Prólogo
Información para el lector
La capilla San Severo, también conocida como la capilla de la familia Sangro, y lugar donde transcurre parte de este relato, se halla situada en el corazón del viejo Nápoles, y constituye hoy una de las perlas del patrimonio artístico de esta ciudad, y uno de los hitos más admirados por el visitante, que allí acude cada vez en mayor número.
Menospreciado durante largo tiempo, este hermosísimo ejemplar del barroco tardío provocó, desde el momento en que la perfección, en arte, dejó de ser una cualidad, incontables críticas y reticencias varias. Los censores puristas le reprochaban su decidido aire cortesano, e insistían en que la pasmosa habilidad del acabado de muchas de las esculturas que allí se conservan no eran más que ejemplo, unas veces descarado, y otras veces obsesivo, del más irritante y vacuo virtuosismo.
Incluso la obra cumbre de la capilla, la efigie de un Cristo yacente, cubierto todo él por un velo, fue tildada de obra blanda, melindrosa y, sobre todo, sentimental.
A pesar de ello, los habitantes de Nápoles nunca retiraron su admiración, ni tampoco su devoción a este Cristo velado, ya que sabido es que los juicios del pueblo suelen tener más peso y sensatez, y sus opiniones mayor constancia y continuidad, que esas alambicadas elucubraciones formuladas por remilgados eruditos.
Pero ocurrió que la sorprendente calidad de esta pieza escultórica y la perfección técnica de su ejecución fue calificada por algunos como obra imposible de realizar con las técnicas entonces conocidas, lo que dio motivo a que surgiesen las más diversas leyendas en torno a ella, y en torno al creador de la capilla, que no fue otro que Raimundo di Sangro, príncipe de San Severo, grande de España, alquimista, masón, y amigo y colaborador del rey Carlos III, cuando éste ocupaba el trono de Nápoles.
Era don Raimundo hombre de vida misteriosa y uno de los más grandes cerebros de la Europa de entonces, aunque deberíamos dejar constancia aquí de que en los extraordinarios saberes e inventos de este príncipe se conjugaron los últimos hallazgos de la ciencia exacta con otros elementos heredados de la antigua alquimia y que parecen lindar con lo paranormal.
Poseemos la enumeración de sus hallazgos, pero sólo eso: la enumeración, ya que todos los manuscritos donde el príncipe anotó y explicó sus sorprendentes logros o bien se perdieron, o bien fueron destruidos ex profeso, y si alguno quedó, la indiferencia primero y luego el olvido los borró de la memoria colectiva.
Cierto es que la conducta del propio príncipe contribuyó a tan triste final, ya que don Raimundo volcó toda su atención en sus varias y absorbentes ocupaciones, olvidándose de sus hijos, que llegaron a detestarle. La venganza de éstos fue no prestar atención alguna al grandioso legado de su padre…
En realidad, la figura de este singular personaje parece flotar en un espacio inconcreto, cuajado de extrañas luces, pero también de densas sombras. A través de ciertos rasgos suyos, cuyos ecos han llegado hasta nuestros días, podríamos pensar que, además de sabio, fue el príncipe de San Severo hombre generoso y compasivo, pero otros rumores, demasiado persistentes como para no ser ciertos, nos lo descubren como persona despótica, cruel y capaz de llegar, en determinadas ocasiones, hasta el crimen; crimen que de haber ocurrido formaría parte del gran secreto que encierra la capilla que él erigió. Sobre la sospecha de este crimen se ha tejido el argumento de esta novela, cuya acción se prolonga, inevitablemente, hasta la época actual.
PRIMERA PARTE
Capítulo
I
EL ALBERGO AURORA
El taxi arrastraba tras de sí una nube de polvo, al bajar dando pequeños saltos por la estrecha calle, mientras sus amortiguadores crujían de manera lastimosa cada vez que el coche tropezaba con algunas de las desniveladas losas de piedra que cubrían el pavimento; desniveles que los propios conductores napolitanos juzgaban difíciles de detectar, ya que las ropas tendidas de un lado a otro de los balcones impedían, con su flamear oscilante y multicolor, advertir desde una prudente distancia los abundantes fallos del pavimento.
El joven ocupante del taxi contemplaba, un tanto consternado, los envejecidos inmuebles que bordeaban aquella calle en cuesta, intentando encontrar el caserón ocupado por el Albergo Aurora, pensión de cierta categoría, situada en pleno barrio viejo de Spaccanapoli, en la cual había resuelto hospedarse después de que un amigo suyo se la recomendase con insistencia. «Verás —le había asegurado aquel aprendiz de fotógrafo enamorado del barroco meridional—, ese albergo es toda una sorpresa. Te asombrará encontrar una casa de huéspedes tan limpia y bien atendida en medio del abandono que reina en ese rincón de Nápoles, de tanta solera pero de tan sorprendente descuido. Además, está a un paso de tu nuevo trabajo».
Cuando el taxi se detuvo, el ocupante del vehículo paseó, nada más bajarse, una atenta mirada sobre el conjunto de vetustas fachadas que tenía ante sí. Éstas, con sus revestimientos de yeso a mitad desprendidos, y con las persianas desvencijadas o rotas, constituían un elocuente ejemplo de lo que el tiempo y la desidia son capaces de lograr en edificios, antaño nobles y ahora degradados y desatendidos. Algunos inmuebles de reciente restauración, con sus muros pintados casi siempre de rojo y gris, colores característicos de Nápoles, acentuaban aún más, una vez recobrada su primitiva lozanía, el chocante deterioro de las otras construcciones. ¿Pobreza, abandono o simple indiferencia?
—Siamo arrivati —aseguró el taxista—. Questo quartiere di Spaccanapoli è, da vero, genuino e popolare. E cosi pittoresco! A me, mi piace moltissimo!
—Sí —asintió con voz débil el recién llegado, poco convencido de su afirmación. Pero no quería desengañar, y menos herir, a aquel napolitano entusiasta. Pintoresco, lo que se dice pintoresco, sí que lo es, pensó, ¿pero un pintoresquismo tan crudo y tan primario no resultaría, a la larga, indigesto?
