Las dos muertes (Mundo Umbrío 1)

Jaime Alfonso Sandoval

Fragmento

Mundo umbrio. Las dos muertes

CAPÍTULO I

SEÑALES ENIGMÁTICAS

A los trece años Lina se dio cuenta de que los secretos familiares, cuando son muy gordos, terminan por salir a la luz, estén fajados o no. Comencemos por el principio. Digamos, hace unos veinte mil años, en plena Edad de Hielo. Las familias siempre han tenido enemigos; en tiempos prehistóricos los enemigos eran bestias salvajes, fenómenos naturales y una que otra tribu enemiga caníbal. “¿Han visto a papá?”, podía preguntar un hijo cavernícola. “Sí, creo que lo pisoteó un mamut”, respondían por ahí, y claro, venía una buena depresión prehistórica.

No eran raros los ataques de los tigres dientes de sable, que le cayera a uno un rayo encima o ser tragado por un neandertal sin domesticar; eso podía estropear cualquier convivencia familiar de la época.

Como todo evoluciona, los enemigos también lo han hecho. Ahora un hijo puede preguntar: “¿Han visto a papá?”, y alguien responde: “Sí, vinieron a buscarlo los del banco, y como no tenía para pagar se lo llevaron”. Y claro, eso también deprime.

Deudas, el alquiler de la casa, una vecina que oye pasito duranguense a todo volumen o un perro adolescente que eligió como novia tus zapatos favoritos. Esos suelen ser algunos de los nuevos enemigos que estropean una adecuada armonía familiar.

La familia Posada Martín tenía casi todos estos problemas (excepto el perro adolescente) y unos cuantos más. No sabían qué era más molesto, si la cuenta de luz que subía cada mes o los cazavampiros.

Ser molestado por cazavampiros o, caso contrario, recibir el acoso de fans admiradores de los no muertos es una de las desventajas de casarse con un vampiro (además de que nunca te llevará de vacaciones a la playa, eso puedes apostarlo); pero Marcia ya estaba acostumbrada. Cada determinado tiempo rondaban la casa unos chicos góticos o vamps que habían detectado a Ben y deseaban “convertirse”, como si el vampirismo fuera tan fácil como pescar una gripa para no ir a la escuela. Los chicos fúnebres solían vestir capas de terciopelo negro, camisas púrpuras con encaje y otros ropajes que un vampiro real, como Ben, jamás se pondría.

Los fans no eran mayor problema. Marcia salía armada con la escoba, les decía que no existían los vampiros, los denunciaba con sus padres ¡y santo remedio!, se los quitaba de encima. Pero los otros enemigos… los cazavampiros, esos sí eran un enorme dolor de cabeza.

Podían ser hombres o mujeres, a veces muy religiosos, casi todos muy astutos; vigilaban la casa durante días o semanas, estudiaban los movimientos de toda la familia, y después se disfrazaban de repartidor de pizza o algo así. Entonces, cuando por fin traspasaban la puerta, entregaban la pizza de salami y enseguida, como quien no quiere la cosa, sacaban una estaca para clavarla en el corazón de Ben por el bien de la humanidad. Todo terminaba con una encarnizada lucha y una desesperada llamada a la policía.

Muy pronto Lina desarrolló fobia por los repartidores de pizza. Creía que era normal que te quisieran clavar una estaca cuando no les das propina.

Lo más molesto de todo era que si los enemigos detectaban a la familia Posada Martín, tenían que huir; por eso había que ser muy discretos para no atraer a los cazavampiros o a los fans obsesionados con el tema.

—Flaquito, hay gente rara con crucifijos y botellas de agua bendita rondando la casa —comentaba Marcia a su marido de vez en cuando—. ¿Has estado bebiendo sangre de los vecinos?

—Claro que no —respondía Ben, muy ofendido—. Sabes que yo no hago eso.

Eso era verdad, Ben casi no bebía sangre directamente del cuello de nadie: eso era poco civilizado. Tenía un contacto fiable en un banco de sangre certificado que le pasaba cada semana una o dos bolsas de plasma y sangre fresca sin gérmenes (su preferida era la B positiva, simplemente deliciosa).

—Entonces… ¿saliste a pasear con un montón de gatos? —preguntó Marcia, suspicaz—. ¿Es eso? ¿Anduviste con una pandilla de gatos saltando azoteas, divirtiéndote como criatura salvaje de la noche?

—No... Bueno, fue solo un ratito… —reconoció Ben al fin y bajó la cabeza—. Me hace falta ejercicio. Últimamente me ajusta el pantalón.

—Tenemos la bicicleta de spinning —señaló Marcia, preocupada—. Sabes que no es bueno que hagas esos paseos nocturnos. Levantas muchas sospechas si te pones a dar saltos de nueve metros de azotea en azotea. Es muy malo para la imagen familiar, tanto como combinar camisa a cuadros con ese saco a rayas que llevas puesto.

Ben se cambió de saco, Marcia suspiró, y esa misma semana toda la familia tuvo que mudarse a una ciudad a 796 kilómetros de ahí. De esta manera, para cuando Lina tenía trece años ya habían vivido al menos en once ciudades distintas de todo el mundo, desde Bangkok hasta Madrid, pasando por Topilejo. Lina asumía que era por algo relacionado con el trabajo de su padre… Y en parte era verdad.

La familia Posada Martín llevaba casi diez meses en la última casa, en San Ysidro, un remoto distrito al sur de California, frontera con México. No padecían problemas graves —lo más molesto era un grifo de agua que goteaba en la cocina—, pero fue entonces cuando empezaron las extrañas advertencias. Cualquiera que supiera leer señales siniestras sabría que algo muy horrible estaba por ocurrir.

Primero fueron los cuervos. Once aves negras, lustrosas, de picos afilados se posaron durante el día en la azotea de la casa de los Posada Martín. Se los veía muy quietos, como gárgolas, en el tejado. Todos los días aterrizaban once cuervos, ni uno más ni uno menos.

—Será época de migración —dijo Ben quitándole impor­tancia.

Después llegaron los perros: a la medianoche, siete perros se reunían frente a la puerta de la casa para aullar tan lastimosamente que erizaban la piel. Los aullidos contagiaban a los perros del resto del barrio, y en pocos minutos más de cincuenta perros aullaban al unísono de manera espantosa.

—Será época de celo canino —aseguraba Marcia mientras arrojaba croquetas por la ventana.

Y después, misteriosamente, desaparecieron algunos pares de calcetines en la lavadora. Pero, bueno, eso pasa en todas las casas y hasta ahora no se tiene certeza de que sea algo sobre­natural.

Fue más o menos entonces cuando la hija de Ben y Marcia, Lina, tuvo la primera visión; ocurrió a las nueve de la noche.

