La sombra de Patricio Lynch

Guillermo Parvex

Fragmento

 PRIMER ENCUENTRO CON LYNCH

PRIMER ENCUENTRO CON LYNCH

Llovía con fuerza sobre Santiago. Corría mayo de 1881 y, poco a poco, las noticias sobre la Guerra del Pacífico se hacían más esporádicas, ya que habían cesado los homenajes que en todas las ciudades de Chile se habían efectuado a los batallones que regresaron victoriosos del norte a partir de febrero, semanas después de la ocupación de Lima.

Permanecía en Perú un ejército de ocupación compuesto por poco más de la mitad de las veteranas fuerzas que habían vencido en Chorrillos y Miraflores. Esas mismas que luego ingresaron a la ciudad de los virreyes en completo orden el 17 y 18 de enero, al mando del general Manuel Baquedano, general en jefe del Ejército de Operaciones.

Muchos esperaban que pronto se sellara la paz con el Perú y que pudieran retornar al país los miles de soldados que se mantenían en Lima y el Callao. Aquellos dispersos en guarniciones entre Antofagasta y Tacna continuarían indefinidamente, ya que La Moneda se había negado a la propuesta de Estados Unidos, que quería obligar a Chile a devolver dichos territorios. El Gobierno chileno se oponía con tenacidad, por considerar que representaban una justa compensación a los sacrificios humanos y financieros de un conflicto que nunca buscó.

Baquedano había regresado a Chile en marzo de 1881, dejando como jefe de la ocupación al general Cornelio Saavedra. Finalizando ese mes, asumió este cargo el coronel Pedro Lagos, que en junio recibiría su ascenso a general de brigada.

* * *

Pese a la guerra, Santiago era una ciudad en pleno desarrollo, en la que convivían las costumbres y tradiciones coloniales con las cada vez mayores influencias europeas producto de las migraciones desde el Viejo Continente. El frío y lluvioso invierno daba un aire de melancolía a las calles del casco céntrico de la urbe, donde las casas de adobe y tejas poco a poco eran reemplazadas por casonas o palacetes.

El birlocho, tirado por un caballo, avanzó por el inundado piso de adoquines de la avenida Las Delicias y torció hacia el sur por la calle de La Maestranza. Comenzó a dar tumbos entre las pozas de agua que se formaban sobre la calzada pavimentada con piedras de río, mucho más irregular que la senda de adoquines. Poco antes de llegar al camino Cintura, el carruaje se detuvo frente a una austera casona de ladrillo. El empapado cochero bajó de su banqueta de conducción y abrió la puerta de la cabina, cubierta por una capota de cuero, del que descendió un corpulento oficial de la marina que se apresuró a golpear la puerta, ya que la lluvia arreciaba mientras los truenos bramaban en los contrafuertes cordilleranos.

—Buenas tardes. Soy el capitán de corbeta Basilio Rojas Velásquez y busco a don José Antonio Silva Montt —dijo a la sirvienta que lo atendió, que de inmediato lo hizo pasar al vestíbulo delimitado por la puerta de calle y la vidriada mampara.

—Voy a buscar al señor. Espere, por favor —respondió la empleada que regresó en fracción de minuto, invitando al oficial naval a sentarse en un oscuro recibo. No tardó en aparecer José Antonio Silva, de algo más de cuarenta años, alto, delgado, semicalvo y con un frondoso bigote mostacho.

Tras las presentaciones, el marino entró presuroso a explicarle el motivo de su visita.

—Sabrá usted, don José Antonio, que don Patricio Lynch ha sido ascendido a contralmirante y, en paralelo, se le nombró general de brigada. Con fecha 4 de este mes de mayo ha sido confirmado jefe político y militar del Perú...

—Disculpe, comandante, ¿pero esto que tiene que ver conmigo? —interrumpió Silva.

—El señor Lynch, del cual soy ayudante, sabe de los valiosos servicios que usted ha prestado durante esta guerra, que dista mucho por concluir, y requiere que usted forme parte de la Secretaría General del Gobierno en Lima...

—Antes que prosiga, quiero aclararle que no pertenezco ni al Ejército ni a la Marina y si cooperé fue solo por patriotismo. Seguramente, usted estará enterado de que yo emigré a Tarapacá varios años antes de iniciarse el conflicto y por propia voluntad y sin estar enlistado, trabajé casi dos años con otros prácticos consiguiendo importantes informaciones para nuestro país. Arriesgué innumerables veces mi vida cuando me desempeñé tras las líneas peruanas. Para mí eso ya concluyó, ya que muchas veces peligró mi existencia a cambio de una mísera propina de nuestra república. He venido por unas semanas a Santiago a compartir con mis familiares y pretendo viajar en breve a Iquique para asumir un buen puesto que me ofrecieron en la salitrera La Palma, que pronto reanudará su trabajo con sus nuevos propietarios.

—Entiendo su planteamiento, señor Silva, pero le ruego que al menos acceda a reunirse con el contralmirante. Puede exponerle su negativa y los motivos señalados, que considero muy válidos. Estará hasta mañana en el ministerio de Guerra y luego viaja a Valparaíso.

—No se preocupe, comandante. Mañana iré a visitarlo a su despacho. ¿Cuál es la hora más adecuada para no tener que esperar tanto?

—Lo esperaremos a las diez de la mañana. Le avisaré al señor Lynch —replicó el marino poniéndose de pie y despidiéndose con cortesía de Silva, que lo acompañó hasta la puerta, donde permanecía el birlocho bajo la intensa lluvia que continuaba azotando la ciudad.

