Introducción
El eslogan «lo personal es político» ha permeado hasta el extremo de lo cotidiano, transformando sociedades enteras en campos de batalla donde vecinos, amigos y familias, hombres y mujeres se distancian por fanatismos ideológicos. Las redes sociales, convertidas en vitrinas de realidades ficticias, funcionan como patios de recreo para adultos que se citan a la salida del instituto para solucionar disputas infantiles. La simulación nos envuelve, en una aceleración vertiginosa, sin un rumbo claro. Persiste una incertidumbre general, una inquietud que nos agita. No hay asidero alguno: todo parece previsible, caduco, y, sin embargo, se avecina algo inédito, a la vez fascinante y aterrador, mientras se desmoronan las estructuras que podrían sostenernos ante lo desconocido.
Antes de continuar, y teniendo en cuenta este contexto delicado, advierto de que en este libro cuestionaré mitos y tabúes contemporáneos, lo sagrado y lo profano, sin pretender complacer a grupos identitarios. Busco, en cambio, puntos de encuentro con individuos abiertos al acuerdo y la discrepancia, con el fin de expandir perspectivas. No escribo para convencer, sino para ordenar mis ideas, aprender, compartir y cuestionar mis certezas. Por eso, no prometo que mis opiniones de hoy permanezcan inalteradas mañana: me reservo el derecho a repensarlas. Algunas ideas, sin embargo, no nacen de opiniones efímeras y no cambiarán, aunque transmitirlas sea lo más desafiante.
La crítica cultural, aunque esencial e intrigante, genera un ruido ensordecedor que agota. Nos hemos habituado a niveles de estruendo tan altos que anhelamos el silencio en lo cotidiano, como el trabajador que ansía sus breves vacaciones. Nos hemos acostumbrado a vivir a toda prisa, a consumir interminables contenidos en internet, a no parar la maquinaria de la mente, pero necesitamos aprender a detenernos y prestar atención, y eso requiere ir más allá de la mera actualidad, la batalla cultural y la política, hacia una indagación más honda del yo. Es lo que propongo en estas páginas, aunque a veces suene inusual, incluso para quienes creen anticipar mis derroteros. Aquí os cuento lo que pienso de forma alternativa o, al menos, una parte de ello…
Para iniciar esta indagación, exploremos el paradigma woke y su deterioro a través de una analogía ancestral: en las vastas llanuras de la antigua Sinar, la humanidad se congregó bajo un lenguaje común y erigió la torre de Babel como emblema de su ambición colectiva. Aspiraban a trascender los límites humanos, a rozar lo infinito con manos mortales, forjando un orden autosuficiente libre de jerarquías externas o normas impuestas desde lo alto. Sin embargo, esa unidad era precaria: se sustentaba en la hybris,[1] ciega ante las grietas inherentes a la condición humana. La soberbia generó su propia caída: las lenguas se fragmentaron en dialectos incompatibles, la comunicación se volvió caos, las alianzas se disolvieron y la torre quedó como un armazón vacío, un recordatorio de las aspiraciones desmedidas que dispersaron a los pueblos por el mundo.
De forma similar, la distopía cultural que se despliega en estas páginas se erige sobre otro «lenguaje común»: la neolengua woke. Bajo la promesa de igualdad radical, moviliza multitudes, pero pronto la cohesión se resquebraja. El discurso muta en instrumento de control dogmático, las disidencias se estigmatizan como traiciones imperdonables, y la uniformidad ideológica sofoca la creatividad que emerge de la diversidad auténtica. El colapso irrumpe cuando el discurso unificado se astilla en conflictos internos: facciones que se acusan mutuamente de tibieza y contradicciones que proliferan hasta que la torre woke se derrumba, víctima de la misma lógica que pretendía erigirla.
Esta analogía evoca el arquetipo de la torre en tradiciones simbólicas: una construcción nacida del ego humano que, inevitablemente, es derribada por una fuerza divina, representada por un rayo. La caída no es solo destrucción, sino una revelación que expone la fragilidad de falsos ídolos, desalojando a quienes se aferran a ilusiones compartidas. En este contexto, la «torre woke» se desmorona en un estruendo previsible, dejando un mosaico de discursos fragmentados. No obstante, la caída allana el camino para la posibilidad de un horizonte de cohesión que surja de un diálogo lúcido que reconcilie las herencias olvidadas con el momento presente.
