Me llamo Claudine, vivo en Montigny, donde nací en 1884 y, con toda probabilidad, no moriré aquí. En mi Manual de geografía departamental puede leerse: «Montigny-en-Fresnois, linda villa de 1.950 habitantes, construida en forma de anfiteatro sobre el río Thaize: se puede admirar en ella una torre sarracena, bien conservada». ¡A mí, estas descripciones no me dan ni frío ni calor! Por otra parte, el Thaize no existe. Ya sé que se supone que cruza los prados debajo del paso a nivel; pero en ninguna época del año se puede encontrar en su cauce agua con que lavar las patitas de un gorrión. ¿Montigny construido en forma de anfiteatro? Yo no lo veo así; a mi entender, es una serie de casas que van descendiendo desde lo alto de la colina hasta abajo, hasta el valle, parecidas a los peldaños de una escalera, a la sombra de un gran castillo que se restauró en el reinado de Luis XV y que ya está más ruinoso que la torre sarracena, la cual se halla en la actualidad completamente cubierta por la hiedra, desmoronándose poco a poco, día tras día. Es un pueblo, no una villa. Las calles —¡gracias a Dios!— no están pavimentadas, y por ellas corren de vez en cuando pequeños torrentes, secos al cabo de un par de horas. Es un pueblo, ni siquiera muy bonito y, no obstante, lo adoro.
El encanto, la delicia de esta tierra hecha de colinas y valles, algunos tan estrechos que son torrenteras, estriba en los bosques; los bosques profundos e invasores que cabrillean y ondulan hasta allá abajo, tan lejos como la vista puede alcanzar. En algunos lugares se hallan perforados por verdes prados y pequeños cultivos verdes. Muy poquita cosa; los soberbios bosques lo devoran todo. Y así es como esta hermosa comarca resulta sumamente pobre, con sus escasas casas de labranza diseminadas aquí y allá, escasas, justo los techos rojos necesarios para hacer resaltar el verde aterciopelado de los bosques.
¡Amados bosques! Los conozco todos. ¡Los he recorrido tan a menudo! Están los bosques bajos, llenos de arbustos que al pasar arañan la cara con maldad; se hallan llenos de sol, de fresas, de muguete y también de culebras. Me he estremecido con sofocante pavor al ver deslizarse bajo mis pies esos atroces cuerpecillos, lisos y fríos; veinte veces me he perdido jadeante al encontrar bajo mi mano, cerca de la malvarrosa, a alguna culebrita muy juiciosa, enroscada sobre sí misma, con la cabecita bajo el largo cuerpo y mirándome con sus ojillos dorados. No era peligrosa; sin embargo, ¡qué susto! Pero ¡bah! ¿Qué más da? De todas maneras, siempre termino volviendo por allí, sola o con mis compañeras, la mayoría de las veces sola, pues esas chicas mayores me irritan lo que nadie sabe: tienen miedo de arañarse con las zarzas, tienen miedo de las bestezuelas, de las orugas peludas, de las arañas que se crían en los brezos, bonitas, redondas y rosadas como perlas… Chillan, se cansan… ¡Son insoportables!
¡Y luego están mis preferidos! Los grandes bosques, que cuentan dieciséis y veinte años de existencia. Se me parte el alma cuando veo que se tala alguno. En estos no hay nada de broza: árboles como columnas, senderos estrechos donde casi es de noche a mediodía, donde la voz y los pasos resuenan de forma inquietante. ¡Cuánto los amo, Dios mío! ¡Me siento tan sola en ellos, perdida la vista entre los árboles, en la luz verde y misteriosa que se filtra entre ellos! Estoy deliciosamente tranquila y a la par un poco inquieta por la soledad y la vaga oscuridad. En estos grandes bosques no hay bestezuelas ni malas hierbas; un suelo trillado, a trechos seco, sonoro o blando a causa de las fuentes. Lo cruzan conejos de blanco trasero, miedosos corzos de los que solo se puede adivinar el paso, tan velozmente corren, grandes faisanes pesados, rojos y dorados, algunos jabalíes —aunque yo nunca los he visto— y lobos (oí algunos a principios de invierno mientras recogía hayucos, esos ricos y pequeños hayucos aceitosos que pican la garganta y hacen toser). A veces, cuando se está en los bosques, nos vienen a sorprender las lluvias tormentosas y hay que acurrucarse debajo de un roble de copa más grande que las demás y, sin decir nada, oír crepitar la lluvia allá arriba, como en un techo; hay que permanecer así al abrigo, para luego salir de esas profundidades con los ojos deslumbrados y la vista incómoda bajo la luz del día.
¡Y los abetales! Poco profundos y misteriosos, me gustan por su olor, por los brezos rosa y violeta que crecen bajo los árboles, y por su canción cuando los azota el viento. Antes de llegar a ellos hay que cruzar apretados oquedales y de súbito se tiene la deliciosa sorpresa de llegar junto a un estanque, un estanque liso y profundo que el bosque rodea por todas partes, ¡tan lejos de todo! Los abetos crecen en medio, en una especie de isla; para llegar a ellos, hay que pasar valerosamente por encima de un tronco desarraigado que une ambas orillas. Hasta en verano se enciende fuego bajo los abetos —¡porque está prohibido!—. Se cuece cualquier cosa: una manzana, una pera, una patata robada en un campo y, a falta de otra cosa, pan moreno; huele a humo amargo y a resina. ¡Es abominable! ¡Es exquisito!
He pasado en estos bosques diez años de locos vagabundeos y descubrimientos. El día que tenga que abandonarlos sentiré un hondo pesar.
Cuando hace dos meses cumplí quince años, alargué mis faldas hasta los tobillos, demolieron la vieja escuela y cambiaron a la maestra. Mis pantorrillas, que atraían las miradas, exigían las faldas largas que me dan demasiado aspecto de una muchacha mayor. La vieja escuela se estaba derrumbando. En cuanto a la maestra, la pobre y buena señora X., de cuarenta años, era fea, ignorante y dulce, y siempre estaba azarada ante los inspectores de primaria; el doctor Dutertre, delegado cantonal, necesitaba su plaza para dársela a una protegida suya. En este lugar, lo que Dutertre quiere el ministro lo quiere también.
¡Pobre vieja escuela, ruinosa, malsana, pero divertidísima! ¡Ah, los hermosos edificios que se están levantando no harán que te olvide![1]
Las habitaciones del primer piso, destinadas a los maestros, eran feas e incómodas. La planta baja estaba ocupada por nuestras dos clases, la grande y la pequeña —dos salas de fealdad y suciedad increíbles—, con mesas cuyo igual no he vuelto a ver nunca más, semigastadas por el uso y sobre las cuales, en realidad, tendríamos que habernos vuelto jorobadas. El olor de la clase después de las tres horas de estudio de mañana y tarde tumbaba literalmente de espaldas. Jamás tuve compañeras de mi posición social, pues las escasas familias burguesas de Montigny enviaban a sus hijas, por afectación, a internados en la capital de la provincia, de modo que la escuela solo contaba como alumnas a hijas de gente vulgar, labradores, gendarmes y, sobre todo, de obreros; por cierto, todas ellas iban bastante mal lavadas.
Yo me encuentro en este extraño ambiente porque no quiero irme de Montigny. Si tuviera una madre, sé que no me dejaría aquí ni veinticuatro horas, pero papá no ve nada; entregado a sus trabajos, no se ocupa de mí, y no imagina que yo podría estar más correctamente educada en un convento o en cualquier instituto. ¡Y no hay cuidado de que yo le abra los ojos!
Así pues, como compañeras tengo a Claire (suprimo el apellido), mi hermana de leche, una niña dulce, de bellos y tiernos ojos y almita novelesca, que pasó toda su época de colegiala enamorándose cada ocho días (¡oh, platónicamente, desde luego!) de un nuevo chico y que aún ahora solo pide que la dejen prendarse del primer imbécil (maestro auxiliar o inspector de caminos) que sepa endilgarle una declaración «poética».
Luego, a la larguirucha Anaïs (que sin duda alguna conseguirá traspasar el umbral de la escuela de Fontenay-aux-Roses, gracias a una prodigiosa memoria que le hace las veces de auténtica inteligencia); es fría, viciosa y tan imposible de conmover que jamás se ruboriza, ¡feliz ella! Posee la auténtica ciencia de lo cómico y muchísimas veces me he puesto mala de risa. Tiene el cabello ni rubio ni negro, amarillenta la tez, descoloridas las mejillas, ojos negros pequeñitos y es larga como una rama de guisantes. En suma, alguien nacida vulgar; embustera, tramposa, aduladora, traidora; la larguirucha Anaïs saldrá adelante en la vida. A los trece años escribía a un mocoso de su edad, con el que concertaba citas; se supo, y de ahí salieron un montón de cuentos que conmovieron a todas las crías de la escuela, menos a ella.
Luego vienen las Jaubert, dos hermanas, gemelas incluso, buenas alumnas. ¡Ah, buenas alumnas, sin duda! De buena gana las desollaba, tanto me irrita su cordura, su bonita letra y su tonto parecido; tienen caras blanduchas y apagadas, y ojos de borrego, llenos de llorona dulzura. Estudian siempre, están llenas de buenas notas, son correctas y solapadas, y su aliento huele a cola fuerte. ¡Uf!
Y a Marie Belhomme, tontita, pero ¡tan divertida! A los quince años, razonable y sensata como una nenita de ocho, poco despierta para su edad, abunda en colosales ingenuidades que acaban por desarmarnos. La queremos un horror y muchísimas veces he dicho un montón de barbaridades delante de ella porque primero se ofende de veras para luego reírse con todas sus fuerzas, alzando al cielo sus largas manos estrechas, «manos de comadrona», según dice la larguirucha Anaïs. Marie, morena y mate, con sus ojos negros, rasgados y húmedos, y su naricilla sin malicia, parece una bonita liebre asustada. Estas cuatro últimas y yo constituimos este año la pléyade envidiada; por encima de las mayores, aspiramos al certificado elemental.
El resto, a nuestros ojos, es la hez, el vulgo. En el curso de este diario presentaré a otras compañeras, pues es decididamente un diario, o algo parecido, lo que voy a comenzar.
La señora X., que ha recibido el aviso de traslado, estuvo llorando —¡pobre mujer!— todo el santo día, y nosotras igual, lo que me inspira una vigorosa aversión hacia su sustituta. En el mismo instante en que aparecen en el patio los demoledores de la vieja escuela, llega la nueva maestra, la señorita Sergent, acompañada por su madre, una mujer gorda, con cofia, que sirve a su hija y la admira, y que hace el efecto de una campesina marrullera a quien no se la dan con queso, pero que en el fondo es buena persona. En cuanto a la señorita Sergent, parece todo menos buena, y tengo malos presentimientos sobre esta pelirroja de buena figura, de talle y cadera redondos aunque de flagrante fealdad, de cara hinchada y siempre ardorosa, y nariz un poco chata entre dos ojuelos negros, hundidos y recelosos. En la vieja escuela ocupa una habitación que no será necesario demoler enseguida, lo mismo que su ayudante, la bonita Aimée Lanthenay, que me gusta tanto como su superiora me desagrada. Mantengo estos días contra la señorita Sergent, la intrusa, una actitud huraña y rebelde. Ha intentado domesticarme, pero he respingado casi con insolencia. He de reconocer, tras algunas violentas escaramuzas, que es una maestra superior, clara, a menudo tajante, con una voluntad que sería admirablemente lúcida si a veces no la cegara la ira. Con algo más de dominio sobre sí misma, esta mujer sería admirable; pero ¡que alguien se le resista!: llamean sus pupilas y se le humedecen de sudor los rojos cabellos. Ayer la vi salir para no arrojarme un tintero a la cabeza.
Durante los recreos, como el húmedo frío de este feo otoño no me invita a jugar, charlo con la señorita Aimée. Nuestra intimidad progresa rápidamente. De naturaleza felina, delicada y friolera, muy cariñosa, me gusta contemplar su carita que, de súbito, adquiere una tonalidad sonrosada y sus doradas pupilas de arqueadas pestañas. ¡Hermosos ojos que solo piden sonreír! Cuando sale, los mozos se vuelven a mirarla. A menudo, mientras charlamos en el umbral de la clase, la señorita Sergent pasa sin decir nada frente a nosotras para ir a su habitación, envolviéndonos en sus miradas celosas e inquisitivas. Mi nueva amiga y yo comprendemos, por su silencio, que está rabiando al ver que congeniamos tan bien.