* * *

Pasadas las nueve de la mañana, Silva salió de la casa de su hermano y se encaminó hacia el centro de Santiago, llegando una media hora después hasta el palacio de La Moneda, cuya fachada norte enfrentaba al edificio del ministerio de Guerra. Los guardias lo demoraron bastante ya que no sabían en dónde se situaba la oficina de Lynch, ubicada transitoriamente en ese lugar.

Fue el propio comandante Rojas quién llegó hasta la puerta principal para autorizar la entrada de Silva, siendo conducido de inmediato al reducido despacho que ocupaba por esos días el futuro jefe político y militar del Perú. Patricio Lynch, de algo más de cincuenta años, tenía una elevada estatura, escasas canas en su cabello rojizo, penetrantes ojos azules y un cuidado bigote.

—Bienvenido, señor Silva. Por favor, tome asiento mientras nos traen unos cafés y un par de cigarros —propuso con cordialidad el contralmirante, que se imponía de inmediato por su apostura y finos modales.

Mientras Silva permanecía atento, Lynch dijo:

—Ya me ha informado el comandante Rojas sobre su negativa, pero permítame al menos explicarle la razón por la que requiero de usted.

—Por supuesto, almirante. Lo escucharé con la máxima atención.

—Nunca hemos trabajado juntos, pero sé de sus meritorios servicios por recomendaciones de Joaquín Godoy Cruz, Marcos Maturana y Máximo Lira. Usted ha vivido más de una década en suelo peruano y además de conocer a cabalidad la geografía de ese país, usted tiene buenas relaciones con personas muy bien ubicadas y que en tiempos muy recientes también nos cooperaron. Entre nosotros, le puedo confidenciar que el Gobierno de ocupación es un verdadero desastre. Saavedra y Lagos poseen innegables méritos como conductores militares, pero no han tenido la capacidad para administrar un país ocupado.

—Lo entiendo, almirante, pero ya le expliqué a su ayudante que tengo otros planes. Ya he dado bastante a cambio de casi nada y es el momento de retomar mis actividades. Por otro lado, no veo en qué podría serle útil, ya que no soy militar, marino, ni político.

—Permítame antes, señor Silva, explicarle que, para administrar un país ocupado por nuestras armas, lo primero que se debe tener claro es lo que está sucediendo en las sombras. Teníamos un buen grupo de voluntariosos agentes, hábiles y corajudos, que fueron nuestros ojos en las campañas. Se movían tras las líneas enemigas e incluso en las más altas esferas políticas y militares peruanas, recopilando importante información que nos permitió avanzar con seguridad y no a ciegas. Esa valerosa gente, por razones que ignoro, se dispersó y ahora estamos con una venda en los ojos. Saber lo que está sucediendo de forma soterrada es básico para bien administrar política y militarmente el Perú.

—Pero ya le señalé, almirante...

—En esta oportunidad las cosas serán diferentes. Algo me ha adelantado mi ayudante de su próximo empleo en Iquique. Dígame, José Antonio, lo que ha acordado monetariamente con los jefes de la oficina La Palma y le ofreceré más que aquello, porque su valioso concurso lo necesito desde el primer día que vuelva a Lima. Usted formará parte de la Secretaría General y además de tener el sueldo que merece, me ocuparé de que cuente con los recursos para crear, y hacer funcionar en forma eficiente, una red de informaciones que nos permita saber lo que sucede y lo que planifican los peruanos en temas de política y también militares, para adelantarnos y hacer un buen Gobierno.

—Está bien, señor Lynch, asumiré esas responsabilidades, pero con la condición de que mi sueldo sea mayor que el ofertado por el nuevo administrador de La Palma, cuya propuesta está en la carta que le expongo en este momento. Además, que mis servicios se harán extensivos por el máximo de un año, pues estoy muy agotado de estos trajines y mi mayor interés es adquirir un campo en Petorca.

—Veo la propuesta de la salitrera La Palma. Le doblaré el dinero que ellos le han ofrecido. También acepto lo del plazo de un año —contestó Patricio Lynch, al tiempo que se ponía de pie y acercándose a Silva, le estrechó la mano, agradeciéndole que aceptara acompañarlo.

—Esperemos que todo resulte bien —pensó Silva en voz alta.

—Viajaré mañana a Valparaíso y zarparé hacia Callao el martes 10 de mayo, por la tarde. Nos reuniremos en la intendencia del puerto antes de mediodía. Almorzaremos juntos y luego nos embarcamos.

* * *

José Antonio salió del ministerio y mientras caminaba hacia la casa de su hermano Fermín, en donde se alojaba, comenzó a arrepentirse de haber aceptado volver a Lima y, más aún, para asumir tan riesgosas funciones. Pero ya no podía deshacer el acuerdo con el almirante.

En tanto avanzaba a paso lento, meditaba sobre su existencia, que no había sido para nada fácil. Siendo sobrino del presidente Manuel Montt se podría decir que era el menos aprovechado en cuanto a estudios, ya que había cursado solo un año de derecho en la Universidad de Chile. Al enemistarse con su padre y con diecinueve años, decidió dejar la carrera y se marchó al puerto peruano de Iquique en busca de oportunidades laborales, comenzando a trabajar en la filial peruana de la Casa Gibbs en 1859, una de cuyas principales actividades era la exportación de salitre.

