El triunfo de las tinieblas (Trilogía Sol negro 1)

Éric Giacometti
Blanca Mohedano

Fragmento

Cómo nació este thriller…

Cómo nació este thriller…

Moscú, marzo de 2016, centro de seguridad de los archivos del Ejército Rojo. Estábamos rodando un documental para la cadena France 5 sobre la odisea de los archivos masónicos expoliados por los nazis y recuperados más tarde por los rusos.[1] Por casualidad, nuestro primer thriller, El ritual de la sombra, el primero de la serie del comisario Marcas, estaba inspirado en esa increíble historia.

Imaginen un austero edificio cubierto de nieve en cuyo interior una hilera de depósitos mal iluminados y un laberinto de estanterías metálicas se hundían bajo el peso de millones de cajas de cartón viejas y amarillentas. Bajo la atenta mirada de un guardián ruso ataviado con una bata gris, descubrimos dentro de una de las cajas, sellada desde hacía decenios, un tratado francés de alquimia que databa del siglo XVII. Una obra de inestimable valor robada por los nazis, convencidos de que los francmasones poseían el secreto de la piedra filosofal. El equipo de rodaje no podía creerlo. Un libro de hechizos ocultistas conservado en un centro de archivos militares y de espionaje de la antigua KGB, aquello parecía directamente salido de Indiana Jones…

Volver a los orígenes del mal

Durante nuestra investigación, en París, Bruselas y Berlín, acumulamos un montón nada desdeñable de información sobre las indagaciones esotéricas del Tercer Reich. Sabíamos de antemano que no podríamos utilizar todo el material para el documental, pero se nos ocurrió una idea: ¿por qué no lo usábamos en otro thriller? Esta vez no para que lo resolviera Antoine Marcas, sino para remontarnos a las fuentes a través de un relato que se desarrollaría durante las sombrías horas de la Segunda Guerra Mundial.

Brujas y demonios

Dos semanas más tarde, en París, mientras nuestro amigo el realizador Jean-Pierre Devillers montaba la película, nos llegó una sorprendente información. En Praga, unos investigadores acababan de encontrar un compartimento secreto con trece mil libros sobre magia, brujería y demonología de la colección personal de Heinrich Himmler, el jefe de las SS y de la siniestra Gestapo. Y sí, por insensato que eso pueda parecer, el hombre más poderoso de la Alemania nazi después de Hitler, el organizador de la Shoah (holocausto), se sentía fascinado por el ocultismo. En ese mismo instante tomamos la decisión. Tan pronto como se terminó el documental y concluimos la escritura de la novela que teníamos en curso, nos lanzamos a escribir una nueva saga, «Sol negro», con un primer título: El triunfo de las tinieblas.

El sol negro

Como bien saben nuestros lectores, no nos gusta dar gato por liebre. El libro que ahora mismo tienen entre sus manos es desde luego una novela, pero está inspirada en hechos tan reales como sorprendentes, algunos de los cuales aparecen recogidos en el anexo, al final de la obra. Allí descubrirán que a menudo la realidad supera a la ficción...

Un último apunte esencial. El nacionalsocialismo condujo a la muerte a sesenta millones de personas en un conflicto que terminó convirtiéndose en mundial, así como al exterminio en campos de concentración de seis millones de hombres, mujeres y niños, en su mayoría judíos. Sin duda ese horror no puede ser reducido ad absurdum a una interpretación esotérica. El nazismo constituyó ante todo una conjunción de hechos políticos y económicos. Sin embargo, también tuvo lugar en Alemania un fenómeno de orden cuasi religioso alrededor de Hitler. La patria de Goethe y de Beethoven —uno de los países más civilizados de la época— se sumió durante unos años en una locura letal sin parangón. En alguna parte, en lo más recóndito del espíritu de determinados dirigentes nazis, existía un verdadero pensamiento mágico, una visión mística del mundo basada en la primacía de la sangre y de la «raza». Lo que nosotros llamamos un «esoterismo de Estado». Una singularidad que diferenciaba al nazismo de otros regímenes autoritarios en Europa: el fascismo en Italia, el comunismo en la URSS o el «petainismo» en Francia.

Eso que los iniciados denominan el sol negro del esoterismo…

ÉRIC y JACQUES

Prólogo

Prólogo

Berlín

9 de noviembre de 1938

La estufa de carbón emitía un denso calor desde la semipenumbra. De pie, delante de las altas ventanas con lustrosos marcos de madera, el profesor Otto Neumann contemplaba la ciudad iluminada. Su ciudad. La amaba apasionadamente y, sin embargo, era la última noche que pasaría en ella.

Su última noche en Alemania.

El librero aún no se había hecho a la idea: él, que no había salido nunca de Berlín, al día siguiente a esa misma hora estaría en París, y al otro en Londres. No había cogido un avión en su vida, pero su mujer se había mostrado entusiasmada al teléfono: «Es maravilloso. Ahí arriba uno se siente como un pájaro».

Escuchar la voz emocionada de su querida Anna le había llenado de esperanza. Ella había partido en otro vuelo la semana anterior, tras sacarse un visado de turista para no despertar sospechas. Y ahora era su turno de poner rumbo al aeropuerto de Tempelhof. Lanzó una mirada nerviosa al reloj de pared. Eran casi las diez y media y su amigo aún no había aparecido, pese a que la embajada inglesa se hallaba a apenas un cuarto de hora en coche. A menos que se hubiese visto atrapado en algún puesto de control no autorizado de una brigada de las SA. Desde hacía algunos meses, esos brutos de camisa parda se divertían jugando a ser agentes de tráfico de la ciudad. Un pretexto ideal para poder asestar palizas a los judíos y robar sus coches.

—Señor Neumann, ¿puedo marcharme ya? Las cajas están ordenadas y tengo una cita con mi Greta.

La aguda vocecilla de su aprendiz ascendió desde la planta baja por la escalera de caracol.

—Sí, Albert, y deja la puerta abierta cuando salgas, espero a alguien —respondió el librero—. Hasta la semana que viene.

La campanilla de la puerta de la calle tintinó. No había tenido valor para despedirse de Albert.

Permaneció sentado unos minutos, pensativo. No volvería a ver al muchacho. Oficialmente, cerraba la librería para tomarse una semana de vacaciones en Francia, pero no se hacía ilusiones. En cuanto las autoridades se apercibieran de su fuga, la oficina de «arianización» del comercio confiscaría la tienda.

