PRÓLOGO
Josie

Más o menos un año antes...
El día en que descuelgas el teléfono y un completo desconocido te dice: «Yo soy tu padre», sabes que te va a cambiar la vida.
No hay más que ver a Luke Skywalker. Su existencia se puso patas arriba después de escuchar esas cuatro palabras. Y es verdad que yo no era un guardián de la justicia a punto de verme arrastrado al lado oscuro y el hombre al teléfono no era un villano galáctico de respiración siniestra con máscara, pero mi mundo se sacudió un poco.
En el transcurso de una llamada, pasé de tener un padre del que no sabía nada —solo que se llamaba Andy— a entrar en la vida de un hombre que por lo visto había compartido «una noche» con mi madre veintinueve años antes. Y con «una noche» me refiero a un buen revolcón sobre el heno y si te he visto no me acuerdo. Que no me importa, en serio. Mi madre nunca me había hablado demasiado de lo ocurrido ni del hombre que la puso mirando a Wisconsin, pero sí lo suficiente como para que yo no les guardara rencor ni a él ni a la forma en la que me concibieron. Eso no quiere decir que una parte de mí no tuviera curiosidad. Claro que sí. Pero por lo general siempre había estado satisfecha con la información que conocía. ¿Qué más daba si en casa solo estábamos mi madre y yo? ¿Qué más daba si nuestra familia era distinta a la de los demás? ¿Qué más daba si me veía obligada a rellenar esa parte de mi árbol genealógico con mi colección de pegatinas de animales marinos, lo que provocó que me pusieran el apodo de Medusa en quinto de primaria? Son criaturas increíbles, sumamente infravaloradas, así que me lo apropié con la barbilla bien alta. Tampoco era tan raro ser hija de madre soltera. Y como siempre me decía ella, lo normal es lo que haces con las cartas que te reparte el destino.
Y al final resultó que el destino se había guardado un par de ases bajo la manga.
Porque después de casi tres décadas de silencio absoluto, mi padre me había llamado por teléfono. Y tenía nombre de pila completo (Andrew, no Andy, según insistió), apellido (Underwood), código postal (de Miami) y, por lo visto, la misión de presentarme a una nueva familia. A un nuevo mundo. A una vida que jamás pensé que fuera para mí.
También tenía una hermana. ¡Una hermana! Y resulta que Andrew Underwood era un pez gordo.
Y no me refiero a un hombre que hubiera tenido éxito sin más. Me refiero a un magnate de los negocios, al propietario de una corporación valorada en miles de millones, a un nombre que copaba los titulares y que seguramente tenía chófer y quizá también un helicóptero. Por el amor de Dios, si era propietario de un equipo de fútbol de la MLS. Andrew Underwood había alcanzado mucho más que el éxito. Estaba forrado. Y no lo sabía porque me lo hubiera contado él a modo de presentación, sino porque ya había oído su nombre antes de que me llamara por teléfono. Al igual que todo el mundo en Green Oak, en el condado y, de un tiempo a esa parte, en buena parte del país.
Y por eso me eché a reír. Después de un silencio larguísimo, me eché a reír. O me descojonaba o le colgaba, una de dos. Ese hombre me estaba diciendo que yo, Josie Moore, la alcaldesa de mi pueblo natal, orgullosa propietaria de una cafetería, coleccionista de objetos brillantes y entusiasta reparadora de cerámicas rotas... ¿De verdad me estaba diciendo que el hombre cuyo espacio en el árbol genealógico había llenado con una manta raya era Andrew Underwood? Y no solo eso, sino que de repente me había metido en el complejo mundo de los ricos, que parecía sacado de cierta serie de HBO que va sobre la herencia de una gran empresa. Aquel no era mi mundo. Yo era una chica de pueblo. Y lo llevaba con orgullo, que conste. Y vale, sí, durante un tiempo estuve comprometida con un político y técnicamente casi doy un braguetazo, pero había sido sin querer. Era lo más cerca que había estado de ese mundillo. No podía formar parte de la herencia de nadie. De ahí la carcajada.
«No es una broma, Josephine», respondió Andrew en el mismo tono serio que había usado para darme la noticia. Pero no me dejé intimidar y me volví a reír. Y fue entonces cuando mencionó a mi madre. No recuerdo qué dijo exactamente, solo las palabras «Eloise» y «Te acompaño en el sentimiento» o alguna fórmula de cortesía por el estilo.
Más tarde me di cuenta de que había dejado de escuchar en ese preciso instante. Creo que me dijo que la asistente de no sé quién me llamaría. Y que él prefería mantener en secreto esa conversación. Y algo sobre los medios. Pero durante el resto de la llamada todo se ralentizó y yo me quedé grogui, asintiendo con la cabeza de vez en cuando y soltando monosílabos cuando la línea se quedaba en silencio.
Me pasé toda la noche en vela. La noticia me había descolocado. Tanto que con cuidado dejé que se me escurriera de los dedos uno de mis jarrones para poder pasarme horas pegándolo y así dejar de pensar. O para tener una excusa para pensar, no lo sé. Siempre me había considerado una persona que se tomaba bien los cambios. En general, eran los cambios los que venían a mí, pero era capaz de señalar unos cuantos ejemplos en los que yo los había promovido. Me gustaban los retos. Y los cambios eran un reto. No me quedaba más remedio que seguir adelante y, por un momento, todo se emborronaba y mi energía se dirigía hacia un objetivo: llegar a la cima, vencer.
En mi opinión, los cambios daban chispa a la vida. Me mantenían alerta.
Pero por primera vez, ante esa novedad, ante esa nueva misión en la que embarcarme, ante esa nueva mano de cartas que el destino me había reservado, no sentí ninguna emoción. Tan solo terror.
Porque después de que mi madre falleciera había perdido toda esperanza de llegar a conocer al tal Andy. De encontrar las piezas que faltaban en el puzle que me había convertido en la mujer que era. O simplemente de tener que decidir si quería indagar al respecto.