Tres años más tarde se trasladó a Arequipa tras una excelente oferta hecha por la casa Santiago Fletcher y Compañía, sucesora de la antigua Casa Jack, que movía gran parte de las exportaciones e importaciones peruanas y bolivianas. Estando en esa ciudad, trabó amistad con el prefecto de ese departamento, el coronel Mariano Ignacio Prado. En 1863 contrajo matrimonio con Josefa Sánchez, dama de la alta sociedad arequipeña, que casi un año más tarde dio a luz una niña, que llevó el mismo nombre de su progenitora. Sin embargo, Josefa falleció dos semanas después a causa de complicaciones en el parto.

Silva recordaba —mientras caminaba por la calle de La Maestranza— que muy mortificado por la pérdida de su mujer, viajó con la criatura de poco más de dos meses a Chile y la dejó al cuidado de su hermana, Trinidad. Ahora esa niña tenía quince años y vivía con ella en Temuco, ya que su cuñado, el coronel Evaristo Marín, tras haber combatido en Tarapacá, había sido destinado al Ejército de Operaciones del Sur. La había visto solo en una ocasión, cuando su hija recién había cumplido los siete años.

Al volver a Arequipa siguió estrechando su amistad con el coronel Prado, que el 28 de febrero de 1865 inició una revolución nacionalista. Fue entonces que el uniformado peruano le pidió que se hiciera cargo de una pequeña unidad de milicias y se le uniera a su ejército, a lo que José Antonio accedió, sin saber hasta ahora si lo hizo por temor a posibles represalias en caso de negarse o buscando aventuras. Silva tenía formación militar, ya que había servido, como todos los chilenos, en la Guardia Nacional, desde los quince hasta los dieciocho años, una vez por semana.

Marchó, junto a Prado, desde Arequipa al Cuzco y luego a Ayacucho, logrando reducir a las guarniciones leales al presidente Juan Antonio Pezet, dominando rápidamente todo el territorio sur del Perú, mientras que el coronel José Balta, con su propio ejército revolucionario,

avanzó desde Chiclayo hacia Lima, ya que el objetivo era la toma de la capital y la deposición del mandatario.

El 20 de septiembre, tras una serie de enfrentamientos con las tropas de Pezet, los dos ejércitos revolucionarios se unieron en las afueras de Lima, sumando un total de nueve mil hombres. A esas alturas, José Antonio era un leal colaborador de Prado. Estando en ese campamento, recibieron la visita del enviado especial de Chile, Benjamín Vicuña Mackenna, para expresar el apoyo de La Moneda a esta rebelión, considerando que su motivo era ir contra el entreguista tratado firmado por Pezet con los españoles, por el problema de las islas Chinchas. Allí fue cuando Silva se enteró de que Chile había entrado en guerra con España en solidaridad con el Perú y que consideraba sus aliados a los coroneles Balta y Prado.

Tras seis horas de cruenta lucha, en la cual Silva recibió un sablazo en su brazo izquierdo que le dejó una cicatriz de por vida, las tropas revolucionarias lograron tomarse la capital. Una vez depuesto Pezet, asumió la presidencia el general Pedro Díaz Canseco, pero a fines de noviembre fue derrocado y en su lugar asumió su amigo Mariano Ignacio Prado.

Silva regresó de forma temporal a Arequipa y luego se trasladó a Lima, ya que Prado lo incluyó en la comisión para la elaboración del padrón nacional de minas, fase previa para aumentar la recaudación de impuestos.

Aunque estaba muy bien en la ciudad de los virreyes, tanto social como financieramente, José Antonio, con su espíritu siempre inquieto, renunció al empleo que le había dado Prado y se mudó a Iquique, ocupando un importante puesto en la Casa Gibbs. Allí lo sorprendió el inicio de la guerra del Pacífico.

Por su acabado conocimiento del territorio y por su acento, de peruano ilustrado, en abril de 1879 fue reclutado como agente o práctico —como también se les denominaba a los espías— por el periodista Máximo Lira Donoso, por entonces secretario del intendente general del Ejército, Francisco Echaurren y, posteriormente secretario del ministro de Guerra en Campaña, Rafael Sotomayor.

Cumplió con importantes y riesgosas misiones de búsqueda de informaciones desde la misma recuperación de Antofagasta hasta la entrada de las tropas chilenas a Lima. Fue entonces que decidió buscar una vida más relajada y retornó a Valparaíso junto con los primeros batallones que acompañaron al general Baquedano.

No estaba en sus planes volver al Perú. Tenía unos buenos ahorros en el Banco Nacional de Chile, con los que pretendía comprar un campo en su natal Petorca, donde quería envejecer con tranquilidad y, a la vez, tratar de recuperar a la hija que había abandonado al cuidado de su hermana Trinidad.

* * *

—¡Todo mi plan de irme a un campo en Petorca se fue al carajo, por no saber negarme! —exclamó cuando Fermín le abrió la puerta de la casa, el que lo miró con extrañeza, sin entender nada.

—Explícate más, José Antonio... No entiendo qué quieres decir.

—En dos días volveré al Perú para trabajar con don Patricio Lynch, que ha sido nombrado jefe político y militar de ese país.

—Pero si no lo deseabas podrías haberte negado, considerando que no eres un empleado del Gobierno.

—Lo hice, pero no le costó mucho convencerme —replicó José Antonio mientras colgaba el grueso abrigo en una percha a la entrada del salón.

—Pero no puedes negar que no estás destinado a echar raíces viejas en un lugar determinado. Te agrada lo incierto, los desafíos, y me atrevería a agregar que también el peligro. De otra manera no habrías combatido en la revolución peruana de 1865, en la que no tenías pito que tocar, considerando que no eras militar y además un extranjero. Después seguiste tus andanzas como espía en la guerra del Pacífico. No te hagas el enfadado con el señor Lynch, porque me imagino que no te puso un revólver en el pecho para que accedieras —replicó Fermín con una sonrisa.

