Robert Baratheon, un rey dionisíaco
El amor es maravilloso, mi querido Ned, pero nada puede cambiar la naturaleza de un hombre.
Lyanna Stark, Juego de tronos
Robert Baratheon es al principio de la saga el rey de los Siete Reinos. Como jefe de la Casa Baratheon ha llegado al poder tras la Rebelión de Robert o Guerra del Usurpador. Robert es interpretado por el actor Mark Addy y es un rey que cae bien, sentimos lástima y simpatía por él. D. B. Weiss, productor ejecutivo y guionista de la serie de hbo, valora así la interpretación de Mark:
El primer video que vi de las audiciones para el reparto de Juego de tronos fue la prueba de Mark Addy para el papel de Robert. Tras ver la primera escena, pensé: «¡Este proceso de selección va a ser muy fácil! El primer actor que veo resulta ser la encarnación perfecta del personaje».
Aunque los mayores momentos de gloria de Robert Baratheon no aparecen en pantalla, pues son hechos sucedidos años antes, durante la Rebelión de Robert. Recordemos el fragmento en el libro Juego de tronos:
Se habían enfrentado en el vado del Tridente, en el centro mismo de la batalla, Robert con su maza y su enorme yelmo astado, el príncipe Targaryen con su armadura negra. Llevaba en la coraza del pecho el dragón de tres cabezas de su Casa, todo recubierto de rubíes que refulgían a la luz del sol. Las aguas del Tridente enrojecieron en torno a los cascos de sus corceles mientras ellos cruzaban las armas una y otra vez, hasta que por último un golpe de la maza de Robert destrozó el dragón y el pecho que había debajo. Cuando Ned llegó al lugar, Rhaegar yacía ya muerto en el río, y hombres de ambos ejércitos se zambullían en las aguas turbias para buscar los rubíes que se habían desprendido de la armadura.
Robert derrotando al príncipe Targaryen y decantando la balanza de la guerra. Entre la épica y el patetismo. Al final de este combate decisivo para la historia de millones de personas, unos cuantos soldados se zambullen en las aguas para buscar los rubíes de la armadura del príncipe caído. Tragicomedia. Ese es el punto cumbre de Robert Baratheon, hombre de guerra, pero no rey de la paz. A partir de ese instante los Lannister, dirigidos por el ajedrecista Tywin, se añadirán al Lobo, el Ciervo y el Águila (los hombres del Valle comandados por Jon Arryn, que había sido tutor de Ned Stark y Robert) dando jaque a la antigua dinastía Targaryen. El mate lo ejecutará Jaime Lannister, el Matarreyes, en la soledad de la cámara del Trono de Hierro.
El rey Robert: la caricatura de Camelot
Robert Baratheon no es un modelo de rey ideal. En el Ciclo del Grial el rey Arturo representa el modelo perfecto de soberano: justo, querido y amado por todos sus caballeros y súbditos en el reino idealizado de Camelot. Por otro lado, Robert representa en Juego de tronos más bien lo contrario. Es un rey mujeriego y alcohólico que no es amado ni por su propia esposa. También es un rey cornudo, aunque en esto sí se parece al de Camelot. Robert no preside una Mesa Redonda de caballeros nobles, sino que está rodeado por un consejo de personajes intrigantes que buscan su ruina; algo que advierte Ned Stark, su amigo del alma que, ante la oferta de aceptar el cargo que le ofrece Robert, expone las dudas siguientes sobre la corte de Desembarco del Rey: «Las únicas verdades que entiendo están aquí. El sur es un nido de víboras. Lo mejor es que ni me acerque».
Nada más cerca de la verdad y un presagio para el futuro. Al poco de estas palabras Robert y Eddard estarán muertos. Los años han pasado factura a Robert, a quien no sientan bien la vida familiar ni la paz, como lo demuestra la descripción que se hace de Robert al llegar a Invernalia para visitar a Ned Stark: «Lucía una barba negra y tan basta como el alambre, que por lo menos servía para ocultar la papada y los temblorosos mofletes del rey, pero nada podía disimular la barriga ni las bolsas oscuras bajo los ojos».
