Introducción
Este es el cuarto libro que publico con la intención de ayudar a comprender un poco mejor algunos secretos de la ortografía y la gramática de la lengua española. Lo hago con el rigor que merece la materia, pero también en un lenguaje que intento que sea cercano y, a ser posible, poco cargado de tecnicismos. Cuando no me queda más remedio que usarlos, los explico a renglón seguido. Con Un idioma sin manchas pretendo contagiar a los lectores mi pasión por nuestro idioma, una lengua que puede presumir de tener un sistema ortográfico excelente —aunque también padece algunos defectos, como la estrafalaria letra x— y una gramática misteriosa, compleja y caprichosa que da lugar a fenómenos tan curiosos como decir el agua, en lugar de la agua, que parecería lo más normal.
Los otros libros que he publicado hasta ahora son Lavadora de textos, La duda, el sentido común y otras herramientas para escribir bien y Cincuenta sonetos lingüísticos.[1] Como he dicho, mi propósito fue entonces el mismo que me ha llevado a escribir esta obrita, pero aquellos tienen una notable diferencia con Un idioma sin manchas: en los tres casos se trató de recopilaciones de artículos que habían sido publicados previamente en mi blog, Lavadora de textos (aunque en el libro de sonetos redacté una serie de textos en prosa, específicamente pensados para acompañar a los poemas en esa publicación). Por el contrario, todo lo que ustedes leerán en este libro es inédito, excepto cinco artículos que sí aparecieron ya en el blog, pero que nunca pasaron a alguno de los libros anteriores. Se trata de los capítulos «Yo le ofrecí un curso al rey de España», «Cuarenta razones para dejar de ponerle tilde a solo», «Yo no hubiera sido tan categórico», «Los lobos y las lobas» y «Los trece mandamientos del corrector de textos», que aquí se muestran con ligeras modificaciones.
Además de esa diferencia, esta obra no se presenta como una compilación de artículos —o de sonetos— sin relación entre ellos, como ocurría con las anteriores, sino que he tratado de darle al conjunto cierta unidad, de tal modo que algunos capítulos remiten a otros; en unos voy dando pistas de lo que vendrá después; otros están ordenados consecutivamente, como diferentes partes de un mismo relato... También he de decir que algunos de los asuntos tratados en Un idioma sin manchas ya los abordé en los libros anteriores (otros muchos no), pero aquí lo hago con enfoques diferentes y añadiendo información que no aparecía en los textos publicados años atrás. Por otra parte, creo necesario explicar que los tres libros de los que les he hablado fueron proyectos editoriales bastante modestos, de tal manera que no llegaron a tantos ojos como a mí me habría gustado; afortunadamente, en esta ocasión cuento con el apoyo de una editorial tan importante como Penguin Random House, que —estoy seguro— hará realidad el sueño que no conseguí en mis anteriores aventuras: conformar un auténtico ejército de lavadores de textos enamorados de la lengua española. De ahí que repita algunas de las cuestiones de las que ya hablé en su día.
Por cierto, he de darle las gracias a Penguin Random House por permitirme seguir en este libro algunos criterios tipográficos (por ejemplo, emplear letra cursiva en usos metalingüísticos) que no coinciden con los de la editorial. En esto, como en todo, cada maestrillo tiene su librillo, y si la casa editora ha accedido a que me tome estas libertades no ha sido por falta de rigor, sino por todo lo contrario: dado que en el propio libro explico cuestiones relacionadas con algunos usos tipográficos, sería absurdo que yo, a la hora de escribir, no siguiera el mismo criterio que pregono en estas páginas.
Para encontrar respuestas a las múltiples preguntas que se plantean en este libro recurro, como he hecho siempre, a un ejercicio que les recomiendo a todos —y no solo para escribir bien, sino para cualquier actividad intelectual—: la duda. Y acudo también, como llevo años haciendo, a la sabiduría de quienes yo denomino guardianes de la lengua; unos guardianes que no castigan, sino que cuidan. Me refiero a autoridades lingüísticas como José Martínez de Sousa, Manuel Seco, María Moliner, Humberto Hernández, Lola Pons, Álex Grijelmo, la Real Academia Española, la Fundación del Español Urgente, Leonardo Gómez Torrego, Paulina Chavira, Álex Herrero, Andrés Bello, Rufino José Cuervo, Ángel Rosenblat, Alberto Gómez Font... Que recurra a ellos no quiere decir que siempre esté de acuerdo con sus puntos de vista; cuando no lo estoy, expongo los míos, con prudencia pero también con sentido común y dejando abierta la ventana más refrescante: la de la tolerancia.
