La familia maldita (Carmina Nocturna 4)

Carolina Andújar

Fragmento

1
El anuncio clasificado

Era diciembre, y aunque el año terminaría en un par de días, no podía dejar de sentir que mi vida estaba por empezar. Tras haber cuidado de tía Lena durante casi once meses, esta se había recuperado plenamente, y a pesar de que la nieve cubría el jardín y el frío viento amenazaba con colarse por las rendijas de las ventanas, mi querida tía tenía al fin buen semblante y mejor apetito que yo. Pero no era la posibilidad de regresar a casa y retomar mis actividades habituales lo que tanto me entusiasmaba. Aquella mañana había recibido una carta. No era una carta cualquiera, sino una que esperaba con impaciencia y, como si del destino se tratase, había llegado justo cuando tía Lena ya no dependía más de mis cuidados. De haberla recibido un mes atrás, me habría visto obligada a rechazar la plaza que anhelaba. Sin embargo, me vi libre de proceder como mejor me lo parecía, y lo que deseaba era convertirme en la institutriz de los niños de aquella antigua familia, como el anuncio clasificado al que había contestado indicaba. Echaba de menos a mis padres y a mi hermano Aleksy, por supuesto. Sin embargo, la carta estipulaba que quienes serían mis empleadores requerían mi presencia cuanto antes. De aceptar, su cochero me llevaría a la propiedad el primer día de enero, por lo cual no tendría tiempo de viajar a casa antes de iniciar mis labores.

Lublin era una ciudad pequeña, pero al menos contaba con una eficiente oficina de correos y una biblioteca en la que aún podían encontrarse libros en polaco que no habían pasado por la censura del Imperio ruso. Era posible, además, comprar el periódico a diario. Me entretenía horas enteras observando los anuncios publicitarios y leyendo las noticias, pero lo que más me gustaba era detenerme en los clasificados, que desplegaban por vez primera un mundo secreto ante mí. Desde solicitudes matrimoniales hasta ofertas de empleo, la gente comunicaba de forma relativamente privada sus necesidades y proveía una dirección a la cual los interesados podían dirigirse. Poco a poco me había permitido soñar con postularme a algunas de las plazas ofrecidas, pero ningún anuncio había hecho latir mi corazón como aquel al que me había atrevido a responder, tanto así que lo había recortado e insertado entre las páginas del único libro de mi pertenencia que había llevado conmigo a casa de tía Lena, La dama pálida de Alejandro Dumas, mi favorito, un delgado ejemplar impreso en el francés original que mamá no recordaba cómo había obtenido, pero que al parecer era una rareza, dado que la historia solía ser publicada dentro de otras compilaciones de cuentos del autor. El anuncio leía en el ruso oficial impuesto al territorio polaco en el cual se hallaba Lublin:

Antigua familia solicita los servicios de institutriz para niños de siete y diez años. Amplia remuneración. Favor enviar carta con descripción detallada de sus aptitudes a la dirección aquí especificada.

La dirección correspondía a un bufete de abogados de Varsovia, por lo cual había yo deducido que la gran ciudad sería el lugar donde habría de realizar mis labores de ser aceptada mi aplicación. Sin embargo, quince días después de enviar mi respuesta, había recibido a vuelta de correo una carta que revelaba nuevos aspectos del que podría convertirse en mi trabajo:

15 de noviembre de 1893

Estimada señorita Pawlak:

Hemos recibido su respuesta. Nos complace comunicarle que estamos considerando con seriedad contratarla como institutriz particular. Debemos especificar, aun así, que su trabajo requerirá que se mude a la propiedad familiar, la cual se encuentra a largas y arduas horas de camino del centro urbano más cercano, en medio de un denso bosque rodeado de extensas colinas deshabitadas. Estará usted, pues, alejada del bullicio de la ciudad, así como de sus allegados y de su entorno. Hemos comprobado con desencanto que pocas personas resisten estas condiciones, aunque se hallen cómodas y bien alimentadas. El aislamiento requiere un temperamento especial que pocos hombres y mujeres poseen. Por lo tanto, le pedimos medite al respecto en profundidad y responda sinceramente si se juzga capaz de cumplir con este requisito indispensable. Podrá, por supuesto, pasar las Navidades con su familia, pero no podemos ofrecerle más tiempo libre, a menos que se trate de una emergencia, caso en el cual le permitiríamos ausentarse a lo sumo unos días. Por lo demás, su salario consistirá en…

A continuación se mencionaba una suma de dinero tan generosa que incluso algunas personas bien posicionadas habrían optado por dejar sus plazas para mudarse al campo e instruir a aquellos niños. En unos pocos años tendría ahorros suficientes para construir una pequeña vivienda. Valía la pena solo por eso. Pero debo confesar que lo que mis potenciales empleadores describían como la mayor dificultad era justamente lo que más me atraía del empleo descrito. Había sentido desde niña una inmensa curiosidad por las vidas que llevaban las personas que habitaban aquellas viejas propiedades remotas. No así por las vidas de los campesinos comunes, pues la aldea de mis padres estaba compuesta de familias de granjeros y esa existencia la conocía de sobra: no se sentía ninguna soledad; es más, los vecinos eran aún más dados a las habladurías que aquellos de la ciudad y conocían las rutinas de los demás al dedillo, lo cual me exasperaba y era el motivo de que me hubiese ganado la reputación de ser una persona poco amigable y taciturna, aunque, insisto, no lo era en realidad, sino que había optado por mantenerme al margen de los insípidos dramones de nuestra comunidad, y prefería ocuparme devorando libros cuyo lenguaje distaba mucho de parecerse al que empleaban las amas de casa que visitaban nuestro hogar con la esperanza de hallar algo malicioso que reportar. Algo similar me ocurría con los hombres de la localidad: su forma de pronunciar las palabras me permitía saber de inmediato cuán rústicas serían nuestras conversaciones, y aunque no los despreciaba por ello, tampoco sentía ninguna inclinación por pasar de una charla acerca de los pozos secos o rebosantes a un coqueteo soez. En ocasiones me culpaba a mí misma por ser en exceso romántica o melancólica, por no adaptarme a mis circunstancias, y al final terminaba por responsabilizar a las novelas que habían robado mi corazón. Papá lo llamaba en broma la maldición de una educación excesiva en una Polonia oprimida, habiendo notado mi falta de interés en los chicos que se aproximaban a nuestra granja en busca de empleos de verano. Mamá era la maestra de nuestra aldea, y yo la había asistido en sus labores desde la adolescencia, por lo cual estaba habituada a corregir las pruebas y los ensayos de alumnos de todas las edades. También hacía las veces de tutora vespertina de algunos chicos cuyos padres aspiraban a que mejorasen su dominio del francés y del latín para que pudiesen convertirse en sacerdotes más adelante. Todos sabían que mamá estaba mejor preparada que cualquier otra maestra que la aldea hubiese podido tener, y que esto se debía a que, cuando era aún muy niña, los ricos empleadores de la abuela le habían permitido tomar clases con sus hijos. Mamá había resultado ser una alumna sobresaliente, tanto así que sus tutores la habían recomendado para muchas plazas como institutriz, una vez finalizado el término de educación reglamentaria. En vez de contentarse con esto, mamá había expandido sus conocimientos con el paso de los años, y tras trabajar en algunos institutos y casas de familia prestigiosos, había conocido a papá, un granjero próspero y guapo que había logrado enamorarla durante una visita a la ciudad. Ambos habían viajado a la aldea de origen de papá, y juntos habían fundado la escuela de la comunidad, la cual papá había construido con sus propias manos y la ayuda de su hermano Stan. De tal modo, la aldea se había convertido en una de las más instruidas de la región, lo cual no significaba de ningún modo que el habitante promedio fuese medianamente refinado. Con la excepción de algunos chicos seducidos de modo fugaz por las letras o los números, la propensión intelectual seguía siendo a lo sumo transitoria, un asunto casi fantástico que se desvanecía con la llegada del primer amor y la conformación de un hogar propio.

En lo que me concernía, varias veces me había enamorado del aspecto de algún chico de la aldea, pero aquello jamás había durado más de un mes. Mi interés romántico parecía depender de cuántas veces hubiese hablado con el chico en cuestión: había concluido, al fin, que si deseaba preservar la fantasía del enamoramiento, me sería prudente contemplar al chico en la distancia y así jamás escuchar el modo en que hilaba las frases. Aunque pocos eran presumidos, su sentido del humor era casi infantil, y su denominador común, una vez los adultos se ausentaban, era la insolencia. Se me antojaba, pues, que sus cuerpos maduraban sin que por ello su espíritu lo hiciese también. Papá preguntaba, con fingido aire de preocupación, si en algún momento los sorprendería a él y a mamá con un magnífico prometido octogenario, a lo cual yo siempre replicaba que nada me haría más feliz. Pero mentía. Los ancianos de la región tampoco daban muestras de mayor profundidad. Las chicas de mi edad no eran más interesantes: fuera de los quehaceres domésticos, la ineludible vanidad adolescente y nuestra común evaluación del atractivo masculino, no teníamos grandes similitudes, o así me lo parecía a mí, por lo cual, aunque no me fuesen antipáticas en particular, tampoco tenía ninguna amiga demasiado cercana, y así me encontraba mejor. Reía con ellas aquí y allí, satisfecha con aquellos encuentros superficiales que les daban suficiente de qué hablar sin ahondar demasiado en mi carácter.

Cuando mis padres me habían pedido que viajase a la ciudad a cuidar de tía Lena, me había sentido esperanzada. A decir verdad, lo había pasado muy bien, pero no había entablado ninguna amistad sólida y había descubierto que era más difícil relacionarse con otros en un entorno urbano, quizás porque todos estaban tan ocupados y siempre parecían tener un propósito definido una vez salían a la calle. Por ende, aunque lo hubiese deseado, tampoco había conocido a nadie que no fuese un allegado directo de tía Lena. Todos ellos eran amables y, sin embargo, sus intereses me eran ajenos. Hablaban de guerras y tratados políticos, de salarios y de precios, de enfermedades y difuntos. Por mi parte, hubiese querido escuchar alguna de sus reflexiones personales, pero todos parecían, al igual que los habitantes de la aldea, concordar con sus propios refranes locales, los cuales reiteraban una y otra vez. Coincidían con los aldeanos en algunos: Al que madruga, Dios le ayuda, El que las hace, las paga y Quien compra tierras, compra piedras. Quien compra carne, compra huesos. Quien compra huevos, compra cáscaras. Quien compra cerveza, no compra nada más. Aquellas eran sus verdades. Simples, pragmáticas y tal vez refutables para quien tuviese la paciencia. No era mi caso.

Había optado, pues, por ser sincera en mi respuesta a la familia que consideraba emplearme: aunque estaba por cumplir los veinticuatro años, nada me apetecía más que pasar un largo tiempo aislada del mundo que ya conocía, y lograría que las Navidades me bastasen para pasar tiempo con mi familia. Había explicado también que aún cuidaba de mi tía enferma y que esperaba hubiese recobrado su salud para cuando me diesen una respuesta definitiva, pues no habían explicado cuándo debía comenzar a trabajar, pero sabía que muy probablemente contratarían a otra candidata de no hallarme a su disposición para entonces. Había comunicado tanto a mi tía como a mis padres mi deseo de obtener la plaza, y todos se habían mostrado optimistas al respecto. Lo que no había compartido con nadie, y ni siquiera habría osado escribir en un diario íntimo, era el presentimiento que me embargaba. Quizás por el sinfín de novelas que había leído, quizás por mi innegable deseo de acercarme a una nueva realidad, desde que había respondido a aquel anuncio, me había sentido observada. Y aunque no era yo persona dada a la superstición, las historias de índole sobrenatural que estaban en boga en la época y que tanto disfrutaba debían ser la fuente de aquella inexplicable impresión. Al menos eso me repetía a mí misma.