Robert es un guerrero venido a menos. Buen guerrero, mal esposo y pésimo gobernante. Su tendencia juerguista es algo que viene de antaño, pero su amargura se ha incrementado con los años. Al bajar a la cripta de Invernalia para ver la tumba de Lyanna, su amor de juventud, se explica lo siguiente:
Robert Baratheon siempre había sido hombre de apetitos voraces, poco dado a negarse ningún placer. En aquello no había cambiado nada. Pero Ned advirtió que esos placeres se estaban cobrando su precio. Cuando llegaron al pie de las escaleras Robert jadeaba, y se le veía el rostro congestionado a la luz de la lámpara mientras se adentraban en la oscuridad de la cripta.
Al ser prometida a Robert Baratheon, una jovencísima Lyanna había confesado a su hermano la desconfianza hacia un hombre que no era de una sola mujer. La cita es elocuente: «El amor es maravilloso, mi querido Ned, pero nada puede cambiar la naturaleza de un hombre».
También es evidente que el peso de la corona y la maldición del Trono de Hierro hacen de la tarea de gobernar los Siete Reinos algo demasiado pesado para alguien como Robert, ya que él mismo confiesa a Eddard Stark que: «Te lo juro, sentarse en un trono es mil veces más duro que conquistarlo […]. Te lo juro, nunca estuve tan vivo como cuando estaba ganando este trono, ni tan muerto como ahora que lo he ganado».
El amargo don de la belleza
La belleza de Lyanna desata la Rebelión de Robert, causada por el rapto (aunque hay otras versiones de la historia) de la joven por parte de Rhaegar Targaryen, príncipe heredero de Aerys II. Resuenan aquí los ecos de la Guerra de Troya causada por la belleza de Helena, una idea que flota en toda la obra de Martin. La tensión entre el amor y el odio, entre la belleza femenina y la furia masculina, entre las bellas y las bestias. Recordemos aquí unas palabras de Melisandre, que iremos comentando a lo largo de este ensayo:
Hay hielo y también hay fuego. Odio y amor. Amargura y dulzura. Masculino y femenino. Dolor y placer. Invierno y verano. Mal y bien. —Dio un paso hacia él—. Muerte y vida. Mires hacia donde mires, opuestos. Mires hacia donde mires, la guerra.
Esta Rebelión de Robert provoca una guerra terrible y la caída de los Targaryen. La guerra podía haberse evitado si Robert hubiera recapacitado, así se lo cuenta el mismo Eddard a Robert en un pequeño diálogo en que se refleja uno de los grandes temas de Canción de hielo y fuego: la verdad oculta bajo la superficie, muchas veces envuelta en la belleza de las apariencias. Leamos: «No conociste a Lyanna como yo, Robert —replicó Ned—. Viste la belleza de la superficie, no el hierro que había debajo. Ella te habría dicho que no debías tomar parte».
Pero los hombres tropiezan con las mismas piedras, y como decía Karl Marx, filósofo del materialismo dialéctico: «La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos». Los acontecimientos se remontan años atrás y los vivos están mediatizados por el pasado, pues venimos al mundo y heredamos una gramática, unos recuerdos, una memoria. Y es muy difícil hacer tabla rasa. Algo que Tyrion Lannister, siempre agudo y clarividente, expone muy bien:
Todo tiene raíces en el pasado, en nuestras madres, en nuestros padres y en los padres de nuestros padres. No somos más que marionetas, nos mueven los hilos de los que nos precedieron, y algún día nuestros hijos tendrán que bailar como les dicten nuestros hilos.
Que Robert sigue enamorado de Lyanna es un hecho probado, al menos para Cersei, la bella e infiel esposa de Robert. Así nos lo cuenta ella misma en Juego de tronos: «Sigue enamorado de la hermanita, esa insípida de dieciséis años que lleva tanto tiempo muerta. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que decida cambiarme por una nueva Lyanna?»
No tardará mucho en estallar otra guerra, pues en la misma Invernalia sucede un hecho que prende la mecha de un nuevo conflicto: Jaime arroja al curioso y entrometido Bran Stark por la ventana y la rueda de la fortuna empieza a girar de nuevo. Unos segundos antes Cersei, que se encuentra en secreto con su hermano Jaime, se pregunta, de forma premonitoria al más puro estilo Martin, lo siguiente: «Pero, ¿qué pasará cuando Robert muera y Joff ocupe el trono? ¿Y cuanto antes suceda eso, más a salvo estaremos nosotros?»
