Bolivar y la revolución

Germán Arciniegas

Fragmento

PROEMIO

Nació y se formó Simón Bolívar en un siglo eminentemente revolucionario. Nunca antes, en cientos de años, se habían hecho críticas tan radicales. Se impuso entonces una nueva concepción del sistema planetario, se discutió el poder absoluto de los reyes, se reconoció a los pueblos el derecho de participar en el gobierno, se le dieron al parlamento funciones que no estaban en el cuadro normal de las posibilidades. Los fermentos de estas especulaciones o conquistas fueron llevando a la violencia y hubo al final confrontaciones sin precedentes. Por primera vez se vieron colocadas frente a frente América y Europa, y fueron simultáneas las discusiones sobre los mismos temas y las revueltas en el Viejo Mundo y en el Nuevo. Europa tuvo que enviar ejércitos a América en la primera guerra entre los dos hemisferios, y fue vencida. De entonces en adelante surgió un interlocutor inesperado y contradictorio, tal vez inoportuno y molesto en la historia universal.

Europa se negaba a reconocer cambios de esta naturaleza, que vinieron a afectar todas las teorías de gobierno, y un filósofo tan perspicaz como Hegel no se dio cuenta que cuando estaba escribiendo su Filosofía de la historia ya estaban sepultados, acababan de ser vencidos en América los imperios de Inglaterra, Francia, España y Portugal, es decir, la flor de su pensamiento imperial. Se estaba haciendo el deslinde que dejaba viva en Europa la monarquía —sí maltratada— y afirmaba en América la república, con deterioro de enseñanzas que venían de tiempos de Santo Tomás… o de Aristóteles. Las universidades que taparon durante tres siglos el sistema de Copérnico seguían negando el ser americano. Hasta hoy.

Dentro de esta evolución, ¿cómo situar la obra del Libertador nacido en Caracas? La revolución en América llegó a unos términos que no conoció el continente europeo, y puede decirse, sin que tiemble la afirmación, que fue más radical y positiva en Colombia o Paraguay que en París alumbrado por el incendio de La Bastilla. Abominaron Miranda y Bolívar, lo mismo que todos los teóricos de Caracas o de Bogotá, de la revolución de 1789. La condenaban por cuanto acabó montando la guillotina en la gran plaza de París, fue el descrédito de la República y le sirvió de pretexto a Napoleón para su imperio. Los pueblos de estos países instalaron repúblicas que han subsistido casi dos siglos, a tiempo que las de París no duraban cinco años. Estas son cuentas que no se hacen, pero cuya exactitud está a la vista. El fundamento que se dio en América a la república estuvo en la independencia. En emanciparnos de Europa.

Bolívar aparece como el caudillo por excelencia de la independencia de las colonias españolas. Todo el mundo, el vasto mundo por donde él se movió, lo aclamó apoteósicamente por ser quien dio el mayor número de batallas y las ganó en las circunstancias más difíciles. Como él lucharon Washington, Toussaint L’Ouverture, San Martín, Artigas, Hidalgo, Morelos, Juárez… sin que ninguno de ellos despertara con sus hazañas tanta apasionada admiración en una zona así de vasta y accidentada. Independizarse de imperios que venían de los sagrados de Roma, que se habían impuesto para bañar de gloria los anales de Europa, era como profanar lo más augusto de los tronos en que descansaba la grandeza del Viejo Mundo. En alguna parte he señalado cómo diccionario alguno de las lenguas modernas registró antes de 1800 la palabra “Independencia” en el sentido que le damos nosotros. Ni el vocabulario inglés, ni el español, el francés, el italiano, el alemán, el portugués… estaban hechos para incluir como voz aceptable la que venía a destruir la más imponente y gloriosa de las instituciones tradicionales. Es de pasmo que en la Enciclopedia, suma y lujo de las obras francesas del Siglo de las Luces, se diera esta definición: “Independencia. La piedra filosofal del orgullo humano; la quimera tras la cual corre ciego el amor propio. El término que los hombres se proponen alcanzar siempre, sin lograrlo jamás…”. Todo esto lo atropelló América, y donde la contradicción aparece más violenta y atrevida es en ese mundo de Bolívar, subyugado hasta entonces por la más ortodoxa doctrina imperial. El desacato tuvieron que verlo y sentirlo los reyes de España como engendro monstruoso de “la soberbia humana”. En la misma forma que delirantes lo aclamaban los pueblos en vía de su emancipación absoluta.

Hasta donde Bolívar es eso: caudillo sin par de la guerra de Independencia, su nombre constituye el gran símbolo de nuestra historia. No así en su voluble oratoria política que le llevó a errores tan contrarios a su misma obra, como la introducción de una filosofía monárquica en la Constitución para Bolivia, o la idea de hacer de la Gran Colombia un protectorado inglés. En las celebraciones centenarias para el natalicio del Libertador se perdió casi siempre esta perspectiva, buscándole al Libertador la gloria en cosas que fueron rechazadas en su tiempo y que hoy nadie se atrevería a proponer como norma de conducta republicana, olvidándose del gran caudillo de la Independencia. Alguno ha llegado a decir que Bolívar fue un militar mediocre pero un político genial. Estas afirmaciones se hacen contra una historia que debe presentarse en su realidad, si hemos de movernos hacia una filosofía propia con raíces en una revolución que dejó atrás a la más reconocida del otro hemisferio.

Es posible que haya un error inicial al decir que nuestra independencia fue de España. Más nos distanciamos entonces, y nos seguimos distanciando hoy, de Francia o de Inglaterra, que de la propia España, cuya sangre sigue siendo la que corre por nuestras venas. Nuestra rebeldía no fue solo por alternar en el gobierno o por llegar a la presidencia, sino por oponer el pensamiento republicano al de la monarquía. No nos separamos de España sino de Europa, y vamos modelando lentamente una creación original y auténtica que sale de las entrañas de “nuestra” revolución.