A estos guardianes les dedico una de las ocho partes en las que está dividido el libro; otra parte está dedicada a la corrección de textos, que es el oficio con el que me gano el pan de cada día. Esa actividad, a la que llegué hace más de treinta años por pura casualidad, es la que me ha hecho entregarme apasionadamente al estudio de nuestra lengua y a publicar este libro, con el que espero que se lo pasen tan bien como me lo pasé yo mientras lo escribía.
RAMÓN ALEMÁN
La Laguna, 3 de febrero de 2022
Notas preliminares
Este libro es, por encima de todo, divulgativo y de entretenimiento. Con ello quiero decir que no se trata de un trabajo de investigación de esos en los que se emplea un lenguaje en ocasiones soporífero. Todo lo contrario. No obstante, una parte importante de la información que les daré sí es muy rigurosa y constituye el fruto de una búsqueda constante de respuestas en aquellas fuentes a las que he considerado oportuno recurrir. Por eso, durante la lectura que están a punto de comenzar verán que a veces, especialmente después de un entrecomillado, aparecen unos textitos entre paréntesis; por ejemplo, así: (Lázaro Carreter, 1997: 310). Lo que estoy haciendo es emplear un sistema de cita bibliográfica denominado de autor-año, con el que pretendo que ustedes conozcan, si así lo desean, de dónde he sacado determinadas afirmaciones. Lo que dice en ese texto entre paréntesis es que la información que lo precede está extraída de la página 310 de la obra El dardo en la palabra, del lingüista Fernando Lázaro Carreter. ¿Cómo pueden saber ustedes esto? Porque al final del libro que tienen en sus manos hay una bibliografía en la que, entre otras referencias, encontrarán la siguiente:
LÁZARO CARRETER, Fernando: El dardo en la palabra, Barcelona: Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 1997.
Por lo tanto, al ver (Lázaro Carreter, 1997: 310), ustedes pueden ir a la bibliografía, buscar Lázaro Carreter y, a continuación, la obra de ese autor que fue publicada en el año 1997. Con eso y el número de página tienen toda la información que necesitan. En el caso de este autor la cosa es sencillísima porque en la bibliografía solo aparece una obra de Lázaro Carreter, pero si hubiera, por ejemplo, otra del año 1980, ustedes ya saben que no se trata de esa, pues en el texto entre paréntesis el año que aparece es 1997. Si no ven en el texto entre paréntesis ningún apellido, es porque acabo de nombrar al autor justo antes de la cita entrecomillada, de tal modo que la única información que les falta es el año y la página; por ejemplo, así: (1997: 310). También puede ocurrir que nombre la obra de la que he extraído la cita; en ese caso, lo que pongo entre paréntesis es solo el número de página. Y si lo que ven es la palabra ibídem, eso querrá decir que la cita está extraída del mismo libro y la misma página que la anterior.
Sin embargo, como hay algunas obras que cito a menudo, para estas no usaré el sistema de autor-año, sino que verán simplemente una sigla. A continuación tienen la lista de esas obras más citadas:
DDD: Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, de Manuel Seco.
DPD: Diccionario panhispánico de dudas, de la RAE y la ASALE.
DUDEA: Diccionario de usos y dudas del español actual, de José Martínez de Sousa.
NGLE: Nueva gramática de la lengua española, de la RAE y la ASALE.
NGLEM: Nueva gramática de la lengua española (manual), de la RAE y la ASALE.[2]
OLE10: Ortografía de la lengua española de 2010, de la RAE y la ASALE.
OOTEA: Ortografía y ortotipografía del español actual, de José Martínez de Sousa.
Cuando las fuentes que cite sean las ediciones vigesimosegunda y vigesimotercera del Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española (RAE) —la primera— y de la RAE y la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) —la segunda—, así como el diccionario Clave, no añadiré ninguna cita bibliográfica, pues estas obras las consulto en internet a través de las direcciones rae.es y clave.smdiccionarios.com.[3] Por cierto, al nombrar la vigesimotercera edición del diccionario académico, uso muchas veces expresiones como «la Academia señala en su diccionario que...», «el diccionario de la RAE dice...». No pretendo con ello despreciar a la ASALE,[4] que también firma la obra, sino ser más breve. Lo mismo haré a veces al citar otras obras que son de la RAE y de la ASALE, como la Ortografía de la lengua española o el Diccionario panhispánico de dudas. Y si digo «la Ortografía», «la Ortografía académica» o algo parecido, me estaré refiriendo a la edición de 2010 de la Ortografía de la lengua española.
