El escalón 33

Luis Zueco

Fragmento

Prólogo

PRIMERA PARTE

Madrid

1

Ratones de biblioteca

Año 2012

Él podía ser muchas cosas, pero sobre todo era un hombre que ya no tenía nada que perder.

Eran las nueve de la mañana, la biblioteca acababa de abrir. Vestido con un traje negro y una elegante corbata de seda de color azul, caminó por la plaza de San Francisco en Pamplona. La elegancia resultaba innegociable en un asunto así.

Se encontraba en pleno centro del casco antiguo de la ciudad, a la sombra de las torres de la iglesia de San Saturnino, cuyas campanadas marcan el inicio de los Sanfermines.

La biblioteca ocupaba la planta baja y el sótano del otro imponente edificio que presidía la plaza. Una construcción de esquinas redondeadas, coronadas con cúpulas y un mosaico colorista en su frontón central, conocida en la ciudad como La Agrícola. Aquella institución era la máxima responsable del patrimonio bibliográfico de Navarra. En la página web del centro había consultado que poseía una colección de más de trescientas mil obras, incluyendo un importante fondo antiguo, que albergaba setenta y cuatro incunables más un completo archivo histórico del siglo XIX.

Una vez dentro del edificio, se dirigió al mostrador de información donde se encontraba una mujer de avanzada edad, con gafas y aspecto arrogante.

—Buenos días, quisiera consultar la sección de cartografía —dijo con un acento que revelaba su procedencia extranjera.

—Para poder consultar esos fondos necesita un carnet de investigador.

—¿Es posible solicitarlo aquí mismo?

—¿Cuál es su nombre? —preguntó la mujer, poco entusiasmada con aquel tipo.

—Edgar Svak. —Por supuesto ese no era su auténtico nombre, pero había tenido tantos a lo largo de su vida que ya ni se molestaba en recordar el verdadero.

—Tiene que rellenar este formulario. Y necesito un carnet de identidad o pasaporte y dos fotografías recientes.

Svak sacó del interior de su maletín de cuero un sobre con las fotografías y su tarjeta de identificación, a continuación rellenó el formulario. Después se lo entregó a aquella mujer, que le observaba con recelo, como si supiera que había algo sospechoso en él. Ella recogió los documentos, comprobó que estaban correctamente cumplimentados y se los llevó a una sala contigua. Svak esperó paciente. Metió la mano en su bolsillo derecho del pantalón y cogió una piedra oscura y rugosa. La acarició con los dedos, como si pudiera transmitirle cierta calma. Cerró el puño, apretando la piedra contra su piel, y la guardó de nuevo en el bolsillo.

Al cabo de unos minutos, la mujer volvió con algo en la mano y se lo entregó.

—Tome. Este es su carnet de investigador. Para consultar el fondo de cartografía debe ir al Archivo Real y General de Navarra. Se encuentra en la calle Dos de Mayo, su horario de lunes a viernes es de 9 a 14.30.

—Muchas gracias. —Svak intentó ser amable pero la mujer hizo como si no le escuchara.

Salió de la biblioteca enojado. No esperaba este cambio de planes; su información no era del todo correcta, tenía entendido que el fondo de cartografía estaba en aquella biblioteca. Se trataba de un error imperdonable, impropio de su experiencia. Debía actuar con rapidez. Paró un taxi.

—Por favor, a la calle Dos de Mayo. Es urgente.

El Archivo General de Navarra estaba en un antiguo palacio de Pamplona, al entrar leyó una breve descripción histórica del edificio. Necesitaba conocer toda la información posible de aquel lugar. Sus orígenes se remontaban al siglo XII, sirvió de residencia en época medieval a los obispos de Pamplona y a los monarcas privativos de este viejo reino. En el siglo XX, había sido rehabilitado para albergar la biblioteca.

Con el carnet de investigador no tuvo ningún problema en pasar al interior del archivo. En el acceso al fondo de cartografía tuvo que atravesar un detector de metales y los dos guardias de seguridad de la entrada revisaron su maletín pero no hallaron nada fuera de lo común. Entró a la sala de consulta, que se encontraba en una de las dependencias de la parte medieval del edificio, con un suelo de madera y cuadros barrocos decorando las paredes. Se dirigió al mostrador y sacó de su cartera un pequeño papel doblado por la mitad, donde tenía apuntadas las referencias de un códice. El bibliotecario asintió con la cabeza y le indicó dónde podía sentarse hasta que él regresara.

Svak observó la sala mientras esperaba, era de reducidas dimensiones y se hallaba casi vacía. Apreció varias cámaras de seguridad en el techo. Pero los pupitres de consulta eran antiguos, de madera de pino y con una pieza superior prominente, que ocultaba parte del propio mueble. La estancia tenía un olor peculiar, algo desagradable. Debía provenir de la espléndida colección de libros que atesoraba el fondo. Se podía decir que el tiempo se había detenido en aquellas páginas y había empezado a pudrirse.

La espera se alargó más de lo deseado, hasta que el bibliotecario le llamó. Ya tenía el códice. Svak lo cogió y se sentó en una de las esquinas de la sala, donde no había nadie. Era un ejemplar magnífico, una edición de Geografía y Atlas de Ptolomeo, en un estado de conservación perfecto y fechado en la primera mitad del siglo XV en Florencia en el taller Vieri. Buscó los dos mapas en los que estaba interesado. Entonces comprobó que en ese ángulo de la sala las cámaras no podían vigilar lo que hacía y extrajo unos pequeños utensilios cortantes que tenía escondidos en los alzacuellos de la camisa. Eran unas herramientas fabricadas por él mismo, a partir de las ballenas que se colocan en el cuello de las camisas para que se mantengan firmes. Él las había afilado con destreza, hasta convertirlas en diminutos cuchillos. Con admirable habilidad empezó a utilizarlas a modo de cúter para separar los mapas del resto del libro. Se trataba de una tarea minuciosa, los mapas no debían sufrir daño alguno, si no su precio en el mercado negro bajaría de forma exponencial. Cuando terminó, abrió un doble fondo oculto en su maletín y dispuso los dos documentos cartográficos con sumo cuidado, para evitar que sufrieran desperfectos. A continuación, retornó el códice y abandonó la sala, volviendo a cruzar el detector de metales sin levantar la menor sospecha. Los guardias de seguridad procedieron a realizar la comprobación rutinaria del maletín sin encontrar nada extraño. Salió de la biblioteca y se dirigió a su hotel en el centro de Pamplona.

Una vez allí, sacó de forma cuidadosa los mapas y los dejó sobre la cama, había sido un trabajo perfecto. Sabía que era uno de los mejores del gremio, si no el mejor.