Este estudio es una exploración hecha con la ambición de llegar al fondo de nuestro ser revolucionario, para saber si hay en él una gran razón de diferenciación. Lo hacemos con deliberado desconocimiento de interpretaciones alemanas, francesas, españolas… que encontramos ciegas ante la evidencia de lo que hemos sido y le hemos ofrecido al mundo como soluciones para llegar a un nuevo sistema, democrático, representativo, liberal. Hace pocos años, un profesor alemán, Friederich Heer, publicó un libro que tiene más de mil páginas en letra muy apretada. La traducción española tiene este título, ya de suyo discutible: Europa, Madre de Revoluciones. (En alemán Europa, mutter der revolutionen). Esto es, en lenguaje de hoy, repetir lo de Hegel cuando no aceptaba que América formara parte de la historia del mundo. Con el agravante de poner como fecha inicial de las revoluciones en Europa el día de la toma de La Bastilla. Para el minucioso autor del inventario revolucionario todo comienza en el XIX y la palabra revolución toma el sentido de bochinche, con olvido de la carga ideológica que venía del XVIII. “Los hombres y las mujeres jóvenes perciben ya en 1800 la excepcional importancia que habría de tener el siglo XIX europeo: con él comienza la nueva era del hombre en el universo. Oscuros y terribles presagios flotan en el aire. El encanto de la vida, el suave aroma del rococó, parece haberse desvanecido. La gran revolución, iniciada en 1789, provoca a lo largo del siglo XIX temores y esperanzas…”.

Es natural que un profesor ciego que habla en esta forma no se dé cuenta de que ya en 1776 se había introducido formalmente en el panorama universal una república en América, y que Francia, queriendo hacer revolución en el 89, se inspiró en el ejemplo americano. Eso sí, echándolo a perder… La necesidad de ignorar lo que pasa de este lado del Atlántico, impide ver al de la Madre de las Revoluciones la explicación de lo que a pocas líneas registra él mismo: “Entre 1840 y 1940, cerca de sesenta millones de personas abandonan a Europa”. ¿Para dónde se habían ido? Para Estados Unidos, Argentina, Brasil. ¿Por qué? Porque aquí se había hecho la revolución que los sesenta millones de europeos insatisfechos buscaban. Desencantados de su patria emigraron a hogares republicanos. El sistema de los historiadores de no volver los ojos hacia el continente de los europeos emigrantes, no sorprende cuando al mismo tiempo desconocen su propio siglo XVIII. Para nosotros, lo importante es ahondar en nuestra propia historia así desconocida, y ver si en los cincuenta años anteriores a 1800 hubo aquí una motivación para la independencia. En los cabildos donde se da el grito o toca la campana está la explicación de la guerra. Las patrias estaban ya maduras para la emancipación, y es más correcto considerar al Libertador hijo de la Patria, que su Padre. Es un hijo fabuloso, pero no inventor de algo que viene de mucho tiempo atrás. Desde que América es América, aquí llegaron descontentos de Europa, los esclavos del África a fundar imaginarias patrias mejores. La primera equivocación del profesor Heer está en un mal uso de la palabra “madre”.

La originalidad en la revolución americana tiene dos caras. La de la Independencia y la de la República. Independencia sin llegar a república, es bochinche. República sin independencia, utopía. El gran teatro en donde esto se dramatiza es la Gran Colombia, y la explicación de esas hazañas en cadena que culminan en Ayacucho está en haber hecho al mismo tiempo república e independencia. Dos figuras se salen de lo corriente y permiten llegar a este resultado que también sobrepasa los modelos europeos: Bolívar y Santander. Decenas de veces lo precisó Bolívar, en un constante reconocimiento, desde 1821 hasta 1826, destacando el valor de la república organizada por Santander como fundamento para la acción de los ejércitos. Rodó con increíble suerte el Libertador teniendo como compañero de su empresa al más afirmativo entre los hombres civiles de la América española, y resulta cuando menos extraño el esfuerzo de algunos intérpretes de la vida colombiana haciendo malabares de dialéctica para romper esa unidad, la más notable y fecunda en la formación de nuestra nacionalidad.

Es verdad que la unión de independencia y república se convierte, después de Ayacucho, en áspera disputa. Los generales que rodeaban a Bolívar en las batallas forcejeaban por reducir las repúblicas a feudos militares y el Libertador quedó envuelto en la disputa con una serie de documentos que deterioran la imagen de la república, abren el camino al desconocimiento de la Constitución y llevan a la dictadura. El general Urdaneta encuentra la manera de resolver el problema asesinando a Santander, es decir, matando al hombre de la república, tal como Vargas Tejada había pedido en unos versos cortarle la cabeza a Bolívar. Como lo de Vargas Tejada no se pudo, quedó la posibilidad de hacer lo de Urdaneta y así nació el decreto del fusilamiento. Fue necesaria la representación de todos los ministros ante el Libertador para detener al del cadalso venezolano en 1828. Quedaron sus herederos que hasta hoy, cada cual, a su modo, tratan de borrar a Santander y la República, hiriendo de paso a Bolívar y la Independencia. Lo que se había hecho desde Boyacá hasta Ayacucho era obra de los pueblos, de los universitarios, de los insurgentes de todos los colores y razas. Ellos buscaban la república a través de la independencia, y como ocurre siempre en la historia, dos hombres lo simbolizaban todo. De hecho, desde Urdaneta hasta el último de los historiadores del culto idolátrico a Bolívar, cada vez que se le asesta un golpe a la república en el hombre que la simboliza, la independencia colombiana pierde, y cada vez que se disminuye el sentimiento de independencia, se deteriora la república. En este sentido, el gran drama ha tenido por escenario a Colombia.