A diferencia de lo que hago con la Ortografía, habrán visto que cuando hablo del diccionario académico escribo la palabra diccionario con minúscula inicial y no uso letra cursiva. No pretendo con ello restarle méritos a esa obra: es una mera cuestión de estilo, pues el Diccionario de la lengua española tiene un nombre que comienza, efectivamente, con la palabra Diccionario, pero, además, es un diccionario —y es el más importante de cuantos ha publicado la Academia—. Espero que comprendan el galimatías. Por último, a veces uso una denominación rimbombante para referirme a la RAE: la llamo «la Docta Casa». Lo hago por evitar la repetición excesiva de otras expresiones cuando nombro a esa institución (y el invento no es mío, por supuesto).
Por otra parte, en este libro veremos a menudo letras escritas entre barras. Se trata de unos símbolos cuya función es representar en la escritura un fonema, o sea, un sonido. Esto a veces es necesario, pues, por poner un ejemplo, en español tenemos dos letras, la b y la v, que corresponden al mismo fonema, de tal modo que al leerlas las pronunciamos exactamente igual. Ese fonema lo representaremos así: /b/. A la hora de tratar asuntos como el de esas dos letras, o el del (supuesto) problema ortográfico que existe entre el mundo seseante y el no seseante, no me queda otro remedio que diferenciar entre letras y sonidos, y esa es la razón por la que, cuando hable de fonemas, verán letras encerradas entre barras.
Existen varias formas de representar los fonemas, y yo usaré los símbolos que emplean la RAE y la ASALE en la Ortografía de la lengua española. Esos símbolos coinciden casi siempre con la letra correspondiente al fonema, pero hay varias excepciones, que les indico a continuación. Para empezar, como ya hemos dicho, tenemos que el sonido que hay al comienzo de burro y de vino es el mismo y lo representamos así: /b/. Además, el sonido de la primera letra en casa, queso y kilo se representa con /k/; el sonido erre (llamémoslo así para no complicarnos, y que me perdonen los expertos en fonética y en fonología) que pronunciamos en palabras como ramo, perro y alrededor se representa con /rr/, y el sonido ere de pero, dron y amar se representa con /r/; el sonido que hay al comienzo de jirafa y general se representa con /j/, y el que pronunciamos en guerra y gato, con /g/; finalmente, el sonido al que podríamos llamar zeta —el que se pronuncia en una parte de España al comienzo de las palabras cereal o zoquete— se representa con /z/, pero si esas palabras las pronuncia un seseante, el fonema lo representaremos así: /s/. De este modo, para un seseante, a las letras z, s y c (esta última solo delante de e y de i) les corresponde ese único fonema que acabo de nombrar.
Por último —y siguiendo con el sistema que emplea la Ortografía de la lengua española—, cuando lo que quiero es señalar cómo se pronuncia una palabra, escribiré esa pronunciación entre corchetes, usando los fonemas correspondientes (ahora sin barras) y marcando con una tilde la vocal tónica de la palabra, independientemente de que en la escritura normal esa palabra lleve tilde o no. Según ese sistema, podemos decir, por ejemplo, que la palabra vino se pronuncia [bíno] y que la palabra Rogelio se pronuncia [rrojélio].
La ortografía, un acuerdo entre iguales

1. La equis no tiene quien la pronuncie
La ortografía es un acuerdo, un arreglo, entre un grupo de personas que hablan el mismo idioma. Ese arreglo tiene que ver con la escritura y consiste, esencialmente, en que cuando cualquiera de esas personas vea un texto, entenderá qué quiso decir quien lo escribió; para ello, ambas partes —quien escribe y quien lee— deben guiarse por unos signos y por unas reglas, de tal modo que la comunicación quede garantizada. Esa es la razón por la que la primera parte de este libro está dedicada a comprender mejor ese código, que funciona de manera similar a las señales de tráfico: las personas que conducen sus coches y sus motos y sus camiones y sus bicis saben que, si se encuentran en un cruce con un semáforo que tiene encendida la luz roja, no podrán pasar. En el caso de la ortografía, tenemos un conjunto de signos que nos indican qué sonidos debemos pronunciar, y con qué tono, cuando veamos una serie de garabatos sobre un papel o en la pantalla de un ordenador.
