I
No sé ni cómo me siento ahora mismo.
Me embarqué en esta aventura creyendo que mi compañero era bueno, confiaba en él a pesar de ser consciente de sus misterios.
Me enamoré de él a ciegas.
Sería falso no reconocerlo: estoy enamorada de Adonis, para mi desgracia.
Y ahora es como si me hubieran abierto los ojos para comprobar que el mundo que creía aprendido no es lo que yo pensaba, porque el demonio más peligroso, el más voraz, lo he tenido encima, dentro, al lado y en todas partes imaginables. Saber lo del nacimiento bizarro de Adonis, teñido de fantasía y terror, me ha dejado sin palabras, aturdida y emocionalmente devastada.
Las advertencias estaban ahí en las palabras de Antón, en el secretismo de Adonis, en su dificultad para darle la espalda a alguien, para confiar en mí. Él siempre ha sido un demonio, el problema ha sido mío por pretender creer que, en el fondo, no lo era. Que es bueno, noble y que podía sentir algo por mí. Pero eso también ha sido falso. Solo recordar cómo le hacía el amor a Drugia hace que mi pecho arda con unos celos terribles y una decepción punzante y criminal.
Más allá de esto, que es lo que me tiene la moral comida, y de meditar cuál debe ser mi siguiente paso y cómo protegerme no solo de él, sino de la Corte, es evidente que mi movimiento más inmediato es cuidarme y ocultarme de la brujería del fascinador.
Él, aparte de Adonis, es mi principal amenaza, una más para añadir al saco.
Por eso he salido del monasterio con los artilugios que me ha dado Mariagna para mi protección: un muñeco de barro kolossoi con cuernos y rabo, alfileres en los ojos y en el pene. Recuerdo que mi abuela tenía algunos en su baúl, pero no como este. También me ha dado una tabulae con un escrito grabado en latín para proteger a la persona que la entierre. Es decir, a mí.
He seguido sus consejos de inmediato y he ido al cruce de caminos de tierra que hay en dirección a la torre vigía. El mismo cruce donde Adonis me atropelló, donde empezó su más que sospechoso ardid. Porque ahora lo veo todo como un embrollo mental: los miembros de la Corte pueden entregar a sus familiares en sacrificio, como le sucedió a Tania. Si Adonis es de la Corte y es hijo secreto de uno de sus reyes, ¿podría haber entregado a Tania? Si sabe quién soy yo, ¿cuánto tardará en decírselo al Demogorgon y al Rey? ¿Por qué no lo ha hecho ya? ¿Es un paripé lo que está haciendo conmigo? ¿Ha estado riéndose de mí todo este tiempo? ¿Busca venganza o solo la aprobación de su verdadero padre cuya identidad, en realidad, conoce y me oculta? ¿En serio ha sido tan cínico y mentiroso conmigo?
Se me oprime el corazón al pensar así de mal de él, pero sería una ilusa si no lo hiciera. Adonis nació con cuernos y rabo, con el físico de un demonio real, hijo de un miembro de la Corte. Y lo hizo en un lugar sacro, en la Murtra.
¿Qué significa eso? ¿Es bueno o malo? Ya no tengo nada claro.
Casi ha anochecido. Son las nueve y, después de enterrar la tabulae, he venido hasta el lugar donde todo empezó y cambió hace cuatro años.
Es curioso, porque la torre sigue siendo un vigilante silente, aunque nada eficaz, dado que aquí no hay nadie que pueda socorrer si sucediera cualquier cosa.
Aun así, ya he superado mi miedo a estar sola. He dejado la moto aparcada arriba y he vuelto a descender el pequeño terraplén hasta llegar al lugar de los hechos.
Está muy bien marcado con el estramonio, que ya ha crecido. La marca del Demonio, según me informó Adonis. Cuando me abrazó hace unos días y me dijo que yo era fuerte y empoderada y que él me iba a ayudar en todo, fue cuando más caí en su embrujo y en su hechizo de amor. Y ahora tengo la necesidad de romperlo. Pero no es tan fácil. Por eso, en este instante, debo encargarme solo de lo que puedo controlar.
Así que enciendo la linterna del móvil y aprovecho para hacer un agujero justo debajo de donde ha crecido la planta. Escarbo con la mano libre hasta que el hoyo es lo suficientemente profundo como para guardar el muñeco vudú. Huele a tierra húmeda.
—El Demonio nunca dará con la presa que no puede ver. —Esas son las palabras que me ha dicho la madre Mariagna que repita mientras lo entierro—. El Demonio no deseará a la presa que no huele. —Ahora cubro el kolossoi con tierra y recoloco el estramonio encima. Repito las frases tres veces.
Cuando acabo, apago la luz de la linterna y me sacudo las manos para limpiarlas de la tierra.
—Una cosa menos, Ares —me digo para animarme.
