Prólogo
“¡QUIÉN DIJO MIEDO! YO SOY AUDAZ”:
VISTAZOS A LA OBRA DE JOSÉ TOMÁS DE CUÉLLAR
El 13 de septiembre de 1847, la simbólica toma del Colegio Militar, ubicado en el Castillo de Chapultepec, por el invasor ejército norteamericano, representó uno de los episodios más traumáticos de la desigual y violenta guerra entre Estados Unidos y México, que culminó con la pérdida de la mitad de nuestro territorio. A pesar del valor con el cual las tropas nacionales intentaron defender aquel punto estratégico de la capital del país, el enemigo, mejor organizado y armado, logró un triunfo que dejó una honda huella en las jóvenes generaciones de mexicanos. Nacido en el seno de una familia acomodada, José Tomás de Cuéllar (1830-1894), también conocido con el seudónimo de Facundo, fue uno de los tantos cadetes que se encontraban en el Castillo cuando ocurrió el asalto estadounidense; aquella dramática experiencia lo llevó no sólo a abandonar de forma definitiva la carrera de las armas, sino a abrazar con determinación el camino de la literatura y el periodismo.1
Al igual que muchos de sus compatriotas, nuestro autor experimentó el desasosiego de vivir en una nación que luchaba por definirse después de haber logrado su independencia; un México donde los constantes enfrentamientos por el poder político, al interior y al exterior, impedían el desarrollo pleno de las actividades sociales y culturales. A la violencia y la desorganización, Facundo opuso, con humor e inteligencia, la fuerza imaginativa y formadora de la literatura, cuya principal fuente de inspiración fue la sociedad de su momento. Para él, esta manifestación artística no sólo era “el termómetro de la civilización”, sino también “el reflejo de la historia de los pueblos”; era “la voz inmortal de las grandes catástrofes y de las transformaciones seculares, el acento expresivo de los sacudimientos y de las revoluciones, que [resonaba] desde los siglos más remotos hasta la más remota posteridad”.2 En consonancia con lo anterior, el hombre de letras debía erigirse como el gran custodio de la memoria de la comunidad nacional, pero también como un factor de cambio y del progreso. En otras palabras, según Facundo, en un país donde todo estaba por construirse, los escritores tenían la obligación de llenar los huecos de la historia pasada, al mismo tiempo que representar el presente e imaginar creativamente el futuro.
Como era usual en la época, Facundo dedicó sus iniciales experimentaciones creativas a la poesía; temas como la patria, Dios o la familia aparecen en sus primeros versos, muchos de ellos escritos por encargo para conmemorar algún acontecimiento histórico o literario. Si bien alcanzó algún reconocimiento con estos trabajos, fue en el teatro donde cosechó sus inaugurales conquistas literarias y se dio a conocer entre el público mexicano. Por desgracia, dadas las deficientes condiciones de las industrias editorial y teatral del país en aquellos años, el autor sólo dio a la imprenta una de esas piezas, titulada Deberes y sacrificios (1855), un drama en el que, por medio de una historia de amor imposible, se exaltaban los valores patrióticos. Aunque no contamos con las otras composiciones, gracias a la prensa sabemos que buena parte de sus dramas y comedias fue bien recibida por los espectadores, quienes, entre levantamientos armados y cambios de gobierno, se daban tiempo para asistir al teatro en busca de entretenimiento.3
Una de esas obras que no trascendió al formato impreso tiene especial importancia por sus repercusiones políticas y artísticas en una etapa crítica para el país. En 1866, una vez consumada la Intervención Francesa que llevó al trono de México a Maximiliano de Habsburgo en 1864, Cuéllar escribió y puso en escena Natural y figura, una comedia en la cual se ridiculizaba con agudeza el afrancesamiento de ciertos sectores de la sociedad capitalina. Al decir del dramaturgo, en cada función el público aplaudió con furor; el éxito fue tal que, supuestamente, el propio Maximiliano, disfrazado de civil, acudió al teatro a ver la obra. Más allá de la leyenda, la representación de este texto puede ser “leída” como un acto de resistencia política y literaria del propio Facundo, quien, si bien no combatió con las armas al Imperio, empuñó la pluma en su contra por medio de creaciones donde se incitaba a rechazar su influjo. No es casual, en este sentido, que un año después la obra se volviera a representar, justamente, para celebrar el regreso de Benito Juárez a la Ciudad de México, tras el triunfo definitivo de las fuerzas liberales sobre el ejército imperialista.
Después de esa victoria, Cuéllar no volvió a los escenarios; sin embargo, el paso por ellos dejó claros rastros en su escritura, visibles sobre todo en su espléndida capacidad para crear diálogos amenos e hilarantes, así como en la puntual utilización de recursos propios del arte dramático para componer historias jocoserias. Por medio de ellas, pretendió cumplir la misión que se autoasignó: ser portador de la memoria de su pueblo, así como convertirse en una conciencia crítica y vigilante de éste.
