CAPÍTULO 1
GRAYSON
Enamorarse de tu mejor amiga siempre es peligroso, pero era la primera vez que creía que mis sentimientos por Paige podrían llegar a matarme de verdad. El muffin parecía bastante inofensivo cuando me lo ofreció al principio. Debería haber sabido que no tenía que fiarme de nada de lo que cocinara Paige.
De verdad que me estaba arrepintiendo de haberle dado un bocado tan grande y me costaba tragarlo. Sabía como si hubiera confundido el azúcar con la sal en algún momento de la receta. ¿Puede que…, sin querer, también hubiera echado una pizca de chile en polvo? Presioné la mano contra el pecho al tiempo que el muffin me iba quemando de camino al estómago. Sentía arder la tripa y empezaba a preguntarme si quizá el día iba a acabar con una visita al hospital.
—Entonces ¿qué te parece? —Paige me sonreía con sus enormes ojos marrones rebosantes de ilusión y orgullo. Siempre me había recordado a un personaje salido de un cuento de hadas: dulce, juguetona y, si supiera cantar, no tengo ninguna duda de que su voz atraería a los pájaros. Solo a mí me podía pasar que la princesa encantadora de mi cuento de hadas me estuviera ofreciendo una manzana envenenada.
De ninguna manera podía decirle lo que en realidad pensaba sobre aquel muffin, así que me esforcé por sonreír e ignorar ese sabor desconcertante que todavía perduraba en mi boca.
—Creo que son los mejores que has hecho hasta ahora.
Tampoco distaba mucho de la verdad. La repostería era la última obsesión de Paige y yo había sido el conejillo de Indias de sus elaboraciones durante toda la semana. Los muffins por lo menos eran una mejora respecto a sus galletas, con las que casi me rompí un diente.
—¿En serio? —Paige echó un vistazo a los otros chicos del vestuario que estaban mirando sus muffins con distintas expresiones de horror. Ya era bastante malo que hubiera decidido envenenarme con su comida, pero ¿también tenía que intentar liquidar a todo mi equipo de hockey? Por lo menos era después del partido que acabábamos de jugar y no antes.
—¿Qué pensáis los demás? —preguntó—. ¿Os gustan?
No quería que Paige se diera cuenta del asco que les daban y mi sonrisa se transformó de inmediato en una mirada asesina para advertirles de que no dijeran nada negativo. Se iban a comer hasta la última miga de aquellos muffins tanto si les gustaban como si no. Puede que mi hermano gemelo, Reed, fuera el capitán del equipo, pero como principal defensa y enforcer de los Diablos de Ransom, seguía teniendo mucha autoridad entre los chicos.
Cuando vieron cómo los miraba, todos empezaron a asentir y hacer ruiditos de satisfacción.
—Son fantásticos, Paige.
—Nunca había probado nada tan rico.
—Ojalá mi madre cocinara así.
Estaban exagerando un poco, pero no les dije nada. No cuando podía ver lo feliz que le hacía a Paige. Casi daba saltitos de alegría.
Reed comía despacio el muffin a mi lado y vi cómo se sacaba un trocito de papel de aluminio de la boca. Me pilló observándole y levanté una ceja mientras esperaba a que diera la razón al resto.
Escondió deprisa el papel de aluminio en la mano.
—Gracias, Paige. Me encanta ese toque especial que tienen. —Le di un codazo para que siguiera hablando—. ¿Es canela eso que noto?
—Sí —dijo Paige con entusiasmo al girarse hacia él—. ¡Qué alegría que os gusten a todos! Os traeré más al partido de la semana que viene.
Estaba a punto de decirle que no hacía falta, pero mi hermano pequeño, Parker, metió baza:
—¡Sería fantástico! —Apenas se entendía lo que decía porque estaba hablando con la boca llena.
Lo curioso era que no creo que mintiera. Se le veía bastante feliz engullendo el muffin y, antes incluso de terminarlo, empezó a hacer gestos a Paige para que le pasara la caja con el resto. No me debería haber sorprendido. Parker era como el camión de la basura cuando se trataba de comida y no tenía ningún criterio sobre lo que se llevaba a la boca. En realidad, tampoco tenía ningún criterio sobre lo que salía de ella y era el tipo de persona que decía en alto casi todo lo que le pasaba por la cabeza. En ese sentido, no podríamos haber sido más diferentes.