—Creo que algo de razón tienes, hermano. No soy para estar toda la vida sentado tras un escritorio haciendo negocios. Pero con mucha sinceridad te reitero que me iré a Lima a regañadientes, porque esa ciudad y todo el Perú es una caldera a máxima presión que podría explotar.

—Te queda una opción, José Antonio.

—¿Cuál, hermano?

—Finges una pulmonía y yo le aviso a ese señor Lynch que estás imposibilitado de viajar. Recuerda que soy compadre y muy amigo del doctor Véliz y él no tendría mayor inconveniente en atestiguar sobre tu supuestamente grave enfermedad.

—Jamás, Fermín. Ya sellé el acuerdo con ese marino y lo respetaré. Aprovechemos los dos días que nos quedan juntos, porque no nos volveremos a ver hasta mayo o junio de 1882.

APROXIMACIÓN A LA REALIDAD

Para evitar cualquier contratiempo que lo pudiera atrasar, José Antonio viajó el lunes a Valparaíso y se alojó en el lujoso hotel Aubry, ubicado en la céntrica calle de La Aduana. Poseía tres pisos y las habitaciones se hallaban en las dos plantas altas, con balcones que daban hacia la calle. En el primer nivel estaban los salones de té y comedores. Una parte de la planta baja era ocupada por las oficinas de gerencia de la Refinería de Azúcar de Viña del Mar. Ahí tenían sus despachos los propietarios de esta compañía, los alemanes Julio Bernstein y Enrique Tietz.

Desde el gran balcón de su habitación, José Antonio tenía una amplia visión panorámica de Valparaíso, puerto que se erguía como un importante centro comercial y cultural en la costa del Pacífico. Mirando a los cerros, cada día más poblados, le era posible apreciar cientos de casas, la mayoría pintadas de alegres colores, creando un variopinto mosaico. El puerto era un enjambre de vapores y veleros que arribaban o zarpaban transportando mercancías y, las empedradas calles estaban llenas de actividad de comerciantes, marineros y viajeros, generando un ambiente cosmopolita.

Se acostó temprano ese lunes y al día siguiente, tras un opíparo desayuno, consistente en una hogaza de pan candeal y una paila de huevos con tocino, más un gran jarro de café con leche, José Antonio dio un paseo por el sector de la aduana y, faltando poco para el mediodía, enfiló hacia la intendencia la cita con el contralmirante Lynch.

* * *

—Buenos días don Patricio.

—Buenos sean para usted, José Antonio. Estaba preocupado de que no llegara a la cita, ya que después de que abandonó mi despacho recordé que el primer tren de Santiago llegaba cerca de las dos de la tarde.

—Lo sabía y por ello me vine ayer. Tengo mi equipaje en el hotel Aubry, en el que hay un muy buen menú. Podríamos almorzar allí —le propuso Silva.

—Me agrada la gente de gustos refinados. Sin temor a equivocarme diría que es el hotel de mayor nivel de este puerto. Su cocina está entre las mejores del país. Vamos hacia allá, pero el anfitrión seré yo, puesto que he sido el que lo metió en este trance —dijo Lynch con una sonrisa socarrona, mientras se calaba su gorra.

Al ingresar al comedor, el dueño del hotel, Julio Lanvoy, se acercó a saludar a Lynch y al saber que almorzarían allí, ordenó que se les condujera a un elegante privado, señalando que para él era un honor que tan insigne marino visitara su establecimiento.

En cuanto tomaron asiento y aún antes de que llegaran los aperitivos, Lynch introdujo a su interlocutor sobre la situación en que se encontrarían cuando llegaran a Lima.

—Veremos una ciudad peor que como la encontramos cuando la ocupamos en enero y vaya que estaba mal en ese entonces, con los saqueos e incendios que perpetró el populacho peruano. No funciona prácticamente nada y, lo poco que sigue en actividad lo hace a medias.

—¿Tan mal administrado está todo? —preguntó Silva.

—No solo mal administrado, sino que además no hay una conducción de Gobierno. Yo diría que se ha aplicado la política del dejar hacer. Los peruanos, que aún manejan importantes servicios públicos, pareciera que no se han percatado de que fueron vencidos y que el que manda es el jefe político y militar de Chile —acotó Lynch.

Mientras José Antonio escuchaba con evidente preocupación su descripción, el marino continuó:

—El poder judicial se niega a reanudar sus funciones. Las aduanas son un caos; telégrafos sigue siendo operado por peruanos y se enteran de todos nuestros mensajes. No hay policía de aseo y las calles están llenas de cerros de malolientes basuras; el alcalde Torrico y luego su sucesor Canevaro, se niegan a supeditarse a la autoridad chilena y, para colmo, con la anuencia de La Moneda, se formó el 12 de marzo un Gobierno provisional apoyado por nosotros para tener un interlocutor con quien firmar la paz. Claramente, ese Gobierno encabezado por Francisco García Calderón Landa ha abandonado ese compromiso y le está haciendo el juego a Estados Unidos y a los rebeldes, encabezados por Piérola, Cáceres y Montero.

—Me abruma usted, don Patricio. Comprendo a cabalidad que nos enfrentaremos a una caótica situación y haré mi mayor esfuerzo para cooperarle lo mejor posible.

