NOTA
QUE EXPLICA CÓMO FUE HALLADO EL MANUSCRITO
de San Apolonio el Implacable, mas no
por qué fue escrito, amén de otras
verdades mentirosas y algunas
mentiras verdaderas.
Las historias del Capitán Implacable no las escribí yo, sería incapaz, simplemente hallé el texto cuando mi abuelita materna decidió esfumarse. Tal como se lee: ella desapareció una mañana de invierno, no por accidente, sino porque así lo decidió. Pero como nadie quedó conforme con su decisión y, puesto que la resignación es un vicio poco familiar, nos entregamos a la intensa búsqueda de nuestra querida abuela, capitaneados por sus tres hijas, entre las que se cuenta, claro está, mi madre. El resultado de mi pesquisa lo tienen en sus manos. Sí, ya sé, muchos escritores dicen lo mismo, que este libro no lo escribe quien lo firma sino un tal Cide Hamete Benengeli, que ellos sólo lo descubrieron y lo pusieron en orden. Bueno, para empezar no soy escritor ni pretendo que me crean a pie juntillas, pero tal es el caso, y lo que a continuación narro son las razones por las cuales decidí publicar estas historias y cómo fue que di con lo que, confío, tendrán a bien leer.
El manuscrito de San Apolonio el Implacable lo encontré mientras hurgaba en el armario de mi abuela, como la canción, en busca de alguna pista que me condujera a ella. En el fondo de una cajonera había una caja de chocolates, llena de viejas fotografías de los tiempos de Mérida, en las que posaban los tíos Fausto y Mario muy ufanos, garbosos, en plena cacería de patos en la hacienda de Yucatán, que fue de los Amezcua hasta poco después de la Revolución. Y como la historia de los tiempos de Mérida viene a cuento debido a una petición que más adelante les haré, me permitiré contarla tal cual la relataban mi abuela y mis tías. Una historia que parecía ser el tema predilecto de conversación entre ellas, la huella de un rancio abolengo y un visible rastro de resentimiento clavado bien hondo en la memoria.
Verán, todo comenzó cuando el doctor Amezcua se casó con Lía Feijó en 1899, para convertirse, años después, en mis bisabuelos. Don Manuel Amezcua era uno de los hijos pródigos de Mérida y un médico muy afamado en la región, había estudiado en la Sorbona de París, cosa de harto prestigio entonces; también era muy querido, más por su generosidad que por su sapiencia, por ello lo llamaban Chujuk o Chujukito, que significa “dulce” en maya castizo, creo. La tía René aseguraba que en honor a mi bisabuelo, pocos años después de su muerte, los meridanos rebautizaron una de las principales arterias de la ciudad con su nombre: avenida Doctor Manuel Amezcua, mejor conocida como la Doctor Amezcua. Yo, humilde capitalino reacio a viajar, nunca he transitado esa calle ni he escuchado de su existencia ni la he visto en Google Maps. Quién sabe, sería cuestión de hurgar a conciencia en los anales de la ciudad para verificar la anécdota.
Mis bisabuelos se casaron gracias a una rara pero muy común enfermedad, y su enamoramiento se debió en buena medida a la ciencia médica. Sucedió que una noche el notable licenciado Jerónimo Feijó fue en busca del doctor Amezcua. Estaba fuera de sus cabales y, según la tía Florita, ese mismo día se le cayó el cabello del susto de ver a su hija tan alicaída, por eso decían que su abuelo era la única persona calva en la familia.
–¡Venga conmigo, don Manuel! –suplicó el licenciado Feijó al doctor–. ¡Es de vida o muerte!
–Mañana –replicó el doctor, sereno.
–¡No hay tiempo! –urgió el licenciado Feijó.
El doctor Amezcua hizo un mohín y salió en bata, maletín en mano, y sin decir palabra fue a casa del exaltado licenciado. Así eran los doctores a finales del siglo antepasado; aunque fuera en mangas de camisa, pero cumplían su deber. Cuando llegaron al caserón que habitaba don Jerónimo, el médico fue conducido a la habitación de la niña Lía, que de niña tenía poco, pues ya estaba muy entrada en sus dieciséis, es decir, ya era una dama casadera, según la costumbre de la época.
Don Manuel pidió que lo dejaran a solas con su paciente para examinarla cuidadosamente. Estuvo con ella por espacio de dos horas. Al cabo, salió de la habitación y cerró la puerta. Todos aguardaban expectantes su dictamen. Él, con gesto grave y muy orondo, se peinó el bigote y, con esa voz de sabiduría aparentemente infinita que tienen los médicos y los jueces, sentenció:
–Esa niña no está enferma, pero hay que tratarla en el acto.
–¡Imposible! –exclamó la señora Feijó–. Debe estar enferma, mire usted el pibil: ni lo probó, doctor, es su platillo favorito, mire usted, por favor –y mostraba la evidencia.
–Lo que necesita esta niña, amigos míos, es casarse.
Poco faltó para que al licenciado Feijó le diera el soponcio, el mundo cruel se le venía encima, inmisericorde. ¿Casarse ella, la niña de sus ojos? ¡Jamás!, debió haber pensado. Pero no desmayó; antes de que todo se derrumbara, agregó el doctor:
–Confíen en mí, sé cómo resolverlo.
