Prólogo
Esa noche nevaba.
Los copos caían de forma lenta y silenciosa sobre la campiña y engalanaban de blanco las almenas, los jardines y los senderos de los terrenos del castillo. A pesar de las obligaciones de algunos trabajadores, la mayoría de los residentes pasaban el rato en la sala común o en sus dormitorios, y el resplandor de esas estancias ocupadas se proyectaba a través de las ventanas.
Parecía un viernes de invierno como cualquier otro, pero no lo era.
Un joven se había colado en uno de los anchos pasillos que albergaba la muralla principal del castillo y deambulaba por la planta baja con el corazón roto; las esculturas y los relieves esculpidos en las paredes de piedra eran los únicos testigos de su infracción.
Aunque tenía prohibido estar allí a esas horas, no le importaba. Necesitaba estar solo para alejarse de la humillación pública que había sufrido tras el rechazo. La única persona con la que le apetecía hablar de lo sucedido estaba ocupada en su particular noche romántica y no quería estropearle el plan, así que, haber hallado esa puerta abierta había sido su mejor vía de escape.
De pronto, se extrañó cuando oyó voces procedentes de la sala de teatro, era demasiado tarde para que hubiera algún ensayo. Agradecido por la distracción, se aproximó a la puerta y abrió una rendija para poder ver el interior. Para nada esperaba encontrarse esa escena. Se quedó paralizado unos segundos y tuvo que reprimir una exclamación de sorpresa. En un lateral, identificó a dos trabajadores que estaban discutiendo con voz baja, sin embargo, lo que hizo que su corazón latiera como un loco fue descubrir que, en la pared de la muralla, se había abierto una puerta oculta tras una estantería. Se podía intuir un túnel de piedra iluminado tenuemente.
No se lo pensó, se metió de puntillas en la sala y se escondió entre las hileras de butacas. Las voces no le llegaban claras y sacó un poco la cabeza para seguir observando. La conversación no parecía amistosa, pero a él eso le traía sin cuidado, había localizado otra entrada secreta y estaba eufórico.
Se agachó de nuevo, sacó el móvil y lo puso en silencio. Después envió un mensaje a su amigo. Esperó unos segundos, confiando en que él leyera el texto enseguida, pero pronto se dio por vencido. Escribió un par de mensajes más para decirle que, debido a una chica, se iba a perder algo grande, y guardó el móvil.
Entonces, dirigió su mirada a la pulsera de cuero que le había regalado su abuela hacía tanto tiempo. Ella y su mejor amigo eran de las pocas personas que lo conocían bien. Acarició el unicornio de metal y sonrió: si conseguía entrar en el pasadizo secreto, mañana lo celebraría por todo lo alto; después de todo, los misterios eran su debilidad.
Sin embargo, a la mañana siguiente, el muchacho ya no estaba.
1
Un sábado de lluvia
El Audi negro tomaba las curvas con suavidad, casi sin que los ocupantes notaran el serpenteo continuo de la carretera. La lluvia empapaba los cristales y no dejaba que Norah pudiera apreciar el hermoso paisaje por el que avanzaban.
Ese primer sábado de septiembre había amanecido nublado, con un cielo plomizo cargado de agua, y también frío. Mucho más frío del que Norah estaba acostumbrada. Cansada de intentar ver algo más que el salpicadero del coche de su padre, apoyó la cabeza en el cristal y dejó que su vista se perdiera entre las gotas que, con insistencia, intentaban atravesar la ventana.
—Ya falta poco, solo un par de kilómetros más. —La voz grave de Matthew Halley se oyó por encima de la música instrumental que sonaba por los altavoces.
Era un hombre de porte elegante y aspecto cuidado. Ese día vestía su habitual indumentaria de traje y corbata y conducía con calma, sin apartar la vista de la carretera.
—Ya verás, el lugar te va a encantar.
Norah no respondió. Cerró los ojos y contó hasta diez. Luego, dejó escapar el aire poco a poco, sin hacer ruido, intentando calmar esa quemazón que sentía en el pecho. Y, cuando la punzada se amortiguó, se felicitó mentalmente.
Con diecisiete años, Norah había aprendido que la vida tiene su propio propósito y que, por más que luches en contra, hay sucesos que te arrollan sin piedad. Hacía meses que eso que creía seguro se había desvanecido por completo y los planes de futuro que había imaginado no eran más que pedazos rotos imposibles de volver a unir. Un diagnóstico inesperado, una enfermedad fulminante y una lucha perdida de antemano se llevaron demasiado temprano a su madre, la mujer que hasta ahora había sido su refugio permanente.
Así que, por necesidad, la muchacha se había convertido en una experta en retener dentro, muy adentro, eso que le quemaba en el pecho, también eso que le cerraba la garganta y le provocaba picor en los ojos. No quería que nadie, ni siquiera su padre, se diese cuenta de que el dolor seguía allí, escociendo igual que el primer día.
Cuando el Audi negro tomó la última curva, el bosque dio paso a una suave colina verde con la silueta de un majestuoso castillo erguido a lo lejos. Movida por el inevitable aguijonazo de la curiosidad, Norah estiró el cuello para poder ver mejor aquella construcción. No lo logró del todo. El frío y la humedad del río, que bordeaba parte del terreno, levantaban una tenue bruma que desdibujaba sus formas.
La muchacha había oído cientos de historias de ese lugar. Hubo un tiempo en el que deseó visitarlo de la mano de su padre. En secreto, quería formar parte de todo eso que él le contaba cuando ella era pequeña.
Pero ahora no.
No así.
Ni en esas condiciones.
Y mucho menos para quedarse tanto tiempo.
Dejaron atrás el asfalto para seguir por un camino de tierra con pequeños charcos en los que las gotas repiqueteaban sin cesar. Unos metros más adelante, se detuvieron ante la puerta doble de hierro forjado que daba paso al interior del recinto. Un muro de piedra envejecida por el tiempo delimitaba el perímetro de la que, a partir de ese día, iba a ser su nueva casa. Norah se dijo a sí misma que con un poco de esfuerzo sería capaz de trepar y atravesarlo y perderse en el bosque, incluso era probable que pudiera llegar a Oxford en menos de una hora; la ciudad se encontraba apenas a cinco kilómetros de distancia. Encima de la verja, una inscripción con letras grandes y muy trabajadas daba la bienvenida a los visitantes: «Welcome to Old Castle College».
—Parece una cárcel —murmuró Norah después de fijarse en el par de cámaras de videovigilancia que apuntaban al coche.
Matthew abrió la boca con la intención de repetir a su hija, por enésima vez, su charla ensayada sobre las razones por las que eso era lo mejor para ella; en realidad, para los dos. Sabía que no iba a ser fácil, pero quedarse en Barcelona tampoco lo hubiera sido.
Una luz roja parpadeó en los dispositivos de vigilancia después de leer la matrícula del coche y la verja se abrió de forma automática. Matthew desechó la idea de volver a replicar. Estaba todo dicho y hecho. Ya no había vuelta atrás. Puso el coche en marcha de nuevo y se adentraron en los verdes y húmedos terrenos del castillo.
Al cruzar la entrada, Norah no pudo evitar que el corazón se le acelerara y puso toda la atención en lo que iban captando sus ojos. La insistente lluvia agitaba las hojas de los grandes y solemnes robles que bordeaban el camino y, al atravesar la bruma, la fortificación apareció con claridad ante ellos.
El castillo era más grande de lo que le había parecido desde lejos. La parte central de la muralla se unía a los torreones laterales; toda su estructura dejaba patente que era un lugar majestuoso, con mucha historia a sus espaldas. Todo él era de piedra gris y algo manchada, con almenas en la cima de los torreones y a lo largo de toda la muralla, como si desafiara con altivez el frágil mundo de los mortales.
