El mundo entonces

Martín Caparrós

Fragmento

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EL FIN DE LA EDAD OCCIDENTAL

Necesitamos entenderlos. Todos sabemos por qué aquellos años ahora volvieron al centro del debate. Hablamos y hablamos de ellos pero, a menudo, muchas de sus características principales nos escapan. Por eso, para poder debatirlos con propiedad, para dibujar sus grandes rasgos y no perderse en sus detalles menores, me han encargado elaborar este manual de historia que reconstruya y analice cómo era el mundo hace cien años, en la Tercera Década del siglo XXI.

Así, a la distancia, lo primero que queda claro es que en esos días se cerraba un ciclo.

Durante mucho tiempo los estudiosos dividieron la historia de la humanidad en esas cuatro «edades» que llamaron Antigua, Media, Moderna y Contemporánea.

Para eso fijaban el fin de cada edad en una fecha convencional: los historiadores del pasado suponían que la Edad Antigua había terminado con la caída de Roma en manos germanas en 476, la Edad Media con la de Constantinopla en manos turcas en 1453, la Edad Moderna con la Revolución Francesa de 1789, cuando habría empezado la «Edad Contemporánea».

Tardaron mucho en entender que la idea de Edad Contemporánea es un renuncio epistemológico: cualquier presente es una «edad contemporánea». Se discutió, se formularon propuestas. Ahora, un siglo más tarde, la revisión más aceptada consiste en cerrar la Edad Moderna en 1776, con la formación de los Estados Unidos de América y el surgimiento de la república democrática. Por primera vez una «nación» cristiana no era gobernada por un monarca sino por un cuerpo colegiado de —ciertos— ciudadanos.

Aquel fue el inicio de la democracia de delegación, la forma occidental por excelencia. Y el momento en que «Occidente» dejó de ser solo un extremo de Europa y sus colonias para empezar a marcar con sus costumbres y sus técnicas el conjunto del planeta. La pérdida de sus dominios en Norteamérica llevó a sus antiguos colonizadores a apuntar al resto del mundo, y así fue como Inglaterra, primero, y después Francia, se lanzaron a invadir territorios en Asia y en África, hasta que sus leyes y sus intereses dominaron casi todo el globo. Y, aunque esos territorios se fueron independizando —la India en 1947, la mayor parte de África en los primeros 1960s, Hong Kong recién en 1997—, durante el siglo XX la penetración occidental ya no dependió del dominio colonial directo: el modelo occidental impuso sus formas políticas y militares, lideró la ciencia y la técnica, definió el arte y el ocio, llevó su forma de ser a todos los rincones.

No quedaba región que no usara sus ropas, reglas, viviendas, músicas, relatos, aparatos, transportes, filosofía, costumbres, ideales de belleza, organización de las ciudades, técnicas financieras. Y, por supuesto, su sistema político y económico y, en buena parte, también su religión. Eso que ciertos escritores de fines del siglo XX llamaron «globalización» fue, en realidad, el triunfo casi absoluto del modelo de las potencias de Occidente. Nunca antes había habido tal homogeneidad, tal unanimidad para adoptar ciertas formas de vida: eso fue, mientras duró, la Edad Occidental.

Pero se terminaba. El corte fue menos preciso que los anteriores: en el siglo XXI ya no tenía sentido pensarlo en términos de guerras territoriales entre estados, donde la rendición de sus capitales redibujaba el mapa. Por eso pareció razonable adoptar, para marcarlo, un hecho más acorde con ese mundo regido por la plata: el momento en que la economía del nuevo gigante superó por fin a la del viejo.

El método tenía sus problemas: no era tajante como la conquista de una ciudad, y el dato podía variar según los cálculos. Pero a fines de 2021 una de las grandes consultoras económicas globales de entonces, la norteamericana McKinsey, examinó los balances de los 60 países principales y llegó a esa conclusión que algunos aceptaron de inmediato —y otros fueron confirmando en los años siguientes—: la República China ya era más rica que los Estados Unidos. No cuando se lo medía por persona, por supuesto: en esos días Estados Unidos y China tenían exactamente la misma superficie, 9.500.000 kilómetros cuadrados —y en ese espacio Estados Unidos repartía 330 millones de ciudadanos, mientras China amontonaba 1.400 millones. Pero en valor global China era, por primera vez en siglos, la primera. Muchos, sabemos, insistirían en fijar entonces el principio de la nueva época. Otros, por supuesto, dudamos sobre la marca precisa —era solo una victoria del dinero— pero no podemos negar sus conclusiones: si bien esas fechas y cifras son convenciones opinables, el cambio era real más allá de cualquier opinión sobre sus pormenores.

Llegaba el fin de la Edad Occidental.

* * *

Aquel «sorpasso» económico chino fue el indicador de un nuevo orden que empezaba. Pero mi trabajo de historiadora no debía ni quería limitarse a esos datos globales: se proponía entender cómo vivían en esos días nuestros antepasados, qué deseaban, qué temían, cómo se casaban o no se casaban, cómo parían o no parían, cómo se mataban, qué esperaban, quién odiaba a quién y por qué y cómo. Quería saber qué imaginaban del futuro —de nosotros— y cuáles eran las ideas dominantes de esos días; quería saber cómo eran sus casas y sus máquinas y sus vehículos y su ocio y sus trabajos, sus comidas y sus gobiernos, sus países, sus enfermedades: quería saberlo todo sobre ellos.

