Azul salado

Marta Simonet

Fragmento

1. Las manos

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Las manos

Verano de 2013

El verano en que me enteré de lo de mi padre, mamá ya no podía estar sola en la tienda. Tenía problemas para cargar y cortar los fiambres porque las manos no le respondían bien. Lo cierto es que cuando me llamó, me dijo que ya hacía un tiempo que se le quedaban cerradas en un puño. Tenía que apoyarlas en una caja y hacer palanca con la punta de los dedos y las muñecas para que volvieran a la normalidad. Una vez abiertas, acompañaba cada uno de los dedos a su sitio hasta que podía moverlos de nuevo.

Cuando regresé a Mallorca, fui testigo de ese proceso muchas veces. Lo hacía casi como un ritual y tardaba unos minutos hasta que sus manos volvían a ser manos. Manos que podía usar sin problemas. Cuando empezaron los síntomas, no les dio mucha importancia, pero poco después empezó a notar pinchazos cada vez más fuertes. Los dolores son como una alarma insistente que es imposible no escuchar. Suena y suena y suena hasta que te giras y miras a ver qué pasa. Mamá se giró y miró poco antes de llamarme para que volviera a la isla. De hecho, la alarma le pareció insoportable una tarde que se quedó encerrada en la despensa de la tienda porque no era capaz de girar la manilla de la puerta. De la rabia y la impotencia —a ella nunca le ha gustado pedir ayuda— se quedó a dormir allí sin decir nada hasta que horas después sus manos dejaron de ser dos trapos de flores.

Siempre he admirado a mamá. Ahora también, a pesar de todo. Creo que ha sido toda su vida una valiente por criarnos sola a las dos, a mi hermana Irene y a mí. Aunque nunca imaginé que mamá pudo pasar tanto miedo como para hacer lo que hizo. Con mi hermana me llevo solo dos años. Ella es la mayor, pero para mí nunca lo ha sido. Más bien mi madre ha asumido ese papel. No debe de ser nada fácil quedarte sola tan joven. Tendría la edad que tengo ahora cuando pasó todo aquello. Supongo que lo hizo como pudo, yo no sé si habría podido. Tampoco sé si habría hecho lo mismo que ella, seguramente no.

De no ser por el espejo de sus pupilas, llenas de vida, creo que en la adolescencia me habría enterrado como un topo en un hoyo muy hondo del que no querría salir jamás. Luego, ya con dieciocho, me fui a Madrid para estudiar. «Está bien salir de la isla —nos decía mamá desde pequeñitas, como con prisa—. Hay que salir de la isla y cocerse ahí fuera». Siempre trataba de convencernos con esas palabras tan rectas y las manos llenas de harina. «Marina, sal de la isla y vivirás otras cosas». Ella no quería que viviera otras cosas, le hubiese encantado que yo siguiera aquí en las faldas de la tienda. Supongo que lo decía por si nos enterábamos de la verdad. De pequeñas era más fácil hacernos creer cosas que no eran verdad, pero después ya empezaban las preguntas y ella debía de temer que llegara ese momento. Por eso, a pesar de todo, prefería que nos fuéramos y que pasara el tiempo. Supongo que creía que el tiempo enterraría aquello y, la verdad, es que fue así durante muchos años. Mamá nos decía esas frases mientras nos tocaba la cara y nos la dejaba tan blanca como la de una geisha. «No sé de dónde habéis salido así de guapas», nos repetía riendo. Yo sí lo sabía. Ella es guapa a rabiar. Incluso ahora que tiene la cara del color de las pasas. Dulce. Sus mejillas huelen a moscatel. Bueno, el caso es que ella estaba acostumbrada a sacarnos adelante sin ayuda de nadie. Ella sola contra el mundo. La fuerza descomunal de una mujer que se creyó viuda demasiado pronto. ¿Cómo pudo continuar con la fuerza de un burro, allanando el camino para que nosotras, sus frutos propios, creciéramos sin tropiezos? Mi padre murió la primera vez cuando yo todavía no había nacido. Siempre llevo su foto en la cartera. Una con las puntas dobladas. Él, en esa imagen, tenía bigote y los ojos almendrados y claros. Mi hermana Irene sí lo conoció, pero las poquísimas veces que lo hablamos siempre me dijo que apenas se acordaba de él. ¿Cómo podría recordarlo si entonces tenía un año y medio? Es imposible. Durante mucho tiempo sentí envidia de que ella sí hubiese estado entre sus brazos.

