Enemigos de Esparta

Sebastián Roa

Fragmento

1. El mestizo

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El mestizo

Tracia. Año 380 a.C.

Prómaco observa la muerte a su alrededor.

Tribalos. Salvajes guerreros incapaces de rendirse. Caídos sin soltar sus armas, acribillados a dardos o mutilados. Amontonados allí donde chocaron con las filas odrisias. Una larga línea de cuerpos que se entrelazan; cada matador con su víctima, que lo mató a su vez. A trechos se ve un tribalo destrozado con varios odrisios muertos a su alrededor. Y aun ahora resulta peligroso caminar por donde fue más densa la matanza. Esos norteños moribundos intentan apuñalarte con su último hálito. Por eso los odrisios recorren el campo y alancean varias veces todos los cadáveres enemigos.

«Tribalos. Han vendido muy cara su piel», reconoce Prómaco.

—Ifícrates quiere verte.

El muchacho se vuelve. El mensajero muestra la misma expresión que él. La de quien acaba de mirar cara a cara al implacable Hades, pero ha conseguido retrasar el momento. Señala a su espalda, a la cima de una pequeña loma alfombrada de verde a cuyos pies se ha desarrollado la masacre.

Prómaco asiente. Enfunda su kopis sin molestarse en limpiar la sangre y se ayuda de la mano diestra para desembrazar la pelta. El escudo está inservible. Astillado, casi partido por la mitad. Lo deja caer en ese mar de lodo rojizo que es ahora la llanura tracia a orillas del río Hebro. Camina a grandes pasos, esquivando cadáveres y miembros que todavía aferran lanzas, dagas y jabalinas. Rodea cauto a un par de hombres que aún se agitan. Ignora la cantinela monótona que parece brotar de la tierra. Un quejido colectivo de dolor y desesperanza. Los moribundos llaman a sus madres, a sus esposas o a sus hijos con las pocas fuerzas que les quedan. Algunos odrisios buscan a sus heridos. Los ayudan o les ofrecen un último trago de vino. Se están formando cuadrillas para tomar prisioneros. Apresar vivo a un tribalo es toda una hazaña, y el rey Cotys la recompensará con creces.

Pero eso no le incumbe ahora a Prómaco. Prefiere confirmar con un vistazo rápido que cinco de los seis hombres a su cargo han sobrevivido. Cinco hijos que volverán a ver a sus madres. Aunque el sexto es el que más le importa. Piensa en qué dirá a sus familiares. «Luchó bien. Con honor. Mató a muchos enemigos. Ares está contento con él.»

Salvo que encuentren su cuerpo lejos de la matanza y con una herida en la espalda, claro. El estratego Ifícrates es inflexible con eso. Los cobardes recibirán la infamia tanto vivos como muertos. Sus familias sabrán que intentaron huir o, si lo consiguieron, harán frente a la deshonra. Y si el desertor es capturado, su ejecución se convertirá en un ejemplo para los demás. Por eso no es habitual que los hombres de Ifícrates huyan. Por eso y porque Cotys, rey de los odrisios del llano y de la costa, paga bien. Muy bien.

Prómaco asciende por la suave ladera. Ahora nota el dolor sordo en las piernas. Esta noche caerá en el sueño solo cuando los quejidos de sus articulaciones cedan a la enorme fatiga del combate. Aunque antes, como es costumbre entre los tracios, celebrará la victoria con una borrachera de proporciones olímpicas.

—Prómaco, hijo de Partenopeo. Bebe conmigo.

Es Ifícrates, el estratego. El hombre que ha hecho posible la victoria. De baja estatura, hombros anchos, cráneo afeitado y mirada penetrante. Como todos sus peltastas, va armado a la ligera. Nada del pesado escudo redondo que los hoplitas llaman aspís, nada de coraza ni grebas. Sostiene el casco con la izquierda, con la derecha aguanta la copa. Uno de sus auxiliares derrama vino en ella desde una jarra. No lo mezcla con agua. No hoy.

—Ares y Atenea, hemos vertido la sangre por vosotros. —Ifícrates deja caer un chorro para ofrecer la primicia a los dioses—. Ahora vertemos el vino.

Prómaco acepta la copa llena que le tiende el sirviente. Imita a su estratego y apura el resto de un trago. Vino de Kazanluk. Viejo. Fuerte. Los demás jefes —los que han sobrevivido a la batalla— brindan igualmente. Ifícrates los observa satisfecho. En verdad ha sido una gran victoria.

—Los tribalos no volverán a adentrarse en el reino de Cotys —señala uno de los militares. Al igual que Ifícrates, es ateniense. Este sonríe como si el vaticinio le hiciera feliz solo a medias.

—No se atreverán siquiera a cruzar la frontera. Hemos aniquilado a su ejército.

«Es cierto», piensa Prómaco mientras se vuelve. La colina es baja, pero ofrece la vista del campo de batalla. No es normal tanta mortandad, aunque lo cierto es que las reglas cambian cuando son tracios los que combaten, y más si es contra otros tracios. Los odrisios no han dado cuartel ni los tribalos lo han pedido. No ha habido ruptura tras el choque, como suele ocurrir cuando son griegos los que batallan.

El mensajero tracio que avisó a Prómaco llega a la carrera. Hace una rápida reverencia ante Ifícrates.

—Señor, hemos hecho algunos prisioneros.

—Imposible —dice uno de los jefes griegos—. Los tribalos jamás se rinden.

—Estos no lo hicieron. Son heridos.

Ifícrates reflexiona un instante. Todos los demás lo observan.

—Que los curen. Pero cuidado. Intentarán degollar a los médicos y, si pueden, se quitarán la vida después. En fin, Cotys se alegrará de que le llevemos unos cuantos enemigos vivos.

Prómaco se atreve a hablar. Tal vez el vino puro le suelta la lengua:

—Los torturará.

«Claro que los torturará», parece decir la expresión de Ifícrates. Pero no es sobre eso de lo que quiere hablar.

—Te he invitado a unirte a la libación, Prómaco, porque te has distinguido hoy. Te has batido muy bien, tu padre estaría orgulloso. He decidido ascenderte. A partir de mañana no serán seis los peltastas a tu cargo, sino treinta y seis.

—Gracias, señor. Pero...

—Mirad a este muchacho, amigos. —El estratego extiende la copa hacia Prómaco—. Apenas tiene veinte años y ya manda sobre otros hombres. Dentro de poco me quitará el puesto.

Algunas risas forzadas. Eso contrasta con los gemidos de angustia que ascienden desde la llanura.

—Respecto a eso... —Prómaco se frota el hombro izquierdo, dolorido de aguantar la pelta durante el combate—, creo que no estoy preparado para el ascenso. Es más: quisiera que me relevaras del mando que tengo ahora. Me siento más cómodo como simple soldado, señor.

—Eso me gusta, chico. —Ifícrates le clava una mirada profunda—. No confío en quienes ansían mandar. Prefiero a un general capaz e inconformista que a cinco inútiles satisfechos.

Nuevas risas. Más forzadas esta vez. Prómaco asiente. Ifícrates tiene fama de hombre justo, pero no es buena idea llevarle la contraria.

—Entonces será un honor continuar, estratego.

Ifícrates deja la copa en manos de su auxiliar y se ajusta el casco. Un modelo tracio, claro; con carrilleras y un penacho de pelo de caballo que le cuelga hasta la nuca.

—Tengo que ver a esos prisioneros, Prómaco, pero tú quédate y bebe un poco más. Te lo has ganado. Esta noche cenarás en mi tienda.

El estratego desciende la colina bajo la mirada respetuosa de su plana mayor. Lleva más de cinco años en Tracia como jefe mercenario para el rey Cotys. Y este se mantiene en el trono gracias a Ifícrates y sus peltastas, así que paga con largueza. Y no solo eso. Cotys incluso le entregó a una de sus hijas como esposa. Dos aldeas tracias fueron su dote.

—Hablas bien el griego, chico —le dice a Prómaco uno de los lugartenientes de Ifícrates, un eubeo llamado Teógenes—. ¿Detecto un acento eolio?

El joven saca pecho.

—Mi padre era tebano, señor.

—¿También sirvió con Ifícrates?

—No, señor. Fue con la expedición de los Diez Mil a Persia.

El eubeo entorna los ojos.

—Ah, era de esos...

—Se llamaba Partenopeo. Sirvió a las órdenes de Próxeno de Beocia. Cuando los Diez Mil volvieron de Asia, mi padre encontró una esposa tracia y prefirió quedarse aquí.

—Así que eres mestizo. Eso lo explica todo. —Mira de arriba abajo a Prómaco—. Hablas como un griego, pero luchas como un tracio.

—Mi padre no nos dejó mucho dinero cuando murió. No puedo permitirme la panoplia de hoplita.

Teógenes asiente mientras se retoca las escamas de bronce de su coraza. Señala a Ifícrates, que ahora se aleja rodeado de auxiliares hacia donde se congregan las tropas odrisias supervivientes.

—Él acabó con el orgullo de los hoplitas, chico. O eso dicen.

—Lequeo.

Lequeo. Ifícrates ha cobrado fama de gran militar en toda Grecia, y también en Tracia y el Helesponto. Pero su hazaña más sonada tuvo lugar hace trece años, durante la guerra de Corinto.

—Cuando lo de Lequeo, Ifícrates tenía veinte años, como tú. Supongo que por eso le caes bien. No te ha quitado ojo en toda la batalla. Y si te perdía de vista, preguntaba por ti. Sí, está claro que le recuerdas a él mismo cuando empezó con esta locura. Aunque Ifícrates, a tu edad, ya dirigía a los peltastas atenienses y era capaz de guiarlos a la victoria. Lequeo.