Pero no lo siento, porque Adonis me ha partido en dos. Me hizo creer aquí mismo que yo era importante para él y que iba a cuidar de mí, y lo único que ha hecho ha sido mentirme, darme de lado y esquivarme para que jamás me acerque lo suficiente a él como para saber que era el hijo del Demonio.
Porque, si lo descubría, le jodía la tapadera. Porque la Corte no sabe quién es, o eso tengo entendido. Ha debido de hacerlo por eso, porque no se me ocurre otro motivo de peso.
Me incorporo lentamente y percibo la humedad en mis mejillas. Estoy llorando por su culpa. Me seco las lágrimas con un manotazo rabioso e inspiro hondo.
Al menos, espero que esto me saque de encima definitivamente al fascinador y a su demonio de los sueños.
—Hola, señorita Parisi. Por fin solos.
Me doy la vuelta sorprendida porque reconozco esa voz de inmediato. Cada célula de mi cuerpo se pone en guardia y cuando nuestros ojos se enfrentan, su presencia me aterra.
Frunzo el ceño y doy un paso atrás para guardar distancias. Está más cerca de lo que quisiera. ¿Cómo ha venido hasta aquí? No he oído llegar ningún coche.
—¿Angol? ¿Qué haces aquí?
No me contesta. Me repasa de arriba abajo y asiente como si lo que viera le gustase mucho.
—Eres muy hermosa, señorita Parisi. Incluso sin ropas de lujo encima, sigues siendo muy atractiva.
Carraspeo, aún aturdida por su presencia incómoda. No lo entiendo. ¿Me ha estado acechando?
—Lo mismo digo —contesto siguiéndole el juego. Angol es un animal inclinado a la persecución. Lo veo, lo intuí desde el primer momento en que lo vi. Sus modales son forzados e impostados porque deben ocultar unos instintos más que cuestionables: los de un sádico y un sociópata. Lleva unas deportivas oscuras, unos pantalones negros tipo Dockers y una camiseta gris oscura de algodón de manga corta. Es tan rubio que el tono claro de su pelo resalta más con los tonos oscuros que usa para vestir. Sus ojos de ese marrón whisky no brillan. Parecen enfadados, como si yo le debiese algo—. ¿A qué has venido?
—Oh, a nada. —Se encoge de hombros de ese modo que denota hastío y también prepotencia. Sus manos están ocultas en los bolsillos delanteros. Fija su mirada en mi muñeca, que ya no luce el brazalete de virtuosa, y eso provoca que frunza el ceño decepcionado—. Solo quiero adelantarme a los acontecimientos. Pero… —mira alrededor, como si el lugar le incomodase—, no acabo de comprender qué estás haciendo en este lugar, escarbando en la tierra. ¿Es un ritual, tal vez?
—Puede.
—Conozco muchos rituales —asegura. Cómo no los va a conocer si está rodeado de brujos y demonios.
—Es secreto —lo corto abruptamente—. Perdona, pero… ¿a qué acontecimientos te quieres adelantar? —pregunto y me preparo para cualquier cosa. Un hombre así no se va a encontrar a solas conmigo, al caer la noche, por pura casualidad. Es obvio que no. Solo tengo mis manos para defenderme en caso de que me quiera hacer algo malo. Que no lo dudo—. Angol, me has estado siguiendo. ¿Por qué?
—¿Por qué no llevas tu brazalete de virtuosa y no muestras mi piedra? Es una falta de respeto a los vires que te la hayas quitado. Las virtuosas no hacen eso.
—He tenido que arreglarla. Con tantos abalorios, se me clavaban en la piel —le miento. Me la he quitado porque me daba un asco tremendo llevarla. Miro a mi alrededor con disimulo por si tengo que echar a correr—. ¿Puedes dejar de responderme con más preguntas?
—¿Qué has venido a enterrar?
—Puede que viejos fantasmas. —Él arquea las cejas rubias sin ocultar su curiosidad.
—Joder… —Se frota la barbilla—. No sé qué haces aquí, es perturbador —dice con una media sonrisa.
—¿Perturbador para mí o para ti? Eres tú el que me ha estado siguiendo.
—Una chica como tú no puede ir sola por estos lares. A veces, pasan cosas. Hay gente mala por todas partes.
—Suelo tener bastante cuidado. —Hasta un ciego vería que la conversación es muy tensa y desconfiada entre ambos—. Angol, me estás poniendo nerviosa. ¿Qué quieres? —El tono amable ha desaparecido—. ¿Por qué estás aquí?
—Porque no quiero perder más el tiempo contigo.
—¿Respecto a qué?
—A tu decisión en la Liberalia. ¿Me vas a elegir? ¿Vas a escogerme en el Abismo ante tu vir?
Formo puños con las manos e ignoro la información que acaba de darme sobre la celebración del rito para centrarme en el ahora. Comprendo que le dé la respuesta que le dé, Angol tiene algo planeado para mí.
—No tengo la decisión tomada todavía.