Entre los bloques de piedra se abrían paso los famosos ventanales de estilo gótico del castillo, con formas delicadas, arqueadas y acabadas en punta, que indicaban las estancias y los pasillos principales. «El castillo de las mil habitaciones», le había dicho cientos de veces su padre. Aunque nunca le había llegado a confirmar que realmente tuviera tal cantidad de estancias.
Debido a la lluvia, la bandera con el escudo del castillo ondeaba de manera brusca y errática en lo alto de una de las torres.
Aunque el edificio parecía salido de otra época, una que ya había quedado muchos siglos atrás, a Norah le sorprendió que ese aire arcaico que rezumaba el complejo combinaba con maestría con la modernidad.
Su padre le había contado que, a pesar de las múltiples reformas que había sufrido la fortificación, siempre habían priorizado mantener las antiguas estructuras, como la muralla y las torres, y se habían intentado adaptar al estilo medieval, ya fuera con la elección de los materiales utilizados o con el tipo de construcción, y todo ello sin renunciar a las innovaciones ni al lujo más modernos.
A cierta distancia del torreón oeste, se fijó en el parque deportivo que se extendía hasta el principio del bosque. Vio un campo de fútbol al lado de uno de rugby y, un poco más lejos rodeado de árboles, divisó el edificio de la piscina cubierta.
Cuando notó que la chispa de la ilusión prendía en su interior, la apagó sin dudar. Norah se había acostumbrado a guardar bajo llave todo lo que sentía; y le funcionaba bien así. Además, no quería sentir ilusión.
—Hemos llegado, cariño.
Matthew aparcó el coche en uno de los sitios libres del aparcamiento principal, entre un Rolls-Royce plateado y un Aston Martin azul marino. Dejó escapar un suspiro antes de mirar a su hija.
—¿Qué te parece? ¿Te gusta?
Norah se encogió de hombros. No quería darle la satisfacción de que supiera que la primera impresión había sido buena. Tampoco es que creyera que ese dato fuera importante. Por más interesante que le había parecido el lugar, no era donde quería estar.
Miró por la ventana. Seguía lloviendo y el aparcamiento estaba lleno de coches. También de padres, madres y adolescentes de todas las edades que abrían los paraguas, sacaban las maletas y se dirigían con apremio hacia la entrada principal.
—Norah, ya sabes que esto es lo mejor… —empezó a decir Matthew.
—¿Mejor para quién, papá? —le cortó Norah intentando contener la rabia—. Eso es lo mejor para ti, no para mí. Mi vida estaba en Barcelona. Y, con la mala excusa de un estúpido ascenso en Londres que no necesitabas, me has quitado lo único que me quedaba.
No esperó su respuesta. Abrió la puerta, salió del coche y cerró con un portazo. Con pasos lentos se dirigió al maletero mientras dejaba que la lluvia le cayera por el cabello y le calara la ropa. La cazadora oscura de piel se le llenó de gotas transparentes y dejó que el ambiente frío la envolviera y la ayudara a calmar su estado de rabia.
Se esforzaba en entender las razones de su padre, sobre todo después de haber oído, sin querer, esa conversación telefónica en la que él se derrumbó y dejó salir más de lo que Norah estaba preparada para escuchar. Pero le dolía. Le dolía saber los motivos y también ver que su padre no era el hombre valiente que ella siempre había admirado.
Abrió el maletero y sacó la enorme maleta de ruedas. Luego, se colgó el bolso y una mochila de deporte en la espalda. Cuando su padre llegó a su lado, ella ya lo estaba esperando de pie, con su media melena oscura mojada, ligeramente encrespada, y con la vista fija al castillo.
—Norah, cariño —la voz ronca de Matthew vaciló, su hija se parecía mucho a su mujer y a él también le seguía doliendo la pérdida prematura de su esposa—, venir a vivir a Inglaterra era lo mejor, en Barcelona ya no nos quedaba vida.
—A mí sí, papá, a mí sí.
Sin intercambiar más palabras, dejaron atrás el aparcamiento y siguieron el camino que llevaba a la entrada principal del castillo.
2
La residencia Bridge of Sighs
Norah no podía dejar de mirar las paredes ni los arcos ni las columnas y tampoco cada una de las ventanas de estilo gótico del ancho corredor por el que avanzaban. Todo era de piedra caliza esculpida al detalle, como si los artesanos que habían trabajado esas rocas se hubieran propuesto insuflar vida en el interior del castillo.
Levantó la barbilla y se fijó en que el techo abovedado estaba recubierto por una pintura decorativa elegante que combinaba un patrón de círculos y estrellas dorados, blancos y grises. A cada pocos metros pendían unas hermosas arañas de cristal que aportaban un poco más de luz a ese día tan nublado.
«¿Dónde me has metido, papá?», se dijo.
Norah sabía que el Old Castle College era uno de los internados más prestigiosos del Reino Unido, y que, con lo que su padre había pagado para que ella cursara allí su último año de instituto, podría haberse comprado un coche nuevo y no uno de los baratos. Pero una cosa era saberlo y otra muy diferente verlo con sus propios ojos.
El dinero nunca había sido un problema en su familia. Sin embargo, ella siempre había vivido como cualquier chica corriente de su edad, sin lujos innecesarios, ni ropa de precios desmesurados, ni colegios exclusivos para los que se consideraban una élite aparte. Su madre quiso enseñarle el valor del trabajo y del esfuerzo, el valor del dinero que uno gana con lo que hace y no el que se obtiene gracias a una tarjeta de crédito sin fondo.
Pero ahora ella ya no estaba. Norah bloqueó ese pensamiento y repitió su propio mantra salvavidas: «Un año. Solo un año. Luego regresaré a Barcelona y podré empezar de nuevo».
Siguió avanzando detrás de su padre y la directora, Evelyn Foster. El sonido de los tacones de la mujer sobre el suelo de madera oscura resonaba de forma rítmica y los pasos de su padre se oían más amortiguados. Norah tenía la sensación de estar recorriendo el pasillo de un museo y no el de un internado. Había visto fotografías del interior del castillo antes y su padre le había contado infinidad de anécdotas, pero la realidad superaba con creces lo que ella había imaginado.
No pudo resistir la tentación y se detuvo al lado de uno de los pilares esculpidos que se elevaban hacia el techo y terminaban en forma de arco. Acercó los dedos a la piedra caliza y acarició uno de los grabados. Incluso si no conociera la leyenda, comprendería a la perfección lo que contaban las escenas representadas a lo largo de todo ese pasillo: la construcción de un castillo destinado a proteger un valioso tesoro.
—La primera vez siempre es un poco abrumadora —dijo la directora, que, junto a Matthew, se había acercado a ella.
La señora Foster contempló a Norah con una mirada aguda y una sonrisa indulgente. Sabía el efecto que causaba el castillo en los visitantes y le gustaba deleitarse con ello. La mujer se arregló con pulcritud su cuidada melena teñida de rubio y, con un gesto inconsciente, retocó la posición del collar de perlas que adornaba el discreto escote de su camisa de seda blanca.
—Es un lugar único, pero te acostumbrarás enseguida —siguió la directora—. Además de ser uno de los mejores internados del Reino Unido, el castillo de Old Castle tiene un gran valor arquitectónico.
—Recuerdo un año en que el internado acogió a un historiador que quería documentarse sobre las leyendas del castillo y estuvo varias semanas estudiando los grabados —explicó Matthew—. Cada uno de los relieves que verás en los pasillos están esculpidos con la intención de contar el pasado de esta antigua fortificación.
—Así es. Las esculturas y los grabados nos relatan los acontecimientos más destacados de Old Castle, pero, sobre todo, nos cuentan la historia del primer castillo que se irguió aquí mismo muchos siglos antes de que se construyera el actual —puntualizó la directora.
—La leyenda del Grial. La recuerdas, ¿verdad, Norah? —dijo Matthew mirando a su hija.
Ella asintió de forma breve, pero enseguida se dio cuenta que el gesto no había sido suficiente para que los adultos dejaran el tema de lado. Quizá hubiera sido mejor enfatizar el gesto con un «Sí, y cerrad la boca de una vez».