—Vale, bueno, mejor me marcho antes de que me pillen aquí —dijo Paige. Se despidió de todos con la mano, pero, cuando iba a salir, se paró al lado de mi hermano pequeño y le dijo:
—No te olvides de compartir, Parker.
Estaba demasiado ocupado hincándole el diente a otro muffin como para responder, pero sentí cómo el resto de los chicos del vestuario se estremecieron ante la sola idea de repetir. Acompañé a Paige hasta la salida antes de que pudiera darse cuenta.
Una vez en el pasillo se detuvo y se giró hacia mí:
—No estaban tan buenos, ¿verdad?
De pronto me alegré de que mi rostro cubriera un rango de emociones tan amplio como el de un pececillo de colores.
—No sé de qué hablas. Me han encantado. —En teoría era verdad. Me encantaba todo de Paige, incluso sus asquerosos muffins. Por lo visto, el amor no solo era ciego, tampoco tenía sentido del gusto.
Se rio y negó con la cabeza.
—Sé que solo lo dices por ser amable. Pero no te preocupes, la siguiente hornada será mejor. Tengo que clavar esto de la cocina si quiero tacharlo de mi lista.
Murmuré para darle la razón. Había muchas posibilidades de que no sobreviviera a la próxima hornada, pero no quería desanimar a Paige en lo relativo a su lista de cosas por hacer algún día. La había empezado en verano, mientras sus padres, que eran unos adictos al trabajo, la presionaban para que decidiera lo que quería hacer con su vida. Al principio, la lista incluía cosas que Paige pensaba que se podrían llegar a convertir en una forma de ganarse la vida. Pero ahora parecía tener un enfoque mucho más amplio. Desde luego había añadido cosas que nunca la conducirían a un trabajo remunerado. Aunque no sabía muy bien lo que había incluido en la lista, ya que nunca la había visto entera.
Siempre llevaba ese trozo de papel rosa metido en su agenda escolar y era muy reservada al respecto, incluso conmigo. Lo que era extraño, teniendo en cuenta que de todas formas me hacía partícipe de casi todo lo que intentaba hacer. Me arrastraba todo el rato de una actividad a otra. Una semana nos tejía manoplas a todos y la siguiente nos pintaba un retrato. Ahora cocinaba. ¿Quién sabe qué sería lo próximo?
—Cuando perfeccione los muffins igual intento hacer un pastel —siguió diciendo Paige—. Sé que te encanta el chocolate. O igual rollitos de canela, por probar algo distinto…
Sus ojos brillaban de emoción y me arrancaron una sonrisa. Me encantaba cómo se le iluminaba la cara cuando presentía un reto. Siempre que probaba algo nuevo, lo ponía todo de su parte. Y aunque no había seguido haciendo nada de lo que había probado hasta entonces, no tenía ninguna duda de que solo era cuestión de tiempo que encontrara lo que la apasionaba.
Paige inclinó la cabeza como si esperara mi respuesta. Había acabado de hablar y, al parecer, había estado tan ensimismado pensando en ella que ahora miraba al vacío en silencio como un completo idiota. No podía evitar que cada vez que ella me prestaba atención el tiempo pareciera ralentizarse y yo me transportara por un breve instante a un universo alternativo, donde mis profundos sentimientos secretos por mi mejor amiga eran correspondidos.
—¿Disculpa? —pregunté, volviendo de golpe a la realidad.
Se rio por lo bajo.
—¿Pastel de chocolate o rollitos de canela? Sé que es una decisión complicada, pero me miras como si hubieras olvidado lo que es la repostería.
—Puede que haya perdido algunas neuronas jugando al hockey, pero tampoco me he dado tantísimo contra las barreras como para eso.
—Sí, eres más de los dan que de los que reciben. —Sonrió—. Entonces ¿qué opinas?
—Eh, ¿quizá rollitos de canela? —Tal vez no volviera a comer muffins, no quería que también me fastidiara lo del pastel de chocolate.
—Buena elección. —Paige asintió, pero entonces se le torció el gesto—. Aunque igual no puedo cocinar durante algún tiempo. Creo que a mi madre la ha poseído el espíritu de un responsable de admisiones universitarias. Está que no para con lo de mis solicitudes. Y como mi padre se va de viaje por trabajo mañana, seré la única que quede en casa a la que pueda dar la lata. Te juro que me va a encadenar a la mesa hasta que las termine.
