Caelum

Gabriela Angulo Vargas

Fragmento

 1

1

Los acantilados de Riveria lucían aún más profundos cuando los contemplé mientras caía.

—¡Gyuri! —gritó mi hermano menor desde el borde del risco nevado. Su voz se desvaneció mientras me precipitaba al vacío.

Un dolor me azotó incluso antes de impactar contra el suelo. Al estrellarme, mi conciencia se evaporó. Por experiencia sabía que mi cabeza estaba repleta de venas; siempre sangraba sin cesar una vez que se abría. Teñí el hielo de rojo, los ojos se me fueron al blanco y, en ese instante, me morí.

Sin embargo, incluso en el umbral de la muerte, mi historia estaba lejos de terminar.

Recuperé la conciencia después de unos minutos. Lo esperaba.

Me quejé, malherida, y creí escuchar unas pisadas alejarse. Cuando por fin abrí los ojos, mi visión estaba tan borrosa que no pude distinguir si eran huellas las que estaban marcadas en la nieve. Pronto descarté la idea de descubrirlo, pues concluí que había sido una alucinación causada por el golpe en la cabeza. No habría sido la primera vez. En Riveria no había más personas, solo éramos mis padres, Nym y yo. No podía tratarse de nadie más.

Me levanté adolorida y eché un vistazo a la techumbre de la ciudadela, adornada con enormes carámbanos puntiagudos y diamantes incrustados. La voz de Nym llamándome resonó desde la cumbre. Él no podría bajar hasta donde estaba sin lastimarse, así que decidí escalar de vuelta.

Antes de hacerlo miré a un costado las herramientas de pesca que cayeron conmigo y se habían desparramado por el suelo. Ya no habría cena. Me agaché para recoger los pedazos de la caña, pero una ráfaga cargada de nieve e impetuoso hielo empezó a arrastrar los fragmentos. No podía perderlos. Corrí tras ellos en dirección opuesta a la cumbre hasta que la nevada fue tan densa que ya no pude localizarlos. Pese a que ver a través del velo blanco, azul y gris que cubría la ciudadela era difícil, el lomo de un libro rojo resaltaba entre todo lo demás. Arrastrado por el viento, el tomo se acercó hasta que pude detenerlo con mi mano.

«¡Un libro! ¡Un libro! ¡Oh, por Nylena y los cuatro serafines! ¡Es un libro!»

Mantuve la boca abierta mientras sacudía la nieve y el granizo del lomo. De pronto, la preocupación por la cena y la sangre seca en mi frente se desvaneció. ¿Cómo había llegado un libro a ese lugar? ¿Provendría de la superficie? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí enterrado?

—¡Gyuri! —volvió a gritar mi hermano, ahogado en llanto.

Miré una vez más hacia la cumbre, luego fijé mis ojos en el libro y después observé la nieve, hasta que di con la soga de la caña de pescar. Amarré el libro a mi torso, y cuando estuvo asegurado escalé para reunirme con Nym en la cima.

Al verme llegar gritó desesperado, cogió mi brazo y tiró de él como si yo estuviera agonizando. Me arrodillé a su altura y sequé sus lágrimas, intentando entender qué decía entre balbuceos.

—Cálmate, Nym. Estoy bien, ¿no lo ves?

—¡Sangre, sangre, tienes sangre! —me gritó en la cara. Por supuesto, no había podido ocultarla. Mi cabello era demasiado opaco y claro como para que una mancha de sangre pasara inadvertida.

—Sí, pero estoy bien —insistí—. Recuerda lo que dijo mamá: No me puedo morir.

—¡Pero... la... ris... el... risco...! —gimoteó. No entendí lo que dijo, pero asentí de todas formas—. ¡Te caíste por mi culpa! ¡No debí haberme acercado tanto a la orilla!

Su llanto estalló de nuevo y yo tomé su rostro entre mis manos para que me mirara a los ojos. Ver sus pupilas encharcadas me estrujaba el corazón; él siempre estaba riendo.

—¡Ya, Nym! Mira, lo encontré en la nieve, ¿no es emocionante? —dije desatando el libro de mi cintura para entregárselo.

El pequeño se limpió las lágrimas con las manos y abrió el volumen para escudriñarlo. Después de pasar un par de páginas, arrugó la nariz y dijo:

—Bah... ni siquiera tiene dibujos de dragonartos. ¡Aburrido!

Me devolvió el libro y empezó a caminar de regreso a casa. Dejé escapar una risa y fijé mis ojos en la cubierta, pensando una vez más en su misteriosa procedencia. Sabía que no perdería de vista a mi hermano, pues, al igual que el objeto que tenía entre mis manos, su cabello rojo destacaba a la distancia.

i

El camino a casa parecía interminable, y los fulgurantes árboles que destellaban en la oscuridad no se acababan nunca. Cuando sentí que mis pies se habían molido divisé mi casa triangular a lo lejos, erguida en las sombras. Respiré aliviada al ver las fogatas encendidas en su interior y un vaho de aliento caliente se formó frente a mí.

