Todos los seres vivos

Jason Roberts

Fragmento

INTRODUCCIÓN. ERUDITOS

 

 

Carl Linneo y Georges-Louis de Buffon.

 

INTRODUCCIÓN
ERUDITOS

 

Los objetos se distinguen y se conocen por medio de su metódica clasificación y dándoles nombres apropiados. Por lo tanto, la clasificación y la nomenclatura serán la base de nuestra ciencia.

LINNEO[1]

 

La verdadera y única ciencia es el conocimiento de los hechos.

BUFFON[2]

 

Durante buena parte del siglo XVIII, dos hombres compitieron por realizar una catalogación completa y exhaustiva de toda la vida existente en la Tierra. En juego estaría no solo su inmortalidad académica, sino también la naturaleza misma de nuestra relación con la naturaleza: las nociones y los principios que empleamos para dar cuenta del mundo de los seres vivos. Las monumentales obras que produjeron, tituladas Histoire Naturelle y Systema Naturae, fueron mucho más que meros catálogos. Eran la materialización de dos visiones radicalmente distintas del planeta, dos esfuerzos por validar dichas visiones integrando cada pieza del rompecabezas de la vida en un conjunto coherente.

Aquel empeño les llevó toda la vida. Ambos lo emprendieron con la creencia de que la Tierra no podía albergar más que unos pocos miles de especies, pero fueron pasando las décadas y sus grandes compendios seguían muy lejos de estar completos. Lo sorprendente de la profusión de la vida, lo inesperado de su diversidad y sus matices, los llevó a desarrollar una divergencia aún más marcada en sus puntos de vista sobre el medio ambiente, sobre el papel de la humanidad en la configuración del destino de nuestro planeta y sobre la humanidad misma.

Fueron exactamente contemporáneos y exactamente polos opuestos. Carl Linneo era un médico sueco titulado por una institución dudosa y con buenas mañas para la autopromoción: se dedicaba a pregonar que «nadie ha sido mejor botánico o zoólogo» y a publicar de forma anónima reseñas elogiosas de su propio trabajo. Georges-Louis de Buffon, exquisito intendente del jardín del rey de Francia, fue mucho más famoso en vida, pero desdeñó la gloria de su tiempo, que calificaba de «quimera vana y engañosa». Linneo, receloso centro de su propio universo, prefería rodearse de sus estudiantes y acólitos. Buffon, tan famoso por su elegancia como por su inteligencia, se movió con confianza en la corte de Versalles y los salones de París.

Linneo se mantuvo estrechamente adherido a la Biblia y afirmaba que su obra estaba tocada por la inspiración divina. Buffon tuvo que enfrentarse a una acusación formal de blasfemia por plantear que la edad de la Tierra podía ser más antigua de lo que indican las Escrituras. Linneo consideraba que sus hijas no merecían tener una educación y no les permitió aprender más que habilidades domésticas. La amistad más estrecha que mantuvo Buffon fue con una mujer, una intelectual consumada que él consideraba que lo superaba en muchos sentidos.

Linneo sentó, con mucha ligereza, las bases de la pseudociencia racial, no solo porque fue el creador de las categorías que después serían etiquetadas como «razas», sino también porque les asignó una serie de atributos fijos (a su Homo sapiens europaeus le era inherente el «gobierno de la ley», y al Homo sapiens afer el «gobierno del capricho»). Buffon se manifestó con vehemencia en contra de la agrupación de la humanidad en categorías rígidas y subrayó, en cambio, nuestra vasta y matizada diversidad y nuestro común origen.

Su rivalidad era enconada. Buffon, con magnífica altivez, se compadecía en público de Linneo tildándolo de víctima de una manía «obsesiva»; Linneo, por su parte, se regodeó secretamente poniendo a una especie el nombre de Buffonia en honor a su némesis: una planta con hojas delgadas, pues Buffon tenía «sin duda, muy exiguas pretensiones al honor botánico». Ambos tuvieron, en todo caso, mentes profundamente originales. Ambos estaban dotados de una capacidad de trabajo asombrosa y marcharon en pos de su objetivo común con una disciplina inquebrantable. Y aunque dicho objetivo no dejara de eludirles, ambos persistieron en su empeño incluso cuando se vieron aquejados por enfermedades crónicas y dolores terribles. Ambos intentaron educar a sus hijos como sus sucesores, con resultados trágicos. Ambos dejaron legados aún más imponentes que la suma total de sus obras publicadas, legados que han mantenido su contienda durante siglos. Y que aún hoy compiten.

Ninguno de ellos era científico, el término no llegaría a acuñarse hasta 1833, cuando la propia palabra «ciencia» empezó a adquirir el significado que le damos hoy. En su época se los conocía como eruditos, practicantes de una disciplina que combinaba investigación, filosofía y una generosa medida de autoridad autoproclamada. Sin embargo, en el siglo XIX muchos científicos hicieron alarde de la reivindicación de Linneo como su precursor, otorgándole una fama póstuma que opacó la del otrora célebre Buffon. Las facciones defensoras de Linneo se hicieron con la primacía en medio del caos de la Revolución francesa, florecieron con el expansionismo colonial de la era victoriana, y estuvieron prestas no tanto a refutar a Buffon como a trivializarlo, destrozando su obra cuando pretendían traducirla. Su Histoire Naturelle no dejó de imprimirse, pero en versiones tan abreviadas y adulteradas que resultan casi parodias del original.

La historia natural, igual que la historia humana, la escriben los vencedores. Y, durante generaciones, quienes se adherían a la cosmovisión linneana tuvieron la absoluta confianza de haber ganado.

Pero en esa visión del mundo empezaron a aparecer grietas ya en la década de 1860, cuando Charles Darwin admitió que las teorías de Buffon eran «risiblemente parecidas a las mías». Los naturalistas, en un intento de reconciliar las rígidas jerarquías de Linneo con el cambio incesante de la evolución, fueron articulando taxonomías cada vez más elaboradas que acabaron plagadas de redundancias y errores. En el siglo XX, el desarrollo de la genética y el descubrimiento del ADN ampliaron nuestro entendimiento sobre la vida, las insuficiencias de la sistemática existente quedaron aún más patentes y empezaron a apuntarse algunas alternativas. En el siglo XXI, avances como la epigenética y la secuenciación del genoma han llevado a los científicos a admitir lo limitado de la cosmovisión linneana, a debatir planes para su reemplazo y a considerar de nuevo el trabajo y el legado de Buffon.

Esta es la historia de unas vidas paralelas que se desarrollaron en la más grandiosa de las escalas, en una búsqueda de las verdades fundamentales de nuestra existencia. El empeño en conocer toda la vida era una gesta imposible e inalcanzable, impulsada por el genio, la soberbia, el fulgor de la fama inmortal y la pasión por simplemente entender, por conocer nuestro mundo y a nosotros mismos. Nunca ha habido una tarea más humana.

 

JASON ROBERTS

TODOS LOS SERES VIVOS

 

 

La estatua heroica de Buffon encargada por el rey Luis XVI.

 

PRELUDIO
LA MÁSCARA Y EL VELO

 