NACE UN NOVELISTA: LA LINTERNA MÁGICA DE FACUNDO
La derrota definitiva del Imperio de Maximiliano en 1867 despertó un espíritu de optimismo entre nuestras clases letradas; para éstas, la tan ansiada paz traería el desarrollo económico y cultural de la nación, especialmente el de las bellas letras, que se beneficiarían del cambio del fusil por la pluma. En un ambiente de efervescencia reconstruccionista, escritores como Cuéllar encontraron en el género novelístico la mejor arma para participar no sólo en la generación de una literatura propia, inspirada en el paisaje, las costumbres y la historia nacionales, sino también en la formación de un lector mexicano quien, por medio de las creaciones de sus compatriotas, aprendiera a comportase y conducirse como un ciudadano ideal. Gracias a la novela, según un colega de Facundo, el reconocido Ignacio Manuel Altamirano, “los hombres pensadores de [aquella] época” podrían “hacer descender a las masas doctrinas y opiniones que de otro modo habría sido difícil hacer que aceptasen”. Poderosa arma ideológica, dicho género contribuiría de esa forma “a la mejora de la humanidad y a la nivelación de las clases por [medio de] la educación y las costumbres”.4
Partícipe de esa visión ilustrada, aunque siguió frecuentando otras modalidades genéricas, Cuéllar dedicó casi por completo sus esfuerzos creativos a la escritura de novelas de largo aliento. Exiliado en la ciudad de San Luis Potosí por su oposición al régimen juarista, publicó por entregas El pecado del siglo. Novela histórica [Época de Revillagigedo-1789] (1869) y la primera versión de Ensalada de pollos. Novela de estos tiempos que corren tomada del “carnet” de Facundo (1869-1870); esta última en las páginas de La Ilustración Potosina, semanario fundado por el autor en aquellas tierras. Un año después, ya de vuelta en la Ciudad de México, emprendió un proyecto narrativo más ambicioso que los anteriores: la redacción de “una colección de pequeñas novelas” con el título genérico de La Linterna Mágica, que se distribuyeron semanalmente en fascículos de 36 páginas, acompañados de ilustraciones.5 La primera entrega, correspondiente a la segunda edición corregida y aumentada de Ensalada de pollos, comenzó a circular el 1° de junio; la última, el final de la novela Gabriel el cerrajero o las hijas de mi papá, se difundió alrededor del 27 de septiembre de 1872. En total, unas sesenta entregas de las cuales se tiraron entre dos mil y dos mil quinientos ejemplares, y que produjeron la nada despreciable cantidad para la época de “veinticinco mil pesos”. Facundo sólo recibió doscientos pesos por la redacción de las seis novelas que conformaron aquella primera época de la serie, donde se incluyeron, además de los dos títulos antes citados, Historia de Chucho el Ninfo. Con datos auténticos, dichos e indiscreciones familiares (de las que el autor se huelga), Isolina la ex-figurante (apuntes de un apuntador), Las jamonas. Secretos íntimos del tocador y del confidente, y Las gentes que ‘son así’ (perfiles de hoy). Cuando, una década más tarde, el periodista Ángel Pola le preguntó sobre aquella aventura editorial, Facundo rememoró su génesis en estos términos:
—“Vamos a hacer que escriba” [propuso el escritor Manuel Peredo]. Le pedí un título y me lo dio: La Linterna Mágica. […] Viendo que el aviso de una novela costaba, anunció de una vez cuatro. Un día me lo avisó delante de Epigmenio, sin tener yo una sola escrita. ¡Quién dijo miedo! Yo soy audaz. […] ¡No tenía ni los títulos! El señor Cumplido me decía: “Es preciso que las traiga usted para tener original a mano”. —No –le contestaba–, no, porque las estoy corrigiendo. ¡Cómo le iba yo a confesar que no las tenía escritas! No me creería capaz y se echaba a perder todo. Llegó el día de dar material y treinta y seis páginas se comieron diez cuartillas de letra mía, menuda y metida. Material y más material me pedían, y yo escribía y escribía; andaba moviendo mis personajes en mi imaginación, en las calles, y en todas partes. Material, y más material; y me ponía a escribir hasta las dos de la mañana. A las tres o cuatro entregas ya se me facilitó. Yo nunca escribo una novela sin que me la pidan, ni menos para leerme a mí mismo.6
Esa actitud intrépida de nuestro escritor le sirvió de guía para introducirse con éxito en las turbulentas aguas de la escritura folletinesca o por entregas semanales, que tuvo un enorme auge tanto en Europa como en México durante el siglo XIX. Fenómeno de mercadotecnia, este modo de producción literaria obligaba al creador a aplicar una serie de estrategias para ajustarse a las exigencias de los editores, pero sobre todo de los lectores, quienes determinaban el éxito o fracaso de una novela al comprar o no los sucesivos episodios de una historia cada semana. Para despertar y conservar su interés, el autor tenía que utilizar recursos como: la “anticipación de acontecimientos para mantener la intriga de los hechos”; la redundancia, con la finalidad de que el público no olvidara los episodios anteriores y pudiera “seguir asombrándose con nuevas situaciones”;7 y el corte sorpresivo al final de la entrega, con el fin de arrastrar la tensión y crear eficazmente el suspense, gracias al cual los suscriptores se “engancharían” con lo narrado.8 A ello sumaría tanto el uso de un lenguaje y estilo sencillos, como el tratamiento de unos cuantos temas con los cuales se pudieran identificar con facilidad los lectores a quienes estaba dirigida la obra, pero que también permitieran al creador expresar su visión de mundo, sus preocupaciones frente a su entorno.