La pequeña Aimée —tiene diecinueve años y me llega a la oreja— parlotea como la pensionista que era aún no hace tres meses, con un afán de ternura y unos gestos mimosos que me conmueven. ¡Qué gestos tan mimosos! Los contiene, con un instintivo temor a la señorita Sergent, con sus pobres manitas heladas apretadas bajo el cuello de imitación de piel… pues la pobrecilla no tiene dinero, como millares de sus semejantes. Para atraerla, me comporto con dulzura, lo que no me cuesta ningún trabajo, y la interrogo, satisfecha por poder contemplarla. Va hablando, hablando, bonita, a pesar de su carita irregular, o quizá a causa de ella. Sí, sus pómulos son un poco pronunciados, y bajo su corta nariz su boca aparece algo abultada y forma una graciosa comisura a la izquierda cuando ríe. En cambio, ¡qué ojos de maravilla, color oro! ¡Y qué tez! Uno de esos cutis delicados a la vista, pero que el frío ni siquiera amorata. Habla, habla, de su padre, que es picapedrero; de su madre, que le pegaba a menudo; de su hermana, de sus tres hermanos, de la dura escuela, de la capital de provincia, donde el agua se helaba en los cubos, donde siempre estaba muerta de sueño, pues hay que levantarse a las cinco de la mañana —¡afortunadamente, la profesora de inglés era muy buena con ella!—, y de las vacaciones pasadas en familia, cuando la obligaban a dedicarse a los quehaceres domésticos y le decían que sería mucho mejor que escaldara la sopa que no que hiciera la señoritinga… Todo ello desfila en su parloteo, toda esa mísera juventud que soportaba con impaciencia y recuerda con terror.
¡Pequeña señorita Lanthenay! Tu cuerpo flexible busca y desea un bienestar desconocido. Si no fueras maestra adjunta en Montigny, tal vez serías… No quiero decir qué. Sin embargo, ¡cuánto me gusta oírte y verte, a ti, que tienes cuatro años más que yo y de quien a cada instante me siento la hermana mayor!
Un día, mi nueva confidente me dice que sabe bastante inglés, y eso me inspira un proyecto sencillamente maravilloso. Le pido a papá (ya que me hace las veces de madre) si permite que la señorita Aimée me dé clases de inglés. A papá la idea le parece genial —como la mayoría de mis ideas— y, para «cerrar el trato», como dice, me acompaña a ver a la señorita Sergent. Esta nos recibe con impasible cortesía y, mientras papá le expone su proyecto, parece dar su aprobación. No obstante, siento una vaga inquietud al no verle los ojos mientras habla. Me he dado cuenta muy pronto de que sus ojos revelan siempre sus pensamientos, sin que le sea posible disimularlos, y me preocupa comprobar que mantiene la mirada obstinadamente baja. Manda llamar a la señorita Aimée, que baja apresurada, ruborizada, y repitiendo: «Sí, señor», «Ciertamente, señor», sin saber ni lo que dice, mientras yo la miro satisfecha de mi astucia y regocijada ante la idea de que de ahora en adelante voy a tenerla para mí de forma más íntima que en el umbral de la pequeña clase. Precio de las lecciones: quince francos mensuales, dos sesiones por semana. Para esta pobre pequeña ayudante, que gana setenta y cinco francos al mes y que con ellos ha de pagarse su pensión, ¡qué inesperada oportunidad! Me parece que también estará contenta de verme más a menudo. Durante esta visita soy muy parca, no intercambio con ella más que dos o tres frases.
¡Primer día de clase! La espero al salir de la escuela, mientras recoge sus libros de inglés, y ¡rumbo a casa! He instalado un confortable rincón para nosotras dos en la biblioteca de papá: una mesa grande, cuadernos, plumas, una buena lámpara que solo ilumina la mesa… La señorita Aimée, muy confusa (¿por qué?), se ruboriza, tose.
—Vamos, Claudine, supongo que debes de saber el alfabeto.
—Pues claro, señorita. También sé un poco de gramática inglesa. Podría hacer fácilmente esa pequeña traducción… ¿Verdad que se está bien aquí?
—Sí, muy bien.
Bajando ligeramente la voz para adoptar el tono de nuestras charlas, le pregunto:
—¿Le ha dicho algo la señorita Sergent de mis clases con usted?
—¡Oh, casi nada! Me ha dicho que era una suerte para mí, que si solo quisieras estudiar un poquito no me darías ningún trabajo, porque cuando quieres aprendes con gran facilidad…
—¿Nada más? ¡No es gran cosa! Se lo dijo porque sabía que usted me lo iba a repetir.
—Vamos, Claudine, ¡si no estamos haciendo nada! En inglés solo hay un artículo…
Al cabo de diez minutos de inglés en serio, vuelvo a interrogarla:
—¿No se ha fijado en que no tenía un aire muy satisfecho cuando fui con papá a pedirle que usted me diera lecciones de inglés?
—No… Sí… Quizá… Pero como aquella noche casi no hablamos…
—Quítese la chaqueta. Aquí, en el despacho de papá, uno siempre se asfixia. ¡Ah, qué esbelta es usted! Parece usted de porcelana. ¡Qué bonitos son sus ojos a la luz!
Se lo digo porque lo pienso y porque me gusta prodigarle cumplidos. Sí, me gusta más que si los recibiera yo. Le pregunto:
—¿Duerme usted siempre en el mismo cuarto que la señorita Sergent?
Aunque semejante promiscuidad me parece odiosa, ¡qué remedio! Las demás habitaciones ya están sin muebles y se está empezando a quitar el techo. La pobre pequeña suspira:
—¡Hay que hacerlo, aun cuando me fastidia un horror! Por la noche, me acuesto enseguida, a las nueve, deprisita, y ella viene después. De todas formas, es desagradable cuando se está tan violento…
—¡Oh, lo siento muy de veras por usted! ¡Qué incómodo debe de ser vestirse cada mañana delante de ella! Me resultaría odioso exhibirme en camisón ante personas que no me gustan.
La señorita Lanthenay se sobresalta al sacar el reloj.
—¡Por Dios, Claudine; si no estamos haciendo nada! ¡Vamos a trabajar!
—Bueno… ¿Sabe usted que se esperan nuevos maestros auxiliares?
—Ya lo sé. Son dos. Llegarán mañana.
—Será divertido. Dos enamorados para usted.
—¡Oh, haz el favor de callarte! Además, todos los que he conocido eran tan tontos que no me tentaban ni tanto así. Sé los nombres de los que van a venir. Son unos nombres ridículos: Antonin Rabastens y Armand Duplessis.
—Me apuesto a que esos pájaros pasarán veinte veces al día por nuestro patio con el pretexto de que la entrada de los chicos está obstruida con derribos.
—Oye, Claudine, es una vergüenza. Hoy no hemos hecho nada.
—¡Bah! El primer día siempre pasa lo mismo. El viernes próximo trabajaremos mucho mejor. Hace falta tiempo para ponerse en marcha.
La señorita Lanthenay, impresionada por su propia pereza, me hace estudiar en serio, a pesar de mi excelente razonamiento; estudio hasta el final de la hora, y después la acompaño hasta la esquina. Es de noche, está helando, y me causa gran pesar ver alejarse a esa pequeña sombra menuda, con ese frío y esa oscuridad, para ir a casa de la pelirroja de celosas pupilas.
Esta semana hemos saboreado dos horas de la más pura dicha, porque nos pusieron, a nosotras, las mayores, a desalojar el desván, haciéndonos bajar los libros y trastos viejos que lo llenaban. Tuvimos que darnos prisa. Los albañiles esperaban para demoler el primer piso, y hubo locas carreras, galopadas por desvanes y escaleras. A riesgo de ser castigadas, la larguirucha Anaïs y yo nos aventuramos hasta la escalera que conduce a los cuartos de los maestros con la esperanza de entrever, por fin, a los dos nuevos ayudantes, invisibles desde su llegada.
Ayer, frente a una habitación entreabierta, Anaïs me dio un empujón; tropecé y abrí la puerta de un cabezazo. Nos echamos a reír, plantadas en el umbral de la habitación, justamente la de un ayudante, por suerte vacía. En la pared y encima de la chimenea había unas grandes cromolitografías vulgarmente enmarcadas: una italiana de abundante cabellera y resplandeciente dentadura, y una boca tres veces más pequeña que los ojos y, haciendo juego, una rubia de aire lánguido, que estrechaba a un galgo contra su corpiño de cintas azules. Encima de la cama de Antonin Rabastens (había puesto su tarjeta sujeta en la puerta con cuatro chinchetas) se cruzaban unas banderolas con los colores rusos y franceses. ¿Qué más? Una mesa con una palangana, dos sillas, unas mariposas clavadas en tapones de corcho, algunas romanzas desparramadas encima de la chimenea, y nada más. Miramos todo sin decir ni pío y de repente echamos a correr hacia el granero, poseídas por el ridículo temor de que al susodicho Antonin (¿a quién se le ocurre llamarse Antonin?) le viniera la idea de subir por la escalera. Era tan ruidoso el rumor de nuestros pasos en los peldaños prohibidos que en la planta baja se abrió una puerta, la de la clase de los chicos, y alguien asomó preguntando con un divertidísimo acento marsellés: «¿Qué diantres está ocurriendo? ¡Hace media hora que estoy oyendo caballos en la escalera!». Nos quedó tiempo para entrever a un grueso muchacho moreno, con mejillas rebosantes de salud. Y una vez arriba, ya seguras, mi cómplice me dijo jadeante:
—¡Anda, si supiera que venimos de su habitación!
—Sí; nunca se consolaría de no haber dado con nosotras.
—¡Dado con nosotras! —repitió Anaïs con helada gravedad—. Tiene el aire de un mozo robusto que siempre da…
—¡Marrana!
Y proseguimos con el traslado del desván. Es un encanto revolver en el montón de libros y diarios que hay que bajar, pertenecientes a la señorita Sergent. Como es natural, hojeamos en ese montón antes de llevárnoslo y compruebo que hay entre los tomos un ejemplar de Afrodita, de Pierre Louÿs, y muchos números del Journal Amusant. Anaïs y yo, muertas de risa, disfrutamos en grande con un dibujo de Gerbault: Bruits de couloirs, que representa a algunos caballeros en traje de etiqueta, ocupados en pellizcar a agraciadas bailarinas de la Ópera vestidas tan solo con un maillot y una faldita corta, y chillando y gesticulando. Las demás alumnas ya han bajado; el desván está casi a oscuras y nos entretenemos mirando grabados que nos hacen reír, obra de Albert Guillaume, ¡más verdes!
De pronto nos sobresaltamos; alguien abre la puerta, preguntando con un vozarrón que huele a ajo: «¡Eh!, ¿quién está armando ese ruido infernal en la escalera?». Nos levantamos gravemente, con los brazos cargados de libros, y contestamos con calma, conteniendo la risa:
—Buenos días, señor.
Es el auxiliar gordito de cara alegre de hace un instante. Y, entonces, como somos unas chicas mayores que parecen tener dieciséis años, se disculpa y se va, diciendo:
—Mil perdones, señoritas…
Y bailamos silenciosamente a sus espaldas, haciéndole muecas. Bajamos tarde, y nos riñen. La señorita Sergent me pregunta:
—¿Qué estabais haciendo arriba?
—Señorita, amontonábamos libros, para bajarlos.
Y coloco frente a ella, bien ostensiblemente, el montón de libros con la audaz Afrodita encima y los ejemplares del Journal Amusant doblados de forma que dejan ver los grabados. Se da cuenta enseguida y sus encendidas mejillas enrojecen aún más; sin embargo, reacciona con rapidez y explica:
—¡Ah! Habéis bajado los libros del maestro. ¡Está todo tan revuelto en ese desván común! Ya se los devolveré.
Y el sermón se acaba aquí. Ni tanto así de castigo para nosotras dos. Al salir doy un codazo a Anaïs, cuyos ojuelos se entrecierran de la risa.
—¡Anda, buenos lomos tiene el maestro!
—¡Imagínate las «picardías» que ese inocente debe de coleccionar! ¡Si no cree que los niños vienen de París, poco le debe faltar!
Porque el maestro es un viudo triste, incoloro. Apenas se da uno cuenta de que existe. Solo deja la clase para encerrarse en su cuarto.
Al viernes siguiente doy mi segunda lección con la señorita Aimée Lanthenay. Le pregunto:
—Qué, ¿ya le hacen la corte los ayudantes?
—¡Ah! Justamente, Claudine, ayer vinieron a saludarnos. El que es muy bonachón y cumplido es Antonin Rabastens.
—Llamado la Perla de la Canebière. Y el otro, ¿qué tal está?
—Es delgado, guapo, de cara interesante. Se llama Armand Duplessis.
—Sería un pecado no darle el mote de Richelieu.
Se echa a reír.