Él medio sonríe y su actitud, de nuevo, se vuelve algo errática y nerviosa. Joder, esto no me gusta nada.
—Pero sí besaste a Belial en la fiesta romana de anoche. ¿Era una declaración de intenciones?
—Angol, tú y yo no deberíamos tener una conversación así a espaldas de mi vir —digo un poco más nerviosa—. Voy a llamar a Adonis.
—No. No lo vas a hacer. —Él saca la mano derecha del bolsillo y me enseña un aparatito negro—. Esto impide que cualquier móvil a mi alrededor emita o reciba ningún tipo de señal.
Entreabro los labios lentamente. Joder, otro más que se sirve de la tecnología para conseguir sus propósitos. Supongo que los delincuentes y los sociópatas más avanzados y con más dinero se sirven de juguetitos así. Debería dejar de subestimarlos y empezar a ser más curiosa al respecto.
Pero la realidad es que estoy sola ante él. Y aislada.
—¿Por qué llevas aparatos así? Parece más una herramienta de un delincuente que la de un virtuoso culto y honorable de la Corte —le pregunto para ganar tiempo—. Es inapropiado.
—Inapropiado es lo que hiciste anoche después de mirarme cómo lo hiciste. Pensaba que te gustaba. —Su tono es de reproche, incluso infantil. Y sé que detrás de esas actitudes se esconde el temperamento de un desequilibrado caprichoso al que le cuesta mucho aceptar que le digan que no—. Pensaba que me besarías a mí, pero te inclinaste por mi hermano. Siempre él… El jodido niño bonito —gruñe rabioso—. Y tú, una calientapollas vulgar que solo querías ponerme celoso. Estoy cansado de que se rían de mí y que no me dejen ser quien soy ni hacer lo que quiero. —Se rasca la barba rubia por abajo y se cruje el cuello hacia un lado—. No me vas a elegir, ¿verdad? Lo escogerás a él y se reirá otra vez de mí, y yo tendré que contentarme con las sobras. Como un puto tullido, lo que siempre me han considerado.
Cuando observo a Angol, veo de frente todas las banderillas rojas de advertencia de no te acerques porque está enfermo y es malo. Es un reincidente, aunque no diría que tóxico; eso ni se le acerca. Es un ser corrompido de maldad. Tengo la sensación de que estoy ante un yonqui adicto a muchas cosas, y ninguna buena.
—¿Por qué crees que se ríen de ti?
—Tú también lo hiciste de mí ayer, zorra —dice despiadadamente—. No hagas como que eres inocente. Todos lo hacéis. Mis padres, mi hermano, incluso Drugia… Estoy cansado de tanta condescendencia.
—Angol, yo no hice nada de eso. No pretendía humillarte. Solo elegí a Belial para darle ese beso. Pero nada más.
—Me da igual. Lo siento, señorita Parisi, pero antes de que nadie te pruebe, lo haré yo. Esto lo voy a hacer por mí mismo, para que dejen de burlarse de mí… Para que aprendan —espeta furioso—. Eres a la única mujer a la que le he puesto mi abalorio. No voy a dejar que me humilles rechazándome en público en mi primera vez y, ni mucho menos, voy a permitir que elijas a mi hermano antes que a mí. Soy el favorito de Bacus, soy el que implanta sus juegos, su mejor precursor. Por eso soy Angol. Y tú pretendes ningunearme.
Su primera vez eligiendo a una virtuosa. Me imagino de lo que se habrán librado las demás. Dice que es el favorito de Bacus y Angol es el demonio de los excesos, los alcohólicos y los drogadictos. ¿En qué categoría está él? ¿En todas?
—¿Por qué crees que te consideran un tullido? —Desvío la mirada hacia el suelo, buscando alguna piedra o algún palo con el que poder defenderme en caso de que me ataque. Angol es imprevisible. Esconde mucha rabia y mucho desdén hacia todo y todos.
De repente, un movimiento en él centra toda mi intención; me remueve de un modo que me pone en alerta máxima y hace que me sienta como una niña que abre un baúl creyendo que es el de un tesoro cuando, en realidad, es la caja de Pandora. Son esos movimientos de los dedos, esas compulsiones, ese tic nervioso, los que provocan que algo en mí se rompa.
Que se encienda. Que se prenda.
Veo a Angol ante mí, cuyo verdadero nombre no sé ni si sabré alguna vez. Pero no me importa. Solo es una invención, un hombre disfrazado, una fachada, pero lo veo en su esplendor. Veo lo que es, su esencia demoniaca. Su maldad.
—Me consideran un tullido porque, a veces, me dejo llevar por mis obsesiones y mis adicciones. —Sonríe y se hace un vacío en mi estómago—. Soy impulsivo y eso, dicen, les acarrea algún que otro problema —se burla—. Pero Drugia me ha dicho que me deje llevar. Que no puedo permitir que te rías de mí en mi cara. Ella también vio cómo coqueteabas conmigo… Me dijo que te diera una lección antes de que me humillaras. Y es lo que voy a hacer.