De pronto Mauro, que así se llamaba el ocupante del vehículo, se fijó en el taxista, un hombre tosco, de silueta maciza, torso poderoso y rostro ancho, con barba de tres días, la frente y las mejillas surcadas por amplias arrugas, y con un par de espléndidos ojos verdes, de mirada oblicua y penetrante. Y esos ojos observaban, con expresión algo despreciativa, a aquel forastero desorientado, un tanto asustado ante el deteriorado paisaje urbano que le rodeaba.
—Senti, signore, è li! —exclamó por fin el taxista, y repitió—: È li —mientras señalaba una amplia puerta pintada de verde oscuro, que unas elegantes pilastras de piedra, rematadas por sendos capiteles corintios, enmarcaban con señorial distinción. Un hermoso mascarón de dios marino remataba el arco de medio punto que coronaba la portada del edificio, señal evidente de que aquella mansión, ahora convertida en casa de vecindad, había protagonizado tiempos mejores y más prósperos.
Incrustada en la pared, junto a una de las pilastras, una placa de bronce dorado, inusualmente brillante, decía tan sólo: «Albergo Aurora, primo piano». Debajo de la placa, un timbre. Mauro se sintió algo más tranquilo al observar la limpieza y el cuidado que mostraba aquel portón. Si el fotógrafo madrileño le había recomendado este lugar, algún motivo tendría.
—Quanto le devo?
El taxista se lo pensó, o al menos, fingió pensarlo.
—Ci abbiamo messo più d’un ora ad arrivare. Allora… diciamo veinticinque euro. D’accordo? —Mauro se sorprendió al escuchar la cantidad. Nada más salir de la nueva terminal del aeropuerto de Capodichino, aquel taxista que ahora tenía frente a sí le había interpelado, luego perseguido, y por último convencido, tentándole con una tarifa bastante menor que la usual, y asegurándole que lo llevaría hasta el centro de Nápoles por sólo dieciséis euros.
—Ma non era questo la somma convenuta! —protestó Mauro.
El individuo, impertérrito, se limitaba a mirar al suelo, pero como el cliente siguiera protestando:
—Allora, diciamo veinte —concedió finalmente el taxista, luego de meditarlo un poco.
Mauro tentado estuvo de proseguir con la discusión, pero cansado como estaba, le pudo el deseo de llegar pronto a su habitación para tenderse boca arriba sobre la cama.
—Prendi —suspiró—, ecco le veinte!
El taxista, que se esperaba una discusión más prolongada, y sobre todo, más entretenida, pareció desilusionado ante tan abrupto final. En aquel momento una de las motos que surcan, a altísimas velocidades, el intrincado callejero de Nápoles, y que toman la ciudad como un circuito de entrenamiento para las más arriesgadas acrobacias, pasó tan cerca de Mauro que casi le tumba la cartera que éste había sacado de su bolsillo. Al taxista pareció divertirle aquello, cosa que irritó a Mauro, pero para sorpresa de éste, una vez que el importe de la carrera le fuera satisfecho, el hombre no se movió; seguía de pie, junto al taxi, contemplando, con redoblada insistencia, a su cliente. A juzgar por su acento, se trata sin duda de un español, pensaba el taxista…
Éste, por un instante, creyó su deber ayudar al forastero, haciendo uso de los pocos jirones de castellano aprendidos durante dos veranos en tierras alicantinas, e indicarle su despiste, pero al final se abstuvo. ¡No había que facilitarle demasiado las cosas al turista!
Mauro, que, a su vez, seguía observando al hombre, sólo entonces se dio cuenta de las amplias manchas de sudor que convertían la camiseta del taxista en un caprichoso mapa bicolor, cuyos sinuosos perfiles se extendían a lo largo y a lo ancho del torso, recio y velludo, del individuo.
Un tío macizo, pensó Mauro, que a pesar suyo, sentía que aquel personaje, bronco y desaliñado, despertaba en él determinados apetitos, sin duda poco espirituales…
Pero el individuo seguía sin moverse, y Mauro, que ya se encontraba junto al portón del albergo, le preguntó con cierta aspereza:
—Alcuna cosa di più? —Aquella situación comenzaba a irritarle.
—Mi sembra che si —fue la respuesta del napolitano—. Per caso il signore non a bisogno delle sue valigie?
—¡Joder, si se me olvidaba el equipaje!
El taxista sonrió, socarrón, y, con andar lento, se dirigió hacia el maletero del coche, de cuyo interior extrajo un primer bulto que entregó a Mauro. A aquél siguió otro, bastante mayor que el primero, y que el chófer colocó cerca del tubo de escape. Al darse la vuelta, chocó, sin querer, con el joven cliente, que se había acercado de nuevo al taxi para prestar una posible ayuda. Los efluvios del napolitano, opuestos a cualquier fragancia delicada, golpearon a Mauro en el rostro, pero después ocurrió lo de siempre. Tras un rechazo inicial, aquel típico olor a hombre no le desagradó del todo… «¡No empecemos!», se reprochó a sí mismo.
—Eccola! —exclamó el taxista, alzando la maleta, y apoyándola contra el pecho del español.
—Questo e tutto! —añadió. Pero al ver que Mauro no parecía reaccionar, le preguntó con tono irónico—: Cosa devo fare, lasciare la valigia a terra?
—No, no, la prendo io —respondió éste, que casi se excusó por su distracción y falta de reflejos. Pero al ir Mauro a tomar la maleta de las manos del chófer, éste realizó un gesto brusco e inesperado, alargando el brazo que le quedaba libre, con la intención, al menos aparente, de agarrar la cintura de su sorprendido cliente, aunque, ante el asombro del español, el taxista pareció arrepentirse, y entró, rápido, dentro de su vehículo. Antes de arrancar, el hombre miró hacia atrás, y después de unos segundos, al contemplar la expresión asombrada de Mauro, intentó arreglar el incidente a su manera:
—Forse ci vedremo pronto! Si, sicuro che ci vedremo… —fue lo único que Mauro le oyó decir, a través de la ventanilla entreabierta del coche. Momentos después, el taxista y su taxi desaparecieron, calle abajo…
Aquel individuo era, en verdad, extraño, y más extraño aún resultaba su comportamiento. Esa última frase que lanzó, ¿constituía un ofrecimiento o una amenaza? ¿O quizá tan curioso repertorio de palabras y gestos formaban parte integrante del pintoresquismo napolitano? De pronto, al pensar de nuevo en aquel torpe intento por sujetar su cintura, Mauro creyó encontrar la respuesta: «¡Bah! —se dijo—, habrá querido arrancarme la cartera del bolsillo, y luego, no lo juzgó posible…».