El trabajo se anunciaba largo y complicado: debería dedicarle años. No entendí por qué el Saber Central decidió encargárselo —a la manera antigua— a una persona humana: yo. Cuando lo pregunté me contestó con vaguedades, algo sobre la sensibilidad y las maneras de mirar: esas cosas que se dicen para no decir nada.

Emprendí la búsqueda. Lo primero que me llamó la atención fue el barullo, el amontonamiento. Ha quedado, bajo tantas formas, sobre tantos soportes, tanta «información» de aquella época que la mayoría de nosotras solo tenemos imágenes confusas, contradictorias, inútiles. Frente a tal masa, mi trabajo parecía casi imposible. Hasta que entendí que para ser profunda tendría que ser superficial: mirar toda la superficie, intentar una mirada abarcadora. Para entender cómo era el mundo en los años 2020 era básico saber elegir, entre la infinidad de datos, los que realmente lo contaran, descubrir las cuestiones centrales y sus grandes rasgos, sus novedades y desapariciones, las líneas más generales y los detalles más reveladores.

Y saber que, por más esfuerzos que hiciera, nunca podría verlo con la cercanía y la naturalidad de los que lo vivieron: que la mirada de la historiadora siempre es ajena, extraña, extrañada. Eso, que en ciertos casos es una pérdida importante, en este podía volverse una ventaja decisiva: mirar de lejos, a veces, te muestra cosas que de cerca ni siquiera sospechabas. Te permite entender.

* * *

Debía sintetizar cómo era el mundo entonces y la idea de «mundo» me resultaba incómoda. ¿Cómo hablar de un mundo cuando las diferencias entre sus regiones eran tan abismales, cuando ese «mundo» era un revoltijo tan desintegrado que, ahora, cuesta imaginarlo?

Decir «mundo» siempre es un abuso de lenguaje, pero entonces más. Había mundos, había diferencias entre mundos, había recelos y envidias y copias y transferencias entre mundos, había la desigualdad. Ninguna palabra tiene más fuerza, para reseñar aquella época, que esa que ahora suena arcaica: la desigualdad. Si tuviera que definir la característica principal del mundo en esos días podría decir que era que no había uno: era un espacio radicalmente dividido, varios mundos coexistiendo en esta Tierra. Era el mundo más integrado que había existido hasta entonces; sin embargo, las vidas de aquellas personas no podían ser más diferentes.

Debía desconfiar, entonces, de la noción de «mundo»: de las generalizaciones, los promedios. Debía restituir las diferencias entre las partes que formaban aquel todo —y, al mismo tiempo, encontrar sus rasgos comunes para no transformar mi síntesis en un largo catálogo de diferencias. La tarea se complicaba más.

Si el espacio era confuso, el tiempo estaba claro: hace cien años, final de aquella Edad. Era, por supuesto, como cualquier otro momento, uno donde sus habitantes se sentían en el punto más avanzado de la historia —porque cada minuto lo es: así es el tiempo. Y era, como cualquier otro momento, uno que los que vivimos después pensamos como un período de transición hacia nosotros.

Pero, más allá de esas generalidades, fue una época que no se pensaba como una fase de progreso sino como un momento de una fragilidad extrema, en que todo podía irse al diablo sin más trámite, tras vivir varias décadas en que la posibilidad era concreta: cuando las dos superpotencias nucleares estuvieron más de una vez a un botón de distancia de borrarse mutuamente de la superficie de la Tierra —y borrar la superficie de la Tierra.

El apocalipsis nuclear ya no parecía probable y, sin embargo, aquel era un mundo paranoico, asustado por la falta de futuro, que veía el futuro como una amenaza. Era cierto que se acababa la Edad Occidental y que, como sabemos, el hiperconsumo y el descuido de las décadas anteriores habían puesto al ecosistema global en una situación límite que urgía remediar —so pena de, calculaban entonces, una catástrofe ambiental absoluta.

Así empezó a imponerse, gracias a la difusión del discurso ecologista, la conciencia de la imposibilidad. Era la clásica paradoja del éxito: un sistema que funcionó lo suficiente como para que cada vez más personas quisieran integrarse a él demuestra que solo funcionaba porque excluía a la mayoría de las personas. Quedó claro, en esos años, que la Tierra no alcanzaba para que todos comieran carne o anduvieran en coche o volaran de vacaciones o se torraran en invierno o tiritaran en verano. De allí el comienzo de la búsqueda de las alternativas y el desarrollo posterior.

* * *

Pero, sobre todo, mi trabajo consistía en encontrar las claves, contestar a la pregunta más trillada: ¿qué cuestiones o temas o problemas definieron la época?

¿Fue la marcha incontenible de la China y la decadencia norteamericana?

¿Fue la falta de proyectos políticos significativos y la supremacía de la economía?

¿Fue el gran momento de poder de las corporaciones globales?

¿Fue el fracaso de los estados nacionales cuando intentaron controlarlas?

¿Fue el principio del fin del ciclo neoliberal instaurado a fines del siglo anterior?

¿Fue la desilusión y el desánimo tan generalizados?

¿Fue el aumento sostenido de las migraciones, la mezcla de culturas?