Desde la llegada de los nazis al poder, Otto Neumann era visto como un Mischling, un mestizo mitad judío mitad ario, un profesor expulsado de la universidad y reconvertido en librero. Para los doctos redactores de las leyes raciales en vigor, eso equivalía a una mezcla entre «subhombre» y «superhombre». Una verdadera «contaminación» racial.

Cinco años antes, en Heidelberg, el rector de la facultad, matemático, entusiasta nazi y vicepresidente de la Asociación de Ciencias del Reich, se había valido de esa ley para anunciar el despido de Otto de la cátedra de Historia comparada. Neumann había tratado de apelar a su razón al explicar que el «sub» y el «super» se anulaban algebraicamente y que solo debía considerársele un «hombre». Algo que sí iba con él. Pero desgraciadamente, su interlocutor, impermeable a su sentido del humor, se había mantenido inflexible y, tres meses más tarde, el eminente profesor Neumann se había visto obligado a reconvertirse en librero especializado en libros antiguos, su pasión.

Se levantó de su sillón y cerró una pequeña caja repleta de valiosos libros.

«Mis queridos libros…»

No podía llevárselos todos. Solamente tres cajas con las obras más queridas, sus tesoros, serían discretamente expedidas a Suiza a casa de un colega. El resto, más de un millar de títulos, tendría que abandonarlos. Saber que pasarían a manos de fanáticos tan retrógrados como radicales le repugnaba, pero no podía hacer otra cosa.

De todos sus tesoros solo llevaría uno consigo a Londres. Por el momento, este se encontraba bien guardado en la caja fuerte. No podía arriesgarse a que los nazis se hicieran con él. Ni siquiera se atrevía a imaginar las consecuencias de semejante sacrilegio.

Desde la ventana, la ciudad parecía tranquila y apacible. Y, sin embargo, el mal se deslizaba por sus arterias, infiltrándose en las piedras y los espíritus, envenenando hasta el mismo aire. Ni siquiera se atrevía a volver la mirada a la derecha pues, más allá de la primera línea de casas, podía percibirse la enorme silueta del edificio de estilo neoclásico que constituía el cuartel general de la Gestapo en la Prinz-Albrecht Strasse. La gigantesca oriflama que lucía la cruz gamada quedaba cada noche iluminada por reflectores verticales. La tenebrosa esvástica. Negra como una araña venenosa, y achaparrada, con sus cuatro patas bien gordas. Una araña convertida en bandera.

«La esvástica. Símbolo inmemorial de armonía y paz en Asia y más concretamente en la India tradicional.»

Esas eran sus propias palabras, escritas hacía más de veinte años en su obra sobre los símbolos paganos.

¡Armonía y paz! Qué siniestra ironía… Debería haber añadido: una esvástica a lo hindú, orientada hacia la izquierda. El propio Hitler no era precisamente un adepto a la sabiduría oriental. Él la había hecho girar en el otro sentido. Había invertido las tradiciones asiáticas.

Había vampirizado la esvástica para metamorfosearla en un signo de infamia. Al menos para las llamadas razas inferiores, con los judíos a la cabeza, tal y como habían sido definidas por el Reich. De este modo, Alemania se envenenaba el alma en la veneración de esa siniestra cruz.

Consultó de nuevo el reloj de pared. Ya pasaba de la hora y su visitante se estaba haciendo esperar. Atravesó la habitación y se agachó ante la caja fuerte encastrada en la pared. Las ruedecillas giraron rápidamente entre sus dedos, liberando la puerta blindada de su letargo.

En el momento en que estaba deslizando un objeto en su cartera de cuero rojo, la campanilla de la puerta de la librería tintinó de nuevo. Neumann soltó un suspiro de alivio. Al fin había llegado su amigo. Dejó la cartera en el escritorio y bajó por la escalera alegremente.

—Hace casi una hora que lo esperaba —dijo mientras alcanzaba los últimos peldaños—. Decididamente es…

Su corazón dio un respingo.

Tres hombres estaban de pie ante el mostrador. Tres hombres vestidos de la misma forma. Gorra de plato adornada con una calavera, chaqueta y pantalón negros escrupulosamente ajustados, brazaletes con una cruz gamada en el brazo derecho, y relucientes botas de cuero. Y cada uno de ellos portaba una pistola en el cinto. El rostro del de mayor edad se iluminó. Una fina cicatriz le recorría la mejilla remontando hasta la sien.

—¿Cómo está, profesor? —saludó el SS inclinando la cabeza—. Es un honor encontrarle.

Era de alta estatura, esbelto, de unos cuarenta años, con el cabello corto y entrecano y un rostro delgado e inteligente. Sus ojos claros prolongaban su mirada.

—Soy el coronel Weistort. Karl Weistort —añadió.

El librero se mantuvo inmóvil, incapaz de responder. Los otros dos SS se habían alejado del mostrador y husmeaban entre las estanterías.

—Yo… Encantado… Estaba a punto de cerrar —balbuceó.

El coronel adoptó un aire contrariado.

—¿No podría hacer una excepción y saltarse el horario? He venido desde Munich para hacerle una visita. Mire lo que le he traído —dijo posando sobre el mostrador un libro amarillento. La manoseada cubierta estaba ilustrada con la estatua de un hombre barbudo sentado sobre un trono.

Neumann se ajustó las gafas y reconoció rápidamente la biografía del emperador Federico Barbarroja que él mismo había escrito.

—Una obra magnífica —continuó el SS—. La descubrí siendo joven en la facultad de Colonia y desde entonces ha ocupado un puesto de honor en mi biblioteca, al lado del volumen sobre los símbolos sagrados. ¡Qué erudición!

—Muchas gracias —respondió el librero, incómodo.

—No, son merecidas. Sin duda, debe saber que el Führer profesa una pasión desmesurada por ese emperador sin igual.

—No lo sabía…

—En cambio, estoy totalmente en desacuerdo con usted sobre la leyenda de Barbarroja. Ya sabe, aquella que dice que el emperador no está muerto sino que yace dormido en las entrañas de una montaña mágica. Y que cuando se despierte, el Reich será restablecido para toda la eternidad.

El librero frunció el ceño en señal de perplejidad, mientras el dedo índice del SS tamborileaba sobre la cubierta del libro.

—Usted no ve más que un cuento para niños, cuando en realidad se trata de un mito con un poder considerable, digno de hacer vibrar el corazón de todo alemán. ¡El imaginario, profesor! La verdadera fuente de poder sobre los hombres. Aquel que controle el imaginario de un pueblo, poseerá más fuerza que diez ejércitos juntos. Pero tiene demasiada sangre judía en las venas para que eso signifique algo para usted… No es culpa suya.

