Un beso bajo la lluvia (Besos 1)

Priscila Serrano

Fragmento

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Capítulo 1

Un día cualquiera y, después de meses, volvía al trabajo. Las vacaciones habían sido las peores que había pasado en mi vida, sin salir de estas cuatro paredes, sin querer ver a nadie y ¿todo por qué? Por culpa de Álvaro y de Silvia. Ella había destrozado la vida que tenía, mi futuro con un buen hombre, o eso pensaba.

Me levanté ese día sin ganas, sin querer quitarme el pijama que llevaba puesto después de una semana. Ya eran tres meses separada del hombre del cual estaba enamorada y todavía no me entraba en la cabeza. ¿Cómo fue que pasó y cuándo? Mis amigas, las de verdad, me llamaban a diario, venían a mi casa para estar conmigo, para animarme y, sobre todo, para hacerme olvidar, pero yo no lo conseguía. ¿Cómo haría eso? Era imposible borrar ese día de mi mente y ver cómo todo mi mundo se desmoronaba y cómo el hombre que había estado a mi lado por años se marchaba a los brazos de otra.

Me fui hasta la ducha; al terminar, me vestí rápidamente, ya que hacía un frío de mil demonios. En Madrid, los inviernos eran helados: o te abrigabas o morías de una pulmonía. Luego me calcé mis botas y fui hasta el baño para peinarme y maquillarme, aunque no me sentía con ganas, pero tampoco podía llegar a la escuela y darles a los demás profesores tema de conversación durante todo el semestre. Cuando acabé de arreglarme, cogí mi maletín y salí de casa en dirección a la escuela primaria San Patricio. Iba en mi coche, sin escuchar música como cada día. En ese momento me paré en un semáforo y aproveché para coger mi móvil, que había sonado; no sabía quién podía ser tan temprano. Abrí los mensajes y tenía dos de Luisa y uno de Belén.

Luisa:

Hola, cari. ¿Cómo estás hoy?

Luisa:

—Llámame cuando acabes, y comemos juntas, ¿vale?

Cuando leí los de Luisa y abrí el de Belén, tuve que reír al ver lo que había hecho.

Belén:

Que sepas que me van a poner una multa por darle un guantazo a Silvia. Llámame y te cuento todo con detalles.

Cuando terminé de leer los mensajes, ya se había puesto el semáforo en verde, y todos los coches me estaban pitando. Arranqué y, unos metros más adelante, un policía en moto me paró. Tuve que hacerlo en pleno atasco y subirme a la vereda para poder dejar circular a los demás conductores.

—¡Joder!, todo me pasa a mí —dije cuando vi cómo el policía se acercaba a mi coche.

Pegó en la ventanilla y la bajé. El policía iba con el casco y las gafas de sol; ni siquiera podía verle la cara porque la llevaba media tapada, pero lo poco que pude contemplar era de mala leche, así que era preferible no ver más de lo que a simple vista se veía.

—Dígame, Sr. agente —hablé nerviosa.

Nunca un policía me había parado por nada, ni nunca había perdido la noción del tiempo en un semáforo pero, desde aquel día, no era la misma, y todo en mí había cambiado. No era yo la que un día había sido; ya no era Lara, la mujer enamorada y feliz. Ahora era la infeliz, cornuda y amargada.

—Papeles del coche —dijo con voz ruda.

Mis ojos se abrieron al oírlo hablar, y no era para menos, si me puso los vellos de punta solo con eso. Si daba miedo con solo pedirme los papeles, no me quiero ni imaginar lo que sería escucharle decir mi nombre.

«Pero ¿qué dices, Lara?», pensé.

Bajé la mirada nerviosa y acerqué mi cuerpo a la guantera para coger los papeles; los saqué y se los extendí al policía, que cada vez tenía más cara de mala leche. Los ojeó y me los devolvió; sacó su libreta y comenzó a apuntar algo; parecía que estaba poniéndome una multa.

—Tiene el carnet de conducir caducado —dijo al tiempo que me daba la multa.

La miré, y ponía doscientos euros. Abrí tanto los ojos que se me saldrían de las órbitas en cualquier momento. ¿Cómo se le ocurría ponerme una multa por eso? Sé que tenía que renovarlo, pero tampoco había salido de la casa para nada; si para comprar el pan y todo, lo compraba online en la página de Mercadona.

—¿Es en serio? ¿Una multa? Joder, sí que hay días que es mejor no salir de casa. Mierda y más mierda.