Sin embargo, la ruptura de marcos compartidos nos confronta con lo incierto: la disolución de certezas, el eco de significados perdidos y la irrupción de tecnologías que conectan sin límites pero que despiertan interrogantes sobre la identidad, la realidad y la esencia humana.
Entre mito ancestral, análisis político y crítica cultural, este relato propone una lectura especulativa que invita a la reflexión, no a la adhesión; a interrogantes, no a dogmas. Explora los orígenes, las fisuras y el colapso del imaginario woke para conducir hacia una indagación más valiente que los pensadores posmodernos solamente comenzaron; estos apenas abrieron un abismo inevitable ante los límites de la razón, del que huyeron despavoridos en busca de consuelo. Pero no hay escapatoria ante lo desconocido ni paraíso pretérito al que regresar. Solo queda enfrentar el caos y, desde él, alumbrar un orden superior: algo nuevo que, sin embargo, resulta de algún modo familiar.

Estamos en caída libre hacia el futuro. No sabemos adónde vamos. Las cosas cambian tan rápido, y siempre que pasas por un largo túnel, llega la ansiedad. Y todo lo que tienes que hacer para transformar tu infierno en un paraíso es convertir tu caída en un acto voluntario.
Joseph Campbell

1
La maquinaria woke: orígenes, mitos y contradicciones
Introducción al pensamiento woke
El fenómeno woke («despierto») representa un conjunto de creencias, un paradigma ideológico que tiene sus raíces en las ideas del posmodernismo. Uno de sus propósitos principales es reestructurar y movilizar a una izquierda derrotada tras las grandes decepciones del siglo xx: la caída del Muro de Berlín (como argumenta Stephen Hicks en Explicando el posmodernismo), el colapso del bloque soviético y la crisis del marxismo clásico.
Este enfoque se fundamenta en dos premisas esenciales:
1. Todas las personas están, en mayor o menor medida, condicionadas y oprimidas por un sistema de poder que se manifiesta en estructuras patriarcales, blancas, heteronormativas y capitalistas.
2. Aquellos que no reconocen la injusticia inherente a estas estructuras son considerados por sus defensores como individuos alienados por el sistema, a quienes se les exige un «despertar» o incluso se les etiqueta de «fascistas», enemigos dignos de rechazo social y ostracismo.
El pensamiento woke surge de la herencia posmoderna, que puso en jaque las «grandes narrativas» cimentadas durante siglos en la cultura occidental. A lo largo de varias oleadas, esta corriente fue ganando terreno hasta convertirse en un referente dominante en universidades, medios de comunicación y redes sociales en las últimas décadas. Hoy, tras haber perdido parte de su empuje inicial, muestra signos de desgaste, si bien su influencia no ha desaparecido del todo: sigue acechando en el debate público y podría resurgir con vigor si no se articula una respuesta que aborde de raíz tanto sus fundamentos teóricos como sus manifestaciones prácticas. Pero, antes de diseñar esa estrategia, es esencial detenerse a comprender con claridad en qué consiste este marco de ideas.

El poder y el saber se implican mutuamente; no hay relación de poder sin la constitución correlativa de un campo de saber, ni de saber que no suponga y no constituya al mismo tiempo relaciones de poder.
Michel Foucault

El posmodernismo, encarnado por pensadores como Foucault y Derrida, nos lanza una provocación embaucadora: la razón, ese faro luminoso de la Ilustración, no es ni pura ni neutral. Según ellos, está impregnada de estructuras de poder y mediada por el lenguaje, lo que la convierte en un instrumento de dominación, exclusión y legitimación de ciertas formas de conocimiento sobre otras. Sin embargo, aquí es donde el posmodernismo tropieza con su propia sombra: al negar los grandes relatos, termina construyendo su propio «metarrelato», uno que proclama que no hay verdades universales. Y ahí está la contradicción performativa, la trampa intelectual que lo convierte en un ejercicio de autosabotaje.