—La mayoría de los relieves que verás tienen relación con la leyenda del Grial —explicó la directora—. En esta parte delantera de la muralla, tenemos los que nos hablan de la llegada de sir Galahad, la construcción del castillo para esconder el Grial y cómo tres objetos quedaron impregnados de la magia de la santa copa.
—El espejo hechizado, el velo translúcido que cubría el cáliz y la armadura de sir Galahad —enumeró Matthew. A Norah se le pusieron los ojos en blanco al oír el tono emocionado de su padre.
—Los tres objetos se perdieron cuando el poder del Grial destruyó el castillo y sir Galahad tuvo que buscar un nuevo lugar para esconderlo —siguió contando la mujer—. Todo esto se cuenta en las esculturas del jardín interior y las galerías de la planta baja.
—En nuestra época todos queríamos encontrar los objetos perdidos para ver el reino de las hadas, tener más sabiduría o adquirir poderes sobrenaturales —dijo Matthew con voz soñadora—. Yo era uno de los que deseaban conseguir la armadura y tener poderes —añadió con una sonrisa.
—Una fantasía que sigue estimulando la imaginación de nuestros estudiantes —rio la mujer—. Si quieres apuntarte, querida, mañana la señora García, la profesora de Historia de secundaria, tiene preparada una visita guiada al castillo para las nuevas incorporaciones.
—Me lo voy a pensar, gracias —se forzó a decir Norah, que empezaba a estar harta de tener que aguantar tantas formalidades con la directora.
—Tiene un acento perfecto, Matt —elogió la señora Foster.
Desde la breve reunión de bienvenida en su despacho, era la primera vez que oía decir a la muchacha algo más que monosílabos.
—Lo sé —Matthew cogió la mano de su hija y le dio un apretón lleno de orgullo—. Ella y yo siempre hemos hablado en inglés.
—Y aquí podrá profundizar todavía más en el idioma —aseguró la directora.
—Estar de nuevo en este castillo… —Él levantó las manos para señalar a su alrededor—. ¡Me trae tantos recuerdos! ¿Cuántos años han pasado desde la última vez?
—Demasiados —rio Evelyn Foster.
Norah dejó de prestar atención en el mismo instante en el que empezaron a compartir más batallitas de juventud. Ya se sabía la historia básica: su padre y la directora habían estudiado juntos en el Old Castle College; los demás detalles no le importaban lo más mínimo.
Siguió a su padre y a la señora Foster a lo largo del pasillo sin dejar de examinar todo lo que veía a su alrededor. Dejaron atrás un par de ventanas de estilo gótico, ambas con un amplio banco festejador de piedra pulida y con unas cortinas de tela fina y suave recogidas con un cordón dorado. A través del cristal de las ventanas pudo observar que la lluvia seguía cayendo sin cesar sobre el césped verde y tupido de la explanada delantera del castillo.
Entre los pilares y las columnas esculpidos con escenas cotidianas de la construcción de un castillo se fijó en la escultura de un artesano con un cincel en una mano y un mazo en la otra, y también identificó un escenario en el que un caballero con armadura montaba a caballo y entre sus manos sujetaba un cáliz reluciente cubierto por un velo transparente. Le dio un escalofrío cuando en la siguiente escena vio la misma copa brillante, pero sin el velo, y con decenas de calaveras a su alrededor.
Enseguida entraron en un corredor más estrecho con una decoración más austera y se cruzaron con un par de trabajadores, que los saludaron con cortesía. Por el uniforme, Norah dedujo que no eran profesores, sino que se trataba del personal de la limpieza. Llegaron al pie de una escalinata de piedra, donde se detuvo en el primer escalón al oír unos pasos fuertes detrás de ellos. Por instinto se giró y el corazón le dio un vuelco al ver un hombre armado y vestido de negro que avanzaba hacia ella.
El sobresalto le duró un parpadeo y se sintió ridícula porque se percató de que el sujeto era un guardia de seguridad. Recordó que no podía olvidar que no solo era un internado en el que iba a cursar el último año de instituto, sino que también era una escuela a la que asistían los hijos de la gente más rica e importante del Reino Unido y, por lo visto, los vástagos necesitaban de canguros armados para sentirse protegidos.
El guardia pasó por su lado sin apenas mirarla y subió la escalera. Saludó a la señora Foster con un gesto seco de cabeza y siguió su camino.
—¿Los vigilantes patrullan los pasillos? —preguntó el padre de Norah, que tampoco estaba acostumbrado a este tipo de situaciones.
—Este año hemos reforzado la vigilancia. Ya sabes que entre los estudiantes tenemos algunos de apellido muy importante y nos tomamos muy en serio su seguridad —le respondió la directora.
—Pero ¿esto no inquieta a los alumnos? —Matthew seguía dudando de la medida.
—Los niños se acostumbran a todo y te puedo asegurar que los padres están más que de acuerdo con la medida —ratificó ella, y con el siguiente comentario dio por finalizada la conversación—. Vamos, Norah, que ya llegamos a tu residencia.
No tardaron en detenerse delante de una puerta rústica de madera y llena de clavos de hierro con la cabeza más grande que un botón de abrigo. Cuando la señora Foster giró el pomo metálico, apareció ante ellos una estancia circular muy espaciosa.
—Estamos en el torreón oeste del castillo y esta es la sala común de tu residencia —le explicó la directora mientras entraban—. Tendrás una habitación para ti sola, pero compartirás los espacios comunes con tus compañeras. Este año seréis treinta y ocho chicas en la residencia.
Había mucha agitación en la sala común de la casa Bridge of Sighs. Amigas que se reencontraban después de mucho tiempo sin verse y compartían, entre risas y chillidos, las mejores anécdotas del verano. Chicas que cargaban con alguna maleta y se dirigían a la habitación que ese año tenían asignada. Algunas ya se habían acomodado en los sofás, que estaban repartidos por toda la estancia, e incluso un par de ellas tenían una taza de té encima de la mesita central. Todas las residentes eran muchachas que ese año cursarían primero y segundo de bachillerato, por lo que Norah no se sorprendió de que la mayoría de ellas tuvieran un aspecto muy refinado y vistieran ropa elegante.
—Disculpen.
Norah se apartó y dejó paso a una joven de tez blanca y cabello largo y rizado del color del azafrán.
—¡Señora Foster! ¿Qué tal el verano? —dijo la chica con una sonrisa cuando se dio cuenta de que pasaba al lado de la directora.
—Hola, señorita O’Brian —le saludó ella con amabilidad—. Muy bien, gracias. Tu madre ya me ha contado que el vuestro fue maravilloso.
—No se lo puede ni imaginar —suspiró la chica de rizos pelirrojos—. Nueva York es…
—¡¡Tawny!! —Una voz interrumpió lo que la muchacha quería decir y, sin añadir nada más, Tawny O’Brian corrió a los brazos de la chica que había gritado su nombre.
—El primer día siempre es así. Los adolescentes siempre estáis montados en una montaña rusa de emociones, ¿verdad? —Guiñó un ojo a Norah, pero ella simplemente se encogió de hombros.
Los siguientes diez minutos fueron un caos de idas y venidas para Norah. Evelyn Foster les enseñó a ella y a su padre la distribución básica de los espacios comunes, les presentó a la señorita Yumi Matsuda, una joven de rasgos asiáticos de veintiséis años que trabajaba como encargada de vigilar y atender a las alumnas residentes en la casa Bridge of Sighs, y les acompañó hasta la habitación de Norah para que pudieran dejar dentro la maleta, que un trabajador ya había subido hasta la cuarta planta del torreón.
Norah seguía las explicaciones sin demasiado interés. Puede que en otras circunstancias hubiera estado encantada de conocer a todas esas chicas, explorar más a fondo su nuevo hogar y probar el colchón de su nueva cama. Sin embargo, lo único en lo que pensaba era que ya quedaba un día menos para terminar.