* * *

Tras una breve sobremesa, Lynch se marchó a la intendencia, quedando de acuerdo para juntarse en el muelle en dos horas para embarcarse en el vapor Itata, que en cinco días ingresaría al puerto de Callao, tras una breve escala en Iquique.

Los días corrieron rápido a bordo, gracias a las amenas conversaciones, en especial aquellas relacionadas con la intensa vida de Lynch, que escapaba de lo común para la época y, por lo mismo, interesaba sobremanera a Silva.

En esas extensas charlas, generalmente en el entrepuente o apoyados en la borda, Silva se enteró de que Lynch ingresó a la Escuela Militar a los doce años para integrar el curso naval, ya que en esa época militares y marinos se formaban inicialmente en una academia común. Así, teniendo trece años, como guardiamarina de la corbeta Libertad, le correspondió participar en la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana y, entre otras acciones, formó parte del piquete que abordó y capturó la fragata peruana Socabaya, constituyéndose esta en la primera acción guerrera del pequeño Lynch.

—¿Y por qué, o más bien cómo, ingresó usted a la marina inglesa? —preguntó José Antonio. Lynch, con mucha afabilidad le explicó con lujo de detalles:

—Cuando ya habíamos ocupado el puerto de Callao, a fines de 1839, llegó hasta allí una flotilla británica al mando del contralmirante Charles Bayne Hodgson Ross, jefe de la Estación Naval del Pacífico de Su Majestad, para observar el curso de los acontecimientos. Ellos eran neutrales y, como tales, podían desplazarse con libertad por las calles. Uno de esos días bajé a tierra y, mientras caminaba en las cercanías del puerto, vi cuando un grupo de maleantes comenzó a atacar al almirante británico y a su ayudante, logrando derribarlos, seguramente para robarles. Desenvainé mi espada y arremetí contra los forajidos, que huyeron luego de que herí a uno. El contralmirante Hodgson me agradeció mi intervención y yo le respondí en inglés, idioma de mi padre y que aprendí desde muy pequeño. Me preguntó mi edad, mi grado y mi nombre e hizo que su ayudante apuntara los datos. Antes de marcharse hacia su buque, me dijo que yo era muy niño, pero que me comportaba como un gran caballero.

—Siga, por favor, don Patricio. Es una historia muy entretenida.

—Semanas más tarde, el contralmirante Hodgson y su flotilla llegaron a Valparaíso y el alto oficial británico se reunió con el comandante general de Marina y le entregó dos cartas. Una dirigida a mi familia y la otra al Gobierno, pidiendo autorización para incorporarme por un tiempo a la Royal Navy. Y así fue como recién cumplidos mis quince años, me embarqué en la corbeta Electra, como guardiamarina de la marina británica.

—¿Y se fue nomás a Inglaterra?

—No, amigo. Toda la primera mitad de 1840 permanecí como oficial en la corbeta Electra, navegando la costa del Pacífico y a fines de junio de ese año fui transbordado a la fragata Calliope, que comandaba el capitán de navío Sir Tomas Herbert, zarpando desde Valparaíso hacia China, para combatir en la llamada guerra del Opio...

—¿Guerra del opio? —consultó Silva extrañado, ya que nunca había escuchado sobre dicho conflicto.

—Gran Bretaña compraba gran cantidad de productos al Imperio chino, pero los asiáticos no adquirían bienes ni productos ingleses, excepto el opio producido en la colonia de la India. El emperador prohibió la compra de opio, porque embrutecía a sus súbditos y exigió que todos los artículos chinos fueran comprados con plata u oro. Finalmente, las relaciones se tensaron y la situación terminó en un conflicto bélico.

—¿Y usted participó en esa guerra, don Patricio?

—Por supuesto, tanto a bordo como en las fuerzas de desembarco y estuve en toda la campaña, luchando en nueve combates, entre otros en la toma de Cantón, Amoy, Ningpoo, Shusán y Shanghai.

Con indisimulado orgullo, Lynch le relató que, en 1844, cuando aún no cumplía los veinte años, fue condecorado por la corona británica y ascendido a teniente de la marina inglesa, en la que permaneció hasta 1847, cuando se decidió a vivir cuatro meses en París. Después regresó a Valparaíso, reincorporándose como teniente primero de la Marina de Chile, asumiendo la comandancia del bergantín Cóndor, quedando de guarnición en el Estrecho de Magallanes durante dos años.

—Y por fin se quedó en nuestra marina de guerra haciendo carrera —exclamó Silva, pero Lynch con una sonrisa le replicó:

—No se apresure, amigo José Antonio. He sido bastante aventurero en mi vida. Me sentía muy olvidado por mi institución en el fondeadero de Magallanes. Por ello, en 1849, solicité permiso sin goce de sueldo a la Marina y motivado por la llamada fiebre del oro, me fui a California al mando de una fragata mercante, llevando a casi un centenar de aventureros chilenos que esperaban enriquecerse en esas lejanas tierras. Regresé a Valparaíso finalizando 1850 y fui designado ayudante del almirante e intendente del puerto, Manuel Blanco Encalada. Junto a él me correspondió sofocar la llamada «Revolución de 1851», lo que me mereció ascender al grado de capitán de fragata, oportunidad en que se me entregó el mando del bergantín Janequeo. A fines de 1853 me dieron una orden que rechacé cumplir y, por ello, el presidente Montt ordenó mi baja. Y ayer me enteré de que usted es su sobrino.

—¿Y en qué lío se metió, don Patricio?