Hasta ese momento, la vida de Rosalina Posada Martín no era muy emocionante que digamos. Le resultaba complicado hacer amigos debido a los constantes cambios de casa, de país y de idioma. Además, pronto descubrió que en todas las escuelas del mundo existía el mismo sistema de castas, y ella pertenecía a los tres niveles más bajos: al de las chicas que no sacan partido (es decir, feas), al de las estudiosas (por lo general, feas) y al de las que no tienen ningún talento social (por feas). Aunque, curiosamente, los profesores la adoraban, cosa que la hacía aún más fea y la hundía más frente a sus compañeros.

Realmente no era su intención despertar la simpatía de sus maestros, pero tenía una excelente memoria; por ejemplo, recordaba la lista de todos los premios Nobel de física, el número pi con treinta y nueve decimales y el nombre de todas las razas extraterrestres de Star Trek, pero al mismo tiempo era incapaz de hablar con un chico que le gustara. Además, todas las chicas de su edad ya llamaban la atención con sus curvas, mientras que ella permanecía con un cuerpo infantil, algo flacucho, y cabello de un castaño rojizo demasiado lacio y sin forma; era muy pálida, con orejas grandes y nariz larga y sinuosa (algo nosferatu, pues). En la escuela le decían el Gnomo o el Gnomo Sabiondo, y al verse al espejo pensaba con tristeza que tenían razón.

Esa noche, como otras tantas, había una fiesta escolar y nadie la había invitado, así que Lina hizo lo de siempre: se quedó en casa y adelantó trabajos. Estaba haciendo su tarea de ciencias, investigando el nombre de las arterias del cuerpo, cuando de pronto, mientras repasaba la aorta y las vénulas, escuchó un crack, como cuando se rompe un hielo al entrar en contacto con agua tibia.

Lina levantó la mirada y vio que los cristales de la ventana se habían estrellado sin explicación alguna. Entonces todos los objetos de vidrio o cerámica se partieron: se rajó por la mitad su taza de I love NY con forma de manzana que le regaló su padre; se vino abajo la carátula de un reloj muy viejo colgado encima de su cama; se partió una caja de porcelana donde guardaba un par de anillos; hasta el monitor de la computadora estalló en medio de violentos chisporroteos.

Al principio, Lina pensó que se trataba de un terremoto (San Ysidro está en zona sísmica), pero de pronto sintió algo húmedo en la espalda. Al tocarse con la punta de los dedos vio una gota de sangre, pero pronto se dio cuenta de que no provenía de ella. La habitación entera parecía sangrar: del techo y paredes se desprendían hilillos de sangre que escurrían hasta manchar la cama, el ropero, la alfombra. Entonces, en el piso un gran charco formó un símbolo de una media luna con un rostro de calavera.

Era una escena como de película de terror (serie B, tampoco hay que ilusionarnos, pero aun así resultaba incómoda). El fenómeno duró tres minutos y medio, y cuando Lina pestañeó con rapidez, todo volvió instantáneamente a la normalidad. Los cristales intactos, el reloj como si nada, lo mismo la taza y la caja de porcelana, y claro, nada de ríos ni charcos sanguinarios (¡el trabajo que hubiera costado lavar la alfombra!).

Lina corrió a la cocina para contarle a su madre la macabra visión. La chica estaba naturalmente alterada: no se tienen experiencias paranormales y hemoglobínicas todos los días.

—Ay, hija, tal vez se te cuatrapeó el caldo con el postre, ¿no?

Eso era muy común en su madre, inventar palabrejas o usar unos modismos que casi siempre eran incomprensibles.

—Te dejaste llevar por las arterias del cuerpo, es lo que estudias ahora, ¿no? —señaló Marcia mientras vaciaba medio bote de salsa de tomate. Estaba preparando su receta especial de chili con carne tex-mex a la veracruzana.

—Pero pasó de verdad —se defendió Lina—. Fue como en los libros de terror cuando aparecen ciertas señales y…

—¿Ahora mismo hay algo roto o cachureco en tu habitación? —preguntó Marcia mientras abría una lata de granos de elote y olisqueaba para determinar su exacta caducidad.

Lina negó con la cabeza.

—Hija, entonces todo ocurrió solo en tu cabeza —sentenció su madre con una afable sonrisa—. No digo que estés mintiendo; posiblemente te quedaste dormida como un oso que invierna y no te diste cuenta.

—Se dice hiberna —precisó Lina—. Y además estaba despierta… ¡Yo lo vi!

Marcia bajó la flama y se giró hasta quedar de frente a su hija.

—A ver, mi Liniux…

Eso también era típico de su madre, hacer variaciones de su nombre: Lina, Linurris, Linaza; era vergonzo, sobre todo cuando lo hacía en público.

—¿Te das cuenta de lo que dices? Eres tan lista y ahora no ves la o ni por lo redondo. Nada de lo que dices tiene sentido… —de pronto Marcia meditó un poco y repuso—: aunque puede ser una señal...

—¿En verdad? —preguntó Lina con alivio.

—Sí, de que te falta vitamina B. Dos cucharaditas de aceite de bacalao, una cápsula de ferronil ultra, y verás que despiertas fresca como una lechuga.

Lina, algo desanimada, buscó una explicación lógica a su visión, pero llegó casi a las mismas conclusiones que su madre: un sueño repentino o embotamiento cerebral por cansancio. Tuvo que tomar dos asquerosas cucharadas de aceite de bacalao y la cápsula de ferronil ultra, y se fue a dormir. La verdad, pasó una noche fatal (aunque culpó al chili con carne a la veracruzana).

Esa madrugada, en la intimidad de su habitación, Marcia comentó en voz baja con su marido la extraña visión de Lina. No era posible que su hija tuviera poderes paranormales así de pronto. Lina era completamente humana: ya le habían hecho varias pruebas para revisar si tenía genes de vampiro y todas habían resultado negativas.

—Bueno, tampoco es tan raro recibir señales paranormales —reconoció Ben—. Yo a veces tengo avisos del futuro.

—No confundamos la gimnasia con la magnesia, flaco. Que te duela un colmillo cuando va a llover no se compara con el baño de sangre que se supone que vio Linuchis —observó Marcia—. Debiste verla, estaba como zurumbática.

El matrimonio guardó silencio un instante.

—¿Y si es algo más grave? —murmuró Marcia, algo temerosa—. ¿Y si es una señal de que van a venir… otros?

Marcia y Ben se miraron preocupados, y es que solo había algo peor que recibir a un ejército de cazavampiros o fans góticos, y era ser acosados por la presencia de otros vampiros reales.