Prómaco conoce la historia, como todo el que lucha bajo las órdenes de Ifícrates. Por aquel entonces el ateniense, hijo de un simple zapatero, había conseguido por méritos propios el mando de los mercenarios del Helesponto. Su humilde origen no le daba derecho a mandar sobre los hoplitas y, pese a su habilidad y a su evidente inteligencia, nadie tenía mucha fe en él; por eso le habían asignado los dos mil peltastas. Soldados armados a la ligera, con escudos de mimbre y cuero, jabalinas y espadas cortas. Sin una sola pieza de armadura y con una esperanza de vida de medio suspiro frente al hoplita. Guerreros a sueldo, pagados con el dinero que los persas enviaban para ayudar a Atenas frente a la potencia invencible: Esparta. La machada de Ifícrates consistió en enfrentarse a una mora espartana cuando la sorprendió en campo abierto y sin apoyo de caballería cerca de Lequeo, el puerto de Corinto. Ifícrates fue tan frío como astuto, y aprovechó la velocidad de sus hombres para acosar a los orgullosos hoplitas espartanos. Seiscientos guerreros protegidos con pesados escudos de bronce. La victoria de Ifícrates llegó tras un lento y paciente acoso, pero marcó un hito.

—Derrotar a Esparta es algo reservado a los dioses. Quizás a los héroes antiguos —admite Prómaco—. Más aún con solo veinte años. Estoy muy lejos de parecerme al estratego.

Teógenes quita importancia al asunto con un gesto displicente.

—La gente habla mucho de lo que no sabe. Ifícrates no derrotó a Esparta. Aquel día murieron doscientos cincuenta espartanos, pero no se trataba de auténticos iguales, sino de laconios de baja condición. El resto de la mora eran auxiliares peloponesios y chusma perieca: pobres desgraciados de las ciudades doblegadas que sirven en el ejército espartano. Y los peltastas de Ifícrates, que los superaban en cuatro a uno, jamás se acercaron a ellos a menos de un tiro de jabalina. Fue una victoria admirable... si te gusta combatir como un cobarde.

Prómaco mira fijamente a Teógenes. Sabe que ese tipo jamás se atrevería a decir tal cosa ante Ifícrates. Su padre se lo había contado antes de morir: los griegos practican como nadie el deporte de la envidia. Si fuera disciplina olímpica, no habría corona más reñida.

—Vencer a doscientos cincuenta espartanos es propio de un dios —insiste.

Teógenes sonríe con media boca.

—Entiendo que admires a Ifícrates. Sobre todo ahora que él también te admira a ti. Pero no me dirás que eres de esos que admiran a los espartanos.

Prómaco aprieta los labios.

—Dime, señor: ¿tú has vencido alguna vez a uno?

Un solo criado se encargaba de servir el vino, ahora muy aguado. Llenó la copa de Ifícrates y se detuvo ante la de Prómaco, que le indicó con un gesto que no deseaba más.

El muchacho había aguantado el tipo con un éxito aceptable mientras los jefes griegos de la tropa mercenaria engullían buey asado, se emborrachaban a dolor y lo sometían a sus pullas de prohombres civilizados. Porque en aquel ejército a sueldo de un rey tracio, los tracios eran quienes, paradójicamente, ocupaban los puestos de más bajo rango. Los bárbaros que morían con el barro hasta las rodillas. Cuando Ifícrates consideró que Prómaco había soportado suficientes burlas, mandó que todos abandonaran la tienda menos el escanciador y el joven mestizo. Ahora Ifícrates también ordenó al criado que saliera. Una vez solos, se dirigió al muchacho:

—Te preguntas por qué estás aquí.

Prómaco tenía cierta idea, sobre todo tras haber hablado con el eubeo Teógenes. Aunque la admiración de un hombre hacia un muchacho podía adquirir diversas formas.

—Así es, señor. ¿Por qué estoy aquí?

Ifícrates vació media copa y se secó los labios con el dorso de la mano.

—Teógenes me ha dicho que habéis hablado. Él cree que me recuerdas a mí cuando tenía tu edad. Y tiene razón. Por eso te haré una pregunta, y quiero que me respondas con la verdad.

—Por supuesto, señor.

—¿Hay algo que te retenga aquí, en Tracia?

—Sí.

—Pues olvídalo. Debes irte lo más lejos posible.

El consejo sorprendió a Prómaco, que entornó los ojos. Intentó adivinar qué escondía la mirada del estratego, ahora tan afable como la que podría tener un padre para con su hijo.

—Esta misma tarde has decidido ascenderme, señor.

—Delante de esos, sí. Y tú has respondido como debías, así que tu honor está a salvo. Pero la batalla de hoy, ya lo has visto, ha sido una apuesta a los dioses. Tres de cada diez hombres a mis órdenes han dejado la vida en esa llanura. Uno o dos más morirán por sus heridas antes de que acabe la semana. Y después de semejante salvajada, muchos pedirán que los licencie y querrán volver a casa, a dejarse caer entre los brazos de sus mujeres para olvidar el horror. O a dar gracias por seguir vivos a algún dios bárbaro de nombre enrevesado. Unos pocos seguiremos, dispuestos para la siguiente. Esta vez han sido los tribalos. Es muy posible que los bitinios quieran aprovechar nuestras bajas antes de que nos recuperemos. O tal vez los que vean la oportunidad sean los crobycios. O los dardanios. El rey Cotys se ha ganado tantos enemigos que no hemos de preguntarnos si habrá más guerra, sino de dónde vendrá la próxima vez.

Prómaco, que escuchaba con atención a Ifícrates, se encogió de hombros.

—Bien. Somos mercenarios y el rey Cotys paga con largueza, ¿no? Disculpa, señor, pero siempre puedes contratar a otros hombres para suplir las bajas. Y dado que tenemos tantos enemigos, el trabajo está asegurado.

—Y la muerte también. Tarde o temprano, muchacho, morirás. Quizá muera yo antes. O no. Y moriremos con la bolsa llena, sí. Pero solo hace falta una moneda para cruzar al otro lado.

—Bueno, no es que me disguste la vida... —Prómaco sonrió con timidez—. Pero soy soldado, señor. Es lo que me enseñó mi padre y solo sé hacer esto.

—Hazlo entonces. Pero manteniendo el pellejo a salvo. Teógenes también me ha dicho que admiras a los espartanos. ¿Es cierto?

—No creo, señor, que exista un solo soldado que no los admire.

Ifícrates asintió despacio.

—La vida del espartano es dura, supongo que ya lo sabes. Y no me refiero a esa bazofia perieca con la que rellenan sus ejércitos. Hablo de los espartiatas de verdad. Esos que se llaman a sí mismos «iguales».

—Claro que lo sé. Mi padre me habló largo y tendido sobre ellos.

—¿Sabes, Prómaco, cuántos espartiatas mueren de viejos?

El muchacho enarcó las cejas. Aquella pregunta tenía una respuesta indudable.

—Pocos, naturalmente.

—Ya. Eso no te lo enseñó tu padre, supongo. La verdad es que salvo un puñado de ellos, los auténticos espartiatas viven muchos años. Con cicatrices por todo el cuerpo, desde luego; y sí, admirados por los guerreros del orbe desde Italia hasta Persia. Pero no hagas caso de las habladurías. Esos cabrones mueren en sus casas junto al Éurotas, rodeados por sus nietos y biznietos.

Prómaco se removió en la silla.

—No lo entiendo.

—Eso es porque no los has visto en pleno combate, muchacho. En realidad son muy pocos los que los han visto luchar. Sí, los ejércitos de Esparta están por todas partes. Cada verano, las lambdas de sus escudos aparecen por aquí o por allá. Pero se trata de la chusma de segunda. Ya te lo he dicho, periecos e ilotas libertos acompañados por un montón de peloponesios alistados a la fuerza.

»Y es curioso, porque cuando cualquier milicia griega tiene que enfrentarse a esas lambdas, es casi seguro que no llegarán a chocar. Antes de acercarse lo suficiente para ver el blanco de los ojos espartanos, cualquier griego dejará caer su aspís, dará la vuelta y correrá hasta su casa como un campeón olímpico. Ahora trata de imaginar, si es que puedes, qué pasa cuando son los auténticos espartiatas los que te plantan esa maldita lambda en las narices.

—Perdóname, señor, pero no sé adónde quieres ir a parar.

Ifícrates suspiró. Dejó la copa sobre un tablero en el que humeaban los restos de la cena. Se levantó y caminó hasta la entrada de la tienda. Miró afuera, al campamento plagado de fogatas. Las risas de los hombres se oían apagadas. Estaban alegres porque habían sobrevivido. Más aún tras ver el furor suicida con el que los tribalos les habían hecho pagar la victoria.

—Estoy seguro de que Teógenes te habrá explicado lo de Lequeo —habló sin volverse, con la vista puesta en las hogueras que convertían la llanura tracia en un mar de luceros—. Pero no eso que se cuenta cuando yo estoy delante, sino la verdad. Una verdad que yo mismo no llegué a comprender hasta años después. Porque aquel día, en Lequeo, no podíamos pensar en otra cosa que en nuestra proeza. Una mora de espartanos masacrada. Ja. De repente me había convertido en un héroe que apenas sabía enlazarse el casco. Nos sentíamos inmortales, ¿sabes?