—Y creo que esto es todo —dijo la directora, y le dio a Norah el llavero metálico identificado con el código de la habitación: «029 BS»—. Sé que es mucha información, pero no tengo ninguna duda de que enseguida te adaptarás.
—Sí, estoy segura de que sí —afirmó Norah con un ligero tono irónico que pasó desapercibido.
—Bueno, Matt, debo atender algunas familias más —la señora Foster puso una mano sobre su hombro—. Ya sabes, estás en tu casa.
—Gracias por todo, Evelyn.
—Estamos encantados de volver a tener a un Halley por aquí.
Se acercó a su oreja y le susurró:
—Vete tranquilo, aquí va a estar bien, vamos a cuidar de ella.
Matthew asintió con la garganta cerrada por la emoción. Creía estar haciendo lo correcto y sabía que Old Castle College era una de las mejores escuelas del país. Pero ese aguijonazo de culpa que durante semanas había intentado obviar, ahora picaba como un hierro ardiente.
—Norah, cariño. —Matthew se acercó a su hija después de ver marchar a la directora—. Sé que ahora no lo entiendes, pero dentro de unos meses te darás cuenta de que esto era lo mejor.
Puso la palma de las manos en sus mejillas y acarició con ternura su piel.
—Yo también la echo de menos, mucho, a todas horas —continuó él, y Norah tragó saliva al ver los ojos humedecidos de su padre—. Nos hizo prometer que siguiéramos adelante… Este cambio de aires nos ayudará, ya lo verás.
El abrazo la pilló desprevenida. Su padre se aferró a ella como lo hace un niño pequeño a su muñeco preferido cuando tiene miedo por las noches. Los brazos de Norah tardaron algunos segundos en responder, pero, al final, rodeó su espalda y enterró la nariz en su pecho.
Era en instantes como estos en los que se odiaba por estar tan enfadada con su padre, y también con su madre. Era un sentimiento que estaba allí, que le arañaba las entrañas desde hacía mucho tiempo. Ni siquiera sabía en qué momento había tomado una forma tan fea y desagradable.
—Te voy a echar de menos, cariño.
Matthew deshizo el abrazo para volver a mirar a su hija. Norah no respondió, no tenía claro si su padre la iba a echar de menos de verdad. Tampoco si ella también lo haría. Era algo que descubriría en las próximas semanas.
—Aprovecha este año. Muchos harían cualquier cosa por tener la oportunidad de estudiar aquí.
Matthew le dio un tierno beso en la frente a su hija y se dio la vuelta.
—Una gran oportunidad… ¿Qué más puedo pedir? —murmuró Norah con sarcasmo.
Bloqueó en sus recuerdos los abrazos que ya nunca más tendría, y el sitio en el que los días eran cálidos y soleados y donde no tardaba más de seis paradas de metro para que el aire oliera a sal. Y, a pesar de que era lo último que quería hacer, entró otra vez en su nueva habitación, abrió la maleta y, con el corazón encogido, se instaló.
3
Normas para novatas
Eran las nueve de la noche pasadas y Norah se encontraba hundida entre dos de sus nuevas compañeras en el cómodo asiento de uno de los sofás de la sala común. Como todas, atendía al discurso inaugural que daba la encargada de la residencia. O eso intentaba, porque cuando Yumi Matsuda empezó a hablar del honor, la buena educación y los estudios, desconectó de inmediato.
No quería reconocerlo ante nadie, pero la casa Bridge of Sighs le había gustado. La sala común era un lugar agradable y con una decoración elegante, aunque menos ostentosa de lo que había esperado. Lo que más le impresionó fue que era una gran sala circular delimitada por las paredes del torreón y que tenía columnas y pilares esculpidos. No se había fijado con detalle, pero la mayoría de los relieves eran motivos vegetales combinados con cruces celtas. En cierta manera, tenía la sensación de estar metida en un cuento de hadas en el que, por un error inesperado de guion, se hubiera colado mobiliario contemporáneo en el interior.
Entre los pilares, había varios sofás de color gris claro con cojines de tonos turquesa y frambuesa, y, delante de cada tresillo, una mesita baja de vidrio. No faltaba el televisor de pantalla plana de grandes dimensiones, un rincón con una despensa, nevera incluida, y algunas mesas para que las residentes pudieran reunirse para comer algo o tomar el té.
Para estar más juntas durante la reunión, las chicas se habían apiñado en los sofás, y las que se había quedado sin sitio habían acercado las sillas de la despensa o se habían sentado en el suelo sobre las mullidas almohadas de colores.
Yumi seguía hablando y Norah continuaba algo distraída observando la sala. Contó hasta siete ventanas de estilo gótico en la curva exterior de la muralla, en las que colgaban de forma elegante unas cortinas vaporosas de color burdeos. Pero detuvo el recuento cuando escuchó que la señorita Matsuda empezaba a hablar de las normas que debían seguir.
—Venga, chicas, ahora toca hablar del reglamento y después ya daremos por terminada la reunión.
La frase captó el interés de Norah porque, para ese curso, ella no quería estrechar lazos con nadie ni tener que relacionarse demasiado. Y, para conseguirlo, necesitaba averiguar cuál era la mejor manera de integrarse en ese extraño mundo sin llamar la atención.
No se llevó ninguna sorpresa cuando Yumi informó de que la violencia entre alumnos se castigaba con una falta muy grave, e incluso con la expulsión. Tampoco le extrañó que estuviera prohibido fumar en el interior y consumir drogas y alcohol. Lo que sí le pareció fuera de lugar fue la norma de tener que esforzarse para sacar como mínimo un notable en todas las asignaturas. La prohibición de invitar a un chico a la habitación era más que previsible, pero lo que consideró absurdo es que unas chicas de dieciséis y diecisiete años tuvieran que notificar a la responsable cuando invitaban a un compañero a pasar el rato en la sala común.
Aunque la mayoría de las normas le traían sin cuidado, porque ella pensaba que apenas le afectarían en su día a día, había una que la molestó en gran medida: no poder salir de los dormitorios a partir de una hora determinada. Para Norah, tener un toque de queda era asfixiante, y tenía claro que buscaría la manera de saltarse esa ridícula y abusiva regla.
—Yo no soy la que pone las normas, chicas, ya lo sabéis —dijo la señorita Matsuda cuando se oyeron las quejas por todo el salón—. Los viernes y los sábados es hasta las doce de la noche, y el resto de los días, hasta las once. Como cada año, vamos.
La mujer suspiró porque empezaba a perder la paciencia. Sabía que las chicas la ponían a prueba, pero era su segundo año y ya conocía sus tretas. Yumi se despidió, no sin antes recordarles que a las doce en punto iría ella misma a comprobar que ya no quedaba nadie en el salón, y, tras desaparecer por la puerta rústica de los clavos metálicos, se oyó el chasquido de una llave al pasar el cerrojo.
—¿Nos han encerrado? —preguntó una muchacha de ojos grandes e inocentes.
—Por la noche siempre cierran la puerta este, no quieren que nos colemos en la parte principal del castillo —respondió otra, y varias compañeras empezaron a hablar al mismo tiempo.
—¡Chicas! ¡Un momento! —exclamó una muchacha con un maquillaje intenso y el contorno de los ojos ahumados y muy delineados.
—Sarabeth ya quiere dar la nota —murmuró la que estaba al lado de Norah.
Sarabeth Hamilton se puso en pie y señaló a Norah y a la chica de primero que había hecho la pregunta.
—A ver, ahora las verdaderas normas para las novatas: Si no te pillan, las normas no existen. ¿Lo he resumido bien?
Las risas resonaron por toda la sala.
—Olvidaos de la salida este —continuó—. Para las escapadas nocturnas tenemos dos opciones: la puerta de emergencia del sótano, la que da al jardín, pero esta no es la mejor opción porque la puerta queda cerrada por fuera y pasadas las diez apagan las luces del jardín.