—En noviembre de ese año, me llegó una orden de don Manuel Montt para que encerrara a bordo de la Janequeo a una veintena de presos políticos y los trasladara hasta las islas de Juan Fernández. Consideré indecoroso ser un carcelero y, como desobedecí al presidente, se me dio de baja involuntaria en enero de 1854. Con la ayuda de mis antiguos compañeros de colegio, Aníbal Pinto y Domingo Santa María, me dediqué a la agricultura por largo tiempo.

A continuación, Lynch explicó que, debido al inicio del conflicto de España con Perú, fue reincorporado a la Armada en diciembre de 1865, con el grado de capitán de fragata, y en 1867, concluido este conflicto, fue nombrado gobernador marítimo de Valparaíso, junto con su ascenso a capitán de navío.

—Muchas gracias, señor Lynch, por darse el tiempo de relatarme su vida. Ya sé que iniciada la actual guerra usted fue nombrado jefe del Comando de Transportes Navales, luego jefe militar y político de Tarapacá, donde se ganó las confianzas de todos los mandos, por su gran capacidad de organización, dotes diplomáticas y firmeza.

—No exagere, José Antonio. Solo cumplí con mis deberes.

—Pero su fama trascendió cuando, además de ser capitán de navío fue nombrado coronel del Ejército por el general Baquedano y encabezó esa tremenda expedición de guerra punitiva hacia el norte del Perú, en la que demostró sus tremendas capacidades de combatiente terrestre, además de marino. Por ello después se le confió el mando de una división y todos sabemos de su arrojo en las grandes batallas de Chorrillos y Miraflores.

—No hablemos más de mí, pues no tiene mucho sentido y la verdad es que casi me incomoda, porque debo parecer ante sus ojos como un charlatán fantoche. Aprovechemos los dos días de navegación que nos quedan para ir organizando nuestro trabajo en el Perú, que es mucho y bastante complicado.

* * *

Sentados en la recámara del capitán del mercante, se dispusieron a tomar un café. Fue entonces que el marino entró de lleno a la misión que llevaban:

—Antes de planificar nuestra tarea, deberemos ponernos al corriente de lo que está sucediendo en el Perú. Además de conducir administrativa y militarmente el territorio de ocupación, debo armar un staffcon políticos con alta capacidad de negociación, para que se encargue de la tarea más urgente: firmar la paz, que es lo que me ha pedido el presidente. Actualmente, en el Palacio de los Virreyes penan las ánimas. Está el coronel Pedro Lagos de jefe político y militar y solo cuenta con la cooperación de Isidoro Errázuriz, que siendo una buena persona es insuficiente.

—Es un país completo que hay que organizar y entiendo que se requiere de más personalidades con gran capacidad.

—Así es amigo, Silva. Como te mencioné antes, soy amigo del presidente Pinto, ya que fuimos compañeros de colegio. Cuando me solicitó que asumiera este cargo, le puse como condición que me dejara rodearme de un buen grupo de políticos negociadores y me prometió que lo haría. Debo armar pronto ese equipo, ya que don Aníbal entrega la presidencia el próximo 18 de septiembre.

Mientras José Antonio Silva lo escuchaba con atención, caminaron hacia la toldilla de popa del vapor, mientras caía el sol en el horizonte. Culminaba el 16 de mayo y el Itata se aprestaba para entrar al puerto de Callao.

Ya oscurecía cuando Lynch, acompañado de su ayudante de órdenes, el comandante Rojas, y José Antonio Silva pusieron pie en el embarcadero.

Allí los esperaba un marino corpulento que saludó con efusividad al contralmirante Lynch. Era el capitán de fragata Luis Pomar Ávalos, gobernador marítimo de el Callao.

Un grupo de marineros cargó en un carruaje los baúles de viaje del contralmirante, de Rojas y Silva, momento en el que Lynch pidió al comandante Pomar que lo llevaran a la estación El Principal, para tomar el tren a Lima.

—Lo siento, almirante. El último tren a la capital partió hace quince minutos. Por ello, se ha dispuesto su alojamiento y el de sus acompañantes en la residencia del coronel José Domingo Amunátegui, comandante político y militar de Callao.

—Está bien, Pomar. Así lo haremos y mañana abordaremos el primer tren a Lima. Muchas gracias por sus atenciones —dispuso Lynch con su característica caballerosidad.

* * *

Desde los aperitivos, el contralmirante formuló una serie de consultas al coronel Amunátegui acerca de la situación en Callao y Lima. Lo cierto es que las respuestas del militar fueron muy sinceras, pero provocaron malestar en Lynch, al percatarse de que la situación era incluso peor a cómo la había imaginado.

—¡No puedo creer, coronel, que los telégrafos sigan siendo operados por los antiguos empleados peruanos! Seguramente ellos se enteran antes de Pedro Lagos de los telegramas que le envían sus comandantes de regimiento. No entiendo cómo están tan tranquilos enviando mensajes a los jefes de batallones dispersos en los alrededores a través de líneas controladas por los enemigos.

—Eso se lo he representado a la autoridad y la respuesta es que se está viendo cómo arreglarlo. Lo otro: he solicitado innumerables veces que las aduanas sean controladas por nuestro Gobierno, ya que hasta ahora están en manos de peruanos y debemos confiar en su palabra en cuanto a las mercancías que entran y salen... Y debemos aceptar los montos que ellos indican por concepto de recaudación —respondió molesto el coronel.

—Hay que tomar decisiones drásticas, eficientes y rápidas —acotó Lynch con severidad.

Concluida la cena y después de una sobremesa, el contralmirante invitó a Silva a fumar a uno de los patios interiores de la casona.