No quiso Mauro darle más importancia al asunto, ya que tenía prisa por conocer su nuevo alojamiento. Llamó al timbre situado debajo de la placa de bronce, y segundos después, el portón se abría…
* * *
El patio del edificio donde se alojaba el Albergo Aurora fue, sin duda, en otros tiempos, un espacio señorial. Aun hoy y a pesar de fallos evidentes en su mantenimiento, conservaba ciertos restos de su antigua majestad y esplendor. «Sospecho —pensó Mauro— que mucho de lo que he de ver por estos pagos fue sin duda fastuoso en sus días de gloria, pero ahora su magnificencia forma parte del recuerdo. Temo que sea Nápoles una ciudad cuya grandeza ha quedado tan en manos del pasado, que el presente parece haberla omitido de su lista de prioridades».
En el extremo del patio, en penumbra y casi escondido tras unas macetas llenas de plantas inútiles, se adivinaba un sarcófago de época romana que ahora hacía las veces de fuente. El tiempo y el verdín habían desdibujado los relieves de su hermoso, pero gastado friso funerario, labrado sin duda a principios del siglo III y poblado de pintorescas divinidades menores, afanadas en cumplir con las imprecisas tareas que el paganismo imponía a los oficiantes del más allá… A un lado, en la esquina del fondo, se iniciaba el arranque de una escalera; junto a ella, y a metro y medio del suelo, otra placa advertía, por segunda vez: «Albergo Aurora, primo piano»…
Mauro comenzó a subir los gastados peldaños de mármol, pero al pisar uno de ellos, agrietado en su mitad, a punto estuvo de perder el equilibrio, aunque con un gesto rápido, logró agarrarse a la balaustrada, a pesar de llevar la maleta pequeña en la otra mano. Prefirió dejar la mayor al pie del primer escalón; le resultaba difícil subir ambas a la vez, y no creía probable que en aquel recinto cerrado alguien tuviese, en el brevísimo tiempo que pensaba dejarla allí, la tentación —y la ocasión— de llevarse tan pesado talego…
Al alcanzar el rellano, vio Mauro una puerta de madera barnizada, de recargado estilo 1900. Sin duda, databa de cuando aquella enorme mansión fue dividida en pisos, a los que se añadió un ático, para ser luego vendidos como propiedad horizontal. Casi todos los inmuebles de aquel barrio habían sufrido, a lo largo de los últimos cien años, avatares paralelos y metamorfosis parecidas.
Tocó Mauro el timbre situado al lado de la puerta, y ésta se abrió de forma mecánica, dejando ver un vestíbulo iluminado, y allá en su centro, la silueta de una mujer ya madura, pero que aún conservaba evidencias ciertas de lo que fuera su considerable atractivo. Un poco a la manera de Nápoles, pensaba Mauro, al recordar días después aquella primera impresión que su patrona le causara. Al escuchar el sonido de la puerta, la mujer giró la cabeza, y sus ojos rasgados, de color incierto, escudriñaron al nuevo huésped con evidente curiosidad.
—Esta mujer me observa de modo parecido al que lo hiciera el taxista —concluyó Mauro—. ¿Acaso tendré monos en la cara?
—La signora Candelario? —preguntó el recién llegado, casi seguro de la respuesta.
La mujer, después de unos instantes, sonrió e hizo un gesto afirmativo con la cabeza:
—Si, sono io.
—Allora, buon giorno, benché siamo già nel pomeriggio —precisó el español.
—Lei e Mauro Beltrán, non e certo?
—Si, io stesso. Mi scuso si sono arrivato un po’ piu tarde dall’ora prevista. C’era un tráffico spaventoso nei dintorni del aeroporto.
—El tráfico es siempre espantoso en torno a ese dichoso aeropuerto —contestó la dueña del albergo en un fluido español—. Además, ¡el nuevo edificio principal a pesar de su apariencia vanguardista ha quedado ya desfasado!… ¡Como tantas cosas en Nápoles!…
—¡Pero… pero habla usted un castellano perfecto!
—¡Lo cual no es de extrañar! ¡Resulta, señor Beltrán, que soy castellana! De Cuenca, sí, y de la misma capital, para más señas. Mi nombre es Lucía, y mi apellido Revenga.
—¿Entonces lo de Candelario…?
—Era el apellido de mi marido, de mi difunto marido, para más precisión. —Los incómodos recuerdos de una áspera y estéril relación marital alteraron, por un momento, la voz de doña Lucía.
—Lo siento, no quería…
—¡Pues no lo sienta; es más, olvídelo!
Mauro se sintió algo avergonzado, aunque la imprudente alusión al marido de doña Lucía no fuera más que una involuntaria metedura de pata, de escasa importancia. Más le sorprendía el hecho de que su amigo, al recomendarle el Albergo Aurora, no le hubiera mencionado que la dueña era española.
—Sin duda nada le dijo —comentó doña Lucía—, para así no chafarle la sorpresa… Me acuerdo muy bien de ese amigo suyo, siempre con su cámara en ristre… Se llamaba Daniel, ¿era ése su nombre, verdad? ¡Sí, Daniel! Un chico bastante reservado… Antes de marcharse, me mostró algunas de las fotografías que hizo aquí; me pareció interesante la expresividad que lograba infundirle a la arquitectura napolitana, sobre todo a la barroca… ¡Pero usted no es fotógrafo! ¡Ahora recuerdo, me dijeron que era…!
—¡Restaurador! ¡Sí, pero, ojo, restaurador de obras de arte! Mi especialidad es salvar pintura antigua deteriorada, e incluso casi perdida. Hago esta precisión porque cada vez que pronuncio la palabra «restaurador» todos piensan que soy cocinero. ¡Y además partidario de la nouvelle cuisine, que es cosa que aborrezco!…
—¡Pues si es usted restaurador de arte, en Nápoles no le va a faltar trabajo! ¡Aquí, arte hay en exceso! Incluso existen napolitanos que se quejan de que tanto arte les abruma. ¡Por supuesto no comparto esa opinión! Pero ocurre que al menos la mitad de ese estupendo patrimonio que poseemos necesita de urgentes cuidados, ya que o se restaura pronto o se pierde. Me atrevo a afirmar que el abandono al que Nápoles ha estado sometido durante estos últimos cincuenta años no tiene parangón en la Europa occidental, aunque, en parte, se empiece a ponerle remedio.