2
Yo

Con base en lo anterior, muchos podrían pensar erróneamente que me consideraba una persona especial. Nada más lejos de la realidad. Sentía que, en la distancia que ponía entre yo misma y mis congéneres, se hallaba la mayor prueba de que era un ser humano defectuoso que no podía evadir sus propias limitaciones. Quería que los demás me agradasen. Compartía los ideales positivistas polacos que pugnaban por la igualdad de derechos de toda la sociedad, incluidos las mujeres y los campesinos. Deseaba la asimilación de las minorías judías polacas, aunque no conociese a ningún judío personalmente, y me entristecía el violento desplazamiento de la ocupación gradual y al final exitosa por parte de Austria-Hungría, el Imperio ruso y el Reino de Prusia, que habían cerrado tantas escuelas polacas, causando aquellos niveles de analfabetismo sin precedente contra los que mis padres luchaban como los patriotas convencidos que eran. Dependiendo de la dominación en una porción determinada del territorio polaco, el ruso y el alemán ya eran en el año en curso las lenguas oficiales del anteriormente llamado Reino de Polonia. Este había sido nombrado para entonces por los rusos Tierras del Vístula, río que recorre el territorio polaco, para evitar que llamásemos a nuestra tierra por su nombre. Sin embargo, aún solíamos hablar polaco entre nosotros, resistiéndonos a la imposición de nuevas costumbres sin recurrir a la violencia que había fallado con anterioridad, según contaban quienes la habían vivido. Sabía, pues, que era como los demás en los aspectos más básicos de mi propia humanidad, pero estaba segura de que no poseía más que desventajas en comparación con ellos. Hubiese querido sentir el mismo entusiasmo que ellos al respecto de las fiestas del pueblo, o cuando el circo se aproximaba a la localidad, y con este, la posibilidad de reír a expensas de algún rimbombante y por lo mismo siempre triste payaso. Lo cierto es que la primera opción me aburría inmensamente, y la segunda me angustiaba de modo inexplicable. Detestaba la algarabía que los demás favorecían, ¡y cuánto hubiese deseado poder disfrutarla! Quizás, me decía, no me había topado aún con el bullicio hecho a mi medida. O quizás, y esto se me antojaba más acertado, no había hallado el silencio que me permitiese apreciarlo. Sabía que, en mis razonamientos, parecía culpar a los demás. Aun así, me culpaba a mí misma por mi desinterés en lo que les concernía. A todos, a excepción de mi familia. A mis parientes más cercanos sentía amarlos, por el contrario, de un modo casi desmedido, por lo cual también había creído que sería saludable para mí pasar aquella temporada con mi tía en Lublin. Me había habituado a hablar solo con ellos. Eran mis únicos amigos verdaderos, y era consciente de que aquello no era normal. Tal vez, pensaba, un apego excesivo me unía a mis padres y a mi hermano. Estar lejos de ellos, aun así, me había volcado más hacia mí misma. Y ahora que estaba por tomar un empleo tanto más lejos de ellos, me preguntaba si lograría al fin vencer las pesadillas que me atormentaban, en el curso de las cuales alguno de ellos perdía la vida de forma trágica sin que yo pudiese evitarlo. Aceptaba, pues, que no era mejor que nadie, prefiriendo la soledad a la proximidad ajena.

Mi hermano Aleksy tenía diez años, la misma edad de uno de los pequeños a quienes instruiría, por lo cual asumía que podría llevar a cabo mi tarea sin dificultad, cosa que había recalcado en mi aplicación. Mis padres me habían llamado Lucyna y nuestro nombre de familia era Pawlak. Me parecía ser lo bastante guapa para no enfadarme al mirarme en el espejo, y lo bastante común para no llamar demasiado la atención: después de todo, era solo un poco más alta que el promedio, de caderas generosas, talle estrecho y pechos medianos. Tenía una cabellera castaña rojiza muy larga y rizada, ojos negros y la tez pálida. Mi nariz era fina y recta, y mis labios, que eran casi tan pálidos como mis mejillas, tenían una bonita forma, siendo el superior de líneas algo puntiagudas, lo cual me daba cierto aire de elegancia que no buscaba procurarme por medio de adornos. Mi frente era amplia y mi barbilla pequeña, y por suerte no tenía grandes orejas, porque prefería llevar el cabello atado en una coleta en la parte posterior de la cabeza. Tenía unas cejas oscuras y bien demarcadas que me agradaban, y pestañas también oscuras aunque delicadas. Mi aspecto era, pues, usual en la tierra donde había nacido, sin que ello signifique que la fisionomía de aquellos que me rodeaban no variase. Era saludable y no me fatigaba pronto; al menos no necesitaba ir a dormir demasiado temprano. Vestía con sencillez porque así lo prefería, no solo porque fuese lo que podía permitirse mi familia. Como bien se sabe, la falta de dinero no evita que algunas gentes caigan en excesos, procurándose el modo de destacarse por medio de lazos, cintas, peinados, encajes, botones y brocados llamativos. No era mi preferencia. Llevaba alrededor del cuello un discreto camafeo que había pertenecido a mi abuela y tenía dos vestidos, uno blanco de escote moderado para los meses más cálidos y uno negro bastante más abrigado de mangas largas, cuello alto y corpiño entallado para el otoño y el invierno. Siempre estaba limpia y preparaba mi propio perfume, una infusión de hierbas y flores silvestres con la cual también enjuagaba mis cabellos periódicamente. Parecía agradarles más a los muchachos del campo que a aquellos de la ciudad, aunque quizás me apresuraba en mis conclusiones: la gente del campo era más demostrativa, siendo menos consciente del modo en que miraba a los demás o cuán permisiva era con los movimientos de sus músculos faciales. Aun así, sin importar su procedencia, entre más instruida era una persona, mayor era el dominio que ejercía sobre sí misma, sus ademanes, inflexiones, el modo en que modulaba las palabras y el volumen que solía emplear para expresarse. Al menos así me lo parecía a mí. Podría pensarse que aquello correspondía a una pérdida de espontaneidad, pero yo sostenía que la capacidad de reflexión se manifestaba con naturalidad en una cierta elegancia en los gestos, y aunque aquello no quería decir que las personas reflexivas fuesen más amigables, sino quizás justo lo contrario, sí me daba la impresión de que, en circunstancias decisivas, aquella capacidad se convertía en sinónimo de sensatez y compasión. La gente se me antojaba, a menudo, cruel, más aún cuando se trataba de forasteros pobres o de personas que padecían alguna deformidad. El siglo XIX estaba por acabar, y yo me preguntaba si realmente aquello cambiaría algún día, si las aspiraciones de los filósofos de la Ilustración, que a su vez habían emergido del humanismo gestado durante el Renacimiento, llegarían a verse reflejadas en el trato que nos dábamos unos a otros. Siglos atrás, el humanismo había osado soñar con una ciudadanía educada, honesta y prudente, con una participación ciudadana que permitiese proteger los valores públicos o cambiar lo que no fuese justo en una comunidad. La Ilustración, por su parte, había promovido el mérito científico, la libertad individual, la fraternidad, la igualdad, la tolerancia religiosa y la separación de la Iglesia y el Estado. Había pasado ya mucho tiempo desde que aquellos influyentes pensadores habían expresado con suma simplicidad preceptos básicos que, de ser realmente incorporados y difundidos, habrían sido fuente de armonía y paz. Y no era que innovasen. Todos sabemos en el fondo en qué consisten la justicia y la bondad. Ellos simplemente habían propuesto aquellos principios como ideales con fuerza y claridad para que sus contemporáneos se supieran dignos de estos, y de modo que la tiranía ya no intentase justificar un proceder mezquino ante el pueblo. Sin embargo, quienes han tenido el poder alguna vez no cesan de buscarlo jamás, y saben de sobra que la ignorancia del pueblo es el campo más fértil para sembrar de nuevo la mentira. Por lo tanto, no lograba yo aceptar del todo la devoción religiosa de mis padres, quienes a pesar de creer firmemente en la educación del pueblo parecían hacerse los de la vista gorda en lo pertinente al clero. Ambos eran católicos como la mayoría de los polacos y creían que Dios nos ayudaría a librarnos de los poderes ocupadores si todos nos uníamos en la perseverancia, la paciencia y la fe. Yo, por el contrario, no lograba reconciliar las nociones de libertad política y obediencia religiosa ciega. No que creyese que cuanto decía la Biblia era falso en sí, pues hallaba en ciertos pasajes obviedades de índole moral que cualquier adolescente habría sido capaz de formular y, en otros, belleza literaria. Lo demás era beligerante, contradictorio o descabellado. En suma, prescindible. Ocurría que, gracias a mis padres, irónicamente, no temía como ellos poner en entredicho la autenticidad de aquel enorme compendio de libros. Pero aquello no me perturbaba ni me interesaba demasiado. Aquellos textos no tenían relevancia para mí. En cambio, sí que la tenía el hecho de que mis semejantes insistiesen en acudir a intermediarios para expresar su sentimiento religioso. Orar era, para mí, expresar un deseo con fervor. Eso y nada más, sin importar el culto del que se tratase. No comprendía, por lo mismo, por qué individuos instruidos y seguros de sus conocimientos no confiaban lo bastante en sí mismos ni en la deidad de su elección como para abordarla de modo empírico y directo. ¿No conocían acaso sus dioses sus mentes y corazones? La fe del creyente nunca era tan sólida y sincera como este lo afirmaba mientras necesitase de una congregación para no huir, o de un guía que lo mantuviese cabizbajo. Los sacerdotes polacos y aquellos importados del Imperio ruso, los pastores protestantes y los escasos rabinos que avistaba cuando pasaba por el barrio en el cual se hallaba relegada su comunidad me inspiraban una desconfianza innata. Todos ellos y sus cómplices, como los llamaba para mis adentros, fuesen monjas, presbíteros o miembros de la congregación demasiado cercanos que querían dar la impresión de reverenciarlos más que los demás. No parecían creer en lo que profesaban. Observaba sus posturas, escuchaba el tono con el que enunciaban las oraciones, notaba el desdén con el que correspondían a quienes los abordaban con aquel candor característico, esto aunque esbozaran una sonrisa que invariablemente había sido estudiada con cuidado. Distancia. Incluso los jóvenes curas que recién habían sido puestos a cargo de una parroquia, los cuales solían esforzarse en mostrarse joviales y enérgicos al inicio, estaban al tanto de que sus congéneres les adjudicaban cualidades sobrenaturales. Y ninguno de ellos estaba dispuesto a perder semejante potestad. Poder. El báculo imaginario con el que la colectividad los dotaba también los despojaba de inmediato de buena parte de su humanidad. Ningún líder puede dejar de sentir cierto desprecio por quien lo sigue. Secretos inconfesables, pensaba, en tanto el guapo cura que llevaba la comunión a mi tía enferma le administraba el sacramento. Yo también recibía de su mano la hostia consagrada, oh, sí. Aquello no merecía un despliegue de rebeldía por mi parte. Todo con tal de no dar explicaciones innecesarias a extraños. Mis padres estaban enterados a grandes rasgos de mi opinión al respecto de estos asuntos y decían comprenderme, lo cual me bastaba. Quien no los comprendía del todo era yo. Cuando estaba en casa, insistían en que los acompañase a la pequeña iglesia de mi pueblo natal para que no perdiese oportunidad de participar en una actividad comunitaria que mantenía unido al pueblo polaco. Les daba gusto. En ese sentido, era libre de pensamiento, pero no de acción. Por suerte, los motivos de mis padres eran políticos. Habría odiado una intromisión en mis creencias personales, las cuales, en ese entonces, se acercaban a aquellas de mis queridos filósofos de la Ilustración. El mío era un deísmo irreligioso, y no sabía si aquel Ser Supremo era la naturaleza o el espacio que podía contemplar desde la Tierra, si era un conglomerado de sensaciones primordiales que había heredado de mis ancestros, remontándose estas a los primeros hombres y las primeras mujeres que habían existido, si no era más que un deseo pueril de sentir que podía apelar en silencio a una inteligencia magna y omnipresente capaz de socorrerme, o una fuerza parecida al concepto del destino sin la connotación trágica que le daban los poetas helenos. Lo único que podía decir con honestidad al respecto era que creía en el bien y el mal como si estos tuviesen vida propia y fuesen capaces de obrar a través de las petulantes pero frágiles criaturas que éramos los humanos. Había experimentado el bien en la ayuda desinteresada y el cariño que se daban unas personas a otras. El mal, como tal, solo lo había sentido palpablemente en un par de ocasiones: la primera, en la feroz mirada de un hombre que merodeaba los alrededores de la granja cuando yo era muy niña, la cual me había hecho correr al interior de la vivienda y poner el cerrojo. Nunca había vuelto a ver a aquel hombre. La segunda, el 30 de diciembre de 1893, cuando caminaba al anochecer desde la biblioteca hacia la casa de tía Lena en Lublin. Había sentido que el vello de mi nuca se erizaba así, sin más, y me había dado la vuelta en busca de alguna presencia que pudiese explicar el miedo visceral que de repente me había embargado. La calle estaba desierta. De nuevo, había cruzado la distancia que me separaba de la casa corriendo hasta casi quedarme sin aliento, y había cerrado la puerta con la pesada tranca. Sabía que mi comportamiento era irracional, y aun así no había podido ir en contra de mi instinto. Había pasado la noche mirando por la ventana a la espera de alguna silueta que confirmase de algún modo que el mal había estado, en efecto, presente en las inmediaciones de la pequeña y cómoda edificación que me acogía, pero nadie pasó ante mis ojos hasta el amanecer y al fin el sueño me venció.