Nym saltó en el jardín resplandeciente de mamá y algunos bichos, al sentir la vibración, salieron de sus escondites desplegando sus alitas holográficas.

Tocamos la puerta y nos recibieron mis padres. Al ver el rojo carmín que teñía mi cabello rubio blanquecino, saltaron del horror. Su edad era tan avanzada que siempre temía asustarlos más de la cuenta con mis accidentes. En el pasado, muchas veces me había desangrado, herido o dañado (y, por tanto, sanado), pero aun así jamás habían dejado de asustarse.

—No hay nada, no veo heridas en ninguna parte. Todas se te han curado —comentó mi madre cuando más tarde hurgó entre mis rizos. Permanecí encogida y con los ojos cerrados con fuerza. Sus dedos rebuscaban entre mi cabello y yo inicié una cuenta regresiva mental: «Tranquila, ya va a terminar: diez, nueve, ocho, siete...»—. Oh, Gyuri, ¿por qué tiemblas tanto? ¿Crees que te voy a hacer daño?

Erguí mi espalda. Pese a su pregunta, no necesitaba explicárselo; mamá lo sabía muy bien. Odiaba que me tocaran la cabeza. Odiaba que mi cabello se enganchara en lugares y por eso lo llevaba tan corto. No odiaba muchas cosas, pero también odiaba reflejarme en el espejo de cristal que había en mi casa, ese que me examinaba en ese preciso momento. Ahí se encontraba un monstruo, un ser odioso: yo. Mis cuernos curvos, atavíos de los que mi familia carecía, se burlaban de mí cuando los apreciaba en el reflejo.

—¿Quién puso ese espejo allí? —rezongué malhumorada, quitando la vista.

—Eso no es lo importante. Tesoro, mírate, por Nylena. ¿Cómo fue que te caíste del barranco? —preguntó mi padre, que hasta entonces me había estado observando en silencio.

—¡Casi me caí! —se adelantó Nym—. Estaba fingiendo ser un dragonarto y... cuando me acerqué demasiado al borde, ¡adivinen qué pasó! ¡Sí, Gyuri me empujó adentro y luego se cayó ella! —Nym lo contaba como si fuera una historia divertida, pero ninguno de nuestros padres se rio, por lo que decidí no mencionar la parte en la que él había llorado como si fuera una tragedia—. Lo bueno es que Gyu encontró un libro rojo.

Mis orejas, largas y puntiagudas, se levantaron sin querer, captando la atención de mi madre. Aunque las suyas eran redondeadas, pequeñas y con una audición menos aguda que la mía, ella lo escuchaba todo.

—¿Un libro? ¿Cuál libro, hija? —preguntó ella, pero antes de que pudiese ocultarlo, Nym ya se lo había entregado.

Lo ojeó y pasó las páginas con desdén. Sabía lo que me iba a decir.

—Esto no tiene valor alguno. ¿Dónde están las fábulas? ¿Los relatos de Melcior? Es una blasfemia. ¿Por qué no dice nada de la diosa Nylena?

—Los libros no siempre deben ser sobre la diosa Nylena —opiné, consciente de que me arriesgaba al decirlo.

Mi madre cerró el libro y me observó. Su cabello rojizo lucía como el fuego, como si intentara reflejar su furia.

—No es bueno para ti —dijo y se levantó.

Mi mirada se desvió hacia la fogata encendida, cuyas llamas crepitaban en una danza terrorífica. Tragué.

—Mamá, para.

Ella se detuvo y en su rostro vi aflicción.

—¿Te has tomado el tiempo para comprender por qué hago lo que hago?

—Mamá, tengo casi veinte años. ¿Podrías dejarme elegir qué leer?

Mis padres habían rescatado un par de libros de las aldeas caídas de la superficie, y todos hablaban de lo mismo: dioses, serafines y criaturas de Melcior. A pesar de ello, amaba aquellos textos con todo mi corazón. En los libros existía un mundo inalcanzable para mí; aun así, mis padres se empeñaban en limitarlo. No tenía contacto con otros seres humanos, mi hermano era todavía un niño y mis padres ancianos... necesitaba algo más.

Le arrebaté el libro de las manos.

—Gyuri —vociferó mi madre con voz contundente.

Lo sostuve con más fuerza.

—Dámelo. No puedes tenerlo —insistió mi madre, extendiendo la mano.

—¿Por qué no? —pregunté con el pulso temblando.

—Porque no habla de la altísima diosa Nylena.

—¿Y eso qué importa? Nylena fue qui...

—La diosa Nylena —me interrumpió.

Suspiré con fuerza y la miré con determinación.

