Índice
Portadilla
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Prólogo por el doctor Ernesto H. Lammoglia
Presentación
Blaise Pascal (1623-1662)
Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791)
Charles Darwin (1809-1882)
Federico Chopin (1810-1849)
Charles Dickens (1812-1870)
Gustave Flaubert (1821-1880)
Julio Verne (1828-1905)
Porfirio Díaz (1830-1915)
Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901)
Marcel Proust (1871-1922)
Virginia Woolf (1882-1941)
José Vasconcelos (1882-1959)
Adolfo Hitler (1889-1945)
Alfonso Reyes (1889-1959)
Charles Chaplin (1889-1977)
Agustín Lara (1897-1970)
Al Capone (1899-1947)
Jorge Luis Borges (1899-1986)
Pablo Neruda (1904-1973)
Salvador Novo (1904-1974)
Jean-Paul Sartre (1905-1980)
Frida Kahlo (1907-1954)
Julio Cortázar (1914-1984)
Octavio Paz (1914-1998)
Elena Garro (1917-1998)
Juan Rulfo (1917-1986)
Nat King Cole (1919-1965)
Federico Fellini (1920-1993)
Marcial Maciel (1920-2008)
Mario Benedetti (1920-2009)
Mickey Rooney (1920- )
José Saramago (1922-2010)
Marlon Brando (1924-2004)
Rosario Castellanos (1925-1974)
Jaime Sabines (1926-1999)
Gabriel García Márquez (1928- )
Shirley Temple (1928- )
Ana Frank (1929-1945)
Elizabeth Taylor (1932- )
Pedro Friedeberg (1936- )
Mario Vargas Llosa (1936- )
Carlos Monsiváis (1938-2010)
John Lennon (1940-1980)
Carlos Slim Helú (1940- )
Edson Arantes do Nascimento (1940- )
Liza Minelli (1946- )
Herta Müller (1953- )
Michael Jackson (1958-2009)
Carlos Fuentes Lemus (1973-1999)
Epílogo
Carta a mi madre…
Créditos
Grupo Santillana
PRÓLOGO
DOCTOR ERNESTO H. LAMMOGLIA

SANTIAGO RAMÍREZ, DESTACADO PSICOANALISTA MEXICANO, dedicó un largo tiempo a estudiar las infancias de sus pacientes y descubrió que todos ellos repetían patrones que provenían de una experiencia traumática de su infancia. A partir de ese hallazgo escribió su libro Infancia es destino, mismo que lleva más de 20 ediciones a la fecha. En él muestra cómo la infancia repercute en el presente de cada individuo y deja huellas que trascienden en el tiempo afectando los modelos de comportamiento en la edad adulta. A partir de esta teoría, podemos resignificar el pasado y comprender el carácter de muchas experiencias tardías.
Con base en este pequeño libro de Santiago Ramírez, Guadalupe Loaeza nos habla en esta obra, sobre las experiencias infantiles de grandes personajes de la historia que no sólo han sido marcados por ellos, sino que han incidido definitivamente en su destino.
El diccionario describe la palabra destino como una fuerza desconocida capaz de obrar sobre los hombres y los sucesos; un encadenamiento de acontecimientos considerado como necesario y fatal. También se le define como meta o punto de llegada. En esta acepción, sabemos que el destino último de cada ser humano es morir. Éste nadie lo puede cambiar. Es posible provocarlo más no evitarlo. Antes de ese momento, un ser humano pudo haber vivido desde sólo unas horas hasta una edad muy avanzada feliz o infelizmente.
Si nos referimos al destino de un niño como su vida en la edad adulta estamos hablando realmente de su futuro. La mayoría de los padres tratan de dar a sus niños todo lo que consideran necesario para granjearles un buen futuro: una buena educación, una nutrición adecuada, afecto y cuidados de salud. Algunos consideran importante procurarles un respaldo económico, integrarlos a su religión, fomentarles cierto deporte o llevarlos a tomar clases de idiomas o diferentes actividades artísticas.
