Caín

Javiera Paz

Fragmento

 Prólogo

15 de julio, 2001

CAÍN, 7 AÑOS

—¡Dispárale! —gritó mi padre enojado.

La vena de su cuello y la de su frente estaban marcadas. Sus ojos, negros de odio, proyectaban más furia hacia a mí que hacia el sujeto que tenía enfrente.

—¡No seas cobarde, maldita sea! —Su voz grave me atormentaba.

Una niña, tal vez de mi edad, lloraba junto a una mujer adulta. Ella ni yo entendíamos nada; solo intuíamos que su padre se encontraba en problemas.

—No, papá. No lo haré —dije, intentando que no se me cortara la voz. Apreté la pistola para ocultar el temblor de mis manos, aunque no fue suficiente; todo mi cuerpo se sacudía por los nervios. No era capaz de asesinar a un ser humano.

—¡Vamos, maldita sea! ¡Hazte hombre! —Su tono me partía a la mitad. Mis ojos iban a explotar en llanto, pero no. No podía defraudar a papá. Yo era un Bennet. Uno de verdad—. ¡Aprieta el puto gatillo o te mataré a ti!

No. Yo no quería morir.

Aterrado miré a mi padre, luego a la familia del tipo y finalmente me centré en él, en sus oscuros ojos. Por más que fuera yo quien sostenía la pistola, él estaba gritándole a mi padre cosas que no alcanzaba a oír por el zumbido en mis oídos. Solo lograba entender que le rogaba que sacáramos a su familia de ahí, pero mi padre tenía una máscara de frialdad.

Sin desviar la vista del hombre, papá me apretó el hombro y yo apunté. Presioné el gatillo y lo siguiente que sentí fue el sonido sordo de la pistola y el impulso que me arrastró hacia atrás. Papá me sostuvo de los hombros para que recuperara el equilibrio. Le había disparado en la frente. No pude dejar de mirarlo. La sangre espesa escurrió por su rostro inmóvil sobre el cemento. Estaba muerto.

Los gritos agudos de su mujer me devolvieron a la realidad. La niña ahora estaba agarrando la camiseta de su padre y lo remecía para despertarlo.

—Vámonos de aquí. —Oí a papá detrás de mí. Me quitó la pistola de mis manos congeladas.

Cuando me disponía a caminar hacia el auto, mi padre observó a la mujer y le disparó sin pensarlo dos veces.

—¡Papá! —grité.

Me ignoró y me arrastró hacia el auto.

—Estaban en problemas hacía tiempo —comentó con voz calmada y encendió el motor para arrancar.

—¿Y la niña? —Miré por la ventanilla polarizada. Se había quedado sola en medio del callejón, sin ninguna protección y llorando en medio de dos cadáveres.

—Llegará la policía en unos minutos y la llevarán con su familia.

No sé si su respuesta me calmó.

Lo miré en silencio mientras nos alejábamos a toda velocidad. Sus ojos, idénticos a los míos, eran impenetrables. No se inquietaba por nada. Siempre aparentaba ser un tipo decidido.

—No tienes que preocuparte por nadie —me dijo mirando la carretera—. Naces solo, mueres solo. No tiene que importarte nadie más que tú mismo. La vida es así, Caín. Cuando seas mayor lo entenderás. Debes ser frío y desinteresado. Recuerda que nadie en este puto mundo es mejor que tú. No tengas amigos, porque solo se aprovecharán de ti. No te enamores. Joder, no lo hagas. Solo servirá para arruinarte la vida. Obedéceme y todo saldrá bien.

CAPÍTULO 1

Febrero, 2015

CAILÍN TAYLOR

El departamento en el que me instalé era pequeño y estaba situado en el piso diez de un edificio viejo en la ciudad. Tenía dos habitaciones y un baño. La cocina era de concepto abierto con butacas alrededor de la encimera. Mi tía insistía en ayudarme a acomodar mis cosas, pero se lo negué en reiteradas ocasiones con una sonrisa.

—No es necesario, ¡de verdad! —le dije por quinta vez.

Ella resopló, agotada por mi terquedad, y esbozó un intento de sonrisa con sus manos en las caderas.

—Estoy muy orgullosa de ti, ¿sabes? —Ladeó la cabeza y se acercó a mí—. Aunque hayas escogido este sitio para vivir.

Luego de la horrible tragedia de mis padres hacía catorce años, mi tía, hermana de papá, se hizo cargo de mí y me acogió como su hija. Cuando cumplí los diecisiete me contó que todo lo que habían tenido mis padres en vida ahora estaba reflejado en mi cuenta bancaria. Recién a los veinte me decidí a vivir sola, aunque ella no entendía por qué había escogido volver al sitio de la tragedia. Para ser honesta, yo tampoco lo entendía, pero algo en mi interior me atraía a ese lugar como un imán. Debía ser aquí.

—¿Orgullosa de qué? Todo esto se lo debo a mis padres.

Era cierto. Había tenido un par de trabajos de medio tiempo, aunque nunca me habría alcanzado para arrendar un departamento, ni siquiera en el pueblo en el que vivía junto a ella, su marido y mi primo Dante.

—Debes enfocarte en estudiar, ¿oíste? —Sonrió, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos. La conocía muy bien. Ella no quería que estuviera ahí, sin embargo, las dos entendíamos que debía soltarme y dejarme vivir.

—Por supuesto que lo haré. Voy a estar bien, ya verás.

—Y no te olvides de ir a visitarme. —Cogió su pequeña cartera que descansaba en el sofá. Lo había comprado recién y todavía no le quitaba el plástico de encima.

—Te visitaré. Sé que ninguno de ustedes puede vivir sin mí.

—Tienes razón —dijo. Ojeó su teléfono y luego negó con la cabeza—. De hecho, debo ir a ver a tu primo justo ahora, pero llámame si necesitas algo, ¿de acuerdo? Me voy mañana.

Se acercó a mí y sin aviso me estrechó entre sus brazos con más fuerza de la que esperé. Me crujieron las costillas y reí.

—Te quiero muchísimo, hija.

—Y yo a ti. —Besé su mejilla con efusividad y ella sonrió.

La vi caminar hacia la puerta y desaparecer detrás de ella. Solté el aire que no sabía que había retenido en mis pulmones y contemplé el silencioso departamento en el que estaba. Las paredes blancas necesitaban un par de fotografías o pintura colorida.

Sin moverme de donde estaba miré el reflejo de la ventana. Todavía no tenía persianas, por lo que la ciudad se veía en todo su esplendor con aquellas luces infinitas. Un recuerdo viajó a mi mente. Luces. Muchas luces dando vueltas en todos los sentidos. Sangre. Gritos. Bloqueé el pensamiento pestañeando. Me obligué a recordar que estaba en esta ciudad porque aquí había pasado los seis primeros años de mi vida con mis padres. Los lindos recuerdos no podían ser aplacados por esas horribles imágenes.

Además, había conseguido reconectar con Annie, mi amiga de infancia y adolescencia a la que había dejado de ver durante unos años, mientras vivía en el pueblo. La había echado mucho de menos, y ahora compartiríamos universidad, así que tendría la oportunidad de disfrutar de su impulsividad y su carácter alegre a diario.

* * *

El invierno ya había llegado a la ciudad, esa mañana hacía muchísimo frío. Toqué el piso de mi habitación con los pies descalzos y se me helaron los dedos. Debía poner pronto una alfombra para soportar esos meses.

Me fui a la ducha sin pensarlo. Con el frío solía quedarme enrollada entre las frazadas para evitar salir a congelarme la nariz. Me sequé el cabello y me vestí, o me sobrevestí. Necesitaba un gorro y una bufanda para enfrentarme a mi primer día de clases en una universidad diferente y a mitad del semestre. Salí del departamento con mi bolso colgando del hombro y bajé en el ascensor apretando frenéticamente el botón del primer piso, como si eso ayudara a que se diera prisa. Saludé al conserje y afuera busqué un taxi.

En las húmedas calles algunas personas caminaban sosteniendo paraguas por si llovía. El taxi condujo rápido y en diez minutos estuve afuera del acceso norte de la Universidad Estatal de Patapsco. Pagué el viaje y me bajé, consiguiendo que se me congelaran las mejillas.

La gran construcción captó mi atención de inmediato; me quedé casi sin aliento al ver el edificio principal de ladrillo rojizo, con ventanales altos por los que se entreveía el interior del campus.

A la derecha, un sendero de concreto dividía el césped congelado y conducía hacia un conjunto de edificios modernos por donde caminaban cientos de estudiantes absortos en sus teléfonos, libros o cafés humeantes.

A la izquierda, una hilera de árboles desnudos enmarcaba la entrada a la majestuosa biblioteca de la universidad. Su fachada reflejaba la luz pálida del día, y en su interior podían distinguirse siluetas deslizándose entre estanterías interminables.