Arrugó la nariz al pensarlo y sentí una opresión en el pecho de lástima. Era raro ver a Paige sin una sonrisa en el rostro y sin brillo en la mirada, pero, cuando ocurría, los responsables solían ser sus padres. Los dos estaban tan centrados en sí mismos y en sus trabajos que con frecuencia actuaban como si ella no existiera. Y cuando le prestaban atención, Paige a menudo deseaba que no lo hubieran hecho. Que Paige no supiera hacia dónde orientar su futuro era en especial un tema delicado entre ella y su madre.
—Tienes suerte de saber lo que vas a hacer con tu vida —murmuró—. No puedo ni decidir cuáles son mis aficiones, ya no digamos las universidades a las que quiero enviar la solicitud o la carrera que quiero hacer.
La verdad es que me alegraba de tener el hockey en mi vida. Sobre todo porque me habían ofrecido una beca completa para jugar en la universidad de mis sueños, la Universidad de Ryker, el año siguiente. Por desgracia, no era tan sencillo como sonaba. Solo tenía un acuerdo verbal con ellos. Nada sería oficial hasta que firmara, en un par de semanas. Hasta entonces, la situación era delicada y patinaba sobre hielo muy fino.
—¿Y si le dices a tu madre que quieres ser chef? —sugerí.
—Puede. —Paige se echó a reír—. ¿Crees que la convenceré si prueba uno de mis muffins?
—Seguro que sí. —Mi tripa eligió ese momento para ponerse a hacer ruidos y recordarme lo mal que mentía—. Eh, mejor vuelvo dentro antes de que el entrenador Ray empiece a preguntarse dónde estoy.
—Puede que tengas razón —dijo antes de ponerse de puntillas para darme un abrazo rápido. Era algo que había hecho miles de veces a lo largo de los años, pero siempre hacía que se me acelerara el corazón.
—Te veo luego, Gray. —Bajó los brazos y al momento eché de menos su calidez. Esbozó una sonrisa cuando empezó a alejarse hacia atrás—. Ah, gran partido hoy. Has estado increíble. Ese bloqueo del segundo tiempo ha sido espectacular. No habríamos ganado sin ti.
Me reí con ironía. Ese bloqueo por el que me felicitaba no había sido para tanto y sabía que mi rendimiento había estado muy por debajo de mi nivel. Sobre todo había jugado mal en el tercer tiempo, cuando se intensificó el dolor de mi antigua lesión.
La rodilla me llevaba causando problemas desde que me lesioné el ligamento colateral medial hace unos años. Aunque había mejorado en los últimos tiempos, me había apoyado mal en un entrenamiento de la pretemporada. Pero no me podía permitir darle tiempo de reposo. No cuando todo mi futuro dependía de que funcionara.
Solo tenía que aguantar el dolor hasta que la tinta de ese contrato de beca se hubiera secado. No podía permitir que los entrenadores de Ryker vieran cómo empeoraba mi rendimiento o que descubrieran que era mercancía dañada, por si retiraban la oferta del todo. Pero ahora que la temporada estaba en pleno apogeo, con partidos y entrenamientos continuos, no estaba seguro de que mi rodilla fuera a aguantar.
—Estoy convencido de que los chicos se hubieran arreglado sin mí. —Paige sabía que me molestaba la rodilla, pero nunca le había contado lo precaria que era mi situación.
—Qué va. Los Diablos no serían nada sin el feroz Grayson Darling. —Me lanzó una última sonrisa antes de dirigirse hacia la salida—. Hasta mañana.
—¿Cenas el domingo en casa?
—Como siempre —respondió por encima del hombro.
Me quedé mirándola hasta que dobló la esquina antes de volver al vestuario. A pesar de no estar contento con cómo había jugado ese día, ere difícil no sentirse mejor después de hablar con Paige. Entonces abrí la puerta del vestuario.
—¿La novia de Grayson quiere matarnos? —le oí quejarse a alguien.
No era la primera vez que se referían a Paige como mi novia. Pasábamos tanto tiempo juntos que era normal que la gente creyera eso. Sin embargo, la mayoría de mis amigos y compañeros de equipo sabían tan bien como yo que solo éramos amigos.
