujeres se estaban riendo de mí, ¿verdad?
—Bueno… —Esa chica parecía alérgica a las sutilezas, así que Hope asintió y añadió, tuteándola a su vez—: De cualquier forma, no les hagas caso. Creo que eres una recién llegada, así que ya te darás cuenta, pero aquí no se limitan a valorar las virtudes de una dama, sino que se ceban en sus defectos, especialmente en los más excéntricos e inevitables.
—¡Y por lo visto yo tengo muchos de esos! —Puso los brazos en jarras para un segundo después taparse la boca—. ¡El primero es que soy una maleducada! ¡Tienes razón! A ver, permíteme hacerlo como es debido. —Dio un paso atrás para hacer una pomposa reverencia—. Me llamo Evelyn Geneviève Boulanger. Puedes llamarme Evelyn. O Eve, ¡así me llama mi familia! Enchantée!
Al incorporarse, sonrió de oreja a oreja, igual que una estudiante que hubiera terminado con éxito su tarea, lo que provocó que Hope no pudiera aguantar la risa. Aquello estaba fuera de lugar y, por supuesto, alejado de cualquier estricta norma social. Esa extraña Evelyn era una lección andante de lo que no debía hacer una dama inglesa de bien.
«Claro que yo tampoco lo soy».
—Encantada, Evelyn. Soy Hope Maude —dijo imitando la reverencia—. Puedes llamarme Hope.
Eve le sonrió antes de volver a acercarse.
—Ahora que sé tu nombre, dime, ¿me dejarías ayudarte? —Extendió ambas manos como si fueran una ofrenda—. Hope, ¿qué puedo hacer por ti?
Al principio no supo qué decir. No recordaba la última vez que le habían preguntado algo similar. Normalmente la ignoraban o bien centraban las miradas en su cojera. Otras veces cuchicheaban acerca de su escasa fortuna o los devaneos con el juego y las deudas de su padre, como si ella no se diera cuenta. Era eso o la sangrante compasión. Annabelle la usaba con ella a todas horas, lo cual era mejor en comparación, pero no dejaba de producirle una sensación agridulce. Necesitaba que la mirasen como si fuera una joven cualquiera. Tal y como hacía Evelyn.
No logró impedir que se le humedecieran los ojos, pero se apresuró a pestañear y a agachar la cabeza. Tiró de la falda del vestido hacia arriba, tan solo un palmo.
—Se me ha desatado la liga y…
—Oh, ¿conque es eso? ¡Qué sencillo, haberlo dicho antes! ¡Déjame a mí! A ver, ¡súbete la falda!
En el preciso instante en que Evelyn se arrodilló en el suelo y Hope obedeció, la puerta del tocador se abrió y una joven vestida de rojo se detuvo en el umbral.
Ninguna de las tres dijo nada, hasta que, cómo no, Evelyn se apresuró a barbotear con entusiasmo:
—Encantada, ¡soy Evelyn Geneviève Boulanger! —Señaló a la otra desde el suelo—. Y ella es Hope Maude, a la que estoy ayudando con un problemilla. ¿Sería tan amable de cerrar la puerta, esto, señora…?
La nueva joven cambió con rapidez la expresión de sorpresa por un ceño fruncido de molestia. Fue entonces cuando Hope la reconoció. No pudo evitar soltar la tela, encoger los dedos del pie bueno y morderse el labio inferior.
—No soy señora de nadie. Soy lady Alisa Chadburn —respondió con gravedad—. Levántese del suelo, señorita Boulanger. Sea cual sea el problema, no creo que sea tan arduo como para que no podamos resolverlo sin mancharnos las enaguas.

Y tu prima, Dag?
—¿Qué?
—Tu prima Evelyn. —Ezra levantó la copa de vino y señaló el salón—. ¿No habías venido con ella?
Cayden Dagger, manteniendo la compostura, recorrió con la mirada el salón de punta a punta. Sin moverse del sitio, se limitó a fruncir el ceño.
—No me lo puedo creer —se rio Ezra—. ¿La señorita Evelyn Boulanger se te ha vuelto a escapar?
—¿Cómo lo hace? —Cayden entrecerró los ojos—. Y mira que es llamativa…
—¿Vestido rosa, pequeña y bonita? Sé que es tu prima, Dag, pero el salón está lleno de debutantes como ella.
—No. Como ella, no.
Ezra MacLeod cabeceó y se rellenó la copa en la mesa de bebidas que tenía a la espalda.
—Así que no solo se te escapan las nobles a las que persigues… ahora también te rehúyen las mujeres de tu propia familia.