—¿Y en parte no ha sido esto también culpa de los propios napolitanos?
—En buena medida, sí —admitió doña Lucía—, que los fallos hay que reconocerlos, sobre todo cuando son nuestros. Y digo nuestros, porque yo, después de tantos años afincada aquí, me considero un miembro más de esa extraña tribu que puebla esta confusa y singular ciudad… Pero también, ¡quien lo diría!, despertamos mucha envidia, señor Beltrán. Sí, envidia por parte de la Italia del centro y del norte; porque cuando decidieron unir la totalidad de esta península, cosieron sus diversas partes mediante un zurcido tosco y apresurado. Los italianos de arriba han manejado y exhibido su arte y su cultura, como si lo uno y lo otro fuesen de su exclusivo monopolio, pero, como está ahora de moda afirmar, el sur también existe, con una cultura y un arte igualmente espléndidos…
Mientras hablaba, doña Lucía observaba, cada vez con mayor atención, al joven que tenía ante sí, y al fin, exclamó:
—¡Pero resulta evidente, mi apreciado restaurador de arte, que a usted no hay que restaurarle nada! No se asuste por lo que le digo, pero es usted un mozo francamente guapo. Y uso el término «guapo» en el sentido que en España se le da, que aquí en Nápoles, esta palabra conserva aún su viejo significado, el de hombre valiente, aunque también jactancioso y camorrista. ¿No recuerda haber oído alguna vez ese dicho que reza: «A ver quién es el guapo que se atreve a esto o a lo otro». A los «guapos» aquí, hay que seguir temiéndolos, aunque más por el uso que dan a sus navajas que por su capacidad de seducción…
La dueña del albergo y su nuevo huésped prolongaban aquella charla sin moverse del coqueto recibidor de la pensión; ambos se mantenían allí de pie, ella apoyada sobre el mostrador y él con la maleta pequeña entre los tobillos.
—Por cierto, don Mauro, présteme su documento de identidad, para así anotar sus datos, gracias. Bien. ¿No cree que va siendo hora que le muestre su cuarto? Pero antes, dígame: ¿tiene idea del tiempo que va a permanecer aquí?
—No se lo puedo decir con precisión. Ignoro lo que puedan durar los trabajos de restauración que me han encargado…
—¿Que son?
—Los de la bóveda de la capilla San Severo. ¿No se lo explicaron las personas que apalabraron con usted mi estancia?
—¡No recuerdo que me mencionasen el nombre de la capilla! —afirmó Lucía, después de un leve titubeo—. Si lo hubiesen hecho, no se me habría olvidado. Los que contactaron conmigo sólo me informaron de que usted se alojaría aquí durante un tiempo que no llegaron a precisar, en régimen de media pensión…
—Efectivamente, eso fue lo que yo les pedí. Pero ¿quiénes eran, con exactitud, las personas que contactaron con usted?
Doña Lucía tardó unos segundos en responder.
—En primer lugar, si no recuerdo mal, dos individuos de la Sopraintendenza alle Belle Arti, y luego la concejala de Cultura del ayuntamiento. Parecían todos muy interesados en tenerle a usted en Nápoles. ¡Hasta me pidieron que le tratase lo mejor posible! ¡Empiezo a sospechar que es usted un personaje de considerable relevancia!… Pero volviendo al hospedaje: con respecto a las condiciones de su estancia en este albergo, me especificaron que determinados gastos extraordinarios, como alguna comida de más, o el consumo de determinadas bebidas alcohólicas, correrían, señor Beltrán, por su cuenta. No así los refrescos, el vino de mesa y el agua mineral, ya que esas tres cosas van incluidas en el acuerdo, lo cual no es poco ahorro, ya que en Nápoles, el agua del grifo suele ofrecer a veces un sabor no demasiado agradable…
—Bien, las condiciones me parecen justas. ¡Todo sea por la capilla San Severo!
—Pues si su trabajo va a tener que ver con esa capilla —y el tono de voz de doña Lucía se hizo reservado, casi conspirador—, tenga cuidado con lo que haga allí dentro. Consejo de amiga y de napolitana, aunque esto último lo sea de adopción… ¡Esa capilla no es como las otras, don Mauro, hay un no sé qué de especial en ella! Es… ¿cómo lo diría? ¡Una capilla mágica! Sí, no me mire así, que en ella suceden cosas bastante extrañas… ¿Acaso ignora que don Raimundo di Sangro, príncipe de San Severo y grande de España, además del inspirador de la célebre capilla que lleva su nombre, fue el más poderoso mago y más prestigioso alquimista de su tiempo?
—¿De veras? —exclamó Mauro, que no pudo evitar darle a aquella breve respuesta una entonación de considerable escepticismo.
—¡Veo que no me cree!
—¡Cómo no! —respondió el restaurador, cada vez más irónico—. O sea, que no sólo tendré problemas con el fragmento de la bóveda que he de restaurar, sino también con algún que otro poltergeist que ronde por ahí, y quizá con un poco de suerte, con el fantasma del propio príncipe.
