Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Sobre este libro
Sobre la autora
Créditos

Capítulo 1
Emma
Cierro el libro de tapa roja y levanto la mirada para ver, encantada, mi nueva y elegante oficina. Las paredes blancas contrastan con la madera oscura de los muebles, y los sillones de piel negra van a juego con la alfombra que rodea el cuarto. En la esquina superior izquierda, hay un ventanal pequeño desde donde se observan las calles de Londres.
Pasé de estar encerrada en una mediocre oficina en Trafford a tener asistentes ejecutivos a mi servicio y la vista de toda la ciudad a mis pies. Me gusta. Finalmente, después de todas esas largas entrevistas con el señor Jones, su secretaria me llamó para decirme que había conseguido el empleo de asistente. Soy parte del equipo de relaciones públicas de Hilton & Roe, una de las cadenas hoteleras internacionales más grandes y prestigiosas que existen en el mundo. ¿Quién diría que, incluso, me asignarían una oficina propia?
El tacaño de mi padre y sus amantes en turno pueden tirar su dinero a la basura; no necesito su caridad para ser la mejor publicista de Londres, he trabajado duro para lograrlo. Mi padre, Sawyer, me negó un puesto decente el tiempo que trabajé con él, y se opuso a que ganara el sueldo mínimo; ni siquiera tenía un horario de comida porque, para él, era una simple publicista del montón. Aquí, en cambio, no necesito mendigar. Sonrío con entusiasmo mientras llaman a la puerta.
—Adelante —acomodo unas hojas en blanco en mi escritorio mientras escondo mi libro rojo erótico en uno de los cajones.
La secretaria pelirroja y de baja estatura entra meciéndose sobre sus tacones de aguja, tiene restos de glaseado en la comisura de la boca y un poco de azúcar en el labio inferior. Agradezco que esté distraída limpiándose los restos de comida y no note que escondo mi libro.
—El Señor Jones la espera en su oficina, ya se firmó su contrato y se activó su tarjeta de empleada en la entrada —dice con un volumen de voz mesurado.
—No habría soportado más tiempo trabajando en la sala de visitas.
Sonríe, pero se mantiene profesional.
—Conoce de sobra el camino a la oficina del jefe, pero es mi trabajo llevarla de todas formas. Por aquí.
Asiento con una sonrisa que no me devuelve porque aún está ocupada limpiándose el glaseado con el dorso de la mano.
—También tienes azúcar en la barbilla —trato de ayudarla, pero se sonroja de la vergüenza y me señala la puerta, seria.
Alzo las cejas por su tosca actitud mientras tomo mi iPad y la sigo.
Si Cora pudiera ver esto, estaría igual de sorprendida que yo. Las únicas veces que tuvimos la oportunidad de estar en una empresa así fue durante nuestras prácticas universitarias y, por supuesto, en mi anterior empleo, donde lo conocí a él…
Ahora no, Emma. Le suplico a mi mente para no arruinarme el resto del día, pero el horrible recuerdo me asalta sin previo aviso y no puedo ignorarlo.
Caminamos en silencio por los largos pasillos y aprovecho para echar un vistazo al lugar nuevamente. Desde que vine la primera vez, durante el proceso de contratación, supe que las palabras perfectas para describir esta empresa son elegancia y prestigio. El lugar está colmado de gente con trajes costosos, miradas frívolas, autos de lujo… y el diseño interior es exquisito. Sé que los arquitectos de Hilton & Roe trabajaron el año pasado en los hoteles de Birmingham, propiedad de un inversionista asiático de renombre.
Repentinamente, me invaden los nervios por el primer día de trabajo. Tal vez son las mujeres serias de aquí o la larga lista de premios que han ganado y que revisé durante mis entrevistas, pero me siento pequeña. Sé quién es mi jefe, hemos trabajado juntos antes, sin embargo, me siento tontamente nerviosa. Para muchos, el cabello gris del señor Jones y sus ojos azules pueden parecer amenazantes, pero para mí es un hombre mayor agradable.
La secretaria se detiene frente a las puertas dobles de cristal y entro sin ella.
—Señorita Brown —dice mi jefe entusiasmado—. Tome asiento. Su contrató quedó sellado como lo acordamos —señala uno de los sillones acolchonados frente a su escritorio.
—Alicia me lo informó, se lo agradezco.
—¿Le gustó su nueva oficina? El espacio de cada ejecutivo se divide a la perfección.
—Es estupenda, señor, tiene el espacio indicado para los archivos de los que hablamos y…
—Esos documentos son importantes —me interrumpe sirviéndome agua—. Mi secretaria es Alicia y me interesa que trabajen en equipo. Mis publicistas mandan reportes mensuales de su trabajo y deberán revisarlos juntas para acortar las reuniones.
Asiento tomando breves notas de sus indicaciones en mi dispositivo.
—Hoy mismo me pondré al corriente con ella y también podemos hablar con los…
—Perfecto, porque estamos en el periodo más estricto de la empresa —vuelve a interrumpirme, dejándome con la boca abierta, sin permitirme terminar ninguna de mis oraciones.
Se levanta de su silla y camina a mi alrededor. Su oficina es mucho más grande que la mía, pero mantiene la regla de colores neutros y azulados; de igual modo, todos los muebles son de piel negra.
—Tenemos una reunión para hablar de las innovaciones en nuestros hoteles en Mánchester y de los nuevos hoteles de lujo en Birmingham, nosotros vamos a centrarnos en la información sobre estos últimos. Como le expliqué esta mañana, la inauguración de esos hoteles es el proyecto más ambicioso de este año para Hilton & Roe.
Abro de nuevo la boca para asentir, pero él sigue hablando. Me mantengo en silencio, escuchando atentamente. Desde que lo conocí, supe que mi jefe trabaja de una forma bastante… peculiar, siempre necesita dar cada detalle de lo que quiere sin interrupciones. No me costará acostumbrarme a su estilo de trabajo, a mi padre tampoco le gustaba que yo opinara nunca.
—Alicia le entregará las propuestas que tenemos preparadas para la apertura. También quiero que hable con mi mejor publicista, Adam Tail —mueve los brazos en dirección a la puerta—. Él hizo las propuestas, pero no me convencen del todo, quiero una idea más innovadora que conecte con todos los clientes —acaricia su barbilla.
—Puedo revisarlas y darle algunas sugerencias. Si Adam quiere trabajar conmigo, puedo hacer un espacio esta semana.
—Me gusta ese tono —afirma complacido—. Organice lo que sea necesario con él —se queda pensando unos segundos—. De hecho, quiero que usted me entregue una nueva propuesta con esos datos. ¿Cree poder hacerlo en tan poco tiempo?
—Es un poco apresurado, son semanas y meses de trabajo de sus mejores publicistas, hay cientos de archivos y documentos que desconozco del último año.
—Entonces no puede.
No dije eso.
—Puedo trabajar en los patrocinadores para la inauguración —propongo de inmediato—. Es mucho trabajo para una sola tarde, pero trabajo es exactamente lo que busco.
—No puede negarse, su productividad es lo que me hizo elegirla entre las candidatas. Éste es un trabajo de prueba como nuevo elemento entre mis publicistas, no quiero que me decepcione.
—No lo haré.
—Perfecto, señorita Brown —asiente complacido—. La reunión está a punto de comenzar. Es hora de irnos, pongo mi proyecto de Birmingham en sus manos, mi vida laboral depende de usted.
Respiro hondo, abrumada, y asiento mientras él se encamina a la puerta. Le sonrío antes de permitir que me guíe hasta la sala de juntas.
Me concentro en dar pasos firmes sobre mis tacones, armando un plan mental de los patrocinadores de eventos hoteleros que podrían estar interesados. Durante el tiempo en que he sido publicista —casi cuatro años ya—, he hecho buenos contactos. Es un pequeño detalle que omití en mi entrevista.
