Nota de la autora para la nueva edición
Hace algunos años sufrí un terrible accidente que me destrozó la vida por completo. Mientras me recuperaba y me compadecía de mí misma, mis padres me traían películas y libros para tratar de despertar mi interés por algo, cualquier cosa que no fuese yo y aquello tan terrible que me había ocurrido. Una mañana, mi madre se presentó con un libro de fotografías de paisajes preciosos. Uno de ellos era una montaña de una cordillera del sur de Polonia. No me decía nada en particular, pero mientras lo observaba noté un tirón dentro de mí, y esa noche Aubrey Argylle acudió a mi mente completamente formado, en un sueño febril, con su chaqueta de estilo nehru y su pelo de punta, con sus tristezas enterradas y su necesidad de enderezar aquello que el mundo se empeña en torcer. Cuando me desperté, él estaba en mi cabeza, como si hubiera entrado por la puerta, se hubiera quitado los zapatos de una patada y se hubiera instalado cómodamente en casa. Sé que los escritores suelen exasperarse cuando otro escritor afirma que «El libro se escribió solo», pero en este caso fue justo así (por favor, chicos, no me odiéis). Escribiéndolo cumplí un nuevo propósito, y a partir de ahí empecé a sanar. De manera que debo dar las gracias a quien tomó aquella fotografía, a mis padres y, sobre todo, a Aubrey Argylle por devolverme a la persona que yo era y recordarme que algunos de los recursos necesarios para recomponernos han estado todo el tiempo en nuestro interior.
ELLY CONWAY, 2023
Prólogo
Existen pocos lugares en el mundo más desolados que el sureste de Siberia al amanecer de un gélido día del mes de marzo. Las agujas de los bosques de pinos de la taiga tapizan la tierra como un lecho de uñas verdes. No hay aquí canto de pájaro que atraviese el aire a veinticinco grados bajo cero. Solo el azote del viento y el aullido lastimero de un lobo lejano.
Sin embargo, un sonido rompe el silencio sepulcral, un suave retumbo que gana intensidad hasta que aparece algo que destella ante el primer sol de la mañana. Un tren de alta velocidad, cuyo morro puntiagudo traza un camino entre el aire helado, avanza sin tregua a medida que el espeso bosque da paso a llanuras pantanosas y a la tundra azotada por el viento.
En los vagones estándar la gente descansa tumbada en literas estrechas de cara a la pared, sumidos en el sueño provocado por el vodka de la noche anterior, o bien permanece agazapada en los catres más cercanos al suelo mientras come pirozhki y contempla el paisaje a través de las ventanas mugrientas. Sin embargo, más allá de la línea de separación plateada hay algo muy distinto: un vagón dorado con las iniciales V. F. e I. F. entrelazadas en púrpura imperial.
Los verdaderos V. F. e I. F, conocidos como Vasili Federov e Irina Federova, no están tan unidos como sus iniciales. En realidad, cuesta imaginar a dos personas más distanciadas compartiendo un espacio tan estrecho. Irina ocupa un sillón de respaldo alto que parece un trono. Tiene el pie izquierdo sumergido en un barreño lleno de aceite de rosas con pétalos flotando en la superficie mientras una mujer ataviada con un delantal se arrodilla en el suelo para raspar a fondo la planta de su pie derecho con algas recién recolectadas en el puerto de Vladivostok justo antes de que el tren saliese.
Irina tiene una revista en las manos y la hojea sin apenas interés. El tren tardará aún seis días en llegar a Moscú y la cobertura de telefonía móvil es casi inexistente, a pesar de que les habían prometido que gozarían de tecnología punta. No puede hablar con sus amigas ni con su hermana. No puede transmitirles su indignación ni decirles que sentirse encerrada en ese vagón dorado con su marido hace que le entren ganas de arrancarse la piel a tiras. No puede explicarles hasta qué punto su suave voz le araña las fibras nerviosas, ni que cuando clava en ella sus ojos desprovistos de color y de vida enmarcados por esas gafas sin montura hace que se sienta como una mariposa inmovilizada con un alfiler.
Y, aunque pudiera hablar con ellas, ¿qué le dirían? Que le advirtieron que no se casara con un extranjero cuando podía haber elegido a alguien de una auténtica familia rusa, con una genealogía tan fácil de rastrear como las venas de la muñeca. Que tras una elección tan inadecuada no le queda otro remedio que consolarse despilfarrando la fortuna de su marido. Una casa de vacaciones en el lago Valdái. Un apartamento en Knightsbridge. Una villa en la Costa Azul. Muebles de lujo. Un yate nuevo. Más liposucciones. Extensiones más largas en el pelo. A estas alturas se ha sometido ya a tantas intervenciones que cuando se mira al espejo no se reconoce. «Cuidado —le dijo él la última vez que volvió del hospital privado de Beverly Hills mientras, plantado tras ella frente al tocador, le estiraba la piel todavía tierna de las mejillas en dirección a las raíces del pelo—. Si te la estiran más, se te rasgará como una bolsa de papel vieja».
La esteticista, que ahora usa una piedra pómez para la dureza del talón, frota demasiado fuerte.
—¡Mira lo que haces! —Irina lanza una patada, la mujer pierde el equilibrio y, al extender el brazo para no caerse, empuja un poco el barreño de porcelana y una pequeña cantidad de agua cae sobre la mullida moqueta—. ¡Idiota!
Al otro lado del vagón, situado casi a la máxima distancia posible, el marido de Irina levanta la cabeza. Sin embargo, si la interrupción lo molesta, lo preocupa o le produce simple curiosidad, no lo demuestra en su semblante inexpresivo de rasgos anodinos. Está sentado junto a la ventanilla en un sillón idéntico al de su esposa, frente a un escritorio de madera pulida sobre el que descansa un ordenador portátil del tamaño de un maletín pequeño. Revisa sus notas para el debate en el que participará en cuanto llegue a Moscú y que será televisado en directo. Podrían haber viajado en avión, claro, en uno de sus dos reactores privados, pero todo forma parte de la campaña, de esa incursión magistral en las zonas de Rusia que la mayoría de los políticos ignoran y que traslada a los numerosos grupos de desposeídos de las comunidades rurales más recónditas el mensaje de que no los han olvidado, al menos él no lo ha hecho. Confía en ganarse así, uno a uno, los votos de los campesinos desencantados.
Al principio albergaba dudas con respecto a lo del vagón dorado. Los dos últimos inviernos han sido muy duros. La gente tiene hambre.
—No quiero que me acusen de hacer alarde de mis riquezas —le había dicho al jefe de gabinete.
El hombre enarcó las cejas.