El pulso del librero se aceleró. El coronel posó las palmas de las manos sobre el mostrador.

—Porque si se piensa bien, ¿no podría ser Adolf Hitler la reencarnación del viejo emperador durmiente? Él ha despertado al pueblo y va a instaurar un nuevo Reich durante mil años. Es un enviado de la providencia. Eso al menos debe entenderlo. ¿Acaso los judíos no llevan aguardando al Mesías durante milenios? Pues bien, nosotros los alemanes hemos encontrado al nuestro antes que ustedes.

—Sí…, probablemente.

Los ojos del coronel de las SS brillaban de excitación.

—Y de golpe hemos accedido al estatus de nuevo pueblo elegido. ¡Qué enorme responsabilidad!

—Me alegra saberlo… Pero ¿qué es lo que quiere exactamente, coronel? —preguntó Neumann procurando que su voz sonara indiferente.

—Perdón, me he dejado llevar. A veces soy un romántico incorregible… De hecho, una dedicatoria me haría muy feliz —replicó de pronto el SS extrañamente jovial.

El librero se percató de que sus dos colegas abrían una de las cajas que iban a ser expedidas a Ginebra.

—Esas no están a la venta —advirtió Neumann.

El coronel dio un golpe en el mostrador con el libro.

—Déjelos, profesor, mis adjuntos son de naturaleza curiosa. Es una señal de perspicacia. ¡Y ahora al trabajo, busque una pluma!

Neumann le lanzó una mirada, irritado. Era preciso que se deshiciera de esos visitantes antes de que llegara su amigo. Si aparecía por la tienda a esa hora avanzada de la noche, sin duda sería rápidamente detenido, y él también.

—Voy a buscar algo con lo que escribir.

—No se moleste —le contestó Weistort tendiéndole una gruesa pluma estilográfica negra y dorada, adornada con la insignia de las SS—. Un regalo del Reichsführer Himmler en persona.

El librero la tomó como si se tratara de una serpiente venenosa.

—Para Karl, con unas palabras cariñosas —prosiguió el coronel con aire bonachón—. Eso será suficiente. —Y entonces se volvió hacia sus ayudantes—. Si el Reichsführer se enterase de que un medio judío ha utilizado su pluma le daría un síncope en el acto.

Los otros dos SS rompieron a reír.

Neumann no levantó la vista y continuó a lo suyo.

—Ya está, ¿necesita alguna otra cosa?

Uno de los dos nazis se acercó con los brazos cargados de libros primorosamente encuadernados y los posó sobre el mostrador.

—Observe estos tesoros ocultos —indicó el enorme rubio señalando las cubiertas desplegadas ante él—. ¡Asombroso! He encontrado una Esteganografía del abad Trithème, la versión original, sin contar el Mutus Liber con prefacio de Paracelso.

—Y yo he descubierto dos joyas —soltó el segundo SS, con las manos hundidas hasta el fondo de la caja—. ¡Una primera edición del Malleus Maleficarum! Creía que habían desaparecido todos los ejemplares tras la quema de libros de 1635 en Hamburgo. Y también un Codex Demonicus del gran inquisidor de Baviera.

Neumann no podía creerlo. Esos hombres habían identificado perfectamente las obras. ¿De dónde habían salido esos cafres letrados, a la vez fanáticos del simbolismo y eruditos? En general, los individuos de su clase solían limitarse a tareas policiales insignificantes y a la protección de los dignatarios del régimen.

El coronel interceptó su mirada sorprendida y tomó la obra dedicada.

—¡Seré estúpido! He olvidado hablarle de nuestras atribuciones. Trabajamos en el Instituto para la raza y la herencia ancestral alemana, el Ahnenerbe. Yo soy el director general. No se deje llevar por nuestros uniformes de las SS, al igual que usted somos universitarios, intelectuales, pero de sangre pura.

Neumann frunció el ceño. Intelectual y nazi… «Qué siniestro oxímoron», pensó.

—Claro… ¿Y de qué universidades son? —inquirió con prudencia.

El coronel inclinó la cabeza.

—Un servidor de la Universidad de Colonia, doctorado en Etnología. Y mis dos ayudantes vienen de Dresde. El capitán es titular de la cátedra de Antropología de la Universidad de Munich, y el teniente ha dejado su puesto como profesor titular en Literatura de la Edad Media para hacerse cargo de sus nuevas funciones en el Ahnenerbe. Ahora mismo estamos hasta arriba de trabajo, no damos abasto. ¡Imagínese, Himmler incluso me ha pedido que cree más de cincuenta secciones de búsqueda! Estoy un poco desbordado…

Uno de los SS iba apilando cuidadosamente los libros unos sobre otros.

—Estas obras tendrían un lugar escogido en la biblioteca de nuestro Instituto. Desgraciadamente, el presupuesto del que disponemos por el momento es bastante reducido. ¿Tal vez nuestro amigo podría tener un gesto de buena voluntad?

Neumann los observaba en silencio. Ni siquiera con sus diplomas, esos tres valían más que otros nazis sin ellos. Se aprovechaban igualmente del reinado del terror para expoliar a los judíos. Su cabeza funcionaba a toda velocidad: si se negaba, quedaría expuesto a un montón de problemas, pero si aceptaba, perdería sus más preciados tesoros. Lo sopesó. Sin embargo, no podía posponer más la respuesta.

—Dado que esos libros son de su agrado, los cedo gustosamente a su Instituto.

El coronel asintió satisfecho.

—Es muy amable de su parte. De hecho, me permito abusar de su generosidad: estoy buscando una obra en concreto, el Thule Borealis Kulten, que data de la Edad Media.

El librero entornó los ojos. Su corazón latía desbocado.

—Ese título no me dice nada. Voy a consultarlo en el registro. Ha dicho…

Thule Borealis —respondió Weistort articulando cada sílaba.

Neumann ojeó su catálogo con mano nerviosa.

—No, la verdad es que no encuentro nada. Lo más sensato sería consultar a mis colegas especialistas…

Al coronel se le entristeció el semblante.

—Vamos, Neumann, ¿está seguro? Se trata de una enseñanza esotérica puramente aria. Una enseñanza prodigiosa…

—Sin duda… Debe de ser de lo más interesante —mintió, prudente, el librero.

El coronel se volvió hacia sus adjuntos.

