El cerebro masculino

Louann Brizendine

Fragmento

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Agradecimientos

Este libro se gestó durante mis años de formación en la Universidad de California en Berkeley, en la Universidad de Yale, en la Universidad de Harvard y en el University College londinense, de modo que quisiera expresar mi agradecimiento a los profesores que más influyeron en mi pensamiento en aquella etapa: Frank Beach, Mina Bissell, Harold Bloom, Marion Diamond, Walter Freeman, Florence Haseltine, Richard Lowenstein, Daniel Mazia, Fred Naftolin, Stanley Jackson, Roy Porter, Carl Salzman, Leon Shapiro, Rick Shelton, Gunter Stent, Frank Thomas, George Valliant, Clyde Willson, Fred Wilt, Richard Wollheim.

Durante los años de facultad en Harvard y en la Universidad de California-San Francisco, mi pensamiento se vio influido por Cori Bargman, Samuel Barondes, Sue Carter, Regina Casper, Lee Cohen, Mary Dallman, Allison Doupe, Deborah Grady, Mel Grumbach, Leston Havens, Joel Kramer, Fernand Labrie, Sindy Mellon, Michael Merzenich, Joseph Morales, Kim Norman, Barbara Par­ry, Victor Reus, Eugene Roberts, Nirao Shah, Carla Shatz, Stephen Stahl, Marc Tessier-Lavigne, Rebecca Turner, Owen Wolkowitz, Chuck Yingling y Ken Zack.

Debo mencionar también a mis colegas, el personal, los médicos internos, los estudiantes de medicina y los pacientes de la Women’s and Hormone Clinic. Quisiera dar las gracias particularmente al cuerpo docente de la clínica: Lyn Gracie Adams, Steve Hamilton, Dannah Hirsch, Jane Hong, Shana Levy, Faina Novosolov y Elizabeth Springer.

Por su amistad y por su apoyo incondicional, quiero mencionar a Lynne Benioff, Marc Benioff, Diane Cirincione, Janet Durant, Adrienne Larkin, Sharon Melodia, Nancy Milliken, Jeanne Roberston, Sandy Robertson, Alla Spivak y Jodi Yeary.

El trabajo que se presenta en este libro debe mucho a las investigaciones y los textos de los siguientes autores: Marty Altemus, Arthur Arnold, Arthur Aron, Simon Baron-Cohen, Andreas Bartels, Frank Beach, Jill Becker, Sherri Berenbaum, Karen Berkley, Jeff Blaustein, Marc Breedlove, Lucy Brown, David Buss, Larry Cahill, Anne Campbell, Sue Carter, David Crews, Susan Davis, Karl Deisseroth, Geert De Vries, Catherine Dulac, Elisa Epel, Helen Fisher, David Geary, Jay Giedd, Jill Goldstein, Louis Gooren, Mel Grumbach, Andy Guay, Elizabeth Hampson, Bob Handa, James Herman, Melissa Hines, Gert Holstege, Sarah Hrdy, Janet Hyde, Tom Insel, Bob Jaffe, Doreen Kimura, Eleanor Maccoby, Dev Manoli, Helen Mayberg, Martha McClintock, Erin McClure, Bruce McEwen, Michael Meaney, Toni Pak, Barbara Par­ry, Don Pfaff, David Rubinow, Robert Sapolsky, Peter Schmidt, Nirao Shah, Barbara Sherwin, Elizabeth Spelke, Dick Swaab, Jane Taylor, Shelley Taylor, Rebecca Turner, Kristin Uvnas-Moberg, Victor Viau, Myrna Weissman, Sandra Witelson, Sam Yen, Kimberly Yonkers, Elizabeth Young, Larry Young, y muchos otros científicos cuyas obras se citan en este libro.

Quisiera dar también las gracias a las fundaciones y entidades que han respaldado este libro: la familia Lynne y Marc Benioff, la Fundación Médica Lawrence Ellison, el Centro Nacional de Excelencia en Salud de la Mujer de la Universidad de California-San Francisco, la Fundación Osher, el Festival de Música Staglin para la Salud Mental, la Fundación Salesforce.com, la Fundación Stanley y el departamento de psiquiatría de la Universidad de California-San Francisco.

Este libro se ha escrito y reescrito con la colaboración de Toni Robino, a quien debo la mayor gratitud.

Asimismo quisiera dar las gracias, de forma muy especial, a Diane Middlebrook y el Salón Literario. Diane dispuso las condiciones necesarias para que yo pudiese empezar a escribir; leyó muchos borradores de la obra, y fue y sigue siendo una inspiración, a pesar de su muerte prematura.

Amy Hertz creyó en este libro desde el primer día y merece un agradecimiento especial por contribuir a modelar mi pensamiento y escritura a lo largo de los años.

Estoy muy agradecida a quienes facilitaron que este libro fuera posible: Julie Sills, Stephanie Bowen, Eliza­beth Rendfleisch, Mark Birkey, Gary Stimeling, Lorraine Glennon, Diane Salvatore, mi siempre alentadora agente Lisa Queen, de Queen Literary, y mi delicada agente publicitaria en Random House, Rachel Rokicki.

Estoy muy agradecida a mi editora de Random House, Kris Puopolo, que me apoyó con inteligencia, habilidad y dedicación durante los muchos años de escritura, reescritura, comienzos e interrupciones.

También agradezco a mi hijo, John «Whitney», la gentileza con que me aportó muchas de sus anécdotas personales y lo mucho que ha contribuido a mi comprensión del mundo de los chicos, adolescentes y jóvenes varones. Su sentido del humor y su determinación siguen inspirándome.