No soy una buena publicista.
Soy una excelente publicista.
Ese tal Adam Tail se convertirá en mi competencia. Me reacomodo mi conjunto de blazer y pantalón oscuro, estoy bastante segura de que con una falda de tubo me habría caído de los nervios. Trato de relajarme antes de entrar, tampoco quiero morirme de un paro cardiaco a mis veinticuatro años, pero, como a todo el mundo, no me agrada la sensación de ser la nueva. Ya sé que es irónico ser publicista y todavía sufrir de nerviosismo frente a las personas, pero ese mal hábito comenzó desde que dejé Trafford. Él me jodió.
No pienses en eso, Emma. Esa parte calculadora y perfecta de Emma Brown emerge cuando permito que mi perfil ejecutivo tome el control de mi cuerpo. Doblamos por un pasillo y la puerta del final es el lugar a donde nos dirigimos.
Es hora. Mi jefe abre la puerta para mí. Joder. Quedo sorprendida desde el primer instante. La sala de juntas ocupa una amplia extensión con grandes ventanales de cristal polarizado a ambos lados, el techo tiene lámparas circulares que cuelgan sobre una mesa larga y ovalada que parece ser del mismo material oscuro de mi escritorio.
La mesa se extiende más allá del centro del lugar y varios hombres y mujeres en traje están sentados alrededor de ella. La silla de en medio, que es la más grande de todas, aún está vacía.
Mi jefe se acerca a la mesa y toma asiento junto a una mujer morena cuya atención se concentra en una de sus carpetas. Me quedo atónita un segundo, pero enseguida me apresuro a sentarme a su lado.
—Ella es Emma Brown, mi nueva asistente y publicista del departamento de relaciones públicas —les informa a los ejecutivos presentes; algunos asienten, otros se quedan en silencio. Suspiro de incógnito. Al parecer tengo un público difícil aquí.
Desde que dejé Trafford, supe que las cosas no volverían a ser fáciles para mí. Emma Brown con veinticuatro años y lejos de casa es la combinación perfecta para el desastre, dijo mi padre cuando supo que me iba de la ciudad, pero se equivoca.
El único desastre que existe está en Trafford, encerrado en prisión, y vine a Londres para dejarlo atrás junto con el infierno que me hizo vivir.
Un hombre castaño de ojos avellana, casi del mismo color de su cabello, entra por la puerta. Por extraño que parezca no lleva traje como todos los demás, pero a nadie parece sorprenderle.
—Buenos días —dice amablemente.
Cuando se sienta con los encargados de diseño, mi jefe inclina la cabeza, gesto que él regresa.
Me mira unos segundos y vuelve su atención al compañero de al lado. Transcurren unos momentos más y otros dos hombres vestidos de traje entran también. Uno rubio y otro moreno, pero no vienen solos, tras ellos camina uno más.
La sala se queda en silencio.
El tercer hombre avanza con la mirada seria, el ceño fruncido y la espalda erguida, en una postura que impone poder en la empresa.
Lleva el cabello castaño perfectamente fijo con cera, un traje negro a medida, que se ajusta perfectamente a sus músculos mientras camina. No mira a nadie cuando cruza las puertas. Su expresión es despectiva, ante todo.
Su sola presencia impone en un segundo y todos los ejecutivos guardan silencio de inmediato. Mi piel se eriza en cuanto lo miro. Existe gente que nace para liderar y él es uno de ellos, su aura lo demuestra.
Es el dueño y fundador de la cadena hotelera Hilton & Roe.
Alexander Roe.
Lo miro mientras repasa todo a su alrededor con la mirada enojada. Muchas revistas y analistas de economía lo han catalogado como uno de los empresarios más sobresalientes de Europa. No es para menos, a sus veintisiete años ya tiene todo un imperio en sus manos.
Mientras lo observo, las luces del centro se atenúan; él parpadea un par de veces y toca sus párpados. En tanto, un hombre pelinegro con rasgos parecidos a los de mi jefe se acerca a una de las grandes pantallas que ocupan más de la mitad de la pared frontal con un pequeño control en la mano.
—Bienvenidos, sé que ésta es una reunión de última hora, pero no hay opción cuando el jefe manda —sonríe coquetamente, pero basta una mirada del señor Roe para que continúe—. Como saben, se ha invertido el treinta y cinco por ciento del presupuesto establecido para los nuevos hoteles de Birmingham y nuestro proyecto es inaugurarlos este año.
Presiona un botón y en la pantalla aparecen unas gráficas con los datos de los hoteles a los costados.
—Se trata de hoteles de lujo con un diseño peculiar; hasta ahora, el mejor diseño de nuestros arquitectos, en especial de nuestra arquitecta estrella, Alesha Smith —sonríe, complacido con sus propias palabras—. Se estima que entraremos de nuevo en la escala de los cinco mejores hoteles del mundo, aunque tres de esos puestos ya son nuestros desde hace cinco años.
En ese momento, un fuerte golpeteo de un lapicero contra la mesa se alza llamando la atención de todos.
—Deja de divagar y ve directo al grano, Erick, no me aburras con tus estupideces —un grueso y áspero tono de voz interrumpe al hombre.
Mis ojos recorren toda la sala hasta el señor Roe, cuya mirada malhumorada se endurece más aún. Parece estar a punto de estrangular a alguien y el hijo de mi jefe es el más cercano a él.
—Sí, señor Roe —dice un poco avergonzado, pero sin perder su coquetería, y continúa explicando.
El señor Roe pasa su mano sobre su rostro, claramente disgustado, no sé si porque el ejecutivo sigue haciendo bromas de mal gusto o por otra cosa en particular, pero su expresión se ensombrece más y más conforme transcurren los minutos en la sala.
Deduzco que ser dueño de todo este imperio debe generarle mucho estrés todos los días y no debe saber lidiar con él fácilmente o no estaría así de tenso.
Por alguna razón no puedo dejar de mirarlo, me llama mucho la atención su actitud. Todos parecen estar acostumbrados y sometidos a ella como si fueran sus fieles sirvientes y no sus empleados. Le temen, se siente en el aire.
El hombre es demasiado atractivo para ser ejecutivo. ¡Emma! Me regaña mi subconsciente, aunque tampoco soy ciega. Ahora que lo veo frente a frente y no en una foto impresa o en algún video de sus entrevistas o redes sociales, observo que sus rasgos son finos y delicados. Todos los músculos de su mandíbula están perfectamente marcados y los está apretando a muerte.
Mi madre decía que lo que más resalta de mí son mis ojos, pero, si ella pudiera mirarlo, diría que en él sobresalen la mandíbula marcada y los ojos verdes con largas pestañas; son precisamente ésos los que ponen fin a cualquier queja de sus empleados.
Pobre hombre, si no relaja los hombros le van a llegar hasta la cabeza. Es una pena que los millonarios no posean paz mental, aunque, a decir verdad, yo tampoco.
—No lo miren, ya saben que no le gusta —escucho decir a un arquitecto y, sorpresivamente, todos bajan la cabeza.
Miro a mi jefe y, aunque él no la baja, observa su botella de agua y de ahí no aparta los ojos. También le teme.
La sala está completamente tensa por su comentario. Nadie quiere sostenerle la mirada o hacer ruido al respirar porque será su nueva víctima; me incluyo entre ellos, pero soy muy cotilla para apartar los ojos de él.
Por alguna razón, no puedo dejar de observarlo. Qué músculos tan marcados, debe hacer pesas ¿Qué estoy diciendo? Me obligo a detener el rumbo de mis pensamientos. Culpo a los nervios del primer día por eso.
Observo su rostro, su nariz, su boca… su barbilla, el contorno de su barba. Dios, es bastante atractivo. Mis pensamientos son interrumpidos cuando de repente levanta la cabeza y sus ojos se encuentran con los míos desde el otro extremo de la mesa.