—¿Cómo se llamaba el judío que interrogamos ayer?

—El rabino Ransonovitch, un hombre encantador, aunque un tanto huraño —respondió el teniente—. Desgraciadamente no pudo resistir el interrogatorio.

Al librero se le heló la sangre.

—Eso mismo, Ransonovitch. Y sin embargo me aseguró que usted poseía un ejemplar.

—No conozco a ese rabino, lo siento —murmuró—. Si no les importa, tengo que cerrar.

El coronel se encogió de hombros y sacó dos billetes de su cartera.

—Una pena. Tenía tanta curiosidad por descubrir ese libro —dijo posando los doscientos marcos en el mostrador.

El librero abrió los ojos como platos.

—Me está dando mucho dinero, ya le he dicho que se los regalaba.

El hombre de la cicatriz alzó la mano.

—No me ha entendido. Esta suma corresponde a la compra de su librería, y aún me parece que estoy siendo muy generoso.

—Yo… No está en venta. Es ridículo.

—Ah, profesor, todo habría sido más sencillo si me hubiese entregado el Thule Borealis por propia voluntad. Teniendo en cuenta la admiración que le profeso, algo bastante inusual por mi parte al ser usted judío, nos habríamos ido amistosamente y usted habría escapado de la purga.

—¿La purga?

El coronel lanzó una mirada a sus adjuntos y agarró al librero por el hombro.

—Lo comprenderá en un instante. Mientras tanto, vamos a subir a su despacho. Su amigo el rabino me susurró al oído, antes de expirar, que el libro estaba en la caja fuerte.

—La llave de la caja está dentro de la máquina registradora —murmuró el librero. Se inclinó sobre el mostrador, pasó la mano por debajo del carro y encontró lo que buscaba.

—Dese prisa, el tiempo corre —le indicó el coronel con voz pausada—. Y no precisamente a su favor. Creo que…

No pudo terminar su frase, Neumann se había erguido y le apuntaba con una Mauser.

—Salgan de mi librería. La están profanando.

Weistort no pestañeó, mientras que sus dos adjuntos comenzaron a retroceder.

—Vamos, profesor… Amenazar a un miembro de las SS con un arma de fuego es sinónimo de pena de muerte. ¿Sabe al menos cómo utilizarla?

Neumann sonrió por primera vez desde la entrada de los intrusos en la librería.

—Combatí en la Gran Guerra. Fui condecorado con la Cruz de Hierro por la batalla del Somme —señaló—. Seguramente, para mi disgusto, he matado a muchos más hombres que usted, pero en su caso haré una excepción.

El nazi retrocedió y, por primera vez, en su rostro se podía ver el miedo. Neumann sintió que le invadía una oleada de bienestar. Asustar a un SS suponía un extraño placer del que se acordaría toda su vida. Sin embargo sabía que neutralizando ahora a esos intelectuales con la insignia de la calavera no lograría más que un corto respiro, pues regresarían en manada. Pero al menos se aseguraba el tiempo para huir y esconder el libro.

De pronto, el más joven de los dos SS desenfundó su pistola, y el librero apenas tuvo el tiempo justo para disparar. Alcanzado en la cabeza, el nazi cayó hacia atrás profiriendo un grito. Neumann no tuvo ocasión de apuntar al coronel. Más rápido, este ya había sacado una Luger de la funda de su cinturón y le disparó. La bala atravesó la parte alta del pecho del librero y salió por la espalda al tiempo que le pulverizaba la clavícula. Neumann se desplomó, la camisa bañada en sangre.

—¡Imbécil! —suspiró Weistort—. Llevémosle arriba.

—¿Y Viktor? —preguntó el capitán señalando a su colega tirado en el suelo.

—Al Valhalla de los guerreros. Esta noche cenará en el banquete de Odín.

Los dos SS remontaron la escalera sosteniendo a Neumann. Mientras lo hacían, la sangre iba salpicando los peldaños. Al llegar al despacho lo depositaron en su sillón, frente a la ventana.

Weistort distinguió un ovillo de cuerda de embalar tirado en el suelo.

—Coge la cuerda y átalo al sillón.

Mientras el capitán de las SS amarraba a Neumann, Weistort echó un vistazo a la caja fuerte abierta.

—¡¿Dónde ha puesto ese libro?! —bramó el coronel al tiempo que arrojaba al suelo los fajos de billetes que contenía la caja.

—¡Váyase al diablo! —respondió el herido, cuyo cerebro empezaba a enturbiarse.

De pronto Weistort divisó la cartera sobre la mesa. La abrió y blandió la pequeña obra encuadernada en cuero rojo.

—¡El Thule Borealis!

Se sentó en el diván y lo abrió con delicadeza. A medida que iba pasando las páginas, un fulgor de asombro fue iluminando sus ojos.

—Magnífico… Absolutamente magnífico.

—No tiene derecho…

El coronel señaló con el dedo en dirección a las ventanas.

—Esta noche los arios tenemos todos los derechos y los judíos ninguno. ¡Observe!

El cielo se inflamó. Un resplandor amarillo y rojo iluminaba toda la ciudad.

—¿Qué sucede? —balbuceó Neumann.

Parecía que un incendio estuviera envolviendo el barrio.

Weistort dejó el libro a un lado, abrió los brazos y alzó las palmas como un sacerdote en su iglesia.

—La purga, amigo mío. La purga. Debería haber encendido la radio y escuchado al bueno del doctor Goebbels. Ha hecho un llamamiento al pueblo alemán para que salga a las calles y manifieste su justa cólera contra los judíos como consecuencia del cobarde asesinato cometido en París.[2]

Abrió las ventanas de par en par. Por todas partes resonaban gritos y se oía ruido de cristales rotos.

Weistort cruzó los brazos a su espalda, las llamas brotaban del techo de la sinagoga más al sur.

—Pero… la policía…

—Tienen prohibido salir de las comisarías. Y lo mismo les ocurre a los bomberos en sus cuarteles. Los alemanes pueden entrar en casas y comercios, expulsar a sus ocupantes, golpearlos, humillarlos, robarlos, e incluso matarlos. La purga… Toda esa potencia devastadora se expande en este preciso momento como un imperioso torrente. Berlín, Munich, Colonia, Hamburgo, por todas partes va a correr la sangre. La impura, la de los judíos, claro está. Y todo aquel que les preste cobijo será considerado enemigo del pueblo. Una sola ley se aplicará esta noche: la de la sangre pura.

