Liceo Septem 1 - Los talentos ocultos

A. Quintas Garciandia

Fragmento

Prólogo

Prólogo

Si alguien observara esta escena desde fuera, vería a un adolescente cualquiera, echado en la cama y leyendo un libro al azar. Pero Kai no está en su cuarto leyendo ni tampoco es un chico cualquiera. Es un prisionero.

Está tan acostumbrado a escuchar las pisadas de los guardias que casi ni las oye. Eso sí, ha aprendido a distinguir si están o no nerviosos. Ahora es capaz de notar cómo se mueven por el piso de abajo y también de apreciar que se han relajado. Quizá es porque ya llevan varias semanas vigilándolo y saben que les ha dado pocos problemas. O puede que sea porque el chico no deja de leer… y eso no debería ser peligroso, ¿verdad?

—El talentum de la mente hace que necesite leer —les dijo según llegó.

Lo observaron con sorpresa, pero al final accedieron.

Tal vez piensan que no puede haber nada malo en que un estudiante de trece años se pase los días leyendo, por mucho que ese sea su talentum. Es como si se preguntaran en qué momento el chico al que custodian va a dejar de parecer un inocente estudiante para convertirse en la amenaza que todos dicen que es, pero no terminaran de creérselo.

—¿Pensáis tenerme aquí encerrado todo el verano o qué? —preguntó Kai intentando sacar algo de información.

Los vigilantes se miraron entre sí, pero no respondieron. Eso le animó a intentar algo. Kai está aprendiendo poco a poco que, si escucha con atención, su intuición rara vez se equivoca.

Los que le vigilan son cuatro y visten de negro, lo cual seguramente no sea muy original para un cuerpo de guardia, pero no va a ser Kai quien se lo diga. Muchos de los maestros del Liceo también visten de negro siempre, pero no se parecen en nada a ellos.

Por supuesto, los guardias no le han mostrado sus propios talentum, porque, evidentemente, ellos también han tomado sus precauciones.

Se levanta despacio de la cama. Sabe que si anda con cuidado no lo oirán. Ha cortado un poco la mecha de la vela para que la llama sea pequeñita y no se aprecie por la rendija de la puerta.

No hará nada prohibido.

Tiene pluma y tinta porque las ha robado. Vuelve a escuchar. Incluso las voces de sus vigilantes se han apagado abajo. Uno de ellos suele quedarse dormido encima de la cómoda del rincón. El otro se irá a dormir dentro de poco; y por suerte, suele dormir en el piso inferior. Por eso ha escogido comenzar a escribir esta noche. Estos dos no acostumbran a aparecer por la planta de arriba, así que tendrá la calma que necesita.

Gira la pluma entre sus dedos. Las palabras de Oliver, su profesor, le vienen a la cabeza, al igual que acude el olor de los libros antiguos de la biblioteca. Últimamente piensa mucho en ello:

«Es necesario saber de dónde venimos, Kai. El pasado forma parte del talentum del sentido, porque es igual de importante que el futuro. No lo olvides».

«¿Importante para qué?», le había preguntado Kai. Él siempre había querido olvidar de dónde venía. ¿Por qué iba a querer recordar lo que hubo antes del lugar que tanto adoraba?

«Para conocernos a nosotros mismos. ¿No es eso lo que intentamos todos? ¿Que se sepa de qué somos capaces? Solemos querer mirar hacia delante, controlar lo que ocurrirá. Pero a veces se trata de darle sentido a las cosas que ya nos han pasado para poder controlar así las que todavía no sucedieron».

Siempre hablaba así, con frases profundas que su alumno en ocasiones no entendía demasiado bien, aunque ha aprendido que solía tener razón, al menos en las cosas importantes. Kai tenía que reconocer que, la mayoría de las veces, ese estilo tan críptico le generaba rabia y frustración a partes iguales. Pero también debía admitir que estos días, encerrado en aquella casa, hasta lo echaba de menos. En las últimas semanas, le ha dado muchas vueltas a todo lo ocurrido. ¿Cómo puede comenzar a contar todo lo que ha sucedido en tan solo un año? ¿Cómo puede trasladarlo de la mente al papel?