—Eso es imposible —aseguró Ben, enfático—. No saben dónde estoy. Estamos protegidos. Lo de hoy se trató de… un engaño de la mente. Nuestra hija es normal, tal vez necesita comer mejor, está por entrar a la adolescencia, por fin. Muchos cambios se avecinan en ella.

Ben y Marcia estuvieron un rato hablando sobre las bondades del aceite de bacalao en las preadolescentes anémicas e imaginativas, y al final se convencieron de que nada malo pasaría.

Pero las señales siguieron manifestándose, y a la mañana siguiente, en el lapso de dos horas, todas las plantas de la casa se secaron. Al revisar la tierra de las macetas, Marcia se dio cuenta de que estaban llenas de gusanos pequeños y blancuzcos.

—Seguro faltó pesticida —dijo, sin darle importancia.

Entonces, ese mismo día, justo a las 9 de la noche, Lina tuvo la segunda visión. Estaba colocando los platos para la cena en el comedor cuando escuchó un leve zumbido a su espalda. Al girarse vio que en una pared y en el techo había escarabajos; eran cientos, posiblemente miles.

—¡Mamá, papá, vengan! —exclamó.

Marcia y Ben salieron de la cocina. La madre llevaba unos guantes de cocina con forma de pato, y el padre, un mandil que decía “Pero tú lavas los trastes”. Los dos miraron la pared y el techo.

—¿Los ven? ¿Verdad que no estoy imaginando? —Lina señaló a los nauseabundos insectos.

—Claro que los vemos, linda, son simples escarabajos —observó Ben intentando mantenerse calmado, pero su hija se dio cuenta de que dio un paso atrás, temeroso.

Y no eran lo que se dice simples, eran escarabajos enormes, algo rojizos, alados, del tipo de los carroñeros que se alimentan de carne en putrefacción. En el techo formaban el extraño símbolo de la calavera en media luna.

—¡Ahí está!, ¡la señal diabólica! —exclamó Lina casi triunfal.

Ben palideció (si es que alguien como él pudiera palidecer aún más).

—Lina, tú les ves patas hasta a las víboras —sonrió Marcia, tranquilizadora—. Eso no es nada, pasa como con las nubes, si te les quedas viendo fijamente verás la forma que quieras… Por ejemplo, para mí los escarabajos de la pared forman la cara del Che Guevara… ¿No crees, flaquito?

Ben asintió con la cabeza y dio otro paso atrás; estaba sudando.

—Pero, para empezar… ¿qué hacen mil escarabajos en la casa? —preguntó Lina.

—Tal vez las atrajo el olor de la comida —meditó Marcia—. La otra vez hice mole en pipián… O hay cerca una colmena, un enjambre o como se llame. Tampoco es tan malo, no tienen aguijón ni nada así. Anda, Liniux, abre la ventana para que salgan.

Lina se acercó a la ventana del comedor y quedó petrificada. Marcia y Ben se acercaron también para ver.

Fuera, una espesa alfombra de miles y miles de escarabajos cubría la verja de la entrada; tapizaban todo a su paso: la pequeña fuente, los duendes de cerámica, el césped e incluso el tapete de bienvenida. Se oía un zumbido agudo, como un silbido. Debía de haber al menos unos diez mil escarabajos sobre el jardín de la familia Posada Martín.

—Tendremos que llamar al servicio de control de plagas —dijo Marcia, aunque su voz se notaba menos segura que antes.

—Esto no es normal —murmuró Lina—. Los escarabajos son insectos coleópteros, hay más de 360 mil especies, normalmente viven en bosques, selvas e incluso desiertos, pero no es posible que se den un paseo a nuestra casa y tampoco en esa cantidad…

Siempre que Lina se ponía nerviosa hacía lo mismo: recitaba detalles enciclopédicos sin control alguno… ¡Era el Gnomo Sabiondo con todas las de la ley!

—Bueno… quién sabe —interrumpió Ben e intentó recuperar el aplomo—. Con eso del cambio climático, cualquier cosa es posible… La otra vez leí que encontraron a varias ballenas varadas en una playa nudista de jubilados.

Lina miró confundida a su padre.

—Tengo un matamoscas en la alacena —recordó de pronto Marcia y corrió a la puerta de la cocina—. Orita me los despacho.

—Y yo compré insecticida de oferta —afirmó Ben mientras se dirigía a la cochera—. Les voy a dar una buena rociada.

Pero, como si se tratara de magia, en un parpadeo los escarabajos levantaron el vuelo formando una compacta nube, y Lina vio que los insectos del interior del comedor sencillamente se evaporaron. Consultó el reloj, eran las 9 horas con 3 minutos y 33 segundos. De nuevo el fenómeno había durado tres minutos y medio.

A Lina, como a la mayoría de los sabiondos, le encantaba hacer listas de estudio (sobre biología, matemáticas, Star Trek o lo que estuviera memorizando), así que hizo la siguiente lista para poder estudiar mejor el fenómeno:

LISTA MENTAL DE LAS SEÑALES ENIGMÁTICAS OCURRIDAS RECIENTEMENTE EN CASA

1. Once cuervos llegan en el día (ya los conté).

2. Siete perros llegan por la noche (también los conté).

3. Alucinación de sangre que escurre en mi habitación (calculo que se derrochó un hectolitro de líquido sanguíneo).

4. Hay gusanos en todas las macetas de la casa (de especie desconocida).

5. Calcetas y calcetines desaparecidos en la lavadora (más que de costumbre).

6. Miles de escarabajos carroñeros entran a dibujar al comedor una figura en forma de media luna (o la cara del Che Guevara, según mi madre).

REFLEXIONES:

a) Las señales bíblicas normalmente vienen en grupos de siete, así que si estas siguen el mismo esquema, falta una.

b) Deduzco que son señales, pero ¿qué están anunciando?

c) Concluyo que debemos prepararnos. ¿Pero para qué?

Con esas pruebas cualquiera se convencería de que había algo sobrenatural, pero Ben y Marcia solo pensaron en una cosa: denunciar a la casera.

—Deben de ser las cañerías —aseguró Ben—. Están en pésimo estado… ¡Todo comenzó con ese horrible grifo que no deja de gotear!

—Hay que pedir que venga un fontanero —agregó Marcia—. Nos vamos a enfermar con tanto bicho suelto por ahí. Mientras, voy a colgar bolsitas con agua en las ventanas. Las usan en las fondas de México para espantar moscas, cucarachas... ¿o clientes? Ya no me acuerdo.

Lina no supo qué decir. Sus padres se comportaron con aparente normalidad. Esa noche Ben fue a trabajar al club de jazz y tanto ella como su madre se marcharon a dormir a sus respectivas habitaciones.