La cantidad de posibles desenlaces a causa de las acciones presentes y acontecimientos pasados es incalculable. También, la inmensa variedad de causas que afectan la vida de un sujeto es formidable, tanto que es imposible conocerlas todas y enlazarlas entre sí. Es por esto que, desde tiempos inmemorables, la gente acude a la adivinación. Hay quienes, en un intento por conocer o controlar su destino o el de sus hijos, buscan la magia. En muchas culturas se cree que se puede conocer el propio destino si se consulta a la persona indicada: un profeta, un mago, un brujo, un vidente, un oráculo, una gitana o un santo. Las lecturas del futuro han existido siempre, utilizando variados métodos como leer en las entrañas de un animal, en huesos tirados al azar, en cartas del tarot, en semillas o comunicándose directamente con un ser del más allá. También, en un intento por cambiar el futuro, se recurre a rituales y encantamientos para la buena fortuna, conseguir el amor o recuperar la salud. De hecho, la superstición tiene un gran mercado en todo el mundo.
Se sabe que cada decisión que tomamos modifica nuestro futuro, pero en la infancia, las decisiones importantes son tomadas por otros, generalmente los padres. ¿Qué tanto control se puede tener sobre el futuro de un menor? La respuesta es: muy poco. Las condiciones de la vida adulta son resultado de una compleja interacción entre factores genéticos, psicológicos, ambientales y socioeconómicos. La mayoría de estos están fuera de nuestras manos.
El estado de salud y el ambiente en que nos desarrollamos en la infancia desempeñan un papel primordial en nuestro futuro. Los hábitos de alimentación en la familia, por ejemplo, son fundamentales. Un niño sano puede convertirse en obeso si se alimenta con comida chatarra. Esto a su vez le creará mucho sufrimiento, será objeto de burla en la escuela y tendrá dificultades para realizar las actividades normales de la infancia. Todo esto le dejará lo que algunos llaman “cicatrices del alma” que lo acompañarán el resto de su vida. En cuanto a la salud, no sólo es importante la nutrición, también las vacunas, la higiene y los cuidados durante la enfermedad pueden evitarle consecuencias fatales en la edad adulta.
Muchos padres creen que se puede orquestar la vida de sus hijos de manera que obtengan éxito, fama y fortuna. Es verdad que en ciertos casos, muy pocos, ha dado resultado. Lorena Ochoa, la joven mexicana que se convirtió en la mejor golfista del mundo, siempre insiste en que gracias al apoyo de su familia pudo triunfar. Sin embargo, muchas niñas y niños han recibido el mismo apoyo y entrenamiento sin poder lograrlo.
Por otro lado, hombres y mujeres que tuvieron una infancia muy difícil llegan después muy lejos en la vida. Un buen ejemplo es Golda Meir, la séptima de ocho hijos de una familia judía. Vio a cinco de sus hermanos mayores morir de pequeños a causa de la pobreza y las enfermedades. A los cinco años vivió en carne propia la crueldad antisemita, el hambre y la ausencia del padre. A los ocho trabajaba mucho y estudiaba poco. ¿Quién iba a imaginar que esa niña nacida en Ucrania y emigrada a Estados Unidos iba a convertirse en la primera mujer con el cargo de primer ministra de Israel? Pero no podemos decir que lo logró a pesar de su infancia, en este caso fue precisamente el sufrimiento que padeció lo que la impulsó a luchar en la vida. Ella misma dijo en una ocasión: “Si cabe una explicación al rumbo que tomó mi vida, es seguramente mi deseo y determinación de que nunca más tuviera un niño judío que vivir semejante experiencia”.