»Te lo juro, en aquel entonces era tan joven y tan estúpido que lo creí de verdad. El gran Ifícrates. Qué orgullo para mi familia y para mi ciudad. Mi nombre junto a los de Alcibíades, Temístocles, Milcíades... —Se volvió con una sonrisa amarga—. Ninguno de ellos consiguió en su vida derrotar en campo abierto a los espartanos, así que incluso sentí que los aventajaba.

»Luego pasó el tiempo. Me di cuenta de lo ingenuo que había sido. Sobre esa farsa edifiqué lo que yo auguraba un futuro glorioso, siempre con las armas empuñadas. Ahora estoy aquí y mírame. No sé si mañana me atravesará una lanza. No sé dónde estaré el año que viene. No sé quién será mi enemigo. Solo sé algo con seguridad, y es que llegará el día de la derrota. Porque ese día, Prómaco, llega para todos. Para todos excepto para los espartanos.

»Te he observado. Tu forma de luchar y de cuidar de tus compañeros me llamó la atención en el río Axio, cuando los agrianos se rebelaron contra Cotys. Y cuando los getas llevaron aquella incursión hasta Kabyle. Sí, lo confieso: te miro y me veo. Por eso te he hecho venir esta noche. Para que no cometas el mismo error que yo.

Prómaco se levantó. Carraspeó antes de hablar.

—Señor, si he entendido bien, me sugieres que me una a los espartanos.

—Esparta es la guerra. Es también la victoria. Mi triunfo en Lequeo se convirtió en nada cuando los espartiatas de verdad embrazaron sus escudos y se decidieron a imponernos esta falsa paz que disfrutamos ahora los griegos. Los propios persas les siguen el juego. Así que ya ves: la hegemonía espartana es indiscutible. Pero necesita de hombres que la mantengan. Piénsalo. Jamás te faltará trabajo si luchas para Esparta. Antes de envejecer y contar a tus nietos de dónde viene cada una de tus cicatrices, alguien te dirá que el gran Ifícrates, por fin, fue derrotado. ¿Quién sabe? Tal vez incluso seas tú quien me venza.

»¿Qué me dices, Prómaco, hijo de Partenopeo? ¿Lo pensarás?

El joven estuvo a punto de decir la verdad al estratego.

—Lo pensaré, señor.

—Bien. ¡Bien! Pero no tenemos prisa. Ve ahora y reúnete con tus hombres. Felicítalos por su bravura y recordad juntos a los compañeros caídos. Mañana, tras la paga, partimos para Kypsela. Cotys organizará uno de esos grandes banquetes para mí, y me gustaría que vinieras. ¿Lo harás?

—Será un honor.

Prómaco salió. Y mientras recorría la llanura, pensó en la extraña charla que acababa de tener. Varias ideas peregrinas le rondaron la mente, pero una a una las desechó. No: el estratego no tenía razones para andarse con dobleces. Su intención era sincera. Tal vez incluso fuera cierto que le recordaba a él mismo en su juventud. Esa especie de añoranza imposible de lo que pudo ser y ahora jamás sería. Aunque había un factor con el que Ifícrates no había contado. Uno que marcaba la diferencia entre el joven ateniense que había vencido en Lequeo y la promesa mestiza que era Prómaco.

Una mujer.

2. Los misterios de la diosa tracia

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Los misterios de la diosa tracia

Con el final de la vendimia, los jóvenes tracios odrisios se entregaban a las exigencias de la diosa Bendis.

Su culto se había reavivado en los últimos años. Con la llegada de la prosperidad, muchos eran quienes habían empezado a despreciar los cultos griegos, que consideraban ajenos. Tracia no tenía nada que envidiar a Grecia, así que ¿por qué no recuperar las tradiciones auténticas?

Entre los nuevos señores odrisios, rescatar viejas costumbres no se veía bien. Aquello era volver a los antiguos tiempos, cuando los griegos miraban a los tracios por encima del hombro y se reían de sus ritos primitivos. Pero como los nostálgicos de Bendis eran los jóvenes hijos de los nobles odrisios, se hacía la vista gorda. «Cosas de críos», decían.

Muy cerca de Kypsela, la capital del reino, se elevaba el santuario de Bendis. Apenas un círculo de piedras entre los árboles, en un altozano desde el que podía contemplarse la ciudad, la inmensa llanura fértil y, más allá, las aguas tranquilas del ancho Hebro, que discurrían en busca del mar Egeo.

Prómaco había pasado por su casa, una humilde construcción adosada a la muralla oeste, y había dejado allí sus armas y la paga por la campaña. Apenas había saludado a su madre, que desde la muerte del esposo se limitaba a perder la mirada en los hilos con los que tejía, como una Penélope que jamás vería regresar a su Odiseo. Prómaco no podía soportarlo. No después de haberla conocido lozana, jovial como eran todas las tracias.

Había una escena que recordaba especialmente. Prómaco era un niño y por toda la ciudad corría la noticia: las tropas mercenarias volvían de la campaña veraniega. «Ahí llega tu padre», le decía su madre, y lo alzaba bien alto para que pudiera verlo. Hasta que, un día, los demás guerreros se reunieron con sus familias mientras Prómaco y su madre esperaban. Y esperaban. Y él se quedó mirándola. Vio que sus pupilas se volvían transparentes, su cabello encanecía y el alma se le secaba. Como si toda su capacidad de amar se hubiera agotado y ahora solo pudiera penar.

Prómaco temía que el germen de esa locura fuera parte de su herencia, como había heredado los ojos grises de la muchacha tracia que había sido la madre. También tenía el mismo pelo rubio que ella, aunque el hijo solía recogerlo en una corta trenza. Ahora no. Ahora ese cabello claro caía libre a los lados de su rostro. Un rostro agraciado al que la barba trigueña aportaba una falsa madurez.

Las flautas se oían desde mucho antes de afrontar la subida, y por las faldas de la colina se encendían las primeras fogatas. En las laderas, algunos borrachos dormitaban medio desnudos, tal vez ahorrando fuerzas para gastarlas en la noche que ya se les echaba encima. Los kylix pasaban de mano en mano, y las parejas empezaban a dejarse arrastrar por la lujuria. Prómaco esquivó a un par de muchachas disfrazadas de varones que le proponían acompañarlas a la espesura. Ambas quedaron atrás, defraudadas, y se dispusieron a buscar a otro voluntario con el que sofocar su ardor.

En la cima, varios jóvenes sentados se balanceaban en torno a una hoguera, alternando los susurros con las risas. Alguien había desparramado semillas de cáñamo, y el humo blanco flotaba en jirones, se agarraba a las piedras antiguas y a las ramas bajas de las vides. Sobre un tocón había un banquete despreciado. Higos, uvas y vino que ahora goteaba sobre la alfombra de hierba. Los comensales se revolcaban a ojos de los demás; algo imposible de ver en cualquier otro momento del año, pero no ahora, cuando se celebraba el final del estío bajo la divina mirada de Bendis. Durante ese día y, sobre todo, a lo largo de la noche, se renegaba de las impurezas. Se purgaba el alma para que la limpieza fuera total. Eran muchos los que se travestían, otros se reunían para danzar a la luz de la luna y embriagarse hasta caer rendidos o fornicar con cuantos pudieran; algunos se entregaban a las perversiones más oscuras. Pero nada podía salir de allí. Los secretos de la noche de Bendis eran sagrados bajo pena de maldición divina, y las sacerdotisas de la diosa eran las guardianas de esta máxima.

Veleka era una de esas sacerdotisas.

Prómaco la vio en medio del círculo de piedras, junto con sus compañeras de sacerdocio. Danzaban al son de los címbalos que llevaban sujetos con correas de piel. Eran siete, vestidas con túnicas cortas y muy finas, casi transparentes. Cuando la esfera del sol se ocultara y la oscuridad se adueñase del santuario, los flautistas se precipitarían en una melodía monótona y vertiginosa hasta el frenesí, y las siete sacerdotisas de Bendis cumplirían su rito secreto.

Veleka lo vio entonces. Su rostro se iluminó, aunque no dejó de bailar. Agitó su cabello rubio y largo y se mordió el labio. Le prometió con la mirada que pronto se reuniría con él. Prómaco se apartó, como el resto de los curiosos. La culminación de la ceremonia era secreta, reservada solo a los iniciados en los ritos de Bendis. Tomó asiento sobre un tocón y encendió una pequeña hoguera. Frente a él, el cielo se teñía de rosa y el Hebro reflejaba las últimas luces del día. Su cabeza voló hasta la pasada reunión con el estratego Ifícrates. Sonrió. Allí, en ese monte dedicado a la diosa lasciva, estaba la razón por la que él no podía abandonar Tracia. Veleka.

Como todas las sacerdotisas de Bendis, Veleka era hija de un noble odrisio. Bryzos, primo del rey Cotys y uno de sus hombres de confianza. La había conocido el verano pasado, justo en aquel mismo festival de purificación juvenil. Casi parecía mentira que llevara un año enamorado de aquella joven de ojos azules y pacientes; una belleza tracia, frágil, casi triste. Había pensado en ella durante toda la campaña tribala. Había soñado cada noche que quien dormía a su lado era Veleka, y no aquel montón de soldados rudos y fatigados.

Arriba, los alocados sones de las flautas y los címbalos cesaron. El manto oscuro que venía de oriente se extendió y los misterios de Bendis limpiaron los pecados tracios.

Sus cuerpos todavía sudaban. Habían hecho el amor sin concesiones. Casi demasiado deprisa. Aunque quedaba noche para tomárselo con calma.