De pronto, no había ninguna decisión que tomar. Andrew me lo había soltado de sopetón en medio de mi vida sencilla, abriéndome una puerta justo delante de mis narices.
En mi interior hervía un millón de preguntas que llevaba años reteniendo. Me sentía una Josie distinta.
«Lo normal es lo que haces con las cartas que te reparte el destino».
Creo que fue entonces cuando supe que se avecinaban cambios.
1

En la actualidad
Metí la mano en el tarro de mermelada.
—Venga, venga, venga —murmuré observando cómo una parte de la mermelada se derramaba al hundir la mano y una masa viscosa y rojiza me pringaba la piel hasta la muñeca—. No me hagas esto. Por favor. Sal. Despacito y buena letra.
—¿Yoji? —La voz del Abuelo Moe gritó desde el salón.
Me quedé paralizada y dejé de sacudir los dedos de golpe. Maldición. Si el abuelo veía qué era lo que tenía atascado en el dedo no querría escuchar lo siguiente. Aún más, si me veía usando toda la mermelada después de que le hubiese prometido emplearla en una tarta de queso al horno, me...
—¿Yoji?
—¿Sí?
—Hay una muhaha en el batio.
—¿Cómo? —pregunté poniendo los ojos en blanco, aunque lo había pillado, más o menos. Normalmente entendía el idioma desdentado del Abuelo Moe.
—Que hay una muchacha en el patio —repitió, con dicción más clara, señal de que se había puesto la dentadura.
Suspiré y observé mi esfuerzo en vano por quitarme esa cosa del dedo. Debería haber cogido mantequilla. O aceite. Y necesitaba que el abuelo estuviera distraído y lejos de la cocina.
—¿Seguro que no es alguien que ha pasado por delante sin más?
—No. Está subiendo las escaleras del porche. Me da mala espina.
Mierda. ¿Venía alguien?
—¿No te dije que no fueras tan mirón? ¿Eh? —lo reprendí mientras sacaba la mano y me tiraba del dedo con la otra mano—. La gente te ve ahí vigilando como si fueras un... —hice un poco más de fuerza— un bicho raro con tirantes. —Nada, que no se movía ni un milímetro. Volví a intentarlo—. No sé si te crees el guardián del barrio o algo así, pero...
Se me resbalaron los dedos, solté las manos y le di un codazo al tarro, que se estrelló contra el suelo y creó un gran charco rojizo.
—Pero ¿qué? —dijo el Abuelo Moe—. ¿Y qué ha sido eso?
En silencio, me cagué en todo por haber puesto perdida la encimera, el suelo y también a mí misma. Manos, bata, pies..., todo estaba lleno de mermelada y esquirlas de cristal.
—Se me ha caído una cosa. Lo tengo todo controlado.
Sonó el timbre de la puerta.
«O no».
—¿Abuelo Moe?
Oí el crujido de su silla cuando se desplomó en el asiento.
—¿Abu? —grité con la voz más dulce que pude, y fui a limpiarme las manos con... ¿Dónde estaban los paños de cocina? Utilicé la bata—. ¿Serías tan amable de abrir la puerta?
—No ha venido a verme a mí —repuso—. Y no me gustan los desconocidos. Ni sus pintas. —Tras una pausa, añadió—: Y soy viejo.
—Ser viejo no vale como excusa para todo, ¿eh? —Recogí varios trozos de cristal antes de tirarlos con cuidado en el fregadero—. No la puedes usar para zamparte la última magdalena de chocolate ni para negarte a abrir la puerta.
Desde el comedor sonó una retahíla de murmullos de enfado, y seguí recogiendo esquirlas de cristal mientras aguzaba el oído en busca de alguna señal de que el abuelo se había levantado. No oí nada, así que esperé y esperé… hasta perder la paciencia.
—Abu, ¿estás...? —El timbre volvió a sonar y pegué un bote. Hice una mueca de dolor al notar una intensa punzada en el centro de la mano—. Mierda —mascullé—. Me cago en el cristal y en la...
El timbre sonó por tercera vez. Y por cuarta. Y por quinta.
Cerré los ojos y suspiré de frustración.
—¡Maurice Antonne Brown! —grité entre dientes—. Como no abras la puerta, te juro que te voy a dar un azote que te vas a acordar de mí...
—Vale, vale —gruñó. Oí el crujido de la silla y unos pasos lentos y pesados. Acto seguido, sonó la puerta y el abuelo dijo—: ¿En qué la puebo abudar?
«La madre que lo parió». A veces me entraban ganas de chillar.
—¿Cómo? —respondió una voz de mujer.
—¿En qué la puebo abudar? —repitió el Abuelo Moe como el hombre sumamente insufrible que podía llegar a ser.
A una parte de mí le costaba creer que se hubiera quitado la dentadura de nuevo, pero ¿por qué me sorprendía? El abuelo era un cascarrabias de manual y, desde que le había dado un leve ictus por el que me lo había llevado a vivir a mi casa, su irritabilidad había alcanzado cotas máximas, incluso después de haberse recuperado prácticamente por completo.
—Es que... —empezó a decir la mujer—. Estoy buscando a Josephine Moore. Juraría que vive aquí. La gente del pueblo con la que he hablado me lo ha confirmado.
—¿Y? —respondió el viejo con todo el morro.
Se hizo un breve silencio.
—Pues que yo nunca me equivoco —añadió la mujer—. Y no me gustaría perder más el tiempo, así que, si no le importa ir a buscar a la señorita Moore de mi parte, se lo agradecería. Llevo un buen rato aquí de pie viendo cómo me observa usted desde la ventana. No sé si pretendía intimidarme, pero no le ha funcionado. —Hizo otra pausa—. Me he enfrentado a cosas peores que a un anciano desdentado con tirantes.
Dejé escapar un gruñido. La última vez que alguien lo llamó «anciano», el Abuelo Moe logró que nos sacaran en la portada del periódico del condado. La fotografía en blanco y negro del abuelo pegándose con Otto Higgings por unas tijeras de podar gigantes —y yo en medio, con los brazos extendidos y cara de terror absoluto— todavía se me aparecía algunas noches en sueños. Siempre quise aparecer en la portada del periódico, pero ojalá no hubiera sido bajo el titular: «Guerra de poda en Green Oak. A la alcaldesa le cuesta mantener la paz».
