Temporal

Tomás González

Fragmento

sábado, 4 a.m.

Mario acomodó con rabia, pero con cuidado, los dos remos en la lancha y fue a la casa del padre por los bidones de gasolina. Ya Javier había traído los enfriadores con el hielo y las garrafas de agua, y estaría ahora en su casa, hirviendo los huevos del desayuno y colando el café para los termos. Mario había nacido dos horas después que Javier y deseaba con frecuencia no haber nacido nunca. La lancha, de diez metros de largo, era de  color azul cielo, en fibra de vidrio, y sobre una de sus  bancas había una lámpara Coleman encendida. A pesar del frío de la hora, Mario iba sin camisa. El calor del rencor hacia su padre le bastaba.

De haberse interesado por ellas, habría admirado la red de estrellas que cubría la bóveda celeste. Miró hacia el cielo, pero no vio estrellas o no quiso verlas. Javier sabía de osas mayores y menores y cruces del sur; él, Mario, podía desarmar y armar un motor fuera de borda con los ojos cerrados y se movía bien en el golfo, sin saber nada de cruces. Le prestó atención, sí, al rayo que bajó sus tentáculos en el horizonte y también notó la ausencia de viento, no para admirarlos, pues no era de los que admiraban la forma de los rayos, ni el viento ni la ausencia de viento, sino porque percibía todo aquello que tuviera que ver con el mar y con la pesca.

El huésped que había bebido toda la noche en la única cabaña que, aparte de las de ellos, tenía a esa hora luces encendidas quitó a Gardel y apagó la luz. Entre Olimpo Cárdenas, Gardel y la ventisca del rencor era poco lo que el mellizo había podido dormir esa noche. La cabaña del turista quedaba a pocos metros de la suya y, aunque no ponía la música a volumen demasiado alto, se alcanzaba a oír. Pero hacia él no sentía Mario odio alguno, pues las molestias por los borrachos eran parte del trabajo: los huéspedes pagaban para emborracharse frente al mar, y de eso vivía él, vivían todos.

Fue al patio trasero de la cabaña del padre, que en ese momento se ocupaba en sacar la carnada con la atarraya, a dos kilómetros de allí, frente al aeropuerto. Llevó dos bidones rojos de gasolina y los acomodó en la popa. Volvió por los otros dos. Los insectos se estrellaban contra la Coleman, la circundaban. Las olas se desplegaban casi sin ruido sobre la arena. Alrededor de las cabañas, entre los cocoteros y almendros, volaban murciélagos que ni Mario ni nadie en ese momento veían. Tal vez Dios los tenía presentes, pero en lo que concernía a Mario, y en su opinión, Dios no existía.

Iban a pescar un día con su noche a un lugar situado a dos horas mar adentro, frente al golfo. Se proponían sacar trescientos o cuatrocientos kilos de mojarras, cojinúas, róbalos, jureles, sábalos, chinitos y roncos, que los huéspedes, siempre hambrientos a causa del mar o de la resaca, se comerían en el restaurante del hotel, con plátano frito, arroz con coco y ensalada de cebolla y tomate, como habían hecho durante la temporada de fin de año, día tras día, a lo largo de los años.

Mario acomodó los otros dos bidones en la lancha y fue por la pértiga de mangle que usaban para impulsarla contra la arena del fondo. Al lado de su cabaña estaba la cabaña número dos, donde había hablado sola su madre día tras día, también a lo largo de los años. Las cabañas iban del uno al quince, con números pintados sin arte, en blanco, sobre tablas sin barnizar puestas encima de la puerta principal. La de él era la tres; la de su hermano, la nueve; la del padre no tenía número. Nora en realidad no hablaba sola, sino con mucha gente, a veces en voz baja, a veces un poco más alta, pero casi nunca a gritos. No obstante estar «loca venteada» —así mencionaban la enfermedad los mellizos, a pesar de que amaban a su madre—, alcanzaba a entender que su marido podría venir y callarla.

Mario llevó la pértiga, la puso con cuidado en un costado de la lancha y fue a la cocina del hotel. Llevarían una olla de fríjoles, que había preparado el padre en persona, y otra de arroz. La gente de la Costa no sabía hacerlos como se debía, acostumbraba decir el padre, y para comerse unos buenos fríjoles tenía que prepararlos uno mismo. Mario tomó las ollas y dijo en voz baja: «Se cree la vaca que más caga, mi papá. Cualquier pendejo es capaz de hacer fríjoles. Para eso no hay ciencia». El rencor le daba calor a la piel, pero al corazón llegaban soplos fríos.