—En invierno hace demasiado frío para pasar la noche fuera —añadió otra.
—Y luego tenemos la buena, la puerta sur —siguió Sarabeth—. Es la que nos permite salir al pasadizo que conduce a la biblioteca, a las aulas y, lo que más nos interesa, a la residencia de los chicos.
Otro coro de cuchicheos y risas exaltadas se oyó en el salón.
—¿Y podemos utilizarlas por la noche? —preguntó la novata de primero.
—Puedes hacer lo que te dé la gana. Si algo está prohibido, pues que no te descubran. Y, si te pillan, asumes la cagada tu solita. Aquí no queremos chivatas.
En cierta manera, y a pesar de su encierro forzado, a Norah le pareció cómica la situación. Chicas de su edad, en teoría todas ellas orgullosas de estudiar en un sitio selecto y muy lujoso, atrapadas en el torreón de un castillo y debatiendo, desde el primer día, la manera de escapar de él.
—Lo que Sarabeth quiere decir es que somos un equipo y nuestro deber es protegernos unas a otras —intervino una chica con una voz suave y melosa y una preciosa melena dorada—. Y siempre les pedimos a las nuevas que asuman esa lealtad.
—Ahí está Chelsea, siempre tan fina y diplomática —rio Sarabeth.
Chelsea Rogers sonrió con dulzura, aunque a Norah le pareció ver un rictus rígido en sus labios. La rubia no dejó de evaluar la expresión de las novatas y Norah no pudo evitar torcer un gesto de fastidio: los tejemanejes de sus compañeras le traían sin cuidado.
—A ver, chicas, os recuerdo que todavía tenemos que charlar de un tema importante —dijo una joven que lucía unos mofletes sonrosados y una larga trenza lateral.
—¿Estás hablando de nuestra fiesta clandestina, Jenna? —preguntó Sarabeth con un tono burlón.
Jenna Cadwallader puso los ojos en blanco antes de contestar.
—Ya sabes que no, ese tema es todo tuyo y lo vamos a dejar para el final. —Antes de seguir, toqueteó su bonito collar con los dedos—. Primero hablemos de las extraescolares.
Cuando Jenna empezó a comentar las actividades, Sarabeth se acercó a una de las ventanas del torreón, la abrió y el aire fresco nocturno entró. Nadie se quejó. El contraste era agradable porque en la sala común de la casa Bridge of Sighs la temperatura siempre era cálida, como si un verano perpetuo se hubiera instalado en el interior.
La joven sacó un paquete de tabaco y con un golpe seco hizo salir un cigarrillo. Con un mechero encendió el pitillo y exhaló una bocanada de humo al exterior. Hacía apenas quince minutos, Yumi les había advertido que no se podía fumar dentro del castillo. Estaba claro que Sarabeth seguía su regla de: «Si no te pillan, las normas no existen».
Norah desconectó de la conversación cuando sus compañeras empezaron a hablar de cómo conseguir más papeles en la obra de teatro de Navidad, ganar los duelos del club de debate y quedar en primera posición en las competiciones de tenis. Ella no tenía ningún interés en las extraescolares del centro.
Bajó la cabeza mirando hacia su regazo y desbloqueó el móvil. Contestó el mensaje de su tía Lidia, la hermana mayor de su madre, que le preguntaba cómo le había ido el primer día. Nunca había tenido una relación demasiado estrecha con ella, sin embargo, desde el fallecimiento de su madre, estaban más en contacto.
El chat que tenía con sus amigas de Barcelona volvía a estar plagado de nuevos mensajes. Para ellas seguía siendo verano y estaban organizando una salida para pasar el domingo en la playa. Deslizó el dedo por la pantalla hasta encontrar la única referencia a ella, un triste mensaje de «Lo siento Norah, es una lástima que no estés aquí», seguido de un «Te echamos de menos. Por cierto, ¿quién se encarga de las cervezas?».
Le dolía que mostraran tan poco interés por ella. Sin embargo, tenía asumido que, en gran parte, ella misma era responsable de esa situación. Los últimos meses se había encerrado demasiado en sí misma porque el dolor y la rabia le pesaban igual que una de esas gruesas lápidas de piedra que había visto en el cementerio de Montjuïc. No tenía ganas de salir ni de hablar con nadie y mucho menos se sentía con el ánimo suficiente para seguir el ritmo de diversión de su pandilla, y sus amistades se habían resentido. Ahora que se había visto obligada a dejar su antigua vida atrás, solo deseaba regresar a Barcelona para intentar empezar de nuevo.
Apagó la pantalla y sonrió con tristeza. Se dijo que, como mínimo, en el mundo real seguían existiendo personas que organizaban una salida normal con sus amigos y no trazaban un plan de fuga nocturna de un torreón de un castillo medieval.
—Bien, ahora que sabemos que tenemos un equipo ganador —dijo Sarabeth con sarcasmo—, ha llegado el momento de hablar de la fiesta de inauguración.
Norah, que estaba sumergida en sus pensamientos, levantó la vista del móvil para mirar y escuchar a la muchacha.
—Tenemos que organizarnos. Necesitamos a un grupo que se encargue del alcohol, otro de los refrescos, otro de la comida y otro de la decoración. ¡Ah! Y, por supuesto, otro que se ocupe de las invitaciones. No queremos que los chicos del King’s Arms se extravíen. —Sarabeth torció una sonrisa descarada—. Chicas, vamos a hacer que este año el Bridge of Sighs deje huella en esta escuela.
—Pero… —La novata de primero vaciló—. La señorita Matsuda acaba de decir que nada de alcohol. ¿Podemos dar ese tipo de fiestas?
Algunas chicas se rieron de la pregunta. Sarabeth suspiró y sacudió la cabeza como si no diera crédito a lo que había oído.
—Un consejo, novata: no hables de esto con nadie y déjanos hacer. Boca cerrada hasta el sábado. Ya te la dejaremos abrir por la noche para beber licor.
4
Las leyendas del castillo
Ya era noche cerrada y el cielo de la campiña inglesa estaba cubierto por espesas nubes negras que descargaban agua sin cesar. A esas horas, en los terrenos de Old Castle College todavía había luz. Las farolas exteriores seguían encendidas y un cálido resplandor salía de muchas de las ventanas de estilo gótico del castillo. Las gotas repiqueteaban de forma constante en los cristales, sin embargo, la mayoría de los residentes estaban más pendientes del primer encuentro con sus compañeros de residencia que del mal tiempo y de la penetrante negrura del exterior.
En la sala común de la tercera planta del torreón oeste, las chicas del Bridge of Sighs seguían discutiendo la mejor manera de preparar una fiesta semiclandestina en la que no faltara el glamour ni una provisión abundante de alcohol.
Norah seguía sentada en el sofá y se debatía entre dos opciones: aguantar los soporíferos planes de sus nuevas compañeras, aunque ella no pensaba asistir a dicha fiesta, o levantarse y largarse a su habitación. Ambas posibilidades le parecían malas. Elegir la primera significaba caer en una espiral de cursilería cara, rociada con nombres de licores selectos que desconocía. Escoger la segunda opción era dar la nota y, después de ver el proceder de alguna de sus compañeras, intuía que se convertiría en un blanco demasiado fácil y no le apetecía en absoluto ser el centro de atención.
—Bien, tenemos una semana para prepararlo todo —dijo Sarabeth cuando por fin llegaron a un acuerdo en el tipo de decoración—. Recordad que debemos ser discretas y no hablar más de la cuenta.
—¡Que sí, pesada! ¡Tú, tranquila! ¡Va a ser una gran fiesta! —rio una de las chicas, y Sarabeth le sacó la lengua.
—Chicas, nos quedan dos horas libres antes del toque de queda. Podríamos aprovechar para hacer algo todas juntas —propuso Jenna.
—Y así nos vamos conociendo con las nuevas —añadió Tawny, la pelirroja que había hablado con la directora al entrar en el Bridge of Sighs.