Claro está que él lo recuerda perfectamente. No es eso lo que le preocupa. Su memoria nunca ha sido un problema; todo lo contrario. Los recuerdos no le abandonan jamás.

Se concentra. Siente cómo, dentro de él, su talentum se prepara, afrontando el nuevo reto que le ofrece. Es un sentimiento parecido al que experimentaba cuando memorizaba páginas enteras de libros en la biblioteca sin saber todavía que aquello que le pasaba a él no le sucedía a todo el mundo. O cuando en clase resolvía los acertijos más difíciles en cuestión de segundos. En las clases antes de ir al Liceo, obviamente. Antes de saber siquiera que el Liceo existía.

Por primera vez desde que acabó el curso en el Liceo y se lo llevaron prisionero a aquella casa, va a desear que esta noche sea larga. Y es que Kai tiene muchas preguntas que resolver. Y demasiado que contar.

Ilustración de un libro abierto

Capítulo 1

(Un año antes…)

Estaba seguro de que en aquella ocasión el castigo era injusto. Otras veces lo había asumido sin muchos problemas, porque él sabía perfectamente cuándo hacía algo mal. Pero ¿aquella mañana? Ni hablar. Se habían pasado. Pensaba dejarlo muy claro en cuanto alguien volviera a entrar por la puerta.

Por desgracia, Kai conocía demasiado bien el desván del orfanato. Cada vez que uno de los niños desobedecía o hacía alguna travesura, los cuidadores lo mandaban allí sin miramientos y le prohibían salir durante uno o dos días. Le llevaban comida y le dejaban tener los libros de estudio y los deberes, pero poco más.

Aquella era la habitación más sosa del mundo: una cama pequeña de madera con sábanas desgastadas, cortinas lisas tapando la única ventana y ningún otro mueble salvo una mesilla de noche con una vela encima y una banqueta. El suelo estaba siempre frío, y el único pasatiempo era contar las grietas de pintura de las paredes (dieciséis) o las vigas recubiertas de madera del techo inclinado (trece).

Kai había pasado tanto tiempo en ese cuarto que ya nada podía entretenerlo.

No es que el resto de las habitaciones del orfanato fueran una maravilla —por algo era un orfanato—, pero en las otras al menos había baúles con juguetes de madera desgastados por la cantidad de niños que los habían cogido y alguna que otra pelota. A sus doce años, Kai ya era demasiado mayor como para que le entretuvieran, pero su mejor amiga Ava todavía era pequeña. Y jugar con ella sí que le gustaba.

Se tiró sobre la cama, enfadado con el mundo, pero, sobre todo, consigo mismo. Un día entero de castigo era un día que Ava pasaba sola.

«Espero que esté bien…», pensó.

Ava tenía ocho años y hacía tres que había aparecido por el orfanato. A diferencia de Kai, ella sí que había conocido a sus padres. La abandonaron en cuanto los médicos les dijeron que sus problemas de visión no tenían cura y que seguramente, para cuando llegara a la adolescencia, ya estaría totalmente ciega. Ava casi nunca hablaba de sus padres, y nadie sabía nada de ellos, ni siquiera si vivían en la misma ciudad o eran de muy lejos. Aunque eso no importaba mucho, porque jamás habían vuelto a preocuparse por su hija.

Kai, que no se llevaba bien con ninguno de los otros niños, le había cogido cariño a Ava en muy poco tiempo. La ayudaba en todo lo que necesitaba, por la noche le leía sus historias favoritas en voz alta, y juntos soñaban con descubrir que los talenti existían de verdad y que ellos, dos talenti con dones extraordinarios, serían capaces de cruzar cualquier frontera y descubrir nuevos mundos. Kai siempre le seguía la corriente a Ava en aquellas ensoñaciones, por mucho que las historias acerca de los talenti fueran solo habladurías y cuentos para asustar a los niños, como las de los fantasmas o los monstruos de debajo de la cama.