Veleka, echada sobre Prómaco, sentía el calor de la fogata a su lado. Los ritos del misterio la obligaban a beber para conectar con Bendis, escuchar a la diosa y ver sus revelaciones; ahora, embriagada a partes iguales por el vino y por el amor, casi cedía al dulce letargo. Cerró los ojos y sonrió mientras su cabeza subía y bajaba al ritmo al que él respiraba. Quiso retener el momento. El leve dolor entre los muslos. Las marcas de sus labios en el cuello, en los pechos, en el vientre. El olor al mosto joven y la humedad que flotaba desde el Hebro.

—Te he traído algo.

Veleka levantó la cabeza. De entre sus ropas, arrojadas junto a la hoguera, Prómaco sacó un bulto atado a una cuerdecita.

—¿Qué es?

—Era de un tribalo. Un amuleto, creo.

Ella tomó la bolsita de cuero y la agitó. La miró con aprensión. Su dueño le había pintado una irregular línea roja alrededor, seguramente para distinguirla de otros fetiches.

—¿Se la quitaste a un muerto?

—Sí. Era un hombre joven. La llevaba colgada del cuello y su mano la apretaba con fuerza. No tengo ni idea de por qué, tal vez su amada se la dio para que la suerte le acompañara.

El gesto de Veleka, dichoso un momento antes, se ensombreció.

—Pues no le trajo mucha suerte.

—Pero a mí sí. Yo lo maté.

—Los amuletos no se quitan, Prómaco. Si no se regalan, no sirven de nada.

—Bah. Deja de quejarte y póntelo.

La muchacha se incorporó y se pasó el cordel por la cabeza. A la luz de la fogata, el trazo rojo del amuleto refulgió entre los pechos brillantes de sudor. Ocultas por las vides, las parejas emitían gemidos de goce, los flautistas retomaban sus melodías y los misterios de Bendis se extendían por la tierra.

—No sé, Prómaco... Tal vez deberías llevarlo tú. Si ha funcionado una vez...

—Nunca me han hecho falta amuletos. Buenos compañeros y un kopis afilado. Es todo lo que necesito. Y a ti te vendrá bien ahora, cuando le digas a tu padre que te vas a casar con un mestizo de sangre griega. Será como entrar en combate.

Ella permaneció en silencio. Dio vueltas al saquito de piel entre los dedos.

—Hay algo que has de saber, Prómaco.

A él no le gustó cómo había sonado eso. Se apoyó sobre los codos.

—¿Es que ya se lo has confesado?

Veleka le puso un dedo sobre los labios. Sus ojos claros reflejaban las llamas, tal vez más de lo normal. ¿Sería por el vino y por la lujuria?

—No debería decirte esto. Los arcanos de la diosa no se pueden revelar a los no iniciados, y menos aún a quien, como tú, no es tracio de pura sangre.

—Ah, se trata de algún augurio. Me habías asustado.

—Yo también estaba asustada antes de esta noche. Pero después de la danza, cuando hemos hecho el sacrificio sobre el fuego sagrado, he visto a la Gran Madre y me ha hablado del destino. Ocurre a veces, ¿sabes?

—Claro. ¿Es bella la diosa?

—Mucho. Tanto que duele.

—¿Y qué te ha dicho?

Veleka tomó aire antes de continuar. Desnuda ante el fuego, a Prómaco se le antojó la propia Bendis encarnada. Pálida, misteriosa y tan ligera como la niebla.

—«Hallarás tu amor en tierra extranjera y con un hombre extranjero.» Eso me ha dicho.

Él guardó silencio mientras lo pensaba. Las llamas crepitaban, hacían bailar las sombras alrededor de la joven tracia. Dibujaban sus formas redondas. A muy poca distancia, una muchacha soltó un largo quejido de placer. Prómaco miró hacia el origen del sonido y los vio a la luz de la luna. Estaban sentados sobre un tocón, ella sobre él. La cabellera rojiza de la joven tracia se mecía con la suave brisa que llegaba del Hebro. Sintió que su deseo se reavivaba. Se volvió hacia Veleka y acarició su melena, sus mejillas. Pasó los dedos sobre sus labios y los deslizó por la barbilla.

—Hace unos días, cuando formamos frente a los tribalos, temí morir.

—Todos los soldados tienen miedo antes de luchar, Prómaco. Solo los necios no temen.

—No es eso. No era la muerte lo que me asustaba. Era el no volver a verte. A tocarte.

—Pues estás vivo. Yo estoy viva. Y la diosa quiere que nos toquemos.

Prómaco vio en sus ojos el anhelo de su juventud. El ansia por el reencuentro tras la batalla a vida o muerte. El bálsamo contra el miedo de la ausencia. Tal vez fuera efecto de los filtros mistéricos, pero Veleka parecía poseída por una fiebre que contagiaba a Prómaco, así que se inclinó sobre ella y se dejó envolver por el misticismo. El destello de la hoguera desapareció cuando sus labios se tocaron. Y mientras se besaban, se apagaron los gritos de placer de los demás jóvenes. La ladera pertenecía solo a Veleka y a Prómaco. La montaña sagrada, la propia Tracia..., el mundo entero se esfumaba mientras sus lenguas reptaban sobre la piel del amado o los dientes mordían los pechos de la amada. El mestizo rodeó la cintura de la sacerdotisa, la apretó contra sus músculos curtidos en batalla. Ella pasó los dedos por las cicatrices de la espalda ancha, se agarró a los hombros y cruzó los pies tras Prómaco. Dejó que sus aguzados pezones rozaran el torso mestizo. Le rogó al oído que se metiera en ella y derramara su simiente. Él no se hizo esperar. Arrancó a la joven tracia un corto chillido, y luego otro. Y otro. En pleno frenesí, la vio en su mente en plena danza ritual. Unida a sus compañeras en los ritos delirantes del misterio divino. De poseer a la mujer, había pasado a poseer a la sacerdotisa y, de ahí, a la propia diosa. Era la saliva de Bendis la que saboreaba. Al lamer sus labios captó matices de vino y miel. Descubrió que la ceremonia secreta se le revelaba. Que nunca volverían a ser tan jóvenes y a estar tan desesperados. Era la propia madre tierra quien exigía el tributo del amor, y el padre cielo el que vigilaba para que se consumara el sagrado ritual. Y ambos cumplieron como devotos siervos de la divinidad. Prómaco se envaró en un último envite y Veleka clavó sus uñas hasta desfallecer. Entonces el mundo renació a sus sentidos, poco a poco se desvaneció el hechizo de Bendis.

Esta vez se habían tomado su tiempo. Tanto, que la hoguera estaba a punto de apagarse. Seguían entrelazados sobre la hierba, con el coro cercano de otras parejas que se entregaban a la purificación de la diosa. La brisa del Hebro provocó un escalofrío al joven mestizo al tiempo que recordaba el oráculo. Ahora, con el deseo satisfecho, complacer a Bendis no parecía tan importante.

—Es curioso. El estratego Ifícrates me aconsejó irme de Tracia. Le prometí pensarlo, pero ni tenía intención de hacerlo entonces ni la tengo ahora. No me alejaré de ti. Y ahora tu diosa te ofrece ese oráculo absurdo.

Veleka lo miró a los ojos. El azul tracio chispeó de furia un corto instante.

—La diosa no habla en vano. Nunca.

—No en cuanto a tu amor extranjero. Está claro que ese soy yo, a quien los griegos consideran bárbaro y los tracios tomáis por griego. Pero ¿en tierra extranjera? Si creyera en Bendis, no me quedaría más remedio que asustarme. Por cierto, has dicho que tú también estabas asustada antes de oír las palabras de la diosa. ¿Por qué?

—Pues porque hace una semana, mi padre anunció que quiere negociar mi matrimonio con un noble odomanto. Se lo ha pedido el rey Cotys.

El sobresalto de Prómaco sorprendió a Veleka.

—¿Qué? ¿Y lo dices tan tranquila?

—Ya te he dicho que mi felicidad está en tierra extranjera y con un hombre extranjero. Los odomantos son tan tracios como yo. No entran en los planes de la diosa.

—No puedo creerlo. —El joven se puso en pie y recobró sus ropas—. He de hablar con tu padre.

—¿Adónde vas? Mi padre es de sangre real. No te recibirá así como así. Y ya te he dicho que no me casaré con el odomanto. La diosa Bendis...

—Ifícrates es griego y yerno del rey. Si él pudo casarse con una princesa tracia, ¿por qué yo no?

—Deja las cosas como están, Prómaco. —Veleka también se puso en pie, pero no intentó cubrir su desnudez—. Se arreglarán solas.

—No. —Él terminó de vestirse—. Mañana hay banquete en el palacio de Cotys con toda la nobleza odrisia para celebrar la victoria sobre los tribalos. Estoy invitado, así que no me resultará difícil hablar con tu padre, o incluso con el rey.

Veleka trató de retenerlo, pero él ya se lanzaba colina abajo.

—Pero eso es mañana... ¿Por qué te vas ahora?

—¡Tengo que ver a Ifícrates! ¡Él será mi valedor!

Si hubiera que buscar un adjetivo para describir el palacio de Cotys en día de fiesta, sin duda habría sido este: excesivo.

Cotys se consideraba hijo de Febo Apolo, de modo que las figuras del dios abarrotaban cada sala. Había apolos con liras, apolos flechadores, apolos con hachones, apolos desolladores de sátiros, apolos con ciervas, con leones, con serpientes... En el salón del trono, justo tras el recargado asiento del rey, había un enorme Apolo auriga, con el carro y los cuatro caballos incluidos. El banquete iba a ofrecerse allí, bajo la mirada atenta del dios y sobre una larga mesa. Los criados ya colocaban los platos, los cuencos y algunas bandejas. Pero el rey pasaba la mañana ajeno a los preparativos. Su atención estaba puesta en el patio que dominaba desde un amplio ventanal. Cotys se hallaba rodeado de los nobles más importantes de la Tracia odrisia, que eran a la vez sus parientes cercanos.