Oh, joder, la maldita zorra de pelo naranja. Drugia le ha metido esas ideas en la cabeza. Es obvio que Angol es muy manipulable y que Drugia es malvada. Debo de incordiarla mucho, ponerla muy nerviosa para que me quiera sacar de la ecuación. Pero es tonta, tan solo una mujer celosa y esquizofrénica que ve cosas donde no las hay, porque para ser una amenaza para ella y sus propósitos, Adonis debería sentir algo por mí.
Y él no siente nada.
—No has venido a hablar conmigo, ¿verdad? Ni a protegerme de los hombres malos. —Trago saliva cada vez más compungida—. Porque tú eres el hombre malo. Quieres hacerme daño. Drugia te ha dicho que me lo hagas.
—No lo hago por lo que me ha dicho Drugia. Lo hago por mí. Te quiero para mí, señorita Parisi. Y si no eres mía, no serás de nadie. Ni de tu vir, por el que lloraste la noche anterior, y mucho menos para mi hermano Belial. Es hora de que me respeten.
Sigue moviendo los dedos y sus ojos muestran sombras oscuras bajo los párpados. Está más pálido de lo normal. Me recuerda a una persona que se está desintoxicando. Sé que se toma unas pastillas, pero no me ha dado tiempo a investigar para saber de qué son.
—¿Cómo me has encontrado?
—Te he seguido. Desde ayer por la noche, desde que saliste de la fiesta romana llorando y enfadada con tu vir. Hice que siguieran el coche hasta el centro de Badalona y llevo esperando todo el día verte aparecer por la plaza. Yo también conduzco una moto. Es lo más discreto para dar continuidad al seguimiento y moverse por el centro.
Me quedo sin aire al pensar en lo que supone eso. Angol no solo me ha visto llorar y discutir con Adonis, con lo que entenderá que siento cosas por él; además, sabe dónde vivo. Eso hace que sienta que ha profanado mi intimidad y mi casa.
Los movimientos de sus falanges se vuelven más rápidos. Es como si tocase un piano invisible.
—No puedes hacer eso, Angol. Le debes un respeto a Adonis.
—Adonis se pasó el día de ayer follándose a Drugia, hasta la dejó irritada y sin poder caminar bien. Me lo dijo. —Aprieto los dientes con rabia—. Él no te quiere ni te querrá. Es evidente que quiere entrar en la Cúpula y que desea a Drugia. A ti no te tiene en cuenta. —Su sinceridad es tan brusca como dañina—. Yo puedo hacer lo que quiera, señorita Parisi. Tengo poder y el favor de Bacus.
—Dudo que a la Corte le guste que persigas a una virtuosa por tu cuenta…
—La Corte no conoce nada de lo que hago. No tienen ni idea de que estoy aquí ni que tengo un plan contigo. Drugia ni siquiera sabe que he seguido su consejo. Nadie descubrirá lo que voy a hacerte. El único control que tienen sobre mi persona es asegurarse de que me tome la medicación. Pero ya estoy cansado. Las pastillas hacen que no me sienta… —Se mira las palmas de las manos—. Yo. Ahora mi pregunta es: ¿qué haces aquí y qué has enterrado? —Otea el lugar con desconfianza.
—A ti no te importa lo que hago aquí. Por favor, deja que me vaya. —Necesito ganar tiempo.
Él chasquea la lengua.
—Lo siento, pero no lo puedo permitir. He venido a obtener lo que quiero y a dejarte claro que eres mía. Voy a follarte lo quieras o no, señorita Parisi. Y cuando haya acabado contigo, te entregaré a Bacus. No sé qué mierda tiene este lugar —susurra fijando sus ojos marrones en las copas de los árboles y después en el suelo de estramonio— que lo hace tan atrayente para mí. —Se lleva la mano a la parte baja de la espalda y saca un puñal de mango negro y dorado algo estrafalario—. Pero lo voy a descubrir.
—Yo no soy de nadie, imbécil —espeto ya sin educación—. Y es evidente que no quiero que me pongas un dedo encima. —Lo miro de frente y doy un paso atrás—. Violas y matas, ¿verdad, Angol? A pesar de ser un príncipe, te manchas las manos de sangre. Eres una parte activa de la Mano Dura de la Cúpula. Estás para que te encierren, como todos.
A él la pregunta le pone en guardia. Entonces sonríe sin más y susurra:
—Vaya, vaya…, mira lo que tenemos aquí. Una virtuosa curiosa y juiciosa con la Corte… ¿Sabe Adonis lo que piensas? ¿No eres una adoradora nata de Bacus? ¿No eres una de sus mujeres del Abismo? ¿Ni siquiera tienes la Influenza en tu sangre?
—No. A mí no me han inoculado esa mierda.