Ginebra y Lancelot, los amantes adúlteros de Camelot. Pero ni Cersei es Ginebra ni Jaime es Lancelot (pues ambos son hermanos) ni Robert es Arturo, más bien una antítesis del soberano de Camelot. La Rebelión de Robert tiene algunos actos injustificables, entre los cuales se encuentra el trágico final de Elia Martell y sus hijos, un crimen del cual Robert y Tywin no tienen las manos del todo limpias, como puede deducirse de este fragmento:
Ned no se molestó en fingir sorpresa; el odio que Robert sentía hacia los Targaryen rozaba la locura. Recordó las frases airadas que habían intercambiado cuando Tywin Lannister entregó a Robert como obsequio y muestra de lealtad los cadáveres de la esposa y los hijos de Rhaegar. Ned lo consideró un asesinato; Robert dijo que aquello era la guerra.
Robert acepta de buen grado el regalo atroz que le hace Lord Tywin, los cadáveres del bebé heredero y la pequeña Rhaenys. Siguen los ecos de Troya: Rhaegar pierde el duelo decisivo como Héctor; los dos hijitos de los caídos (Aegon y Astianacte, respectivamente) son estampados contra la pared por los vencedores. Y este horror, como en la guerra de Ilión, persigue a los vencedores. Robert queda maldito, pues no engendra más que bastardos, Eddard perderá a su primogénito en un futuro no muy lejano, Jaime tiene a un hijo loco que desconoce su verdadero origen…
El infanticidio durante el saqueo de Desembarco del Rey y el aval que recibe de Robert marca una generación entera de los Siete Reinos. La muerte cruel de sus pequeños sobrinos justifica una de las obsesiones de Doran Martell, patriarca de Dorne y señor de Lanza del Sol: proteger a los niños. Doran expone que para un rey es fácil enviar a sus soldados, pero son los niños los que mueren. Doran Martell, un príncipe interesante, éste sí más cerca del filósofo rey de Platón. Algo parecido dice Lord Varys, consejero del rey, que ha experimentado como niño la violencia de los adultos, en la cita siguiente: «¿Por qué son siempre los inocentes los que más sufren cuando ustedes, los grandes señores, juegan al juego de tronos?»
Sin duda, uno de los temas transversales de la obra de George R. R. Martin es el de cómo los débiles sufren la violencia de los fuertes. Como desvelaremos más adelante, la suya es una obra sobre el Poder, pero también contra el Poder. Y, sobre todo, la pérdida de la inocencia.
El ciervo coronado y el hombre enjaulado
Hay hombres que son como las espadas, hechos para luchar; cuélgalos y se oxidarán.
Donal Noye, herrero del Muro
Como describe magistralmente el antiguo herrero de los Baratheon, que sirve con Jon Nieve en la Guardia de la Noche, el de Robert es el típico caso del hombre al cual le sienta mejor el estado natural de la guerra —la bellum omnia inter omnes que decía Hobbes— que la paz y la aburrida gestión de los asuntos mundanos, más propia de filósofos y burócratas. Su destino podría ser el nuestro. Un psicoanalista le diría a Robert que su dependencia a la bebida es una salida fácil a los desaires de Cersei y a cuya fogosidad no da el cauce correcto. Es un niño que perdió de joven a sus padres, atrapado en el cuerpo de un rey venido a menos. Friedrich Nietzsche, el filósofo del martillo, sería más indulgente y vería en él lo que es: un hombre trágico que vive la vida hasta el límite atrapado en una corte rígida. No lo llamaría Superhombre porque hay en él resentimiento y melancolía. Sólo le reprocharía que no diera rienda suelta a sus sueños de guerrero. La terapia de Freud sería un valioso psicoanálisis; en cambio, Nietzsche le recomendaría declararle la guerra a alguien. Quizás empezar nuevas guerras es lo que esperaba al conceder, a su hermano de armas Eddard Stark, el cargo de Mano del Rey; o puede que fuera sólo para recordar batallitas. Todo esto se refleja exactamente en esta sincera confesión del rey a Eddard al más puro estilo Robert:
Pues te voy a contar un secreto, Ned. Más de una vez he soñado con renunciar a la corona. Tomaría un barco que fuera a las Ciudades Libres, me llevaría sólo la maza y el caballo, y me pasaría el tiempo entre trifulcas y putas, para eso nací. El Rey Mercenario, ¡los juglares me adorarían! ¿Sabes por qué no lo hago? Porque me imagino a Joffrey sentado en el trono y a Cersei a su lado, susurrándole al oído. Mi hijo. ¿Cómo he podido engendrar un hijo así, Ned?