Esa noche Lina tuvo una experiencia bastante rara: se puso su camisón de ositos con gafas (su preferido), se lavó los dientes y apagó las luces. Estaba intranquila, no podía conciliar el sueño, dio varias vueltas en la cama y en un momento, cuando estiró la mano para tomar la almohada, notó que el colchón se había convertido en una superficie helada y dura; entonces abrió los ojos y se incorporó. Con sorpresa, se dio cuenta de que estaba recostada sobre algo parecido a una tumba. Hacía mucho frío, la luz era verdosa, espectral, y se veían a lo lejos unas construcciones muy extrañas: torres de ladrillo que parecían manos descarnadas apuntando al cielo, mausoleos gigantescos flanqueados con monumentales estatuas cubiertas de salitre y musgo, muros que parecían hechos con huesos labrados en piedra. Todo estaba húmedo, penumbroso, y caía una irregular llovizna.

La mente analítica de Lina empezó a buscar una respuesta: “Debo de estar en un cementerio… y soñando”, se tranquilizó. “Tengo indigestión por las chimichangas que hizo mi madre de cenar”, dedujo.

—Oye, tú, la del camisón extraño —Lina oyó una voz de chico.

Lina miró a todos lados pero solo vio más construcciones de roca con esculturas infestadas de liquen; había figuras de costillas gigantescas de piedra, de rostros carcomidos y erosionados. Se sintió en el escenario de una película de terror.

Entonces se fijó en la lápida de la tumba donde estaba recostada; con horror leyó:

Marcia Laura Martín de Posada

Benjamín Posada

y su bienamada hija

Rosalina Posada Martín.

Oramos por ellos en su eterno descanso.

—¡Por aquí! ¡Entra! —insistió la voz—. No tardan en llegar, deben de ser umbríos y están hambrientos.

Lina se dio cuenta de que la voz provenía de una capilla de ladrillo con dos torretas y una pesada puerta de hierro entreabierta por la que se veía la tenue luz de una vela.

—Date prisa —la llamó la voz, y vio una silueta con el brazo extendido que la llamaba.

Lina dio unos pasos, sintió piedrecillas y la fría y húmeda tierra bajo sus pies descalzos; de pronto, a lo lejos escuchó gritos, no precisamente humanos.

—¿Qué estás esperando? —preguntó la voz, con urgencia—, entra ya.

El sol casi se había metido, y junto con la noche parecían acercarse los extraños gritos. Lina sintió mucho miedo y corrió hacia la puerta de la capilla; alcanzó a ver a un muchacho muy joven, como de quince años, que le extendía la mano. Al momento de tocarlo, despertó. Lina tardó un momento en recuperar el sentido de la realidad. Estaba en su cama; el edredón había caído al suelo, pero todo parecía tranquilo. Entonces se dio cuenta de que sus pies estaban llenos de tierra.

—Te ensuciaste los pies antes de acostarte —aseguró su madre durante el desayuno—. O tuviste un ataque de sonambulismo… No creerás que andabas paseando en un panteón, muy campante, como por tu casa.

Lina reconoció que no, era imposible. Además, la pesadilla, por rara que fuera, no se comparaba con una bandada de cuervos, con los escarabajos o con los nauseabundos gusanos; sin embargo, todo el asunto de la lápida con los nombres de la familia la dejó muy intranquila, y esa noche, cuando sus padres se encerraron en la habitación a la hora de dormir, Lina los escuchó discutir en voz baja. No pudo evitar pegar la oreja a la puerta.

—Y ese símbolo… —comentaba su madre—; era espantoso con ganas. ¿Sabes que casi me da un soponcio cuando lo vi la otra noche? Hasta sentí la muerte chiquita. Flaquito, ¿sabes qué significa?

—Cariño, ya te dije que no recuerdo —repuso Ben, nervioso—. Además pudo ser un efecto óptico… No te preocupes.

“Lo sabía”, se dijo Lina triunfal. ¡Su madre había visto algo más que el rostro del Che Guevara! Se sintió aliviada, pero al mismo tiempo sintió un aguijonazo en el estómago. Era evidente que sus padres sabían que pasaba algo raro y lo ocultaban. Acercó de nuevo la oreja a la puerta.

—¿Que no me preocupe? —siguió Marcia—. ¿Y si es alguien de tu familia que viene? ¡Nunca me han querido! Nomás de pensar en ellos me suda hasta lo que no tiene nombre.

—No creo que sea mi familia —respondió Ben, tranquilizador—. No es su método de avisar su llegada.

—Pero… ¿y si aparecen tus hermanos, o tu primo… o esa tía que dices…? Si aparece, me muero, revivo y me petateo, seguro.

—Marcia, tranquila, ellos no van a venir jamás —remarcó Ben—. No saben dónde vivo, y además no hablo con ellos desde hace siglos.

Eso no era ningún misterio para Lina: sabía que su madre se llevaba mal con la familia de su padre, y no los había visto jamás. Lo único que sabía de ellos era que vivían en países muy lejanos “Y así está bien”, opinaba Marcia cuando tocaban el tema: “Acá entre nos… no son gente muy recomendable”. Aunque, claro, la familia materna tampoco era recomendable: Lina solo conocía a la tía Berta y a su insoportable hijo Robertito, o Bobby, que cada vez que iban de visita a su casa a la Ciudad de México le pegaba un chicle en el pelo.

De pronto, Lina escuchó un golpe en la puerta de entrada, como si alguien simplemente dejara caer un puño contra la madera. Lina miró el reloj, ¡eran justo las 9 de la noche! ¿Sería la última señal que faltaba? Del otro lado de la puerta sus padres seguían murmurando. Lina alcanzó a oír frases sueltas:

—Sabías de algunos inconvenientes cuando nos casamos…

—Lo sé, flaquito, pero…

—Las voy a proteger, cariño, te prometo que nada malo va a pasar.

Lina escuchó un segundo puñetazo, igual de fuerte. Temerosa, se aproximó a la puerta y se asomó por la mirilla. Del otro lado, bajo la farola de la entrada, había un hombre extremadamente alto y delgado. Usaba un andrajoso traje azul claro con fajilla violeta y corbatín. Estaba vestido como novio. Un coche pasó por la calle, y por un instante los faros iluminaron el rostro del desconocido. Lina quiso gritar del horror. El hombre que tocaba la puerta tenía la cara hinchada y verdosa con algunos jirones de piel colgando, incluso se podían ver fragmentos de hueso. Era un cadáver en proceso de descomposición.

Lina se alejó de la puerta, asustada. De nuevo, el puño se estrelló contra la madera.

—¿Quién es? —preguntó la niña, con pánico.

