Examen de mi padre

Jorge Volpi

Fragmento

Examen de mi padre

Labor omnia vincit improbus.

111111VIRGILIO, Geórgicas, I

Mi padre murió el 2 de agosto de 2014, cerca de las tres de la tarde. Desconozco la hora exacta porque yo no estaba a su lado. Tampoco he querido buscarla en el acta de defunción o preguntársela a mi hermano o a mi madre, quienes por obra del azar —o de ese dios en el que él creía y yo no—, pasaron a visitarlo y lo encontraron inconsciente, sometido al masaje cardíaco de una de las cuidadoras, pero aún vivo. Había pensado escribir: “Mi padre murió el 2 de agosto de 2014, cerca de las tres de la tarde, hace justo cinco meses”, pero hoy es 9 de enero de 2015 y en realidad han transcurrido cinco meses y una semana desde entonces. Podría argüir en mi defensa la obviedad psicoanalítica del yerro. Relaciono mi desliz, más bien, con otros dos incidentes. El primero: hasta el día de hoy no he llorado, no he podido o no he querido llorar a mi padre. Una postura racional, me digo, ante una muerte que terminó con su dolor. Pero la explicación me resulta insuficiente. El segundo episodio que relaciono con mi confusión ocurrió esa misma noche. Cuando por fin llegué a la ciudad de México proveniente de Xalapa, a cuya feria del libro había asistido, el cuerpo de mi padre ya había sido llevado por mi madre y mi hermano a la funeraria donde habrían de incinerarlo. Los tres siempre aborrecimos los velorios y en general el duelo público, de modo que prescindimos de cualquier ceremonia hasta su entierro. Al cabo de unas horas en casa de mis padres, me puse al volante y, acompañados por mi mujer y mi mejor amigo, nos dirigimos hacia el crematorio. Un cielo gris se cernía sobre nosotros mientras recorríamos la colonia de los Doctores; tomamos Avenida Central, dimos vuelta en Doctor Vértiz y, poco después del Viaducto, giramos en una callejuela que nos condujo a las inmediaciones del Centro Médico y del Hospital General, donde mi padre trabajó de joven. La colindancia entre el lugar al que acuden a curarse los vivos y el sitio que acoge a los muertos no dejó de incomodarme. Bajo un atardecer nebuloso, tal vez producto de mi imaginación, encontramos una fila de agencias semejantes a despachos de contadores. Localizamos la que nos correspondía y mi madre, mi hermano y yo entramos a la oficina del gerente. Frente a su escritorio apenas cabían dos sillas y mi madre debió quedarse afuera. Una vez firmados los permisos, el responsable nos preguntó si queríamos despedirnos de mi padre, cuyo cadáver reposaba en un ataúd en la cámara contigua. Yo no dudé y dije que no. Mi padre, musité, no está allí. Mi padre, me dije en silencio, no es su cuerpo. Mi madre y mi hermano se sorprendieron no tanto por mi negativa como por la rudeza de mi tono. Horas después regresamos a recoger la urna de alabastro con sus cenizas. Hoy sigo convencido de que mi padre no era ese conjunto de órganos inertes que reposaba en el crematorio, pero reconozco que mi padre también era ese cuerpo. La última vez que lo vi con vida fue dos semanas atrás y mis recuerdos más vívidos o los únicos que acaso ahora me concedo son justo de su cuerpo: sus piernas cada vez más frágiles, su espalda encorvada, sus ojos luminosos. Y sus manos. Mi padre llevaba una década con una depresión clínica, quizá más. La felicidad nunca le fue sencilla. Los prolongados conflictos con mi hermano atemperaron sus energías —de niños lo veíamos como una fuerza de la naturaleza—, si bien creo identificar en su alejamiento de la cirugía la causa principal de su desánimo. La decisión de jubilarse lo describe en una nuez: cuando le pareció que sus manos ya no poseían la agilidad de ilusionista que siempre lo enorgulleció, abandonó escalpelos y bisturíes para siempre. Por unos años buscó otras fuentes de satisfacción personal sin demasiado éxito. Según una de sus antiguas alumnas, fue un estimulante profesor de secundaria —como lo fue, durante treinta y tantos años, en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional—, aunque los dolores de espalda, el cansancio y la falta de estímulos