—Con todos mis respetos, ha llegado usted al poder sin títulos nobiliarios —le había respondido él—; es un hombre que ha pasado de la nada a conquistar el mundo. La gente lo necesita porque encarna todo lo que no tienen. ¿Por qué iban a querer que los representara alguien que no posee nada de aquello a lo que aspiran, alguien que sigue siendo igual que ellos?
Vasili Federov ha trabajado duro para que nadie dude de sus credenciales rusas. Ha invertido cientos de millones en infraestructura tecnológica y causas nacionales, se ha comprado una alcaldía y ha iniciado su trayectoria de forma despiadada, sistemática, limpiando las calles de la ciudad que gobierna con ayuda de su propia milicia privada altamente adiestrada. Se ha casado con la hija del presidente y se ha zambullido en la cultura rusa financiando películas, obras de teatro y compañías de danza que lo sumen en un profundo aburrimiento si la sesión a la que tiene que asistir dura más de un minuto. Ha soportado horas y horas de clases de lengua para hablar ruso con fluidez y sin apenas acento extranjero. Con todo, hay detalles, como lo del vagón dorado, que ponen en evidencia el hecho de que sigue siendo un forastero y le recuerdan que todavía no ha conseguido dejar atrás por completo a Christopher Clay.
El tren ha recorrido a gran velocidad varias zonas horarias, ocho cuando llega a su destino. Queda muy lejos ya el lago Baikal —la formación de agua dulce más grande y profunda del mundo—, y el gulag Perm-36, el campo de trabajos forzados donde tantos disidentes han sido encerrados a lo largo de los años. Federov es un hombre sin compasión. El niño ruso abandonado que fue adoptado por una familia estadounidense y que vivió una infancia infeliz en el Medio Oeste con la permanente sensación de ser un extraño, un forastero siempre anhelante de su madre patria, o tal vez solo de su madre, no tiene tiempo para quienes critican y desestabilizan.
Se detienen en varias estaciones y en cada una de ellas, además de los vendedores ambulantes y los viajeros que aguardan para subir, hay también un grupo de personas plantadas en medio del frío; mujeres con pantalones debajo de vestidos, de chaquetas y de abrigos; hombres con las mejillas de un rojo vivo allá donde el viento las ha desollado. Lo esperan a él. Aguardan para ver unos instantes el vagón dorado y al hombre que viaja en su interior. Aquel que les ha prometido cambios. El multimillonario hecho a sí mismo que empezó siendo un don nadie, sin poseer absolutamente nada, y que hizo fortuna en Estados Unidos pero que ha decidido invertirla allí. No solo en las ciudades donde los oligarcas han construido sus palacios, sino en las inhóspitas poblaciones industriales y las aldeas olvidadas. El hombre que les dice lo que quieren oír: que la inmigración masiva vacía los recursos y diluye la identidad nacional rusa, que los centros metropolitanos están arrasando el país y no dejan nada para los demás. Que la Unión Soviética puede reconstruirse y fortalecerse absorbiendo a las gentes cuyo corazón sigue siendo ruso a pesar de verse forzadas a vivir bajo la bandera de Estonia o de Ucrania.
Sin embargo, siempre subyace un interrogante, ¿verdad? El acento que tanto se esfuerza en disimular. Sus manos suaves y sus uñas limpias. Su traje. Sus gafas sin montura. Todo eso no encaja con su discurso político. No es de alta cuna y no ha ascendido a través de los rangos militares rusos. Por eso están allí, para verlo por sí mismos.
De modo que cada vez que llegan a una estación, tienen que asomarse a la puerta del tren, Irina con sus gafas oscuras y esa débil sonrisa que parece un corte de papel en su cutis de porcelana, y deben saludar. A veces él lanza pequeños regalos a la multitud, lápices con su nombre grabado en letras doradas en un lateral o caramelos para los niños.
En ese momento cruzan los montes Urales y pasan cerca de Ekaterinburgo, donde el zar Nicolás II y su familia fueron ejecutados. De nuevo, Federov no siente compasión. A todo el mundo le llega su día. Y cuando se acercan a Moscú, el paisaje a través de la ventanilla es cada vez más industrial: fábricas que expulsan sus violentos gases y camiones monstruosos; localidades grises circundadas por bloques de edificios.
Irina se sienta ante el tocador y renueva su maquillaje con la ayuda de una brocha gruesa y suave.
—Acuérdate de llevar puesta la pulsera —le recuerda Federov.
Es la primera vez que le dirige la palabra en todo el día. Ella hace una mueca, pero la cara reflejada en el espejo apenas se inmuta gracias a las inyecciones de bótox que su médico privado le aplica cada tres meses.
La pulsera lo fascina tanto como lo repele, aunque sabe que vale millones. Está hecha de oro macizo con incrustaciones de diamantes y tiene una cara plana con un grabado de puntos y filigranas al que no le encuentra significado.
Cuando se la regaló, su marido le dijo que se llama Pulsera de la Fidelidad. Al ajustarle el cierre alrededor de la muñeca tuvo la sensación de que le había puesto unas esposas. Se quedó horrorizada al descubrir las iniciales «NC» grabadas en el interior. Ella detesta los objetos de segunda mano, no soporta la idea de llevar puesto algo que ha rozado la piel de otra persona. Sin embargo, Federov es muy insistente a su manera; no levanta la voz, pero consigue que un escalofrío le erice la piel.
De modo que se pone la pulsera.
Irina es la hija del presidente ruso. Se ha criado prácticamente como si perteneciera a la realeza en una casa donde, en cuanto levantas el vaso de la mesa, alguien acude a limpiar la superficie antes de que tengas tiempo de volver a dejarlo. Ella misma eligió a ese hombre, Vasili Federov o Christopher Clay, así que jamás admitirá que su marido, con esa voz discreta y esas manos suaves, la aterroriza. En el centro de su ser hay un agujero negro, y no tiene ni idea de lo profundo que es.
—¿Te ha puesto alguna vez la mano encima? —le preguntó su hermana en una ocasión al notar cómo se estremecía cada vez que él se le acercaba. Y cuando Irina le contestó negando con la cabeza, ella insistió—: Será porque le tiene miedo a nuestro padre.
—No —la corrigió Irina—. Es porque no soporta tocarme.
Cuando se acercan a la capital, Federov aparta su portátil y se sitúa frente al maletín abierto encima de la cama. Ella lo ve introducir las manos de uñas limpias y cuidadosamente limadas en el bolsillo del lateral. Sabe lo que está buscando. Le repugna esa obsesión suya. Conoce a hombres que sienten una pasión fetichista por los pies, por las esposas o por prácticas sexuales innombrables. Pero la manía de su marido la estremece. Ese mugriento pedazo de tela que en otra época era azul pero que se ha vuelto gris por el paso de los años y el desgaste. El único vínculo con la madre que lo rechazó no solo en el momento del nacimiento, cuando lo abandonó en una cabina telefónica envuelto en la manta de la que ya solo queda ese harapo miserable, sino de nuevo cuando siendo un joven estadounidense que creía en los finales felices voló a Rusia y la localizó en un bloque de cientos de apartamentos en las afueras de Novosibirsk, en el suroeste de Siberia, donde ella le estampó la puerta en las narices. Después de eso casi esperaba el rechazo de su padre, un exagente del KGB, pero aun así el fuerte impacto le royó las entrañas como un cáncer y cauterizó sus emociones.