Ante todo quiero dar las gracias a mi marido y alma gemela, Sam Barondes, por todo: su comprensión del mundo masculino, su sabiduría, su frivolidad, su inteligencia, sus críticas, sus consejos editoriales, su sagacidad científica, su tolerancia, empatía y amor.

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 cabeza

Los científicos consideran que las áreas cerebrales como el CCA, la UTP y la ZCR son los «centros» de la activación cerebral, que envían señales eléctricas a las restantes áreas del cerebro, provocando que ocurran o no determinadas conductas.

1. ÁREA PREÓPTICA MEDIAL (APM): ésta es el área del impulso sexual, que se localiza en el hipotálamo y es 2,5 veces mayor en el varón. Los hombres la necesitan para iniciar una erección.

2. UNIÓN TEMPOROPARIETAL (UTP): este centro cerebral de la «empatía cognitiva» es un buscador de soluciones que aúna los recursos del cerebro con el fin de resolver problemas inquietantes, tomando en consideración la perspectiva de las demás personas implicadas. Durante la interacción emocional interpersonal, esta zona está más activa en el cerebro del varón, se estimula más rápidamente y se apresura a buscar una solución rápida y práctica.

3. NÚCLEO PREMAMILAR DORSAL (NPD): es el área de defensa del territorio. Se halla en la zona más profunda del hipotálamo y contiene todos los circuitos del afán de superioridad, la defensa territorial, el miedo y la agresividad, rasgos instintivos en el varón. Es un área más amplia en el hombre que en la mujer y contiene circuitos especiales para detectar desafíos territoriales de otros hombres, lo que le confiere una mayor sensibilidad ante potenciales amenazas territoriales.

4. AMÍGDALA: es el sistema de alarma de la amenaza, el miedo y el peligro. Dirige los impulsos emocionales. La testosterona, la vasopresina y el cortisol la estimulan, mientras que la oxitocina la calma. Esta área es mayor en los hombres que en las mujeres.

5. ZONA CINGULADA ROSTRAL (ZCR): es el barómetro del cerebro para registrar la aprobación o desaprobación social. Esta área de «soy o no aceptado» impide que los humanos cometan el error social más importante: ser demasiado distintos de los demás. La ZCR es el centro cerebral de procesamiento de los errores sociales. Nos alerta cuando no damos en el blanco en el marco de las relaciones o el mundo laboral. En la pubertad esta zona tal vez ayuda a los varones a anular las respuestas faciales con el fin de ocultar sus emociones.

6. ÁREA TEGMENTAL VENTRAL (ATV): es el centro de la motivación, un área profunda del centro del cerebro donde se fabrica la dopamina, un neurotransmisor necesario para iniciar el movimiento, la motivación y la recompensa. Es una zona más activa en el cerebro masculino.

7. ÁREA GRIS PERIACUEDUCTAL (GPA): la GPA, que forma parte del circuito cerebral del dolor, contribuye a controlar el dolor y el placer involuntarios. Durante la relación sexual, es el centro del gemido, el placer intenso y la inhibición del dolor. Está más activo durante las relaciones sexuales en el cerebro masculino.

8. SISTEMA NEURONAL ESPECULAR (SNE): es el sistema empático emocional del «siento lo mismo que sientes tú». Sincroniza con las emociones de los demás mediante la lectura de las expresiones faciales y la interpretación del tono de voz y otras pistas emocionales no verbales. Es más amplio y está más activo en el cerebro femenino.

9. CÓRTEX CINGULADO ANTERIOR (CCA): es el área «doña angustias» del miedo al castigo y el centro de la inquietud por el rendimiento sexual. Es más pequeña en los hombres que en las mujeres. Sopesa diversas opciones, detecta conflictos, motiva decisiones. La testosterona disminuye las preocupaciones por el castigo. El CCA es también el área de la cohibición.

10. CÓRTEX PREFRONTAL (CPF): el CPF, una suerte de director ejecutivo del cerebro, se centra en el asunto que le ocupa, con el fin de sopesarlo a conciencia. Esta zona del «presta total atención a esto ahora» también opera como sistema de inhibición que refrena los impulsos. Es mayor en las mujeres que en los hombres, y en ellas madura uno o dos años antes.

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Elenco de los actores

neurohormonales

(en otras palabras, cómo afectan

las hormonas al cerebro masculino)

TESTOSTERONA—Zeus: el rey de las hormonas masculinas, dominante, agresivo y todopoderoso. Centrado y orientado hacia los objetivos, construye febrilmente todo lo masculino, incluida la compulsión de descollar sobre los demás varones en la jerarquía. Provoca que las glándulas sudoríparas generen el olor insinuante de la virilidad: la androstenediona. Activa los circuitos del sexo y la agresividad, y afronta con ahínco la obstinada búsqueda de la pareja objeto de deseo. Preciado por su seguridad y valentía, puede ser un seductor convincente, pero cuando está irritable puede llegar a ser el peor gruñón.

VASOPRESINA—El Caballero Blanco: la vasopresina es la hormona del galanteo y la monogamia, la que defiende y protege agresivamente el territorio, la pareja y los hijos. Junto con la testosterona, regula los circuitos cerebrales masculinos y realza la masculinidad.

SUSTANCIA INHIBIDORA MÜLLERIANA (SIM)—Hércules: es fuerte, bravucón e intrépido. También es conocido como el «desfeminizador», pues despoja de forma despiadada al varón de todo lo femenino. Construye circuitos cerebrales para la conducta exploratoria, anula los circuitos cerebrales de las conductas típicamente femeninas, destruye los órganos reproductivos femeninos y contribuye a construir los órganos reproductivos y circuitos cerebrales masculinos.