Ahí está todo: el sueño como camino hacia los deseos del inconsciente, las juergas y la gloria. Y la sospecha, la sospecha sobre la identidad de Joffrey. El inconsciente intuye cosas que el consciente no puede aceptar para no estropear la realidad, la mentira sobre la que se sustenta el reino. Freud y Nietzsche, maestros de la sospecha.
Donal Noye hace una interesante descripción de los tres hermanos Baratheon (Robert, Stannis y Renly) y los compara con tres metales (acero, hierro y cobre). Martin convierte a un herrero en un filósofo de verbo brillante. Veamos el fragmento de Choque de reyes:
Robert era el auténtico acero —contestó el armero después de meditar un instante—. Stannis es hierro puro, negro, fuerte y duro, sí, pero también quebradizo, como el propio hierro. No se dobla nunca, antes se rompe. Y en cuanto a Renly… ay, Renly es cobre, pulido y brillante, muy bonito, pero a la larga no vale gran cosa.
Es interesante porque estas comparaciones nos remiten a la poesía épica de Hesíodo y a la filosofía de Platón donde se clasifica a los hombres en oro, plata y bronce según su valía, aunque en Hesíodo prevalece la fuerza y la épica y Platón, en cambio, reserva el oro para los sabios o filósofos. Platón defendía que el mundo no iría bien hasta que los filósofos fueran gobernantes y los gobernantes, filósofos. ¿Robert un rey filósofo? Para nada. Más bien, Robert es un rey dionisíaco: apasionado, bebedor, desmesurado. Todo lo contrario de lo que defendía Platón.
Grandes engendradores de bastardos
La imagen de Robert I, el restaurador de la justicia después de los desmanes del Rey Loco Aerys II, tiene varias lecturas y referencias. Tildado de «usurpador» por parte de los lealistas Targaryen, el papel de Robert nos recuerda al que tuvieron en la historia de Inglaterra Enrique IV y Enrique VII, que destronaron en 1399 y 1485, respectivamente, a reyes conocidos por su impopularidad. Pero el modelo de rey guerrero y dionisíaco lo asemeja quizás mucho más a otros soberanos. Uno inglés, Ricardo Corazón de León, héroe militar de las Cruzadas y uno de los grandes generales del Medievo. El gran historiador inglés Steven Runciman fue claro sobre Ricardo y sus palabras podrían servir con respecto a Robert: «Fue mal hijo, mal esposo y mal rey, pero un valiente y espléndido soldado». A su regreso de las Cruzadas fue encarcelado temporalmente por el emperador de Alemania y, según la leyenda, tuvo que soportar como Blondel, el Trovador, tocaba el laúd a los pies de la torre donde era custodiado. Finalmente, Ricardo murió asediando el castillo de Chalus-Chabrol, una fortaleza francesa de menor importancia, por la mano de un humilde niño armado con una sartén y una ballesta. En un último acto de magnanimidad el niño fue perdonado.
Otro de los reyes, amante de los combates y con poca capacidad de gobierno fue Jaime el Conquistador. El rey de Aragón fue también un implacable guerrero, un hábil militar, con una larga lista de bastardos. Perdió, como Robert, sus padres tempranamente y fue un amante fogoso y capaz de hacer cortar la lengua al obispo de Girona, que le amonestaba en un sermón por ciertas andanzas sexuales. Eso cuenta la leyenda, pero hay una variante según la cual el obispo vulneró el secreto de confesión. Filipo II de Macedonia, otro ilustre barbudo, vivió «a lo Robert» en su vida privada, con el odio de su esposa Olimpia, mientras procreaba bastardos y se emborrachaba en continuos festines. Fue un comandante reputado y realizó numerosas conquistas. Ricardo, Jaime, Filipo II y Robert Baratheon, hombres engendradores de bastardos, grandes señores de la guerra, que aunque fueron crueles, como era costumbre en sus tiempos, también supieron perdonar. Y todos con un fin triste, sin la paz que hombres con menos méritos han conseguido en su lecho de muerte.