La importancia de estudiar los orígenes, en este caso como en todos los procesos humanos, está en fijar lo que va revelándose de la voluntad común a través de la filosofía de las revoluciones. He señalado el libro del alemán Heer, y repito mil veces en las páginas siguientes los planteamientos infelices de Hegel, porque son casos que sirven para ilustrar las propias aberraciones de los biógrafos de Bolívar. Aparentando ellos escribir sobre el gran caudillo, tratan de sacar adelante sus propias conclusiones de partido. Hacen autobiografías disfrazadas. Como podría decirse que este es mi propio caso, debo hacer una aclaración. La gente toma el tarjetero de la biblioteca pública y encuentra que he escrito cuarenta libros. Esto no es así. Vengo, desde hace cincuenta y cinco años tratando de escribir un solo libro, y este es, por ahora, el capítulo final. Los volúmenes que quedan atrás son cuadernos de apuntes que he tenido la imprudencia de ir publicando como si fueran libros. De ellos he ido sirviéndome para aclararme a mí mismo el proceso americano. Pocos han escrito tanto sobre América, por dos razones: por mi convicción de que esta ha de ser nuestra tierra firme —otra tierra sería prestada, y no nos serviría— y por mi desasosiego frente al mal aprovechamiento de ese punto de apoyo, el único nuestro que tenemos. Me rindo ante el liderazgo guerrero de Bolívar, de cuya voluntad de fierro nació nuestra liberación a través de las batallas más atrevidas, casi absurdas. Y me sublevo ante su falta de fe en la propia obra, cuando creía que todo iba a perderse después de su muerte por su ausencia física. Se creía esencial para que subsistiéramos. Para ser exactos, la revolución completa, con repúblicas e independencia incluidas, está en la raíz de nuestra nación y es la única que entra en el orden natural del destino americano.

Cuando se recordó en Santa Marta la muerte del Libertador, en la catedral misma donde se habían celebrado las exequias, hube de hablar a nombre de la Academia de Historia de Colombia, cuya presidencia he ocupado en estos años, y terminé con las mismas palabras que voy a usar para rematar esta introducción, palabras que fueron aplaudidas sin que quizás se dieran cuenta todos de lo que yo estaba diciendo, que es lo que pienso y se desprende de los párrafos anteriores: (los nombres de las personas que menciono corresponden a los testigos principales del acto): “Señor presidente Turbay, señor don Adolfo Suárez, jefe del gobierno español, señores presidentes de cinco repúblicas, señor gobernador, señor alcalde, señores embajadores, académicos, presidente de la Sociedad Bolivariana, señoras y señores: Hoy 17 de diciembre de 1830, Simón Bolívar ha muerto. ¡Viva el Libertador!”.

En Inglaterra
De la gloriosa al imperio

CAPÍTULO I
DE REVOLUTIONIBUS

EL SIGLO XVIII NO EMPEZÓ EN FRANCIA SINO EN INGLATERRA

Sobre esto no hay que equivocarse: el siglo XVIII es el de las revoluciones. Pero ¿dónde se abre el debate? En Inglaterra. En la isla de bruma y hielo donde las noches son más largas. Se piensa viendo arder la leña en la chimenea. Es el hogar. Mejor: se sueña. La imagen siempre presente de los reyes se confunde con los romances de Arturo, el de la tabla redonda. El fuego estimula la imaginación. ¿Por qué esta gente, viendo desfilar entre las llamas a los nobles vestidos de paños de seda, con collares de oro y cruz en el pecho, será tan protestante? ¿De dónde diablos sacará Shakespeare Otelos, Macbeths y Ofelias y tantas otras historias apasionadas y sangrientas? ¿Quién ha inventado en el mundo grito más humano y brutal que el del delirante rey perdido ofreciendo “mi reino por un caballo”? ¡Cosas fantasmales que brotan entre la leña y las chispas en las noches de invierno! Los jóvenes Montesquieu o Voltaire salen de Francia, cruzan el canal, llegan a la isla y se hacen esas preguntas, las más extrañas a sus experiencias nativas. Quedan perplejos al pasar del mundo católico al protestante. Lo primero que piensan tiene que ver con esa palabra: protestante. Ella partió la Iglesia en dos. ¿No tiene algo de eso el siglo XVIII?

Llegan los franceses a los hogares británicos donde todo ruido se acalla. Es alucinante ver cómo se hace la filosofía en silencio. La noche está blanca de nieve y frío. Las lenguas de fuego suben por el embudo negro de las campanas de ladrillo. Se calienta cerveza en jarros de metal. Beben más cerveza que vino. El oro resplandeciente de los reyes no es oro: es cobre. En las calles, la luz de los mecheros. Flota en los faroles la llama del gas: huevos blancos entre una niebla que no es niebla: es fogg. ¿Qué piensa Locke? Es un Hamlet que tiene entre las manos, y le da vueltas, el cráneo del rey. Al fondo, la leña, el fuego. Dice en un monólogo que no oye nadie: los reyes no lo son por derecho divino: el derecho divino no existe. Estas reflexiones solo puede hacérselas un protestante… Es un regreso a las mayores audacias del siglo XV.