Y hacia ese grupo se dirigían Ifícrates y su protegido. El ateniense desgranaba una retahíla de consejos a Prómaco mientras pasaban junto al Apolo conductor de carros.

—No hables hasta que él no te hable. No lo mires a los ojos fijamente o lo considerará un desafío. No te asustes si te amenaza: lo hace siempre con todos. Pero no te tomes en broma lo que diga. Mientras sea posible, deja que yo me encargue.

Prómaco asintió nervioso. Habían atravesado juntos los múltiples filtros de seguridad compuestos por los integrantes de la caballería tracia, con sus corazas labradas y sus botas altas. No había nada tan honorable en Tracia como montar a caballo. «La tierra, de Argos —decían los poetas—; la mujer, de Esparta; la yegua, de Tracia.»

Ifícrates y Prómaco vestían al modo odrisio: túnica sin mangas y manto con solapa. Cruzaron el salón, el estratego ligeramente adelantado, y se detuvieron a una distancia prudencial para no resultar indiscretos ante la conversación de los nobles. De repente, un bramido desgarrador cortó el aire.

Venía del patio al que miraban los tracios, y estos lo recibieron con risas burlonas. Ni Ifícrates ni Prómaco podían verlo desde su posición.

—Los prisioneros tribalos —adivinó el estratego—. Los están torturando ahí abajo.

Había hablado en voz baja, pero no suficiente. Cotys se volvió y mostró los dientes en una sonrisa lobuna.

—Mi querido yerno.

El rey de los odrisios se acercó para abarcar al ateniense en un fuerte abrazo. Prómaco observó de reojo la voluminosa figura de Cotys, su melena roja recogida en un moño, la barba muy poblada, de cerdas rígidas y aceitosas. Los ojos pequeños y de un azul gélido. Sacaba una cabeza a Ifícrates y pesaba dos veces más. Eso sin sumar el oro que colgaba de su cuello y sus muñecas. Tal vez contara unos cuarenta años, aunque siempre resultaba difícil calcular la edad de un monarca tan dado a los excesos. Ifícrates le devolvió el abrazo con timidez.

—Mi rey, aquí estoy por fin.

—Desde luego. Lo has hecho muy bien, como siempre. —Cotys palmeó los hombros del griego con fuerza—. Y tengo que agradecerte el detalle. —Señaló a su espalda con el pulgar—. Descuartizar a media docena de tribalos me abrirá el apetito.

Remató la frase con una carcajada estentórea que los demás nobles tracios se apresuraron a corear. De fondo, otro grito de dolor se alzó sobre las risas. A Prómaco se le heló la sangre.

—La frontera norte está segura, mi rey —dijo Ifícrates en un tono aséptico—. Los tribalos no volverán a atacarte en años.

—Justo lo que esperaba de ti, yerno. Victoria tras victoria. Lo he estado pensando y creo que ya puedo decirlo: no me quedan enemigos. Sin contar a esos cabrones espartanos, claro... Pero ¿qué me dices de los demás tracios? Ni siquiera unidos me superarían. Bah, no son rivales para mí. ¿Sabes qué? Cada vez me apetece más hacerme con una de esas ciudades griegas de la costa. Sí, puede que a tus paisanos atenienses no les sentara bien, pero ¿qué se les ha perdido a ellos aquí? Por Zalmoxis que no está bien comer del plato ajeno. ¿Qué me dices, yerno? ¿Te atreverías a provocar a tu patria? ¿Atacarías una colonia ateniense?

—Ya sabes a quién soy leal, mi rey.

—¡Al maldito dinero, como todo mercenario!

Ifícrates rio con Cotys y sus nobles.

—Me refería a ti, por supuesto. Aunque hemos tenido bajas, mi rey. Me temo que necesitaré reemplazar a los caídos antes de iniciar otra campaña...

Un nuevo alarido interrumpió al ateniense. Cotys hizo un gesto de disgusto.

—Ah, eso lo discutiremos mañana. Hoy toca divertirse. ¡Mataré a quien me estropee la fiesta! —Señaló a Ifícrates con un dedo rechoncho—. Y eso te incluye a ti, yerno.

Nuevas carcajadas con coro de la nobleza tracia.

—Nada de hablar de futuras guerras entonces, mi rey. Pero permíteme presentarte a este valiente que se batió por ti como un león. ¿Qué digo? Como una manada entera de leones.

Ifícrates se hizo a un lado, Prómaco se esforzó por disimular el temblor. Cotys entornó los ojos.

—Muy joven. ¿Cómo te llamas, chico?

—Prómaco, mi rey. Hijo de Partenopeo.

Aquello pareció sorprender al tracio.

—¿Eres griego? No lo pareces.

—Mi padre era beocio, mi rey. Mi madre es odrisia.

—Ya. Lo afeminado de tu acento delata tu sangre griega. No serás de esos, ¿eh? No me caen bien los invertidos. Si me entero de que lo eres, te mandaré empalar.

Prómaco no supo qué responder. En el patio, un prisionero tribalo lanzó un grito burbujeante que se apagó poco a poco. Prómaco palideció más aún, y eso hizo gracia a Cotys, que rompió a reír de nuevo. De pronto cortó su carcajada y se dirigió a Ifícrates.

—Recuérdame que premie a este mestizo, yerno. Pero luego, cuando haya bebido. Sobrio soy más bien tacaño.

Otra tanda de risotadas. Ifícrates miró de reojo a Prómaco y le pidió paciencia con un gesto casi imperceptible.

—Mi rey, como suegro mío que eres, aunque en realidad te amo como a un padre, quisiera pedirte algo. No para mí, sino para este bravo muchacho.

Cotys arqueó las cejas.

—No sé si vas por el buen camino al compararme con un padre, Ifícrates. Tengo tres hijos, y cada uno es más infame que el siguiente. Cualquier día uno de ellos me apuñalará, y así podrá reinar hasta que otro de sus hermanos lo liquide. Tengo claro que el último en sucederme será quien goce de más larga vida.

—No me cansaré de repetirlo: cuentas con toda mi lealtad. Eres muy generoso conmigo.

—Basta de adularme, Ifícrates. Suelta lo que hayas venido a mendigar o te castigaré. En lugar de buey y cordero, soy capaz de darte a comer las entrañas de esos tribalos hijos de perra.

La amenaza se vio rubricada por otro rugido de sufrimiento en el patio. El ateniense sonrió azorado.

—Prómaco tiene un ruego. Sabe de tu grandeza, y ha pensado en recurrir a ti para pedir la mano de una joven tracia. Es de sangre noble.

Cotys se hizo el sorprendido.

—¿Un griego casado con una noble tracia? ¿Dónde se ha visto tal cosa? —Volvió a mirar a Ifícrates—. Creo que te he acostumbrado mal, yerno.

El ateniense lo consideró una broma y tomó por buena la reacción. Era el momento de que Prómaco interviniera, así que, con la mirada, le invitó a tomar el protagonismo.

—Mi rey... —balbuceó el muchacho—. Hay una muchacha... Es sacerdotisa de Bendis.

Cotys gesticuló como si oliera a podrido.

—Ganas me dan de prohibir esa secta. La juventud nunca está contenta. Ni cuando tiene razones para ello. ¿Y bien? ¿Qué pasa con la muchacha?

—Pues, no sé cómo decirte... Jamás aspiraría a alcanzar al noble Ifícrates en prestigio, pero permíteme que lo ponga como ejemplo: le entregaste a tu propia hija como esposa. El estratego me ha ofrecido el mando en batalla... —Pidió la confirmación del ateniense, que asintió con firmeza—. No me juzgues por mi sangre griega, mi rey. Mi madre es tracia y yo amo esta tierra... Lo he demostrado en combate y... Bueno...

—Chico, espero que luches mejor que hablas, porque me estás aburriendo. Y cuando me aburro, me enfado. Pero si hablas de una acólita de Bendis, acabaremos por saber quién es. Todas las falsas sacerdotisas de la diosa son nobles. Mira, aquí tienes al padre de una de ellas. ¡Bryzos, acércate!

Uno de los tracios, que había seguido en silencio la conversación, se separó del ventanal. Se aproximó con los ojos entrecerrados. Prómaco tragó saliva.

—Eres sabio, mi rey. La verdad es que te estoy hablando de Veleka, la hija del noble Bryzos.

Este intervino:

—¿He oído bien? ¿Un mercenario mestizo se atreve a cortejar a mi hija pequeña?

—Eso parece —convino Cotys con sorna.

Aquello no iba como Prómaco esperaba. Su gesto de ruego no pasó desapercibido para Ifícrates, que dio un paso al frente.

—Noble Bryzos, permíteme recordarte la larga costumbre tracia. ¿No es cierto acaso que Seutes, el padre de nuestro rey Cotys, ofreció a una de sus hijas al griego Jenofonte cuando los Diez Mil volvieron de Asia y se quedaron para ayudar a los tracios? ¿Y que muchos años antes, el rey Oloro dio a su amada hija Hegesípila en matrimonio al ateniense Milcíades? ¿Podemos negar que yo mismo sea el esposo feliz de una princesa odrisia? ¿Cuántos beneficios se han desprendido de esta tradición bendecida por los dioses del norte y del sur?

Cotys no abandonaba su sonrisa sardónica.