Coda
«Pacífica es la vida de un pueblo que se lee con aburrimiento», escribió el filósofo Montesquieu. A la muerte de Robert se desencadena una guerra terrible: la Guerra de los Cinco Reyes. El fallecimiento del rey Robert Baratheon es un hecho que aparentemente es fruto de la desgracia pero que esconde un crimen perfecto. Tras su muerte se producen terribles presagios, un reguero de profetas se echarán a las calles, el renacer de los Dragones marca el retorno de la magia a Poniente, se acerca el invierno… Esta muerte recuerda vagamente a la de Juan I de Aragón, cuyo fin en Girona en una siniestra cacería estuvo a punto de provocar una guerra civil en Aragón en el siglo xiv, y que acabó con Bernat Metge y varios consejeros del rey en la cárcel. Hay un fragmento que describe prosaicamente el clima que sigue a la muerte de Robert. El vociferante discurso de un anónimo flagelante en una callejuela de Desembarco del Rey ante un atónito Tyrion Lannister:
El orgullo se antepone a la plegaria, los gusanos gobiernan nuestros castillos, el oro lo es todo… ¡pero eso se acabó! ¡El verano pútrido se acaba, y el Rey Putero ha caído! Cuando el jabalí lo destripó, un hedor espantoso ascendió hacia los cielos, y de su barriga salieron mil serpientes siseantes —señaló el cometa y el castillo con un dedo huesudo—. ¡Ahí tienen el presagio! ¡Los dioses lo exigen a gritos, purifíquense o serán purificados! ¡Báñense en el vino de la probidad, o serán bañados en fuego!
Las claves de Robert Baratheon
Robert ha tenido una gran gesta que justifica su corona: la batalla del Tridente en que derrota al príncipe Rhaegar Targaryen.
La estrella de Robert se apaga justo cuando obtiene el trono, ya que se construye no sólo sobre su hazaña militar, sino sobre tres cadáveres inocentes.
Es un hombre al que los años y la corona le han desgastado. Es un buen guerrero, mal esposo y pésimo gobernante.
Robert es la antítesis del rey Arturo y mucho más parecido a soberanos reales como Filipo de Macedonia, Ricardo Corazón de León o Jaime I el Conquistador.
Eddard Stark y el principio del deber
Porque un hombre que en todas las cosas quiera hacer profesión de bueno, entre tantos que no lo son, no puede llegar más que al desastre.
N. Maquiavelo, El Príncipe
Eddard Stark es el Lord de Invernalia y jefe de la casa Stark, el emblema de la cual es el lobo huargo y su divisa es el famoso Winter is Coming (Se acerca el invierno). Se acerca el invierno, palabras que ya pronunció literariamente el trovador occitano Jaufré Rudel en el lejano siglo xii («l’iverns gelatz arriba»). El historiador francés George Duby escribió que superar el invierno era una obsesión para el hombre medieval y, de hecho, la literatura medieval sitúa gran parte de sus historias cuando comienza la primavera; así sucede en El Cuento del Grial de Chréthien de Troyes y los conocidos Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer. George R. R. Martin, en cambio, nos sitúa Poniente a punto de adentrarse en un invierno que se alargará años y años.
La responsabilidad del poder y el precio de la lealtad
Como toda historia de espada y brujería Juego de tronos tiene su arquetipo de caballero. El personaje honrado por excelencia de la saga es Eddard Stark, que acepta el peligroso cargo de Mano del Rey (una suerte de primer ministro) por su amistad con el rey Robert, compañero de aventuras en su juventud. Eddard es un personaje de corte aristotélico y kantiano. Padre de familia y hombre de la ley. Su fuerte sentido del honor y la lealtad lo llevan, durante el primer volumen de la saga, desde su tranquilo hogar, Invernalia, a la capital del reino y más adelante al cadalso. Por honor y por amistad acepta el ofrecimiento de Robert Baratheon para acceder a un cargo teñido de sangre, el de Mano del Rey, que como apunta Jaime Lannister, no es ningún regalo. Para Jaime Lannister el rey caga y la Mano del Rey recoge la mierda. Maquiavelo recomienda en su libro El Príncipe reservar al jefe del Estado las buenas noticias y empresas y dejar para los ministros y ayudantes las más impopulares. Esto es lo que le sucede a Eddard en el famoso torneo de la Mano, donde se ve en todo tipo de problemas por un torneo que él no desea organizar.