Inglaterra ha hecho su revolución dentro de la monarquía. El parlamento se ha duplicado en una Cámara de los Comunes. El Rey sigue siendo el Rey, pero no es absoluto. ¿Está madurándose un pequeño juego de palabras? ¿Del Rey Soberano se pasará al Pueblo Soberano? Esto ya lo habían descubierto, siglos atrás, antes de Lutero o Calvino, las comunidades de Castilla. Lo presintieron los autores antiguos del Contrato. De Suárez, el jesuita, llegó a decirse que justificaba el regicidio, para el caso en que el rey desconociera los derechos del pueblo. En España, se pensaba como Santo Tomás. “Si por derecho toca a un pueblo elegir su propio Rey, sin injusticia puede el propio pueblo destituir al Rey elegido o recortar su poder si abusa tiránicamente del mismo”. En la antigüedad los reyes eran elegidos por el pueblo. Con las sucesiones familiares —el hijo del Rey sucede a su padre— fue degenerando el poder del común. La herencia real borró los derechos del pueblo que ahora renacen. Locke descubriría estas cosas al modo protestante. Voltaire comenzó sus razonamientos con una aplicación práctica: ¿Podrían los reyes ser humanos, sumergirse en las ideas de la ilustración, convertirse en déspotas ilustrados? ¿Llegarían a poner el poder al servicio de la ciencia? ¿Cómo aquí, en Londres, pudo surgir una nueva ley que obligue al Rey a aceptar el nuevo orden?

Montesquieu debió sorprenderse tanto como Voltaire. Regresó a Francia a escribir la teoría de la democracia, de la división de los poderes. Eso sí, saludando de entrada al Rey. El libro acabaría por ser puesto en el índice, pero al escribirlo tuvo la prudencia de comenzarlo así: “Si entre el infinito número de cosas que contiene este libro se encuentra alguna que pueda ofender, lo cual no creo, sépase que no la puse en él con mala intención. La naturaleza no me ha dado un espíritu descontentadizo. Así como Platón daba gracias al cielo por haberle hecho nacer en el tiempo de Sócrates, yo se las doy por haber nacido en el régimen vigente, por haber querido que yo viva en el gobierno actual y que obedezca a los que amo”.

Las publicaciones se sucedieron sin parar. Primero escribió Voltaire sus cartas sobre los ingleses y el libro sobre Newton, luego el diccionario filosófico… El mismo año del Espíritu de las Leyes de Montesquieu, el abate Raynal, cuya imagen es difícil separar de la de Diderot, publicó la Historia del Parlamento de Inglaterra. La Revolución Francesa, la de los filósofos, la de los pensadores, la del cambio profundo, viene de Londres, de Edimburgo. De la remota Escocia que también le dio corona a Inglaterra. Así es: no todo salía de Londres. Los de la revolución americana de Filadelfia aprendieron más de Escocia.

Los filósofos ingleses no sacan sus normas para explicar lo inmediato de ideas abstractas, remotas. Parten del hecho concreto. Lo inventarían, como quien hace la cuenta de la mercancía que tienen en depósito antes de atreverse a formular una ley. Esto no se acostumbra en Francia. El inglés no le camina a la metafísica. Sus filósofos escriben en los mismos días de la revolución del parlamento, y saben que la filosofía tiene que ser política, contable y práctica (esto se llama praxis).

Lo del XVIII no es nuevo, pero es distinto. En tiempos de Platón o Santo Tomás, el griego o el de Aquino escrutaban la materia de sus repúblicas o monarquías viviéndolas bajo el diáfano azul Mediterráneo, y se remontaban muy por encima de la tierra, metafísicamente, hasta perderse en el éter de la divina esfera. Hobbes no. El decía: “El fin y propósito de la filosofía es poder hacer uso en nuestro beneficio de los efectos que pueda producir nuestra mente hasta donde la materia, el esfuerzo y la industria lo permitan, para comodidad de la vida humana…”. Reflexiones caseras, imágenes de un cierto bienestar que encamina a la felicidad en la tierra y se aplican a lo de todos los días. Es la misma democratización que se ha hecho con el parlamento. El nuevo humanismo se explica. Los promotores de la Revolución Francesa trabajan en Francia con nostalgia inglesa… En el fondo, había una cuestión más universitaria que otra cosa. No era solo la filosofía: era también, y en primer término, la ciencia.

LA TIERRA SE MUEVE ¡AL FIN!

Hacía dos siglos un polaco, y más tarde un florentino, habían escrito algo más tremendo que eso de Locke contra el derecho divino de los reyes. Copérnico, el polaco; Galileo, el florentino. Copérnico, inspirado en el viaje de Vespucci a la América del Sur, se atrevió a afirmar científica, empíricamente, que la Tierra era una esfera móvil y giraba alrededor del Sol. Por exponer una fantasía semejante, Aristarco de Samos había sido condenado como impío por los griegos, antes de Cristo. Pasan los años, viene el Renacimiento, se descubre América, y con los mismos argumentos que sirvieron para condenar a Aristarco, los conservadores de la tradición se atrincheran contra Copérnico y Galileo. La Tierra debía estar quieta, en el centro del mundo, plana y sin revés. Así lo querían obispos, profesores y sacerdotes. El Sol giraría, como a simple vista se veía, en torno a la Tierra. El hombre era el rey del universo, parado sobre este mundo quieto, sin antípodas. Copérnico contradijo todo esto. Galileo lo repitió en el lugar más peligroso para estas invenciones: en Roma. El Papa lo obligó a retractarse. Los académicos, subordinados, se encargaron de volver las cosas a su orden de siempre: la Tierra en el centro, el Sol dándole vueltas en torno. Todo, al contrario de como lo sabemos hoy. Y se llegó al siglo XVIII.

Un caballero inglés, Newton, que enseñaba en Cambridge, y a quien Locke oía con respeto y admiración, no solo seguía a Copérnico, sino que propuso una nueva filosofía: la experimental. “Acostumbraba nombrar su filosofía con el modesto nombre de filosofía experimental, queriendo manifestar con esta palabra la gran diferencia que había entre su filosofía, fundada en la naturaleza, y los sistemas filosóficos que no son más que un parto brillante del ingenio”. Todo debía arrancar del estudio experimental de la naturaleza. Como antes se había concentrado la curiosidad de los filósofos en la metafísica —lo que está más allá de la física—, ahora había que acercarse a la física, y así los estudios de Newton sobre la luz fueron de tal novedad, que el siglo acabaría llamándose de las luces. Pasados cien años, Goethe moría exclamando: ¡Luz, más luz! Voltaire llevó a Francia, como su primera novedad, el estudio sobre Newton. Lo hacía un tanto como diletante, pero con mayor eficacia que los discursos de los sabios.