Gracias a la “cultura” televisiva actual, se piensa que fama y fortuna son un buen destino, lo cierto es que no siempre procuran la ansiada felicidad. Podríamos pensar que Coco Chanel, quien vivió una infancia llena de carencias, más tarde fue feliz al convertirse en la diseñadora que cambió la moda en el mundo, pero no es así. Tenía el talento y la ambición más no los recursos ni el apoyo, por lo que recurrió a la prostitución para obtener el dinero necesario para realizar su sueño. La mujer tuvo muchos amantes pero un solo amor, un hombre que se casó con otra mujer y al que lloró amargamente cuando murió. En alguna ocasión dijo: “Durante mi infancia sólo ansié ser amada. Todos los días pensaba en cómo quitarme la vida, aunque, en el fondo, ya estaba muerta. Sólo el orgullo me salvó”. Consiguió mucho reconocimiento, pero no ese amor que deseaba y menos la felicidad. Murió en medio de la soledad.
Personajes famosos que lograron grandes cosas tuvieron una infancia difícil, otros crecieron con todas las ventajas posibles. Así que parece no haber reglas. Si bien la manera como un niño es criado tendrá una profunda influencia en el adulto en que se convertirá, no es posible planear su felicidad ni asegurar su destino. Son demasiados los factores que intervendrán en su vida sobre los que no tenemos ningún control.
Por desgracia, lo más fácil es afectar el destino de un niño para mal. Hay un límite en lo que cada menor es capaz de tolerar. La naturaleza de cada ser humano es única. No todos somos igual de fuertes o vulnerables. El daño psicológico y emocional que causa una violación en la infancia puede ser suficiente para destruir todas las posibilidades de un niño de llegar a ser feliz.
Nuestro destino resulta también del conjunto de causas y efectos que provienen de la vida de nuestros antepasados sin los cuales no estaríamos aquí. Las intrincadas cadenas de acontecimientos que determinan nuestra vida hacen que el futuro sea un misterio de nuestra existencia. No hay manera de poder controlar todo, siempre habrá sucesos inevitables.
De acuerdo con muchos psicólogos, el niño que crece con una autoestima elevada es el que más probabilidades tendrá de realizarse en la vida ya que se trata del factor que determina el éxito o el fracaso de cada ser humano. La propia seguridad le dará el valor y la energía necesarios para salir al paso de cualquier circunstancia; le dará mejores resultados en sus relaciones con los demás y así, es más probable que alcance la felicidad. Pero la autoestima no viene en píldoras ni existe una receta fácil para fomentarla. Cada niño es un ser humano único. La vulnerabilidad y la capacidad de resistencia es totalmente individual, los niveles de tolerancia e intolerancia son diferentes en cada persona. Un recién nacido tiene características individuales, posee rasgos de carácter y psicológicos distintos de los demás. El bebé, al nacer, trae consigo cualidades propias y aptitudes que pueden desarrollarse en los diferentes periodos de su crecimiento. Se le puede apoyar para que manifieste sus habilidades al máximo, pero no se le pueden inventar. La predisposición genética, que no cambia, tendrá una influencia para toda la vida, muy especialmente en la conducta.
Nuestra niñez nos marca irremediablemente para bien o para mal pero no determina todo nuestro destino. Al llegar a la edad adulta se toman las propias decisiones, mismas que cambiarán el rumbo de nuestra vida una y otra vez. La responsabilidad pasa a ser nuestra, de nadie más. Lo aprendido en la infancia está ahí pero el adulto decide qué hacer con ello. El adolescente no es niño ni adulto, sin embargo vive una etapa en la que tomará decisiones que sellarán su futuro para bien o para mal, como seguir estudiando o ingerir drogas.
Para Freud, psicológica y emocionalmente el molde de la infancia imprime su sello a los modelos del comportamiento adulto. Para él, la infancia es el destino de cada ser humano y todo lo que se vive y se aprende cuando se es niño se refleja en el futuro adolescente y en el adulto. Esta idea reduccionista ha quedado atrás. Sin duda, Freud descubrió gran parte del funcionamiento psicológico del ser humano, sin embargo, él mismo terminó reconociendo que su teoría no explicaba muchos de los trastornos que afectaban el comportamiento humano. Su enfoque excluía materialmente un número muy importante de situaciones, condiciones y circunstancias que determinan, en millones de seres humanos, niveles de infelicidad, sufrimiento y enfermedad.