—Ah…, pero sabes lo que es. Interesante… Voy a tener que informar de esto a la Corte. —Desliza sus ojos por mis piernas y hace que me sienta desnuda—. ¿Quién eres tú, señorita Parisi?
—Eso es lo que soy. Una Parisi. —Alzo la barbilla—. Y siempre escapo de los hijos del Diablo como tú.
—Y yo soy uno de los hijos del Rey, puta. Cuanto peor me hables, más me ensañaré contigo. —Se pasa la lengua por el labio superior y hace rotar el puñal entre los dedos—. Me muero de ganas de marcar ese cuerpo y esa cara que tienes, virtuosa, para que todos sepan que has sido y eres mía. Será divertido. Ahora, ven aquí.
Igual se cree que me voy a acercar voluntariamente a él. No será así. Doy otro paso atrás y él se echa a reír.
—Soy más fuerte que tú y más veloz.
—¿Quién eres? ¿David el Gnomo? —me burlo de él sabiendo que eso le sacará de sus casillas.
—¿Quieres que te cace? ¿Quieres jugar, maleducada? Bien, más diversión —dice tocándose la entrepierna. Maldito sea, está excitado. Le pone la idea de hacer daño y violar—. Pues prepárate, perra. Que voy a por ti.
En cuanto me dice eso, arranco a correr e intento subir la pequeña colinita para llegar hasta la moto. Sea como sea, estoy en problemas. Si consigo salir viva de esto, Angol ya sabe que siento un ligero desprecio hacia los juegos báquicos y la Corte, y eso me señalará ante los demonios. Ya sabe dónde vivo, dónde viven mi madre y mi hija.
Estoy a punto de bloquearme. Me doy cuenta de que vuelvo a la misma pesadilla en el mismo lugar. Un hombre que quiere abusar de mí, que quiere acabar conmigo, que quiere destruirme. Solo que, esta vez, si me destruye, hará daño a más personas, entre ellas a mi Venus. No permitiré que me deje inconsciente y que abuse de mí. Si me mantengo despierta y consciente siempre podré luchar.
Pero es pensar en mi pequeña y los pies se quedan bloqueados intentando ascender el pequeño terraplén. Si corro, si me escapo, seguiremos en problemas y no solucionaré nada.
Venus se merece una vida sin huir y sin esconderse, y con la Corte tras nuestros pasos, si Angol cierne la sombra de la sospecha sobre mí, es lo que haríamos constantemente. Porque es evidente que nadie escapa de la Corte.
Debo tomar una decisión.
Angol es un demonio. Soy una vestal.
Es como el sueño recurrente que tuve durante unas noches seguidas en el que iba vestida con un traje blanco en llamas mientras un demonio me perseguía y yo debía, como fuera, ir al templo a mantener la llama sagrada encendida.
Si Angol me caza, si me vence, no habrá llama sagrada que proteja mi ciudad y los demonios volverán a vencer. No está entre mis opciones dejar mi tierra a oscuras.
Sé defenderme, puedo hacerlo.
Me clavo las uñas en las palmas de las manos y me sujeto al tronco fino de un árbol para seguir ascendiendo, o eso le hago creer a Angol. En realidad, me impulso y lo utilizo para dar una vuelta sobre la base y abalanzarme sobre él para darle una patada en el pecho con tanta fuerza que sale propulsado hacia atrás y cae de espaldas hasta abajo, deteniéndose en la diminuta y asfixiante planicie donde todo sucedió.
Corro hacia él mientras intenta incorporarse, pero no es un luchador, así que sus golpes y sus patadas son inesperadas, inexpertas, pero sorpresivas. Lucha como alguien fuera de sus cabales, sujetándose con fiereza a sus ansias de dominio y de supervivencia. No estudia al oponente, no lo ve venir, solo quiere lastimarlo y acabar con él lo antes posible.
Lucha como un loco. Con la misma rabia.
Esquivo sus golpes y le doy un par de puñetazos en la mejilla izquierda y en la derecha.
¡Ah, mierda! ¡Cómo me duelen los nudillos!
De repente, se tambalea y lanza un cuchillazo al aire que me roza la cadera y me hiere al alcanzarme la piel. Me aprieto la herida con mi mano. No es muy profunda, pero voy a sangrar un poco. En el krav magá me han enseñado a enfrentarme a situaciones con arma blanca y no es algo con lo que no sepa lidiar, pero debo ejecutar los movimientos muy bien.
Él se remueve para lanzar nuevos golpes. Uno de esos mal dados me alcanza en la boca del estómago y me deja ligeramente sin respiración. Ese instante de desprotección lo aprovecha para agarrarme del pelo y tirarme al suelo.
—¡Ven aquí! —me grita sentándose encima de mí, sobre mis caderas—. ¡¿Dónde has aprendido a dar esos golpes, gatita?! ¿También eres luchadora? ¡No me imaginaba que ibas a presentar tanta batalla! —Apoya la punta del cuchillo en mi mejilla. Su expresión es un rictus de horror y sadismo. Tiene los ojos enrojecidos y muestra los dientes como si tuviera colmillos—. ¡Señor! —Mira al cielo—. ¡Esta es para ti!