No sé si mi madre llamó a mi hermana antes que a mí para pedirle ayuda. Para rogarle lo que me suplicó a mí. Lo dudo. Me habría gustado que hubiese cogido el teléfono y marcara el número de mi hermana primero. Que hubieran hablado del huerto como siempre. Que Irene le hubiese preguntado a mamá sobre lo que acababa de sembrar. «¿Qué tal? ¿Ya has sembrado los tomates?». Y que, sin responder a su pregunta, sin respirar, como una mujer llena de rabia, mamá le hubiese vomitado: «Irene, se-me-quedan-las-manos-apretadas-como-dos-puños». Sí, como una mujer llena de rabia. Los puños llenos de rabia. Parece que las enfermedades eligen qué cuerpo habitar y de qué manera. Las enfermedades dicen todo lo que el cuerpo no es capaz de expresar. Los síntomas utilizan los órganos, la piel o los ojos para decir todo lo que no nos sale por la boca. Me lo dejó muy claro Héctor ese mismo verano.

Cuando mamá me llamó, yo acababa de salir de una entrevista importante. Tenía el teléfono en la mano porque quería enviar un mensaje al grupo de la familia —mi hermana, ella y yo— para contárselo. Pero no me dio tiempo. Quería decirles que había ido bien, que creía que me iban a coger, que por fin dejaría de hacer malabares y que se acabaron los contratos de mierda. Habían pasado bastantes años desde que terminé la carrera y hasta ese momento no había tenido una oportunidad que de verdad valiera la pena. Qué frío se me estaba haciendo Madrid, pero aquella posibilidad era como una chimenea en medio del hielo.

Cuando descolgué, casi sin decirme hola, me dijo: «Te necesito». O me soltó un «hola» tan tembloroso que yo escuché un «te necesito», no lo recuerdo bien. Esas curvas en la voz no eran nada habituales en mamá, una mujer de líneas perfectas y ojos cristalinos. La escuché hablar a trompicones, como si las palabras al otro lado del teléfono pasaran por una carretera llena de baches y llegaran a una calle sin salida: «Necesito que vengas y me ayudes con la tienda. Que la mantengas con vida por lo menos este verano, hasta que yo pueda volver a hacer cosas con las manos». Ella creía que solo sería un verano. Yo también. No dudé y le contesté pisando sus palabras: «Mamá, voy. No te preocupes por nada. Voy. Tranquila, estaré allí hasta que puedas volver a hacer cosas con las manos».

La Ultramarina había sido mi infancia. Toda mi vida en la isla la recuerdo allí. La Ultramarina había mantenido el calor de los abrazos de mi abuela Carmen, aunque ya no los tuviésemos en carne y hueso. Ella lo empezó todo y habría seguido incluso después de muerta. De hecho, las puertas siempre abiertas, el fuego encendido y todas aquellas recetas la mantenían viva, como si nunca se hubiese ido. Como si siguiera allí con la silla en la puerta y los brazos en jarra, con esa sonrisa simpática de mala leche y todos aquellos saludos que impregnaban la tienda. Su olor a mandarina. Todo el mundo la conocía. Carmen la de La Ultramarina. La señora de los ojos de gata. Ese lugar era mi abuela, y yo había entendido tras su muerte que si la tienda cerraba alguna vez de forma definitiva, la dejaríamos ir del todo. Echaríamos a la abuela de su casa, le cerraríamos las puertas y, entonces, desaparecería de verdad para siempre. Y eso me daba mucho miedo. Aunque me mordiera la lengua, cuidaría del negocio familiar antes de empezar en mi nuevo trabajo, si es que al final me cogían. Solo tenía un verano para conseguirlo todo. Un verano para achicar el problema lo que hiciera falta y volver a Madrid para continuar con mi vida, aunque no tuviera muy claro si aquella vida me pertenecía o era fruto de una rabieta un poco larga. En cualquier caso, sería durante unos meses las manos de mi madre y regresaría después para recuperar las mías otra vez. Pondría en pause la ciudad y me sumergiría en la vida isleña.

