La abadesa de Barcelona

Francisco Sempere

Fragmento

Capítulo 1

1

Zaragoza, otoño de 1136

De pronto, un ruido en el pasillo de la posada la sobresaltó. Era un sonido tan leve como fuera de toda lógica en plena madrugada. Lisarda, por instinto, miró hacia la puerta y distinguió una sombra moviéndose en el interior de su habitación. Quienquiera que fuese debía de estar descalzo, porque no se le oía andar sobre las maderas del suelo. Lisarda se quedó callada observando los movimientos de la sombra y vio que se acercaba a la puerta para desatrancarla; en ese momento se dio cuenta de que había entrado por la ventana. Había sido una torpeza por su parte pensar que nadie podría pasar por un hueco tan pequeño, pero lo que estaba claro era que tendría mucho más fácil enfrentarse contra uno que contra varios, así que saltó de la cama y se abalanzó sobre aquella alimaña.

Cayó sobre su víctima, que perdió pie y se dio de bruces contra la mesa. A Lisarda la sorprendió que fuese tan enclenque, apenas un saco de huesos que dobló las rodillas y se dejó caer sin oponer resistencia alguna. El golpe contra la mesa, apoyada sobre dos patas para calzar la puerta, hizo que se desequilibrara y la hoja cediese.

Al abrirse entraron dos hombres: uno se lanzó sobre ella y el otro se dio la vuelta para cerrar de nuevo. Lisarda se giró en el suelo y le propinó una patada al tipo que la atacó; lo alcanzó en la boca del estómago. El individuo, superado por la ferocidad de la mujer, se encogió de dolor, y esta aprovechó para incorporarse y romperle el cráneo con una de las piedras que había dejado junto a su jergón el día que tomó posesión de su cuarto. Toda precaución era poca para una mujer sola en una ciudad desconocida. El tipo cayó al suelo junto a la primera alimaña que había entrado a la habitación. Ahora, gracias a la luz de la lámpara que portaba el segundo asaltante, se dio cuenta de que esa sabandija era una niña; por eso había podido entrar por aquel hueco minúsculo.

El segundo individuo se vio sorprendido por la rapidez de la cortesana y, antes de que se diera cuenta, esta lo barrió con los pies y lo tiró al suelo. Lisarda saltó sobre él y le dio golpes sin parar en la cabeza mientras pensaba que había sido una torpeza haberse dejado el puñal en el jergón; con él ya le habría rebanado el cuello al desgraciado. Se trataba de un tipo grande, mucho más que Lisarda y que el primer asaltante, y era avezado en esas lides; lanzó el brazo derecho contra ella y se la quitó de encima. Lisarda cayó al suelo junto al otro individuo, que permanecía inconsciente y sangraba con profusión por la cabeza. Se quedó bocarriba, desprotegida por completo. Intentó incorporarse y golpear con la testa al agresor, pero este era muy bueno y agachó la frente, así que la cortesana se golpeó contra una testuz mucho más dura que la suya y se quedó un tanto aturdida, si bien con la suficiente consciencia como para ver al tipo sacar una daga del cinto con intención de rebanarle el cuello.

Se odió por no haber sido más precavida: el ventanuco que había sobre su cama le había dado mala espina desde el día que llegó. Siempre había sido muy desconfiada, y había tenido que ser un fallo tan tonto como ese el que la había condenado a no volver a ver a su hija: algo en su interior la advertía de que estaba a punto de encontrarse con la muerte. Seguiría luchando mientras le quedase resuello, pero tenía suficiente experiencia en peleas como esa para saber que era imposible librarse del puñal del tipo que iba a arrebatarle la vida. Movió las piernas para zafarse, trató de gritar y morder la mano con la que le tapaba la boca su agresor, pero no había manera: aquel luchador era una roca gigante que había caído sobre ella y la había sepultado. Su historia tenía que acabar algún día; había salido de muchas y antes o después debía llegarle el momento. No conocía a nadie que hubiese tentado tanto la suerte como ella, así que era justo; inoportuno pero justo. Alguien le dijo una vez que la muerte nunca llega en buen momento, y a fe que era verdad.

Pero en realidad su día aún no había llegado: un mandoble asestado con una maza en la testa de aquel tipo hizo que cayera como un saco junto a ella. Luego otro mazazo, de nuevo en la cabeza, desparramó sus sesos sobre el suelo, y a continuación, sin que a Lisarda le hubiese dado tiempo a incorporarse, el arma pasó junto a su cabeza y reventó el cráneo del otro individuo, que yacía inconsciente sobre un charco de sangre a apenas un codo de donde se hallaba la antigua cortesana. Esta saltó al reconocer a Zacarías y se fue directa hacia él.

—¡A ella no! —le gritó entre dientes, señalando a la niña. Ninguna otra persona había aparecido por la habitación a pesar de los ruidos; era evidente que estaban todos rezando en sus cuartos para que aquel espectáculo de golpes terminase sin que se vieran involucrados.