—La diosa Nylena fue quien congeló el mar de Nalini en el que me ahogué cuando niña. También congeló los barrancos en los que me caí. Ni siquiera pude pescar para la cena... ¿te das cuenta? Moriremos de hambre. Ella hizo desaparecer a los humanos de Riveria y somos los siguientes. Por ella estamos aquí, ni siquiera viviendo, sino sobreviviendo. ¿Por qué querría leer sobre una...?

Mi mamá dio un golpe seco sobre la mesa con el paño con el que me había estado limpiando la sangre del cabello. Me encogí al escuchar el estruendo.

—¡Suficiente! ¡No quiero escuchar ni una palabra más! ¡Vas a arrepentirte de cada estupidez que escupes por la boca! ¡Dame ese libro ahora mismo! —exclamó con una expresión severa.

Lo quemará otra vez. Quemará mi pequeño mundo, pensé y me puse de pie.

Mi madre avanzó hacia lo que yo guardaba con recelo entre mis brazos. Intentó arrebatarme el libro y, en respuesta, luché contra ella. Como si una fuerza sobrenatural me poseyera, aparté sus manos y la empujé. Se desplomó en el suelo, sorprendida.

Monstruo.

Retrocedí con un nudo en la garganta.

Fuerza, resistencia, un aspecto extraño.

Mi madre me miró con el mismo desprecio que yo me tenía, con el mismo miedo. Le susurré una disculpa, viendo cómo mi papá la ayudaba a levantarse. Seguí caminando de espaldas hacia mi habitación, intentando controlar el dolor de ese trago amargo.

Una vez más me encontraba en esa situación, forzada a enterrar mi cabeza entre las suaves capas de la almohada. El fuego bailaba en la penumbra, arrojando sombras inquietantes por nuestro cuarto compartido. A pesar del dolor que se acumulaba en mis sienes por las ganas de llorar, no conseguí que brotara de mis ojos ni una sola lágrima. Había sido así toda mi vida: no podía llorar.

Anhelaba que mi madre comprendiera que mi realidad no era tan fácil de asumir. Quería que me consolara, que besara mi coronilla y me acurrucara para dormir. Así actuaban las madres en las pocas novelas que había leído.

Mis novelas, mi refugio, reposaban en el librero de madera junto a mi cama, el cual había sido construido por mi padre cuando yo tenía la edad de Nym. Me relajé apenas tomé un volumen de tapa dura y antigua entre mis manos. Fuera de salir a cazar, la única entretención con la que contaba era sumirme en paisajes ficticios que jamás había visto. En ellos se describía Melcior como un paraíso, un mundo completamente diferente del que mi madre describía como un enjambre de belicismo y violencia.

—¿Habrá más humanos en la superficie? ¿Será que existe un par de ellos que luzca como yo? —me susurré apenada. Aquellas preguntas me las había hecho más de cien veces en mi vida.

Analicé la cubierta del libro que sostenía, en la que aparecía ilustrada Nylena: una mujer de rizos oscuros cuya belleza parecía tan irreal como su existencia. Detrás de ella se distinguían cuatro siluetas, cuatro serafines varones a quienes les había sido concedido el poder de crear el mundo y controlar la naturaleza: Caelum, Cortex, Hilaris y Aestus.

Mi madre me había contado que Melcior, gobernado por los cuatro serafines, había sido un paraíso. El mundo que describían mis libros era rico en vegetación y estaba bañado por la luz de una estrella exuberante llamada Sol, que se encontraba en lo que antes llamaban cielo. Pero los humanos arruinamos ese paraíso con nuestra maldad. Cuando alcanzamos el pináculo de la violencia, los serafines no tuvieron más opción que acabar con toda la próspera naturaleza que alguna vez existió. Ellos tomaron las lanzas del Empíreo —las únicas armas capaces de asesinar a seres inmortales— para matar a la diosa Nylena, como debía ser, para acabar con el mundo e iniciar uno nuevo. Uno mejor que Melcior.

Pero el juicio final jamás llegó y Melcior siguió existiendo, porque los serafines decidieron acabar con sus propias vidas usando las lanzas del Empíreo. Eso era lo que la mayoría de los seres humanos sobrevivientes creía, aunque algunos aún mantenían la esperanza de que esos seres simplemente hubiesen regresado al gran Empíreo y siguieran vivos en algún rincón más allá de nuestra conciencia. Mi madre era uno de ellos, y nos obligaba a rezar todos los días, implorando que los serafines regresaran a Melcior.

Desde entonces, la humanidad ha estado abandonada. Mis padres recordaban con dolor el Gran Diluvio que mató a su familia y gran parte de sus amigos, muchos otros desaparecieron y unos pocos escaparon a la superficie. Si habían sobrevivido, no lo sabían con certeza, pero lo consideraban imposible. La historia era realmente devastadora. Quizá mi madre tenía razón y el mundo en que vivíamos era el infierno.