Es todo cuanto Vasili le explicó cuando se casó con ella, en el momento en que la relación gozaba todavía de cierta benevolencia, antes de que las confidencias se tornaran armas arrojadizas con las que atacarse mutuamente. Irina debería haber escuchado a su padre. La cuna es importante. La pureza de la sangre que fluye por las venas tiene relevancia. Tal vez Vasili Federov esté a punto de convertirse en el hombre más poderoso del país, es posible que, tal como comentaba el New York Times la semana anterior, represente la mayor amenaza en estos momentos para la seguridad mundial, pero por dentro siempre será un ser defectuoso.
Hay una comitiva esperando para recibirlos en el andén de la estación Yaroslavski de Moscú. No se trata del padre de Irina, Vladímir Sokolov, sino de los líderes de los movimientos nacionales de extrema derecha, entre los que se cuentan la Unidad Nacional Rusa y el Movimiento Contra la Inmigración Ilegal. Federov se alegra de ver también a figuras prominentes del Partido de la Libertad de Austria y de la Liga Norte italiana, e incluso del Vlaams Blok de Bélgica.
Mira alrededor en busca del rostro que más necesita, aquel que dará mayor legitimidad a su impulso por hacerse con el máximo poder, la presidencia del país más grande del mundo. Sin embargo, no está allí. Federov aprieta los molares con tanta fuerza que se ve temblar el músculo en su mandíbula. Ha invertido mucho en ello; lo ha invertido todo.
—¿Dónde está? —masculla a Serguéi Denísov, pero este se encoge de hombros.
Denísov es bajo y fornido, su pelo trasplantado brota del cuero cabelludo como hierba recién plantada y luego teñida de color castaño, en llamativo contraste con sus cejas gruesas y negras. Tiene una cara mantecosa en la que sus ojos oscuros se hunden como si fueran guijarros. También es la mano derecha de Federov.
A Federov le desagrada, pero necesita servirse de su reputación de hombre duro y de su larga trayectoria militar. «El carnicero de Grozny». Así es como lo ha bautizado la prensa occidental tras las atrocidades cometidas en Chechenia bajo sus órdenes. Sin embargo, el miedo infunde respeto, y el crédito de Denísov sirve en cierto modo para contrarrestar las dudas sobre los orígenes de Federov.
En ese momento se oye un zumbido entre la multitud reunida en el andén y ahí está él, con su inconfundible tocado blanco de punta redondeada, ornamentado con un emblema en la parte delantera y una cruz dorada sobre la coronilla. Lleva unas vestiduras amplias de color negro con un grueso colgante de oro. Lo acompañan dos sacerdotes, uno a cada lado, ataviados con indumentaria similar. El respaldo público del cabeza de la Iglesia ortodoxa rusa es el mayor impulso a las aspiraciones de Federov de ocupar la presidencia, y bien vale los millones de dólares donados a causas benéficas y la promesa de un escaño para los cristianos ortodoxos en el brazo del gobierno que se ocupa de las políticas de desarrollo. Cuando los dos hombres se estrechan la mano, los flashes de los fotógrafos allí reunidos emiten un centenar de destellos. Las fotografías se publicarán en todo el mundo. «El nuevo ultraconservadurismo», lo llaman los periódicos, pero a Federov le desagrada el término. Su visión de unir los grupos desafectos de los márgenes del panorama político y social no solo en Rusia, sino en todos los antiguos estados soviéticos e incluso en tierras más occidentales, bajo un estandarte moderno, populista y contrario a la inmigración, no tiene nada de conservadora.
¿Acaso no capta la ironía ese tal Vasili Federov, también llamado Christopher Clay? Un hombre que se crio en Estados Unidos, que ha desfilado ante la bandera de las barras y las estrellas y que veía películas en las que los villanos tenían nombres rusos culpa ahora de todos los males de su madre patria a los forasteros, los inmigrantes, los desposeídos. No, no la capta, porque se considera más ruso que aquellos que jamás han pisado otras tierras, ya que él eligió volver; ha vuelto para inyectar su gran fortuna, obtenida de las venas de Estados Unidos, directamente en el corazón maltrecho del mayor enemigo de ese país. Siente que es ruso hasta la médula.
Su misión ahora es convencer al pueblo ruso de su compromiso y su patriotismo, y disipar la desconfianza. Por eso, tras la providencial fotografía tomada en la estación, se dirige a los estudios del canal Rossiya, la emisora de televisión de la que es propietario su amigo y compañero de fórmula política Anatole Poletov. Aunque lo de «amigo» es mucho decir, ya que Federov nunca ha sido muy bueno en el arte de trabar verdaderas amistades, pero sin duda se necesitan el uno al otro y los une el fervor por el nuevo orden mundial que están forjando.
Se siente inusualmente nervioso mientras lo maquillan, y tiene que contenerse para no apartarle de un golpe el brazo a la maquilladora, que pulula en torno a él como un insecto molesto. Lo ha obligado a quitarse las gafas y se siente expuesto y vulnerable, con el mundo oculto tras una fina pantalla.
—¡Ya está bien! —le espeta.
Necesita que se marche para poder concentrarse en lo que está a punto de decir. En lo que está a punto de prometer.
Nota el efecto de la luz y el calor de los focos del estudio televisivo, pero en este caso está peor su oponente, el vicepresidente Zhuravlev, visiblemente sudoroso. Federov recobra la confianza. El país, su país, está pidiendo a gritos un cambio. Su suegro, Vladímir Sokolov, ha permitido que se desate el caos porque está demasiado ocupado granjeándose las simpatías de Occidente, en concreto de la diplomacia de los gaseoductos que llena los bolsillos de los barones de la energía que lo apoyan, y no se da cuenta de que sus conciudadanos se mueren de hambre. En el corazón de la política rusa hay un nicho, y es ese el que Federov tiene intención de llenar.
Pero primero tiene que ganarse la confianza de la gente, y sabe muy bien cómo va a hacerlo.
El debate comienza. Hablan de política doméstica, de amenazas internacionales. Federov afirma tener voluntad modernizadora, pero al mismo tiempo lanza una advertencia sobre la rapidez con la que está cambiando el país. Habla del consumo de drogas y de las bandas criminales, vinculando ese discurso a los ciudadanos procedentes de Uzbekistán y Tayikistán, y a continuación canta las bondades del hecho de haberse criado en Estados Unidos.