Hotel Playamar se llamaba el grupo de cabañas.

Puso cada olla en una bolsa de plástico y las dos en un enfriador de icopor, sin hielo, donde cabían una al lado de la otra, bien ajustadas, y lo llevó a la lancha. «Que no se me olviden las arepas», pensó, y volvió a la cocina. «Donde se me queden me mata, viejo marica.» Además de la bolsa de arepas y las gaseosas, trajo de la cocina el cuchillo grande y muy afilado que usaba la cocinera para cortar las postas de pescado. Puso las arepas en la nevera donde estaban los fríjoles, y las Coca-Colas en una de las neveras con hielo donde pondrían más tarde los peces ya limpios de vísceras. También guardó el cuchillo en la nevera con hielo, pues no se le ocurrió dónde más ponerlo. Se olvidaría de pasarlo a otro sitio, y el padre, ya en el mar, le diría al abrir la nevera para sacar la primera Coca-Cola:

—¿Y esto?

—Por si acaso.

—¿Por si acaso?

«Qué inútil que sos», insinuaba siempre el padre en las frases que dirigía a sus hijos.

Mario fue a su casa por el destapador de gaseosas y sus cañas de pescar, pero antes pasó por la cabaña de la madre, para ver si dormía o hablaba con el gentío. Nora había apagado el aire acondicionado y dormía, o por lo menos no hablaba, aunque el gentío se sentía. Allí permanecía la multitud, estuviera ella dormida o despierta. Mario no hizo ruido. No quería despertarla en caso de que durmiera, ni que supiera que él estaba allí, pues ya iban a salir y se pondría a hablarle. El mellizo no pensó «la pobre», ni «qué vida triste la suya». Los mellizos nunca pensaban ni hablaban de su madre en esos términos: simplemente habían estado a su lado desde siempre y hecho todo lo posible para que no sufriera más de lo que Dios, que no existía, había determinado que sufriera. Y cuando algún huésped ingenuo, por entrometido o por mostrarse solidario, les decía que la de ella era una vida demasiado dura, respondían «¿te parece a ti?», y a partir de entonces el turista se abstenía de opinar.

El padre, pecho velludo y canoso, piernas musculosas de venas resaltadas, emergió de la oscuridad, sin camisa, en pantaloneta, con la atarraya en el hombro y una mochila de red llena de sardinas y camarones para carnada. Se acercó a la lancha y puso la carnada en la otra nevera con hielo. Para alguien que mirara desde el exterior y no viera el resplandor anaranjado del odio en el vientre del hijo ni la llama verdosa del desprecio en el del padre, el tiempo parecería fluir como siempre había fluido.

El padre vio que todo estaba en orden y no dijo nada. Mario sintió alivio, luego rabia.

—¿Y Javier? —preguntó su padre.

—Voy por él.

Entró a la cabaña de su hermano y, tal como esperaba, lo encontró en la sala, leyendo en la hamaca, debajo del bombillo del cielo raso, vestido con pantaloneta amarilla y chaqueta impermeable roja de nailon. Javier tenía los mismos ojos negros e intensos del padre. Sufría miopía leve y usaba gafas muy pequeñas y resistentes que se empañaban por el vaho del mar y limpiaba con la toalla pequeña que se colgaba del cuello cuando salía en la lancha. En la cabaña había libros por todas partes: en la sala, en las tres habitaciones de la casa e incluso en el baño y la cocina, no en bibliotecas sino en pilas de diez a quince libros, como si se tratara de una especie de depósito o bodega.

En el piso, al lado de la hamaca, estaban sus cañas de pescar, el balde de plástico con los carretes y la mochila arhuaca en la que Javier llevaba siempre un libro, cigarrillos, la navaja y sus implementos menores de pesca: anzuelos, plomadas y demás. También llevaba en ella un frasco de los de mermelada, con la marihuana y la pipa. En la lancha, cuando fumaba marihuana, Javier trataba de que el viento no le llevara el humo al padre, que desaprobaba su uso y acostumbraba decirle que dejara de consumir porquerías. Al lado de la mochila estaban los cuatro termos grandes que llevaban siempre, con café muy dulce y muy cargado, y una bolsa de plástico con diez huevos duros sin pelar.