—Primo Bryzos, no te dejes embaucar por la palabrería. Ya sabes cómo son estos atenienses: la única manera de callarlos es meterles una jabalina por la boca. Pero esta discusión me irrita. Verás, Ifícrates, la hija pequeña de Bryzos... Veleka se llama, ¿no? Bien, pues la chica, como algunas otras en edad casadera, entra en mis planes para asegurarme la fidelidad de los odomantos. Son unos necios orgullosos, pero los necesito para defender la frontera oeste y, sobre todo, para que no se les ocurra aliarse con los peonios o los ilirios. Está hablado, no puedo hacerles ahora el feo de echarme atrás. ¿Qué se diría de mí si no cumpliera mis compromisos?

Ifícrates hinchó los pulmones. La mirada que echó a Prómaco no era difícil de interpretar. Este se desesperó.

—Os lo ruego a ambos. Mi rey, estoy seguro de que hay otras muchachas que podrás mandar a los odomantos... Noble Bryzos, ¿por qué no hablas con Veleka? Sé que es tu hija más joven y la quieres. ¿Has pensado que...?

Bryzos cortó el parlamento del muchacho con un ademán de impaciencia.

—Basta. ¿Cómo te atreves? Los tracios no somos ya como aquellos desarrapados que ofrecían sus hijas a cualquier vendedor de pescado. ¿Acaso no has oído lo que ha dicho el rey? No tenemos rival. Deberías mostrar un poco de respeto. ¿Mi hija casada contigo? ¿Con un mestizo que lucha a sueldo para tener unas botas remendadas? Antes se la vendería a un escita.

Un chillido de dolor extremo entró por el ventanal. Cotys se volvió molesto. Se encogió de hombros antes de lanzar una última mirada de desprecio a Prómaco.

—Habéis conseguido que me pierda el espectáculo. Id ahora y tomad asiento. Pronto empezará el banquete. No quiero oír hablar más de esa chica, ¿entendido? Yo mismo cortaré la lengua del que me contradiga, sea griego, tracio o mestizo.

Ifícrates había arrastrado a Prómaco fuera del salón. El muchacho quiso volver, caer de rodillas y rogar a Cotys, pero el estratego lo impidió.

—Ya has oído al rey. Lo he visto despellejar vivo a más de uno por menos de lo que hemos hecho hoy. No tientes a las Moiras, chico.

—¿Y si esperamos a que estén borrachos? Beberán durante el banquete. Tal vez entonces sea más fácil convencerlos.

—Ni hablar. Escúchame bien: a partir de ahora, esos puercos tracios solo me oirán darles la razón.

—¿Qué?

—Lo que oyes. Les diré que las Erinias te han derretido los sesos, o que la lucha contra los tribalos te ha desequilibrado. Desde este momento no pueden pensar que tú y yo estamos de acuerdo. —Aferró los hombros de Prómaco, que ahora lo miraba incrédulo, con los ojos brillantes y el temblor metido en el cuerpo—. Y te explicaré por qué:

»¿Recuerdas lo que te aconsejé el otro día tras la batalla? ¿Acaso no te indiqué cuál debía ser tu camino?

»Esto es lo que harás, porque sé que de lo contrario acabarás peor que los desgraciados tribalos a los que están despedazando para diversión de mi suegro:

»Tomarás a esa muchacha, Veleka. Irás a buscarla, esta noche mejor que mañana. No le cuentes a nadie que vas a hacerlo, ni dejes recado ni expliques adónde vas. Ni siquiera a tu madre. ¿Comprendes? No cargues con nada que no sea imprescindible. Deja aquí tus armas. Solo huye con esa tracia.

»A mil quinientos estadios, en la Calcídica, está Olinto. Los olintios se han pasado de listos, como parece ocurrir mucho últimamente. Se han atrevido a formar una liga y a conquistar algunas ciudades griegas de Tracia. Se han atrevido incluso con Pela, la capital de los macedonios. La Calcídica y Macedonia no entran aún en los planes de Cotys, pero hay alguien que no puede consentir la hegemonía olintia al norte del Egeo: los espartanos.

»Esparta mandó un ejército contra Olinto hace dos años. Una chusma de segunda, ya sabes: periecos y aliados peloponesios. Los comandaba un espartiata, eso sí. Un tal Teleutias. El caso es que los olintios se sacaron una treta de la manga y consiguieron matarlo. Como respuesta, uno de los reyes espartanos marchó el año pasado sobre Olinto. Allí está ahora, asediando la ciudad y ofreciendo buena paga a los mercenarios que se quieran alistar para ayudarles.

»Al final seguirás mi consejo, ya ves. Yo mismo te financiaré, aunque te juro que te cortaré el cuello si alguien se entera de que el dinero que gastas es mío. Te llevarás a tu tracia hasta la Calcídica y te ofrecerás como peltasta para esos melenudos del Peloponeso. Te alejarás de aquí, vivirás más tiempo y, ¿quién sabe? Quizás hasta consigas ser feliz.

3. La jauría

3

La jauría

Olinto llevaba un año bajo asedio.

Sitiar una ciudad no era algo que hiciera disfrutar a los espartanos. Para ellos, la única guerra honorable era la que se libraba en campo abierto, línea frente a línea, hombre contra hombre. Pero la necesidad les había obligado a aceptar que, para rendir a un enemigo que renunciaba al honor, era necesario bloquearlo. Reducirlo por hambre y enfermedad. Aun así, los asedios eran tan repugnantes a ojos espartanos que, en cuanto tomaban una ciudad, la obligaban a derribar sus murallas. Esparta misma carecía de ellas. Licurgo, el antiguo legislador, lo había dejado claro: «Una ciudad está bien fortificada cuando la guarnecen hombres, no piedras.»

Prómaco y Veleka caminaban en silencio desde el puerto convertido en arsenal, a menos de quince estadios de la ciudad sitiada. Las naves peloponesias abarrotaban el golfo y, tierra adentro, las tiendas de los mercachifles eran casi tan numerosas como las de los soldados. Los dos jóvenes habían desembarcado de un navío ateniense que hacía la ruta desde el Ponto con un cargamento de trigo. El armador, un tal Melobio, había accedido a recogerlos en Ainos, en la desembocadura del Hebro, donde los mercantes solían hacer escala. Su natural curiosidad, tan propia de un comerciante y más si era de Atenas, le impelía a preguntar qué pintaba aquella muchacha tracia, delicada y bien vestida, con un tipo que —se notaba de lejos— era mercenario. Solo la mención de Ifícrates y una nada despreciable cantidad de plata habían hecho que tanto el armador como los marineros cerraran la boca y miraran para otro lado. Aun así, la travesía a lo largo de la costa tracia fue insufrible para Veleka. «La mar no es sitio para mujeres», decía Melobio. Los dos jóvenes callaban. Ella porque apenas entendía la lengua griega, él por no hacer la situación más difícil.

Ahora Veleka arrastraba los pies, agradecida al notar tierra firme bajo ellos, pero con la desesperanza pintada en el rostro. Se alejaban del puerto, donde el armador Melobio y sus marineros pasarían un par de días antes de seguir hacia Atenas. Ante los dos jóvenes, el campamento de asedio se extendía inmenso, lleno de columnas de humo, tan multicolor como una fiesta. Centenares de carros se apiñaban junto a las empalizadas, tiendas de todo tamaño y hechura, grupos de hombres y perros famélicos. Hasta los críos de las aldeas cercanas venían al campamento a rosigar sobras o sacar los cuartos a los mercenarios.

—No me gusta esto, Prómaco. Tengo miedo.

—No temas. Ya verás como muchos soldados traen con ellos a sus... esposas. Espera. —Se detuvieron para que él pudiera ajustarle el velo—. Mejor que no se te vea la cara.

Eso no contribuyó a tranquilizar a la tracia. Al contrario. En un arrebato, tiró de la prenda y se descubrió la cabeza por completo. Las trenzas casi deshechas cayeron sobre los hombros.

—¿No dices que no tema? Prómaco, te lo repito: no fue buena idea. Yo habría convencido a mi padre. La diosa no engaña. Esto es una estupidez. El rey Cotys habrá mandado gente a buscarme. Creo que la culpa es de este amuleto que me diste. No se quitan los amuletos, Prómaco. Mala suerte, mala suerte, mala suerte...

El muchacho resopló. A la altura de Tasos, una agria discusión los había llevado a no dirigirse la palabra durante dos jornadas. El ateniense Melobio los observaba y negaba taciturno. Prómaco solo se había decidido a abandonar su obstinación para consolarla cuando la vio llorando sobre la borda y mirando al horizonte. Pero aquello no iba como él esperaba. Dejó el pesado fardo en el suelo, recogió el velo antes de que la brisa marina lo alejara y, con toda la delicadez que pudo reunir, envolvió la cabellera rubia de Veleka.

—Te pido que confíes en mí. Ya te lo expliqué en Kypsela: esto no contradice a la diosa. Quizás ella sabía ya que tu padre se negaría a lo nuestro y que tendríamos que irnos. Por eso encontrarás la felicidad lejos. Y conmigo.

Veleka se mordió el labio. Miró al conglomerado de tiendas, al ir y venir de gente, a las fogatas de campamento y los espetones de carne. Más allá, Olinto ocupaba una tímida elevación. Sus murallas parecían sólidas. Capaces de resistir siglos.

—¿Qué haremos ahora?

—Comprar armas. Con el dinero de Ifícrates tendré de sobra para algunas jabalinas, una pelta y un casco. Después me presentaré a los espartanos y nos instalaremos.

—¿Vamos a vivir en una tienda? ¿Sin esclavos?

