Correspondencia

Fragmento

Introducción. La esperanza y el goce del correo

Introducción

La esperanza y el goce del correo

José Donoso y Carlos Fuentes reviven a través de este libro una conversación apasionante. En una primera instancia la reacción puede ser de sorpresa, ya que es difícil imaginar dos figuras más contrapuestas: uno tan mundano y el otro tan retraído. Mientras Fuentes recorría el mundo como un gran seductor intelectual y amoroso, el escritor chileno permanecía refugiado en la suspicacia y los temores; el seguro paso de Fuentes en la esfera pública y en el mundo político era en Donoso un vacilante trastabilleo. Donoso vive apegado a sus monstruos, escarbando en sus recurrentes miedos y apegado a sus fantasmas, mientras Fuentes en forma desbordada escribe, publica, da conferencias, hace teatro, cine, polemiza e interviene en el debate político. Son, para recurrir a Isaiah Berlin, un erizo y un zorro. Y sin embargo entablaron una entrañable relación. «¡Oye! ¡Cómo tenemos cosas que conversar», escribe Fuentes en 1966. «Te juro que eres la única persona con que quiero y puedo hablar», afirma Donoso en una carta de 1969. Vivieron, sobre todo durante la década del sesenta, en una cofradía de lecturas, una constante comunidad de colaboración y tráfico de chismes.

¿Fueron colegas? ¿Aliados? ¿Compadres? Una amalgama de todo eso, una relación fluida y compleja a la vez, problematizada más de parte del nocturno Donoso que del transparente Fuentes. En su notable crónica «El Boom doméstico», María Pilar Donoso dice con cierto pesar que su esposo y Fuentes «no vivieron nunca tanto tiempo cerca, en el mismo lugar ni en la misma ciudad», y eso la lleva a enfatizar que «verdadera amistad, con profundo cariño, reconocimiento y admiración era la que unía entonces a Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez». La comparación omite añadir lo más importante de la relación Donoso-Fuentes: que nada logró enemistarlos a pesar de sus muchas diferencias, y la distancia geográfica que hubo entre ellos no impidió que se mantuvieran en contacto por más de treinta años (1962-1995), con una frecuencia dispar naturalmente, como se evidencia en esta correspondencia, acaso la más prolífica que se conozca entre dos novelistas de esa promoción, la del Boom de la novela latinoamericana.

Fuentes puede ser considerado uno de los fundadores del Boom con la extraordinaria y a veces escandalosa recepción de sus novelas entre 1958 y 1962 —de La región más transparente a La muerte de Artemio Cruz y Aura—. Dos años después, él mismo identificó sus novelas como parte de un fenómeno, un conjunto mayor de libros y autores latinoamericanos que bautizó en un ensayo como «la nueva novela latinoamericana» (nombre alterno que tuvo el Boom hasta que el propio Fuentes lo olvidó). La introducción de Las cartas del Boom1 recurre a un símil musical planteando que se trató de una orquesta de solistas, dentro de la cual casi al mismo tiempo se formó un cuarteto extraoficial por afinidades de temperamento, ideas y ambiciones, integrado por Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Fuentes, que luego Ángel Rama satirizaría como los miembros «en propiedad» del más exclusivo club literario de nuestro continente. Esto, que puede comprobarse de modo flagrante en dicho epistolario, fue anunciado por primera vez sin eufemismos ni reservas —de un modo a ratos provocador— en un libro capital de José Donoso, Historia personal del «boom».