lo obligaron a abandonar la escuela comercial que lo acogió tras su retiro. A partir de ese instante se deslizó en un moroso declive. Si bien nunca padeció una enfermedad terminal, un cúmulo de afecciones, de la artrosis a la gastritis, minó su salud. Los peores reveses se los propinó, empero, su carácter. Las pasiones que tanto lo arrebataron de joven —y que se esforzó por compartirnos—, la ciencia, los deportes, la ópera, la literatura, las artes, la historia, la jardinería, las manualidades, poco a poco dejaron de importarle hasta que se recluyó el día entero, indiferente y ensimismado, frente al televisor. En la avalancha de peticiones y reclamos que desde su sillón le dirigía a mi madre era posible reconocer el rigor que debió distinguirlo en el aula o los quirófanos, solo que ahora su único objeto de estudio era su propio dolor. Cada vez resultaba más difícil conversar con él: si bien permaneció lúcido hasta el final, si lucidez significa saber quién es uno y reconocer a los demás, ya no conseguía dedicarle más de unos instantes a otro asunto que sus interminables padecimientos. Muchas veces nos preguntamos si su dolor sería físico o psicológico o una mezcla de ambas cosas. Da lo mismo: el dolor es aquello que se expresa como dolor. Si su cuerpo se tornaba cada vez más frágil —llegó a pesar 45 kilos, cuando alcanzó a medir 1.75 metros—, su carácter, o lo que yo llamaría el meollo de su carácter, se mantuvo inalterable. Diré más: se reconcentró como un vino añejo. Nunca perdió su dulzura, la cortesía que dispensaba en su trato, esa bondad íntima que ordenaba sus acciones. A la vez, se tornó más obcecado y autoritario, sobre todo en compañía de mi madre. Del mismo modo que se empeñó en inculcarnos su verdad, al final se resistió a todo tratamiento que escapase de sus directrices, se negó a probar nuevos medicamentos y a realizar los ejercicios que le recomendaban los practicantes que se esforzaron por atenderlo. Peor: se opuso con todas sus fuerzas, que nunca fueron escasas, a cualquier cambio de rutina y a la menor intrusión en sus horarios, de por sí inmutables. Aunque mi madre siempre estuvo atada a él y a sus dictados, en los últimos tiempos se le hacía cada vez más penoso estar a su disposición día y noche. Mi padre apenas toleraba que ella se apartase de su lado, así fuese solo para incordiarla con su cantilena de peticiones y quejas, y en los días malos podía quejarse por horas. Pese a que un enfermero la relevaba dos veces por semana, llegó un punto en que mi madre ya no se sintió capaz de cuidarlo. El esfuerzo para levantarlo, obligarlo a caminar unos pasos o bañarlo —o pelear con él para que se tomase cada píldora— amenazaban con quebrantar su propia salud. Tras consultarlo con ella, mi hermano y yo concluimos que solo había dos soluciones: un equipo de enfermeros de tiempo completo o una casa de retiro. Con una rapidez que a todos nos azoró, optamos por lo segundo. Mi mujer y yo hallamos una residencia a unas cuadras del antiguo Parque Delta, a diez minutos en coche de la casa de mis padres. Además de la cercanía, indispensable para que las visitas de mi madre fuesen frecuentes, nos tranquilizó que no hubiese horario de visitas, lo cual nos permitiría verlo sin previo aviso. Estábamos conscientes de que arrancarlo del espacio en donde se había recluido por más de una década sería demoledor para él: siempre reacio a salir o viajar, mi padre solo se sentía a gusto en su propia casa, que decoró y modificó con esmero hasta que se le acabaron las fuerzas y consintió que se degradara a la par de su salud. Cuando le dimos la noticia, aceptó de inmediato: una parte de él reconocía las penurias de mi madre. Previendo un cambio de opinión, empacamos un par de mudas y su arsenal de medicamentos y nos lo llevamos esa misma tarde. La residencia ocupaba una típica casa de clase media de la zona, más o menos amplia, de dos pisos, con un patio trasero y un pequeño jardín. En su interior convivían unos cuarenta ancianos. A mi padre le asignaron una habitación en la planta baja que debía compartir con otro interno: una