En el caso de Cuéllar, la mayor parte de sus producciones se dirigirían a la emergente clase media capitalina, así como a las altas esferas de la comunidad nacional. Para retratarlas “en plena comedia humana”, recurría a la configuración de “tipos”; es decir, de figuras “inmutables, [cargadas] de una vez y para siempre de una serie de características, sin la evolución, sin los cambios que son de esperarse en el desarrollo de un personaje […]”.9 A través de ellos le fue posible recrear críticamente el comportamiento de estos grupos, considerados por Facundo como los principales responsables de lograr la consolidación y el progreso de México en tanto nación independiente. Siempre con ironía y cierto humor negro, se propuso, así, retratarlos a la luz de su linterna,
no en drama fantástico y descomunal, sino […] en la vida real, sorprendiéndoles en el hogar, en la familia, en el taller, en el campo, en la cárcel, en todas partes; a unos con la risa en los labios, y a otros con el llanto en los ojos; pero he tenido especial cuidado de la corrección en los perfiles del vicio y la virtud: de manera que cuando el lector, a la luz de mi linterna, ría conmigo, y encuentre el ridículo en los vicios, y en las malas costumbres, o goce con los modelos de la virtud, habré conquistado un nuevo prosélito de la moral, de la justicia y de la verdad.10
Casi diez años después de dar a la imprenta estas líneas, en 1882 Facundo acometió la elaboración de un nuevo, aunque menos extenso, ciclo narrativo en el que, aun cuando atenuó el dominante sesgo moralista de sus novelas anteriores, no renunció a seguir retratando, con matices jocoserios cada vez más ácidos, a sus contemporáneos. Una era de mudanzas enmarcó esta empresa literaria de Facundo. Tras diez años de vivir como diplomático en los Estados Unidos, nuestro autor regresó a un México en pleno espejismo modernizador, bajo el liderazgo de Porfirio Díaz y su compadre Manuel González. A diferencia del país que había abandonado, donde todo estaba por definirse, por nombrarse, en la década de los ochenta, los esfuerzos de los grupos en el poder estaban dirigidos a industrializar la nación, a dotarla de vías férreas y capitales extranjeros que fomentaran el desarrollo económico y material. Las constantes noticias sobre descubrimientos científicos y tecnológicos, a la vez que la cotidiana exhibición de objetos suntuarios y la intensificación de la vida pública por la diversidad de espectáculos artísticos y deportivos, fueron remodelando los espacios tanto privados como públicos de la sociedad mexicana, sobre todo la capitalina; fueron, asimismo, modificando sus maneras de actuar, de relacionarse en un medio donde las apariencias cobraban cada vez mayor relevancia.
En ese contexto, Facundo publicó en la prensa, otra vez por entregas, sus novelas La Noche Buena. Negativas tomadas del 24 al 25 de diciembre de 1882 (1883), Los fuereños (1883), El Divorcio (1883-1884, inconclusa) y Baile y cochino... (1885),11 en las que dejó que todo ese asombro ante las novedades de la época se filtrara en sus narraciones. Sin embargo, en ellas, el alumbrado público, el telégrafo, el teléfono o los ferrocarriles sirvieron únicamente de escenografía para la descripción irónica de un país dividido entre una “moderna”, pero viciosa Ciudad de México, y una provincia tradicional, ignorante, a merced de la malicia y los “progresos” citadinos; en fin, una comunidad desigual, materialista, cuyos hábitos ya no se normaban por valores cívicos y morales, sino monetarios. Ante las nuevas condiciones, el autor tuvo que contener su vena descriptiva en favor de la creación de una literatura mucho más ágil, eficaz, directa y atractiva para un público que “modernizaba” sus usos cotidianos, pero también sus prácticas lectoras. Un ejemplo magnífico de las variaciones en el estilo facundiano lo encontramos en un largo pasaje de la estupenda novela Baile y cochino..., donde, con tintes impresionistas, el narrador describe una sensual metrópoli capitalina a través de los ojos de un personaje femenino:
Los sentidos de Enriqueta estaban cogidos por una gran caricia mundana. El ruido de los carruajes la aturdía como aturde un gran beso. Una carrera vertiginosa de imágenes fugaces, producía en sus ojos ese deslumbramiento de los grandes espectáculos. La trepidación del pavimento le comunicaba una especie de cosquilleo magnético que le subía desde los pies hasta la cintura, y la brisa húmeda impregnada de olor a tierra y olor a barniz de coche y a cuero inglés, armonizaba el conjunto de sus sensaciones; y porque el sentido del gusto no fuera excluido de aquel quorum sensual, masticaba con sus pequeños dientes, para hacer saliva, un pétalo de rosa.12
Este afán de Facundo por pintar “esos tiempos que corrían”, por dar cuerpo y forma a las costumbres de sus compatriotas, le valió el reconocimiento inmediato de importantes escritores como Altamirano y Guillermo Prieto, quienes elogiaron la habilidad del narrador para recrear el entorno nacional. Aunque pronto su narrativa cayó casi en el olvido, hasta mediados de la década de 1940, todavía es posible encontrar comentarios favorables a su obra. Plumas como las de Federico Gamboa, Carlos González Peña y Salvador Novo, entre otras, celebraron el trazo dinámico, la “pincelada feliz y rápida”, el “lapizazo que, en ocasiones, rasga la piel”, con los cuales dio vida a esos lienzos donde se desenmascaraba el “modo de ser más íntimo y recóndito” del mexicano de su momento;13 en su escritura percibieron todavía el movimiento constante, las huellas del presente que siempre quiso imprimirles a sus novelas.14 Por desgracia, hacia mediados del siglo XX, críticos como Antonio Castro Leal y José Luis Martínez difundieron una opinión generalizadora y sesgada de las creaciones de Cuéllar, a las que encasillaron en la línea más tradicional y estatista del costumbrismo mexicano e ibérico (Joaquín Fernández de Lizardi, Mesonero Romanos y Estébanez Calderón, respectivamente). “Galería de ‘cuadros de costumbres’”, escenografías casi teatrales, según Martínez, integraban La Linterna Mágica, cuyas “historias” se definían por introducir siempre “una acción esquemática en la inmovilidad acostumbrada de los [aludidos] ‘cuadros’”.15 Contra esa visión tradicionalista, desde finales del siglo antepasado hasta la fecha, los estudiosos del siglo XIX hemos intentado no sólo ver con otros ojos estas narraciones, sino también ponerlas de nueva cuenta en circulación para que el público actual pueda juzgar y, sobre todo, gozar con las obras de este narrador.