—Si te había pintado un oscuro panorama de lo que nos espera, debo reconocer que me quedé corto. Nada ha cambiado a favor nuestro y esto tiende a agobiarme, pero

no me dejaré vencer por ese sentimiento —aseguró dirigiendo la vista hacia el nublado cielo del Callao.

—Poco puedo decirle, don Patricio, excepto que le cooperaré con todo mi empeño.

EL CAMBIO DE MANDO

A las nueve de la mañana del 17 de mayo, Lynch y sus dos acompañantes abordaron el tren en la estación El Principal, a pocos metros de los muelles del Callao, con destino a Lima.

El ferrocarril cubrió los catorce kilómetros que los separaban de la capital peruana en casi media hora. Al descender en la estación San Juan de Dios nadie los esperaba, por lo que alquilaron un coche pidiendo ser trasladados al Palacio de los Virreyes, distante una decena de cuadras.

Aunque se suponía que por la hora tendría que haber mucha actividad, la gran ciudad se veía semivacía y sucia, con inmensos montones de basura que se acumulaban cada cierta distancia, en los que festinaban grandes ratas. Las mujeres que andaban en sus compras matutinas se cubrían casi por completo con sus mantones y miraban de reojo el carruaje.

El coche rodaba con lentitud por el empedrado Jirón de Carabaya y cada manzana de la importante vía tenía un nombre distinto, probablemente originado en la actividad principal que en el pasado se había desarrollado en cada sector.

Así fueron pasando las cuadras Pando, de La Coca, Bodegones y La Pescadería. Tras entrar por el lado este de la Plaza Mayor, Silva observó la imponente catedral y el Palacio Arzobispal. Justo donde el Jirón de Carabaya se cruza con el Jirón Junín, se erguía la llamada Casa del Oidor, que Silva recordaba haber visitado en décadas anteriores. Desde sus balcones el general José de San Martín había saludado al pueblo, tras obtener la independencia del Perú.

En la gran plaza había grupos dispersos de soldados chilenos de franco, algunos fumaban y conversaban animados. Lynch los miró y exclamó:

—¡Parecen gallinas en un gallinero! Esto se va a acabar pronto, pues no es la imagen adecuada para un Ejército de ocupación.

El coche viró por Jirón Junín y se detuvo casi al llegar al Jirón de la Unión, frente al palacio de Gobierno, llamado por muchos «Palacio de Los Virreyes», en cuyo mástil principal ondeaba la bandera chilena.

Los centinelas rindieron al contralmirante los honores correspondientes a su grado. El oficial a cargo de la guardia ordenó a un grupo de soldados que bajaran los bártulos que llevaban, los que fueron acomodados en la salita situada al costado izquierdo del zaguán.

—¿Y el coronel Lagos? —consultó Lynch al oficial de guardia.

—No lo sé, señor. Mi coronel salió hace algo más de una hora con mi comandante Argomedo, pero sin decir hacia dónde se dirigía.

—¿Quién es el oficial más antiguo presente en palacio? —preguntó Lynch con notoria molestia.

—Mi coronel Samuel Valdivieso, mi general... Mi almirante —respondió nervioso el joven oficial.

—Tengo los dos grados... Contralmirante y general y con uno de los dos que me diga me basta, teniente. Vaya a buscarlo de inmediato.

En menos de un minuto, el coronel Valdivieso llegó hasta el salón de recibo del palacio y saludó con marcialidad a Lynch, que le dio un fuerte abrazo, ya que habían hecho amistad durante la campaña de Lima.

—¡Bienvenido, mi general! Me alegra mucho que esté aquí.

—¿Me quiere insinuar algo con esa frase, Valdivieso?

—Sí, almirante. Hace falta un hombre con sus cualidades para enderezar el torcido rumbo que llevamos. No sindico a nadie como único responsable: todos lo somos en parte —aclaró el militar.

—¿Se sabía aquí que yo asumiría la conducción política y militar del Perú? —preguntó el marino.

—No, señor Lynch, pero lo intuí al verlo llegar con tal cantidad de equipaje —señaló Valdivieso riéndose.

—De acuerdo con las instrucciones del presidente Aníbal Pinto, debo asumir el mando apenas ponga pie en Lima... Y ya lo he puesto. Necesito que me ubiquen a don Pedro Lagos para que se entere de esta novedad y me haga la entrega correspondiente.

—Enviaré por él de inmediato. Creo saber dónde pudo haber ido.

—¿Dónde? —preguntó Lynch intrigado.

—No lo comenta, pero los más cercanos lo sabemos. Mi coronel lleva meses enfermo del hígado, tiene un tumor que le hace padecer fuertes dolores. Ha ocultado sus dolencias para continuar en servicio activo. Habitualmente concurre donde un afamado médico chino, Von Cho Pen, quien tiene su consulta en el 201 de la calle Granados. Con sus infusiones le alivia los malestares —aclaró Valdivieso.

Mientras el coronel se apartó para enviar a un oficial y tres soldados a buscar a Lagos, Lynch se quedó pensativo, entendiendo el porqué de la poca energía demostrada por Lagos en el escaso tiempo que llevaba a cargo del Perú. Se arrepintió de haberlo juzgado con tanta dureza y se dispuso a hacer una transición pacífica, sin entrar en mayores cuestionamientos.

* * *

Una hora más tarde, Lagos ingresó al palacio mientras Lynch se paseaba por corredores interiores. Silva observaba desde cierta distancia y presenció cuando ambos se saludaron y conversaron mientras caminaban.