OXITOCINA—El Domador de Leones: con unos cuantos abrazos y caricias, esta hormona del «siéntate, chico» es capaz de amansar al animal más fiero. Incrementa la capacidad empática y construye en el cerebro circuitos de confianza, amor romántico y apego. Reduce las hormonas del estrés, disminuye la presión sanguínea del hombre y desempeña un papel fundamental en el desarrollo de vínculos afectivos entre los padres y sus bebés. Favorece los sentimientos de seguridad y es la causa de la «narcolepsia poscoital» masculina.

PROLACTINA—El señor Mamá: causa un embarazo empático (síndrome de couvade) en los futuros padres e incrementa la capacidad paterna de oír el llanto de los bebés. Estimula las conexiones en el cerebro masculino favorables a la conducta paternal y disminuye el impulso sexual.

CORTISOL—El Gladiador: cuando se siente amenazado, se enfada, se enciende y está dispuesto a luchar a brazo partido.

ANDROSTENEDIONA—Romeo: el seductor de las mujeres. Cuando es segregado por la piel como feromona, contribuye más al atractivo sexual del hombre que ninguna colonia o aftershave.

DOPAMINA—El Vigorizante: es el más animado de la fiesta, especialista en la diversión, el disfrute y el entusiasmo. Siempre con una fuerte motivación, está mentalizado para ganar y triunfar una y otra vez. Pero, cuidado: es muy adictivo en sus efectos compensatorios, sobre todo en los juegos bruscos de los niños y en el juego sexual del hombre adulto, donde la dopamina incrementa el éxtasis durante el orgasmo.

ESTRÓGENO—La Reina: aunque no ejerce sobre el hombre tanto poder como Zeus, puede ser una fuerza muy influyente detrás del trono, capaz de controlar la mayoría de los circuitos cerebrales del varón. Tiene la capacidad de incrementar el deseo masculino de dar abrazos y otras carantoñas, estimulando su oxitocina.

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Fases de la vida del hombre

Las hormonas pueden determinar qué le interesa hacer al cerebro. Su finalidad es contribuir a dirigir las conductas sociales, sexuales, de apareamiento, parentales, protectoras y agresivas. Pueden propiciar la brusquedad, la competitividad en el deporte o la asistencia a encuentros deportivos, la resolución de problemas, la interpretación de expresiones faciales y emociones ajenas, el esta­ble­cimiento de vínculos afectivos entre varones, el cortejo y el apareamiento, la contemplación de las hembras atractivas, la formación de relaciones sexuales y vínculos de pa­reja, la protección de la familia y el territorio, el fantaseo, la masturbación y la pulsión sexual.

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 tablas

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EL CEREBRO MASCULINO

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Introducción

Qué es un hombre[1]

Podríamos decir que toda mi trayectoria profesional me predispuso a escribir el primer libro que publiqué, El cerebro femenino. En mis tiempos de estudiante de medicina, me asombró descubrir que en las principales investiga­ciones científicas se solía excluir a las mujeres porque se consideraba que los ciclos menstruales podían trastocar los datos. En consecuencia, las principales áreas de la ciencia y la medicina utilizaban a los varones como el modelo «por defecto» para la comprensión de la biología y la conducta humanas, cosa que ha empezado a cambiar sólo en los últimos años. El temprano descubrimiento de esta inequidad fundamental me llevó a basar mi trayectoria profesional en Harvard y en la Universidad de California-San Francisco (UCSF) en torno a la comprensión de las diversas influencias hormonales en los cerebros masculino y femenino, y a fundar la Women’s Mood and Hormone Clinic.

Las estructuras cerebrales y la biología hormonal del hombre generan una realidad exclusivamente masculina. No obstante, cuando me planteé escribir El cerebro masculino, casi todas las personas a las que consulté hicieron el mismo comentario chistoso: «¡Pues será un libro muy corto! Más bien un folleto.» Me percaté de que la idea de que el varón es el modelo humano por defecto todavía impregna profundamente nuestra cultura. Lo masculino se considera simple; lo femenino, complejo.

Sin embargo, mi experiencia clínica y las investigaciones en muchos ámbitos, desde la neurociencia hasta la biología evolutiva, indican otra cosa. La equiparación simplista del cerebro masculino con el «cerebro de las partes bajas» es un recurso útil para los chistes, pero no representa la totalidad del cerebro masculino. También está el cerebro explorador del bebé varón, el cerebro de «tengo que moverme o moriré» del niño pequeño; el cerebro adolescente privado de sueño, profundamente aburrido, que asume riesgos; el cerebro apasionado y afectivo del apareamiento; el cerebro del padre que adora a sus hijos; el cerebro agresivo, obsesionado con la jerarquía; y el cerebro emocional que busca soluciones rápidas.[2] En realidad, el cerebro masculino es una máquina de resolución de problemas muy eficaz.

El amplísimo corpus de la neurociencia más reciente, junto con la labor que he desarrollado con mis pacientes masculinos, me han convencido de que las hormonas y estructuras cerebrales exclusivas de los varones crean, en todas las fases de la vida, una realidad masculina esencialmente distinta de la femenina, que también acostumbra a ser objeto de errores conceptuales y excesivas simplificaciones.

Los cerebros masculino y femenino difieren desde el momento de la concepción.[3] Parece una obviedad afirmar que todas las células del cerebro y el cuerpo del hombre son masculinas. Ahora bien, eso significa que existen profundas diferencias, en el nivel de todas las células, entre el cerebro masculino y el femenino. Una célula masculina presenta un cromosoma Y inexistente en las células femeninas. Tal diferencia, pequeña pero significativa, tiene su repercusión desde las primeras fases formativas del cerebro, pues los genes sientan las bases de la posterior amplificación que desarrollarán las hormonas.[4] Unas ocho semanas después de la concepción, los diminutos testículos masculinos empiezan a producir la suficiente testosterona para impregnar el cerebro y alterar su estructura de una manera fundamental.