Allí, Donoso identificó al cuarteto como «el cogollito», el gratin, que «como supuestos capos de mafia eran y siguen siendo los más exageradamente alabados y los más exageradamente criticados». El señalar con el dedo lo que hasta entonces era evidente pero que no había sido pormenorizado convirtió automáticamente a Donoso en el «quinto miembro» —a la manera en que, durante la misma década, se jugaba a identificar quién era el «quinto Beatle»—, cuando la realidad era simplemente que el Boom constaba de diversos autores junto a —no después de— ese cuarteto, ordenados por cada quien desde entonces según preferencias de cercanía geográfica, gusto literario, tendencia ideológica, intereses académicos, entre otros. La lista es larga y, como ocurre cuando los buenos libros conquistan lectores, con el paso del tiempo —las décadas— ha habido más de una ampliación retrospectiva de quiénes formaron parte del Boom. Estuviesen a favor o en contra en su momento, hay autores que hoy están dentro indudablemente —como un «vampiro multinacional» (Cortázar dixit) que lo asimila todo, o como se decía del PRI en México, que no necesitaba atacar a sus enemigos porque era más provechoso pasarlos a sus filas—: la mexicana Elena Garro, que publicó en México durante los primeros años del Boom, y la colombiana Albalucía Ángel, que publicó durante los últimos en Barcelona; el cubano Guillermo Cabrera Infante, el mayor impugnador de la Revolución cubana, y el uruguayo Mario Benedetti, defensor de esta en las verdes y las maduras; el bestseller y candidato al Nobel Jorge Amado y la afamada de manera póstuma y estratosférica Clarice Lispector; el paraguayo Augusto Roa Bastos, que escribió una obra maestra «antes» del Boom (Hijo de hombre, en 1960) y otra «después» (Yo el Supremo, 1974); el poeta José Emilio Pacheco, que incursionó en la novela con genio (Morirás lejos, 1967); Alfredo Bryce Echenique, que con Un mundo para Julius compitió con El obsceno pájaro de la noche por el malogrado Premio Seix Barral en 1970, y la crítica de arte Marta Traba, cuya novela Las ceremonias del verano mereció el premio mayor de Casa de las Américas. Podría continuarse con Lezama Lima, Guimarães Rosa... Estos nombres son, apenas, un botón de muestra de aquella época de una fecundidad incomparable. Unos más y unos menos, todos tuvieron una presencia en la década de los sesenta y son apreciados hoy como autores de la época del Boom. En vida, la reunión física de unos autores con otros se tornaba a menudo imposible; más allá de sus vidas, sus libros dialogan entre ellos, a veces con ferocidad pero siempre con provecho. En algunos casos, como en el de Donoso y Fuentes, nos queda además una variante singular, la complejidad de su amistad narrada en esta correspondencia.

Si ahondamos en la idea del Boom como una orquesta, Donoso se convirtió en el solista freelance por antonomasia, capaz de tocar con los demás pero, de preferencia, por su cuenta. Es verdad que, tras Historia personal del «boom», su interés en los demás siguió manifestándose en artículos periodísticos y, sobre todo, en las líneas argumentales de sus novelas: en El jardín de al lado (1981), donde un exiliado chileno desea alcanzar con una primera novela la posición de éxito de los escritores del Boom, en especial la del ficticio Marcelo Chiriboga; en Donde van a morir los elefantes (1995), con un profesor chileno que hace carrera en la academia estadounidense como especialista en la obra de Chiriboga, convertido en epítome del Boom. Pero como prefería a menudo andar por su cuenta, podríamos empezar con el asombro de que haya hecho su obra fundamentalmente desde los alrededores de los epicentros culturales: Santiago no era la Ciudad de México de Fuentes, Iowa no era Nueva York, y sus sucesivas residencias en España (Mallorca, Calaceite, Sitges) eran sitios vacacionales sin movimiento cultural alguno; la asociación misma que se hace de él con Barcelona mantiene esa constante: a diferencia de los otros protagonistas del Boom, vivió en la periferia de la Ciudad Condal, en el barrio de Vallvidrera. «El chileno es, en muchos sentidos, el personaje más trágico del boom [...] fue el único de los grandes de la época que vivió en el extrarradio [...] Un gigante incómodo en la soledad de no llegar nunca al lugar adecuado», comenta Xavi Ayén.2 En apariencia, esas decisiones obedecían a razones económicas, pero hay que tener presente sus frecuentes declaraciones sobre la soledad buscada tanto como aborrecida, expresadas en público como en la más recóndita privacidad de sus Diarios tempranos (2016) y, sobre todo, sus Diarios centrales (2023).