—¡Corre! —le susurró Zacarías, que le señalaba el pasillo con un gesto.

Lisarda movió con coraje el jergón y sacó las monedas que todavía le quedaban, hizo su hatillo en un santiamén y salió por la puerta como el rayo tras coger su daga y su estilete. Corrió por los callejones del centro de la ciudad tras Zacarías y se colaron por un hueco que este conocía en el muro del barrio de la judería, un barrio hecho a base de estrechos callejones que se retorcían convirtiendo el trazado en un auténtico laberinto. Una puerta se abrió de pronto en el lado derecho del callejón por el que corrían a todo lo que les daban las piernas, y Zacarías se introdujo en la casa seguido por Lisarda, que no se lo pensó un instante. Subieron una escalera estrecha de peldaños de madera y se metieron en un palomar a través de una trampilla que alguien, a quien Lisarda no vio, cerró desde fuera.

2

Veintisiete años antes Barcelona, montaña de Montjuic, primavera de 1109

Zacarías tenía nueve inviernos y hacía casi un año que había dejado de ser un niño. Su padre murió cuando él contaba seis y desde entonces había tenido que continuar con sus prácticas de espada y tiro de ballesta en solitario. No había faltado ni un solo día a su cita con las armas; ni la lluvia ni el calor sofocante ni las festividades de Navidad, Corpus Christi o San Juan habían sido excusa para que faltara a la tarea que le había dejado encomendada su padre cuando salió hacia su última razia.

Su progenitor, que era soldado del conde Ramón Berenguer III, lo instruyó en el manejo de la espada ya con cinco años; a esa edad le fabricó una de madera con la que había practicado todos los días desde entonces. Pero hacía un año que había desechado aquella espada para los entrenamientos y empezado a practicar con la de su padre, momento a partir del cual consideró que su infancia había quedado atrás. Su progenitor le había insistido en vida en que sería un hombre el día que fuese capaz de entrenar con su espada de acero de dos libras de peso.

Aun así, todavía bajaba muchos días a los huertos de Sant Pau con su espada de madera para batirse con los niños y jovenzuelos del arrabal de Santa Eulalia que se juntaban casi cada mañana para chocar las suyas. Era, sin lugar a duda, el mejor luchador de todos los muchachos de su edad; tenía que enfrentarse con rivales de once o doce años, que le sacaban una cabeza, para que lo derrotaran.

En el arrabal donde vivían los chicos que iban a jugar a los huertos se abigarraba todo tipo de gentes y esto le había hecho abrir la mente desde que era todavía un mozalbete. Para él nunca tuvieron importancia alguna la procedencia, el color de la piel o la religión de los niños que cruzaban la rambla para batirse en aquellos bancales infectados por el olor del Cagalell en los días en que el viento soplaba de Levante.

En aquellos huertos batían las espadas tanto los hijos de los emigrantes procedentes de Castilla y del campo catalán como los de los musulmanes que habían llegado hasta Barcelona atraídos por el comercio y los oficios artesanos. También había hijos de musulmanes que servían en las casas de los adinerados comerciantes catalanes y judíos. Los hijos de los judíos que vivían en el Call Sanaüja también saltaban la rambla para esgrimir sus espadas de madera. La mayor parte de las armas que portaban los jóvenes descendientes de los comerciantes judíos del Call Menor, que se encontraba fuera de la ciudad amurallada, a poca distancia de los huertos, eran verdaderas obras de arte talladas a conciencia por finos ebanistas.

La ballesta era otro arte que Zacarías manejaba con una impresionante precisión; practicaba todos los días al amanecer, justo antes de probar con la espada. Y era después de estas prácticas cuando bajaba a desafiar al resto de los muchachos de la zona. Las armas y el palomar de su abuelo eran su vida. El hombre disponía de un carro y dos mulos, propiedad de la casa condal, que utilizaba para llevar las palomas mensajeras a los distintos palomares en los que la corte disponía de correos. Zacarías lo acompañó por primera vez el otoño anterior en su largo desplazamiento hasta la misma ciudad de León, haciendo parada en Manresa, Lérida y Zaragoza para dejar aves en los distintos palomares que facilitaban información a la casa de Barcelona. Llevaba desde la muerte de su padre insistiéndole a su abuelo para que le permitiese acompañarlo, pero este no lo hizo hasta que hubo cumplido los ocho años.

Volvieron con las jaulas llenas. Cada una tenía labrada a cuchillo en la base de madera la ciudad a la que pertenecía, y una vez que se introducían en ellas las palomas, se cerraban las trampillas de salida y se lacraban los cierres con cera. Zacarías sabía desde que era un mocoso que aquellos precintos eran sagrados y solo los podía tocar su abuelo. Cada ave solo vuela a un lugar, al palomar donde se crio, y las noticias que enviaba con aquellos pájaros en muchas ocasiones podían comprometer al principado, por lo que debía estar del todo seguro de la procedencia de cada ave.