Y en efecto, solucionó los pesares de su paciente... casándose con ella. Lía Feijó y el doctor Manuel Amezcua contrajeron nupcias tras un mes de prudente noviazgo. La boda se celebró con tanta pompa que durante varios meses no se habló de otra cosa en la capital yucateca. Uno o dos años después nació el primero de sus hijos, un varón al que bautizaron Mario. Luego tuvieron una niña, que murió en el parto; enseguida, otra niña, y dos niños más, y luego puras niñas, hasta que nació la tía Elsa [la Mocita, de cariño], la menor de los once hijos que tuvieron los Amezcua Feijó. En total los varones sumaban tres y las mujeres ocho, número que acostado representa el infinito.
Mi abuela nació el mismo año en que estalló la Revolución, la noche en que huyó de Mérida el senador progresista Carlos Feijó Félix, hombre conservador pero de ideas liberales, primo de mi bisabuela y amigo íntimo del doctor. Parece una contradicción, pero así son los políticos: contradictorios. Aunque desfilan por montones en las efemérides, la Historia tiene una tonta tendencia a escamotear a nuestros pequeños héroes, por eso Feijó Félix no figura cual debería en las crónicas revolucionarias. Sin embargo, en algún punto de Yucatán lo tienen muy en alto, justo en el pedestal al centro de una glorieta, donde parece que su broncínea imagen regaña a todo mundo con su dedo punitivo, con la misma rigidez con que intentaría gobernar al estado durante la llamada “Dictadura novenaria”.
Mi abuela explicaba que el carácter aguerrido de ella se debía a que, en el mismo instante en que nació, su papá echó de su casa a los soldados del antiguo régimen, que buscaban al revoltoso Feijó Félix por órdenes expresas de un gobernador cuyo nombre nunca precisaron.
–En esta casa sólo estamos mi familia, el servicio y yo –dijo el doctor con voz firme, amenazante, dispuesto a ordenar a sus empleados que arrojaran a punta de escobazos a los pelados de la policía militar.
–Doctor, lamentamos la interrupción, pero tenemos órdenes superiores.
–Y yo lamento su falta de educación. Así que me disculpan, caballeros, tengo un parto que atender: el de mi esposa –añadió mordazmente y, no bien terminó la frase, los dejó con un palmo de narices, como si no hubiese escuchado al sargento.
Los soldados, más bien ofuscados, jamás volverían a molestarlo, como que don Manuel se quejó con la máxima autoridad y la patrulla fue enviada al frente de guerra. No quiero imaginar qué les ocurrió a estos infelices que sólo cumplían órdenes.
Apenas recibió a su hija, el bisabuelo abandonó la habitación y, en mangas de camisa, limpiándose aún el sudor, se dirigió a la biblioteca, donde Feijó se ocultaba. Una mentira a medias es una verdad a medias, dicen; así que don Manuel en realidad no le mintió del todo a la patrulla militar. En esa casa, en efecto, sólo estaba su familia y, como ya he señalado, el joven Carlos, quien por ser primo político del bisabuelo, y porque lo apreciaba como a un hijo, era considerado como parte de su familia. Sin embargo, don Manuel debió tomar medidas drásticas. En la oscuridad de la biblioteca, sacó la cartera y habló con Carlos en los siguientes términos:
–Toma estos cien pesos y huye si no quieres que te agarren. Presiento que no es el mejor momento para que pongas en práctica tus ideas de justicia social... o lo que sea.
Extrañas palabras las del bisabuelo, pero Carlos tomó los cien pesos y le dio un fuerte apretón de manos. Luego de una pausa, don Manuel recomendó al joven que se fijara bien en quién depositaba su confianza antes de lanzar proclamas y alborotar a la gente. Y es que, como todo buen sureño, recelaba de los revolucionarios del Norte, a donde al parecer se dirigiría su discípulo. Carlos abrazó una segunda vez a su mentor y juró que volvería. Y volvió, en efecto, para imponerse como gobernador del estado durante nueve días, convirtiéndose en el protagonista de esa aventura perdida en la historia, la Dictadura novenaria.
En fin, que así salvó la vida el legislador Feijó Félix, personaje tan poco apreciado, que seguramente éstas son las primeras páginas que de él se escriben, así como tal vez sea la primera vez que escucharán de san Apolonio... Pero vamos paso a paso. A estas alturas, en el lugar de ustedes, yo preguntaría qué tiene que ver todo esto con la abuelita de este señor y el manuscrito que dice que halló. Pues a ello respondo que todo, porque para sostener su efímero gobierno de nueve días, el tal Feijó, que amaba a don Manuel como a un padre, le pidió una fortuna.
–Para hacerte el préstamo que deseas, Carlitos –repuso el bisabuelo–, tendría que hipotecar la hacienda, la casa, todo.
–La causa lo exige, doctor; pero ¿qué significa para un hombre de su talla un pequeño sacrificio en pro de la justicia?