—Cuide ese vocabulario, Srta. —me reprendió.

¿Qué se creía? Encima me regañaba como si fuera mi padre. Este tío es un gilipollas, y en su casa no lo sabe nadie. Me quité el cinturón y me bajé del coche para encararlo; nadie me iba a tratar como una niña pequeña. No iba a dejar que un auténtico desconocido, por muy policía que fuera, me tratara como si fuera una niñata que no sabe lo que quiere.

—Encima que me pone una multa, me regaña como si fuera su hija, ¿qué se cree? ¡Es usted un gilipollas, que lo sepa! Y ahora, si quiere, arrésteme. Me da igual, me la suda todo ya y estoy harta de personas como usted, que se creen el culo del mundo solo por tener una placa y una pistola —grité, lo que hizo que todo el mundo parase para mirarnos.

El policía se quitó el casco y las gafas, y me dejó ver lo que escondía bajo ellas. Tragué saliva al otear sus ojos marrones. Eran tan oscuros que no te enseñaban más allá de lo que él quisiera; no te dejaban ver su interior, resguardado bajo esa oscuridad. Se acercó a mí más de lo permitido y acercó su boca a mi oído para decirme:

—Debería usted mantener la compostura porque puedo detenerla por insultar a un agente de la policía, y no creo que eso se pueda hacer, ¿no cree? —Dijo cada palabra en mi oído, lo que me puso la piel de gallina e hizo que quiera escuchar de sus labios mi nombre.

Era tal el erotismo que sentía con solo escuchar su voz que tuve que separarme de él, cosa que, al hacerlo, vi cómo curvaba sus labios en una fina sonrisa, sin dejarme ver su dentadura, pero sí esos hoyuelos marcados en sus mejillas. Tenía que parar de pensar así; tenía la mente calenturienta por todo el tiempo que llevaba sin tener sexo. Me di la vuelta, me subí en mi coche y pegué un portazo tras de mí. Me había excitado demasiado, incluso mucho más de lo que lo había hecho Álvaro, y solo con unas palabras.

—No olvide la multa, Srta. Molina —habló con sarcasmo.

Lo miré con cabreo y arranqué el coche para luego salir de allí como alma que lleva al diablo. No entendía qué me había pasado con él, con un desconocido. Yo no era de esas que, con solo conocer a un hombre guapo, caía rendida a sus pies, pero con este hombre era diferente; él era diferente. Y hubo algo que me hizo replantearme mi vida, como si estuviera perdiéndome muchas cosas buenas que la vida nos regalaba día a día, y una de esas cosas era ponerme encima a un tío como el policía.

«Estoy peor, Luisa», afirmé para mí.

Mientras iba de camino a la escuela, sin parar de pensar en ese pedazo de hombre vestido de uniforme, encendí la música de mi coche. Necesitaba relajarme y qué mejor que con la música que me gustaba tanto. Puse a mi Pablo Alboran, «Quién». Me encantaba mucho este cantante, y encima era andaluz; lo tenía todo. Mis padres eran andaluces, concretamente de Almería, pero yo nací aquí, en Madrid. Por motivos de trabajo, mis padres habían venido a vivir aquí y, desde entonces, nos establecimos en este lugar, aunque ya solo quedábamos mi padre, mi hermano Martín y yo. Martín era mayor que yo por solo un año y, justamente, se iba a casar este año; en unos meses se casaría con mi mejor amiga Belén. Las casualidades de la vida. Gracias a mí, ellos se habían conocido y, gracias a Belén yo había conocido a Álvaro, ya que ellos eran primos y, aunque no podía decir que casarme con Álvaro había sido lo peor que me había pasado en la vida, porque mentiría, sí tenía que decir que no me esperaba lo que me hizo, y menos con una de mis mejores amigas, con una de mis amigas de la infancia. Joder, lo compartíamos todo, pero parecía que se lo había tomado como algo personal, ya que había querido compartir mi marido. Bueno, exmarido.