3
La despedida

Tía Lena preparó una cena deliciosa la noche previa a mi partida. Degusté su gołąbki, plato tradicional que consistía en res finamente picada, cebolla y cebada; mezcla que se envolvía en hojas de repollo hervidas. Lo había servido en una bonita bandeja de cerámica ornamentada con flores azules y amarillas. Si aquella no era prueba de su recuperación total, no sabía yo qué podía serlo. Tía Lena era una gran cocinera y la comida aquella noche estaba tan buena como en las mejores épocas.

—Cuando llegues a tu destino, no olvides cerrar con llave la habitación que te asignen cada vez que estés a solas en su interior, no importa que sea noche o día —me había dicho con expresión a la vez severa y concernida—. Ciérrala también con llave al salir. Nunca se sabe que alguien desee inmiscuirse en ella.

Aquel amable consejo me había puesto nerviosa, sobre todo por el miedo que había sentido la noche anterior.

—¿Por qué lo dices, tía? ¿Tienes un mal presentimiento, acaso? —inquirí, tragando en seco. Su expresión se suavizó de inmediato.

—Nada de eso, Lucyna querida —sonrió, aunque su mirada aún no recobraba su desprevención habitual—. Ocurre que muy probablemente te veas obligada a compartir un techo con hombres que no son de tu familia. Hombres que, a diferencia de los que te quieren bien y de forma desinteresada, podrían querer sacar provecho de su posición de autoridad, o simplemente de su condición masculina. Eres lo bastante despierta como para saber a lo que me refiero. Con seguridad habrás escuchado historias de lo que con frecuencia ocurre a aquellas mujeres que no cuentan con ser sorprendidas en soledad por un canalla malintencionado, así como los posibles resultados de dichos encuentros. Embarazos extramatrimoniales, pérdida de su buena reputación y su plaza de trabajo, entre otros. Las consecuencias suelen ser muchas y siempre nefastas. Por ende, reitero: cierra tu habitación con llave. Y procura también contar con la compañía de alguna criada cuando no estés con los niños. Lo mejor que puedes hacer es estar siempre en presencia de la señora de la casa. Que ella siempre te vea sin que por ello la incomodes. Eres una muchacha prudente y de finos modales, por lo cual sé que no importunarás a tus empleadores opinando, hablando o riendo en exceso. Sin embargo, no está de más que te diga que, si en algún momento creyeses estar en peligro, no dudes en regresar sin perder tiempo. Tu integridad vale más que cualquier empleo.

Asentí con solemnidad, helada por dentro. Sabía a lo que se refería. Si bien no había pensado que ser ultrajada por alguno de mis patrones u otro empleado fuese una posibilidad, ahora que tía Lena la mencionaba, me sentía bastante atemorizada.

—Tengo la esperanza de que mis empleadores sean personas honorables y respetuosas —dije, y casi quise reír de mis propias palabras. Sabía que la gente solía hacer pésimo uso del poder que tenía, por escaso que fuese, más aún cuando se trataba de gente con mucho dinero. Y esta daba la impresión de serlo—. Pero, por supuesto, te haré caso. También procuraré estar alerta todo el tiempo.

—Me inquieta que aún no conozcamos el nombre de la familia para la que has de trabajar, ni la ubicación de la propiedad donde vivirás. Todo es tan vago —dijo en un susurro.

—Explicaron cuán importante es para ellos la necesidad de saber que no estarán en boca de nadie. Son gentes reservadas. Estas son épocas tensas en cuestiones políticas. Probablemente se deba a eso, nada más —repliqué, deseando tranquilizarme a mí misma. De repente, el entusiasmo que sentía se había tornado en desconfianza—. Lo peor que puede pasar es que deba tomar algunos carricoches y diligencias para regresar. Tengo suficiente dinero para pagar pasajes y para comer durante el regreso —mentí—. No es nada que la abuela no haya hecho en su juventud, tía Lena.

—Lo sé. Ocurre que yo nunca tuve que preocuparme por tu abuela. No había nacido cuando ella era una jovencita empecinada como tú —rio.

Reí con ella de buena gana y recogí la mesa. Dejé en el recibidor una carta para mis padres y mi hermano Aleksy que tía Lena enviaría al día siguiente cuando yo ya hubiese partido. El cochero pasaría por mí poco después del amanecer. Pensé que, después de todo, era sensato considerar las peores eventualidades, y me alegró haber llevado conmigo mi cortapapeles de plata. Lo empaqué en mi pequeña valija, extinguí la luz de mi lámpara y me fui a dormir muy temprano aún para despertar a tiempo. Deseaba lavarme y peinarme con esmero antes de emprender el viaje. Todo estaba, pues, listo.

Desperté antes de las seis. Tras lavarme, me puse el vestido negro que usaba a diario para resguardarme del frío y puse mi camisón de dormir en la valija. Después de peinarme, guardé también mi cepillo y mi espejo, bebí una taza de leche con miel y me puse el abrigo, que contaba con una amplia capucha y era de un color verde muy oscuro. Poco después, el cochero llamó a la puerta. Era un hombre de pocas palabras, de estatura promedio, porte erguido y expresión grave. Su cabello era oscuro y vestía de negro impecable, aunque llevaba guantes blancos. Recibió mi valija y la acomodó en el interior del coche junto al lugar que yo ocuparía. Tía Lena me dio un fuerte abrazo y me entregó un cesto con panecillos dulces y una botella de agua fresca para el camino.

—Escríbenos a todos en cuanto llegues, tesoro —me dijo, estrechándome una vez más.

Prometí que lo haría y acepté la mano del cochero, quien me ayudó a subir al sobrio y bello coche, cerrando la portezuela tras de mí. A pesar de que se notaba que era lujoso por los materiales empleados para su fabricación y la tela que recubría el asiento sobre el que me había acomodado, un fino terciopelo negro que lucía muy pulcro, no llamaba demasiado la atención. Tampoco tenía ningún distintivo, como los coches de algunas familias que llevaban sus monogramas o algún escudo particular, grande o pequeño. Parecía ser cierto que aquella familia era poco amiga de ostentar, lo cual me agradaba y a la vez azuzaba mi curiosidad. El cochero se instaló en el asiento delantero que estaba posicionado fuera de la calesa, a la intemperie. Azuzó los cuatro caballos grises de crines blancas que nos llevarían a nuestro destino, e iniciamos la marcha. Me despedí con la mano de tía Lena, quien aún vestía su camisón de dormir, aunque llevaba puesto el abrigo de invierno por encima. Su cabello rojo y revuelto a duras penas si mostraba algunas hebras plateadas. Era una mujer guapa como mi madre, y en cuanto recobrase el peso que había perdido, volvería a ser el deleite de la comunidad. Tía Lena había enviudado cuando era joven y nunca se había vuelto a casar. Tampoco había tenido hijos. Tenía, aun así, algunos pretendientes y una vida bastante agradable aunque recatada. Conforme nos alejábamos, sentí que recobraba gradualmente mi optimismo natural, y para cuando salimos de Lublin y nos adentramos en la campiña que aún no perdía todo su follaje, ya me sentía contenta. El cielo retenía la oscuridad de la noche y las ramas desnudas de los árboles altísimos se recortaban contra él. Hacía mucho frío dentro del coche, por lo cual me regocijé en el grosor de mi abrigo y mis largos calcetines de lana. Por lo demás, el asiento era cómodo y mullido. Habría podido permitir que el sonido de los cascos de los caballos me arrullara, pero estaba demasiado entusiasmada para dormir. La naturaleza alrededor, por el contrario, no parecía querer despertar. Era casi imposible atisbar algún animal en aquella época del año. Las aves habían migrado y hasta las más valientes ardillas se refugiaban del frío en sus madrigueras. Sin embargo, aquel paisaje helado me hechizaba, y permanecí con la vista fija en las hileras de árboles que se sucedían ante mí. Me había embarcado en una verdadera aventura. Era una empresa arriesgada que, de todos modos, me llenaba de una alegría inexplicable. No tenía mucho que perder más que la monotonía que no prometía demasiado si me empeñaba en permanecer en el mismo lugar. No sabía qué podría ganar más allá de dinero y experiencia, pero sabía dentro de mí que las posibilidades desconocidas eran la verdadera causa de mi fascinación.

Nos desplazamos con rapidez durante algunas horas entre bosques y colinas, y nos detuvimos en el primer poblado que nos topamos en el trayecto. Aquel era muy pequeño, de unas cinco cuadras de longitud, con apenas una taberna y una granja. Había devorado para entonces los panecillos dulces y tenía hambre de nuevo. El cochero me ayudó a bajar del coche y dijo que ordenaría algo de comer para los dos. Me alegró que mis empleadores le hubieran proporcionado dinero para esto, pues no tenía yo con qué comprar ni una aguja. Aproveché para refrescarme mientras el posadero llevaba la merienda a la rústica mesa de madera oscura frente a la cual el cochero me aguardaba. No olía mal en aquel lugar a pesar de la proximidad de la granja. Había una pequeña estufa de carbón en el recinto pero no estaba encendida. Sin embargo, se estaba mejor dentro de la posada que en el coche. Al ocupar mi taburete, el cochero me miró a los ojos por primera vez. No lucía fatigado, por lo cual deduje que estaba acostumbrado a trabajar con ahínco. Tampoco parecía haberse enfriado demasiado guiando el coche a la intemperie.