Sin embargo, no todas las ortografías son igual de eficaces: las de algunos idiomas son casi caóticas y las de otros presentan tantas irregularidades que a veces resulta complicado transitar por el oscuro camino que sus vagas reglas son incapaces de iluminar. No es el caso de la ortografía española, una de las mejores del mundo, en la que casi se cumple uno de los ideales a los que todo sistema ordenado de escritura debe aspirar. Ese ideal es el siguiente: cada sonido —al que llamaremos fonema— debe ser representado por un único signo —al que llamaremos grafema— y un signo no puede representar más de un sonido.
Esa es la razón por la cual, para representar el sonido /o/, o sea, el de la segunda vocal que tenemos en la palabra perro, siempre usaremos la letra o. Ustedes me podrán decir que esto es lo natural, lo normal, lo lógico, y tienen razón, pero ¿sabían que en francés el fonema /o/ se puede representar con la letra o, pero también con las secuencias au y eau? (OLE10: 14).
Sí, la ortografía española es fetén, pero no es menos cierto que alcanzar el ideal del que les he hablado es muy complicado, y esa es la razón por la que nuestro sistema también tiene algunas irregularidades (a las que yo llamo «poltergeists ortográficos»), entre las que podemos señalar la existencia de tres letras, la b, la v y la w, para representar el sonido /b/; lo mismo que ocurre con el sonido /j/, que podemos representar con las letras g, j y x.
En ese listado de poltergeists ortográficos, el puesto de honor lo ocupa la sensual y misteriosa letra x, pues tiene una variedad tal de funciones que nos aleja peligrosamente de ese ideal ortográfico de un grafema por fonema y un fonema por grafema. Lo primero que hay que decir es que esta letra, a la que llamaremos equis (si se fijan, la letra x ni siquiera aparece entre las que conforman su nombre; empezamos bien...), no tiene un fonema en propiedad, o sea, no existe ningún fonema que solo pueda ser representado por ella.
¿Y para qué sirve entonces la equis? Pues tiene cuatro funciones. La primera es representar el sonido /s/ cuando se coloca al principio de una palabra. Por ejemplo, si escribimos xilófono diremos [silófono]. Pero si la vemos dentro de una palabra o al final de esta, representará el sonido /k/ seguido de /s/: si escribimos exponer, diremos [eksponér] (aunque no es raro, especialmente en España, decir en estos casos [esponér]); si escribimos existir, diremos [eksistír]; y si escribimos relax, diremos [reláks]. Esa es su segunda función.
La tercera es una suerte de anacronismo ortográfico que se conserva en la actualidad solamente en los nombres de algunos topónimos: hablamos de su uso para representar el sonido /j/, un fenómeno que era normal en español hasta principios del siglo XIX (OLE10: 108). Esa es la razón por la que aún se escriben con x, y no con j, nombres como México o Texas. En estos casos es un error decir [Méksiko] y [Téksas]; lo correcto es [Méjiko] y [Téjas].
Por último, y para completar el desconcertante perfil curricular de este semáforo multicolor que es nuestra querida letra equis, tenemos que también sirve para representar un fonema que no se usa en español, pero que solemos pronunciar cuando empleamos determinadas palabras de origen amerindio. Hablamos del fonema /sh/, que pronunciamos en palabras como mixiote.[5]
Como hemos visto, la letra equis no tiene quien la pronuncie, o sea, no existe ningún fonema que le pertenezca en exclusividad, sino que toma prestados varios sonidos que parecen más propios de otras letras. No le tengamos en cuenta a la ortografía española este pequeño defecto, que en absoluto le resta mérito a la elevada calidad de nuestro extraordinario código de la circulación lingüística.
2. Sonora regla de tres para explicarle
el seseo a un castellano
Yo soy canario; por lo tanto, nunca me oirán pronunciar el fonema /z/: en su lugar, uso el sonido /s/. Esto no lo hago solo yo, sino todos los hispanohablantes que somos herederos del andaluz, una forma de hablar español que llegó en el siglo XV a Canarias y a América, de tal manera que en la actualidad más del noventa por ciento de las personas que compartimos este idioma somos seseantes. Todavía no les hablaré de la historia de la muerte de ese sonido en el español andaluz,[6] simplemente les voy a decir por qué un castellano —o sea, una persona de Castilla, que es una parte de España— está equivocado cuando se empeña en creer que hago mal al no pronunciar el fonema /z/.