DE AFEMINADOS Y PROSTITUTAS: DOS NOVELAS “EJEMPLARES” DE FACUNDO
A lo largo de estas páginas he aludido a las ideas literarias de Cuéllar, así como a su íntimo compromiso con la construcción de la nación por medio de la letra; sin embargo, a diferencia de otros autores, pienso por ejemplo en Altamirano, nuestro escritor no acudió a los dramas románticos e idílicos para participar en esta labor fundacional. Por el contrario, encontró en el error, en la falta, en lo anormal, en lo inmoral, una forma más directa y divertida de intentar modificar y normar la conducta de los nuevos ciudadanos. Utilizando el “contraejemplo”, es decir, aquello que no se debe hacer, ridiculizó y condenó los vicios de sus coterráneos, con el fin de establecer nuevas reglas de convivencia, ya no basadas en parámetros religiosos, sino en usos cívicos y seculares cada vez más modernos.
Tal fue el caso de las novelas que se incluyen en el presente volumen, en las cuales, a través de las figuras del afeminado y de la prostituta, retrató un México en pleno proceso de transformación, en búsqueda de identidad. Escritas con más de una década de distancia, estas novelas, como podrá constatar el lector, muestran no sólo las mudanzas en el estilo facundiano, cada vez más irónico, rápido y directo, sino también las preocupaciones, los fantasmas que lo persiguieron casi obsesivamente a lo largo de su vida como escritor: las consecuencias de la falta de educación, la mercantilización de las relaciones humanas, y la gran paradoja de que el progreso económico no contribuyera al mejoramiento de la nación, sino que, por el contrario, corrompiera más aún a sus integrantes.
Escrita en 1871, la Historia de Chucho el Ninfo narra las aventuras infantiles y juveniles del personaje que da título a la obra. Niño mimado y caprichoso, Chucho nace y crece rodeado de mujeres que lo aman y adulan, pero que no lo educan. Su madre, según el narrador, “era casi tan consentidora y tolerante como la patria, y Chucho asumía la soberanía nacional” (Cap. I). Sin rumbo y sin guía paterna, este niño malcriado terminará convirtiéndose en la adolescencia en un Ninfo, en un hombre demasiado preocupado “por la propia imagen en términos de vestido, peluquería, cosméticos, zapatos, así como por el gusto por asuntos mundanos pero improductivos, como el baile, la fiesta, la seducción”.16 Como bien advirtió Carlos Monsiváis, en el siglo XIX “lo masculino es la substancia viva y única de lo nacional, entendido […] lo nacional como el catálogo de virtudes posibles, ejemplificadas míticamente por los héroes”.17 Contrario a esas figuras viriles y “ejemplares”, el protagonista es descrito como un ser enfermizo y débil, entregado a “perfeccionar” artificialmente su deficiente constitución física:
Chucho repugnaba la acentuación varonil y combatía en su fisonomía la venida de esas líneas que deciden el aspecto viril. Chucho deseaba aparecer niño, y una mancha en el cutis la hubiera conceptuado como una verdadera desgracia.
El uso del cold-cream había realizado su ensueño de tener una tez virginal; había logrado mantener arqueadas las pestañas, calentándoselas con un instrumento de su invención; se pintaba los labios con carmín, y tenía diez preparaciones diversas para conservarse la dentadura. Había logrado convertir su cabello lacio y opaco en ensortijado y brillante; conocía todas las preparaciones adecuadas al efecto, y empleaba gran número de peines y cepillos en su tocador (Cap. XIX).