vejación adicional para alguien tan poco sociable como él. Una vez allí ocurrió lo que temíamos: se arrepintió y quiso marcharse de inmediato. Lo acompañamos al salón, donde se sentó junto a dos ancianas pulcras y silenciosas —ninguna de ellas hizo el menor gesto al verlo—, y desde allí nos reprochó que lo abandonáramos en ese horrendo lugar. Mientras mi hermano y yo concluíamos los trámites de ingreso, mi madre intentó tranquilizarlo sin mucho éxito. Nos marchamos cerca de la hora de la cena. De entre las reglas de la residencia hubo una que nos causó particular desazón: a fin de lograr que se integrara en su “nuevo hogar”, durante dos semanas tendríamos prohibido cualquier contacto con él. Ni visitas ni llamadas telefónicas. Terminado ese interregno de quince días, que debió ser muy angustioso para él, mi madre, mi hermano, mi mujer y yo acudimos a visitarlo. Esa fue la última vez que estuve a su lado. La cuidadora nos condujo al patio trasero y nos acomodó en unas sillas de plástico junto a una olvidada cancha de basquetbol. En el salón, en la cocina y en los cuartos distinguí a numerosos ancianos, algunos más vigorosos y otros más enfermos que mi padre. Me conmovió el silencio que reinaba en la casa, como si los internos se dedicasen a la meditación o el mundo de plano hubiese dejado de importarles. Una de las cuidadoras le daba de comer a una anciana que no parecía darse cuenta de nada. En la cocina, dos muchachas lavaban platos y cazos. Por fin otra de las cuidadoras —una mujer bajita, magra, de pelo negrísimo y un maquillaje que uno no esperaría encontrar en una casa de reposo— acompañó a mi padre, apoyándolo sobre sus brazos, hasta el patio trasero donde nosotros lo esperábamos. Él nos saludó y se sentó con dificultad. Estaba más pulcro y elegante que en casa, pues otra regla impedía que los internos deambulasen en piyama. Reconocí su camisa de vestir, su suéter color vino y su pantalón gris. Solo le faltaban el saco y la corbata que solía llevar incluso los fines de semana. Le habían cortado el pelo, lo mismo que el bigote. Su cuerpo, en cambio, lucía aún más débil. Sonrió con dificultad. La cuidadora se marchó y nos dejó a su lado. En su vertiente más entrañable, se despidió de cada uno de nosotros. No era la primera vez que lo hacía —le gustaba repetir que no duraría más de unas horas—, solo que ésta en verdad fue la última. Nos dedicó frases hermosas o alentadoras a cada uno. Fue dulce y sabio. En su vertiente más turbulenta, nos reprochó haberlo encerrado en esa “antesala del infierno” y acusó a las cuidadoras de insultarlo e incluso de golpearlo. Cuando empezaron a caer las primeras gotas de lluvia supimos que había llegado la hora de irnos. Mi padre ya no se sentía capaz de caminar o, azuzado por nuestra presencia, se negó a hacerlo. Trastabilló y estuvo a punto de caer. La cuidadora se abrazó a él y lo llevó al interior de la casa. Mi madre se despidió y se adelantó rumbo a la salida; no sé dónde quedaron mi hermano y mi mujer. Yo permanecí allí un segundo más. Vi a mi padre muy ansioso, casi desesperado. Le urgía orinar. Acaso desvariaba. No sé por qué razón, quizás para conducirlo al baño lo más pronto posible, la cuidadora no lo encaminó hacia su habitación, sino que lo introdujo en otro cuarto, cerca de la puerta trasera, donde un par de ancianas cuchicheaban en voz baja sentadas en sus camastros. Entonces la cuidadora hizo algo extraño o que al menos a mí me pareció inusual: lo sentó sobre sus piernas, lo abrazó, le acarició el cabello y las mejillas. Dos cuerpos ajenos unidos, de pronto, por la compasión. Esa imagen, una suerte de Pietà, es la última que conservo de él. Mi padre se dedicaba a abrir y cerrar cuerpos. A arreglar o recomponer cuerpos. A corregir o enmendar cuerpos. A tratar de que algunos cuerpos sanasen y alcanzasen una larga vida. Más aún: su mayor afición y su mayor placer consistía en introducir las manos en esos cuerpos. Mil veces nos contó que su jornada ideal incluía una tarde de lluvia, un cuerpo sobre la mesa del quirófano y una casetera con música de Beethoven o Puccini.