Su padre le había legado su espada, su escudo y la ballesta con la que iba todos sitios; esta fue la única herencia que pudo dejarle, junto con una misiva lacrada que le entregó a su madre el capitán de la mesnada en la que su progenitor sirvió, por la que la casa condal adquiría el compromiso de formar como soldado al hijo del malogrado guerrero cuando este cumpliese los diez años.

El papiro, enrollado y sin que nadie lo hubiese leído ni vuelto a tocar en dos años, para evitar dañarlo, descansaba bajo el jergón. La madre de Zacarías levantaba cada día el camastro para comprobar que seguía bajo la piedra donde lo había depositado: aquel manuscrito enrollado constituía el futuro de su hijo.

El padre de Zacarías había llegado a la corte en el último año del siglo anterior con un caballo, una espada y un escudo. Con estos pertrechos lo despachó su hermano mayor el día que falleció su padre y se hizo con los derechos sobre la masía y las fértiles tierras que la rodeaban. Le ofreció que se quedase en una de las covachas en las que habitaban los labriegos que cultivaban las tierras, al igual que había hecho con sus otros dos hermanos varones, pero el padre de Zacarías, a diferencia de ellos, no aceptó y le dio la mano a cambio del jamelgo y las armas.

Al llegar a la corte se enroló con la primera mesnada que salió a batallar a la frontera y desde ese momento dedicó su vida a la espada. Tenía fama de buen tirador con la ballesta y de manejar con la fuerza de un toro aquella gran espada con la que había llegado hasta Barcelona; era capaz de descoyuntar a un hombre provisto con cota de un solo golpe.

El padre de Zacarías conoció a Carme, su madre, en un mercado de la ciudad de Vic en el verano del año 1100, uno de los pocos días en los que no estuvo batallando con su mesnada durante aquel estío. Carme acompañaba a su padre en el puesto de venta de aves que este regentaba. El soldado del conde se enamoró perdidamente de los enormes ojos negros de la hija de aquel mercader, que además era uno de los colombicultores de la casa condal, y no dudó en pedirle la mano de su hija en el otoño, cuando las lluvias detuvieron las escaramuzas en la frontera. Contrajeron matrimonio en la iglesia de Sant Pau del Camp en la víspera de la Navidad de 1100.

Zacarías no pudo esperar a que el sol emergiese desde las profundidades del mar Mediterráneo y se levantó con sigilo del jergón en mitad de la madrugada. Dormía junto a su abuelo y su madre, ambos viudos, en un colchón de paja apoyado directamente sobre el suelo. El chamizo en el que vivían estaba situado en el punto más alto de la montaña de Montjuic, al sur de la ciudad de Barcelona.

Se movió con tiento en la penumbra de la estancia, con cuidado de no despertar a su madre —a su abuelo no le hubiese importado despertarlo, él siempre lo apoyaba en esas escapadas—. Metió la mano en el recipiente de latón donde guardaban el sebo para alimentar los fanales y se embadurnó los dedos, después se fue hasta la puerta de la vivienda y extendió el sebo en los goznes que la sujetaban y que a buen seguro lo delatarían si no estuvieran engrasados a la perfección.

Cuando estuvo convencido de que la puerta no crujiría, la abrió y salió al exterior, donde se puso de rodillas y agarró por las fauces al enorme can que guardaba la entrada, para que no diese la alarma con su gruñido gutural. Aquel animal era su infatigable compañero, era de esos perros que no llegaban a ladrar, sino que emitían un sonido que retumbaba en su tremenda caja torácica y asustaba todavía más. Lo convenció para que volviese a la posición que más le gustaba y le franquease el paso, y se fue directo al palomar.

A pesar de que las tardes empezaban a ser calurosas, las noches y las mañanas aún eran frescas, por lo que notó en sus pies descalzos el frío del suelo de piedra del criadero; sin embargo, casi no había dormido nada en toda la noche esperando ese momento y un poco de frío en la planta de los pies no lo iba a detener.

Los polluelos de la paloma número 34 cumplían dos meses desde que habían salido del cascarón. Uno de ellos había crecido casi el doble que sus hermanos y hacía un par de semanas que se movía por la jaula dando saltos que acompañaba con un aleteo más propio de una paloma del doble de edad. Su abuelo le había prohibido abrirle la portezuela de la jaula hasta que el ave cumpliese los dos meses, fecha que se cumplía justo ese día, y Zacarías no estaba dispuesto a aguantar hasta el amanecer para ver a su polluelo asomado al exterior de su presidio oteando por primera vez, a la luz de una luna casi llena, el horizonte que se abría a los pies del palomar, ese horizonte por el que un día lo vería volver.

Su abuelo marcaba a los palomos con números que no les asignaba hasta que terminaba con su formación y estaban del todo preparados para cumplir con su tarea de correo condal. Mientras todavía eran polluelos les iba poniendo nombre en función de las marcas que les veía en el plumaje. Al magnífico ejemplar que recibía todos los mimos de Zacarías lo llamaron Pirata, nombre que hacía referencia a la mancha negra que le cubría el ojo derecho.