En la plaza pública es decapitado por la espada de la justicia, la misma que él blande en el primer capítulo de la serie para castigar con la decapitación a uno de los desertores de la Guardia de la Noche. Puede parecer casual, pero no lo es. El círculo se cierra en Ned Stark ya que aparece decapitando por ley y termina decapitado por la ley que ha jurado obedecer: la ley del reino y del rey. ¿Cómo llega Stark a este momento crucial, a este instante en el que la vida se bifurca y un hombre alcanza la gloria y otro se hunde en el barro? Por honor. En el diálogo de Ned con sus hijos, antes de la ejecución del fugitivo de la Guardia de la Noche, se muestra este sentido de la rectitud en la aplicación de la justicia de Ned y, además, se incluye un spoiler sobre su final. La distinción entre ley, moral y ética es uno de los temas filosóficos de esta jugosa serie y que aparece ya durante el primer capítulo. Veamos las palabras de Ned:
La sangre de los primeros hombres corre todavía por las venas de los Stark, y creemos que el hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada. Si le vas a quitar la vida a un hombre, tienes un deber para con él, y es mirarlo a los ojos y escuchar sus últimas palabras. Si no soportas eso, quizás es que ese hombre no debe morir. El gobernante que se esconde tras ejecutores a sueldo olvida pronto lo que es la muerte.
Si lo pensamos un poco, nos damos cuenta de que George R. R. Martin nos da una pista, ya en los primeros compases de la saga, de uno de sus momentos culminantes, de esos cliffhanger tan martinianos y que golpean al lector. Es más: podríamos decir que donde Martin es previsible es en su imprevisibilidad. Así corren los foros de internet, llenos de teorías, quizás algunas imposibles o retorcidas, pero para Martin nada es imposible. Respecto a los spoilers ocultos, esta es una de las constantes de su narrativa: releer el libro permite encontrar multitud de pistas sobre acontecimientos futuros.
Volviendo al fragmento antes mencionado, ¿cuál es el gobernante que se esconde tras ejecutores a sueldo? Joffrey. Y también Tywin Lannister, abuelo del retoño real. El mismo Joffrey que manda asesinar a su hijo Bran, y que le mandará ejecutar a él mismo, pero no por su mano sino por la del verdugo Ilyn Payne, y con su misma espada: Hielo. Joffrey es un rey odiado que tiene el poder, pero no el respeto ni la legitimidad. Los Stark representan en el Norte lo que los romanos llamaban la Auctoritas (la autoridad o legitimidad), además de la Potestas (la titularidad del poder), la Justicia. Joffrey tiene la Potestas pero no la Auctoritas.
Por honor y por imperativo categórico Eddard Stark decapita a un hombre que ha desertado. Habría razones para escucharlo y absolverlo. Pero la Ley no es igual a la Justicia, ya que aquella puede corromper, ser ciega o simplemente ser el velo bajo el que se esconde la maldad o, mejor dicho, la ambición de poder de los hombres. Stark es un idealista. Más adelante, cumple la ley y acepta su destino, pero condena a su familia. ¿Dónde está aquí la Justicia?
Eddard Stark, cuando la bondad es un problema
Otro acontecimiento en que percibimos el fuerte sentido kantiano de la ética y la moral de Eddard Stark se produce durante una reunión del Consejo del rey Robert Baratheon. Se debate abiertamente decretar la muerte de una mujer inocente y un niño nonato (Daenerys Targaryen y el hijo de Khal Drogo), como Herodes en la matanza de los inocentes. Ned Stark nos muestra en esta escena el modelo ético kantiano: el deber y sus imperativos no permitían matar a una mujer y su hijo basándose en posibles crímenes o problemas que pudiera causar en el futuro (a priori eran inocentes). El razonamiento del consejo del rey es, en cambio, utilitarista: matar a la mujer y su hijo evitará una guerra futura y conflictos mayores, como la muerte de miles de ciudadanos de los Siete Reinos (para evitar daños a posteriori). Para Stark eso es inaceptable y es ahí donde se da cuenta de que está metido en un avispero político en el cual chocan sus ideales del Norte con la maraña de intereses de la corte, en la cual, poco después de que pasa el tiempo, nos damos cuenta de que cada uno hace su juego (Pycelle, Petyr, Varys y Cersei).