—He visto con mis propios ojos a qué conduce la eterna búsqueda de la satisfacción con uno mismo. He visto cómo puede convertirse en una plaga que destruye la sociedad desde dentro.
Sin embargo, todo el tiempo está muy pendiente de no ser demasiado crítico con el antiguo régimen, de defender de boquilla los logros de Sokolov. A fin de cuentas, sigue tratándose de Rusia.
A Zhuravlev el sudor le resbala por la frente al ver que la dinámica del debate se le escapa de las manos. Por eso, arremete contra aquello en lo que su oponente es más débil.
—Tal vez al ser extranjero no se da cuenta… —empieza a decir—. Como usted también es inmigrante…
Federov aprieta los molares —su dentista no va a estar nada contento—, pero mantiene la expresión impasible. Le habla a la cámara sobre la localidad donde lo encontraron de recién nacido, en las recónditas entrañas de Siberia. Una localidad rusa, afirma, donde viven rusos de verdad. No subraya el contraste con las metrópolis de Moscú y San Petersburgo, unas ciudades con las miras puestas en Occidente, pero se deduce por sus palabras. Repite el discurso sobre su elección de ese país de forma consciente, al contrario de aquellos que, aunque han nacido con un pan debajo del brazo, eligen gastarse la fortuna que Rusia les ha dado en el sur de Francia, en Londres o en Oriente Medio. En ese momento, Zhuravlev, que ha pasado siete meses de ese año en su isla privada cerca de la costa de Dubái, se pasa un dedo por dentro del cuello de la camisa para aflojarlo, lo que tiene el desafortunado efecto de concentrar la atención en la flácida piel de su papada.
Zhuravlev siente que el suelo se derrumba bajo sus pies y busca desesperadamente algo con lo que conquistar a la audiencia, como la intención de reducir los impuestos y de aumentar las pensiones.
—No solo ofrecemos un fuerte liderazgo político, sino que también nos tomamos muy en serio nuestra misión de cuidar la cultura. —Enumera los monumentos que ha erigido su gobierno y los museos a los que han dotado de subvenciones. Parece que está recuperando posiciones—. No hay mayor testimonio de nuestro compromiso con la riqueza cultural de esta gran nación que la magnífica exposición cuyas puertas hemos abierto recientemente y que ha tenido una gran acogida internacional. Me refiero, por supuesto, a la genial reproducción, que ha supuesto la culminación de veinticinco años de trabajo artesanal y que ha tenido un coste de once millones de dólares, del símbolo ruso por antonomasia de la grandeza y de la gloria, la octava maravilla del mundo que nos fue arrebatada por los nazis hace seis décadas para acabar por desaparecer sin dejar rastro. La incomparable Cámara de Ámbar.
En cuanto termina de pronunciar esas palabras, Federov sabe que lo tiene pillado y saborea el triunfo. Ha llegado el momento de lanzarse a la carga con lo que le valdrá la victoria definitiva.
—¿Una réplica? —Una mueca de desprecio asoma a sus labios—. Qué típico de este gobierno intentar engatusar a la gente con una imitación del tesoro que nos corresponde de manera legítima. Pues para demostrarles lo mucho que amo a este país, a mí país, para demostrar mi compromiso, estoy dispuesto a hacerle al pueblo ruso una promesa solemne. —Se vuelve hasta mirar directamente a la cámara—. Si me dan su apoyo, juro que les devolveré no una réplica, no un tesoro falso ni una imitación cara, sino la auténtica Cámara de Ámbar.
En el plató no hay público, pero el murmullo de emoción que se extiende entre los empleados y el evidente disgusto que muestra el rostro decaído de Zhuravlev le revelan a Federov todo cuanto necesita saber.
Primera parte
1
A más de seis mil kilómetros de los estudios de Moscú que sirven de escenario al triunfo televisivo de Vasili Federov, justo donde el norte de Tailandia confluye con Birmania y Laos en la zona del sudeste asiático conocida como el Triángulo de Oro, una figura se mece lánguidamente en una hamaca en el porche de madera de una cabaña de bambú de las afueras de Chiang Saen.
Aubrey Argylle tiene poco más de veinte años, las extremidades largas y los hombros anchos. De ojos claros y barbilla dominante suavizada por un hoyuelo, lleva el pelo moreno y rizado recogido hacia atrás con un elástico marrón que ha encontrado esa misma mañana en el suelo de la oficina de correos de la ciudad. Los mechones sueltos se han rizado por el calor. El día anterior el termómetro sobrepasó los treinta y siete grados, y aunque hoy la temperatura es un poco más fresca, hay demasiada humedad para que el sudor se evapore; en vez de eso, forma una película viscosa sobre su piel.
Argylle tiene uno de los pies descalzos sobre la tarima de madera para mantener la hamaca en movimiento, pero el resto de su cuerpo está inmóvil. El cuaderno en el que escribía hace tan solo unos instantes descansa boca abajo sobre su vientre, y el bolígrafo, abandonado en su mano. Hace poco que ha vuelto de guiar a un pequeño grupo turístico por una ruta de montaña hasta Wat Phra That Pha Ngao, un templo budista situado en la cima de una colina a unos cuantos kilómetros de la ciudad. El templo en sí no tiene nada de especial, pero desde allí se goza de una vista impresionante del río Mekong y de las junglas de montaña que se extienden en la otra orilla y penetran en Laos.
«¿Esto es todo?», le han preguntado los turistas, estirando el cuello en sentido contrario hacia las escarpadas colinas de Birmania. «¿Ya estamos en el Triángulo de Oro?».
Argylle está acostumbrado a capear el desencanto de los turistas que han venido hasta aquí con la expectativa de ver las recuas de mulas que tiran de vagones cargados con ladrillos de opio y que recorren la distante cadena montañosa. Hace tiempo que el comercio de opio que dio fama a la zona entre 1960 y 1990 se ha trasladado a Afganistán. Todavía operan algunas bandas locales, sobre todo los señores de la guerra del bando de Birmania, y se sigue transportando opio desde los campos de amapolas de lo alto de las montañas hasta Chiang Rai y Bangkok, y de allí hasta América y Hong Kong. Pero ahora, los traficantes que quedan suelen comerciar con metanfetamina, mucho más lucrativo pero que carece del antiguo glamour por el que los turistas se han desplazado hasta el lugar.
Argylle podría decirles que el tráfico de droga no tiene absolutamente nada de glamuroso.
Si le preguntaran cuánto tiempo lleva esforzándose por subsistir en este remoto lugar tropical, ofrecería una respuesta vaga. «Un par de años», diría, aunque más bien son cinco. No quiere afrontar el hecho de que ha llegado a un punto muerto.
Sabe bien que regresó aquí en busca de respuestas, pero no tiene ni idea de por qué se ha quedado.