Estaba harta de leer sobre un pasado que ya no existía.

Devolví el libro a su lugar en la estantería y me estiré en la cama. Contemplé la cubierta roja y maltrecha del nuevo ejemplar y pensé: Mi madre se disgustará por esto, pero sonreí. Alcé la cubierta con la esperanza de encontrar eso que había asustado a mi madre, sin embargo, no imaginé que el aire se me cortaría de aquella manera al escrutar las páginas desgastadas. La tinta parecía todavía fresca y no tenía la caligrafía tradicional de los escribas. Algunas páginas habían sido arrancadas, otras tenían garabatos y varias frases que parecían estar conectadas, pero que eran independientes entre sí.

Nunca había visto algo parecido. Mi corazón galopaba en mi pecho buscando liberarse. Afortunadamente, entendía el idioma en el que estaba escrito. Incliné mi cabeza a un lado y me mordí el labio inferior mientras iniciaba mi lectura.

Con la pluma temblando en mi mano, anhelo y temo que me leas. No sabes quién soy, tal vez ni siquiera yo lo sepa. Pero nuestra historia se resume en lo siguiente... Me impedí amarte por siglos, y al momento de tenerte decidí decirte adiós, como prueba de todo el amor que te tuve.

Cerré el libro de golpe, aturdida. El calor subió a mis mejillas. Miré la tapa lisa, sin información, e imaginé el rostro de un hombre en la cubierta. Luego recogí mis piernas y me hice un ovillo.

Fueron dos cosas las que me llevaron a reaccionar de esa manera.

Primero: era un libro de amor romántico, aquello inalcanzable para mí y que solo había conocido a través de un par de leyendas que aparecían en mis otras novelas y enciclopedias.

Segundo: ese no parecía ser un libro antiguo, perteneciente a personas que perecieron en las cavernas de Riveria. No, esas letras eran recientes, habían sido escritas hacía muy poco tiempo, lo que podía significar una sola —aterradora, emocionante— cosa: había un ciudadano más en Riveria, allí en la inhóspita ciudadela de mi infancia. Había alguien merodeando cerca. Otro ser humano.

2

Era una tarde tranquila, así que decidí recoger unos frutos caídos de los árboles sin que nadie me lo pidiera. Con un paño limpio y nuestra reserva de agua, los fregué mientras tarareaba una melodía sin siquiera separar los labios. Las notas vibraban en mi cabeza, pero mi madre las escuchó desde el otro cuarto.

—¿Por qué cantas tan bajito, Gyu? ¿No ves que tengo que acercarme a ti para oírte bien? —me preguntó, asomándose por la puerta.

—¿Y desde cuándo quieres escucharme? —bromeé enjuagando un fruto que se resistía a desprenderse de su capa natural de luminosidad.

—Desde que te has inventado melodías así de bonitas. Te veo más feliz de lo normal.

Sonreí y mi madre me pellizcó la mejilla.

—No. No es nada —le respondí.

Agradecí en mi interior que mi madre no me hubiera preguntado si realmente me había deshecho del libro rojo. Por supuesto que sí, mamá, repasé en mi mente, lo he enterrado lejos y me sería imposible encontrarlo. Había planeado las palabras correctas para convencerla, pero no fue necesario, porque ya se había ido a conversar con mi padre, que tallaba madera en la entrada de casa. Traté de disfrutar mi momento de soledad para fantasear, pero mi hermano me interrumpió de súbito.

—Gyuri, ¿vamos a jugar? Vamos a desenterrar monos de nieve.

—Después. Te prometo que después iremos —le respondí, todavía ensimismada en mis escenarios ficticios.

—«Después» puede ser cualquier momento, no me gusta esa palabra —se quejó él, pero yo ya me había ido a otra parte.

El escritor del libro me hablaba con sus dulces palabras, que resonaban en mi consciencia con la voz del hombre de mis sueños. Solté una leve risilla y Nym me dedicó una mueca que dejaba claro que pensaba que estaba loca.

Más tarde me tumbé bajo uno de los árboles de hojas fluorescentes para leer, asegurándome de que mi madre se hubiese recostado a tomar la siesta. Antes de entrar en la casa, mi padre me descubrió con el libro en las manos. Le hice un gesto de silencio poniendo un dedo en mi boca y él asintió, imitando mi señal. Era el mejor, no le revelaría nada a mi madre.

De pronto, alertada, me senté sobre la nieve. Con total concentración volví a leer una frase, pues me era imposible creer lo que decía:

Mi divina princesa de cornamenta plateada. De ricitos blancos como la nieve.

¿A qué se refería con «cornamenta»? ¿Estaba insinuando unos cuernos metafóricos o realmente la persona a la que se dirigía tenía cuernos, como yo? De manera instintiva toqué mi «cornamenta plateada», sintiéndome un poco más nerviosa de lo que me hubiera gustado. ¿En el sitio de donde provenía el autor había más personas como yo?