Todo esto está relacionado con algo a lo que llamamos sistema fonológico, o sea, el conjunto de fonemas que emplea una comunidad de hablantes, y con las variaciones que se van produciendo en él a lo largo de los años. Entonces, voy a explicarle a ese castellano que eso que hacemos andaluces, canarios y americanos —usar un fonema diferente al que parecería que es el correcto— también lo hace él, y por partida doble. Lo hace, para empezar, cuando emite palabras como burro, vaca, ver, bacteria, hablar, ovino y todas aquellas en las que aparezcan las letras b y v. ¿Hace este señor alguna distinción entre ambas letras al convertirlas en sonidos? No: las pronuncia igual, y lo hace porque, aunque en latín la letra v servía para representar un fonema diferente al que le corresponde a la letra b,[7] con los siglos ese fonema desapareció y fue sustituido por /b/, de tal modo que, en español, a las letras b y v les corresponde un solo fonema. Y esto lo hace todo el que hable español, ya sea madrileño, canario o caraqueño.
Si a ustedes les parece que el salto entre el latín y el español es mucho mayor que el que se da entre castellano y andaluz (y lo es, claro está), veamos otro caso: este señor de Castilla hace algo parecido con los sonidos /y/ y /ll/. Como muchos de ustedes ya saben, en español casi ha desaparecido el fonema /ll/, que es el que se usaba habitualmente en palabras como llave, llover y callar. Ese sonido ha sido sustituido paulatinamente por /y/, que es lo que pronunciamos casi todos en palabras como yema, kayak y ayuda; esa es la razón por la que suenan exactamente igual las palabras pollo y poyo. Y este fenómeno, al que llamamos yeísmo, también ocurre en todos los lugares en los que se habla español, aunque algunos hispanohablantes siguen haciendo la distinción.
Hagamos ahora una regla de tres: /ll/ es a /y/ (o bien /v/[8] es a /b/) lo que /z/ es a /s/. En otras palabras, de la misma manera que, debido a la evolución de nuestro sistema fonológico, pronunciamos el sonido /b/ tanto cuando leemos vaca como cuando leemos baca, y del mismo modo que usamos el fonema /y/ cuando leemos pollo y cuando leemos poyo, en la actualidad casi todos los hispanohablantes pronunciamos /s/ cuando leemos ciervo y cuando leemos siervo. En este caso no tenemos dos letras, sino tres, para un mismo fonema, pues el sonido /z/ se manifiesta no solo con la letra z, sino también con c cuando va delante de e y de i, de tal modo que los seseantes usamos el fonema /s/ para la letra s —como hace un castellano—, pero también para la z y para la c en las posiciones que acabo de indicar.
Como conclusión podemos decir que, pese a que durante siglos los españoles de la península Ibérica han creído que eso de no usar el sonido /z/ es una desviación de la norma, la única verdad es que se trata del resultado de una evolución del sistema fonológico, una evolución que, como hemos visto, también ha afectado a otros fonemas. El hecho de que haya quedado una pequeña comunidad de hispanohablantes que no han prescindido del sonido /z/, frente a una abrumadora mayoría que sí lo ha hecho, solo es una muestra de riqueza de nuestro idioma, que cuenta con diferentes normas lingüísticas. Pero, de igual modo que yo no puedo pedirle a un castellano que haga lo mismo que la mayoría —pues estaría atentando contra su derecho a expresarse como aprendió desde la cuna—, tampoco él puede pedirme que cambie mi forma de hablar, que es tan correcta como la suya.
3. El expreso se tomó un expreso en el expreso
Hay que ver lo que nos cuesta a los humanos aceptar los cambios, aunque sean para bien. Les cuento: la Real Academia Española (RAE) y la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) decidieron hace unos años poner orden en uno de los asuntos que más dudas plantean a la hora de escribir —hablo de los prefijos—, pero, aunque resolvieron un problema antiguo y lo hicieron con sesera y tino, los hispanohablantes respondieron a las soluciones adoptadas de dos maneras, a cuál más incoherente: unos ignoraron (y siguen ignorando) las nuevas reglas de prefijación y otros se dedicaron a examinar con lupa los posibles inconvenientes de la académica resolución. Y ya sabemos que cuando alguien se empeña en buscar problemas acaba encontrándolos. Mal hecho.
Empecemos por decir que las nuevas reglas de prefijación fueron establecidas en la Ortografía de la lengua española de 2010 —una obra que es la más reciente revisión de nuestro sistema ortográfico— y se basan en una norma general y varias excepciones. La norma general dice que el prefijo debe escribirse soldado a la base léxica a la que afecta, o sea, pegado, sin espacio ni guion ni nada de nada. Por eso, si yo quiero hablar de una chica que fue mi novia y ya no lo es, escribiré exnovia. Así de simple.