Se obliga a ponerse de pie y se arrastra hasta la cerveza, ya tibia. Entra en la cabaña, construida con tablones de madera apoyados al través sobre una estructura también de madera, paredes y tejado de bambú y ventanas sin cristal que dejan paso al ambiente bochornoso, la cruza hasta un tablón de madera que descansa sobre dos latas de aceite vacías a modo de estantería para toda una hilera de libros de cubierta blanda muy manoseados; algunos de los cuales son la típica compra de aeropuerto intercambiada con algún mochilero durante una larga estancia, mientras que otros resultan más sorprendentes: Camus, Kafka, James Baldwin. En el extremo más alejado hay una pila de cuadernos de notas, y encima coloca ese en el que estaba escribiendo hace un rato.
La mayoría son libretas baratas de las que compra en la ciudad. Solo la de abajo del todo es diferente, gruesa y encuadernada en piel, por cuyo borde inferior asoma la punta de una tira de raso incorporada que hace las veces de marcapáginas. No necesita abrirla para saber lo que hay escrito en la primera hoja: «El mundo es tal maravilla que vale la pena tomar nota de absolutamente todo». Fue un regalo que su madre le hizo la Navidad antes de morir. Él ni siquiera llegó a abrirla, se limitó a musitar un simple «gracias» y la dejó olvidada en el fondo de la maleta. No fue hasta al cabo de unos meses, después de todo lo ocurrido, cuando la abrió y, tras acariciar las gruesas hojas pautadas de color crema, empezó a escribir descripciones de cosas que había visto, fragmentos cortos de algunas conversaciones. Y ya no ha dejado de hacerlo. De ahí todos esos cuadernos llenos de palabras.
Le escribe a ella, y lo sabe. Le escribe cosas del mundo que ya no puede ver.
Argylle levanta el borde de la mosquitera de tela que cuelga de un gancho del techo y coge unos tejanos de encima del fino colchón individual colocado en el suelo. La primera vez que subió a las montañas iba con pantalones cortos, pero nunca ha vuelto a cometer el mismo error. En los escalones del porche hay unas deportivas viejas y andrajosas que deja fuera porque no huelen muy bien, y se las pone sin molestarse en desatar los cordones. Una camiseta de Johnny Cash con el color desvaído completa su indumentaria.
Su plan es trasladarse en bicicleta hacia el norte, hasta pasado Sop Ruak, la localidad donde convergen Tailandia, Laos y Birmania, y desde allí penetrar en las colinas. En sentido estricto, eso supone cruzar la frontera de Birmania, que se halla bajo un rígido régimen militar, pero tiene una coartada por si lo paran; es un guía turístico en busca de nuevas rutas. Las cosas no son como en los viejos tiempos. Por todas partes hay muestras de que la región está avanzando. Aun así, a pesar de la imagen renovada, Argylle es consciente de los peligros que siguen acechando en el lugar. Puede que la heroína haya dejado paso a la metanfetamina, pero sabe que se trata de un negocio igualmente mortal. Las recompensas son tremendas, de miles de millones de dólares y, por lo tanto, los riesgos también. En esta jungla operan bandas criminales internacionales, a pesar de las múltiples señales que anuncian la pena de muerte para todo aquel al que pillen traficando con droga. Los señores de la guerra, las tríadas chinas e incluso la mafia rusa. No son tipos a los que invitarías a tomar una cerveza, y no es la primera vez que aparece algún cadáver con mutilaciones horribles. Si te aventuras a pisar territorio enemigo, es cosa tuya.
¿Qué busca Argylle en realidad, arriesgándose a ascender con la bicicleta por la carretera polvorienta que deja atrás Sop Ruak? ¿Qué lo lleva a penetrar en la jungla una y otra vez y lo mantiene atado a ese patrón de espera continua en que se ha convertido su vida?
Abandona la bicicleta y empieza a caminar montaña arriba siguiendo un sendero apenas visible que atraviesa la maleza, cada vez más tupida. Además de un par de botellas de agua, en la mochila lleva un pequeño machete con el que cortar la densa vegetación. Es un trabajo agotador y nada gratificante; sus pies levantan una polvareda rojiza a cada paso. Por encima del manto de selva tropical que lo cubre, el cielo tiene el color amarillento del barro. De vez en cuando se topa con la gruesa espiral de alambre de espino con la que Birmania se esfuerza por delimitar su frontera. Se dirige a uno de los poblados akha. Los akha son una de las tribus de las colinas, gentes desplazadas desde China o el Tíbet que no son bien recibidas en ninguno de los tres países que conforman la región. En el pasado, esa tribu estuvo muy vinculada al cultivo de las adormideras, pero ahora se gana la vida vendiendo los artilugios que fabrica y ataviándose para posar en las fotografías de los grupos turísticos que suben hasta aquí.
Argylle habla tailandés con fluidez, igual que árabe, mandarín, español, francés, alemán y ruso, pero los akha se comunican en un dialecto propio, y conseguir hablar con ellos para formularles sus preguntas le lleva un buen rato. Tiene las fotografías de sus padres en el bolsillo, con los bordes desgastados de tanto manosearlas.
Sin embargo, cuando se halla todavía a una hora de camino del claro donde se encuentran las chozas de la tribu con su inconfundible tejado de bambú, separadas del terreno por los pilotes de madera que las sostienen, Argylle se detiene en seco.
Más allá del suave piar del podargo, del chillido del eurilarmo verde esmeralda de cola larga y del cantar de una curruca desde las ramas altas, más allá del sonido de las pisadas de sus deportivas en la tierra y del crujir de la hojarasca y las ramas secas, oye el zumbido quedo de una avioneta ligera en la distancia.
Al instante, Argylle se siente retroceder en el tiempo hasta un pequeño aeródromo de la jungla, con solo tres o cuatro avionetas; se apretuja en la cabina mientras su padre le explica para qué sirven los mandos. Siente la subida de adrenalina de la primera vez que las ruedas del aparato se elevan sobre el terreno, consciente de que a partir de ese momento todo depende de él. Los aeródromos fueron cambiando: Brasil, Filipinas, África Occidental, el sur de España… Estaban allá donde los llevara el negocio de importación y exportación de sus padres. Pero siempre había una avioneta, y siempre estaba su padre, impaciente, voluble, exigente, cariñoso. Complicado.
Argylle se dirige a un claro para poder ver la avioneta. Es de un solo motor, tal vez de seis asientos, con una hélice en el morro y unos símbolos azules y dorados. Ha visto antes una igual, en el pequeño aeródromo de Mong Hsat, al otro lado de la frontera de Birmania, donde su padre y él aterrizaron con su Cessna durante una salida de fin de semana.