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La Piedad, pintura anónima, España, ca. 1540

La profesión de cirujano, más que la de otros médicos, nunca nos parecerá normal al resto de los mortales. Se requiere de un extraño valor para rasgar la piel, contener el sangrado, manipular los tejidos, palpar el hígado, la tiroides o el páncreas, devolver los órganos a su sitio, suturar la epidermis y volver, al cabo de unas horas, a una vida en familia. Cierta repulsión curtida en nuestros genes nos aleja de la contemplación de nuestras vísceras. Apenas extraña que por siglos los cirujanos no fuesen admitidos en las cofradías de los médicos y se les equiparase con dentistas y barberos: artesanos calificados cuya representación, aderezada con sierras, gubias y cuchillos, apenas los distinguía de bandoleros y asesinos. El propio Juramento Hipocrático, del siglo V a.C., establece en una de sus cláusulas: “No practicaré la extirpación de cálculos, sino que la dejaré a los que se dedican a ello.” Esto es: a los cirujanos. Una pizca de desdén emana de aquel manifiesto que todavía entonan quienes pretenden obtener una licencia para ejercer el Arte, como lo llamaban los antiguos (de allí la expresión ars longa, vita brevis). Como si los cirujanos no fuesen médicos, o no del todo. O como si perteneciesen a un orden distinto, más práctico que teórico, y por ello más prosaico. Mientras en el pasado los médicos se concentraban en el estudio de sus pacientes (pensemos en los miembros de la escuela jónica a la que perteneció Hipócrates) o en clasificar sus padecimientos (como sus rivales menos conocidos de la escuela de Cnido) y a continuación prescribían remedios y curaciones, daban consejos de salud o se asumían como filósofos y peroraban sobre el equilibrio de los tres centros corporales —a saber: el cerebro, el corazón y el hígado— o los cuatro humores que nos irrigan por dentro —la bilis negra, la bilis amarilla, la flema y la sangre—, los cirujanos hundían sus manos en otros cuerpos. Una labor que, a ojos de aquellos estudiosos de la filosofía natural, era cosa de salvajes. Desprovistos de anestesia y mínimas normas de la higiene, estos carniceros amputaban miembros, limaban huesos, trepanaban el cráneo, extraían piedras de la vesícula y los riñones o de plano abrían en canal el tórax o el abdomen de los infelices que los consultaban. No sería sino hasta los siglos XVI y XVII cuando los cirujanos se volverían respetables gracias a figuras como Ambroise Paré. Por varios años mi padre se dedicó a estudiar la vida y la obra del padre de la cirugía (Hipócrates y Galeno lo son de la medicina), uno de los protagonistas de ese siglo de genios, pero cuya celebridad, a diferencia de Magallanes, Rembrandt, Shakespeare o Cervantes, apenas ha eludido el círculo de sus colegas. Paré vivió en una Francia turbulenta y fascinante: fue cirujano de Enrique II, Francisco II, Carlos IX y Enrique III, a cuyos ejércitos acompañó en decenas de batallas, y aún alcanzó a contemplar el ascenso al trono del buen rey Enrique IV antes de fallecer ungido como un sabio. Paré no solo desarrolló intrépidas técnicas quirúrgicas sino que amplió los márgenes del conocimiento anatómico y contribuyó a transformar su profesión, ajustándola tanto a los albores del método científico como a una visión humanista a la hora de tratar a sus pacientes. Como escribió Sherwin B. Nuland en Doctors: The Biography of Medicine, Paré se distinguió por “su humanidad en una era de crueldad, su humildad en una era de arrogancia, su objetividad en una época de superstición, su originalidad en una era de conservadurismo, su independencia en una era de autoridad, su lógica racional en una era de teorías irracionales e ilógicas y su hondo sentido moral en una era en la que reinaba la hipocresía pragmática y las masacres eran perpetradas en nombre de la religión sectaria”. Hombre del Renacimiento, Paré tuvo la existencia aventurera del cirujano castrense a la vez que se granjeó la admiración reservada al autor de algunos de los tratados —escritos en vernáculo— más influyentes de su siglo. Justo cuando el cuerpo dejaba de ser un espacio sagrado e intocable, réplica imperfecta del Creador, Paré fue pionero en revelar, tras largas horas de práctica quirúrgica, la medida de su monstruosidad y su belleza.