Las revoluciones del siglo XVIII son filosóficas… con antecedentes científicos… y consecuencias políticas. Voltaire es el puente de enlace entre lo uno y lo otro. El ámbito en que se difunden las nuevas ideas cubre los dos hemisferios. La cita que acabo de hacer explicando la filosofía experimental corresponde a un discípulo de Newton que habló desde las antípodas: desde Santa Fe de Bogotá. Viviendo en el tiempo de Voltaire, explicaba mejor a sus estudiantes americanos lo que contemporáneamente comunicaba el francés a los franceses. Las revoluciones ocurrían al mismo tiempo, en todas partes, en plural. De hecho la Tierra comenzaba a ser redonda. En Bogotá —¡hasta en Bogotá!— se sabía todo: que fundado en la doctrina de san Agustín el papa Zacarías prohibió al sacerdote Virgilio hablar de los antípodas, según recordaban en la Enciclopedia Francesa los del Siglo de las Luces, etc. Uno de los autores más calificados hoy en historia de la filosofía, Federico Copleston, hablando del estudio de Voltaire, dice en forma tan autorizada como discreta: “La filosofía de Newton por Voltaire apareció en 1738. Entonces, tomó él muchas ideas filosóficas de pensadores como Bayle, Locke y Newton; e indudablemente tuvo éxito presentando estas ideas en un lenguaje lúcido e ingenioso que las hizo inteligibles a la sociedad francesa. Pero no era un filósofo profundo. Aunque influido por Locke, no se colocaba al mismo nivel como filósofo. Y aunque escribía sobre Newton, no era ni matemático ni físico… El otro estudio sobre el mismo tema, presentado en Santa Fe de Bogotá, lo produjo José Celestino Mutis. Dudo que Copleston, de conocerlo, lo hubiera juzgado como juzgó el de Voltaire. A Mutis lo tuvieron por uno de los sabios de su tiempo personajes tan bien informados como Linneo o Humboldt”.

Apenas es creíble que lo revolucionario del siglo XVIII venga a tener como punto de partida el libro de Copérnico. De Revolutionibus apareció en 1543 y ahora venía a cobrar todo su valor. De Revolutionibus es la más atrevida revisión de ideas en varios siglos. La explicación del sistema solar, sobre todo en América, y más en la América Meridional, mueve a formar físicos y astrónomos, a tomar medidas, a ser geómetras, a iniciar misiones de naturalistas. El botánico Mutis, enseñando a Copérnico, fija un nuevo centro de interés en los debates académicos, sitúa la Tierra en su órbita y pasa a ver cómo a la esfera la cubren las plantas, la enriquecen los minerales, la toman los insectos por su casa. Newton complementa las ideas de Copérnico y las aprovecha como punto de apoyo para fundar su sistema. Newton es tan revolucionario en París como en Santa Fe de Bogotá. Quizás, lo es más en Bogotá. A Newton sigue Linneo. Mutis recoge todo esto y lo siguen discípulos casi en muchedumbre.

SIMILITUDES QUE CUENTAN

Voltaire había ido a Londres huyendo para no caer en prisión en La Bastilla. Mutis se enfrentó a los frailes que lo denunciaron a los inquisidores en Santa Fe. Los libros de los filósofos de la Ilustración alumbraron en París los atrios de las iglesias: se echaban a la hoguera por mano del verdugo. Los discípulos de Mutis fueron fusilados en la Plaza Mayor de Santa Fe. Esto es normal y sirve para medir las convicciones. Está bien. Pensar es un riesgo. Pero corriendo riesgos, las ideas circulan. Cuando llegue la hora de Bolívar, la cuota inglesa estará presente en sus mensajes y lucubraciones, aunque su filosofía esté saturada de literatura francesa. Una vez escribía a Santander, cuando encontró que un cierto francés lo trataba con desvío: “Puede ser que M. de Mollien no haya estudiado tanto como yo a Locke…”. Lo que sigue en la carta es todo francés…

Para el Libertador, como para la mayor parte de los teóricos de la revolución hispanoamericana, Inglaterra era el modelo. A lo mejor, él lo había empezado a estudiar en Montesquieu, su guía en ideas políticas. Luego, lo confirmaría con su visita a Londres. En Angostura dijo: “Os recomiendo, representantes, el estudio de la Constitución británica que es la que parece destinada a operar el mayor bien posible a los pueblos que la adopten… Cuando hablo del gobierno británico solo me refiero a lo que tiene de republicanismo. A la verdad ¿puede llamarse pura monarquía un sistema en el cual se reconoce la soberanía popular, la división y el equilibrio de los poderes, la libertad civil, de conciencia, de imprenta, y cuanto es sublime en la política? ¿Puede haber más libertad en ninguna especie de república? ¿Y puede pretenderse más orden social?…”.

Fue constante Bolívar, hasta más allá de lo aconsejable, en esta admiración. Llegó a pensar que Colombia fuera protectorado inglés. Su Senado vitalicio tiene algo de la Cámara de los Lores. A Santander escribía: “Liguémonos en cuerpo y alma a los ingleses… Toda la América junta no vale a una Armada británica…”.