En realidad, ninguna escuela de pensamiento escapa al dilema de sustentarse sobre presuposiciones —sobre cómo definimos la realidad, la naturaleza humana o los valores—, y el posmodernismo no es la excepción. Aunque se presenta como un rebelde que desafía las certezas de la modernidad, no puede escapar a su propia naturaleza, ya que, al formular una visión del mundo, adopta implícitamente una perspectiva sobre la realidad y los valores. Niega la existencia de una realidad independiente de nuestra interpretación: lo real se entiende como un entramado de discursos, prácticas y convenciones históricas. Al desplazar la objetividad de la razón hacia las condiciones sociales y lingüísticas que la enmarcan, disuelve la posibilidad de un criterio compartido para validar conocimientos o experiencias. Sin un referente universal, las causas sociales se atomizan en luchas específicas —cada cual defendiendo su propia versión de la «verdad»— y se vuelve imposible establecer un tribunal imparcial para condenar atrocidades como el genocidio de Ruanda o valorar de manera uniforme regímenes pasados como el de Pol Pot. En esencia, al relativizarlo todo, el posmodernismo socava su propia capacidad para distinguir lo admisible de lo aberrante.
Pero, curiosamente, los posmodernos no dudan en recurrir a argumentos «objetivos» cuando les conviene. Saben perfectamente señalarte si, según ellos, eres nazi o fascista, pero, conforme a sus propias premisas, ¿qué es ser fascista? Si la identidad es fluida y el lenguaje construye la realidad, entonces «fascista» podría ser cualquier cosa. Lo mismo aplica para categorías como «hombre» o «mujer»: si todo es performativo, ¿qué impide que cualquier definición se diluya en un mar de relativismo?
El pensamiento woke, heredero de la tradición posmoderna, lleva estas contradicciones a su extremo. Prioriza la corrección política y la performatividad individual sobre una transformación estructural real. Se concentra en el lenguaje, la autenticidad personal y la representación simbólica, mientras el sistema continúa operando inalterado. Es, en esencia, una revolución virtual: un espectáculo de resistencia que, por su naturaleza, no constituye una amenaza real para las estructuras de poder.
No obstante, cabe aclarar que no se aboga por un retorno ingenuo a los grandes relatos de la modernidad. Es menester una revisión crítica de dichas cuestiones, pero la aproximación posmoderna no ha logrado desarrollar una crítica constructiva. En lugar de ello, ha adoptado un enfoque deconstructivista que desemboca en nihilismo y relativismo radical, confundiendo más de lo que aclara y dejando la comprensión de la realidad en manos de elementos menos sofisticados que la razón, como lo son las impresiones sentimentales. Más adelante profundizaremos en todo esto.
Matrimonio de conveniencia entre posmodernismo e izquierda
Durante dos siglos, los socialistas se han erigido en arquitectos de un mundo nuevo, desplegando pancartas y utopías que, en la práctica, han dejado un reguero de tragedias casi inconcebibles: primero la Revolución de Octubre de 1917, que alumbró un poder autoritario destinado a derrumbarse en 1991; luego el Holodomor de Stalin, que condenó a morir de inanición a unos cuatro millones de ucranianos; después el Gran Salto Adelante de Mao, cuyas colectivizaciones forzosas provocaron una hambruna que segó entre quince y cuarenta y cinco millones de vidas; y, en Camboya, el régimen de Pol Pot decretó un «año cero» agrario en el que hasta dos millones de personas fueron aniquiladas por el hacha y el hambre. En Europa del Este, la República Democrática Alemana (RDA) sostuvo su economía con subsidios soviéticos mientras erigía un muro para encerrar a sus propios ciudadanos; en América Latina, el «socialismo del siglo xxi» sumió a Venezuela en la hiperinflación, la escasez y el éxodo masivo, y dejó a Cuba atrapada en un «periodo especial» con un desplome del PIB del 35 por ciento. En Argentina, la crisis crónica impulsada por políticas estatistas ha alumbrado incluso el surgimiento de un Gobierno libertario como respuesta radical al colapso…
Algunos creyeron que el capitalismo cedería solo; como no fue así, se empeñaron en dinamitarlo pieza a pieza, relegando la verdad de estos desastres a meros «relatos alternativos». Aun así, el capitalismo, con todos sus defectos, se ha mantenido en pie, mientras el socialismo ha tropezado una y otra vez, dejando tras de sí un legado de experimentos fallidos. Tras más de dos siglos de intentos y teorías, la evidencia demuestra que uno de los dos sistemas ha resultado ser más resistente y efectivo, reduciendo a escombros las promesas grandilocuentes del socialismo.
