Plomo

José Luis Sastre

Fragmento

Fragmento

Echa a correr, sin saber adónde. Corre de frente y no se atreve a mirar atrás. Se lamenta de eso, pero no lo puede evitar. Ella corre porque ha oído que gritaban su nombre y le han dicho que eche a correr. Eso hace, obediente. Huye porque la quieren muerta y teme morir, y la llevan el miedo y el impulso de seguir viviendo. No sabe qué es lo que acaba de ocurrir y, sin embargo, lo esperaba de alguna manera. Ha sido hoy, con un golpe seco y atronador que ha llenado la calle de humo y metralla, de cristales rotos; un golpe que a ella la cubre de ira y de espanto, de una impotencia que se le desborda en la boca del estómago, a punto de vomitar. No querría odiar y le es inevitable. Querría gritar y no puede. Se nota paralizada y, a la vez, corre con una ligereza que no le parece suya, sobre un cuerpo que no le parece el suyo, mientras llora ahogada en su propia culpa. Tropieza y se tambalea y percibe un frío inédito en la palma de las manos. Le vienen las ganas de dejarse caer, pero se pone en pie y vuelve a correr en un gesto mecánico porque se lo han pedido: se lo ha pedido el hombre al que acaba de dejar en el lugar de la explosión. No ha tenido tiempo de pensar y ahora que lo piensa cree que ha hecho mal y que ya es tarde. Ya solo escucha su propio resuello, ensordecida en mitad de un estruendo hecho de alarmas de coches disparadas, de gritos, de persianas que caen rotas al suelo y otras que cierran de golpe los vecinos que no quieren mirar aunque haya muertos. Sobre todo si los hay. Corre en mitad de un olor extraño que no olvidará nunca. Se sabe viva y se sabe muerta del miedo, y se pregunta por qué ha abandonado al hombre al que no sabe si han matado o han herido. Se arrepiente de su huida, pero se da cuenta de que, en las peores horas, el instinto se impone a la mejor voluntad.

Eso se dice para no sentirse peor aún: que hay momentos en los que no se puede distinguir lo que está bien de lo que está mal o que, para distinguirlo, se necesita el valor que a ella le falta. En plena carrera, nota un peso en los pies que no es por el miedo: es por la culpa, y ese será el precio que pagará por haber salido corriendo pero viva.

Ella solo sabe que ha oído su nombre entre gritos.

María, corre, le gritaban.

Y eso ha hecho.

 

A mí me ha dado por pensar en la tarde en que le conocí y en cómo me cayó tan mal de pronto: cómo le odié porque lo hacía todo bien y todos decían que era valeroso y dispuesto, el más condecorado. Si uno albergaba un poco de dignidad, si uno se trataba a sí mismo con un poco de respeto, lo menos que le podía tener eran unos celos llenos de envidia, como yo se los tenía. A mí me ha dado por pensar en eso sentado en este viejo banco de madera en el que me sorprendo de las ganas que tuve de gritarle soy mejor que tú y tú a mí no me engañas, de gritárselo con una rabia desatada antes de que, sin que yo me diera cuenta, me fuera seduciendo y me metiera en su círculo hasta convertirme en un amigo de los que se confiesan el mal que se deseaban el día en que se conocieron. Ese era él: el tipo del que dejé de murmurar porque a los amigos, si son de verdad, no se les puede tener una envidia que dure tanto. Era mi compañero más leal y ahora está muerto, metido en una caja que no han querido destapar porque dicen que las heridas le han desfigurado la cara. Mi amigo está muerto porque lo han matado por la espalda con seis tiros que no pudo esquivar ni siquiera con un acto reflejo: ni llevándose la mano a la nuca, ni alzando la cabeza, ni gritando algo, ni gritando a nadie; acribillado después de llevar una vida alerta por si venían a buscarle, sin esperar que todo se le fuera a acabar de repente así, tan sin sentido. Seis tiros uno tras otro, en menos de seis segundos: uno, que lo mató. Y luego otro. Y otro. Y otro. Y otro más. Y en cada tiro un espasmo. Y un último tiro todavía. Ayer me hablaba de sus días de permiso y hoy está muerto sin que tuviera la ocasión de mirar al tirador a los ojos para saber si era un hombre o una mujer, si era joven o era mayor, para entender por qué seis, para darle al menos la opción de captar con una mirada o con un gesto, con lo que fuera, que lo estaban matando y que se iba a quedar tendido allí en la calle, a plena luz. Te iban a matar a traición a ti, del que aprendimos los demás a resguardarnos. Cómo pudieron matarte a ti, cómo pudieron matarte de todos modos; cómo puede ser que esas campanas toquen a difuntos porque hay un muerto que eres tú y que se abarrote la iglesia de gente que dice que está indignada por tu muerte y que dice a la vez que aquí hace mucho calor y luego lo repite tres o cuatro veces: repite que hace calor. Hay también gente que calla, aunque se les ve en la cara el miedo por lo que pasa y por si les puede pasar a ellos. A mí el banco me resulta incómodo y quiero irme, pero no puedo. Me entran ganas de fumar, pero no fumo.