Mierda. ¡Mierda! ¡Mierda! Acaba de atraparme viéndolo.
Mi espalda se eriza. Esos ojos verdes aterran con sólo mirarlos. Si se posan en ti, te paralizan en un instante. La mujer a mi lado parece haber visto al demonio. Trago saliva con dificultad.
En ese momento, siento la fuerza de sus ojos verdes. De pronto, comienzo a percibir un ligero cosquilleo en mi cuello cuando transcurren segundos y después un minuto y no deja de mirarme. Un picor de nerviosismo, tensión… y otra cosa invade mi nuca.
—Te dije que no debías verlo —dice el arquitecto a mi lado—. Acabas de dirigir su enojo hacia ti.
Parpadeo; siento la tensión en su mirada mientras escucho la voz del ejecutivo de fondo. Aparto la vista educadamente y vuelvo a dirigirme a la pantalla, sin embargo, la sensación de que me observa continúa latente.
Sus ojos verdes me miran fijamente con una curiosidad intimidante. Tomo mi botella de agua y noto que sigue todos mis gestos, observa cómo bebo… el movimiento de mi garganta cuando trago.
Continúa hasta que cierro la botella y, con manos temblorosas, la dejo en la mesa. Me parece poco educado de su parte mirar a una persona así durante tanto tiempo y, aunque debería, no aparto la mirada.
Soy publicista, sé cómo manejar la imagen, sin embargo, esta vez no busco dar una apariencia profesional. Más bien, no puedo apartar la vista porque él tampoco lo hace. Me siento como hipnotizada; sé que no podré quitarle los ojos de encima hasta que él lo haga primero y eso me enoja.
Cualquiera diría que lo estoy desafiando o que no me importa en absoluto que me haya atrapado mirándolo, pero eso está lejos de la realidad; más bien, estoy paralizada.
Inclina la cabeza, al parecer intrigado por mi reacción desafiante. Me estudia silenciosamente y después desliza con lentitud sus ojos por todo mi cuerpo.
Contengo la respiración mientras me recorre muy lentamente y siento un hormigueo desde la punta de mis pies hasta mi nuca. De repente, se enciende una alarma en mi cabeza y frunzo el ceño ante esa reacción extraña de mi cuerpo, el hormigueo vuelve a recorrerme desde los pies hasta la nuca.
Él alza los ojos de nuevo y, antes de que pueda apartar la mirada, repentinamente, sonríe de lado. Abro los ojos como si se me fueran a salir. ¿Me acaba de sonreír? Trago saliva con fuerza, ésa no es una sonrisa amistosa y mucho menos amable.
Ésa es una sonrisa seductora.
Emma, Emma, ¿tenías que quedarte viéndolo como una loca? Carraspeo, pero no se detiene. Basta tener cerebro para saber que está mirando de más mi pecho. ¡Es un maldito maleducado! ¿Cómo se atreve a mirarme los senos?
Respiro hondo, enojada, y siento los piquetes de tensión en mi cuello otra vez. Nuestros ojos se encuentran nuevamente; él se ve complacido, aunque esa expresión se esfuma en segundos y vuelve a mostrarse molesto.
Mantengo el profesionalismo. Me contrataron como asistente de publicidad, como yo no encontrarán ninguna, sin embargo, ya comencé mal al haber visto al dueño y fui dominada por una mirada.
Alzo los ojos otra vez y veo que los suyos siguen clavados en mí. El hombre no pestañea ni un segundo y eso ya no me gusta. Me remuevo en mi lugar, cruzando las piernas y deseando que la reunión avance más rápido, pero él continúa observando mis movimientos.
—¿Se le ofrece algo? —suelta mi boca abruptamente mientras arqueo una ceja. Su mirada se descompone de enojo.
—Sí, quiero que con esos datos de la segunda columna trabaje en la propuesta que le pedí —la voz del señor Jones me saca de mi estupor. Mi jefe cree que mi pregunta va dirigida a él y no al dueño.
Para no seguir con esto, que parece un juego, asiento al escuchar las instrucciones del señor Jones. Por un momento, olvidé la reunión y por qué estaba aquí. Comienzo a tomar nota de los datos más importantes que dice el hijo de mi jefe.
La reunión mantiene su curso, sin embargo, yo siento cómo sus ojos siguen clavados en mí. Echo un vistazo por el rabillo del ojo y lo compruebo.
¿Por qué todavía me mira? Pensé que mientras pasaran los minutos se iba a cansar, pero no es así.
—Si no desean añadir nada más, podemos dar por finalizada la reunión —concluye el pelinegro, al que llaman Erick Jones, unos minutos después y me siento aliviada de al fin poder salir de aquí.
Me levanto junto con mi jefe para caminar a la salida. Mantengo la cabeza gacha. Todos cruzan las puertas dobles, a excepción del señor Roe, quien permanece en la puerta despidiendo a cada uno de los ejecutivos que salen. El traje a medida me motiva a recorrerlo de nuevo con la mirada como lo hice durante la reunión.
Sin embargo, no pierdo mi postura inicial. Aprieto los labios caminando junto mi jefe.
—Jones —dice pausadamente cuando nos topamos con él, pero ni siquiera lo ve, soy yo la presa de su mirada.
El grueso tono de su voz retumba en mis oídos y un largo cosquilleo recorre toda mi espalda de arriba abajo.
—Alexander, ella es Emma Brown, mi nueva asistente —mi jefe inclina ligeramente la cabeza a modo de saludo.
—Es una imprudente y obstinada.
Casi me ahogo con mi propia saliva. Me mira arqueando una ceja y no se despide de mí como de los demás ejecutivos. Me río con ironía, no esperaba un saludo cordial, pero tampoco esos adjetivos. Piensa que busqué desafiarlo con la mirada durante la reunión.
¿Imprudente y obstinada?
Él es un maleducado y no lo ando publicando por los pasillos. Aunque haya dicho esas palabras al aire, como si no fueran dirigidas a mí, me siento ofendida. Por desgracia, mi jefe no le da la importancia que debería.
—Mi secretaria no tardará en llevarle las propuestas a su oficina, señorita Brown —dice el señor Jones mirando la hora en su reloj de pulso—. La veré después con los avances que tenga.
—Sí, señor.
Llegamos a la división de los pasillos, el señor Jones toma el izquierdo y yo me encamino por el derecho hacia mi oficina.
Entro y me recargo suavemente contra la puerta, respirando con normalidad. Lanzo un pequeño gruñido y aprieto los párpados con fuerza. ¿Qué fue lo que me sucedió con ese hombre? Me paso la mano por el cuello, pero no logro aliviar la tensión que sentí en la sala de juntas porque no es una simple tensión corporal. Sólo son nervios, me regaño a mí misma
Un par de golpes resuenan en la puerta, sobresaltándome. Me aparto de inmediato.
—¿Diga? —camino hacia mi escritorio con los hombros caídos.
La secretaria del señor Jones entra cargando unas carpetas que lucen pesadas. Ya que conocí a Alicia hace poco, aún no logro conectar con ella del todo.
—Señorita Brown, éstas son las carpetas con las propuestas que hemos trabajado en el último mes y también los datos de la locación en Birmingham.
La ayudo a colocar las carpetas sobre mi escritorio.
—Gracias, Alicia, voy a ponerme a ello y, por favor, sólo llámame Emma, haces que me sienta como si tuviera cuarenta años —le recuerdo.
Sus mejillas rojizas se alzan y me muestra esa sonrisa que le otorga tanto carisma a su personalidad.
—De acuerdo, te llamaré sólo Emma —repite—. Y perdón por lo de hace rato, es que no me puedo resistir a comer en horas laborales. No se lo dirás al jefe, ¿o sí?