A Norah, la propuesta de Jenna le pareció la peor idea del mundo, pero entonces un ruido, como de algo duro arrastrándose, silenció todos los murmullos que había en la sala. Norah intentó localizar el origen del extraño sonido, pero no vio nada que lo pudiera haber ocasionado.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó la novata de primero.
—¿El viento? —sugirió una.
—Pero parecía venir de dentro —dijo otra.
—Chicas, ya sabéis lo que es —susurró una muchacha con la voz temblorosa—. Cada año ocurre lo mismo y siempre intentáis buscar explicaciones lógicas. Pero no las hay.
—Quizá son los chicos del King’s Arms, que se han acercado para hacer una broma —insinuó Jenna, mientras daba una vuelta con los dedos a su trenza.
—¿Qué ocurre Jenna, tienes miedo de admitir que vive un fantasma en el castillo? —rio Sarabeth.
Norah puso los ojos en blanco, ya solo le faltaba que sus compañeras también creyeran en esas cosas.
—No tengo miedo, conozco la leyenda desde hace años, pero perdona si creo más en las explicaciones racionales que en los cuentos.
—¿Como que vive un fantasma en el castillo? —La novata de primero había palidecido.
—Quizá, lo primero que deberíamos hacer es contar a las nuevas las leyendas del castillo —dijo una joven de tez oscura, con el cabello negro y rizado.
—Carlien tiene razón —dijo otra—. Así podrán decidir por ellas mismas si creen que los ruidos los hace Henry Duval.
—¿Y quién es ese señor? —preguntó de nuevo la novata.
—Que lo cuente Chelsea, que se le dan muy bien las historias —propuso una chica.
La aludida sonrió, despegó la espalda del sofá y se incorporó hacia delante para tener una visión más amplia de su público. Esta vez, Norah se fijó un poco más en Chelsea Rogers y vio que era una de esas chicas a la que uno es incapaz de encontrar alguna imperfección superficial, ni siquiera un pelo del cabello fuera de lugar. Sus rizos rubios caían en cascada por su espalda y su maquillaje era suave y delicado.
—Si insistís… —dijo ella con su habitual tono cálido y meloso.
Se oyeron algunos cuchicheos y la joven esperó a que su público guardara silencio.
—No podemos hablar de Henry Duval sin antes explicar cómo empezó todo. La Universidad de Oxford es la segunda universidad más antigua del mundo, dicen que existe desde hace más de mil años. —Chelsea gesticulaba con suavidad, con una postura casi teatral—. Cuentan que, allá por el siglo XIII, hubo una revuelta de estudiantes. Se enfrentaron a los habitantes de la ciudad porque querían construir residencias universitarias.
—¿Por qué una revuelta? —preguntó la novata de primero.
—Hubo un incidente en una taberna. Un estudiante atacó al dueño y la tensión política que hacía tiempo que había entre la universidad y el pueblo estalló —continuó Chelsea.
—Ni Oxford tenía el prestigio de ahora ni tampoco los estudiantes eran tan bien acogidos —intervino Carlien Ruis, la chica de los rizos oscuros y desordenados—. En esa época…
—Todo se reducía a quién tenía el poder —interrumpió Chelsea tomando de nuevo la palabra—. La universidad y los estudiantes estaban alcanzando más poder del que el pueblo quería. Además, si lograban construir las residencias estudiantiles, las posadas que alojaban a los estudiantes perderían a sus clientes.
Norah ya conocía la leyenda, pero la voz cautivadora de Chelsea la mantenía atenta como si estuviera escuchando la historia por primera vez.
—La revuelta duró tres días. Fueron tres días de violencia, sangre y muerte en la ciudad. El segundo día, cuando la batalla era más cruenta y feroz, un grupo de estudiantes se vinieron a refugiar al castillo —explicó Chelsea—. En esos tiempos era un castillo medio en ruinas, de una época todavía más antigua.
—Otra leyenda de Old Castle cuenta que este castillo fue construido en la época del rey Arturo. —Se entrometió una chica de manera un poco precipitada—. Y que, durante un tiempo, aquí se escondió el santo Grial.
—¡Maldita sea! —ladró Chelsea—. ¡Estás estropeando la historia!
Norah parpadeó, confusa por la inesperada reacción de la rubia. Fue como si de repente le hubiera estallado en la cara una reluciente burbuja de hermosas estrellitas y sus púas se le hubieran clavado de forma hiriente en la piel.
—Además, esta era la siguiente leyenda y ahora la has echado a perder —dijo con rabia.
—Yo solo quería… —empezó a excusarse la otra chica.
—Anda, cállate y déjame continuar.
Norah abrió los ojos como platos. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que todas sus compañeras estaban calladas, incluso Sarabeth, que se observaba las uñas con atención como si nada de eso fuera con ella.
—Pues, como decía, se refugiaron en nuestro castillo. —Chelsea recuperó su expresión afable en un abrir y cerrar de ojos—. Querían construir una residencia aquí mismo, a pocos kilómetros de la ciudad, sin tener que pelearse con sus habitantes por el derecho a tener una morada propia.
Chelsea hizo una pausa dramática y miró a su público. Norah se percató de que nadie se atrevía a intervenir de nuevo.
—Ahí es cuando entra en escena nuestro famoso Henry Duval. Era un estudiante, como nosotras, pero demasiado ambicioso —rio de forma lúgubre—. Para ganarse el favor del alcalde de la ciudad, delató a sus compañeros y condujo a un grupo armado de pueblerinos hasta aquí para aniquilarlos.
—¡No! —exclamó la novata de primero.
—Sí, eso hizo. Pero le salió mal la jugada porque fue una carnicería, dicen que nadie quedó en pie.
—Si nadie sobrevivió, ¿quién contó la historia? —preguntó Norah interviniendo por primera vez.
No entraba en sus planes meterse en la conversación, fue la primera en sorprenderse, pero le había superado la irritación que sentía hacia esa chica y su tono de voz embaucador.
—Bueno, seguramente los que hallaron los cadáveres —contestó Chelsea con una sonrisa de plástico—. La leyenda cuenta que localizaron el cuerpo de Henry Duval mutilado y sin cabeza. La buscaron por el bosque y por las ruinas del castillo, pero nadie encontró la cabeza de ese pobre traidor desgraciado.
—Uf, vaya historia más tétrica —dijo la novata de primero.
—Pero no termina aquí —continuó Chelsea—. Dicen que, desde entonces, la cabeza y el cuerpo de Henry Duval vagan por el castillo, intentando encontrarse; se buscan porque se necesitan, pero nunca logran el reencuentro. Por las noches, cuando el silencio invade el castillo, se oyen los pasos desorientados de su cuerpo y los tropiezos de su cabeza tambaleante en una búsqueda interminable y desesperada.
—Madre mía —musitó la novata—. Me has puesto los pelos de punta.
—Pues espera a encontrarte, en un día oscuro y de tormenta, con la cabeza mutilada de Henry Duval buscando su cuerpo por tu habitación —rio Chelsea.
—O mejor aún —intervino Sarabeth mirando a la novata con una sonrisa un tanto perversa—. Apuesto que el ruido de antes ya era el fantasma arrastrando su pesada cabeza por tu dormitorio.
La muchacha gritó: «¡No, eso sí que no!», y las jóvenes de la casa Bridge of Sighs estallaron en carcajadas.
—Es una leyenda, Laurie —le dijo Carlien a la novata—. Sarabeth te está tomando el pelo.
—Chicas, ¿y si ahora les contamos la leyenda de la dama perdida? —sugirió otra joven.
—Si también da miedo, paso —dijo Laurie Meier, que todavía no se había recuperado de la impresión.
—Tranquila, la historia del pasadizo secreto de lady Annabel suele gustar a todo el mundo —aseguró Carlien.
—A mí es la que más me gusta —comentó una joven de primero—. Una mujer que desafía las normas de la época para poder estudiar en una universidad de hombres y que, cuando la pillan, consigue burlarlos a todos y escapar.