—Ah, ojalá —dijo Cayden en voz baja—. Eve no ha dejado de insistir en que la trajera a uno de estos bailes. Mi tía Bess casi me amenaza a punta de navaja para que accediera. No he tenido más remedio que traerla. Y ahora va y desaparece.
—Tiene casi dieciocho años, ¿no es así? Entonces no me sorprende. Además, me aventuro a afirmar que no tienes nada que temer. Si ha escapado de ti, es sin duda la más lista de la familia Dagger.
—Teniendo en cuenta que te elegí como amigo, desde luego que yo no lo soy.
Ezra volvió a reírse al escuchar el tono desprovisto de emoción de Cayden. Ambos permanecían de pie en una esquina del salón, el primero con una copa y el segundo con las manos a la espalda, oteando con frialdad a todos los hombres y mujeres de la aristocracia que se movían y cuchicheaban a su alrededor.
Los dos amigos no podían ser más distintos, lo que contrastaba con la facilidad con la que se habían relacionado y la confianza que habían construido. Físicamente, Cayden era rubio, más alto y moreno debido a las horas que pasaba trabajando fuera de casa, en la construcción de las vías ferroviarias y en la supervisión de sus fábricas. Ezra tenía el pelo negro y era un poco más bajo y robusto, con la piel pálida de quien disfruta solo de los placeres nocturnos.
Cayden Dagger representaba la nueva clase social que ascendía en el escalafón no por título, sino por dinero, amparándose en los beneficios de la nueva industria, mientras que Ezra MacLeod era el clásico joven de buena cuna que no se había cuestionado su futuro ni posición durante toda una vida sin privaciones.
Era normal que a la alta sociedad le sorprendiera su amistad, si hasta a ellos mismos los dejaba perplejos.
—Y dime, Dag —volvió a tomar la palabra Ezra—. Ahora que ya no estás haciendo de guardián de la señorita Evelyn Boulanger… ¿vas a retomar tu misión?
Sin moverse un ápice, Cayden lo fulminó con la mirada.
—No te burles —siseó.
—Ni se me ocurriría. En realidad, te admiro. No hay misión que me dé más pavor que la tuya: intentar que una dama acepte tu mano. Uf. —Ezra miró el vino de su copa como si de repente fuera veneno—. Matrimonio.
—Pensaba que te aterrorizaba más tener una ocupación.
—¿Y no implica eso el matrimonio? Aunque el casarse es peor que un empleo: ni en casa puede uno librarse de él.
—Pero si tú ni siquiera trabajas.
—Por eso tampoco me ataré a las cadenas de ningún santo sacramento. —MacLeod sonrió—. Trabajaré sola y exclusivamente por la persona a la que más aprecio.
—Tú mismo.
—Exacto: yo mismo.
Despacio, Cayden negó con la cabeza y continuó oteando el salón. La última vez que había visto a Evelyn, esta le había dicho que iba al tocador. Quizá siguiera allí.
«¿Debería ir a echar un vistazo?».
Pero era un hombre, ir a buscarla allí estaría fuera de lugar. Además, seguro que Eve volvería. No tenía miedo de lo que le pudiera pasar. Su prima siempre había sido muy resuelta.
«Más bien, los que deben temblar son todos los demás. Con mi prima libre por los salones ingleses, es la sociedad británica la que está en serio peligro».
Mientras registraba la sala, a Cayden le llamó la atención una figura. Era una dama sentada en la fila de butacas del fondo, una más entre el sinfín de mujeres que esperaban una pareja de baile. Se abanicaba con lentitud, aburrida.
Cayden había memorizado los nombres y las caras de los aristócratas más importantes, así que la reconoció enseguida. Lady Mary Gardener no era especialmente bella ni interesante. No le producía ninguna reacción.
Pero era noble, y eso bastaba a sus propósitos.
—Ahora vuelvo —murmuró.
—¡Oh, oh, oh! —Ezra sonrió con gesto sardónico—. ¡Dag ataca de nuevo!
—Si sigues así voy a pegarte una paliza, te lo advierto.
—Es mañana cuando tenemos sesión de esgrima, pero si deseas adelantarla… Deja que me tome una copa más y estoy listo.
—Por tu bien y el mío, no bebas más —rezongó Cayden—. Como te decía: ahora vuelvo.
Recorrió todo el salón con andar decidido, aunque en el fondo estuviera preparado para recibir otra negativa.
Sin embargo, ¿cuándo había frenado eso a un Dagger?
Parecía que la recién llegada al tocador acababa de salir de uno de los retratos del vestíbulo. Incluso si se hubiera vestido con harapos (o con la ropa anticuada de Hope), habría sido evidente que pertenecía a la aristocracia.