—¿Novia? —se burló Matt—. Ya quisiera él. —Por lo general, ni siquiera el mejor amigo de Reed se atrevía a vacilarme. O se sentía valiente hoy, o los chicos no se habían dado cuenta de que había vuelto.
—Menos mal que está buena —añadió Elliot—. Ver su culo salir por la puerta casi ha conseguido que me olvidara de que acababa de profanar mi boca con esos muffins.
Mis nudillos crujieron al tiempo que apretaba las manos a ambos lados del cuerpo. Puede que Paige no fuera mi novia, pero aun así no permitiría que nadie hablara de esa forma de ella. Como el portero del equipo dijera una sola palabra más, iba a hacer algo que nos dejaría a los dos en el banquillo el resto de la temporada.
Me aclaré la garganta con fuerza y todos en el vestuario volvieron la cabeza de golpe hacia mí. Cuando Elliot vio esa expresión en mis ojos se quedó pálido.
En momentos así no me importaba para nada la infame reputación que nos habían atribuido a mis hermanos y a mí a lo largo de los años.
Siempre circulaban rumores sobre los diabólicos Darling, cada uno más escandaloso que el anterior. La mayoría no eran ciertos, pero a veces podían ser útiles. Como cuando queríamos intimidar a nuestros adversarios en el hielo u obligar a nuestros compañeros de equipo a comer en el vestuario productos de repostería envenenados tras un partido. En este caso, era útil para conseguir que un imbécil como Elliot dejara de cosificar a mi mejor amiga.
—Eh, oh, lo siento, Grayson, yo…
—Creo que lo que Elliot intentaba decir es que los muffins eran exquisitos. ¿A qué sí, Ford? —intervino Parker, mirando a Elliot con dureza.
—Sí, sí, eso es —respondió Elliot, tragando saliva con esfuerzo mientras intentaba mirar a cualquier sitio excepto a mis ojos—. Inolvidables, de hecho.
Di un par de pasos lentos y firmes hacia él y, por instinto, retrocedió hacia su taquilla. El resto del vestuario estaba en silencio, como si los otros jugadores estuvieran conteniendo el aliento, esperando ver qué iba a hacer a continuación.
Aunque Reed y Parker no eran tan temibles como pudiera parecer, me solía preguntar si mi mala reputación estaba justificada. Al ser el defensa más despiadado del equipo, mi tarea era intimidar a los adversarios lo máximo posible y a la gente le costaba olvidarse de eso incluso cuando me encontraba fuera de la pista. Yo hacía poco por cambiar su opinión. No era lo que se dice accesible y por lo general tenía una expresión sombría a la que Paige se refería como mi «cara de calma tensa». Provocaba que la mayoría de la gente mantuviera las distancias. Pero me parecía bien.
—No volverá a ocurrir. —La voz de Elliot temblaba un poco y casi me sentí mal. No quería asustarle demasiado. A fin de cuentas, el equipo necesitaba un portero.
—Bien. —No era necesario añadir nada más. Elliot ya estaba bastante atemorizado y lo más probable era que el incidente diera pie a un nuevo rumor sobre mí de todos modos. Le sostuve la mirada unos segundos, lo justo para que sudara un poquito más, pero luego me volví y me dirigí a mi taquilla. Sentí como todo el vestuario soltaba el aliento cuando lo hice.
Cuando llegué a mi taquilla, me senté despacio en el banco que había al lado de Reed. Por primera vez desde el partido, me concedí un momento para sucumbir a los dolores y molestias que me recorrían el cuerpo, en particular la rodilla. El partido de aquel día había sido duro y había tenido que esforzarme en ocultar cuánto me dolía la rodilla. ¿Cómo iba a superar toda la temporada con ese dolor? No tenía claro si iba a llegar a la próxima semana, por no hablar del día de la firma.
—¿Qué tal la rodilla? —me preguntó Reed en voz baja, señalando con la cabeza donde me estaba agarrando la pierna con fuerza.
—Bien. —Aparté la mano con rapidez.
En los ojos de Reed había preocupación.
—Me lo dirías si te está dando problemas otra vez, ¿verdad?
—Como te he dicho, está bien.