No sabía cómo se podía vivir sin hacer cosas con las manos. Esperaba que mamá las sintiese libres pronto. Debía de ser muy difícil tener una cárcel al final de las muñecas, sentir los dedos como barrotes. A mí, por ejemplo, me resultaba imposible dormir si no podía usar las manos. Sin ellas no habría dormido durante mis veintinueve años. Cada noche repetía el mismo ritual: dejaba el libro sobre la mesita, apagaba la luz, metía una mano debajo de la almohada y apoyaba la cabeza. La otra mano —siempre la derecha— la levantaba y la dejaba colgando sobre mi cabeza, mientras utilizaba los dedos como un rastrillo suave que me acariciaba, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, hasta que nos dormíamos mi mano y yo.

Recuerdo que estuve un mes con la mano muerta. Bueno, casi muerta. Estaba en el colegio jugando al baloncesto y, no sé cómo, me torcí el tobillo, de tal manera que acabé en el suelo con la mano del revés. Se escuchó un crujido, como cuando destapas una botella de cava. Me dolió de una forma muy seca. Y mamá vino a buscarme enseguida. Subió por las escaleras, apoyándose en la barandilla granate para ir más deprisa, y me dijo: «Vamos, vamos», moviendo mucho las dos manos. Entramos rápido en el coche y creo que en cinco minutos ya estábamos atravesando la puerta de urgencias.

No entendí por qué me llevaba tan a la desesperada, ninguna niña se había quedado para siempre sin mano por tropezar con una pelota. Luego me he dado cuenta de que ella también tenía miedo a quedarse sola, a que se me muriera la mano, después la cabeza y poco a poco todo el cuerpo. Eso no pasó. Me hicieron radiografías de los huesos y el médico las enmarcó en una especie de mueble de baño que tenía en la pared. «Tiene la muñeca rota», dijo aquel señor. Una fractura limpia. Aún hoy me viene a la cabeza su cara redonda, el pelo blanco y los mofletes del color de los albaricoques. Cras, cras. Actuó en un segundo, sin respirar. Hizo unos movimientos y me la puso en su sitio. «No hay que operar», dijo mirándome por encima de las gafas. Y mamá, que estaba en la silla de al lado, se llevó las manos a la cabeza con un resoplido que le levantó todos los rizos. No se me había muerto la mano, pero tuve que llevar la escayola un mes entero.

Un mes en el que casi no pude dormir. Mi hermana se metía en mi cama cada noche para acariciarme el pelo con suavidad, pasando una y otra vez sus dedos largos. Al final me dormía de cansancio, porque no me gustaba que nadie me tocase el pelo. Me bañaba con una bolsa de basura atada a la altura del codo. Todo el mundo dibujó y me escribió cosas en la escayola, y la verdad es que me hizo gracia eso de llevar postales en el brazo. Como un libro de visitas. Cuando me la cortaron, tenía la piel como un pescado, llena de escamas. Me regalaron el yeso pintado y lo guardé durante un montón de tiempo. A lo mejor sigue en alguna caja por ahí. Un souvenir del dolor. No sé. Seguro que mamá lo tiró.

Ese mes fue la única vez que tuve que dejar de hacer algunas cosas con las manos. Por eso entendí cómo podía sentirse mamá, que tenía las manos marchitas y se le doblaban sin avisar. No sabía cómo podría soportar este tiempo sin cocinar siempre que quisiera. Cocinar para nosotras siempre había sido como respirar. Le ayudaría a que le entrase el aire. Al menos, hasta que le volvieran a florecer las manos, porque suponía que le brotarían de nuevo cuando supiesen qué le pasaba exactamente.

No nos parecíamos en mucho, pero mis manos eran como las de mi madre. Los dedos chatos y las uñas cortas. Llenas de pecas. Las palmas siempre las llevábamos brillantes porque nos podían los nervios a las dos —aunque a ella apenas se le notaba—, y teníamos la misma mancha de nacimiento color café con leche con la forma de una pera sin rabillo. Recuerdo sus manos siempre llenas de comida.