—No sabemos si se escapó, solo que desapareció sin dejar rastro —objetó otra.
—Pero la leyenda dice que encontró un pasadizo secreto y por eso no la volvieron a ver —insistió la primera.
—¿Y si explicamos la historia de Aaron McNeal? Es muy parecida a la de lady Annabel —intervino Sarabeth con una sonrisa torcida.
Norah notó que, de repente, el ambiente cambiaba y se enrarecía, como si la diversión de momentos antes solo hubiera sido una mera ilusión.
—Ahora no es el momento, Sarabeth, nos lo estamos pasando bien… —dijo Carlien.
—Pues yo creo que debemos contarles lo sucedido. Además, es muy posible que su historia pronto se convierta en leyenda: el chico que desapareció sin dejar rastro.
—Sarabeth, ¡basta! —dijo Jenna de forma tajante.
—Tesoro, se van a enterar igualmente —intercedió Chelsea—. Es una historia verdadera. La vivimos todos el curso pasado.
Norah se fijó en la tensión de los hombros de Jenna, en sus puños cerrados, su mandíbula apretada y sus mofletes todavía más colorados. A su lado, Tawny estaba tiesa como un palo.
—¿Qué sucedió? —preguntó la novata.
—El año pasado un chico de segundo de bachillerato desapareció sin dejar rastro. Ni sangre, ni huellas, ni nada. No dijo nada a nadie, no se llevó nada, ni su cartera ni una triste chaqueta, encontraron todas sus pertenencias en su habitación —continuó Chelsea—. Simplemente se desvaneció.
La revelación dejó a Norah perpleja y algo asustada. Aunque había prestado poca atención a los preparativos que hicieron durante el verano antes de trasladarse a Inglaterra, estaba segura de que su padre, en ningún momento, le había comentado que, el curso anterior, había desaparecido un estudiante.
—Durante días hicimos batidas de búsqueda por todo el complejo, tanto dentro de los edificios como por el exterior, y no encontramos ni un leve rastro de Aaron —dijo una chica con la voz algo temblorosa.
—Fue como si el castillo se lo hubiera tragado —susurró Carlien.
—La policía tampoco encontró nada —añadió otra.
—Nadie sabe lo que pasó.
Un inquietante silencio cargado de temor y malestar se propagó entre las residentes del Bridge of Sighs. A Norah le recorrió un escalofrío por la columna vertebral. Inspiró profundamente y contó hasta diez antes de dejar salir el aire e intentar apaciguar la angustia que sentía en el pecho. Pasaron unos largos segundos hasta que una estudiante de primero se atrevió a romper la tensión y dijo:
—Mis padres estuvieron a punto de cambiarme de internado, pero la señora Foster les aseguró que había sido un incidente raro y aislado. Dijo que la policía estudiaba la hipótesis de que su desaparición fuera debida a causas que no tenían nada que ver con Old Castle.
—Además, este año han reforzado la vigilancia —añadió otra—. Eso fue lo que logró tranquilizar a los míos.
—Yo sigo teniendo miedo —murmuró una chica que se abrazaba a un cojín turquesa—. ¿Y si algo de las leyendas es cierto? ¿Y si… yo qué sé, encontró la armadura de sir Galahad y su magia lo desintegró?
Se oyeron algunas risas en tono bajo en el salón, pero estas se disiparon enseguida.
—Por favor, esto no son más que tonterías —intervino Chelsea—. Las leyendas solo son eso, historias para entretener a los crédulos. Con casi dieciocho años ya deberías saber que los fantasmas no existen, la magia tampoco y el pasadizo secreto de lady Annabel es una romántica fábula para dejar con la boca abierta a los críos.
—Pues yo creo que cuando el río suena, agua lleva.
—A ver, seamos realistas —insistió Chelsea—. Todas sabemos que la familia de Aaron McNeal no es como las nuestras. El chico vivía con su abuela en una casucha cualquiera y era su tío rico el que le pagaba la matrícula aquí.
—¿Y eso qué tiene que ver? —preguntó Jenna con rabia en la voz.
—Mira, no te enfades, pero sabes que tengo razón —siguió Chelsea—. Aaron era pobre y los pobres tienden a cometer locuras para tener un poco de dinero. Quizá estaba metido en algún lío y eso le pasó factura.
Aunque hacía rato que Norah había puesto a Sarabeth Hamilton y Chelsea Roger la etiqueta de «personas a las que ignorar y mantenerme alejada», con el último comentario de la rubia le hirvió la sangre y se reafirmó en su posición de que ella no tenía nada que ver con todos esos jóvenes pudientes.
—No tienes ni idea de lo que hablas —masculló Tawny.
—¿Y tú sí, tesoro? —rio Chelsea—. Que estuvieras con Rhydian no quiere decir que conocieras bien a Aaron; ni tú tampoco, Jenna. Seguramente ni siquiera Rhydian, que era su mejor amigo, lo conocía de verdad.
—Pues yo sigo pensando que se fugó —manifestó Sarabeth—. Estoy de acuerdo con Chelsea en que su vida seguramente era una mierda. Sin padres, un tío que apenas veía y una abuela muy mayor a la que cuidar… ¡Venga, ya! El chaval debió de ahorrar el dinero que le daba su tío y, cuando tuvo suficiente, se largó en busca de algo mejor.
—Te estás pasando, Sarabeth —La rabia en la voz de Jenna era más que evidente, también el color rojizo en sus mejillas—. Aaron era un chico feliz, le gustaba estudiar aquí, quería ir a una buena universidad y siempre bromeaba y estaba de buen humor. Y te puedo asegurar que quería con locura a su abuela.
—¿Y qué hay de lo que sucedió con Mariah? —preguntó otra chica.
—Yo no hice nada… —dijo Mariah Campbell con los ojos llenos de lágrimas.
—Le rompiste el corazón delante de todas, que no es poco, y quizá eso fue el detonante de su fuga —metió baza Sarabeth.
—Buscar culpables entre nosotras no es justo, chicas —dijo Carlien, y pasó un brazo por los hombros de Mariah, que estaba sentada en el suelo a su lado—. Esto solo son teorías que ya debatimos mil veces el curso pasado y que podrían estar todas equivocadas. En realidad, nadie sabe lo que ocurrió.
5
Habitantes nocturnos
Norah se despertó con el corazón enloquecido, rebotando dentro de su pecho como una pelota desorientada y fuera de control. Abrió los ojos y palpó el colchón hasta dar con una pared. Cuando su cerebro reconoció que estaba en su nuevo dormitorio, suspiró. Dejó que esa sensación asfixiante de desamparo se fuera calmando y se enjugó las lágrimas de la cara. Ese día, la pesadilla había sido muy intensa, y se preguntó si las historias de la noche anterior habían tenido algo que ver.
A tientas, buscó el despertador; su mesita de noche era una balda de madera al lado de la litera. Pulsó el botón del led para ver la hora. Eran casi las cuatro de la madrugada.
Ni una noche de tregua. «Esta vez es mucho más temprano que otros días», pensó. «¿Y qué creías, Norah? ¿Que dormir en un castillo te quitaría las pesadillas?», se dijo.
Nunca recordaba los sueños, las imágenes se desvanecían antes de que pudiera darles un sentido. Desde la muerte de su madre, hacía ya más de nueve meses, se despertaba a media noche con una ansiedad que la desbordaba. Norah suponía que lo que la desvelaba eran las pesadillas, sin embargo, no lo sabía con certeza. Lo que sí tenía claro era que, luego, le era casi imposible volver a dormir.
Ya completamente despejada, encendió la luz del cuarto y se quedó con la mirada fija en el techo sin saber muy bien qué hacer. Quería retomar la rutina de siempre: vestirse y salir a correr hasta olvidarse de las lágrimas y de la opresión en el pecho. Pero ahora estaba en un lugar desconocido, no sabía moverse por los pasadizos del castillo ni tampoco conocía los senderos del exterior. Además, seguía muy inquieta por la historia del chico desaparecido. ¿Cómo alguien se esfumaba sin dejar rastro dentro de un internado vigilado?