Se hizo un breve silencio. Lina estaba a punto de avisar a sus padres cuando vio que algo se deslizaba debajo de la puerta: un papel negro con filos dorados. Temerosa, estiró la mano y lo tomó. Se trataba de una especie de pergamino, doblado por la mitad; tenía el mismo grabado de la media luna al frente. Muerta de miedo y curiosidad lo desdobló; era un citatorio que decía:

A: Benvolio Pozafría

Calle Old Cerrito 512

San Ysidro, CA (Mundo Tibio)

ASUNTO: Reintegración a Luna Negra.

Sí o sí.

FECHA: Hoy, dentro de tres minutos.

NOTA 1: Favor de asesinar a su familia tibia previamente.

NOTA 2: Podemos hacer el trabajo anterior si lo desea.

Queda poderosamente avisado.

—¿Qué tienes ahí? —Lina escuchó una voz a su espalda.

Era Marcia.

Sus padres acababan de salir de la habitación.

—Lo acaban de entregar —Lina mostró el papel—. No sé si es una broma pero… el mensajero estaba disfrazado de zombi; creo que sigue afuera.

—Las cosas que dices —sonrió su madre de buen humor.

Ben tomó el papel y al leerlo parpadeó rápidamente. Su rostro, ya pálido y ojeroso de manera natural, se volvió casi transparente. Marcia se asomó para leer el papel, y por primera vez en su vida se quedó sin palabras.

—¿Qué es? —preguntó Lina, intrigada—. ¿Qué pasa?

—Nada, linda, es… Luna Negra, una asociación… bancaria —tartamudeó Ben—. Pero no te preocupes.

Lina señaló el pergamino.

—¿Pero por qué dice Benvolio Pozafría? ¿Qué es Luna Negra? ¿Por qué dice que hay que asesinar a la familia ahora?

Marcia y Ben se miraron entre sí, asustados. Parecía que ninguno se atrevía a agregar una palabra.

—Debe de estar mal impreso —dijo Ben finalmente, mientras rompía el papel—. Además, ya sabes cómo son ciertas compañías: cuando no realizas el pago mínimo amenazan con demandar, con quitarte tus cosas, con matar a tus seres queridos... Voy a poner una queja.

Ben fue hacia la ventana y recorrió las persianas. En el jardín frontal se veían las siluetas de cinco hombres inmóviles. Las farolas de la calle estaban cubiertas por escarabajos rojizos, los perros aullaban a los lejos y varios cuervos empezaron a aterrizar en el tejado.

Marcia corrió al lado de su marido.

—Flaquito —murmuró, asustada—, si ellos no son tu familia… entonces, ¿quiénes son?

Ben iba a decir algo pero se arrepintió.

—Nadie, cariño, no son nadie. Necesitamos relajarnos, eso es todo —dijo tenso, y miró a su mujer y a su hija—. ¿Qué les parecen unas vacaciones ahora?

—¿Ahora? Estoy en clases —recordó Lina—. Falta entregar los trabajos finales de Química, Física y Español.

—Unas vacaciones te ayudarán a despejar la mente, ya verás, linda —aseguró Ben mostrando una sonrisa tirante.

Ben hizo una seña a Marcia y los dos empezaron a hacer las maletas a toda prisa. En menos de un minuto Ben puso en una bolsa su colección completa de lociones (a Lina le pareció todavía más absurdo, pero no dijo nada).

Volvieron a golpear la puerta. Lina miró el reloj de la pared: eran las 09.03.33.

—Vamos por la puerta de la cocina —ordenó Ben—. No podemos perder un minuto. ¿Dónde están las llaves del coche?

—Las tengo yo —dijo Marcia, nerviosa.

Pero justo al salir por esa puerta se toparon con los mismos cinco hombres, que se habían trasladado al patio trasero de la casa en un parpadeo.

—Benvolio Pozafría… —dijo un hombre alto con el cabello muy rojo.

—Por fin te encontramos —dijo otro de estatura baja pero condenadamente fuerte.

—Llegó el momento de tu cita —murmuró el tercer hombre, con una voz rasposa. Era el más viejo de todos y sonreía con malignidad.

Los tres hombres que acababan de hablar eran tan pálidos que brillaban con la luz de la luna. Vestían trajes pasados de moda, como las levitas que se ven en fotografías antiguas. Los escoltaban otros dos, uno de ellos con un hábito de monje y el que usaba esmoquin de novio convertido en harapos.

El último hombre, el novio, se acercó y bloqueó la puerta para impedir que la familia volviera a entrar a la casa. Lina reconoció al mensajero; ahora, con la luz de frente, lucía su horrendo aspecto en todo su esplendor: le faltaba la mitad de la cara y un ojo estaba a punto de salir de su órbita. Un olor ácido y rancio se extendía por el aire y Lina sintió una arcada de asco. No era un disfraz, era auténtica carne muerta.

Lina repasó todos los conocimientos que tenía sobre alucinaciones, delirios, pesadillas… pero no encontró nada que pudiera explicar qué estaba ocurriendo en el patio trasero de su casa.

Los cuervos llegaban a parvadas, los perros no dejaban de aullar, cientos de escarabajos cubrían también el césped. Lina se dio cuenta de que todas las señales previas confluían justo en ese punto.

Recordó el sueño, y entonces tuvo la sospecha de que esa noche iban a morir.

Mundo umbrio. Las dos muertes

CAPÍTULO II

PRIMER ENCUENTRO CON LUNA NEGRA

Ben se colocó delante de su mujer e hija para protegerlas de los cinco extraños que había en su patio trasero.

—Me encantaría ayudarlos, pero no sé de qué hablan —dijo Ben, esforzándose por ser cortés—. Ni siquiera sé quiénes son ustedes. Me deben de confundir con alguien más.

Los cinco hombres miraban fijamente a Ben, excepto el zombi del esmoquin de novio, que tenía el ojo colgando y era difícil saber hacia dónde veía.

—Los invitaría a entrar, pero ahora mismo estamos saliendo de urgencia —explicó Ben mientras exploraba las posibles rutas de salida.

Entonces, el hombre de cabello rojo dijo, muy serio:

—Benvolio Pozafría.

—Luna Negra ha vuelto, está aquí —agregó el segundo hombre, bajo y macizo.

—Te acepta y perdona tus errores —remató el viejo, mirando con desprecio a Marcia y a Lina.

—Benvolio Pozafría, arrepiéntete, puedes volver con los tuyos —remató el pelirrojo.

—No entiendo de qué hablan —repitió Ben, irritado, mientras tomaba de la mano a Marcia y a Lina para llevarlas por el pasillo lateral hacia la cochera—. No sé qué es Luna Negra pero si traen publicidad, pueden dejarla en el buzón; luego la revisamos. Gracias.