Durante la etapa en que escribe Historia personal del «boom» (1972), apunta en los Diarios centrales una fascinante categorización de «marginales» y «marginados» que no llegó a aparecer en aquel libro (6 de agosto de 1971). Entre los que considera marginados de la época crucifica a Sabato y Cabrera Infante; entre los marginales, a Onetti y Juan Rulfo. En una categoría aparte coloca a «los viejos» como Borges y Carpentier. ¿En qué parte del mapa situar a Donoso? Sus diarios y correspondencia lo muestran capaz de reclamar una triple corona, compleja como las que adornan la figura del bibliotecario de Arcimboldo: 1) en la década del sesenta, padecía como un marginado de las circunstancias; 2) en la del setenta, obtuvo plaza como miembro clave del Boom; y 3) entrando y saliendo del centro, durante toda su vida, fue por vocación un marginal. Esas facetas se desenvuelven a plenitud en sus cartas con Fuentes, donde este ejerce de consejero para hacerse traducir, pararrayos contra sus críticos, Virgilio en el mundo literario internacional, paño de lágrimas ante los reveses, propagandista empeñoso de sus triunfos... Los roles de Fuentes se entienden con facilidad: fue protagonista indiscutido del Boom y naturalmente de Historia personal del «boom», así como una de las presencias más recurrentes de los Diarios centrales de Donoso. El caso del chileno, en cambio, fue menos fácil y triunfal.

Se podría echar mano a Borges como punto de comparación: un solitario que se permitió un único dueto de modo constante, el que tuvo con Adolfo Bioy Casares. Donoso no se lo permitió en realidad con nadie, salvo por experiencias puntuales de cine y teatro, pero podríamos aventurar que su relación con Fuentes fue lo más cerca que estuvo de una comunión literaria parecida. Se lo dicen entre ellos de modo explícito, así no fuese al mismo tiempo. Donoso, cuando acaba de conocerlo: «María Pilar dice que haberte conocido es lo mejor que me ha pasado después de haberla conocido a ella. Me inclino a estar de acuerdo».3 Fuentes, cuando está por cumplir cincuenta años y llevan quince años de intercambios: «No necesito decirte a cada rato que considero nuestra amistad como una de las relaciones más valiosas de mi vida».4

Cuando Donoso publicó El obsceno pájaro de la noche (1970), se le consideró de inmediato su novela canónica, la más ambiciosa en visión y en volumen de cuantas había hecho. Se integraba, en resumen, a otras novelas representativas del Boom de años anteriores (las publicadas entre 1962 y el clímax de 1967 con Cien años de soledad). Son esos años de distancia entre estas y la de Donoso lo que ayuda a explicar su ausencia en algunas publicaciones clave del periodo: Los nuestros (1966), de Luis Harss, lo descartó —Harss escribió a Fuentes para agradecerle de todos modos esa recomendación—; La nueva novela hispanoamericana (1969), de Fuentes, lo redujo a una mención al paso, privilegiando una novela de 1966 de Juan Goytisolo —Señas de identidad—, y aun otra por aparecer de este mismo —Don Julián—; y Retratos y autorretratos (1973), de Sara Facio y Alicia D’Amico, no lo encontró en ninguna de las metrópolis por donde pescaron a sus fotografiados —este último libro, menos difundido y reeditado que los otros, es llamado por Fuentes «el libro integral de los novelistas latinoamericanos»,5 sin saber que su amigo no sería incluido—. Fuentes era fácil de ubicar porque estuvo donde había que estar si se quería participar del movimiento cultural de los años sesenta: México, París, Londres, Roma, Nueva York.

Esa tardanza de Donoso en publicar su novela clave en el momento justo, su destiempo, propició que Fuentes lo felicitara al terminar El obsceno pájaro de un modo revelador, como si iniciara un nuevo Boom: «Según todos los rumores, tú inauguras, and how! wow! el Boom de los setenta. So you have written a blockbuster, Magister?».6 La novela fue un blockbuster, en efecto, pero puesto que el pronosticado «nuevo» Boom no existió, Donoso se mantuvo apegado a los últimos coletazos del fenómeno de los sesenta. Si la tesis explícita de Historia personal del «boom» era que Fuentes ejerció de profeta y agonista del Boom, la implícita dejaba claro que Donoso era su heraldo, cada uno en las dos puntas, uno en el comienzo y el otro en el posible final.7 Nadie como Donoso se esforzó tanto por pertenecer a la élite de la narrativa latinoamericana, con éxito tan rotundo que El obsceno pájaro de la noche e Historia personal del «boom» siguen siendo libros de cabecera en la bibliografía de este fenómeno. Al mismo tiempo, nadie como Donoso se esforzó tanto, después de esos libros, en separarse del Boom. La correspondencia entre él y Fuentes cuenta esos dos momentos de cercanía y distancia: acompaña a la Historia personal... como una historia interpersonal del Boom, se vuelve su media naranja sin los baches de la memoria —las cartas fueron escritas «en tiempo real»—, y el resto de la historia cuando ambos autores son ya generales sobrevivientes, veteranos del fenómeno.