LUCAS VAN LEYDEN,

El cirujano y el campesino (1524)

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Poco después de conseguir su ansiado ingreso a la Academia Mexicana de Cirugía, mi padre dedicó incontables mañanas de sábados y domingos a escribir una monografía sobre el autor de De monstruos y prodigios, ilustrada con láminas provenientes de sus libros y otras fuentes contemporáneas, a fin de presentarla ante sus nuevos colegas (algunas de esas imágenes reaparecen en estas páginas). Cada mes arribaban a nuestra casa paquetes con libros provenientes de Francia, que mi padre leía y traducía con la ayuda de mi madre. A su muerte he recuperado aquel trabajo, así como una carpeta con aquellas “transparencias”: esas diapositivas que se han vuelto tan obsoletas como los carruseles en que se insertaban en contrasentido y de cabeza. Titulada A propósito de Ambrosio Paré para emular la retórica académica francesa que tanto le impresionaba, le mereció un premio especial de la Academia. Para contribuir a su esfuerzo, le ayudé a grabar la música con que acompañaba sus conferencias —me vienen a la mente el primer movimiento del concierto Emperador de Beethoven, con Emil Gilels y George Szell, y un conjunto de danzas renacentistas publicado por Archiv— y, para celebrar su exitosa presentación en la Academia, le regalé la copia que hice a tinta china de un grabado del cirujano real a los setenta y tres años, la cual se mantuvo colgada en su casa hasta su muerte y la subsecuente mudanza de mi madre. (Por años barajé la idea de escribir una novela sobre Paré, un poco al modo del Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar, pero ahora me doy cuenta de que su destino natural se halla en este libro.) Cito los primeros párrafos del artículo de mi padre (publicado en Cirugía y cirujanos, vol. 51, 5, 1993):

Primera página del

manuscrito de A

propósito de Ambrosio

Paré (1983)

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Con frecuencia poco se sabe de la vida de algunos grandes hombres. Tal es el caso de Ambrosio Paré, quien, sin lugar a dudas, gracias a sus escritos en francés, durante el curso de su vida hizo avanzar la cirugía más de lo que la humanidad entera había hecho en 1,500 años de nuestra era. Victor Hugo sentenció: “El patrimonio de la humanidad es la ingratitud”. Esta cita, triste aunque verídica, prueba su validez porque el hombre de nuestro tiempo, conocedor de las vidas y obras de pintores, escultores y filósofos famosos, ha olvidado a Ambrosio Paré. Con su disciplina, dedicación, estudio y gran humanismo, este ilustre cirujano logró que al enfermo se le tratara con gentileza y piedad y no, como solía acontecer, con crueldad propia de fanáticos inquisidores. Paré supo elevar a la más noble y difícil rama de la medicina, la cirugía, a la categoría que le corresponde. Las bases para su práctica científica se compendian en cinco preceptos fundamentales:

  1. Colocar los órganos en su posición normal.
  2. Unir lo separado.
  3. Separar lo unido.
  4. Quitar lo superfluo.
  5. Tratar de modificar lo que la naturaleza ha deformado.