Llené mis pulmones de aire y comencé a caminar hacia el interior ansiando encontrarme con Annie. Que ella también estudiara ahí había sido una de las principales razones por las que escogí este sitio para incorporarme en mi tercer año de carrera. Solo que ella estaba en la Facultad de Ciencias y yo en la de Humanidades. Esperaba encontrarla pronto, porque todo me parecía demasiado grande y extraño.

Capeé el frío caminando por el pasillo de los salones de clases y saqué mi teléfono para revisar el horario. El primer curso que tenía era Salud mental, sala 205. Me aseguré de estar en la facultad correcta y subí a la segunda planta por las escaleras. Encontré el salón de clases unos segundos después. Todavía no llegaba la profesora, pero ya había estudiantes dentro conversando entre ellos, y uno que otro con la cabeza en el escritorio y sus auriculares puestos como un campo de fuerza. Vi un asiento vacío y me senté. El estómago se me revolvía mientras me ganaba algunas miradas curiosas. Todos se conocían. Yo era la nueva.

Unos minutos después llegó la profesora y todas aquellas miradas curiosas desaparecieron y se concentraron en la mujer que hablaba en forma acelerada acerca de comportamientos, conductas y neurodesarrollo. Me pareció tan interesante que olvidé que ese era mi primer día en una universidad nueva, y al finalizar la clase confirmé una vez más que me encantaba estudiar psicología.

—¡Cailín! —Oí el grito a mis espaldas.

Me volteé y vi a mi amiga Annie corriendo por el pasillo hacia mí mientras agitaba efusivamente un brazo. Como si no la pudiera reconocer con ese abrigo rojo parecido al color de su cabello entre los cientos de estudiantes que se movían por la facultad. Le sonreí y me quedé esperándola. Ella se abalanzó sobre mí y me abrazó con fuerza. Por suerte no nos dimos de lleno con la baldosa.

—¡Te eché mucho de menos! ¿Cómo estás? —preguntó separándose de mí y me agarró las mejillas con ambas manos.

—Bien, estoy bien. —Sonreí. Me alegraba tanto verla—. ¿Tú cómo estás? Yo también te eché de menos.

—Estoy bien. Pensé que no vendrías el primer día de clases, nunca te gustó.

—No podía perderme este día. ¿No leíste el último mensaje que te envié? Estaba ansiosa por conocer este sitio.

—Lo leí esta mañana y corrí hasta la Facultad de Humanidades. Menos mal tengo clases en una hora más. —Se enganchó a mi brazo—. Vamos, deja que te muestre esta selva amazónica.

En primera instancia me llevó a la biblioteca —en realidad, yo le pedí que ese fuera el primer lugar que visitáramos—. Era un sitio majestuoso. Tenía grandes estantes llenos de libros separados por sección y escalerillas para los niveles superiores que ningún mortal alcanzaría. El aroma a volúmenes viejos invadió mi corazón y me quedé observando todo como una estúpida. Había mesones largos de madera oscura y otros escritorios individuales para quienes disfrutaban de trabajar sin compañía. Solo se oía el pasar de las páginas y las teclas en los computadores de la segunda planta. Las luces tenues daban una atmósfera de antigüedad que me causó nostalgia. Amaba las bibliotecas tanto como la carrera que había escogido. Annie me explicó que era un sitio común entre las facultades; por eso era tan grande y diversa en cuanto al contenido de sus libros.

Y, aunque estaba repleta de personas, no se sentía pequeña ni bulliciosa.

El segundo lugar al que fuimos fue la cafetería, otro sitio que compartían todas las facultades. Lo primero que noté fue la gran escalera por la que subían y bajaban personas. Las baldosas blancas y las paredes gris claro daban una sensación de limpieza absoluta. Frente a las grandes puertas de vidrio estaba la cocina, en donde una puerta separaba a las cocineras del espacio común de los estudiantes. Algunos chicos cargaban bandejas y ellas a través de una ventanilla les servían comida. Justo a la derecha había un sitio para comprar alimentos en caso de que no recibieras las becas de subvención de la universidad.

Otra cosa que noté al entrar fue la distribución de las mesas. Todas eran rectangulares y del mismo tamaño, pero algunas estaban unidas para recibir a los grupos grandes. Me recordaron al instituto al que iba en secundaria.

—¿Hay alguna jerarquía para sentarse? —pregunté antes de caminar y acomodarme en cualquier sitio. No quería ser el hazmerreír en mi primer día.

—Algo así —respondió Annie con una sonrisa nerviosa—. Ahí se sientan los niños ricos. —Señaló con su boca un espacio en donde había chicas y chicos vestidos de manera pulcra. Conversaban entre ellos, pero no miraban a nadie fuera de su círculo—. No son muchos, pero son típicos hijos de accionistas de la universidad, llegan en autos más caros que mi casa… ya sabes. La burguesía. Mantente alejada si no quieres recibir una mirada que te arranque la autoestima.

Nos reímos.

—Bueno, ahí se sientan los deportistas. Hay equipos de fútbol americano, béisbol y básquet en la universidad, y ese sector suele ser de ellos. —Había tres mesas unidas con chicos que vestían la misma sudadera o llevaban el mismo gorro—. La verdad, son bastante agradables. La mayoría estudia con becas por ser deportistas.

—¿Y ellos? —pregunté mirando a un grupo de chicos y chicas con pantalones agujereados, cabellos de colores, piercings y tatuajes.

—No hay mucho que decir de ellos. No son tan amables, así que también evita el contacto visual. Por si acaso —dijo y se encogió de hombros.

—¿Dónde se sienta la gente común? —pregunté con un tono de diversión—. Algo así como nosotras.

—De aquí hacia allá. —Annie señaló una mesa y luego las siguientes hasta el fondo de la cafetería—. Aquí la gente suele venir a comer e irse. Fin del día en la cafetería.

Agradecí que existiera ese sector.

—¿Qué hay de ellos? —Me interesé en un grupo de tres chicos que Annie se había saltado y no estaban en las mesas comunes. Ninguno parecía relacionarse con los demás.

—Mmmh… mejor ignorarlos —contestó caminando hacia afuera de la cafetería para que continuáramos a la tercera estación de nuestro tour por la universidad. La seguí rápido preguntándole por qué—. Son tres tipos con los que jamás debes meterte. —Al parecer, salir de la cafetería le daba más libertad para referirse a ellos.

—No estoy entendiendo. Son personas comunes y corrientes, ¿qué tienen de malo?

Annie guardó un extraño silencio, y cuando iba a protestar por ignorarme de esa manera tan descarada los tres chicos pasaron caminando por nuestro lado fingiendo que no existíamos en el mismo plano.

—No son personas comunes y corrientes, Cailín —dijo casi en un susurro.

—¿Les tienes miedo? ¿Los conoces?

—Son Ian, Jaxon y Caín.

—Caín… —Sonreí—. ¿Como el de la Biblia?

—No te burles.

—¿¡Qué!? —Reí.

—Después de clases te cuento todo lo que sé, ahora no es seguro.

Su voz sonó demasiado seria y dramática. Reprimí una segunda carcajada y fingí tener un cierre en los labios, aunque no pude evitar mi expresión divertida.

—Sigues siendo loca de verdad, Annie. No has cambiado nada. —Enganché mi brazo al suyo y seguimos caminando.

Una hora después ambas teníamos clases, así que nos despedimos. Vi a mi amiga correr por el pasillo en dirección a la Facultad de Ciencias. Le encantaba lo que yo odiaba: Química.

Subí a la tercera planta buscando el salón de clases y apenas lo encontré me metí en él sin mirar a nadie. Aunque tenía la mirada perdida, noté que estaba cerca uno de los chicos a los que habíamos visto en la cafetería. No sabía cuál de los tres era, pero vi que tenía las manos tatuadas. Los sitios a su alrededor estaban vacíos, como si intentaran evitarlo a toda costa. Como eran los únicos pupitres desocupados, tuve que sentarme a su lado derecho, evitando el contacto visual. Él ni siquiera se dio cuenta de mi presencia, aunque los demás sí lo hicieron. Era demasiado obvio que todos me miraban con extrañeza por haberme sentado allí.

Estuve toda la clase rígida como si hubiese tenido un palo de escoba en la espalda. Intenté poner atención a lo que decía el profesor, olvidándome de lo que pasaba alrededor. Hablaba acerca de dibujos de infantes y sus diferentes explicaciones. Apenas llegó la hora de salida comencé a recoger mi cuaderno y mis lápices para meterlos en mi bolso. Alguien pasó por mi costado y me chocó el hombro consiguiendo que mi estuche se estrellara con la cerámica del piso. Todos mis lápices salieron disparados.

—No es difícil mirar por donde caminas —gruñí sin levantar la vista. Pensé que aquella persona se detendría para ayudarme, y al no recibir una respuesta, alcé la mirada. Era el chico de manos tatuadas. Me dedicó una mirada despectiva y siguió su camino como si yo no existiera. Imbécil.

