Ratones

Majo Delgadillo

Fragmento

Capítulo 1

1

Había una vez una casa en silencio y a oscuras. Una casa como un agujero negro, un puño cerrado, una boca abierta. Había una vez, en esa casa, un hombre y una mujer. Este es un principio: había una vez una casa, en donde viven un hombre que escucha y una mujer que habla. Un hombre inmóvil y una mujer que le lame las heridas. Un hombre y una mujer que lo toca. Había una vez los cuerpos juntos, transformándose en la oscuridad. Reconociéndose como amantes, presa y alimento.

Había una vez, en una casa como un agujero negro, un hombre que escucha y una mujer que va a transformarse multiplicándose. Una mujer que va a convertirse en una multitud hambrienta e incompleta. Mandíbulas y gargantas abriéndose y cerrándose. Patas y dedos que recorren el perímetro de la piel ajena.

Había una vez esta historia y un milagro: un hombre sin miedo que se quiebra ante una mujer. Una mujer que es una multitud de dientes y de pelo, de uñas que se arrastran y de ojos negros. Un hombre que escucha, sin poder articular palabra. Una mujer que se expande en la madrugada y en la oscuridad, corrompiendo el silencio. Una mujer que es un plural hambriento, que desea y que rompe el silencio de la noche con el chasquido de todas sus mandíbulas.

Y, como en todas las historias, había una vez la posibilidad de que alguien esté mintiendo.

2

Este es un cuento de hadas que comienza, como todos, en había una vez. Este es un cuento de hadas que, como todos, sigue una fórmula. Un principio, un deseo, un conflicto y un final feliz que ocurre solo cuando alguien se transforma. Esa transfiguración casi siempre es violenta. En los cuentos, el deseo y la pérdida son dos caras de una moneda. Poder ser feliz para siempre implica sacrificar algo: alguien debe perder su reino, o su inocencia, por ejemplo.

Voy a contarte un principio que quizá reconozcas: había una vez una mujer que desea. Una mujer sin hijos que se siente incompleta. Una mujer que pide, de día y de noche, de rodillas y armada con la fe de quien cree en los milagros, una reproducción. Una expansión de sí misma. Una hija, desea con los dedos entrelazados. Una hija de piel blanca como la nieve, mejillas rojas como la sangre, cabello negro como el azabache.

Esa mujer que desea, desea ser capaz de crear un cuerpo que la nombre Mamá. En esta historia, como en otras, la madre es un personaje secundario a quien le ocurre un primer milagro. Pide y reza y, de pronto, siente en su interior una extraña alegría; el presentimiento de algo inesperado. Y así comienza. La multiplicación. La imposibilidad. Había una vez una mujer llamada Mamá que deseaba una hija y que recibió la visita de un hada mientras dormía. Tres veces, como si Mamá fuera una princesa o un animal moribundo. En tres sueños distintos, el hada le prometió que le daría una hija, siempre y cuando prometiera compartirla. Una hija en común: de Mamá y de esa hada que venía siempre a oscuras. Sin ningún hombre, pero creada por una mitad igual de ajena.

El hada le prometió una hija a su imagen y semejanza: piel blanca como la nieve, mejillas rojas como la sangre, cabello negro como el azabache. Le habló, con cautela, de una hija que heredaría los dientes y el hambre de los seres imposibles como ella: las hadas, los dragones, las brujas. Le juró que tendrían una hija. Una hija que sería una multitud dominada por el deseo y por el hambre, pero también por el amor y por el tacto. Una hija infinita. Y con esa última promesa, Mamá aceptó ser la portadora de esa clase de parásito.

Esa mujer que desea es solo un pretexto para poder hablarte de mí. Dentro de esa mujer que desea, después de la aceptación, nosotras habíamos una vez. Ella y yo. Enredadas. Fuimos una, antes de la expulsión y el nacimiento, carne de su carne. Yo antes de ser yo, como una respuesta a un deseo. Ella, antes de mí, como el momento en donde se encallan la posibilidad y el milagro.

En la cueva llamada útero, donde crecieron la lengua y los huesos y las palabras que te encuentran, el hada comenzó a jugar con la composición de un cuerpo que sería el mío. Me formó la médula, los nervios, y los músculos y la sangre. Los sueños de Mamá se mezclaron con los nervios, la médula ósea, el líquido sinovial. Mamá fue también mis fluidos y la vida. El hada fue el impulso y el silencio de mis huesos.

Y entonces: había una vez mi cuerpo creciendo dentro de otro cuerpo. Una concepción inmaculada e interespecie. Lo imposible de la recreación, después del deseo y antes de la gravedad y de la sangre. Me alimenté del líquido raquídeo y de los minerales de la médula de una mujer desesperada.

Pero eso no es todavía un principio. Estamos, todavía, en el preámbulo de la historia.

Pon atención, aquí aparecen las primeras pistas.

Cuando el cuerpo de Mamá expulsó al mío, la mitad imposible de mi cuerpo se adueñó de mis manos, de mis uñas y de mis dientes. Tomó posesión de mi sombra y de mis encías, del vértigo en la velocidad de la sangre. Alimentó de oxígeno a mis músculos y me proveyó de humedad en el sexo y en las axilas. Lo entendí mucho después: fui creada a partir de una relación mitológica. Me engendraron un deseo y una promesa. Lo maravilloso y lo múltiple.

Este es un cuento de hadas. La historia imposible y maravillosa de lo que pasó conmigo. Mi transfiguración. Había una vez una hija de piel blanca como la nieve, mejillas rojas como la sangre, cabello negro como el azabache, hambre como el hambre de las plagas, heredera de un hada y de una mujer que desea.

3

Esta es también tu historia. Había una vez el hambre de un hombre feroz que enseña los colmillos cuando se encuentra a una mujer dispuesta. Había una vez el escenario, la música y el movimiento. El camino hacia cuerpos que pueden estarse juntos, un eco que retumba en el pecho, la sensación pegajosa debajo de los pies y el calor que sube desde el cen-
tro del cuerpo.

¿Lo recuerdas? ¿El sabor del alcohol y la densidad de la saliva? ¿El conjuro del ritmo y de la repetición? ¿La oscuridad en los espacios donde

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