Un roznido distrae a Angol y también a mí. Ambos miramos en la misma dirección y vemos a un asno. Sí, un asno de color gris oscuro y parduzco que acaba de aparecer en el lugar, entre los árboles, comiendo hierba. Nos mira fijamente, ajeno o no a la escena de violencia que se desarrolla ante sus ojos animales.
Las masías de alrededor tienen caballos y también burros, pero no me imaginaba encontrar a uno suelto merodeando a horas nocturnas. Debe de pertenecer a algún vecino al que se le ha escapado.
Esta es mi oportunidad. Aprovecho la distracción para reaccionar y detener a Angol.
Le agarro la muñeca de la mano que sujeta el puñal con la derecha, presiono los tendones adecuados y se la retuerzo hasta que él suelta el arma. Su expresión es de sorpresa total; no ve venir lo siguiente que le va a suceder. Con la parte baja de la palma de la mano izquierda, que no es la buena, le doy un golpe seco debajo de la barbilla y en cuanto cae hacia atrás y se quita de encima de mí, me revuelvo, muevo las piernas y me impulso para rodearle el cuello con los muslos sin dejar de sujetarle el brazo para hacer más palanca y conseguir el tipo de estrangulamiento que quiero.
Estoy completamente ciega en este momento. Deseo matarlo. Quiero hacerlo yo, con mis propias manos. Estoy ansiosa de sangre de demonio, ansiosa de venganza. Y si no lo hago yo, nadie lo hará por mí. Nadie protegerá a mi familia de la sed de estos hijos de perra.
Angol los representa a ellos. A sus vicios, sus adicciones, sus inclinaciones satánicas y delictivas, sus desvíos morales…
No sé su nombre. Aún no.
Todavía no sé de qué rey es hijo.
Pero sé que Drugia lo animó a hacer esto.
Y sé, a ciencia cierta, que hoy es su último día como demonio en la tierra.
La mano libre de Angol me golpea el muslo, como si así yo fuese a detenerme, e intenta pellizcármelo, pero lo tengo tan tenso y duro que no lo consigue. Le estoy haciendo un estrangulamiento triangular lateral, usando mis muslos alrededor de su cuello y su propio brazo para ahogarlo.
Me estoy dejando toda la vida en ejercer fuerza con las piernas mientras él se queda inconsciente. La mano con la que me golpeaba el muslo ha caído laxa al suelo.
Pero lo que de verdad quiero es conseguir romperle el cuello y matarlo en el acto. No pretendo dejarlo inconsciente, ese no es mi objetivo. Necesito que cierre los ojos para siempre, para que yo pueda cerrar los míos por las noches y dormir más tranquila.
Pero entonces, de la nada y sin saber de dónde han salido, veo a Adonis y a Nicolaus cernirse sobre mí.
¿Cómo me han encontrado? ¿Cómo sabían que estaba aquí?
La expresión del Príncipe del Abismo, guapo y mentiroso, es de estupor y también de desconsuelo. Su rostro está cubierto por una pátina de sudor y su rictus luce completamente descompuesto y desolado mientras revisa mi cara y mi cuerpo como si buscase una herida mortal.
Apenas los oigo. Solo escucho un pitido en el oído porque estoy concentrada, porque soy capaz de desmayarme de la fuerza que insuflo a mi estrangulamiento.
No sé lo que dicen. Solo sé que quieren salvar a Angol de mi ataque y eso hace que me vuelva loca.
Quiero oír el crac antes de que lo liberen. Necesito escuchar cómo le rompo el cuello a este cabrón, cómo le quito la vida.
Pero ellos lo impiden y, ejerciendo presión en puntos que a mí también me duelen, me obligan a liberarlo cuando es lo último que deseo.
Nicolaus acaba de sujetar a Angol y se lo ha cargado al hombro para subir el terraplén con él.
Yo no sé ni dónde estoy hasta que soy consciente de los brazos que me sujetan por la espalda y me tienen levantada del suelo, inmovilizada.
—Deja de gritar, Ares, por favor —me dice la voz de Adonis al oído—. Pueden oírte… Cálmate, estoy contigo.
Ni siquiera sé que estoy gritando. No sé cuándo he empezado a hacerlo, pero sentir que es Adonis quien me priva de hacer lo que quiero me llena de cólera y me convierte en una fiera entre sus brazos.
—¡Suéltame, hijo de puta! ¡Suéltame! ¡Suéltame! —Que está conmigo, dice. Si lo que quiero es que me deje en paz.
—¡Ares, tienes que tranquilizarte! ¡Para!
—¡Cabrón! ¡¿Por qué le has salvado?! ¡Devuélveme a Angol! —le exijo—. ¡Eres un mentiroso! ¡Un traidor!