—Solo por unos días. —Sopesó la bolsa que colgaba de su cintura—. Está bien, te compraré una esclava. Seguro que aquí hay mercado... Y no te preocupes, que encontraremos un sitio donde instalarnos cuando esta campaña acabe. El Peloponeso será lo mejor. En Esquirítide, tal vez. Ifícrates dice que es buena tierra. Cuando el ejército espartano sale de campaña, siempre pasa por allí. —Le acarició el rostro a través del velo—. Imagínate. Tú me despedirás cuando yo me una a las tropas y, al volver, te traeré regalos. De Corcira, de Tesalia, de Argos... Te llenaré la casa de criados.

—Y estaremos juntos —claudicó Veleka por fin.

—Sí. Eso es lo que importa de verdad. Juntos tú y yo.

La tropa mercenaria era la que trabajaba en los fosos y empalizadas que circundaban Olinto, y la que recorría en barcas el río que flanqueaba la ciudad. También había periecos de las regiones limítrofes de Laconia. Estos se pavoneaban como si fueran auténticos espartiatas. Paseaban las lambdas de sus escudos por todo el campamento, aunque no hubiera peligro de enfrentamiento. Se dejaban el pelo largo, imitaban el discurso breve y cortante de sus amos e incluso hablaban de Esparta como algo suyo. Solo había un detalle que permitía distinguir a los iguales espartanos del resto de la chusma. Ellos, los espartiatas de verdad, lucían sin excepción sus barbas puntiagudas con el labio superior afeitado. No permitían que nadie más lo hiciera. Era su marca. La forma de reconocerse y de alardear de su raza invencible.

Prómaco los vio pasar. Eran tres, y se acercaban alineados, con sus típicos bastones de espartiata en forma de T, la barbilla arriba, la mirada puesta al frente. Los exomis escarlatas dejaban sus hombros diestros al descubierto. La gente se apartaba. Todos les regalaban miradas de respeto, y los que no eran griegos hacían reverencias.

—Mira, Veleka. Son ellos.

La joven sujetaba el velo contra su boca para que el viento no descubriera su rostro. Sus ojos azules se clavaron en los tres hombres. Altos, fuertes, de músculos remarcados. Las melenas negras trenzadas. Iban sin armas a la vista, pero era como si ellos solos pudieran derrotar a cualquier ejército con las manos desnudas. Prómaco empujó con suavidad a Veleka para retirarse de su paso, y entonces uno de los espartiatas la vio.

Fue un instante. De forma casi imperceptible, su cabeza se volvió. Incluso se quedó atrás con respecto a los otros dos iguales. Entornó los párpados. Tenía la mandíbula cuadrada bajo la barba puntiaguda, el pelo abundante y rizado. Un deje de tristeza en la mirada. La tez tostada del que pasa su vida a la intemperie. Prómaco notó que su estómago encogía. Pero el momento pasó, igual que los espartiatas. Continuaron su camino, y solo entonces advirtió Prómaco que tres servidores caminaban tras ellos, a distancia de respeto y con dagas al cinto. Supuso que se trataría de ilotas, los esclavos estatales de los espartanos. Los tres se habían dado cuenta de lo ocurrido y también miraron a Veleka. Sus sonrisas de burla dejaron al descubierto dientes amarillentos.

—Vámonos, Prómaco.

Él obedeció. Se internaron entre las tiendas mientras el ejército acampado volvía a sus quehaceres.

—Por allí —dijo él. La llevaba sujeta del brazo y no la soltaría por nada.

Caminaron hacia donde el martilleo delataba la presencia de una forja. En aquel sector también había puestecillos de comida. Dulces de miel, ruedas de queso y, sobre todo, boquerones ahumados. Una mezcla de cebolla, vino rancio y pescado apestaba el aire mientras los mercaderes ofrecían su género a gritos. Voces en griego de Laconia, en jonio y en tracio. Prómaco vio peltastas de su tierra, con botas altas y gorros de piel. También había arqueros cretenses y honderos rodios. En grupos, brindando o jugándose la paga a los dados. Se dieron prisa en atravesar las calles medio embarradas donde se concentraban las prostitutas. Se asomaban desde carros cubiertos con lona. Llevaban los ojos embadurnados de negro, provocaban a los hombres y les mostraban los pechos.

—No nos quedaremos aquí, ¿verdad, Prómaco?

—No... Es un poco más allá. Pero no temas. Nadie te hará daño si saben que no estás sola. En los campamentos, solo los borrachos se atreven a disputar las mujeres a los demás. Y no es difícil derrotar a un borracho. Espera.

Se detuvieron frente a una caseta improvisada con vigas de madera y techo de pieles curtidas. Un herrero templaba la hoja de una espada corta mientras un chico, seguramente su hijo, alimentaba la fragua.

—Hefesto te guarde, buen hombre.

El tipo, cubierto tan solo por un faldellín y con el torso tan negro como sudoroso, levantó los ojos de su trabajo. Lanzó una rápida mirada a Prómaco y otra bastante más lenta a Veleka.

—¿Qué quieres?

—Armas, si es que tienes. Jabalinas. Y un puñal.

—¿Con qué pagarás?

Prómaco hizo tintinear la bolsa. El herrero asintió. Dejó descansar el martillo y se dio la vuelta. Desapareció bajo un cortinaje de pellejos mientras el chico observaba con descaro a Veleka.

—¿Eres su esclava?

Veleka entendió la pregunta, aunque respondió en tracio:

—No soy esclava, desgraciado. Soy sacerdotisa...

Prómaco dio un tirón al brazo de su amada. Nunca se sabía quién podía escuchar, y el oro del rey Cotys llegaba muy muy lejos.

—Es mi esposa, chico —mintió.

El padre reapareció con una canasta alargada. Sacó una jabalina que hizo saltar en su mano.

Prómaco compró varias, y también se hizo con un puñal de hoja curva. El herrero no tenía peltas, pero sí le vendió una generosa porción de piel de buey y le indicó dónde podría adquirir mimbre. Le ofreció un casco beocio, pero el muchacho consideró que pedía demasiado por él. Se arreglaría con su gorra de fieltro. Antes de despedirse, preguntó por el alojamiento de los espartiatas.

—Están al norte. Si, como sospecho, vienes a buscar contrato, tendrás que dirigirte a Antícrates.

—Antícrates —repitió Prómaco.

—Es uno de esos iguales presumidos. Se pasa el día cepillándose la melena. Pero dicen que ha matado a más de cien hombres. En fin, ya sabes cómo son estos laconios. Hablan poco, y la mayor parte de lo que dicen es mentira.

Prómaco casi se sintió ofendido. Ahora el tema de conversación no eran los periecos, sino los iguales. Los mismos que un siglo antes habían salvado a Grecia de los persas.

—¿Dónde puedo encontrar a ese Antícrates, herrero?

—Ya te lo he dicho: al norte. No te resultará difícil. Aparte del rey Agesípolis, solo hay treinta espartiatas en el campamento. Pero ni el rey ni la mitad de esos pelilargos está ahora aquí. Han ido a rezar al santuario de Afites, creo que porque Agesípolis cayó enfermo y no encuentran la cura.

—¿Dices que solo hay treinta iguales? Pensaba que Esparta se tomaba en serio este asedio.

—Y así es, chico. ¿Crees que los reyes de Esparta acuden a todas las escaramuzas?

El herrero, cobrado su servicio, daba por concluida la conversación. Lanzó una mirada curiosa a Veleka y siguió con el martilleo. Prómaco, ahora cargado con su compra, tiró de su amada hacia el norte. Una vez que abandonaron la zona de mercado, el camino se hizo más fácil. Las tiendas, alineadas a lo largo de un improvisado camino, se erguían con cierto orden y agrupadas por el origen de los soldados. Muchos de ellos dormían a la espera de su turno de vigilancia en el foso, y otros aprovechaban para cuidar de sus armas. Fueron bastantes las cabezas que se volvieron al paso de la pareja. Prómaco detectó comentarios al oído y alguna risa. Pero también había mujeres, y no se trataba solo de prostitutas. El asedio de Olinto llevaba más de un año en pie, y eso era demasiado tiempo para que las concubinas e incluso las esposas no se hubieran instalado con los sitiadores. Hasta Veleka se tranquilizó cuando vio un grupo de muchachas con cestas de ropa, alejándose para lavar río arriba.

Encontraron por fin el espacio reservado a los espartiatas. En cualquier otro campamento, aquella había sido la parte más lujosa, puesto que se alojaban un rey y su guardia personal. Pero allí no había más que un grupo de pabellones sencillos, un pequeño corral con cabras y ovejas y un montón de sirvientes que preparaban la comida y limpiaban armas. Solo un par de hombres de guardia, cuyas barbas enteras los delataban como periecos. Cruzaron las lanzas para cerrar el paso de Prómaco y Veleka. Iban de rojo bajo la coraza de cuero endurecido y llevaban calados los pilos, los cascos cónicos de bronce que dejaban toda la cara al descubierto. De sus escudos colgaban faldones de piel de buey para proteger las piernas de los flechazos olintios.

—¿Qué queréis?

—Busco a Antícrates.

Los laconios examinaron a ambos. Uno se permitió una sonrisa burlona.

—Muy listo. Sabes que le gustan las rubias, ¿eh?

Veleka se apresuró a remeter la guedeja que le colgaba del velo. Eso hizo que los periecos rieran. Prómaco aguantó paciente.

—¿Está Antícrates o no?

—Está. Deja aquí esos pinchos y pasad a su tienda. Es la primera. —Abrieron paso—. Y si él no quiere a la rubia, ya me encargo yo de ella.