—Deberías mantenerte alejada de él —me dijo un chico que me ayudó a recoger mis lápices. Le di las gracias y seguí mi camino.

Durante el resto del día estuve sola entre clase y clase. No tenía mucho tiempo libre, por lo que no me entretuve tanto descubriendo más lugares de la facultad. A la salida esperé a Annie. Tomaríamos juntas el autobús para ir a mi departamento.

—¿Sabes? Tengo una clase en la que también está uno de los chicos con nombres extraños —le conté sonriente en la parada—. No sé quién es, pero tiene las manos tatuadas.

—Caín.

—¿El de la Biblia? Interesante.

—Cailín, no te metas con él. —La voz de mi amiga sonó como una súplica.

—Parece un asesino en serie. —Me estremecí y ella se mantuvo en un extraño silencio hasta que llegó el transporte.

Apenas llegamos a mi departamento, entré a la cocina para preparar algo de comer mientras Annie dejaba su bolso encima del sofá y contemplaba la ciudad desde la ventana.

—Debes contarme la historia de esos chicos… Digo, para saber todo sobre la universidad —le pedí poniendo a hervir agua en una olla.

—Es una historia larga.

—¡Tenemos tiempo! —Fingí emoción y comencé a meter la pasta en el agua.

CAPÍTULO 2

—Ian parece ser el más normal de los tres —dijo mi amiga mientras yo revolvía la pasta—. Su padre es alcohólico y su madre una mujer trabajadora. Tiene dos hermanas menores que no ven la luz del sol, apenas salen. Ian trabaja en un sitio de comida rápida y a veces pelea de manera clandestina.

Fruncí el ceño. No se oía nada extraño.

—¿Y Jaxon?

—Su padre es de Brasil, dicen que de las favelas, y su madre no sé quién es. Sé que vino a la ciudad para rehacer su vida, pero cayó en el dinero fácil de las carreras clandestinas.

—¿Nada más?

—Una vez estuvimos en la misma fiesta —me contó sin mirarme. Noté que estaba un poco nerviosa. Ese era el chico al que se había quedado mirando en la cafetería. Guardé silencio esperando que continuara su historia. Si no la conociera tanto, habría jurado que algo pasaba entre ellos —. Utiliza a las chicas. Todas se derriten por él, pero solo le duran un día.

—¿Te gusta? —Alcé una ceja y ella exageró su expresión sorprendida. Había dado en el blanco.

—¡No, Cailín! No me gusta.

—De acuerdo… —Rodé los ojos. No le creí, pero preferí no insistir—. Ahora háblame del hijo de Eva, por favor.

—Caín es… Caín.

—¿No sabes nada de él?

—Algunas cosas, pero de todas formas lo que más hay de él son rumores.

—¿Como cuáles?

—Nadie sabe nada de su madre, dicen que la mató…

—Pero ¡si Caín mató a su hermano! —Reí.

—Cailín…

—Perdón, continúa.

Mientras se cocinaba la pasta, saqué del refrigerador una salsa que me había quedado del día anterior y la metí al microondas.

—Su padre es narco. De los grandes —me contó—. Es hijo único y dicen que se peleó con él. Al parecer, no se han visto hace años. Vive de las peleas clandestinas, estudia diseño gráfico y tiene el cuerpo lleno de tatuajes. Tiene un par de chicas detrás, aunque no está interesado en nadie que no sean él y sus dos amigos. En la universidad todos tratan de evitarlo, y así él no se mete con nadie. Dicen que es capaz de matar a cinco tipos en una misma pelea.

—Creo que estás siendo muy dramática, amiga.

—Estoy hablando en serio, Cailín —dijo. Puse espaguetis en su plato y luego en el mío—. Todos lo conocen y nadie se mete con él. No es alguien con quien te quieras juntar.

—Está bien, fin de la conversación. —La miré—. Creo que estás siendo muy dramática —repetí—. Nadie puede matar a cinco tipos de una vez.

—Pelea como un perro, Cailín.

—¿Lo has visto pelear?

—Sí. Una vez fui a una de sus peleas clandestinas y se enfrentó con un tipo tres veces más grande que él. Caín lo noqueó en dos movimientos. ¡Dos!

—No te creeré hasta que lo vea —resoplé.

—Bien. Tendrás que averiguarlo tú misma.

—¿Y qué rumores corren acerca de él?

—Pues, que asesinó a su madre, que su padre le enseñó todo lo que sabe. Que una vez estuvo con una chica y ella murió. Que es un animal en la cama. Que jamás ha sufrido por algo, cosas así.

Solté una carcajada.

—¿Quién diablos te dijo que era un animal en la cama?

—Los rumores en la universidad van de un lado a otro.

—O sea, estamos hablando de un chico fácil. —Sonreí para bajarle el perfil a nuestra conversación.

—No tan así… no le gusta cualquier chica. Todas quieren meterse entre sus sábanas, pero Caín no les presta atención. Además, creo que hay que tener coraje para hablarle.

—Parece el típico chico malo al que le gustan los tatuajes, y la gente se ha tomado el tiempo de inventarse su vida completa —comenté enrollando mis espaguetis en el tenedor.

—Cree lo que quieras. —Annie se rindió.

* * *

Era sábado. Annie me había invitado a una fiesta universitaria a la que según ella asistiría todo el mundo. Acepté porque tenía ganas de seguir descubriendo la vida fuera de las cuatro paredes de mi departamento.

Salí de casa cerca de las diez de la noche y busqué un taxi que me dejara donde Annie. Ella había insistido en que tuviera cuidado porque el sector en el que estaba no era el mejor de Baltimore, así que me aseguré de tener mis pertenencias bien agarradas los veinte minutos en que esperé el taxi. El conductor me aconsejó que no anduviera tan tarde por esas calles y fue bastante amable todo el camino.

Cuando llegué a la casa de mi amiga me sorprendió que todo estuviera igual a como lo recordaba de niña. Las paredes

de ladrillo rojizo y sus grandes ventanales que daban a la calle. Sus padres no estaban, así que no pude saludarlos después de tantos años sin vernos. Annie ya estaba lista. Esperamos en la sala a uno de sus amigos que pasaría por nosotras.

Era un chico simpático. Me saludó como si me conociera de toda la vida y nos llevó hasta su auto.

—Cailín, este es Tomas —dijo Annie.

Tenía el cabello lleno de rizos casi blancos por una decoloración y los ojos verdes como un gato. Vestía una chaqueta de cuero café y unos jeans negros ajustados. Era muy guapo y extrovertido. Lo noté apenas nos subimos en el auto y se puso a hablar con Annie sin parar acerca de unos tipos guapos que irían a la fiesta.

Cuando llegamos, me quedé pasmada con la inmensidad de casa a la que estábamos entrando. Estaba ubicada en un lugar acomodado de Baltimore. Tenía muchas ventanas cubiertas por persianas black out, pero aun así las luces de adentro se colaban por los pequeños espacios. No pude detenerme a mirar mucho más. En medio de tanta gente, Tomas me agarró del brazo y nos dirigimos hasta el interior.

Lo vi saludar a cada persona que se cruzaba en su camino. Encendió un cigarrillo después de un rato y, cuando se separó de nosotras para ir a buscar una cerveza, mi amiga se apegó a mí.

—¿Te cae bien? —Me sonrió y asentí de manera expresiva—. Dentro de algunos días se irá del país, así que deberíamos pasar más tiempo con él. ¿Sabes que conoce a esos tres?

—¿Los de nombres extraños?

—Sí. Tomas conoce a todo el mundo. Me contó que se encontraron en una pelea.

—¿Tomas también asiste a esas peleas? —Fruncí el ceño. No me lo imaginaba metido en un sitio así.

—Es la diversión prohibida de los alumnos de Baltimore, así que sí. Peleaba Ian y luego hicieron una fiesta.

No sabía qué decir ante la información que me estaba soltando Annie sobre las andanzas de Tomas y los tres chiflados, así que me mantuve en silencio escuchando y mirando a mi alrededor. La música estaba a un volumen desquiciado y el alcohol pasaba de una mano a otra igual que las sustancias ilícitas. No recibí nada extraño y me aferré a mi lata de cerveza.

Mientras bailaba con Annie y Tomas, una persona me chocó; entendí que era porque la casa estaba desbordada de gente y no había casi espacio para caminar. Miré hacia atrás por instinto y me encontré con la mirada de uno de los tres chicos. Annie me apretó con sutileza el brazo y me llevó hacia su cuerpo como una mamá gallina cuidando a su pollito.

—¿Qué tal, Tomas? —saludó uno de ellos.

—Todo bien. —El platinado esbozó una sonrisa pícara—. ¿Cómo están?

Los tres saludaron a Tomas con la mano y un leve abrazo, pero a Annie y a mí ni nos miraron.