Mientras seguía escuchando a mi Pablo, me iba acordando de todos los antepasados de Álvaro. Parecía que lo tenía superado, pero no era así, y estos meses fueron los peores que había pasado. Minutos después llegué al colegio, aparqué el coche y salí de él. Me dirigí hasta la entrada rápidamente; no llegaba tarde, pero me gustaba aparecer antes de tiempo, ya que era una posesa del control. Cuando llegué sentí la mirada de algunos alumnos del sexto curso; eran los más grandes y los más bocazas. Algunos me miraban mientras reían y, aunque yo sabía que me esperaba las burlas de muchos, no quería pensar en ello, más que nada porque soy la cornuda del colegio. Caminé con la cabeza gacha, sorteando a cada alumno, y me dirigí a la sala de profesores; busqué al director o jefe de estudios para que me informase de todo. Entonces, cuando llegué, me quedé estática en la puerta; en el interior de la sala, se encontraba Silvia hablando muy animadamente con Yolanda y Lorena, otras dos compañeras. No pensaba encontrarme a Silvia, pues creía que estaba de vacaciones, pero ya veía que no. Quise darme la vuelta para salir de allí, pero escuché la voz de Yolanda llamándome.

—Lara, ¿eres tú? —preguntó con amabilidad fingida.

Me di la vuelta y dibujé en mi cara una sonrisa igual de fingida que su amabilidad. Las tres me observaron y yo solo miré a Silvia; me entraron ganas de darle su merecido, pero entonces recordé el guantazo que le había dado Belén y se me pasó.

—No sabía que habías vuelto —habló esta vez Lorena.

—Ni yo lo sabía, pero me llamaron, y aquí estoy —respondí con pesadez.

Giré de nuevo sobre mis talones para irme, pero otra vez me pararon, e incluso Yolanda se acercó corriendo para agarrar mi brazo e impedir mi huida, cosa que no me gustó. No quería estar cerca de ella, de la mujer que había acabado con mi matrimonio, con mi vida; encima no podía venir ahora como si fuera mi amiga del alma.

—Pero no te vayas; estamos celebrando el compromiso de Silvia —informó la estúpida.

Me congelé y me tensé al instante. No podía ser cierto, si solo llevaban meses juntos, o al menos eso creía yo. Me di la vuelta y la miré con las cejas levantadas. Estaba impresionada y muy cabreada, pero no se lo dejaría ver; no iba dejar que viera que estaba sufriendo por dentro. Silvia me miraba con una sonrisa marcada en su cara, esa que tenía ganas de romper. Conté hasta diez, luego hasta veinte, y así hasta que llegué a cien. Me enderecé para responder mientras bufaba.

—Ah, ¿sí? Vaya, no me lo esperaba. Pues que seáis muy felices —respondí, pero parecía que no les había servido mi respuesta, pues Yolanda seguía sin dejar que me fuera.

—¿Y tú cómo estás?, ¿te sientes mejor? Yo no podría estar aquí y ver cómo la que te quitó a tu marido está feliz, mientras planean su boda —escupió. Me hirió, pero no me iba a dejar lastimar, y me echarían por esto, pero lo haría. Me acerqué a Silvia con una sonrisa cínica y la cogí del pelo.

—¡Ah!, ¡¿qué haces, loca?! —gritó mientras me miraba con odio.

—Lo que te mereces por puta y calienta pollas —susurré en su oído mientras tiraba con fuerza de su pelo.

Ninguna hizo ni dijo nada aunque, por un momento, pensé que Yolanda venía a ayudarla, pero la miré como una loca, y se alejó despavorida. Eran todas unas cagadas y Silvia, la primera. Me estaba sentando de lujo eso de tener a esta zorra cogida del pelo, mientras arrancaba las extensiones una a una; verla sufrir me reconfortaba.

—¡Suéltame, loca! —gritó, lo que llamó la atención del director que, cabreado, en ese momento, me cogió del brazo para que la soltara. Lo hice, la solté, pero antes de irme le grité todo lo que llevaba dentro:

—Eres una puta. Lo que tú has hecho no se le hace a la que era tu mejor amiga. «Amigas para siempre», ¿recuerdas? ¡No, cómo te vas a acordar si solo piensas en robarles la polla a otras! —grité y me llevé un regaño del director, pero me dio igual—. No espero que seáis felices, os deseo todo el mal que haya en este mundo para vosotros. Deseo, con toda mi alma, que te haga lo mismo que me hizo a mí, porque el que lo hace una vez lo vuelve a hacer; no lo olvides. —El director seguía con mi brazo cogido—. Que sí, que ya me voy, que no me echas tú... me voy yo. Anda la mierda, que os jodan —insulté a todos los habidos y por haber. Me fui, salí del colegio, con una sonrisa marcada en mi cara, y jamás me sentí tan liberada como en ese instante. Por fin dejaba esta mierda de trabajo, porque estaba siendo explotada.