—Ustedes son el Mal, el Mal…

Weistort golpeó al herido en su hombro fracturado.

—Todo depende de en qué lado se encuentre cada uno. Para nosotros, los nacionalsocialistas, ustedes los judíos son el virus extranjero que ha infectado el cuerpo alemán. Han envenenado nuestro país y nuestra sangre como una enfermedad. El Mal son ustedes. Y al eliminarlos estamos haciendo el Bien. Actuamos por el bien del pueblo.

—Están locos.

—Sin embargo es muy fácil de entender. El Bien es la mayoría, el Mal la minoría.

—¡El Bien… la mayoría! Qué absurdo… La gente se revolverá.

—Lo dudo. ¿Acaso cree que a los valientes alemanes que participan en esta noche de purificación les van a entrar remordimientos? En absoluto. Mañana se sentirán un poco avergonzados, como después de una fiesta de la cerveza en la que hubieran bebido de más. Pero lo que conservarán será el recuerdo de una embriaguez redentora.

Weistort volvió a guardar el libro en la cartera y abrió el resto de las ventanas. Los gritos se habían transformado en alaridos, y ahora las risas estridentes y los cantos patrióticos resonaba por todas partes. Se inclinó sobre el alféizar para mirar calle abajo. Delante de una tienda de ropa totalmente saqueada, tres hombres con gorra de plato y camisa parda se reían mientras arrastraban por los pies a una anciana en camisón. Un viejo ensangrentado yacía en los escalones de entrada.

—Esos SA son imbéciles… —exclamó Weistort suspirando, y luego se volvió hacia el librero—. Si le sirve de consuelo, debe saber que repruebo el sadismo.

—Su maldita cruz gamada les ha envenenado el alma.

—No, nos ha revelado a nosotros mismos. Tal es su poder. Su magia. Ah, profesor, cuánto lamento que sea usted un Mischling. Habría podido ofrecerle un puesto en el Ahnenerbe, y quién sabe si no nos habríamos hecho amigos…

El librero trató de alzar la cabeza, pero el dolor le envolvía la nuca.

—Que el diablo… le lleve.

El coronel soltó una carcajada.

—Lamentándolo mucho, yo creo en la magia de las fuerzas paganas, y no en la del demonio. Satán no es más que una invención judeocristiana para los espíritus débiles.

Las fuerzas estaban abandonando a Neumann. La voz del SS le llegaba como un eco al cerebro. Lloraba. Pero no de dolor, no. De rabia. Contra sí mismo.

Tendría que haber puesto ese maldito libro a buen recaudo.

Weistort se levantó.

—¿Qué hacemos con él? —preguntó el capitán al contemplar que el librero parecía estar desangrándose.

—Dejémosle morir tranquilamente mientras contempla esta maravillosa noche.

—¿Y la librería? ¿Le prendemos fuego?

—No. Mañana por la mañana enviaremos un camión para recoger las obras que completarán la biblioteca del Reichsführer del castillo de Wewelsburg. Y que se lleven también el cuerpo de nuestro camarada caído en el peligroso cumplimiento de su misión, vilmente asesinado por un judío. Tendrá una Cruz de Hierro póstuma.

El coronel con la cara marcada se inclinó sobre Neumann.

—Adiós, profesor. Gracias a usted, gracias a este libro, el Bien podrá al fin triunfar.

Los dos SS sonrieron y abandonaron la librería. Al otro lado de las ventanas, unas densas nubes reflejaban el rojo de la calle, como si fuese a llover sangre.

Postrado en su sillón, Otto Neumann se hundía en las tinieblas. Frente a él, la sinagoga se había transformado en una gigantesca antorcha. Ahora sabía que el incendio que contemplaban sus ojos no era más que un preludio.

Esa noche Alemania estaba ardiendo. Al día siguiente lo haría el mundo entero.

A causa de un libro.

Un libro maldito.

Primera parte

PRIMERA PARTE

Todas las fuentes de poder intelectual,

natural y sobrenatural, desde la tecnología

moderna hasta la magia negra medieval,

desde las enseñanzas de Pitágoras

hasta los encantamientos faustianos

del pentagrama, deben ser explotadas con

vistas a la victoria final.

WILHELM WULFF, astrólogo personal

de Himmler. Zodiac and Swastika,

Ed. Coward-McCann, Geoghegan, 1973

Capítulo 1

1

Tíbet

Valle de Yarlung

Enero de 1939

La tormenta empezaba a perder fuerza. El estallido de los truenos repercutía en ecos lejanos más allá de las cimas y los rayos persistían en su danza plateada hacia el norte, en dirección a la cumbre del Yarlung.

Protegido del viento glacial que barría el valle desde hacía tres días, de pie, al abrigo de la entrada de una caverna, un hombre equipado con un mono de montaña blanco observaba con atención las últimas estrías de luz que iluminaban las cumbres himalayas. Manfred no temía al rayo, más bien al contrario. Había aprendido a dominarlo con la ayuda de su padre, un alpinista veterano, durante sus escaladas por las escarpadas paredes de los Alpes bávaros. Las palabras de su progenitor afloraban a su memoria cada vez que se desencadenaba una tormenta.

«Ama al rayo, este purifica el aire y forja el corazón del fuerte.»

Sin embargo allí, en aquel rincón perdido del Tíbet, en el corazón de ese valle encajonado, reinaba un no sé qué viciado que ni siquiera el rayo conseguía purificar. La meteorología parecía una brújula averiada. No había caído un solo copo y sin embargo las montañas que lo rodeaban se hundían bajo un espeso manto de nieve. Como si una fuerza invisible e insidiosa hubiese impuesto su ley a los elementos naturales más poderosos de la creación.

El Hauptmanführer de las SS Manfred Dalberg escrutó las estribaciones del valle con mirada hostil. Estaba muy lejos de la belleza de las montañas bávaras de su infancia. La ausencia total de vegetación, el sol gris y estéril, la desmesura de las paredes rocosas salpicadas de aristas afiladas como cuchillos… Ese paisaje había sido conformado con el único objetivo de aniquilar toda presencia humana o animal. Así lo sentía en lo más profundo de su ser.

«La tierra de los cráneos que aúllan.»

Tal era el nombre que los tibetanos habían dado a ese extraño lugar olvidado de los dioses y los hombres. A falta de cráneos vociferantes, era sobre todo el aullido del viento lo que ponía los nervios de punta. Ya no soñaba más que con regresar a Alemania, donde se reuniría con su división de combate.