Me dediqué a observar. Mi mirada se detuvo en la del chico que estaba lleno de tatuajes. Sus ojos claros que rozaban el celeste y el gris me parecieron muy familiares. Demasiado. Sentí que lo había visto en algún otro sitio, no en la universidad ni en la clase que compartimos, sino tal vez mucho antes. No le despegué la vista y sus ojos se volvieron hielo. Su expresión fue tan imperceptible al mirarme que pensé que podía estar imaginándolo, pero intuí que me había reconocido de alguna parte. Luego no me miró más y se concentró en la chica que se le había acercado.

Cuando se marcharon seguí mirándolo. No podía recordar y eso me desesperaba a un nivel estúpido.

—¡Cailín! —La voz de Annie me hizo volver al mundo. No sé qué expresión tenía, pero mi amiga me observó con seriedad.

—¿Cuál de los tres es él? —le pregunté aún aturdida, inmersa en mis pensamientos.

—Caín. Lo has mirado durante toda la fiesta así, deja de hacerlo, por favor —me suplicó con un temblor en la voz.

—Siento que lo conozco de algo…

—Todos conocen a Caín, cariño. —Tomas me sonrió y recién ahí noté que se encontraba escuchando nuestra conversación.

Sí, probablemente Caín era conocido por todos, pero yo sabía que había algo más, aunque no lograba desbloquear su rostro en mis recuerdos. Annie me ofreció otra cerveza e intenté olvidar el asunto.

La fiesta terminó cerca de las cuatro de la madrugada. Nos subimos al auto de Tomas, quien solo había bebido una cerveza en toda la noche, y me llevó a mi departamento.

Al otro día me desperté a las dos de la tarde con un dolor de cabeza horrible, la garganta seca y con la ropa puesta. Ni siquiera había alcanzado a llegar a mi habitación, solo me había desplomado en el sofá. Se me puso en la cabeza que debía matar a Annie, aunque para la próxima bebería menos.

Me di una ducha larga y no comí nada. Aún tenía el estómago revuelto. Estuve todo el día revisando materias para la universidad y a eso de las siete de la tarde se me antojó una pizza. No tenía ánimo de cocinar. Recordé que en la esquina había una pizzería, así que tomé un abrigo, mi teléfono, las llaves y me fui. Por fortuna estaba abierto. Había pocas mesas, todas ocupadas. Los demás esperaban su pedido para llevar afuera del local.

Entré haciendo sonar la campanilla y me detuve en seco al encontrar a Caín hablando con el vendedor en el mostrador. Parecía una persona completamente normal. Mi amiga de seguro exageraba. Me quedé a unos metros de él esperando mi turno. Vestía ropa negra y zapatillas deportivas. No se percató de que yo estaba ahí hasta que volteó para esperar a que lo llamaran. Mantuvo sus ojos fríos en los míos por unos segundos y luego me ignoró. Caminó por mi costado y salió. No pude evitar seguirlo con la mirada. Lo vi encender un cigarrillo mientras esperaba. Estaba solo.

Pedí una pizza individual vegetariana, pagué y luego salí. Quedarse adentro era una tortura, porque los demás clientes disfrutaban su comida. Me quedé lo suficientemente cerca de la puerta para poder ver a través del cristal el número en la pantalla y lo suficientemente lejos de Caín para no sentirme incómoda. Sin embargo, lo miré. Seguía fumando, tenía los hombros relajados y veía algo en su teléfono. Sus cejas eran rectas y oscuras. Su mandíbula era definida. Sus ojos con pestañas largas… sin duda era lo que más llamaba mi atención. Eran los que me hacían tener la sensación de haberlo visto antes.

Sentí una punzada en el centro de mi frente cuando un recuerdo se metió en mi cabeza.

Me temblaba todo el cuerpo, estaba inmóvil mirando lo que sucedía frente a mis ojos. Mi madre estaba gritando, nunca la había visto tan desesperada. Las lágrimas rodaron por sus mejillas rosadas mientras le suplicaba a mi padre que hiciera algo. Un hombre alto, imponente y de ojos brillantes de odio le gritaba a un niño. El niño temblaba con la pistola en su mano apuntando a mi padre. Papá le hablaba al hombre malo. Le decía que no era necesario llegar a esos extremos, que podían conversar… ¿Por qué no conversaban? ¿Por qué tenía que hacer llorar a mamá? El hombre malo no se dirigía a papá, solo al niño. Lo obligaba a jalar el gatillo, aunque él temblaba.

¡Aprieta el puto gatillo o te mataré a ti! —lo amenazó.

El niño disparó y mi padre cayó al suelo. Miré en su dirección y la escena se tiñó de rojo. Papá tenía los ojos abiertos, pero no estaba ahí. Mi vejiga se aflojó y no pude dejar de llorar. Le grité a mi madre, eso creo. Intenté esconderme detrás de ella, pero fue demasiado tarde. El hombre malo le disparó y me quedé sola.

¿Por qué mi madre no me protegía? ¿Por qué no reaccionaba? ¿Por qué había dejado de gritar? ¿Por qué todo el cemento ahora estaba rojo? Cerré los ojos y oí un auto arrancando a toda velocidad. Me senté y apreté mis rodillas contra mi pecho, escondí la cabeza para protegerme.

Cuando la policía llegó, me encontraron detrás de un basurero: temblando, con los pantalones mojados por el terror y sin decir ninguna palabra.

Pasaron meses para que hablara otra vez.

Caín… Era él. Él…

Se me heló la sangre. Por un momento sentí que mi corazón se detuvo para luego comenzar a latir a toda velocidad. El dolor de cabeza se intensificó y de inmediato sentí náuseas. No sé qué expresión tenía, pero Caín me observó y supe que él me había reconocido mucho antes que yo. Era él. Las mismas facciones y el mismo color de ojos. Solo que ahora sus gestos eran más toscos y su mirada se había convertido en un témpano de hielo. Ya no era un niño tembloroso, era un hombre impenetrable.

No fui capaz de controlar lo que sentía. No fui capaz de utilizar todas las técnicas que años de terapia me habían enseñado. No fui capaz de encerrar mis emociones podridas en una cajita de metal para que no fueran derramadas en cualquier lugar. Había callado por tanto tiempo… y ahora que él estaba frente a mí no pude controlarme. El miedo se transformó en odio, mucho odio y rencor. Mi cuerpo pasó del hielo al fuego en segundos y no reparé en lo que estaba haciendo cuando caminé hacia él.

Caín me observó con esos mismos ojos que hacía catorce años me miraron brillantes. Ahora estaban vacíos y congelados. Pero no me importó. No me importó que él también fuese un niño. No. Mi dolor era más grande. Mi odio era peor.

—¡Hijo de puta! —le grité. Me gané algunas miradas, pero no me importó. Nada me importaba, solo enfrentarme a él y sacarme la podredumbre del corazón. Él pestañeó incrédulo—. Oh, no. No te hagas el imbécil, maldita sea. ¡Sé que me reconoces!

CAPÍTULO 3

Me observó a los ojos con tanta frialdad que se me helaron los huesos. Pero no sabía si era el invierno que estaba sobre nosotros o la desesperación congelada que me crecía en el pecho lo que me tenía temblando.

—¿Qué demonios te pasa?

Su voz. Yo había escuchado esa voz antes. Una más infantil, más temblorosa. Una llena de un terror que ahora al parecer no poseía. «No, papá. No lo haré», le dijo a ese hombre, pero al final lo hizo igual. Y ese hombre… era su padre.

—Tú… tú has… tú fuiste. Asesinaste a mi padre, le disparaste. —Las palabras salieron atropelladamente de mi boca, con desesperación y desgarro. Las lágrimas amenazaban con rebalsar mis ojos, pero el odio que sentía era todavía más grande que mi dolor. Él arrugó las cejas y por un momento dudé. Por un momento sentí que estaba volviéndome loca, pero un brillo distinto en sus pupilas lo delató—. Sé que me recuerdas.

—Estás llamando la atención.

No me importaba. No me importaba, maldita sea.

Él y su padre me habían quitado toda mi infancia y ahora no me importaba que todos observaran al imbécil que tenía enfrente. Su mirada desdeñosa me llenó de una ira negra que fui incapaz de controlar y lo golpeé. Sí. Había hecho un puño con mi mano y mis nudillos aterrizaron justo en su pómulo izquierdo. Su mirada cambió. Sus ojos se volvieron feroces y me agarró de las manos para detenerme, pero no me detuve. Quería golpearlo de nuevo. Quería matarlo. Quería que toda esa rabia que sentí por años se derramara en él. Con puños y patadas intenté sacarme sus manos de encima, pero él fue más rápido y fuerte que yo y me arrastró hasta que estuvimos lejos del local y de algunas personas que nos observaban como si fuera una pelea matrimonial cualquiera.