Me metí en mi coche y grité, mientras me reía; había perdido la cabeza del todo. Mi móvil sonó, y vi que era una llamada de Belén. Le colgué, no tenía ganas de contestarle en este momento, así que sin más arranqué y salí de allí.

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Capítulo 2

Conduje tranquila, suspirando, mientras seguía escuchando a mi Pablo Alboran; era como si me diera igual el haberme quedado en paro. Pegué un frenazo y grité:

—¡Joder, que estoy en paro! ¿Y ahora qué hago? Tonta y más tonta, si es que se me ha ido la cabeza del todo. —Arranqué de nuevo, no quería que me pusieran otra multa. Entonces pensé en el policía y suspiré ¿Cómo podía estar tan bueno? Eso tenía que ser pecado. Me reí por mis ocurrencias.

Cuando llevaba una hora metida en el coche, recordé que Luisa y Belén querían verme, así que conduje hasta el bar de la familia de Luisa; seguro estaría ahí. Media hora después estaba aparcando en la puerta del bar «La Rueda». Belén, al escuchar la música de mi coche —puesto que lo tenía a todo volumen—, salió en mi busca. Me miró, mientras que yo me bajaba, y me sonrió; no sabía por qué, pero me daba la impresión de que le pasaba algo. Belén no era tan risueña, más bien era borde, y que estuviera así no era buena señal.

—¿Hola? —pregunté y luego besé su mejilla.

Ella me apretó en un fuerte abrazo, y me sentí rara. Nunca, pero nunca, Belén abrazaba; bueno, a no ser que fuera un tío bueno.

—¡Por fin le diste su merecido a esa perra! —gritó mientras pegaba saltitos. Mi cara se desencajó. ¿Cómo lo supo? Desde luego que ella se enteraba de todo, pero ¿cómo lo hacía? Para mí que tenía una bola del futuro o algo parecido porque, si no, no entendía algunas cosas.

Me la quedé mirando y enarqué una ceja. Desde luego que esta mujer cada vez me impresionaba más. Entramos las dos juntas, y Luisa me miró de igual forma, se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla. Le devolví el beso y me senté en un taburete para que me sirviera mi café. Me sentía tan cansada que no podía pasar sin mi dosis de cafeína al día, ya que hoy, con las prisas, ni siquiera me había parado a desayunar. Oteé la hora en el móvil y me di cuenta que ya eran las tres de la tarde. ¿Cuánto tiempo había conducido? No me había cerciorado de eso. Belén y Luisa me observaban expectantes, esperando a que les dijera con detalles todo lo ocurrido en la escuela. Intenté evadir el tema, pues no tenía muchas ganas de contar mis batallitas. Ni que fuera un tío; ellos son los únicos tontos que alardean entre ellos cuando hacen algo como lo que yo había acabado de hacer. Suspiré con pesadez y me incorporé en el taburete.

—Lo siento pero, hasta que no me pongas mi café doble, no abriré esta boquita —insinué y las hice reír. Después miré a Belén—. Ahora, ¿tú cómo te has enterado? De verdad que parece que me estás espiando —hablé señalándola.

—Venga, mujer, me vas a decir ahora que no sabes quién me informa —dijo con una sonrisa pícara. Entonces, recordé que Yolanda era una chivata y que también era amiga de Belén. Agaché la cabeza y me reí, pues a saber lo que le había contado a la loca de mi amiga, pero seguro que no le había dicho que estaba cagada.

Mientras Luisa me preparaba mi café, Belén y yo hablábamos animadamente. Y en ese momento llegó mi hermano, que primero fue a su prometida, le dio un beso y luego me abrazó a mí. Nos llevábamos muy bien y teníamos mucha confianza el uno en el otro; no creía que hubiera hermanos que se llevaran igual que nosotros. Martín se sentó al lado de Belén, y Luisa volvió a preparar otro café; en cambio, este, era para él. Después de que ya estuviéramos servidos, el padre de Luisa le dio su media hora de descanso y nos fuimos a la terraza. Hacía fresco, pero en el sol se estaba muy bien. Cuando nos sentamos, Luisa esperaba a que le contara todo, y así lo hice: les conté a los tres cómo habían sucedido las cosas, y se rieron, pues yo no era agresiva, pero también sabían que necesitaba mi venganza y, aunque lo que había hecho hoy no me sirvió de mucho, por lo menos me sentía mejor.

—¿Qué piensas hacer ahora? Digo: estás en paro y eso —preguntó mi hermano, y Belén le dio una colleja.

—Pero qué tonto eres. No hurgues en la llaga, hombre —criticó esta enfurruñada.