—¿Comes en horas laborales? —finjo que me lo pienso un segundo.
—No se lo digas, por favor.
—No diré nada, no quería avergonzarte, pero él mismo lo descubrirá si no te limpias el glaseado.
—El señor Jones me dijo que, si ensucio un documento con mis bocadillos otra vez, firmaré con glaseado mi carta de renuncia en recursos humanos y lo perderé a él… digo, perderé mi trabajo —carraspea, sonrojándose—. Perder mi empleo sería lo peor que me podría suceder.
—Te ayudaré a mantener tu secreto —bajo la voz en tono confidencial.
—Eres una belleza, me alegra tanto que te hayan dado una oficina. ¡Felicidades!
Le sonrío de vuelta, es la primera persona amable del día aparte de mi jefe.
—El negro no me va —señalo los muebles—, pero creo que puedo soportarlo por el sueldo que me dan.
Suelta una risa divertida.
—Yo creo que te sienta muy bien, lo que no te sentará bien son los demás publicistas. Son competitivos, en especial Adam Tail. Ya sabe que el jefe quiere una propuesta innovadora para la inauguración de los hoteles y que será tuya —acomoda la última carpeta.
—Estoy lista para darle una buena guerra, soy excelente en mi trabajo y no me intimido fácilmente.
—Eso suena excitante y espero verlo porque es la única forma de sobresalir. Si necesitas una mano, ya sabes dónde encontrarme, mi escritorio está al fondo del pasillo, sólo marca la línea dos del teléfono y estaremos conectadas —alza las cejas, pero mantiene sus pensamientos para ella misma—. Tengo que irme o patearán mi trasero a la calle por comunicativa.
Me río por lo bajo y, después de que ella se va, me coloco en mi asiento, me sacudo los estragos de los nervios de antes y abro una carpeta. El primer nombre aparece en el documento: Adam Tail. También se lee Birmingham en letras grandes.
El proyecto más ambicioso de esta cadena hotelera para este año y por el cual me contrataron.
Respiro profundamente.
—Hora de trabajar, Brown, que en Trafford ya no te queda nada —susurro para mis adentros, obligándome a hundirme en el trabajo antes de que mi mente me ponga a la deriva sobre por qué vine huyendo hasta aquí.
Alexander
—El señor Roe está aquí —le dice Ethan a la gente de seguridad de Hilton & Roe.
Me quito los lentes oscuros y entro enojado. Los dos últimos hoteles ecológicos que inauguré no me han generado las ganancias que quiero. Tres millones de libras en sus primeros dos meses de apertura es una miseria comparados con lo que gano en un mes por mis hoteles regulares.
—Buenos días, señor Roe, su agenda de hoy ya está actualizada —Amelia, mi asistente, me intercepta en la entrada con mi agenda digital—. Tiene cuatro reuniones hoy y dos son con los abogados que el señor Blake contrató.
Mis sirvientes, quienes se llaman a sí mismos “ejecutivos”, apartan sus miradas con tal de no convertirse en el objetivo de mi mal humor.
—Cancela todas y pídeme un filete a punto medio para mediodía, trabajaré en mis planos —le ordeno—. También dile a Alesha que no tengo todo el día para esperar sus correcciones, eran para ayer, no quiero más excusas.
Me pasé en vela toda la noche anterior corrigiendo los planos que los incompetentes de mis arquitectos hicieron y lo que menos quiero en este momento es asistir a las malditas reuniones, tengo el genio peor que ayer.
—Pero, señor Roe, no podemos cancelarlas todas, al menos no la primera, que es con todos sus ejecutivos para hablar de los hoteles que inaugurará en Birmingham, ni la de los clientes que vienen de Nueva York, nos tomó meses contactar con ellos —dice y trata de seguirme el paso, corriendo detrás de mí.
—No me importa, no pienso perder mi tiempo en una mediocre reunión con Erick.
—Los arquitectos están aquí desde hace una hora esperando para ayudarlo con los errores que cometieron.
—No quiero que ningún inepto incompetente de universidad barata toque los planos de mis hoteles, únicamente Alesha, ella es la mejor que tengo y yo la supervisaré —cierro la puerta de mi oficina dando por terminada mi orden.
Abro los planos en mi mesa y dos digitales en mi computadora. Pocas veces realizo los planos yo mismo, a excepción de los hoteles de Brent, con los cuales me apasioné, sin embargo, siempre me encargo de supervisar que el trabajo no sea una porquería.
Me acomodo el Rolex y pongo manos a la obra. La cantidad de trabajo que tengo este año ha aumentado y nadie es mejor que yo para hacerlo, soy uno de los empresarios más ricos de Europa, y Londres es mi sede principal.
Ethan con mi seguridad privada esperan fuera de mi oficina, hace dos días que tuvimos avistamientos de camionetas verdes cada cierto tiempo.
—Ya estoy aquí, lamento la demora, necesitaba conseguir un desayuno en condiciones para ambos —Alesha entra presentable, como siempre, para arreglar este desastre.
Su cabello aún está húmedo. Gran parte de la noche estuvo de rodillas en el suelo, relajándome con su boca. Yo sostenía su cabello pelirrojo para metérsela hasta el fondo.
—Llevo esperándote con los arquitectos toda la mañana, Alexander, pero como seguramente no quieres a incompetentes tocando tus planos, sólo vine yo. Ya los envié a supervisar otra obra.
—Siempre sabes lo que quiero y cómo lo quiero.
—Son años de experiencia, querido —osa intentar besarme en la mejilla, pero no lo permito. No me gustan esos besos ridículos, soy un hombre difícil de llevar, tengo un carácter insoportable, sin embargo, Alesha se ha amoldado para congeniar con él desde que éramos niños.
Lleva sus labios a los míos, relajando un poco mi enojo, recordándome las buenas técnicas que su boca despliega en mi miembro todos los días. Se acomoda el cabello rojo en la espalda en cuanto me nota más tranquilo y me trae un café sin azúcar.
Nadie me conoce mejor que ella, son años de ser amantes, amigos y compartir el mismo pasado.
—Arregla el desastre que hicieron con los planos. Después de mí, eres la única que tiene suficiente cerebro para hacerlo.
—Yo me encargo, tú relájate observándome, sabes que me gusta —dice coqueta. Después de que su lengua me tranquiliza de nuevo y de que me da cafeína para estar al cien, se pone seria y lista para el trabajo, justo como me gusta.
—Anoche los estuve analizando digitalmente y ya encontré dos de las fallas. Hay más, tenlo por seguro, deberías despedirlos —frunce los labios rojos y me acaricia el brazo con sus dedos, cariñosa.
Mi ceño fruncido la hace alejarse, sabe que odio ese tipo de contacto.
—Hoy tampoco estás de buen humor, llevas días así. No consigo agradarte con ninguna de tus cosas preferidas.
—Yo nunca estoy de buen humor.
—Pues comienza a mover la cara al menos para decir “gracias” o se te atrofiará —recurre a mi espalda, utilizando su clásica técnica del masaje.
—Yo nunca digo “gracias”.
—Lo sé —se acomoda el cabello rojo—. Pero yo puedo relajarte como más te gusta, te preparo tu whisky escocés y un buen filete con vegetales al vapor, sabes que conozco tu dieta baja en calorías. ¿Quieres que tome la tarde libre para complacerte?
No es que disfrute escucharla todo el día, pero me ofrece buenas cosas.
—Sí.
—Entonces ve a la reunión con Erick y te espero para irnos —sus labios van a mi cuello, de donde la aparto, asqueado.
—Perdón, fue un impulso para quitarte la tensión —aprieta los labios, disgustada—. No volverá a suceder, me comportaré y seré sumisa.
Asiento y se ríe, frotando su rodilla con la dureza de mi miembro.