—Ese nombre le quedará entre las alumnas, terrible Claudine. Pero ¡qué huraño! Solo dice «sí» y «no»…
Esa noche, bajo la luz de la lámpara de la biblioteca, encuentro adorable a mi profesora de inglés. Sus ojos de gato brillan como el oro, traviesos, mimosos, y los admiro mucho, no sin dejar de darme cuenta de que no son buenos, ni leales, ni seguros; sin embargo, centellean con tal resplandor en su carita lozana, y parece encontrarse tan a gusto en la caldeada y tranquila estancia que me siento dispuesta a quererla más y más, con todo mi poco razonable corazón. Sí, sé muy bien desde hace tiempo que tengo un corazón poco razonable, pero aunque lo sepa es algo que no me detiene lo más mínimo.
—Y ella, la pelirroja, ¿no le dice nada estos días?
—No, incluso está amable. No me parece que vernos juntas le disguste tanto como crees.
—¡Uuuh! No le ha mirado a los ojos. No son tan bonitos como los de usted, son mucho más maliciosos. Bonita y pequeña señorita, ¡qué encantadora es usted!
Enrojece mucho y me dice sin la menor convicción:
—Estás un poco mal de la cabeza, Claudine. Empiezo a creerlo. ¡Me lo han dicho tantas veces!
—Sí, ya sé que lo dicen, pero ¿qué importa? Me gusta estar con usted. Hábleme de sus enamorados.
—No tengo. ¿Sabes? Me parece que veremos a menudo a los dos ayudantes. Rabastens se me antoja muy mundano y arrastra tras él a su colega Duplessis. ¿Sabes también que pienso traer a mi hermana menor aquí, como pensionista?
—¿Su hermana? ¡Maldito lo que me importa! ¿Cuántos años tiene?
—Tu edad, o unos meses menos. Uno de estos días cumplirá quince años.
—¿Es bonita?
—No, no mucho. Ya la verás, es un poco tímida y huraña.
—¡Al cuerno con su hermana! Oiga, vi a Rabastens en el desván; subió expresamente. Ese gordote Antonin tiene un fuerte acento marsellés.
—Sí, pero no es del todo feo. Vamos, Claudine, estudiemos. ¿No te da vergüenza? Lee y traduce esto.
Por mucho que se indigne, el estudio no adelanta en absoluto.
La beso al decirle adiós.
Al día siguiente, durante el recreo, Anaïs, para atormentarme, baila delante de mí una danza frenética, de posesa, conservando, eso sí, un rostro frío e inexpresivo cuando de repente Rabastens y Duplessis aparecen en la puerta del patio.
Como estamos allí Marie Belhomme, la larguirucha Anaïs y yo, los caballeros saludan, y les contestamos con fría cortesía. Entran en la gran aula donde las maestras corrigen los cuadernos y los vemos hablar y reír con ellas. Entonces me asalta una súbita y urgente necesidad de recoger el capuchón que me dejé en el pupitre, y me precipito en la clase, empujando la puerta como si no hubiera podido imaginar que los caballeros estuviesen allí; me paro en el umbral, fingiendo consternación. La señorita Sergent modera mi carrera con un frígido: «Un poco más de calma, Claudine», y me retiro sigilosamente; pero he tenido tiempo de ver que la señorita Aimée Lanthenay ríe, charlando con Duplessis, y le hace monerías. Aguarda un poquito, galán sombrío; mañana o pasado habrá una canción para ti, unos fáciles retruécanos o unos motes sabrosos. ¡Eso te enseñará a seducir a la señorita Aimée! ¡Vaya! ¿Qué sucede? ¿Me llaman? ¡Vaya suerte! Entro dócilmente.
—Claudine —explica la señorita Sergent—, ven a cantar este fragmento de música. El señor Rabastens es músico, pero no tanto como tú.
¡Qué amabilidad! ¡Qué transformación! Es un aire del chalet, aburrido a más no poder. Nada me corta tanto la voz como cantar ante gente que no conozco: así que vocalizo con lentitud, pero con voz ridículamente temblona, que se afirma, el Señor sea loado, al final del fragmento.
—¡Oh, señorita! Permítame que la felicite. ¡Quééé bien lo hace!
Protesto, sacándole la lengua por dentro (la leeengua diría él) y me voy a buscar a las deeeemás, ¡caramba, esto se pega!, que me acogen con cumplidos avinagrados.
—Querida mía —chirría la larguirucha Anaïs—, ¡supongo que ya debes de caerles muy bien…! Has debido de producirles una impresión fulminante a esos caballeros. Seguro que los veremos a menudo.
Las Jaubert ríen por lo bajo con sorna, llenas de envidia.
—¡Dejadme en paz! Porque he cantado un poquitín no hay motivo para encresparse. Rabastens es meridional, meridional y medio, una raza que detesto. En cuanto a Richelieu, si viene con frecuencia, sé de sobra por quién será.
—¿Por quién?
—¡Toma, por la señorita Aimée! ¡Se la come con los ojos!
—Oye —cuchichea Anaïs—, no será de él de quien estarás celosa… entonces será de ella.
¡Condenada Anaïs! Todo lo ve, y lo que no ve, lo inventa.
Los dos ayudantes se van al patio: Antonin Rabastens, expansivo y saludador; el otro, casi intimidado, casi huraño. Ya es hora de que se vayan; va a sonar la llamada de volver a entrar en clase, y los críos arman tanto ruido en el patio contiguo como si los hubieran metido en un caldero de agua hirviente. Toca nuestra entrada y le digo a Anaïs:
—Oye, hace mucho tiempo que no ha venido el delegado cantonal. Me extrañaría no verle por aquí esta semana…
—Llegó ayer. Sin duda vendrá a meter las narices por aquí.
Dutertre, delegado cantonal, es, además, médico de los niños del hospicio, la mayoría de los cuales frecuentan la escuela. Esta doble calidad le autoriza a visitarnos, ¡y Dios es testigo de cómo se aprovecha de ello! Dice la gente que la señorita Sergent es su amante. Yo no sé nada. Que él le deba dinero casi apostaría a que es verdad. Las campañas electorales cuestan caro, y Dutertre, que no tiene blanca, se obstina con persistente falta de éxito en querer reemplazar al viejo cretino mudo, pero millonario, que representa a los electores del Fresnois en la Cámara. ¡Estoy segura de que esta apasionada pelirroja está enamorada del delegado! Cuando ve que nos roza con demasiada insistencia, se estremece celosa de ira.
Porque, lo repito, él nos honra frecuentemente con sus visitas; se sienta a las mesas, en actitud descuidada, se entretiene al lado de las mayores, en particular a mi lado, lee nuestros deberes, nos mete su bigote en las orejas, nos acaricia el cuello y nos tutea a todas (¡nos conoce desde que éramos tan pequeñas!) haciendo brillar sus dientes de lobo y sus negros ojos. Nos parece muy amable; pero yo sé que es tan canalla que no siento ante él ninguna timidez, y sé que eso escandaliza a mis compañeras.
Es el día de la clase de costura. Tiramos perezosamente de la aguja, charlando en voz queda. Empiezan a caer copos. ¡Qué suerte! Patinaremos, nos pegaremos muchos porrazos y jugaremos con bolas de nieve. La señorita Sergent nos contempla sin vernos. Su pensamiento está lejos.
Toc, toc, suena en los cristales. Y, a través de las plumas giratorias de la nieve, vemos a Dutertre, que está llamando, envuelto y tocado de pieles, guapo, con sus brillantes ojos y sus dientes que siempre se ven. El primer banco (yo, Marie Belhomme y la larguirucha Anaïs) se agita. Arreglo mis cabellos en las sienes, Anaïs se muerde los labios para enrojecerlos y Marie aprieta su cinturón un agujero más; las hermanas Jaubert juntan las manos, con lo que parecen una estampa de primera comunión. «Soy el Templo del Espíritu Santo».
La señorita Sergent se ha sobresaltado tanto que derriba la silla y el taburete al precipitarse a abrir la puerta. Me revuelvo de risa ante tal azoramiento, y Anaïs se aprovecha de la agitación para pellizcarme y hacer muecas demoniacas, mordiendo carboncillo y goma de borrar. (Es inútil que estos alimentos extravagantes le estén prohibidos, todo el santo día tiene la boca y los bolsillos llenos de madera de lápiz, de negra e infecta goma, de carboncillo, y de papel secante color de rosa. Tiza, plombagina, todo llena su estómago de forma estrambótica, extravagante. Y, sin duda alguna, son esos alimentos los que le proporcionan una tez de color madera y yeso gris. ¡Yo, por lo menos, solo como papel de fumar, y únicamente de cierta marca! Pero la larguirucha Anaïs arruina al ayuntamiento, que nos proporciona el material escolar, pidiendo suministro todas las semanas, y pide tanto que al empezar el curso el consejo municipal presentó una reclamación).
Dutertre sacude sus pieles empolvadas de nieve, que se diría que son su pelaje natural. La señorita Sergent, al verle, resplandece con tanta alegría que ni siquiera se le ocurre comprobar si estoy al acecho. Dutertre bromea, y su acento montañés, sonoro y rápido, reanima a la clase. Inspecciono mis uñas y pongo en evidencia mis cabellos, porque el visitante mira particularmente hacia nosotras. ¡Ah! Somos muchachas mayores de quince años y, si mi cara representa menos años de los que tengo, mi tipo es el de una joven de dieciocho. Y mis cabellos merecen también ser exhibidos, porque constituyen una inquieta melena de rizos cuyo color oscila, según el tiempo, del castaño oscuro al oro ceniza, y que forma un bonito contraste con mis ojos color café. Mi cabellera, a pesar de ser tan rizada, me llega casi a la cadera. Nunca he llevado trenzas ni moño; los moños me dan jaqueca y las trenzas no encuadran bastante mi cara. Cuando jugamos al marro, recojo el montón de mis cabellos, que harían de mí una presa demasiado fácil, y los anudo en cola de caballo. Al fin y al cabo, ¿no resultan mucho más bonitos así?
La señorita Sergent interrumpe, por fin, su extasiado diálogo con el delegado cantonal y lanza un «Señoritas, se están portando muy mal». Anaïs, para afirmarla en su convicción, cree conveniente dejar escapar el «¡Hip!» de las carcajadas contenidas, sin que un solo rasgo de su cara se inmute, y es a mí a quien la señorita echa una mirada prometedora de un futuro castigo.
Por fin, el señor Dutertre levanta la voz y le oímos preguntar:
—Qué, ¿se estudia mucho aquí? ¿Qué tal se encuentran?
—Se encuentran muy bien —responde la señorita Sergent—, pero se estudia muy poco. ¡Estas chicas mayores son más perezosas…!
Tan pronto como hemos visto al guapo doctor volverse hacia nosotras, nos inclinamos sobre nuestros cuadernos con aire aplicado, absorto, como olvidándonos de su presencia.
—¡Ah! —exclama aproximándose a nuestros bancos—. Conque no se estudia mucho, ¿eh? ¿Qué pajaritos tienen en la cabeza? ¿No es ya la señorita Claudine la primera en composición francesa?
Les tengo verdadero horror a las composiciones. Son unos temas estúpidos y horrendos: «Imaginad lo que piensa y hace una jovencita ciega» (¿por qué no también sorda y muda?) O bien: «Escribid, haciendo vuestro retrato físico y moral, a un hermano a quien no habéis visto desde hace diez años». (Carezco de inspiración fraternal; soy hija única). ¡Ay, lo que he de contenerme para no escribir sandeces y consejos subversivos! Sin embargo, mis compañeras, excepto Anaïs, tienen todas ellas tan mala sombra que, contra mi voluntad, soy «la alumna más destacada en composición francesa».
Dutertre ha llegado a donde deseaba ir a parar y yo levanto la cabeza hacia él mientras la señorita Sergent le contesta con lentitud:
—¿Claudine? Oh, sí, aunque no pone nada de su parte. Tiene facilidad para eso y no se cansa.
Dutertre se sienta sobre la mesa, con una pierna colgando y, para no perder la costumbre, me tutea:
—¡Vaya! Conque eres perezosa, ¿eh?
—¡Hombre! ¡Ah, mire, es el único placer que tengo sobre la tierra!
—¡Nunca hablas en serio! ¿A que te gusta más leer? ¿Qué lees? ¿Todo lo que encuentras? ¿Toda la biblioteca de tu padre?
—No, señor, los libros que me aburren, no.
—Apuesto cualquier cosa a que te estás haciendo una bonita culturita. Dame tu cuaderno.