—Si tú lo dices… —respondió mi hermano, aunque no parecía muy convencido.
—Pues sí.
Esbozó una leve sonrisa mientras me miraba.
—Así que Paige está cocinando. ¿Es un día especial?
—Ahora le ha dado por la repostería —respondí—. Ya sabes que le gusta probar de todo.
—Ah, la lista. —Reed era una de las pocas personas que sabía lo de la lista—. Creo que prefería cuando intentaba aprender a tocar la gaita.
Me estremecí al recordarlo. Había producido sonidos que creía imposibles y estaba convencido de que había llegado a notas que solo los perros podían oír. Todavía me pitaban los oídos.
—Al menos los ruidos agudos no pueden matarte —añadió Reed.
—Igual tienes que endurecer el estómago. —Ni siquiera mi hermano tenía permiso para insultar a Paige.
—Ah ¿por eso nos ha dado cemento?
Le puse mala cara, pero su respuesta fue una sonrisita burlona.
—Igual es una espía que trabaja en secreto para los Santos de Sunshine Hills —dijo Matt, que se inclinó desde el otro lado de Reed para unirse a nuestra conversación—. Y está intentando eliminarnos a todos.
—Paige, no —dijo Reed—. Le encanta el hockey. ¿Has visto cómo nos anima en los partidos?
—¿«Nos» anima? —dijo Matt—. ¿O solo a uno de nosotros?
Le miré con el rabillo del ojo y le pillé con una sonrisita burlona. Estaba claro a lo que se refería, pero decidió soltarlo de todos modos:
—En serio, Grayson. ¿Alguna vez vas a lanzarte con ella? —Matt sí que se sentía valiente ese día.
—Solo somos amigos —respondí apretando los dientes.
—Ya, pero ¿no puedes cambiar eso? —Matt echó una miradita a Reed como si buscara apoyo. Y aunque mi hermano me miraba como si coincidiera en todo con su amigo, por suerte mantuvo la boca cerrada. Hacía mucho que se había dado por vencido con lo de que cambiara de opinión respecto a Paige.
—¿No quieres ser algo más que amigos? —me picó Matt.
Lo que quería era que esa especie de interrogatorio se terminara. Apenas me podía admitir a mí mismo lo que sentía por Paige, como para reconocerlo ante cualquier otra persona. Y esos sentimientos debían permanecer enterrados, tenía que ocultarlos tan bien que pareciera que no existían. A esas alturas ya casi era un experto. Lo llevaba haciendo desde la primera vez que me sonrió en segundo de primaria.
Ella fue la primera persona que de verdad me vio como algo más que un jugador de hockey con talento. Si no fuera por mi habilidad con el disco, a veces me preguntaba si alguien sabría siquiera de mi existencia. No era un líder nato, como Reed, o extrovertido, como Parker. Pero nunca me sentía invisible si estaba cerca de Paige.
Por desgracia, para cuando me di cuenta del verdadero alcance de mis sentimientos, ya llevaba años atrapado en la friend zone. Y si, de milagro, de pronto Paige empezara a mirarme de otra forma, sabía que no me la merecía. Ella encarnaba el sol, así que ¿qué tipo de cretino egoísta sería si fuera a apagar su brillo con mis oscuras nubes de tormenta?
—No quiero que cambie nada. Me gustan las cosas tal y como están.
—Vale, tío. Lo que tú digas. —Matt se encogió de hombros y tuve la esperanza de que con eso se acabaría todo, pero Reed decidió dar su opinión:
—Sin embargo, las cosas van a cambiar —dijo—. Y dentro de nada, te guste o no. Nosotros nos hemos comprometido para jugar por Ryker, pero ¿qué tiene pensado hacer Paige el año que viene?
El entrenador Ray entró en el vestuario y nos pidió que le prestáramos atención antes de que pudiera responder. Reed ya sabía la respuesta a esa pregunta: Paige no tenía ni idea.
Pero en algún momento tendría que tomar decisiones. Y esas decisiones la podrían llevar a algún lugar en el que yo no estuviera. Podríamos no estar en la misma ciudad o ni siquiera en el mismo estado. Hasta donde yo sabía, Paige podría acabar en otro país. Hace unos meses parecía disfrutar aprendiendo francés, que era otra de las cosas que tenía en su lista… ¿Y si de pronto decidía mudarse a Europa?