Las excepciones son tres: el prefijo se escribe separado cuando afecta a una expresión pluriverbal, o sea, formada por varias palabras: ex primer ministro, super estrella fugaz;[9] el prefijo se une con guion cuando lo que sigue comienza con mayúscula (anti-OTAN) o cuando es una expresión numérica (sub-21); y se puede usar guion, de manera excepcional, cuando su ausencia da lugar a una palabra que ya existe y que tiene por sí misma un significado diferente al que nosotros queremos expresar cuando usamos el prefijo.
¿Entendieron esta tercera excepción? Es más sencilla de lo que parece: si yo quiero decir, por ejemplo, que he vuelto a presentar la documentación que me han pedido en la Agencia Tributaria, escribiré re-presentar, no representar, porque el verbo representar —sin guion— significa algo diferente a lo que yo quiero decir.
Ahora vamos con el segundo grupo de disidentes de los que hablaba al principio, aquellos que, en lugar de aceptar un acuerdo adoptado unánimemente por todas las academias de la lengua española con el fin de hacernos la lectura más sencilla a quinientos millones de personas, se dedican a buscar problemas en lo que en realidad es una solución. En este grupo abundan argumentos de lo más simplones, entre los que destacaré uno. Dicen los rebeldes que para un lector sería imposible entender una oración como la siguiente: «El expreso se tomó un expreso en el expreso».
Pues bien, olvidan estos querellantes tres cuestiones importantísimas: la primera es que el contexto siempre nos salvará, nos ayudará y nos abrirá el camino para entender la oración, pues, cuando alguien dice «El expreso se tomó un expreso en el expreso», lo hace dentro de una conversación, de un texto, de un diálogo...; dentro, siempre, de un escenario en el que las dos partes de la comunicación (el que emite y el que recibe) tienen muchos más datos que los que vemos en una simple oración que extraemos maliciosamente de ese hermoso jardín que es el contexto.
La segunda es que quienes hacen esta crítica se basan en que el prefijo ex- no debería estar unido a la palabra preso cuando nos referimos a un hombre que fue presidiario y ya no lo es, pero parece no molestarles la polisemia de la palabra expreso en el segundo y en el tercer caso en el que aparece en la oración (en el segundo caso hablamos de un café, y en el tercero, de un tren).
Y la última cuestión que pasan por alto es que, como hemos dicho anteriormente, el sistema de prefijación contempla el uso de guion para evitar confusiones. Lo que dice la Ortografía es que este recurso está «destinado a favorecer la adecuada interpretación de la pieza léxica, cuando el término, sin la presencia del guion, tendería a interpretarse con un sentido distinto al que se pretende transmitir» (421). Por lo tanto, si queremos dejarle claro al lector, con el prefijo ex- y la palabra preso, que hablamos de un expresidiario y no de un café (¿o será de un tren?), nos bastará con escribir ex-preso en lugar de expreso. Como decía John Lennon, no existen problemas, solo soluciones.[10]
4. Una coma que siempre está de más
Cuando éramos pequeños nos enseñaban en el cole que la coma es un signo de puntuación que sirve para descansar y tomar aire. Cuánto daño le ha hecho a la ortografía esa falacia...[11] Es cierto que en ciertas ocasiones podemos hacer eso —descansar y tomar aire— cuando vemos una coma, pero que podamos hacerlo no quiere decir que fuera puesta allí para permitirnos ese respiro.
Las funciones de la coma son múltiples, complejas y estresantes, pero, por resumir, diremos que este rebelde garabato tiene una simple misión: delimitar «unidades lingüísticas inferiores al enunciado» (OLE10: 302). ¿Y qué es un enunciado? Pregunta difícil. De todas las definiciones que he visto, yo me quedo con la que da el Glosario de términos gramaticales, de la RAE y la ASALE: «Unidad mínima de discurso con capacidad comunicativa, formada por una secuencia lingüística con sentido completo» (121). Por lo tanto, tenemos que un enunciado no es necesariamente una oración —aunque puede serlo—, sino una unidad de comunicación. Por ejemplo, si yo estoy viendo un partido de fútbol por la tele y grito «¡Fuera de juego!», ese grito es un enunciado, y si digo «Mañana, que es domingo, voy a tener que ir a trabajar», todo lo dicho es también un enunciado.