Una broma frecuente sobre el inicio del Boom dice que este empezó con una llamada telefónica de Fuentes a Donoso. El primero anunció al segundo que su novela Coronación iba a ser traducida al inglés y con el «boom» que hizo Donoso al caer desmayado al piso de la impresión empezó el fenómeno.

La realidad es menos espontánea y más tributaria al trabajo constante de ambos. Carlos Franz ha contado que Donoso citaba una frase atribuida a Pierre Curie: «La asimetría crea el fenómeno». En este caso, la asimetría aporta mucho del atractivo dramático a las cartas de Donoso y Fuentes entre 1962 y 1970, ocasionada por la disparidad en el éxito literario de uno y otro cuando empiezan sus intercambios en 1962. En ese momento, Fuentes ya tenía por lo menos tres libros capitales que, en sus cartas, Donoso admira (La región más transparente), critica (La muerte de Artemio Cruz) y subestima (Aura). Lo que Fuentes le comparte a Donoso es la historia del día después de ese triunfo que el autor chileno tanto codiciaba. Para conseguirlo, Donoso pasa una memorable estadía en México en 1964-1965, alojado en casa de Fuentes, y escribe en ese país dos novelas, Este domingo y El lugar sin límites, publicadas en 1966. Luchaba por terminar El obsceno pájaro desde comienzos de la década pero no era un solo libro —un one-hit wonder— lo que podía insertarlo en la cresta del Boom sino un conjunto de libros valiosos como el que ahora construía —una oeuvre—. Así se lo dice a Fuentes al enviarle las novelas: «Me he liberado de esta horrible sensación de que el Pájaro es lo único mío que puede valer».8

En sus cartas, Fuentes va en línea recta como un héroe de la épica, capaz de proponer diez proyectos a la vez (literatura, cine, periodismo), sabiendo bien, sin embargo, que muchos de esos proyectos, si no todos, podían frustrarse en el camino, dudando él mismo si novelas como Zona sagrada o Cambio de piel eran comparables a su obra previa. Donoso se aferraba a unos cuantos planes y cada decepción la padecía como la mayor catástrofe (traducciones canceladas, adaptaciones al cine postergadas, anhelos de premios que jamás llegaban). Fiel a su personalidad y pese a que la fama era un objeto de deseo, se negó a transar con todos los «requerimientos» que lo hubieran integrado mejor al Boom: no pretendió tener una presencia política —ni pretendió el poder: «No tengo vocación de mártir político, como tú», le dice a Fuentes—9 en tanto sus relaciones personales con Cortázar fueron apenas cordiales, y hasta más cerca de la hostilidad, pues «no es santo de mi devoción».10 Sí tenía, en cambio, vocación de corresponsal epistolar: son numerosas las ocasiones en que anota en sus diarios su espera con ansias de la correspondencia, o bien alista la que tiene por escribir o se pregunta «¿habrá llegado el cartero?». Una pulsión a la que Fuentes no era ajeno, según cuenta Donoso: «En México, recuerdo, Carlos Fuentes y yo salíamos a la esquina de Galeana para esperar al cartero, y enloquecía esperando a cada rato, a cierta hora, escuchar el silbido con que se anunciaba en las calles próximas» (Diarios centrales, 20 de febrero de 1974).