—¡Gyuri, cariño, a rezar! —Oí el grito de mi madre a lo lejos. Apenas la vi acercarse me encogí sobre la nieve, aplastando el libro con mi cuerpo—. ¿Qué haces, mi niña?

—Ya voy, mamá, solo quería echarme una siesta —mentí en un tono convincente, e incluso bostecé. Dándole la espalda, escondí el libro en el tronco del árbol y bufé de la frustración. ¿Cómo se suponía que me quitaría esas ideas de la cabeza?

Cuando nos encontramos en el salón, escuchando a mi madre proclamar sus rezos hacia la diosa Nylena, sin querer abrí los ojos y contemplé la imagen de esa mujer divina. Me había acostumbrado a mirarla, desde luego, pero no a analizarla ni a preguntarme por qué lucía tal y como un ser humano. A diferencia de ella, los serafines, cuatro varones de alas plumíferas, tenían veintiún ojos que les surgían por delante y por detrás.

Miré a mi familia con disimulo y reparé en sus arruguillas, sus ojos claros y su cabello lacio. El de Nym era completamente rojo y su rostro estaba salpicado de pecas. Me volví a concentrar en el odioso espejo de mi casa y analicé una vez más nuestras diferencias.

—Cortex, Hilaris, Aestus, Caelum... —repitieron mi padre y mi hermano en voz alta.

Como yo no había recitado las palabras sagradas, mi madre abrió los ojos y me descubrió evadiendo la oración.

—¿Sucede algo, Gyuri?

Sin querer me fruncí de indignación y empecé a preguntarme, como tantas veces en el pasado, si mis padres me habían mentido acerca de mi origen, ocultándome el verdadero.

—¿Cómo esperas que los serafines de la naturaleza oigan nuestras súplicas y vengan a salvarnos? Debes rezar, debes repetir la oración en voz alta, con fe y convicción —me regañó.

Me cubrí la cara para que no viera que había rodado los ojos.

—Quizá ni siquiera vengan a salvarnos, y ya es hora de ir a la superficie a ver qué tan mal están las cosas después del Gran Diluvio.

—¡Ir a la superficie es una excelente idea! —opinó Nym, pero mamá gritó «silencio» en un arrebato.

Logró su cometido, porque cerramos la boca de inmediato.

—¿Cuántas veces se los hemos dicho, niños? Nosotros, con su padre, venimos de la superficie. Sabemos cómo son las cosas allá arriba, donde los seres humanos mantienen una guerra constante por la comida, por la supervivencia. Tras el Gran Diluvio, la vida es inviable en ese lugar. Aquí, por el contrario, estamos seguros. Aquí en las cavernas, donde no existen bestias, donde no hay humanos que quieran quitarnos de manera violenta lo que tenemos.

No tenemos nada, pensé y me mordí los labios para no decirlo en voz alta. Maldita sea.

Cuando los rezos terminaron, y se suponía que según las reglas implícitas de mi madre debíamos pernoctar, me quedé despierta en el salón, repasando en mi mente las palabras del libro: «Mi divina princesa de cornamenta plateada. De ricitos blancos como la nieve». Me volví hacia el espejo y me miré con menos reticencia; comprendí que no tenía sentido. ¿A quién estaban dirigidas esas palabras? Si hubiera alguien como yo en algún lugar, ¿podría explicarme cuál era mi origen?

—Gyuri, ¿no te irás a dormir? Tienes que cuidar esa carita redondita, no quieres que se te caiga antes de tiempo como a esta vieja —me dijo mi madre con su tono amoroso, apoyando su mentón en mi hombro. Ambas nos vimos en el espejo y nuestra apariencia contrastó de una manera antinatural, incluso burlona.

—Mamá. No soy tu verdadera hija. Quiero decir... no vengo de tu vientre. —Suspiré y ella se separó de mí con indignación. Su cara decía «otra vez con el mismo tema», «otra vez con el mismo puñal»—. A ver, sé que me intentas convencer de lo contrario, pero... tengo casi veinte años, ya no puedes engañarme.

Mi madre apretó los labios y acomodó uno de mis rizos detrás de mi oreja puntiaguda.

—Te lo he contado tantas veces que duele, Gyuri. Te encontramos entre las flores de la superficie, sola, hambrienta, cuando eras solo una bebita. Esos padres que buscas y que no somos nosotros, no existen. Eres obra y gracia de la diosa Nylena. ¿Por qué crees que tienes tanta resistencia y sobrevives todo el tiempo? Es una bendición de la diosa, y que nosotros te hayamos encontrado también lo es.

—Puede ser..., pero ¿qué hay de mi naturaleza? ¿Y si no soy una humana común y corriente? ¿Y si tengo padres biológicos y están ahí afuera, buscándome, para explicarme quién soy?

—No digas eso...

—Mamá, tengo que encontrarlos.

—Mi niña. Te he tenido en mis brazos desde que eras un bebé. ¿No es eso lo que basta? —Me sorprendí al ver unas lágrimas derramarse por sus mejillas.

Se las sequé con mis manos y la abracé. Verla sufrir me era insoportable. A pesar de cualquier altercado, control o diferencia física, ella me había cuidado toda la vida, me había amado tal y como era.

—Mami, claro que eso me basta, cuánto lo siento —le mentí. No podía seguir dañándola.

Quería saber de dónde venía, sin embargo, prefería fingir conformismo para que mi madre no sufriera.

Cuando mi madre se fue a acostar, me escabullí al árbol y extraje el libro rojo. De vuelta en la habitación, mientras leía tendida sobre mi cama con una vela encendida a un costado de la almohada, repasé las hojas escritas. Debía seguir encontrando pistas sobre mi naturaleza, sobre ese escritor y la posibilidad de que hubiera otros seres como yo.

La idea de salir a buscar al dueño de ese diario me seducía tanto que afectaba mi salud; me robaba el aliento y tenía miedo de que al convencerme de hacerlo no pudiera volver a respirar. ¿Así se sentía el amor romántico? Si la respuesta era un sí, lo detestaba por cómo dolía. ¿Se suponía que tenía que dolerme? ¿Y qué pasaba si salía, no lo encontraba y me dolía todavía más?

O peor aún, ¿y si me pasaba lo mismo que la última vez que intenté salir de Riveria?

—¿Sigues leyendo ese tonto libro? —me preguntó mi hermano desde la cama paralela. Estaba tan absorta en mis pensamientos que olvidé contestarle—. ¿Para qué tienes las orejas tan grandes si no escuchas nada? —espetó, y pronto una almohada me golpeó en el rostro.

Como si aquel golpe blando me hubiera despertado de la ignorancia, recordé lo que había ocurrido justo antes de encontrar el diario, cuando aluciné con alguien que había corrido a atenderme tras mi caída por el barranco.

—Furzacabrón —maldije y Nym se cubrió la boca.

—Oye. Le diré a mamá que me has dicho una grosería.

—No te lo he dicho a ti, tonto. Es que he recordado algo...

—¿Qué has recordado? —preguntó sentándose en la cama—. Dime, dime, dime, dime.

—El libro lo encontramos en los acantilados, cerca de la flor —susurré y Nym soltó un grito para exigirme que se lo repitiera, porque no me había escuchado. Finalmente, me dirigí hacia él—: Oye, cabeza roja, ¿quieres que mañana hagamos una carrera de trineos?

Nym había celebrado incluso antes de que pronunciara la primera letra de la palabra.

i

Mi hermano jadeaba mientras caminábamos. Habíamos recorrido la ciudadela durante toda la tarde y ya había dejado de creer mi excusa de buscar el mejor cerro para la carrera de trineos. Lo que seguro no imaginaba era que yo buscaba rastros de la persona que dejó las huellas en la nieve el día de mi caída.

Para mi desgracia, pese a que estuvimos varias horas caminando, no logré encontrar huellas, señales ni otros objetos. Llevaba el libro abrazado como si fuera a congelarse, aferrándome a la ilusión. Pronto empecé a creer que, tal y como temía, el diario pertenecía a los humanos que perecieron en Riveria durante el Gran Diluvio. Si eso era cierto, estaba en busca de un fantasma.

Dejé salir el aire que contenía en mi pecho.

—Gyu, para ser una larga tarde de carrera de trineos, no nos hemos tirado de una sola colina —protestó Nym, bostezando a lo grande. Apenas se le veían los ojos y la nariz bajo todo el abrigo en el que lo había envuelto antes de salir.

—Ya vamos a casa, Nym —murmuré con pocas ganas.

—¿Cómo dices? ¡Vamos a la colina de Lobres antes de que se haga tarde! —exigió mi hermano señalando hacia el horizonte, donde se levantaba la colina más alta de Riveria.

—¿Para qué?, ¿para lastimarnos al caernos del trineo? Hace varios años que eso ya no me entretiene —le dije y jalé su mano.

—¡Lo prometiste! —me recriminó, manteniéndose firme en su lugar—. Dijiste que haríamos carreras de trineos, y ya me trajiste aquí. ¡Llévame! ¡O le diré a mamá que todavía guardas el libro rojo!

—No te atreverías —le respondí dando un paso hacia él, pero el niño no se encogió en lo más mínimo.

—Oh, ponme a prueba, orejona cornuda. ¡Auch!