Como si quisiera que le oyera, el abuelo soltó una risilla desde el recibidor. No era un sonido agradable. Era su risilla de «estoy tramando algo», y, a pesar de la mermelada y del desastre y de la bata —y sí, también llevaba una mascarilla de extracto de algas—, la risilla me puso en acción enseguida. Me restregué las manos en la bata, que ya estaba hecha un asco, y corrí hacia la puerta.
Dos pares de ojos me miraron fijamente. El abuelo empezó a formular con los labios una pregunta que no me apetecía responder, así que sonreí y, con cuidado, lo aparté a un lado. Y fue entonces cuando me di cuenta de que en la mano tenía una mancha de color rojo oscuro. Era sin duda sangre, no mermelada.
Me metí las manos en los bolsillos de la bata y me giré para mirar hacia la mujer.
—Hola —dije con una sonrisa de oreja a oreja—. Soy Josie. Josephine Moore. Esa soy yo. Le estrecharía la mano, pero en fin... Gérmenes. ¿Qué le parece si chocamos los codos? —Le acerqué el codo—. Tengo entendido que hoy en día está de moda. Entre niños y... entre jóvenes. En internet. Y en todas partes.
La mujer parpadeó, me miró varias veces de arriba abajo e hizo una extraña mueca.
—Ni hablar. No. —Su expresión se volvió consternada—. ¿Qué...? —Al parecer, buscaba la forma correcta de formular la pregunta—. ¿Por qué pareces recién salida del interior de una galleta de frambuesa?
—Ah. Es que estaba... cocinando —expliqué con una carcajada. Pero no quería reírme. Quería que esa noche terminase y comenzara un nuevo día sin tener un anillo atascado en el dedo—. Soy un desastre. Las cocineras desastre son muy comunes. Por cierto, no he oído cómo se llama. Yo me llamo Josie, pero eso ya lo sabemos las dos.
La mujer suavizó la mueca. Ligeramente.
—Me llamo Bobbi —contestó negando con la cabeza, cosa que hizo que la media melena rubia se balanceara alrededor de su cara—. Bobbi con i latina. Bobbi Shark.
Se hizo un silencio incómodo.
—Un nombre precioso —la piropeé—. ¿Le apetece pasar, Bobbi?
—Te comportas como si fuera la primera vez que oyes hablar de mí. —Enarcó una ceja—. Creía que me estabas esperando.
Menos mal que la mascarilla facial ocultaba mi ceño fruncido, porque si hubiera estado esperando a alguien con un nombre tan curioso, me habría acordado. Aunque, claro, no era la primera vez que alguien se presentaba en mi puerta a horas intempestivas para pedirme algo.
—Es lo que le digo a todo el mundo —repliqué. Me aparté y abrí un poco más la puerta con el hombro. Jamás había sonreído tantísimo—. Pase y hablaremos todo el tiempo que haga falta sobre lo que necesite. —Le lancé una mirada asesina al hombre de mi izquierda—. El Abuelo Moe se irá a la cocina para recoger el desastre que he dejado. Y luego nos preparará una taza de té a las dos. ¿Verdad, abuelo?
Lo oí gruñir entre dientes, pero por lo menos se dio media vuelta y se dirigió hacia la cocina.
Me volví a concentrar en Bobbi; no parecía tener ninguna intención de entrar.
—O, bueno, también podemos hablar en la puerta —propuse, conteniendo un suspiro—. Pero en ese caso nos olvidamos del té. No creo que el abuelo esté de humor para traérnoslo hasta aquí.
No le hizo gracia mi comentario. Creo que, por cómo arrugaba la nariz, ni siquiera lo oyó.
—No sabes quién soy —dijo—. ¿Y me invitas a tu casa?
Reflexioné antes de contestar.
—Bueno, me imagino que no es usted una vampiresa, así que...
—Pues no —me interrumpió—. Y deja ya de hablarme de usted. —Me quedé boquiabierta—. Vale. En primer lugar, a partir de ahora debes dejar inmediatamente de invitar a desconocidos a tu casa —me indicó con una sorprendente seriedad—. Y segundo —prosiguió levantando una mano para señalarme la cara y el pecho—, no sé qué pretendes con esto, pero no va a funcionar. No vas a volver a abrir la puerta de esta guisa. Ni siquiera mirarás por la ventana de esta guisa. —Resopló—. ¿Acaso no te dedicas a la política?
—Pues... —Me había dejado descolocada. No tenía ni idea de qué estaba pasando—. No me gusta considerarme política. Vale, sí, soy la alcaldesa del pueblo, pero en un sitio tan pequeño es un cargo voluntario. La mayor parte de los días no tengo que hacer nada de nada. —Y en ocasiones apagar algún que otro fuego metafórico me había quitado años de vida. Entonces se me ocurrió algo—. Un momento. ¿Esto tiene algo que ver con Carmen?
—Perdona, ¿con quién? —Bobbi arqueó una ceja.
Me quedé mirando a la mujer que estaba delante de mí, que llevaba un abrigo plateado de lana y botas de cuero que asomaban por debajo del dobladillo. Contemplé el maquillaje impoluto, el corte de pelo perfecto, su voz autoritaria.
¿Acaso los Clarkson se habían tomado tan en serio el problema de la verja que habían contratado a una superabogada de la ciudad?
—Estás perdiendo el tiempo —le aseguré—. Solo fue un incidente. Los Clarkson se están gastando un dineral en algo que podría resolverse con una conversación civilizada. No es culpa de nadie que Carmen se escapara. Las vacas no son los animales vagos que todo el mundo cree. A veces son sigilosas. Y Robbie Vasquez no tenía forma de saber lo que hacía Carmen hasta que instaló las cámaras de seguridad en el establo. No esperaba que Carmen se fugara. Y mucho menos que cruzara a la finca de al lado y retozara un poco con el ganado de los Clarkson. En mi opinión, es la llamada de la madre naturaleza.