—Yo me encargo de los planos y tú vendrás a mi apartamento a las seis. Olvidé preguntarte, ¿quieres que viajemos un viernes o sábado del siguiente mes a Birmingham para ver tus hoteles?
—No viajaré a Birmingham.
Se pone seria.
—¿Por qué no? Acordamos que supervisarías las estructuras tú mismo.
—Tengo unos clientes que ver, pero a ti te necesito en Birmingham, quiero todos los detalles de la construcción. No quiero errores, Alesha, yo nunca hago un mal trabajo.
—Si yo la superviso, no tienes por qué dudar, pero entonces necesito los datos que presentará Erick en la reunión de hoy.
Malhumorado, iré al matadero de miedosos que sólo buscan complacerme.
—Está bien, pero llegaré a tu apartamento a las cinco.
—Entonces tendré que entretenerte hasta que la cena esté lista —sonríe como la mimada que es antes de irse.
Me limpio con desagrado los restos de labial cremoso que me impregnó y me dirijo a la sala de juntas. Como siempre, la gente llega antes de la hora de la reunión, pues saben que odio los retrasos y ellos son unos lamebotas.
Bennett entra primero y luego yo. Ya están encendidas las pantallas para presentar las gráficas de Birmingham.
Erick empieza a hablar de los porcentajes que nos catalogan como la mejor cadena hotelera. Eso no necesita recordármelo nadie.
Estoy por encima de cualquiera, no soy bueno, soy excelente, y nadie lo va a cuestionar. Por eso, su exposición no me alaba en absoluto. Después empieza a hablar de nuestro rango de hoteles, pero la vista ya me duele, siento punzadas en las sienes, quiero que se apure.
Tras interrumpirlo y callarlo, todos evaden mi mirada. Saben que, cuando estoy enojado, no soporto ni el ruido de sus respiraciones a mi alrededor. Paso la mano por mi rostro enojado mientras Erick comienza con la información real. Todos son una bola de inútiles.
Observo alrededor de la sala contando los segundos que el inútil tarda en reproducir las proyecciones y volver a hablar. Bennett y el equipo de diseño están de sobra en la reunión.
Últimamente, estoy rodeado de inútiles que empeoran mi estrés. De pronto, mi instinto me obliga a alzar la mirada en un segundo y veo un par de ojos castaños que me miran fijamente desde donde se encuentra Christopher Jones.
¿Quién es ésa?
La miro seriamente para que dirija su atención a Erick. Observo cómo sus fosas nasales se expanden cuando siente el golpe de mis ojos verdes.
No aparta su mirada ni un segundo. En ese momento, siento la potencia que emanan sus ojos avellana.
Inexplicablemente, siento como si jalaran mi silla.
Es la publicista, la asistente de Christopher Jones, quien tanto la ha alabado desde que la contrató hace un mes. Es muy egocéntrica si cree que en mi empresa no hay buenos publicistas, como el torpe de Adam Tail.
Veré qué tanto ego le queda después de imponerme.
Por lo que he oído de ella, sobrestima demasiado su trabajo. En cuanto se percata de mi mirada, hace movimientos automáticos para que le pierda el rastro, se abanica e incluso toma agua para perderme. Como último recurso se reacomoda en la silla, pero sigo sus ademanes uno a uno.
Recorro con mi mirada su rostro hasta bajar por el saco ajustado que porta. Tiene un buen busto, pero cubierto de tela. Ladeo la cabeza y me percato de mi error: carajo, no es un buen busto; más bien, es excelente el tamaño de sus senos, lástima que se escondan bajo el traje remilgado de profesionista.
Ésa es una de mis debilidades en las mujeres, aunque no me excitan las castañas como ella, sólo las pelirrojas como Alesha.
Alzo la mirada de nuevo y, en ese momento, siento como si me estuviera tentando sin siquiera moverse. Entrecierro los ojos tratando de someterla.
Sus buenas competencias no me sirven, nadie se encuentra al mismo nivel que yo profesionalmente. Recuerdo que Christopher comentó que ella aclaró que no era una buena publicista, sino la mejor que podría contratar. El ego de los principiantes me saca de quicio.
Ni siquiera Alesha se atreve a tanto, y ella es la mejor arquitecta de mi equipo, sin embargo, baja la cabeza cuando debe y obedece cada que quiero.
Intento dominarla con mi presencia, pero la publicista no aparta la cabeza. Arqueo una ceja mientras ella recorre mi rostro e incluso mi ropa con los ojos. Siento la potencia de su mirada porque es igual a la mía, se está poniendo a mi mismo nivel.
Sonrío y sorprendo a mi secretaria porque llegué gritando desde la mañana, no obstante, mi sonrisa es irónica. No te pongas a mi nivel, publicista, aquí soy un dios frente al que todos se arrodillan.
Ladeo la cabeza, entrando en un juego con ella, y sonrío como el cabrón de mierda que soy. Ella también inclina la cabeza, su actitud es obstinada, pareciera que me ve por debajo de ella.
—¿Se le ofrece algo? —dice, mirándome.
Me atraganto con el aire. Bastaría un minuto para colocar mi firma en su contrato de despedida de mi jodida empresa. ¿Cómo diablos se atreve a siquiera hablarme?
Se percata de lo que dice porque se sobresalta al segundo de que su boca suelta la pregunta, sin embargo, Christopher la salva de mí cuando asiente y le muestra las gráficas. Entonces, ella deja el juego de lado y se concentra.
—Obstinada —susurro por lo bajo.
Veo las palpitaciones en su cuello; no es indiferente, pero su carácter no la deja ceder. Esta publicista es igual a mí. Como es de esperar, la aborrezco y repelo en un instante como polos iguales.
Ése es el pensamiento que me lleva a mirarla fijamente durante toda la reunión, consciente de que intenta evadirme, aunque su ego sigue presente. Deslizo los ojos de nuevo hacia su prominente busto; fantaseo perversamente con qué tan buenas estarán.
Sin embargo, ni con esas tetas tan buenas tendría una oportunidad conmigo, esa publicista no es mi tipo de mujer.
Aunque, debo admitir que una publicista egocéntrica sería un reto que, entre más lo pienso, más me atrae. Recorro su cuerpo con la mirada nuevamente y comienzo a imaginar con lo poco que el escritorio deja ver. Voy a abrirla de piernas y a ver si su actitud seria no se esfuma mientras grita mi nombre si la hago pecar.
La inclinaría y azotaría como castigo varias veces por haberme desafiado con la mirada. Los pensamientos perversos son mejores que la maldita reunión e incluso mi mal humor empieza a esfumarse.
La junta termina. Mi cuerpo, tentado, responde con una erección cuando ella camina a la salida mostrándome su culo perfectamente redondeado para mis azotes. Siento cómo crece la excitación al ver que alza la vista de nuevo para mirarme en la puerta.
Sé que también se excita.
Es una pecadora. Yo soy el diablo, conozco a los pecadores, pero no es mi tipo de mujer.
Puedo reconocer la mirada de perversión, tentación y pecado que crece en el color castaño de sus ojos. Recorro su cuerpo con mi mirada, dominado por los pechos que oculta bajo el blazer negro. Ella también observa mi cuerpo.
Y mientras Christopher me saluda, ambos sostenemos esa mirada de pecado.
Me acomodo las mancuernillas de oro baratas que me regaló mi hermano y espero a que pase con su jefe.
—Jones —bajo el tono de mi voz, enojado de nuevo, pero ella ni siquiera se digna a mirarme cuando hablo.
—Es una imprudente y obstinada —le digo y veo cómo la vena de su frente palpita con fuerza.
Me taladra con sus ojos castaños. Luego mira a su jefe, pero Jones permanece igual de petrificado que ella. Sonrío complacido cuando la dejo con la palabra en la boca y me voy, arrogante, a mi oficina.