Ben hizo el ademán de avanzar hacia el pasillo exterior que rodeaba la casa, sin dejar de sostener las manos de su mujer e hija, cuando, de pronto, una voz escalofriante los clavó en su sitio.

La voz provenía del fondo del jardín, donde Marcia tenía su pequeño cercado de setos y rosales. Había alguien ahí, una sombra, observándolos.

—¿No te da gusto verme, Benvolio? —preguntó la extraña voz, casi amorosa.

A pesar de ser femenina, la voz sonaba algo grave y rota, como si hablara con trozos de vidrio enterrados en el fondo de la garganta.

Los tres hombres pálidos de levita sonrieron mostrando unos dientecillos largos, amarillentos y muy puntiagudos. Lina se dio cuenta de que la temperatura bajó drásticamente y los perros dejaron de aullar. El espeso silencio resultaba aún más terrorífico.

Ben estaba como congelado. Y entonces, de entre la penumbra del fondo del patio, avanzó una figura femenina vestida con una túnica púrpura con rebordes rojos y dorados. Una capucha le ocultaba la cara.

Lina nunca había visto a su padre con tanto miedo. Estaba temblando.

—¡Vayan al carro y escapen! —les gritó a Marcia y a Lina—. ¡Huyan lo más lejos que puedan!

—¿Y tú? —gritó Marcia, confundida.

—¡Salgan de aquí ahora! —insistió Ben—. ¡Yo las protegeré! ¡Y no miren atrás!

Ben se llevó la mano a la bolsa donde llevaba los frascos con loción y sacó uno de ellos. Todo su cuerpo estaba en tensión.

Marcia y Lina echaron a correr por el pasillo que rodeaba la casa. Lina no pudo contener la curiosidad y volteó: alcanzó a ver que la mujer de la túnica púrpura se retiraba la capucha. Su aspecto era extraño, con una cabeza alargada y ojos rasgados en una inclinación rara; las pupilas destellaban con un brillo de espejo, como las de ciertas bestias cuando les dirigen un haz de luz a los ojos. Su piel casi transparente traslucía una extensa red de cicatrices, y el cabello era de un rubio incoloro. Lo que más asustó a Lina era su sonrisa: dos labios finos como un corte de navaja sobre la carne. La mujer irradiaba un aura de intensa maldad.

Lina tenía decenas de preguntas en la cabeza. ¿Quién era esa mujer? ¿Era Luna Negra? ¿Por qué su padre se veía tan asustado? ¿Realmente sabía quiénes eran? ¿Qué querían de él? ¿Eran seres humanos?

Lina vio cómo su padre abrió una de las botellas, y estalló un gran resplandor; se oyeron gritos destemplados y gruñidos furiosos, muy parecidos a los que oyó en su sueño. Entonces la chica sintió un tirón del brazo: era su madre, que la obligaba a avanzar. El peligro se podía sentir como un zumbido en el aire.

Llegaron al frente de la casa. Había enjambres de escarabajos por todas partes; el tejado lucía negro y lustroso de tantos cuervos posados en él. Habían recomenzado los aullidos de los perros. Marcia y Lina se sobresaltaron al oír el sonido de un claxon; frente a ellas, en la calle, estaba el viejo Renault de la familia y Ben estaba al volante.

—¿Papá? ¿Cómo llegaste…? —preguntó Lina, sorprendida.

—¡Adentro! —la interrumpió Ben—. ¡Ahora!

Marcia y Lina entraron a trompicones al asiento trasero del coche y Ben arrancó sin encender las luces. Por la ventanilla, Lina vio que del interior de su casa salía un espeso humo negro.

El fraccionamiento donde vivía la familia Posada Martín, se encontraba cerca de unas colinas de San Ysidro, con curvas pronunciadas y fuertes pendientes que hicieron chirriar las llantas con la velocidad.

A su paso, el coche de los Posada destrozó el buzón de los Goldman, la valla del jardín frontal de casa de la familia Vega y hasta la casita de un perro llamado Rocky, propiedad de los Roth. Algunos vecinos se asomaron a sus ventanas para averiguar qué estaba pasando.

Lina seguía escuchando los gruñidos a lo lejos.

—Flaquito, ten más cuidado —recomendó Marcia, y señaló el camino—. ¡Frena!

Habían llegado a una zona donde había un parque con juegos infantiles, y al frente estaba el que parecía monje franciscano con su hábito color marrón y un hedor putrefacto. Ben no alcanzó a maniobrar y el coche arrolló al monje; se escuchó claramente cómo crujieron los huesos. El vehículo, fuera de control, salió del camino, se estrelló contra los columpios del parque, se rompieron los cristales del lado de Lina y el parabrisas se rajó por completo. De inmediato se apagó el motor.

—¿Están bien? —preguntó Ben girándose al asiento trasero. Marcia tenía un feo corte en una ceja.

—No es nada de nada —se limpió con la mano la profunda herida—. Solo fue por encimita.

Marcia y Ben revisaron a Lina: estaba intacta, aunque muy asustada.

—Papá, ¿lo mataste? —preguntó mientras miraba el cuerpo del monje boca abajo tendido en el pavimento. Parecía una marioneta torcida en ángulos imposibles.

—Ya estaba muerto —fue toda la explicación de Ben—. Hay que salir de aquí.

Hasta ese momento Lina no se dio cuenta de que su padre tenía la parte derecha del rostro quemada con ámpulas blancas y gomosas. Estaba cada vez más confundida: ¿en qué momento se quemó? ¿Con qué?

—¡Ya no está! —exclamó Marcia señalando la calle.

El cuerpo del monje había desaparecido; entonces Lina sintió que algo la sujetaba del abrigo: el del hábito intentaba sacarla por la ventanilla. Vio su brazo putrefacto con algunos ligamentos rotos y un hueso que sobresalía entre la carne. La chica gritó aterrada.

Ben consiguió arrancar de nuevo el auto, y con el movimiento se oyó un chasquido seco y se desprendió el brazo del monje; sin embargo, la mano amputada seguía aferrada a Lina. Sin detener el coche, Ben se giró hacia el asiento trasero, tomó con fuerza el brazo y lo arrojó por la ventanilla. Lina miró como los dedos de la mano seguían moviéndose, buscando a su presa, en medio del arenero del parque.

Ben volvió al camino y a toda velocidad cruzó la caseta del fraccionamiento, rompiendo la pluma y despertando al vigilante. Afuera del conjunto de casas había una estrecha carretera que comunicaba con algunas maquiladoras y el aeropuerto Brown Field.

Ben tomó el último camino, pero frenó pocos metros des­pués al ver las siluetas de la mujer y los tres hombres con ropa pasada de moda. Algo tenían en la piel: también lucía muy quemada, y se les veían las pupilas con un brillo de pura maldad.