Bobbi «con i latina» me miraba como si me hubiera brotado una segunda cabeza. O como si estuviera pensando cómo rebanármela y librarse de ella.
Por Dios, ¿iban a denunciarme? ¿Iban a denunciar a Robbie? Se me formó un nudo en el estómago.
—Por favor, no nos denuncies. Te juro que arreglaremos la verja.
—Es mi peor pesadilla —murmuró Bobbi después de cerrar los ojos.
—¿Eso es un sí o un no? Porque le prometo, señorita Shark, que no hace falta que...
—Tú —me cortó—. Esto. El ganado. Que si vacas que se llaman Carmen. Que si verjas. Que si establos. Y este... tiempo. El aire puro. El hecho de que no he visto un Starbucks desde que he salido del aeropuerto. Todo esto. —Abrí los labios, pero me detuvo con un dedo—. No tienes ni idea de lo que está pasando ni de por qué estoy aquí, y me aseguraron que te habían informado y que estabas de acuerdo con todo. Tengo una confirmación por escrito. Te puedo enseñar los correos electrónicos, juraría que te pusieron en copia en todos.
¿Los correos?
¿Qué...?
Una imagen cobró forma y se iluminó detrás de mis párpados. Un recuerdo.
—Pensaba que mi última relación había sido tóxica —continuó Bobbi—, pero los clientes son peores que un novio narcisista que cree que te está ayudándote haciéndote luz de gas. —Extrajo el móvil del bolsillo del abrigo y empezó a toquetear la pantalla—. Se va a enterar el tío este. Por su culpa hemos retrocedido un día entero o dos. Menuda pérdida de tiempo.
«Se va a enterar el tío este».
«El tío este».
Me tragué un nudo de temor. Me salió una frase que sonó más bien como un graznido:
—¿Quién eres exactamente?
El tamborileo de sus uñas se detuvo. Me lanzó una mirada de sorpresa.
—Soy experta en relaciones públicas. Y una profesional carísima. Lo sabrías si hubieras leído los correos electrónicos. —Pareció darle vueltas a algo—. Aquí tenéis internet, ¿no? A ver, sé que estamos en el culo del mundo —miró alrededor— y que esto está lleno de árboles y montañas y naturaleza y, en fin, cositas campestres y demás. Pero aquí tenéis internet. ¿Verdad?
Si me preguntaran mi opinión, ojalá no tuviéramos, sinceramente.
Así tendría una excusa que ofrecerle a la experta en relaciones públicas que solamente un hombre podría haber enviado hasta aquí. «El tío este».
Andrew Underwood.
Así al menos tendría una excusa para haber ignorado por completo los últimos intentos de Andrew de ponerse en contacto conmigo. Algo que no fuera un: «Estaba esperando a armarme de valor para leerlos algún día». O: «Lo siento, no soporto tener que entrar en otra videollamada por Zoom contigo y con tu asistente mientras él finge tomar notas porque tú y yo solo nos miramos fijamente mientras nos morimos de incomodidad». O...
—... Tu padre. —Las palabras de Bobbi me devolvieron a la conversación.
Porque me había desconectado. Y ella había seguido hablando. Seguramente del motivo por el que estaba allí y quién la había mandado y por qué. En mi mente se cruzó una posibilidad.
—Un momento. ¿Andrew está aquí?
—No. —Bobbi movió la mano con gesto desenfadado—. Está demasiado ocupado como para atender asuntos como este.
Asuntos como este.
«¿Asuntos como cuál?».
Me daba vueltas la cabeza con todas las respuestas posibles a esa pregunta y...
—Creo que no me estás escuchando de verdad, Josephine —anunció Bobbi.
No le faltaba razón.
—Bueno, pues tendré que hacerte un resumen —dijo con un suspiro—. Otra vez. —Se acarició la sien durante unos segundos—. Hay un problema. Bueno, en realidad tú eres el problema.
Sentí un escalofrío.
—Tienes un pasado muy curioso —siguió diciendo—. No te voy a culpar por todos esos compromisos, de verdad. Darían igual si no fueras la hija de Andrew. O si no hubieras aparecido en el peor momento posible.
—Me llamó él —musité—. Yo no aparecí. Si acaso...
—Adalyn no le dejó alternativa —contraatacó Bobbi. Se me cayó el alma a los pies al recordar el ultimátum que Adalyn le dio a Andrew cuando se enteró de que éramos hermanas. Nadie sabía, ni mucho menos esperaba, que la mujer a la que él había enviado a Green Oak en misión benéfica terminaría siendo mi hermana. Ni Adalyn ni obviamente yo, por feliz que estuviera de considerarla amiga mía cuando nos enteramos—. En mi opinión profesional, lo gestionó de pena. Y ahora, un año más tarde, en un intento por redimirse o lo que sea que pretenda, lo ha empeorado todo al hablar sobre ti y sobre este pueblo con los de la revista Time.
El texto se había publicado la semana anterior. Yo no sabía cómo lo había empeorado todo, pero sí que mi nombre se incluía en un artículo de cuatro páginas dedicado a la vida y a los éxitos empresariales de Andrew Underwood. Y también sabía cómo el periodista que lo había escrito se había referido a mí.
«Un traspié».
—Y como yo predije —prosiguió Bobbi—, alguien sintió la suficiente curiosidad como para indagar un poco y convertir este asunto en el culebrón que nadie necesitaba. A Andrew no le está sentando demasiado bien. Es una amenaza a su imagen, a sus negocios y a todo lo que pende de un hilo ahora que su jubilación está a la vuelta de la esquina. —Hizo una pausa—. Tú eres la amenaza, por cierto.
—¿Yo? —Sus palabras me dejaron sin aliento.
—Eres el traspié de Andrew —explicó Bobbi, repitiendo el término que había empleado el periodista.
Me quedé pálida debajo de la mascarilla de algas al oír esas palabras en voz alta.