«¿Es cierto que aquí una vez la CIA llevó a cabo una operación para favorecer el tráfico de heroína?», le ha preguntado antes uno de los turistas del grupo al que ha guiado. Él se ha encogido de hombros. «Es posible», les ha dicho. Estados Unidos deseaba mantener a Birmania, Laos y Tailandia libres de la influencia de la China comunista, situada a pocos cientos de kilómetros de distancia de la frontera. Con ese fin, respaldaron al Kuomintang, o KMT, un grupo de exiliados chinos que intentaban recuperar su país de manos de los comunistas y financiaron su lucha con recursos procedentes del contrabando de heroína. Si la CIA estuvo implicada de forma directa o indirecta en ello es algo que queda sujeto a la opinión de cada cual, pero desde luego sirvió para que se instalaran antenas de radio en la zona, y también ayudó a la construcción de esa pequeña pista de aterrizaje que nadie usa desde hace mucho tiempo a excepción de algún que otro contingente de la CIA o de la DEA.
Argylle observa la trayectoria de la avioneta en el aire, con la mente todavía perdida en el pasado. En otra vida.
¡Bang! Un ruido ensordecedor interrumpe la paz de la jungla y provoca un tremendo alboroto entre los pájaros. Durante una fracción de segundo, el mundo se detiene, toda actividad se paraliza. La pequeña avioneta queda suspendida en el aire, sin hacer ruido. De pronto, el sonido inconfundible de un motor que renquea.
2
Un segundo después, la avioneta cae desde el cielo. Argylle espera a oír la explosión, pero esos aviones pequeños llevan tan poco combustible que el impacto queda camuflado.
Corre en dirección a la fina voluta de humo negro que se eleva por encima de los árboles y se da cuenta tarde de que el ruido de hace unos momentos no se debía al estallido de un motor. Era el disparo de un arma de fuego.
No hay muchas bandas de narcotraficantes en esta región con recursos suficientes para incluir armas antiaéreas en su arsenal.
El Sam Gor, también conocido como la Compañía, es un sindicato chino cantonés formado por miembros de cinco tríadas distintas y con sede en el estado Shan de Birmania, aunque sus tentáculos se extienden mucho más allá de esos territorios. Según se dice, su volumen de facturación alcanza varios miles de millones, por lo que tienen acceso a las armas más sofisticadas. Eso, unido a su legendaria sed de violencia y brutalidad, los convierte con creces en el cartel más temido del Triángulo de Oro.
Argylle lo sabe todo sobre ellos a causa de una amarga experiencia. Ojalá no fuera así.
Cuando, una media hora más tarde, se aproxima al lugar donde se ha estrellado la avioneta, se siente como un trapo viejo por culpa del calor, y la respiración le desgarra la garganta. Si su presentimiento sobre la Compañía es cierto y lo pillan allí, no saldrá nunca, al menos por su propio pie. Aminora la marcha para deslizarse sigilosamente por un sendero entre los árboles, pegado a la vegetación más densa, y se detiene a escuchar en busca de alguna señal de vida.
Huele la avioneta antes de verla, nota la aspereza del humo en los pulmones. En Tailandia es la época de las quemas, cuando los granjeros destruyen los restos de vegetación de las tierras para preparar la nueva plantación y el humo cubre los valles y las arboledas; pero esto es otra cosa.
Desde detrás de un árbol ve a dos personas, un hombre y una mujer, que dan patadas a una manta extendida en el suelo para deshacerse de los restos del incendio, y a otro hombre sentado en el suelo cerca de ellos con la cabeza entre las manos. Todos tienen la cara tiznada y la expresión aturdida. Por detrás de ellos, la avioneta yace con el morro muy hundido en la tierra, ha perdido un ala y hay restos del aparato esparcidos por todo el claro. Argylle examina con nerviosismo los alrededores, pero no encuentra señales de la banda responsable.
La mujer sostiene el teléfono móvil en alto, en busca de cobertura.
—Han destruido las antenas de telefonía —dice desanimado el hombre que la acompaña.
—Deprisa, tienen que marcharse. —Los tres pasajeros maltrechos se sobresaltan cuando Argylle aparece entre los árboles. Él lo intenta otra vez—. La gente que les ha disparado llegará aquí de un momento a otro. ¿Dónde tienen las armas? —De nuevo, no obtiene respuesta—. Vamos. —Pierde la paciencia—. Ya sé que son de la CIA. ¿Dónde coño tienen las armas?
Por fin es la mujer quien habla. Argylle repara por primera vez en el extraño ángulo que forma su brazo derecho y el modo en que lo sostiene con el izquierdo.
—De la CIA no, de la DEA. Charlie tiene una pistola.
Argylle observa a los dos hombres mientras intenta deducir quién es Charlie.
—No son ellos —le explica la mujer en tono molesto—. Charlie, allí. —Levanta la barbilla para señalar los restos de la avioneta—. Pero está… —Sacude la cabeza.
Argylle mira alrededor. El Sam Gor podría llegar en cualquier momento y los agentes federales son dianas sentadas en medio del claro. Si se queda con ellos, él también caerá.
Lo que debería hacer, lo que cualquier persona cuerda haría en esa situación, es echar a correr y abandonar a esos pobres imbéciles a su suerte.
«Mierda».
Aunque sabe que es la idea más disparatada del mundo, corre hacia la portezuela de la avioneta —bueno, más bien hacia el hueco donde antes había una portezuela— y se cuela dentro. Durante unos instantes se queda paralizado ante la visión del piloto estampado sobre el tablero de mandos con el cráneo destrozado.
Un gemido lo sobresalta y lo saca de su estupor. Amarrado al asiento del lado izquierdo de la primera fila ve un hombre de mediana edad algo entrado en carnes a quien al principio también había dado por muerto. Se agacha en medio del estrecho pasillo con un ojo pegado a la ventanilla, desde donde observa a los tres agentes de la DEA siniestrados.
—Eh, Charlie. ¿Cómo estás, tío? —dice en voz baja, aunque puede ver por sí mismo cómo está el hombre. La barra del portaequipajes se ha soltado del soporte y se ha incrustado profundamente en su vientre.
Es imposible que sobreviva. Argylle repara en la culata de la pistola a la altura de su cadera, pero para sacarla tiene que sortear con el brazo esa cosa que tiene clavada.