No me cuesta trabajo comprender la fascinación de mi padre por este personaje. Del arsenal de citas de Paré que solía repetirnos, recuerdo la que más le emocionaba: Je le pensay et Dieu le guarit. “Yo lo vendé [lo traté] y Dios lo curó”. Una muestra de humildad, no muy común entre los médicos de entonces —y de ahora— que, más allá de su connotación piadosa, guió tanto la práctica quirúrgica de Paré como la de mi padre. El médico ha de dedicar toda su experiencia, todos sus esfuerzos y toda su compasión a su paciente, aunque en última instancia sean Dios o Natura quienes decidan si éste sana, empeora o muere. Tampoco descarto una identificación íntima: igual que el cirujano-barbero, mi padre provenía de una familia sin vínculos con su profesión o con la oligarquía de su época —siempre se enorgulleció de ser el único “profesionista” entre sus hermanos— y durante mucho tiempo confió en que sus esfuerzos, esa “labor tenaz que todo lo vence” que recomendaba sin cesar y aparece como íncipit de su artículo, lo conducirían, si no a una posición de gloria y poder como la alcanzada por Paré, al menos sí al reconocimiento y al bienestar merecidos por un cirujano de primera. Aunque jamás se interesó por el dinero —toda su vida trabajó para la seguridad social y jamás quiso atender un consultorio privado—, esperaba una justa retribución tras consagrar su vida al Arte. Compartía una aspiración común a sus contemporáneos, una generación que, nacida a la sombra de la revolución institucionalizada, no solo confiaba en integrarse a la nueva meritocracia del país, sino que en verdad creía en un México que se enfilaba hacia una era de progreso. Que sus esperanzas se viesen frustradas —su vida adulta se extendió entre la matanza de Tlatelolco, que vio de cerca, y los desastres de la guerra contra el narco que atestiguó en su vejez, pasando por un sinfín de crisis políticas y económicas—, debió ser una razón adicional para su pesimismo y acaso su depresión. Aquella frase de Victor Hugo, su escritor de cabecera, “el patrimonio de la humanidad es la ingratitud”, le venía como anillo al dedo.

Mi versión de Ambrosio

Paré (1984), inspirada

en el grabado de

Stéphane Delalaune

para Le discours de la

mumie, de la licorne,

des vénins, et de la peste

(1582)

