1
«Pobre, pobre Destrel». Incluso Cyra le reconocía haber sido hermosa. O haber domado su aspecto hasta conseguirlo, igual que ella había entrenado cada día para ser fuerte. Pero los polvos y cremas con los que su hermana se maquillaba por las mañanas ya no bastaban para esconder del todo una piel que había perdido su color. Como si le hubieran drenado la sangre, aunque no se le viera ninguna herida.
Destrel parecía otra persona, no solo por la palidez. Su expresión se había vuelto más dura; su voz, más crispada; su sonrisa, más afilada. Intentaba ocultarlo igual que siempre había hecho, pero los nervios la traicionaban. «Pobre, pobre Destrel», pensaba Cyra, y una mueca burlona y cruel se le dibujaba en los labios. Le gustaba envenenarse con el rencor y esa compasión que su hermana detestaría. Nadie tenía permitido compadecerse de las hijas del rey.
No lo hacían en su presencia. Aún le tenían algo de miedo, o de respeto, aunque fuera cuestión de tiempo que se desvaneciese. Había fracasado como princesa, como galgo, como amiga. Apretó los dientes al pensar en la última palabra con una punzada de dolor, que acertó justo en esa parte blanda del corazón donde la herida seguía abierta, infectada y palpitante. A veces la lesión no tenía que ser física para paralizarla.
Recordó el rostro de Pyre entre las sombras de la noche, tan oscuro que solo se distinguían sus dientes. «Yo voy a vivir para siempre». O cuando se arreglaba y se recogía el pelo con una cinta roja, del mismo color que le quedaba horrible al pintárselo en los labios. O con la sonrisa rota, las manos atadas, tan pequeña al lado de los soldados. «Vive por mí».
Primero notó el dolor, taladrándole los huesos. Luego, el vacío gélido que solo sentían las cosas sin alma. La rabia vino después. Cogió una de las botellas medio vacías sobre la chimenea y la arrojó contra la pared con un grito que le quemó la garganta. No quería vivir por ella, lo que quería era vivir con ella. O morir para encontrarla, si hubiera una forma de buscarla cuando la vida se apagaba. Las llamas del hogar se agitaron con violencia por el movimiento brusco y Cyra se dejó caer frente al fuego. No, no creía que hubiera nada más allá de la muerte. No tenía que ver con los monjes y la prohibición de la religión, y poco le importaba añadir la blasfemia a la lista de delitos por los que podrían condenarla de nuevo. Simplemente consideraba que para los muertos no había otra cosa que vacío, oscuridad y frío, un frío denso que los envolvía hasta fundirse con ellos. Hasta devorarlos.
Las llamas se burlaban de ella con su baile. O tal vez la invitaran a arder. Cyra tomó aire y estiró media sonrisa. Acercó su mano al fuego, sin llegar a tocarlo. La mantuvo cerca hasta que el dolor se hizo insoportable y la retiró al tiempo que cerraba el puño.
— Aún no.
Y no porque Pyre se lo pidiera. Por mucho que aún la quisiera, eso no bastaba. La razón por la que todavía tenía algo de interés en la vida se debía a la promesa de una chica que había muerto por segunda vez y cuya tumba estaba vacía, por mucha prisa que Destrel se hubiera dado en cubrirla.
— Pueden ser saqueadores. Hay criminales lo bastante hábiles y lo bastante enfermos para conseguir colarse en un cementerio y llevarse el cuerpo de una princesa muerta — dijo su hermana mediana tras el hallazgo.
Cyra no respondió, solo dejó escapar una carcajada porque le parecía casi tierno el desesperado intento de Destrel de creérselo.
—¿Has estado bebiendo? — preguntó ella. La burla crepitaba en su tono de voz.
— Sí, pero eso no hace que lo que acabas de decir sea menos estúpido.
— Astra estaba muerta.
— Ya lo estuvo antes, y volvió. Date prisa en ponerte esa corona, hermanita. Encarga un retrato en el que se vea todo su brillo. Querrás tener un bonito recuerdo con ella antes de que te la quite de nuevo.
Destrel no entró en el juego. A Cyra le dio igual. A su hermana le temblaban las manos, y los labios se convirtieron en una línea recta y blanca que atravesaba su rostro.
Había estado días sin visitarla después de eso. No es que le importara, aunque a veces la soledad le resultaba agobiante. La habían sacado de las mazmorras para devolverla a la habitación que fue suya de pequeña: lujosa y ajena. Parecía un regalo, un mimo que no se merecía, pero Cyra conocía lo bastante a Destrel para saber que en realidad se trataba de una burla más, un recordatorio de que podía callarla, eliminarla o convertirla en princesa si quería. De que estaba donde ella decidía.
Pero Astra escapaba a su control y solo por eso se había ganado la simpatía de Cyra. Ni siquiera le guardaba rencor por lo que le había hecho en el ojo. Incluso se había ganado su respeto. Astra, tan confiada y sonriente... De verdad que había pensado que sería sencillo matarla.
Se pasó la mano por la cicatriz que deformaba su párpado. Apenas era capaz de abrirlo y, cuando lo lograba, solo veía un mundo borroso de luces sobre el blanco. No podía importarle menos haberse desfigurado la cara, pero echaba de menos su vista. Por no hablar del escozor insoportable cada vez que la herida se le volvía a infectar. Aun así, no guardaba rencor a Astra ni a su pájaro. Dejaba la ventana entornada cada noche, con la esperanza de que el cuervo retornara con noticias de su hermana mayor. Casi se sentía orgullosa de ella.