A lo largo de la vida del hombre, el cerebro se formará y reformará según un programa diseñado por los genes y por las hormonas sexuales masculinas. Y esta biología cerebral masculina dará lugar a las conductas característicamente masculinas.

El cerebro masculino se basa en mis veinticinco años de experiencia clínica como neuropsiquiatra. Presenta los avances científicos de la última década en la comprensión de la neuroendocrinología del desarrollo, la genética y la neurociencia molecular. Ofrece muestras de neuropsicología, neurociencia cognitiva, desarrollo infantil, neuroimagen y psiconeuroendocrinología. Explora la primatología, los estudios en animales, así como la observación de los bebés, niños y adolescentes, con el fin de indagar cómo se programan las conductas particulares del cerebro masculino a través de una combinación de naturaleza y educación.

Durante este período, los avances en genética, electrofisiología y tecnologías de neuroimagen no invasivas han desencadenado una revolución en la teoría y la investigación neurocientíficas. Las nuevas herramientas científicas, como los trazadores químicos y genéticos, la tomografía por emisión de positrones (PET) y la imagen por resonancia magnética funcional (fMRI), nos permiten ver el interior del cerebro humano en funcionamiento mientras éste resuelve problemas, produce palabras, busca recuerdos, toma decisiones, advierte determinadas expresiones faciales, se enamora, oye llorar a los bebés o siente ira, tristeza o miedo. En consecuencia, los científicos han registrado un catálogo de diferencias genéticas, estructurales, químicas, hormonales y de procesamiento cerebral entre hombres y mujeres.[5]

En el cerebro femenino, el estrógeno, la progesterona y la oxitocina son hormonas que predisponen los circuitos cerebrales hacia las conductas típicas femeninas. En el cerebro masculino, son la testosterona, la vasopresina y una hormona llamada SIM (sustancia de inhibición mülleriana) las que causan los efectos más tempranos y duraderos. Las influencias conductuales de las hormonas masculinas y femeninas en el cerebro son muy relevantes. Hemos observado que los hombres emplean otros circuitos cerebrales para procesar la información espacial y resolver problemas emocionales. Los circuitos cerebrales y el sistema nervioso están conectados con los músculos de manera diferente, sobre todo en la cara. Los cerebros masculino y femenino oyen, ven, intuyen y evalúan de manera distinta lo que sienten los demás. Por lo general, los circuitos cerebrales de los cerebros masculino y femenino son muy similares, pero los hombres y las mujeres pueden alcanzar los mismos fines y desarrollar las mismas tareas por medio de circuitos diferentes.

También sabemos que los hombres tienen dos veces y media más espacio cerebral dedicado al impulso sexual en el hipotálamo. Los pensamientos sexuales titilan día y noche en el fondo de la corteza cerebral visual masculi­na, de modo que el hombre está siempre preparado para aprovechar una oportunidad sexual. Las mujeres no siempre comprenden que, por motivos neurológicos, el pene tiene mente propia. Y el apareamiento es tan importante para los hombres como para las mujeres. Cuando los circuitos masculinos del amor y el deseo están en sincronía, el hombre se enamora tan profundamente como la mujer, o tal vez más. Cuando un bebé está en ca­mino, el cerebro masculino cambia de forma drástica y concreta para constituir el cerebro del padre.

Los hombres disponen también de centros cerebrales más amplios para la acción muscular y la agresividad. Sus circuitos cerebrales para la protección de la pareja y la defensa territorial están preparados hormonalmente para la acción desde la pubertad. La jerarquía es mucho más importante para los hombres de lo que creen las mujeres. Los hombres tienen también procesadores más amplios en el centro de la zona más primitiva del cerebro, la amígdala, que registra el miedo y desencadena la agresividad protectora. Por ello algunos hombres lucharán hasta la muerte por defender a sus seres queridos. Es más, cuando se enfrentan a la aflicción de un ser querido, se activa de inmediato su zona cerebral para la resolución de problemas con el fin de arreglar la situación.

Yo apenas debía de conocer este largo catálogo de conductas masculinas características cuando descubrí, hace veintiún años, que el bebé que gestaba tenía un cromosoma Y. Inmediatamente pensé: «Ay, pero ¿qué voy a hacer yo con un niño?» Hasta entonces creí inconscientemente que el bebé era niña, y confiaba en que mis propias experiencias vitales femeninas me ayudasen a criar a una niña. Con razón me puse nerviosa. Mi falta de inteligencia masculina tendría mucha más relevancia de lo que imaginaba. Ahora sé, por mis veinticinco años de trabajo clínico e investigación, que tanto los hombres como las mujeres desconocen los instintos biológicos y sociales que impulsan al otro sexo. Las mujeres podemos amar a los hombres, vivir con los hombres y tener hijos varones, pero no entendemos a los hombres ni a los niños. Son más que su género y su sexualidad, pero este elemento es intrínseco a su identidad. Y complica tanto las cosas que ni las mujeres ni los hombres tienen una idea clara de lo que el cerebro o el cuerpo del otro van a hacer en cualquier momento. Somos casi ajenos a la labor subyacente que desempeñan los diversos genes, neuroquímicos y hormonas.

