CAPÍTULO I
El encuentro
«¡Cuidado!», fue el grito de advertencia del sirviente. Demasiado tarde, la víbora había erguido su cabeza en señal de reto, y el caballo, asustado, levantó sus patas delanteras.
Lidias, ensimismado en sus pensamientos, no tuvo tiempo de reaccionar con prontitud y fue arrojado de su cabalgadura al suelo.
Al ver al viejo tirado en el camino, la serpiente dirigió contra él su mortal instinto de ataque.
«Sssshhh…»
La flecha penetró en el centro de la cabeza de la víbora, que se desplomó muerta.
El arquero, que se hallaba como a diez pasos de la escena, se encaminó, con cara de satisfacción por el tiro logrado, en ayuda del anciano Lidias.
El sirviente, que se había alejado asustado, regresó también en auxilio de su amo y sacudió las vestiduras de éste.
—¿No se hizo daño? —preguntó el joven arquero.
—No, fue mayor el susto que el golpe. Muchas gracias. Y dígame: ¿a quién debo este providencial salvamento?
—Mi nombre es Juan bar Zacarías, y no suelo ser tan acertado con el arco, pero el Señor puso en mis manos, para este tiro en particular, habilidad adicional, como si señalara con ello la importancia de nuestro encuentro.
—Los caminos de la divinidad no son construidos para entenderse, sino para seguirlos. Permite que me presente: soy el rhetor Lidias, quien nuevamente agradece a tus manos, y a quien las dirigió, la oportuna destrucción de este animal maligno.
—¿Eres griego, buen hombre?
—Originario de Atenas, patria de hombres pensantes.
—¿Te encaminas a Jerusalén?
—Así es, Juan bar Zacarías.
—Yo también. Si gustas viajaremos juntos.
—Será un placer y un honor.
Lidias ordenó a su sirviente que recuperara el caballo que había huido y los siguiera e inició la marcha al lado de Juan.
—Entiendo que el título de rhetor se confiere a quien enseña la oratoria —comentó Juan.
—Justamente, es una profesión muy antigua en mi tierra, ya que los griegos siempre hemos conferido vital importancia a la adecuada conversión de pensamientos en palabras.
—La oratoria debe ser una disciplina reservada a quienes han sido dotados por el Creador de facultades apropiadas…
—Te equivocas, Juan bar Zacarías, los romanos dicen, con razón, que el poeta nace y el orador se hace.
—¿Cualquiera puede ser orador? —preguntó Juan entusiasmado.
—Desde luego, si pone el empeño suficiente. Como en la generalidad del quehacer humano, si hay constancia y determinación por aprender a comunicarse con los demás, se puede lograr.
—Pero la oratoria no es comunicarse con otra persona, es dirigirse a un grupo, y eso le da miedo a cualquiera.
—Después de la muerte, el mayor temor de los seres humanos es hacer el ridículo. El orador, al darse cuenta que es el punto de convergencia de las miradas, se siente a sí mismo altamente expuesto a caer en el temido ridículo. El conocimiento de las reglas del arte de hablar en público no sólo nos da la confianza suficiente para saber que no caeremos en él sino que, al seguir recomendaciones muy sencillas, podremos transmitir mensajes que conquisten a nuestro auditorio.
—Pero, los nervios, rhetor Lidias, ¿qué se hace con ellos?
—Son compañeros inseparables del orador. Ya decía Cicerón que ningún mensaje público de valía se pronuncia sin nerviosismo. Con el aprendizaje de la técnica se consigue convertir la tensión nerviosa en aliada y no en enemiga; ten presente que los nervios son manifestación de vitalidad, de que estamos sintiendo profundamente lo que estamos viviendo, y eso debe aprovecharse, no suprimirse.
—Yo desearía aprender esa técnica, pero no creo tener la capacidad.
—No es capacidad, Juan, es deseo lo que cuenta. Los seres humanos tenemos posibilidades insospechadas de realizar, de materializar sueños y esperanzas; pero debemos transitar del pensar al hacer, y esto requiere esfuerzo, decisión. Muchas veces preferimos esperar a que las circunstancias sean propicias, casi a que se realice un milagro que nos lleve a la obtención de nuestro anhelo sin tener que trabajar, sin darnos cuenta que sepultamos el deseo en la tumba de la indolencia.
—Es cierto, rhetor Lidias, el primer paso suele ser el más difícil de todo el camino; una vez que nos decidimos, que iniciamos una acción, la ruptura de la inactividad nos impulsa a continuar hasta completar la tarea.