El muchacho apretó los dientes. Depositó en tierra la canasta con las jabalinas y, ante la mirada sarcástica de los periecos, entró en el sector espartano.

Era él.

El espartiata que se había fijado en Veleka. Esta vez también la miró con descaro. O con una mezcla de éxtasis ante la belleza y de acecho cazador ante la víctima. Era como si Prómaco no estuviera allí. El momento se tensó mientras Antícrates, sentado en un taburete, observaba a la sacerdotisa tracia. Un igual de Esparta. Con el rojo del exomis descolorido por su desprecio a todo bien material que no sirviera para la guerra. Siempre con el hombro derecho desnudo para dejar libre el brazo de matar. Sobre la piel a la vista, las marcas del adiestramiento salvaje en la agogé espartana, las cicatrices de un historial combativo que se contaba por victorias aplastantes. Mantenía la zurda apoyada con displicencia en la rodilla y agarraba el bastón con la diestra. Había un ilota a la espera de órdenes en un rincón de la tienda; un tipo de piernas cortas con una gran mancha de nacimiento en el pómulo. También él permanecía atento a la muchacha. Solo cuando Prómaco carraspeó, se dignó Antícrates abandonar su insolente examen.

—¿Es tuya?

—Sí.

No pareció que nada cambiara con la respuesta, porque Antícrates volvió a clavar su vista en Veleka. Ahora también apuntó su bastón hacia ella.

—¿Qué hace aquí?

—Es mi esposa. No quería dejarla sola. Aún no nos hemos instalado.

—Bien hecho. Alguien podría quitártela.

Sonó a amenaza. Más aún con ese acento dorio. Prómaco tragó saliva. Se dio cuenta de que estaba tan asustado como si fuera a entrar en batalla, pero debía hacerse valer.

—Degollaré a quien la toque.

Eso pareció gustar al espartiata, que bajó el bastón. Examinó con más atención al muchacho.

—¿Qué acento es ese?

—Tracio.

—Ah. Bárbaro. ¿Tú también, mujer?

Prómaco no dejó que Veleka respondiera:

—Así es.

—¿No comprende nuestra lengua?

—Solo algunas palabras. Pero soy yo a quien debes escuchar.

Antícrates se puso en pie. Superaba a Prómaco en altura, y sus ojos oscuros miraban muy muy fijo. La punta del bastón se apoyó en el pecho del joven.

—¿Debo? ¿Desde cuándo un espartano debe?

Prómaco sintió que el calor le subía a la cara. A su lado, Veleka intuía que la conversación iba mal. Incluso sospechaba que ella era la culpable sin quererlo. Rogó a su amante con la mirada y este hizo de tripas corazón.

—Perdona, señor. Aunque mi padre es griego, siempre he vivido en Tracia y no sé emplear bien las palabras. Te ruego que me escuches. Eso es lo que quería decir.

La madera laconia se apartó de su pecho. Pero fue peor, porque Antícrates la movió a la izquierda para tocar el hombro de Veleka. Resbaló hasta topar con un cordel alrededor del cuello. El espartano subió el bastón y el amuleto de cuero salió a relucir. Lo observó con desinterés.

—¿Por qué se tapa la cara la muchacha?

Prómaco, tentado de apartar la vara de madera de un manotazo, redobló sus esfuerzos para controlarse.

—Señor, no es decoroso que la vean los demás hombres.

—Costumbre absurda. En Esparta las mujeres no esconden el rostro. Dile que se quite el velo.

—Señor...

Antícrates volvió a clavar sus ojos negros en los de Prómaco.

—¿Busco un intérprete de tracio para que me entiendas?

Tras un suspiro, el joven accedió. Habló en voz baja y en lengua odrisia. Veleka negó con la cabeza, pero él insistió. Finalmente, la tracia se retiró la gasa del rostro y miró con rabia a Antícrates. Este sonrió.

—Lo suponía, bárbaro. Eres un avaricioso. Quieres guardarte toda su belleza. Además, eres un embustero.

—Señor... ¿Por qué embustero?

—Has dicho que degollarías a quien la tocara. —Antícrates acompañó sus palabras con una enfática mirada a su bastón, que aún sostenía en el aire el amuleto. Prómaco enrojeció, y solo entonces el espartano dejó caer la bolsita de cuero entre los pechos de Veleka. Regresó a su taburete—. Bien, basta de estupideces. Supongo que vienes a contratarte como mercenario.

—Señor... Sí.

—Has escogido un buen momento. Tenemos que volver a casa y nos llevamos a parte de la tropa.

Por un instante, la vergüenza y el miedo pasaron a un segundo plano. ¿Se abría la posibilidad de alejarse de Tracia? ¿Incluso de viajar a Esparta?

—Señor, será un honor acompañarte a...

—No, no. No me entiendes, bárbaro. Yo vuelvo a casa con mis iguales. El rey Agesípolis ha muerto en Afites. Lo traen de vuelta, calculo que llegará mañana. Pero habrá que enterrarlo en tierra laconia. Lo conservaremos en miel y lo escoltaremos hasta allí.

—¿Qué? ¿El rey ha muerto?

Antícrates asintió con desgana. Prómaco dejó caer la mandíbula por la indiferencia de aquel espartano ante semejante noticia. Cuando un rey tracio moría, las muestras de dolor se extendían hasta la casa más humilde. Las mujeres se rasgaban las vestiduras, los hombres se emborrachaban y las viudas del rey competían por tener el honor de acompañarle al sepulcro, pues ser enterrada junto al monarca muerto era privilegio reservado para la favorita. Las exequias duraban semanas y la sangre de los animales sacrificados empapaba la tierra hasta pudrir las cosechas.

—No mires así, bárbaro. Todos los hombres mueren, y los reyes también son hombres. Este, además, lo ha hecho por una enfermedad. No resulta muy honorable para un espartano. Pero era un descendiente de Heracles, así que hay que enterrarlo en el suelo que lo vio nacer.

»Aunque no has venido a hablar de eso, sino de los servicios que puedes prestar a Esparta. Bien, tu trabajo será colaborar en el cerco a Olinto hasta que caiga. Un dracma ateniense por dos días, más el reparto habitual en caso de botín. Cobrarás cada sexto día a partir de que aceptes y el contrato es por ti. Si mueres, tu... bárbara se queda sin nada. En caso de herida de combate que no te permita luchar, sueldo de un mes. Tras ese plazo, o te reenganchas o te vas. Si enfermas, te vas. Si te accidentas, te vas. Como vienes por libre, se te asignará a una enomotía y será tu enomotarca quien te pague. Al ser tracio, supongo que lucharás como peltasta. ¿Es así?

—Así es, señor.

—Bien. ¿Tu nombre?

—Prómaco, hijo de Partenopeo.

—Hiérax, apunta. —Tras Antícrates, el ilota se dirigió a un arcón abierto. Sacó un estilo y una tablilla mientras su amo continuaba. El espartano reparó en algo—. ¿Prómaco, has dicho? Ese nombre es griego, no tracio.

—Mi padre era tebano, señor.

—Ah, Tebas. Ciudad de rebeldes. La tuvimos que someter hace dos años. Espero que tú seas más leal.

—Eh... Sí, señor.

Antícrates asintió sin borrar su sonrisa. Se pasó la mano por la barba puntiaguda hasta que decidió ponerse en pie de nuevo.

—Verás, bárbaro. Hay dos clases de mercenarios: unos combaten para ganar dinero y volver ricos a sus casas, y otros son criminales que huyen de sus culpas. Los primeros jamás llevan consigo a sus familias. Se buscan concubinas o pagan a putas. No me importa de quién huyes ni qué delitos pesan sobre ti —movió el bastón espartano hacia Veleka—, pero sí me interesa ella.

—Ya te he dicho que es mi...

—Esposa, sí. Y yo te he dicho que eres un embustero, cosa que no has negado. Si es tu esclava, pagaré por ella. No es honroso que un espartiata maneje dinero pero la bárbara vale la pena, así que haré una excepción. ¿Cuánto?

Prómaco reunió todo el valor que pudo.

—No está en venta. No me separaré de ella. Y en esto no miento, te lo aseguro.

El tiempo se hizo eterno mientras esperaba la reacción de Antícrates a la pertinaz negativa. El espartiata asintió muy muy despacio. Después sonrió, como si aquello fuera una charla entre amigos de toda la vida.

—¡Bien dicho! En fin. Necesitas alojamiento. Supongo que mi ilota podrá encontrar una tienda con otros bárbaros. Aunque no es lugar para la chica. Haremos un esfuerzo y la alojaremos aquí.

—No será necesario, señor. Montaré mi propia tienda. Suficiente para los dos.

—Ah. Pues eso es todo... —La mirada del espartiata volvió a Veleka y sonrió—. Al menos de momento. Hiérax, acompaña a este bárbaro y a su esclava al sector de los tracios y que se acomoden allí.

El ilota Caramanchada asintió. Dejó el estilo y señaló a Prómaco la salida del pabellón.

Habrían podido dormir al raso, envueltos en sus mantos como hacían muchos de los que simplemente pasaban la campaña veraniega al servicio de Esparta; o bajo las carretas de los quincalleros; o al abrigo de las construcciones de adobe que la tropa había erigido durante más de un año de asedio. Prómaco prefirió montar una sencilla tienda con un pellejo estirado sobre tres cañas, en el sector tracio de asedio, pero a distancia prudencial de los demás mercenarios. Aquel era el rincón que el ilota Hiérax Caramanchada les había buscado.

Desesperado, Prómaco oyó a Veleka echarle la culpa a su amuleto robado, repetir que la mala suerte los perseguía. Cuando la mu

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