Los cronistas se apresuraban a calcular su número. La mañana del 18 de abril de 1788, unas veinte mil personas se apiñaban en duelo en las calles de París, dándose empujones y estirando el cuello para vislumbrar el cortejo fúnebre de uno de los hombres más célebres del mundo. Lo que presenciaron tuvo unas proporciones similares a un desfile, fue un espectáculo solemne que proyectaba «un lustre rara vez concedido al poder, la opulencia y la dignidad», según informó el Paris Mercury. «Tal fue la influencia de este célebre nombre».[1] Abrían el paso un pregonero y seis alguaciles, despejando el camino para un séquito de diecinueve sirvientes con librea. A continuación, marchaba en formación un destacamento de la Guardia de París seguido por un contingente de escolares, sesenta clérigos, treinta y seis niños del coro cantando endechas con el acompañamiento de cuatro cuernos bajos y seis guardias con antorchas. Por fin apareció ante la vista el carruaje fúnebre, tirado por catorce caballos engalanados de seda negra y bordados de plata. Detrás, un largo y lúgubre cortejo de figuras destacadas: aristócratas, académicos y artistas que caminaban hombro con hombro.[2] Uno de ellos —el doctor Félix Vicq d'Azyr, médico personal de la reina María Antonieta—, se conmovió viendo cómo la gente común salía de entre la multitud para marchar junto a ellos. «Se acuerdan, caballeros», rememoraría más tarde, «[de] aquel séquito innumerable de personas de todos los rangos, de todos los ámbitos de la vida, que lo seguían de luto, en medio de una multitud enorme y consternada. Un murmullo de elogios y de pesar rompía a veces el silencio de la reunión. El templo al que caminamos no podía contener aquella gran familia de un gran hombre».[3] En vida, Georges-Louis Leclerc de Buffon había ocupado tan solo el modesto cargo de intendente o supervisor del Jardin du Roi —el Jardín del Rey—, cuya ubicación, a pesar de su nombre, quedaba lejos de cualquier enclave real, en una zona obrera del sur de París. Sus comienzos en la vida no habían sido auspiciosos, era hijo de un recaudador de impuestos provinciano de la Borgoña rural y durante su breve periodo como estudiante universitario no llegó a obtener ningún título, solo la reputación de tener mayor preferencia por los duelos que por el estudio. No obstante, se había destacado como uno de los líderes de la revolución intelectual que llegaría a conocerse como la Ilustración y era una figura magistral reconocida en todo el mundo. Al otro lado del canal, en Londres, la publicación Gentleman's Magazine lloraba a Buffon como la última de las «cuatro brillantes luces» de Francia que quedaba «extinguida por completo», y lo ubicaba en un panteón junto a Montesquieu, Rousseau y Voltaire.[4] El historiador Sainte-Beuve aún iría más allá, concluyendo que «Buffon, el último en desaparecer de los cuatro grandes hombres del siglo XVIII, cerró en cierto sentido el siglo el día de su muerte».[5] El panegírico formal, a cargo del filósofo Nicolas de Condorcet, llegaba aún más lejos. «La historia de la ciencia presenta solo dos hombres que, por la naturaleza de sus obras, parecen acercarse a monsieur Buffon: Aristóteles y Plinio».

 

Ambos incansables como él en su trabajo, asombrosos por la inmensidad de sus conocimientos y por la de los planes que concibieron y ejecutaron; ambos respetados durante su vida y honrados después de su muerte por sus conciudadanos, han visto su gloria sobrevivir a las revoluciones de las opiniones y de los imperios, de las naciones que los produjeron, e incluso de las lenguas que usaron, y parecen prometer con su ejemplo al señor Buffon una gloria no menos duradera.[6]

 

No se habló de erigir un monumento en honor del gran hombre, pues ya existía uno: una estatua imponente que había sido encargada en secreto por un agradecido Luis XVI once años antes y desvelada, para gran vergüenza del homenajeado, como elemento central del Jardin du Roi. La figura de mármol llevaba una inscripción desmesurada («La naturaleza entera se inclina ante su genio») y representaba a Buffon semidesnudo. Según se decía, era un retrato notablemente preciso del hombre, que a sus setenta y un años —en el momento de la inauguración—, parecía décadas más joven. El escultor no tuvo necesidad de idealizar nada, pues desde siempre Buffon había impresionado a quienes lo veían por su porte como de una estatua heroica viviente. «Una altura ventajosa, un aire noble; un rostro imponente, una fisonomía al tiempo agradable y majestuosa», decía la descripción de Condorcet en su panegírico.

«No ha habido vez que monsieur Buffon me hablara de las maravillas de la tierra —admitió uno de sus más antiguos amigos— sin inspirarme el pensamiento de que él es una de ellas».[7]

Otro monumento, aún más impresionante, se encontraba no en el Jardin du Roi sino en las estanterías del mundo entero. Histoire Naturelle, Générale et Particulière, la obra maestra de Buffon, constaba de treinta y cinco volúmenes: tres de ellos introductorios sobre cuestiones generales, doce sobre mamíferos, nueve sobre aves, cinco sobre minerales y seis volúmenes suplementarios dedicados a temas diversos. Y era, en cierto sentido, un fracaso: su plan inicial había sido abarcar «toda la extensión de la Naturaleza y todo el Reino de la Creación»,[8] pero a pesar de los cuarenta y tres años de empeño y dedicación, no había logrado abordar adecuadamente plantas, anfibios, peces, moluscos ni insectos.

Con todo, era un logro asombroso. Aun incompleta, la Histoire eclipsaba a la mayoría de las enciclopedias, lo que resulta todavía más impresionante teniendo en cuenta su laborioso proceso de escritura. Se sabe que Buffon leía borradores en voz alta a sus amistades, les pedía que parafrasearan lo que habían escuchado y, después, reescribía todo aquello que le sonara confuso o que hubiera sido mal entendido. Este proceso llegó a repetirlo hasta diecisiete veces en un solo capítulo. «La buena escritura es un buen pensamiento, una buena conciencia y una buena ejecución, todo al mismo tiempo»,[9] era su máxima. Esta meticulosa insistencia en la claridad, junto a su elección del idioma (escribió en su francés contemporáneo y no en el latín académico), fueron la clave del perdurable éxito de la enciclopedia.

Decir que Histoire Naturelle fue un éxito de ventas es quedarse muy corto. Aclamada como un hito de la ciencia y como obra literaria, fue un fenómeno editorial que convirtió a Buffon en el autor de no ficción más popular de toda la historia de Francia.[10] Cada aparición de un nuevo volumen provocaba un aluvión de ventas y avivaba el debate público, y todo indicaba que iba a seguir haciéndolo. Entre los que caminaban con el cortejo fúnebre se encontraba el sucesor designado por Buffon, un joven noble francés meticulosamente entrenado en los métodos y el distintivo estilo de su mentor. Había publicado ya el volumen 36 de la Histoire, dedicado a las serpientes y los cuadrúpedos ovíparos, y estaba preparando el volumen 37, sobre los cetáceos. El gran hombre había muerto. Su gran obra continuaría.

Ese, al menos, era el plan.

 

 

La muerte del profesor Carl Linneo, una década antes de la de Buffon, no fue objeto de grandes muestras públicas de duelo. El académico, retirado hacía ya un largo tiempo, fue entregado a su descanso una tarde de invierno metido en un sencillo ataúd que había sido fabricado con uno de los tejos de su propiedad, su cuerpo sin lavar y sin afeitar, envuelto en una simple sábana. Quienes portaban las antorchas tras el coche fúnebre eran sus inquilinos y sus sirvientes. La mayoría de los asistentes procedían de la cercana Universidad de Upsala, donde Linneo había enseñado Medicina y Botánica durante veintidós años.

Muchos de ellos, tanto estudiantes como profesores, lo conocían más por su reputación que por trato directo. Habían pasado quince años desde que una progresiva patología cerebral obligara al profesor a abandonar su cargo, cinco años desde que perdiera todo contacto con la realidad, dos años desde la última vez que fue capaz de caminar o hablar. La ceremonia fue respetuosa, pero teñida de la consciencia de que aquella mente había fallado mucho antes que el cuerpo. Linneo había pasado sus últimos años metido en un confuso laberinto, hojeando su obra más importante sin ser consciente de que la había escrito él mismo.

No se erigió ningún monumento, tampoco hubo propuesta alguna de hacerlo.

Tanto Buffon como Linneo habían nacido en 1707. Ambos se habían dedicado a compilar una vasta obra que debía abarcar la naturaleza entera, y ninguno lo había logrado. Pero ahí acababa todo parecido. Linneo fue la figura más destacada de la escuela de la historia natural conocida como sistemática, que priorizaba la tarea de nombrar y categorizar por encima de cualquier otra. Buffon fue el principal practicante de una forma más compleja de acercarse a la naturaleza, perspectiva que, apropiadamente, no vio necesidad de etiquetar. La mejor forma de denominarla hoy sería complexismo.

Linneo veía la naturaleza como un sustantivo. Un retablo inmutable en el que todas las especies se mantenían tal como habían sido creadas durante el Génesis. Para Buffon, la naturaleza era un verbo, un torbellino en constante cambio. Para Linneo, clasificar era conocer: ¿cómo podía comprenderse la vida si no se organizaba en categorías ordenadas? Buffon creía que clasificar era simplificar demasiado; un recurso que, si bien podía resultar útil con fines prácticos, corría el riesgo de incurrir en malentendidos fundamentales. Linneo creía que un solo espécimen podía servir para ejemplificar toda la especie a la que pertenecía, como si manifestara una «esencia» distintiva. Buffon pensaba que las especies eran mucho más fluidas y que estaban conectadas a lo largo del tiempo por unas fuerzas desconocidas.