¿Fue el pico de desigualdad que culminó la revolución conservadora —y sus brutales consecuencias?

¿Fue la cifra, apenas despuntando, de los ocho mil millones de personas?

¿Fue la persistencia intolerable de los mil millones de hambrientos?

¿Fue la aparición de los nuevos alimentos?

¿Fue la rareza de las guerras?

¿Fue el retorno de la guerra a Europa?

¿Fue la producción de más objetos que nunca en la historia?

¿Fue la conciencia ambiental y sus efectos?

¿Fueron los primeros desarrollos importantes de las energías que reemplazarían a los combustibles fósiles?

¿Fue la habitual inadaptación de los más jóvenes?

¿Fue la pérdida del prestigio de la edad y la experiencia?

¿Fueron los avances hacia la igualdad de género?

¿Fue el surgimiento de identidades sexuales nuevas o ignoradas?

¿Fue la cultura global cada vez más común, más homogénea?

¿Fue la hegemonía de los grandes programas de aquellas redes primitivas, que reunían y controlaban a miles de millones?

¿Fue el crecimiento de la inteligencia artificial?

¿Fue el principio de la robotización del trabajo industrial?

¿Fue el fin de la centralidad del trabajo?

¿Fue el paso de la materialidad a la virtualidad?

¿Fue sobre todo el miedo, siempre el miedo?

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UN MUNDO LLENO

Donde se cuenta como aquel mundo llegó
a sus 8.000 millones de habitantes y se asustó
.

Acababan de pasar los 8.000 millones y estaban asustados: se creían demasiados. Tanto, que suponían que debían contarse con exactitud, como si eso pudiera cambiar algo. En aquellas redes primitivas, contadores virtuales ofrecían un número que cambiaba sin parar. Hay registros: el 29 de mayo de 2023 a las 10.04 hora de Europa Occidental, por ejemplo, uno detallaba que había en el mundo 8.036.418.867 seres humanos. ¿Cómo confirmarlo? ¿Quién podría saberlo? La cifra era el tótem central de aquellos tiempos. La inmensa mayoría creía en esos ideogramas indios y, para muchos, su credibilidad era proporcional a su supuesta exactitud: un número preciso, como 8.036.418.867, era más creíble —aunque mucho más inverosímil— que uno aproximado. Los tecnócratas, que lo sabían, se refugiaban en los decimales.

Con artefactos como ese, el mundo de los años 2020 se regodeaba en su progreso técnico: lo fascinaba aquella maquinaria que permitía, en teoría, esa suerte de conciencia de sí, la ilusión de saber cómo eran. Y sin embargo casi nadie sabía: no porque no se pudiera sino porque no creían que quisieran. Autores dicen que si algo definió aquel período es que nunca había habido tanta información y tanta ignorancia al mismo tiempo.

Era cierto que los medios para captar y conocer el mundo eran más numerosos y eficientes que en cualquier momento anterior: las redes de comunicaciones, aunque primitivas, ya permitían ver —solo ver: ni oler ni palpar ni sentir— cualquier rincón del planeta sin despegarse de la pantalla individual, y masas enormes de datos estaban al alcance inmediato de quien las requiriera. Parecía como si el sosiego de saber que esa información existía relevara a las personas de la voluntad de buscarla y aprenderla, de usarla de algún modo. Todas esas facilidades facilitaban también las distracciones, en el sentido más literal de la palabra: la enorme mayoría no elegía usarlas para conocer y comprender el mundo sino para olvidarlo. La sociedad del espec­táculo, un modelo que ya tenía más de medio siglo, seguía a pleno.

A las 17.26 de aquel mismo día el número pasó a ser 8.036.714.867 —porque la cifra del contador de seres ofrecía la calidad más convincente: era inasible. No paraba nunca, seguía creciendo segundo a segundo, no había modo de establecerla y definirla, dejaba de ser en el momento mismo en que empezaba. Esa cifra sintetizaba la sensación más angustiosa de la mayoría frente al mundo en que vivían: que se les escapaba sin parar. Nadie, según tantos testimonios de la época, estaba tranquilo. La sociedad del espectáculo era, antes que nada, por encima de todo, la civilización del miedo.

Temían casi todo. La superpoblación, para empezar: el fantasma de un mundo inundado de personas, inutilizado por la abundancia de personas. No era la primera vez: la imagen se repetía desde que el reverendo Thomas Malthus la inauguró a fines del siglo XVII. La famosa «bomba demográfica» no terminaba de explotar; en la base de la idea había un error clásico: temer la fragilidad de un ecosistema frente a una amenaza futura sin saber qué herramientas de ese futuro —desconocidas, impensadas aún— permitirían enfrentarla.

Pero era cierto, de todas formas, que era mucha gente. O, por lo menos, mucha más que lo que nunca había sido. La especie humana era un éxito extraordinario.

Ese miedo —seguramente era ese miedo— no les dejaba ver que habían logrado lo que ninguna otra: que un espacio natural —el planeta Tierra— que dos siglos antes apenas sostenía —mal— a mil millones de ejemplares que vivían un promedio de 35 años, pudiera sostener —mal pero mucho mejor— a ocho mil millones que solían vivir el doble.