Aquí dentro solo se oye el toque de muertos de afuera y un rumor de palabras sueltas que inunda la iglesia de un zumbido, como tomada por miles de avispas.

 

Me enteré por la radio de que había un atentado. Supe que era él por la hora y por el sitio, por un viento frío a deshora. Cuando vinieron a anunciármelo yo iba ya camino de la comisaría. Sin que yo crea en los presagios, adiviné que me iba a tocar llevarlo a hombros con este pellizco en la tripa que supongo que es indignación. Lo llamo así porque lo que yo tengo no es miedo, o no es solo miedo. No es solo angustia, ni hartazgo, ni impotencia. Hace tiempo que no siento una cosa y ya está, sino que se solapan varias y acaban por no ser nada en concreto, una desazón difusa que no te deja nunca estar en paz. Si digo indignación se me hace corto porque no sé si indignarse de verdad es compatible con mantener la serenidad en el funeral por un asesinato. Yo no sé cuánta indignación hace falta para levantarse y salir a gritar o romper a llorar o prenderle fuego al vacío, que es lo que yo haría ahora: cualquier cosa menos estar aquí guardando la compostura junto a otra gente que apenas conozco y que se abanica por un calor que aturde. Yo he venido andando hasta aquí y las calles estaban en su sitio, y también las casas, y a mí me cuesta creer que nada detenga la rutina del mundo y que vaya cada cual a lo suyo como todos los demás días. Si uno está vivo de veras no puede llamar a eso indignación, tan cerca de la indiferencia.

Se notaba acaso un silencio en una esquina, o al salir de una ventana, pero es el silencio de diario. El de mi barrio, por ejemplo, cuando hay quien baja la voz si me ve para que yo no oiga que me señalan con el dedo o con los ojos por el hecho de que yo tenga el oficio que tengo. Aquí el mundo se mira en bandos y cualquier pretexto es bueno para meterte en ellos.

Yo soy escolta y así me gano la vida. Algunos días presiento que todos esos rumores, que llenan las calles de ecos, me acabarán matando a mí.

Me salva que no creo en los presagios.

Decidir tu oficio te marca la vida, si es que lo puedes escoger. Igual te acabas dedicando a lo que no pensabas o a lo que no tuviste más remedio. En ocasiones es vocacional, y no es que me entusiasmara la idea de hacerme policía y mucho menos escolta, pero las cosas fueron tomando ese cariz y ahora puede decirse que este es mi oficio, y a mí me gusta. Sería exagerado decir que lo disfruto, porque no se disfruta del miedo, pero produce una satisfacción que no se puede comparar con nada el hecho de saber que estás haciendo lo que crees que tienes que hacer y que además es tu trabajo. No se trata de valor, que es lo que te dicen algunos, los que te llaman valiente a la cara y luego piensan que eres un temerario o un funcionario del sistema, los que tienen por seguro que ellos nunca se dedicarían a esto. Sabes que lo piensan y no lo dicen, pero a lo primero que aprendes es a leer sus expresiones y a que no te importen. Piensas tantas veces en el miedo que no sabes bien lo que es el valor, y te convences de que al final esto es un trabajo y nada más. Como otro cualquiera, te dices. Me siento útil y en el sitio en el que hago falta. En cualquier otro contexto no tendría mayor mérito, así que trato de restárselo en este.