—¡Ríase, ríase! ¡Ya verá cómo acaba dándome la razón! ¡Pero no paro de hablar! No vaya a creer que soy de esas tímidas compulsivas que, cuando por fin se deciden a largar, ya no saben cómo detenerse… Ocurre que cada vez que se me presenta la ocasión de practicar el español con alguien, la aprovecho a fondo. Y conste que no vivo agobiada por la añoranza del terruño, quizá porque esta ciudad sucia, caótica e imposible, pero que he llegado a querer mucho, es todavía una ciudad española en un cincuenta por ciento. En cada esquina se encuentra uno con los recuerdos y vestigios que nuestros reyes y virreyes han dejado por aquí. Desde Alfonso el Magnánimo hasta Carlos III, tan querido y admirado aún hoy por los napolitanos, las distintas banderas que han ondeado sobre esta ciudad han sido, salvo deshonrosas excepciones, símbolos del poder y de la presencia de España. No hay gran diferencia entre vivir aquí o vivir en una ciudad andaluza… ¡Pero la lengua, ay, la lengua!… El idioma italiano posee, sin duda, una sonoridad suave y cantarina, pero si he de serle sincera, me parece un idioma un tanto paleto, incluso pueblerino. Cuando lo hablo, tengo la impresión de estar utilizando una lengua aún no del todo desarrollada… los expertos afirman que la culpa de este insuficiente desarrollo la tuvo el Dante, culpa involuntaria, por supuesto. La lengua romance que empleó para redactar su Divina Comedia pareció, en su época, tan perfecta, y sin duda lo era en comparación con los otros dialectos que entonces se hablaban, que los escritores que llegaron después apenas se atrevieron a tocarla… ¡El italiano, señor Beltrán, al menos el italiano literario, apenas ha cambiado en los últimos siete siglos!…
Mauro escuchaba a Lucía un tanto sorprendido. No se esperaba encontrar, en la persona de una dueña de pensión, alguien que disertase sobre cuestiones literarias y lingüísticas de forma tan cabal. Y no pudo menos que trasladar su extrañeza a su interlocutora.
—Pero, señor Beltrán, ¿acaso ignora que incluso ciertas dueñas de pensión han frecuentado la universidad? ¡Lo uno y lo otro no son incompatibles! Yo estudié los tres primeros años de Filosofía y Letras en la Complutense… Me encanta leer, bien novelas de carácter histórico o bien libros de historia en sentido estricto. Volviendo al tema que tratábamos, a mí lo que me atrae del castellano es su rotundidad, su… ¿podríamos definirlo como hidalguía? El castellano es un idioma serio, señor Beltrán, y en mi opinión, seriedad es lo que le falta al italiano. En cuanto a la capilla San Severo…
—Capilla que nunca he contemplado personalmente —quiso aclarar Mauro—, ya que es la primera vez que visito Nápoles. Cuando hace dos años bajé de Roma para visitar Herculano y Pompeya, pasé de largo por esta ciudad, pecado del que, humilde y arrepentido, me acuso…
—¡Acepto su arrepentimiento! Pero hizo mal. Esta capilla es una de las maravillas de Italia —afirmó doña Lucía, con énfasis del todo meridional—. ¡No, no me mire de ese modo, que no exagero! Si esta obra maestra del último barroco se encontrase en cualquier ciudad al norte de Roma, colas de turistas se formarían ante ella para contemplarla. ¡Por desgracia, se encuentra en Nápoles!… Esta capilla, don Mauro, es… —y la patrona intentaba buscar la expresión adecuada— un espacio sublime. ¡Sí, eso es lo que es, sublime! Pero debo de ser una napolitana muy distraída, ya que me enteré del percance ocurrido al techo de la capilla sólo unos pocos días antes de que me anunciaran que venía usted a Nápoles y se alojaría en el Albergo Aurora. Y eso que hablamos de un lugar que se encuentra a menos de 600 metros de aquí… Pensándolo bien, non so da cuanto tempo non vado in questa cappella!…
—¡Pues su cierre ocurrió hace ya tres meses! —puntualizó Mauro—. Me informaron asimismo de que la capilla había sido ya limpiada y restaurada una primera vez hacía cinco o seis años, pero que una grieta en el tejado, causada, parece ser, por uno de esos breves temblores de tierra, tan frecuentes por estos lugares, propició que se formara una bolsa de agua de lluvia encima del cascarón de la bóveda, lo que ha provocado que unos pocos metros cuadrados de ésta se desprendiesen y cayeran al suelo, en pedazos tan pequeños, que ha resultado casi imposible juntarlos y ensamblarlos.
—¡Espero que ese desprendimiento no incluya alguna zona principal de la pintura! —suspiró doña Lucía.
—¿Y si así fuere? —contestó Mauro, con aire retador—. ¡Acepto cualquier apuesta a que dejo la parte accidentada en perfecto estado! Soy un excelente restaurador, y lo puedo afirmar sin falsa modestia. De no ser así, ¿habría sido invitado a trabajar aquí? Además, quizá pueda contar con la inapreciable ayuda de don Raimundo di Sangro, siempre que tan sabio príncipe, desde allí donde se encuentre, me lo permita y no obstaculice mi tarea…
—¡Hágame caso, no se burle! —volvió a advertir Lucía.
—¡Seré bueno! —respondió Mauro, contrito en apariencia, aunque aquel fingido arrepentimiento escondiese no poca guasa.
—¡Bien! ¿No le parece que va siendo hora de que le enseñe su cuarto? Ande, vamos. ¿Pero ha venido con una sola maleta por todo equipaje?
—¡Santo cielo! —gritó Mauro—. ¡He olvidado la grande allí abajo, en el patio, al pie de la escalera! ¡Qué cabeza la mía! A punto estuve ya de dejármela en el taxi…
Doña Lucía, sorprendida, contempló durante unos segundos a su nuevo huésped, y exclamó:
—Pero criatura, ¿en qué lugar del mundo cree que se encuentra? ¿Acaso en Suiza? En este caserón habitan varias familias, y gente de todas clases entran y salen de continuo. ¡Angioina, Angioina!
La sirvienta así llamada apareció, luego de unos segundos. Se trataba de una muchacha muy joven, de rostro candoroso, cuerpo frágil y pechos no muy voluminosos, pero altos y redondos, además de tiernos y sabrosos como una fruta madura, pechos que atrajeron, de inmediato, la atención de Mauro. «Unos bonitos senos de mujer merecen siempre que una mirada cuidadosa y apreciativa se pose en ellos», pensó el joven restaurador.
—Angioina, va cercare, ràpido, la valigia di questo signore! Forse la troverai nel cortile, presso al inizio della scala… Ma ti prego di non andare scalza! Va porre le tue babbuce!…
—Perdón, doña Lucía —terció Mauro—, pero debo bajar con ella. Me remordería la conciencia si dejase que esa pobre chica cargase con mi maleta ella sola. Pesa bastante. ¿No habrá ascensor, verdad?