¿Debería confiar un hombre en alguien que le advierte que no debe confiar en nadie? Puede parecer un acertijo, una paradoja o un juego de palabras, pero es una situación real. Petyr Baelish advierte a Ned que no se fíe de nadie y al final lo traiciona. De hecho, no le mintió nunca, pues le dijo que no se fiara. Tyrion Lannister ha explicado un poco antes a Catelyn, la mujer de Ned, que no se puede confiar en Meñique: «¿Por qué caga un oso en el bosque? Porque está en su naturaleza. A los hombres como Meñique les cuesta menos mentir que respirar».
Otro ejemplo de la bondad, o ingenuidad según se mire, de Eddard Stark, se observa cuando avisa a Cersei Lannister de sus intenciones de desvelar la verdadera paternidad del heredero al trono, Joffrey Baratheon. Es un acto de humanidad, ya que le da a la reina una oportunidad para huir de la corte con vida. Para evitar un baño de sangre, Eddard Stark se condena a muerte. Para hacer el bien, Stark da tiempo a las víboras de la corte para tenderle una trampa. Maquiavelo advierte en El Príncipe de esta trampa a la que llevan al soberano las nociones clásica y cristiana de virtud: las leyes de la política y el poder están reñidas con la ética y la moral tradicionales. El poder y la política tienen sus propias normas y si uno quiere dedicarse a gobernar, debe tenerlo presente. Siempre puede optar por una vida cómoda en la cual pueda ser bueno u honrado, pero nunca jugando al Juego de tronos, pues en éste o ganas o mueres. En un documental de la bbc sobre los 500 años de la publicación de El Príncipe de Maquiavelo, aparece George R. R. Martin y expone esta paradoja: uno cree que los buenos y justos deben tener el poder, pero este recae, muy a menudo, en tipos malos y despiadados. Aragorn, el rey justo de Gondor, tuvo más suerte que Eddard y Robert, pues en J. R. R. Tolkien el maquiavelismo lo encarna tímidamente Grima, Lengua de Serpiente. En la corte de Theoden este somete al rey de los Rohirrim a un hechizo y a su palabrería. Pero el mago Gandalf levanta el hechizo y todo queda arreglado. Minas Tirith y Edoras no son Desembarco del Rey y Gandalf «ya no está». La ausencia, en la saga de George R. R. Martin, de un viejo sabio que ayude al héroe es una aportación novedosa a la literatura fantástica, tema que expondremos más adelante.
Martin construye a los Stark durante el primer volumen de la saga, nos describe su mundo, sus nombres, sus espacios sagrados y profanos, los de sus criados, sus Dioses… y nos hace amarlos para después destruirlos poco a poco, hasta que no queden más que escombros. ¿Quizás para resurgir al final? Quién sabe, pero en todo caso nunca nada será como antes. The North will remember.
La ejecución de un hombre justo
Ned es llevado a la cárcel y juzgado. Lord Varys le ofrece escapar vistiendo el negro de la Guardia de la Noche y él desiste de hacerlo en primera instancia, así como Sócrates rechazó fugarse como un ratero de la Atenas clásica. Recordemos un fragmento antológico cuando, tras la ejecución del guardia fugitivo al inicio de la saga, a la pregunta de su hijo Bran Stark, «¿Un hombre puede ser valiente cuando tiene miedo?», Eddard responde: «Es el único momento en que puede ser valiente». Eddard afronta la muerte de forma estoica. Como Sócrates y Jesucristo. Eddard debe añadirse a ellos para formar la tríada de magníficos ejecutados por error, ignorancia o fanatismo. Pero las grandes historias son así. And I was round when Jesus Christ had his moment of doubt and pain.
Cuando quiere ceder para salvar los Siete Reinos de la guerra, ya es tarde. Así de cruel es George R. R. Martin. Por ideales, Eddard es capturado y, cuando los traiciona, también encuentra la muerte en el cadalso. Muere por el capricho de un niño en el cuerpo de un rey: el enfermizo Joffrey, un adolescente que, en su versión televisiva, parece salido de un anuncio de McDonald’s. Todo un acierto del casting.