No es que se alegrase de cómo había sucedido todo. Si pudiera volver al pasado se aseguraría de no equivocarse tanto. Huiría con Pyre a algún rincón donde nadie pudiera atraparlas. La habría elegido mil veces, por encima de cualquiera de sus hermanas, del resto de los galgos, de todo lo que una vez pareció importante y ya no lo era. Pero Pyre estaba muerta, y Astra, viva, por mucho que Destrel se negase a creerlo. Por mucho que se esforzara en negárselo a todos, y especialmente a sí misma. Cyra se preguntaba si lo apartaba de su mente mientras aguardaba que llegase el día de la coronación y se convirtiera en una reina legítima. Y si, como ella, tenía la sensación de que Astra esperaba el momento adecuado para aparecer de vuelta entre los vivos y acusarla del intento de asesinato.
Ladeó la cabeza para mirar las botas de su hermana mayor, las que había cogido de su cuarto después de abrir la tumba vacía con su nombre. Estaba convencida de que algún día volvería a por ellas y Cyra las estaría guardando.
«Pobre, pobre Destrel».
No sabía que le había dado un motivo para estar viva. Algo tan simple como presenciar la caída de su hermana mediana la animaba a pasar los días y las noches. Incluso las más largas y oscuras. ¿Quién era capaz de apartar la vista de una torre que se desmoronaba?
Se había vuelto nocturna. El tiempo se desdibujaba cuando no había horarios rígidos que seguir. Notaba el cuerpo crispado por la inactividad. Las heridas viejas dolían de una forma más sorda, y las nuevas le clavaban unas uñas afiladas bajo la carne. No reconocía el descanso, si se empeñaba en designarlo así en lugar de «castigo». Paseaba. Se asomaba a la ventana para observar el rostro en sombras y vigilante de la luna negra. Sobre la cama, trataba de desprenderse de todo pensamiento con la mirada fija en el techo, o en ese cuadro de flores en el que le parecía descubrir sonrisas burlonas y ojos maliciosos. El mundo entero se burlaba de ella, y no era capaz de responder. Seguía tendida, esperando la muerte o el sueño, pero ninguno de los dos llegaba.
El fuego se apagó en algún momento de la noche, sumergiéndola en penumbras. Cuando se alzó el alba, el cuarto estaba lo bastante frío para erizarle el vello y para que un pinchazo de dolor le atravesara la garganta al tragar saliva. Se notaba aletargada, pero pestañeó y aguzó el oído mientras la alcanzaban los ruidos del patio. Una punzada le traspasó la piel del corazón y sentía su propia sangre, espesa y negra como ponzoña, derramarse sobre sus entrañas. Su cuerpo conocía ese momento y conocía las voces. Una parte de ella aún no quería entender todo lo que había perdido, que tironeaba para regresar a un lugar al que ya no pertenecía. Cyra apretó los dientes. Sabía que era más estúpido que acariciar las llamas, y más dañino, pero se asomó a la ventana para distinguir a quienes habían sido sus compañeros. Sus hermanos. La parte más importante de su existencia.
Reconoció el pelo rojo de Ilama, que llameaba a cada paso. También la espalda recta de Loran y su perfil. Habría dado un brazo, una pierna o todos los años que le quedaban de vida por bajar con ellos y empujarlos para colocarse en medio con alguna broma de mal gusto. La galgo respondería con un suspiro que no ocultaba del todo su sonrisa, como había pasado durante años. Habría dado la vida entera para que apareciese Pyre con el resto del grupo y le sonriera una última vez. Con ese gesto travieso, que dejaba entrever los dientes y que volvía los ojos en ranuras oscuras y brillantes.
Pero el aire pesaba y Pyre seguiría para siempre muerta.
Loran levantó la vista hacia su ventana. Tal vez fuera el revoloteo de un pájaro, o que percibiera que lo observaban. Sus miradas se cruzaron y Cyra se quedó inmóvil, sin intentar disimular o esconderse. Notaba la piel tensa, sus labios no acertaban a susurrar una disculpa, que, de todas formas, él no llegaría a oír. No había pasado el tiempo suficiente para que el chico hubiese crecido y, sin embargo, sus ojos eran los de un hombre adulto y desconocido.
Loran fue el primero en apartar la vista. Ella se sintió pesada: presa en una armadura oxidada demasiado rígida para desmoronarse, demasiado estrecha para ser capaz de respirar. Él e Ilama continuaron su camino hasta que desaparecieron de su campo de visión. Cyra no se movió. La luz del sol nunca le había parecido tan fría.
2
Oyó un crujido desde la ventana y luego un jadeo, que podía confundirse con el sonido del viento. Pero no lo era. Se levantó, empujó el cristal para abrirlo y tendió la mano al mellizo que apoyaba los pies en los salientes de roca y se sujetaba con la cuerda que lo ataba por la cintura. Arqueó las cejas al verla y Thevi (o, al menos, parecía él) estiró los labios en una media sonrisa divertida.
—¡Un poco más!
Cyra alzó la vista. Su hermana (o hermano) lo ayudaba a descolgarse desde el piso superior, controlando la caída de la soga. El galgo bajó hasta descansar las puntas de los pies en el alféizar y asió la mano que ella le ofrecía.
—¿Ya? — le preguntó su melliza desde arriba.
—¡Listo!