—¿Qué tal son nuestros patrones? —me atreví a preguntarle tras aclararme la garganta.

El cochero, tras mirar a ambos lados, replicó:

—No tengo permitido hablar al respecto. Ya se enterará usted misma de lo necesario cuando lleguemos a nuestro destino. Por el bien de los dos, le pido que no me haga más preguntas.

—No quise parecer entrometida ni suscitar problemas —dije, deseando no haber abierto la boca. El hombre simplemente asintió y clavó la mirada en la mesa.

Aquella breve conversación me generó un profundo desasosiego, más porque no quería dar una impresión errónea que por otro motivo. Temía que el cochero dijese a los patrones que yo era una fisgona inoportuna antes de haber siquiera iniciado mis labores.

El posadero nos trajo cerveza, cordero hervido, trozos de cebolla larga cruda, pan y un platito con sal. Me forcé a ingerir los alimentos tan pronto como pude, pues aunque había perdido el apetito a causa de las palabras de mi acompañante, me dije que este, quien había engullido los contenidos de su plato y ya terminaba de beber su jarro de cerveza, tenía prisa. Se puso de pie para pagar y se dirigió a la salida tras dar varias monedas al posadero. Yo me incorporé para seguirlo pero, antes de cruzar el umbral, me di la vuelta para agradecer al posadero. El hombre me miró con semblante lastimero e hizo la señal de la cruz en el aire, como bendiciéndome.

—Que el Señor te acompañe, muchacha —murmuró en polaco.

Aunque tanto su gesto como sus palabras se me antojaron normales, pues la gente del campo suele ser bastante piadosa, su expresión me desconcertó. Me dije que quizás había escuchado mi intercambio de palabras con el cochero, concluyendo que este me había amonestado de más. Después de todo, mi pregunta había sido perfectamente natural.

—Gracias —le dije esbozando una pequeña sonrisa, pero absteniéndome de retornar el deseo de compañía divina, pues aquello no hacía parte de mis hábitos—. Que tenga un buen día.

En cuanto subí al coche y los caballos iniciaron su trote ligero, caí profundamente dormida. Soñé que estaba en la posada. El cordero que me habían llevado estaba crudo en su totalidad, hundiéndose en un plato de sangre. El cochero me decía que debía consumirlo así para no enfadar al patrón, y decía también que era muy importante que consumiera la sangre sin dejar gota. Yo rehusaba hacerlo, alegando que no era devota y por ello el cordero no era para mí. El cochero decía:

—Quizás eso mismo le salve la vida.

Desperté abruptamente. Estaba sudando a pesar del frío y la oscuridad reinaba fuera del coche. Debían haber pasado muchas horas, pero no sabía cuántas. Me incliné hacia la ventanita que comunicaba el compartimiento del coche con el asiento del cochero y deslicé el cristal que nos separaba para que él pudiese escucharme.

—¿Estamos cerca? —inquirí.

—Estamos aproximadamente a una hora de camino —replicó—. ¿Necesita que detenga el coche para que pueda refrescarse?

—No, muchas gracias —respondí—. Puedo esperar.

Volví a cerrar la ventanita y me arrebujé en mi lugar. ¡Qué sueño más extraño había tenido! Se lo atribuí a la bendición del posadero y a mis reflexiones habituales acerca de la fe cristiana. Si la familia que me había empleado esperaba que acompañase a los niños a misa, lo haría, por supuesto, pero esperaba no tener que fingir una convicción que no sentía. En aquel momento, el camino se tornó ascendente y el aire mucho más frío. Dejamos atrás terrenos baldíos en los que no pude avistar siquiera una edificación y nos adentramos en un bosque en su mayoría compuesto de pinos y abetos que no se habían despojado de sus hojas a pesar de la estación.

Tras avanzar el coche un buen rato siguiendo el contorno de la montaña, ahogué una exclamación: las almenas de un castillo se asomaban por encima del bosque. Supe que aquella era la morada a la cual nos dirigíamos, y el entusiasmo me embargó. Aun si la estructura permanecía oculta tras los árboles y solo podría verla en su totalidad cuando estuviese frente a ella, mi corazón batió con anticipación. Los caballos estaban cansados; lo sentía en el ritmo trabajoso de su progreso. Sin embargo, me pareció que se desplazaban con mayor rapidez a medida que nos acercábamos a la cima. La luz de la luna menguante iluminaba débilmente el cielo nublado en el que apenas si brillaban unas cuantas estrellas dispersas; la negrura de la noche se imponía sobre nosotros y sobre el lugar que nos aguardaba. Todo aquello se me antojaba fantasmagórico, como si el velo de la realidad se hubiese rasgado para permitirme pasar a un confín oculto en el que siempre había existido una fantasía exquisita y siniestra. Los caballos relincharon cuando el cochero los hizo frenar ante una antigua reja de hierro forjado que se abrió sin que yo notase quién realizaba la operación. Nuestro coche surcó entonces un estrecho camino de tierra sobre el cual se trenzaban las ramas de un centenar de árboles, y escuché que la pesada reja se cerraba tras de nosotros con fuerza. Al otro lado del vasto claro que se abría ante el camino vislumbré un alto muro de piedra en el cual una nueva reja se elevaba para dejarnos pasar. Al franquear el arco apuntado que hacía las veces de portal, me percaté de que recorríamos un puente levadizo que atravesaba un foso rebosante de aguas oscuras y heladas en las que se reflejaba la luna. Al otro lado nos esperaba una ancha muralla cuya apertura gloriosa, según pude apreciar en la penumbra, consistía en un segundo arco apuntado del cual sobresalía el marco de piedra. Todo aquello superaba mi imaginación con creces. Estaba anonadada, y a mi pesar, bastante atemorizada, pues comprendí que dejar aquel lugar por mi propia voluntad sería imposible. Me hallaba, sin lugar a dudas, para bien o para mal, a merced de la familia que había decidido emplearme. Pasamos bajo el segundo arco, el cual era tan alto como el puente levadizo era largo, y nos encontramos en un vasto patio descubierto cuyas dimensiones me fue imposible estimar en la oscuridad. En ese instante, el puente levadizo fue izado por medio de un sistema de gruesas poleas y cadenas que lo sujetaban con firmeza, y tampoco logré divisar a quien realizaba la maniobra. El puente se cerró como un inmenso portón tras de nosotros, y tuve la certeza de encontrarme dentro de la fortaleza que había avistado desde el camino. La muralla a nuestras espaldas debía haber sido construida con el fin de proteger a los señores del castillo de los enemigos invasores durante un primer intento de ataque. La que ahora estaba ante nosotros, más alta aún, abarcaba, según deduje, los contornos de la edificación en sí, dejando fuera el extenso espacio a la intemperie en el cual nos habíamos detenido. Dados la doble muralla y el grosor de los bloques de piedra empleados en la construcción de esta, conjeturé que la edificación era medieval: aquel era un castillo concéntrico, de los cuales mi padre me había hablado con vivo interés, siendo como lo era un apasionado de la masonería y la arquitectura. Un ancho torreón de piedra oscura se erigía ante nosotros.

El cochero bajó de su asiento, y como si no hubiese permanecido en la misma posición durante horas, abrió la puerta del coche con suma presteza. Tras tenderme la mano, me ayudó a bajar a mi vez. Comenzaba a nevar y algunos copos helados rozaron mi rostro.

—Nos encontramos frente al ala sur del castillo —dijo, respondiendo a la pregunta que yo no había formulado. Acto seguido, tomó mi equipaje y caminó con paso ágil—. Venga conmigo, señorita.

Conforme seguía al hombre en dirección a la torre, vi que esta contaba con un portón de madera oculto a medias bajo una rama desnuda que empezaba a recoger nieve. Nos detuvimos ante el portón, a lo que el hombre extrajo de su abrigo un juego de llaves. Introdujo una de ellas en el cerrojo de hierro y, tras hacerla girar, empujó el portón con su brazo derecho.

—Bienvenida —dijo, gesticulando para que entrase.

No supe si temblaba a causa del frío o del miedo, el caso es que le obedecí, ingresando a la torre en la más inescrutable oscuridad. Escuché que la puerta se cerraba tras de mí, y también escuché que la llave volvía a girar en el cerrojo. Poco a poco, una tenue luz iluminó mi entorno: el hombre había encendido una lámpara de aceite. También había depositado mi equipaje en el suelo, junto a la lámpara. Tras enderezarse, decretó:

—Sírvase de tomar su valija y la luz. Debe ascender hasta el tercer nivel y dirigirse a la estancia que encuentre abierta e iluminada. Allí la aguardan.

—Pero… —protesté, temerosa. No me sentía capaz de recorrer aquel lugar a solas.

—No me está permitido el acceso al lugar donde debe presentarse. Aquel está reservado solo para la familia y ciertos sirvientes. Siento no poder acompañarla. Son las reglas. Ahora, si valora su posición, recomiendo que no se haga esperar. Será mejor que no se acarree disgustos.

Para entonces, la fatiga y el hambre que sentía solo incrementaban mi nerviosismo. Me dije que no era momento para ponerme con remilgos; había anhelado la plaza de institutriz y aquella no era más que la realización de mis deseos.

Así pues, tomé mi equipaje y la lámpara, iluminando los peldaños que ascendían ante mí. A causa de la oscuridad, el estrecho pasadizo de piedra parecía no tener fin, y solo cuando arribé al rellano supe que había alcanzado el segundo nivel. Allí hallé una sola puerta, la cual estaba cerrada. Proseguí mi ascenso por el único tramo de peldaños que encontré. Estaba francamente aterrada. ¿Quién aguardaría mi llegada a esa hora? Según mi noción del tiempo, ya debía haber pasado la medianoche. Aunque sabía que no era mi culpa, no quería perturbar a nadie, e imaginaba que mis empleadores habrían postergado su hora de descanso con el fin de recibirme. En aquel momento fui en exceso consciente de mi apariencia. Con seguridad lucía poco compuesta tras el largo viaje, y no había pensado siquiera en revisar mis vestidos antes de bajar del coche. Sin embargo, era demasiado tarde para eso, y ya había alcanzado el tercer nivel. Una alfombra persa cubría el vestíbulo que desembocaba en tres puertas de madera barnizada. Una de ellas estaba abierta, y a través de la apertura se colaba la luz hacia el rellano en el que me había detenido. Di algunos pasos hacia la estancia sin atreverme a cruzar el umbral. Deposité mi valija sobre la alfombra del rellano, que a pesar de lucir algo desgastada era preciosa, y me obligué a elevar la vista para observar el interior de la habitación.

Un colosal candelabro de suelo ubicado cerca del muro del fondo sostenía varias velas que goteaban con lentitud sobre sus respectivos cálices broncíneos. A escasos pasos de este, ante un ventanal amplio, se hallaba un largo y mullido sofá tapizado de seda verde con brocados de hilo de oro. Las cortinas de denso terciopelo negro habían sido atadas con finos sujetadores a los extremos, de modo que la magnificencia del exterior del sudoeste del castillo pudiese ser escrutada. Frente al sofá, una baja mesa redonda de apariencia turca sostenía varios tomos de grandes libros empastados en cuero color borgoña, así como una preciosa lamparita de aceite cuyo cristal verde pálido derramaba una luz aguamarina sobre la madera clara que, por su exótico aroma, deduje debía haber surgido de algún árbol oriental. Una alfombra de matices azules, verdes y ocres se extendía bajo la mesa cubriendo el suelo de piedra. Aquella habitación, pues, no solo era rica sino también acogedora.