Linneo traficaba con certezas y se congratulaba sinceramente de hacerlo. Así se describió a sí mismo en una de sus autobiografías (escribió cuatro):

 

Dios mismo lo ha guiado […] Le ha permitido examinar Sus secretos y contemplar más de sus obras creadas que a cualquier otro hombre mortal antes que él. Dios le ha dado la mayor visión de la historia natural, mayor que la que nadie haya disfrutado. Dios ha estado con él, dondequiera que ha ido, y ha erradicado a todos sus enemigos y le ha hecho un gran nombre, tan grande como el de los más grandes hombres de la tierra.[11]

 

Buffon, por el contrario, había llegado a creer que el único modo de estudiar la naturaleza era mantenerse en un estado de incertidumbre permanente: mostrar la voluntad de recoger observaciones y de explorar conexiones, pero manteniendo siempre una disposición al asombro, la expectativa de la sorpresa. Sus cosmovisiones eran fundamentalmente distintas, tal como lo ilustra la metáfora de la máscara y el velo que usaba Buffon. «Los mayores obstáculos para el avance del conocimiento humano residen menos en las cosas en sí que en nuestra forma de considerarlas —escribió—. La naturaleza […] no lleva más que un velo, y nosotros le ponemos sobre el rostro una máscara. La cargamos de nuestros propios prejuicios, y damos por supuesto que actúa y ordena su forma de operar del mismo modo que nosotros».[12] Para él, los sistemas eran máscaras impuestas sobre la naturaleza. Representaban el deseo de ver la naturaleza como deseábamos que fuera y no como realmente es. Observar con paciencia, atisbando solo ocasionalmente algo debajo del velo, era una lección de humildad, pero para Buffon no había alternativa. La naturaleza era profunda y abundantemente compleja, quizá más allá de toda posible comprensión humana, pues los propios humanos formaban parte de la ecuación. Clasificarla en categorías ordenadas suponía negar las interrelaciones inherentes a la propia vida. «La naturaleza, desplegada en toda su extensión, nos presenta un cuadro inmenso —afirmó—, una serie continua de objetos, tan próximos y tan similares que sus diferencias son difíciles de captar. Esta cadena no es un simple hilo que se extiende únicamente en longitud, es una amplia trama o más bien un haz que, de intervalo en intervalo, echa ramas a los lados para unirse con los haces de otro orden».[13] A juzgar por la multitud congregada y por los homenajes de aquella mañana de abril, se diría que la que había triunfado era la visión complexista que Buffon tenía del mundo: la naturaleza era una unidad dinámica que pedía ser contemplada y no una entidad estática que debía ser conquistada. Pero, solo cinco años después, Buffon sería vilipendiado como enemigo del progreso y arrinconado como símbolo de un pasado irrelevante que era mejor olvidar. Saqueadores en busca de chatarra extraerían sin ningún cuidado sus restos terrenales del mismo féretro que había sido paseado por las calles con toda solemnidad. Una multitud pertrechada de antorchas cruzaría las verjas de su amado Jardin, ignorando su monumental estatua (su ubicación hacía que fuera difícil destruirla) y clamando por la instauración de la imagen del hombre cuyo trabajo había sido paralelo y antítesis del de Buffon: un busto de yeso, moldeado a toda prisa y pintado a imitación del mármol, de Carl Linneo.

PARTE I

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La Gran Cadena del Ser

 

 

No hay nada más difícil de planificar,

ni de éxito más dudoso,

ni más peligroso de manejar

que la creación de un nuevo sistema.

 

MAQUIAVELO

 

 

Una representación del siglo XIX de Linneo como niño botánico.

 

1
DEL ÁRBOL DE TILO

 

El paisaje de la Suecia del siglo XVII estaba salpicado de santuarios naturales. Eran los árboles de tilo, que los suecos contemplaban desde una perspectiva cuasi mística, pues sus hojas en forma de corazón y sus fragantes flores estaban asociadas con Freyja, la diosa nórdica del amor y la fertilidad. Las mujeres embarazadas recogían hojas de tilo y dormían sobre almohadas rellenas de ellas para invocar la protección de la divinidad durante el parto. Los viajeros se refugiaban bajo sus ramas durante las tormentas, creyendo que, por respeto a Freyja, Thor apuntaría con sus rayos a otra parte. Sus troncos plateados eran lugares escogidos tanto para las declaraciones de amor como para la negociación de transacciones, pues se creía que la diosa castigaba a todo aquel que mintiera bajo sus ramas.

Había un tilo antiguo que era especialmente venerado. Crecía cerca del límite de la provincia de Småland, en el sur de Suecia, en un prado entremedias de las parroquias de Hvittaryds y Jonsboda. Alzaba su enorme tronco triple para desplegar un dosel que daba sombra a casi media hectárea. Cerca de sus raíces se hallaba un túmulo de piedras que databa de la Edad del Bronce y que se creía señalaba el lugar de descanso de un guerrero vikingo. Los nativos de Småland habían declarado tiempo atrás al árbol y a sus terrenos como våarträd, un lugar preciado al que se le atribuía la protección de todo el campo circundante.

Para la familia propietaria del terreno, esto suponía tanto un honor como un deber de cuidado especial: los våarträds debían perturbarse lo menos posible, incluso en los casos en los que su emplazamiento ocupara lo que podrían ser productivas tierras de cultivo. Durante generaciones, la familia cuidó del árbol. Cuando se le caían ramas, grandes o pequeñas, las recogían con cuidado (daba mala suerte romper siquiera una sola) y las colocaban en montones ordenados sobre sus raíces, dejando que se consumieran en paz. Cercaron el perímetro con una valla para proteger el árbol de los testarazos, el roce y los daños a la corteza causados por los animales de pasto, pero mantuvieron abierto un camino hacia el tronco que era accesible para los visitantes.

La familia no tenía nombre. Esto era lo normal en la Suecia rural, donde los apellidos no solían ser necesarios; bastaba como identidad la presencia de uno durante toda su vida en una tierra ancestral. La mayoría de los hombres, cuando se veían en la necesidad de darlo, recurrían al simple patronímico de añadir -son al nombre de pila de su padre, costumbre que acabaría poblando Suecia de un nutrido número de Johannsons, Petersons y Svensons. Pero en otoño de 1690, un joven de dieciséis años llamado Nils tomó otra decisión. En vez de convertirse en Nils Ingemarsson, decidió honrar el árbol familiar adoptando el apellido Linnaeus. Significaba «el hombre del árbol de tilo», no en sueco sino en latín.

Esta elección manifestaba su ambición. Nils se marchaba para asistir a la Universidad de Lund, a doscientos cuarenta kilómetros de distancia, donde el latín era la lengua de curso académica. Numerosos académicos profesionales adoptaban versiones latinizadas de sus apellidos, razón por la cual Michel de Nostredame es más conocido como Nostradamus y a Nikolaj Kopernik se le recuerda como Nicolaus Copernicus. En la provincia de Småland, asumir de antemano un nombre latinizado resultaba discordante y presuntuoso. Pero la vida de provincias era justo lo que Nils pretendía dejar atrás.

 

 

Nils Linneo no llegó a caer tan lejos del tilo como esperaba. Las rentas agrícolas de su familia bastaron para enviarlo a la universidad, pero no para mantenerlo allí. Llegó con el dinero justo para cubrir la matrícula de un solo año, y esperaba financiar el resto con una combinación de becas y trabajo a tiempo parcial. Sus planes no llegaron a materializarse y acabó abandonando su educación. Durante la mayor parte de la década siguiente estuvo vagando por Suecia y la vecina Dinamarca, sin establecerse en ningún sitio específico ni en ninguna profesión concreta. Según los relatos que nos han llegado, tenía una presencia amistosa, era un alma afable y extrovertida. Y no tenía mucha prisa por volver a casa.