—¿Listos? —preguntó Javier.

Mario conducía la lancha. El padre, a pesar de haberse criado en las montañas, se consideraba mejor lanchero que sus hijos, pero desde hacía ya algún tiempo se daba el lujo de viajar nada más que recibiendo el viento sobre su rostro bien parecido, bien afeitado, curtido por el sol. Tenía setenta y un años y parecía de sesenta. Un rayo rajó la negrura del cielo por el horizonte, como agrietando un pocillo. Mario agarraba el mango del timón del Evinrude con la mano izquierda. El mar era un espejo negro.

5 a.m.

Nora había sentido al mellizo, pero prefirió que la creyera dormida. Sonaron los motores como una matanza de cerdos y desde el cielo raso cantó el coro de profetas:

—Sones de fondo que alumbran las estrellas. Borrasca que castañea.

—Correcto —respondió Nora—. Esas cosas pasan. Así es la vida.

Veintinueve de diciembre. El veintitrés, su marido, el Rey, había acuchillado con su propia mano en la playa a un cerdo que chilló como si fuera muchos y sonó como los motores cuando arrancan y se va se va la lancha. No tardará en amanecer.

—Amanece y amanece. ¿Para qué? —se preguntó Nora en voz alta.

—Fiebre de sol que calcina la playa, sol de derrumbe —profetizaron todos, aunque faltaban muchas horas para que empezara en el mar el sol abrasador que tanto mal le haría al padre.

El cielo raso de tablas de pino era bajo y agobiante, pero en la cabaña hacía frío. A Nora le habían quitado el ventilador desde la noche en que metió los dedos en él, y había aguantado calor durante mucho tiempo, pues el padre se negó a comprarle un aparato de aire acondicionado. Cuando los mellizos lo hicieron con su propio dinero, se negó a instalarlo, por el costo de la electricidad, pero al fin cedió y ahora todo el mundo tiritaba cuando ella se olvidaba de apagarlo.

—Tun, tun —dijeron en la puerta.

Era doña Libe, que venía todas las mañanas con su hija menor e invitaba a Nora a caminar por la playa. A veces iba con ellas, a veces no.

—¿Quién es?

—La vieja Inés, doña Nora —dijo doña Libe.

Nora quería caminar. La vecina y su hija siempre llegaban antes de que saliera el sol y las tres contemplaban el nacimiento de la luz en los manglares. La hija tenía dieciséis años y sufría retardo mental. La vecina era blanca, no muy alta, de unos cincuenta años, robusta y con poca cintura. Llegaba siempre en vestido de baño y con ojos muy maquillados. Vieron a las primeras garzas salir de los árboles donde dormían y volar hacia la ciénaga que quedaba al sur. Doña Libe preguntó que si los muchachos al fin habían salido, y ya la multitud se disponía a cantar, anunciándole a la vecina, figúrense, el posible desastre que les esperaba, cuando Nora les dijo en voz baja y haciendo muchas señas y guiños y otros gestos con los ojos, para que doña Libe no se diera cuenta:

—Chito, cállense todos. ¡Ahora no! ¿Cómo se les ocurre? ¡Imprudentes!

—¿Y con quién es que usted habla, doña Nora? —preguntó con una sonrisa doña Libe, que era dueña junto con su marido de un hotelito a media legua de distancia, hacia donde volaban las garzas.

—¿Yo?

—Sí, doña Nora.

—Con nadie, ¿por qué?

—Ah, por nada —contestó la vecina, casi cantando, con otra sonrisa.

En el mar no había señal alguna de ningún desastre. Se veían las luces de los barcos pesqueros, mar adentro, y las pequeñas luces de los pescadores artesanales que se dirigían a los sitios donde fondearían, no lejos de la playa.

—¿Sí ven? —les dijo Nora a los del coro, severa, refiriéndose a la oportunidad que le habían dado a doña Libe de informarse sobre sus asuntos.

Caminaban con el agua a los tobillos. Doña Libe alumbraba la espuma con la linterna. A la izquierda, los cangrejos corrían despavoridos por la arena muy blanca del golfo, como si se estuviera anunciando el Juicio Final y buscaran sus agujeros para escapar de Dios. A la derecha el gentío ahora se movía en silencio, pero había quienes se atravesaban y bloqueaban la vista, y Nora debía empinarse un poco para ver las luces en el mar.