—¿Ascensor? ¿Ascensor en estas viejas mansiones del barrio de Spaccanapoli, uno de los más vetustos y destartalados de la ciudad? ¡Ande, baje, pero mientras ambos discuten sobre quién ha de cargar la dichosa maleta, puede, si le apetece, intentar ligar con la chica!… Le resultará bastante fácil. Angioina siente pasión por todo lo español y tanto el jamón serrano como el hombre hispano van incluidos en el mismo paquete de productos ibéricos… Respecto a los varones carpetovetónicos, por el simple hecho de serlo, los venera como si cada uno fuese una auténtica reencarnación de Don Juan Tenorio. Sospecho que tiene complejo de Doña Inés —concluyó doña Lucía, no sin cierto desprecio, aunque la mirada de reproche que Mauro le dirigió, hizo que la dueña de la pensión se sintiese un tanto culpable.
—¡Pobre niña! —admitió, in extremis—. Se encuentra muy sola, ¿sabe? ¡Acaba de perder a sus padres en un terrible y absurdo accidente!…
* * *
La maleta, por suerte, se encontraba allí donde Mauro la había dejado. «¡Nápoles no será Suiza, pero no todos los napolitanos son ladrones!», concluyó aquél, mientras bajaba la escalera acompañado de Angioina. Ésta ni tan siquiera intentaba ligar con el guapo español que tenía a su lado. Se limitaba a admirarle, de refilón, silenciosa y extasiada… Mauro logró alcanzar la maleta, y después de un breve forcejeo con la chica que pretendía participar en el esfuerzo, empezó a subir aquel pesado bulto, arrastrándolo escaleras arriba, dando, eso sí, algún que otro traspiés con el borde irregular de los escalones.
—¡Bien, no se han llevado la maleta! —exclamó aliviada doña Lucía al verlos entrar—. Ma, Angioina, perché non ai aiutato al nostro óspite a portare la sua valigia?
—Ma signora —se quejó, llorosa, la pobre sirvienta—, ho provato a portarla, ma non reisci ad alzare, io sola, questa grande borsa di viagio! E troppo pesante! —Y mientras contemplaba, admirativa, los fuertes brazos de Mauro, que éste llevaba al descubierto, la pobre muchacha subrayó—: Inoltre, questo giovane signore è cosi possente!
—Bah, quanta sciochezza e quanta scusa! —fue el desaborido comentario de la señora Candelario, que, decididamente, no parecía apreciar demasiado a Angioina. Luego de encogerse de hombros, miró otra vez al nuevo huésped, y a guisa de orden, más que de sugerencia, le señaló el pasillo.
—¿Y si nos dirigiésemos por fin a su habitación, señor Beltrán? Si no me equivoco, es la tercera vez que se lo sugiero… ¡Tengo entendido que desea alojarse usted aquí…! ¿O me equivoco?
El corredor por el que se adentraron, ancho y profundo, exhibía, como única decoración, una amplia colección de grabados de estilo imperio, con vistas de lugares arqueológicos de la Campania[1]. Las estampas conservaban sus elegantes marcos de época, con el oro ya gastado en ciertas partes, y el yeso visible en alguna que otra esquina levemente desportillada.
—Sono belle, queste incisione, non e vero? —comentó doña Lucía, utilizando esta vez su idioma adoptivo—. ¿Cómo se dice incisione en español? ¡Ah, sí, grabados! ¿Sabe que a veces se me olvidan ciertas palabras de mi propia lengua?
Llegaron ambos ante una puerta, afeada por una reciente capa de esmalte blanco, de excesivo brillo. Doña Lucía introdujo una llave en la cerradura, y con un gesto brusco, empujó la puerta, cuyos bordes se habían pegado ligeramente al marco.
—Et voilà —exclamó la patrona con aire triunfal.
Entró Mauro detrás de doña Lucía, y al divisar la amplia y cuidada estancia, no pudo menos que proferir un comentario admirativo.
—¡Qué hermosa habitación! ¡La esperaba más pequeña, y… y menos lujosa!
—¡Me alegro de que le guste, ya que le he reservado la mejor de todo el albergo! Fíjese en los estucos del techo, tan típico de las grandes mansiones del siglo XIX. Hice restaurar esos frisos hace apenas dos años. Me presionaron para que me decidiera a enriquecer ciertos relieves con pan de oro, pero me pareció un alarde excesivo, además de un gasto innecesario. Al final, decidimos realzarlos con unos toques de gris. ¡El gris resulta siempre tan elegante! Pero lo mejor de este cuarto son los muebles. ¡La cómoda es bellísima, e non soltando bella, ma auténtica! ¡Trátemela con cuidado, ya que, si no, tendrá que restaurármela usted! Pero no es la cómoda, sino la cama la joya de esta habitación. ¡Una verdadera obra de arte! Además, su anchura fue pensada para que dos personas durmiesen, con toda comodidad, en ella. Como puede comprobar, este dormitorio que le ofrezco es de doble uso, aunque para usted será de uso sencillo. No, no tiene que darme las gracias, lo hago con sumo gusto.
Se le olvidaba añadir a la patrona que, aunque destinada de momento a uso unipersonal, el precio que ésta le indicara a la concejala por la habitación equivalía, exactamente, al de una camera doppia, que no es lo mismo ser buena que tonta, había pensado doña Lucía, atenta siempre a su bolsillo…
—Y tras esa puerta se encuentra el aseo —encadenó la mujer—. Se trata de un cuarto de baño antiguo, pero bien cuidado y lleno de encanto. Hace un año, ordené redorar los viejos grifos, que han quedado hechos una preciosidad. ¡Ya verá cómo disfruta descansando en esa enorme bañera de casi dos metros de largo!
A Mauro, el cuarto de baño, con aquel colosal artilugio, anacrónico y enternecedor, le pareció salido de una película de época. «¡Ya se me ocurrirá algo para darle a este armatoste un uso no sólo original, sino, sobre todo, pecaminoso!», pensó. De pronto, se dirigió hacia Lucía:
—¿Tiene este dormitorio una buena vista?
Doña Lucía pareció dudar, y como respuesta, se acercó a la ventana de la habitación.