Nuestra comprensión de las diferencias genéricas esenciales es crucial, porque la biología no lo explica todo. Si bien la distinción entre los cerebros masculino y femenino se inicia biológicamente, las recientes investigaciones indican que eso es sólo el principio. La arquitectura cerebral no está grabada en piedra al nacer ni al final de la infancia, como se creía antes, sino que sigue cambiando durante toda la vida. En lugar de ser inmutables, nuestros cerebros son mucho más plásticos y cambiables de lo que creían los científicos hace una década. El cerebro humano es también la máquina de aprendizaje más ingeniosa que conocemos. De modo que la cultura y los principios conductuales que se nos inculcan influyen notablemente en la modelación y remodelación del cerebro.[6] Si se educa a un niño «para que sea un hombre hecho y derecho», cuando alcance la edad adulta su arquitectura y sus circuitos cerebrales, ya predispuestos, es­tarán aún más moldeados para la «masculinidad».

Cuando sea adulto se planteará una pregunta muy antigua: ¿qué quieren las mujeres? Aunque nadie tiene una respuesta definitiva para este interrogante, los hombres saben lo que las mujeres y la sociedad en general esperan de ellos. Los hombres deben ser fuertes, valientes e independientes. Crecen con la presión de inhibir el miedo y el dolor, de ocultar sus emociones más tiernas, de afrontar los desafíos con firmeza y seguridad. Las nuevas investigaciones indican que los circuitos cerebrales masculinos cambiarán arquitectónicamente para reflejar esta inhibición emocional. Aunque ansían la cercanía y el afecto tanto como las mujeres, o incluso más, si muestran esos deseos se los tilda de forma errónea de débiles desde la perspectiva de los demás hombres y también de las mujeres.

Los humanos somos ante todo criaturas sociales, con cerebros que aprenden muy pronto a actuar de modos socialmente aceptables. Al llegar a la edad adulta, la mayor parte de los hombres y las mujeres han aprendido a comportarse de un modo apropiado para su género. Ahora bien, ¿en qué medida esta conducta propia de cada género es innata y en qué medida adquirida? ¿Tiene un fundamento biológico la dificultad de comunicación entre hombres y mujeres? Este libro pretende responder a estas preguntas. Y las respuestas le sorprenderán. Si hombres y mujeres, padres y profesores, partiesen de una mejor comprensión del cerebro masculino (cómo se forma, cómo se modela en la infancia y cómo llega a ver la realidad durante la adolescencia y después), podríamos crear unas expectativas más realistas para los chicos y los hombres. Comprender mejor las diferencias de género biológicas también puede ayudarnos a disipar los estereotipos simplistas y negativos de la masculinidad que tan­to hombres como mujeres han llegado a aceptar.

Este libro aporta una visión de los entresijos cerebrales de los niños pequeños, los adolescentes tumultuosos, los hombres en busca del apareamiento, los padres y los abuelos. A través de este recorrido por las fases vitales del cerebro masculino, espero que los lectores varones adquieran una mejor comprensión de sus impulsos más profundos y que las mujeres vislumbren el mundo desde la perspectiva del hombre. Entramos en una era en que hombres y mujeres pueden empezar a comprender sus diferencias biológicas y la influencia de éstas en sus vidas. Si sabemos cómo dirige nuestros impulsos un estadio cerebral biológico, podemos decidir cómo actuar, o no actuar, en lugar de limitarnos a seguir nuestras compulsiones. Si usted es hombre, este conocimiento no sólo puede ayudarlo a comprender y aprovechar su capacidad cerebral exclusivamente masculina, sino que puede servirle para comprender mejor a sus hijos, a su padre y a otros hombres de su vida. Si usted es mujer, este libro la ayudará a interpretar y comprender la complejidad del cerebro del hombre. Con esa información nueva, puede contribuir a que su marido y sus hijos sean más coherentes con su naturaleza, y tal vez logre ser más compasiva con su padre.

A lo largo de los años, mientras escribía este libro, he llegado a ver a los hombres que más quiero —mi hijo, mi marido, mi hermano y mi padre— desde otra perspectiva. Confío en que este libro contribuya a entender mejor el cerebro masculino como el instrumento complejo y afinado que realmente es.

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El cerebro del niño

David pasó corriendo por delante del columpio y bordeó a toda prisa el cobertizo del jardín, seguido de cerca por sus compañeros de preescolar, Matt y Craig. Decidido a continuar en cabeza, atravesó el cajón de arena a modo de atajo, lanzando arena y palas por los aires mientras corría hacia el codiciado triciclo de rueda grande. Matt dio un empujón a Craig y se abalanzó sobre el maravilloso objeto rodado, pero David ya estaba sentándose en el sillín. Impulsando con fuerza los pedales chirriantes, David recorrió la acera hacia la entrada, donde siguió pedaleando con gesto victorioso.

Matt y Craig, decepcionados, para no ser menos se dirigieron al garaje abierto en busca de algún otro objeto en el que pudieran montar. Craig lo vio primero: un contenedor de basura de plástico. «¡Vamos a coger esto!», exclamó. Y sin mediar palabra los chicos salieron precipitadamente hacia la cuesta abajo del jardín trasero, tirando del contenedor. «¡Venga, empújame!», ordenó Craig mientras se metía dentro del contenedor. «¡Más fuerte!», le dijo después de comprobar que el primer impulso de Matt apenas lo había desplazado. Matt embistió el contenedor con el hombro lo más fuerte que pudo, y el vehículo verde rodó por la cuesta con Craig en su interior, entre gritos y chillidos.