—Te mantuvo oculta durante décadas, algo que no es tan atípico. Te sorprendería saber cuántos famosos tienen hijos escondidos por ahí. Pero él...
—Yo no soy... —Negué con la cabeza—. No soy el nada de nadie. Solo soy... soy su hija.
—Y ahora todo el mundo sabe que te abandonó, Josephine —respondió Bobbi con una seguridad que me hizo encogerme y dar un paso atrás—. A una joven encantadora de un pueblecito que perdió a su madre cuando tenía diecisiete años y se vio obligada a arreglárselas por su cuenta mientras su padre amasaba un pastón en Miami. —Volvió a levantar una mano para trazar un arco delante de mí—. Una joven encantadora de un pueblecito cuya ausencia paterna le hizo tantísimo daño que ha buscado ese amor sin descanso y en vano en otros lugares. Una joven encantadora de un pueblecito que ha seducido no a uno, ni a dos, ni a tres, sino a cuatro hombres distintos, a quienes dejó como si fueran unas tristes patatas podridas. Y el día de su boda. —Su tono adquirió cierta dureza—. Es como si fueras un personaje de novela, en serio. Me sorprende hasta qué punto un hombre tan inteligente no viera cómo esta situación iba a dañar su imagen y amenazar su legado.
«Amenazar su legado».
Me ardían las mejillas. Me ardía todo el cuerpo, y la piel bajo la bata subía de temperatura con cada segundo que pasaba.
—Ese relato no puede estar más lejos de la realidad.
—¿Ah, sí? —dijo Bobbi encogiéndose de hombros—. A lo mejor deberías escuchar un pódcast llamado Trapos Sucios. Temporada tres, episodio doce, minuto dieciocho. Analizan el asunto con gran detalle. Es sumamente esclarecedor. Y también el motivo por el que estoy aquí.
—¿Qué...? —Parpadeé. La bocanada de aire que exhalé me interrumpió—. ¿Qué pódcast?
—Uno con dos millones de oyentes semanales. Si cuentas todas las plataformas, incluidas las de vídeo. —Me quedé boquiabierta, y me lanzó una mirada que no comprendí—. ¿Te mudarías a Miami? —Me balanceé sobre los pies con un principio de desmayo—. Viendo cómo va la noche, creo que deberías. Me necesitas más de lo que me pensaba. Pero no te voy a ayudar a hacer las maletas. A no ser que así podamos coger el primer avión que nos saque de aquí. Sería durante un tiempo, y el anciano podría acompañarte, aunque yo preferiría que no. Te instalaremos en un piso precioso y asistirás a eventos sociales con Andrew. Para capear el temporal. Para mostrar un frente unido.
La voz de Bobbi se convirtió en un zumbido agudo que me taladraba los oídos. Me llevé las manos a la cabeza. A las sienes. Me di unas palmadas en las mejillas para intentar notar si me ardía la piel. Pero no noté nada. ¿Estaba ardiendo? ¿Era un delirio febril? Me sentía... abrumada. Muy... a punto de cometer una estupidez supina. Como por ejemplo quitarme la bata, gritar y echar a correr en dirección a los árboles. Lejos de esa conversación. Aunque eso significara huir en pelotas en medio de la noche. Y...
—¿Qué es eso? —Bobbi soltó un grito ahogado y dio un paso atrás—. ¿Por qué nadie me había avisado?
Parpadeé hasta que la experta en relaciones públicas recuperó la concentración y seguí su mirada hacia mis manos. Mierda.
—Es mermelada. Quizá algo de sangre de un corte, pero...
—No —resopló Bobbi—. Eso no. —Señaló el anillo de mi dedo—. Eso.
—Ah —susurré—. Es mi anillo de compromiso. No es...
—¿Por qué nadie me había dicho que te habías comprometido otra vez?
¿«Otra vez»?
—Porque...
—Espera —me interrumpió—. Calla un momento. —Cerró los ojos e hizo algo que no me esperaba. Se rio. Se descojonó. Pero no era un sonido agradable. Sonaba oxidado y un tanto... malévolo—. Eso lo cambia todo.
Estaba muy cansada. Muy agotada. Muy...
—¿El qué?
—Eso —dijo mientras me levantaba la mano—. Para tu futuro marido es una putada, pero es una noticia excelente. Para nosotros. Para ti, para mí, para Andrew, para mi trabajo. Para este follón.
Busqué mentalmente una forma de explicarle a esa mujer que no era más que un malentendido. Que el que tenía atascado en el dedo era uno de mis viejos anillos de compromiso. No uno nuevo. Que a veces hacía tonterías como volver a ponérmelos por... ¿nostalgia, soledad, estupidez? Y que cuando me estresaba se me hinchaban los dedos y los tobillos, y los anillos se me quedaban atascados por accidente. Pero estaba absolutamente sobrepasada. Ya lo estaba antes de que se presentara en mi puerta, por si la mermelada no era prueba suficiente de lo pésima que era resolviendo problemas cuando me estresaba.
Y, de repente, ¿la tía pensaba que me había comprometido? De nuevo. Por quinta vez. Y que de alguna manera eso lo cambiaba todo.
Y yo... Dios mío. Me iba a dar algo. Necesitaba pensar. Y...
Me llamó la atención algo detrás de ella.
Algo no. Alguien. Un hombre. Que estaba al final del camino de entrada.
Debimos de haber llamado su atención, porque giró la cabeza. Su pelo era un revoltijo de tonos rubios oscuros, y vi unas gafas en el puente de su nariz. Dio un paso adelante y su cara se situó debajo de la farola de la calle.
—¿Matthew? —me oí decir.
—¿Quién es? —Bobbi miró atrás—. ¿Tu prometido? Genial. De hecho, debería estar presente en la conversación. ¿Qué os parece un buen bodorrio? —prosiguió esbozando una sonrisa radiante—. Haremos un anuncio por todo lo alto. Sin reparar en gastos. Paga Andrew. Papá al rescate. No hay nada que le guste más a la gente que una boda. Un villano reformado que lleva a la novia hasta el altar para que sea feliz y coma perdices. Y chimpún, bomba de relaciones públicas desactivada. Vínculo de padre e hija reforzado. Reputaciones salvadas. Crisis de imagen evitada. Pódcast molestos silenciados. No hay que reubicar a nadie. Bobbi gana y regresa a la civilización invencible.