Cada sábado, arrastraba con suavidad el pelador contra la piel fina, amarilla y marrón de las patatas, con todas esas pecas del color de la tierra. Desnudábamos decenas de patatas todos los sábados por la mañana. Después de desayunar, nos sentábamos juntas en el patio trasero, que estaba enmarcado por una pared de piedra viva y un montón de pilistras. El sol entraba apacible entre el cañizo de la pérgola y ese olor azul húmedo se filtraba inevitablemente por la proximidad del mar. Cada sábado, sin saltarnos ni uno desde que tengo memoria, sacábamos las sillas de madera y mimbre. Las de siempre. Cada una cargaba con la suya y las poníamos bien juntas al lado de la mesa que había pintado mi hermana. Y allí pasábamos la mañana pelando patatas para hacer tortillas. Con cebolla, claro. Menudas lloreras. Creo que mi madre aprovechaba las mañanas de los sábados para llorar con libertad, porque no la he visto hacerlo nunca más. Solo los sábados. Empezaba a pelar las cebollas, se le llenaban los ojos de agua y la nariz se le ponía roja como la punta de una fresa. Se tiraba un buen rato sin hablar. Ahora entiendo que debía de ser un ritual para no encharcarse por dentro. Cada sábado soltaba un poco. Aunque nunca habláramos de mi padre. Ni siquiera los sábados. Me hizo creer que no lloraba de pena ni de impotencia sino por la cebolla. Y me acostumbré a verla un rato como una Magdalena cada fin de semana. Al terminar de cortar todas las cebollas —un barreño enorme que preparábamos para bajar a La Ultramarina— se acababa la llantina. Arrastraba con el cuchillo los últimos trozos de cebolla de la tabla y los sumergía en aquel barreño blanco con agua. Se levantaba, dejaba el trapo y el cuchillo sobre la mesa, iba al baño y al rato volvía con una sonrisa enorme. «Ya está», decía.

Así, seguíamos con lo nuestro, cortando las patatas que faltaban y hablando de algunas recetas de la tienda o de la abuela. De cómo se había puesto el pueblo de bonito en las fiestas o de la cala a la que iríamos de excursión el domingo para descansar. Los sábados en La Ultramarina se hacían tortillas y nada más. Casi todos los del pueblo venían a buscar una entera o media. Poco cuajada y amarilla como el trigo. Los huevos los cogíamos frescos esa misma mañana o, como mucho, el día anterior. Algunos vecinos se quedaban en la puerta con un chato de vino malvasía en una mano y el pincho de tortilla sobre media rebanada de pan moreno en la otra. Se lo comían allí mismo o se bajaban al mar en verano. Agarrar con las manos el bocadillo de tortilla y darle un mordisco con la boca salada después de un chapuzón siempre había sido uno de mis planes favoritos. El dulzor de la cebolla en la tortilla apagaba toda la sal del mar.

Yo solía bajar a la cala todos los días, pero mamá solo descansaba los domingos. Ese día era el único en que apenas usaba las manos. Como mucho, cogía alguna flor por el camino o un palo largo con el que iba apartando los matorrales que nos arañaban las pantorrillas. Nos gustaba descubrir rincones nuevos. «La isla te sorprende cada día», decía siempre mamá. Y durante un montón de años íbamos las tres juntas, ella, mi hermana y yo, a comer cerca del mar. Hiciera el día que hiciera. Aunque mamá nunca elegía el lugar.