Se desató la cuerda de la cintura antes de guiñarle un ojo a Cyra y entrar en su cuarto de un salto. Ella se cruzó de brazos. No quería mostrar lo emocionada que estaba. Llevaba días sin poder hablar con los galgos, pero parecían años. Y tenía motivos para creer que ninguno de ellos querría dirigirle de nuevo la palabra. Se aclaró la garganta.
— Podrías haber llamado a la puerta.
—¿Qué emoción tendría eso? Además, la gente tiene la mala costumbre de hablar, y lo último que quiero es que a Zheera le llegue el rumor de que hemos venido a verte.
— Sí, supongo que no le haría mucha gracia. — Frunció el ceño. La que había sido su mentora durante años se despidió de ella diciéndole que ya no pertenecía a la manada. No habían vuelto a hablar desde entonces. Aún dolía, y dolería siempre. Se aclaró la voz —. ¿Está muy enfadada?
—¿Crees que lo notaríamos si lo estuviera? Se guarda sus sentimientos para ella. Entrenamos como de costumbre. Hace como si no hubiera pasado nada y siempre hubiéramos sido cinco. No se menciona tu nombre, ni el de Pyre.
— Lo siento mucho. — Su voz sonó estrangulada y apartó la vista con el ceño fruncido.
— Lo sé. — Thevi tenía una voz cálida cuando no rebosaba burla —. Lo sientes más que nadie.
— Porque fue mi culpa.
— No. Porque la querías más que nadie.
No se esperaba el abrazo y tampoco sabía muy bien qué hacer con él. Sus propios brazos le parecían torpes y devolver el gesto habría sido aparatoso, artificial, así que se quedó muy quieta y rígida, conteniendo la respiración para no sollozar. Eso sí que habría resultado patético. Thevi no se apartó, y ella se permitió apoyar la frente en su hombro, con el ojo muy cerrado, para envolverse en las sombras y en su abrazo hasta que el mundo entero se tornara insignificante.
Aunque no había manera alguna de no sentir el dolor por la ausencia de Pyre.
Él tenía razón: la quería más que nadie, pero eso no había bastado para salvarla. No había sido lo suficientemente hábil ni lista y su amiga estaba muerta. Se merecía no formar parte de los galgos, el desdén de Destrel y la indiferencia de Zheera. Lo que no se merecía era el abrazo de Thevi, así que tomó aire, cogió fuerzas y se separó de él.
—¿Cómo os van las cosas? ¿Preparados para dedicar vuestra vida a la reina Destrel?
El chico le respondió torciendo los labios en una mueca y por fin se alejó de ella. Cyra sintió frío y se abrazó mientras él daba un par de pasos por la estancia, como si no supiera ni por dónde empezar. Pero era Thevi, y comenzó con una broma:
—¿Sabes que todo nuestro dormitorio cabe en este cuarto? ¿Cuánta gente duerme contigo en esa cama? ¿Siete personas más? Lo que hagas bajo las sábanas es cosa tuya, pero... seguro que te has perdido aquí alguna vez. — Le dedicó una mirada burlona.
— Hago marcas con tiza y sangre de mis enemigos para encontrar la puerta.
— Podrías explorar para encontrar el baño. ¿Cuánto hace que no te lavas?
—¿Te has vuelto exquisito ahora?
— Siempre lo he sido — respondió con una sonrisa.
— Lo disimulas bien.
Los mellizos tenían la habilidad de reír en los momentos más tensos o de dormir a pierna suelta cuando las preocupaciones no permitían que el resto conciliase el sueño. Nunca se quejaban, y su seriedad era como la lluvia fría en verano: aparecía muy raramente y se disipaba antes de lo previsto, dejando tras de sí un rastro de humedad que no tardaba en evaporarse. Thevi e Iveht enmascaraban perfectamente o estaban vacíos por dentro. Y Cyra a veces prefería pensar que era lo segundo.
—¿Por qué has venido?
—¿Molesto? Te echábamos de menos, pero puedo irme si tienes que hacer cosas de princesas, como ensayar la risita afectada, dictar sentencias de muerte o aprender a ruborizarte.
— Claro que no — bufó en respuesta —. Solo que no quiero meteros en problemas. Bastantes he dado ya.
— No quieras llevarte el mérito a la desobediencia.
Thevi se sentó en la cama y cruzó las piernas, ensuciando las mantas bordadas con el zapato. Cyra deseó hacer lo mismo. A lo mejor volvía a sentirse más como siempre había sido. Se acercó al lecho para caer cerca de su amigo, que ladeó la cabeza. Su mirada había encontrado el calzado de Astra.
— Ilama insistía en que esas botas eran un regalo de los dioses porque tu hermana no hacía ningún ruido al caminar — dijo el galgo.
— Yo también lo pensaba, pero me las he probado y no funcionan. Al menos conmigo.
—¿Así que se las estás guardando? ¿Crees que va a volver?
— Estoy segura de que lo hará. ¿Por qué crees que abrí su tumba?
— Ojalá haber estado delante. — Thevi le lanzó una sonrisa torcida y se echó hacia atrás los rizos que le caían por la frente —. Te encantaría saber las cosas que cuentan de ti sobre esa noche. Que si tenías los ojos inyectados en sangre y enloquecidos. Que si ibas riendo a carcajadas...
—¿Y qué es lo que cuentan de mi hermana? — Cyra ladeó la cabeza con interés.