—Vista propiamente dicha, no. Esta ventana se asoma a otra ventana situada en el edificio de enfrente; sólo un callejón separa a las dos… ¡El viejo Nápoles es así! Por suerte, acaban de restaurar las fachadas de esa casa, que en gran medida son del siglo XVIII. ¡Hermosa arquitectura, como podrá comprobar!
Y doña Lucía abrió las contraventanas para que Mauro pudiese contemplar aquellas renovadas muestras arquitectónicas; sin embargo, lo que contempló le hizo proferir una no muy delicada exclamación, que procuró ahogar de inmediato. La ventana de enfrente, abierta de par en par, dejaba ver una espaciosa alcoba, con un gran lecho de hierro en su centro. Sobre la cama, debidamente desordenada, un hombre ancho y fuerte hacía ondular, rítmicamente, su espalda, mientras sodomizaba, con evidente entusiasmo, a una hembra treintañera que, mientras esto sucedía, agitaba de un lado a otro su cabeza, aureolada por unos cabellos de un rojo violento, algo maltratados por una encrespada permanente. La mujer gimoteaba de placer, y acompasaba sus alborozados quejidos con los resoplidos, hondos y poderosos, de su pareja. De pronto, el hombre se retiró de la hembra, y se echó de espaldas sobre la cama, mientras la mujer se colocaba de cuclillas sobre el pene tenso del varón, pene que el esfínter, al parecer insaciable, de aquella engulló con pasmosa rapidez y con voracidad parecida a la de una flor carnívora…
A nuevas posturas, nuevas exigencias, y también renovadas energías; e iban así aumentando los jadeos y resoplidos de ambos amantes, cuando doña Lucía se volvió hacia Mauro:
—¿Acaso desea usted contemplar el acto hasta su gloriosa culminación, que aún puede tardar, o podemos dar por concluido el entremés pornográfico?
—¡Por concluido lo daremos! —respondió Mauro con un suspiro… y de pronto pensó que Nápoles le empezaba a gustar…
—Ah, l’amore, l’amore! —murmuró doña Lucía, que, con ese comentario, intentaba otorgarle cierta dignidad moral al acto recién contemplado.
—¡Ay, el sexo, el sexo! —replicó Mauro, con menor afán moralista y, sin duda, mayor exactitud.
—Bien —cortó doña Lucía—, sea sexo o amor, ambas cosas han tenido, en Nápoles, una importancia nunca negada. Incluso en la capilla San Severo, el sexo, o el amor, o ambas cosas a la vez, han intervenido de forma decisiva. Al menos, eso es lo que cuentan los enterados… Incluso la muerte parece… ¡Pero, Dios mío, escuche ese timbre! ¡Me reclaman en recepción! Debo dejarle, don Mauro. Feliz estancia… ¡Ah, y también, felices vistas!
Mauro, una vez solo, comenzó a inspeccionar su nuevo dormitorio con detenimiento. Los pesados muebles decimonónicos, que tan excesivos parecen cuando colocados en un piso moderno de bajos techos y habitaciones reducidas, se veían allí precisos y preciosos, bajo las recargadas y suntuosas escayolas que remataban el alto cielo raso. Pero lo que más atrajo la atención de Mauro fue la cama, complicada estructura de sorprendente y desinhibido virtuosismo. Lejos de despreciar una ornamentación que muchos tacharían de excesiva, el nuevo huésped se entretuvo, primero, en admirar, y después en acariciar cuantos pétalos y hojas enriquecían las guirnaldas que recorrían la cabecera del lecho, así como las volutas arquitectónicas y los rebuscados capiteles que intentaban estructurar la abigarrada superficie de aquel imponente respaldo. Además de constituir una colosal pièce de résistance, aquella cama, pensó Mauro, se configuraba como una altisonante declaración de intenciones. ¿Pero cuáles eran, en último término, esas intenciones? ¿Acaso aquel grandioso lecho nupcial pretendía glorificar la institución del matrimonio burgués, pilar y eje de todas las viejas sociedades patriarcales, tan empeñadas en exhibir, a la menor ocasión, su prosperidad crematística, o era aquella una muestra triunfal de las fastuosas voluptuosidades que brindaran, durante la belle époque, los lujosos burdeles que prestigiaban las grandes capitales europeas?
Mientras meditaba sobre todo esto, Mauro se echó, cuan largo era, sobre la colcha de color arena, tejida a mano, y que cubría, de lado a lado, la superficie del lecho. Se quitó los cómodos, aunque polvorientos mocasines de piel vuelta que llevaba, para así restregar sus talones contra los bordados relieves de la colcha. Pero una vez liberados sus pies de esa molesta cárcel, que es en lo que se convierten, en verano, casi todos los zapatos, por ligeros que sean, Mauro los notó ardientes e incluso hinchados. Volvió a fijarse en la colcha, planchada y limpia, y concluyó que los exquisitos bordados de ésta merecían recibir sobre ellos unos pies libres de todo sudor. Aunque cansado por las horas que hubo de permanecer haciendo cola durante las prolongadas esperas en los aeropuertos, y también por aquel largo rato de charla en el recibidor del Albergo Aurora, aquella enorme y suntuosa cama parecía estar llamándole, incluso apremiándole para que descansase sobre ella. Decidió entonces dirigirse al cuarto de baño y no dejarse seducir por la tentación de la pereza. Allí, semiescondido en un rincón, discreto en su emplazamiento pero no en su volumen, harto generoso, ni en su forma, curvilínea y opulenta, esperaba el bidé. Mauro se acercó a él, abrió el grifo indicativo del agua fría, y allí metió, primero uno y después el otro, sus pies cansados que parecieron revivir al contacto de aquel líquido fresco y transparente. Volvió a repetir la operación, y una vez concluida ésta, tomó una mullida toalla y secó, con cuidado, sus extremidades inferiores, de las cuales se sentía legítimamente orgulloso. Salió del cuarto de baño, llegó hasta la cama, y en ella se tiró, como quien se tira a una piscina. Sintió el limpio frescor de la funda de la almohada rodear su cráneo, su cuello y también su rostro. Pero acostado en esa posición, se dio cuenta de que ésta le impedía contemplar aquel triunfal y apoteósico cabecero… Decidió entonces invertir su postura, y arqueando la espalda, dio un giro total a su cuerpo, colocando la cabeza en el extremo inferior de la cama. Luego, con un suspiro de satisfacción, descansó por fin sus pies sobre la funda de la almohada, para así situado, poder deleitar su vista con aquella ampulosa apoteosis de ebanistería. Juzgado de pésimo gusto durante décadas, un progresivo cambio de apreciación a punto estaba de elevar aquel esfuerzo artesanal a la todavía inestable categoría de obra de arte singular…