—¡Ya basta! —Su alteración hizo que me detuviera en seco. Sin darme cuenta ya estaba llorando, pero no de dolor, sino de ira. Me miró con enfado—. Estás completamente loca. No me conoces, ni yo a ti. No te había visto antes de que llegaras a la universidad. Deja de fastidiarme, ¿me entendiste?

—Vas a pudrirte en la puta cárcel —grité.

—Quiero ver eso —amenazó.

—Bastardo infeliz, sé que me recuerdas.

Mis palabras salieron con odio. Pude sentir el sabor amargo en mi lengua al pronunciarlas. Él las recibió de la misma manera, pero solo respiró hondo. Luego miró hacia el local y me esquivó. Caminó deprisa y recogió su pedido. Me sequé la cara cuando me quedé sola. No fui tan rápida para seguirlo. Pronto regresó con la caja en sus manos. No le había dado importancia a nada.

—Hablaremos de esto, pero no ahora.

—¿Estás jodiéndome? —Sonreí incrédula—. Matas a mi padre, ¿y encima debo sacar número para insultarte?

—No necesitas seguir haciéndolo. —Clavó sus ojos en los míos y yo no le despegué la mirada—. No me conoces y jamás me has visto. Recuerda eso si no quieres meterte en problemas.

—Vas a pudrirte en la cárcel —repetí y me acerqué todavía más a él. Estábamos muy cerca, tanto que sentí su respiración en las mejillas cuando lo saqué otra vez de quicio.

—Haz lo que quieras, maldita sea. Vengo a comprar una pizza y llega una maldita loca a culparme por algo que nunca hice.

—¿Estás jugando conmigo? Sé que me reconociste mucho antes de que yo lo hiciera.

—¿De dónde demonios sacaste eso? —Habló con fastidio—. Ey, Blancanieves, mantente lejos y vete a la mierda.

Sus palabras fueron lo bastante crudas y fuertes para dejarme pasmada en medio de la vereda. Me dio la espalda y caminó por la calle alejándose de mí. Quería seguirlo y continuar vertiendo mi rabia contra él, pero no lo hice. Tenía los pies pegados al cemento y una ráfaga de viento helado me regresó a la realidad. Estaba esperando una pizza. En la esquina de mi calle.

Me temblaron las rodillas cuando me di cuenta de lo que había hecho y lo estúpida que me había visto frente a todas esas personas. Me castañeaban los dientes cuando entré en el local y me di cuenta de que mi número había pasado hacía rato. Algunas personas me miraron, aunque ninguna se acercó a preguntarme si me encontraba bien. Solo saqué la caja del mesón y casi corrí a mi departamento. Todo era demasiado surreal. Estaba en la misma universidad que el asesino de mi padre.

Cerré la puerta a mi espalda apenas entré en el departamento y dejé la caja sobre el mesón de la cocina. Seguían temblándome las manos cuando tomé mi teléfono y marqué el número de mi amiga.

—¿Hola?

—Annie. —Un sollozo me apretó la garganta. Respiré hondo—. Annie, ¿puedes venir a mi departamento?

—Claro, sí. ¿Ocurrió algo? —Su voz sonaba preocupada. Podía oírla moviendo algunas cosas, seguramente buscando sus pertenencias para salir.

—Sí.

—Voy de inmediato. No te muevas de ahí.—Colgó.

Agradecí que no me pidiera explicaciones por teléfono. No me encontraba en condiciones de dárselas. Me quedé inmóvil sentada en el sofá hasta que mi amiga llegó. Mis piernas parecían dos hilos tambaleantes cuando me paré a abrirle la puerta. Apenas me vio con los ojos hinchados y pálida se apresuró a entrar y cerrar la puerta a su espalda.

—¿Qué ocurrió? —Me tomó los brazos con preocupación. Se me llenaron los ojos de lágrimas al instante.

—Es… es él, Annie. —Las lágrimas recorrieron mis mejillas y ella me abrazó conteniéndome y esperándome—. Es Caín. Sabía que lo conocía de algún sitio. Te lo dije, ¿no? —Me separé de ella y caminé hacia el sofá. Mi amiga estaba quieta mirándome con desconfianza—. Es él quien… quien asesinó a mi padre.

—¿De qué diablos estás hablando? —Sus gestos se endurecieron. Por todo lo que me había advertido sobre esos tres, intuyó que me encontraba en problemas serios.

—Fui a comprar una pizza y me encontré con Caín. —Annie me escuchaba con atención—. Lo miré unos segundos y lo recordé. Él fue el niño que apretó el gatillo. No pude… no pude controlarme, Annie. Y lo golpeé. Lo insulté y…

—¿¡Que hiciste qué!? —Subió el tono de su voz y caminó hacia mí.

—¡No supe qué hacer! —Me alteré otra vez—. ¿Cómo querías que reaccionara? Es un hijo de puta. No estaré tranquila hasta que lo vea pudrirse en la cárcel.

—¿Qué estás pensando? —Le tembló la voz.

—Lo denunciaré. Lo encontré, Annie. No dejaré que ahora se escape, ¿entiendes?

La expresión que tenía mi amiga me hizo sentir que me estaba volviendo loca.

—Caín jamás irá a la cárcel, no seas ingenua. Su padre es muy poderoso y, aunque estén peleados, no dejará que lo lleven a prisión así como así. Además, han pasado catorce años. ¿Cómo lo demostrarás?

—Bueno, no sé, pero se supone que la justicia debe ayudarme, Annie.

—No te ayudarán. He oído de chicos que han denunciado a Caín por las peleas clandestinas y también han aparecido noticias acerca de su padre, pero nada les pasa. Tienen a media policía comprada, amiga.

La miré frustrada. Bajé los hombros y observé el suelo.

—No puedo quedarme de brazos cruzados mientras él anda por ahí libre las veinticuatro horas del día.

No sé si esas palabras se las dije a mi amiga o fue algo que me dije a mí misma para reconfortarme. Aun así, ella habló:

—Sé que lo que te pediré es horrible, pero… —Tragó saliva—. Pero tienes que calmarte, ¿sí? Tienes que esperar que pasen los días para asimilar esta información y tranquilizarte.

Sí. Tal vez lo que me pedía Annie no era tan descabellado. Necesitaba digerir la información que tenía a mi alcance y analizar todas las posibilidades antes de actuar.

* * *

Ese lunes llegué a la universidad con la sensación de querer golpear a alguien y a la vez salir corriendo. Hacía frío, aunque más soportable que los días anteriores. Decidí obedecer a mi amiga. Debía tranquilizarme y ser paciente. Si actuaba enfadada podía cometer muchos errores de los que luego me arrepentiría.

El día fue bastante normal, hasta la hora de almuerzo. Caín no estaba en la cafetería con sus amigos. Miré a mi amiga para hablarle; observaba a alguien detrás de mí. Tocaron mi hombro y me sobresalté. Me giré: era él. Algunas miradas curiosas estaban puestas en nosotros. ¿Se habrían enterado del escándalo del día anterior en la pizzería o solo les llamaba la atención que Caín estuviera acercándose a alguien?

—Debemos hablar.

No miró a Annie, se fijó solo en mí.

Asentí y me puse de pie bajo la mirada de mi amiga. Salimos juntos de la cafetería casi a un metro de distancia y lo seguí hasta que se detuvo en un sector donde no había gente. Estábamos cerca de la biblioteca, en las áreas verdes.

—¿Te decidiste a decirme que sí me recuerdas?

Su expresión serena cambió a una dura. Sus ojos claros como el hielo en invierno ahora parecían más oscuros que nunca.

—Escúchame bien. —Se acercó a mí y su aliento chocó con mis mejillas. Me miró a los ojos—. Sé quién eres, sé lo que hice y sé que sabes quién soy, pero me importa una mierda. —Se me retorció el estómago al oírlo—. ¿Qué demonios te hizo pensar que podías venir a insultarme o a golpearme? Ten un maldito poco de amor por tu vida y actúa como si jamás nos hubiésemos conocido.

—Mataste a mi padre. —Esta vez tuve la decencia de hablar bajo para que los estudiantes que pasaban cerca no me oyeran—. ¿En serio piensas que voy a quedarme sin hacer nada?

—¿Y qué pretendes hacer? —Cruzó los brazos frente a su pecho y la comisura de sus labios se elevó. Odiaba que no le diera importancia a algo que para mí sí la tenía—. Hagas lo que hagas, no lograrás nada.

—¿Por qué lo hicieron?

Era una pregunta que siempre me había hecho y jamás tuve una respuesta. Hasta ahora, que la vida me ponía enfrente al tipo que había apretado el gatillo.

—Deja de llorar, Blancanieves. Tienes el cementerio para hacer esas cosas. —Un impulso me hizo levantar la mano para golpearlo, pero su mirada gélida me detuvo—. Ni se te ocurra.