Si se restaban los 26 millones de personas que se habían muerto en los primeros cinco meses de ese año 2023 a los 53 millones que habían nacido en ese mismo lapso resultaba que el 29 de octubre había en la Tierra 27 millones de personas más que el primero de enero: la progresión era bastante impresionante.

Nunca se había visto tal multiplicación. No conocemos otra especie animal que, con los mismos recursos, en el mismo espacio, haya crecido tanto en un tiempo tan breve; es cierto, sin embargo, que la demografía de las cucarachas o las ratas es una disciplina que nunca recibió la atención que quizá se merezca. Y es cierto que era precisamente el resultado de esa multiplicación lo que los aterraba.

(Autores de esos días dijeron que si se sumaban los años vividos por cada persona desde el origen de la humanidad —lo que llamaban «la experiencia humana»— más del 15 por ciento de esos años correspondían a personas que estaban vivas entonces: tal era el peso del crecimiento demográfico. O sea: que una sexta parte de todo lo que habían vivido los hombres desde el principio de los tiempos lo estaban viviendo en esos años. Tal era, también, la complejidad de ese mundo que queremos resumir).

Los 8.000 millones de humanos estaban, como casi todo, repartidos de formas caprichosas. Su distribución siempre había dependido absolutamente del relieve y el clima: entonces ya no. A principios del siglo XXI las antiguas limitaciones naturales solo funcionaban en los espacios más extremos: los polos, los desiertos, las más altas cumbres. En el resto, una serie de inventos había permitido ocupar territorios como nunca antes. (La invención del «aire acondicionado» —una máquina de hacer frío— es un buen ejemplo: gran serendipity, subproducto azaroso del invento de una secadora, se difundió en la segunda mitad del siglo XX. Su multiplicación permitió la expansión de la vida en lugares donde el calor la había hecho muy difícil: muchos de los mayores núcleos de población de esos años ocuparon zonas que solían ser inhabitables).

Sin embargo, seguía habiendo regiones donde los hombres y mujeres se acumulaban sin medida: la población de la Tierra estaba muy mal distribuida. Más de la mitad de las personas —4.200 millones— vivía en un octavo de su superficie —18 millones de kilómetros cuadrados—, arrinconados en el sur y este de Asia. Allí estaban, por supuesto, la India y China, pero también Pakistán, Bangladesh, Japón, las Coreas, Vietnam, Tailandia, Myanmar, Indonesia, Filipinas y otras cinco naciones menores. Allí, en esos días, se estaba armando el siguiente poder global. Tras las aventuras coloniales del siglo XIX y los arrestos socialistas del XX, estos territorios repletos se constituían, por su peso, en el centro del mundo. Las razones eran múltiples; la demografía lo explicaba tanto como tantas otras —aunque los habitantes de los países que habían sido centrales en los siglos anteriores todavía no terminaban de entenderlo. No se resignaban, se diría, al fin de la Edad Occidental.

Las personas se distribuían muy distinto según los continentes. El continente era, todavía, la división geográfica más utilizada por los especialistas: se mantenía la ilusión de que los límites impuestos por ciertos accidentes —océanos sobre todo, cordilleras— servían para entender nuestro planeta.

Los continentes eran, por supuesto, unidades perfectamente desparejas, pero nos sirven para construirnos una primera imagen de cómo estaba armado el mundo en esos días. Puede ser aburrido pero hay que establecer el marco general. Ahora, cuando la geografía ha pasado a ser una rama menor de la virtualidad, resulta difícil reconstruir el peso que tenían entonces esas masas de tierras.

El mayor, Asia, ya empezaba a verse —tras siglos de retraso— como el continente del futuro. Asia ocupaba 44 millones de kilómetros cuadrados —casi un tercio de la tierra firme— pero allí vivían 4.500 millones de personas, bastante más que la mitad. Eran, entonces, más de 100 personas por kilómetro cuadrado, de razas y aspectos muy variados. Ya hemos visto que sus regiones sur y este asomaban como el polo de poder del mundo. Es cierto que, al mismo tiempo, subsistían en él los pozos más brutales de miseria y violencia: guerras en varios de sus países, hambrunas en otros. La India separaba dos espacios: hacia el este una zona cada vez más próspera; hacia el oeste, la confusión y la pobreza.

África era el segundo continente más poblado: 1.300 millones de personas en 30 millones de kilómetros, unas 40 por kilómetro cuadrado. Tenían espacio para crecer y lo hacían sin descanso: su tasa de natalidad era la mayor del planeta aunque era, todavía, la zona más pobre y maltratada. Mostraba, sin embargo, esos rasgos intensos que la ayudarían a mejorar su situación. Sus recursos naturales —agrarios, minerales, viento, agua— parecían inagotables; era, más que nada, que recién empezaban a explotarse. Una de sus características distintivas era su homogeneidad racial: la inmensa mayoría de la población era negra, dándole al conjunto una apariencia —una apariencia— de unidad que los demás continentes no tenían.

Europa —tres veces menor con 10 millones de kilómetros— seguía siendo, tras tantos siglos, una región densamente poblada: 70 personas cada kilómetro cuadrado. O sea que allí vivían unos 700 millones que, en su mayoría, se sentían en un geriátrico agradable —con alguna grieta en las paredes. Practicaban con tino un «arte de vivir» logrado a fuerza de expolios durante los 500 años anteriores, que se mantenía gracias al capital material y simbólico acumulado en esos siglos de hegemonía, siglos en que muchos de los inventos y progresos vinieron de allí. Hasta poco antes había sido un continente «blanco»; a partir de las grandes migraciones de la segunda mitad del XX, casi un cuarto de su población pasó a tener otros orígenes: la mayoría africanos, pero también asiáticos y sudamericanos.