3

Con las primeras lluvias del mes de septiembre, el verano de 1109 quedaba atrás y el conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, aprovechaba el paréntesis de revueltas en la frontera para ocupar su sitial en la Casa de la Ciudad, donde se impartía justicia. El pueblo necesitaba ver al conde y saber que la justicia no se ejercía por delegación, sino que era el propio soberano de aquellas tierras quien la impartía. El veguer llevaba adelante los juicios en ausencia del conde cuando este no estaba en la ciudad, pero en disputas de mayor calado su presencia para presidir los juicios y decidir las sentencias garantizaba el respeto de los ajusticiados por las resoluciones que allí se tomaban.

Además, el conde llevaba esperando ese momento casi un mes, cuando se impuso al poderoso ejército de Alfonso I de Aragón en la batalla de Vilafranca. Sentía un gran orgullo por aquella victoria, sin duda la mayor que había obtenido desde que ostentaba la titularidad del principado. Esta victoria, además, le servía para frenar las ansias conquistadoras del rey aragonés y al mismo tiempo consolidar su propio dominio sobre las fértiles tierras de viñedos del Penedés.

Alfonso el Batallador era sin duda el mejor guerrero de la Hispania cristiana y comandaba un ejército compuesto por soldados entrenados y expertos en la batalla, por lo que el conde barcelonés estaba deseando sentarse en aquella sala de la Casa de la Ciudad para ver pasar a los más importantes prohombres de Cataluña mostrándole su agradecimiento y su lealtad.

El conde sabía que era el tiempo de aprovechar el gran momento que vivía al albur de la reciente victoria para prodigarse entre los nobles, y sobre todo, los comerciantes de la ciudad, a los que quería mantener bien cerca. Tenía planes al otro lado de las costas de Barcelona y precisaba financiación. Don Ramón pretendía mandar una flota de naves que se unieran a la cruzada que comandaba el arzobispo de Pisa contra los musulmanes de Mallorca.

Era consciente de que esta empresa sería muy cara, pero se beneficiaría de la financiación de todos los gremios de la ciudad, que en multitud de ocasiones habían ido hasta el palacio real en comitiva para solicitarle protección por la desmesurada piratería que asolaba el Mediterráneo; no en vano esta cruzada, encabezada por el prelado pisano y autorizada por el papa Pascual II, no pretendía otra cosa que la seguridad en el comercio a través de aquellas aguas.

Otra de las actividades que ocupaban sus mañanas, cuando estaba de vuelta en la corte, era la caza, que constituía su pasatiempo favorito, circunstancia por la que aborrecía el verano, época en la que le resultaba imposible salir a la foresta a asediar todo tipo de piezas. El conde era experto tanto en caza mayor como menor, y la multitud de conflictos bélicos que se sucedían en el estío le impedían permanecer más de dos o tres días seguidos en la corte.

La mañana otoñal era fresca y había alguna nube que se iría disipando con la leve brisa que peinaba Barcelona. El conde Ramón se encontraba pletórico: hacía tres meses que no disfrutaba de una mañana de caza. En este primer día no saldría a cazar, sino que se limitaría a reconocer el terreno con su perro, para después pasar la tarde jugando a juegos de mesa con sus compañeros de montería en las carpas plantadas en las inmediaciones del campo de caza. A la mañana siguiente, con las primeras luces del día, saldrían provistos de ballestas a buscar venados y jabalíes.

—Arnau, ¿dónde están los perreros con los lebreles? —preguntó el conde cuando superaron el desfiladero y entraron en campo abierto.

—Señor, los mandé al monte chico; hace meses que no salimos de caza por aquellos pagos y debe de estar lleno de liebres y perdices, así que los perros harán un buen entrenamiento en el día de hoy.

—¿Pues a qué esperas? —dijo el conde, jovial, espoleando su montura hacia ese lugar donde podría ver a su animal dar unas carreras, libre de las estrecheces de las perreras de la corte en las que pasaba el verano.

Arnau apenas era capaz de seguir el ritmo de su señor: tenía una gran montura, pero aun así no era ni la mitad de fuerte y rápida que el peor de los caballos que poseía el señor de Cataluña, que galopaba impaciente por ver a su perro disfrutar de aquellos montes. Sabía que eran los momentos de mayor felicidad de su señor en todo el año.

Al pie del monte chico, que era como conocían aquella montaña pelada y llena de toperas excavadas por los roedores, la avanzadilla había instalado la noche anterior el puesto de caza. Había un par de carpas y dos cercados en los que aguardaban para salir al campo una docena de perros, que se pusieron de pie y empezaron a rasgar con las patas los tablones que formaban el cercado al ver llegar al conde, acompañado por otros diez jinetes que formaban su guardia.