«Guste o no —concluyó Mauro—, resulta inútil negar la rotundidad y entusiasmo de tan monumental propuesta estética». Y mientras el joven restaurador se entretenía con estas consideraciones, alzó sus pies hasta tocar la parte superior de la cabecera, y así recorrer las elaboradas curvas y los complicados salientes de aquel profuso entramado decorativo. Cerró los ojos para intentar adivinar, al toparse sus dedos o sus plantas con algún acusado relieve, si aquel tropiezo lo causaban unas hojas, unos pétalos de flor o un determinado ornamento arquitectónico…
De pronto, el recuerdo de aquella pareja vecina, ensayando, entusiasta, actos de tan antigua tradición amatoria, desplazó de su cerebro la abigarrada hojarasca que sus extremidades inferiores se habían entretenido en explorar. Y la mano de Mauro, sin él apenas ser consciente de su gesto, comenzó a vagabundear en círculo en torno al bulto prometedor que se ocultaba bajo su bragueta. Pronto, lo allí escondido fue, primero, desperezándose, para luego, al crecer, exigir una pronta salida para determinadas ansias que se hacían cada vez más tensas…
Desató entonces Mauro su pantalón vaquero, e introdujo su mano por la cintura desabrochada, para rescatar de su encierro a aquel inquieto trozo de carne, que tan dispuesto se mostraba ante la perspectiva de un inmediato festejo seguido de un pronto alivio. Y resuelto estaba Mauro a prestar ayuda a aquella animosa impaciencia cuando, sigiloso y sin avisar, el sueño le asaltó y le rindió, convirtiendo lo que hubiese debido ser una alegre masturbación, seguida de una corta siesta, en un sopor envolvente y profundo, que duró casi toda la tarde…
Capítulo
II
AVISOS Y ADVERTENCIAS
A la mañana siguiente, los rayos oblicuos del sol que se filtraban por las persianas despertaron a Mauro apenas despuntado el día. A pesar de lo temprano de la hora, el joven se sentía descansado y contento. Pero aunque no sintiese ganas de seguir durmiendo, quiso permanecer inmóvil durante un largo rato, cubierta la parte inferior del cuerpo con una sábana que envolvía sus muslos, y cuyo extremo inferior, antes de arrastrarse por el suelo, se había enredado en uno de sus tobillos. Temía Mauro que cualquier movimiento, por pequeño que fuese, pusiese en peligro aquella sensación de bienestar que le inundaba. En momentos como éste, don Mauro Beltrán se daba cuenta de que el mero hecho de sentirse vivo procuraba, por sí solo, gozo suficiente para justificar el hecho de existir. Con innegable grandilocuencia, Mauro definía aquello como la voluptuosidad de ser…
Y mientras éste se esforzaba en seguir disfrutando de aquella inmóvil espera, su mente se entretenía recordando las diversas conversaciones mantenidas la noche anterior, durante la cena, así como ciertas anécdotas que le precedieron.
Mauro, la tarde previa, luego de entretenerse paseando sus pies por los acusados relieves que adornaban la cabecera de su cama, había caído en un sueño tan profundo y compacto, que consiguió que, a pesar del ruido de las suelas, fuera incapaz de escuchar los pasos de Angioina, que entraba en la habitación con el propósito de despertarle para la cena.
—Sveglia il tuo bello spagnolo. I canneloni saranno pronti… in diecci minuti più o meno —había ordenado doña Lucía. Pero ya dentro del dormitorio, al contemplar aquel hermoso cuerpo de hombre entregado al sueño, con la cabeza volcada hacia atrás, los pies desnudos descansando sobre la almohada y, sobre todo, con aquel pantalón desabrochado, y ese pene gozoso que la bragueta entreabierta apenas escondía, Angioina empezó a comprender lo que la palabra éxtasis significaba. Y como aquella estremecida contemplación, a la cual era incapaz de sustraerse, se prolongase durante unos minutos, las manos de la muchacha, que no se resignaban a permanecer quietas, comenzaron a pasearse por el cabello oscuro y ensortijado del español. Después, con la yema de sus dedos inseguros pero ansiosos, se atrevió a rozar aquellas pestañas negras y apretadas, para luego seguir el dibujo de unos labios animados por un rojo quizá demasiado intenso. Rodeó después Angioina el contorno del mentón, y dando un salto por encima de la camiseta de Mauro, acarició, por fin, el vello sedoso que crecía en torno al ombligo del joven restaurador. De allí bajó hasta recorrer el reverso de la mano, cuyos dedos se adentraban y perdían en el interior de la bragueta y, por último, después de sortear la gruesa tela del pantalón, acarició, con respeto casi religioso, el contorno de los pies del joven, pies cuya hermosura fue para ella una sorpresa y cuyas plantas llegó a rozar con un beso…
Aquel contacto provocó en Mauro unas cosquillas que le despertaron. Luego de unos instantes de desconcierto, preguntó, con engañosa ternura, y utilizando un lenguaje, mezcla anárquica de español e italiano:
—¿Qué, te gustan mis pies? Sono carini, questi piedi miei. Devo riconoscere che mi piacciono anche a me! Pero está prohibido tocarlos sin mi permiso, mia cara ragazza. Sí, Angioina, me has oído bien. Vietato toccare! Capisci? —Y de pronto el tono de su voz se endureció—. ¡Repito, estos pies míos, como también otras partes de mi cuerpo, se miran, pero no se tocan!
Al escuchar estas palabras, la expresión del rostro de Angioina pasó, en tan sólo unos segundos, del arrobo contemplativo al sofoco y la vergüenza. Y también por unos segundos, Mauro sintió compasión por la chica; pero la tentación de la crueldad resultaba demasiado fuerte como para desecharla, lo que obligó a Angioina a escuchar revelaciones mucho más dolorosas. Mauro, que al incorporarse y posar sus plantas desnudas sobre el suelo, sintió el frescor del mármol subirl