Para leer con más comodidad, apoya una mano sobre mi hombro y retuerce entre sus dedos un bucle de mis cabellos. La larguirucha Anaïs está más amarillenta que nunca. No le ha pedido su cuaderno. Esta preferencia me va a valer ocultos alfilerazos, cuentos solapados a la señorita Sergent y espionaje cuando charle con la señorita Lanthenay. La gentil Aimée está junto a la puerta de la pequeña clase, y me sonríe de forma tan tierna con sus ojos dorados que me siento casi consolada de que ayer y hoy solo he podido hablar con ella delante de mis compañeras. Dutertre deja el cuaderno y me acaricia los hombros, distraído. No, no piensa en lo que hace, evidentemente; e-vi-den-te-men-te…
—¿Cuántos años tienes?
—Quince.
—¡Extraña chiquilla! Si no tuvieras un aire tan de locuela, ¿sabes que parecerías mayor? ¿Te presentarás en octubre próximo para el certificado?
—Sí, señor, para complacer a papá.
—¿A tu padre? ¿Qué cuernos le puede importar? Pero ¿a ti te gusta?
—Sí, es divertido ver a la gente que nos examina. Luego, si hay conciertos por esa época en la capital, será una suerte.
—¿Irás a la escuela normal?
Pego un bote.
—¡Ni hablar!
—¿Por qué ese arrebato, jovencita exuberante?
—No quiero ir allí por la misma razón que no quise ir a un internado, porque se está encerrado.
—¡Oh! ¡Oh! ¿Tanto te importa la libertad? ¡Diantre, tu marido no hará lo que le dé la gana! Enséñame esa cara. ¿Te sientes bien? ¿Un poco de anemia?
El buen doctor me vuelve hacia la ventana, su brazo alrededor de mi cintura, y hunde sus miradas de lobo en mis ojos, que vuelvo cándidos y sin misterio. Siempre tengo ojeras y me pregunta si sufro palpitaciones y ahogos.
—No, en absoluto.
Bajo los párpados, porque me doy cuenta de que me estoy ruborizando tontamente. ¡Me mira demasiado! Y adivino que, a nuestras espaldas, la señorita Sergent se crispa.
—¿Duermes toda la noche?
Me da rabia ruborizarme todavía más al contestar:
—Claro que sí, señor: toda la noche.
No insiste y se yergue, soltándome la cintura.
—¡Bah! En el fondo, eres robusta. —Una leve caricia en mi mejilla, y pasa luego al lado de la larguirucha Anaïs, que se consume en su banco—. Enséñame tu cuaderno.
Mientras lo hojea, bastante deprisa, la señorita Sergent regaña en voz baja a la primera división (mocosas de doce a catorce años que ya empiezan a apretarse el talle y a llevar moño), pues han aprovechado la falta de atención directorial para entregarse a una algazara de todos los demonios. Se oyen golpetazos de reglas en las manos, cloqueos de chiquillas que reciben un pellizco… ¡Seguro que las obsequian con una privación general de recreo!
Anaïs se sofoca de alegría al ver su cuaderno en manos tan augustas, pero Dutertre la encuentra, sin duda, poco digna de atención, y sigue adelante tras algunos cumplidos y un pellizco en la oreja. Permanece unos minutos al lado de Marie Belhomme, cuya morena y suave lozanía le gusta, pero ella, al instante confundida en su timidez, baja la cabeza como un borrego, dice «sí» cuando ha de decir «no» y llama «señorita» a Dutertre. En cuanto a las hermanas Jaubert, las felicita por su bonita letra, lo que estaba previsto. Finalmente se va. ¡Buen viento!
Faltan unos diez minutos para terminar la clase: ¿cómo emplearlos? Pido permiso para salir, a fin de recoger furtivamente un puñado de la nieve que sigue cayendo. Hago una bola y la muerdo: está buena y fría; esa primera nevada tiene un poco de gusto a polvo. La escondo en el bolsillo y entro. Me hacen señas a mi alrededor, y hago pasar la bola de nieve, que todas, exceptuando a las impecables gemelas, muerden con expresiones de embeleso. ¡Atiza!, la tonta de Marie Belhomme deja caer el último trozo y la señorita Sergent lo ve.
—¡Claudine! ¿Has vuelto a traer nieve? ¡Es el colmo!
Me echa unas miradas tan furiosas que contengo la frase: «Es la primera vez desde el año pasado», pues temo que la señorita Lanthenay padezca por culpa de mi insolencia y, sin decir nada, abro mi Historia de Francia.
Esta tarde tendré clase de inglés y eso me consolará de mi silencio.
La señorita Aimée viene a las cuatro y nos largamos la mar de contentas.
¡Qué bien se está con ella en la caldeada biblioteca! Pongo mi silla juntito a la suya y reclino la cabeza en su hombro, ella pasa su brazo por mi espalda, y yo enlazo su talle, que se cimbrea.
—¡Oh, pequeña señorita, cuánto tiempo hace que no la he visto!
—¡Si solo hace un par de días!
—No importa. ¡Cállese y béseme! Es usted mala, el tiempo le parece corto lejos de mí. ¿Le aburren estas clases?
—¡Oh, Claudine! Al contrario, sabes de sobra que solo charlo contigo y que solo me encuentro a gusto aquí.
Me besa, yo ronroneo y, de pronto, la estrecho tan bruscamente entre mis brazos que se queja un poco.
—¡Hay que trabajar, Claudine!
¡Bah, que la gramática inglesa se vaya con viento fresco! Prefiero apoyar la cabeza en su pecho; me acaricia los cabellos, el cuello, y oigo junto a mi oído su corazón, que late apresuradamente. ¡Qué bien estoy a su lado! Sin embargo, hay que coger una pluma y, por lo menos, simular que se estudia. Bueno, al fin y al cabo, ¿a santo de qué? ¿Quién puede entrar? ¿Papá? ¡Bah!
Papá se encierra siempre en la habitación más incómoda del primer piso, en esa que es tan fría en invierno y tan calurosa en verano, absorto, ciego y sordo al estrépito del mundo para… ¡Ah, vamos! Ustedes no han leído, porque nunca se concluirá, su gran obra sobre la Malacologie du Fresnois, y nunca sabrán que de esas complicadas experiencias y angustiosos cuidados que le han tenido inclinado horas y horas sobre innumerables babosas encerradas en pequeñas campanas de cristal, en cajas de metálicas rejas, papá ha sacado esta fulminante certeza: la Limax flavus devora en un día hasta 0,24 gramos de alimento, en tanto que la Helix ventricosa, durante el mismo intervalo de tiempo, solo devora 0,19 gramos. ¿Cómo pretenden ustedes que la renaciente esperanza de semejantes comprobaciones permita a un apasionado malacologista el sentimiento de la paternidad desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche? Pero, entre dos sesiones de babosas, mi padre es el hombre más bueno y más cariñoso del mundo. Por otra parte, cuando tiene tiempo, me contempla vivir, desde luego con admiración, y le sorprende verme existir como una «persona natural». Ríe con sus ojillos entrecerrados y su noble nariz borbónica (¿dónde habrá ido a pescar esa nariz real?), su hermosa barba matizada en tres colores, rojo, gris y blanco… ¿No he visto brillar en ella a menudo babitas de babosa?
Pregunto a Aimée, con indiferencia, si ha vuelto a ver a los dos compañeros, Rabastens y Richelieu. Se anima, lo que me sorprende.
—¡Ah, es verdad! No te lo he contado. ¿Sabes?, ahora dormimos en la escuela de párvulos, pues lo están demoliendo todo; pues bueno, ayer por la noche trabajaba en mi cuarto, a eso de las diez, y, al cerrar las persianas para irme a dormir, vi una gran sombra que, con el frío que hacía, se estaba paseando debajo de mi ventana. ¿Adivinas quién era?
—¡Toma! Uno de los dos.
—Sí, pero era Armand. ¿Lo hubieras creído de semejante salvaje?
Contesto que no, pero, a pesar de mi negativa, lo hubiera creído muy bien de ese muchacho moreno y bien plantado de ojos graves y sombríos, que me parece valer más que el alegre marsellés. Entretanto, ya veo la cabecita de pájaro de la señorita Aimée aturdida con esa insignificante aventura, y me siento un poco triste. Le pregunto:
—¿Es posible? ¿Ya encuentra digno de tan vivo interés a ese cuervo pomposo?
—¡Oh, no! Solo me divierte.
Da lo mismo. La clase termina sin más dilaciones. Solo al salir, en el corredor oscuro, la beso con todas mis fuerzas en su cuello gracioso y blanco, en sus ricitos que tan bien huelen. Resulta divertido besarla. Es como un pequeño animal, cálido y bonito, y me devuelve tiernamente la caricia. ¡Ah, si pudiera, la tendría siempre a mi lado!
Mañana es domingo y no hay colegio. ¡Qué lata! Solo me divierto allí.
Ese domingo me fui a pasar la tarde en la granja donde vive Claire, mi dulce y simpática hermanita de leche, que hace un año que no viene a la escuela. Bajamos por un sendero que da al camino de la estación, una senda frondosa y sombría, muy verde en verano. Como es natural, en estos meses de invierno ya no se ven hojas, aunque todavía hay las suficientes para ocultarse tras ellas y acechar a la gente que se sienta en los bancos del camino. Caminamos sobre la nieve, que cruje. Los charquitos helados gimen musicalmente bajo el sol, con un bonito sonido que a ningún otro se parece: el del hielo que se quiebra. Claire me cuchichea sus amoríos, esbozados con los mozos en el baile de los domingos, en casa de Trouillard; son mozos rudos y bruscos, y me agito al oírla.
—Verás, Claudine. También estaba Montassuy y bailó la polca conmigo, apretándome muy fuerte contra él. En ese momento, Eugène, mi hermano, que bailaba con Adèle Tricotot, suelta a su pareja y pega un salto para dar un cabezazo a una de las lámparas que cuelgan del techo; se mueve el cristal y la lámpara se apaga. Y, mientras todo el mundo mira y exclama «¡Ah!», el gordo Féfed gira el interruptor de la otra lámpara y todo queda a oscuras, lo que se dice a oscuras; solo había una vela al fondo de la pequeña cantina. Querida, todo el rato, mientras la tía Trouillard se fue a buscar cerillas, solo se oían chillidos, risas, chasquidos de besos. Mi hermano tenía a Adèle Tricotot a mi lado y ella suspiraba, suspiraba, diciendo: «Eugène, déjame…», con voz ahogada, como si tuviera las faldas en la cabeza; y el gordo Féfed y su pareja se habían caído al suelo, y se reían tanto que no se podían levantar.
—Y tú con Montassuy, ¿qué?
Claire enrojece con tardío pudor.
—¡Ah! Pues verás… De momento, se sorprendió tanto con las lámparas apagadas que solo me tenía cogida una mano; luego me volvió a coger por la cintura y me dijo bajito: «No tengas miedo…». No dije nada y sentí que se agachaba, que me besaba suavemente las mejillas, a tientas. Estaba tan oscuro que se equivocó (¡pequeña hipócrita!) y me besó en la boca. Me dio tanto gusto, me hizo tanto bien y me dio tal emoción que casi me caí, y entonces me sujetó aún con más fuerza. ¡Ah, qué encantador es! ¡Cuánto le quiero!
—¿Y luego, descocada…?
—Luego, tía Trouillard volvió a encender las lámparas refunfuñando y juró que si sucedía tal cosa de nuevo presentaría una denuncia y se cerraría el baile.
—¡Vaya, el hecho es que hubo una juerguecita de las buenas! ¡Huy, cállate! ¿Quién llega por ahí?
Estamos sentadas detrás del seto de zarzas, cerca del camino que pasa a dos metros por debajo de nosotras, con un banco al borde de la cuneta. Es un escondite maravilloso para escuchar sin ser vistas.
—¡Si son los ayudantes!
Sí, se trata de Rabastens y del sombrío Armand Duplessis, que pasean charlando (¡suerte inesperada!). El presuntuoso Antonin quiere sentarse en el banco, a causa del pálido sol que lo calienta ligeramente. Oiremos su conversación y nos estremecemos de gozo en nuestro campo, encima de sus cabezas.
—¡Ah! —suspira el meridional, satisfecho—. Aquí se calienta uno un poco, ¿no le parece?
Armand gruñe algo ininteligible y el marsellés continúa. Estoy segura de que sería capaz de hablar solo.
—Yo, fíjese en lo que le digo, aquí me encuentro muy bien. ¡Las señoras maestras son tan amables! Claro que la señorita Sergent es fea, pero ¡la pequeña señorita Aimée es tan guapa! ¡Me siento tan orgulloso cada vez que me mira!
El falso Richelieu se ha erguido; se le desata la lengua.