Le había dado una colleja para callarlo y al hacerlo él se agachó. Pude apreciar la colina de Lobres detrás de él y, un poco más allá, la flor de tallo infinito. Un nudo se formó en mi estómago al recordar lo que me había ocurrido casi doce años atrás en aquel lugar.

La flor era una planta enorme; el único ser vivo de Riveria cuyo lomo superior alcanzaba la superficie. Dada su exuberante dimensión, iluminaba más que cualquier otro árbol. El color verde que fulguraba desde el corazón de su tallo hacía que Lobres fuera el sitio más luminoso de la ciudad subterránea.

—¿Qué miras? —me preguntó Nym. Se giró y luego volvió a echarme una ojeada astuta—. La colina de Lobres. Bueno, orejona, ¿te ha tentado la idea de una carrera de trine...?

Inicié mi camino hacia la colina antes de que él pudiera acabar su oración. Lo jalé del brazo, lo cual él interpretó como una afirmación a su propuesta, así que celebró con vítores. Cuando llegamos a la cima de Lobres, pude apreciar la flor. Luego pasé mi mirada sobre el resto del territorio; no había señales de vida en ninguna otra parte. Pensé en que si realmente alguien había estado en Riveria, lo más probable es que hubiera bajado y vuelto a subir por el tallo.

Pero ¿cómo? Yo ya lo había intentado una vez antes...

El corazón me tembló como si fuera a quebrarse en pedazos. Como si el dueño del diario existiera de verdad y me estuviera llamando.

—¡Quien llegue último es una ojoleta asada! —me gritó mi hermano y, olvidando que podría morir, bajó por el trineo colina abajo y a toda velocidad.

Me subí a mi trineo y lo seguí. La velocidad extenuante dominaba mis pensamientos y al final me coroné con un dolor en la cola. Probablemente Nym rebotó sobre sus abrigos, porque se estaba riendo a carcajadas. Al llegar al final del trayecto, casi chocamos contra la base de la flor en nuestro aterrizaje. Miré hacia arriba y la sola vista de la planta me sobrecogió; era tan alta que no podía ver con facilidad dónde terminaba el tallo.

—Tengo una idea mejor que la de hacer carreras de trineos —soltó mi hermanito acomodándose la bufanda y mirando la flor al igual que yo.

—¿Cuál? ¿Lanzarte desde el pico de la flor para aterrizar con estilo?

—No, no. Podríamos escalar la flor y salir a la superficie —sugirió con un semblante anhelante, insaciable.

Me inquietó saber que no lo decía de chiste. Fruncí el entrecejo, indignada, como si a mí no se me hubiera ocurrido lo mismo a su edad.

—Genial, Nym, aterrizaste de cabeza —le respondí, pero él no cambió de opinión—. Ya sabes lo que ha dicho mi madre: allá en la superficie el mundo es hostil. Es peligroso, por eso nos hemos recluido aquí.

—Pero ¿nunca has tenido ganas de echar un vistazo? ¿Es en serio? ¡Tú misma me dijiste que allá arriba hay una ciudad que flota en los aires!

Catarbella. La ciudad flotante de Melcior, el sitio más cálido que existía. «Es el lugar donde Nylena habita junto a los cuatro serafines de la naturaleza», mencionaban mis libros. En aquel instante, me arrepentí de haberle contado a Nym lo que sabía del exterior.

—No tienes idea de lo que estás diciendo. Deberías abandonar esos pensamientos, Nym —le advertí.

—¿Cómo lo sabes? Jamás has estado en la superficie, has estado encerrada aquí toda tu vida.

—Pues huelo el peligro —le dije pasando por su lado—, una habilidad que a ti te falta.

Me acerqué al libro, que se había enterrado en la nieve tras la caída en el trineo. Le sacudí la humedad y soplé el lomo para despejarlo.

—¡Tienes miedo! ¡Miedosa! —me dijo Nym—. Gyu... ¿acaso no te gustaría ver un dragonarto frente a frente? —Por supuesto que no, pensé—. ¿Qué hay de conocer otras personas? ¡Hacer nuevos amigos!

Arrugué la nariz y culpé al libro rojo por hacerme dudar sobre la respuesta que debía darle a Nym.

—Me basta con el pequeño mundo que tenemos aquí, tú, yo, mis padres. No hay nada más que quiera.

A veces me ardía la garganta cuando decía algo que sabía que no pensaba. Pero Nym no tenía ninguna duda de que el mundo subterráneo le quedaba pequeño. Le di la espalda y caminé en dirección opuesta, dejando que mi frustración se vertiera por completo en un pesado suspiro.

—Vamos a casa, Nym —le dije.

Me apenaba saber que no encontraría al escritor del diario, pero a la vez me calmaba. Los riscos nevados lucían imperturbables. Ni siquiera deseando con todas mis fuerzas que se marcharan hubiera logrado moverlos de ahí. Una brisa formó un sonido agudo que confundí con una carcajada; una burla que me dedicaba esa maldita ciudad. Mis padres me contaron sobre la superficie, las criaturas y los paisajes que solían existir. No querían que anhelara verlos —según ellos, ya se habían destruido—, sino que creyera en los serafines y les rezara para recuperarlos. Era una lástima que solo hubieran logrado lo primero.