El amaneramiento de Chucho representa, sin duda, una conducta anómala para la época; sin embargo, su afeminada personalidad resulta aún más incómoda e, incluso, peligrosa por el deseo que despierta en las mujeres, solteras y casadas, de las clases media y alta. Incultas y supersticiosas, éstas desfallecen ante la presencia del elegante Ninfo, poniendo en riesgo una de las principales instituciones con las que contaba el Estado para difundir las pautas de comportamiento deseables: la familia. La sombra de la infidelidad que proyecta la figura de Chucho hace temblar a la familia republicana, considerada como la principal célula que permitiría transmitir masivamente los símbolos y valores, por medio de los cuales se pretendía homogenizar y dar cohesión a una comunidad diversa y, por muchos años, anárquica. Centro de ese núcleo, la mujer debía conservar a toda costa la honra de su marido y mantenerse fiel, encerrada en casa bajo la vigilancia de otras mujeres (madre, abuela o suegra) o de otros hombres (esposo o confesor espiritual).
En la novela de Facundo, las artes de seducción de Chucho logran romper ese cerco e introducir en más de un hogar la serpiente del deseo, que empuja a romper las reglas y entregarse con pasión al desenfreno amoroso. Su estilizada imagen se utiliza como pretexto para exponer las consecuencias negativas de la mala educación en todos los estratos de la población; para evidenciar, de igual forma, la fragilidad de los matrimonios que dependían de la inteligencia emocional e integridad moral de las mujeres. A ellas, justamente, se dirige Facundo cuando ridiculiza la inclinación femenina hacia la presencia de Chucho, cuya historia no sólo sirve de advertencia a las lectoras, sino que también permite mostrar un México en franca reorganización, enfrentando grandes transformaciones, al consumarse el triunfo liberal sobre los grupos conservadores e imperialistas.18
En 1883, en los umbrales del Porfiriato, Cuéllar publicó, también por entregas, la novela corta Los fuereños, en las páginas del periódico El Diario del Hogar. En esta pieza recuenta las desastrosas vacaciones de una “inocente”, pero pretenciosa, familia del interior de la República en una ociosa y prostituida Ciudad de México. Incapaces de leer correctamente los modernos usos citadinos, los fuereños cometen una y otra vez errores “sociales” que los ponen a merced de la fauna capitalina sin escrúpulos. Más vulnerables a los efectos negativos del “progreso”, los jóvenes integrantes de esta familia sufrirán las consecuencias de la ridícula ignorancia e inocencia pueblerina de sus padres. Mucho más breve y mejor construida que la novela anterior, Los fuereños evidencia la gran preocupación de Facundo respecto de la principal paradoja que enfrentaba México al ingresar al mundo del capital: el avance económico e industrial de la nación no parecía contribuir al perfeccionamiento ni a la homogeneización de sus ciudadanos; por el contrario, sólo fomentaba la multiplicación de diversiones y relaciones superfluas, viciosas, que no estrechaban los vínculos entre la población diversa que habitaba a lo largo y ancho del territorio nacional.
En Los fuereños ya no es el tipo del afeminado el que rompe el orden establecido, sino la presencia seductora de la prostituta, quien se pasea sin ningún pudor por las principales calles de la metrópoli en busca de clientes o incautos que paguen por sus servicios. Deslumbrado por el espejismo urbano, el más joven del clan, un charrito llamado Gumesindo, cae en las redes de una de “estas señoras”, a la que confunde con una muchacha “decente”. Este equívoco provocará la ruina económica de la familia, así como la pérdida de la inocencia de este personaje y sus dos hermanas, quienes regresarán a su tierra tristes y enfermos de modernidad.
No obstante que el incremento de esa actividad en la ciudad fue uno de los problemas que enfrentaron las diferentes administraciones porfirianas, lo cierto es que las prostitutas se convirtieron en el gran símbolo tanto de todos los males urbanos, de todas las amenazas que ponían en riesgo la salud de los cuerpos ciudadanos, como de los resultados negativos de fomentar la comercialización desmedida y deshumanizada. Su persecución posibilitó establecer claros límites entre lo normal y anormal, entre los sujetos que tendrían o no un lugar en el nuevo orden. Partícipe de ese discurso, Cuéllar señaló en la novela la obligación del Estado de reordenar e higienizar el espacio urbano, así como todas las prácticas cotidianas de sus habitantes. Por medio de los tragicómicos infortunios amorosos de Gumesindo, sostuvo la necesidad de controlar al gremio de las prostitutas que contaminaba a la ya de por sí viciosa y anémica juventud mexicana:
Simones más o menos desvencijados y ridículos ocupados exclusivamente por las prostitutas registradas por la policía, ataviadas con los colores más chillantes y los trajes más escandalosos, emprenden durante dos horas la liza de la prostitución con la sociedad, en una especie de vítor o convite de circo coronado de polvo. Una concurrencia numerosísima se coloca en ambas aceras a todo lo largo de ese hipódromo de yeguas humanas, que aún se atreven a cruzar, con la tranquilidad de la inocencia, algunas señoras y algunas niñas de la buena sociedad. El espectáculo no es nada edificante: coches con mujeres públicas, un público masculino, endomingado y lelo, haciendo alarde de su contemplación estática, sin las pretensiones de pasar por simple curioso. Más bien pretende hacer el oso en manada, lo cual, aunque es nuevo, no es del mejor gusto. En ese público que ha resistido y resiste el apodo de lagartijas, abundan los pollos imberbes, haciendo castillos en el aire, lamiéndose los labios, baboseando los nombres de las mujeres perdidas, y trasmitiéndoselos, para llenar la estadística del vicio e iniciarse en sus misterios por el camino más corto y a la faz del mundo, y para completar cuadro, que tan poco honra a nuestras costumbres, el asunto de contemplar prostitutas, se combina con el asunto de poblar la larga fila de cantinas y tabernas que se repiten a cortos trechos en toda la avenida (Cap. VII).