—¿Qué esperas? ¿Que me quede sin hacer nada solo porque estás amenazándome? —Resoplé.

—Es simple: me dejas en paz o desapareces del mapa.

—¿Así mataste a la chica con la que estuviste?

Mis palabras fueron crudas y solo después de decirlas me arrepentí. Debía aprender a cerrar la boca.

—Error fatal. Cuando te cuenten más rumores sobre mí, procura venir con el nombre de quien te los dijo, Blancanieves. Dudo que quieras meterte en más problemas.

—No estoy en ningún problema. —Apreté los puños—. No te tengo miedo. Ni a ti ni a tus amigos. Menos a tu padre o a las personas que supuestamente están detrás de ti. Ustedes asesinaron a mis padres y no voy a descansar hasta que paguen.

Él sonrió con diversión. Sus ojos gélidos ardieron en llamas.

Wow… —Alzó las cejas con ironía—. Viniste a complicarme la vida, ¿eh? —Rio, pero su risa no le llegó a los ojos. Sus labios formaron una línea recta y sus cejas se fruncieron—. Ya veremos, Cailín Taylor. Cierra todas las putas puertas de tu departamento. Si es posible, ponle seguro a las ventanas o, mejor, pon rejas. No olvides la ventana del baño ni la de tu habitación… Ah, y recuerda cortar el gas por las noches. —Sus ojos seguían clavados en los míos—. Recuerda que no es tan difícil saber dónde vives. —Mi garganta se secó—. No juegues con fuego, Cailín. Si te metes conmigo, no vivirás en paz.

Me quedé paralizada mirándolo. Él ni siquiera pestañeó. Volteó, ignorándome, y comenzó a caminar hacia el lado contrario. Pese a que era impulsiva, no pude evitar que se me doblaran las piernas del nerviosismo y que el corazón me latiera a toda velocidad por la amenaza de Caín.

—Cailín, ¿te encuentras bien? —La voz de mi amiga me despertó. No sabía en qué momento había aparecido a mi lado, pero conociéndola, quizá me estaba cuidando desde lejos.

Negué con la cabeza y comencé a caminar hacia la salida de la universidad. Ni siquiera sabía muy bien a dónde dirigirme ahora.

—Me matará —confesé con la voz temblorosa mientras Annie me seguía a paso apresurado.

—No, por supuesto que no. —Me detuvo del brazo y me miró a los ojos—. Hablaré con Tomas para arreglar la situación. Debes mantenerte al margen. Sé que es difícil, pero te aconsejo que ni siquiera lo mires.

Lo que me pedía iba en contra de todos mis principios, pero el miedo ya se había apoderado de mí y no fui capaz de agarrar a la Cailín valiente desde mi interior y la dejé escondida en su cajita de metal.

Asentí mirando a mi amiga, aunque no sabía si iba a poder mantener esa promesa en el tiempo, cuando la estupidez me volviera a hacer sentir coraje.

* * *

Tocaron el timbre de mi departamento cerca de las ocho de la tarde. De inmediato me puse alerta. Se me apretó el abdomen y me quedé quieta en mi habitación. Volvió a sonar con insistencia, así que me armé de valor y caminé hasta la entrada. Miré por la mirilla de la puerta y me relajé cuando vi que se trataba de Tomas. Boté el aire de mis pulmones y abrí quitando todas las cerraduras.

—Dios, Blancanieves, pensé que no estabas. —Me besó la mejilla y yo me quedé estupefacta al oír ese apodo.

—¿Cómo que Blancanieves?

Cerré la puerta y él caminó hasta la sala.

—Hablé con Caín —me contó. De ahí venía el apodo, claro. Seguramente Annie ya le había pedido que arreglara la situación.

—¿Qué te dijo?

—Que dejes de fastidiarlo.

Alcé las cejas, irritada.

—Así será, Tomas —prometí—. No quiero saber nada más de él, solo… solo quiero que se aleje.

—¿Por qué siento que se conocen desde hace mucho?

—Porque es así. ¿Annie no te contó? —Él negó con la cabeza y se sentó en el sofá—. Caín… Caín estuvo involucrado en la tragedia de mis padres —intenté ser delicada. No sabía cuánto podía expresarle a Tomas.

—¿Tragedia?

—Mis padres murieron hace catorce años.

Esperaba que con eso fuera suficiente. Él pestañeó incrédulo.

—¿Entonces era cierto?

—¿El qué?

—Dicen que Caín… que, bueno… el primer asesinato de Caín fue a los siete años.

Me llevé las manos a la cara secando agua inexistente.

—Dios, Tom, de verdad no quiero más problemas con él. Sí, fui muy impulsiva al recordarlo, pero ahora… ahora siento que esto es peor. No sé qué es capaz de hacerme.

—Lo llamaré, ¿de acuerdo? Tú solo escucha y mantén la calma.

Asentí rápidamente.

Tomas sacó su teléfono del bolsillo y buscó el número de Caín en sus contactos, marcó y puso el altavoz. Mi corazón bombeaba con rapidez y la boca se me había secado.

—¿Qué tal, Tom? —contestó un Caín relajado. Ni una pizca de frialdad había en su tono.

—Caín, ¿cómo estás?

—Aquí, ya sabes. Cerrando un par de acuerdos para unas peleas. ¿Ocurre algo? ¿Te quedaste sin tickets? —bromeó, y eso me pareció aún más surreal. Caín. Y una broma. En la misma conversación.

—Quería hablar contigo sobre Cailín. ¿Tienes tiempo?

—¿Blancanieves? —Pude oír su risita de suficiencia—. Ya hablamos de ella, Tom.

—Creo que no lo suficiente.

—Está bien, habla, bombón. ¿Qué quieres saber?

Su tono de voz era divertido y eso me tenía el estómago revuelto. No sabía si era bueno o malo.

—¿Qué pasará con ella?

—Pues ¿qué va a pasar? No lo sé.

—La intención de Cailín no era meterse en problemas cuando llegó a la ciudad.

—Entonces dile que no me siga fastidiando y estaremos bien.

—Está asustada.

Entrecerré los ojos mirando a Tomas. No sabía si era una buena idea exponerme tanto ante Caín y su cabeza desquiciada.

—Sé que lo está y esa es la idea. Tiene de qué estar asustada.

—Caín… —La voz de Tom sonó como una súplica.

—Está bien, está bien —bufó—. No pasará nada. No queremos que Blancanieves rompa a llorar.

—Gracias, Caín.

—Ah, y Tom… —Él pestañeó y yo me quedé atenta a sus palabras —. Sé que estás con Blancanieves justo ahora —dijo. Mi cuerpo se puso rígido y Tomas se echó a reír—. Seguramente estoy en altavoz y ella casi ensucia sus bragas al escucharme, ¿verdad? No tengo interés en meterte en problemas, Cailín, pero no te quitaré los ojos de encima hasta que vuelvas por donde has venido —dijo irónico—. Y tú, maldito Tomas, cuando quieras que hablemos, que sea de frente, y si Blancanieves quiere escuchar, que venga también.

CAPÍTULO 4

No sabía si la charla que había tenido Tomas con Caín iba a dar resultado. Su tono sarcástico me sacaba de mis casillas y no podía entenderlo. No sabía si jugaba a ser el malo o si realmente se le había zafado un tornillo y era malo de verdad.

Al otro día no fui a la universidad, no tenía ganas de encontrarme con nadie ni hablar del tema con Annie, quien seguramente me pediría detalles sobre la conversación de los dos. Seguía procesando todo lo que estaba ocurriendo y la culpa aumentaba cuando me daba cuenta de que estaba quedándome de brazos cruzados frente al tipo que asesinó a mi padre. Y de seguro su padre también estaba por ahí sin sufrir ninguna consecuencia.

Por la tarde fui por un pastel a una cafetería que quedaba a dos calles del departamento. Me quedé esperando mi turno de entrega mientras en mi cabeza se repetían una y otra vez las palabras de Caín en la universidad, la conversación con Tomas, sus ojos como el hielo. Luego, el disparo de hacía catorce años, el ruido, las sirenas de los policías.

—Hola, Blancanieves. —Su voz grave me sobresaltó y rápido me giré hacia él. Estaba de pie a mi lado con la comisura de sus labios ligeramente elevada. Solo quería un maldito pastel. ¿Por qué tenía que aparecer en medio de la nada?

Lo ignoré. Entré a la pastelería, recogí mi cajita y salí sin mirarlo a paso apresurado, pero oí que me siguió.

—Oh, no… A mí no me ignoras.

—¿Qué quieres? —Me detuve y me di la vuelta. Por poco no chocamos.

—Nada. Solo quería saber cómo estabas.

Pestañeé, incrédula.

—Es obvio que te importa más la salud de una hormiga que la mía. —Seguí caminando y oí su risa detrás.