Manfred levantó el cuello del mono de las tropas alpinas de las SS, cuando de pronto oyó un ruido familiar a su derecha. Agarró sus prismáticos para observar más abajo. Un camión cubierto por una sucia lona avanzaba a toda velocidad por la destrozada pista que hacía las veces de carretera. El polvo brotaba de las ruedas y formaba una estela cenicienta.

Schäfer llegaba.

Una ola de alivio invadió al SS. Su jefe había mantenido su palabra, e iba a hacerse cargo de la situación.

Se levantó la capucha y descendió de cuatro en cuatro los peldaños de la larga escalera de piedra que serpenteaba a lo largo de la desolada colina y conectaba la entrada de la gruta con los lindes de la pista.

Huir de ese agujero maldito

Hacía casi dos semanas que había dejado Lhasa, y al grueso de la expedición de Schäfer, acompañado por un pequeño destacamento científico compuesto por dos arqueólogos, un lingüista que hacía las veces de traductor, media docena de porteadores tibetanos y tres monjes budistas. Al principio todo fue a las mil maravillas. Había seguido las instrucciones al pie de la letra y establecido el campamento. En el lugar exacto descrito en los rollos sagrados, una caverna situada en una colina al borde de la pista de Sanshaï y delimitada por dos tulpas escarlatas, esas pequeñas torres tibetanas tradicionales en forma de cono donde se encuentran las ruedas de plegaria. Excepto que en estas no había ninguna rueda, solamente esculturas de cornudos y amenazantes demonios.

Todo era conforme a los dibujos reproducidos en los rollos del Kanjur, el libro sagrado de los tibetanos.

«La puerta de entrada al reino de las calaveras.»

Pero apenas establecieron el campamento base, dos porteadores habían caído enfermos de forma inexplicable y se habían desangrado hasta morir. Poco después, creció la tensión entre los alemanes y los «pestilentes monjes», como los llamaba su ayudante. Los bonzos habían ordenado a los porteadores que bloquearan la entrada a la necrópolis, de modo que resultó imposible acceder a las profundidades de la cueva. Si solo hubiera dependido de él, Manfred les habría ejecutado de inmediato, pero no quería poner en peligro las relaciones diplomáticas con su país. Después de todo, el Tíbet se había convertido en el gran amigo del Tercer Reich y había solicitado su ayuda militar frente a los chinos.

Fue entonces cuando decidió enviar un mensaje para pedir ayuda a su jefe, el Hauptsturmführer Ernst Schäfer. ¿Acaso el comandante de la misión «Tíbet tierra aria» no se había convertido en el confidente del hombre fuerte de Lhasa, el quinto Rimpoche, hasta el punto de haber convencido a este último para que ofreciera a los alemanes los ciento ocho rollos sagrados del Kanjur?

Manfred llegó a la pista en el momento en que el camión recubierto de polvo color luna frenaba ante él. Justo delante de los tulpas, un porteador estaba limpiando el arnés manchado de excrementos de uno de los mulos. Manfred lanzó una mirada de menosprecio al hombrecillo de rostro arrugado como una manzana asada. No acababa de comprender por qué Schäfer proclamaba a voz en grito que esos subhombres pertenecían a la raza aria.

Cuando los dos hombres con mono de montaña blanco salieron del vehículo, Manfred se plantó como una estaca, con el brazo derecho reglamentariamente levantado en su dirección.

Heil Hitler!

Los dos oficiales le devolvieron el saludo. El más corpulento de los dos, de rostro esculpido como el de un boxeador, con barba rubia y rostro risueño, aferró su mano con un vigor desbordante.

—Manfred, qué alegría —soltó Schäfer con voz excitada.

Luego señaló en dirección a su compañero de ruta, que se mantenía ligeramente rezagado.

—Te presento al coronel Karl Weistort, director del Ahnenerbe y miembro del Estado Mayor personal del Reichsführer. Ha venido desde Berlín.

El SS se acercó hacia Manfred. Una fina cicatriz le bajaba desde la sien hasta la mejilla. Manfred ya había observado ese tipo de marca en los esgrimidores de las hermandades estudiantiles prusianas. Sin embargo, a pesar de su cicatriz, aquel hombre desprendía una especie de benevolencia que rara vez había visto en un oficial de las SS.

El oficial superior le estrechó la mano y le sonrió cálidamente.

—Enhorabuena, Obersturmführer Dalberg. Si las informaciones son exactas, estamos al borde de un descubrimiento maravilloso. Tiene usted el futuro asegurado en el seno de las SS, mi joven amigo.

El teniente frunció el ceño, parecía que nadie hubiese leído su carta.

—Me siento muy halagado, herr coronel, pero yo mencioné ciertas dificultades.

El oficial le agarró por el hombro.

—Cuéntemelas.

El teniente lanzó una mirada de desprecio hacia el interior de la gruta.

—En la caverna hay una puerta gigantesca sin cerradura que lleva al santuario donde se encuentra… el objeto. Pero los monjes están furiosos, y alegan que el trato era llevarnos solamente hasta la caverna, no entrar en la necrópolis. Se niegan a que gente forastera profane su santuario.

Weistort se echó a reír. Una risa franca y alegre.

—¿Gente forastera? Por supuesto que no. Nosotros llevamos la misma sangre que ellos, incluso si no puede advertirse a primera vista —replicó observando al porteador que fumaba una larga pipa—. Vayamos a resolver este problema con nuestros «primos».

Los tres hombres subieron por la escalera que conducía a la gruta.

—¿Qué tal ha ido la estancia en Lhasa? —se interesó Manfred.

—Excelente. He terminado de rodar mi documental y hemos hecho acopio de datos científicos de primer orden. Lamento que tengamos que marcharnos tan pronto de vuelta a Berlín. Este país es maravilloso y los tibetanos, unas personas extraordinarias.

—No comparto su opinión, Ernst —replicó el joven teniente.

Weistort, que parecía estar de un excelente humor, dio un brinco sobre los peldaños.

—Vamos, vamos, teniente. Un poco de optimismo, qué demonios. Es usted un SS. ¿Cómo llamaban los tibetanos a esa tierra?

El trío estaba apenas a una treintena de metros de la entrada de la caverna, que formaba una especie de semicúpula excavada en la roca de la pelada colina.