Yo mismo, al preguntarme cómo llegué hasta aquí, cuáles fueron los factores que marcaron mi rumbo de modo que hoy sea quien soy, sólo puedo identificar sólo algunos, el resto escapa a mi comprensión.
Fui educado en una forma familiar tradicional que he llamado “ultra-conservadora”. Tuve una educación informal, las conductas y teorías que yo escuchaba venían de mis abuelas y de mis tías abuelas, principalmente de mi abuela paterna y dos de sus hermanas quienes provenían de una familia muy primitiva perteneciente a una sociedad muy conservadora como lo era la aristocracia de Huajuapan de León, Oaxaca. Ellas llegaron a la región de Orizaba a principios de siglo con una idea muy estrecha de lo que debía ser la educación, muy marcada por el aspecto de la religiosidad mal entendida que llegaba en ocasiones al extremo de lo que llamamos en México la “mochería”. Tan fue así que llegué a ser monaguillo. Pero por más que lo intentaron mi “destino” no fue el religioso.
Mis padres, que eran muy jóvenes y contaban con recursos económicos, se dedicaban a vivir su relación de pareja y a divertirse o distraerse en sus tiempos libres como lo hacen en todas las poblaciones pequeñas: yendo a cenar, a jugar loterías y a disfrutar de las conversaciones con otras amistades, conversaciones en las que por supuesto no estábamos incluidos los niños ya que no se nos permitía participar ni escuchar. Me recuerdo, incluso, pidiendo permiso para poder entrar a la sala o pidiendo la llave del librero para poder sacar algún libro, especialmente en casa de mi abuela quien puede haber tenido cierto temor a que yo leyera los libros de mi abuelo que era médico, sobre todo en aquella parte en que consideraban, también en aquella época, que los niños debían estar totalmente desinformados y que era la referente a la sexualidad y la genitalidad humanas.
Por otro lado, mi madre me hizo jurarle que jamás sería médico como mi abuelo. Ella pensaba que esa era la causa de que muriera joven. A pesar de aquel juramento, terminé siendo médico y no morí joven.
Fui un niño muy tímido, callado e introvertido que a veces me expresaba abiertamente, como lo hice después de joven solamente en el ámbito escolar o en la calle. En la casa, no sé si por hipocresía o por mi naturaleza, fui un niño sumamente callado, retraído y obediente, lo que mi mama llamaba “un niño bueno”, cosa que aún me causa escozor ya que en labios de mi madre decir que soy el más bueno significaba que soy el más tonto.
Vivimos un tiempo en Guadalajara. Ahí pasé tres años de primaria en una escuela confesional de religiosos maristas. Yo tenía nueve años de edad cuando regresamos a la ciudad de Córdoba y fuimos repartidos mi hermana mayor, mis otros dos hermanos y yo, con abuelas y abuelos porque nos habíamos quedado en la inopia. Se había terminado la vida de bonanza y del “castillo de la pureza” en los que había vivido hasta entonces. Ya sin recursos económicos, ingreso por primera vez a una escuela oficial y ahí me enfrento por primera vez a la realidad de los niños que iban descalzos a la escuela, niños hijos de campesinos. Desconocía hasta ese momento todo aquello que tuviera que ver con la sexualidad.
Cuando tenía 14 años en plena adolescencia, escuché hablar a mi padre y a mi abuelo paterno, que era de origen italiano y exageradamente machista. Estaban muy preocupados porque a esa edad yo aún no tenía novia, comentaban que seguramente se debía a que yo era “maricón” y era necesario enseñarme muchas cosas pues ellos a esa edad ya habían tenido parejas sexuales y amantes.
Mi abuelo anduvo seduciendo mujeres, entre ellas dos monjas en los Balcanes después de la Segunda Guerra Mundial. Esa fue la razón por la que tardó ocho años en regresar y por lo que mi abuela, creyéndolo muerto, se volvió a casar, dando por resultado que yo tuviera tres abuelas y tres abuelos. Recuerdo que mi abuelo me enseñaba las cartas de sus amantes con un orgullo como de casta y de género muy característico de los machos. Para mi abuelo el machismo, desde el punto de vista de la virilidad, era fundamental. Su sentido de la vida eran el erotismo y la sexualidad, y para él, que su nieto, que además llevaba su nombre, no tuviera novia a los 14 años era sinónimo de homosexualidad.