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Un resumen de su itinerario sería el de un cuerpo que se dedicó hasta sus últimas fuerzas a atender otros cuerpos. A contemplar y manipular otros cuerpos. Y, conforme a las consignas de Paré, a colocar sus órganos en posición normal, a unir lo separado, a separar lo unido, a quitar lo superfluo y a tratar de modificar lo que la naturaleza ha deformado. La cirugía tardó siglos en entrever estas simples reglas: baste pensar que el conocimiento de nuestro cuerpo es casi tan reciente como ese Renacimiento que compartieron Paré y Vesalio. Antes de ellos —salvo la anomalía representada por Leonardo da Vinci, a quien me referiré más adelante—, pocos habían tenido la osadía de mirar en nuestro interior. Si bien es posible que Hipócrates y sus discípulos realizasen disecciones, apenas hay dudas de que Galeno, la mayor autoridad médica hasta finales de la Edad Media, jamás presenció una anatomía humana. El médico griego del siglo II d.C. basó todas sus observaciones en animales, en particular monos y perros: notable tarea para su tiempo, pero que acabó por frenar cualquier progreso una vez que el cristianismo, con su fervor por dogmas y revelaciones, prohibiese contradecir sus dichos y tachase de pecado la disección de cadáveres. Durante trece siglos Occidente se conformó con recitar de memoria el corpus galenicum —su autor fue tan prolífico que la mitad de los escritos de la Antigüedad que han llegado hasta nosotros provienen de su pluma—, sin deseos de constatar o corregir sus argumentos so pena de excomunión o de la hoguera. Si bien Guido de Vigevano se jactaba en 1345 de haber emprendido varias disecciones en humanos, sería hasta 1405, cuando la Universidad de Bolonia autorizó las demostraciones anatómicas, cuando los fallos de Galeno salieron a la luz y la observación directa de nuestro cuerpo se convirtió en una práctica requerida para cualquier aspirante a cirujano. Es natural que las primeras anatomías —en el doble sentido de “disecciones” y “atlas con descripciones ilustradas del cuerpo humano”— aparecieran en el Renacimiento, ese parpadeo de racionalismo que, inspirado por el redescubrimiento de los clásicos, reubicó al ser humano en el centro del cosmos. Sus artífices fueron artistas y no médicos. En su afán por reproducir el cuerpo hasta en sus detalles más sutiles, los pintores y escultores italianos de las postrimerías del siglo XV estudiaron músculos y huesos con precisión científica. Leonardo da Vinci fue más allá: animado por una curiosidad sin límites, participó en numerosas disecciones y llenó decenas de páginas con dibujos de huesos, músculos y tendones, así como del corazón, los pulmones, el hígado, los nervios, el cerebro, los riñones, la vejiga, el estómago, los intestinos, los órganos sexuales e incluso del feto en distintos estados de desarrollo (aunque, en su dibujo más conocido, el embrión aparezca enclaustrado en la placenta de una vaca).

LEONARDO DA VINCI,

Cuadernos anatómicos

(ca. 1510)

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Sin contar con métodos de refrigeración, Leonardo debía esperar los meses invernales para evitar la putrefacción de los tejidos (provenientes, por regla general, de criminales ajusticiados: de allí que tan pocos cuerpos de mujeres estuviesen disponibles) y por ello sus trazos debían ser veloces y exactos. Su mirada de artista devino quirúrgica: sin valerse de las posturas retóricas o dramáticas empleadas por artistas posteriores (como Jan von Kalkar, uno de los dibujantes de Vesalio), Da Vinci optó por un enfoque objetivo y, sin embellecer o corregir cuanto observaba, analizó ángulos y posiciones de huesos, músculos y órganos en distintas partes del mismo folio. Aderezaba cada imagen con una profusión de notas en la llamada “escritura en espejo” que trazaba de derecha a izquierda para eludir las miradas indiscretas. En su libro Vidas de los mejores arquitectos, pintoresy escultores italianos, Vasari afirmó que “quien logre leer esas notas de Leonardo descubrirá asombrado cuán bien ese divino espíritu razonó sobre las artes, los músculos, los nervios y venas, con la mayor diligencia en todas las cosas”. Según Leonardo, el cuerpo es una máquina desprovista de cualquier atributo sobrenatural y por ello lo analiza con la misma acuciosidad —y distancia— presente en sus dibujos botánicos o sus proyectos aeronáuticos o militares. Uno de sus sueños fue publicar una ambiciosa Anatomía en colaboración con el médico Marcantonio della Torre, pero el temprano deceso de su coautor pospuso el proyecto para siempre. A su muerte en Amboise, en 1519, mientras se hallaba al servicio de Francisco I —quien le había encomendado un león mecánico que pudiese caminar hacia atrás y abrir el pecho para mostrar su abdomen cubierto con flores de lis—, los cuadernos anatómicos de Leonardo se perdieron en los sótanos de la Biblioteca Ambrosiana de Milán y luego en la Biblioteca Real de Windsor hasta ser recuperados en el siglo XIX. Su influencia resultó perdurable gracias a Vesalio, cuya obra magna, los siete libros de la Humanis corporis fabrica, no podría ser entendida sin el precedente del artista toscano. Otros libros notables antecedieron a la Fabrica: el Fasciculus medicinae de los hermanos Gregorii (atribuido a uno de sus dueños, el médico alemán Johannes de Ketham), publicado en Venecia en 1492, o los Commentaria super anatomia Mundini, de Jacopo Berengario da Capri, de 1522, a los que siguieron sus Isagogae breves, de 1523, si bien sus dibujos esquemáticos y ceñidos a la retórica visual de la época no rivalizan con los de Da Vinci. Nacido el 31 de diciembre de 1514 en Bruselas, capital de Flandes bajo soberanía del Sacro Imperio Romano Germánico, Andries van Wesel (el nombre latinizado es Andreas Vesalius) pertenecía a una familia vinculada con la nobleza y la medicina —su padre fue apotecario de María de Habsburgo y luego de Carlos V— y se dice que desde pequeño estudiaba los restos de delincuentes ajusticiados en una horca localizada en los linderos de la propiedad familiar, al tiempo que desarrollaba su afición por disecar animalillos. A los quince años se matriculó en la Universidad de Lovaina y en 1533 ingresó a la de París, donde no solo se educó en las obras de Hipócrates, Galeno o Avicena, sino que atestiguó el sistema empleado por sus profesores, como el afamado Jacobus Sylvius —quien luego se convertiría en uno de sus críticos—, a la hora de practicar una anatomía. Sentado en su cátedra, el maestro se contentaba con recitar a Galeno mientras un equipo de cirujanos-barberos, desprovistos de cualquier bagaje teórico, realizaba las disecciones frente a los alumnos sin otro objetivo que ilustrar las palabras del Maestro, como muestra una de las láminas del Fasciculus medicinae atribuido a De Ketham.