—Benvolio, ¿por qué huyes? ¿Por qué te niegas a mí? —dijo la mujer, furiosa y triste al mismo tiempo—.Ven, y todo te lo perdonaré.

Ben metió reversa y buscó otra vía de escape: encontró un camino sobre un descampado en pendiente, a lo lejos se veía la valla, la frontera, las luces de la garita. Aceleró.

La mujer hizo una seña a los hombres.

—Eliminen a las dos tibias —ordenó secamente, y se dirigió al pelirrojo—. Tirso, a él guárdalo para mí.

Los tres hombres se llevaron la mano al interior de la levita y sacaron un bastón pequeño, metálico, con punta afilada. Dieron un tremendo salto de varios metros, hasta perderse entre las rocas y arbustos.

Dentro del coche, Lina estaba muy asustada.

—¿Quiénes son? ¿Por qué nos quieren hacer daño? —preguntó.

—Vamos a estar bien, hijita —aseguró Marcia, aunque su voz nerviosa la contradecía—. Te explicaremos todo cuando estemos fuera de peligro.

¿Explicaremos? ¿Por qué su madre hablaba en plural? ¿Sabía o sospechaba qué estaba pasando? Lina estaba aún más confundida.

Ben giró el coche; las llantas rechinaron pero consiguió colocar el vehículo en la posición correcta. Al retomar el camino se oyó un ruido en el capó del auto y se dobló bruscamente el metal. Alguien había saltado encima. Al frente, otro de los hombres, salido de la penumbra, había saltado sobre el cofre del carro y se había pescado de los limpiaparabrisas. Atrás, uno de los hombres pálidos se aferraba a la defensa del auto.

Estaban rodeados.

El hombre pálido, desde atrás, lanzó uno de los bastones metálicos contra Lina; en un parpadeo Ben saltó al asiento trasero para proteger a su hija y el afilado bastón le traspasó la parte superior de la espalda. Lina gritó aterrorizada.

El hombre que estaba arriba del auto, el pelirrojo llamado Tirso, tomó el bastón de metal y rasgó la lámina del vehículo como si fuera una lata de refresco. A toda prisa, Ben regresó al asiento de conductor y pisó el acelerador a fondo; el hombre salió despedido por los aires y cayó de cabeza sobre unas afiladas piedras.

Con gran esfuerzo, Ben se sacó de la carne el bastón y lanzó el arma contra el sujeto que intentaba entrar por el parabrisas. Le atravesó limpiamente el cuello y el hombre lanzó un gruñido agudo. Lina se dio cuenta de que su padre tenía en la espalda, cerca del hombro derecho, un agujero negruzco. A toda prisa, Ben buscó en la guantera y encontró algunos pañuelos desechables. Los usó para taponarse la herida.

—Estaremos bien —dijo con voz cascada, mientras pisaba el acelerador.

Todo era como una pesadilla, irreal. Lina vio que algo viscoso y tibio salía del pecho de su madre. Entonces se dio cuenta: el hombre de arriba, el pelirrojo, antes de caer, había conseguido lanzar su bastón de metal a Marcia en el centro del estómago. Literalmente la había clavado al asiento.

Lina tomó las manos de su madre y empezó a gritar histéricamente. Ben miró por el retrovisor.

—La llevaremos a un hospital —dijo firme—. Necesito que seas fuerte, linda. Ahora más que nunca.

Entonces se oyó un ruido debajo del auto: uno de los hombres, el anciano, seguía aferrado al coche. Reventó uno de los neumáticos usando las uñas, duras como cuchillas; el auto se barrió bruscamente en una media vuelta. Ben aceleró para retomar el control del vehículo.

Lina seguía abrazada a su madre, que respiraba con dificultad.

Al frente, el anciano pálido había conseguido entrar al coche por el asiento del copiloto. Ben conducía con una mano, mientras con la otra lanzaba puñetazos. Tanto el intruso como Ben mostraban unos dientes largos y afilados.

—Hija, sal de aquí —dijo Marcia con decisión a su hija—. Sálvate, mi Linurris.

—Mamá, te vamos a llevar a un hospital.

Marcia negó con la cabeza.

—No hay tiempo —dijo mientras abría la puerta con sus últimas fuerzas—. Salta, Liniux. Toma mi abrigo, envuélvete en él y rueda al caer…

Lina miró el camino: veía matojos pasar a gran velocidad. Al frente, su padre seguía luchando con el anciano de las uñas afiladas. Había herido a Ben en el cuello, en la cara, y le había rebanado parte de la oreja derecha.

—Te amo, hijita —dijo Marcia a Lina con ojos llenos de lágrimas—. Perdónanos por todo.

Lina no se decidía, así que Marcia, para salvarla, empujó a su hija fuera del coche.

La chica dio varios giros entre la tierra antes de detenerse. Del otro lado, el coche salió del camino, dando un par de violentos giros.

Fue lo último que vio Lina antes de perder el sentido. Cuando recobró la conciencia se encontraba en la cama de un hospital, con la cabeza y un brazo vendados; feos raspones le cubrían la barbilla; un hombro y las rodillas estaban en carne viva, y por todas partes tenía moretones y costras de sangre seca. A pesar de todo, no tenía un solo hueso roto. Para suturarle una herida le habían afeitado parte del cráneo y quedó al descubierto un lunar rojo y alargado en la parte posterior de la cabeza.

Lina preguntó por sus padres. La enfermera guardó silencio y llamó a una doctora, que explicó, en voz baja y serena, que por desgracia ni Marcia ni Ben habían sobrevivido al accidente.

Lina sintió como si hubiera caído en un pozo dentro de sí misma. Todo parecía tan lejano y absurdo. Le ardía el pecho. Hizo un gran esfuerzo para hablar, para pensar. Era imposible que sus padres estuvieran muertos, se trataba de un error, de una terrible equivocación.

“Un despapaye pero plus”, hubiera dicho su madre con su folclórico lenguaje.

—Quiero verlos —pidió con urgencia—. ¿Dónde están?

La doctora negó con la cabeza.

—Es imposible —explicó—. La policía sigue investigando y hubo un incidente con el cuerpo de tu padre, pero ya lo estamos resolviendo.

—¿Incidente? ¿Qué incidente? —repitió Lina, atolondrada—. Necesito verlos.

La doctora parecía súbitamente nerviosa y sugirió a Lina que descansara.