REVOLUCIÓN Y ASTRONOMÍA

En la intimidad de todas las palabras hay laberintos mágicos que hacen de cada una un misterio. En el lenguaje común se las suelta sin medirlas ni repensarlas, y esto hace convencional y superficial el discurso cotidiano. Decimos “Revolución” y aplicamos el término a las cosas más crudas y bajas. Y no es así. Es pertinente recoger esta observación de Garry Wills, relacionada con la revolución de Estados Unidos. Dice en lnventing America: “No hubo vuelco de un gobierno central en la revolución americana, ni Rey decapitado de París, ni baja ejecución de Zar. Jorge III siguió reinando por cuatro décadas, y Lord North, a pesar de haber renunciado, continuó su carrera. Pero los americanos querían llamar a su movimiento revolución precisamente porque fue un procedimiento ordenado y leal. El primer significado inglés de ‘Revolution’ era astronómico —la revolución de los cielos—, un cambio en las posiciones de los planetas; o el ‘período’ (que es simplemente ‘revolución’ en griego) cubierto por estas alteraciones. Hooker usó ‘revolución cristiana’ para significar era (Eclesiastical Policy, v. 70, ix). La palabra aceptada para un cambio violento por la multitud fue ‘revuelta’ y no revolución. Revuelta fue sinónimo de rebelión…”. En la América española, lo hermoso está en que la revolución parte del sistema de Newton. El ingrediente ideal de donde salta la primera chispa viene de una polémica celeste. Es el descubrimiento de horizontes inesperados que hacen ver a los criollos los errores en que descansaba la autoridad académica. Con esta duda la autoridad política se hizo vulnerable, y fue la carga que empujó los estudiantes a la guerra. Morillo tuvo que fusilar a una decena de discípulos de Mutis. Habían comenzado oyendo lo de Newton, y de coleccionar yerbas pasaron a fundir cañones y fabricar pólvora.

Especulando los estudiantes granadinos del setecientos sobre la autoridad del gobierno español para ejercer un gobierno despótico en América, llegaron a las conclusiones que se llaman república, democracia, libertad de los esclavos, educación, derechos humanos… y, lo más radical de todo: Independencia.

Nace Bolívar dentro de los años más significativos de esta revolución, y acaba por convertirse en el caudillo de esa América que parecía estarlo esperando de tiempo atrás para que fuera su Libertador. Los pueblos deliraron de entusiasmo al verlo surgir. Lo estaban buscando y no lo encontraban. La historia discurre por causas más naturales que arbitrarias. Era él, por su formación familiar, por su carácter autoritario, voluntarioso hasta la soberbia. Fue el rebelde nato. Los estímulos de su nacimiento, y aún de su riqueza, lo llevaron, casi sin que escogiera su destino, a ser revolucionario en aquella parte de la revuelta americana que fue más radical: la Independencia. En eso está lo revolucionario de Simón Bolívar. Independencia quería decir enfrentamiento radical con las potencias colonizadoras. Implicaba el choque ineludible con unos imperios que acabarían por encontrar su tumba en América. Y Bolívar fue el héroe, el caudillo, el símbolo de la insurgencia.

Hubo también un Bolívar contrapuesto a este de la emancipación. Un Bolívar conservador. El hombre que vacila ante la novedad de las soluciones americanas y se pliega a las tradicionales de Europa. Cuando él combate la federación está moviéndose contra las nuevas fórmulas en la organización del Estado, contra las autonomías regionales, que Europa había reducido a sangre y fuego. Su presidencia vitalicia es la versión criolla de la monarquía. Su centralismo, herencia de los Estados Unidos de España, hechos sobre el sometimiento absoluto de Cataluña, Vasconia, o Galicia al poder férreo del Rey, instalado definitivamente en Madrid. La regla europea que negó el federalismo consistió en unir las provincias (estados) y dominarlas, para llegar al “Estado soy yo”. La fórmula no era solo de Luis XIV, sino expresión normal del absolutismo europeo. El rechazo de Bolívar a las elecciones en el manifiesto de Cartagena corresponde al criterio monárquico europeo que las eludía por cuanto iban en mengua del gobierno fuerte y personal.

Bolívar había leído, y llevaba en su biblioteca de campaña, los autores de la Revolución de las Luces, la novedad astronómica de Voltaire, newtoniana pero realista. El sol quedaba con Newton como centro del sistema planetario. En Francia había habido el Rey Sol (el que Voltaire buscó a lo largo de su vida), ahora monarca fulgurante por su aplicación al progreso, con la ciencia en la mano y la educación universal en los programas. Lo que soñó Bolívar con su presidencia vitalicia. “El Presidente de la República —decía— viene a ser en nuestra Constitución como el Sol que, firme en su centro, da vida al universo. Esta suprema autoridad debe ser perpetua; porque en los sistemas sin jerarquía, se necesita más que en otros, un punto fijo alrededor del cual giren los magistrados y los ciudadanos… Dadme un punto fijo… y moveré el mundo…”. El caraqueño reunía en su ideario sentimientos contradictorios. En su literatura enfrenta lo americano y lo europeo, y si es el más radical en la Guerra de Independencia, es conservador intransigente de esquemas europeos que entusiasman a aquellos latinoamericanos opuestos a la República Federal, abierta y plural, por su aspiración a mandar. La fórmula oportunista de los comuneros —Viva el Rey y muera el mal gobierno—, pasó a ser una solución, en la época republicana, de gentes nostálgicas de lo español. Para ellos, la República sería un riesgo demasiado aventurado. Como las sectas de los masones. Esta interpretación era la de los amigos del Libertador. Con mayor autoridad que nosotros, ellos interpretaban dóciles sus ideas, y echaban a caminar la República por donde él indicaba. Don Estanislao Vergara, como ministro de Relaciones, recibió del Libertador una carta en que le decía cómo al morir él se dividiría Colombia en la guerra civil y los desórdenes más espantosos; “solamente —le decía— debe pensarse en un gobierno vitalicio, como el de Bolivia, con un Senado hereditario como el que propuse en Guayana”. Y agregaba: “El pensamiento de una monarquía extranjera para sucederme en el mandato, tan ventajoso como fuera en sus resultados, veo mil inconvenientes para conseguirlo. Primero: ningún príncipe extranjero admitirá por patrimonio un principado anárquico y sin garantías. Segundo: las deudas nacionales y la pobreza del país no ofrecen medios para mantener un príncipe y una corte miserablemente…”. Pidió Bolívar a don Estanislao que mostrara su carta a los ministros para que decidieran. ¿Qué hizo don Estanislao? Después de cambiar ideas con ellos, se dirigió a los ministros de Colombia en Londres y en París, José Fernández Madrid y Leandro Palacios, y les dijo: “El proyecto, como ustedes verán, es el de proclamar desde ahora una monarquía constitucional, que será regida mientras viva el Libertador. Usted convendrá en que para el éxito de la mutación de forma de gobierno, es conveniente que el Libertador, por sí, gobierne este país. Se hará así un tránsito suave hacia la monarquía, porque los pueblos, olvidándose de las elecciones y acostumbrados a ser gobernados permanentemente por el Libertador, se dispondrán a recibir un monarca…”.