—Estoy en deuda contigo, Juan, y si tu deseo de aprender a comunicarte adecuadamente ante grupos es lo suficientemente fuerte como para apegarte a una disciplina de aprendizaje y práctica, estaría en disposición de enseñarte.
El rostro de Juan se iluminó de alegría y respondió con prontitud:
—¡Sería maravilloso!
—Antes tenemos que aclarar algunos aspectos. En primer lugar, dime, Juan bar Zacarías: ¿por qué deseas aprender oratoria?
—Soy hijo de un importante rabí, maestro de la ley de Yavé, y deseo emular a mi padre en la transmisión de la palabra de nuestro Dios, aunque siento una rebeldía hacia los ritos y las fórmulas actuales. Pienso que el Señor quiere de mí la propagación de un nuevo camino, que aún no conozco y que ansío descubrir, pero este quehacer requiere de una palabra ágil, de la cual carezco.
—Cuando la causa es noble, los medios para alcanzarla florecen. Hasta aquí vamos por buen camino; pero debo advertirte que nada lograrás, y nada podré hacer por ti, mientras no exista un compromiso serio, honesto, para apegarte a una disciplina, que, en primer término, exige asistencia puntual y permanente a una reunión semanal conmigo, durante doce semanas ininterrumpidas.
—Desde luego, maestro Lidias…, ¿puedo llamarte mi maestro?
—Por supuesto, Juan, estamos sellando un trato que te convierte en mi alumno, aunque también debo aclararte mi posición: yo practico una retórica que busca la comunicación entre mi espíritu y el de mis oyentes, que no tuerce los caminos, que no embrolla las palabras para persuadir con abuso intelectual, con soberbia cultural, con elocuencia gramatical.
—Estoy de acuerdo, maestro.
—Ten presente que si tus palabras no tienden un puente con sogas de amistad y comprensión, de sinceridad y honestidad, nunca será tuya la fidelidad de tus oyentes. Podrás dominar su atención con tu voz, aturdir sus mentes al apedrear sus oídos con tus palabras, pero una vez repuestos, te repudiarán.
—Coincido con tus observaciones, maestro Lidias, no es mi interés propagar mentiras, no deseo influencia política comprada con engaños; quiero únicamente llevar al pueblo la palabra del Señor, interpretada a través del cristal de mi verdad.
—Quien vive su verdad encuentra libertad, Juan, me da gusto descubrir en ti valores que merecen apoyo.
—¿Me puedo considerar ya tu discípulo?
—Bajo las condiciones citadas, lo eres desde este momento.
—Me das una gran alegría, maestro Lidias, ciertamente el Señor me envió este día a tu encuentro como señal de que acepta mi sumisión a su mandato.
—Cada semana deberás visitarme en mi casa, doce estadios a las afueras de Jerusalén, camino a Betania, al caer el día.
—Lo haré. Dime ahora, maestro: ¿qué haces por estas tierras tan alejadas de tu patria?
—He estudiado, en las fuentes del conocimiento filosófico de mi Grecia natal, la causa suprema de la vida, del orden y belleza de la Naturaleza, pero las respuestas alimentan mi raciocinio sin llegar al corazón. En búsqueda del espacio que me falta, he recorrido el mundo y decidí permanecer en Judea porque es aquí donde una creencia de Dios único abre mis expectativas, aunque pienso, y coincido contigo, que una lápida ritual se ha encargado de sepultar el fondo para concentrarse en la forma del mensaje de vuestro Yavé.
—Ciertamente, maestro.
—Si la fortuna me permite verlo, será el mesías a quienes ustedes esperan como liberador del yugo romano, y a quien yo concibo en forma distinta, como redentor de la ceguera religiosa, el que destape las verdades enterradas y me permita congeniar las fuerzas de mi mente con los latidos de mi corazón.
—Siento, maestro Lidias, que nuestro encuentro propiciará la satisfacción de nuestros mutuos anhelos —agregó Juan bar Zacarías.
Lección
A través del conocimiento de las técnicas para hablar en público, se logra la autoconfianza necesaria para saber que podemos desterrar el miedo al ridículo que suele sentir el expositor, y canalizar positivamente la tensión nerviosa para que nuestro mensaje resulte atractivo e interesante, la gente guste de escucharnos, siga nuestras recomendaciones, recuerde nuestras palabras y se lleve el mensaje a su casa.