No es necesario estudiar neurología para saber que a los niños les encantan la acción y la aventura. En cualquier parque infantil hay niños como David y sus amigos en perpetuo movimiento. Los niños varones están programados para moverse, para hacer que las cosas se muevan, y para observar el movimiento de las cosas. Antes los científicos pensaban que esta conducta estereotípica del niño era consecuencia de la socialización, pero ahora sabemos que la principal motivación del movimiento está programada en el cerebro masculino biológicamente.[1]

Si observásemos el desarrollo fetal de un cerebro masculino y de uno femenino con un escáner cerebral en miniatura que filmase secuencias a intervalos de tiempo, se vería que esos circuitos críticos del movimiento vienen definidos por el programa de genes y hormonas sexuales.[2] Existe consenso científico en que, cuando las hormonas como la testosterona y el estrógeno estimulan las células de diversas áreas de los cerebros masculino y femenino, activan y desactivan diversos genes.[3] En el caso del niño, los genes que se activan generan el impulso de rastrear y perseguir objetos en movimiento, apuntar a objetivos, poner a prueba la propia fuerza y ensayar juegos de lucha contra los enemigos.[4]

A David y sus amigos no los educaron para orientarse hacia la acción; seguían sus impulsos biológicos. La madre de David decía que su amor al movimiento era evidente desde el primer día. «Cuando lo metí en el cochecito, pensé que lloraría y me miraría suplicante, como hizo Grace cuando era bebé —afirmaba—. Pero en cuanto vio el móvil colgante, se olvidó de que yo estaba allí.»

David tenía veinticuatro horas de vida y, sin el impulso ni la orden de nadie, contempló los triángulos y cuadrados rotantes del móvil y se quedó fascinado.[5] Nadie enseñó a David a seguir con la vista los movimientos de los triángulos y cuadrados colgantes. Lo hizo sin más. La capacidad superior de los niños para rastrear el movimiento de los objetos no es consecuencia de un condicionamiento del entorno, sino de tener un cerebro masculino. Todo cerebro es masculino o femenino y, aunque se asemejan en muchos aspectos, los científicos han descubierto algunas diferencias profundas. Algunas conductas y destrezas están programadas de forma innata en el cerebro masculino, mientras que otras son innatas en el cerebro femenino. Los científicos han llegado a observar que las neuronas específicamente masculinas pueden relacionarse de forma directa con ciertas conductas masculinas estereotípicas como la de armar jaleo.[6] Y algunos estudios ponen de manifiesto que, desde una edad temprana, a los niños les interesan actividades distintas de las que atraen a las niñas.[7] Estas diferencias están reforzadas por la cultura y la educación, pero empiezan en el cerebro.[8]

¿QUÉ DETERMINA QUE UN NIÑO SEA NIÑO?

Conocí a la madre de David, Jessica, unos meses antes de que naciese su hijo. Grace, su hija, tenía tres años, y a Jessica y a su marido, Paul, les hacía mucha ilusión tener un niño. Pero Jessica estaba preocupada, porque las co­sas no parecían tan sencillas con David como con Grace. Decía Jessica: «Está tranquilo y adorable un momento, y de buenas a primeras se me escurre de los brazos. Si no lo bajo al suelo, chilla como si lo matase.»

Jessica temía que David fuese hiperactivo, pero el pediatra le dijo que el niño tenía un desarrollo normal. Un equipo de investigadores de Harvard ha descubierto que los bebés varones se alborotan emocionalmente más rápido que las niñas, y en cuanto se alteran, les cuesta más calmarse.[9] Así que, desde muy pronto, los padres dedican más tiempo a intentar atenuar las emociones de los hijos que las de las hijas. «Grace era más fácil de calmar. ¡David nos trae locos todo el rato!», aseguraba Jessica.

Jessica también me comentó que David no la miraba a los ojos tanto como Grace cuando era bebé.[10] Decía que sólo la miraba un par de segundos y luego volvía a mirar el móvil del cochecito. No pude contener una sonrisa, porque yo tuve la misma preocupación con mi hijo. En aquella época, los psicólogos creían que la clave del desarrollo de un vínculo afectivo con el bebé radicaba en el contacto ocular, el mirarse mutuamente a los ojos. Tal condición era válida para las niñas, pero resulta que los bebés varones establecen ese vínculo sin necesidad de tantas miradas mutuas.[11] Y a diferencia de las niñas, que tienden a mirar fijamente durante largo rato las caras, los circuitos visuales de los niños prestan más atención al movimiento, las formas geométricas, las aristas y los ángulos de los objetos desde el principio.[12]

Le dije a Jessica: «A los seis meses de edad las niñas miran a la cara durante más tiempo y establecen contacto ocular con casi todo el mundo, pero los niños apartan la mirada de las caras e interrumpen el contacto ocular mucho más que las niñas.[13] A David no le pasa nada. A su cerebro no le interesan tanto los ojos y las caras como los aviones de juguete y otros objetos móviles.»[14]

El cerebro masculino de David lo impulsaba a explorar visualmente los objetos animados. Ahora sabemos que la causa radica en los genes del cromosoma Y. Como les sucede a los demás chicos, la fascinación de David por el movimiento era consecuencia de los circuitos que empezaron a formarse en su cerebro sólo ocho semanas después de la concepción.[15] Durante el desarrollo fetal, el cerebro de David se construyó en dos etapas. Primero, durante las semanas ocho a dieciocho, la testosterona de sus diminutos testículos masculinizó su cuerpo y su cerebro, formando los circuitos cerebrales que controlan las conductas masculinas.[16] Como su cerebro estaba impregnado de testosterona, esta hormona empezó a propiciar el desarrollo de algunos circuitos y a atrofiar y anular otros.[17]

Después, en los restantes meses de embarazo, otra hormona, la SIM, o sustancia inhibidora mülleriana, se unió a la testosterona y desfeminizó el cerebro y el cuerpo de David.[18] Ambas anularon los circuitos cerebrales de las conductas típicas femeninas y erradicaron los órganos reproductivos femeninos.[19] Los órganos reproductivos masculinos, el pene y los testículos, crecieron. Después, junto con la testosterona, la SIM contribuyó a formar los principales circuitos cerebrales masculinos de David para la conducta exploratoria, el control muscular y motor, las destrezas espaciales y el juego brusco.[20] Los científicos han descubierto que, cuando criaban a los ratones mascu­linos con carencias de la hormona SIM, no desarrollaban la típica conducta exploratoria masculina, sino que se comportaban más como hembras.[21] Los circuitos cerebrales femeninos, que determinan que una chica sea lo que es, se establecen y desarrollan sin los efectos de la testosterona ni de la SIM.[22]

Después de aportar a Jessica esta información, arqueó las cejas y preguntó: «¿Quieres decir que si el cerebro de Grace hubiese estado expuesto a esas hormonas masculinas mientras yo estaba embarazada, se habría comportado más como David?»