—¡Sí, es atractiva, es muy bonita! Siempre sonríe, y gorjea como un pájaro… —Pero se arrepiente de su expansión al instante, y añade en otro tono—: Es una joven muy agraciada. ¡Seguro que usted le hará perder la cabeza, donjuán!
Un poco más y estallo. ¡Rabastens un donjuán! Me lo imagino con un chambergo de gran pluma sobre la redonda cabeza y los mofletes… Sobre el talud, atentas a cuanto se dice en el camino, las dos nos reímos con los ojos sin movernos ni un centímetro.
—De todas maneras —contesta el destrozador de corazones de la enseñanza primaria—, ¡todavía hay más chicas bonitas! ¡Se diría que no las ha visto usted! El otro día, en clase, la señorita Claudine cantó de manera encantadora (y puede decirse que soy bastante entendido en esa materia, ¿eh?), y no es para pasar inadvertida, con esos cabellos que le caen sobre los hombros y por todos lados, y esos ojos oscuros tan pícaros. Mi querido amigo, me parece que esa niña más que geografía sabe muchas cosas que debiera ignorar.
He tenido un pequeño sobresalto y hemos estado a punto de dejarnos sorprender, pues Claire ha soltado una risita semejante a un escape de gas, que bien podrían haber oído. Rabastens se agita en el banco junto a Duplessis, que parece absorto, y le cuchichea algo al oído, riendo con aire de granuja. El otro sonríe; luego, los dos se levantan y se van. Nosotras estamos encantadas, y de alegría bailamos la chieuvre, tanto para calentarnos como para felicitarnos por el delicioso espionaje.
Ya de regreso, voy rumiando coqueterías para encender a ese gordinflón Antonin, que parece ultracombustible, algo para pasar el tiempo a la hora del recreo, cuando llueve. ¡Y yo que le creía en vías de acometer la seducción de la señorita Lanthenay! Estoy muy satisfecha de que no pretenda gustarle, pues la pequeña Aimée me parece tan enamoradiza que hasta un Rabastens podría haberse salido con la suya, ¿quién sabe? Cierto que Richelieu se siente aún más atraído por ella de lo que yo creía.
A las siete de la mañana entro en la escuela. Hoy me toca a mí encender el fuego. Hay que partir astillas en el cobertizo, estropearse las manos, llevar leños, soplar y recibir en los ojos la picante humareda. ¡Atiza! ¡Si el primer edificio nuevo ya se eleva hacia lo alto, y en el de los chicos, simétrico, el techo está casi terminado! Nuestra pobre y vieja escuela, a medias derruida, parece un insignificante montón de ruinas al lado de los dos edificios que tan pronto han brotado del suelo. La larguirucha Anaïs se reúne conmigo, y juntas nos vamos a cortar leña.
—Oye, Claudine, ¿no lo sabes? Hoy llega otra nueva ayudante y nos van a obligar a hacer el traslado; nos darán clase en la escuela de párvulos.
—¡Menuda idea! Está más cochina… ¡Cogeremos pulgas y piojos!
—Sí, pero se está más cerca de la clase de los chicos, hija.
(Esta Anaïs ¡qué desvergonzada es! Pero, en el fondo, tiene razón).
—¡Hombre, pues es verdad! Oye, fuego de mala muerte, ¿quieres encenderte de una vez? Hace diez minutos que estoy luchando contigo. ¡Ah, seguro que el señor Rabastens ardería con más facilidad!
El fuego se decide poco a poco a encenderse; las alumnas llegan; la señorita Sergent se retrasa. (¿Por qué? Es la primera vez). Al fin, baja; contesta a los «Buenos días» con aire preocupado; se sienta a su mesa, diciendo «A vuestros sitios» sin mirarnos, y, visiblemente, sin pensar en nosotras. Copio los problemas preguntándome qué pensamientos la embargan y, con inquieta sorpresa, observo que de vez en cuando me echa rápidas miradas, furiosas y, a la vez, vagamente satisfechas. ¿Qué sucede? No estoy nada tranquila. Veamos, pensemos un poco. Recuerdo solo que cuando la señorita Lanthenay y yo salimos para la clase de inglés nos miró con una ira casi dolorosa, apenas disimulada. ¡Vaya, vaya…! ¿No va a dejarnos por fin en paz a mi pequeña Aimée y a mí? ¡Si no hacemos nada malo! ¡Nuestra última clase de inglés fue tan agradable! Ni siquiera abrimos el diccionario, ni las «frases escogidas», ni el cuaderno.
Reflexiono y me enfurezco copiando los problemas con letra enrevesada. Anaïs me observa de reojo y adivina que «algo» sucede. Una vez más miro a la horrible pelirroja de celosa mirada, al recoger el mango de la pluma que he tirado al suelo con hábil torpeza. ¡Vaya, vaya, si ha llorado! ¡No me equivoco! Entonces ¿a santo de qué esas miradas coléricas y casi alegres? ¡Ah, aquí hay gato encerrado! Es absolutamente necesario que hable hoy con la señorita Aimée. Ya no pienso en el problema que debo transcribir: «Un obrero planta estacas para hacer una empalizada. Las hunde a tal distancia unas de otras que el cubo de alquitrán donde moja la extremidad inferior hasta una altura de treinta centímetros está vacío al cabo de tres horas. Dado que la cantidad de alquitrán que queda en cada estaca equivale a diez centímetros cúbicos, que el cubo es un cilindro de 0,15 metros de radio en la base y de 0,73 metros de altura, lleno en sus tres cuartas partes, y que el obrero moja cuarenta estacas por hora y descansa alrededor de ocho minutos durante el mismo intervalo de tiempo, ¿cuál es el número de estacas y cuál la superficie de la propiedad, que tiene la forma de un cuadrado perfecto? Indicar igualmente cuál sería el número de estacas necesarias si se plantasen a una distancia diez centímetros mayor unas de otras; indicar, asimismo, el precio de coste de esta operación en los dos casos, dado que las estacas valen tres francos el centenar y que al obrero se le paga 0,50 francos por hora».
¿No se tendría que indicar también si el obrero es feliz en su matrimonio? ¡Oh! ¿Cuál es la malsana imaginación, el depravado cerebro en los que germinan estos indignantes problemas con los que nos torturan? ¡Los detesto! ¿Y los obreros que se coligan para complicar la cantidad de trabajo de que son capaces, dividiéndose en dos cuadrillas, de la que una gasta la mitad más de fuerza que la otra, mientras esta, en desquite, trabaja dos horas más? ¿Y el número de agujas que una costurera gasta durante veinticinco años si utiliza agujas a 0, 50 francos el paquete durante once años y agujas a 0, 75 francos durante el resto del tiempo, pero siendo así que las de 0,75 francos resultan, etcétera? ¿Y las locomotoras que complican diabólicamente sus velocidades, sus horas de salida y el estado de salud de sus fogoneros? ¡Odiosas suposiciones, inverosímiles hipótesis que me han hecho refractaria a la aritmética para toda la vida!
—Anaïs, al encerado.
La larga pértiga se levanta, dirigiéndome a hurtadillas un mohín de gato malhumorado. A nadie le gusta ir al encerrado bajo las negras y escudriñadoras miradas de la señorita Sergent.
—Haz el problema.
Anaïs lo hace y lo explica. Aprovecho para examinar a mis anchas a la maestra. Le brillan los ojos, y sus rojos cabellos parecen echar chispas. ¡Si por lo menos hubiera podido ver a Aimée Lanthenay antes de la clase! Bueno, se acabó el problema; Anaïs respira y regresa a su sitio.
—Claudine, al encerado. Escribe los quebrados 3.525/5.712, 806/925, 14/56, 302/1.052 (¡Dios mío! ¡Líbrame de los quebrados divisibles por 7 y por 11, así como de los que lo son por 5 y por 9, y por 4 y por 6, y por 1.127!), y busca su máximo común divisor.
¡Vaya, lo que temía! Empiezo melancólicamente y cometo algunas tonterías, porque no tengo la cabeza en lo que hago. ¡Qué pronto son reprendidas, con secos movimientos de la mano o con fruncimientos de cejas, las pequeñas barbaridades que me permito decir! En fin, salgo de apuros como puedo, y regreso a mi sitio. Me dice: «Haz el favor, aquí nada de rasgos de ingenio…». Porque, a su observación «Olvidaste bajar los ceros», he contestado:
—Siempre hay que bajar los ceros. ¡Se lo merecen!
Marie Belhomme sale al encerado después que yo y, según su costumbre, acumula barbaridad tras barbaridad con la mayor buena fe del mundo, voluble y segura de sí misma cuando se enreda, indecisa y sofocada cuando se acuerda de la lección anterior.
Se abre la puerta de la clase de las pequeñas y entra la señorita Lanthenay. La miro con avidez, ¡oh, pobres ojos dorados, que han llorado y están hinchados! Queridos ojos, que me lanzan una mirada atemorizada y se desvían enseguida. Me quedo consternada. ¡Dios mío! ¿Qué le habrá hecho esa mujer? Enrojezco de cólera de tal modo que la larguirucha Anaïs se da cuenta y, burlonamente, ríe por lo bajo. La doliente Aimée ha pedido un libro a la señorita Sergent, que se lo entrega con marcada solicitud, mientras sus mejillas cobran un tinte carmesí más oscuro. ¿Qué significa todo esto? Siento aún más angustia cuando pienso que la lección de inglés no será hasta mañana. Bueno, ¿y qué? No puedo hacer nada. La señorita Lanthenay vuelve a entrar en su clase.
—Señoritas —anuncia la malvada pelirroja—, saquen libros y cuadernos. Nos vemos obligadas a refugiarnos provisionalmente en la escuela de los párvulos.
Todas las muchachas se agitan al instante como si se prendiera fuego en sus medias; se empujan, se pellizcan, mueven los bancos, los libros caen y los amontonamos en nuestros delantales. La larguirucha Anaïs mira cómo cojo mi carga, llevando ella misma su equipaje en brazos, y tira hábilmente de un extremo de mi delantal; todo se cae. Conserva su aire ausente y contempla con gran atención a tres albañiles que se lanzan tejas en el patio. La profesora me riñe por mi torpeza y, dos minutos más tarde, la condenada Anaïs repite la misma jugada con Marie Belhomme, la cual protesta tan ruidosamente que, como castigo, la condenan a copiar unas páginas de historia antigua. Por fin, nuestra jauría charlatana y ruidosa atraviesa el patio y entra en la escuela de párvulos. Arrugo la nariz; está sucia, a pesar de haber sido limpiada de forma apresurada para nosotras, y todavía huele a chiquillos poco aseados. ¡Con tal de que ese «provisionalmente» no dure demasiado!
Anaïs ha dejado sus libros sobre una mesa, asegurándose de inmediato de que las ventanas de la clase dan al jardín del maestro. No tengo tiempo de contemplar a los ayudantes, porque estoy demasiada preocupada por los disgustos que presiento.
Regresamos a la antigua clase armando el mismo ruido que armaría un rebaño de bueyes al huir de algo, y transportamos las mesas, tan viejas y pesadas que tropezamos y chocamos adrede por todas partes con la esperanza de que por lo menos una de ellas se deshaga completamente cayendo en apolillados pedazos. ¡Vana ilusión! Llegan enteras a su destino, aunque no por nuestra culpa.
Esta mañana no hemos estudiado gran cosa y ¡eso más tenemos ganado! A las once, al salir, he estado vagando de aquí para allá, para tratar de ver a la señorita Lanthenay, pero sin el menor éxito. ¿Conque ella la tiene secuestrada? Me voy a almorzar con un sentimiento tal de ira reprimida que hasta el mismo papá se da cuenta y me pregunta si tengo fiebre. Luego regreso muy temprano, a las doce y cuarto, y aguardo nerviosa entre las escasas alumnas que hay en la clase: algunas chiquillas del campo que almuerzan en el colegio sus huevos duros, su tocino y su melaza con pan y fruta. Espero inútilmente y me atormento mucho.
Antonin Rabastens hace su aparición (es una diversión como cualquier otra) y me saluda con gracia de oso bailarín.
—Mil perdones, señorita; y dígame, si no es molestia: ¿todavía no han bajado las señoras?
—No, señor, las estoy aguardando. ¡Ojalá no tarden, pues «la ausencia es el peor de los males»!
Ya van siete veces que comento este aforismo de La Fontaine en composiciones de francés que merecieron buena nota.
Hablo con dulce gravedad. El apuesto marsellés me escucha, mostrando algo de inquietud en su cara de luna. (También él va a creer que estoy un poco chiflada). Cambia de tema.
—Señorita, me han dicho que usted lee mucho. ¿Posee su señor padre una importante biblioteca?
—Sí, señor; dos mil trescientos siete volúmenes. Ni uno más.