Recuerdo que lo empezamos a hacer de forma regular cuando yo estudiaba fuera y volvía los veranos a la isla. Mamá tenía el día libre, pero no quería elegir. Decía que prefería vivir con nosotras una aventura cada domingo. Y estaba en nuestras manos decidir el plan: hacia qué parte de la isla ir, dónde empezar a caminar, qué comida llevar para el pícnic y dónde desplegar el mantel. Cada domingo descubríamos un sitio nuevo. Andábamos una hora, dos o media, daba igual, y aprovechábamos la caminata para hablar de nuestras cosas, siempre de cuestiones sin importancia. Sin embargo, nunca sobre mi padre. Ya nos lo había dejado claro mamá desde bien pequeñas, que no se habla de las personas que no están. Aunque esa norma sí que nos la saltábamos con la abuela, porque la abuela sí seguía estando allí de alguna manera. Irene y yo preguntamos en alguna ocasión, pero era como si cada vez que decíamos «papá» sonara un timbre muy agudo, casi como un calambre. A mamá le atravesaba como un relámpago. Nos miraba con los ojos fijos como si las pupilas fueran dos piedras y sabíamos que teníamos que callarnos. Aprendimos muy pronto que la palabra «papá» no se pronunciaba. Papá estaba prohibido.

En casa nunca se había abierto la compuerta de las profundidades. Así que charlábamos de asuntos llanos hasta que llegábamos a la meta, una cala o una roca, lo que fuera. Sacaba los brazos de la mochila, abría la cremallera y comenzaba el festín. Estiraba el mantel de color crudo, siempre el mismo. Nunca he soportado esos de cuadros para hacer un pícnic en la naturaleza, sería como pintar los troncos de los pinos de rojo. Encima desplegábamos lo que habíamos preparado la tarde anterior: empanadas de sepia, bocadillos de pollo con tomate y alcaparras, pastel de puerros. Las únicas dos normas eran que la comida debía estar hecha con nuestras manos —las de mi hermana y las mías— y que se tenía que poder comer con ellas. Nada de cubiertos. Así que, bueno, es verdad, los domingos mamá también necesitaba las manos.

Durante el verano que cambió mi vida, mamá las tenía marchitas. Un verano en el que entendí mejor la relación que había tenido siempre con las mujeres más importantes de mi mundo. Un verano en el que descubrí el amor, pero también la mentira y los demonios feroces. Un verano lleno de los aromas y los sabores de la abuela. El verano en que le di sentido a los miedos escondidos de mamá, a la complicidad sin grietas de mi hermana, a todos nuestros silencios y lo que supuso vivir con un agujero en mitad del pecho: el vacío de una ausencia que no debió de haber sido. Este es el verano en el que mi padre no murió.

2. La Ultramarina

2

La Ultramarina

6 de junio

Llegué un día de la primera semana de junio por la mañana, recuerdo que era jueves. Vi amanecer desde el barco. Cuando entré en la bahía de Palma, el cielo color caramelo y la Seu —la imponente catedral sobre el mar— parecían un cartel de bienvenida. Sentí una mezcla de tranquilidad y tristeza, la morriña enredada en el pelo. El barco siempre se acercaba lento al puerto, el agua salpicaba suave contra el casco dibujando una línea blanca y afiligranada, como la puntilla de un huevo frito. El sol se desperezaba en el horizonte y secaba el rocío del mar. Mi coche estaba en la bodega, me había pasado la mitad del camino de Madrid a Valencia cantando a grito pelado y comiendo miguelitos de La Roda. El dulce es uno de los mejores antídotos para no notar las despedidas, para dejar de mirar por el retrovisor.

Le había dicho a mamá que no hacía falta que viniese a recibirme, que no se preocupara, que ya iría con mi coche hasta el pueblo. Nos veríamos enseguida y, además, pasaríamos estos meses juntas. Tendríamos tiempo para disfrutarnos la una a la otra. O eso creía. Además, quería desayunar tranquila en Palma; una ensaimada recién hecha en el sitio de siempre. En la cafetería de la calle Sans, una callejuela del casco antiguo, cerca de un teatro con las puertas rojas. Allí íbamos de pequeñas muchos domingos del invierno. A veces había unas colas que llegaban hasta la mitad de la calle porque todo el mundo tenía ganas de comer esas ensaimadas que se deshacían en la boca como manteca caliente.