Y así era. Hope la reconoció enseguida. Alisa Chadburn era una de las hijas del marqués de Dorsetshire. Sus andares y aires hacían honor al título de su padre: eran tan sofisticados y dignos que hicieron que Hope se retorciera de envidia, y Evelyn, de vergüenza.
Era la antítesis de la francesa: toda altura, esbeltez y palidez en contraste con el pelo negro y liso que enmarcaba un rostro alargado, del color de la nata. Todo el conjunto acentuaba una belleza clásica. También altanera. Hope nunca se había atrevido a hablarle, a pesar de que ambas no dejaban de coincidir temporada tras temporada y conocían el gran secreto de la otra.
Como toda la sociedad, en realidad, aunque nadie comentara nada de forma directa.
—Cuénteme, señorita Maude, ¿qué le ocurre?
—Se me ha… se me ha desatado un lazo que…
—Déjeme ver —la cortó.
No llegó a arrodillarse como Evelyn, sino que se agachó y le levantó la falda por la parte izquierda, lo justo para introducir la mano entre las telas. Hope dio un leve respingo cuando sintió que los dedos envueltos en seda le rozaban el muslo. Se perdieron después en el inicio de la prótesis.
—He encontrado el problema —dijo Alisa—. Por favor, no se mueva. La ataré más arriba para que se ajuste bien. No puede llevarla tan baja o se enredará en el metal.
—¡Tal vez esa sería la clave! —canturreó Evelyn, que, ya incorporada, se sacudía la falda rosa—. Es decir, que tuviera un enganche en la prótesis. ¡Sería de lo más práctico!
Alisa se quedó en silencio unos instantes con los labios fruncidos, hasta que al fin asintió.
—Bien, eso podría ser. Aunque no es necesario gritar de esa manera para aportar una solución.
—¡¿Que yo grito?!
Lo preguntó en un tono demasiado agudo, y Hope sonrió cuando Evelyn se dio cuenta, se llevó las manos a los labios y soltó una risita.
—¡Lo siento! Es mi primera temporada y todavía no tengo a nadie de buena familia que me haga de valedora y casamentera. Me han enviado al baile con mi primo, pero lo he esquivado porque es muy aburrido…
—¿Su primo? —preguntó Alisa.
No obstante, Evelyn siguió hablando.
—Mi madre es inglesa, pero no pertenece a la alta sociedad, así que no tiene ni idea. Y mi padre es rico, sí, solo que todos sus contactos se encuentran en Francia y no tiene la menor influencia en Inglaterra. —Suspiró, tirándose de uno de los rizos rubios y enroscándolo en el índice—. Allí las cosas son más fáciles. Cómo decirlo, son menos… menos…
—Rígidas.
Fue Hope quien completó la frase. Aquel gesto le valió la mirada aprobatoria de Alisa y una palmada de júbilo de Evelyn.
—¡Eso es! ¡Ay, Hope, siempre tienes la palabra perfecta en el momento exacto! Eres una persona muy inteligente.
—Ninguna de nosotras es muy inteligente si está perdiendo el tiempo aquí en el tocador —bufó Alisa. Se acercó al espejo para arreglarse, aunque Hope no entendía por qué. Estaba perfecta de la cabeza a los pies—. Las tres deberíamos estar en el baile.
—Calentando la silla, ¿no? —se rio Evelyn, que se acercó y tomó la mano de Hope. A esta la cogió por sorpresa aquel gesto tan íntimo y no supo reaccionar—. Te he visto antes al fondo del salón. No te has movido en toda la noche.
—Ah, es cierto —reconoció Hope, y sonrió resignada—. Es porque nadie me saca a bailar. Resulta evidente por qué, así que…
—No. —Evelyn ladeó la cabeza—. ¿Por qué?
—Por su pierna, señorita Boulanger —murmuró Alisa—. Los hombres quieren muñecas perfectas y, al contrario que los animales, solo se abalanzarán sobre las mejores presas. Tomarán a las crías y a los sujetos enfermos si no les queda otro remedio, no antes. —Se acarició el escote del vestido rojo y lo subió un par de centímetros—. ¿Es que no sucede lo mismo en Francia? Pensaba que la superficialidad era un pecado universal.
Evelyn se puso colorada y balbuceó algo que no parecía inglés. Hope apretó los dedos entorno a su mano para tranquilizarla.
—En cualquier caso —comentó Hope, más valiente—, no soy la única. Tengo la sensación de que ninguna se ha levantado de su silla esta noche excepto para venir aquí, ¿verdad?
Evelyn le respondió con rapidez que sí, mientras que Alisa la miró de reojo. No lo negó.