Los mapas acompañan a los seres humanos desde el principio de los tiempos y Svak estaba seguro de que lo continuarían haciendo hasta el final de sus días. Durante un largo periodo se creyó que el primer mapa creado por el hombre se realizó sobre una pared del asentamiento de Çatal Hüyük en la región meridional de Turquía sobre el año 6200 a. C. Sin embargo, en 2009 se había hecho un fascinante descubrimiento. Cerca de donde estaba ahora, en la cueva de Abauntz, hace unos trece mil años, varios cazadores habían trazado el primer mapa cartográfico de Europa occidental. Sobre una piedra de margosa, caracterizada por ser dura por dentro y blanda por fuera, habían dibujado el paisaje que tenían a su alrededor. Señalando los cerros, los ríos, los pasos o puentes sobre el agua, las zonas inundables y hasta las áreas que más frecuentaban los animales que consideraban interesantes. Eran cazadores nómadas que vinieron al valle del Ebro desde el otro lado de los Pirineos y que hicieron un croquis de todo lo que podía resultar útil para otras visitas o para quienes llegaran después de ellos. Como un mapa del tesoro en el que dejaban señalados los puntos clave.

Svak pensaba que para el hombre siempre había sido una necesidad situarse en el espacio que lo rodeaba, establecer los límites de su universo, cada vez más inmenso, cada vez más infinito. A lo largo de la historia, los mapas han supuesto un bien muy preciado. La información es poder y, en el caso de los mapas, este poder es aún mayor. El emperador Augusto eligió las bodegas más profundas de su palacio para guardar la cartografía del Imperio romano. Un famoso capitán cartaginés prefirió hundir su barco y ahogar a toda la tripulación antes de que sus cartas marinas cayeran en poder de su peor enemigo. Durante la época de los Austrias, los mapas de navegación se guardaban en una caja fuerte, cerrada por dos candados y dos llaves: una en poder del piloto mayor; la otra, en manos del cosmógrafo. Y el rey portugués Enrique el Navegante decretó la pena de muerte para todo aquel que enviara un mapa al extranjero.

Svak no era un sentimental, solo un hombre práctico, y en lo relativo a su trabajo no había nadie que lo superase. En pleno siglo XXI, la cartografía había perdido su importancia estratégica, ya no constituía un elemento de poder, pero sí de prestigio. En el mercado de patrimonio histórico el valor dependía de la oferta y la demanda. Pero este era un encargo especial. Al parecer, a un coleccionista caprichoso le faltaban justamente estos dos ptolomeos y estaba dispuesto a ofrecer una suma astronómica de dinero por ellos.

A pesar de lo que acababa de hacer, a él le repugnaban esos privilegiados tan podridos de dinero que no sabían en qué gastarlo.

Por supuesto, no sentía ningún remordimiento por sus robos, fueran mapas o libros. Hacía mucho tiempo que había dejado de preocuparse por cualquier tipo de sentimiento. Sin embargo, cada vez que actuaba en una biblioteca no podía evitar recordar la inscripción que leyó hacía tiempo en la entrada del monasterio de San Pedro de Barcelona:

A aquel que robe, o se lleve en préstamo y no devuelva, un libro de su propietario, que se convierta en una serpiente en su mano y le desgarre. Que le aqueje la parálisis y todos sus miembros se malogren. Que languidezca con dolor pidiendo a voz de cuello misericordia, y que no cese su agonía hasta que cante en disolución. Que los ratones de biblioteca roan sus entrañas como prueba del gusano que no muere. Y cuando por fin acuda a su castigo final, que las llamas del infierno lo consuman para siempre.

2

Silvia Rubio

Fue el beso más torpe que le habían dado nunca. Decepcionada, sintió que lo mejor que podía hacer era marcharse de allí con rapidez. No tenía tiempo ni ganas para aquellas tonterías. Era ya tarde, así que salió del bar, cogió un taxi y deseó llegar lo antes posible a su piso.

Tenía un pequeño apartamento, de apenas cuarenta y cinco metros cuadrados, en la calle de la Cava Baja, en La Latina. El único barrio de Madrid que debía su nombre de mujer a una experta latinista del siglo XIV, para ser más exactos, maestra de la mismísima Isabel la Católica, que fue a la Universidad de Salamanca cuando las mujeres tenían prohibido ser universitarias.

Para acceder a su casa era necesario recorrer un largo pasillo desde la puerta de entrada, pasando por un patio donde había un lienzo de sillares, que formaba parte de la antigua muralla árabe de Madrid. Estos restos solo eran visibles en ciertos puntos de la ciudad, como en la plaza de la Ópera y en la catedral de la Almudena. Ella veía todos los días aquel secreto muro de más de diez metros de alto, que permanecía escondido para los demás madrileños. En ocasiones posaba sus manos sobre la piedra y creía sentir una resonancia del pasado, como si aquellas mismas piedras, que habían tocado tantas otras manos, pudieran transferirle algún tipo de energía.

Una vez se lo contó a su amiga Marta y esta le dijo que seguro que era la vibración del metro. Sin embargo, ella tenía un pálpito; a decir verdad, Silvia siempre había sentido que tenía intuición para discernir cosas que no debería saber. O para percibir qué debía hacer en determinados momentos de duda, como irse del bar hacía unos minutos.

Y en muchas ocasiones de su vida se había preguntado qué era la intuición. ¿Cómo es posible saber cosas que… no sabes? Como si alguien te estuviera diciendo algo desde dentro de tu propia cabeza.

Frente a la muralla, Silvia Rubio tenía que coger un ascensor que le subía a un tercer piso, allí debía ir al fondo de la planta, hasta una puerta que daba a una pasarela metálica por la cual accedía, en exclusiva, a su estudio. Cada vez que invitaba a alguien a su casa tenía que dibujarle un mapa y cuando al final conseguían llegar, todos le comentaban que era una verdadera aventura encontrarlo. La joven lo disfrutaba, era como si viviera en un castillo al que se accediese después de sortear puentes, desfiladeros y mil peligros.

A ella le encantaba, se sentía una privilegiada. Vivía en el centro de Madrid, en un piso diferente al de todos los demás.

Lo había decorado con mucho estilo: estaba todo lleno de libros.

Sí, en eso consistía la decoración. Porque el único vicio confesable que tenía era la literatura. Los libros eran su vida. Silvia albergaba libros por todas partes, hasta en la cocina. En vez del especiero típico con botes que no usamos jamás, ella había colocado una estantería con volúmenes de poesía.

Tenía siempre muy presente lo que dijo una vez Borges: «De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación».

Nuestra personalidad está ligada a lo que leemos. Silvia creía que podemos juzgar a una persona por lo que lee. Por eso, cuando iba a casa de alguien escrudiñaba los libros que albergaba para saber cómo era. Por eso siempre preguntaba a sus conocidos qué estaban leyendo y se fijaba en las lecturas del metro y las identificaba con sus lectores. Le encantaba entrar a las librerías a ver qué leía la gente, qué libros ojeaba, qué comentarios hacían. Creía de forma fehaciente que se puede conocer a una persona por sus gustos literarios.

Había algún otro detalle en su piso, como una escultura africana o un cuadro abstracto, pintado por su amiga Vicky, que representaba el rostro de una esbelta mujer con unos grandes ojos verdes. Pero su casa era en esencia una completa biblioteca con libros en cada rincón, a veces amontonados, otras escondidos. En el baño había novelas negras, en el armario de ropa estaban los más caros, como si fuera una suerte de sacristía. Las mesillas eran columnas de libros, hasta los había debajo de la cama. Sus camisetas preferidas lucían frases literarias, su llavero era un libro en miniatura y así un sinfín de ejemplos más.

El poco espacio libre lo llenaban fotografías con sus amigas en distintas ciudades de Europa. Aunque de todas las fotos que había en su piso, la que más le gustaba era una vieja polaroid de ella con su padre en la playa del Sardinero. Hacía tiempo que había fallecido y portaba su viejo reloj de pulsera para recordarlo siempre. Su cama ocupaba buena parte de la única habitación, la cocina se limitaba a una barra americana. No solía perder el tiempo cocinando, prefería picar algo en algún bar y si tenía que comer en casa, le bastaba con un poco de queso y jamón, acompañado siempre por una buena botella de vino. No le gustaban las ensaladas, ni la verdura y comía pescado tan solo en contadas ocasiones; la fruta ni la probaba, en cambio sentía predilección por el zumo de naranja. La verdad es que ni comía mucho ni comía bien, pero a pesar de ello estaba delgada. «Cosa del metabolismo», solía decir ella.

Se cambió y se tumbó sobre su cama, boca abajo, con la cabeza en los pies del colchón, vestida con una camiseta de tirantes amarilla y un short blanco. Estaba cansada y algo confusa. Como única solución para olvidarse de todo abrió un Matarromera, no hay pena que no se vaya con un buen vino.

Cogió unas galletitas saladas y encendió el ordenador portátil. Entró directamente a sus redes sociales, a su amiga Vicky le chiflaba subir imágenes a la mínima oportunidad: de viajes, cenas o cualquier otra cosa. Silvia odiaba aparecer en ellas.

Compartió una noticia curiosa sobre una iniciativa llamada «el camino de las ardillas», que pretendía repoblar la península ibérica de árboles para que, como antaño, una ardilla pudiera cruzarla de punta a punta. A continuación, desde su carpeta de Favoritos accedió a Ebay, una web donde puedes comprar y vender cualquier cosa. Silvia solía adquirir toda clase de objetos en este portal. Trabajaba como restauradora en la Biblioteca Nacional en Madrid y le encantaban los mapas antiguos, viejas fotografías, pero sobre todo primeras ediciones de libros. Tecleaba las palabras e iniciaba la búsqueda; nombres de personalidades históricas, a ver qué libro, grabado, pintura o utensilio aparecía. También disfrutaba pujando, estaba orgullosa de las técnicas que había desarrollado para llevarse los artículos al mejor precio, aumentando la puja segundos antes de que terminara la subasta, contactando directamente con los vendedores por e-mail para ofrecerles una cantidad de dinero diferente o, incluso, buscando en otros países los mismos artículos a menor precio.

Su última adquisición había sido un grabado de los Sitios de Zaragoza durante la guerra de la Independencia. Después de la compra se lo había enseñado a un amigo suyo, asesor en el Instituto de Patrimonio Histórico, quien le había comentado que era un curioso ejemplar y que lo había visto hacía algún tiempo en una exposición en Zaragoza. Investigó algo más, y descubrió que fue traído expresamente de la Biblioteca Nacional de París para esa muestra, y que solo en el transporte del objeto, el seguro y el viaje de la persona enviada por la institución francesa para su correcta entrega, se habían gastado unos mil quinientos euros. Ella lo había comprado por nueve euros más otros dos de gastos de envío.

Pero su mejor adquisición había sido un primer ejemplar de Cien años de soledad, de su escritor preferido: Gabriel García Márquez.

Aquella noche no tenía suerte. «¡Mierda! ¿Es qué no voy a encontrar nada interesante?», se preguntó. Decidió abandonar su búsqueda y escuchar algo de música. Se dio la vuelta en la cama, bebió un trago de vino en el mismo momento en que empezaron a sonar los acordes iniciales de la canción de Pereza.

La estrella de los tejados, lo más rock & roll de por aquí.

Los gatos andábamos colgados, Lady Madrid.

Se embriagó con la melancolía de la canción y por un instante dejó volar su mente todo lo lejos posible. Ya se había olvidado del decepcionante chico de la fiesta, de quien ya no recordaba ni su nombre. Nunca tenía suerte con los hombres, aunque siempre le quedaría Jaime, lo más próximo que había tenido a un novio en el último año. «¿Por qué no me llamará el capullo de Jaime?», pensó. No es que estuviera enamorada de él, pero al menos se lo pasaban bien juntos. Era bastante atractivo y en la cama se compenetraban. «Poco más se le puede pedir a un hombre», dijo para sí misma resignada, mientras la canción seguía sonando.

Regresó a eBay y empezó introduciendo el término «Goya», pese a que era pretencioso pensar que iba a encontrar algo relacionado con el pintor aragonés. La siguiente elección fue buscar algo de su poeta favorito del Siglo de Oro. Así que escribió el nombre de «Quevedo». Ante ella se abrió una ventana con trescientos resultados. Decidió filtrarla y eligió «libros del siglo XIX». Los resultados bajaron a cincuenta. Entre ellos encontró interesante un libro sobre los amoríos de Quevedo. «¿Habría sido Francisco de Quevedo un donjuán?», se preguntó. Sabía que se había casado por conveniencia con una dama aragonesa e imaginaba que le habría sido infiel en numerosas ocasiones. Para ella Quevedo era como su personaje de Las aventuras del capitán Alatriste.

Parecía interesante, la subasta de este libro terminaba en veinte minutos. Por ahora, la puja máxima estaba en tres euros. Era una cantidad ridícula, pero que seguro que se incrementaría en los últimos instantes. Así que tenía tiempo de sobra para prepararse la ropa que se pondría al día siguiente. Rebuscó en su armario hasta que encontró unos zapatos a juego con el vestido negro ajustado que había previsto llevar.

Cuando volvió frente al ordenador portátil ya solo quedaban dos minutos, se había confiado demasiado con el tiempo, la subasta había subido a doce euros ¡No, a veinte! A treinta. Debía decidir hasta cuánto estaba dispuesta a pujar porque el precio estaba incrementándose a velocidad de vértigo. Faltaba menos de un minuto y ya iba por treinta y seis euros. Tenía que esperar un poco más, un poco más. ¡Ya! Introdujo la cantidad y presionó el botón de «pujar». Se había acabado el tiempo, quedaba esperar.

Un poco más.

Sobre la cama, observó por la ventana cómo la ciudad ya dormía abrazada al silencio. Para ella cada noche era como una especie de cierre de telón. Descansaba no más de cinco horas antes de empezar la función del día siguiente. Desde hacía demasiado tiempo sentía que, cada mañana al despertar, se entregaba a una nueva representación de su vida, siempre con el mismo guion. Las mismas personas, el mismo trabajo, los mismos amigos, los mismos enemigos, el mismo escenario, la misma ciudad que tanto odiaba y amaba a la vez. Sentía que tenía la obligación de leerse y aprenderse el guion cada noche para interpretarlo a la mañana siguiente, siempre igual.

Miró la pantalla del portátil; finalmente había comprado el libro en el último segundo por cincuenta y tres euros. Una sensación de satisfacción recorrió todo su cuerpo. No había echado un polvo aquella noche, pero al menos se había dado el gustazo de llevarse un buen libro antiguo por un precio ridículo y en el último segundo.

Para una amante de los libros no era un mal final de día.

3

Las amigas

El lunes y el resto de los días de la semana pasaron rápido y sin ninguna novedad. De casa al trabajo y del trabajo a casa, por la noche leía hasta tarde. Estaba enganchada a una novela de Mario Vargas Llosa: Travesuras de la niña mala. «Al menos, por una vez, las mujeres no aparecemos como unas cursis o unas sentimentales», pensaba mientras la leía fascinada. Había noches que tenía que ponerse una hora límite, porque, si no, era capaz de estar leyendo hasta las cuatro o cinco de la mañana, y después iba dormida al trabajo.

Antes del fin de semana quedó para cenar con dos amigas, Vicky y Marta. Tenían una especie de ritual, cada jueves una de ellas proponía un restaurante. Debía ser un lugar especial, con algo que lo hiciera diferente; la decoración, la carta, los vinos, el emplazamiento, la historia del sitio, que tuviera una estupenda terraza… Unas buenas croquetas eran un punto a favor, porque las tres amigas se jactaban de ser unas exigentes catadoras de croquetas. Aunque también servía que los mojitos y, a ser posible, los camareros estuvieran buenos, y no precisamente en ese orden. Después, las tres puntuaban cuál había sido el mejor restaurante del mes, era divertido.

Aquella noche había sido Marta quien había propuesto un lugar y, por supuesto, ni Silvia ni Vicky sabían cuál. Esa era parte de la diversión, encontrarse las tres en una parada de metro e ir al restaurante sin saber cómo era y así llevarse una sorpresa al descubrirlo. La idea había surgido una noche viendo una película alemana en la que un grupo de amigos quedaban para cenar los domingos, sin saber dónde. El juego consistía en recibir una serie de pistas para encontrar el restaurante, muchas veces tenían que recorrer media ciudad para dar con él. Ellas habían decidido no ir tan lejos como los alemanes, pero les había encantado el concepto. En esta ocasión habían quedado en la plaza de Lavapiés, junto al edificio del Centro Dramático Nacional. Cuando llegó Silvia sus amigas ya estaban allí. Vicky Suárez corrió hacia ella para recibirla con dos besos. Ambas eran íntimas desde el colegio, estudiaron juntas hasta el bachillerato, después Silvia se marchó a Londres y perdieron el contacto, para recuperarlo con más fuerza a su regreso a Madrid. A pesar de sus diferencias eran grandes amigas.

Vicky llevaba una camiseta con dibujos y una minifalda vaquera. Era tan delgada como Silvia; tenía el pelo castaño, largo y liso, y unos ojos brillantes y negros, muy atractivos, con una mirada seductora que sabía utilizar a la perfección con los hombres. Era bulliciosa y un poco salvaje, pero sonreía mucho y resultaba encantadora. Trabajaba en una tienda de decoración que tenía por emblema una salamandra en la calle Hermosilla, y que, por desgracia, no iba bien.

Marta López era diferente a sus otras dos amigas. Bastante más alta que ellas, tenía el pelo castaño y corto. Vestía una falda que cubría sus piernas hasta la rodilla y una blusa blanca. Ella las había conocido a través de una amiga en común y desde entonces quedaban siempre las tres. Marta había vivido toda la vida en Madrid y su ciudad le encantaba. No pensaba que hubiera un lugar mejor que este para vivir, de hecho, no se había imaginado nunca ningún otro lugar en el mundo donde vivir. Ejercía de pediatra en un hospital y era la más tímida de las tres; le gustaba estar con Silvia y Vicky porque así se atrevía a hacer cosas que de ninguna manera hubiera concebido hacer sola. Ambas se parecían, porque las amigas de verdad se parecen.

Marta se esforzaba la que más a la hora de buscar el restaurante de los jueves. Esta vez era su turno.

—¿Vamos? Tenemos que llegar antes de las 20.30 —dijo Marta intentando meter prisa a sus amigas, que no paraban de hablar y avanzaban despacio por la calle del Sombrerete.

—Es pronto, Marta —le dijo Vicky mientras pasaban frente a un grupo de chicos que les siguieron con sus miradas durante un buen rato, murmurando algunas palabras en un idioma extranjero.

—Tenemos que llegar antes de las ocho y media, he reservado —replicó mientras intentaba acelerar el ritmo.

—¿Tan temprano? —preguntó Silvia mientras miraba a Vicky extrañada—. ¿Por qué has reservado a esa hora?

—Porque solo hay dos turnos para cenar y el de las diez ya estaba completo.

Caminaban por el centro del barrio de Lavapiés, uno de los más castizos de Madrid. Una zona antigua de obreros que ahora era uno de los lugares más multiétnicos de la ciudad. En él te podías encontrar desde ancianos que llevaban viviendo allí toda la vida, residiendo en pisos alquilados de renta antigua a punto de venirse abajo, ya que sus propietarios no realizaban ningún mantenimiento al inmueble, ansiosos de que los últimos inquilinos lo abandonasen y poder especular con el terreno, hasta emigrantes venidos del África subsahariana que comerciaban con multitud de productos. Pasando por los marroquíes que eran abundantes en el barrio; también con bohemios y artistas que disfrutaban de aquella mezcla cultural. Todo ello salpicado de tabernas típicas de Madrid, kebabs, locutorios, tiendas de productos latinoamericanos, que cada vez eran más frecuentes; edificios nuevos o singulares, con preciosas fachadas rehabilitadas, que contrastaban con los antiguos en estado precario. Y así, un sinfín de comercios y garitos tan diferentes como numerosos. En la calle había mucha gente, por la noche era un lugar poco recomendado, pero por el día era un continuo movimiento de personas con sus diferentes colores, acentos y costumbres. En el cruce de la calle Sombrerete con Mesón de Paredes se pararon delante de un edificio reconstruido que pertenecía a la Universidad Nacional de Educación a Distancia, la UNED.

—Vamos —insistió Marta mientras se dirigía hacia la puerta metálica situada al lado del emblema de la universidad—. Ya veréis como os gusta.

Silvia estaba un poco confusa, sabía que allí se ubicaba una biblioteca de la UNED, aunque no la había visitado nunca. También recordó que aquello era el antiguo convento de las Escuelas Pías, pero no alcanzaba a entender qué hacían allí.

Dentro del edificio se abría un amplio hall, a la izquierda destacaba una tienda de la universidad, con un escaparate de cristal donde se exhibían numerosos libros a la venta y a Silvia se le fueron los ojos a ellos. A la derecha, la pared estaba forrada con anuncios de alquiler de pisos y de clases particulares de inglés, física o matemáticas. A Silvia le recordaban a los mismos carteles que veía en su facultad cuando ella estudiaba.

Marta parecía no saber cuál era el camino correcto, así que abrió el bolso y sacó una pequeña libreta. Su amiga era de esas personas que toman notas en cuadernos íntimos. Encontró algo en sus anotaciones y se dirigió al fondo de aquel espacio, donde había una escalera de madera. Silvia y Vicky la siguieron. Al llegar allí, vieron un ascensor, pero también una pared de ladrillo que denotaba ser la del antiguo convento y unas ventanas que dejaban entrever una gran sala tras ellas.

—¿Subimos andando? Creo que aquí está la biblioteca —sugirió Marta mientras ascendía los primeros escalones—. Así la veremos mejor.

Tanto a Vicky como a Silvia les pareció buena idea. Desde el primer piso pudieron descubrir lo que las ventanas escondían. Se trataba de la nave de una iglesia que había sido reconvertida en una magnifica biblioteca donde había bastante gente estudiando.

Silvia no daba crédito. «¡Madre mía!», pensó.

De la cúpula de la iglesia solo se vislumbraba el arranque del tambor. Subieron al segundo piso y desde allí admiraron mejor el antiguo templo, realizado en ladrillo, de estilo mudéjar, aunque también se apreciaba decoración barroca en las trompas de la cúpula.

—¡Vaya sitio para estudiar! —exclamó Vicky—. Aquí hasta yo hubiera podido concentrarme y acabar la carrera. —Ella había dejado sus estudios en segundo de Derecho cansada de suspender exámenes.

—¡Es precioso! Pero ¿por qué nos has traído aquí? ¿No me digas que hay una terraza en la azotea? —preguntó Silvia, quien no era nada fácil de engañar.

—Ya lo veréis —respondió Marta entre risas, lo cual confirmaba las sospechas de su amiga—. ¿Seguimos subiendo?

En el último piso estaba la puerta del restaurante Gaudeamus Café. Como ya había dicho Marta, disponía de dos turnos para cenar, por supuesto era necesario reservar con antelación como bien anunciaba el cartel de la puerta. Nada más entrar se encontraba una barra a la izquierda y a la derecha la salida a la terraza, que ofrecía un marco incomparable. Marta no tuvo tiempo de preguntar si querían tomar algo en la barra o salir al aire libre, sus amigas ya lo habían decidido por ella y la esperaban en la azotea.

La terraza se hallaba dividida en dos partes por unos maceteros transparentes, iluminados con luces leds de diferentes colores, que creaban un ambiente especial. Todas las mesas estaban llenas de gente charlando y bebiendo animadamente. Pasaron junto a una pizarra donde podía leerse «Mojitos a 7,5 €». Silvia y Vicky se miraron con una pícara sonrisa, pero sin decirse nada, sobraban las palabras. Desde la barra se veía la otra parte de la terraza, que estaba acondicionada para las cenas, también se observaba unas fantásticas vistas del sur de Madrid y, sobre todo, delante de ellas, se alzaba la iglesia.

Habían rehabilitado todo el convento consolidando las ruinas y reconstruyendo volúmenes, pero sin intervenir en el edificio para recuperar su aspecto original. Las ruinas tenían un aire melancólico, lo que unido al atardecer que empezaba a caer daban a la terraza un aspecto idílico. El lugar era precioso.

—¿Os gusta? —preguntó Marta segura de la respuesta, pero deseando oírla de la boca de sus amigas.

—Es genial, ¡vaya vistas! —respondió Vicky radiante de contenta. Qué más podía decir, su amiga le había descubierto un sitio fantástico.

—Venid porque todavía hay más —continuó Marta mientras les indicaba que la siguieran hasta la barandilla de la parte de la terraza donde se cenaba—. ¿Veis aquel edificio? —preguntó refiriéndose a un inmueble abierto, con unas estrechas terrazas en cada piso donde se abrían varias puertas y que, por sus colores y distribución, denotaba que había sido restaurado.

—Las corralas eran antiguas viviendas de la clase obrera de Madrid de principios del siglo XX, tienen un patio abierto con acceso a los pisos, quedan ya muy pocas. Esta es la mejor conservada de Madrid —les informó Marta.

Otro punto para el restaurante.

Se sentaron en la mejor mesa, desde donde se veía la iglesia y la corrala, y pidieron una botella de vino blanco de Rueda para las tres. Vicky era vegetariana así que se decidió por una ensalada, Marta y Silvia optaron por unas croquetas y dos tostas de solomillo con cebolla confitada. De postre, las tres eligieron el tiramisú, especialidad de la casa.

—¿Habéis visto qué bueno está el camarero? —comentó Vicky.

Sus amigas se volvieron hacia el fondo de la barra, donde había un chico alto y con aspecto de ir mucho el gimnasio, y no precisamente de visita.

—Está bien, pero es un poco gamba.

—¡Gamba! No sé, no es feo —respondió Vicky.

—No, que es un hombre gamba, le quitas la cabeza y el resto está buenísimo —dijo Silvia entre risas, que pronto se extendieron al resto de sus amigas.

—Ayer fui a ver un piso en Arganzuela —comentó Marta—, pero era demasiado caro.

—Es imposible comprar un piso en Madrid —intervino Vicky—, yo creo que voy a vivir toda la vida de alquiler.

—Pues yo no quiero comprarme nada aquí —añadió Silvia más seria de lo normal—. Quiero irme.

—¿Irte? ¿Adónde? —preguntó Marta sorprendida.

—Lejos, a un pueblo y comprarme una casa enorme y un perro.

—¿Y de qué vas a trabajar en ese pueblo? Porque no creo que necesiten muchas restauradoras de libros antiguos en el medio rural.

Marta miró a Vicky algo disgustada, ya que estaba segura de que ese comentario no había agradado a su otra amiga.

—No lo sé, pero pienso hacer lo que sea para irme de aquí.

—Búscate un millonario —sugirió Vicky entre risas—, es lo mejor.

—Puede que lo haga. Estoy harta de mi vida, quiero cambiar. Vivir en el campo en una casa que sea mía y que pueda pagar sin estar agobiada todos los meses por una hipoteca —sentenció Silvia—. Es lo que deseo, haría cualquier cosa para conseguirlo.

—Pues yo cada vez estoy peor en el hospital, esta semana me ha tocado ver cosas terribles. —Marta lanzó un suspiro desgarrador.

—Tranquila. —Vicky le cogió de la mano.

—Hoy hemos perdido a un paciente, me ha dejado hecha polvo. Hasta su madre me ha tenido que consolar, me ha dicho que no llorase, que la muerte es solo un paso más hacia una forma de vida en una frecuencia distinta.

Las otras dos amigas se miraron con cara de circunstancias.

—Hablar de la muerte mientras estás cenando con tus amigas no es la mejor conversación posible —comentó Vicky.

—Bueno, es la gran pregunta, ¿vosotras nunca os la habéis hecho?

—Marta, aún somos muy jóvenes para eso, ¿verdad, Silvia? ¡Cambiemos de tema!

Marta solía hablar poco de su trabajo, precisamente por lo desagradable que resultaba a veces. Si lo estaba haciendo hoy era porque estaba hecha polvo.

—Bueno, bueno… no nos pongamos tan melodramáticas —intervino Silvia—, que esto no es una película de Almodóvar, hemos venido a pasarlo bien. ¡Hagamos un brindis!

Y Marta sonrió y se bebió la copa de un trago.

—Eso es, ¡la noche es joven! —exclamó Vicky.

Pasaron toda la cena hablando de otros temas, hasta prepararon un viaje para el próximo mes a Roses, en la Costa Brava. La botella de vino blanco duró poco, demasiado poco, y hubo que pedir una ronda de mojitos. La cena también se hizo corta, pidieron quedarse un poco más, pero el turno de las diez estaba completo, así que terminaron el mojito en la barra. Después, sopesaron continuar en otro bar, pero las tres estaban cansadas y al día siguiente trabajaban, así que decidieron dar por finalizada la velada. Vicky y Marta compartieron taxi, Silvia pidió que la dejaran en Puerta de Toledo y, desde allí, volvió andando a casa. Pasó frente a la iglesia de San Francisco el Grande y llegó a La Latina. Sus calles estaban animadas, pero el ambiente era diferente al de Lavapiés, había más gente joven y con más dinero. Era fácil coincidir con algún famoso por allí. Hacía poco se había encontrado con Eduardo Noriega y a Elena Anaya solía verla con frecuencia. Incluso creía que un día vio a Penélope Cruz, pero no estaba del todo segura. Era jueves y la gente salía mucho por los pubs de esa zona, algunos de los mejores de todo Madrid se escondían por aquellos rincones. Ahora que veía a la gente beber y divertirse no le hubiera importado alargar un poco más la noche, era pronto, apenas las doce, pero estaba cansada.

Entró en su portal, cogió el correo del buzón, donde destacaba un paquete, pasó junto a la muralla medieval y entonces se detuvo. Volvió a sentir esa vibración y, por mucho que se empeñara Marta, ella creía que nada tenía que ver con el metro.

Posó la palma de su mano en el frío sillar árabe, cerró los ojos y una extraña sensación recorrió su cuerpo. Se apartó de inmediato, se miró la mano. No tenía nada, pero sentía un hormigueo.

La invadió una profunda soledad en aquel patio. Observó a su alrededor, no conocía a ninguno de sus vecinos. Si alguien llamara a su puerta de noche sería aterrador. Si sonara el telefonillo no descolgaría, ninguna de sus amigas se presentaría sin avisar en su casa. La tecnología había hecho que las relaciones sociales cambiaran por completo respecto a tiempos pasados. No era viable no avisar antes de una visita, incluso se podía considerar una falta de respeto a nuestro espacio y a nuestro tiempo.

Silencio, absoluto silencio.

Pensó que era mejor irse a la cama, con el ascensor subió a la última planta. Después, recorrió la plataforma metálica y entró en su apartamento. Se tiró en el sofá y dejó las cartas en el suelo, a excepción del paquete. Era pequeño, miró el remitente y el nombre no le decía nada. Además, venía de un pueblo de Sevilla y ella no conocía a nadie que viviera allí. Lo abrió con dificultad, parecía envuelto por todo un profesional, como si protegiera algo de inmenso valor. Tuvo que servirse de sus uñas para romper el embalaje y al fin pudo ver lo que escondía, era el libro sobre Quevedo. «Qué pronto ha llegado», pensó. Parecía antiguo, la portada era de cuero de gran calidad y estaba bien conservado a excepción de una abertura en la tapa posterior que le preocupó bastante. Se incorporó para revisarlo mejor y en efecto estaba rota. No mucho, pero sí lo suficiente para enfadarse. «Esto me pasa por confiarme —pensó—. Si es que soy tonta».

Examinó el libro por dentro y las páginas estaban amarillentas por el paso de los años, pero en buen estado. Una lástima la cubierta, eso le quitaba todo el valor. Los libros antiguos le producían una extraña sensación. Imaginaba que habían tenido muchos otros dueños antes que ella.

«¿De quién habrá sido este libro?», se preguntó.

Estaba segura de que los libros de viejo tenían algo especial, como si contaran con alma. Como si guardaran el secreto de todos aquellos que los habían poseído con anterioridad. Porque cuando se lee un libro, en su lectura ponemos parte de nosotros mismos, de nuestra esencia, de nuestra alma, y el volumen se impregna de ella. Las palabras se mezclan con los pensamientos del que lo está leyendo y lo transforman. Por eso un libro nunca es igual a otro, aunque sea el mismo ejemplar y la misma edición. Cuando salen de la imprenta sí son todos similares, pero en el momento en el que alguien los lee adquieren vida propia. Los libros se crean para leerse, no para estar en una biblioteca apilados.

A ella le encantaba prestarlos, aun a costa de saber que resultaba probable que no se los devolvieran. Al menos, tenía la costumbre de firmarlos en el mismo momento en que los compraba, así sentía que siempre serían de su propiedad. También le encantaba que sus amigos le prestaran otros, ya que era como si le entregasen una pequeña parte de sí mismos. Además, iba a menudo a la biblioteca y allí sacaba ejemplares para leerlos en casa y, por supuesto, en su trabajo tenía que estudiar textos antiguos, pero aquello era más una obligación que un placer y lo disfrutaba mucho menos. Siempre que había un cumpleaños regalaba uno. Para ella los libros tenían vida, debían vivirla y por eso los rescataba de las estanterías de las librerías.

Este se trataba de un ejemplar de reducidas dimensiones, encuadernado en piel, en pasta antigua, carecía de lomera, las guardas aparecían pintadas e incompletas y las tapas presentaban roces y pequeñas pérdidas de material. En la primera página podía leerse que era una edición de 1840, por lo que podría haber pasado ya por varios dueños, al menos una docena, a no ser que lo hubiera comprado algún rico burgués o algún estúpido y presuntuoso aristócrata del siglo XIX y lo hubiera tenido en su biblioteca durante años, sin que nadie lo leyera, hasta que algún descendiente suyo, arruinado después de malgastar la herencia familiar, lo habría malvendido a un anticuario, sin llegar a leerlo nunca, y este lo habría puesto a la venta en internet.

Examinó sus páginas, estaban bien cuidadas. Con la experiencia adquirida en su trabajo, sabía cuándo los libros presentaban signos de desgaste por haberse leído mucho o, por el contrario, cuándo solo había pasado por ellos el tiempo o una mala conservación. En aquel caso las páginas se hallaban en buen estado, sus hojas mostraban la suciedad general en ambas caras, perforaciones en la zona de la grafía producidas por tintas ferrogálicas, desgarros, deshidratación del soporte, etc. Nada fuera de lo normal. Aquello era señal de que había sido leído pocas veces. Para ser un libro de principios del XIX su conservación era envidiable, se había guardado como un verdadero tesoro.

A no ser por la contraportada.

«Qué mala suerte. Si no fuera por esto sería un libro excelente», pensó.

La inspeccionó más despacio para ver si aquella rotura podía tener arreglo. Pero pintaba mal, no parecía provocada por el desgaste. Podía descoserse en cualquier momento y empezar a separarse las páginas.

Repasó con sumo cuidado el filo del libro, y comprobó la calidad de la cubierta que se había rasgado. Entonces, se quedó un tanto defraudada.

«¿Me han timado?», se preguntó.

Y revisándolo cayó una fotografía antigua de un castillo y una hoja doblada oculta entre sus páginas. Por la textura era menos antigua que el resto. Y tenía el mismo color amarillento, el típico de los periódicos que guardamos o las viejas cartas de amor que ocultamos en los cajones. El papel está hecho de celulosa y de un componente llamado lignina. La celulosa es incolora y refleja muy bien la luz, por lo que nuestros ojos la perciben como blanca. El problema llega con la lignina que, cuando se expone a la luz y el aire, cambia su estructura molecular. Es susceptible a la oxidación.

La abrió; era un telegrama escrito en inglés, que pudo traducir:

4 de marzo de 1929

Estimado Archer:

He descubierto que te han estado engañando. Creo que tiene algo muy importante oculto y se lo va a vender al mejor postor. Me da miedo que sea lo que creo.

Por el momento he puesto a salvo un extraño manuscrito.

Estoy con George en su castillo, tiene muchos visitantes de la exposición.

MICHAEL

«¿A qué se referirá?», se preguntó Silvia.

Dejó la foto y el telegrama dentro del libro sobre los amoríos de Francisco de Quevedo y leyó hasta que el primer suspiro del amanecer golpeó su ventana y sus pupilas agotadas se rindieron al descanso.

4

París

Aquella mañana por los alrededores del Museo de Arte Moderno de París deambulaba una mujer joven, de rostro pálido y con un pañuelo anudado a la cabeza a modo de diadema, como si estuviese de vacaciones en la Costa Azul, que sujetaba su pelo liso y negro. Vestía con elegancia unos pantalones de color gris claro con una chaqueta a juego. Apenas se cruzó con un par de turistas mientras paseaba pensativa por la ribera del Sena opuesta a la torre Eiffel. Mirando al río, como si este fuera a traerle alguna buena noticia. La verdad es que el Sena la calmaba, le recordaba cómo Audrey Hepburn decía que en los días malos lo único que le iba bien era ir a Tiffany, porque sabía que nada malo podía ocurrirle allí. Ella sentía lo mismo en París y en el Sena, estaba segura de que nada podía pasarle paseando por la rive gauche que va desde el Quai de la Tournelle hasta el Quai Voltaire. En la que los bouquinistes estaban ya preparando sus cajas. Su nombre deriva del término bouquin, que significa libro pequeño. Eran los famosos vendedores de ejemplares antiguos y de segunda mano del Sena. Una profesión que se traspasaba de generación en generación.

Llegó a la parte trasera del museo y se detuvo cerca de unos amplios ventanales, que casi llegaban hasta el suelo y estaban protegidos por un cristal y una verja negra de hierro, de unos dos metros de altura. Se escondió detrás de unas gafas de sol con unos cristales de generoso tamaño y, con disimulo, se aproximó al ventanal. La reja estaba sellada con una cadena y un candado. A su alrededor, varios niños jugaban al patinete y, unos metros más lejos, una pareja se hacía fotos. Estarían de viaje romántico y habían elegido aquel escondido rincón para capturar una instantánea que recordar siempre, como si fuera posible almacenar el amor.

Ella no se había enamorado nunca, tenía otras prioridades. Era extremadamente inteligente, sus altas capacidades le habían hecho muy difícil relacionarse con los demás. Nadie podía seguirla en sus pensamientos, nadie era lo suficientemente interesante, nadie valía la pena. No encajaba, estaba en una frecuencia distinta a la del resto de las personas. Solo él la entendió, la ayudó y le dio una esperanza.

Volvió a mirar a los amantes; no iba a confesarlo, pero sintió cierta envidia.

Los dejó, rodeó el edificio y entró en el hall principal del museo. Había escasa gente en su interior. Caminó despacio por la primera de las salas, vigilada por un hombre mayor que se entretenía consultando su móvil. Encima de él, una cámara de seguridad grababa los movimientos que se producían en esa parte del edificio. La mujer siguió caminando de forma lenta, ojeando de vez en cuando alguna de las obras, pero sin poner demasiada atención en ninguna de ellas. Sus ademanes eran tan pausados que parecía como si no pasara el tiempo a su alrededor, como si solo le rozara. Y en un determinado instante, entre sala y sala del museo, la mujer desapareció. Resultó tan sutil que nadie se dio cuenta, ni los vigilantes de las salas ni los que controlaban las cámaras. Fue como si se hubiera evaporado, como si nunca hubiera estado allí. Después, todo siguió igual.

Eran las cuatro menos diez de la madrugada cuando un individuo esbelto, vestido de negro y encapuchado se aproximó al Museo de Arte Moderno de París. Se dirigió a la parte trasera y forzó, con una pinza anticadenas de brazos largos, la reja que protegía un ventanal. La alarma no saltó, tal y como el ladrón esperaba. El museo sufría una disfunción parcial en el sistema de alarmas volumétricas, aquellas que debían detectar los movimientos de un posible intruso en las salas interiores del museo. Él mismo se había encargado de provocar el fallo al sobrecargar el sistema de seguridad. El museo había detectado el problema hacía tres días y había contratado a una empresa para la reparación. Pero, por alguna extraña razón, no había en ese momento recambios para la pieza que debía ser reparada. Además, tenía que ser un alto responsable del museo quien solicitara el repuesto. Inexplicablemente, el tema se había retrasado unos días y por eso la alarma estaba todavía sin arreglar.

Desatornilló por completo uno de los cristales del ventanal y entró en el museo. Los tres guardias que hacían rondas ni oyeron ni se dieron cuenta de nada. El ladrón sabía dónde estaba cada cámara y, aunque no hacía nada para impedir que le grabasen, sí salía con premura del campo de la visión. Si los responsables de las cámaras hubieran estado totalmente atentos, habrían podido ver aquella figura moviéndose en los monitores, pero aquella noche Francia jugaba el Torneo de las Seis Naciones de rugby contra Inglaterra, palabras mayores para cualquier francés que se precie de serlo.

Recorrió varias salas hasta llegar a las que le interesaban. Con un cúter cortó, de forma decidida y con habilidad, hasta cinco lienzos colgados en la pared. Los cuadros estaban asegurados con cables que al ser tocados activaron una alarma en una comisaría de policía. Pero no en el propio museo, donde no sonó ninguna alerta. Era un error del obsoleto sistema de seguridad, que el ladrón debía conocer con profundidad. El último cuadro que robó fue un Modigliani. Después, con cuidado de no lastimar los lienzos, los enrolló y salió del museo por el mismo ventanal por el que había entrado, con cinco obras maestras escondidas en un tubo cilíndrico bajo el brazo.

El robo no fue descubierto hasta las siete de la mañana. Una de las cámaras de seguridad había grabado de madrugada a un individuo encapuchado accediendo por uno de los ventanales de la parte de atrás del museo.

Esa mañana los policías precintaron el lugar que sirvió de entrada al ladrón e inspeccionaron los alrededores en busca de huellas y de pistas. También examinaron los marcos de los cuadros, abandonados por el malhechor. A pesar de la existencia de un circuito de cámaras de seguridad, solo grabaron a una persona sin rostro, deambulando con tranquilidad por las salas del museo durante quince minutos. Todavía no está claro cómo no pudieron ver nada. Las imágenes de las cámaras de vigilancia, sin embargo, no permitían determinar si la figura encapuchada filmada era un hombre o una mujer.

Los periódicos parisinos encabezaron sus ediciones con llamativos titulares y duras críticas. El Libération comentaba sobre el suceso:

Tras la estupefacción, llegaron las críticas y la petición de explicaciones. Un diestro ladrón entraba en la madrugada del jueves por una ventana del Museo de Arte Moderno de París, descolgaba cinco magníficos lienzos (firmados por Picasso, Léger, Modigliani, Braque y Matisse, nada menos) y se los llevaba de la pinacoteca sin que los tres vigilantes encargados de la seguridad nocturna viesen nada. Lo que parece un golpe de asombrosa perfección ha dado paso a comprometidas preguntas para el gestor del museo y la alcaldía de París.

Le Figaro no dudaba en hacer las preguntas más duras:

¿Por qué había un fallo en el sistema de alarmas desde hacía meses? ¿Quién conocía el problema? ¿Por qué no sonó el segundo sistema de alarmas en el museo? ¿Cómo es posible que los vigilantes no viesen nada?

Según el diario Le Parisien:

La oposición municipal, rápidamente, culpó de los fallos en el sistema de seguridad a la «política de escasez financiera impuesta por la alcaldía de París» a los museos de los que se hace cargo.

Con siete mil objetos de arte robados cada año, Francia es, detrás de Italia, el segundo país más saqueado de Europa.

5

La Biblioteca Nacional

Cada día había más viajeros en el metro. A pesar de que el trayecto era corto siempre le entraba sueño. Por la noche dormía poco porque se quedaba leyendo. Lo más extraño era que nunca conseguía soñar. No recordaba la última vez que lo hizo. Había leído mucho sobre los sueños y tenía la teoría de que nos dicen mucho más de nuestra vida de lo que creemos, aunque no sepamos interpretarlos.

Para no caer en los brazos de Morfeo y pasar el rato entretenida en el metro siempre escuchaba su iPhone. Le servía para no fijarse en toda la gente extraña que solía haber en los vagones. También se entretenía observando qué libros leían. Se dice que el metro es el lugar donde más se lee de todo Madrid, y puede que sea verdad. Allí era fácil enterarse de las últimas novedades, de qué libros estaban teniendo éxito y, sobre todo, para Silvia era posible saber si la gente leía mucho o poco en función del volumen que portaban. Si era un best seller es que compraban cuatro o cinco libros al año, y cuando lo hacían preferían ir sobre seguro, leyendo lo que anunciaban por la tele, aunque muchas veces no supieran de qué iba el texto. Si tenían uno menos conocido es que podían leer unos veinte o veinticinco libros al año, y por eso podían arriesgarse con publicaciones de escritores menos populares. A la hora de elegir qué leer, Silvia optaba por recurrir a sus amigos para que le recomendaran nuevas novelas. Era asidua a las presentaciones y a las firmas en la Feria del Libro de Madrid. Y sobre todo de una librería a la que acudía siempre para pedir consejo y comprar sus próximas lecturas. Estuvo apuntada a un club de lectura y también frecuentaba varias bibliotecas.

Se bajó en Banco de España y salió frente a la fuente de la diosa Cibeles y el edificio de Telecomunicaciones, sede del Ayuntamiento de Madrid. Subió andando por el paseo de Recoletos hasta llegar a la Biblioteca Nacional. En su fachada destacaba un frontón triangular. A Silvia le encantaba la elegante pose de la musa de la izquierda, sentada, con las piernas cruzadas y mirando hacia su izquierda. El edificio lo remataba una dama, con intención de imponer la corona de laurel a alguien merecedor de tal honor y ella, a su vez, portaba una corona almenada. Su amigo y compañero Blas le había comentado en cierta ocasión que aquella era, sin duda, una representación de la República, pero le pidió que no se lo contara a nadie no la fueran a quitar. Pero lo que más destacaba eran las estatuas de

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