El noble bajó de su montura nada más llegar al puesto y se introdujo en su carpa, donde fue recibido por Drago, su perro. Quería a aquel animal como a un hijo y permitió que se abalanzara sobre él y le lamiese con su enorme lengua toda la barba. Jugó con él hasta que no pudo más y lo calmó con una sola orden seca, a la que el can respondió de inmediato.

Se sentó a descansar la espalda en un escabel que había junto a la mesa central de la carpa y comió queso, acompañado por media hogaza de pan de trigo blanco enriquecido con miel y frutos secos, y dos muslos de pollo desmenuzados que lo esperaban en una escudilla sobre la mesa. Bebió media frasca de vino rebajado y se reclinó para descansar un rato con la mano apoyada sobre la cabeza de su inseparable mascota, que dio cuenta con presteza de las sobras del conde.

Cuando se despertó la temperatura había subido, debía de ser algo más de mediodía y el sol entraba con fuerza a través de la lona de la carpa. Se quitó la sobrevesta de lana con la que había cubierto su camisa en las primeras horas del día y la cambió por otra más fina, hecha de lino. El perro daba vueltas alrededor del prohombre barcelonés mientras un siervo lo ayudaba a ponerse las botas para salir al campo. Estiró los brazos y la espalda, y salió a la explanada que había frente a su carpa, donde lo esperaban cuatro de sus compañeros de montería para sacar a entrenar a sus canes.

—Arnau —dijo tras levantar la vista y ver a los cuatro jinetes que aguardaban prestos para arrancar, entre los que se encontraba su fiel consejero—, se está levantando viento.

—No se preocupe, señor. Proviene de poniente y no debe arrastrar nubes; ese sol no lo vamos a perder de vista hasta que lo sustituya la luna.

—Mejor así. No esperemos más.

Quedaban media docena de perros en el cercado. El resto de los animales pertenecía a la terna que se disponía a salir a entrenar con el conde y aguardaban al pie de los caballos de sus amos a que estos los azuzasen hacia el monte.

El conde arrancó el primero y tras él salieron los otros cuatro jinetes y un total de ocho perros. Iban a paso lento observando el terreno, que era llano y poco arbolado, pero lleno de toperas e irregularidades que podían jugar una mala pasada a los equinos. Al fondo se veía el monte chico, una elevación de poca altura también agreste, algo que contrastaba con los montes poblados de coníferas que se veían al fondo y en los que se internarían al día siguiente para buscar caza mayor.

En la zona en la que se hallaban predominaban las liebres y las perdices, animales escurridizos y rápidos que, tal y como le había indicado su escudero antes de llegar a las carpas, pondrían a prueba a los perros y los prepararían para la jornada de caza, momento en el que tendrían que asediar piezas mucho más grandes. Los jinetes iban desprovistos de arcos y ballestas, la intención de aquella tarde no era cazar.

Los perros dieron buenas carreras, en especial Drago, que llevó un par de liebres al pie del caballo de su amo, y este lo recompensó en cada ocasión con un pequeño trozo de carne cruda de vacuno.

El perro del conde era un lebrel, obsequio de un adinerado comerciante que se había hecho inmensamente rico mandando aceite, vino y productos textiles a Inglaterra. Era un viaje arriesgado en el que las naves desafiaban el océano Atlántico tras hacer escala en el puerto de Gibraltar, pero al tiempo se trataba de una ruta muy rentable. El mercader descargaba las bodegas de sus naos en el puerto de Bristol o en Londres, donde aprovechaba para cargar el viaje de vuelta, en el que transportaba importantes cargamentos de lana, metales y cueros con destino, por lo general, a Génova o Pisa.

Este comerciante, en una de las monterías en las que había participado con el conde Ramón Berenguer dos años atrás, le regaló un lebrel procedente de Escocia con aspecto de perro vagabundo. El cachorro, de apenas cuatro meses, era gris y con el pelo áspero, tenía las orejas caídas de color negro y el pelo que se las cubría era irregular y desastrado. El conde miró al animal con escepticismo cuando el comerciante ordenó a su sirviente que entrase en la carpa para mostrárselo, pero consideraba a aquel comerciante un hombre inteligente y con buen criterio, y aguardó sus explicaciones.

—Permítame, señor conde. Sé que vos pensáis lo mismo que un servidor del aspecto de este can.

—¿Me lo ha leído en la cara? —le preguntó esbozando una sonrisa.

—A decir verdad, mi señor, lo supe antes de tener el honor de entrar en esta carpa, pero no le engaño si le digo que este perro, cuando tenga la edad, será capaz de alcanzar a la carrera a un venado o un jabalí y abalanzarse sobre él y morderle el cuello hasta hacerlo caer.

—Me cuesta creerlo, si le digo la verdad.

—No me extraña, señor conde. Pero permítame que le añada, además, que es un animal veloz como un galgo.

El perro no tardó demasiados meses en demostrar todo cuanto el comerciante había dicho al titular de aquellos pagos.