Ciertamente, pasajes como el anterior no abundan en esta novela, en la que Cuéllar aligeró el peso de sus críticas, tal vez porque estaba consciente de que debía competir con el contenido noticioso y sensacionalista de los periódicos. En busca de ganar lectores, el narrador centró su atención en el risible asombro de los fuereños frente a los avances tecnológicos de la ciudad y las nuevas dinámicas de comportamiento de los capitalinos. Por medio del humor, de nueva cuenta, se mostró como un espíritu siempre alerta y preocupado por el estado de la comunidad nacional; en sus páginas, es posible avizorar los tropiezos y las dificultades que enfrentó ésta en su intento por reinventarse y transitar de un estado religioso a uno secular. Al igual que el país, su pluma se transformó, se “modernizó”, se adaptó a cada momento; sin duda, las novelas incluidas en este tomo son la mejor muestra de las variaciones estilísticas e ideológicas que el autor ensayó a lo largo de tres décadas de constante y comprometido ejercicio escritural. En ellas, el lector evocará, como dijera Salvador Novo, “tipos y situaciones que no [conocimos], pero cuya continuidad, evolución y permanencia en nuestra vida nacional [nos hace] advertir su lectura”; experimentará, asimismo, “un goce auténtico”,19 una fascinación por esos tiempos idos que aún resuenan en el México de hoy.
1 Si el lector desea conocer más datos sobre la vida de Facundo, puede consultar el texto de Clark de Lara, “V. José Tomás de Cuéllar. Semblanza biobibliográfica”, incluida en la edición facsimilar de La Ilustración Potosina, pp. 88-96.
2 Cuéllar, “La literatura nacional”, en La Ilustración Potosina, p. 5.
3 Véase Zavala, “Estudio preliminar”, a Cuéllar, Obras V, pp. LXXIII-XCIII.
4 Altamirano, Obras completas XII, p. 48.
5 En el ínterin, escribió “Las Posadas”, publicadas en el volumen colectivo Álbum de Navidad. Páginas dedicadas al bello sexo (Imprenta de Ignacio Escalante y Cía., 1871) y, unos meses después, en el periódico La Democracia (1872), y “El hombre-mujer”, novela inconclusa aparecida en La Linterna Mágica, periódico de la Bohemia Literaria (1872).
6 Pola, “De visita. José T. de Cuéllar”, en El Universal, 21 de febrero de 1894, p. 2.
7 Aparici y Gimeno, Literatura menor, pp. XLV, L.
8 Iser, “La estructura apelativa de los textos”, en Rall (comp.), En busca del texto, p. 108.
9 Chaves, Los hijos de Cibeles, p. 54.
10 Cuéllar, Obras II, p. 4.
11 Entre 1889 y 1892, Facundo reeditó en España todas estas piezas en la segunda época de la serie La Linterna Mágica, donde compiló buena parte de su producción tanto poética como novelística y periodística. En ella se incluyó también la novela inédita Los mariditos. Relato de actualidad y de muchos alcances (1890), que al parecer el autor escribió expresamente para dicha colección editorial.
12 Cuéllar, Obras X, en prensa.
13 Gamboa, La novela mexicana, pp. 30-40; González Peña, Historia de la literatura, p. 246; y Novo, En defensa de lo usado, p. 120.
14 Magdaleno, “Prólogo” a Cuéllar, La Linterna Mágica, p. X.
15 Martínez, La expresión nacional, pp. 283-284.
16 Chaves, “Elaboraciones literarias cultas y populares sobre el ‘homosexual’ en el cambio del siglo XIX al XX en México”, en Acta poética, vol. 26, núms. 1-2, 2005, p. 429.
17 Monsiváis, “Los iguales, los semejantes, los (hasta hace un minuto) perfectos desconocidos (A cien años de la Redada de los 41)”, en Debate Feminista, año 12, vol. 24, 2001, p. 304.
18 Para ahondar en estas cuestiones, puede verse el trabajo de Clark de Lara, “Estudio preliminar” a Cuéllar, Obras III, pp. LXI-CXXIII.
19 Novo, En defensa de lo usado, p. 120.
NOTA EDITORIAL
El presente volumen consta de las novelas Historia de Chucho el Ninfo. Con datos auténticos debidos a indiscreciones femeniles (de las que el autor se huelga) y Los fuereños. La primera fue publicada por entregas en 1871 en el taller del reconocido editor Ignacio Cumplido, como parte de la serie narrativa La Linterna Mágica; en 1890 se reeditó en Barcelona, en dos tomos y con algunas variantes, en la Tipo-Litografía de Hermenegildo Miralles, como parte de la segunda época de la aludida colección. Los fuereños apareció en primera instancia en las columnas del periódico El Diario del Hogar, del 11 de marzo al 10 de junio de 1883; años después, en 1890, se imprimió en forma de libro como el séptimo volumen de la segunda época de La Linterna Mágica, bajo el sello editor español Imprenta y Litografía El Atlántico.