Bien. Entonces ya tenemos claro que la función de la coma no es ayudarnos a respirar, sino ordenar internamente los enunciados, darles sentido, coherencia. Sin embargo, todavía hay quienes creen que determinadas comas están justificadas para no hacer de la lectura un ejercicio de apnea, y se equivocan. Esa multitudinaria tropa de sobrepuntuadores usaría una coma como la que van a ver a continuación: «Las personas que suelen aferrarse a su trabajo o a sus aficiones para no enfrentarse a problemas familiares o de otra índole, corren el riesgo de sufrir depresión». Esa coma, que muchos creen necesaria para no asfixiarnos mientras leemos, no solo está de más, sino que constituye uno de los errores de puntuación más comunes en nuestro idioma.
¿Por qué es un error usar esa coma? Como ya hemos dicho, la función principal de este bohemio signo de puntuación es delimitar unidades lingüísticas, o sea, establecer cierto grado de autonomía entre ellas. Pero es que el sujeto y el verbo (o el predicado) de una oración son un matrimonio indisoluble, una pareja perfecta, por lo que jamás debemos usar una coma para separarlos, ni siquiera si el sujeto es tan largo —como ocurre en el ejemplo que puse más arriba— que nos obliga a una necesaria y justificadísima pausa a la hora de leer. (En el ejemplo, el sujeto va desde Las hasta índole).
Acabo de decir que jamás debemos usar una coma para separar sujeto y verbo, pero, como ustedes sabrán, la palabra jamás es tan definitiva, tan tajante, que rara vez tiene una correspondencia en el mundo real. Efectivamente, existen algunas excepciones a la regla que estamos comentando. La primera de ella dice que, si entre esa pareja perfecta se interpone una suegra majadera en forma de inciso, son obligatorias dos comas, como podemos ver en este ejemplo: «Todas las personas, especialmente las más sensibles, corren el riesgo de sufrir depresión». Otra excepción está relacionada con el uso de la palabra etcétera, que siempre se aísla con dos comas: «Mi padre, mi madre, mis hermanos, etcétera, asistirán a la boda».
La próxima vez que alguien tenga la tentación de poner una coma porque hace una pausa al leer lo que está escribiendo, debe recordar que no todo lo que nos enseñaron en la escuela era verdad y ha de saber que, como los niños, la coma —más obediente que rebelde— se colocará donde nosotros le digamos. La responsabilidad, por lo tanto, es nuestra, no de ella.
5. Y una coma que siempre está de menos
Ya hemos visto que la coma es un signo de puntuación que plantea muchas dudas. Esa es la razón por la cual, pese al amor que le profeso, no me han dolido prendas en llamarla rebelde y bohemia, aunque también he dicho que es obediente, pues, a decir verdad, la rebeldía no le pertenece a ella, sino a quienes la usan al tuntún, a tontas y a locas. Sí, la coma tiene una fama que no habría que adjudicarle, pues son las malas plumas las que la colocan donde no le corresponde, o bien las que se olvidan de ella cuando tienen que dibujarla sobre el papel o pulsarla en el teclado.
Vamos a detenernos precisamente en el que quizá sea el caso más común de omisión de una coma obligatoria. Para ello, hablaremos primero de los vocativos, que son todos aquellos nombres (como mamá, Andrés, señoras...), pronombres (tú, nosotras...) o grupos nominales (compañeros del sindicato, queridos amigos...) que empleamos para dirigirnos a las personas o cosas que ellos designan. Por ejemplo, si yo digo «Juan, tráeme la llave inglesa», ese Juan está funcionando como vocativo. Pues bien, siempre que estas palabras —nombres, pronombres o grupos nominales— sean vocativos, tendrán que aislarse con una o dos comas del resto de la oración.
Esto lo haremos sin tener en cuenta si en el habla se hace pausa o no, pues, como ya hemos dicho, la coma no tiene entre sus funciones la de marcar una detención en el discurso. Esta es la razón por la que yo escribo una coma, obligatoriamente, en la siguiente oración: «Hola, Andrés». ¿Hago una pausa entre ambas palabras al leerla? En absoluto; de hecho, pronuncio una sola /a/, aunque en la oración vemos dos: lo que yo digo al leer ese texto, y supongo que ustedes también lo hacen, es [ólandrés]. Sin embargo, la coma es obligatoria porque la palabra Andrés está funcionando en esa oración como vocativo. Aquí, como hemos visto, he empleado una sola coma, pero usaré dos si el vocativo queda en medio de la oración: «Ya te he dicho, Andrés, que no pienso ir».