CAPÍTULO II
Presentación y posición
Juan se presentó puntual para la primera lección y el anciano Lidias, tomándolo del brazo, inició la marcha al tiempo que le decía:
—Los antiguos maestros griegos enseñaban caminando. Yo he seguido su método porque la marcha ha retardado mi senectud; además, el ejercicio leve relaja las tensiones del cuerpo y despierta el entendimiento para asimilar mejor los conocimientos.
—Yo disfruto mucho la caminata, maestro.
—Hoy iniciamos, Juan bar Zacarías, la primera de doce lecciones que podrán hacer de ti un hombre distinto, pero que no serán gratuitas; si bien yo no exigiré de ti oro ni monedas, deberás pagar el precio con aplicación y constancia, sin lo cual estaré derramando inútilmente mi agua del saber en la arena del desierto. El hombre recibe de la divinidad, gratuitamente, la vida y la muerte, todo lo que hay en medio tiene que ganárselo con esfuerzo y nadie puede realizar el trabajo por ti. La cosecha de tu viña depende de lo que sembraste en ella y del sudor con que la regaste.
—No te decepcionaré, maestro, he visto a muchos hombres vivir sin rumbo, como polvo barrido por el aire, por falta de un propósito que unifique sus esfuerzos. Sé que las oportunidades, como la que tengo ahora de recibir tus conocimientos, sólo tocan una vez a nuestra puerta y no seré de los indolentes que las dejan ir por no molestarse en hospedarlas.
—Recuerda, Juan, son los cumplimientos, y no las promesas, los que acreditan a un hombre.
—Dame el tiempo para probarte mi determinación.
—La confianza mutua es el único lazo de unión permanente entre los seres humanos. Confío en ti Juan y por ello haré tuyos los conocimientos que recibí de mis maestros y a los que he agregado mis experiencias, para que tú seas más sabio que yo, pero menos que tus alumnos, y así pueda continuar el crecimiento del hombre.
Juan acarició la mano de su maestro, en mudo pero expresivo mensaje de agradecimiento.
—Entremos en materia —dijo Lidias—. Quien se coloca frente a un grupo de personas para dirigirles la palabra se convierte en el punto de convergencia de las miradas y todo él será escudriñado de pies a cabeza. El que habla, por su parte, desea que sus palabras penetren como flechas en los oídos de su público, que sean asimiladas, que reposen en el corazón de sus oyentes. Para que sus propósitos se realicen deberá, en primer término, concentrar la atención de su auditorio en las palabras, que son invisibles, venciendo el sentido de la vista, el más dinámico de nuestros medios de percepción. El ojo inquieto debe ser derrotado por el oído inmóvil.
—¿Cómo se logra esto, maestro?
—Inicialmente cuidando dos aspectos: la presentación del orador y su postura.
—¿Qué ropa se debe usar?
—La que sea discreta y pulcra. Si tu manto combina muchos colores, la vista ganará al oído, de igual manera que si adornas tu pecho con colgajos llamativos o tus dedos con sortijas relucientes. Pero ten presente, será necesario conocer la vestimenta predominante en la reunión para estar a tono con ella; no vestirás igual para asistir a una reunión del gran Sanedrín que a un encuentro en el barrio de artesanos.
—Las vestimentas finas son muy costosas, casi nadie puede tener un manto de lana egipcia.
—Nos vestimos con la finalidad primaria de cubrirnos de las inclemencias del tiempo, pero la ropa juega también un papel importante: satisface nuestro gusto personal y nos muestra ante los demás. Nuestro vestido pronuncia la primera palabra de presentación, provoca el primer juicio que se forman de nosotros. Por ello es preferible contar con un manto de lana cardada de buena calidad a varios corrientes, y esto es más cierto para el que menos tiene. Si tu patrimonio es reducido, mayor razón para tener poca ropa, pero de buena calidad; dura más y luces mejor.
—Juzgar a la gente por sus vestimentas es formar juicios temerarios, maestro.
—Cierto, Juan, pero los hombres ven más la envoltura que el contenido. Los costosos perfumes sirios se venden por sus botellas, aunque no tengan mejor aroma que las flores silvestres del Jordán. Es más, cuida todos los aspectos de tu indumentaria; una simple correa de la sandalia zafada atrapará la vista de tu público.
—¿En qué otra cosa repara la gente?