¿Descansar? ¿Alguien podría descansar? ¿Alguna vez podría ponerse bien de nuevo? Lina sentía que nada de lo que ocurría a su alrededor era real, y la asaltó la duda de si ella también estaría muerta. Tal vez morir era un poco así, como estar perdida en un nuevo mundo sin sentido. ¿Pero dónde estaba el famoso túnel que se suponía que debía ver? ¿Dónde estaban los seres queridos para recibirla y avanzar todos juntos hacia la luz, con música de arpas de fondo? Posiblemente morir era algo distinto de lo que todos decían.

Esa fue la primera muerte de Lina Posada.

Tal vez su corazón seguía latiendo (a su pesar) y le dolía horrible el cuerpo, pero Lina sabía que a partir de ese momento, pasara lo que pasara, su vida anterior se había esfumado para siempre. Algo en su interior había muerto.

Ese mismo día una agente de la policía del condado fue al hospital para hablar con la niña y preguntarle si recordaba algo del accidente. En su memoria, Lina tenía frescas todas las terribles escenas; sin embargo, ¿cómo explicarlas? ¿Zombis de monjes franciscanos y novios putrefactos? ¿Ancianos pálidos con ojos de bestia que brincaban cinco metros, con brazos que seguían moviéndose después de ser arrancados? Lina guardó silencio; ni siquiera pudo dar el teléfono de un familiar (nunca le había llamado personalmente a la tía Berta). No fue de ninguna ayuda en la investigación.

—Está en shock, es normal que esté bloqueada —la excusó la doctora.

Por desgracia, la memoria excepcional de Lina ahora se había vuelto un tormento. Volvía a oír los gritos bestiales del hombre pelirrojo y a ver las pupilas luminosas de la mujer de la túnica púrpura. Además, casi podía jurar que oía perros, ¿o eran lobos?, que seguían aullando en la lejanía.

Para mitigar la angustia, Lina usó uno de sus trucos favoritos: repasó en voz baja la tabla periódica de los elementos. Eso era horriblemente nerd, algo propio del Gnomo Sabiondo, lo sabía, pero sinceramente no le importó. En su mente desfilaron el hidrógeno, el helio, el litio, el berilio, el boro, el carbono, el nitrógeno, el oxígeno y el flúor, gas que, por cierto, forma parte del grupo de los halógenos y es el más electronegativo de los elementos. Todo eso la hizo entrar en una especie de inconsciencia, y al fin pudo conseguir un estado de duermevela y el anhelado sueño.

Soñó que se encontraba justamente como estaba ahora: herida, con una bata de hospital y cubierta de vendajes y curaciones. En el sueño volvía a cruzar la puerta de la capilla del cementerio, pero al entrar se hallaba en una biblioteca iluminada por candiles con unas extrañas bombillas de luz parpadeante. El lugar era inmenso pero por la falta de iluminación los detalles parecían desenfocados, como tras una ligera neblina. Se podían ver algunas ventanas de tipo ojival y una fantástica red de pasillos y escaleras que ascendían a varios niveles atiborrados de libros. Al centro había un enorme atril de hierro, y al lado estaba el chico del primer sueño.

Ahora Lina lo podía ver bien: tenía probablemente dos o tres años más que ella, era de piel anormalmente pálida, cabello oscuro ensortijado y hermosos ojos negros. Llevaba un curioso traje lleno de hebillas y remiendos.

—Conseguiste escapar, ¿eh? —dijo el chico—. Te felicito. Los tibios como tú corren peligro cuando hay umbríos sedientos, como los de antes.

Lina asintió, no muy segura de a qué se refería.

—Tienes un lunar de sangre —exclamó el chico sorprendido al descubrir la extraña mancha que era visible en la parte posterior de la cabeza—. Tiene forma como de llave, nunca había visto uno así.

Lina se llevó la mano a donde tenía la cabeza afeitada.

—Para saber el significado te recomiendo que vayas a una lectura del oráculo —sugirió el chico, y aseveró con una sonrisa—: no cualquiera tiene un lunar de sangre como los nuestros…

—¿Nuestros? —Lina habló por primera vez dentro del sueño. Su voz sonaba con un grave eco.

—Yo también tengo uno… ¿Tú tienes más lunares de sangre?

—Si te refieres a los rojos, este es el único que tengo —aseguró Lina—. Y tengo una cicatriz que me hice de pequeña al caer en un parque.

—Las cicatrices no cuentan. Deben ser lunares rojos de nacimiento —explicó el chico.

—Ah, ya… —meditó Lina—. ¿Y qué pasaría si tuviera más?

—Si tuvieras tres lunares serías un talismán.

—¿Talismán? —repitió Lina, confundida.

—Sí, así se llama, talismán de la buena fortuna. Es una cosa de buena suerte, gente muy afortunada, pero deben ser lunares con figuras especiales, como un reloj de arena, un báculo o un ave Fénix… Cosas así, ya me entiendes.

Pero sinceramente Lina no tenía la menor idea de qué estaba hablando el curioso chico. ¡Y vaya que era guapo!

—De cualquier modo, ya es emocionante conocer a alguien con un lunar de sangre, no es nada común —agregó el muchacho—. Lástima que seas solo un sueño.

—Yo no soy ningún sueño —replicó Lina, confundida—. Yo estoy soñando contigo.

—¿Insinúas que yo soy el sueño? —el chico sonrió: tenía unos dientes muy rectos y blancos—. ¡Qué absurdo! Yo existo.

—¿Y entonces cómo te llamas?

—Gismundus el Triste.

—Ese no es un nombre —dijo Lina, confundida—. La gente no se llama así.

—Aquí sí.

—¿Aquí? ¿Dónde es aquí?

El muchacho iba a responder cuando Lina oyó un ruido, como de un pájaro chocando una y otra vez contra un cristal.

Lina despertó bruscamente y reconoció la habitación del hospital. Volvió a oír el sonido, ahora como si tocaran el cristal con la punta de unos dedos. Se giró y vio a un hombre detrás de la ventana.

¿Seguía soñando? Era imposible que alguien estuviera afuera: la habitación se hallaba en un cuarto piso y ni siquiera había cornisa.

Lina se acercó a la ventana, y aunque todavía estaba oscuro vio claramente a un hombre que llevaba una especie de bata de color verde pálido. Era Benjamín Posada, su padre, con manos y pies adheridos a la pared.

Lina estaba desconcertada.

Ben parecía distinto, era como si hubiera envejecido súbitamente treinta años. Tenía el cabello cano y escaso, mejillas hundidas; también había rastros de quemaduras en la cara y desgarres en la oreja.

—Ábreme, linda —pidió con una débil sonrisa—. Está haciendo viento aquí afuera...

Lina dudó un instante: ¿qué estaba ocurriendo? ¿Qué hacía su padre ahí afuera? Al final, abrió la ventana. Tenía una especie de tope que limitaba su apertura a unos diez centímetros, p

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