Con esas palabras quedábamos a mitad del camino en un viaje hacia la monarquía.

CAPÍTULO II
LONDRES, CAPITAL REVOLUCIONARIA E IMPERIAL

EL MERO MILLÓN

Hacia 1774, Londres, la ciudad más grande del mundo, tenía un millón de habitantes: la quinta o sexta parte de los que hay hoy en Bogotá. Para quienes llegaban de Madrid, con poco más de cien mil, parecería metrópoli monstruosa. Pronto habría de formarse un barrio donde solo se oiría hablar español: eran liberales escapados de España y americanos revolucionarios. Jorge III era inferior a su cargo, tanto que su torpeza sirvió a los norteamericanos para lanzarse a la Guerra de Independencia. Para estos, el rey inglés vino a ser lo que para los hispanoamericanos Fernando VII. Las estupideces de uno y otro han pasado a la historia universal.

Por aquel tiempo llegó a la corte inglesa un cierto director de correos de Filadelfia, cuyo nombre era conocido y admirado en Europa por lo del pararrayos. Franklin fue el primer sabio de América que se impuso en el Viejo Mundo. A Londres, sin embargo, no llegó como el mago de la electricidad. Se le acusaba por sus manejos en los correos y se le emplazó ante el jurado, reunido en una taberna de aire irrespirable, con atmósfera de club. El nombre resultó apropiado para la ocasión: La riña de gallos. Los muros revestidos de ricas maderas ennegrecidas por el humo del tabaco, los nobles bebiendo cerveza caliente en gruesos jarros frailunos. La flema británica se expresó por boca del insolente procurador, general Weddarburn. Acusó a Franklin de haber interceptado y hecho públicas unas cartas del gobernador de Massachusetts al rey, sobre la explotación de la colonia en beneficio de los comerciantes ingleses. Hacia el final de mediodía, después de volcar toda suerte de dicterios sobre el de Filadelfia, calló el procurador. En la vívida reconstrucción que de este juicio hace Claude Manceron, dice: “Franklin había sido tratado de espía, traidor, ladrón, asesino en potencia. Una apretada audiencia, estrechándose contra la mesa, rompió en aplausos…”. Franklin quedó removido de su puesto… ¡Y fue la Independencia!

En Londres se acercó a Franklin un joven interesado en experimentos sobre la electricidad. Se le veía la pasión concentrada en una mirada firme y atrevida. Era cuáquero. Admiraba sin reservas al de los correos del escándalo. Vete —le dijo Franklin— a Filadelfia: yo te doy una carta para mi suegro y allá podrás enseñar en una escuela, escribir… Para el muchacho era una invitación a la región del mundo donde iban a convertirse en realidad las ideas de los filósofos escoceses de la libertad. Se llamaba Tomás Paine. Hizo el viaje, y acabó siendo el mejor amigo de Jefferson. El teórico de los Derechos del Hombre. Un libro suyo, El sentido común, resultó el primer best-seller en la historia del libro americano. Entonces se leyó más que la Biblia. Arengaba a los americanos a ser dueños de su propio destino, a ser hombres libres. Hay que acabar con esto de tres millones de gentes que salen al puerto cuando se anuncia la llegada de un barco inglés, para enterarse de qué otros derechos los han despojado las autoridades de la Corona. Hay que tirar a la basura esa corona, y buscar por las leyes la organización del Estado, la felicidad de los seres humanos… Locke había escrito: “El Estado tiene una ley natural que lo gobierna, y obliga a todos: la razón… Esa ley enseña… que todos los seres nacen iguales e independientes, que nadie puede hacer daño a otro en su vida, salud, propiedad o posesiones”. Todos son hijos de Dios.

Paine, con su vida, ilustra el proceso de la Revolución. Las filosofías de la libertad nacen lo mismo en Edimburgo que en Londres y contra ellas se alzan los soberbios, como ese que juzgó a Franklin en la taberna de la City. Pero el derecho que la Corona repudia encuentra un eco vivo al otro lado del Atlántico. A partir de la Constitución de Filadelfia, en donde se proyectan lo mismo el ardor de Paine que la grandeza de Jefferson, todas las demás del Nuevo Mundo se dictan buscando la felicidad. Esta esencia de la República va a dividir desde entonces a europeos y americanos. Paine es aclamado en Francia, cuando París pide a gritos república a la americana. Se le hace miembro de la Asamblea Nacional.

Pero queda casi solitario cuando consigna su voto contra la propuesta de bajar las cabezas del rey y la reina. Paine pedía que se les dejara con vida y enviara a Filadelfia, donde se regenerarían conociendo la democracia americana. En Londres publicó su libro sobre los Derechos Humanos. En ese libro aprendió Robespierre, pero en Londres cientos de escribidores se pronunciaron en contra y la obra se quemó en las plazas… El autor tuvo que fugarse para escapar con vida… El libro se tradujo al español en Filadelfia por el venezolano Manuel García de Sena. Vino a ser la cartilla para los de Caracas que redactaron la Constitución de 1811.