Los cinco jinetes, seguidos por sus mascotas, se detuvieron a algo más de cien pasos de un pequeño terraplén que había justo antes del comienzo de la escarpada subida al monte chico. El perro del conde, que iba toda la tarde a la vanguardia del grupo indicando el paso que debían llevar, estaba parado junto a una zarza mirando por encima de esta hacia el frente; era obvio que había detectado una pieza que nadie más había visto. Al poco erizó los pelos de su lomo, se agachó y salió a la carrera en busca del desnivel que hacía el terreno. Los integrantes de la expedición observaron la elegante carrera del can mientras la rehala salía tras de Drago sin poder darle alcance; era muy evidente la diferencia de tranco entre el perro del conde y los del resto de los nobles.

Unos veinte pasos antes del cortado vieron remontar el vuelo a un ave gris que tanto podía ser una perdiz como una paloma. El cánido aceleró la carrera, se agachó para coger impulso y se lanzó al aire para atrapar con las fauces la pieza, que aleteaba buscando el cielo. Al tiempo que estiraba el cuello, para morder el ala derecha del ave en vuelo, se retorció en el aire sin llegar a alcanzarla y soltó un estridente alarido que atravesó los tímpanos de los integrantes de la partida de caza.

El perro cayó al suelo revolcándose y gimiendo de dolor mientras el ave aleteaba por encima de las cabezas del grupo de nobles señores, que buscaban en balde una ballesta para atravesar a aquella paloma.

Clavaron espuelas a los caballos y llegaron hasta donde se encontraba el animal, muerto, con una flecha clavada en el lomo. El conde se bajó de su montura y se abrazó a él llenándose la sobrevesta y las calzas de sangre. No se podía creer lo que había sucedido y estaba fuera de sí.

Mientras el conde trataba de asumir lo sucedido, de rodillas sobre el charco de sangre que brotaba del interior del abdomen de su perro, Arnau, que se había lanzado como un poseso barranco abajo, apareció con un mozo de no más de diez años, que portaba una ballesta y una canana provista de un puñado de saetas.

—Señor. Aquí tiene al culpable de esta terrible desgracia —le dijo arrojando a Zacarías al suelo frente al charco de sangre cada vez mayor.

—Quítalo de mi vista de inmediato. Cuando lleguemos a Barcelona quiero ver a su padre.

—No…

Zacarías intentó hablar para informar al conde de que no tenía padre, pero el oficial no se lo permitió y le calló la boca con un fuerte pescozón.

—Cuente con ello, señor. El padre de este truhan ha de pagar lo que ha hecho su hijo.

—La montería de mañana queda suspendida —dijo al final el conde.

Zacarías viajó de vuelta a Barcelona en una carreta, con las manos y los pies atados a conciencia. Había salido de su casa dos días antes para seguir con el entrenamiento de Pirata, que ya había sido capaz de hacer unos primeros vuelos de corta distancia en los que había encontrado con mucha facilidad el palomar de Montjuic en el cual se había criado. La prueba a la que lo acababa de someter para ver si estaba cerca de convertirse en una paloma mensajera con número propio era muy importante.

Estaba muy preocupado por ser un preso del conde, pero, a la vez, satisfecho de haberle salvado la vida a su mensajera, que ya debía de haber arribado al palomar a esas alturas, y sobre todo de que lo llevasen de vuelta a Barcelona en carreta. Esperaba poder salir con bien de todo aquello, no en vano el ave a la que le había salvado la vida pronto formaría parte del correo del conde.

4

Reino de Aragón, verano de 1134

No era la primera vez que tenía que huir derrotado, humillado y herido de un campo de batalla, pero sí era posible que fuese la última, y eso era algo que diferenciaba esa ocasión de todas las anteriores. Una voz interior le advertía de que allí acababa su viaje. Era, por encima de todo, un guerrero; había encomendado su vida a la lucha por la cruz, y en la batalla que acababa de concluir había sufrido la mayor de sus derrotas. Visto desde fuera, suponía una auténtica debacle para un luchador como él acabar sus días derrotado y huyendo del campo de batalla como un cobarde sin honra.

Era consciente de que esto sería lo que declamarían los trovadores en las plazas de los pueblos y ciudades de las Hispanias a partir del siguiente amanecer. Ya lo había vivido en ocasiones anteriores, pero la gran diferencia era que en esta no iba a poder tomarse la revancha.

Tenía que reconocer que su enemigo había jugado mucho mejor sus cartas que su hueste. Habían aguantado el cerco en aparente calma durante tantos meses que parte de las tropas prestadas con las que contaba habían abandonado el campamento, dando por hecho que antes o después se abriría la puerta de la ciudad por simple agotamiento de la población, pero no había sido así.

La infinidad de pozos existentes en la urbe, merced a su situación en las proximidades de dos ríos tan caudalosos como el Cinca y el Segre, y la intermitente entrada de víveres por algún lugar que nunca llegaron a localizar hicieron que la vida intramuros fuese al menos soportable para los ciudadanos de la villa, los cuales consiguieron no solo aguantar el asedio, sino tener la energía suficiente para tomar al asalto el campamento cristiano cuando las tropas procedentes de Lérida, Valencia y Murcia atacaron al ejército agresor.