América, con 42 millones de kilómetros cuadrados, era casi tan grande como Asia pero tenía cuatro veces menos habitantes: alrededor de mil millones para una densidad escasa de 24 por kilómetro. No había continente con más mezcla racial: a lo largo de los cinco siglos anteriores, nativos, esclavos africanos y conquistadores/inmigrantes europeos se habían combinado para crear un tipo propio. El continente todavía mantenía la vieja división —política, económica— entre el poder del Norte y la confusión del Sur, aunque los movimientos internos desde el sur hacia el norte ya iban aminorando diferencias.

Y por fin Oceanía, continente por la fuerza de su aislamiento pero sin peso propio, ocho millones de kilómetros cuadrados donde solo vivían 42 millones de personas, unos 7 por kilómetro, 15 veces menos que en la vecina Asia: desolación y confort de la distancia.

* * *

En la Tercera Década del siglo XXI la distribución de las personas en la Tierra completaba una mutación decisiva. Habitar ciudades siempre había sido la excepción: la enorme mayoría de las personas muertas había vivido en pueblos chicos y campos, bosques, selvas. Esa fue, desde que los hombres empezaron a abandonar el nomadismo, miles de años antes, la marca de la especie en el planeta. En 1700 solo una de cada veinte personas vivía en una ciudad: las otras 19, en campos y pueblitos. Los dos siglos siguientes fueron decisivos para la construcción de las grandes capitales occidentales, pero en 1900 los campesinos seguían siendo muchos más: 15 de cada 20. Todavía en 1960 los rurales eran 13 de cada 20, el 65 por ciento.

Y al fin, siempre embrujados por la supuesta exactitud, una gran organización internacional pudo anunciar que «el 23 de mayo de 2007 fue el día en que, por primera vez en la historia del mundo, más personas vivieron en las ciudades que en el campo». La tendencia siguió. En 2023 solo el 45 por ciento de los hombres y mujeres del mundo vivían en campos y poblaciones de menos de diez mil habitantes; el resto, la mayoría, en las ciudades.

Las ciudades ocupaban poco más del uno por ciento de la superficie del planeta y concentraban a la mitad de sus habitantes. Nunca tantos habían vivido tan apretujados.

El desplazamiento del campo a las ciudades fue un proceso global pero, como todo, funcionó a velocidades diferentes según las regiones. El movimiento, lo sabemos, había empezado en el norte de Europa y de América a fines del siglo XVII, con la Revolución Industrial, pero se aceleró en el siglo siguiente. En el resto de América y Europa sucedió sobre todo durante el siglo XX. En la India y —brutalmente— en China se hizo intenso a fines del XX, principios del XXI; buena parte de África y América Central estuvieron entre los más remisos. En 2022 Ñamérica era, para sorpresa de muchos, la región con mayor proporción de población urbana del planeta: cuatro de cada cinco personas vivían en ciudades, algo más que en la América anglo, Europa y Oceanía. En Asia la proporción todavía era mitad y mitad, y África seguía siendo el único continente con más campesinos que ciudadanos. En países como Níger, Ruanda, Uganda, Sudán o Etiopía cuatro de cada cinco personas vivían en el campo; lo mismo sucedía en Camboya, Sri Lanka o Nepal. En la India todavía eran tres de cada cinco.

En menos de un siglo el hábitat humano se había vuelto otro: milenios de vida rural quedaron atrás —por el momento. El cambio, como siempre, tuvo varias razones; las principales fueron la intensa mejora de las técnicas agrarias, que hizo que se necesitaran muchas menos personas para aplicarlas, y el atractivo de esas grandes ciudades que aparecían como el lugar de las oportunidades. En el imaginario de la época el campo era —para las mayorías— el espacio del pasado, mientras que las ciudades representaban el futuro. La vida de un campesino parecía llena de asechanzas: el clima y sus caprichos, las pestes, las enfermedades, los bandoleros, la indefensión general —que, a la distancia, en las ciudades parecían menores. En una ciudad se podía, idealmente, encontrar empleos, alimentos, escuelas, hospitales, formas de consumo, de desarrollo y de esparcimiento que el campo no ofrecía. Esas diferencias explicaban el movimiento de miles de millones. Era cierto que las ciudades tenían todas esas cosas; muchos, por supuesto, nunca las conseguían.

(La diferencia entre campo y ciudad no era ilusoria sino muy real: en su conjunto —y salvando particularidades— los rurales eran mucho más pobres que los urbanos. Así, los países con más campesinos eran, al mismo tiempo, los más necesitados. En África, el único continente donde los rurales seguían siendo mayoría, la mitad de las personas no tenía acceso a la electricidad, con lo que eso significaba en tiempos en que la electricidad todavía era la energía que utilizaban los aparatos más utilizados —lámparas, frigoríficos, televisores, ordenadores móviles e inmóviles—: uno de cada dos africanos no podía usarlos. El consumo medio de electricidad en África era de 180 kilowatios per cápita por año; en Estados Unidos eran más de 13.000. Era otra forma de esa desigualdad que, entonces, tenía tantas: en esos días, el resto del mundo se había vuelto tan dependiente de la electricidad como lo había sido, durante milenios, del fuego. En los países menos pobres, la Era de la Electricidad reemplazaba a la Era del Fuego —pero sería mucho más breve).