MATER REVOLUTIONIBUS

¿Por qué vino a ser Londres la madre de las revoluciones? ¿Por qué los curiosos franceses del setecientos quedaban deslumbrados con cuanto venía escribiéndose a partir de la “revolución gloriosa”? Londres era la capital del mundo e Inglaterra el primer país industrial. De Inglaterra parte el capitalismo, categoría nueva, después de la burguesía que venía de tiempos del Renacimiento. Los primeros negreros del planeta son los de Manchester. Millonarios, animan el comercio universal. Tal el origen de la flota inglesa, la más grande en varios siglos. Las desigualdades sociales se vieron en Londres, como en ninguna otra parte, agigantadas por el nuevo orden de las fábricas. Entonces, escribir libros sobre estos cambios era registrar el hecho más saliente de la sociedad inglesa en el setecientos. La nueva filosofía —humanismo de verdad: de carne y hueso— se hace al contemplar el frío, la mugre, el lodo de las calles en la ciudad donde las noches son más largas y heladas. El cuadro en blanco y negro lo representan los judíos del ghetto, las prostitutas, los vagos, los ladrones… a tiempo que la corona del rey tiene más diamantes que la de ningún otro monarca. Manchester, toda ladrillos, cubierta bajo espesas capas de hollín. Mucho antes que Rousseau cantara a la naturaleza, lo había hecho Tomás Gray. El romanticismo nace en la isla como reacción, como contraste. Es la protesta del poeta contra la miseria. Para puntualizar estas cosas no hay que trabajar con ideas imaginarias: basta el sentido común aplicado a la realidad. De ahí la eficacia de la filosofía revolucionaria: está puesta al alcance del hombre. Nada lo explica mejor que el dilatado arco del comunismo original, tomándolo desde las páginas precursoras de Tomás Moro hasta las profusas de Carlos Marx. Inicia la protesta un cristiano cuya figura acabará por venerarse en los altares, y la lleva a los extremos de la revolución proletaria un judío ateo cuyo retrato adorna hoy las casas sin Dios. Que Moro, amigo y confidente de Erasmo, sea el primero, lo reconocen hasta los rusos. En Utopía se destapa el corazón podrido de una sociedad movida por la sed del oro, y las imágenes del libro las recoge Lenin y hace suyas cuatro siglos más tarde. Moro fue el primero en denunciar cómo desalojaban a los campesinos agricultores de sus tierras, para que se multiplicaran los rebaños de ovejas y tener lana, materia prima de los telares que producían el paño inglés, sedoso y fino, eterno orgullo de la industria británica. Los campesinos —el proletariado naciente— pasaban a apretujarse en tugurios sórdidos a las orillas del Támesis.

Nadie había sido testigo tan cercano del proceso como Moro. En 1518 era el abogado de los fabricantes de paños que fue a negociar lana con los ovejeros de Flandes. En unos días de pausa, escribió la Utopía. Fue la crítica certera y vívida de un proceso que estaba en sus comienzos. Un centenar de páginas, inspiradas en el descubrimiento de América. Se leen en una hora. No están escritas para abrir el camino a la violencia, sino inspiradas en el santo temor de Dios. En el quinientos, los Evangelios no se leían: estaban en el aire, penetraban la intimidad de los hogares, entraban por los ojos pintados en las paredes de los templos, puestos en linterna mágica en los vitrales de colores que iluminaban las naves. Utopía, nombre inventado y hermoso, es una ventana sobre ese infierno que está montándose para moler obreros y empobrecer campesinos. Su lectura estremece, subleva. El Capital será otra cosa. Miles de páginas de un largo comentario erudito que solo se aprende en resúmenes. Lo aprovecharán los teóricos de la propaganda del odio. Entre los dos extremos, entre los dos libros de Londres, está el comunismo, con algunas de sus mil variantes.

Marx se instala en la capital inglesa y clava su mirada minuciosa en la miseria que viene creciendo desde el quinientos de Moro. Pasa años haciendo el inventario de la ciudad y las fábricas y lo ofrece como tema de meditación universal. “Desde 1793 se desarrolla la industria inglesa en un clima febril y nervioso, en medio de crisis económicas permanentes, hasta que en 1848 logra dominar, finalmente, el mercado mundial. Un hijo de la mina de carbón es en Inglaterra el ferrocarril. Dominado por una manía radical en apariencia, por un verdadero furor en construir ferrocarriles, el país queda cubierto… por una densa red ferroviaria. La revolución agraria inglesa empuja a las masas de campesinos hacia las ciudades industriales, donde les esperan el dolor, la fealdad, la enfermedad, el hambre y la explotación cruenta de los menores y las mujeres, en un régimen de esclavitud. Solo una tercera parte de los trabajadores empleados en la industria del algodón son hombres adultos”. (Frederich Heer: Europa madre de revoluciones). Ese panorama lo trabajó Marx y columbró Moro. Las tumbas del uno y el otro se encuentran en Londres, casi vecinas. Flora Tristán, de las fundadoras del socialismo en Francia, saca en Londres, en tiempos de Marx, su inspiración…

Cuando los primeros revolucionarios de toda América llegan a Londres entre el setecientos y el ochocientos —Franklin, Miranda, Bolívar, O’Higgins…— se encontrarán en el escenario de la Revolución Industrial, la crisis de los negreros, las explosiones románticas, el paso de la escolástica al utilitarismo, el nacimiento del liberalismo manchesteriano. Es el viejo forcejeo que conocieron Montesquieu o Voltaire, y que vio Beaumarché en tiempos de Luis XVI. Los americanos se movían por ese laberinto como extraños. Pensarían: Europa es así, de otra manera. Venían de un continente verde, de un aire transparente, de unos cielos bajo los cuales la libertad

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