Norah nunca había tenido miedo a la oscuridad ni tampoco a salir sola por la noche, pero ahora estaba asustada y, justamente, eso era lo que le impedía levantarse y hacer lo que tanto necesitaba.
—No puedo permitir que Old Castle también me quite esto —dijo en voz alta—. No lo voy a permitir.
Así que, a pesar de la sensación de angustia, se levantó y bajó por la escalera de su litera.
Su habitación estaba situada en la última planta del torreón oeste y, desde la ventana, veía el jardín delantero y el bosque. Era una sala más bien pequeña y estrecha, con un armario al lado de la puerta y una litera con una cama superior para que debajo cupieran el escritorio, la silla y una pequeña butaca. Su padre ya le había advertido que su dormitorio sería de los menos lujosos; solo habían pagado la matrícula básica. Pero a Norah le daba igual cómo fuera este porque en el único lugar donde ella quería volver a dormir era en su cuarto de Barcelona.
Buscó entre su ropa y se vistió con unos leggings negros, una sudadera con capucha y se calzó unas zapatillas de deporte. Luego, metió el móvil y la pequeña linterna de escapadas nocturnas dentro del bolsillo delantero y salió de su habitación ignorando la espesa bola de temor que todavía tenía dentro del pecho.
Aunque tenía claro que, en ese momento, no podía salir a correr, quería aprovechar el desvelo para conocer mejor su residencia explorando a sus anchas y sin toparse con ninguna de sus compañeras. Incumplir el toque de queda le daba igual porque, desde su punto de vista, el instante después de la pesadilla era cuando para ella terminaba la noche.
Cerró la puerta de su cuarto sin hacer ruido y salió al pasillo, que estaba a oscuras. Encendió la linterna y el haz de luz blanca barrió el corredor y localizó la escalera de caracol con rapidez. De puntillas, intentando que no se le escuchara, empezó a bajar los escalones.
Al llegar a la tercera planta, unos sonidos inesperados procedentes de algún lugar de la sala común la sobresaltaron. Aunque, en un primer momento, no reconoció bien el ruido, no esperaba encontrarse con nadie y menos en esa situación; fue demasiado tarde cuando su cerebro puso un nombre al rumor de la fricción y a los jadeos y suspiros bajos y entrecortados. Ellos se dieron cuenta de su presencia antes de que tuviera tiempo de apagar la luz.
—Te dije que teníamos que ir a tu habitación —gruñó una voz masculina.
—¡Venga ya! Si es que son una panda de pervertidas. —Norah reconoció la voz de Sarabeth.
Se quedó plantada en el rellano, con la luz apuntando al suelo, sin apartar la mirada de uno de los sofás del salón. En la penumbra, pudo distinguir dos cuerpos enredados. El chico iba sin camiseta, con los pantalones medio bajados, y, debajo de él, vio una falda arrugada y unas piernas largas. Desparramados por el suelo, había una camisa y unos zapatos de hombre y unas botas altas de mujer.
La pareja empezó a moverse y Norah recuperó el aplomo. Antes de que le pudieran decir nada más, se dirigió a las escaleras que llevaban al piso inferior.
—A lo vuestro, como si no estuviera —dijo con la voz menos firme de lo que pretendía—. Yo… ya me iba.
—Eh, eh, eh, espera.
El chico se levantó y con un par de zancadas se interpuso en su camino. Era alto, muy apuesto, con el cabello rubio o quizá castaño muy claro; a oscuras, Norah no lo podía apreciar bien. Seguía con el torso desnudo, sus abdominales marcados no pasaban desapercibidos; ni siquiera para ella que tenía un interés nulo en ese chico. Se había subido los pantalones, pero estos permanecían abiertos, con una descarada insinuación.
—No te conozco, ¿eres nueva?
Norah dudó unos segundos. No tenía claro si lo mejor era responderle o simplemente pasar por su lado como si no estuviera.
—Sí, también está en segundo. ¿A dónde vas? —Sarabeth se adelantó a la respuesta. La muchacha recogió su top del suelo, se lo puso por encima del sujetador y se acercó a ellos—. ¿El primer día y ya buscas romper las reglas? —se burló.
—Estaba pensando… —El chico vaciló. Después, repasó con la mirada la silueta de Norah y torció una sonrisa canalla antes de continuar—. ¿Quieres apuntarte? Hay sitio para uno más. —Señaló el sofá con un gesto de cabeza.
La propuesta pilló desprevenida a Norah, que abrió los ojos como platos. El muchacho lanzó una carcajada ronca y baja. Abrió un brazo como dando paso de forma elegante al lugar indicado.
—Eres incorregible, Chester —dijo Sarabeth con un tono aburrido—. Venga, decídete, que no tenemos toda la noche.
Norah no sabía si le sorprendía más que un desconocido le hubiera propuesto acostarse con él y su chica en el salón del torreón de un castillo medieval o que a su acompañante de roce no le importara.
—Gracias por la invitación, chicos, es tentador —dijo con ese tono mordaz que utilizaba cuando se sentía acorralada—, pero mis fechorías las hago en solitario.
No se tomó la molestia de volver a mirarlos. Siguió su camino hasta la escalera y empezó a bajar.
—Esto quiero verlo. —Oyó Norah que decía Chester Davies arrastrando la voz.
Mientras descendía dejó de escuchar los murmullos de la pareja y se dio cuenta de que su corazón seguía latiendo más deprisa de lo normal. No estaba acostumbrada a vivir ese tipo de situaciones. En su mundo, lo normal era salir con chicos o chicas o tener algún lío. Para ella, estaba fuera de toda lógica verse metida en un trío, casi por casualidad.
No tenía ningún plan, solo había salido para explorar con tranquilidad el torreón de su residencia y los corredores más cercanos, pero volver a la tercera planta ya no era una opción. Así que bajó hasta los dormitorios del segundo piso, que tenían la misma distribución que los de su planta, y descendió un poco más hasta llegar a la lavandería de la primera planta.
Allí se entretuvo un rato enfocando con la linterna todos los rincones, aunque enseguida dio por terminada la exploración. Más allá de lavadoras y secadoras industriales, mostradores con una plancha para acicalar la ropa y estanterías para dejar la ropa limpia y pendiente de doblar, no había nada más, solo un par de puertas cerradas.
La única puerta abierta era una pequeña salida al final de la lavandería y, desde allí, bajó otras escaleras que la llevaron hasta el sótano.
Este sí que le pareció un buen lugar de entretenimiento. La planta baja del torreón era un enorme almacén lleno de armarios y estanterías donde se tomó su tiempo para explorar. Encontró herramientas y productos de limpieza, sábanas, mantas, almohadas, varios cacharros básicos como platos, tazas y vasos, y también paquetes de café, té y otros productos que las chicas consumían en la sala común. Además, se llevó un par de sustos con las sombras que su haz de luz creaba entre las figuras del almacén y otro sobresalto más cuando las paredes del sótano crujieron. Aunque no lo quisiera reconocer del todo, seguía algo inquieta y asustada.
Llegó un momento en el que empezó a aburrirse con tanto material del hogar y se plantó delante de la puerta de emergencia preguntándose si ir fuera era una buena opción.
No le apetecía regresar a la cuarta planta, ni siquiera cuando la voz de la prudencia le insistía que encerrarse en su cuarto era lo más seguro. Y todavía tenía menos ganas de pasar por el salón y ver otra vez a la pareja a media faena. Puso una mano sobre la barra metálica y la anticipación le hizo cosquillas en la barriga. Empujó para abrir la puerta acristalada y el aire del exterior la envolvió por completo. Aunque ya no llovía, el ambiente era húmedo y fresco, y un agradable olor a tierra mojada le llenó