—«La tierra de los cráneos que aúllan» —respondió Manfred—. Para los monjes, hay algunos muertos que continúan viviendo sin poder reencarnarse. Vagan por las entrañas de la tierra murmurando su desesperación, incapaces de encontrar de nuevo un cuerpo que habitar. Si abrimos la puerta, el infierno se desatará en la tierra. Y como hacen falta al menos una decena de hombres para arrancarla de sus goznes…

El coronel Weistort sonrió.

—Muertos errantes a la espera de una resurrección. ¡Magnífico! ¿No es esa una parábola de nuestro pueblo? ¿Los alemanes desesperados por la derrota y la traición que esperaban a su salvador, Adolf Hitler? El Führer ha proporcionado un nuevo cuerpo a Alemania. Más fuerte, más vigoroso. Adoro esas tradiciones ancestrales. Nos permiten comprender el sentido oculto del universo.

El pie del coronel tropezó contra una gran lata de conservas destripada que descansaba sobre un escalón. Había salido rodando desde un montículo de desechos depositados frente a una enorme piedra en un lateral. Weistort se paró en seco y recogió la lata, que arrojó sobre el montón de basura.

—Teniente, va a darme el gusto de enterrar esa inmundicia inmediatamente.

El joven teniente abrió mucho los ojos, llenos de asombro. Weistort le contempló sacudiendo la cabeza; parecía afligido.

—Mancillar la naturaleza es un crimen, teniente. La tierra nos ofrece tantas maravillas, que lo menos que podemos hacer es respetarla. ¿Acaso no se lo enseñaron en el curso de ecología en el Instituto de las SS?

—No, mi coronel, me uní a la orden el año pasado.

—Pues vaya, es una pena. Debe saber que «ecología» es una palabra inventada por un buen alemán, el biólogo Ernst Haeckel, a partir del griego oîkos, ‘hábitat’, y lógos, ‘ciencia’.

Schäfer añadió con voz entusiasta:

—Todo un precursor ese Haeckel, creía en la desigualdad de los hombres y situaba a los blancos en la cima de la evolución. Fue miembro fundador de la Sociedad de Higiene Racial a principios del siglo XX, cuando el nacionalsocialismo aún no había nacido.

—Desde luego es preciso leer y releer su obra Las maravillas de la vida —añadió Weistort—. Ya le pasaré un ejemplar.

Satisfecho de su pequeño discurso, el coronel de las SS continuó ascendiendo los escalones y luego dejó transcurrir algunos minutos antes de que los tres penetraran en la gruta. El interior, tan espacioso como una cervecería de Munich, estaba iluminado por antorchas dispuestas a lo largo de unas paredes tan grises como el paisaje del valle. Al fondo de la caverna, un grupo de hombres estaba recostado frente a un fuego que desprendía un humo rancio. El olor a grasa cocida flotaba en el aire frío. Un hombre rubio, de gran estatura, se precipitó a su encuentro con las facciones tensas. Ni siquiera se tomó la molestia de saludar a los recién llegados.

—Teniente, uno de los porteadores no se encuentra nada bien, está vomitando y escupiendo sangre.

Weistort y Schäfer intercambiaron una breve mirada de inquietud.

—Es el tercero —añadió el joven alemán—. Lo hemos puesto en la otra estancia.

—Llévenme a verlo, si no es inconveniente —dijo el coronel con voz suave.

Tomaron una bifurcación a la derecha de la caverna en dirección a un entrante del que surgía un débil resplandor. Un pequeño grupo estaba sentado delante de una especie de altar de piedra sobre el cual ardía un fuego con brasas. Tres monjes con hábito color azafrán, sentados en posición de loto, rodeaban a un hombre tendido en el suelo que se retorcía de dolor sobre una raída manta. Su rostro estaba empapado en sudor y la sangre resbalaba por la comisura de sus labios.

Weistort se acercó a los monjes y se inclinó para saludarlos.

—Tradúzcame y dígales que he sido enviado por Adolf Hitler, el Gran Lama de Alemania.

El traductor así lo hizo, pero los monjes permanecieron impasibles. Weistort se agachó y pasó una mano por la frente del enfermo.

—¿De qué padece?

Uno de los monjes alzó los ojos hacia el oficial y lo miró con dureza. Una oleada de palabras entrecortadas y afiladas brotó de su boca. El traductor escuchó atentamente y luego balbuceó con voz débil.

—Este porteador ha sido castigado, como los otros, por haber penetrado en el santuario. Morirá esta noche y se reunirá con los muertos que golpean tras la puerta. Si no nos marchamos, nos esperará la misma suerte.

El coronel Weistort asintió con gesto de haber comprendido.

—Traduzca lo que voy a decirle. Estoy muy decepcionado. Solo queríamos rendir homenaje a sus ancestros. Dígale que siento mucho respeto por su tierra aria y sus costumbres. En Alemania hemos restablecido las antiguas prácticas ancestrales despreciadas por el cristianismo. ¿Podríamos hacer una ofrenda, un sacrificio, en señal de respeto por los muertos?

El traductor tomó de nuevo la palabra. A medida que hablaba, el monje parecía cada vez más sombrío. Graznó algunas palabras y escupió en el suelo.

El traductor abrió mucho los ojos y sacudió la cabeza.

—Es necesario degollar a una cabra bendecida por el Lama superior de Lhasa. Lamentablemente, no tenemos esa cabra.

El oficial alemán sonrió. Y luego, sin decir palabra, desenfundó el cuchillo que colgaba de su cinturón. Lo blandió a la débil luz del fuego, mientras sus ojos azules parecían reflejar el resplandor metálico del acero y su voz resonaba en las paredes de la cueva.

—Dígale que yo mismo pertenezco a una orden espiritual, las SS, y este cuchillo me ha sido remitido por mi jefe, Heinrich Himmler. En la hoja hay grabada una divisa: «Mi honor es mi fidelidad».

Sumergió el cuchillo en las brasas. El acero comenzó a enrojecer.

—No sé si la palabra «honor» significa algo en el Tíbet, pero en mi país comprende tres cualidades: orgullo, valor y lealtad.

El coronel se acercó a uno de los monjes sonriendo, el cuchillo en su mano ahora incandescente. La voz de Weistort se volvió de pronto más apaciguada, más dulce. Se agachó al lado del bonzo de más edad, que hasta el momento no había pronunciado palabra.

—Amigos míos, no tengo la impresión de que hayan dado muestras de mucha lealtad hacia nosotros.