Yo pensaba que la vocación era lo que te llevaba a dedicarte a un oficio, y he aprendido que la vocación es lo que puede despertarse también en él. Sé lo extraño que suena habituarse a un trabajo en el que pueden matarte, igual que si la vida no valiera ya nada, pero yo me digo que mi trabajo consiste más bien en que no maten a los demás, o en que los demás puedan tener una vida corriente. Soy consciente de que esas cosas que me digo para que todo me resulte más normal tienen que ver con que nada lo es en realidad. Esas cosas son una manera de convencerme de que no soy ningún suicida, y me lo repito en los días de perros, como hoy, en los que me trago el horror y me indigesto. Yo me tengo que explicar a mí mismo, y varias veces, por qué me dedico a esto, y he de repetirme que alguien tiene que hacerlo y que todos los oficios tienen sus riesgos, y en el mío hay el riesgo de que te maten. Por eso intento no pensar demasiado, salvo cuando es inevitable. Hay quien viene, por ejemplo, y me hace ver que las personas a las que yo protejo se juegan la vida por sus ideas, pero que en cambio yo me juego la mía solo por protegerlas a ellas. Lo dicen así, con ese solo que delata que morir por defender la libertad de otros les parece tan poca cosa. Yo les pregunto por qué darían ellos su vida, por qué o por quién, y suele pasar que me sonríen y me dan una palmada en la espalda en señal de complicidad o de pésame. Nunca lo aclaran. Quizá sea compasión, que siempre la da aquel a quien no se le pide.

Otras veces me preguntan si este trabajo está tan bien pagado como para que merezca la pena, pero entonces les pido que me digan cuánto dinero es eso: cuánto dinero creen que compensa el riesgo de que les puedan pegar un tiro en la nuca al doblar una esquina. Ahí se vuelven a callar y no me dicen nada.

Y yo les miro.

En la iglesia, un vecino me ha dicho que un hombre no puede morir así y que una sociedad no puede desarrollarse así, entre el terror, que es otra palabra extraña porque decir terror o terrorismo parece un fenómeno impersonal como la lluvia o el viento y no mi amigo con seis disparos, ahogado en su sangre. Entiendo que lo llamen así, porque es verdad que hay terrorismo y hay terror y es así como se están criando los niños, con la posibilidad de que un día les maten a alguien o vean cómo lo matan, con la seguridad de que verán la noticia de un atentado y lo asumirán con tal naturalidad que, al cuarto o al quinto muerto, en vez de preguntarse por qué se preguntarán tan solo dónde. Eso por no hablar de esto a lo que no hay manera de acostumbrarse, que son los hijos de mi amigo, a los que su madre ha decidido traer al funeral por mucho que le hayan recomendado que no lo haga y por mucho que haya gente que comente, porque siempre hay gente que comenta. Ella ha dicho que sí, que claro que los iba a traer, y los tiene de la mano, que es una mano firme y que no tiembla ni un poco, porque eso es lo que ella quiere que sus hijos vean: que su madre aguanta, como si fuera posible morirse a pedazos. Que llora, porque está bien llorar, pero que está orgullosa de que su marido tomara la decisión de mantener un trabajo por el que defendía la vida de otras personas aun a riesgo de perder la suya. Puede que los niños no lo entiendan todavía.

Lo entenderán.

Yo, que los veo, creo que ya lo entienden.

 

Hace siete días estalló un coche bomba a cien kilómetros de aquí. Lo activaron a distancia. Mataron a sus tres ocupantes: un juez y dos escoltas. Uno de ellos, de veintisiete años, llevaba unos pocos días en ese destino. El otro, padre de tres hijos, tenía cuarenta y dos. El juez, que había recibido varias amenazas, tenía cincuenta y tres.

En las crónicas se destacan mucho las edades porque son lo primero que se pregunta: cuántos años tenían los muertos.

Muchos de los que están en el funeral de hoy ya estuvieron en el funeral de la semana pasada.

Dicen que allí les hizo el mismo calor y se quejan, indignados.

 

Detrá

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