No tengo tiempo para jugar con una publicista obstinada que se cree la mejor en su trabajo. Tengo un hotel que inaugurar, el cual me hará más rico de lo que soy. Esa mujer me molesta, pero sé que es mutuo; ni siquiera me importa.
Bienvenida al mundo hotelero, aquí se demuestra de lo que estás hecho, no qué tan egocéntrico eres.
Emma
Entro a mi apartamento tras concluir la jornada laboral. Estoy cansada y estresada. Tuve que revisar muchos papeles para familiarizarme con toda la información de Birmingham, pero, a pesar de todo, me siento increíblemente satisfecha por el día tan productivo.
Además, sumergirme en el trabajo me hace dejar de pensar por completo.
Dejo mis cosas sobre el diminuto sofá café cerca de la entrada y me acerco a la nevera. Necesito una copa de vino para relajarme y eliminar el estrés de la oficina. Ése es un viejo hábito que disfruto desde que vivía en Trafford.
Ya han pasado varios meses desde que vivo aquí y sigo sin sentirme en casa. He intentado darle mi toque al apartamento: un cuadro en la sala de estar, una planta en el suelo de la cocina, unos cojines blancos, un poco de frituras en la alacena, un florero en la entrada, pero nada es suficiente.
Si Cora estuviera aquí, haría su magia para decorarlo y ahorrarme mucho del homesick que padezco.
Suspiro y le doy otro trago largo a mi copa mientras repaso los reportes de Adam Tail. No me gusta alabar mi trabajo, pero, en un mundo laboral tan difícil, una debe proyectar una imagen inquebrantable para sobresalir, y más siendo mujer. Alimentar mi ego me ha funcionado hasta el momento.
El vino está delicioso, pero eso no impide que eche tanto de menos a mi mejor amiga y a su hermano, quien vive en Brent. Ellos son la única familia que tengo desde que mi madre murió, deberían adoptarme en serio.
A Sawyer, a pesar de ser mi padre, nunca lo consideraré parte de mi familia porque nunca viví con él. Mi madre y yo nos las arreglamos solas desde que yo tenía seis años, pero mi opinión sobre él mejoró hace unos meses cuando me ayudó con… mi depredador.
La canción “Bottoms up” de Siine comienza a sonar a todo volumen en mi teléfono. Pateo mis tacones y corro hasta mi bolso para buscarlo desesperadamente entre todas las cosas que llevo ahí dentro. Ansiosa, tiro todo el contenido al suelo porque ese tono de llamada es de alguien especial.
—¿Hola?
—¡Sexy! —saluda la voz cantarina de Cora, mi mejor amiga. Grita en la bocina, pero siento un alivio enorme al oírla a pesar de que casi me deja sorda.
Ella es mi lugar seguro. Sólo ahora, en cuanto la escucho, me doy cuenta de que quiero llorar. Muero por verla, las visitas inoportunas que ha hecho a la ciudad no han sido suficientes.
Parece como si hubiera oído mis pensamientos de hacía unos segundos; siempre aparece cuando más la necesito.
—¿Cómo transcurrió tu día, señorita asistente del director de relaciones públicas de Hilton & Roe, cadena hotelera internacional? —dice el nombre de la empresa en tono pomposo.
—Agotador, estresante e intimidante, voy a emborracharme para olvidarlo —me dejo caer sobre el sofá—. Aunque no es nada que no haya vivido con mi padre antes, así que puedo con eso y más.
Percibo su sonrisa al otro lado del teléfono.
—Te lo dije, Emma, esa cadena hotelera es muy exigente, pero por algo transpira dinero por todos lados. Quizá también me consiga un empleo ahí para comprarle comida más costosa a Oliver.
Ahogo una risa. Cora jamás trabajaría en una oficina, se moriría del aburrimiento. Ella es feliz trabajando con las artes, lo visual y todo lo que requiera creatividad sin presiones. Su representante, Luke, le ha conseguido buenos empleos en galerías prestigiosas en estos dos años de carrera.
—¿Oliver? Pensé que tu pez se llamaba Otto. Yo elegí el nombre cuando lo compraste —le recuerdo.
—Sí, bueno… digamos que Otto partió al cielo de los peces hace un par de semanas y en su honor conseguí un nuevo amigo. Se llama ¡Oliver Gray!
Sacudo la cabeza, riéndome.
—Eres la peor madre de peces, Coraline, y lo sabes.
—¡Esta vez sí lo alimenté! —rebate indignada. Seguramente, se lleva la mano al pecho—. Pero nadie me advirtió que no tenía que darle todo el envase de comida en un día. Al menos se fue con el estómago lleno —refunfuña al otro lado—. Con un bebé será distinto. Si es con la persona correcta, yo seré la madre perfecta.
—Seguro, pero tu hermano se quedaría calvo si tienes un bebé a tus veintidós años.
—Se quedará calvo por el trabajo de todas formas, no importa si le doy un pequeño empujón.
Me tiro al suelo con una sonrisa tonta de lado a lado.
—¿Y cómo vas con tu apartamento? La última vez que vi ese lugar era un agujero peor que el mío.
—Uh, bien… está bien, muy bien, ¡me gusta!… ¡Me gusta bastante! —se escucha nerviosa.
—¿Qué te pasa? ¿No lo has arreglado?
—Sí, pero no es mi prioridad, el trabajo me mantiene ocupada toda la noche —suspira en el teléfono y escucho agua correr de fondo—. No te quería decir esto por teléfono, pero una galería importante quiere exhibir otros de mis cuadros. Luke se reunió con ellos la semana pasada.
—¿Y hasta ahora me lo dices?
—¡Estabas ocupada con tu nuevo trabajo! Yo no quería robarte el reflector, era tu momento.
—¿Y por las noches no pudiste contármelo?
—Entre mis peces y el apartamento no tenía cabeza para nada, y después Dylan vino y cenamos, recitó su discurso de seguridad de siempre, ya sabes —se disculpa hasta que la botella de vino se agota entre copa y copa. El tiempo se me va volando, no hago más que imaginar que estoy con ella de nuevo.
—Quedas perdonada, pero estaré esperando fotos de la exposición.
—No tendrás que hacerlo, la verás en primera fila —susurra en voz tan baja que apenas la percibo. Además, ya estoy un poco aturdida por el vino.
—¿Qué?
—Dije que es un hecho, sexy, que verás esa exposición —un ruido de algo como una lata cayéndose suena en la bocina.
—Eso no fue lo que dijiste.
—Sí, pero el eco distorsiona lo que digo. Este lugar está muy sucio, parece como si un tornado lo hubiera destrozado, es peor para empacar.
Sonrío imaginándome su cara de molestia.
—¿Por qué estás empacando? Ya tienes tu apartamento, más bien tendrías que desempacar. Ese mueble chino que pediste en línea ya debe estar en paquetería.
—Estoy empacando lo de una habitación porque mi hermano vendrá de visita el próximo mes, y como Luke regresó a su casa en Londres, no hay quién me ayude —no parece estar diciéndome la verdad, pero es Cora, con ella nunca se sabe.
—Tengo que dejarte. Por favor, no olvides alimentar al pez esta vez y con la cantidad adecuada —Cora es tan buena cuidando mascotas como yo lo soy cocinando.
Sí, ambas somos un verdadero desastre.
Se ríe suavemente.
—No lo haré, promesa de pintora.
—Pensé que tus promesas de pintora no valían.
—Eso fue la Navidad pasada, este año sí valen —lo dudo, pero sus intentos lo hacen más divertido y por eso la quiero tanto.
—Colgaré o hablaremos por horas. Mi jefe quiere una propuesta sobre unos hoteles y aún no la he terminado.
—Arrasa con él y muéstrale quién es Emma Brown —ahogo una risa—. Te quiero tanto, no olvides llamarme si necesitas algo —permanece en silencio al otro lado de la línea, sé a lo que se refiere.