— Un poco de todo. Hay quien cree que realmente está muerta y saquearon su cuerpo. Se murmura que fueron los mismos monjes que la secuestraron de pequeña, y que le han llevado su cadáver a los dioses. Hay quien dice que está escondida, que aparecerá el día de la coronación. Y muchos se resignan a que su princesa ha muerto y que poco importa lo que crean. — Suspiró.
— Pero no ha muerto.
—¿Estás segura de eso?
— Estoy convencida de que fue ella quien me escribió la carta. Era su cuervo. Y, créeme, me acuerdo bien de él. — Gruñó y se llevó la mano al ojo dañado.
— Estaría bien. También lo estaría que apareciera antes de que coronen a Destrel, porque entonces habremos jurado protegerla y la verdad es que no me apetece nada dedicar nuestra vida a salvaguardar a una serpiente venenosa.
— Supongo que sí estaría bien. — Reflexionó un momento —. Le dije que yo había intentado matarla por orden de Destrel. Imagino que se está protegiendo.
—¿Y si se ha ido? — sugirió Thevi tras una pausa —. Ya sabes: «Hasta aquí hemos llegado, la corte está podrida, me vuelvo a mis montañas».
Cyra inhaló, pero no dijo nada. Su impulso fue negarlo. Aun sin pruebas, le parecía horrible que Astra la abandonara por segunda vez, cuando había decidido confiar en ella. Cerró los labios con el ceño fruncido y sacudió la cabeza. Thevi la contemplaba con esos ojos redondos, idénticos a los de su hermana, que aparentaban mucha más inocencia de la que tenían.
— Encuéntrala — le pidió al galgo.
—¿A Astra?
— Lo que mejor se os da siempre ha sido espiar y enteraros de todo. Debe de estar en alguna parte. —«Si no se ha marchado de vuelta a las montañas...». Pero no quería darle fuerza a esa posibilidad, ni siquiera en sus pensamientos —. Seguro que no se ha ido muy lejos y alguien tiene que haber visto algo, aunque lo pasara por alto. Quizá alguien que acoge a una familiar lejana que no se deja ver mucho, una mendiga con la cara tapada que ronde las calles... Astra no puede haberse vuelto invisible. Y si alguien es capaz de hallarla, sois vosotros.
Thevi se echó hacia atrás con los codos sobre la cama, como si no hubiera nada tan importante como la suavidad del colchón ni hubiese prestado atención a sus palabras. Pero el brillo que se removía en sus ojos lo delataba.
— Y si la encontramos, ¿qué hacemos?
— Es la hija mayor. La heredera. Se supone que los galgos tenéis que defender los intereses de la corona, ¿no?
— Tenemos — corrigió el chico, y Cyra sonrió al sentir una punzada de dolor en el pecho.
— Dejé de ser un galgo el día que la intenté matar.
— Para mí sigues siendo la misma. — Se inclinó hacia ella y se aproximó lo bastante para abrazarla de nuevo, aunque no la envolvió con sus brazos. En lugar de eso, apoyó su mejilla en la sien de Cyra antes de levantarse de la cama —. La buscaremos.
— Gracias.
— No tienes por qué dármelas. Me ha parecido una buena idea y lo hago porque quiero. No es que me apetezca arrodillarme delante de Destrel y ofrecerle mi vida entera.
Ella soltó el aire en algo que recordaba ligeramente a una carcajada. Thevi se subió al alféizar de la ventana y dio un tirón a la cuerda para avisar a su melliza de que estaba listo. Cyra se había cruzado de brazos otra vez. La visita le había sabido a poco. El chico se despidió con la mano sin perder la sonrisa.
— Nos vemos pronto.
Eso esperaba. La habitación se tornó aún más silenciosa y vacía cuando él se fue, y todas las sombras se volvieron frías.
3
—¿Alteza?
No sabía en qué momento se quedó dormida. El sol estaba alto y los pájaros trinaban con una alegría insultante. Gruñó contra la almohada. Su mejilla rozó la tela húmeda y con olor a saliva, la misma que notaba seca y espesa, pegada al paladar. Cerró con más fuerza el único párpado que era capaz de mover. Su voz sonó como la de un animal:
—¿Quién me llama?
— Se requiere su presencia.
—¿Me vais a matar de una vez?
— Hay ensayo de la coronación.
Cyra clavó el codo en el colchón para incorporarse. Los recuerdos de Thevi se mezclaban con los del sueño y tardó unos instantes en separar lo real de lo soñado. El mellizo había estado allí de verdad. El fantasma de Pyre no, ni tampoco había corrido por pasillos imposibles para intentar salvarla.
Se restregó el ojo bueno y tragó saliva para aclararse la garganta tras chascar la lengua. Torció los labios en una mueca de asco. Más le valía enjuagarse la boca con agua fresca antes de morir envenenada por su mal aliento.
—¿Y quieren que esté delante? — Arrastró una carcajada con desgana —. Creo que has debido de entender mal las órdenes. Te habrán pedido que te asegures de que no salga.
— No, mi señora. Mis órdenes son claras. Me acompaña una doncella, que se encargará de asearos, y luego os escoltaré hasta la sala de ceremonias.
— No necesito ayuda de nadie para limpiarme. No soy ni un niño ni un perro — gruñó mientras apartaba las sábanas revueltas para ponerse en pie.
— Mi señora, yo también sigo órdenes.