JACOPO BERENGARIO DA CAPRI,

Isagogae breves, perlucidae

ac uberrimae, in anatomiam

humani corporis a communi

medicorum academia usitatem

(1523)

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Tras el reinicio de las hostilidades entre Carlos V y Francisco I, Vesalio regresó a Lovaina en 1536, donde se graduó —todavía bajo la influencia del viejo sistema magisterial— con una Paráfrasis sobre los nueve libros de Rhazes, basada en la obra del médico y filósofo persa Abu-Bakr Muhammad ibn Zakariya-al-Razi (865-925). Su sumisión a los antiguos paradigmas comenzó a deslavarse gracias a su subsecuente viaje a la muy libre ciudad de Basilea y sobre todo al inscribirse en la Universidad de Padua, una de las pocas que prescribían la anatomía de cadáveres con fines educativos. (Entre los profesores de esta institución figuraban otros revolucionarios, como Copérnico y Galileo, aunque no hay testimonios de que el flamenco los frecuentase.) En sus aulas, Vesalio diseccionó numerosos cuerpos y, para pasmo de sus colegas y regocijo de sus alumnos, no dudó en contradecir a Galeno cada vez que descubría sus yerros. El 5 de diciembre de 1537 se le concedió el título de doctor en Medicina cum ultima diminutione (lo que hoy llamaríamos summa cum laude) y el senado de Venecia, a cuya jurisdicción pertenecía la universidad, lo nombró profesor de Cirugía. Al año siguiente publicó sus Tabulae anatomicae sex, una novedosa colección de textos médicos acompañados con ilustraciones, la cual no tardó en circular de un confín a otro de Europa. Le sucedieron otros textos breves, pero sería con la publicación de la Fabrica —y su pequeño acompañante, el Epitome—, en 1543, que Vesalio conocería una fama imperecedera. Al lado de los Principia mathematica, El origen de las especies y los artículos de Einstein del annus mirabilis de 1905, la Anatomía de Vesalio es uno de los pocos textos que han propiciado un avance radical para la ciencia.

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