Meditando precisamente sobre las necesidades de la causa, don Manuel concluyó que en verdad era justo y merecido el “pequeño sacrificio”, y puso en manos de Feijó el patrimonio familiar, con tan mala suerte que tres días después ese gobierno, que no representaba a nadie, fue depuesto, y el impetuoso político se vio obligado, otra vez, a huir... con la fortuna de la familia Amezcua en los bolsillos. Jamás volvieron a tener noticia del efímero gobernador, aunque corrieron rumores de que se daba la gran vida en Japón. La traición de su discípulo sumió en tal estado de postración al bisabuelo, que dejó de ejercer y durante siete años no pronunció palabra. Sólo se volvió a escuchar su voz un miércoles 24 de junio, para exclamar:
–¡Pero arderás en el Infierno, bribón! –frase liberadora y epitafio del doctor, porque fueron sus últimas palabras.
Esa, según mi abuela y las tías, fue la razón por la cual la familia emigró a la Ciudad de México, circunstancia que permitió que los padres de mi madre se conocieran. No deja de sorprenderme en cualquier historia cómo la intervención de un solo hombre puede cambiar el destino de tantas personas. Aunque, para ser sinceros, es posible que la verdad sea menos enredada. Y de seguro menos fantástica.
El caso es que siete meses después de fallecido el doctor, le hizo compañía la bisabuela. Murió de tristeza; mal de amores, le decían. Ahora pensarán, con razón, que es imposible morir de amor, que es una mentirilla para salpimentar esta crónica familiar... Serían comprensibles sus sospechas, pues así como ninguna persona muere de felicidad –a menos que le dé un infarto por la emoción–, ninguna persona muere de tristeza. Y teóricamente estarán en lo correcto. Sin embargo, lo correcto no siempre hace esquina con lo verdadero, y esto es absolutamente cierto, o al menos intento compartirlo tal como me lo contaron: mi bisabuela murió de mal de amores, y yo no descarto que haya sido así. De hecho, desde los tiempos de Hipócrates, la medicina tiene términos más complejos para definir los trastornos del cuerpo y del alma que el abatimiento y la melancolía ocasionan, aunque ahora la ciencia nos dice que todo se reduce a una desafortunada conjunción de impulsos cerebrales, química y genética... Creo que me estoy apartando del tema.
Les decía que en estas circunstancias, sin padre ni madre que velaran por ellos, los Amezcua Feijó quedaron desamparados, bajo la tutela de Mario, el mayor de los hermanos. El único problema es que Mario era un hombre de temple volátil, un tanto místico y nada práctico. En sus mocedades quería consagrarse al sacerdocio, pero cuando le comunicó sus intenciones a don Manuel, éste se opuso decididamente y lo mandó a estudiar al extranjero para disuadirlo de su vocación. Quizá la muerte de sus padres era un mensaje divino, pensaría, y que había llegado la hora de acercarse a Dios, como san Francisco de Asís, y siguiendo tan piadosos y filantrópicos pasos, cedió a los menesterosos [y no tanto] lo poco que habían logrado conservar tras la Dictadura novenaria. Si el bisabuelo le hubiera permitido seguir sus instintos religiosos, otro gallo les habría cantado. Por ello decía mi abuela que uno debe ser y hacer a toda costa lo que quiere ser y hacer en la vida.
De la noche a la mañana, los Amezcua Feijó transitaron de la opulencia a la miseria, y pobres de verdad, porque los habían educado para vivir, como decían entonces, de sus rentas. En otras palabras, eran unos baquetones sin oficio ni beneficio. Y aunque culpaban al impresentable legislador Carlos Feijó Félix de su desgracia, en el fondo se lo reprochaban al tío Mario. [La verdad, decía la tía Florita, es que todo lo perdió en una apuesta de caballos... pero ¡chitón, no lo divulguen!]
Volviendo a mi abuela, ante este panorama, donde la alternativa era salir a la calle y pedir trabajo o pedir limosna, optó por dar violento carpetazo a su cómodo transcurrir de niña rica en Mérida. Hechos más, hechos menos, el evento se dio así:
–Me voy –dijo un día, con ese tono de enojo permanente que la caracterizaba.
–¡Cómo! –exclamaron alarmados sus hermanos.
–Pues así, me voy –y empacó sus pertenencias y se aventuró a la capital del país, para nunca volver a su ciudad natal.
“El orgullo nos tumba, y el orgullo nos levanta”, decía. Y así de orgullosa, ya instalada en la Ciudad de México, la abuela rehízo su vida. Se casó, puso una tintorería luego, una por una, todas sus hermanas recalaron en su casa de la calle 13 de Septiembre, en Tacubaya. ¡Guay de mi abuelo, que además de lidiar con el recio carácter de su esposa, debió también enfrentar el de la familia, todos igual de volátiles que Mario!
–No hay duda de que los Amezcua –bromeaba mi abuelo– son gente demente.
La ciudad fue punto y aparte en la historia familiar, marcando un antes y un después de México. Mario fue el único que permaneció en Mérida, aunque pasaba largas temporadas en la capital, dándoselas de riquillo a costillas de mi abuelo. Mamá lo recuerda con el regio árbol genealógico de los Amezc