Por el rabillo del ojo capta un movimiento en el exterior, un destello del sol al rebotar en algo metálico. El instinto lo lleva a regresar a la cabina y permanecer agachado mientras el pulso le aporrea los oídos. Ahora oye gritos. Gracias a la temporada que pasó en Singapur de niño, comprende lo que dice la voz que habla en mandarín —«Al suelo, al suelo»—, pero no al hombre que habla cantonés. Una mujer chilla. Por la ventana, Argylle ve que los tres pasajeros de la avioneta yacen tumbados boca abajo sobre la tierra, con las manos detrás de la cabeza. Están rodeados por al menos siete hombres, y todos los apuntan con sus armas. La mujer tiene el brazo doblado por debajo del cuerpo en una posición extraña. Mira hacia la avioneta y abre mucho los ojos cuando ve a Argylle. Él se lleva un dedo a los labios. Sabe muy bien de lo que es capaz esa gente. Ahora el hombre que habla cantonés le grita algo a un muchacho —de catorce o quince años como mucho— mientras señala en dirección a la avioneta y Argylle vuelve a agachar la cabeza. ¿Lo habrán visto? Tiene el pecho dolorido por la tensión y la boca más seca que la tierra árida.
El chico le responde con una voz aguda, en mandarín. «No pienso subir ahí. Huele mucho a gasolina. Va a explotar».
Argylle ya ha notado el inconfundible olor a combustible de la avioneta. Está atrapado dentro de un polvorín.
Se desata una discusión entre el muchacho y su jefe, pero no cabe duda alguna de quién tiene las de ganar. Argylle mira alrededor, presa del pánico. Con una simple mirada, comprueba que Charlie ya está muerto; tiene la cabeza inclinada hacia atrás y las manos cruzadas por encima de la barra metálica que lo atraviesa. Detrás de él hay dos asientos vacíos, uno a cada lado del estrecho pasillo y un solo asiento en la última fila. Ningún sitio donde esconderse.
Desesperado, Argylle se introduce como puede en el pequeño espacio entre el asiento trasero y el fondo del avión. No dispone de nada para taparse y, sin duda, si alguien se acerca a la parte de atrás del avión, lo verá.
Por entre el hueco que queda entre los asientos, ve al chico subir a la avioneta con la pistola a punto. Se nota que está muy nervioso, le tiemblan los dedos alrededor del seguro del gatillo. El olor a combustible es ahora más intenso y el chico se levanta la camiseta para cubrirse la nariz y enmascarar el hedor. Apenas echa un vistazo al piloto con la cabeza apoyada en medio de un charco viscoso de sangre y sesos, pero frena en seco cuando llega junto a Charlie. Al principio, Argylle cree que es el sobresalto lo que lo ha paralizado, pero entonces el chico estira el brazo por debajo de la barra del portaequipajes y coge la pistola. «Ah, es eso», piensa Argylle. Pero el chico sigue agachado junto al hombre muerto y rebusca entre su ropa, hasta que por fin da un gritito de satisfacción a la vez que se pone de pie sosteniendo en la mano una billetera, que acto seguido, esconde por dentro de la cinturilla de sus pantalones.
En el exterior, el hombre que está al mando empieza a gritar. El chico, todavía con la camiseta cubriéndole la nariz, echa un vistazo desesperado al interior de la avioneta y sus ojos se posan en la parte trasera. Por un segundo, Argylle está seguro de que va a avanzar; un par de pasos más y lo verá claramente. Pero entonces, de pronto, da media vuelta y abandona de un salto el aparato siniestrado.
Argylle respira aliviado. Se pone de pie y estira las largas piernas mientras trata de calmar su acelerado corazón. Por la ventana ve a los rehenes, que son obligados a adentrarse en la jungla con las pistolas apuntándolos por la espalda.
Se apretuja para avanzar por el pasillo de la avioneta, pero vuelve a lanzarse rápidamente detrás del asiento de Charlie cuando oye un siniestro crujido del fuselaje.
«Ha subido alguien».
Por suerte para Argylle, el hombre que ha entrado en la cabina es de complexión robusta, puesto que eso lo ha advertido de su llegada. Agachado detrás del asiento, cierra los ojos con fuerza mientras aguarda a que lo descubran.
Cuando comprueba que lo que creía inevitable no se produce, vuelve a abrir los ojos. El brazo de Charlie cuelga por el lateral de su asiento después de que el chico se lo dislocara. Argylle intenta no fijarse en su alianza de boda, no pensar en su esposa, o en los hijos que tal vez tenga. Entre el brazo y el asiento hay una rendija por la que puede ver al hombre corpulento plantado en mitad del morro de la avioneta, donde antes ha estado él. Se ha inclinado sobre el piloto muerto para arrancar algo del tablero de mandos: una caja negra cuadrada con una antena que sobresale por la parte superior y que Argylle reconoce de inmediato; se trata del transpondedor de la avioneta.
El transpondedor portátil contiene el código único de la avioneta, gracias al cual los controladores aéreos pueden rastrear la señal del radar y asegurarse de que no choca con nada. El hombre toquetea el mando; Argylle, gracias a todas las horas que pasó volando junto a su padre, sabe que pretende apagar el aparato para evitar que transmita señales que revelen su paradero.
Ahora el hombre examina a Charlie, y Argylle siente náuseas al darse cuenta de que, igual que el chico, está buscando la cartera que, con toda probabilidad, lleva guardada en el bolsillo interior de la chaqueta. Si da un paso más en su dirección, está acabado.
Fuera se oye un grito, pero el hombre no se mueve. El momento parece eternizarse mientras posa los ojos negros de mirada severa en el lugar preciso donde Argylle permanece agachado. Un nuevo grito, esta vez más fuerte, lo obliga a tomar una decisión y da media vuelta, mascullando entre dientes, para acabar por apearse de un pesado salto.
El alivio resulta tan patente que Argylle puede palparlo en el ambiente.
Una vez que el grupo se ha alejado del claro, con los hombres empuñando las pistolas para empujar y obligar a avanzar a los estadounidenses, Argylle se abre paso hasta el morro de la avioneta. Debería marcharse, debería echar a correr en dirección opuesta al grupo. Sabe que la CIA habrá estado rastreando el avión, de modo que seguro que hay refuerzos en camino.
También sabe que cuando los refuerzos lleguen, será demasiado tarde. La jungla en ese lugar es densa, y solo hay un bando que sepa moverse por allí.
No es problema suyo. Él no le debe nada a esa gente.
Piensa en la mujer, tumbada en el suelo con el brazo roto doblado por debajo de su cuerpo y una lágrima resbalándole por la mejilla.
Coge el transpondedor.
3
Frances Coffey da una calada larga e insatisfactoria a su vapeador de nicotina. Quienquiera que decidiese que un tubo de plástico es un buen sustituto de los cigarrillos nunca ha sido fumador, desde luego.
«Soy una persona que no fuma», se recuerda Coffey a sí misma, tal como le ha inculcado su terapeuta. «Soy una persona que no fuma… pero que mataría por un Marlboro Light».
—Decidme exactamente cuándo hemos perdido la señal.
Mike Randall se vuelve hacia su monitor.
—Ha sido hace seis minutos… Ahora siete.
—¿Qué narices ha pasado?