«Exacto», respondí, sonriendo al ver que se le iluminaba la cara. Me resulta gratificante ver este tipo de alivio en la cara de una madre. De pronto, en vez de pensar que está cometiendo algún error o que le pasa algo a su hijo, se relaja y empieza a apreciar la virilidad de su hijo.[23]

«Todo es tan distinto con David... —comentó—. Es mucho más activo de lo que era Grace, incluso a esta edad, pero también puede ser el niño más encantador del mundo.

»El otro día no conseguía que durmiese la siesta. Paul lo cogió y estuvo jugando con él en nuestra cama, con la esperanza de que se calmase. Yo tenía mis dudas de que funcionase, pero cuando me asomé a verlos un rato después, Paul estaba tumbado con la mano diminuta de David dentro de la suya inmensa, y los dos se habían quedado dormidos.»

Desde el nacimiento hasta cuando el niño cumple un año de edad, período que los científicos denominan pubertad infantil, su cerebro está impregnado de los mismos niveles de testosterona que presenta un hombre adulto.[24] Y esta testosterona es la que contribuye a estimular los músculos del niño para que se desarrollen, además de mejorar las destrezas motoras, preparándolo para el juego brusco. Después del año de pubertad infantil, la testosterona decae, pero la hormona SIM permanece alta. Los científicos denominan este período, que va de uno a diez años, la pausa juvenil. Creen que la hormona SIM puede formar e impulsar los circuitos cerebrales masculinos durante este período de diez años, incrementando la conducta exploratoria y el juego brusco.[25] Esto significaba que Jessica no tardaría mucho en tener más motivos de preocupación cuando David empezase a poner a prueba sus propios límites, como recuerdo que hizo mi hijo.

Un día, cuando era pequeño y salimos a pasear a la playa Baker en San Francisco, echó a correr detrás de un andarríos que caminaba hacia el agua. Yo le grité y le hice señas con los brazos como una loca para indicarle el peligro, pero no me hizo caso. Tuve que perseguirlo y agarrarlo por los hombros para protegerlo de una ola que acababa de romper. Aquél fue el primer día de una sucesión de años en que ignoró mis señales de peligro —cuidado, no hagas eso—, lo que requería que lo agarrase firmemente en determinadas ocasiones.

Los investigadores han descubierto que, cuando el niño tiene siete meses, puede saber cuándo su madre está enfadada o tiene miedo mediante la expresión facial,[26] pero a los doce meses ha desarrollado inmunidad a tales expresiones y puede prescindir de ellas fácilmente.[27] En el caso de las niñas sucede lo contrario.[28] Una sutil expresión de miedo en la cara de Jessica bastaba para que Grace se parase en seco.[29] En cambio, no sucedía lo mismo en el caso de David.

Cuando David tenía un año, hacía caso omiso de las expresiones de advertencia que observaba en la cara de Jessica. Los investigadores pidieron a las madres de un grupo de niños y niñas de un año que participasen en un experimento en el que había un juguete interesante, pero prohibido, encima de una mesa pequeña en la sala donde se encontraban.[30] Instruyeron a cada madre para que indicase el miedo y el peligro sólo con expresiones faciales, con el fin de transmitir al niño o a la niña que no debía tocar el objeto. La mayor parte de las niñas prestó atención a la advertencia de la madre, pero a los niños parecía que no les importaba, pues se comportaban como si estuvieran magnéticamente atraídos por el objeto prohibido. Sus jóvenes cerebros masculinos tal vez se ven más impulsados que los de las chicas hacia la emoción y la recompensa de alcanzar el objeto deseado, pese al riesgo del castigo.[31] Y eso también sucede con los padres. En otro estudio, en el que participaron padres con hijos de un año de edad, los niños intentaron alcanzar los objetos prohibidos con mayor frecuencia que las niñas. Los hombres tenían que dirigir el doble de advertencias verbales a los hijos que a las hijas.[32] Y los investigadores observaron que, a los veintisiete meses de edad, los niños asumen riesgos e incumplen normas a escondidas de sus padres con más frecuencia que las niñas.[33] A esa edad el afán de perseguir y alcanzar objetos que están fuera de los límites puede llegar a ser un espeluznante juego del escondite, en el que los padres ocultan el peligro que sus hijos buscan de forma inevitable.

Cuando David tenía tres años y medio, Jessica me dijo que nunca dejaba de sorprenderla, para bien y para mal. «Me trae flores, me dice que me quiere, me come a besos y abrazos, pero, cuando le entran ganas de hacer algo, las normas que le hemos inculcado se desvanecen de su mente.» Me contó que David y su amigo Craig estaban en el baño lavándose las manos antes de cenar cuando ella oyó gritar a Craig: «¡Para ya, David! ¡Estoy haciendo pis!» Luego oyó el ruido característico del secador. El piloto de peligro se encendió en el cerebro de Jessica. Corrió por el pasillo, abrió la puerta del baño justo a tiempo de recibir una salpicadura de orina en las piernas. David había proyectado la corriente de aire del secador en el chorro de su amigo, sólo para ver qué pasaba. Pero la salpicadura de orina no le molestó tanto como que David hubiese desobedecido la norma de «no se utilizan los electrodomésticos sin la supervisión de un adulto». En los años siguientes tuvo que mantener todos los electrodomésticos fuera del alcance de David. Con todo, me dijo con un leve sonrojo: «Hay una cosa que no puedo tener fuera de su alcance, ni siquiera en público.»