—Oye, pero no me pegues, psicópata —respondió mi hermano con una sonrisa bobalicona.

Mientras ellos discutían, yo pensaba y mucho, cosa que no se me daba bien, pues de ahí sacaba las ideas de mierda. Miré a mi hermano con una sonrisita, de esas a las que debes tener miedo, y mi hermano sabía que, cuando yo lo hacía, era porque necesitaba algo de él o, en su defecto, porque haría una pequeña gran locura. Este negó y rio, pues tenía miedo de preguntarme.

—¿Qué quieres, pequeña? —preguntó al tiempo que cogía a mi cuñada y la obligaba a sentarse en sus piernas. Yo me reí, pues me encantaba verlos así; eran tal para cual.

—Acabo de tener una idea, pero necesito tu ayuda o tu opinión, aunque ya sabes que me la pela lo que me digas —informé nerviosa, y él enarcó una ceja—. Voy a opositar a la policía —afirmé, lo que obligó a mi hermano a escupir el café que estaba a punto de tragar. Por cierto, lo hizo encima de mi cuñada, y esta le volvió a dar otra colleja. Se levantó como un resorte y me escrutó con la mirada, cosa que hicieron también Belén y Luisa, pero unos segundos después soltaron una carcajada porque pensaban que era una broma. Me puse seria pues, si no lo hacía, no me tomarían en serio y no se creerían ni una palabra.

—¡¿Te has vuelto loca?! ¡Te crees que eso es ir y besar el santo! —gritó, y me hizo reír. ¿Por qué mi hermano tenía esa facilidad de hacerme reír? Era como mi payaso particular.

—Desde luego que, cuando Belén te dice tonto, tiene mucha razón —respondí—. Claro que sé que es difícil; ahí es cuando te digo que necesito tu ayuda, pardillo.

Mi hermano se fue hacia el interior del bar y me dejó sola con las locas de mis amigas. Sabía que me harían todo un interrogatorio, con manipulación incluida; eran de las que a cada cosa que yo decía o hacía le atribuían algún motivo, pues yo soy la tonta del grupo, la que nunca comete locuras, la que siempre vive en paz y armonía. Pero eso se acabó: ya era hora de coger al toro por los cuernos. Joder, qué penosa soy.

—Ya estás largando por esa boquita —habló Luisa.

—Sí, porque tú, perdona que te diga, no eres tan decidida. ¿Qué te ha pasado para querer hacer eso? Porque opositar a la policía son palabras mayores —afirmó Belén, y yo suspiré al recordar a mi amigo el policía. Joder que me ha dejado huella, y solo lo he visto unos minutos, aunque han sido los minutos más calientes de toda mi existencia.

—Uy, aquí pasa algo —le dijo Luisa a Belén—. Nunca suspiras, Lara, no así, y eso me lleva a pensar en algo. —Me miró a mí.

—Sí, o estás desesperada o conociste a alguien, aunque también puede que estés desesperada por tirarte a ese alguien. ¿Me equivoco? —respondió Belén. Yo me reí, pero era de esas risas nerviosas; me pillaron y ahora sí que me harían el tercer grado. Si hasta pensaba como un policía; esto es el destino.

Me levanté y las miré a las dos negando. No les iba a decir nada, no hoy, no ahora. Entré en el bar y me dirigí al baño; me estaban agotando y era mejor dejarlas con la miel en los labios antes de que quisieran trincharme como a un pavo para conseguir lo que querían conmigo. Cuando acabé, volví a la mesa y Luisa ya estaba de nuevo trabajando, pero Belén seguía ahí, esperándome —menos mal que sin Luisa—; ella no me preguntaba nada, y tenía un poco más de tiempo para poder inventarme cualquier excusa, cualquiera cosa, antes de contarles que me había obsesionado con escuchar mi nombre de la boca de un policía. Uf, me sofocaba de solo pensarlo. Me senté y, nada más hacerlo, Belén me soltó:

—Da gracias a que Luisa está de curro hasta arriba, pero nada más que salga tenemos una conversación pendiente... y una salida. Por cierto, ¿esta noche vamos a tomar algo? Bueno, para qué te pregunto si eres la niña del no. Irás y punto pelota. —Dijo todo seguido, sin dejarme responder a nada ni mucho menos a pensar. Le sonreí y afirmé ojeando algo en el móvil.

—¿Dónde está mi hermanito? —pregunté mirando hacia ambos lados, pero no lo veía por ninguna parte.

