Índice
Prólogo de Guillermo Fadanelli
I
1. El taller literario de Juan José Arreola
2. El Centro Mexicano de Escritores
II
3. Lolita, Nabokov y los exilios
4. J. D. Salinger o el suicidio en abonos
5. El asesino de Sherlock Holmes
6. Los beats y la noche mexicana
7. Las estrellas, mi destino
8. Los cuentos de Philip K. Dick
9. Forever Jung
III
10. Cuarenta años de Gazapo
11. Los relatos breves de José Revueltas
Prólogo EN BUSCA DE LA EXPERIENCIA SIMBÓLICA
Es una costumbre arraigada, en mi caso, evitar leer las introducciones o los prólogos de cualquier clase de libro. Una honrada justificación me acompañó durante mucho tiempo en este acto de aparente holgazanería. Deseaba evitarme preámbulos y entrar cuanto antes a la batalla de la lectura con el propósito de enfrentar, o más bien descubrir, armado de mis propios prejuicios, sumados a la razón indomable del gusto, el contenido de la imaginación extraña o emanada de quién sabe qué mentes desconocidas. Todos los escritores somos una isla. Jamás leo por entretenimiento ya que un murmullo inconsciente me dice que estoy perdiendo un tiempo de por sí ya extraviado. Los años mermaron mis salvajes deseos de autonomía y, en el andar de los años recientes, traicioné ese desplante romántico al convertirlo en cenizas volcánicas y ceñirme, según el peso específico del prólogo, a una lectura exhaustiva del libro: leía desde la hoja legal hasta el último y remoto punto de la última página. A fin de cuentas hacer antesala al contenido puro de una obra ya no me decepcionaba, siempre y cuando esta se presentara cómoda o confortable. De lo contrario, si el prólogo estaba mal escrito lo despreciaba para volver y acudir a los viejos hábitos que, bien mirados, jamás me han causado siquiera alguna llana vergüenza. Es posible que existan personas cuyo capital o riqueza consista tan sólo en abrevar de su viejos hábitos o manías.
Es probable que José Agustín consintiera en mis palabras puesto que, en su constante acoso a la autenticidad, hallaba o creaba una íntima confabulación entre sus escritores predilectos, sus obras fraternales y un entusiasmo que opacaba a los pesimismos o nihilismos más imponentes o brutales. Vuelo sobre las profundidades nos relata la experiencia literaria y personal de un escritor que se empeñó en la intimidación a los cánones, en la exploración de atmósferas alternativas a las comunes y en la nítida y torrencial narración de la vivencia. A la par de esta vivencia primitiva, de la búsqueda de túneles hacia realidades menos ruines o pacatas, se valió de la literatura para dar lugar a un bosque narrativo profuso y heterogéneo, pero siempre legítimo incluso en sus fobias o contrariedades. El malentendido común reza que José Agustín fue un rebelde entregado a los cánones de sus vísceras, pero tal bosquejo no es más que un ardid mitológico: su rebeldía es explícita y veraz, pero en las crónicas biográficas y entrelazadas que vienen a continuación, su erudición o, más bien, el conocimiento de sus impulsos literarios y de la obra de sus héroes estéticos y morales, desmienten el entuerto romántico que alrededor de la vitalidad de su narrativa han creado los sacerdotes o las almas ingenuas y hambrientas de rumores.
En este libro habrá que abandonar los templos creados por el trazo desbocado. Los avatares de un escritor joven que encuentra en Juan José Arreola a un muro perverso y a un río caudaloso al mismo tiempo, son narrados por José Agustín más allá de cualquier retórica veneración: “al hablar desperdiciaba la creatividad”, escribe acerca de Arreola cuando este llevaba la batuta en su taller literario. Al viejo de terca cabellera e internado en el placer de los vinos y de la vocinglería erudita lo impresionó La tumba, y se inclinó por su publicación; el joven José Agustín se sorprendió, aceptó el halago y enardeció su escritura. No es un dislate sugerir que los talleres literarios son centros de amansamiento, de educación narrativa, pero también agencias de colocación. Las experiencias relatadas por José Agustín en su asistencia a diversos talleres literarios, cuando siendo joven acudió y solicitó becas en el Centro Mexicano de Escritores (fundado por Margaret Shedd y Alfonso Reyes, en 1951) desfilan aprisa de una manera tan a flor de piel y ausente de rencores fatales, que quienes luchan por el reconocimiento y la aceptación podrían ruborizarse. Esto último no exilia el reproche, la crítica o el escarnio. ¿Quién no se enferma cuando le niegan una beca que respaldará sus vocaciones? Es posible que un lector joven no reconozca los nombres o los libros de varios escritores mexicanos que le hicieron la vida nublada o ligera a nuestro escritor, pero comprenderán, hoy más que antes, lo difícil y arduo que resulta abrir un escueto sendero para transitar por la literatura en México. Al final de la lectura de este relato biográfico o suma de ensayos, y sostenido en el rigor referencial y en el afable y espontáneo estilo de José Agustín, uno se entromete dentro del avispero de una familia literaria que concede honores o veta impunemente obras de calidad. Yo, y lamento ser un meteco en este breve prólogo, solicité varias veces esa beca, la que otorgaba el Centro Mexicano de Escritores, la cual me fue negada en cuatro ocasiones, como marcan los cánones si se quiere apuntalar el genuino deseo de ser escritor. Para mi bienaventuranza una mujer me mantenía y depositaba las más necesarias y modestas viandas en la mesa.
Sobresale un hilo pervertido e inevitable que enlaza a los autores de quienes José Agustín escribe en Vuelo sobre las profundidades. En todos ellos florece ese impulso de realismo vivencial que se opone a las costumbres de la inmovilidad y la gazmoñería y que camina en sentido contrario a los caminos de una prudencia que lleva a la inanidad creativa. Ese hilo estético relaciona a J.D. Salinger, José Revueltas, Gustavo Sainz, la generación Beat y su romance con México, o a Carl Gustav Jung con libros como Lolita, de Vladimir Nabokov, o Farabeuf, de Salvador Elizondo. Incluso esa cínica tentación de ir a la contra pertrechado de sapiencia, información profusa y admiración, esa inclinación hacia la exploración del alma, de la filosofía implícita en las especulaciones acerca de la identidad y las mitologías orientales, lo aproximan a la ciencia ficción, en especial a Alfred Bester y a Philip K. Dick, a quien José Agustín describe como un borderline. “¿Qué es lo humano y quién lo simula?”, se pregunta José Agustín, en vista de que una ciencia ficción poseedora de un valor de mayor envergadura es un serio juego alrededor de lo posible, de aquello que puede ser real a partir de ser pensado, y de una obsesión escéptica sobre la clase de entidad que es el ser humano. La experiencia que le dictó la lectura de sus autores preferidos la encontrarán expresada aquí en un tono cordial, amigable y fortalecido por referencias exhaustivas y pertinentes, según el caso. Se revela en este libro un deseo de invitación y confidencia que no habría que desperdiciar por tratarse del autor de perfil y Se está haciendo tarde (final en laguna), obras que yo he leído varias veces para reconocer al joven que fui o he sido, al tiempo de reafirmar la certeza y fortuna de mis elecciones.
El indomable y mal encarado crítico literario, Edmund Wilson, quien desdeñaba a Kafka y disputó con Henry Miller y Vladimir Nabokov (el encono lo cita José Agustín) a causa de su Lolita,