Lamentablemente, la omisión de esta coma (o de ambas) es el pan nuestro de cada día en correos electrónicos, mensajes de WhatsApp y publicaciones en las redes sociales, y no solo entre aquellas personas de las que podríamos presuponer que eso de la ortografía no está entre sus prioridades: un servidor, que con frecuencia recibe correos y mensajes de periodistas y profesores universitarios, se topa más de la cuenta con este error, que habla muy mal de quien lo comete. Cierta vez comentaba este asunto precisamente con un periodista, y el hombre, tal vez consciente de que él estaba en el grupo de los que no usan esa coma, me dijo: «Bueno, a veces quitar una coma es un auténtico pecado y otras podemos considerarlo un mal menor». Tenía razón este amigo en cuanto al fondo de su afirmación, pero se equivocó al situar la coma del vocativo en el grupo de los males menores.
Les voy a dar un truco a aquellos que, aunque quieren mejorar su forma de escribir, tienen mala memoria o son incapaces de retener las reglas ortográficas. Recuerden esta oración: «Vamos a cenar, niños» y tengan presente que, si quitan la coma, estarán convirtiendo el vocativo niños en un complemento directo y, por lo tanto, estarán haciendo una inquietante apología del canibalismo. Espero que con este macabro ejemplo no se les olvide nunca más que, del mismo modo que está muy mal comer niños, también lo está comerse una coma tan necesaria como ignorada.
6. Explicar y especificar son cosa de la puntuación
Seguimos con las comas. A lo largo de las páginas precedentes, ustedes habrán podido comprobar que, pese a los quebraderos de cabeza que nos da, este signo de puntuación es muy importante para entender cabalmente lo que nos quiere decir quien lo usó (o no lo usó) en un texto que estamos leyendo. Ahora toca hablar de un caso en el que la presencia o la ausencia de este minúsculo trazo cambia radicalmente el significado de una oración. Me refiero a las oraciones subordinadas explicativas y especificativas, y no se asusten, que enseguida les traduzco estos conceptos tan técnicos.
Lean esta oración: «Les hicieron una fiesta a los ancianos que ya estaban vacunados». Y esta otra: «Les hicieron una fiesta a los ancianos, que ya estaban vacunados». Como verán, son casi idénticas; tan solo se diferencian por una coma que vemos en la segunda. ¿Qué significa esa coma?
Partamos de un universo (y entenderemos aquí la palabra universo según una de las definiciones que de esta palabra da el Diccionario de la lengua española, de la RAE: ‘Conjunto de individuos o elementos cualesquiera en los cuales se consideran una o más características que se someten a estudio estadístico’), un universo formado por los ancianos —da igual cuántos ancianos; digamos que estamos hablando, por ejemplo, de los ancianos que viven en una residencia—. Pues bien, la coma de la segunda oración indica que nos referimos a la totalidad del universo, y su ausencia señala, en la primera, que hablamos solamente de una parte de ese universo. Veamos por qué.
En el primer ejemplo estamos ante una oración subordinada especificativa, o sea, yo estoy especificando que, del universo formado por todos los ancianos de la residencia, les hicieron una fiesta solamente a aquellos que ya estaban vacunados. No es correcto en este caso usar una coma porque la secuencia que ya estaban vacunados modifica la información que nos daría la secuencia los ancianos si no tuviera ningún añadido. Dicho de otro modo, ambas partes son inseparables y conforman un grupo nominal; si pusiéramos una coma en medio, sería tan aberrante como partir por la mitad con ese signo expresiones como la casa de mi novia.
Por el contrario, si usamos una coma es porque lo que viene después es una oración explicativa: ahora estamos hablando de todos los ancianos —por tanto, la secuencia los ancianos no necesita ningún añadido que sirva para excluir a una parte de ellos— y, después de nombrarlos, explicamos algo que tiene que ver con ellos. Estas construcciones funcionan «a modo de inciso» (OLE10: 331), de tal manera que lo que hacen es dar una información complementaria sobre lo mencionado previamente, y lo mencionado previamente es todo el universo, no una parte de él. O sea, en este caso tenemos que les hicieron una fiesta a todos los ancianos, y se da la circunstancia de que estaban vacunados.
Este uso de la coma nos sirve igualmente para otras secuencias que, sin ser oraciones subordinadas, también presentan la peculiaridad de ser especificat