Tenía veintisiete años cuando finalmente regresó, para decepción familiar y con el reto de encontrar algo con lo que ganarse la vida. Como carecía de recursos para establecerse como agricultor en Småland, empezó los estudios para incorporarse al sacerdocio luterano. Dos años más tarde, el recién ordenado reverendo Linneo se incorporó a un puesto inicial como coministro o sacerdote auxiliar en el pueblo de Stenbrohult, una comunidad agrícola a orillas del lago Möckeln. Se encontraba a solo treinta kilómetros de su lugar de nacimiento y del árbol que le daba nombre. En 1706 se casó con Christina Brodersonia, hija de su inmediato superior, que cambió su nombre por el de Christina Linnea («la mujer del árbol de tilo») y que el 23 de mayo de 1707 dio a luz a su primer hijo, un varón. En honor al rey de Suecia, lo llamaron Carl.

Los años del nacimiento y la primera infancia de Carl Linneo se encuentran ricamente adornados, entre las leyendas familiares y los posteriores intentos de convertirlo en una especie de santo secular que estaba destinado a recorrer verdes senderos de gloria. Hay relatos apócrifos que cuentan que el niño nació con el cabello blanco como la nieve, la marca de un skogsanda, o espíritu del bosque, y que más tarde se le oscurecería hasta tornarse castaño. El bebé, extrañamente inquieto e inconsolable, no se tranquilizaba más que cuando su madre colocaba ramos de flores sobre su cuna. «Las flores fueron el primer juguete de Carl, su preferido —escribió uno de sus primeros biógrafos—. Con un año, el padre llevaba a veces al pequeño al jardín, lo dejaba sobre la hierba y le ponía una florecilla en la mano para que se entretuviera».[1] Flores había en abundancia. Para entonces, el reverendo Linneo había sucedido a su suegro como pastor y había trasladado a su familia a la rectoría de Stenbrohult, donde, libre de la obligación de desplazarse por toda la parroquia, adoptó la jardinería como pasatiempo. El jardín del reverendo adquirió proporciones formales: incluía varios cientos de variedades florales y lucía como pieza central un «banquete» de flores: un lecho de tierra elevado y redondo, con forma de mesa, y con toda una serie de plantas cuidadosamente dispuestas para que parecieran platos desbordantes. Plantados en torno a la mesa, unos arbustos podados de manera ornamental hacían el papel de comensales. Se dice que el joven Carl pasó horas en su imaginaria compañía, y aún más horas cuidando su propio jardincito cercano. Según uno de sus primeros biógrafos, el niño «andaba siempre en busca de flores por los prados y bosques […] Su amorosa madre se lamentaba de que en cuanto conseguía una nueva flor, la destrozaba cruelmente, pues al pequeño le encantaba indagar, tanto como era posible, en los secretos de la naturaleza». Hay incluso una historia que cuenta que el joven Carl fue sorprendido prensando flores secretamente entre las páginas de la Biblia familiar. «La Biblia es el Libro de la Vida —se dice que explicó—, y, sin duda, si pongo las flores entre sus páginas conservarán su color, la Biblia las mantendrá vivas para siempre».[2] Esos relatos, si acaso fueran ciertos, son irrelevantes: la profesión del niño había quedado decidida al nacer. Igual que Nils Linneo había reemplazado a su suegro como rector de Stenbrohult, Carl estaba destinado a sucederlo a él, representando así la quinta generación que ocupaba el púlpito hereditario que había sido la dote de su madre. Para el padre, el cuidado del jardín era un pasatiempo, un respiro en su labor de cuidador de las almas. Podría ser también la afición de su hijo, pero nada más.

 

 

Más adelante, Carl señalaría el momento exacto en que su fascinación se convirtió en obsesión. Fue un radiante día de primavera de 1711, poco después de su cuarto cumpleaños. El tiempo era tan agradable que muchos de los habitantes de Stenbrohult dejaron de lado sus tareas domésticas para disfrutar de un pícnic en Möklanäs, una pradera en un promontorio que se adentra en el lago Möckeln. Mientras los congregados se relajaban en la fragante hierba, el reverendo Linneo se ofreció a entretenerlos con una conferencia improvisada sobre botánica. «Los invitados se sentaron sobre un césped florido», recordó Carl más tarde, mientras su padre iba arrancando algunos ejemplares cercanos y «hacía diversas observaciones sobre los nombres y propiedades de las plantas, mostrándoles las raíces de la Succisa, Tormetilla, Orchides».[3] Aún décadas después, los nombres latinos de aquellos especímenes aleatorios resonaban en su mente con claridad. Echando mano de la tercera persona, describió así el momento: «El niño prestaba la más ininterrumpida atención a todo lo que veía y oía, y desde ese momento no dejó de acosar a su padre con preguntas sobre el nombre, las cualidades y la naturaleza de cada planta que encontraba; de hecho, muy a menudo preguntaba más de lo que su padre era capaz de responder».

La nueva e incontenible curiosidad de Carl provocó algunos momentos tensos en el jardín familiar. Como él mismo admitiría más tarde (de nuevo en tercera persona), podía preguntar acerca de una planta, «pero como otros niños, solía olvidar de inmediato lo que había aprendido, y en especial los nombres de las plantas» (la cursiva es suya). Cansado de repetirse, el padre le dio un ultimátum: iba a describir y nombrar cada planta una sola vez. Por todo el resto de su vida, Carl Linneo agradecería a su padre dos regalos: su introducción a la botánica y «esa dureza» en su instrucción, que aguzó su memoria a una edad muy temprana, «pues después retuve con facilidad cualquier cosa que oía».

A los diez años, en 1717, su padre dejó a Carl en la escuela trivial de Växjö, a cincuenta kilómetros de Stenbrohult, garantizó su alojamiento y manutención y le instó a adquirir «material útil para el ministerio». Las escuelas triviales tenían ese nombre porque enseñaba las tres materias del trivium académico clásico: gramática, retórica y dialéctica. Era un plan de estudios exclusivo: la gramática era latina y griega, la retórica se basaba en Aristóteles y la dialéctica en Sócrates. Las escuelas triviales podían ser abrumadoras hasta para los más inteligentes de los jóvenes de provincias, lo que, como Carl no tardó en descubrir, llevaba a los maestros a «preferir los azotes y castigos antes que las admoniciones y estímulos»[4]. En su segundo año en Växjö, cada mañana Carl se encaminaba hacia sus clases con una creciente sensación de temor.

Llegó a ser, como mucho, un estudiante mediocre. Aunque pasaría la mayor parte de su carrera escribiendo en latín, en su dominio de esa lengua siempre mostró más profesionalidad que elegancia; e incluso su sueco sería ridiculizado por otros colegas más sofisticados. Los primeros cinco años los pasó en gran parte confinado en los pequeños terrenos de la escuela trivial, hasta que su estatus de estudiante de último curso le otorgó el derecho de aventurarse fuera del centro. A partir de ahí pasaría horas caminando en soledad por los bosques y campos en torno a Växjö. Si hizo algún amigo, no lo menciona en ninguna de sus cuatro autobiografías. Sin embargo, lo que sí registra es que tanto estudiantes como profesores lo llamaban entonces den lilla botanisten, «el Pequeño Botánico», en referencia a su estatura (nunca pasaría del metro y medio) y su creciente obsesión. Regresaba de sus solitarios paseos con ramos de flores y hojas que prensaba entre las páginas de sus libros. Desesperadamente infeliz y con añoranza de un Stenbrohult donde «Flora parece haber prodigado todas sus bellezas», como lo recordaba, Carl se fue recluyendo cada vez más en su especialidad personal. El jardín de su padre le parecía distante e inalcanzable, como el Edén después de la expulsión. «Dejemos al niño disfrutar de su paraíso —escribiría más tarde—. El cuidado no tardará mucho en sacarlo de allí».[5] A lo largo de su adolescencia, las exigencias de la escuela no hicieron otra cosa que aumentar. Aunque se le daban bastante bien las matemáticas y la física, su desempeño en hebreo, metafísica y teología era espantoso, y quedaba constantemente entre los peores estudiantes de la escuela. No obstante, su madre y su padre no llegaron a darse cuenta de que algo andaba mal y Carl tampoco confesó sus pesares en sus escasas visitas a casa. Pero en su séptimo año en Växjö, el temor del Pequeño Botánico se tiñó de desesperación. Estaba fracasando —había fracasado— en su adquisición de material útil para el ministerio. Se avecinaba el momento de la rendición de cuentas.