En esos años las ciudades más pobladas del mundo pasaron a ser otras. Estaba muy claro cuáles eran las que habían crecido —y cuáles las que no. En las cinco décadas anteriores la población del mundo se había duplicado, pero la de Nueva York, Los Ángeles, París o Londres —las grandes ciudades clásicas del siglo XX— apenas había aumentado entre un 10 y un 40 por ciento. En cambio los habitantes de Pekín, Estambul, Yakarta o Bogotá se habían multiplicado por tres o por cuatro. Y los de Delhi, Dhaka o Cantón eran diez veces más.

Así, entre las 20 ciudades más pobladas, solo cuatro —México, São Paulo, Nueva York y Los Ángeles— estaban en el hemisferio occidental, que había predominado hasta entonces. Las otras 16 estaban en Asia —tres en la India, tres en China, dos en Japón, una en Corea, Bangladesh, Filipinas, Indonesia, Tailandia, Pakistán— y en África. Pero quizá lo más significativo eran las 50 ciudades de más de dos millones de habitantes que había en China, un país de tradición rural: casi ninguna tenía medio siglo de vida. El ejemplo más claro lo daba Shenzen, una ciudad cercana a Hong Kong que el gobierno del «comunismo» chino desarrolló como contrapeso a la antigua colonia británica. Shenzen era, en 1980, un pueblo de pescadores con unos pocos miles de habitantes; cuatro décadas después tenía 13 millones.

El desplazamiento de 250 millones de campesinos chinos hacia las nuevas ciudades entre 1980 y 2010 había sido, hasta entonces, la mayor migración de la historia. En esas ciudades a medio terminar el ímpetu chino construyó, en una década, más casas y departamentos que todos los existentes en Europa; entre 2011 y 2013 China usó más cemento que Estados Unidos en todo el siglo XX. Son solo ejemplos del cambio de tendencia que vivía el mundo en esos días, cuando acababa de completar los 8.000 millones de habitantes.

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Las personas 1

EL NÚMERO MÁGICO

El pequeño Damián fue una especie de confusión, un símbolo —que suelen ser lo mismo. No fue fácil: una organización global evaluó muchas posibilidades y al final lo eligió a él. Sus criterios no fueron claros; nadie esperaba que lo fueran. Pero, más allá de las causas, la consecuencia fue visible: un organismo de las «Naciones Unidas» había decidido que el pequeño Damián Ferraris sería el bebé 8.000 millones, el que representaría ese gran paso para la humanidad.

Para darlo, el pequeño Damián solo tuvo que nacer —pero en su caso tampoco fue tan fácil. Lo hizo en una maternidad de Santo Domingo, la capital de la pequeña República Dominicana, en la madrugada del 15 de noviembre de 2022. Lo atendió un ginecólogo muy experimentado y en los pasillos y salitas esperaban su aparición autoridades, funcionarios internacionales, algún periodista. Su madre estaba levemente aterrada.

Su madre se llamaba Damaris Ferraris: una mujer de 35 años, sin marido ni trabajo conocidos, que jamás había recibido ese tipo de atenciones. Estaba, más bien, acostumbrada a lo contrario: desde siempre su vida se había contado en sinsabores. Y ahora, de pronto, por la magia del niño-símbolo todos la trataban cómo se trata a las señoras. La felicitaron muchas veces, le pusieron a Damián sobre el pecho, le hicieron fotos, le trajeron un caldito caliente y una chocolatina. Damaris estaba confusa y contenta y contrariada; en un momento de rencor, pensó que ojalá el hijoputa ese pudiera verla ahora, que quizás entonces se arrepentiría de haber salido corriendo como un perro.

Más tarde, cuando debía dormirse y no podía, excitada como estaba en ese día tan raro, preguntó a una funcionaria internacional que seguía en su habitación si sabía qué podría hacer cuando saliera de la maternidad y entonces ella —la dicha funcionaria— se dio cuenta de que no era lógico que el ser humano 8.000 millones tuviera que pasar el mismo hambre que su madre solía pasar muchos días de su vida, y le prometió que se ocuparían de ellos, que los ayudarían. Ahí fue cuando Damaris imaginó que toda esa agitación tendría sentido, que parir un bebé-símbolo podía traerle enormes beneficios, y ni siquiera desconfió o intentó calcular cuánto tardarían esos burócratas en olvidarse de ellos.

El pequeño Damián, mientras tanto, dormía y dormía, su piel mestiza arrebujada por el aire del mundo. Era pequeño —2,770 kilos y 52 centímetros— y había cumplido su tarea: había nacido. Por supuesto, nadie podía saber qué número de ser humano era, pero la idea estaba clara: alguno tenía que ser el 8.000 millones porque las personas eran —y son— un poco torpes para las abstracciones y necesitan ver algo concreto. Entonces, para que fuera evidente el crecimiento demográfico, los burócratas internacionales habían decidido representarlo con la piel arrugada de Damián, primer hijo de una madre soltera en uno de los países más pobres de uno de esos continentes pobres donde nacían, en esos días, cuatro de cada cinco chicos.