Había pensado ir después andando hasta el mercado para comprar algo y cocinarlo juntas en casa. No sabía si mamá tendría las manos abiertas, en condiciones, pero siempre podíamos hacerlo entre mi hermana y yo, como tantas otras veces. Irene me había mandado un mensaje diciendo que se acercaría al pueblo para comer con mamá y conmigo. Que tenía muchas ganas de verme. No había pensado qué iba a comprar, me gustaba llegar al mercado como si fuese un parque de atracciones. Improvisar. Ver qué había y subirme a lo que me apeteciese. La verdad es que se me hacía raro estar de vuelta cuando todavía no estaba en mis planes, pero sabía que la luz de esta isla que había inspirado tantos óleos y la seguridad de que al final del verano regresaría a Madrid para seguir con mi vida curarían este escozor. Si mientras jugaba en la calle me hacía algún raspón en las rodillas, la abuela siempre me decía que cuando una herida escuece es que se está curando. Y es probable que esa fuera de las pocas frases que había escuchado en casa como referencia al dolor. Allí nunca se hablaba de él porque, de alguna manera, estaba vedado.

Me encantaba la isla, había nacido aquí y aquí había creado los recuerdos más importantes, pero irme a Madrid me había ayudado a llenar algunos vacíos. Esa «nada», el gran socavón. Así que supongo que quería vivir estos meses como un paréntesis para ocuparme de lo de mamá, hacer lo posible para que La Ultramarina no se resintiera y así, dejándole mis manos, devolverle a ella todo aquello que me había dado. Todo iría bien.

Bajé del barco con el coche, toqué tierra firme y tuve la sensación de que el suelo se movía un poco. Desde el barco, no tardé ni cinco minutos en llegar a la lonja, donde aparqué. A esas horas estaban las redes estiradas secándose en el paseo y había dos señores sentados en el suelo que cosían algunos trozos.

Mientras caminaba por allí me abofeteó un olor muy intenso a mejillones. No era solo a mar, era ese olor de los mejillones cuando mamá los hervía con limón y la casa se llenaba de yodo. Así me olía y podía sentirlo incluso en la piel. Cuando llegué a la cafetería, no había cola, era demasiado temprano y entre semana la gente no solía desayunar hasta la pausa del trabajo, sobre las diez. Así que tenía todo el aparador de ensaimadas calentitas para mí sola. Me pedí una y no me resistí a coger también una coca de cuarto. Es un bizcocho suave como una nube capaz de beberse todo el café. Por eso nunca lo acerco a la taza. Doy un sorbo y un bocado. No había mejor manera de asegurarme de que estaba en Mallorca que empezar el día así, en Can Joan de s’Aigo.

Después de desayunar, paseé por las callejuelas adoquinadas que me llevaban hasta el mercado. A solo diez minutos, cruzando la plaza Mayor, se encontraba uno de mis mercados preferidos. La luz entraba por las cristaleras altas, había pescado fresco y verduras de todos los colores, las chicas chillaban los precios, regalaban manojos de perejil y siempre había señoras que comentaban cómo iban a cocinar esto o aquello. He aprendido tanto en estos pasillos como escuchando debajo de la mesa de La Ultramarina. Comprar en los mercados no es únicamente una transacción entre género y dinero, es un intercambio de conocimientos: un trueque culinario.

Di algunas vueltas por los puestos y le pregunté a una pescadera por los salmonetes. Los vi tan frescos que parecía que iban a girar sobre sí mismos. Los salmonetes se hacen fritos con una leve capa de harina, las escamas son suaves y se abren como pétalos. Quedan muy crujientes. Es una receta fácil que nos encanta. Mi abuelo los traía a veces a casa recién pescados. Mamá nos lo había contado un montón de veces. El abuelo dejaba el cubo en la cocina y mi abuela los pasaba por agua cantando alguna canción. Compré unos diez. No eran muy grandes y nos podríamos comer unos cuantos cada una. Con la bolsa del pescado en la mano y la barriga llena me dirigí hacia el coche por el camino más largo para disfrutar durante un rato más del ambiente.

Amanecía en Palma, el leve barullo era una música placentera que subía de volumen a medida que pasaban los minutos. Estuviese en la calle que estuviera, siempre escuchaba las olas, aunque no las escuchara realmente y solo fuese una sensación. Las notaba en el color del cielo, esa luz que destelleaba en las paredes de marés de algunos edificios. Sentía el mar en los ojos de la gente y en la tranquilidad con la que caminaban. Andaban todos en mallorquín: el paso lento y los brazos con un ligero balanceo, sin prisa por llegar a ninguna parte.