 

 

Este llegó el año siguiente, cuando el reverendo Linneo contrajo una enfermedad menor pero persistente. De camino a visitar a Johann Rothman, un médico que tenía su consulta en Växjö, decidió pasar por la escuela trivial en una visita improvisada. Como el propio Carl contó más tarde, su padre

 

esperaba escuchar de los preceptores un relato muy halagador del progreso de su querido hijo, pero las cosas se desarrollaron de forma muy distinta […] Se consideró apropiado aconsejar al padre que metiera al joven como aprendiz de algún sastre o zapatero, o de algún otro empleo manual, en lugar de darle una educación erudita para la que evidentemente no era apto.[6]

 

El reverendo no pudo contener su sorpresa. Un sastre o un zapatero. Fue una profunda decepción, sin duda, pero también un revés económico importante. Los costes de la escolarización y manutención de Carl durante nueve años habían entrañado una dificultad importante. Y ahora se presentarían nuevos gastos, pues habría que educar al hermano menor de Carl, Samuel, en su lugar. Más apremiante era la pregunta inmediata: ¿qué hacer con Carl? La sugerencia que hacía la escuela de que aprendiera un oficio llegaba demasiado tarde. Ya no era un niño, sino un joven de casi veinte años. Era difícil imaginar que un artesano evaluara al joven Carl, físicamente pequeño y perpetuamente distraído, y lo aceptara como aprendiz.

En el despacho del doctor Rothman, su viejo amigo, el reverendo Linneo confesó su consternación. Rothman le escuchó comprensivo y después confirmó que aquella dura evaluación estaba probablemente en lo cierto: él también trabajaba a tiempo parcial como instructor de física en la escuela trivial, donde el joven Linneo le había dado la impresión de ser un alumno desmotivado y de aprendizaje trabajoso. Pero al mismo tiempo, también había reconocido la clara inteligencia de Carl y su capacidad para concentrarse de forma obsesiva. Quizá, sugirió, fuera posible pensar en otro escenario.

En aquella época, la botánica no llegaba a ser una profesión en sí misma. Era un ámbito para aficionados o para diletantes adinerados. Había profesores que enseñaban botánica como disciplina, pero en el marco de un plan de estudios de medicina, pues el conocimiento de las plantas y sus usos era dentro de ella un aspecto clave. ¿Había pensado Nils en que su hijo se hiciera médico? Rothman se ofreció a llevarse a Carl a su casa y a formarlo durante un año. Sería un aprendizaje informal, pero con un poco de suerte saldría preparado para asistir a la escuela de Medicina.

La propuesta no llenó de alegría el corazón de Nils Linneo. La medicina tenía mucho menos prestigio social en Suecia que ser miembro del clero, y Carl tampoco había mostrado nunca interés en el tema. Temía que su soñador hijo encontrara trabajo solo como cirujano militar, el estamento menos respetable de la clase médica, tratando heridas en el campo de batalla y sífilis en los cuarteles. Pero parecía que no había otras opciones mejores. Nils accedió y partió hacia Stenbrohult preguntándose cómo iba a darle la noticia a su esposa.

Liberado del tedio del trivium, Carl demostró ser un aprendiz diligente, abandonó la escuela y se mudó con su maestro temporal. Los habitantes de Växjö se acostumbraron a ver al Pequeño Botánico haciendo todo lo posible por transformarse en el Pequeño Médico, siguiendo al doctor allá donde realizara sus visitas. Pero cuando terminó el año de instrucción de Rothman, Carl volvió a su hogar en Stenbrohult y el reencuentro fue tenso. El reverendo había ocultado a su esposa durante el mayor tiempo que había sido posible la verdad sobre el fracaso académico de su hijo y, cuando ella lo descubrió, la noticia de un cambio de profesión arreglado a toda prisa no le sirvió de ningún consuelo. Enojada y decepcionada, Christina Linnea prohibió que en su casa se mencionaran siquiera la jardinería o la botánica. No obstante, dio su frío consentimiento para que Carl asistiera a la escuela de Medicina en otoño.

El joven dejó su casa el 17 de agosto de 1727. Llevaba consigo una carta de recomendación de sus antiguos maestros, que era técnicamente un requisito necesario para matricularse en la facultad de Medicina pero que estaba redactada en un tono tan despectivo que jamás llegaría a presentarla. Asimismo, llevaba una bolsa de dalers suecos acuñados en plata y donados por su padre, que también le había dejado claro que, desafortunadamente, en el futuro no recibiría más fondos. En el mejor de los supuestos, aquello le alcanzaría para un año. Después, tendría que improvisar.

 

 

Una estatua del joven Linneo, Jardín Botánico de Upsala.

 

2
UN CURSO EN INANICIÓN

 

El 19 de abril de 1729, en la ciudad sueca de Upsala, el profesor Olof Celsius desapareció entre la maleza y las zarzas de un prado abandonado. Regordete, vestido con una sotana negra, con el rostro enmarcado por una peluca empolvada y su extraordinaria barba de chivo, el académico de mediana edad presentaba una figura digna, lo que daba aún mayor incongruencia a sus súbitas incursiones a través de los matorrales hasta aquel terreno lleno de maleza y rodeado de vacas pastando. A los transeúntes ocasionales aquel espacio podía parecerles un terreno baldío, pero Celsius conocía su secreto. Allí se encontraban las ruinas de un jardín.

Casi un siglo antes, otro profesor de Upsala había plantado allí un jardín de enseñanza privado, un aula al aire libre diseñada para ofrecer a los estudiantes de Medicina experiencia práctica en la identificación de plantas medicinales útiles. La colección floreció durante generaciones y llegó a contar casi dos mil variedades botánicas (entre ellas, y por primera vez en Suecia, una curiosidad conocida como patata). ¿Qué había pasado con el Jardín Botánico de Upsala? Exactamente lo mismo que le había ocurrido a la propia Upsala. Durante siglos, la villa había rivalizado con Estocolmo por el estatus de primera ciudad de Suecia. Si bien Estocolmo era el centro comercial y la sede del Gobierno, Upsala era su centro cultural y religioso, la ciudad donde se asentaban la Iglesia sueca y la universidad más antigua del norte de Europa, y el lugar en que se coronaba a los reyes y reinas suecos (que tradicionalmente mantenían castillos tanto en Estocolmo como en Upsala). Pero la rivalidad terminó abruptamente en 1702, cuando un incendio de origen desconocido, avivado por unos fuertes vientos que soplaban por las estrechas calles medievales como el aire por un fuelle, arrasó Upsala. El Gran Incendio dejó las tres cuartas partes de la ciudad reducidas a ruinas humeantes, y provocó un eclipse del que esta no llegaría a recuperarse del todo. En lugar de reconstruir el castillo de Upsala, el rey de Suecia empleó las piedras de los escombros para utilizarlas en su palacio de Estocolmo.

Upsala había dejado de ser una metrópolis y el resurgimiento de la ciudad se hizo a menor escala. Veintiséis años después, seguía aún en reconstrucción, y el antiguo jardín de enseñanza no era una prioridad para nadie. Al incendio solo habían sobrevivido una décima parte de las plantas, que ahora crecían a su libre albedrío, obstruyendo los caminos y enredándose por terrenos todavía carbonizados. Sin embargo, algunas partes del interior sí podían recorrerse, y el profesor Celsius encontró allí un lugar apropiado para poner en orden sus pensamientos. Estaba escribiendo, o más bien intentando escribir, un libro sobre plantas.

Parecía un proyecto sencillo. Con el título provisional de Hierobotanicum (o Plantas sacerdotales), su objetivo no era más que el de proporcionar detalles acerca de las ciento veintiséis plantas que se mencionan en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Pero Celsius, a pesar de ser uno de los eruditos sobre la Biblia más destacados de Suecia, estaba sumido en la incertidumbre. Como había descubierto, conocer los nombres de aquellas ciento veintiséis plantas no era lo mismo que identificarlas.