En 1971, Fuentes se mostraba contrario a pertenecer a algo que se llamase Boom: «Rechazo esa espantosa palabra onomatopéyica; parece un pozo petrolero que estalla. Me recuerda horribles películas de Clark Gable. No sé por qué se utiliza. Lo que indica el Boom es un fenómeno comercial. Libreros y editores lo han creado».11 Esa visión iba a cambiar sobre todo a partir de la publicación de Historia personal..., ya que el Boom se convertiría en un punto de referencia en sus cartas a Donoso (Fuentes le endilga al nombre todos los prefijos y sufijos imaginables: maxi, mini, proto, infra, wake, etcétera), santo y seña de cuanto los unía, casi un título nobiliario compartido, una procedencia tan identitaria como sus años escolares en Te Grange School, donde estudiaron, o la Universidad de Princeton, donde enseñaron y a la que legaron sus papeles. Una vez abrazado en privado el término, en entrevistas y en ensayos de las décadas siguientes Fuentes lo utilizaría sin reservas: creó el término «Boomerang» para las generaciones posteriores e incluso dio nombre a lo que identificaba como una nueva encarnación de la suya propia, el «Bio Boom», es decir la escritura de autobiografías y crónicas, «las verdades de nuestras vidas, nuestras sociedades, nuestro tiempo, tal y como fueron».12 Ese ejercicio de la memoria que consideraba crucial para la narrativa latinoamericana lo practicó en la escritura de una novela —Diana o la cazadora solitaria— y en libros de ensayos como Myself with Others, Retratos en el tiempo, En esto creo y Personas. En cuanto a Donoso, el último libro que publicó en vida, Conjeturas sobre la memoria de mi tribu, fue anuncio de una importante obra autorreferencial que habría de aparecer en los años siguientes: sus artículos periodísticos reunidos en Artículos de incierta necesidad, El escribidor intruso y Diarios, ensayos, crónicas: la cocina de la escritura; la memoria familiar de su hija Pilar Donoso Correr el tupido velo; y los tomos de Diarios tempranos y Diarios centrales.

En cierto momento después de 1972 dejaron de leerse con la puntualidad maniática con que lo hacían en la década anterior. Se había terminado la búsqueda, el ascenso, la siembra, y cada cual evitaba, por su cuenta y ya no de la mano, el descenso.13 Su epistolario se torna a ratos una mesa de partes en que se notifican mudanzas, se dan algunas noticias y se envían parabienes. Los años otoñales los enfrentaba a un desafío común: ¿qué hacer después de la serie de libros cruciales, culmen de su talento, de los años del Boom? Se lo preguntaba Fuentes de otro modo a Donoso: «¿Qué es lo que no se puede decir, qué es lo que solo se puede decir? Te leo y creo que vamos a llegar a un despojo creativo final, como el de Milan Kundera en El libro de la risa y el olvido: lo huelo en ti, lo espero».14

Pese a la efervescencia política de los sesenta y los trágicos sucesos de los setenta en Latinoamérica, la política asoma poco en estas cartas, es más bien un ruido de fondo. Donoso no es un animal político, y acaso en sus diarios y cartas prefirió no dejar mensajes a la posteridad, ajenos a su carácter. Tiene claro, en cambio, que Fuentes se desenvuelve en la arena política con soltura e inteligencia. Le escribe en un momento: «Ya te había dicho que algún día llegarías a presidente de México. Eso fue antaño, cuando te conocí en Concepción, y lo sigo pensando: te doy dos elecciones más, a lo sumo tres».15 Sus conversaciones, por tanto, no eran discusiones ideológicas ni históricas, sino eminentemente personales y literarias. Donoso fue siempre el primero en reconocer su «tibieza política», algo que marcó una de las diferencias determinantes con «el cogollito» del Boom, como se ha dicho.

Durante los setenta, Luis Buñuel aparece con frecuencia en el epistolario. Sufriendo lo indecible ante la esperanza de que el cineasta haga la tantas veces anunciada y postergada adaptación de El lugar sin límites, Donoso le pide a Fuentes ayuda y consejos majaderamente. Lo cierto es que el español es protagonista en la vida de ambos corresponsales en esta época y, de hecho, hizo promesas a los dos más de una vez, pero lo que para Fuentes fue otro día en la oficina, para Donoso fue «la mayor desilusión de mi vida», como dramatizó en la crónica que escribió al morir Buñuel en 1983.16

Una presencia apaciguadora en la vida de ambos es la de Carmen Balcells, aunque su relativa ausencia de las cartas se explica porque en estos años ya no hablaban de negocios como en los años sesenta, cuando tenían a otro agente, Carl Brandt. Es cierto que otra historia cuentan los diarios de Donoso, que a veces parecen un libro de contabilidad, con rezos a Papá Noel alias Mamá Grande Balcells; ni siquiera financieramente dejó en esos diarios de compararse con Fuentes, como en la entrada en la que cu

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