De pronto Lagos se mostró molesto, de seguro tras ser informado por el contralmirante de que debía entregar su cargo ese mismo día. Luego se dirigieron hacia la sala que servía de despacho al jefe de la ocupación del país incaico.

El encuentro fue tenso y aunque Lynch se había propuesto no cuestionar a Lagos, considerando su grave enfermedad, al irse enterando del estado calamitoso de la ocupación, se fue irritando, aunque hacía notorios esfuerzos para refrenarse.

—En resumen, coronel: usted me dice que no hay tribunales porque la Corte Suprema del Perú se niega a que estos funcionen. Las aduanas, ferrocarriles, telégrafos y correos siguen siendo operados por peruanos, ya que no hay chilenos que se hagan cargo de estos servicios... Hay cerros de basura por todos lados, porque el municipio de Lima dice que no tiene fondos para mantener una policía de aseo... Pero ¿qué se ha hecho para subsanar esto?

—Hemos impuesto cupos a las familias más pudientes para mantener los servicios públicos y parte de la mantención de nuestras tropas. El Gobierno de Francisco García Calderón, instaurado en febrero, con nuestra autorización y respaldo, está siendo manejado por los norteamericanos, que siempre han sido aliados del Perú.

—Me cuesta comprender nuestra ceguera para apoyar la creación de un Gobierno, al que incluso le hemos entregado armas con la esperanza de negociar la paz, aunque desde un comienzo hayamos sabido que no estaban en esa disposición —contestó Lynch con desazón.

—Mi general Cornelio Saavedra pidió al alcalde de Lima, Rufino Torrico, que convocara a los vecinos notables de la ciudad para elegir una nueva autoridad política con la que discutir posibles arreglos de paz. Como Torrico hizo caso omiso, mi general no reconoció al Gobierno de Piérola y emitió un bando anunciando que, al no haber ninguna autoridad en el departamento de Lima, este quedaría sujeto al imperio de la ley marcial... Y después vino esta tramoya de poner a García Calderón, en lo que conocemos hasta hoy como «Gobierno de la Magdalena» —explicó cansado Pedro Lagos.

—Veo que en lo único que ha existido cierta eficiencia ha sido en el despacho a Chile de aquellos elementos de valor que sirvan para amortizar la gran deuda que tiene el Perú con nuestro país, en conformidad a las leyes vigentes sobre la guerra. Hay mucho qué hacer, don Pedro, pero no lo culpo, porque además usted, en gran medida, ha sido dejado a su suerte por nuestro país. Casi solo y sin un equipo de políticos que le ayuden a negociar, pues hasta donde sé solo lo acompaña Isidoro Errázuriz, ya que Joaquín Godoy, Dávila Larraín, Altamirano, Pérez de Arce, Vergara y otros que estuvieron en las primeras semanas de la ocupación han retornado a Santiago.

Lagos asentía en silencio, casi sin rebatir. Era apreciable que el antes recio oficial, artífice de la hazaña de la toma del Morro de Arica y que se lució por su capacidad táctica y valor en las grandes batallas de Chorrillos y Miraflores, ya no era el mismo, minado su cuerpo por una grave enfermedad.

—¿Y cuál es la situación militar, coronel?

—Hoy tenemos una división expedicionaria en la sierra peruana. Me decidí a enviarla por el peligro que representan las guerrillas que comanda el general Cáceres, que han puesto varias veces en riesgo a la guarnición de Chosica, camino a la cordillera.

—¿Qué sentido tuvo establecer una guarnición en Chosica, en las estribaciones de la sierra? —consultó Lynch.

—Lima tiene un clima malsano, que a poco de habernos establecido aquí comenzó a afectar a las tropas con diversas enfermedades, en especial las denominadas tercianas, provocando centenares de enfermos graves, incluso causando la muerte a decenas de soldados. Teniendo Chosica un clima mejor, por su altura, decidí establecer allí un lazareto militar para atender a los enfermos, custodiado por un anillo de tropas.

—Pero esa especie de hospital militar está a merced de las montoneras —acotó Lynch, siendo interrumpido por Lagos, quien señaló:

—Por esa misma razón, el 15 de abril envié una división de las tres armas a combatir a los guerrilleros al departamento de Junín, al mando del comandante Ambrosio Letelier. El 27 de abril implantaron la ley marcial allí, en Pasco y Tarma.

—Ya me interiorizaré de esta expedición y de todos los problemas que enfrentamos en el aspecto político y administrativo —finalizó el marino, dando por concluida la breve reunión, en la que además se hallaban presentes el coronel Valdivieso, el capitán de corbeta Basilio Rojas y el ayudante de Lagos, el teniente coronel Julio Argomedo y, en un rincón y pasando casi desapercibido, José Antonio Silva.

Ya era cerca del mediodía cuando Lynch y Lagos se dirigieron a almorzar a uno de los comedores de palacio, mientras los comandantes Rojas y Argomedo preparaban la documentación del traspaso de mando, el que se haría en horas de la tarde.

* * *

La ceremonia fue sobria y se realizó en la explanada frente al palacio. Asistieron los comandantes, o sus reemplazantes, y una mínima delegación de las unidades acantonadas en Lima y Callao, consistente en los regimientos de caballería Granaderos, Cazadores y Carabineros de Yungay, los regimientos de artillería 1 y 2 y los ahora batallones Buin, Zapadores, Segundo, Tercero y Cuarto de Línea, Esmeralda, Bulnes, Chacabuco, Lautaro, Talca, Concepción, Valdivia, Caupolicán y Maule.

Esas eran las fuerzas chilenas en la zo

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