—Entonces las tres tenemos el mismo problema —continuó Hope—: no somos apetecibles.
—Qué horrible suena eso, ¡ni que fuéramos pastelitos! —Evelyn se rio. De inmediato, arrugó la nariz y se llevó una mano a la cintura—. Además, yo creo que sí lo somos. Las tres somos bonitas y agradables, ¡¿qué problema tienen estos ingleses?!
Hope se disponía a contestar, pero pareció pensarlo mejor y permaneció callada. Tras unos segundos de silencio, fue Alisa quien respondió sin desviar un ápice la mirada de su reflejo sin defectos.
—Se lo diré, señorita Boulanger, ya que por desgracia conozco a la perfección los problemas de «estos ingleses». En primer lugar, los vizcondes Loughry, los padres de la señorita Maude, tienen ciertos apuros económicos. Una muchacha sin dote es difícil de casar, pero si encima tiene algún defecto físico… —No fue un comentario hecho con maldad. Hope entendió que Alisa se limitaba a constatar un hecho—. Y, en segundo lugar, está usted, señorita Boulanger.
—¿Yo? ¿Yo soy un problema?
—Para ellos, sí —prosiguió Alisa—. No es sencillamente una recién llegada, sino que no parece comprender en absoluto ni la etiqueta inglesa ni las buenas costumbres de sociedad, lo que la convierte en un hazmerreír. Nadie quiere como pareja de baile a una extranjera deslenguada que se comporta como una chiquilla, así que menos aún la querrán como esposa.
—¡Madre mía! —Evelyn se inclinó hacia Hope—. Tiene toda la razón. Cómo nos ha calado, ¿eh?
—No es nada extraordinario —dijo Alisa—. Era bastante evidente. —Acompañó aquellas palabras con un grácil encogimiento de hombros.
—¿Y usted, lady Chadburn? —Evelyn le sonrió al reflejo, todavía con las mejillas teñidas de un suave tono rosa—. ¿Qué problema tiene? Porque tampoco la he visto bailar en toda la noche. ¿Es que no le gustan los hombres?
Hope se mordió el labio de nuevo. Debería haberla detenido antes de que soltara esa barbaridad. Solo habían bastado unos instantes para saber por dónde iría aquella excéntrica medio francesa, y no parecía muy buena idea molestar a la hija del marqués de Dorsetshire.
Sin embargo, y contra todo pronóstico, Alisa se echó a reír, con lo que la máscara de seria arrogancia se desmoronó. Hope no pudo evitar sonreír con ella. Aquel humor resignado, fruto de la desgracia, resultaba contagioso.
—No es que no me gusten. De hecho, en el pasado cometí el error de que uno de ellos me gustase demasiado… Uno que no hizo las cosas que se le suponían como caballero —murmuró la morena al recobrar la compostura—. Así que no tengo lo que se dice muy buena reputación.
—¿Se fugó con un noble? —Evelyn enrojeció todavía más—. ¡Qué romántico!
—No, no llegué a eso —la corrigió Alisa—. Fue solo un beso. Nos descubrieron. Así que, para evitar un escándalo, me hizo una promesa de matrimonio. Solo que luego no tuvo escrúpulos en romperla y abandonarme. Quedé mancillada para siempre.
—P-pero eso no puede ser —balbuceó Evelyn—. ¡Si es usted bellísima!
«Y rica», añadió Hope para sí.
—Muchas gracias, señorita Boulanger, pero eso poco importa. El resto de mis hermanas ya se han casado y yo sigo soltera. —Sonrió de medio lado—. Pasé un tiempo lejos de la sociedad… El año que viene cumpliré veinticinco e iniciaré mi cuarta temporada, por lo que será mi última oportunidad. Una desperdiciada, desde luego. —Encogió con soltura un hombro—. Preferiría estar recorriendo Inglaterra o cualquier otro país con mi vieja tía Juliet a aguantar una más de estas odiosas fiestas, en las que me miran como si fuera un insecto del jardín que se ha colado en el salón.
—Así que ¿no se quiere casar?
Hope apretó la mano de Evelyn para que se callara y dejara de preguntar. Aunque, a juzgar por la expresión de Alisa, no parecía que su entrometimiento le hubiera molestado demasiado.
—No es que no quiera casarme, sino que soy escéptica en la búsqueda de un hombre bueno. —Puso los ojos en blanco—. Basándome en mi experiencia, dudo que sea fácil de encontrar…
—¿Eso quiere? ¿Se conformaría con un hombre bueno como marido?