—Ares, maldita sea… —gruñe desolado—. ¿Me vas a obligar a hacer esto? —dice contrariado.
—¡Vete al Infierno!
No sé lo que tiene pensado hacerme hasta que percibo un pañuelo fresco contra mi boca que me enmudece y un potente olor narcótico me llega hasta el cerebro para dejarme fuera de juego en menos de tres segundos.
Lo último que recuerdo son mis propias lágrimas cayendo por mis mejillas antes de abandonarme a la inconsciencia.
II
Despierto muy poco a poco, pero aún con la adrenalina por las venas. Nerviosa, me incorporo y miro a mi alrededor en busca de Angol y de Adonis, porque a ambos los considero enemigos.
Sin embargo, advierto que estoy en el sofá de mi casa, en la chaise longue donde mi abuela se fue hace días. ¿Qué hago aquí? De pie, apoyado en la chimenea y escoltado por el cuadro de Silvia Rea, un Adonis desafiante a la par que angustiado me mira de brazos cruzados.
Ahí está, el demonio, la serpiente hermosa que miente y oculta. Me levanto del sofá y lo encaro con los puños apretados.
—¡Tú! —le increpo muy rabiosa. Sigo enfadada con él por lo de Drugia, pero, además, a esa emoción se le ha añadido la decepción y la traición—. ¡¿Me has drogado?!
—No llevas ni una hora dormida. El tiempo suficiente como para conducir tu juguete y traerte a casa. —Me observa de arriba abajo y sus ojos de lobo se tiñen de dolor al ver mi cadera—. Vas a necesitar puntos ahí.
—¡Me importan una mierda los puntos! ¡¿Por qué os habéis llevado a Angol?! ¡Me atacó! ¡Ese cabrón de la Corte ha querido matarme! ¡¿Ahora lo proteges?!
—No he hecho nada de eso.
—¡Claro que sí! ¿Es porque es tu amigo? ¡¿Es porque es de los tuyos?!
—¿De los míos? —Sus ojos se convierten en una fina línea dorada.
—¿A él también te lo follas, Adonis?
Las palabras salen volando a través de mi boca y no me da tiempo a pasarlas por ningún filtro. Él se descruza, decidido a darme una explicación, pero yo no le dejo hablar.
—¡No quiero que estéis en mi casa! ¡Ni tú ni ellos! ¡¿Me oyes?! ¡No os quiero aquí! ¡Quiero que os larguéis!
—Ares, no sé qué ha pasado ni qué sabes, pero…
—¡Lo sé todo! —gruño con los dientes apretados—. Todo. Sé qué eres. Sé quién eres. Y me da asco que me… que me hayas tocado como lo has hecho… —Me miro el cuerpo disgustada—. Me siento profanada por ti. Nunca debí permitir que te acercaras, que me engañaras como lo has hecho.
—Yo no hice nada. Todo lo hiciste tú solita. —Parece muy afectado por mis palabras. ¿Sabrá a lo que me refiero?—. Recuerda que fuiste tú quien insistió en jugar y venir a la Corte conmigo. Yo me negué.
—Pero entonces no sabía que me estabas engañando, no sabía que lo que hacías era atraerme a la tela de araña con tu encanto taimado para ponerme en bandeja a esos cerdos.
—¿Qué?
—Sí, no me mires como si no supieras de qué te hablo. Nos has engañado a todas. A mí, a mi madre y a Venus. ¡Incluso a la niña, que se cree que eres bueno! Eres un puto demonio —escupo disgustada—. Te he descubierto.
—No sé de lo que hablas, Ares —reconoce afligido—. Lo único que he hecho ha sido protegerte.
—Pues no me protejas más. ¡¿Dónde coño está Angol?! —grito con todas mis fuerzas—. ¡No tenías derecho a quitármelo! ¡Era mío!
—Angol no era tuyo —me asegura él con gesto muy severo, cerniéndose sobre mí—. Hubiera deseado que fuera mío, te lo juro. Yo mismo le hubiera arrancado la piel a tiras muy lentamente. Pero le dimos nuestra palabra a otra persona para que se encargara de él. —Adonis parece un toro a punto de embestir.
—¿De qué hablas?
—No, Ares. Angol no era tuyo ni mío. Angol, aunque no lo creas, era de tu madre.
—¿Qué estás diciendo? ¡Deja de mentirme! —Lo empujo con todas mis fuerzas.
Él me sujeta por los antebrazos e impide que me retire.
—No te miento. A tu madre le prometimos que, si dábamos con el hombre que te violó hace cuatro años, se lo serviríamos en bandeja.
Es un golpe de realidad inesperado.
Es una verdad tan devastadora para mí que estoy a punto de desmoronarme aquí mismo: Angol, el hombre que he estado a punto de matar con mis propias manos, me violó hace cuatro años.