—Adelante, señorita Pawlak.

La voz masculina proveniente del interior de la habitación me sobresaltó. Por poco dejé caer la lámpara que aún sujetaba. Habría jurado que no había nadie allí. Sin embargo, al dirigir la mirada hacia la penumbra desde donde provenía la voz que me había abordado en polaco más allá del ventanal, detecté un movimiento. A la sazón discerní la figura de un hombre alto que se hallaba de pie observando un libro de cubierta negra con una inscripción plateada. Iba vestido de negro de pies a cabeza. Sus ropas se confundían con la negrura del muro en las sombras, y sus largos cabellos oscuros ocultaban el perfil de su rostro por la inclinación de su cabeza. Se volvió hacia mí para encararme, y cuando sus ojos encontraron los míos, por poco me desvanezco, pues creí verlos encenderse. Quise gritar. Como si pudiese leerme el pensamiento, él rio con tono jubiloso.

—Veo que la asusté. No tema. Pase —habló de nuevo en polaco.

Se volvió hacia la luz en tanto pronunciaba aquellas palabras. En ese momento me percaté de que poseía una hermosura sin par. Siendo incapaz de modular palabra, le obedecí. Ingresé al recinto y me detuve ante la mesa, a una prudente distancia de él.

Él cerró el libro con la mano con que lo sostenía, y el sonido retumbante que produjo hizo que me estremeciese por dentro. Sin embargo, logré controlar mis movimientos. Tuve que felicitarme por no gritar. El hombre tomó asiento en el extremo derecho del sofá, depositando el libro sobre la mesa e indicando por medio de un gesto que me acercase. Lucía cómodo. Parecía ser joven, quizás incluso de mi edad, pero no tenía en absoluto un aire juvenil sino uno de autoridad y seriedad. Era imposible no sentir su presencia.

—Siéntese. Este mueble es lo bastante largo para diez de nosotros; le aseguro que su proximidad no hará que me sienta amenazado.

Su voz era profunda y regular. Me pareció que su tono era risueño. A pesar de ello, a duras penas si pude asentir y dirigirme al sofá, ocupando el extremo opuesto al suyo sin relajar mis músculos.

—Largo viaje desde Lublin, ¿verdad? —inquirió—. Debe estar exhausta y famélica. Descuide, en breve le será enseñado su dormitorio, en el cual la aguarda una cena apropiada.

—Muchas gracias, señor —dije. Aún no conocía su apellido, por lo cual no podía emplearlo para dirigirme a él.

—Domány-Nádasdy es nuestro nombre de familia —replicó, terminando la frase por mí. Había escuchado la segunda parte de aquel apellido compuesto en algún lugar, o quizás lo había leído en un libro de historia—. Nuestros ancestros se asentaron en Polonia hace un par de siglos, pero nuestra familia proviene de Hungría. Aun así, amamos la tierra que nos acogió y compartimos la enemistad del pueblo polaco hacia el Imperio ruso. Podría decirse que, después de tanto tiempo, nos sentimos polacos.

Aquel breve discurso que abarcaba la política contemporánea logró que bajase la guardia en cierta medida. El tema hacía que me sintiese más cerca de la realidad y no en un país fantasma. Mi interlocutor no estaba desprovisto de afabilidad, y aunque creí detectar en su tono cierta condescendencia, esta parecía ser genuina, una rara forma de compasión derivada de quien no puede desconocer su propio poder y la debilidad del otro. Sus palabras parecían darme la bienvenida, pero su expresión parecía decir pobre señorita Pawlak.

—Mi nombre es Baltasar Bátor Domány-Nádasdy, y soy el tío de los niños a quienes a usted corresponde instruir. Su padre y madre murieron irremediablemente, dejándolos a cargo de sus parientes más cercanos, entre quienes me incluyo.

No pude evitar fruncir el ceño. ¿Qué muerte era, acaso, remediable? Él elevó una ceja de modo casi imperceptible, un dejo de sorpresa que se esfumó de inmediato.

—Me refiero, por supuesto, a que hicimos lo posible por salvar a mi hermana y a su marido del mal que finalmente los abatió, pero hay cosas que el poder y la riqueza no pueden solucionar —sentenció.

Su tez estaba dotada de un tinte áureo apenas perceptible, semejante al del bronce sin bruñir. Poseía un rostro de justas proporciones y facciones exquisitas: labios bien formados cuyos extremos superiores se curvaban hacia arriba con sutileza, una nariz algo huesuda a la altura del puente que no era ni gruesa ni fina y espléndidos ojos ambarinos. En torno a estos se esbozaba un sombreado tenue, aquel que es parte intrínseca de la fisionomía y no producto del cansancio, que enfatizaba la profundidad de su mirada. Las largas cejas rectas se elevaban con suavidad hacia las sienes, sumándole elegancia y decisión a su magnífico semblante. El suyo era uno de esos rostros masculinos que no necesitan de barba o bigote para lucir más viriles o agraciados: la piel semitranslúcida de sus mejillas revelaba el cuidadoso afeitado de una barba uniforme. Su mandíbula poseía una forma triangular y su barbilla ostentaba una grácil hendidura en la mitad. Sus cabellos castaños caían sobre sus hombros y su espalda en ondas sueltas de longitud desigual. La luz de las velas les arrancaba reflejos cenizos, pero en la penumbra lucían casi tan oscuros como su traje inmaculado. Llevaba camisa negra de cuello alto como era la usanza en la época, chaqueta negra con sobrios tejidos de arabescos negros y pantalones negros. No llevaba chalina. Sus botas, también negras, eran cortas y estaban bien lustradas. De repente me sentí muy mal presentada para estar en medio de tanto lujo. Él hizo un veloz ademán con sus dedos largos, como quien recuerda algo importante.

—En breve serán las diez de la noche —afirmó.

Un segundo después, diez campanadas de un reloj llegaron hasta mis oídos. Creía yo que nos habíamos tardado más en viajar desde Lublin. Miré a mi interlocutor para descubrir si acaso sujetaba en su mano un reloj de bolsillo, pero no era el caso.

—Mi sentido del tiempo es bastante preciso —dijo, y sonó casi como si se estuviera disculpando—. Sé que el cochero debe haberse detenido en algunos momentos para que los animales pudiesen descansar.

Yo solo recordaba habernos detenido en la posada, pero quizás el cochero se había detenido de nuevo mientras yo dormía.

—Sin embargo —prosiguió—, es un viaje arduo para cualquiera, por lo cual una doncella vendrá a buscarla para guiarla a sus aposentos. El ama de llaves se encargará de darle instrucciones al respecto de mis sobrinos y las normas de la casa en la mañana. Por el momento, solo tengo algunas reglas para usted: asegure su habitación con la tranca cuando se disponga a dormir. Cierre, asimismo, las ventanas y las cortinas. No abra la puerta de su habitación a nadie entre la medianoche y el amanecer.

Sentí que me sonrojaba intensamente. No pretendía dar inicio a una relación ilícita mientras llevaba a cabo mis labores de institutriz. Me dije que quizás una de mis antecesoras había perturbado la paz de la familia tomando como amante a algún empleado del castillo, permitiendo que este se colase en su habitación durante las horas de la madrugada con la convicción de que nadie los sorprendería. Por mi parte, sin ser en absoluto mojigata como las señoritas inglesas refinadas de mi época, y aunque comprendía las costumbres mal llamadas libertinas de las mujeres francesas que solían tener amantes antes del matrimonio, consideraba impensables aquellas transgresiones para con la confianza que los dueños de casa depositaban en los empleados con quienes compartían su techo.

Él dio un respingo y rio por lo bajo.

—No insinúo que no sea usted capaz de comportarse con perfecta subordinación, señorita Pawlak. Este castillo es viejo y en él viven muchas personas. Le exijo, pues, que cuide su propia integridad física acatando estas sencillas reglas.

—Así será, señor Domány-Nádasdy —dije, tragando en seco al recordar el consejo que mi tía me había dado.

—Deseo, además, darle una instrucción adicional.

—Por supuesto, señor —asentí.

—Eche al fuego cualquier artilugio cristiano que haya traído con usted. En esta casa somos poco amigos de la Iglesia.

Sonreí con sincero entusiasmo al escuchar aquellas palabras y dije, sin medir mi orgullo:

—No poseo ninguno.

Él inclinó la cabeza hacia un lado y me miró de un modo que, de haberse tratado de otra persona, habría interpretado como ternura:

—Le creo —dijo—. Aun así, debo advertirle: tiene estrictamente prohibido recibir de manos de otros miembros de la servidumbre cualquier tipo de íconos religiosos o bendecidos, desde una Biblia hasta una reliquia. No deseamos exponer a los niños a semejantes disparates. Sus parientes adultos los encontramos, por lo demás, del peor de los gustos. ¿Está claro?

—Perfectamente claro, señor.

—Excelente —respondió, e hizo sonar una campanita que reposaba junto a él sobre un bajo pilar de piedra ornada en el cual yo no había reparado hasta el momento—. La ayuda de cámara vendrá a buscarla en breve.

Dicho esto, se puso de pie y salió por una puerta accesoria ubicada al flanco derecho de la estancia, la cual cerró tras de sí. Me pareció oír girar la llave en el cerrojo desde el otro lado.

Al cabo de unos minutos, una mujer madura de cabellos grises recogidos apareció en el umbral por el cual yo había entrado. Llevaba un sencillo vestido negro con delantal blanco y una luz en su mano derecha.

—Buenas noches —dijo en polaco, aunque me pareció que su acento era extranjero. La expresión de su semblante era seria pero no antipática—. Tome su lámpara y sígame. La llevaré a su habitación.

Ella tomó mi valija y se dio media vuelta. Al salir de la habitación, vi que la puerta del rellano que estaba cerrada a mi llegada ahora estaba ligeramente abierta. Ella la empujó para que pudiésemos pasar y la seguí a corta distancia. La puerta desembocaba en un largo y ancho corredor de techo alto que comprendía seis puertas a cada lado. Me costaba asimilar la enormidad del castillo, así como calcular sus dimensiones reales durante aquel recorrido parcial de su interior, pero debía ser al menos cuatro veces más grande que el ayuntamiento de Lublin. El pasillo no estaba alfombrado ni decorado pero las puertas eran hermosas y antiguas, de pesados listones de madera lisa sujetos con travesaños de hierro forjado ornamentado. La mujer se detuvo ante la tercera puerta a nuestra derecha, depositó mi valija en el suelo y extrajo una llave de hierro de su delantal, la cual insertó en el cerrojo y giró para dejarme pasar. La habitación estaba tibia, lo cual agradecí desde lo profundo del alma. Al fondo, en la esquina izquierda, el fuego ardía en un amplio hogar. La cama era grande y bella, de cuatro pilares de madera tallada. Estaba dotada de cortinas de color verde oscuro decoradas con motivos de aves y árboles frutales que, entreabiertas, revelaban un edredón del mismo color. Junto al lecho divisé un escritorio sobre el cual se había dispuesto una bandeja de plata con mi cena. Deposité mi lámpara junto a las fuentes de comida aún cubiertas y agradecí a la mujer, quien me hizo entrega de la llave de mi habitación.

—El ama de llaves pasará a buscarla a las siete. Procure estar lista para entonces. Asegúrese de echar llave a la puerta al salir.