Sí, él quería atormentarme… y probablemente eso es lo que estaba haciendo. Pero era una persona normal, de carne y hueso, no un villano de película ni con superpoderes. Me negaba a tenerle miedo. Me negaba con todas mis fuerzas a tener miedo de un ser despreciable como Caín. Debía hacer algo.

No podía quedarme así.

Pasé una pésima noche pensando en cómo demonios debía actuar. Era obvio que nadie de mi círculo cercano me apoyaba en mis decisiones por miedo a las consecuencias, pero yo no tenía mucho que perder en mis circunstancias. Mis padres ya no estaban conmigo y mi tía iba a recuperarse porque todavía tenía a mi primo para vivir. No podía esperar a que alguien hiciera algo por mí cuando tenía tan cerca a quien había destrozado mi pequeña familia.

* * *

Me levanté mucho más temprano de lo habitual ese día. Apagué el teléfono porque no quería recibir ninguna llamada ni mensajes que me hicieran retractarme de lo que iba a hacer.

Y ahí estaba yo. A las siete y media de la mañana, con dos grados de temperatura y con el corazón en la mano frente a la comisaría central de Baltimore. Era la más grande. No podían ignorarme allí.

Mi cuerpo agradeció la calidez del interior cuando entré. Me dolían los dedos por el frío aunque llevase guantes de lana. Respiré hondo cuando vi el mesón con policías atendiendo a algunas personas. ¿Qué hacía allí? Tuve que recordarlo… sí. Denunciar al tipo que me quitó todo.

Un policía me sonrió al fijarse en mí. Tenía los ojos oscuros y tal vez bordeaba la edad de mi tía. Me acerqué a él y su mirada serena calmó todos mis pensamientos, que en ese momento eran gritos.

—Buenos días, señorita, ¿en qué puedo ayudarte? —me preguntó con cordialidad—. Es una mañana muy fría, ¿no?

—Sí. —Las palabras parecían atascadas en mi garganta. ¿Por dónde iba a empezar? —Yo… bueno… Yo necesito hablar con uno de ustedes.

—De acuerdo, siéntate. —Indicó una silla enfrente de un escritorio y me senté en silencio. Las piernas me temblaban. No sé por qué tuve la necesidad de encender el teléfono en ese momento, pero lo hice—. ¿En qué puedo ayudarte?

Respiré hondo para armarme de valor y comenzar a hablar, pero la vibración del teléfono en mis manos me interrumpió. Lo giré y lo primero que vi en la pantalla fue un mensaje: Sal de ahí si no quieres meterte en más problemas.

Pese a la calidez del interior, se me heló el cuerpo y me puse a temblar. Había conseguido mi número. Caín había conseguido mi número y estaba espiando todos mis movimientos. Alcé la vista para encontrarme con la del policía, que me miraba con tranquilidad. Quería contarle mi situación, pero antes de poder hacerlo el teléfono comenzó a sonar y me quedé de piedra. Era una llamada.

¿Y si no contestaba y pasaba algo peor?

—Lo lamento mucho, debo contestar —le dije al policía, nerviosa.

—No te preocupes. —Asintió comprensivo y desvió su mirada a la pantalla del computador. Me puse de pie con el teléfono aún vibrando en mi mano y me acerqué a la puerta de entrada.

—¿Hola?

Cuando esperaba oír a Caín del otro lado, una voz áspera y desconocida me respondió:

Estás yendo demasiado lejos. Sal de ahí si no quieres más problemas.

—¿Quién habla? —Se me apretó la garganta.

—Eso no te importa. Sal de ahí ahora mismo si no quieres acabar como tus padres. —Colgó.

Cuando intenté tragar saliva porque la garganta se me había secado, me dolió. Miré al policía con el teléfono aún en mi oreja. Seguía sentado viendo algo en su pantalla sin prestar mucha atención. Las palabras de mi amiga y de Caín se metieron en mi cabeza y me devolvieron a la realidad, haciéndome consciente de lo que realmente estaba haciendo.

Caín jamás irá a la cárcel, no seas ingenua.

No juegues con fuego, Cailín. Si te metes conmigo, no vivirás en paz.

Quizá lo que estaba a punto de hacer era el límite que no debía cruzar.

Y lo decidí.

Agarré la manilla y abrí. El aire frío del exterior chocó con mis mejillas y me desperté de la ilusión que estaba viviendo. Oí la voz del policía llamándome, pero yo ya estaba corriendo a tomar un taxi que me dejara en la universidad. Dios mío.

* * *

—¿Qué te sucede, Cailín? Estás pálida. —La voz de Annie retumbó en mis oídos. Nos habíamos encontrado en la entrada de la facultad de Humanidades, era la principal, por lo que

todos debían entrar por ahí para llegar a las demás. No sé qué expresión tenía en el rostro, pero todavía no lograba componerme después de haberme subido al primer taxi que encontré.

—Nada, Annie. —Hice una mueca parecida a una sonrisa—. Todo está bien.

—¿Te sientes mal? Podemos ir a la enfermería.

—No, estoy bien, de verdad. Voy a clase. —La miré rápidamente—. Nos vemos más tarde, ¿sí?

No esperé a que me contestara. Apresuré el paso y me dirigí al salón de clases. Fue demasiado tarde cuando recordé, al entrar, que me tocaba el curso que compartía con Caín. Me senté en los primeros asientos sin mirar a nadie e intenté con todas mis fuerzas concentrarme en lo que estaba hablando la profesora.

Al salir del salón, me esforcé por no levantar la mirada buscando a Caín y liberé el aire de mis pulmones cuando lo vi caminar delante de mí con las manos dentro de su chaqueta. Se veía relajado, como si esa mañana no acabara de llamarme para que no lo denunciara. Sin embargo, ¿realmente había sido él? No se parecía en nada a su voz. Me estremecí de solo pensar que alguien más poderoso sabía de mis intenciones.

No fui a desayunar porque seguía con el estómago revuelto, así que caminé hacia la biblioteca para resguardarme del frío. Y de los nervios, ¿por qué no? Intenté mantener ocupada mi cabeza buscando un libro que necesitaba para hacer un ensayo para la semana siguiente y me quedé en un rincón sin molestar a nadie mientras tomaba notas. Todos estaban súper concentrados en sus asuntos y eso me aliviaba.

Así y todo, tenía un mal presentimiento. Nada podía seguir tan tranquila después de mi vergonzosa visita a la comisaría y la horrible llamada que había recibido.

—Aquí estabas. —Su voz me sobresaltó y me puso en alerta a niveles superiores. De inmediato lo miré, estaba de pie frente a mi mesa.

Fingí —muy mal— que estaba tranquila.

—¿Qué quieres?

—Nada. —Cogió la silla que estaba frente a mí, se recargó en el respaldo con una fría tranquilidad y me miró—. ¿Qué parte de «Hagas lo que hagas, no conseguirás nada» no entendiste? —Esta vez sus codos se apoyaron en la mesa para mirarme de más cerca.

—¿Quién me llamó?

—Eso no es asunto tuyo.

—Sé que no has sido tú.

—Pues no, no fui yo.

Tragué duro.

—Déjame en paz, Caín. Por favor.

—Eres muy graciosa. —Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro—. Me pides que te deje en paz cuando en realidad tú estás fastidiándome.

—Estoy en todo mi derecho de actuar como se me venga en gana. —Escupí las palabras—. Quizá la muerte de mis padres no me afecte tanto ahora, pero sí hubo un momento en que lo hizo y no soporto verte haciendo tu vida tan normal cuando deberías estar tras las rejas.

—Si no te afecta ahora, olvídate de ese episodio de nuestras vidas y ya.

—Por supuesto que no. —Fruncí el ceño, sacada de quicio.

—No debería importarme qué ocurrirá contigo si sigues con esa actitud, pero puedo asegurarte que no quieres saber qué hay más allá de lo que está frente a tus ojos.

—Un imbécil. Un idiota de carne y hueso.

—Guau. —Alzó las cejas, sarcástico—. Eres muy valiente.

—No vine a esta ciudad para tener problemas, pero no contaba con encontrarme contigo.

—¿Para qué regresaste, entonces? Hubieses comprado un departamento cerca de tu tía y tu vida y la mía seguirían siendo tal como eran.

—Tú no me dirás dónde debo o puedo vivir.

—Me estás cansando.

—¿Qué esperabas? ¿Que solo por tener el nombre de un personaje bíblico malvado iba a salir corriendo por donde vine?

—Puedo asegurarte que ese Caín no me llega ni a los talones.

Rodé los ojos y él me dedicó una sonrisa tan fría como encantadoramente falsa.

—Gracias por venir aquí a arruinar mi jornada y el ensayo que debo presentar. —Arrastré la silla hacia atrás y me puse de pie.

Él también se puso de pie.

—Oh, no, yo ya me iba.

—¿Me estás fastidiando?

—¿Yo?

—Ya basta —gruñí. Tomé el libro de la mesa y caminé a paso firme mientras él se quedaba atrás.