La puerta se abrió antes de que tuviera tiempo de replicar. Frunció el ceño sin acertar aún a cerrar la boca. La mujer que entró en el cuarto tenía la misma expresión incómoda que ella. Cargaba una pesada tinaja de agua caliente, que apoyó en el suelo, y toallas echadas sobre uno de sus hombros. No alzó la mirada al inclinarse ante ella y preparar el balde para el baño.
— Puedo hacerlo sola — repitió.
Fue como hablar a las paredes. El guardia parecía a punto de pedir perdón, pero, en lugar de eso, cerró la puerta. La criada mostraba una actitud más violenta y menos amable. Arrastró el cubo y colocó el taburete en el centro. Se inclinó de nuevo. Tenía los labios tensos, como si contuviese el aliento por si se contagiaba al respirar el mismo aire que Cyra.
— Mi señora...
—¿No me has oído?
— Tengo órdenes.
Solo entonces alzó la vista hasta ella. Era una mujer entrada en años, con el pelo de un rojo oscuro veteado de gris recogido firmemente. Las arrugas que se marcaban en su cara le daban una expresión cansada y estricta. Parecía que atenderla era la misión más repugnante que le habían encomendado en su vida. Cyra también deseaba estar en cualquier otro lugar. La princesa sabía que si gritaba, la empujaba o pateaba la estúpida tinaja conseguiría que se marchara y la dejasen un rato tranquila.
Y, sin embargo, se sentía demasiado agotada.
Cerró la boca. Le dio la espalda a la mujer, se quitó a tirones el camisón, ignorando el quejido de la tela al rasgarse, y se deshizo de la ropa interior antes de que tuviese tiempo de reaccionar y la ayudara. Permaneció girada con todo el cuerpo tenso por la rabia.
Había dejado de ser una princesa hacía muchos años para convertirse en galgo. En una guerrera. En parte de una manada. Y sí, no había sabido estar a la altura de lo que se esperaba de ella, pero Destrel no le había perdonado la vida con su expulsión del grupo y la restitución de un título en el que no encajaba. No era un gesto de compasión: le había arrancado la identidad y le obligaba a vivir una condena larga.
Bajó la cabeza y permitió que la mujer derramara el agua por su espalda y le frotara la piel, como si fuese un animal o limpiara una muñeca vieja.
Incluso Thevi se había quejado de lo sucia que estaba, y con razón. A lo mejor no era capaz ni de asearse a sí misma. O, a lo mejor, no le parecía importante. Ya se había sentido morir en prisión y no le parecía tan importante mantener limpio un cuerpo muerto.
No protestó cuando los dedos de la mujer frotaron con fuerza y decisión su pelo, ni cuando le levantó los brazos para pasarle el paño húmedo y enjabonado bajo las axilas. Sí necesitaba un buen baño. También era cierto que no sabía en qué se había convertido: una desconocida que no era digna de ser guerrera, que no sabía llevar los vestidos de princesa, que no podía mantener conversaciones con los nobles... Un estorbo.
Destrel debía odiarla con muchas fuerzas para preservarla con vida después de todo.
Al menos la doncella tampoco tenía ganas de humillarla y permitió que se secara y vistiera por sí misma. Se limitó a ajustarle la prenda y entrelazó las cintas. No era un vestido especialmente recargado ni delicado, sino sobrio y discreto, que ni siquiera habían teñido el lino. Pero le resultaba extraño.
—¿Os recojo el cabello en trenzas? Es corto, aunque algo seré capaz de hacer.
— Solo es un ensayo — protestó sin ímpetu. Si hubiese sido por ella, podrían haberla decapitado y adornado luego el pelo como más les gustara.
La doncella frunció el ceño, pero se encogió de hombros. Abrió la puerta e hizo una reverencia de despedida. Cyra torció una sonrisa antes de abandonar ese cuarto que no sentía suyo. Fuera, el guardia la esperaba.
Él tragó saliva al verla. Estaba acostumbrada al respeto que causaban los galgos entre los soldados, pero aquello no era lo mismo. Era lástima, una especie de vergüenza ajena o una compasión silenciosa que resultaba tan obvia que cosquilleaba como suciedad pegada a su piel. Así que encogió un hombro y echó a andar.
No se encontraban allí todos los nobles, solo aquellos más imprescindibles o más cargantes. Quienes no tenían opción de perderse el teatro eran los criados y los guardias. Aunque no había comida ni flores que adornaran la sala, los músicos sí que permanecían en su sitio, junto a los instrumentos, con la atención puesta en el compositor, que les daba indicaciones con voz rasgada.
Cyra percibía las punzadas de las pupilas de todos los que se fijaban en ella con una curiosidad morbosa. Las ignoró con desgana. Ojalá hubiera tenido a su disposición copas de vino. Mejor uno fuerte, con el que entumecerse si no había manera alguna de que fuera soportable el evento. Al menos los soldados intentaban mantener expresiones amables con ella. Los pocos nobles presentes no se esforzaban mucho en esconder la sonrisa de burla o bajar el tono de los murmullos que despertaba.
Por eso los despreciaba con tantas fuerzas. No eran más que un grupo de privilegiados narcisistas que solo se preocupaban de musitar contra el resto o de presumir de unas riquezas que no necesitaban. Poco importaba que los aldeanos pasaran hambre porque, año a año, las lluvias escasearan. No les quitaba el sueño que sus hombres trabajaran sin descanso, que los criados se alejaran de sus familias tanto tiempo, que el pueblo tuviera frío o enfermara.