Me dio las buenas noches y salió con paso silencioso, ajustando la puerta a sus espaldas. La aseguré sin perder tiempo tanto con la llave como con la tranca de hierro que hallé a su costado, y me dirigí presurosa al escritorio con el fin de devorar la cena que me aguardaba. La silla era bella y cómoda, estilo Luis XVI, de cojines verdes más claros con rebordes dorados y madera nítidamente tallada, también pintada de dorado, en la que se apreciaban flores y hojas. El escritorio era más sobrio y rústico; daba la impresión de ser bastante más antiguo que la silla.

Mi cena había sido servida en fuentes de brillante plata pulida, cada una con su tapa respectiva: un recipiente contenía sopa de remolacha con crema y cebollín; otro, pato asado con manzanas y patatas. El pan tibio venía envuelto en la servilleta de tela. Disfruté cada bocado como si no hubiese comido en años, bebiendo lentamente la exquisita nalewka, tintura alcohólica tradicional polaca que, por su sabor, color y opacidad, concluí había surgido de la infusión de grosellas negras. Me dije que la bebida debía ser patrimonio del castillo, como solían serlo las nalewki de la nobleza en nuestra tierra, cuyas recetas secretas solo eran compartidas a modo de herencia familiar cuando el poseedor de esta fallecía. Nunca había probado una mejor. Sonreí pensando que, si iba a ser alimentada con platillos tan deliciosos de costumbre, en poco tiempo no cabría en mis vestidos. Ya alimentada, suspiré satisfecha y miré alrededor: aunque los fundamentos de la habitación pertenecían al Medioevo, se le habían hecho añadiduras posteriores importantes como la chimenea, los marcos de las ventanas y sus diáfanos cristales. Me acerqué a la ventana, y ya que las pesadas cortinas de varios vuelos se hallaban abiertas, miré hacia fuera: vislumbré maravillada un amplísimo patio interior dotado de árboles, varios senderos y una fuente de piedra esculpida en cuya cúspide se apreciaba la estatua de lo que en la distancia parecía ser un ángel. La fuente desembocaba en un estanque de oscuras aguas. Pensé que era curioso que mis empleadores tolerasen aquella estatua pero no otras imágenes de símbolos religiosos, y me dije que quizás se debía a su valor artístico. Desde mi habitación podía observar las ventanas de las otras alas del castillo, las cuales también encaraban el patio interior. Puesto que me hallaba en el ala oeste, el ala este se hallaba justo ante mí. Si las cortinas de las demás habitaciones eran tan gruesas como las mías, sería difícil saber si había una luz encendida en algún otro aposento. En aquel momento, parecía que todas las cortinas estuviesen cerradas menos las mías. El silencio de la noche reinaba en la cima de aquella montaña remota que a partir de entonces llamaría mi hogar. Todo lucía estacionario, en perfecta quietud como en una pintura.

No había tenido yo la ocasión de ver demasiadas obras de arte en mi vida excepto las que hacían parte de alguna edificación. No obstante, había asistido a una pequeña exhibición en un salón de Lublin durante la convalecencia de tía Lena en compañía de sus vecinos. Aunque se trataba de arte predominantemente ruso, los pintores que exhibían sus piezas habían desplegado su destreza en aquellas obras que no eran religiosas como las únicas dignas de admiración que había contemplado a la sazón, las cuales se encontraban siempre en el interior de alguna iglesia. Estar frente a aquellas pinturas de asuntos variados que transmitían emociones inquietantes había hecho que mi alma vibrase, había permitido que sintiese que el mundo era vasto e interesante, como cuando leía un libro bienamado. En el transcurso de dicha tarde había aprendido algunos términos referentes a las técnicas empleadas por los artistas, los cuales habían quedado grabados en mi memoria. Pensé que habría querido aprender a pintar en vez de desempeñarme realizando la única labor que el destino parecía haber elegido por mí, es decir, la enseñanza, la cual no me molestaba pero tampoco me apasionaba.

Al observar el patio del castillo inmerso en la belleza de la noche, me prometí que si lograba ahorrar el dinero suficiente invertiría parte de este en la adquisición de pinceles, pigmentos, óleos, barnices, vehículos, lienzos y un caballete o soporte para los últimos, y practicaría durante las noches. Me gustaba dibujar, pero se suponía que hiciese mejor uso del papel en el cual debía tomar notas académicas, y además aquello era muy distinto a crear algo tan bello como lo que mis ojos habían apreciado en la exhibición. Quizás en el castillo podría recrear hermosas escenas más adelante si la fortuna estaba de mi lado.

De repente me sentí observada. Escruté con ansiedad el patio y los muros umbríos, pero no advertí ninguna presencia. Sin embargo, el vello de mi nuca se erizó y mi estómago se contrajo con un miedo inexplicable. En un impulso, cerré las cortinas y corrí a refugiarme frente al hogar, acurrucándome en la alfombra mullida que cubría el suelo de losa, temblando y abrazándome a mí misma. Tenía la misma sensación que había experimentado en Lublin al creerme perseguida. Hasta entonces, las historias de fantasmas se me habían antojado románticas, pero sentir que me había adentrado en una de ellas no tenía nada de placentero, mucho menos de idílico. Recordé las palabras de mi empleador, quien había ordenado que cerrase las cortinas de mi habitación cuando me hallase en ella. ¿Tendría alguna relación aquella instrucción con el terror que sentía? ¿Habría algo realmente siniestro en el castillo? Tenía que tratarse de mi imaginación; me gustaban demasiado los libros de espectros que exaltaban las supersticiones y ahora me hallaba justo en un lugar como aquellos descritos en sus páginas. Debía sobreponerme a mis propias fantasías y enfrentar el hecho de que me sentía sola y desamparada al estar por primera vez lejos de mi familia. Quizás aún era, en ese aspecto, infantil. Podía, aun así, hacerme consciente de mis falencias e intentar fortalecerme. Dadas las circunstancias, era mi única alternativa.

Con suma dificultad, me obligué a ponerme de pie para desnudarme y calarme el camisón. Me metí en la cama bajo las densas cobijas, pues aún tenía algo de frío a causa del cansancio y debía estar presta muy temprano a la mañana siguiente. Me dije que era hora de extinguir mi luz, aunque no deseaba hacerlo. Al menos las brasas de la chimenea resplandecían, por lo cual no me quedaría totalmente a oscuras. A lo lejos, el reloj dio la medianoche y mi espalda se tensó con el primer tañido. Sin embargo, el viaje, la novedad y los nervios habían logrado abrumarme a un grado tal que caí profundamente dormida poco después de contar hasta doce mientras sonaba el reloj.

4
El castillo

Me había dado la orden mental de despertar al amanecer, truco que siempre me había dado resultado, gracias al cual había cumplido puntualmente con mis deberes y compromisos, fuesen estos laborales o parte de las tareas del hogar. Esta vez no fue diferente: desperté antes de que el reloj diese las seis y encendí mi lámpara de aceite, graduando la llama de modo que despidiese tanta luz como fuese posible, pues aún no amanecía. Hallé sin dificultad en la cómoda ubicada junto al armario la vasija de porcelana que solía disponerse en las habitaciones para el alivio de las funciones naturales de sus ocupantes, así como los recipientes para el aseo personal, entre los cuales se había incluido un ánfora con agua y una palangana. Hallé también una esponja, jabón y un lienzo para secarme, lo cual agradecí. Removí los carbones en la chimenea y, tras reavivar las llamas, calenté algo de agua sirviéndome de una vieja olla de hierro oculta entre el hogar y el leñero. Me lavé con el agua tibia que, a pesar del frío, me reconfortó; me vestí como el día anterior y me peiné con cuidado frente al espejo, recogiendo la porción superior de mis cabellos con una discreta hebilla de plata y pequeñas perlas en la parte posterior de mi cabeza, dejando que mis rizos rojizos cayesen libremente sobre mi espalda hasta mi cintura. Aún estaba nerviosa, pero no sentía el miedo de la noche anterior, sino la anticipación de lo que me esperaba en mi primer día de labores como institutriz en el castillo. Me pareció que lucía guapa y sobria enmarcada en el borde dorado de aquel gran espejo antiguo, como uno de los retratos al óleo de la exhibición en Lublin que exaltaban el contraste de la luz y las sombras utilizando la técnica del chiaroscuro. Sacudí las faldas de mi vestido y me asomé al exterior por la ranura en medio de las cortinas: el cielo tenía un matiz gris plomizo. Había nevado durante la noche y una espesa capa de nieve cubría el patio, así como las ramas de algunos de los abetos que se hallaban dentro de su perímetro. Como hacía tanto frío, no esperaba que ninguna ventana estuviese abierta, pero con la relativa claridad del día comprobé que las cortinas permanecían cerradas tras los cristales, al menos los blancos velos de fondo que daban al exterior. La uniformidad y simetría de la edificación eran exquisitas. Conté seis ventanas superiores y seis inferiores en cada una de las tres alas que podía observar. La estatua de la fuente también había recogido algo de nieve, por lo cual era difícil adivinar si de hecho se trataba de un ángel. Cuánto me habría gustado bosquejar aquel pasaje invernal.

Puse la llave de mi habitación en mi bolsillo y retiré la tranca de la puerta al escuchar que el reloj daba las siete de la mañana. Pronto vendrían a buscarme. Segundos después, escuché una llave girar en mi cerradura y me di la vuelta. Una mujer gruesa, de cabellos rubios recogidos y estatura mediana entró a mi habitación. Llevaba una cofia blanca en la cabeza, también un vestido negro y delantal blanco como la ayuda de cámara. Aunque hubiese amanecido, traía consigo una lámpara, por lo cual supuse que el interior del castillo seguía siendo muy oscuro. Comprendí que había al menos dos juegos de llaves y que otros podían abrir la puerta de mi habitación siempre y cuando la tranca no estuviese puesta.

—Señorita Pawlak, buenos días —dijo en polaco—. Soy la señora Kowalski, ama de llaves del castillo.

—Buenos días, señora Kowalski —respondí.

—Está lista a tiempo y luce pulcra. Muy bien —sonrió. Parecía ser bastante afable, y supe por su acento y nombre que era polaca como yo—. Tomará el desayuno con los niños en el comedor. Después de esto, les impartirá las lecciones en el salón de estudios hasta mediodía. Entonces comerá con ellos de nuevo, continuará la enseñanza hasta las tres, y a partir de entonces quedará libre, pues los niños reciben sus lecciones de música a esa hora. La cena le será servida siempre aquí, en su dormitorio. Tome su lámpara y venga conmigo.

Salí de la habitación tras de ella y le eché cerrojo a la puerta con mi llave.

—Veo que el señor Domány-Nádasdy le explicó la importancia de cerrar su habitación.

—Así es —dije. Entonces me aventuré a preguntar, ya que se me presentaba la oportunidad—: ¿Conoce usted la razón?

—Es una medida de precaución que todos quienes habitamos en el castillo debemos tomar. Solo los señores y yo tenemos acceso a todas las habitaciones, pero el castillo tiene muchos empleados. Es importante minimizar las oportunidades de hurto, así como otras eventualidades —dijo, caminando junto a mí hacia el fondo del corredor, en el cual, entre las sombras, discerní un arco apuntado que seguramente comunicaba el ala oeste con el ala norte en el tercer nivel—. Por lo demás, son épocas políticas turbulentas y ninguna familia noble está exenta de enemistades. Los señores quieren procurar la seguridad de sus empleados, así como la propia, en caso de una invasión o un levantamiento inesperado. Muchas familias de la nobleza polaca se vieron obligadas a dejar sus propiedades y partir a otras regiones o incluso a salir de Polonia; las potencias extranjeras instalaron a sus propios dignatarios en los castillos, consolidando así su poder. La familia de los señores, siendo húngara, siempre mantuvo lazos estrechos con Austria, gracias a lo cual pudo conservar el castillo tras la partición de Polonia, ya que se halla dentro del territorio que entonces le correspondió a Austria-Hungría. Sin embargo, a diferencia de los invasores, la familia Domány-Nádasdy compró esta propiedad hace algunos siglos, así como el pequeño poblado más cercano. Nuestros patrones no son saqueadores.