Apenas había pronunciado la última palabra cuando asestó al viejo una puñalada en la garganta. La hoja rompió la glotis y se deslizó en la carne. Un chorro de sangre clara brotó y salpicó el inmaculado mono de montaña del coronel. El monje cayó de espaldas, al lado del enfermo, los ojos desmesuradamente abiertos mientras se retorcía como un gusano. El olor a carne chamuscada se expandió a su alrededor.

Los otros dos monjes no abrieron la boca. Sus rostros continuaron impasibles.

Schäfer se acercó.

—¡Está usted loco, coronel! Ellos no son responsables de la enfermedad de este hombre.

Weistort limpió su hoja en el hábito del monje y respondió con condescendencia:

—Esa ingenuidad le hace muy simpático, mi querido Ernst. Pero permítame que se lo explique. ¿Ve el ribete rojo que adorna el bajo de la túnica de estos monjes? Indica que pertenecen a Ganpitra, una orden interna del clero tibetano cuya misión es proteger a la comunidad a cualquier precio. Tienen permitido transgredir sus propias leyes y matar cuando lo crean necesario. Son lobos disfrazados con piel de cordero. Nadie desconfiaría de unos amables monjes budistas… Muy práctico, ¿no le parece?

—No veo la relación —replicó Schäfer, que no se atrevía a mirar al hombre mayor que yacía inerte en el suelo.

—Los ganpitra no utilizan jamás armas blancas, son demasiado vulgares para su gusto, sino veneno. La gran especialidad de la orden. Antes de emprender el viaje, leí las memorias de un misionero italiano que había sido admitido en Potala[3] hace más de treinta años. Sostengo que han envenenado a los porteadores para hacernos creer en la existencia de una maldición y que desistiéramos.

Uno de los monjes tomó la palabra.

—Dice que los discípulos de Buda no tienen miedo ni de usted ni de la muerte —explicó el traductor—. Puede asesinarlos, si quiere, pero eso no cambiará la situación. Y tampoco los porteadores le servirán de nada, prefieren morir antes que enfrentarse a los muertos que aúllan.

El coronel con el rostro marcado sacudió la cabeza y volvió a coger su cuchillo. Se inclinó sobre el cadáver del monje y recortó un trozo de carne redondo, del diámetro de una moneda, bajo la frente del desafortunado, justo en el arranque de la nariz.

Blandió su trofeo y luego lo lanzó al brasero.

—Traduzca de nuevo, se lo ruego. Yo también practico su magia, he tomado el tercer ojo de su colega y lo he quemado. A partir de ahora su alma me pertenece y voy a divertirme haciéndole sufrir un millar de tormentos. Nunca alcanzará el Nirvana.

El rostro de los monjes se transformó súbitamente. Intercambiaron miradas de temor.

La voz de Weistort resonó de nuevo:

—Están al corriente de este tipo de brujería puesto que la utilizan de vez en cuando para aterrorizar a los enemigos del Rimpoche.[4] No he hecho más que leer cuidadosamente el libro del sacerdote enviado por el Vaticano, quien pudo ver de cerca sus artimañas. Ahora va a decirles que espoleen como es debido a los porteadores para que nos abran la puerta del Santuario, o de lo contrario me veré obligado, a mi pesar, a ocuparme de sus almas.

Los dos monjes no esperaron a escuchar el final de la traducción y se levantaron a la velocidad del rayo. Corrieron hacia la sala vociferando órdenes a los porteadores tumbados en el suelo.

Weistort guardó su cuchillo con gesto tranquilo.

—¿Qué les parece si vamos a abrir esa famosa puerta?

Dos horas más tarde, la entrada al santuario había sido desbloqueada. Los sólidos batientes de bronce, que debían de pesar media tonelada, yacían en el suelo, uno a cada lado del hueco abierto por donde escapaba un olor a la vez acre y dulzón.

—El dulce perfume de la muerte —murmuró Weistort, que se adentró por un largo corredor, antorcha en mano, seguido de Schäfer, cuyo dedo índice reposaba sobre el gatillo de su metralleta.

Los otros alemanes, que se habían quedado apostados frente a la entrada, no tuvieron necesidad de alejar a los porteadores. Estos habían huido de la caverna atemorizados, gritando plegarias. Los dos bonzos, ahora silenciosos, permanecieron sentados frente al fuego.

Mientras los dos oficiales progresaban a paso lento por el suelo húmedo, la antorcha arrojaba vacilantes destellos en las paredes medio azuladas veteadas por una miríada de reflejos metálicos.

—Debe de tratarse de una antigua mina de plata —murmuró Schäfer—, el Tíbet está lleno a rebosar de minerales preciosos.

—Lo que nosotros buscamos aquí es infinitamente más valioso que la plata o el oro —replicó Weistort—. Por cierto, aún no le he felicitado por su iniciativa. Una idea brillante la de establecer lazos de amistad con el dignatario tibetano y haber comenzado la traducción de su libro sagrado.

El corredor se había ensanchado, como una suerte de avenida subterránea hundida en las tinieblas. Schäfer aguzó el oído. Unos curiosos ruidos sordos, como arañazos, se manifestaron a su alrededor.

—¿Cree realmente en esa leyenda, mi coronel? —dejó caer el jefe de la expedición con voz un tanto temblorosa.

—¿En los muertos vivientes? No lo he creído ni por un segundo. Aquellos que han ocultado el objeto aquí, querían provocar el temor de la población supersticiosa. Por el contrario, las ratas que…

Weistort enmudeció de golpe y aminoró el paso.

—¡Qué diantres!

Blandió su antorcha.

Delante de ellos se erguía una estela negra y rectangular. Alta y enorme, recordaba a las gigantescas lápidas de los monumentos a los muertos en los cementerios militares de la Prusia Oriental. Pero había algo a media altura de la lápida que la diferenciaba de las piedras funerarias alemanas.

Una estatua.

El busto de un hombre con el rostro deformado en expresión de profundo sufrimiento. La mitad inferior del cuerpo de ese ser de piedra parecía haber sido emparedado en la estela. Sus brazos estaban tendidos hacia delante, con una bacina de metal en las manos.

A sus pies, dispuestos en círculo, había un montón de esqueletos.

Los dos alemanes se acercaron mientras los huesos crujían bajo sus botas. Estaban como hipnotizados por lo que habían descubierto. El rostro de Weistort se iluminó.

Sacó de entre su ropa un libro encuadernado con tapas rojas y adornado con un título en letras góticas: Thule Borealis Kulten.

—Qué sorprendente juego de pistas a través de los continentes y los siglos —observó Weistort—. Y pensar que todo comenzó con este libro

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos