Los pasajeros del tren de Hankyu

Hiro Arikawa

Fragmento

cap

Hankyū Dentetsu Kabushikigaisha o Corporación Hankyū es un operador privado de ferrocarriles de la región de Kansai, cuya capital es Osaka, y desde Umeda, en el centro mismo de la ciudad, conecta con otras ciudades como Kōbe, Takarazuka o Kioto.

La red ferroviaria consta de tres líneas principales, Kōbe, Takarazuka y Kioto, y siete ramales interconectados.

La novela se centra en uno de los ramales de la línea de Kōbe, la línea Imazu que conduce de Takarazuka a Imazu, estaciones ambas donde se realizan transbordos para conectar con otros destinos que incluyen los de Japan Railway, la compañía estatal de ferrocarriles.

Se trata de una red ferroviaria muy tupida y compleja que transporta a millones de pasajeros al año en la segunda conurbación más grande y poblada de Japón después de Tokio. Según datos recientes de la compañía, la red mueve alrededor de trescientas mil personas al día.

El ramal o línea de Imazu, en la cual se centra la novela, una de las menos conocidas de la red, tiene la característica de que a partir de la estación de Nishinomiya-kitaguchi obliga a apearse del tren y subir a la segunda planta de la estación para tomar otro de la misma línea que cubre el trayecto de las últimas tres estaciones por una vía sobreelevada.

Los trenes de Hankyū están pintados en un característico color burdeos que les otorga un encanto típico de otros tiempos y los convierte en un atractivo tanto para los habitantes de la región como para los numerosos turistas que transitan por ella. (N. de los T., como el resto de las notas a pie).

IDA
Dirección Nishinomiya-kitaguchi

Takarazuka

Cuando la gente sube sola al tren suele hacerlo con una expresión de indiferencia. Los ojos vagan desde los carteles publicitarios colgados del techo del vagón hacia el paisaje al otro lado de las ventanas, tratando de evitar por todos los medios cruzarse con los del resto de los pasajeros. También hay quien mata el tiempo con la lectura, escucha música o se sumerge en la pantalla del móvil.

Quienquiera que no actúe de ese modo y manifieste alguna emoción, la que sea, llamará enseguida la atención de los demás.

Masashi se había fijado en una chica de pelo largo que, igual que él, se había subido al tren en la estación de Kiyoshi Kōjin, la penúltima parada de la línea Hankyū-Takarazuka y la más próxima a la biblioteca principal de Takarazuka.

Después de empezar a trabajar, hacía ya cuatro años, Masa­shi iba allí al menos una vez cada quince días, en parte porque le gustaba leer y en parte porque encontraba información útil para el trabajo, pero sobre todo porque no tenía novia y era una buena forma de ocupar los días en los que no quedaba con sus amigos.

Conocía de vista a los bibliotecarios y a algunos de los habituales. Por ejemplo, un señor mayor exasperante que siempre se las arreglaba para molestar al personal de la biblioteca, y a esa chica de pelo largo que se le había adelantado con un libro que también él quería leer. Era un título aparecido hacía menos de un mes y había dado mucho que hablar, así que fue toda una sorpresa encontrarlo por casualidad en los estantes. Se sintió muy afortunado, se dispuso a alcanzarlo, pero una mano se le adelantó. Molesto, se volvió enseguida hacia la dueña de esa mano, aunque la chica le gustó tanto que renunció a cualquier clase de reproche. La típica debilidad masculina.

Ella, por su parte, no pareció darse cuenta de que acababa de arrebatarle el codiciado libro (lo cual, visto desde otro ángulo, significaba que no se había fijado en absoluto en Masashi). Él la siguió con la mirada durante unos minutos, hasta que terminó por comprender que no tenía la más mínima intención de soltarlo.

La chica llevaba un bolso tipo totto de lona con la imagen impresa de un ratón mundialmente conocido. «Un poco infantil para su edad», pensó Masashi. Pero tal vez era su bolso más resistente, a prueba de bombas, y tan amplio que dentro le cabían un montón de libros.

«Seguro que viene a menudo», concluyó.

Pronto comprobó que no se equivocaba, porque a partir de ese día empezó a cruzársela a menudo, siempre con el mismo bolso del ratón que se reía a carcajadas. La chica le gustaba, desde luego, y por eso adquirió la costumbre de buscar con la mirada la sonrisa tonta del roedor.

No por ello dejaba de considerarla su rival, y en cuanto la veía se apresuraba a hacerse con los libros que le interesaban por miedo a sufrir una nueva derrota.

Se había dado cuenta de que sus gustos eran parecidos.

La chica tenía una habilidad especial para descubrir libros que enseguida llamaban la atención de Masashi. La envidiaba por ello, y se prometía a sí mismo que se los llevaría tan pronto como ella los devolviera. Sin embargo, era demasiado tímido para acercarse y anotar los títulos antes de que desaparecieran, y, por lo general, ya se había olvidado de ellos cuando ella los devolvía.

Masashi solo se había cruzado con aquella chica en la biblioteca, pero un día ella subió al tren en la estación de Kiyoshi Kōjin, precisamente al primer vagón, donde se encontraba él. Su bolso del ratón feliz parecía a punto de estallar. Pero Masashi, con su mochila de cuero cargada hasta los topes, no era el más indicado para reprocharle que acumulara libros y más libros.

Ella no parecía haberse percatado de su presencia.

Al llegar a Takarazuka, la chica tenía tres opciones, pensó: salir de la estación, tomar una correspondencia con una línea de JR[1] o hacer transbordo y subir al tren de la línea Hankyū-Imazu en dirección a Nishinomiya-kitaguchi (o Nishi-kita, como la conocía todo el mundo).

«¿Irá a Nishi-kita?», se preguntó Masashi cuando vio que la chica miraba inquieta el andén donde estaba estacionado ese tren.

Como había imaginado, la chica se apresuró hacia allí. Los fines de semana, cuando abría el hipódromo de Hanshin, en Nigawa, el tráfico se intensificaba y el tiempo para el transbordo entre trenes se reducía mucho.

«¿De verdad iba en esa dirección?», volvió a preguntarse un tanto confuso mientras se decidía a entrar en un vagón distinto al de ella.

Casi no quedaban asientos vacíos y había pasajeros de pie, pero, como los libros que cargaba a la espalda pesaban mucho, Masashi ocupó uno de los últimos sitios libres. La puerta que comunicaba su vagón con el siguiente se abrió de golpe y apareció ella, avanzando por el pasillo en busca de un hueco.

A la izquierda de Masashi quedaba un asiento libre, y algún otro un poco más lejos. Sin dudarlo un instante, la chica se sentó a su lado.

«Extraña sucesión de casualidades —se dijo a sí mismo—. Igual que una torre de Jenga siempre a punto de desmoronarse». En cualquier caso, debía de ser el único que caía en la cuenta.

Para no darle más vueltas al asunto abrió uno de los libros que acababa de sacar de la biblioteca. Ella, por su parte, se comportaba de un modo que él no llegaba a entender. Con el pesado bolso encima de las rodillas, giraba el torso hacia la ventana, es decir, hacia él, gracias a lo cual podía observarla sin demasiado esfuerzo.

La chica miró hacia algún punto al otro lado de la ventana, más allá del puente por donde circulaba el tren, y una sonrisa iluminó su rostro.

Intrigado, miró él también. Cruzaban el río Mukogawa y Masashi no pudo evitar un gesto de sorpresa. Sobre la arena de una estrecha isla en mitad del río, alguien había formado con piedras el ideograma de «vida». Era una obra colosal, pues prácticamente ocupaba toda la extensión de la isla, y estaba hecho con una clara intención artística tanto por las proporciones como por el equilibrio en su caligrafía pétrea.

—Es increíble, ¿verdad?

No comprendió que se dirigía a él hasta que el tren alcanzó el otro extremo del puente, desde donde el ideograma seguía siendo completamente visible. Aunque no respondió, ella continuó hablándole.

—Lo vi por primera vez hace un mes más o menos. Es increíble, ¿verdad? —volvió a repetir.

Lo que a Masashi le parecía increíble era que ella lo hubiera visto..., que alguien mirase por la ventana justo en ese punto, en ese preciso momento, y descubriese esa especie de grafiti gigante en medio del río. Era increíble, desde luego.

—¿No te parece increíble? —insistió ella finalmente.

—Hum... Bueno... —respondió él, inseguro—. La forma... El trazo es limpio, las piedras son todas del mismo tamaño, y seguramente hay una buena razón para que alguien se haya tomado tantas molestias. Si lo han hecho sin autorización, desde luego hay que tener agallas para plantarlo ahí.

—Para mí lo más increíble es la elección del ideograma —dijo ella—. Como solo tiene líneas rectas, es fácil de dibujar, pero visualmente impacta mucho. La primera vez que lo vi me dieron ganas de salir corriendo para ir a tomarme una cerveza de grifo.[2]

—¡Ah, claro! Se puede leer como «cerveza de grifo», pero yo lo había interpretado más bien en el sentido de «vida» en oposición a «muerte».

—Tienes razón. Quién sabe. Me pregunto qué sentido querría darle quien lo hizo.

—Si tanto te interesa, ¿por qué no preguntas en el ayuntamiento? A lo mejor han escrito «vida» porque tienen prevista alguna obra de reacondicionamiento del río para que recupere la vida.

—No tengo intención de hacer semejante cosa —dijo ella negando con la cabeza—. Si se refiere a algo así, me decepcionaría mucho, y más aún si resulta que lo ha hecho alguien sin permiso y lo van a quitar. De todos modos me gusta la idea... Pensar que es una especie de grafiti gigante que no ofende a nadie. Es raro, ¿no crees? Espero que se quede ahí mucho tiempo, me da igual no entender el verdadero significado.

Daba igual, desde luego, pensó Masashi, arrastrado por su entusiasmo.

Era una obra que tal vez nadie llegara a ver nunca, o todo lo contrario, pero cuya fortuna ignoraba su autor. La idea de que este fuera un vecino de la zona no dejaba de ser divertida.

—Bueno, yo también espero que tenga el sentido que sugieres —murmuró.

Ella le lanzó una mirada interrogativa.

—Porque, si lo leemos como «vivir», como «vida», podría implicar una especie de mensaje, un ruego...

La expresión de la chica pasó del entusiasmo al desánimo.

«Debería haberme callado», se dijo Masashi. No pretendía arruinar su ilusión, ni tampoco vengarse por el hecho de habérsele adelantado con aquel libro que deseaba leer.

—Puede que tengas razón... —admitió ella—. Seguro que oculta un significado más profundo. A lo mejor quien lo hizo pensaba en un familiar enfermo y es una plegaria par

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