¿Cuál era, por ejemplo, el «hisopo» que aparece mencionado en el Levítico, Números, Éxodo y Salmos? La Biblia cita doce veces esta planta, pero en la época de Celsius el nombre «hisopo» se asignaba al menos a cinco especies distintas: una hierba, una ortiga, una planta acuática, una flor silvestre y una variedad de anís. Además, «hisopo» era una transliteración del griego; en hebreo la planta se llama ezob o ezov, que podría ser quizá otra cosa completamente distinta. ¿Por qué la importancia? La Biblia presenta el hisopo como un ingrediente clave en los ritos para purificar una iglesia, librar una casa de la lepra, preparar un cadáver para su entierro y el sacrificio apropiado de una vaca alazana. Celsius no tenía intención de realizar ninguno de estos ritos, pero a todos ellos era común una intrigante misma cuestión de saneamiento. ¿Acaso era posible que el hisopo bíblico tuviera cualidades desinfectantes o de protección contra enfermedades contagiosas? Eso solo podría determinarse decidiendo primero cuál de los cinco hisopos era la «verdadera» planta en cuestión, si es que alguna de ellas llegara a serlo. Celsius no se sentía capacitado para tomar aquella decisión.

En el jardín en ruinas, el profesor solía tener libertad para reflexionar sobre aquellos asuntos en ininterrumpida soledad. Pero aquel día de primavera, al rodear los restos de un sendero, divisó a otro visitante. Sentado en un banco había un joven que escribía muy concentrado en un cuaderno. Era bajito, no medía más de metro y medio, y de constitución tan delgada que casi parecía un duende. No llevaba peluca, lo que le señalaba como algo menos que un caballero adinerado. Su ropa no solo estaba andrajosa, sino que ni combinaba ni era de su hechura, como si la hubiera robado o rapiñado. De sus hombros flacos le colgaba holgadamente un abrigo raído. Sus zapatos tenían agujeros y por ellos asomaban papeles de periódico.

La Universidad de Upsala estaba repleta de estudiantes con muy escasos recursos a los que apenas les llegaba para sobrevivir, pero aquel extraño parecía más un mendigo que un académico. Celsius se acercó y se dio cuenta de que el joven no estaba escribiendo, sino dibujando del natural, esbozando una flor que tenía cerca con unos trazos toscos y sin gracia. La clara falta de intención (y habilidad) artística significaba que la obra en proceso no era una naturaleza muerta, sino un esquema de campo. La flor era un espécimen.

—¿Qué está examinando? —preguntó el profesor.[1] El desconocido le respondió con cortesía. Pero en vez de decirle el nombre en sueco de la planta, citó una designación técnica poco conocida, la definición del botánico francés Joseph Pitton de Tournefort. Aquello resultaba impresionante. Celsius sabía que el sistema Tournefort de identificación de plantas era célebremente difícil de dominar, pues requería la memorización de seiscientas noventa y ocho categorías distintas.

—¿Sabe usted de plantas? ¿Ha estudiado botánica? —quiso saber Celsius—. ¿Cuál es su nombre?

—Carl Linneo, señor.

—¿De dónde es? —preguntó, aunque la respuesta ya era en gran medida evidente por la forma de hablar del joven. Se expresaba con el tono etéreo y poco enfático de las provincias rurales, con un acento lo suficientemente marcado como para indicar su origen campesino.

Celsius empezó a señalar.

—¿Sabe el nombre de esa planta? ¿Y de aquella?

El muchacho Linneo las fue nombrando una por una. Después, por su propia voluntad, empezó a identificar también las malas hierbas.

Entonces, más que un simple estudiante diligente era un botánico serio y autodidacta, por derecho propio.

—¿Cuántas plantas ha recolectado y prensado? —le preguntó Celsius.

—Más de seiscientas flores silvestres nativas. —Era tres veces el número de las plantas que habían sobrevivido en el jardín botánico.

Celsius contempló a aquel inusual joven, que a pesar de su ropaje andrajoso hablaba como un catedrático universitario. «Tenía los ojos llenos de plantas, pero el estómago dolorosamente vacío la mayor parte del tiempo —escribiría más tarde el famoso naturalista John Muir acerca de este momento de la vida de Linneo—. Pareciera que un curso de inanición es una tremenda necesidad en la formación de los favoritos del cielo».[2] Celsius tomó impulsivamente una decisión. Su mujer y él mantenían un hogar animado y atestado, con varios hijos y una cocina muy activa.

—Venga conmigo —le dijo, dándose bruscamente la vuelta y echando a caminar en dirección a su casa, a tres manzanas de distancia. No le dio ninguna razón por la que debiera seguirlo, ni tampoco le había dicho su nombre al extraño.

 

 

El Carl Linneo que, unos minutos más tarde, se sentaba a la mesa de Celsius devorando la comida era una figura mucho más flaca y endurecida que el joven que, dos años y medio antes, había salido de la provincia de Småland. Su deseo de conseguir una educación médica lo había llevado hasta dos universidades y al borde mismo de la pobreza.

Su primera parada fue la Universidad de Lund, alma mater de su progenitor, cerca de la costa báltica. En época de su padre había sido una próspera ciudad universitaria, pero, posteriormente, una sucesión de desdichas (incendios, un brote de peste bubónica, la ocupación alterna de las tropas suecas y danesas) habían dejado devastada lo que en tiempos fuera el Londinum Gothorum —el Londres de los godos— y la mayor ciudad de Escandinavia. Para cuando llegó Linneo, Lund se hallaba en un estado de decadencia progresiva, con una población reducida a menos de mil doscientos habitantes. Barrios enteros habían sido abandonados, dejados a merced de las bandadas de gansos y las piaras de cerdos salvajes en busca de comida. La facultad de Medicina de la Universidad de Lund había quedado reducida a un único profesor, el anciano Johan von Döbeln, que farfullaba unas conferencias sin interés ante solo unas pocas docenas de estudiantes.

Linneo no tuvo más remedio que apañárselas. Alquiló una habitación en el ático de la casa de Killian Stobaeus, que era médico pero no estaba vinculado a la universidad. Stobaeus tenía una impresionante colección de textos sobre medicina, geología y fósiles, pero mantenía su biblioteca cerrada; su acceso solo estaba permitido a su asistente, un joven estudiante de Medicina alemán de nombre Koulas. Linneo hizo un trato con Koulas: le daría clases particulares a cambio de que le sacara ilícitamente libros en préstamo. El asistente pasaba los libros de forma clandestina a Linneo, que los leía durante la noche y los devolvía por la mañana antes de que el propietario descubriera su ausencia. El plan duró solo hasta que un día el insomne Stobaeus, recorriendo la casa con una vela a las dos de la madrugada, se encontró a su huésped dormido en una mesa, con varios libros prohibidos a su lado.

Stobaeus se sintió más impresionado que enfadado. El médico despertó a Linneo, le interrogó acerca de sus estudios furtivos y su impresión fue aún mayor. Para consternación de Koulas, pronto Stobaeus estaba tratando a Linneo como su protegido, dejando la casa a su cuidado, dándole comidas gratis y llevándolo con él a sus visitas médicas. «No me apreciaba como a un estudiante sino más bien como a su hijo», contó más tarde Linneo.[3] Sin embargo, no podía sentirse excesivamente agradecido. El mecenazgo del doctor Stobaeus no cambiaba el hecho de que Lund seguía siendo un callejón sin salida, un programa médico moribundo en una ciudad en decadencia.

Sin oportunidades para complementar sus escasos fondos, retomó la costumbre de pasar sus horas libres vagando por los espacios naturales de las cercanías en busca de especímenes que añadir a su colección. En primavera de 1728, explorando los pantanos próximos a Fagelsong, sintió una picadura en el brazo derecho. Al principio no le dio importancia, pero a las pocas horas tenía la carne inflamada e hinchada. Pronto se encontró postrado en la cama, febril y con un dolor cada vez mayor, sin que el doctor Stobaeus pudiera hacer nada por ayudarlo. El médico llamó a un colega cirujano de nombre Schnell, quien le practicó un corte profundo que dejó a Linneo con una cicatriz desde el codo hasta la axila y (en opinión del paciente) le salvó la vida. El origen de la picadura era un misterio, pero Linneo llegó a creer que había sido atacado por un fino gusanito volador «del grosor de un cabello humano, gris con las extremidades negras»,[4] una criatura que se lanzaba desde el cielo para inyectarse profundamente en la carne de su víctima. Inventó un nombre para esta criatura y la llamó el Disparo, para reflejar su velocidad y su capacidad de causar daño. Posteriormente, le asignaría el nombre científico de Furia infernalis. La furia del infierno.