Las claves filosóficas de Eddard Stark
Principios morales vinculados al cumplimiento del deber: imperativos categóricos (I. Kant).
Fuerte sentido de la amistad y aceptación de las leyes y la jerarquía social.
Aceptación estoica de la condena a muerte (Sócrates).
Idealismo moral: todo el mundo es inocente (a priori) y los principios morales prevalecen sobre los intereses personales.
La esperanza de vida de Sean Bean
Crees que mi vida me importa tanto que traicionaría mi honor por unos cuantos años más… ¿o qué?
Ned Stark, capítulo 1x09 «Baelor»
Nunca quise a mis hermanos. Para un rey es triste admitirlo, pero es cierto. Tú fuiste el hermano que escogí.
Robert Baratheon a Ned Stark, capítulo 1x06 «Una corona de oro»
Para aquellos que no conocían los libros de Juego de tronos, uno de los principales reclamos de la serie eran que la producía hbo y que la protagonizaba Sean Bean. El actor empezó a ser una cara conocida de la televisión británica por sus papeles en la bbc a finales de los años ochenta y principios de los noventa del siglo pasado. Fuera del Reino Unido, también era conocido por su papel de antagonista de James Bond (Pierce Brosnan) en 007: GoldenEye. Si no hubiese sido por su papel de Eddard Stark, el actor británico hubiera sido recordado para siempre como el Bóromir de las películas de El Señor de los Anillos.
Bean ha interpretado muchos personajes, de perfiles y tiempos muy diferentes. Y no pocos de ellos acaban muertos en pantalla. Y es que aquellos que no habían leído el primer libro de Canción de hielo y fuego nunca se hubieran imaginado que George R. R. Martin fuese capaz de matar a uno de los personajes protagonistas de la historia. Y menos de una manera tan cruel: decapitándolo.
Para los cinéfilos fue la gota que derramó el vaso y provocó una reacción en cadena: internet se inundó de listados de las muchas muertes del actor, con un video titulado «Sean Bean muere en todas sus películas» como título.
Hasta ahora ha muerto en veinte de las cerca de cien producciones en las que ha trabajado, de maneras bastante originales (evidentemente, el listado revela detalles importantes de las respectivas películas): degollado en Caravaggio; por una bayoneta en War Requiem; atropellado por unas vacas en El Prado; ahogado en un río subterráneo en Lorna Doone; ensartado por un florete en Carissa; apuñalado en Scarlett; de una caída desde un sitio elevado en 007: GoldenEye; a tiros en Los chicos de Essex; enterrado vivo en una mina en Ni una palabra; estrangulado en La isla de Michael Bay o heroicamente ensartado por flechas orcas en El Señor de los Anillos, entre otras.
Uno de los signos físicos distintivos del actor es una cicatriz sobre su párpado izquierdo que le hizo Harrison Ford durante el rodaje de Juego de patriotas. Mientras filmaban la escena de la muerte de su personaje, Ford le dio un golpe con un gancho de barco que le dejó esa marca permanente. Aunque la muerte del personaje no fue por el golpe: lo empalaron sobre una lancha, lo dejaron a bordo y, cuando esta se estrelló, murió quemado en las llamas.
El accidente no hizo que Sean Bean evitara las escenas de acción. De hecho, el actor echa de menos filmar escenas de batallas desde que acabó su trabajo en Juego de tronos. «A veces extraño pasar el día entre espadas. Pero tengo unas cuantas en casa, ¡así que ningún problema!», bromea el actor. A Bean no le importaría volver a Juego de tronos: «Me gustaría, quizás hasta como zombi. Estaría muy bien volver, si fuera consistente con los libros y durase unos días. Me gustaría reencontrarme con todos y es una gran serie».
Tywin Lannister, el ajedrecista
El movimiento más eficaz es aquel que no se espera; el mejor de los planes es el que no se conoce.
Sun Tzu, El arte de la guerra
Un hombre que merece una canción tan triste y a la vez tan amenazadora como «Las lluvias de Castamere» solamente puede tratarse de alguien áspero, huraño y desagradable. Estos adjetivos sobre Lord Tywin Lannister son una descripción fiel, pero incompleta. El jefe de la casa Lannister, linaje respons