Estos factores, junto con el poderío y la sagacidad de las fuerzas almorávides, que se presentaron de improviso cuando más confiada estaba la tropa, provocaron que las bajas se contaran por centenares en una sola mañana de lucha. En todo caso, el temible ejército africano los habría derrotado con toda seguridad aun estando avisados de su ofensiva.

Mientras cabalgaba sobre su montura alejándose de la plaza, se lamentaba por haber abandonado la ciudad el año anterior para acudir a Pamplona, cuando parecía tener la conquista en su poder. Ahora sabía que aquel error de cálculo le iba a costar la vida, no tenía duda de ello. Una plaza con esas características no se podía dejar en manos de nadie, pues el germen infiel estaba demasiado inoculado en aquellas gentes, y no tendría que haberse marchado hasta haber mandado a todos los sarracenos de la urbe a los arrabales, más allá de las murallas.

Atrás quedaban sus años en el lejano Oriente, en la misma puerta de Jerusalén, luchando codo con codo con los más destacados caballeros de la cristiandad. No le habría importado morir allí defendiendo la cruz, como tampoco le habría importado morir esa calurosa mañana a orillas del Cinca, pero una cosa era estar dispuesto a fallecer por combatir al infiel y otra muy distinta era entregar su vida y la de sus huestes cuando ya era del todo imposible ganar la batalla. Tenía suficientes cicatrices en el cuerpo como para distinguir cuándo una contienda se había convertido en una carnicería en la que los suyos ponían la carne y los de los alfanjes el acero.

No se sentía orgulloso de haber ordenado la retirada, pero sabía que era la única forma de salvar suficientes hombres como para pensar en volver a medirse a estos bravos enemigos cuando se reforzara la tropa con nuevas mesnadas, aunque no sería él quien encabezara el próximo ataque, de eso estaba seguro. Se llevaba del campo de batalla una herida en la pierna y un corte que le había atravesado la cota de malla en el costado, y ambas empezaban a dolerle como si portase todavía los aceros sarracenos clavados en el cuerpo.

Después de más de treinta años combatiendo sabía diferenciar las heridas que no cicatrizarían, y las que llevaba como recuerdo de la batalla que dejaba tras la grupa de su caballo tenían pinta de no sanar rápido. A eso debía unir su edad: era ya un sexagenario al que le costaba cada día más reponerse de los cortes y las llagas testigos de sus muchos encuentros con los alfanjes sarracenos.

Apenas le seguía a uña de caballo una treintena de hombres, que conformaban su guardia más próxima, los mejores guerreros de Aragón. Pero ni ellos ni él habían previsto la avalancha almorávide que se les había venido encima, como salida de la boca del infierno. El asedio a Fraga había sido su tumba, siempre lo intuyó, pero ahora estaba seguro. Desde que salió de Zaragoza, hacía ya más de dos años, en los que apenas había vuelto un par de veces por su capital, algo en su interior le advirtió de que nada bueno podía esperar un guerrero con demasiados años ante un rival de tal poderío al otro lado del campo de batalla. Le quedaba al menos el consuelo de saber que su última derrota se la había infligido el ejército más temible al que se había enfrentado en su vida. En ocasiones había llegado a pensar que estas hordas habrían podido derrotar a la misma cruzada del papa Urbano II, aquella con la que tuvo el honor de entrar en Jerusalén para recuperar los sagrados lugares de la cristiandad.

El ejército que los había arrasado en las puertas de Fraga era diferente a cualquier otro jamás visto, parecía llegado de otro mundo. Todavía era capaz de sentir cómo temblaba la tierra bajo las pezuñas de su caballo cuando los guerreros almorávides, de piel oscura y altos como catedrales, avanzaban hacia ellos provistos de escudos de piel de hipopótamo y alfanjes templados bajo el sol abrasador del desierto, mientras los tambores de guerra sonaban sin parar marcando el ritmo de sus embestidas. Parecían comandados por el mismísimo Lucifer.

Él era el guerrero más experimentado de su reino, y tras la muerte de Pedro González de Lara y la de Rodrigo Díaz, podía decir que era el más experimentado de la Hispania cristiana, y esa experiencia le había advertido años atrás de que un día ese ejército que había cruzado desde África y había asolado la Península acabaría venciéndolo a él también.

Sabía que las heridas de su cuerpo no sanarían, y mucho menos en la situación en la que se hallaba, obligado a cabalgar sin descanso para poner lo que quedaba de su ejército y a sí mismo a buen recaudo. Ya había sorteado demasiadas veces la guadaña de la muerte y sentía que esa vez era la definitiva, pero se iba tranquilo y dichoso; al menos tenía el consuelo de lo sucedido una década atrás en Zaragoza, donde había conseguido arrebatar a los temibles almorávides su capital. Recordaba orgulloso cómo había echado de allí con el poderío de su espada a los mismos que hoy lo habían dejado preparado para conocer al Altísimo. Ese fue, a mucha distancia del siguiente, el momento más grande de su vida. Había encomendado su existencia a la liberación de la capital del Ebro y por fin lo había logrado.