Lo deseaba. Quería salir y conocer el mundo, aunque me aliviaba un poco no tener más opción que conformarme.

El simple hecho de haber deseado, por un segundo, algo más de lo que ya tenía en mis manos había sido aterrador. Al menos podía soltar esa añoranza y volver a casa junto con las reconfortantes fogatas, la sonrisa enorme de mi padre, la dulzura estricta de mi madre, el ruidoso de mi hermano...

—Nym. ¿Nym? —Noté que había demasiado silencio, y cuando me di vuelta ya no lo encontré a mi lado.

Mi corazón dio un vuelco. Evoqué los recuerdos de las veces que había descuidado a Nym y que había terminado herido. Grité su nombre de nuevo, pero no lo escuché responder. ¿Cómo podría haber desaparecido en segundos? Era imposible que se escondiera de mí si todo era blanco, celeste y cristalino y su pelo era...

Alcé lenta y temerosamente la cabeza, notando que en los esquejes de la flor de tallo infinito se veían los cabellos rojos de mi hermano y su bufanda naranja batallando con el viento. Nym estaba escalando.

Ahogué un grito con mis manos. Estuve a punto de gritar su nombre y exigirle desesperada que bajara de ahí, pero frené mi impulso cuando imaginé que podría distraerlo y hacer que se cayera. La altura a la que él estaba superaba la medida de tres árboles ancestrales.

Los vagos recuerdos de mi niñez afloraron con imágenes nítidas. Era una niña de seis años que se había escapado de casa. Estaba aburrida de no tener nadie con quien jugar, y al hallar la preciosa flor luminosa y gigante tuve la idea de escalarla hasta la superficie.

El ritmo de mi respiración se aceleró cuando recordé lo que me ocurrió. No toleraría que a mi hermano le pasara lo mismo.

Sin pensarlo demasiado, me arrimé a la base, agarré la textura de la planta y comencé a subir escalando por los pequeños esquejes. El tallo desprendía una enceguecedora luminosidad, por lo que debía subir con los ojos cerrados. La única vez que alcé la vista, después de unos minutos escalando, vislumbré que mi hermano había llegado a la superficie.

Salió, salió. La flor no lo había empujado al vacío... ¡podíamos salir!

Me emocioné tanto que me apresuré más de la cuenta y mi pie resbaló. Toqué vacío y me desesperé. Al encontrar un nuevo apoyo, inspiré con suavidad y me abracé con más fuerza al tallo. ¿Qué estoy haciendo?, pensé, y estuve cerca de reírme por el absurdo.

Continué, mas el cansancio me comprimió los pulmones y mis manos se quemaron. Me colmé de terror cuando el hielo me hizo resbalar. Luché con todas mis fuerzas para aferrarme al tallo y apreté los dientes. Mi grito resonó en todo el espacio, reverberando contra las paredes y las transparentes bóvedas. Encontré dentro de mí una fuerza sobrenatural que me impulsó a completar el trayecto, pero al alcanzar el tope mis cuernos chocaron contra una sólida barrera.

Al levantar la mirada, me encontré con la nada; sin embargo, al extender mi mano esta chocaba contra una superficie sólida, aunque invisible. Era la flor, mi madre me había dicho que la diosa Nylena nos había protegido con ella. Empecé a golpear la barrera invisible con mi puño, pero al ver que era inútil perdí los estribos.

—¡Déjame salir! —grité—. ¡Maldita sea! ¡Furzacabrón! —gimoteé—. ¡Nym! ¡No me dejes! ¡Maldición!

Un pie se resbaló por la impotencia, luego el otro. Solo mis brazos me sostenían, pero eran débiles. Pronto la gravedad me venció y me arrebató de la flor.

Pese a que la caída fue rápida, me pareció que los segundos se distendieron hasta volverse eternos a medida que me alejaba de la superficie.

Recordé el momento en que experimenté la muerte y la supervivencia por primera vez al caer de la misma flor a los seis años. Fue la primera oportunidad en que me encontré con esa pared densa e imaginaria. En el descubrimiento de mi más profundo temor, comprendí que Riveria era más que una simple ciudad hundida durante el Gran Diluvio; era un laberinto sin escape, un calabozo donde la libertad parecía un sueño lejano. A causa de la impresión, me solté de la flor. No recuerdo si fue intencional, pero llamé a mamá mientras caía; un eco de arrepentimiento. ¡No quería morir! Era demasiado pequeña. Al caer al suelo, me partí todos los huesos. Crac...

Pero Nym se ha ido, no puede ser..

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