—Sin duda, estará usted enterada de cosas muy interesantes. El otro día, cuando cantó con tanta gracia, me di cuenta de que tenía ideas superiores a su edad.
¡Santo Dios, qué idiota! ¿No se largará de una vez? ¡Ah, se me olvidaba que está un poco enamorado de mí! Seamos más amables.
—Por cierto, señor, me han dicho que posee usted una hermosa voz de barítono. A veces le oímos cantar en su habitación… cuando los albañiles no arman demasiado ruido.
De alegría se pone encarnado como una amapola y protesta con modestia; encantado en el fondo, se retuerce nerviosamente.
—¡Oh, señorita…! Sobre ese particular podrá opinar pronto usted misma, porque la señorita Sergent me ha pedido que dé clases de solfeo los jueves y domingos a las alumnas mayores, las que aspiran al certificado, y empezaremos la semana próxima…
¡Menuda suerte! Si no estuviera tan preocupada, me encantaría comunicar la noticia a las demás, que no saben nada. ¡El jueves próximo cuánto se va a rociar Anaïs colonia, a morderse los labios, a apretarse el cinturón de cuero y a hacer arrullos cuando cante!
—¿Ah, sí? ¡Pues no sabía nada! La señorita Sergent no ha dicho ni media palabra.
—¡Oh, a lo mejor no tenía que habérselo dicho yo! ¡Sea buena y finja ignorarlo!
Me lo suplica acompañando sus palabras con movimientos del torso y yo sacudo la cabeza para apartar unos bucles que no me molestan lo más mínimo. Esta semblanza de secreto entre nosotros le llena de felicidad; le servirá de pretexto para lanzarme miradas de inteligencia, de inteligencia muy vulgar. Se retira, dándose buen aire, con unas palabras de despedida pronunciadas en tono ya más familiar:
—Adiós, señorita Claudine.
—Adiós, señor.
Las doce y media; llegan las alumnas y todavía ni rastro de Aimée. Me niego a jugar con el pretexto de tener jaqueca, y voy a calentarme.
¡Oh, oh! ¿Qué veo? Ahora bajan Aimée y su temible superiora; bajan, cruzan el patio y la pelirroja pasa el brazo de la señorita Lanthenay por debajo del suyo. ¡Acontecimiento inaudito! La señorita Sergent habla muy suavemente a su ayudante, que todavía algo atemorizada alza unas pupilas ya tranquilizadas y hermosas hacia la otra, que es mucho más alta que ella. El espectáculo de este idilio trueca mi inquietud en dolor. Y, antes de que lleguen a la puerta, me precipito fuera, en medio de una loca partida de lobo, gritando «¡Juego!» como si gritara «¡Fuego!». Hasta la hora en que termina el recreo, jadeo y galopo, perseguida o perseguidora; me entrego al juego evitando en lo posible pensar en nada.
Durante el juego, he observado la cabeza de Rabastens, que miraba por encima de la pared y se divertía viendo correr a las chicas mayores que, unas de forma inconsciente, como Marie Belhomme, y otras muy a sabiendas, como la larguirucha Anaïs, exhiben unas pantorrillas bonitas o ridículas. El amable Antonin me dirige una graciosa sonrisa, extremadamente gentil; me parece que, a causa de mis camaradas, no debo responder a ella, pero cimbreo mi talle y sacudo mis bucles. ¡Hay que divertir a ese muchacho! (Aunque me da la impresión de que ha nacido para hacer planchas y meter la pata en todas partes). Anaïs, que también le ha visto, corre dando rodillazos en la falda para mostrarle unas pantorrillas que, la verdad, nada tienen de atractivas, y lanza chilliditos de pájaro. ¡Esa chica coquetearía hasta con un buey uncido al arado!
Entramos, todavía jadeantes, y abrimos los cuadernos. Al cabo de un cuarto de hora viene la madre Sergent a avisar a su hija, en un salvaje dialecto provenzal, que llegan dos nuevas pensionistas. La clase entra en ebullición: ¡dos nuevas alumnas a quienes mortificar! Y la señorita sale, rogando con voz dulce a la señorita Lanthenay que vigile la clase. Aimée entra; busco sus ojos para sonreírle con toda mi preocupada ternura, pero me devuelve una mirada poco firme y mi corazón se conmueve estúpidamente mientras me inclino sobre mi labor de punto diamante. ¡Nunca he dejado escapar tantos puntos! Dejo escapar un número tan considerable que me veo obligada a pedir auxilio a la señorita Aimée, y mientras ella busca remedio a mis torpezas le susurro:
—Buenos días, querida mía, pequeña y bonita señorita; ¿qué pasa? ¡Dios santo, me estoy mordiendo los puños de rabia al no poder hablarle!
Echa inquietas miradas alrededor y responde en voz baja:
—Ahora no puedo decirte nada. Mañana, en clase…
—¡No puedo esperar a mañana! ¿Y si dijera que papá tendrá mañana la biblioteca ocupada y pidiera que me diese clase hoy?
—No… Sí… pídelo, si quieres, pero vuelve pronto a tu sitio. Las mayores nos miran.
Le doy las gracias en voz alta y me siento. Tiene razón: la larguirucha Anaïs nos acecha, intentando adivinar lo que sucede desde hace dos o tres días.
Por fin regresa la señorita Sergent acompañada por dos jovencitas insignificantes, cuya llegada promueve un pequeño rumor en los bancos.
Instala a las nuevas alumnas en sus sitios. Pasan los minutos con lentitud.
Y, cuando por fin suenan las cuatro, me voy enseguida en busca de la señorita Sergent y le digo de un tirón:
—Señorita, le agradecería muchísimo me permitiera que la señorita Lanthenay me diese clase esta tarde en lugar de mañana, pues papá tiene que recibir a alguien por unos asuntos en la biblioteca y no podríamos quedarnos allí.
¡Uf! He soltado la frase sin respirar. La señorita frunce el entrecejo, me mira un instante y se decide:
—Sí, ve a avisar a la señorita Lanthenay.
Echo a correr, Aimée se pone el abrigo y el sombrero; me la llevo con ansia de saber.
—Ah, ¡qué contenta estoy de que esté un poco conmigo! Dígame pronto, ¿qué tripa se le ha roto?
Aimée vacila y tergiversa:
—Aquí no. Espera. Es difícil contarlo en la calle. Dentro de un instante estaremos en tu casa.
En el ínterin, estrecho su brazo bajo el mío, pero no tiene su adorable sonrisa de los otros días. Una vez cerrada la puerta de la biblioteca, la abrazo y la beso. Me parece que han tenido encerrada lejos de mí durante todo un mes a la pobre pequeña Aimée de ojos sombríos y pálidas mejillas. Ha debido de tener mucha pena, pobrecilla. No obstante, sus miradas me parecen más que nada huidizas, y está más febril que triste. Además, me devuelve mis besos con mucho apresuramiento; no me gusta en absoluto que me bese tan deprisa.
—Vamos, hable. Cuénteme desde el principio.
—No es nada largo. En suma, no hubo gran cosa. La señorita Sergent querría… en fin, prefiere… le parece que las clases de inglés me impiden corregir los cuadernos y que me veo obligada a acostarme muy tarde.
—Vamos, vamos, no pierda el tiempo y sea franca: ¿no quiere que usted venga más?
Tiemblo de angustia y aprieto las manos contra mis rodillas para mantenerlas tranquilas. Aimée maltrata la cubierta de la gramática y la despega, levantando hacia mí sus ojos, que vuelven a brillar atemorizados.
—Sí, así es. Pero no lo ha dicho como tú lo dices, Claudine. Escúchame un poco…
No escucho absolutamente nada; me siento abrumada de pena; estoy sentada en un taburete muy bajo y le suplico, rodeando su esbelto talle con mis brazos:
—¡Querida mía, no se vaya! ¡Si supiera cuánta pena me dará si no vuelve! ¡Oh, busque pretextos, invente cualquier cosa, pero no me deje! Me siento muy a gusto a su lado. ¿No le gusta a usted también? ¿Es que para usted soy igual que Anaïs o Marie Belhomme? ¡Vuelva, queridísima, vuelva a darme clases de inglés! ¡La quiero tanto! No se lo había dicho, pero ahora ya puede verlo usted misma. Siga dándome clases, se lo suplico. ¡La condenada pelirroja no puede pegarle!
Me quema la fiebre, y me irrito todavía más al sentir que Aimée no vibra al unísono. Acaricia mi cabeza, que descansa sobre sus rodillas, y se limita a interrumpirme con un tembloroso «¡Mi pequeña Claudine!». Al fin, se le humedecen los ojos y se echa a llorar, exclamando:
—Te lo voy a contar todo; es muy triste, pero me das demasiada pena. El sábado pasado observé que tenía conmigo más atenciones que de costumbre y, al creer que me iba aceptando y que nos dejaría tranquilas, estaba contenta y más alegre. Luego, al atardecer, mientras corregíamos cuadernos en la misma mesa, de pronto, al levantar la cabeza, vi que lloraba mientras me miraba, con una mirada tan rara que me quedé de una pieza. Se levantó de la silla y fue a acostarse. Al día siguiente, tras una jornada llena de atenciones, de repente por la noche, a solas con ella, me disponía a darle las buenas noches cuando me preguntó: «Así pues, ¿quiere usted mucho a Claudine? Y ella le corresponde, sin duda». Y, antes de poder contestarle, se sentó a mi lado sollozando, me cogió las manos y me dijo unas cosas que me dejaron pasmada.
—¿Qué cosas?
—Pues dijo: «Mi querida pequeña, ¿no ve que me parte el alma con su indiferencia? ¡Oh, pequeña mía! ¡Cómo no se ha dado cuenta del gran cariño que siento por usted! Mi pequeña Aimée, tengo celos de la ternura que da a esa Claudine sin seso, que sin duda está un poco mal de la cabeza. ¡Si solo quisiera no odiarme! Si solo quisiera quererme un poquitín, yo sería para usted la amiga más tierna que pueda imaginar…». Y me miraba hasta el fondo del alma con ojos que eran como brasas.
—¿Y usted no le contestó nada?
—¡Claro que no! ¡Si no me daba tiempo! Y seguía diciéndome: «¿Cree que son útiles para ella y beneficiosas para mí esas clases de inglés que le está dando? Sé de sobra que durante las clases no estudian inglés, y cada vez que veo que se va se me destroza el corazón. ¡No vaya más! ¡No vaya más! Al cabo de una semana, Claudine ya no pensará en ello, ¡y yo le daré más cariño del que ella es capaz de sentir!». Te aseguro, Claudine, que yo no sabía qué hacer. Me magnetizaba con sus extraviados ojos. De súbito, la habitación empezó a dar vueltas a mi alrededor, se me fue la cabeza y durante dos o tres segundos no vi nada; solo la oía repetir espantada: «¡Dios mío, mi pobre pequeña! La he asustado, estoy asustando a mi pequeña Aimée. ¡Cariño, queridita! ¡Qué pálida estás!». Casi al instante me ayudó a desnudarme con ademanes acariciadores y me quedé dormida, tan cansada como si hubiera estado caminando todo el día. ¿Qué puedo hacer, mi pobre Claudine?
Estoy estupefacta. Por lo visto, la volcánica pelirroja siente la amistad de un modo bastante violento. En el fondo, no me siento extraordinariamente sorprendida; este asunto tenía que terminar así. Pero estoy aterrada, y ante Aimée, criatura frágil hechizada por esa furia, no sé qué decir. Se seca los ojos y me parece que al acabarse las lágrimas se acaba también su pena. Le pregunto:
—De todas maneras, usted no la quiere, ¿verdad?
Y me contesta, sin mirarme:
—No, claro que no; pero, la verdad, ella parece quererme mucho, y yo no lo sabía.
Su respuesta me deja helada, porque, después de todo, no me he vuelto idiota y comprendo lo que pretende decirme. Me deshago de sus manos, que tenía entre las mías, y me pongo en pie. Algo se ha estropeado. Puesto que no quiere confesarme francamente que ya no está conmigo contra la otra, puesto que me oculta el fondo de sus pensamientos, me parece que ya se ha acabado todo. Tengo las manos heladas y me arden las mejillas. Y, tras un desagradable silencio, soy yo la que prosigo:
—Mi querida Aimée, la de los ojos bonitos, le suplico que venga una vez más, para terminar el mes. ¿Le parece que ella se lo permitirá?
—¡Oh, sí! Se lo pediré.