Alisa pareció pensarlo con detenimiento, hasta que por fin asintió con gravedad, como si fuera la respuesta a una de las preguntas más importantes de su vida.
—Sí. Sí, desde luego. No me importan otras cuestiones, siempre que sea un hombre honorable.
«Y precisamente esos son quienes no la buscan», se dijo con tristeza Hope. «Se rumorea que son muchos los hombres que solo la desearían como amante, no como esposa. Porque está corrompida a ojos de todos».
—¿Y tú, Hope? —Evelyn le sonrió, y la chica se sintió bendecida por ser la razón de esa luminosa sonrisa—. ¿Qué tipo de hombre querrías como esposo?
—¿Existe siquiera alguno tan desesperado para desear serlo?
Vio de reojo como Alisa le sonreía con complicidad. Sin embargo, la llama en los ojos claros de Evelyn pareció reacia a aceptar aquello como respuesta.
—¡Vamos, Hope!
—La verdad, no lo sé —reconoció—. Un hombre que sea capaz de pagar las deudas de mi familia, supongo.
—¿Solo eso? ¡Eres preciosa y buena! Venga, Hope, tiene que haber algo más.
—Puestos a pedir… no me vendría mal otra pierna. —Se levantó la falda para enseñarla, aunque solo fuera un poco, consciente de que era la primera vez en toda su vida en sociedad que se atrevía a hacer algo así—. Una… una hecha a medida.
Las otras dos jóvenes abrieron mucho los ojos, sorprendidas al contemplar la prótesis.
—Te lo mereces, ¡desde luego! —exclamó Evelyn con convicción.
—Y tal vez un marido que me permita ser…
Se calló. Los ojos oscuros de Alisa parecieron comprender, pero la más pequeña tiró de la manga de Hope para exigir una explicación mayor.
—Una pareja que me permita ser yo misma.
Las tres se quedaron en silencio. Era un deseo compartido.
En mitad de la repentina quietud, les llegaron amortiguados los sonidos del baile: el cuarteto de cuerda, los pasos de los bailarines, el tintineo de las copas, las conversaciones en voz alta de los hombres y los susurros de las damas tras los abanicos.
Todo ese mundo parecía irreal, como si las tres chicas estuvieran envueltas en una nube solitaria a leguas de allí, ajenas a aquellas mentiras disfrazadas y brillantes.
—Yo al parecer necesito todo lo contrario —musitó Evelyn—. Necesito no ser yo en absoluto. ¡Vaya tres! Deberíamos fundar un club de damas desafortunadas… Pájaros del mismo plumaje se estrellan juntos, ¿no decís eso en Inglaterra?
Alisa y Hope se miraron directamente a los ojos antes de estallar en carcajadas. Pronto se les unió Evelyn. La muchacha lo hizo sin contenerse, agarrándose la cintura mientras reía una gracia que no llegaba a comprender del todo.
Así las encontró la siguiente pareja de damas que trató de entrar en el tocador. Ambas huyeron espantadas al contemplar a aquellas tres mujeres tan diferentes y a la vez tan compenetradas. Era tan extraño que hubieran coincidido en un punto que pensaron que debía de haberlas unido alguna razón escabrosa.
—Entonces, lo haremos así, ¿me ayudaréis a no ser tan… tan yo?
—No es que dejes de ser tú —la corrigió Hope con cariño.
—Es solo que no puedes tutear a quien no conoces ni hablar tan alto ni de cualquier cosa —añadió Alisa. Como las demás, había adoptado el tuteo entre ellas—. No puedes mantener conversaciones sobre ciertos temas, como máquinas o caballos. Tampoco puedes quitarte los zapatos en público ni ser quien solicite los bailes. No debes sonreír abiertamente a los hombres, ni a nadie, ni reír en voz alta…
—Lo que decía, que no puedo ser yo.
Alisa resopló con exasperación, como lo haría una hermana mayor ante alguna travesura de su hermana pequeña, y Hope se mordió el labio para no reír.
—¿Quieres que te ayudemos o no, Evelyn?
—¡Sí, sí que quiero! Pero vosotras también necesitáis ayuda, ¿no es así? Aquí todas deseamos tener nuestra propia casa, ser mujeres independientes…
—Creo que no sabes lo que significa ser una mujer independiente —replicó Alisa—. Como esposas, perteneceremos a nuestro marido.
—¡Eso ya lo veremos! —farfulló Evelyn con cabezonería—. El caso es que no solo yo necesito una casamentera, ¡sino las tres!
Fue entonces cuando a Hope se le ocurrió. Acababan de salir del tocador y caminaban con lentitud de vuelta al salón de baile. Habían decidido sentarse juntas, ya que parecí