Mi padre, con la misma experiencia, había llegado a la misma conclusión que mi abuelo. Yo le dije: “Papá, escuché lo que mi abuelo estaba diciendo, yo no soy maricón ni me gustan los hombres. Sí me gustan las muchachas, lo que pasa es que no sé cómo pedirle que sea a alguien mi novia y menos que tenga una relación sexual conmigo (por supuesto ahora sí sabía lo que era una relación sexual). Me da mucho miedo, me tiemblan las rodillas, me pongo muy nervioso y no sé qué hacer”.
Mi papá se me quedó mirando diciéndome con la pura mirada: “Que pendejo eres”. Después me dijo: “Hijito, es muy sencillo, a las mujeres pídeles lo que quieras que si no te lo dan, te lo agradecen”.
En fin, ese fue otro pronóstico que no se cumplió.
En algún momento dado mi padre quiso que yo fuera padrote. Como tocaba bien el piano, se le ocurrió que ese sería mi destino. Quería poner una casa de citas elegante con un bar, yo me encargaría de amenizar las reuniones tocando el piano. Pero nada de eso ocurrió, ni hubo casa de citas ni me dediqué a la música.
El niño tímido que fui, se convirtió en un joven todavía más tímido. Apareció siempre frente a los demás como el líder, como el fuerte y como el audaz, y los audaces acaban mal. Me fui a la Ciudad de México a los 15 años de edad, me habían echado de la casa por haber sido corrido de la escuela y mi padre me había invitado a dejar la casa como él dijo: hasta que yo llevara algo para comer. Llegué primero a trabajar y después me puse a estudiar. Conseguí trabajo de obrero en lo que después se constituyó como la fábrica DINA en lo que entonces empezaba a ser Ciudad Sahagún en Hidalgo. Más tarde, cuando me permitieron seguir estudiando fue para mí una bendición.
Recuerdo que aspiraba a obtener la cartilla militar para ser más mexicano, más responsable y llegar a ser hombre. Esa fue la meta de mi juventud.
Terminé mi carrera de medicina y después mi especialidad en ciencias de la conducta, psiquiatría, a los 30 años. Coincidentemente me encontré con un familiar político que me ayudó a ingresar en la residencia, y con autorización del entonces director de Salud Mental de la Secretaría de Salubridad, don Guillermo Calderón Narváez, a hacer mi último año básicamente como especialista en el tribunal para menores con el director don Gilberto Bolaños Cacho, que fue mi segundo padre.
Ahora llego a la edad de ser abuelo y me encuentro con que tengo que aprender de nueva cuenta en este nuevo ciclo de mi vida.
Nadie puede predecir el futuro de nadie, ni siquiera el de uno mismo. Ignoro qué va a pasar conmigo en estas 24 horas y desde luego lo que podría sucederme mañana. La muerte es la única certidumbre que tenemos los seres humanos. Desde el momento de nuestro nacimiento, la única verdad es que si nacemos tenemos que morir. Esa certidumbre se ha convertido en todas las culturas, en todas las civilizaciones en motivo de terror, de miedo, de asombro, de evasión y de duda.
El destino de un niño no es uno solo. No hay tal cosa como “vivieron felices para siempre”. A la edad que sea, todos experimentamos un continuo proceso de ajuste y desajuste. Nuestra reacción a este proceso estará controlada por nuestras capacidades afectivas e intelectuales. Con cada cambio, nos vemos en la necesidad de adaptarnos y desadaptarnos continuamente.
Cuando miramos hacia atrás, podemos ver muchos de los acontecimientos que nos trajeron hasta donde nos encontramos ahora, y distinguir entre aquello que es efecto de causas externas y lo que es producto de nuestras propias elecciones.