Lo ha dicho deprisa, espontáneamente, segura ya de obtener ahora de la señorita Sergent todo cuanto quiera. ¡Qué deprisa se aparta de mí y con cuánta rapidez ha logrado la otra un rápido triunfo! ¡Cobarde pequeña Lanthenay! Ama el bienestar como una gata friolera, y comprende que la amistad de su superiora le será más ventajosa que la mía. Sin embargo, no se lo quiero decir porque no vendría para la última clase, y todavía conservo una vaga esperanza… Ha pasado la hora; acompaño a Aimée a la puerta y, en el pasillo, la abrazo fuerte en un pequeño arrebato de desesperación.
Luego, al hallarme a solas, me sorprende no sentirme triste como creí; esperaba una fuerte y ridícula explosión de lágrimas, pero siento, por el contrario, un frío que me hiela.
Durante la cena interrumpo las ensoñaciones de papá.
—¿Sabes, papá? Mis clases de inglés…
—Sí, ya lo sé. Haces bien en tomarlas.
—Escúchame: ya no tomaré más clases.
—¡Ah! ¿Te cansan?
—Me ponen nerviosa.
Y sus pensamientos vuelven a volar hacia las babosas. ¿Acaso ha dejado nunca de pensar en ellas?
La noche que sigue está poblada para mí de sueños estúpidos: la señorita Sergent, transformada en Furia, con sus cabellos rojos cuajados de serpientes, pretende besar a Aimée Lanthenay, que huye gritando. Yo busco el medio de correr en su auxilio, pero Antonin Rabastens, ataviado de un color rosa pálido, me sujeta y me coge del brazo, diciendo: «Oiga, oiga, fíjese en esta romanza que canto… que canto encantado…», y empieza a cantar con voz de barítono:
Mes chers amis quand je mourrai,
Plantez un sole au cimetière…
con la música de «Ah! qu’on est fier d’être français, quand on regarde la colonne!». Noche absurda, que no me da ningún descanso.
Llego tarde a la escuela y miro a la señorita Sergent con secreta sorpresa, pensando que esa audaz pelirroja ha triunfado. Me echa miradas maliciosas, casi burlonas, pero, fatigada y abatida, no tengo ánimos para contestarle.
Al salir de clase veo a la señorita Aimée, que pone en fila a las pequeñas. (Me parece haber soñado la velada de anoche). Le doy los buenos días al pasar; también tiene aspecto fatigado. La señorita Sergent no está ahí, y me paro un momento.
—¿Se encuentra bien esta mañana?
—Claro que sí, gracias. Tienes ojeras, Claudine…
—Es posible. ¿Qué hay de nuevo? ¿No ha habido otra escena? ¿Continúa siendo tan amable con usted?
Se ruboriza y se turba.
—Sí, sí, no hay nada nuevo… y está muy amable. Yo… yo creo que la conoces mal. No es en modo alguno como crees…
Un poco asqueada la dejo farfullar a sus anchas, y, cuando se ha enredado bien en su respuesta, la interrumpo:
—Quizá es usted quien está en lo cierto. ¿Vendrá el miércoles por última vez?
—¡Oh, claro que sí! Ya se lo he pedido. Es seguro.
¡Con qué rapidez cambian las cosas! Desde la escena de anoche, no nos hablamos de la misma forma y hoy ya no me atrevería a mostrarle la explosión de dolor con que anoche la obsequié. ¡Vamos, hay que hacerla reír un poco!
—¿Y sus amores? ¿Sigue bien el apuesto Richelieu?
—¿Quién? ¿Armand Duplessis? Claro que sí, está muy bien. A veces se pasa dos horas en la oscuridad, bajo mi ventana, pero anteayer por la noche le hice comprender que me había dado cuenta de su presencia y se fue deprisa, corriendo con sus largas piernas en forma de compás. Y ayer, cuando el señor Rabastens quiso hacerle venir, se negó rotundamente.
—¿Sabe que Armand está bastante entusiasmado con usted? Créame. El domingo pasado sorprendí una conversación entre los dos ayudantes. Fue por casualidad, en un camino, y… solo le digo esto: Armand está totalmente chaladito por usted, señorita. Pero procure domesticarle… porque no es más que una avecilla salvaje.
Se ha animado mucho al oírme; querría más detalles, pero yo me largo.
Procuremos pensar en las clases de solfeo del seductor Antonin Rabastens. Empezarán el jueves. Me pondré la falda azul con la blusa de pliegues, que moldea mi talle, y el delantal; pero no el gran delantal negro de todos los días, de ajustado corpiño, que no obstante me sienta muy bien, sino el bonito delantal azul claro y bordado, el de los domingos. Y eso es todo. Pocos preparativos para este caballero, pues mis buenas compañeritas se darían cuenta enseguida de mis esfuerzos.
¡Aimée, Aimée! Es una verdadera lástima que echara a volar tan pronto la bonita avecilla que me hubiera consolado de todas esas gansas tontas. Ahora me doy cuenta de que la última clase no servirá absolutamente de nada. Es inútil luchar contra la señorita Sergent, y contra una naturaleza como la de Aimée, delicada, egoísta, amante del placer sin descuidar sus conveniencias. Solo me cabe confiar en que esta enorme decepción no me entristecerá durante mucho tiempo.
Hoy, en el recreo, procuro poner toda mi alma en el juego, para sacudirme moralmente y entrar en reacción. Anaïs y yo, sujetando con vigor a Marie Belhomme por sus «manos de comadrona», la hacemos correr hasta perder el aliento, hasta pedir gracia; entonces, bajo pena de encerrarla en los retretes, la condeno a declamar en voz tan alta como inteligible el relato de Théramène.
Declama los versos alejandrinos con voz de mártir, y luego huye con los brazos en alto. Las hermanas Jaubert parecen impresionadas. Bueno, si no les gusta el género clásico, la próxima vez se les servirán versos de estilo moderno.
La próxima vez no tarda mucho en llegar; apenas en la clase, se nos condena a ejercicios de redondilla y bastardilla, con vistas a los próximos exámenes, porque, en general, tenemos una letra espantosa.
—Claudine, dicta las frases para copiar, mientras reparto los sitios en la clase de las pequeñas.
Se va a la segunda clase, cuyas alumnas, a su vez desalojadas, van a ser instaladas no sé dónde. Esto nos promete media hora larga de soledad, y digo:
—Hijas mías, hoy os dictaré algo muy divertido…
Coro:
—¡Ah!
—Sí, unas canciones picantes sacadas del Palais nomades.
—Por el título promete ser estupendo —observa con convicción Marie Belhomme.
—Tienes razón. ¿Listas? Vamos.
Sobre la misma curva lenta,
implacablemente lenta,
se extasía, vacila y se hunde
lo presente complejo de las curvas lentas.
Descanso. La larguirucha Anaïs no se ríe porque no lo entiende —yo tampoco, claro está—. Y Marie Belhomme, siempre ingenua, exclama:
—Sabes de sobra que esta mañana hemos tenido geometría. Además, esto parece muy difícil; solo he escrito la mitad de lo que has dicho.
Las gemelas hacen girar cuatro ojos recelosos, y yo continúo impasible:
En el idéntico otoño las curvas se homologan,
análogo es tu dolor a las largas noches de otoño
y desentona la lenta curva de las cosas y tus breves brincos.
Me siguen penosamente, sin tratar ya de comprender, y experimento una dulce satisfacción al oír a Marie Belhomme quejarse una vez más, al decirme:
—Espera, espera… Vas demasiado deprisa. «La lenta curva» ¿de qué?
Repito:
—«La lenta curva de las cosas y tus breves brincos». Ahora copiáis esto, primero en redondilla, y luego en bastardilla.
Me encantan las lecciones suplementarias de caligrafía, cuya intención es conseguir buena calificación en los exámenes de finales de julio. Dicto cosas extravagantes y experimento un gran placer al oír a estas hijas de tenderos, zapateros y gendarmes recitar y escribir dócilmente pastiches de la escuela romana o canciones de cuna susurradas por el señor Francis Jammes, todo ello seleccionado, en honor de estas queridas compañeritas, de las revistas y los libracos que papá recibe. ¡Y recibe tantos! Desde la Revue des Deux Mondes hasta el Mercure de France, se acumulan en casa todos los periódicos que puedan existir. Papá me confía el cuidado de abrirlos, y el de leerlos me lo otorgo yo. ¡Alguien tiene que leerlos! Papá pasa por ellos una mirada superficial y distraída, pues el Mercure de France muy rara vez trata de malacología. Yo me instruyo, aunque no siempre entiendo lo que leo, y aviso a papá cuando las suscripciones finalizan: «Papá, has de renovar la suscripción, para que el cartero te siga apreciando».
La larguirucha Anaïs, que carece de toda instrucción literaria, aunque no es culpa suya, murmura escépticamente:
—Esas cosas que nos dictas en las clases de caligrafía estoy segura de que te las inventas.
—¡Ya puedes decirlo! Son versos dedicados a nuestro aliado, el zar Nicolás.
No puede chancearse de mí, y conserva una expresión de duda en los ojos.
Regresa la señorita Sergent, que echa un vistazo a nuestros deberes y al leer el texto que hay escrito exclama:
—¡Claudine! ¿No te da vergüenza dictarles semejantes absurdos? Harías mejor en aprender de memoria teoremas de aritmética. ¡Valdría más para todas!
Sea como fuera, riñe sin convicción porque en el fondo no le disgustan estas bromas, pero yo la escucho sin reírme, y, al sentir tan cerca de mí a la que ha violentado la ternura de la pequeña Aimée, tan poco firme, el rencor vuelve a apoderarse de mi alma. ¡Dios mío! Son las tres y media y dentro de media hora vendrá a casa por última vez.
La señorita Sergent se levanta y dice:
—Cerrad los cuadernos. Las mayores, las que aspiráis al certificado, quedaos. Tengo que hablaros.
Las otras van a ponerse lentamente sus capuchas y pañoletas, irritadas por no poder quedarse a escuchar el discurso —evidentemente muy interesante— que nos van a dirigir. La pelirroja directora nos interpela y, contra mi voluntad, admiro como siempre la claridad de su voz y la firmeza y precisión de sus frases:
—Señoritas, no creo que se hagan ustedes ilusiones sobre su nulidad en música… Todas, excepto la señorita Claudine, que toca el piano y canta de corrido, son una nulidad. De buena gana haría que ella les diese clase, pero están demasiado indisciplinadas para obedecer a una compañera. Por consiguiente, a partir de mañana tendrán ustedes los jueves y los domingos, a las nueve de la mañana, una clase para practicar solfeo y canto bajo la dirección del señor Rabastens, el maestro adjunto, ya que ni yo ni la señorita Lanthenay estamos capacitadas para poder darla. La señorita Claudine ayudará al señor Rabastens. Procuren no portarse demasiado mal. Y vengan mañana a las nueve.
Yo añado en voz baja un «¡Rompan filas!» que su oído temible no deja de captar; frunce las cejas, pero después sonríe a su pesar. Su breve discurso lo ha pronunciado en un tono tan perentorio que casi se impone un saludo militar. Ella se ha dado cuenta. Pero, ¡palabra!, parece que ya no puedo enfadarla. ¡Qué rabia! ¡Tiene que estar segura de su triunfo para ser tan buena!
Se marcha y todas empiezan a alborotar. Marie Belhomme no sale de su asombro.
—¡Vaya, vaya! Hacer que nos dé clase un chico es demasiado fuerte. De todas maneras será divertido, ¿no te parece, Claudine?
—Sí. Hay que distraerse de una manera u otra.
—Oye, ¿no te intimidará darnos lecciones de canto junto con el auxiliar?
—¡Bah! No puedes imaginar lo poco que me importa.
No presto gran atención y pataleo por dentro porque la señorita Lanthenay no acaba de salir. La larguirucha Anaïs, entusiasmada, ríe burlona, se aprieta los ijares como si reventara de risa y zarandea a Marie Belhomme, que gime sin defenderse.
—Anda, que vas a conquistar al apuesto Antonin Rabastens. No resistirá mucho tiempo a tus finas y largas manos de comadrona, a tu esbelto talle, a tus ojos elocuentes… ¡Oh, encanto! Esta historia terminará en boda.
Se excita y baila frente a Marie, a la que tiene acorralada en un rincón y que esconde sus poco agraciadas manos, protestando del atrevimiento de Anaïs.
¡Y Aimée, que aún no sale! Estoy nerviosa, no puedo estarme quieta y me voy a atisbar a la puerta de la escalera que lleva a las habitaciones provisionales (¡todavía provisionales!) de las maestras. ¡Ah, he hecho bien en venir! Arriba, en el rellano, la señorita Sergent la tiene cogida por la cintura y le habla en voz baja con aire de tierna insistencia. Da luego un largo beso a la pequeña Aimée, que se deja hacer, se presta a ello con amabilidad, lo prolonga incluso, volviéndose poco después mientras baja la escalera. Me escapo sin que me vean, pero una vez más siento mucha pena. ¡Malvada, malvada muchacha! ¡Qué pronto se ha despegado de mí para entregar su ternura y sus doradas pupilas a la que era nuestra enemiga! No sé qué pensar. Viene a buscarme a la clase, donde me he quedado petrificada, sumida en mis lecciones.