JUGAR CON EL PENE

A David no le importaba nada tocarse el pene y juguetear con él en cualquier momento o lugar. La relación pública del niño con su pene es algo que estremece a muchas madres, entre las que me cuento.[34] Pero el centro de recompensa del cerebro masculino recibe tal cantidad de placer de la estimulación del pene, que es casi imposible que los niños se resistan, por mucho que los amenacen sus padres. Así que, en lugar de intentar impedírselo, sugerí a Jessica que empezase a enseñarle a explorar ese placer irresistible en la privacidad de su habitación.

Unas semanas después de que Jessica empezase a inculcar a David la costumbre de jugar con su pene en «privado», la familia se fue de vacaciones. Cuando iban paseando por el pasillo del hotel, David vio un letrero colgado del picaporte de la puerta de al lado y preguntó: «Mamá, ¿qué dice ahí?» Cuando Jessica pronunció la palabra «PRIVADO», el niño comentó: «Ah, pues ese tío debe de estar haciendo su privado ahí dentro.» A partir de entonces, aludía al juego con el pene como «hacer mi privado».

LOS JUGUETES DE NIÑO

Un tiempo después, aquel mismo año, cuando David vino a la consulta con Jessica, le di un coche de juguete de color malva que escogí de entre un surtido de juguetes que guardaba en una caja de zapatos. El niño frunció el ceño y me dijo: «Este coche es de niña. —Dejó el coche en la caja, sacó el coche rojo brillante con rayas negras de carreras, y exclamó—: Éste sí es de niño!» Los investigadores han observado que los niños y las niñas prefieren los juguetes propios de su propio sexo, pero las niñas pueden jugar con los juguetes de los niños, mientras que los niños, a los cuatro años, rechazan los juguetes de niña e incluso los que tienen «colores de niña» como el rosa.[35]

Yo no lo sabía cuando nació mi hijo, así que le daba muchos juguetes unisex. Cuando tenía tres años y medio, además de comprarle una de las figuras de combate de acción que me pedía encarecidamente, le compré una muñeca Barbie. Pensé que sería bueno para él tener cierta práctica de juego en situaciones cooperativas, no agresivas. Me encantó ver la ansiedad con que abrió la caja. Cuando sacó la muñeca de la caja, la agarró por el torso y dio una estocada al aire con las largas piernas de la muñeca, gritando: «¡Ehhhh, toma eso!» a un enemigo imaginario. Me quedé un poco perpleja, pues yo pertenecía a la generación de la segunda oleada de feministas que habían decidido criar niños emocionalmente sensibles, que no fuesen agresivos ni estuviesen obsesionados con las armas ni con la competición. Regalar a los niños juguetes para ambos sexos formaba parte de nuestro nuevo plan educativo. Nos jactábamos de que nuestras futuras nueras nos agradecerían que hubiéramos criado hombres tan sensibles en el plano emocional. Hasta que tuvimos hijos, aquello parecía perfectamente plausible.

Desde entonces los científicos han aprendido que, por mucho que intentemos influir los adultos en nuestros hijos, las niñas jugarán a las casitas y a vestir a las muñecas, y los niños no pararán de correr, luchando contra enemigos imaginarios, construyendo y destruyendo, siempre en busca de nuevas emociones.[36] Independientemente de nuestras convicciones sobre los mejores juegos infantiles, los chicos se interesan más por los juegos competitivos, y las niñas por los juegos cooperativos.[37] Esta configuración cerebral innata es, al parecer, tan distinta que los estudios conductistas han mostrado que los chicos dedican el 65 % de su tiempo libre a los juegos competitivos, mientras que las chicas dedican a ello sólo el 35 %.[38] Y cuando las niñas juegan, se turnan veinte veces más que los niños.[39]

Es habitual decir que «los niños son niños», y es cierto. Mi hijo no convirtió la Barbie en una espada porque su entorno promoviese el uso de las armas. Estaba practicando los instintos de su cerebro masculino para defender y proteger con agresividad. Los juguetes estereotípicamente femeninos que le di en sus primeros años de vida no feminizaron su cerebro, como tampoco masculinizarían a una chica los juguetes masculinos.

Más adelante descubrí que mi hijo no era el único niño que convertía la Barbie en un arma. En una guardería irlandesa, los investigadores observaron que los niños cogían los juguetes de cocina de las niñas e incluso desatornillaban la llave del grifo del fregadero en miniatura para utilizarlos como armas de juguete.[40] En otro estudio desarrollado en guarderías, los investigadores observaron que la probabilidad de que los niños utilizasen objetos domésticos como equipamiento o armas era seis veces mayor que en el caso de las niñas. Utilizaban una cuchara como linterna para explorar una cueva imaginaria, convertían espátulas en espadas para luchar contra los «malos», y utilizaban alubias a modo de balas.[41]

En el siguiente encuentro, Jessica me contó que David llegó un día del centro de preescolar con un ojo morado. El profesor le dijo que David había llamado mariquita a Craig por jugar con las niñas, y que Craig le había pegado. Jessica dijo: «Me dio tanta pena que le compré un helado, y de buenas a primeras me dijo: “Te quiero, mamá. Cuando sea mayor, me casaré contigo.” Al verlo con el ojo morado y oírlo decir es

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