—Voy a estar bien, Cora.
Suspira.
—Lo sé.
—Te quiero.
—Te echo de menos.
Antes de que me ponga nostálgica, cuelgo y me recargo en el sillón. Suspiro. Por primera vez, noto la soledad en mi apartamento.
Debería comprarme un pez como ella, para que me haga compañía. Sonrío con esa idea, pero mi sonrisa desaparece rápidamente cuando miro mis muñecas.
Las cicatrices circulares apenas son visibles y puedo cubrirlas en el trabajo.
Gracias a la experiencia del médico que me recomendó la doctora Kriss, las cicatrices desaparecerán por completo en un par de meses. Ojalá y también lo hiciera esa horrible noche con Seth. Sólo pensar en su nombre me provoca una mueca nerviosa.
No puede lastimarme aquí. Mi padre se encargó de él. Tengo que recordar eso, no está libre, ni lo estará en un buen tiempo. Mi padre me ayudó, algo que nunca había hecho en su vida desde que mi madre lo abandonó. Para mí sólo había sido un hombre ambicioso y miserable.
Sin embargo, Sawyer no puede ser tan malo, al menos pagó mi universidad cuando lo necesité y ahora me ha salvado de mi depredador.
Bajo la ebriedad del vino, pienso en que puedo darle una segunda oportunidad a mi padre, incluso aunque no lleve su apellido. Mi madre murió, Sawyer es la única familia real que me queda.
¿Qué tan malo puede ser?
Y, como mi madre me enseñó, una Brown nunca se rinde.

Capítulo 2
Emma
Corro por las calles de Londres. Mucha gente duerme a las cinco de la mañana, sin embargo, hoy yo corro para olvidar los sueños desagradables que rara vez me persiguen.
Siempre buscamos el camino más rápido para huir de nuestras pesadillas. Hasta que nos atrapan de nuevo y no podemos librarnos fácilmente como la primera vez.
Esta es mi rutina diaria, correr por la avenida de mi edificio y prepararme el desayuno.
Un par de horas después estoy en camino al trabajo. Mi carrera matutina le vino de maravilla a mi ánimo.
Sostengo mi bolso con fuerza mientras el ascensor sube por los pisos del edificio de Hilton & Roe. Por dentro, las paredes son de un tenue color marrón y están iluminadas por los cuatro extremos superiores.
Cora tiene razón, son algo pomposos, mi sueldo lo confirma. Un hombre de cabello negro y ojos azules que se encuentra en contraesquina me mira de reojo varias veces. Porta un maletín al hombro, como todos los compañeros publicistas; es muy parecido al que solía usar en Trafford.
Llegamos al piso indicado y el ascensor abre las puertas. Los demás empleados y yo salimos como hormigas dispersas. El hombre de ojos azules me mira de arriba abajo cuando pasa al lado de la oficina del señor Jones.
—Buenos días para ti también, Adam Tail —murmuro a su espalda. Lo reconozco gracias a mi jefe.
Así que eres a quien todos alaban en el departamento de relaciones públicas… Lo sigo con la mirada hasta que desaparece dentro de su oficina. A su paso, va dejando una hilera de secretarias con mirada acaramelada.
Doblo a la derecha, perdida en mis pensamientos tras ver a mi competencia nada entusiasta de conocerme. Sé que califico mejor que él, pero un hola no habría estado de más y menos con la planta que traje para proteger mi oficina, como Cora sugirió. Ella es muy supersticiosa, cree en el destino, en las energías y en más cosas de las que, según ella, debo cuidarme en esta empresa.
Al cruzar por el pasillo, un ejecutivo choca conmigo con tanta fuerza que me tambaleo sobre mis tacones y casi caigo. Mi bolso y mi planta golpean su pie.
—¡Mierda! —sus manos sujetan mis hombros para ayudarme, evitando la caída. Salta en un pie por el dolor—. ¿Estás bien? —pregunta claramente avergonzado.
Casi me rompes un hueso, desconocido. ¿Tú qué crees?
—Estoy bien —respondo en su lugar y me alejo con suavidad alzando mi bolso del suelo.
Caballerosamente, me ayuda a levantar mi planta y le agradezco en un murmullo. Ahora que estamos de frente, veo que él es alto y robusto; si hubiera aplicado un poco más de fuerza, yo estaría hecha puré en estos momentos.
Me alivia reconocerlo, es el castaño de la sala de juntas, quien saludó a mi jefe.
—Discúlpame, estaba muy distraído, la mayoría del tiempo lo estoy y ya me ha ocasionado más de un problema con los peatones del elevador —lanza una pequeña risa nerviosa.
Al igual que ayer, no lleva traje. Tiene un estilo más casual y simple, con vaqueros negros y una camisa suelta arremangada a la altura de los codos, rompiendo con el esquema de ejecutivos trajeados, como yo.
—Estoy divagando y seguramente tú, en tu mente, me estás matando. Soy Bennett —se aclara la garganta y me extiende la mano.
Salgo de mi vergonzoso estupor.
—Emma Brown, asistente del director de relaciones públicas. Estuve en la reunión de ayer —digo torpemente y estrecho su mano.
Sus ojos marrones sonríen cuando él lo hace. Esta vez me reconoce sin lucir avergonzado y capta mi atención por completo. Tiene un parecido que me resulta vagamente familiar; de hecho, su rostro tiene rasgos muy marcados que definitivamente he visto antes, pero no puedo recordar en dónde.
—¡Ah! Eres la nueva publicista de Christopher Jones, ya te conocía.
—Soy asistente y publicista —retomo mi camino hacia mi oficina y se ofrece a llevar la planta por mí.
—Habla muy bien de ti. En alguna de las reuniones, recuerdo que dijo que tienes un currículum impresionante —me sigue camino a mi oficina—. Definitivamente, algo le sorprendió, porque de tres cosas que habla, dos son sobre ti.
—Eso es muy halagador, no lo sabía.
—Christopher es un buen publicista y reconoce el esfuerzo de sus colaboradores —me entrega la planta—. Un placer conocerte, Emma —sonríe otra vez y me deja en la puerta de mi oficina—. Me voy antes de que siga golpeando gente al azar —bromea, alegrando mi ánimo con su carácter tan ligero.
Se ríe, echando la cabeza hacia atrás. Es un hombre muy agradable. Al parecer no soy la única distraída en esta empresa y es un alivio saberlo. Lo veo marchar hacia el piso número siete, el de diseño.
—Buenos días, Alicia.
Ella se limpia el azúcar de los labios. Nuevamente la atrapo comiendo. Me ondea la mano mientras mira a Bennett irse, sorprendida de que él esté aquí.
—Buenos días, Emma.
Con un gesto, le indico que puede seguir comiendo. Cuando entro a mi oficina, dejo mi nueva planta en el suelo, cerca de mi escritorio.
—Aleja todas las malas vibras que quieras —le hablo a la planta como Cora me dijo, pero me siento un poco tonta de hacerlo.
Si no funciona el experimento, tendré que buscar a una tarotista que vea mi futuro, quizá me dé un amuleto de la suerte. Qué tontería.
Aparto los escepticismos y reviso por última vez mi propuesta para el evento de la apertura de los hoteles de lujo en Birmingham. Dejo la de Adam a un lado y pongo la mía en su lugar. Busco en la base de datos de relaciones públicas a los publicistas para reconocerlo mejor. Es atractivo, por algo las mujeres del pasillo lo seguían con la vista hasta su oficina.
Sé que esas miradas en el elevador fueron un tanto pretenciosas. Trató de intimidarme, sabiendo que tengo su trabajo en mis manos.
Promocionar los hoteles de Birmingham será fácil por el porcentaje turístico de la ciudad en esta época del año.