* * *

Ese viernes podría haber escogido quedarme en mi departamento dándole vueltas como una rueda colina abajo al tema de Caín y la denuncia que quería hacer y que no resultó, pero escogí que no lo haría. No quería quedarme en casa. No quería continuar pensando en Caín y en su modo inhumano de restarle importancia a la tragedia que teníamos en común. Él, el causante; y yo, la víctima.

Así que acepté cuando Annie me preguntó si quería asistir a la pelea clandestina que habría esa noche en el popular sitio cerca de la universidad. No cualquiera podía entrar y ella tenía tres tickets: ella, Tomas y yo. Había sopesado mi respuesta un buen rato porque se trataba de una pelea en la

que probablemente me encontraría con Caín el malvado y me arruinaría la noche, pero Annie me aseguró, casi suplicante, que no era él quien peleaba y que había tanta gente invitada que probablemente nunca lo viera. Además, Tomas nos contó que luego habría una fiesta, y eso sí me entusiasmaba un poco más.

Las calles en donde se situaba la universidad eran bastante concurridas, por lo que jamás me imaginé que en un edificio ruinoso a tres calles de la Facultad de Tecnología, en el subterráneo, se encontrara un lugar como ese. El edificio parecía prácticamente vacío, si no fuera porque algunos autos estaban estacionados a su alrededor haciéndole guardia. En el interior unos focos pequeños iluminaban los pasillos. Cuando bajamos las escaleras, Tomas golpeó una puerta vieja de hierro cuyo chirrido se oyó en todo el pasillo.

Desde el interior nos observaron unos ojos oscuros y amenazantes. Un chico que parecía unos años más grande que nosotros se nos quedó mirando con cara de pocos amigos. Tomas le enseñó los tickets sin dirigirle la palabra y él nos dejó entrar.

Caminamos a través de un pasillo oscuro, por lo que me enganché al brazo de Tomas para no caerme o chocar con alguna pared. De inmediato noté que Annie y él conocían muy bien por dónde ir. Poco a poco comenzamos a oír el murmullo de música y de personas hablando. Hasta que finalmente apareció ante nosotros un lugar iluminado en tonos azules y plateados.

—Cailín, no te separes mucho —me indicó Tomas mientras seguíamos acercándonos al tumulto en medio de lo que parecía ser un estacionamiento subterráneo abandonado.

La música estaba a un nivel infernal, apenas oía las instrucciones de Tomas mientras caminábamos por entremedio de las personas. Pese al frío que hacía en la calle, ahí dentro el aire

era sofocante. Debí haber ido con una camiseta y no con un abrigo.

De pronto, un ring improvisado apareció frente a nosotros, era como una jaula en medio de la nada. Por alrededor, las personas se apoyaban y colgaban de las rejas de hierro. Me quedé un poco más atrás; me daba miedo que me aplastaran contra la reja que nos separaba de los que pelearían. Era muchísima gente y por supuesto el lugar no tenía la capacidad de invitados que allí había. Todo era gritos, apuestas, alcohol y un pesado olor a sudor y drogas. Desde el sitio que habíamos ganado —porque los tickets eran para entrar, pero no para reservar un lugar— veíamos directamente el ring sin necesidad de tener la cara pegada a la reja.

—Hay muchísima gente. —Alcé la voz mirando al platinado. Él asintió con una sonrisa entusiasta.

—Es una gran pelea —vociferó.

—¿Ah, sí? ¿Quiénes son? —pregunté, aun sabiendo que no conocería a quien nombrara.

—¿Annie no te lo dijo? —Negué con la cabeza y me giré hacia mi amiga. Ella me miró inocente—. Annie…

—Es Caín con un tipo de otra universidad. Dicen que nunca nadie ha vencido a ese tipo, pero ya veremos a Caín en acción —me contó Tomas casi al oído.

—¿Me trajiste aquí para ver a Caín? —reproché a mi amiga—. Sabes todo lo que ocurrió y aun así no pensaste en que no quería verlo.

—Una vez dijiste que debías verlo pelear con tus propios ojos.

—¡En ese entonces no sabía de quién se trataba! —chillé.

—Cailín, te aseguro que ni siquiera sabrá que estuvimos aquí. Mira la cantidad de personas que hay. —Me sonrió con tranquilidad, pero yo sentía la rabia justo en la vena de mi cuello.

Me giré con la vista al frente, ignorándola. Se suponía que éramos amigas. Comencé a mirar enfadada a mi alrededor hasta que mi vista chocó con los amigos de Caín. Ahora podía reconocerlos; estaban de pie al costado de la entrada al ring y uno de ellos miraba hacia nosotros. Pestañeé entendiéndolo todo.

—Es él, ¿verdad? —le pregunté—. ¿Jaxon?

—No vine aquí por él. —Arrugó las cejas, pero no le creí.

Antes de que pudiera seguir discutiendo, la música se pausó de manera abrupta y las conversaciones que antes eran gritos bajaron a murmullos. Una luz plateada iluminó el centro del cuadrilátero y ahí apareció un chico bastante joven, quizá más que nosotros. Llevaba un megáfono por el que empezó a hablar con gracia y desplante.

—¡Bienvenidos, malditos espectadores! ¿¡Están listos para presenciar la pelea más esperada del mes!? —Todo fueron gritos y silbidos—. Desde ahora, se cierran las apuestas —le indicó a otro chico que asintió de inmediato—. ¡Por un lado, Caín, el favorito! —Todos aplaudieron eufóricos gritando todo tipo de alabanzas. Mi mirada se fijó en la entrada izquierda del ring en donde Jaxon le dio unas palmadas en la espalda al pelinegro e Ian solo le sonrió con confianza.

Caín entró al cuadrilátero sin camiseta, dejando expuesto su cuerpo envuelto en tatuajes negros y grises. Tenía una espalda ancha, llena de músculos que no sabía que existían en esas zonas y sus manos estaban envueltas en una venda blanca cubriendo sus nudillos. Usaba un short negro. Quizá el único sitio en donde no veía algún dibujo en su piel era atrás de la rodilla. Los pasos que dio hacia el interior se vieron decididos, congelando todo a su paso. Se creía el rey del mundo. Lo hacían sentir el rey del mundo. Su semblante tranquilo y asesino me recordó a la mirada que me había dado afuera de la pizzería después de golpearlo.

—¡Y por otro lado, Brad, the king of the kings! —Se oyeron aplausos, pero también toda clase de improperios. Era un tipo alto, incluso más que Caín. De tez oscura y cuerpo fuerte. Parecía como si se hubiese entrenado toda su vida para ese momento. La verdad, Caín se veía un poco pequeño frente a él, incluso siendo muy grande.

—Lo va a matar —solté sin pensarlo.

—¿Brad a Caín?

—Sí —le contesté a Annie.

Ella guardó silencio, porque… qué equivocada estaba yo.

Cuando el árbitro dio la señal, Caín se mantuvo inmóvil con los puños alzados y los ojos fijos en Brad, esperando su primer movimiento. El moreno avanzó sin dudar, lanzando un golpe que Caín esquivó con la calma de quien no tiene prisa. Sonrió apenas, como si estuviera jugando.

Brad lo intentó otra vez, pero Caín era demasiado rápido. La multitud empezó a impacientarse y a abuchear porque querían ver acción y probablemente sangre. Fue entonces cuando Caín alzó la espalda y lo miró directo, provocándolo. Brad mordió el anzuelo —¿cómo no? Yo misma había mordido el anzuelo por culpa de esa mirada socarrona— y le encajó un golpe en la mandíbula. Caín ni se movió. Se quedó ahí, contemplándolo como si el golpe no hubiera existido.

Esperó un par de embestidas más, midiendo el momento. Cuando Brad bajó la guardia, Caín reaccionó con la precisión de un relámpago: un puño en la mandíbula, otro en la nariz. Brad retrocedió con un gruñido, la sangre tiñéndole el rostro, pero no se rindió.

—¿Por qué no se rinde? —pregunté. No había pasado tanto, aunque ya eran suficientes golpes para mí.

—Perdería su trono —me contestó Tomas de lo más tranquilo.

Caín apretó los dientes al verlo resistir. Entonces Brad lo sorprendió con un golpe que lo tiró al suelo. El silencio se apoderó de la sala. Caín se levantó despacio, con la mirada encendida.

Brad se rio. Fue lo último que hizo bien.

Caín se abalanzó con una furia contenida; un golpe seco en el estómago, otro directo al rostro. Brad apenas pudo reaccionar antes de recibir una lluvia de puños. Caín golpeaba una y otra vez, con los nudillos ya enrojecidos y la respiración entrecortada.

—Lo va a matar, deténganlo. —Apreté el brazo de mi amigo, como si él pudiera hacer algo.

El árbitro intervino cuando Brad dejó de moverse. Caín retroc

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