Los testimonios aquí presentados provienen de las novelas editadas por el Seminario de Edición Crítica de Textos del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. En ambos casos, se decidió conservar las primeras versiones de las obras, elaboradas en territorio mexicano y, con seguridad, revisadas por el autor. Sin embargo, para la mejor comprensión del texto, se optó por actualizar la puntuación y la ortografía, de acuerdo con las normas vigentes.
Historia de Chucho el Ninfo
Con datos auténticos debidos a indiscreciones femeniles
(de las que el autor se huelga)
(1871, 1890)
Al deleite se arroja
necia la juventud: viento bravío
de flores la despoja;
y en su follaje umbrío
busca y no halla provechos el estío
CASIMIRO COLLADO
CAPÍTULO I
EN EL QUE SE VE QUE EL AMOR ACARAMELADO DE LAS MAMÁS NO ES EL MÁS A PROPÓSITO PARA CRIAR HÉROES
Allá por los años de cuarenta a cuarenta y uno pasaba todas las mañanas por el costado norte de la Alameda, una criada joven, limpia y relamida, conduciendo a un niño muy lindo.
La criada se miraba en el niño, lo cual no era un obstáculo para que el alamedero se viera en la criada; porque al pasar, criada y niño, por la puerta que ve a la Santa Veracruz, el alamedero se paraba allí invariablemente para saludar a la criada.
El niño se veía libre de la mano que lo conducía y se ponía a jugar, mientras el alamedero hablaba cosas más formales con la criada.
Al niño, al alamedero y a la criada se les hacía tarde. Solía transcurrir una hora, de ésas que parecen un soplo, horas de niño, horas de amor, que se pierden sin saber cómo.
Al cabo de esa hora, el calor del día había aumentado, y con el calor los colores de la criada, que estaba entonces más bonita; el niño se había empolvado los zapatitos y el alamedero había tenido tiempo de hacer en el respaldo de la banca un agujerito, donde le cabía el dedo.
Como todos los días se sentaban en el mismo lugar, el agujerito iba siendo más hondo. Esta manía de perforación no es sólo peculiar del alamedero en cuestión, la incuria tiene una mímica taladrante, significativa y especial. El indio, sobre todo, no trata de asuntos amorosos sin rascar la pared, la beldad cerril no oye si no rasca, y el elocuente lenguaje de las manos, el recomendado acto segundo, se reduce en ciertas gentes a hacer un agujerito.
La criada y el niño seguían el camino de la escuela y el alamedero se quedaba parado.
El niño había nacido el día del Dulce Nombre de Jesús; lo cual, en concepto de su mamá había sido una felicidad, en virtud de la cual le daba a su hijo el nombre menos parecido al de Mártir del Gólgota; le llamaban Chucho y Chucho le decían todos, y como tal Chucho nos le presentaron en el mundo.
Chucho tenía siete años, pero representaba cinco, y estaba aprendiendo a leer en una Amiga,1 porque su mamá temía que los niños de la escuela le enseñaran algo malo a Chucho, lo cual no podía suceder con las niñas.
Chucho, sin ser precisamente de la opinión de su mamá, estaba muy contento entre las niñas: bienestar a que quedó aficionado perpetuamente. Chucho era dócil, manso, dulce e inocente. Era la adoración de su mamá.
Hablemos de su mamá. Era toda amor: ¡por amor se había casado con un oficial! Con la intervención de la autoridad y sin el consentimiento paterno; por amor había seguido a su marido al campo del honor en donde quedó viuda; por amor lloró largos días y por amor se sacrificaba por Chucho. La mamá de Chucho era lo que se llama vulgarmente un terrón de amores.
Tenía veintiséis años, y no era precisamente una hermosura, pero tenía un chisgo2 y un aquel, que al difunto militar lo volvieron loco. Se llamaba Elena y era hacendosita, devota y locuaz.
El ministro de la Guerra tenía simpatías por Elena, lo cual proporcionaba a la viuda comodidad en la quincena y con esto y las buscas3 de que hablaremos después, Elena y su hijito Chucho no le llegaban a ver las orejas al diablo de la miseria, sino que, por el contrario, no faltaba lengua que, de las comodidades de la viuda, sacase intrincadas y difamatorias deducciones.
La infancia de Chucho atravesó por esa clínica complicada y penosa de la mayor parte de los niños en México, época fecunda en peripecias, las más veces precursoras de pérdidas tempranas.
Llama la atención, de día en día, el obituario de los niños; la muerte se complace en arrancarle a México a centenares sus botones, y cuando éstos se salvan de los peligros inminentes de la infancia, es para guardar lesiones que, cuando menos, marchitan a los niños, dejándoles desmedrados y enclenques, pequeños, débiles y malcriados como los pollos de la ensalada.4
Entristecen esas reuniones de niños que, conducidos por las mamás y las nodrizas, salen a buscar en el Zócalo o en la Alameda un poco de oxígeno, después de una bronquitis, una pulmonía, una disentería o el crup.
Gavarni no podría menos que representar esos grupos inocentes por medio de un manojo de salsifí[e]s ataviados con sombreritos con plumas y flores.
Chucho tuvo todas las enfermedades, desde las de la dentición hasta las de la falta de higiene y sentido común de la almibarada Elena, su madre, quien, como quería tanto a su hijo, lo mataba.