¿Y qué ocurre cuando la teoría a la que has dedicado tu vida se demuestra insostenible? Una actitud honesta te obligaría a reconocer el error, revisar los cimientos de tu posición y buscar explicaciones más robustas. Pero si tu compromiso con esa idea es ciego, la realidad deviene enemiga a la que combatir y acabas refugiándote en el relativismo. En un debate, el relativista no es quien domina la argumentación, sino quien ya ha perdido: su carta de triunfo es convertir todo en mera opinión. Si tus argumentos no se sostienen y tus ideas no convencen, el relativismo es la coartada perfecta: «Eso es relativo», «Esa es tu opinión», «No sabemos cuál es la verdad», «Discutir sobre esto no tiene sentido». Estas afirmaciones, irónicamente presentadas como verdades absolutas, sirven para desmantelar cualquier argumento sin necesidad de sostener el propio.
El relativismo es el refugio perfecto para quien ha fracasado. No necesita demostrar nada, solo cuestionar todo. Es un escudo contra la derrota, una estrategia para desdibujar el terreno del debate y evitar confrontar una verdad incómoda.

—Cuando yo uso una palabra —insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso— quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.
—La cuestión —insistió Alicia— es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
—La cuestión —zanjó Humpty Dumpty— es saber quién es el que manda…, eso es todo.
Lewis Carroll

Durante siglos, Occidente confió en que la ciencia y la razón conducirían a la humanidad hacia un futuro utópico y pacífico, pero la modernidad, por sí misma, no erradicó la barbarie. Las guerras mundiales destrozaron la fe en el progreso moral y racional: el avance tecnológico demostró ser tan eficaz para curar enfermedades como para exterminar poblaciones enteras. Freud desarrolló su teoría del instinto de muerte, sosteniendo que somos autodestructivos por naturaleza, condenados a repetir la violencia en un ciclo interminable. El existencialismo, con Sartre y Camus, recogió el testigo del desencanto, describiendo la vida como un absurdo y al ser humano como un animal atrapado en su propia brutalidad, incapaz de escapar de su naturaleza violenta. El progreso dejó de ser sinónimo de redención para convertirse en un siniestro juego de ingeniería de destrucción cada vez más sofisticado.
Ante este clima de pesimismo, atacar a la razón —antes considerada el faro de la civilización, ahora vista como el motor de la devastación— se convirtió en el siguiente paso lógico. Si la modernidad había derrocado al oscurantismo religioso, pero las luces de la razón tampoco lograron liberarnos de la ley de nuestro propio ser, entonces la única salida era encender de nuevo las antorchas, esta vez contra la propia razón. Y así, la modernidad comenzó a devorarse a sí misma.
Hacia mediados del siglo xx, los intelectuales de izquierdas encontraron en las filosofías contemporáneas un arsenal teórico que desmantelaba por completo las nociones clásicas de verdad y conocimiento. Estas corrientes sostenían que toda evidencia estaba contaminada por supuestos teóricos y que los datos empíricos no demostraban realmente nada («Feelings don’t care about your facts», «a los sentimientos no les importan los hechos»). Este giro hacia el irracionalismo proporcionó a la izquierda nuevas armas para enfrentarse a la crisis de identidad que la embargaba, convirtiendo a la civilización occidental —acusada de dominar mediante la razón— en el principal blanco de su crítica. Se deconstruyeron la razón, la verdad y la realidad argumentando que, en su nombre, se originó la opresión y la destrucción.
Esto explica que el posmodernismo, a diferencia del modernismo, nunca permeó de manera uniforme todo el espectro político; fue la izquierda la que, buscando resurgir de sus cenizas, hizo un pacto con las ideas posmodernas, encontrando en ellas nuevas armas para combatir a sus dos grandes enemigos: el capitalismo y una realidad que no le daba la razón. Tampoco olvidemos que el híbrido capitalista adolece de sus propias enfermedades en su deriva hacia un consumismo vacío y desechable. Sin embargo, este aspecto merece un análisis más detallado que abordaremos más adelante, pues el eje izquierda-derecha, socialismo-capitalismo, en la actualidad ha quedado difuminado, impidiéndonos ver el panorama completo y analizar por separado las distintas piezas de los engranajes del sistema.