—Se ha ido. Lo llamó su inspector para no sé qué cosa, o sea, que lo necesitaban en comisaría —respondió encogiéndose de hombros.

Belén me miró y por un momento me puse nerviosa. Sabía que no iba a aguantar a la noche para hacerme el interrogatorio; la conocía tan bien que me extrañaría demasiado que no lo hiciera. Justo en ese momento, Luisa salió del bar y, al vernos, se sentó un segundo con nosotras, pues ella pensaba que ya nos habíamos ido. Ambas me miraron y tuve que sonreír; eran tan pesadas.

—¿Qué? De verdad, qué pesada. —Hablé con desgana. A veces llegaba al límite con ellas, pero no podía vivir en una vida donde no estuvieran dándome el coñazo a diario.

—¿Qué de qué?, habla de una vez. Desde que has llegado, no paras de sonreír, y encima está el hecho de que quieres ser policía —afirmó Belén mirándome a mí y a Luisa—. Digo yo que tendrás algo que contarnos, ¿no?

Negué y me levanté. No les diría nada, más que nada porque recordé que tenía que ir a casa de mi padre; me había pedido que lo acompañara a hacer las compras y no lo podía dejar tirado. Me excusé con las dos y me escabullí como pude, pero me amenazaron con cortarme a cachitos si por la noche no les decía qué era eso que me pasaba para estar así de risueña, aunque ni yo misma lo sabía; únicamente sabía que, cuando me acordaba del policía, se me ponía una cara de tonta que no podía con ella. ¿Qué me pasaba? Yo no era así; bueno, nunca lo había sido, pero la cosa estaba en que hacía tiempo que no era la misma, y todo se lo debía a mi exmarido. Cabrón. Me metí en mi coche y arranqué. Mi padre no vivía muy lejos del bar de Luisa, pero cogí el coche porque teníamos que ir al a comprar súper y, claro, como que no iríamos a pie ya que, conociendo a mi padre, se llevaría el supermercado completo. Era un bruto a la hora de llenar la alacena, se creía que el mundo se iba a acabar pronto, y el pobre solo era precavido.

Minutos después, llegué al portal del edificio donde vivía mi padre, y este ya me esperaba en la puerta. Vi que venía con cara de pocos amigos, pues seguro que llevaba esperándome unos minutos de más, y al caballero no le gustaba la impuntualidad.

—Ahora seguro que me cae la charlita —susurré antes de que entrara en el coche.

Mi padre entró y cerró la puerta de un portazo. «Ole, el carácter andaluz», pensé. Me miró con el ceño fruncido, y le sonreí como solía hacer cuando me peleaba con mi hermano y —cómo no— yo tenía la culpa. Menos mal que mi padre siempre había tenido devoción por mí y no me regañaba tanto, pero eso fue hasta que me pilló en una de las mías, pues había aprovechado que mi hermano estaba dormido y le corté un buen trozo de pelo. Se me había caído la máscara, y ya no confiaba en mí como lo hacía.

—Llevo diez minutos esperando. ¿Se puede saber dónde estabas? Si lo hubiera sabido, le hubiera pedido el favor a tu hermano; seguro que él vendría diez minutos antes —escupió cabreado.

Yo asentía mientras arrancaba el coche, ni siquiera le respondía. ¿Para qué?, si no me iba a escuchar. Él solo escuchaba a mi querido hermanito, al orgullo de la familia, al policía de la familia. Siempre él, él y más él. Estaba harta y por eso quería hacer una locura, y eso mismo era lo que haría, pues me haré policía aunque se me vaya la vida en ello.

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Capítulo 3

Dos horas comprando con mi padre y, como yo decía, se llevaba más de la cuenta. Joder, que él vive solo. ¿Para qué compra tanta comida?; eso era algo que le preguntaría, porque no era normal, parecía que estaba dando de comer a un regimiento. Íbamos en el vehículo con todos los bultos hasta arriba; claro, a mí no me cabía todo en el coche, puesto que tenía un Nissan Micra, cosa que también había criticado mi padre —porque tendría que haberme comprado el coche que tenía mi hermanito Martín—, y siempre le respondía lo mismo: «Mi hermano es policía y gana más que yo, papá». Pero, oye, que al hombre no le entraba en la cabeza. Total, el supermercado tenía que llevar la mitad de la compra a casa, porque habíamos llamado a mi hermano y el caballero estaba ocupado. Yo no me lo creí, puesto que estaba de descanso, aunque des

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