Torció el gesto. Ese era su sitio. Al menos, hasta la coronación de su hermana. Después ya decidirían. Si es que había algún «después». Era extraño que al pensar en Astra sintiera esperanza, como les había ocurrido a los aldeanos cuando su princesa robada había regresado mágicamente.
— Alteza, acompañadme.
La criada que se le acercó evitaba su mirada y Cyra percibía la fuerza con la que deseaba que no le complicara las cosas. Torció la sonrisa y arqueó las cejas, pero no dijo nada mientras la seguía hasta ocupar su asiento.
—¿Aquí?
— Eso es.
—¿Y qué debo hacer? ¿Aplaudir como un animal amaestrado?
Las mejillas e incluso las orejas de la chica se ruborizaron. Fijó la vista en su calzado. Tenía la cara redonda, y la piel, muy clara, salpicada de pecas.
— Hay que levantarse en algunos momentos. Basta con imitar al resto. Pero me quedaré cerca, por si acaso.
—¿Estás diciendo que no soy lo suficientemente lista para lograrlo sin ayuda?
— No, ¡claro que no!
La pobre muchacha parecía a punto de llorar. Cyra se preguntó cuánto tiempo llevaría en la corte. Poco. Con su rostro suave y los ojos brillantes y muy abiertos le recordaba a un conejito blanco que aún no se había dado cuenta de que se había metido en la madriguera de una familia de zorros.
Sabía que esa actitud la convertía en un ser horrible, pero el temor de la criada la incitaba a asustarla un poco más. Y a atacarla, aunque no le hubiera hecho nada o, precisamente, porque no se defendería. Paró al percatarse de ese impulso. Desvió la vista al frente y sacudió la cabeza.
—¿Crees que puedes traerme una copa? Mejor de algo fuerte.
— Voy a preguntar.
— No te molestes.
Reconoció la tercera voz y quiso volverse, pero solo esbozó media sonrisa. La criada se retiró con gestos apurados y ella se tomó su tiempo antes de enfrentarse a la mirada de Loran.
— Qué sorpresa encontrarte aquí — dijo Cyra.
Se odió por ese estúpido tono sarcástico cuando todo lo que deseaba era levantarse y abrazarlo. ¿A quién quería engañar, fingiendo mantener la cabeza alta? Su dignidad se había quedado en la cárcel, o en las veces que había vomitado en los rincones de su cuarto, o en la suciedad que la doncella le había tenido que limpiar porque al parecer ya ni siquiera era capaz de valerse por sí misma.
— Tienes mejor aspecto que el otro día.
— Era fácil superarlo. ¿Cómo estáis?
— Bien. Supongo que bien. ¿Cómo estás tú?
— Bien. Os echo de menos.
Las palabras se derramaron de sus labios y, cuando se dio cuenta, ya salpicaban el suelo. Era tarde para actuar con sensatez, como cerrar la boca y esconder los sentimientos incómodos donde nadie los viera. Al menos Loran no la miraba, pero no decía nada, y el silencio era insoportable. Se volvió más humillante el eco de su discurso, así que se alegró de que la criada de ojos grandes estuviera fuera de su alcance, porque se conocía lo suficiente para saber que le habría lanzado alguna crueldad. Como si la rabia quemase menos al escupirla contra los demás.
A ser mala persona estaba bastante acostumbrada. Lo de ser patética lo llevaba peor.
— Tengo que irme con los otros. Van a llegar en cualquier momento.
— Claro — farfulló Cyra, buscando una postura cómoda en el asiento.
— Lo que hiciste... fue por un buen motivo.
Habría preferido que se marchase sin hablarle. Loran tendría buenas intenciones, pero había metido la mano entera en una herida abierta y enterraba los dedos en la carne supurante. Se le atragantó la saliva y le costó trabajo exhalar sin que pareciera que estaba a punto de llorar.
— Lo habría sido si hubiera logrado salvarla.
— A veces los motivos que nos llevan a actuar son más importantes que lo que consigamos. Querías hacer algo bueno para alguien. — Loran intercambió el peso de un pie a otro, de forma casi imperceptible. Cyra le conocía lo bastante bien para reconocer ese gesto, el mismo que hacía cada vez que se preparaba para enfrentarse a una situación incómoda —. Aunque fuera egoísta. O te alejara de los galgos.
— Tú también crees que merecía que me echase.
— Zheera te salvó la vida al hacerlo.
— No sé si vale la pena vivir así.
— Pues haz que lo valga.
La arpista arrancó las primeras notas de las cuerdas y el resto de los instrumentos se unió en una melodía dulce y solemne. Loran se alejó de ella sin girarse a observarla; como si no hubieran estado hablando. Cyra se removió de nuevo en el asiento. Resultaba fácil soltar una frase como esa: profunda, pero vacía, sin ningún consejo real. No se trataba de algo que pudiera hacer, como ir hasta la torre o levantar algo pesado. Era un consejo vago que, en realidad, tampoco tendría que haberse molestado en darle, porque ya no era nada para él. Ni su compañera, ni su amiga ni parte de una misma manada.
El resto de los galgos había llegado y permanecía juntos. Los mellizos, Loran, Ilama, Petra y León... Se preguntó si a alguien más le ocurría lo mismo que a ella: que, al ver a toda la camada unida, las ausencias le llamaban más la atención que los presentes. Como si esas ausencias fuesen aún más evidentes al reunirse el grupo. No estaba ella, pero sí su hueco. Tampoco se hallaba Pyre. Su cuerpo había ardido y habían esparcido sus cenizas por el bosque. Dolía. No sabía si habría un momento en el que dejara de sufrir al pensar en ella. No sabía si una persona se recuperaba de un duelo como si fuera una fiebre, o si los vacíos se quedan para siempre y palpitan con el dolor fantasma de los miembros mutilados.