El entrenador había comenzado a contarnos que un jugador nuevo se uniría al equipo la próxima semana, pero yo no estaba escuchando. En vez de eso, repetía una y otra vez las palabras de Reed en mi cabeza.
Todo iba a cambiar cuando acabara ese año. Y no me gustaba ni un pelo. Aun así, no iba a hacer ninguna estupidez que pudiera arruinar mi amistad con Paige. Era la chica que quería que estuviera siempre en mi vida e incluso si solo era como amiga, tendría que bastarme.
CAPÍTULO 2
PAIGE
—Baja aquí, Paige. Tengo algo importante que… —En lugar de terminar la frase, mi madre soltó un chillido que me heló la sangre. Le siguió un grito de sorpresa—: ¿Qué narices es eso?
Yo bajaba despacio por las escaleras, pero al oír la voz de pánico de mi madre fui corriendo hasta la cocina. Nunca la había escuchado gritar así antes. Tenía que pasar algo horrible.
Irrumpí en la cocina y me la encontré pegada a la nevera, con una mano temblorosa apuntando al otro lado de la habitación, a un lugar del suelo. Tenía la cara pálida cuando mi padre apareció tras de mí en el umbral de la puerta.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó.
—R… r…
Fuera lo que fuera, parecía que mi madre no era capaz de explicarlo con palabras. Miré en la dirección que señalaba y vi algo pequeño y peludo en el suelo.
—¡Oh! ¿es un ratón? —Lo más probable era que el pobrecito estuviera aterrorizado con tanto grito. Pero cuando me acerqué hasta él, mi madre por fin salió de su estado de shock y levantó la mano para detenerme.
—Paige, no. Está muerto.
—¿Qué? ¿En serio? ¿Cómo? —No podía evitar sentirme triste, sobre todo dado el tono de alivio de la voz de mi madre cuando dijo que estaba muerto.
—¿Todos esos gritos por un ratón muerto? —Mi padre meneó la cabeza—. Pensaba que había un problema de verdad.
—Me ha pillado por sorpresa, Steven.
—No tengo tiempo para sorpresas, Deborah. Mi vuelo sale en poco más de dos horas y tengo que revisar un montón de emails antes de marcharme.
Se fue ofendido sin decir nada más. Mi madre respiró hondo, se estiró la chaqueta y se alisó con la mano su perfecto pelo oscuro peinado hacia atrás en un moño apretado. En apenas un instante se le había mudado el gesto y casi me olvidé de que había estado temblando en un rincón hacía tan solo unos segundos.
—Bueno, como te estaba diciendo, tengo que comentarte algo importante. —Se giró y agarró su taza de café de la encimera como si no hubiera pasado nada—. Tu padre no es el único que tiene que salir de viaje por trabajo.
—Eh, vale. —No entendía por qué esa noticia superaba al misterio del trágico fin del ratón. Mis padres siempre tenían viajes de trabajo, así que no era ninguna novedad. ¿Es que no tenía respeto por los muertos?
—Me voy esta noche.
Eso captó mi atención.
—Espera, ¿os vais hoy los dos?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo estaréis fuera?
—Tengo que estar en Seattle mañana a primera hora —contestó—. Y después en Chicago la semana siguiente. Estaré fuera por lo menos dos semanas, puede que más.
Dio un trago largo al café, como si no me acabara de soltar una bomba.
—Pero papá estará fuera todavía más tiempo, ¿no?
Por lo general, mis padres procuraban cuadrar sus viajes de trabajo para que al menos uno de ellos se quedara en casa conmigo y hacía bastante que no coincidían como ahora. Intenté recordar la última vez que tanto mi madre como mi padre estuvieron fuera de casa. Debió de ser antes de que falleciera mi abuela, porque recuerdo quedarme con ella algunos días un invierno, igual el primer año de instituto. De cualquier modo, estaba segura de que mis padres nunca habían desaparecido durante tanto tiempo a la vez. Ahora que estaba en el último año, me preguntaba si me dejarían quedarme en casa sola.
—Sé que no es lo ideal —siguió diciendo mi madre—, pero tu padre se niega a cambiar sus planes y mi jefe me ha dejado claro lo importante que es este viaje cuando me ha llamado esta mañana.
Desconecté cuando empezó a