Por supuesto, esos países tenían sus desventajas. En la República Dominicana, por ejemplo, hacía tiempo que no había un censo en condiciones: Damián podía ser el ser humano 8.000 millones de todo el universo pero era imposible saber qué número ocupaba en la demografía de su patria. Y, claro, considerando que ese número 8.000 millones estaba hecha de docenas de patrias sin números claros, su numeración era perfectamente inverosímil.

El detalle no le importó a nadie. Al otro día Damián apareció en casi todos los diarios y televisiones del mundo: era como una imagen de alerta y esperanza. Su fama fue espectacular, global y efímera: una vez cumplida su tarea, nada más lo esperaba, nadie más esperaba nada de él. Por eso, seguramente, su rastro se perdió tan rápido. Pese a todas las búsquedas, no encontramos ningún vestigio de él en los años siguientes. Damián nació para nacer: en unos minutos, unas horas, ya había hecho lo más importante que haría en toda su vida y se volvió un ñamericano como tantos: pobre, marginado, un poco hambriento.

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LAS NUEVAS CIUDADES

Donde se cuenta cómo eran las ciudades y las casas en 2023.

Más personas en las ciudades que en los campos fue un cambio radical, uno de esos que descomponen y recomponen sociedades, consecuencia y causa de tantas novedades. Y, a su vez, esas ciudades eran modelos en mutación constante: sus formas, sus funciones variaban sin cesar. A lo largo del siglo XX se habían sucedido la aparición de los «rascacielos» corporativos, la proliferación de edificios de —pocos— pisos para las nuevas clases medias, la construcción o restauración de centros urbanos pretenciosos, el desplazamiento de las «buenas familias» hacia los suburbios, el abandono de los centros a poblaciones marginales, su recuperación por los jóvenes burgueses de finales del siglo. A principios del XXI, en los países ricos, los centros de las ciudades habían vuelto a ser espacios caros donde vivía una mayoría de profesionales bien pagados que prefería estar cerca de su empleo y disfrutar de las alternativas de consumo y ocio que esos enclaves ofrecían. En cada una de esas «manzanas» urbanas —cuadrados de unos cien metros de lado y una media de 40 edificios— podían vivir entre tres y diez mil personas: la población de un pueblo grande o una ciudad pequeña. Nunca tanta gente había vivido tan junta. Ese amontonamiento debió crear interacciones de las que no sabemos nada particular, porque los documentos de la época lo comentan poco. Es algo que les pasa mucho: no comentan lo que no saben considerar extra-ordinario.

En esos primeros años del siglo, de todas formas, los centros urbanos estaban en una fase de despoblamiento. El ciclo clásico de los países ricos consistía en que los jóvenes «exitosos» —bien integrados— se instalaban en esos centros cuando entraban en el mercado laboral y allí se mantenían tras su matrimonio pero, a menudo, se mudaban más lejos cuando la llegada de los hijos los llevaba a buscar más espacio —que, allí, era escaso y demasiado caro. Muchos, entonces, migraban a barrios suburbanos donde podrían tener más lugar y, con suerte, sus plantas y sus aguas, pero debían soportar largos viajes cotidianos para llegar a sus obligaciones.

En aquellos días también eso cambiaba: la mejora de las comunicaciones favoreció el teletrabajo (ver cap. 15) y disminuyó la necesidad de vivir cerca de oficinas que, gracias a él, empezaban a volverse inútiles. Todo lo cual fue bruscamente acelerado en 2020 por aquella irrupción llamada «lapandemia» (ver cap. 7). Por su causa, cantidad de personas acomodadas volvieron a dejar el centro y se lanzaron hacia los suburbios e, incluso, pueblos más alejados. Las ciudades se convertían cada vez más en centros administrativos —ya ni siquiera comerciales, porque la gran función de mercado se refugiaba en los «shopping malls» periféricos y, sobre todo, en el comercio virtual. Las ciudades más clásicas, las más «afortunadas», se volvieron también el producto principal —junto con los baños de mar— que vendía aquella forma tan difundida del ocio y el negocio de esos años que llamaban «turismo». En ellas, las viviendas se destinaban al alojamiento temporario de los «turistas», los comercios a sus efímeros consumos. A mediano plazo esa tendencia fue vaciando esos lugares, despojándolos de su sentido original sin ofrecer ningún reemplazo sólido.

Lo cual se complementó con ese fenómeno que entonces empezaron a llamar «gentrificación»: que ciertas zonas de las ciudades, que hasta entonces eran habitadas por vecinos variados, eran investidas —por su arquitectura peculiar, su cercanía con algún centro, sus calles y plazas— por inversores que compraban y «mejoraban» sus viviendas y las vendían o alquilaban a precios mucho mayores. Esto cambiaba el espacio y la configuración social del barrio, lo llenaba de comercios más caros, atraía a pobladores más pretenciosos y obligaba a muchos a dejar el lugar donde siempre habían vivido. Por eso los vecinos de ciertos barrios empezaron a temer cualquier mejora urbanística —una calle peatonal, el reciclaje de un edificio público, un transporte o una escuela nuevos— que podía ser el principio de ese movimiento que los obligaría a partir.