El tiempo pareció detenerse durante un segundo.
«Bomba de relaciones públicas desactivada. Vínculo de padre e hija reforzado. Reputaciones salvadas. Crisis de imagen evitada».
Y entonces algo me devolvió al presente.
Levanté una mano y, para la sorpresa de todos —mía, de Bobbi y, obviamente, de Matthew—, grité a pleno pulmón:
—¡Hola, cari!
Matthew echó atrás la cabeza y recé por que me siguiera la corriente. Me conocía. Sabía quién era.
—¡Amor de mi vida! —chillé más alto aún—. ¡Por fin has vuelto!
Como ya he dicho, cuando estoy estresada no se me da precisamente bien resolver problemas.
2

Matthew abrió muchísimo los ojos.
Mierda.
Y luego frunció el ceño.
Mierda doble.
«Sígueme la corriente», le dije con los labios.
Matthew, que por el pelo mojado debía de haberse visto atrapado en la tormenta que acababa de caer sobre Green Oak, miró tras de sí. Y se señaló.
«¿Yo?», leí en sus labios.
Vale, mierda.
No iba a ir como me había imaginado. Pero ¿qué esperaba? No entraba en mis planes. Matthew era el mejor amigo de mi hermana, y en algún punto del fin de semana me enteré de que iba a venir a Green Oak. Pero ni siquiera sabía qué hacía ahí, delante de mi casa. ¿Acaso había decidido pasar a saludar antes de ir al Refugio del Alce Perezoso? ¿Adalyn le había dado mi dirección? ¿Por qué llevaba una bolsa de viaje? ¿Dónde estaba su coche? Ojalá hubiera tenido toda esa información, pero a fin de cuentas era el mejor amigo de Adalyn, no mío. Matthew y yo no éramos buenos amigos, tan solo conocidos. Más o menos. Si así es como se consideran dos personas que han hablado en un chat grupal pero nunca se han visto cara a cara.
Y yo acababa de llamarlo «amor de mi vida». En alto. Muy alto.
Abrí los ojos como platos.
Acababa de llamarlo «amor de mi vida».
Tragué saliva y miré a Bobbi. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, expectantes. Me estaba juzgando. Así que no, ya no podía echarme atrás. Ni de coña. Pensaría que estoy mal de la cabeza. Pero no por las cosas de las que me había acusado. Volví a concentrarme en Matthew Flanagan, el mejor amigo de Adalyn y, desde hacía unos segundos, mi complaciente prometido. La idea me provocó un nuevo mareo, pero me las arreglaría. Él sabría que era yo, Josie. La hermana de su mejor amiga. Sabría que había pasado algo.
Matthew reaccionó. «Por fin». Levantó un pie y... dio un paso adelante. En dirección al porche.
Aliviada, solté todo el aire de los pulmones.
—Ay, cosita, cuánto te echado de menos —dije a voz en grito—. ¿Tú también me has echado de menos, cari... ñito mío?
Levantó las cejas castañas claras como si fueran dos banderas de incertidumbre.
—Bueno, no hace falta que contestes —me apresuré a añadir—. Ya sé la respuesta, es como si la tuviera tatuada en el corazón. Me has echado de menos una barbaridad, seguro. Porque nos queremos y la gente que se quiere se muere de ganas de..., en fin, de besuquearse. De morrearse. De hacer el amor con calma.
Bobbi soltó un gruñido detrás de mí.
Matthew se detuvo momentáneamente.
Me pareció lógico. Yo también estaba en shock.
Después de negar con la cabeza, bajé un par de escalones para reducir una parte de la distancia que mi improvisado prometido tanto tardaba en cruzar e ignoré cómo se me aceleraba el pulso ante aquel despropósito.
Se detuvo a los pies del porche antes de levantar la vista y miró de izquierda a derecha. Como si lo inspeccionara todo. Y lo analizara. Luego me miró a los ojos. Los suyos eran castaños, grandes, entornados detrás de las gafas, que seguían mojadas. Vi algo más en ellos también. Algo que me distrajo y no supe interpretar. Algo que me hizo pensar que todavía estaba decidiendo qué hacer. Se lo imploré en silencio. El matiz de su mirada cambió, y contuve la respiración de nuevo.
—Ese soy yo —anunció, y apoyó la bota mojada en el último escalón del porche con fuerza—. Amor mío. —Se aclaró la garganta—. Cariñito mío. Ya hablaremos luego de eso. Ahora mismo me alegro de haber vuelto... a casa por fin. Y estoy listo para que nos morreemos. —Se hizo un breve silencio. Y Matthew debió de confundir mi alivio con confusión, puesto que me lanzó una mirada y me dijo—: Ven aquí, anda, y dame un poco de amor.
Bobbi suspiró antes de soltar un quejido de horror.
Pero yo no. Como me había pedido, me puse en marcha, bajé el porche y aterricé sobre su pecho como si supiera cómo darle un poco de amor a ese hombre. Que no era el caso, pero lo rodeé con los brazos de todos modos y le puse la cabeza justo debajo de la barbilla. Estaba... empapado. La ropa de Matthew estaba calada, incluida su chaqueta de cuero, y noté cómo mi bata absorbía la humedad. Se me enfrió la piel. Noté cómo su cuerpo se tensaba y se agarrotaba junto al mío. ¿Por qué?
Alguien se aclaró la garganta.
Bobbi. Cómo no.
Me aparté del pecho de Matthew con un «gracias» murmurado que lo puso más tenso aún y me volví hacia la mujer que esperaba en mi porche.
—Perdona —dije con una sonrisa—. Me he dejado llevar por la emoción del momento. Seguimos en nuestra fase de luna de miel. ¿Verdad, cari?
Matthew guardó silencio con expresión insegura de nuevo. Por suerte, se la quitó de encima rápido.