Ni siquiera me sale la voz. Y lo peor es que ni siquiera puedo negarlo abruptamente porque, en mi fuero interno, estoy convencida de que lo que acaba de decirme es verdad. No lo puedo refutar.
He tenido esa sensación. La tuve anoche en la fiesta romana y la he tenido hoy al enfrentarme a él, pero no tengo pruebas en las que basarme, solo son meras corazonadas. Y, sin embargo, este hombre que todo lo descubre y todo lo sabe, que todo lo oculta y todo lo enturbia, acaba de darme la razón. Pero no entiendo nada. No sé cómo ha descubierto que fue Angol ni tampoco qué tiene que ver mi madre en esto.
Estoy temblando de la frustración y de la sorpresa.
—¿Dónde está? ¿Por qué se lo habéis llevado a mi madre? ¿Dónde está ella?
Adonis mira hacia el jardín y yo me vuelvo hacia él sin pensármelo. Cuando veo la escena que se desarrolla ante mí, palidezco y se me pone el corazón en la garganta.
Angol está de rodillas frente al larario y a los agatodemons. Mi madre está tras él, de pie, descalza, con el camisón blanco que usa para dormir y su glorioso pelo negro ébano suelto sobre la espalda. Parece una romana orgullosa y deseosa de sangre y de venganza, escoltada por Nicolaus y John, que se han convertido, sin duda, en sus propios agatodemons. Yo tengo el mío, o creía que lo tenía, pero parece que mi madre ha encontrado a los suyos también.
En la mano derecha lleva un cuchillo. Es uno de esos objetos antiguos que guardaba mi abuela en su baúl de los recuerdos romanos. La hoja no está afilada, pero sigue cortando igual si se le aplica la debida presión. Es todo muy ceremonioso y simbólico, y yo estoy muerta de miedo.
Trago compungida y salgo corriendo al jardín.
—¡Mamá!
—Ares —me dice ella con voz firme y autoritaria. Me detengo al instante—. No alces la voz o despertarás a Venus.
¿De qué me está hablando? Tiene a un hombre de rodillas ante ella y me dice eso.
—Mamá, ¿qué crees que estás haciendo?
—Buscar mi propia paz. Y también la tuya —asegura sin darse la vuelta—. No te acerques.
Doy dos pasos intentando recortar la distancia, pero Adonis me sujeta de la muñeca.
—¡Suéltame, joder! —le grito apartando su mano.
—¡Ares! —vuelve a decir mi madre—. No vociferes. No queremos despertar a los vecinos. Y no se te ocurra acercarte a mí para detenerme.
—¿Qué crees que vas a hacer? —No reconozco ni mi voz.
—John y Nicolaus pasaron por algo parecido con su hija, pero lo suyo tuvo un final cruel y destructivo para ellos y para la pequeña. Me dijeron que no descansaron hasta que mataron a los involucrados en la muerte de su niña, aunque sé que el dolor de su pérdida los perseguirá toda la vida. —John y Nico están a su lado, en silencio, como los perfectos cómplices de lo que va a hacer mi madre.
Miro a unos y a otros y niego con la cabeza.
—¡Parad esta locura ahora mismo!
—No —contesta mi madre con rotundidad—. Hace cuatro años tú saliste viva del ataque, pero estuviste a punto de no contarlo. No creí lo que me dijiste. No creí que te hubieran violado. No supe entenderte ni creerte por lo inverosímil que me parecía todo. Pero desde que sé la verdad hay un fuego interno en mí, Ares —me asegura acongojada—, que no soy capaz de apagar. Es una maldita hoguera y necesito darle lo que me pide. A lo mejor yo también soy una vestal —medio bromea, aunque en el fondo no lo siente—. O solo soy una madre en llamas clamando por la ley del talión un castigo acorde a lo que se merece este hijo de Satanás.
Eso ha sido muy categórico.
—Mamá, deja el cuchillo, por favor… John, Nico —les suplico—, apartadla de él.
—No lo van a hacer —me asegura ella—. John y Nicolaus me entienden, y Adonis también. Por eso les pedí que si descubrían quién abusó de ti e intentó matarte, que me hicieran el favor de traérmelo; porque quien toca a mi hija tiene que venir a pedir clemencia, pero no ante la ley, no ante Adonis ni ante ti. No. —Sacude la cabeza y se seca las lágrimas que sé que está derramando con el dorso de la mano con la que sujeta el puñal—. Tiene que rendir cuentas ante mí, que soy tu madre.
Se me hiela la sangre en las venas.
—Por Dios, mamá… No hagas esto, no sabemos si…
—Es él —dice Adonis a mi espalda—. En el vídeo de la violación solo ves a un hombre de su misma altura, borracho, con manos temblorosas y una mancha en la piel debajo de la barbilla. No teníamos más información. Pero Drugia me la dio.
—No me lo recuerdes. Ahora no —le pido afligida.
—Él es tu violador —insiste mi madre.
—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo estáis tan seguros? —exijo saber.