Quizás no lo sean, pero sus ancestros tienen que haberlo sido para que ellos posean hoy tantas riquezas, pensé, pero guardé silencio. De aquello se trataba la aristocracia, además de los favoritismos posteriores que la habían afianzado. Sin embargo, esa no era una conversación que yo estuviese dispuesta a sostener con un ama de llaves que idealizaba a sus patrones, y tampoco con ningún noble de quien mi sustento dependiese.

—De todos modos, como sabe —prosiguió, cruzando antes que yo el arco sobre el cual permanecía elevada una filosa reja de hierro—, el Imperio ruso ahora domina la región a la que se supone que nos refiramos como Polonia del Congreso, y cada vez ejerce más presión sobre quienes la habitamos. Por ende, ninguna medida previsiva sobra. Además, esta es una zona agreste y empobrecida, por lo cual todos debemos estar en guardia en caso de algún intento de saqueo.

Habíamos llegado a otro corredor igualmente oscuro, pero en vez de empezar a recorrerlo, la señora Kowalski abrió una puerta semioculta en el extremo más cercano a nosotras, y observé un tramo de peldaños descendente.

—Por aquí —dijo, y la seguí gradas abajo—. Así pues, no se inquiete demasiado por las medidas de seguridad que se nos exigen. Son simples de acatar y a todos nos favorecen. Por lo demás, las murallas son tan altas y gruesas que puede usted llevar a los niños al patio interior durante las horas de enseñanza si hace un día agradable sin tener que preocuparse de nada, pero debe usar sola y únicamente las vías de acceso que yo le indique. Es fácil perderse dentro del castillo, y también quedarse atrapado en algunos lugares. Cierta vez, una cocinera se ausentó sin autorización. Creímos que se había marchado, pero uno de los señores la halló dos meses después cerca de la cava: estaba muerta. Al parecer, quiso sustraer alguna botella de la selección especial de la familia, pero se extravió en uno de los pasadizos con tan mala suerte que la reja se cerró ante ella y ya no logró abrirla ni tampoco retornar. Tampoco pudo acceder a la cava, pues aquella siempre está cerrada con llave, así que no halló el modo de sobrevivir. Nadie la escuchó gritar.

Aquella historia me puso los pelos de punta.

—Qué horror —comenté, tragando en seco—. Pobre mujer.

—La desobediencia solo trae malos frutos, señorita Pawlak —aseveró con tono a la vez cantarín y moralizante. Entonces decidí que era malvada—. Aténgase a las sencillas reglas del castillo y tendrá una excelente estadía en él.

Habíamos alcanzado el segundo nivel, pero seguimos descendiendo por un tramo igual al anterior.

—Mi propósito es complacer a mis empleadores y convertirme en una buena institutriz para los niños —dije—. No me atrevería a desobedecer a mis patrones. ¿Qué otras normas debo acatar?

—Me agrada que lo pregunte, pues las siguientes se tratan de respetar la intimidad de nuestros patrones. Jamás, por ningún motivo, debe usted adentrarse en el ala este del castillo. Es allí donde los señores tienen sus habitaciones, y solo sus criados personales tienen permiso de pasar. Yo superviso personalmente la limpieza de sus aposentos. El ala este cuenta con sus propios habitáculos de baño, ubicados a lo largo de la torre sanitaria, la cual desemboca en una profunda fosa de la cual se encarga el palafrenero, así que no requiere un mantenimiento constante como las otras alas. Aun así, puedo asegurar que los señores son en exceso pulcros hasta en esos asuntos, pues jamás hallo vestigios de que dichos habitáculos hayan sido usados.

Me dije que aquella era una transgresión de la intimidad de los señores del castillo, pues no era asunto mío ni de nadie lo que hiciesen en sus habitaciones. Supuse que la señora Kowalski los idolatraba a tal punto porque le pagaban bien y no la maltrataban como otros empleadores. Parecía, además, que no la hacían pasar grandes trabajos. Yo también agradecía mi posición.

Llegamos al fin a la primera planta, y la señora Kowalski abrió el primer recinto a nuestra derecha, en aquella ocasión deslizando uno de dos grandes portones de madera hacia un lado. Para mi gran sorpresa, aquella habitación contaba con un amplio ventanal que daba al exterior: un precioso jardín boscoso oculto desde mi habitación y ubicado entre las dos murallas ahora se desplegaba ante mí. La gris luz diurna iluminaba la estancia, en la cual se había encendido el fuego del hogar, por lo cual estaba tibia. Se trataba del comedor. Una mesa larguísima de oscura madera barnizada se extendía ante el ventanal. Contaba con doce puestos, y cuatro fuentes de plata estaban dispuestas en cuatro ubicaciones específicas: una en cada cabecera y dos en puestos centrales. Asumí que uno de los últimos era el mío.

—La aya traerá a los niños en breve —comentó el ama de llaves—. Entre tanto, le diré qué áreas del castillo puede recorrer.

—Muy bien —asentí—. La escucho con atención, señora Kowalski.

—Las puertas de acceso al patio interior permanecen abiertas durante el día. Puede ingresar al mismo por esta sección, que es el ala norte, o por el ala oeste, en la cual está su dormitorio. Puede también pasear por el espacio abierto del castillo que se encuentra entre las murallas externas —agregó, señalando el exterior—. Allí se encuentran el bosque que observa y el acceso a las caballerizas. Todas las puertas que comunican el edificio con dichas áreas se cierran a las seis de la tarde. Por ello debe tener cuidado de no permanecer en los espacios descubiertos después de la hora indicada. Si se queda por fuera de la edificación por error, nadie la escuchará llamar y podría pasar muchas incomodidades durante la noche.

”No tiene usted por qué ir a la cocina: la ayuda de cámara y yo siempre dejaremos agua fresca en su habitación durante la limpieza en las horas de la mañana, y recibirá una cena abundante a las siete de la noche. A los señores no les place que las institutrices, los tutores o las ayas vayan a husmear al área de los servicios. Esto no significa que no pueda usted entablar amistad con el resto del personal, pero jamás debe interrumpir las labores de quien se encuentre ocupado. Tras el desayuno, ascenderá con la aya a la segunda planta, donde se encuentran el salón de estudios y una biblioteca adyacente. Estas dos habitaciones se hallan a su entera disposición. Sin embargo, el castillo tiene otras bibliotecas. No debe ingresar a estas sin ser invitada por los patrones aunque los niños insistan en ello, así como tampoco debe usted entrar a ninguna habitación que no sea la suya aunque esta se encuentre abierta, a menos que los patrones le indiquen lo contrario. Esto es todo, señorita Pawlak. La aya le hablará al respecto de los estudios de los niños. Hay cierto asunto del cual los patrones deben hablar directamente con usted, pero ellos mismos se lo informarán cuando sea el momento oportuno. La dejaré sola por ahora. Los niños no tardarán en llegar.

—Gracias, señora Kowalski —murmuré, frunciendo el entrecejo. ¿De qué querrían hablarme mis patrones?

5
Elzbieta y Vladislav

Me di la vuelta para mirar hacia el exterior. El bosque era bello y parecía ser agreste en vez de haber sido cultivado adrede. Una fina niebla se había asentado a la altura de los troncos, dándole a aquella mañana una apariencia hechizada.

—¿Señorita Pawlak?

La voz femenina hizo que girase de nuevo para encarar la puerta. Una mujer robusta de trenzados cabellos oscuros y vestido blanco se había detenido en el umbral. Venía acompañada de quienes deduje serían mis pupilos, una niña de cabellos muy rojos y ojos oscuros, la mayor, y un niño de cabellos negros y ojos azules, el menor. Ambos eran preciosos. La niña llevaba un vestido blanco con muchos vuelos y encajes, y el niño un traje gris oscuro con chaleco a juego, camisa blanca y corbatín.

—La misma —asentí.

La mujer avanzó hacia mí, sonriendo.

—Soy la señora Agoston, la aya de estos niños. Puede llamarme Aida. Estoy segura de que seremos buenas amigas.

Lucía tan franca y tranquila que sentí que mis ojos se aguaban. Me acerqué a ella para saludarla, sonriendo a mi vez.

—Es un placer, Aida. Llámeme Lucyna, por favor.

—Bienvenida sea. No sabe con cuánto entusiasmo esperaba su llegada. Los niños desesperan un poco sin los estudios y ya me hacía falta la compañía. Estos son los señoritos Domány-Nádasdy, Elzbieta y Vladislav. Señoritos, esta es su nueva institutriz, Lucyna Pawlak.

La niña me miró de arriba abajo con semblante serio y dijo:

—Es guapa. Espero que sea más astuta que nuestra institutriz anterior.

—Yo espero que sea menos tediosa —dijo el niño, entrecerrando los ojos.

Así que mis nuevos pupilos eran dos pequeños tiranos habituados a hacer lo que deseaban con sus institutrices. Era evidente que pretendían tasar mis fuerzas y desafiar mi autoridad desde el inicio para quebrantarme antes de que yo pudiese establecer algún tipo de orden. Por fortuna, tenía un talento innato para fingir ecuanimidad aunque estuviese alterada o me sintiese amenazada. Tendría que ser rápida y no permitir que mis emociones me delatasen. Que aquellos niños hubiesen sido criados para actuar como si estuviesen dotados de virtudes deíficas por haber nacido en el seno de una familia rica y noble no me sorprendía ni amedrentaba, y esto se lo debía en gran parte a mi alineamiento filosófico. Para cuando había alcanzado la adolescencia, ya era enteramente inmune a aquellas nociones obsoletas: puesto que todo nacimiento es aleatorio y por ende carente de cualquier mérito, y dado que jamás había sido yo persona que aplaudiese condiciones que se reducían a la suerte, tampoco me sentía inclinada a rendir pleitesía a nadie cuyos actos o intelecto no fuesen dignos de admirar. De hecho, las personas que habían obtenido ciertas distinciones por medio del nacimiento no me inspiraban respeto, sino más bien lo contrario. En los cuentos de hadas, siempre estaba del lado del bufón que se burlaba del rey sin que el último se diese cuenta, y era esto lo que pretendía hacer con aquellos chiquillos a mi cargo. Los miré a ambos por turnos sin expresar ningún temor. Sus rostros revelaban que acostumbraban tratar a sus congéneres con desdén, pero en mi fuero interno ya me había preparado para tal eventualidad. Además, eran muy chicos aún y yo tenía amplia experiencia con jovenzuelos de diversos temperamentos. No pude evitar sonreír con cierta maldad para mis adentros.

—Buenos días, señoritos —dije, arqueando una ceja—. Me complace que se sientan esperanzados el día de hoy. Suelo ser estricta, así que no tendrán tiempo para el tedio. Si se rezagan, no me decepcionarán a mí sino a sus parientes, y quizá incluso a ustedes mismos. Sería una lástima que unos jóvenes de noble cuna demostraran ser menos inteligentes que yo —agregué, segura de que no detectarían mi sarcasmo—. Ya tendré ocasión de medir sus habilidades con propiedad.

Ambos lucían atónitos. El niño abrió los ojos tanto que creí que se saldrían de sus cuencas. La niña, por su parte, abrió la boca como para hablar, pero no produjo ninguna respuesta. Supe que nadie les había hablado así, lo cual me convenía, pues no se lo esperaban.