Por ahora, basta con señalar que la alianza entre el posmodernismo y la izquierda no fue casualidad, sino necesidad: un matrimonio de conveniencia forjado en el laboratorio de las ideas que, a falta de material revolucionario tradicional, decidió subvertir las bases mismas de lo que llamamos verdad.
Frankfurt, de fábricas a facultades: la mutación de la disidencia
La escuela de Frankfurt nació en los años veinte como un experimento de marxismo sin proletariado. Horkheimer, Adorno y Marcuse se dieron cuenta de que la revolución no llegaría a través de la economía, sino de la cultura. El capitalismo ya no solo explotaba cuerpos; colonizaba mentes. Su gran aporte fue la crítica cultural: desnudar cómo el cine, la radio y hasta el jazz servían como opio para las masas. La «industria cultural», decían, era el nuevo opresor. Pero había un problema: mientras Marx hablaba de fábricas, ellos hablaban de filosofía. Y la filosofía, al final, se hace en aulas, no en barricadas.
Al exiliarse a Estados Unidos durante el nazismo, estos pensadores llevaron su marxismo Frankenstein a las universidades de élite. Allí, su teoría crítica se mezcló con el sueño americano y el psicoanálisis, creando un cóctel que las universidades empezaron a servir en raciones individuales.
Es una ironía casi poética que la guerra contra la razón haya nacido en el corazón de las universidades, esos supuestos templos del conocimiento. Allí germinó el núcleo de la revolución woke, sembrada por la escuela de Frankfurt. Si esta corriente de pensamiento fue el padre serio que criticaba la razón ilustrada, los posmodernos (Foucault, Derrida, Lyotard) fueron los hijos rebeldes que prendieron fuego a la biblioteca.
La izquierda posmoderna, al reinventarse, también redefinió el sujeto de su revolución. El obrero, antaño héroe de las luchas sociales, ha sido descartado. ¿Por qué? Porque el capitalismo, con sus comodidades y su progreso, lo ha domesticado. Ahora, con un streaming para evadirse, antes con un plato caliente en la mesa y tiempo para sus hobbies, el obrero se ha acomodado. Ha perdido la chispa, el hambre de lucha.
Pero una revolución necesita soldados, y si el proletariado ya no sirve, hay que buscarlos en los márgenes. Entra en escena el nuevo sujeto revolucionario: los que no encajan en el sistema, los que están dispuestos a romper el tablero si se les entregan las herramientas adecuadas y, de paso, lograr alguna recompensa. Así, la estrategia se centra en sembrar insatisfacción crónica, en convencer a estas personas de que el juego está amañado, que las reglas nunca fueron hechas para ellos.
Los fracasados, los queers, las mujeres, las personas negras, los neurodivergentes y todos aquellos que sienten —o se les hace sentir—, de forma subjetiva o real, que no pertenecen, se convierten en los nuevos reclutas de las élites intelectuales posmodernas. Ellos no son el problema; según esta narrativa, el problema es el sistema. Pero lo verdaderamente maquiavélico es ver cómo se convierte el descontento en combustible para una revolución que nunca parece tener un final claro, excepto perpetuar el poder de quienes la dirigen desde arriba.

Algunos verdaderos creyentes han reorientado su vida alrededor de una lucha contra el mal. Estos creyentes están transformando la universidad, que ha pasado de ser una ciudadela de libertad universal a un espacio sagrado donde el privilegio blanco ocupa el lugar del pecado original, las transgresiones de raza o género se confiesan no a dios, sino a la «comunidad», y los grupos de víctimas son adorados como dioses.
Jonathan Haidt

Y entonces, el posmodernismo bajó de las torres de cristal académicas y se hizo pop. Lo que en Foucault era un análisis sesudo del poder, en el campus mutó en un manual para no herir sentimientos. La deconstrucción de Derrida, un jueg