Una vez que estuvo medianamente recuperado, Linneo se trasladó a la Universidad de Upsala, mucho más grande. Y de inmediato se arrepintió de la decisión.

 

 

Upsala, descubrió Linneo, era solo un poco mejor que Lund. Si bien la universidad contaba con más de mil estudiantes en residencia, su escuela de Medicina era poco menos que un espejismo. El programa, de entrada, sonaba bastante impresionante, pues ofrecía formación en anatomía, botánica, zoología, teoría y práctica de la medicina, cirugía, fisiología y química. Pero, en realidad, todas aquellas materias las impartían dos profesores de avanzada edad, y únicamente cuando les parecía. Amparados por un sistema de antigüedad que les brindaba una casi total impunidad ante la obligación de rendir cuentas, apenas se personaban a impartir las clases, y en vez de ello designaban a asistentes para que leyeran en voz alta las notas de otras conferencias impartidas años, e incluso décadas, antes.

Sus mustios dominios estaban ahora totalmente abandonados. Hacía tiempo que allí no se había enseñado ni anatomía ni química. Para la formación en práctica médica, solo en muy raras ocasiones se contaba con la presencia de un paciente real. El hospital de la escuela tenía tan poco uso que parte de él se había reconvertido en taberna. La colección de zoología del departamento consistía en poco más que un «dragón» disecado (probablemente un lagarto) y una serpiente de dos cabezas de quince centímetros de largo. La materia de Botánica se enseñaba tan raramente que Linneo no llegó a tener oportunidad de tomar ni una sola clase sobre el tema. El jardín botánico, como ya se ha dicho, era un terreno invadido por la maleza. El prestigio de la educación médica de Upsala estaba tan devaluado que su título ya no servía para ejercer la medicina en Suecia. El programa no llegaba a otorgar doctorados en Medicina, lo que obligaba a sus estudiantes a obtener sus diplomas en otros lugares. La mayoría se marchaba de Suecia para hacerlo.

Para Linneo, tener que pagar una tercera escuela de medicina era un reto desmoralizante, pero también una preocupación que había que dejar para más adelante. Comenzó sus estudios en Upsala asistiendo a la única clase magistral que entonces se ofrecía, un curso de varias semanas sobre patos y pollos y el uso medicinal de las aves de corral. En diciembre de 1728 consiguió una exigua beca y la utilizó para viajar a Estocolmo, donde una convicta estaba a punto de ser ahorcada. Para compensar las lecciones de anatomía perdidas en Upsala, pagó dieciséis dalers para asistir a la disección del cadáver.

Eso dejó prácticamente agotados sus fondos y sus opciones. En enero de 1729, la decepción se estaba viendo reemplazada por el hambre. Linneo, según sus propias palabras «obligado a confiar en el azar para comer», pedía dinero prestado y aceptaba donaciones de ropa de otros estudiantes.[5] Se pasó todo el crudo invierno sueco tiritando en una habitación barata. Cuando destrozó su último par de calzas, les cortó los pies y se puso las perneras resultantes alrededor de las pantorrillas, pues necesitaba el calor de la tela. Cuando a las suelas de sus zapatos les salieron agujeros, los taponó con periódico. Aún estaba matriculado como estudiante, pero, sin poder permitirse las conferencias, Linneo pasaba horas en la biblioteca médica, estudiando meticulosamente textos botánicos. La colección contaba con algunas rarezas impresionantes, la principal de ellas el Hortus Siccus, o Jardín seco, que en vez de ilustraciones tenía plantas prensadas directamente adheridas a sus páginas. Era una obra enorme, de más de tres mil páginas en veintiséis volúmenes, y tan valiosa que el ejército sueco se la había llevado de Dinamarca como botín de guerra. Pero Linneo había recorrido un largo camino y pagado un alto precio solo para mirar las hojas secas.

No había una forma clara de seguir hacia delante ni había vuelta atrás. La rectoría hereditaria, que en tiempos había sido suya por derecho de nacimiento, ya había pasado a manos de su hermano menor, Federico. Linneo soñaba con abandonar Upsala y hacer un movimiento de retirada de vuelta a Lund, donde al menos podría rogar a su antiguo benefactor, el doctor Stobaeus, que le diera una segunda oportunidad. Según el clima se iba haciendo más cálido, Linneo empezó a suplementar sus sesiones de biblioteca con solitarias horas en el antiguo jardín botánico, haciendo esbozos de las flores a medida que brotaban.

El jardín, en toda su belleza irregular, estaba empezando a parecer el final de línea de sus ambiciones, la última estación antes de la mendicidad, hasta que el profesor Celsius pasó por allí, echó un vistazo a su cuaderno de bocetos y le preguntó los nombres de las plantas.

La impulsiva invitación de Celsius dio pie a algunas comidas más y pronto a una oferta que el harapiento erudito aceptó sin dudar: alojamiento y comida a cambio de que ayudara al profesor a compilar su libro de plantas bíblicas. La contribución de Linneo al Hierobotanicum resultaría menor, pues Celsius siguió trabajando en el manuscrito durante otros dieciocho años. Pero Linneo acabaría compensando finalmente la bondad de Celsius dándole a una planta el nombre de Hyssop officialis, pretendidamente una solución para la persistente cuestión del «verdadero» hisopo.

El hisopo oficial, una hierba amarga, crece ciertamente en las regiones que menciona la Biblia. Pero como Linneo no llegó a explicar nunca la lógica que sostenía su elección, la designación parece responder a su autoproclamada certeza. Hasta donde han podido determinar los análisis históricos y lingüísticos modernos, el «verdadero» hisopo es la Capparis spinosa, la alcaparra.

 

 

Georges-Louis Leclerc, más tarde llamado De Buffon.

 

3
EL HIJO DEL SALINERO

 

En torno a la infancia de Georges-Louis Leclerc no hay mitología ninguna. Nacido en el pueblo de Montbard, en la Borgoña rural, el 7 de septiembre de 1707 (solo cinco meses después que Linneo), era, según parece, un chico corriente y moliente. «De su infancia, e incluso de su adolescencia —contaría después uno de sus familiares—, se pueden mencionar solo aquellos rasgos que son comunes a todos los niños que han sido agraciados con algún grado de ingenio de nacimiento».[1] La valoración que se hacía de él como estudiante era que no mostraba «ninguna superioridad pronunciada», no sobresalía ni por arriba ni por abajo en sus tareas escolares. Su apariencia era bastante agradable y sus ojos, de un marrón tan oscuro que casi parecían negros, llamaban la atención. Pero en aquellos ojos no brillaba ninguna chispa especial, ni transparentaban ninguna ambición particular. Cosa, por otro lado, que no era una decepción para nadie, pues el joven Georges-Louis no tenía más expectativa que la de asumir la profesión un tanto desagradable de su padre.

En la modesta medida en que era posible en la Francia rural del siglo XVII, los Leclerc de Montbard constituían un ejemplo de movilidad ascendente. El tatarabuelo había sido granjero y abandonó sus campos para instalarse en el pueblo, donde ejerció como barbero. Cada una de las generaciones posteriores había ido subiendo un peldaño en la escala de la respetabilidad social. El hijo del barbero se hizo médico, el hijo del médico llegó a ser juez y el hijo del juez ocupó un importante cargo federal. Una vez abonada la correspondiente tarifa al rey Luis XIV (este tipo de cargos estaban abiertamente a la venta), Benjamin-François Leclerc fue nombrado administrador regional y recaudador de la gabelle, el impuesto nacional que regía en Francia sobre la sal.

Pocos impuestos ha habido más detestados que la gabelle. Se instituyó en 1259 como un tributo simple sobre las ventas de sal del 1,66 por ciento y, desde el primer momento, fue considerado una injusticia: la tasa fija suponía una carga para los pobres, pero para los ricos era una ganga. La sal era un producto de primera necesidad, esencial no solo como condimento, sino también como conservante alimentario en los días anteriores a la refrigeración. La gabelle garantizaba al rey un flujo de ingresos tan estable que durante los siglos siguientes los monarcas franceses no dejaron de ampliarlo, imponiendo compras obligatorias y una regulación cada vez más draconiana. Cuando Benjamin-François Leclerc asumió el cargo de administrador de la gabelle de Montbard, el impuesto sobre la sal era la mayor fuente de ingresos de la Corona francesa.