Elena no empleaba el caudal de razón, de superioridad y de experiencia de la madre para criar a su hijo, sino solamente el inmoderado deseo de complacerlo.
Chucho no era el ser débil y tierno, cuya difícil conservación está encomendada a ese cuidado y desvelo maternal de que nos dan tan elocuentes ejemplos los animales; no, Chucho era un tiranuelo en pañales que borraba con el torrente de sus lágrimas toda medida racional para su conservación.
Elena creía firmemente que su única misión como madre era darle gusto a su hijo. Las lágrimas de Chucho eran un ukase5 para Elena. Chucho, llorando, hubiera hecho de Elena una heroína. Elena perdió a jirones su lozanía, viéndose en Chucho. El amor maternal estaba representado por el conjunto de todas las condescendencias, y nunca mayor suma de tiranía estuvo representada en sultán tan pequeño.
Chucho nació dominando para que nunca naciera en él la intuición de la primera superioridad: la madre. Tan luego como Chucho supo pegar, le pegó a su madre. Elena festejó esta primera gracia, admirándose ingenuamente de la precocidad del niño. Chucho sabía romper juguetes de alto precio, y era muy afecto a jugar con pesos fuertes, a que llamaba medios.6 Efectivamente, son el medio que conduce al hombre a todos los fines. Elena, en suma, era la madre más pañalona que se conoce; era casi tan consentidora y tolerante como la Patria, y Chucho asumía la soberanía nacional.
Así fue creciendo Chucho, objeto, siempre y a pesar de todo, del más acendrado de los cariños.
Chucho era uno de los niños más bien vestidos y más bien aseados que se conocen, pues el aseo era una de las pasiones dominantes de Elena. Chucho era, además, un niño muy bonito, que le disputaba la hermosura a su madre. Elena estaba loca de gusto.
Un día lloraba Chucho a reventar; aturdía, cansaba, alborotaba el mundo. El niño a quien Elena llamaba su rey, y su ídolo, y su todo, tenía un capricho: quería pegarle con su espadita a un niño pobre; la madre del niño pobre estaba pidiendo limosna a Elena.
—¿Cómo darle gusto a mi hijo? —decía ésta—. Señora —continuó dirigiéndose a la pobre—, ¿quiere usted que mi Chucho le pegue a su hijo de usted?
—¡Señorita! —exclamó la pobre.
—No tenga usted cuidado, tome usted esto —y le dio un peso—, yo le cambiaré a mi hijo su espadita de fierro por una de cartón.
—¿Y si lastimare a mi hijo, señorita?
—No hay que temerlo, es un juguete, pero vea usted a mi hijo cómo llora; consienta usted, consienta usted; se lo suplico.
Chucho logró pegarle al niño pobre, y madre e hijo quedaron satisfechos.
El niño pobre no lloró, pero la madre pobre sí lloró sobre aquella moneda más valiosa y más amarga que todas.
He aquí por qué camino y por medio de qué circunstancias se habían sofocado en el alma de Chucho estos dos sentimientos: el respeto a la madre, y la consideración a los pobres.
Estas condescendencias habían hecho en la moral de Chucho lo que hacen los jardineros para impedir el nacimiento de una rama en el arbusto: destruir las yemas.
Como los niños le hacían mal a Chucho, y las niñas no, Elena procuraba inculcar a su hijo esta máxima:
—No quieras a los hombres.
—¿Y a las mujeres? —preguntaba el angelito.
—A las mujeres, sí.
—Por eso quiero a las niñas de la Amiga.
—¿Y a mí, me quieres?
—A ti no.
—¿Por qué, mi rey?
—Porque no me compras un coche.
—Yo te lo compraré, encanto mío.
—Pero pronto.
—Muy pronto, mañana.
En el fondo de este pequeño diálogo, había otras dos yemas que Elena destruía para que no crecieran las ramas.
No crecerían ni la sociabilidad ni el valor, pero en cambio nacería la pasión por el lujo, sacrificando a este vicio social el amor filial.
Elena y un usurero compraron al día siguiente un lindo cochecito de muelles para Chucho, y en el mismo día un tronco de chivos guarnecidos.
Chucho atesoró con hartura en su pequeño corazón toda la dosis de orgullo de que es capaz un niño. Elena, toda la vanidad de madre que representaba el papel de rica y hacía feliz a su hijo. El usurero acumuló otro veinticinco por ciento al crédito de Elena. Los tres estaban contentos, el cochecito de Chucho hizo gran sensación en Las Cadenas y en la Alameda.
En ese día no se hizo más que pasear a Chucho.
Chucho estaba más bonito cada día y, después de sus enfermedades, crecía con ese desarrollo lento de los niños débiles, y apenas una tinta sonrosada, como de rosa pálida, coloreaba sus mejillas.
Elena, no obstante, veía con placer aquel desarrollo y, al notar que las formas del niño se redondeaban, abandonaba sin dificultad la idea del vigor varonil, tan deseado en el crecimiento del niño, y se inclinaba a contemplarlo bajo la forma femenil.
Elena había agotado ya todas las modas, y su imaginación se había cansado inventando trajecitos fantásticos para Chucho, hasta que un día le ocurrió vestirlo de mujer.
Chucho se exhibió vestido de