—Sí. Claro. —Apartó la mirada y la clavó en Bobbi—. Y toda la culpa es mía. —Una rara risilla surgió de entre sus labios—. Soy Matthew. Flanagan. Y esta es mi casa. Y esta —me rodeó los hombros con un brazo— es mi mujer.
—Bobbi —dijo con una mueca, a modo de presentación—. Shark. No soy propiedad de nadie ni tengo nada, más allá de demasiadas criptomonedas por culpa de un consejo financiero cuestionable.
—Vaya —tercié en alto—. Ahora que ya nos hemos presentado, ¿qué os parece si...?
—¿Cuánto tiempo hace que estáis comprometidos? —preguntó Bobbi.
Matthew emitió un ruido extraño que tuve que tapar con una carcajada desagradable antes de contestar.
—Seis gloriosos días.
Bobbi entornó los ojos.
—Fue la proposición más romántica de la historia —añadí—. Mi preferida entre todas las demás. —Noté cómo Matthew me observaba el perfil como si me taladrara dos agujeros con la forma perfecta de dos ojos—. ¿Por qué lo preguntas?
—Es información relevante —repuso Bobbi con un encogimiento de hombros que fingía despreocupación. A mí no me engañó. Se acercó a la barandilla y se inclinó por encima de una de mis macetas—. ¿Y cómo te lo propuso, si no te importa que te lo pregunte?
—En un pícnic romántico —repliqué al instante notando cómo el brazo de Matthew se tensaba sobre mis hombros. Bobbi arqueó una ceja—. En la puesta de sol —añadí, y la forma en la que siguió mirándome provocó que salieran las siguientes palabras de mi pecho—: Fuimos en coche hasta un campo lleno de girasoles, a una hora de Green Oak. Yo llevaba un vestido de verano y él, una camisa blanca. De esas finitas que quedan tan bien. De las que se ciñen al cuerpo masculino.
—Ya sé a cuáles te refieres. —Bobbi frunció los labios.
—Estábamos bebiendo vino rosado —proseguí, imparable—. Y comiendo un queso que Matthew había cortado en lonchas muy finas, como a mí me gusta, y, antes de que me diera cuenta, hincó una rodilla delante de mí y entre los girasoles apareció un cerdito que avanzaba hacia nosotros sobre sus diminutas patas. El cerdito se detuvo a los pies de Matthew con una carta atada en el cuello con un lazo. Desplegué la nota y se me aceleró el corazón al imaginar la pregunta que me había escrito. Y luego me dijo: «¿Quieres casarte conmigo?».
Se hizo el silencio después mi elaborada anécdota de la proposición. Me notaba el corazón desbocado dentro del pecho.
—Soy un hombre muy afortunado y creativo —le oí decir a mi lado.
—Ya ves —canturreó Bobbi con la cabeza ladeada. Bajó un escalón—. Mañana lo retomaremos. No me puedo creer lo que voy a decir, pero me da la sensación de que también voy a hacer de vuestra organizadora de bodas.
—¿De nuestra qué? —dijo Matthew algo desconcertado, mientras me bajaba el brazo de los hombros.
Le lancé una mirada afilada que disimulé con una sonrisa.
—Estás cansado. Y necesitas dormir. Y tenemos que hacer el amor, ¿recuerdas? ¿Qué te parece si dejamos que Bobbi se marche, entramos, nos sentamos y hablamos? A solas.
—Es una idea estupenda, Josephine —comentó Bobbi, que ya estaba junto a nosotros—. Deberías explicárselo todo a tu prometido. Y no olvides la parte del bodorrio en el pueblecito. Paga papá sin reparar en gastos.
Las palabras acudieron a mi boca, pero la cara de Matthew me impidió pronunciarlas. Me miró de arriba abajo a toda prisa, conmocionado. Después se puso pálido.
Bajé la mirada y comprendí lo que había visto.
—No dejo de olvidarlo. Es solo mermelada —le expliqué.
Matthew, que parecía un poco más alto y corpulento ahora que estaba delante de mí, dudó. Y para mi sorpresa lo único que dijo fue:
—¿Josie?
Fruncí el ceño sin saber por qué pronunciaba así mi nombre.
—Enhorabuena, campeón. —Bobbi le dio una palmada en el hombro—. Esperemos que esta unión dure. Por lo menos lo suficiente para que yo pueda hacer mi magia y arreglar el lío. Pero ya repasaremos los detalles y lo que diremos a los medios. Mañana... Uy, ¿a lo mejor deberíamos organizar la boda en Miami? Mmm, consultadlo con la almohada. Yo también lo haré. En fin, ha sido un placer, pero adiós.
Matthew me miró, todavía con los labios blancos y expresión desolada. No sorprendido ni impactado ni enfadado siquiera. Tan solo... alicaído.
Abrí los labios, pero, antes de que pudiera hablar, extendió un brazo y me cogió de la muñeca. Me levantó la mano izquierda, con cuidado y lentitud, y me dio la vuelta a la palma. Tenía la piel húmeda y fría.
—Matthew —empecé a decir.
Pero no pude añadir nada más, porque el Abuelo Moe salió por la puerta, con las manos en sendos guantes rosas de goma y un delantal estampado con estrellitas amarillas atado a la cintura.
—¡De ninguna manera! —exclamó levantando los brazos para llamar la atención (con éxito) de todos los seres humanos y animales que se encontraban a un radio de diez metros a nuestro alrededor—. Mi Josie no se irá a Miami. Y yo tampoco. —Los ojos del abuelo se fijaron en el hombre que seguía cogido de mi mano—. Josie, ¿por qué este cebollino empapado te tiene agarrada de la mano de esa forma? Sí, tú. El que mueve los labios como si fuera una trucha nadando a contracorriente. ¡No te vas a llevar a nadie a Miami!
—Por Dios, abuelo —lo regañé mirando alrededor por si veía a Bobbi, pero se había... esfumado—. ¿No podrías...?