Las puertas se abrieron y toda la sala se puso en pie. Cyra aguantó quieta; la chica rubia se retorcía las manos antes de reunir valor y acercarse a ella. La música de cuerda se entrelazaba hasta formar una alfombra, sobre la que su hermana caminó para entrar a la estancia con paso tranquilo y elegante, una media sonrisa y la frente alta. No llevaba el vestido que se pondría el día de la coronación, sino uno más sencillo para dejar bien claro que se trataba de un ensayo. Aun así, se ajustaba a cada movimiento y le quedaba perfecto. Habría estado preciosa si no hubiese sido por las ojeras, que el maquillaje no conseguía cubrir, y por la piel cansada y salpicada de granitos por la tensión. Destrel alzaba la barbilla y caminaba como si estuviera por encima de sus preocupaciones, sus miedos y sus remordimientos, pero se cruzó la mirada con la de su hermana. Fue un momento, solo un momento, que Cyra aprovechó para dibujar un nombre con los labios. Un gesto que quedó totalmente claro sin necesidad de pronunciarlo:
— Astra — vocalizó antes de sonreír.
Destrel desvió la vista, pero, a su pesar, había entendido el mensaje. Cyra casi se echa a reír tras el estremecimiento que recorrió la espalda de su hermana.
4
Quedaban unas semanas para la ceremonia oficial y todo el castillo se engalanaba. No había tenido que estar presente en ningún otro ensayo y lo agradecía, aunque empezaba a agobiarse de estar sin hacer nada, entre las mismas paredes, por muy amplias que estas fueran. Uno de los motivos era que no se sabía exactamente en qué fecha tendría lugar. A Cyra no le sorprendía: a los nobles les encantaba enredarse con sus propias leyes y desperdiciar su tiempo y el dinero que tanto le costaba ganar al pueblo.
Se alegraba al imaginarse lo nerviosa que tendría que estar Destrel, a la que le gustaba tener toda la situación controlada, hasta el mínimo detalle. Aun así, incluso ella preferiría saber qué es lo que iba a pasar y cuándo. Le gustaría tener un propósito, incluso si era tan desagradable como esperar la coronación de esa serpiente. No quería pasarse su encierro bebiendo, pero tenía pocas alternativas. El vino le dejaba la boca seca, y la cabeza, dolorosamente enmarañada, a pesar de que adormecía esos pensamientos de los que no se libraba.
Al menos, se mantenía limpia. No porque le pareciera importante, sino porque así se ahorraba que la lavaran de nuevo y frotasen su piel con jabón y humillación. O por si los mellizos encontraban pronto a Astra y volvían con noticias; o si Loran, o cualquier otro de los galgos, quería hablar con ella.
Aún quedaba un buen rato para el mediodía y seguía en camisón, con los párpados pesados por el poco sueño y la primera botella abierta. Nunca se había sentido peor físicamente. Su cuerpo estaba siempre listo para entrenar más, para correr o para ensayar los movimientos de pelea. La inactividad la mataba y le quitaba el apetito, por lo que cada vez tenía menos fuerza. Con un gruñido, se acercó a la ventana. Hacía mucho tiempo que los galgos habrían vuelto de correr. ¿Cómo estarían pasando el rato? Tal vez pesas, o tiro, en el campo cerca del bosque. Habría dado lo que fuera por pasar una tarde con ellos, unos momentos en los que no se sintiese un desecho sin energías. Resopló y se apartó con gestos bruscos del alféizar para hallar unas prendas de ropa más cómodas que los estúpidos vestidos que llenaban su armario entre el desorden que había creado en su cuarto.
Encontró unas mallas negras. No tuvo tanta suerte al buscar una camisa, así que se conformó con un vestido ligero y lo bastante suelto para no molestarla si se ponía a correr.
Se detuvo al rumiar bien esas palabras. A correr. ¿De verdad quería? No tenía grupo con el que entrenar ni capitana que le dijera qué hacer a continuación. No pertenecía a los galgos, ni al ejército. Ni a ninguna parte. ¿Cómo iba a correr sin rumbo?
«Porque es la única forma que se me ocurre de dejar de ahogarme», pensó, antes de abrir la puerta con decisión. Sobresaltó a los dos guardias que charlaban mientras vigilaban la estancia.
—¿Pasa algo? — preguntó el más alto. Un hombre delgado y rubio, con el que Cyra había compartido mesa en los desayunos y que ahora se cuadraba, incómodo, tratando de encontrar la forma adecuada de tratarla.
— Quiero salir.
— Si necesitáis algo de las cocinas podemos ir a por ello. — El soldado se mantuvo en su posición.
— No quiero nada de las cocinas. Quiero salir afuera, ir a correr, entrenar...
— Ya no pertenecéis a los galgos. — Aunque no era nada que desconociera, que otras personas lo dijeran con tanta naturalidad dolía —. No tenéis que hacerlo.
—¿Qué parte de «quiero» no entiendes?
Intentó avanzar, pero la segunda guardia se puso en su camino. Con expresión tensa y gesto firme.
— Lo lamentamos, alteza, tenemos órdenes claras.
— Tú misma me has llamado alteza. Deberías obedecerme — siseó.