—Las palabras del orador emanan de su boca, es por lo tanto hacia ella, y en general a nuestra cabeza, hacia donde vuelven sus ojos los espectadores una vez que han examinado nuestra ropa. El siguiente cuidado debes, por lo tanto, dedicarlo a tu peinado, al adecuado recorte de tu barba y bigote o al afeite si no portas barba. Cualquier descuido será motivo de distracción; guarda en tu alforja un espejo de cobre y contempla tu imagen momentos antes de presentarte ante tu audiencia. En resumen: viste con la elegancia de la sencillez, acorde a la ocasión, y cuida que en tu presentación no haya nada fuera de sitio que capture la atención del auditorio y lo distraiga de tus palabras.
—Mencionaste la posición, maestro…
—Si puedes escoger entre hablar de pie o hacerlo sentado, escoge lo primero, porque el que está levantado ensalza a los sentados y recrea su vanidad; el sentado entre los sentados es un igual, y el sentado entre los parados muestra superioridad. Manifiesta siempre respeto y consideración por quienes te escuchan; ellos te pagarán con la moneda de su atención.
—Cuando he querido hablar ante un grupo me tiemblan las piernas.
Lidias esbozó una sonrisa comprensiva y continuó con sus recomendaciones:
—Debes mostrar gallardía en tu postura para hacerte respetar, pero ten la cara relajada, sonriente, para indicar el afecto que sientes por los que te escuchan; que tu rostro sea reflejo de tu espíritu: anida en tu corazón cariño por los que te rodean y ellos desearán oírte. Pero vamos a resolver el problema del temblor de piernas…
—¡Qué bueno!, porque los nervios se enredan en mis piernas como serpientes —comentó Juan.
—Planta firme tus pies en el suelo, como el árbol que hunde profundas sus raíces en la tierra, y para que tus piernas sean ese tronco robusto que el aire no puede mover, haz un ejercicio muy sencillo: estando de pie, empuja ligeramente tus rodillas hacia atrás; logras con ello que las piernas adquieran la rigidez de una lanza de fierro y quedar anclado en la tribuna, ganando confianza.
—Cierto, maestro —dijo Juan entusiasmado al comprobar la veracidad de la recomendación de Lidias.
—Debes cargar el peso del cuerpo equitativamente en cada pierna. Pararse sobre un solo pie muestra desdén, desvía el cuerpo de la vertical y tu figura desmerece.
—¿Qué tan separados deben apoyarse los pies?
—No deben estar demasiado abiertos porque tu posición parecerá retadora, ni muy juntos porque puedes bambolearte; colócalos de manera que te sientas cómodo y bien apoyado.
—Me queda, maestro, el problema de las extremidades superiores: no cabe duda que el Señor ha puesto en nuestros brazos y manos las herramientas más nobles para el trabajo, pero veo en muchos, y en mi propia persona, que al hablar en público estas herramientas parecen estorbarnos, no sabemos qué hacer con ellas: cruzamos los brazos sobre el pecho, nos tomamos las manos por atrás, las escondemos bajo el manto o en el ceñidor.
—Los brazos y manos, Juan, son, después de la voz, los elementos más valiosos del orador; pero es preciso aprender primero a caminar para después correr, de modo que los ademanes, nuestros movimientos de las extremidades superiores, los aprenderemos a manejar en futuras lecciones. Por lo pronto dentro de tu gallarda postura de pie debes asumir la posición de firmes natural, sin rigidez militar, con los brazos y manos sueltos, caídos en forma desmayada a los lados del cuerpo. Mantén esta posición invariablemente en tus primeras prácticas; si dominas inicialmente esta disciplina, llegando el momento de hacer ademanes habrás aniquilado cualquier vicio anterior y ganarás una nueva destreza que te merecerá los elogios de todos.
—De manera que la posición del orador es muy importante…
—Mucho, Juan. El orador debe mostrarse dueño de la situación en todo momento, iniciando por una posición firme, porque esto demuestra autoridad y se gana el respeto del público. Una posición insegura en la tribuna hace pensar al auditorio que el orador no tiene suficientes conocimientos y se desanima para escucharle.
—Muy interesante, continúa, maestro.
—El buen vino se toma a sorbos, Juan, no de un trago como si fuera agua. Por hoy es suficiente, ahora debes poner en práctica los consejos que te he dado.
—Pero…, ¿cómo?, ¿en dónde? Sería mejor que me dieras primero mayor instrucción, maestro; hacerme poseedor de toda la riqueza de tu sabiduría y entonces pensar en iniciar la práctica.
—Se aprende para actuar, Juan, y así como la escalera se sube paso a paso, el aprendizaje de la elocuencia se da practicando los sencillos consejos de cada lección. Las grandes tareas, que inicialmente se nos muestran como un imposible, se alcanzan si las cor