—Vamos a la mesa —dijo la aya. Me dio la impresión de que había aprobado mi pequeña diatriba con la intención de manipular a los chicos para que no se comportasen como un par de demonios.

Elzbieta ocupó una cabecera y Vladislav la otra. La aya tomó asiento en uno de los puestos centrales y yo me senté en el puesto vacante.

Los niños descubrieron sus fuentes de plata y después de esto la aya y yo hicimos igual con las nuestras. La mía contenía dos huevos duros y chałka, un panecillo trenzado cremoso. Una taza de bawarka, té con leche al estilo de Baviera, como lo llamábamos en Polonia, era mi bebida. El desayuno de la aya era similar al mío. Sin embargo, los niños no tenían tazas sino copas de plata, y cuando el chico elevó el primer bocado con su tenedor, me pareció observar que se trataba de carne aún sangrienta. Aquello hizo que recordase mi sueño, y me sentí profundamente perturbada. Aparté la mirada y procuré concentrarme en mi desayuno, pensando en qué decir a Aida de modo que los niños escucharan y así presionarlos más. Necesitaba tener el poder en el aula y fuera de ella así este fuese ilusorio, de lo contrario mi estadía en el castillo sería un infierno.

—¿Qué puede contarme de los señoritos, Aida? —inquirí como si no estuviesen presentes—. ¿Dominan ya a la perfección el francés y el latín? ¿O sería prematuro aún para sus parientes presentarlos en sociedad, so pena de pasar una vergüenza?

Miré a Elzbieta de reojo y noté que su rostro se teñía de rojo. No lucía indignada sino nerviosa.

Excelente, me dije. Ahora conocía una de sus debilidades.

Vladislav, por su parte, estaba muy entusiasmado tomando cucharadas de la salsa de su desayuno como para prestar atención a mis palabras.

—Lo cierto es que no lo sé, Lucyna, pues no domino ninguna de las dos lenguas —dijo Aida—. Soy húngara y solo hablo mi lengua y el polaco.

—Comprendo —dije—. En nuestro caso, como servidumbre, una lengua basta y sobra. Sin embargo… —agregué, deteniéndome a mirar con intención de juicio a mis pupilos—, un noble que a duras penas domine la lengua del país que habita será el hazmerreír en los círculos de importancia. Por suerte, estoy para corregir tal posibilidad antes de que se convierta en realidad. ¿Cuál es el más listo de los dos?

En ese instante, tanto Elzbieta como Vladislav exclamaron:

—¡Yo lo soy!

Elevé el mentón para echarles una fugaz ojeada dubitativa.

—Eso ya lo veremos —dije—. Sus rostros no me permiten conjeturar si son capaces de contar manzanas, menos aún el dinero que heredarán en su momento, ni el que quizás ya hayan heredado. Cuán triste es que contadores poco honorables logren hurtar fortunas enteras cuando los señores son incapaces de sumar y sustraer como se debe. Algo que todo mercante sabe hacer de manera automática, por cierto.

—¡Lo mataría! —dijo Vladislav, clavando su cuchillo en el trozo de carne que aún le quedaba. Sus ojos color azul cobalto brillaron con ira.

—¿A quién? —pregunté, sobresaltada.

—A… quien intentase tomar lo que me pertenece —dijo el niño con voz queda.

—Espero que para entonces su destreza con la espada sea equiparable a la de los vaivodas del pasado, señorito Domány-Nádasdy, pues los príncipes y nobles de la actualidad, según se dice, son hombres perezosos que no logran defenderse ni dar alcance a sus enemigos. ¿Recibe usted una digna instrucción como espadachín en la actualidad? —inquirí, sofocando mi propia risa.

El niño palideció. Su ira parecía haberse esfumado.

—No —murmuró.

—Entonces —dije—, si usted me lo permite, haré cuanto sea posible por ayudarle a que su inteligencia brille en caso de que sus fuerzas no alcancen su máximo potencial. Así podrá usted, al menos, superar a sus enemigos en un aspecto fundamental. La estrategia es tan importante como lo son el vigor y la técnica de batalla.

—Mi hermano y yo estaremos a salvo. Nuestra familia es muy poderosa —dijo Elzbieta, quien parecía querer convencerse a sí misma de lo que afirmaba.

—Eso no lo dudo —comenté tras masticar un trozo de pan—. Y, sin embargo, la existencia puede ser cruel hasta con los más poderosos. Un día el rey está en la gloria. Al siguiente, una guillotina cercena su cuello. Nadie está exento de calamidades.

La niña dejó caer su tenedor. Lucía espantada. El semblante de Vladislav se había ensombrecido y Aida parecía tensa. No creía yo que aquellas criaturas arrogantes fuesen demasiado tiernas en el fondo, por lo cual me dije que su reacción debía deberse a otro motivo.

—¿Se encuentran bien, señoritos? —inquirí, preguntándome si me habría excedido—. Es necesario que les enseñe todo lo ocurrido durante la Revolución francesa.

Algunos segundos de silencio pasaron mientras yo miraba a mis tres acompañantes a la espera de una respuesta.

—Nuestros padres fueron decapitados —dijo al fin Elzbieta, sus ojos oscuros acuosos.

Fui yo quien casi derramo mi té sobre mis faldas. Hice uso de toda mi voluntad para recobrar mi compostura, y entonces, al recordar mi entrevista con Baltasar Domány-Nádasdy, fruncí el ceño.

—Creí haber entendido que sus señores padres enfermaron, señoritos —dije, tragando en seco. ¿Era acaso aquella una broma de mal gusto por parte de los chiquillos con la complicidad de la aya?

—Descuide, Lucyna —dijo Aida—. No tenía usted cómo adivinarlo. No hay temas vetados para los niños. Los señores insisten en que conozcan el mundo con la crudeza que se requiere para serle fiel a la realidad. De hecho, esto es algo que yo debía especificarle a usted tras el desayuno en cuanto a los estudios de historia.

Asentí con sumo desconcierto, sin atreverme a hablar aún. ¿Era aquella historia cierta? ¿Decapitados? ¿Cómo era posible?

—La señora Agoston dice la verdad —intervino la niña con voz un tanto quebradiza—. Podemos hablar de decapitaciones y guerras, señorita Pawlak. Nuestro tío Baltasar dice que es necesario que afrontemos la verdad. Mis padres fueron decapitados por él. Aún lo llama un acto de misericordia. No nos está permitido llorar al respecto.

Aida asintió a modo de confirmación y mi corazón dio un vuelco en mi pecho.

—Nuestra familia es… especial —dijo Vladislav, mirando su plato.

—¡Nuestra familia está maldita! —contestó la niña con voz trémula de cólera, golpeando la mesa con las manos empuñadas—. Por eso tenemos que ser más fuertes que los demás.

—¿A qué se refieren? —inquirí con un hilo de voz. Me horrorizaba que mi patrón hubiese decapitado a su propia hermana y no les permitiese a aquellos niños siquiera llorar la muerte de sus padres. ¿Dónde me había metido? Estaba aterrada.

—Señoritos, por favor—dijo Aida, quien parecía muy serena—. Lucyna, nuestro patrón le explicará lo que deba saber acerca de la defunción de los padres de los señoritos con la madurez y sabiduría necesarias. Quizás no creyó que el tema surgiría tan pronto, pero le garantizo que tampoco es un secreto en el castillo. Verá usted, la condición de los señores era digna de compasión e irreversible. La única forma de poner fin a su dolor fue la medida mencionada. No puede haber sido fácil para el señor Baltasar.

—Ya lo creo que sí fue fácil —murmuró Elzbieta como para sí.

A pesar de la observación de la niña y el barbarismo del método empleado para poner fin a la enfermedad de los difuntos señores, la vaga explicación de la aya logró que hiciese un esfuerzo por tranquilizarme y no huir despavorida antes de intentar esclarecer el asunto. Si mi patrón estaba dispuesto a explicar aquel episodio a sus empleados, yo sin duda quería escucharlo. Por otra parte, recordé haber conocido enfermos incurables en el campo cuyo sufrimiento era desgarrador, tanto que sus llantos y quejidos se escuchaban desde nuestra casa día y noche, en ocasiones durante meses. Los médicos los habían desahuciado y nadie los había ayudado a morir más pronto. Aunque comprendía que nadie tuviese el corazón de hacer algo semejante con sus seres queridos, quizás, a su modo, haber dado muerte a los padres de mis pupilos hubiese sido un acto de gran valentía por parte de mi patrón.

—Da igual, ya está hecho —dijo Vladislav.

Sentí mucha pena por aquellos niños. Me recordé, aun así, que no podía ser flexible con su impertinencia si quería hacerme respetar.

—Lamento su pérdida, señoritos —dije, poniendo mi servilleta sobre la mesa al ver que todos habíamos terminado de consumir nuestros alimentos—. ¿Podemos pasar al salón de estudios, Aida?

—Por supuesto —dijo esta, y se puso de pie. Los niños y yo la imitamos, siguiéndola fuera del comedor. Al pasar por la cabecera que había ocupado Elzbieta, comprobé que su desayuno había consistido en carne prácticamente cruda o cruda en su totalidad: algunos trocitos aún reposaban inmersos en sangre en el fondo de la fuente de plata. Me estremecí de nuevo, preguntándome cómo había anticipado la realidad de modo tan puntual en mi sueño.

6
La muerte y el amor

Ascendimos a la segunda planta por medio de las mismas escaleras que el ama de llaves y yo habíamos usado para descender. La aya empujó un portón a medio abrir y nos hallamos en un corredor similar a los anteriores, totalmente oscuro y de piedra. La aya abrió entonces la primera puerta a nuestra derecha, que no estaba cerrada con llave, y nosotros la seguimos. Aquella era una habitación hermosa que contaba con una gran mesa cuadrada y cuatro sillas de apariencia cómoda. Así como en el comedor, la chimenea había sido encendida previamente. Era fascinante cómo el personal se anticipaba a la presencia de los habitantes del castillo en esta o aquella habitación, acondicionándola para que la temperatura resultase agradable. La señora Agoston depositó su lámpara sobre la mesa y procedió a abrir las cortinas, que eran color borgoña, y los velos blancos del fondo. La vista desde allí era hermosa, pues no solo se apreciaba el mismo bosque que crecía entre las murallas, sino el que se extendía más allá, sobre la montaña descendente. La niebla se deslizaba entre las ramas de los árboles y luego se fundía con el horizonte, enfatizando el aislamiento en el que nos hallábamos. Sobre ella, el cielo gris centelleaba. Parecía que fuese a llover.

Sobre la mesa había tres pequeñas pizarras, tiza, varios cuadernos, tres tinteros, plumas para escribir y algunos libros empastados en cuero rojo, verde, marrón o azul. En su centro se erigía una lámpara de aceite más grande que las que usualmente portábamos con nosotros. La aya la encendió. Aquella tenía una base de hierro forjado y una pantalla de pálido cristal amarillo que daba una bella luz, suficiente para iluminar los libros y cuadernos en una habitación tan oscura. Los niños tomaron asiento sin que nadie se los pidiese, lo cual me procuró cierto alivio. Por algún motivo no eran completamente rebeldes; quizás porque así lo exigían sus parientes mayores.

—Ambos van a la par en cuestiones de enseñanza —dijo la señora Agoston—. Así, pues, puede impartirles la misma lección. Los libros están marcados en el punto alcanzado durante su última lección en cada asignatura respectiva. En cuanto a la biblioteca —dijo, dirigiéndose a una puerta ubicada en el muro derecho de la habitación, asiendo el picaporte y abriéndola—, se encuentra aquí

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