No, no quería ser parte de la realeza, pero, ya que no le daban otra opción, estaba dispuesta a usar esa carta para que le permitieran irse. Era injusto, tampoco había dicho que deseaba prender fuego a los aposentos de Destrel o marcharse para no volver. Solo ansiaba darle a su cuerpo el movimiento que le pedía. Que el ejercicio la cansase y que así no fuera el alcohol en lo que se sumergiera para matar el tiempo. Los dos soldados se mantenían en su sitio, tercos como niños maleducados, y otro más se aproximó por el pasillo al oír las voces.
— Pero las órdenes que seguimos son de la futura reina, y del consejo de los cinco.
—¿Ni siquiera puedo ir un rato al patio? — Cyra odiaba suplicar, y sonar como una niña mimada que exigía otro postre.
— No elegimos las órdenes, mi señora.
— No estoy pidiendo nada complicado. Podéis seguirme y vigilar cada paso. — Frunció el ceño.
— La última vez que salisteis sin permiso de vuestros aposentos destrozasteis la tumba de la princesa. Creo que entenderéis que las normas se hayan vuelto más rígidas.
«Y tenía una buena razón para hacerlo». Cyra se mordió la lengua para no decirlo en voz alta. No ayudaría a que le dieran un poco más de espacio.
—¿Para qué me han sacado entonces de las mazmorras si aún soy una prisionera?
— Nosotros solo seguimos órdenes, mi señora.
— Quiero hablar con mi hermana. — Se cruzó de brazos.
— La futura reina está muy ocupada con los últimos preparativos de la coronación.
— Si no hablo con ella, me escaparé y entonces no dejaré que me volváis a meter aquí con vida. Soy consciente del aspecto que tengo, pero también sabéis que he sido una galgo durante años y que cumpliré mi promesa.
Los soldados intercambiaron una mirada llena de incertidumbre y preocupación entre ellos. Cyra esbozó una sonrisa de lado.
— Y soy bastante creativa a la hora de montar espectáculos. Podría lanzarme por la ventana el día de su coronación, y creo que a mi hermanita le molestará mucho que dé tanto de que hablar en su gran día. O tal vez me encontréis colgada en el armario, entre esos vestidos. — Cerró los puños —. Aunque lo que más me apetece es morir peleando, la verdad. Incluso con las manos desnudas arrastraría a alguien conmigo.
La mujer soldado apretaba los labios, pese a que intentaba que nada en su expresión delatase lo poco que le gustaban las amenazas. Sin duda era la líder del grupo, ya que el otro guardia buscaba su mirada para hallar una solución.
— Si me hacéis el favor de regresar a vuestros aposentos, me comprometo a encontrar a Destrel yo misma e informarle de esta situación.
Cyra alzó la barbilla. Sonrió con más fuerza.
— No tardes mucho — respondió antes de darle la espalda y volver a su estancia.
Sabía que, si su hermana decidía ir, se tomaría todo el tiempo del mundo para ponerla nerviosa. Se prometió que no ocurriría. Perdió su apuesta. El cuarto parecía pequeño, y el tiempo, elástico. El sol se había atascado en su camino en el firmamento y se enredaba una y otra vez con las mismas nubes. Le dio tiempo de tirar todas las prendas que nunca se pondría al suelo del vestidor, a arrancar el tapiz de estridentes dorados de la pared y a beber media botella antes de darse cuenta de lo que hacía y arrojar lo que quedaba de ella por la ventana. Pudo aburrirse primero, desesperarse después, pelearse con las sábanas al tratar de alisar la cama y golpearla con rabia y pensamientos lentos.
Le llevaron cena y otra botella, que Cyra les devolvió con un gesto brusco. Lo último que quería era sentir la cabeza más somnolienta y pesada. Al asentarse la noche sobre el horizonte, dejó la ventana abierta para que la brisa fría la mantuviera despierta. Estaba convencida de que su hermana se habría ido a dormir cuando oyó movimiento al otro lado de la puerta, y se tensó antes de que se abriera.
Destrel estaba en la puerta, mirando su cuarto. Cyra no sabía cómo le cabía tanto desprecio en los labios ni tanta arrogancia en un solo gesto, ese giro de muñeca, con el que ordenó a los guardias que se quedasen fuera, como si su hermana no pudiera hacerle ningún daño. Lo que, muy a su pesar, tal vez fuese cierto. Algo en su interior estaba roto. La odiaba con todas sus fuerzas y, sin embargo, era incapaz de desearle la muerte. Ni siquiera fantaseaba con ello. Cyra sabía que podía prenderle fuego al castillo con ella dentro, pero también que al final atravesaría las llamas para buscarla.
Destrel se cruzó de brazos y soltó un suspiro de institutriz cansada. Siempre encontraba una nueva forma de hacerla sentir pequeña.
—¿Qué es lo que quieres ahora? No sabes lo valioso que es cada instante de mi tiempo.
— Quiero salir fuera.
—¿Deseas también las llaves de las arcas de palacio y que diga a mis hombres que te den vía libre para hacer lo que quieras? — Señaló a su alrededor —. Mira este cuarto, la comida, la ropa... Creo que estoy siendo bastante generosa con una condenada a muerte.
—¿Es lo que aún soy? ¿Por qué no me has matado ya, entonces?
— Porque eres mi hermana.
—¿Desde cuándo te ha detenido a ti eso? — bufó Cyra.
Destrel respondió con una sonrisa angelical, como si ella no le hubiera exigido que matase a la misma Astra. Co