—¿Vienes, Claudine?
—Sí, señorita, estoy a punto.
En la calle, no me atrevo a hacerle preguntas. ¿Qué iba a contestarme? Prefiero esperar a estar en casa y, mientras tanto, le hablo trivialmente del frío; le digo que volverá a nevar, que vamos a divertirnos mucho con las clases de canto de los jueves y los domingos…
En casa, bajo la lámpara, abro los cuadernos y la contemplo; está más bonita que la otra noche, un poco más pálida, con ojeras bajo los ojos, por cuya circunstancia estos parecen más grandes.
—Se diría que está usted cansada.
Mi pregunta la confunde. ¿Por qué? Se ruboriza y mira alrededor. Apuesto a que se siente vagamente culpable respecto a mí. Prosigamos.
—Dígame, ¿le sigue demostrando tanta amistad la horrible pelirroja? ¿Se han repetido las furias y las caricias de la otra noche?
—¡Oh, no! Es muy buena conmigo. Te aseguro que me cuida mucho.
—¿No ha vuelto a «magnetizarla»?
—¡Oh, nada de eso! Me parece que la otra noche exageré un poco. Estaba nerviosa, ¿sabes?
¡Ah! ¡Si está a punto de turbarse! Me da lo mismo; quiero saber. Me acerco a ella y le cojo las manos, que tan pequeñas son.
—¡Oh, queridísima, cuénteme lo que sucede! ¿Ya no quiere contar nada a su pobre Claudine, que anteayer tuvo tanta pena?
Se diría que se ha serenado bruscamente, que está decidida a callar. De manera gradual, va adquiriendo un airecillo tranquilo, falsamente natural, y me mira con sus ojos de gato, claros y embusteros.
—No, Claudine. Te aseguro que me deja por completo en paz y que hasta se muestra muy bondadosa. La creíamos peor de lo que es, ¿sabes?
¿Qué significa ese tono frío, esos ojos de expresión cerrada, a pesar de estar tan abiertos? Es su voz de profesora, y no quiero que la emplee conmigo. Reprimo mis ganas de llorar, para no parecer ridícula; así que ¿ya terminó todo entre las dos? Cojo la gramática inglesa, porque ya no puedo hacer otra cosa. Y ella abre apresuradamente mi cuaderno.
Es la primera y única vez que he dado con ella una lección en serio; con el corazón henchido de pena y pronto a estallar, he traducido páginas enteras de:
Usted tenía plumas, pero él no tenía caballo.
Tendríamos las manzanas de tu primo si él tuviese muchos cortaplumas.
¿Tienes tinta en el tintero? No, pero tengo una mesa en el dormitorio.
Hacia el final de la clase, la singular Aimée me pregunta a quemarropa:
—Mi pequeña Claudine, ¿no estarás enfadada conmigo?
No miento del todo al contestar:
—No, no estoy enfadada con usted.
Casi es cierto; no siento ya indignación, solo pena y fatiga. La acompaño a la puerta y le doy un beso, pero al tenderme la mejilla vuelve tanto la cabeza que mis labios casi van a parar a su oreja. ¡No tiene corazón! La contemplo irse a la luz del farol, y siento un vago deseo de correr tras ella; pero ¿de qué me serviría?
He dormido bastante mal; mis ojos lo muestran claramente, porque tengo ojeras hasta media cara. Por suerte, me sientan bastante bien; lo compruebo en el espejo, mientras cepillo con vigor mis cabellos (esta mañana dorados) antes de salir para la clase de canto.
Llego media hora antes y no puedo contener la risa al encontrarme con dos de mis cuatro compañeras ya instaladas en la escuela. Nos inspeccionamos mutuamente, y Anaïs tiene un silbido de aprobación para mi traje azul y mi bonito delantal. Ella, para la ocasión, ha sacado su delantal de los jueves y domingos, rojo y bordado en blanco (con el que se la ve aún más pálida); se ha peinado como un casco con meticuloso cuidado, el moño muy hacia delante, casi sobre la frente, y se ha embutido dentro de un cinturón nuevo, que ha apretado hasta casi asfixiarse. Observa caritativamente que tengo mala cara, y le replico que el aire de fatiga me favorece. Marie Belhomme llega corriendo, aturdida y atontada como de costumbre. También ella, aunque está de luto, se ha esmerado en su atuendo; lleva en torno a su cuello un cuello de crespón plisado, que le da un aire de Pierrot negro y bobalicón. Está muy bonita, con sus rasgados y aterciopelados ojos y su aire ingenuo y desatinado, enajenado. Las dos Jaubert llegan juntas, como siempre, nada peripuestas o, por lo menos, no tanto como nosotras, prestas a comportarse de forma irreprochable, a no levantar los ojos, y a hablar mal de cada una de nosotras después de la clase.
Nos calentamos, apiñadas en torno a la estufa, haciendo bromas anticipadamente acerca del apuesto Antonin. ¡Cuidado! ¡Ahí llega! Se aproxima un rumor de voces y de risas, y la señorita Sergent abre la puerta, precediendo al irresistible auxiliar.
Rabastens está sencillamente magnífico. Tocado de pieles, con un traje azul oscuro bajo el abrigo, se quita abrigo y gorro tan pronto como entra, tras un grave saludo: «¡Señoritas!». Ha adornado su chaqueta con un crisantemo de un rojo herrumbre del mejor gusto, y su corbata resulta impresionante; es verde gris, con blancas anillas entrelazadas. ¡Una corbata cuidadosamente anudada frente al espejo! Enseguida nos hemos puesto en fila, con corrección, mientras nuestras manos estiran con disimulo los corpiños para borrar hasta las veleidades de pliegues poco graciosos. Marie Belhomme se divierte ya de tan buena gana que se le escapa ruidosamente la risa, pero calla de inmediato, asustada de sí misma. La señorita Sergent frunce las cejas y comienza a irritarse. Me ha mirado al entrar; apuesto a que su amiguita ya se lo cuenta todo. Aunque me repito obstinadamente que Aimée no vale un disgusto tan grande, no acabo de convencerme.
—Señoritas —cecea Rabastens—, ¿querrá una de ustedes prestarme su libro?
La larguirucha Anaïs tiende rápidamente su Marmontel, para hacerse notar y recibe un «gracias» exageradamente amable. Este gordinflón es capaz de hacerse cumplidos a sí mismo frente a su armario de luna. Aunque lo cierto es que no tiene armario de luna.
—Señorita Claudine —me dice con una mirada hechicera (hechicera para él, se entiende)—, estoy encantado y honradísimo de convertirme en su colega. Porque usted daba clases de canto a estas señoritas, ¿no es cierto?
—Sí, pero no le obedecían lo más mínimo, ya que era una de sus compañeras —corta secamente la señorita Sergent, a quien esa cháchara saca de sus casillas—. Ayudada por usted, señor, obtendrá mejores resultados; de lo contrario, suspenderán el certificado, ya que son una nulidad en música.
¡Bien hecho! Esto le enseñará a ese caballero a ensartar frases inútiles. Mis compañeras escuchan con sorpresa no disimulada, porque nunca se empleó tanta galantería con ellas. Sobre todo, están estupefactas a causa de los cumplidos que me prodiga el adulador Antonin.
La señorita Sergent toma el Marmontel e indica a Rabastens el punto que sus nuevas alumnas se niegan a superar, por falta de atención unas, por incomprensión otras (con excepción de Anaïs, a quien su memoria permite aprender todos los ejercicios de solfeo sin descomponerlos). ¡Cuán cierto es que están pez en música estas ignorantes! Y, como para ellas es cuestión de pundonor no obedecerme, no cabe duda de que les otorgarían unos cuantos ceros en el próximo examen. Esta perspectiva enfurece a la señorita Sergent, que desafina y no puede servirles de profesora de canto, lo que también le ocurre a la señorita Lanthenay, mal curada de una antigua laringitis.
—Hágalas cantar primero por separado —digo al meridional, que está radiante al poder pavonearse entre nosotras—. Todas cometen errores en el compás, aunque no los mismos, y hasta ahora no he podido impedirlo.
—Vamos a ver, señorita…
—Marie Belhomme.
—Señorita Marie Belhomme; hágame el favor de solfear este ejercicio.
Es una pequeña polca en sol, totalmente desprovista de malicia, pero la pobre Marie, por completo antimusical, jamás ha podido solfear bien. Se estremece ante esta agresión directa, se le arrebolan las mejillas y parpadea.
—Tocaré un compás suelto y usted empezará con el primer tiempo: re, si, si, la, sol, fa, fa. No es muy difícil, ¿verdad?
—Sí, señor —contesta Marie, que a fuerza de timidez pierde la cabeza.
—Bien, empiezo, uno, dos, uno…
—Re, si, si, la, sol, fa, fa —pía Marie con voz de gallina ronca.
¡No ha perdido la ocasión de empezar por el segundo tiempo! La detengo.
—No, escucha: uno, dos, re, si, si… ¿comprendes? El señor Rabastens toca un compás suelto. Vuelve a empezar.
—Uno, dos, uno…
—Re, si, si —empieza de nuevo Marie, con ardor, cometiendo la misma equivocación.
¡Y pensar que hace tres meses que canta la polca fuera de compás! Rabastens, paciente y discreto, se interpone:
—Permítame, señorita Belhomme: ¿quiere marcar el compás al mismo tiempo que yo? —La ha cogido por la muñeca y le guía la mano—. Así lo comprenderá mejor: uno, dos, uno… Bien, cante.
¡Esta vez no ha empezado de ninguna manera! Sofocadísima a causa del inesperado gesto, ha perdido del todo la serenidad. Yo me divierto horrores; pero el apuesto barítono, muy halagado por la turbación de la pobre tontuela, siente escrúpulos en insistir. La larguirucha Anaïs tiene las mejillas hinchadas a causa de las carcajadas contenidas.
—Señorita Anaïs, le ruego que cante este ejercicio para enseñarlo a la señorita Belhomme.
Anaïs no se hace de rogar. Canta la pequeña obra «con alma», elevando la voz en las notas altas y sin prestar mucha atención al compás, pero, vamos, la sabe de memoria, y su manera un poco ridícula de solfear, como si interpretara una romanza, satisface al meridional, que la felicita. Intenta ruborizarse, mas no le es posible, y, a falta de cosa mejor, se limita a bajar los párpados, o morderse los labios y agachar la cabeza.
Le digo a Rabastens:
—Señor, ¿querría hacerles ensayar algunos ejercicios a dos voces? A pesar de mis esfuerzos, no han podido aprenderlos.
Estoy muy seria esta mañana. En primer lugar, porque no tengo muchas ganas de reír; luego, porque si alborotara demasiado durante la primera lección, la señorita Sergent suprimiría las demás y, finalmente, porque pienso en Aimée. ¿No bajará esta mañana? Hace solo ocho días no se hubiera atrevido a levantarse tan tarde.
Y pensando en esto distribuyo las dos partes: la primera a Anaïs, que carga con Marie Belhomme, y la segunda a las pensionistas. En cuanto a mí, ayudaré a la que flaquee más. Rabastens sostiene la segunda voz.
Y ejecutamos el pequeño fragmento a dos voces, yo junto al guapo Antonin, que, inclinándose hacia mí, lanza unos «¡Ah!» abaritonados muy expresivos. Debemos de formar un grupito sumamente divertido. Este incorregible meridional está tan preocupado por los atractivos que despliega que comete equivocación tras equivocación sin que, por otra parte, nadie se dé cuenta. El elegante crisantemo que luce en su chaqueta se desprende y cae al suelo. Una vez concluida su parte, lo recoge y lo arroja encima de la mesa diciendo, como si reclamara cumplidos para sí mismo:
—¡Pues me parece que no ha ido del todo mal!
La señorita Sergent no tarda en echar un cubo de agua fía sobre su entusiasmo.
—Ya, ya. Pero déjelas que canten solas, sin usted y sin Claudine, y ya verá.
Al ver la cara decepcionada del auxiliar, apostaría cualquier cosa a que se le había olvidado por qué está aquí. ¡Hay que ver! ¡Este Rabastens va a ser de miedo como profesor! ¡Mejor! Cuando la directora no asista a las clases, nos lo podremos permitir todo.
—Sí, desde luego, señorita. De todas maneras, si las señoritas se quieren tomar un poco de molestia, verá que pronto aprenden lo suficiente para contestar en los exámenes, pues, como usted bie