Bajé por la calle de los Olmos y recorrí todas las ramblas. Eran similares a las de Barcelona pero como si fueran una maqueta. Todo aquí era más pequeño: las avenidas, los edificios y los centros comerciales. Me hacía gracia. Cuando venía de Madrid, notaba más el cambio, parecía que las piezas de la isla hubiesen encogido; después, con el transcurrir de las semanas me iba haciendo otra vez a las miniaturas.

Caminé entre los puestos de flores y no pude evitar pararme a comprar un ramo de margaritas. Qué bonita era su flor. Los campos se llenaban de tonos verdes, blancos y amarillos. Sabía que de camino al pueblo, en la carretera, vería un montón de margaritas. Me hacía ilusión llevar este ramo que parecía recién cogido para ponerlo en el centro de la mesa nada más llegar. Sería como decirle a mamá que a casi todas las flores se les caían los pétalos y se sentían desnudas, pero que después volverían a florecer con una belleza inexplicable. Que ellas también se pasaban el invierno con las manos cerradas. No sé, historias mías que quizá ella nunca entendería. Lo compré y metí la parte del tallo en el bolso como si fuera un florero, dejando por fuera más de la mitad. Seguí el camino de vuelta a la lonja parándome en escaparates y plazas, quioscos y tiendas de comida cada dos por tres hasta llegar al coche.

El camino a casa era la paleta de un pintor. Desde que salía de Palma hasta que entraba por la carretera principal del pueblo había un desfile de olivos, almendros y pinos. De campos llenos de margaritas blancas y amarillas. Y muchas ovejas. El verde se extendía hasta el cielo y la carretera hacía tope con la Serra de Tramuntana, que se desplegaba de una punta a otra de la isla. Ahí se respiraba diferente, era como si tuviera un millón de enanitos en la nariz que hacían que me entrara más aire; siempre tenía la sensación de que se me ensanchaban los pulmones al pisar la isla.

En la radio sonaba Aquellas pequeñas cosas cuando empezaron las curvas. Recordé un día que iba justo por aquí con mamá e Irene. Sonaba esta canción y mamá la cantaba gritando como si estuviera sola. Mi hermana y yo íbamos sentadas en la parte de atrás del coche y nos reíamos a carcajadas. Un poco por mamá, pero también porque era nuestra parte favorita de la carretera. Algunas curvas eran muy cerradas y notabas en el estómago como si un globo se elevara. Y con esa sensación nos daba la risa. Con cada curva, una risotada. Mamá también se reía.

Cuando era niña, creo que algunos miedos se convertían en cosquillas. Nos reíamos porque no nos preocupaba lo que pudiera pasar, ni siquiera pensábamos en el futuro. Tampoco en el pasado. No existía la incertidumbre porque todo lo era, aunque no lo supiera. Mi madre escondió muy bien el miedo y la incertidumbre porque hasta la adolescencia —ahí ya las curvas eran más seguidas— no eché de menos un padre. Creo que a esa edad, aunque no se lo decía a nadie, se me debía de notar un poco más y por eso mamá pensó que sería mejor que estudiase fuera. Nunca había tenido un padre y no sabía lo que era tenerlo. Así que cuando veía a padres o a señores que entraban y salían de La Ultramarina, que paseaban por el pueblo o se bañaban en la cala de abajo, los percibía como piezas del paisaje. «Los hombres están ahí, pero a mí no me ha tocado ninguno», pensaba.

Lo más parecido a un hombre era mi abuela. Autoritaria y mandona, pero que se deshacía como la plastilina cuando le tocaba la piel del codo. Qué cosquillas tenía. De repente era otra persona. Se le achinaban los ojos y se le movía la barriga, grande y redonda. La mejor almohada que he tenido en mi vida. Cuántas veces dormía la siesta en su barriga con el balanceo del amasado. Ella se acercaba a la mesa larga de madera maciza —todavía sigue ahí, ha estado ahí toda la vida— y se ponía a mezclar la harina, el agua, el aceite y una pizca de sal. Después amasaba todo con las manos du

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