El día que conquistó la ciudad de sus sueños supo que aquello no era el final de su lucha, sino que, después de veinte años guerreando por Dios, estaba en el comienzo de la verdadera batalla por liberar el mundo. Y ahora, herido de muerte y con la conciencia tranquila del que sabe que san Pedro lo espera, ansioso por conocer a aquel que llevó el estandarte de la cristiandad hasta el mismo Jerusalén, era consciente de que su lucha por llegar al mar y abrir la ruta marítima hasta oriente a través del Ebro le había costado la vida, pero también estaba completamente seguro de que los que vinieran tras él continuarían la batalla. Esa vez no pudo con los alfanjes sarracenos, pero otro habría de reemplazarlo para acabar su propósito, no tenía duda de ello.

Mientras cabalgaba sintiendo cómo las heridas de la batalla se le iban abriendo y la sangre le resbalaba por la pernera y el costado, manchando de un rojo oscuro, casi negro, el lomo de su montura blanca y su sobrevesta, recordaba su vida, encomendada a las armas y a Dios. Era consciente de que su momento de decir adiós a este valle de lágrimas estaba a punto de llegar y, sin saber el motivo, notó la nostalgia de no poder abrazar a su esposa, la mujer contra la que había luchado de todas las formas posibles, a la que maltrató como un canalla, a la que encerró en una torre y a la que nunca supo amar.

Las lágrimas que salían de sus ojos por la velocidad del galope de su caballo se mezclaban con aquellas que no podía contener al recordar la relación imposible que había mantenido con su esposa, la reina Urraca I de León. Los recelos y la desconfianza que los cortesanos de ambos reinos se ocuparon de crear entre ellos, así como la lucha sin cuartel del obispo de Santiago por disolver el matrimonio por razón de consanguinidad, fueron también responsables de la poca salud de su relación, pero debía reconocer que el principal culpable de lo sucedido fue él, que nunca hizo un hueco en su vida para su esposa. Siempre hubo algo que se antepuso a ella, ya fuesen las armas o la religión. Y además demostró ser un miserable al dispensarle, en muchas ocasiones, el trato que no habría dado ni al peor de sus enemigos.

Sin los obstáculos que les pusieron los intereses encontrados que sobrevolaron aquel matrimonio real, y con la sabiduría proporcionada por los años, habría amado a aquella mujer maravillosa como ella se merecía, pero ya era tarde y solo le quedaba llorar por el recuerdo de lo que nunca supo hacer.

Por increíble que pareciera, en los momentos en que más separados estuvieron, cuando sus ejércitos luchaban desabridamente, fue cuando más la quiso y más la extrañó. De hecho, gracias a esta circunstancia por fin fueron capaces de dividirse sus reinos y apenas tener confrontaciones en los últimos años de vida de la reina.

Ahora se daba cuenta de que todo había sido un error y hubiera necesitado estar cerca de aquella mujer muerta hacía casi una década. Y no solo era eso, necesitaba otra cosa casi tanto como abrazar a su esposa: el hijo que esta nunca le dio. Lo necesitaba para tenerlo a su lado, enseñarle y por fin poder legarle todo aquello por lo que había luchado. Esas dos cosas le dolían muchísimo más que las propias heridas que arrastraba su maltrecho cuerpo. Pero al menos le consolaba saber que sus compañeros de armas, aquellos que lo habían acompañado hasta el fin del mundo para combatir al infiel, tendrían abiertas las arcas del reino de Aragón para poder financiar su lucha por la cruz.

Mientras había estado vivo había sido un guerrero y estaba dispuesto a seguir siéndolo también muerto. Nadie mejor que él sabía lo enormemente costosas que eran las mesnadas de sus ejércitos, y, ya que no iba a poder estar en persona para comandar a sus huestes, al menos colaboraría en la financiación de las campañas. La lucha contra el infiel era la causa de su vida y de su muerte.

5

Jaca, 29 de septiembre de 1134

Su majestad —le inquirió con tono cuidadoso el consejero.

—Enseguida estoy —respondió, igualmente sosegado, el todavía obispo de la diócesis de Roda-Barbastro.

—Aguardan por vos —insistió Gervasio, consciente de que no convenía dejar crecer en exceso el runrún que procedía del salón.

El rey se puso en pie y acompañó al astrólogo hasta el salón de la colegiata. Ramiro II de Aragón había sido coronado en un acto con menos pompa de lo habitual, llevado a cabo por la mañana, y ahora tocaba reunirse con los más altos linajes del reino. El nuevo monarca era consciente de la animadversión que su proclamación había generado en muchas de las más respetadas familias de Aragón.

Su hermano, Alfonso I el Batallador,

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