—Córranse, ¿sí?, que me están tapando —les decía con voz que se le había aflautado de forma extraña por la enfermedad, y la vecina la miraba intrigada. No así la niña, que por el aturdimiento del cerebro no le prestaba mucha atención a su entorno.

Allá iría la lancha.

Nora pensó en sus hijos y deseó que regresaran sin daño. El coro malinterpretó su preocupación como una autorización para empezar a cantar:

—Luna acuosa que resplandece. Luna que crucifica al verso...

—A ver, a ver. Silencio todo el mundo, ¿sí? —interrumpió Nora con su voz delgada.

—Hablan mucho, ¿no? —comentó la vecina, siempre bondadosa y dispuesta a ponerse en la piel de los demás.

A Nora la gente se le atravesaba. La preocupación por sus hijos en la lancha también se le atravesaba. El gentío, como un coro, parecía ansioso de proclamarlo y ella de callarlo, para que la vecina no se enterara. No descartaba Nora que doña Libe fuera parte del plan contra ella que fraguaban los escuadrones de la muerte, asesorados por su marido, y la miró de reojo, con mucho recelo, como a punto de creer que formaba parte de la conspiración.

—Es un arrodillado —dijo de repente, furiosa como un pájaro, refiriéndose al Presidente—. ¡Un lacayo, un lacayo!

—Ay, no diga esas cosas de nadie, doña Nora —dijo la vecina. No sabía lo que significaba lacayo, pero demasiado bien no le había sonado.

Pasaron frente al hotel de doña Libe y saludaron al marido, que, alumbrado por la luz de los postes, regaba el césped con la manguera como con un falo, se le ocurrió a Nora. Era moreno, alto, de bigote, sesenta años o algo así, y le brillaban mucho los ojos claros cuando sonreía. Siguieron caminando hacia la ciénaga y pasaron frente a las casas de recreo de la gente de Medellín, ocupadas en esta época del año por sus dueños. Eran las cinco y media de la mañana y dueños y cuidanderos aún dormían. Nora se quedó mirando las losas con motivos marinos empotradas en la pared de una de las casas, hasta que doña Libe la arrastró con suavidad del codo y logró que su espíritu se desprendiera de esas imágenes de barcos y atardeceres que la fascinaban. Entonces regresaron las tres a la parte de la playa donde el agua todavía oscura les mojaba los tobillos.

—Don Alberto se parece al diablo —dijo Nora de pronto, y la vecina sonrió complacida, enamorada.

—Bello y caballeroso como el diablo —concedió—. ¿Cierto niña que su papá es muy hermoso?

—Sí.

La vecina decía que la niña había quedado bobita por la meningitis, pero Nora siempre había pensado que venía mal hecha desde el principio. Y era alta, lo cual la hacía aún más fea, en su opinión. Parecía como si la hubieran recortado mal de un cartón y con las tijeras le hubieran dejado plana la parte de atrás de la cabeza, la nariz muy grande y curva y los ojos muy juntos.

—¡Silencio ustedes! —les gritó a todos, de forma preventiva. Donde manda capitán no manda marinero, pensó. Ojalá el mellizo le pegue su cuchillada al capitán del marinero. Y ojalá que no. También podría ahogarlo, que dicen que es muerte dulce. Muerte dulce en agua salada, cómo les parece a ustedes.

En el mar liso se veían ya como rayitas las canoas de los pescadores. Van a vaciar el mar. No les van a dejar nada a mis hijos, pensó Nora con rencor.

—Ay, no veo la hora de salir de vacaciones —dijo entonces, con gesto de cansancio, y esta vez la vecina se mostró sinceramente impresionada y sorprendida.

—¿Y usted dónde es que trabaja, doña Nora, si no es indiscreción?

—En la Cancillería, con todas esas medianías.

Llegaron casi hasta las casetas que quedaban poco antes de la boca de la ciénaga. Estarían muy pronto repletas de turistas que vendrían en buses desde Sincelejo y Montería, a bailar, a comer, a beber y a meterse al mar. Ahora la arena estaba limpia y barrida, impecable, y parecía imposible que en muy pocas horas todo fuera a llenarse de inmundicias. Un domingo Nora había venido con sus hijos por la tarde y había visto el cilindro perfecto de un excremento humano que entraba y salía del mar, rodando con la ola, mientras la multitud, que desde temprano había llegado a regar papeles y botellas por todas partes, se bañaba a su alrededor. Ahora, cuando veía las casetas de techo de

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