Esto es que lo vemos en esta lectura. Siempre resulta interesante ver la relación que tuvo la infancia de personajes famosos con su destino. En este libro, Guadalupe se ha dado a la tarea de recopilar esas anécdotas de la infancia de personajes que alcanzaron la fama en donde hechos identificables coinciden con lo que después llegaron a ser.
PRESENTACIÓN
INFANCIA ES DESTINO ES UN RECORRIDO POR LA NIÑEZ de los más sobresalientes políticos, escritores, actores, pintores, compositores, intérpretes, y también de deportistas, así como de algunos científicos connotados. No hay duda de que las experiencias infantiles de los grandes personajes de la historia los han marcado y gracias a ellas podemos explicarnos su vocación, su personalidad, así como sus fobias y sus defectos, pero sobre todo sus virtudes y sus pasiones. Cuánta razón tenía el psicoanalista mexicano Santiago Ramírez (1921-1989) cuando escribió Infancia es destino (tiempo después publicó una obra más con el título Infancia, sí, es destino). Sí, este reconocido médico, sumamente delgado, con sus gruesos anteojos, su pelo largo, dedicó gran parte de su vida a estudiar las infancias de sus pacientes para darse cuenta de que todos ellos repetían patrones que provenían de una experiencia traumática de su niñez. Dicen que consideraba tan importante esta etapa que la utilizó no sólo para explicar a las personas, sino especialmente a los mexicanos. En 1959, publicó su libro El mexicano: psicología de sus motivaciones, en el que afirmaba que la psicología del mexicano puede explicarse a través de su “infancia”, es decir, del trauma de la Conquista. Tal vez por ese motivo, en ese libro escribió: “La historia de México es la del hombre que busca su filiación, su origen”.
¿Por qué los mexicanos somos como somos?, ¿a qué le tenemos miedo?, ¿qué nos causa angustia?, ¿por qué actuamos como actuamos cuando viajamos? A todas estas preguntas respondió el doctor Ramírez con el estudio de nuestros orígenes históricos. Los primeros hijos de los españoles con las indígenas nacieron en el total desamparo y fueron víctimas del abandono del padre. Pero resulta que los mestizos idealizaban a su madre indígena, en tanto que con su padre tenían sentimientos encontrados. Por un lado, veían a su padre español como alguien completamente distante y, por otro, lo admiraban por su valentía y por su capacidad de conquista. No obstante también observaban que la madre indígena era vista menos por los conquistadores. Tal vez, de entonces, proviene la soledad que caracteriza a los mexicanos que no pueden encontrar su identidad, pensaba Santiago Ramírez.
Hay que decir que el libro del mexicano fue el primer best seller del psicoanálisis en nuestro país, aunque como decía el doctor Ramírez, en 1952 apenas había un sólo psicoanalista en México. Sin embargo, su libro se convirtió en un éxito y, pronto, todo mundo comenzó a explicar a los mexicanos de acuerdo con el psicoanálisis. Más adelante, en 1975, apareció el libro Infancia es destino, el cual a la fecha lleva más de 20 ediciones. Nosotros nos preguntamos: ¿por qué es tan importante la infancia?, ¿a qué se debe que sea tan relevante lo ocurrido en este periodo del que a veces no recordamos casi nada?
Como dice el doctor Ramírez: “Los años infantiles se han olvidado; a pesar de ello nos quedan, como en las ciudades perdidas, restos que nos sirven para reconstruir su arquitectura”. Curiosamente, Santiago Ramírez fue dándose cuenta de que sus pacientes condensaban sus experiencias en un único recuerdo. ¿A qué se debía eso? Se debía a que ese recuerdo era un símbolo de algo global, es decir, de todas las experiencias de sus pacientes. Pero como decía Sigmund Freud, no es que el paciente “recuerde”, sino que en realidad está volviendo a vivir sus experiencias, sus afectos y sus odios. Se diría que las personas no podemos salir de esa pauta y que siempre estamos condenados a repetirla y repetirla y repetirla, así como si fuera