Randall se encoge de hombros y lanza una mirada a su compañero y amigo, el agente Joe Quintano. En privado, ambos han reconocido que, a pesar de que entre los dos suman veintiún años de experiencia en la Agencia, a veces la jefa los hace sentirse como si estuvieran de nuevo en el colegio intentando disimular el hecho de que no conocen la respuesta. Se debe a una combinación de su saber enciclopédico a causa de los años que pasó trabajando en la División de Archivos Clasificados y una aguda inteligencia emocional que la convierte en alguien capaz de adivinar cuál será la siguiente reacción de una persona en cualquier escenario imaginable.
—La avioneta ha salido de Mong Hsat tal como estaba planeado. Volaba con toda normalidad y, de repente, se ha precipitado desde el cielo.
—¿Ha sido un accidente?
—Es posible —responde Quintano mientras tamborilea con los dedos en su barbilla—. Un fallo del motor, tal vez. Pero… ¿por qué de pronto el transpondedor ha dejado de emitir señal cuando el avión ha caído?
En las instalaciones clandestinas de la CIA, situadas debajo de una planta de productos químicos agrícolas de la zona rural de Delaware, Frances Coffey, la directora de operaciones de la CIA —una mujer de un metro sesenta y dos de estatura, con una pulcra melena castaña y gafas de montura de carey además de una mirada de ojos gris claro que, cuando los fija en una persona, provoca que esta quiera hacerlo todo mejor e incluso ser mejor— vuelve a aspirar con fuerza su cigarrillo de plástico.
—Creo que no tenemos más remedio que aceptar que lo han derribado a propósito —dice Randall.
—¿Sabemos qué sindicatos operan en la región?
Quintano se vuelve hacia el ordenador y teclea unas órdenes.
—No pinta nada bien, jefa —responde con expresión desanimada.
Coffey da un paso al frente para mirar la pantalla. Su cara, siempre pálida, se torna lívida.
—¿Quiénes son? —pregunta Randall.
—El Sam Gor —explica Quintano—. La Compañía. Su líder es Tse Chi Lop, y a su lado Pablo Escobar parece Mary Poppins.
—¿La DEA lo estaba investigando a él?
Coffey asiente.
—Seguro. No hace falta que os diga que Estados Unidos está minado por una epidemia de consumo de metanfetamina, y que esa droga se fabrica sobre todo en los narcolaboratorios que dirigen sindicatos como…
—El Sam Gor —concluye Randall—. Ya lo pillo. O sea, que usted cree que ese tal Tse ha derribado nuestro avión porque la DEA les estaba haciendo demasiadas preguntas, ¿no?
Coffey asiente de nuevo.
—Eso parece.
Los tres guardan silencio mientras intentan imaginar lo que eso significa. Entonces Coffey entorna los ojos detrás de sus gafas progresivas ante algo que emite un pitido en la pantalla del ordenador.
—¿Qué ocurre?
Quintano hace girar su silla.
—¿Qué…? El transpondedor vuelve a emitir señal. Parece que la avioneta se está moviendo.
—¿Está volando?
Lo único que delata la emoción de Coffey es la falta de riego sanguíneo en los nudillos de la mano con la que aferra el respaldo de la silla de Joe Quintano.
Quintano niega con la cabeza.
—Pero acabas de decir que la avioneta se estaba moviendo…
—Sí, pero…
—Pero ¿qué?
—Se mueve como si…, como si estuviera andando, señora.
A Coffey le da vueltas la cabeza mientras sopesa las posibilidades. Sin pensar, introduce la mano en el bolsillo en busca de su paquete de cigarrillos y suspira cuando sus dedos descubren que está vacío.
«Soy una persona no fumadora», se recuerda a sí misma a la vez que sigue con la mirada el movimiento de la señal luminosa en la pantalla.
«¿Qué narices está pasando?».
4
En las profundidades de la traicionera jungla del estado de Shan, situado en el lado peligroso de la frontera de Birmania, Argylle avanza detrás del grupo de rehenes mientras sostiene el transpondedor bajo el brazo.
Tras cinco años viviendo en esa parte del mundo, está acostumbrado al terreno, a los insectos y al calor que se pega a la piel. En febrero y marzo el aire siempre es denso a causa de una combinación de incendios forestales y de las quemas de los granjeros que destruyen los rastrojos de la última cosecha para preparar los campos para una nueva, lo que dispara los niveles de contaminación, y Argylle siente que todas las células de su cuerpo están a punto de declararse en huelga. Está acostumbrado a la densa vegetación que lo obliga a detenerse cada pocos metros para abrirse paso con el machete, pero no cuando al mismo tiempo trata de guardar silencio y lleva bajo el brazo un aparato negro que, aunque es más pequeño que una caja de zapatos, pesa mucho y se le resbala por culpa del calor sofocante.
Esa área es nueva para él; corresponde a una de esas franjas de terreno desconocido que sus amigos tailandeses señalarían en el mapa mientras sacuden la cabeza para advertirle del peligro.
No es buena idea vagar por esas zonas. Ni hacer fotografías.
Ahí es donde se encuentran los narcolaboratorios dirigidos por bandas que cuentan con su propia milicia. Las autoridades tienden a hacer la vista gorda a cambio de respaldo militar y una parte del beneficio.
Argylle sabe que si lo descubren allí, lo más probable es que se convierta en uno más de los muchos desaparecidos, personas que se adentran demasiado en la zona gris del mapa y de las que nunca se vuelve a tener noticia. O aparecen descuartizadas. Le viene una imagen a la cabeza: dos ataúdes, uno al lado del otro. Se la sacude de encima.
¿Qué hace en ese lugar? ¿Por qué arriesga su vida por un grupo de extraños? No tiene respuesta. Lo único que sabe es que durante los últimos cinco años siente que ha vivido en una especie de habitación acolchada donde nada lo afecta, insensible a lo que ocurre a su alrededor. Pero ahora, en ese preciso momento, por fin se siente vivo.
A medida que avanza, los árboles se vuelven menos densos y aminora la marcha antes de llegar a un claro en mitad de la jungla, donde consigue divisar a un grupo de personas delante un edificio de alguna clase. Oye muchos gritos y nota el escalofrío del miedo cuando comprende el peligro real en que se encuentra. Si el lugar es un narcolaboratorio al que la banda ha llevado a los rehenes, nadie saldrá de allí con vida. Hay demasiado en juego. Y si el truco del transpondedor funciona y los refuerzos de la CIA vienen en camino, se estarán dirigiendo a una trampa mortal.
Mira a su alrededor y sopesa la situación, hasta que ve un viejo árbol del té muy nudoso que le servirá de mirador. Esconde el transpondedor entre la maleza y se impulsa hacia lo alto del tronco basto y punzante mientras da gracias en silencio por los tejanos que le protegen los muslos e impiden que acaben destrozados por los arañazos.