La sospecha ante ciertos avances fue casi una metáfora de una época en que la desazón hizo que muchos desfavorecidos se volvieran conservadores. Sospechaban —a menudo con razón— que esos movimientos no los favorecerían, que podían incluso perjudicarlos.

Las ciudades de 2023 estaban rodeadas por dos tipos de suburbios: por un lado, los barrios caros donde vivían los que podían, completados con esos comercios y buena infraestructura privada de salud, educación, seguridad, transporte reservada para ellos. Y por otro, a la misma distancia del centro de la ciudad pero en otros cuadrantes, los suburbios desastrados que recibían y contenían a los más pobres que habían migrado desde el interior rural o el exterior necesitado. En muchos países esas aglomeraciones, más parecidas a una ciudad antigua que a una aldea campestre, solían carecer de hospitales, escuelas, cloacas, calles —que los estados no siempre proveían.

La yuxtaposición de hábitats tan contrarios provocaba, por supuesto, miedos: los más ricos intentaban evitarlos contratando batallones de seguridad privada —que se había vuelto, en muchos países, una de las industrias más rentables (ver cap. 23).

(Era flagrante: también las ciudades reproducían a su escala la división más decisiva de aquel mundo, la dicotomía entre aquellos cuya posición económica les permitía disfrutar de todas las ventajas y aquellos que no siempre alcanzaban a comer lo que necesitaban. El MundoRico y MundoPobre, por llamarlos con la terminología que entonces terminó por imponerse, eran dos realidades perfectamente diferentes —y, por eso, una de las mayores complicaciones a la hora de establecer los datos y los hechos que intentamos contar).

* * *

En cualquier caso, los años 2020 todavía eran una época de enormes concentraciones urbanas. Por supuesto, estas ciudades desmesuradas —«megalópolis»— no se parecían a las clásicas: con poblaciones de 20 o 30 millones de personas ya no eran lo que antaño se habría llamado una ciudad sino una «conurbación», un agregado de espacios urbanos ensamblados sin un centro único, colección de barrios y más barrios amontonados e interrelacionados, comunicados por trenes y autopistas, cuyos habitantes podían residir en uno y trabajar en otro a horas de distancia en transportes colectivos siempre deficientes o transportes individuales que, por su proliferación, no hacían sino atascarse en esas carreteras.

Esas ciudades incontinentes concentraban críticas y desconfianzas. Reaparecía cada tanto la sensación de que eran espacios hostiles, depositorios de millones que no se conectaban entre sí. Historias lo refrendaban cada tanto: por ejemplo, en aquellos días, el relato de la muerte de un fotógrafo francés de cierta fama, residente en París —una ciudad clásicamente «civilizada»—, que, a sus 84 años, se cayó en la calle una noche de invierno y allí se quedó nueve o diez horas sin que nadie se acercara a ayudarlo. A la mañana siguiente, cuando alguien osó mirar qué le pasaba, ya había muerto. El episodio se contó como otra evidencia de esas vidas en que nadie se preocupaba por el prójimo, donde cada cual vivía la suya con desdén y miedo por los otros: era el tipo de relato que sustentaba la mala fama de esos espacios donde nadie se sentía contenido.

Los críticos de las ciudades, mientras tanto, se mantenían firmes en su defensa de un «pasado mejor» inocente, increíble: algunos se apoyaban en el experimento de un etólogo norteamericano, John Calhoun, que había instalado ratas en un espacio cerrado, de alta densidad, semejante a una ciudad. El resultado, dijo, fue que sus roedores se volvieron un desastre: jóvenes dejaron de cumplir con sus obligaciones, madres abandonaron a sus hijos, mayores sometieron a su poder a otros, sus sexualidades se hicieron complicadas y violentas. Eso, dijo Calhoun, es lo que la ciudad hacía a las ratas —y, por ende, a las personas. El argumento, que nos ponía en una liga poco prestigiosa, fue, curiosamente, muy utilizado.

Pero, aún sin ratas de por medio, era evidente que la forma ciudad estaba en crisis —y en auge al mismo tiempo. Especialistas anunciaban que por encima de los diez millones de personas todo eran inconvenientes, y cifraban la urbe ideal en menos de un millón, la cantidad suficiente para mantener todas las relaciones y servicios necesarios sin que el gigantismo dificultara la vida cotidiana. Todo esto, decíamos, se vería modificado por la expansión del home working —que influiría tanto como la tecnificación del agro en el rediseño de los equilibrios demográficos. Una de las principales utilidades de la ciudad —la concentración de la mano de obra necesaria en un radio accesible— dejaba de ser precisa si una cantidad importante de trabajadores podía prestar sus servicios desde cualquier lugar. O, incluso, si el trabajo dejaba de ser el centro de las vidas (ver cap. 15).

(La ciudad siempre había sido considerada como el caldo ideal para el desarrollo de la cultura, del progreso. Así, un mundo mayormente urbano debería haber sido un mundo más culto y progresivo. Dos cuestiones, al menos, lo impidieron: por un lado esas ciudades desestructuradas no tenían mucho que ver con las ciudades clásicas. Y, por otro, el avance de la vida virtual deslocalizó cada vez más a sus practicantes: frente a una pantalla, daba igual estar en una ciudad o en medio del desierto).

Aquellas ciudades de aluvión se habían formado según dos modelos

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