Pero podía fingir un rato por la niña. Si a Kai le preguntaban, para él Ava, con su voz dulce y su incapacidad para enfadarse incluso con quienes la trataban fatal, era la persona más especial del mundo.

La tarde anterior, mientras llevaban a cabo las tareas de limpieza que los encargados del orfanato les obligaban a realizar, uno de los chicos más mayores había comenzado a quejarse en voz baja porque la niña no estaba limpiando. Ava lo había ignorado pacíficamente, como siempre, pero Kai empezó a mirarlo mal. Y de repente, el muchacho se puso frente a Ava y comenzó a agitar un trapo sucio frente a su rostro. Los ojos de ella, por supuesto, no podían enfocar el objeto del todo. Lo máximo que debía de estar viendo era una sombra muy borrosa que se movía ante ella.

—¿Qué pasa? ¿No sabes lo que tienes delante? —se burló el chico—. ¡A lo mejor es la merienda!

Ava intentó agarrar lo que fuera que tuviese delante y, claro está, el muchacho se lo apartó rápidamente. Ella era demasiado inocente y siempre caía en aquellas artimañas. Comenzó a mover las manos a su alrededor, casi como si estuviera cazando algún insecto invisible. Varios chicos de la estancia se unieron a la burla y empezaron a imitarla. Y en ese momento Kai ya no pudo esconder más su enfado.

Estuvo a punto de tirarle un cubo de agua sucia por la cabeza al chico del trapo, pero justo entonces pasó cerca uno de los vigilantes del orfanato. De pronto, todos los niños volvieron a sus tareas más callados que nunca. Kai aprovechó la calma para ayudar a Ava a sentarse de nuevo, lanzó una mirada envenenada al resto de sus compañeros y decidió no dejar pasar por alto lo ocurrido.

Aprenderían de una vez por todas que nadie se metía con su amiga.

Absolutamente nadie.

Así que no, no se arrepentía ni un poquito de lo que había hecho aquella mañana. El otro chico se lo había ganado a pulso. De lo que sí se arrepentía era de que lo hubieran pillado.

Llamaron a la puerta. Se sobresaltó. No había ningún reloj en el desván, pero estaba seguro de que aún no era la hora de la comida. Se levantó de la cama justo a tiempo, antes de que la puerta se abriera y entraran dos personas. Una era su cuidadora favorita, Esme. Al otro no lo había visto jamás.

Le llamó la atención la actitud nerviosa de Esme. Normalmente, era la única cuidadora que tenía paciencia con él, pero en aquel momento parecía angustiada.

—Kai. —A este le molestó un poco que Esme no le diera uno de sus abrazos, para qué mentir. No lo reconocería nunca, pero le gustaban sus muestras de cariño—. Este es el señor Foster.

—Oliver, por favor—sonrió el desconocido. Era un hombre joven pelirrojo y vestía prendas elegantes. Tenía una voz amable, aunque había algo en él que a Kai no le terminaba de encajar.

—Hemos estado hablando con la directora —continuó Esme—. Kai, Oliver está muy interesado en… bueno, en llevarte con él. En adoptarte.

Esme pronunció esta última palabra como si fuera la cosa más extraña que hubiera dicho en su vida; y Kai no podía culparla por ello.

Nada más escucharlo pensó que sin duda era una broma. Pero después, a juzgar por la expresión de la cuidadora, no tuvo más remedio que creérselo un poco.

—¿Adoptarme? —preguntó con incredulidad—. ¿A mí?

Desde luego, en aquel orfanato entraban muchos más chicos y chicas de los que salían adoptados. Y los casos de adopción siempre eran iguales: venía alguna pareja rica que quería tener hijos, pero no podía, y solo pedía ver a los niños más pequeños. Los de su edad no le interesaban nunca a nadie y, si por casualidad alguien hubiera querido adoptar a un muchacho de doce años, Kai habría sido la última de sus elecciones.

Sin embargo, el tal Oliver lo seguía mirando con una amplia sonrisa. De hecho, sonreía tanto que resultaba algo inquietante.