La dificultad que comportaba controlar el consumo de un mineral tan común desembocó en la implantación de medidas drásticas. Las salinas, las minas de sal e incluso hervir agua de mar estaba estrictamente regulado; en teoría, uno podía recoger su propia sal, siempre y cuando la presentara ante el Gobierno y pagara luego por ella. Los pastores tenían prohibido que sus rebaños bebieran agua salada. Los guardias fronterizos inspeccionaban las posesiones de los viajeros en busca de sal de contrabando, pinchaban el equipaje con sus lanzas e inspeccionaban las puntas en busca del blanco delator. Especial encono merecían los gabelous, agentes armados que recorrían los campos vigilando el tráfico ilícito entre las provincias de Francia. La gabelle estaba grabada con una tasa distinta en cada distrito: en una de las orillas del río Loira, por ejemplo, el impuesto era dieciocho veces mayor que en la otra. Tales disparidades tentaban tanto a los contrabandistas del mercado negro como a los agricultores pobres, situación que acabó decantándose en la total impunidad de los gabelous, que podían realizar redadas sin necesidad de respetar la carga de las órdenes judiciales o siquiera la existencia de una causa probable. Cada año, más de tres mil hombres, mujeres y niños eran encarcelados o ejecutados por infracciones relacionadas con el impuesto a la sal. Si tenían el atrevimiento de morirse bajo custodia antes del juicio, sus cuerpos eran preservados en sal. El coste se repercutía a sus familias.

 

Un arresto por violación de la gabelle.

 

Era imposible ahorrarse la gabelle limitándose a reducir el consumo de sal. La mayoría de los ciudadanos mayores de ocho años estaban obligados por ley a adquirir una cuota anual, que se vendía directamente en los almacenes del Gobierno a precios enormemente inflados. En Borgoña, esa cuota estaba un poco por debajo de los siete kilos de sal por persona al año, cantidad que, de consumirla realmente, sería capaz de provocarle a uno un ictus o de acabar directamente con su vida. Como indignidad añadida, la sal era distribuida obligatoriamente en porciones semanales, lo que imponía una aborrecible rutina a la vida diaria. En Montbard, cada hogar estaba obligado a que al menos uno de sus miembros acudiera al almacén del salinero Leclerc el día asignado, esperara con paciencia mientras este anotaba el pago y, después, se llevara a casa un paquete que rara vez necesitaba. El impuesto a la sal se había convertido en un ritual teñido de absurdo, y en un impuesto por estar vivo.

Georges-Louis creció siendo muy consciente de por qué nadie deseaba acudir al almacén de su padre y por qué todo el mundo lo hacía. Creció sabiendo el motivo por el que, cuando sus padres paseaban por Montbard, eran saludados con más cortesía que calidez. Y creció sabiendo que, con casi total seguridad, el destino de su padre sería también el suyo. Los Leclerc habían ido mejorando su posición durante cinco generaciones, pero no cabía ninguna esperanza razonable de mayores ascensos. El límite no era ya el de la prosperidad, sino el de la estricta estratificación de clases sociales. Sencillamente, en un pueblo de provincias de Borgoña no había dónde subir más alto. Dado que el puesto se heredaba, el hijo del salinero aguardaba su turno para convertirse en el siguiente burócrata de la gabelle, sentado detrás del escritorio en un almacén para repartir unos paquetes innecesarios a unos vecinos llenos de resentimiento.

Y, entonces, se presentó de golpe la extraordinaria buena fortuna de su nombre.

 

 

Georges Blaisot llevó una vida anodina. La mayor parte de su carrera la pasó como un funcionario más o menos anónimo entre los que asistían el gobierno de Víctor Amadeo II, duque soberano de Saboya. Era este un Estado ducal pequeño pero independiente, emplazado entre medias de dos naciones y que comprendía territorios que más tarde serían incorporados a Italia (el Piamonte, la ciudad de Turín) y a Francia (el este de la Provenza y Niza). Para monsieur Blaisot no tuvo que ser fácil ganarse la confianza de Víctor Amadeo, quien recelaba de los intentos de Francia por convertir Saboya en un Estado clientelar. El duque, que durante la regencia de su madre había sido obligado a casarse con una de las sobrinas de Luis XIV, se desembarazó de la influencia francesa tan pronto como ascendió al poder, y no dudó en enemistarse con su poderoso vecino cuando lo consideró oportuno. Tanto durante la guerra de los Nueve Años como durante la guerra de sucesión española, Saboya entró en la contienda como aliado de Francia y después cambió de bando cuando a Víctor Amadeo le pareció conveniente. Como recompensa por su volátil lealtad, las subsiguientes particiones diplomáticas le otorgaron la soberanía sobre un número mayor de reinos. En 1713, el duque de Saboya era, entre otra media docena de títulos, también rey de Sicilia.

Aquel reino insular no le interesaba lo más mínimo. Estaba demasiado lejos, en la punta de la bota de Italia (andando el tiempo acabaría intercambiándolo por el Reino de Cerdeña) y, en cualquier caso, tenía desde hacía tiempo la costumbre de delegar el gobierno real de sus dominios en sus subordinados. Así que el anodino y confiable Georges Blaisot le resultaba especialmente útil: el oficial tenía experiencia en imponer la autoridad sin las maneras de un gobernante, en hacer cumplir la ley y recaudar impuestos con el mínimo alboroto. El duque no dudó un segundo en entregarle a monsieur Blaisot las llaves de su recién adquirido reino, con el entendimiento de que su compensación incluiría un porcentaje de los ingresos que lograra recaudar.

Sicilia tiene aproximadamente el mismo tamaño que Massachusetts o Gales. Los sicilianos eran conocidos por su nula cooperación con las autoridades (allí tiene su origen el código de la omertà, o del silencio) y, como es obvio, no les agradaba verse utilizados como premio a la participación en distantes luchas de poder. El gobierno de Georges Blaisot fue breve, lo interrumpió su muerte menos de dos años después, pero también lo bastante eficaz como para que fuera sabido que había dejado a su viuda en una posición muy acomodada. A la muerte de esta, en 1717, su testamento deparó dos sorpresas, la primera de ellas, el tamaño de la propiedad. La posición de madame Blaisot era no muy sino extremadamente acomodada: el porcentaje de los impuestos sicilianos, sumado a los ingresos de anteriores participaciones, podría contarse en términos contemporáneos en decenas de millones de dólares.

La segunda sorpresa fue el beneficiario. Los Blaisot no tenían hijos y, al carecer de herederos directos, legaron la mayor parte de su fortuna a su sobrino nieto, un chiquillo que vivía en un pueblo del centro de la Francia rural. Su sobrina, Christine Marlin Leclerc, había halagado a Georges Blaisot nombrándolo padrino y tocayo parcial de su primogénito, Georges-Louis. Y a los diez años, el hijo del salinero se hizo rico de pronto.

 

 

La herencia cortó por lo sano el hilo de la existencia de clase media de aquel chiquillo de Montbard. Según la legislación francesa, no podría asumir el control de su fortuna hasta que cumpliera veintisiete años, lo que significaba que, mientras tanto, el patrimonio lo gestionaría su padre. Al cabo de unos meses, Benjamin-François Leclerc había instalado a la familia en una mansión en Dijon, la capital de la provincia de Borgoña, a unos sesenta kilómetros al noroeste. Inscribió a Georges-Louis y a sus dos hermanos menores en las mejores escuelas y dio comienzo a un exhaustivo adoctrinamiento del niño en los modales y los refinamientos sociales de la clase alta.

La aceptación en ese mundo no estaba garantizada. A pesar de su fortuna, el chico podría haberse visto desairado como un parvenu, un advenedizo, un nouveau riche que mejor estaría desempeñando el papel de terrateniente en su Montbard rural. Pero la transformación fue completa y exitosa. Seis años más tarde, Georges-Louis se graduó en la escuela jesuita de Di

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