Entonces, pensé que, entre más turistas haya en el evento, más promoción para el hotel. La gente en internet hace un trabajo excepcional con las redes sociales, los portales, algo que Adam Tail no contempló.
Sin embargo, lo mío es una simple propuesta, el señor Jones tendrá que revisarla y después compararla con las de sus publicistas para hacer su elección final. No espero que elija la mía, pero que al menos sí utilice a los turistas como planeo hacerlo.
Cierro la página de la base de datos.
—¿Qué carajos? —frunzo el ceño, confundida, cuando el fondo de pantalla de mi ordenador cambia del logotipo de la empresa a una imagen de la compañía con el dueño.
La mirada vacía, posando de frente, con las letras H & R en el fondo en tonos oscuros. Ingreso mi número de empleado y abro mis carpetas. Todos los días cambian el diseño de los ordenadores, al parecer.
De pronto, el teléfono fijo de mi escritorio comienza a sonar, interrumpiendo mis pensamientos, recordándome a una película de terror.
—Departamento de relaciones públicas del señor Christopher Jones.
No se escucha nada del otro lado, sólo una respiración. Esto no es una película de terror. De nuevo me presento, pero no hay respuesta. ¡Ya sabía que las malas energías de las que habla Cora atraen cosas extrañas!
Me incomodo y cuelgo mirando fijamente la planta que traje: se irá a la basura. Volteó hacia el identificador de llamadas esperando ver un número desconocido, pero observo que la marcación es de la empresa.
Algún distraído, tal vez. Remarco al departamento que llamó y, al primer timbrazo, alzan la bocina.
—Departamento de relaciones públicas, Hilton & Roe —mantengo presionado el botón del altavoz, tensa.
Escucho atenta, pero la otra persona en la línea permanece en silencio.
—¿En qué puedo ayudarle? —pregunto, pero de nuevo sólo recibo silencio.
Escucho la respiración del otro lado y se me eriza la piel con un hormigueo por mi espalda. Como si de una maldición se tratara, miro el fondo de pantalla del ordenador, un par de ojos verdes se clavan en mí. Cuelgo.
En segundos, el teléfono suena otra vez. Lo levanto enojada.
—Emma —la voz de Alicia se filtra por la bocina. Al escucharla, relajo los hombros y suelto el aire que estaba conteniendo—. El señor Jones quiere ver tu propuesta para Birmingham.
—Estoy en camino —mi voz suena extraña. Así me siento por esas llamadas infantiles.
¿Qué diablos quería? ¿Era Adam Tail tratando de intimidarme? Alicia me advirtió que los publicistas harían hasta lo más bajo para que no me sintiera bienvenida, sin embargo, esperaba huevos reventados en mi escritorio, no llamadas silenciosas.
Pero si ellos no fueron los responsables de esta inoportuna broma… ¿Puede que haya sido el señor Roe? Desde la reunión de ayer, siento como si hubiera entrado en un campo minado. Sacudo la cabeza, estoy imaginando cosas. Reorganizo la información y me apresuro a llevarle las carpetas a mi jefe.
Cuando entro, el señor Jones se encuentra al teléfono, pero me hace una seña para que pase. Espero paciente a que termine su llamada. Mientras tanto, me fijo en las fotografías sobre su escritorio, en una aparece él abrazando a una mujer rubia, en otra figura la misma mujer con su hijo el abogado.
Después, miro su ordenador. Tiene el fondo de pantalla del logotipo de Hilton & Roe, justamente como estaba el mío ayer. ¿Quién demonios está jugando con mi computadora?
—De acuerdo, Blake, los envío. Tendrás los documentos para firmar esta misma tarde —dice, finalizando su llamada. Entonces, le acerco los documentos.
—Le tengo una propuesta excepcional, puede revisarla con Adam.
—Desafortunadamente, se reportó enfermo hoy, sólo vino por unos informes. Sin embargo, trabaja desde casa y por videoconferencias, por algo es uno de mis mejores publicistas, incluso aceptó realizar una segunda propuesta, como tú.
Si estaba tan enfermo, no era necesario venir. Eres un besatraseros, Adam; en el ascensor no te veías enfermo. Quiere el día libre para que no le robe el trabajo, eso confirma su llamada infantil.
—¿Revisó la información considerada en las otras propuestas? —pregunta, abriendo la primera carpeta.
—Todos los datos están dentro.
Brevemente, resumo cómo utilicé la información en la propuesta de Birmingham para hacerla más innovadora en comparación con lo que ya habían trabajado, así como algunos puntos relevantes de las otras propuestas que me parecieron muy útiles.
Las redes sociales, los portales web… Cuando termino, parece complacido con mi trabajo.
—A simple vista, me encanta tu propuesta, Emma, estoy muy interesado, pero tengo que revisarla más a fondo —dice—. Lo siento, ¿la puedo llamar por su nombre de pila? —añade rápidamente como si hubiera cometido una falta grave.
—Me encantaría. Por mí está perfecto, odio las formalidades.
—La empresa donde trabajaba tiene una reputación impecable, estoy impresionado y no me sorprende que haya terminado la propuesta en una noche.
—Con los datos de Adam, fue fácil —mi experiencia laboral no es algo de lo que quiera hablar. Si pudiera olvidar mucho de mi vida antes de esta empresa, lo haría sin pensarlo dos veces. Trafford es un infierno, lo vea desde donde lo vea.
—Hagamos esto —se acomoda en su lugar—. Revisaré la propuesta, pero, antes de comenzar con el proyecto, necesitamos tener los contratos con los patrocinadores y con el departamento de finanzas, porque sin dinero no podemos trabajar —comenta—. Adam se encarga de esta parte, le enviaré los recibos.
—Yo puedo encargarme de eso, señor —intervengo—. Es preferible que Adam descanse, si está tan enfermo como dice. Yo puedo hacer su trabajo hoy. ¿Qué le parece?
Si Adam es un besatraseros que hace bromas telefónicas, jugaré a su nivel, sólo para delimitar mi territorio.
—Sí, ¿por qué no? Adam se merece un descanso.
Sonrío victoriosa de arruinar el plan de mi competencia, debe estar retorciéndose en su apartamento.
—¿Con qué empiezo?
—Los ejecutivos ya firmaron los contratos y el señor Roe debió firmar el último ayer. —carraspea mirando su ordenador y lo que haya en la pantalla—. Vaya por él y anéxelo a las propuestas. Después saque todo lo que necesite de la oficina de Adam.
Asiento una vez más. Iré a la cueva del enemigo.
Alicia está en su escritorio con un mini dona a medio comer escondida en su regazo, tecleando la baja de un día de Adam para que mi jefe la firme.
Tiene un par de migajas en los labios, pero se las sacude, sobresaltada, en cuanto me ve y me muestra la pantalla.
—¿Tienes alguna dona de reserva? —me acerco a ella.
—¿Tan rápido terminó la reunión? —se limpia los restos de glaseado de las comisuras otra vez.
—¿Tú qué crees? Voy a ir a recoger el último contrato que debió firmar ayer el señor Roe. Como sabes, Adam se reportó enfermó, ¿puedes creerlo? Y, pese a ello, está trabajando desde casa con una propuesta similar a la que me pidieron.
Se pone en plan cotilla conmigo.
—Te lo dije, eso hacen con los nuevos porque se sienten amenazados —susurra, mirando la puerta de nuestro jefe.
—Hace casi un mes que visito la empresa como candidata al puesto. ¿No deberían haberme superado ya? Es agotador, parecen bullies de colegio.
—Necesitarán al menos un año para hacerlo, la competencia laboral es muy grande.
—Suena como si no fuera a durar mucho aquí.
—Por favor, eres la que más experiencia tiene de los que aplicaron para el trabajo. Incluso estás sobre el nivel de Adam. Más bien, creo que es él quien no