—A mí no me vengas con Dios —repuso aproximándose a la barandilla—. ¿Has...? —Se interrumpió y clavó la vista detrás de nosotros—. ¡Otto Higgings! —gritó—. ¡Métete en tu casa, maldita sea! Esto no es asunto tuyo, ciruelo marchito y entrometido.
Murmuré una palabrota entre dientes. No tuve que girarme para ver que mi vecino, la némesis del abuelo, estaba en el patio, metiendo las narices en nuestros asuntos. Porque estaba ahí, claro. Claro...
Algo me tiró de la mano.
Me concentré de nuevo en Matthew, que miraba hacia abajo mientras desaparecía el poco color que aún le quedaba en el rostro. Seguí la dirección de sus ojos. Continuaba aferrándome la mano, cuya palma lucía un corte. Apenas sangraba, pero una parte de mi piel estaba manchada de un rojo más oscuro que el de la mermelada del tarro.
—Josie —susurró—. Estás sangrando.
—Ah —murmuré. Aparté la mano y me limpié el corte con la manga de la bata—. No te preocupes, es solo un... —Mi voz se fue apagando—. ¿Matthew?
Tenía los ojos entornados y, antes de que yo pudiera hacer nada al respecto, se desplomó en el suelo.
3

Cuando Matthew volvió en sí, fue con un grito ahogado de sobresalto.
Le tendí una taza y me obligué a dedicarle mi sonrisa más cálida y acogedora.
Me miró desconcertado.
—Bébetelo, porfa. —Dejé de sonreír—. Enseguida vuelvo. Me cambio superrápido y mientras tanto el Abuelo Moe te echará un ojo.
No podía culpar a Matthew por estar confundido ni por ser reacio a aceptar la taza. Tampoco podía culpar al Abuelo Moe por quejarse. Pero a buen hambre no hay pan duro, así que, en cuanto el té llegó a las manos de Matthew, di media vuelta y subí las escaleras de dos en dos. Y tan pronto como cerré la puerta de mi habitación, me tumbé en el suelo.
Cerré los ojos y apoyé los hombros en la superficie de madera.
Todo el aire abandonó mis pulmones con un suspiro.
—Mierda.
No, retiré lo dicho. No era una situación de mierda. Era una situación de camión cargado de estiércol de vaca que te anula los cinco sentidos.
Porque esa noche... había sido muy fuerte. Había sketches de comedia menos disparatados que lo que habíamos vivido. El Abuelo Moe chillando como si un lobo hubiera entrado en el corral y hubiera matado a la mitad de sus gallinas tan solo había sido la guinda del pastel. Me seguía preguntando cómo había conseguido mantener la calma cuando Matthew se desplomó en el suelo. Cómo los dos —sí, pensaba incluir al viejo— habíamos conseguido que un adulto de más de metro ochenta se derrumbase. Igual que le pasaba a mi arcilla cuando no conservaba la forma. Lo tenía a mi lado, fuerte y fornido y a todas luces a salvo entre mis manos, y de golpe y porrazo estaba despatarrado en el suelo.
Pero Matthew no era de arcilla, claro. Ni un jarrón al que yo pudiera dar la forma que quisiera. Era el mejor amigo de mi hermana. Una persona con una vida, a la que había arrastrado a mi caos. No era algo que pudiese endurecer con un golpe de secador, por más que lo deseara con todas mis fuerzas. De hecho, lo retiro. No debería pensar siquiera en poner duro a Matthew ni en darle calor.
Reabrí los ojos, me levanté, erguí la espalda y me reconcentré en mi tarea. Cambiarme de ropa. No divagar. Entré en mi cuarto de baño en suite para quitarme la mascarilla de algas de la cara —y tomé nota mental para lanzar el resto del bote—. Había decidido que traía mal fario. En cuanto me la quité, me lavé las manos con jabón, me puse una tirita sobre el corte de la palma y me enfundé lo primero que encontré: leggings, una camiseta de tirantes y un jersey. Me cepillé el pelo con las manos al tiempo que bajaba las escaleras.
—¿Te gusta la infusión? —pregunté antes incluso de haber cruzado la puerta de la cocina.
El hombre sentado en mi sillón rosa guardaba silencio. Sus ojos se clavaron en los míos cuando me detuve delante de él.
—Es manzanilla —comenté para llenar el silencio—. Mi madre me la preparaba cuando me dolía la barriga o tenía un mal día. He supuesto que era una cosa o la otra, así que he pensado que te ayudaría. Y que te consolaría. A mí me deja como nueva.
Matthew pareció sopesar la respuesta antes de conformarse con un breve:
—Gracias.
No era precisamente reconfortante, pero por lo menos había recuperado el color en el rostro. Era un rostro bonito, ahora que lo miraba bajo una luz adecuada. Mandíbula cuadrada, nariz recta, labios carnosos y ojos castaños ocultos detrás de unas gafas. Yo se las había limpiado durante el par de minutos que había estado inconsciente. Se habían mojado un poco por la lluvia y era lo mínimo que podía hacer, teniendo en cuenta la situación. Me... me gustaban. Sus gafas. En las fotos no lo había visto con ellas. Y tampoco en las videollamadas de FaceTime con Adalyn que le había espiado de reojo o en las que lo había saludado.
Conseguían darle un aspecto... diferente. Más..., no sé. Supongo que tampoco era demasiado importante.
—¿Qué tal la mano? —me preguntó con voz grave y áspera.
—Bien —admití, aliviada por que me estuviera hablando. Cogí un taburete y lo planté delante de él antes de sentarme encima—. No era nada. Solo un cortecito —mentí. No había sido tan pequeño, no.
—Estabas sangrando, Josie.
—Sí, sí. Pero no hablemos de eso. Estoy bien, y no me gustaría que te diera otro... parraque.
—No pasa nada —comentó mientras se acercaba la taza a los labios—. No recuerdo la última vez que me pasó. Creo que haberme calado con la lluvia no ha ayudado, y mi cuerpo ha colapsado durante unos instantes. —Se apoyó la taza en el regazo. Me miró a la cara, luego al cuerpo, y me observó de arriba abajo con lentitud o pereza o q