—¿Así que esta es la habitación de los castigos? —preguntó en tono burlón.

Esme se revolvió, incómoda:

—Bueno, como la directora le ha explicado…

—… la conducta de Kai no ha sido ejemplar. Sí, lo entiendo. Aunque de donde yo vengo no se encierra a los estudiantes por portarse mal. —Pareció reírse de una broma que solo él entendía—. ¿Le importa dejarnos a solas un momento? Quiero explicarle bien al chico quién soy y cuáles son mis condiciones para sacarlo de aquí.

Esme dudó unos segundos. Pero había algo en Oliver y en su amabilidad que hacían que fuera difícil negarle nada, así que cerró la puerta a su espalda.

Kai se quedó mirando hacia donde solo unos instantes antes había estado la cuidadora, cuyos pasos ahora oía bajando la escalera y alejándose. Le parecía fatal que lo abandonara así. ¿Y si el hombre resultaba ser un secuestrador de niños? ¿O un asesino en serie? Ese chaleco de persona rica le parecía sospechoso. Seguro que guardaba un cuchillo en alguno de los bolsillos.

Sin perder la sonrisa, Oliver se sentó en el borde de la cama y extendió la mano, indicándole a Kai que hiciera lo mismo. Quedaron cara a cara: el hombre en una postura elegante; el muchacho con las piernas cruzadas y el ceño un poco fruncido.

—¿A qué ha venido?—dijo Kai de buenas a primeras—. No me creo eso de que me vaya a adoptar.

A Oliver no pareció molestarle su impertinencia.

—Oh, menos mal. Porque no pienso hacerlo. Y no me trates de usted, por favor. Los estudiantes nunca lo hacen.

No tenía ni idea de a qué se refería con esto último, pero no pensaba preguntar. Había cosas más importantes. Cosas que, de hecho, le molestaban.

—Pues entonces no deberías ir diciéndole a la directora y a Esme o a quien sea que sí que me vas a sacar de aquí. Ellos estarán encantados pensando que tienen una oportunidad de perderme de vista y… bueno, yo no, pero hay otros que podrían haberse hecho ilusiones. Todos los niños desean salir de este lugar, ¿entiendes? —al decirlo, Kai pensaba en Ava. Le habría roto el corazón hacerse a la idea de que alguien la podía querer como su hija y luego descubrir que era mentira.

Oliver negó con la cabeza.

—Efectivamente, no voy a adoptarte, pero eso no significa que no vaya a sacarte de aquí —aclaró, despacio. Y luego hizo una pregunta muy desconcertante—: ¿Qué sabes de los talenti?

Kai resopló.

—¿En serio me estás preguntando sobre los talenti? —dijo, pensando que se trataba de una broma de mal gusto, aunque Oliver siguiera sonriendo como si nada—. Sé lo mismo que todo el mundo. Que hace miles de años se llevaban a los niños para convertirlos en monstruos. Que tenían poderes horribles y siempre aparecían el séptimo día del séptimo mes buscando niños. Cuentos de buenas noches, básicamente.

Lo dijo con un tono de burla. Pero, en parte, mentía.

—Quizá hemos empezado con mal pie —dijo Oliver amistosamente. A Kai le estaba empezando a poner un poco nervioso aquella ligereza suya, pero no tuvo tiempo de contestar—. Mi nombre es Oliver Foster, eso sí es cierto… y soy profesor de uno de los Liceo Septem, las escuelas del mundo de los talenti. He venido porque es hora de que vuelvas a casa, Kai.

Capítulo 2

Kai se echó a reír.

—Sí, claro. Buen cuento.

Pero Oliver lo miró muy serio.

De pronto, los sonidos de los niños jugando fuera, de los trabajadores del orfanato en la planta de abajo e incluso el de su propia respiración se detuvieron. Kai se quedó absorto escuchando las palabras de aquel hombre tan extraño que seguía hablando:

—¿Necesitas pruebas? Está bien. Un desconocido que dijo haberte encontrado abandonado en un bosque cercano a la ciudad te trajo hasta el orfanato en una no

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