La isla del tesoro

Robert Louis Stevenson
Shia Green

Fragmento

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Cubierta Un día, mientras yo preparaba la mesa del desayuno para el capitán, se abrió la puerta de la sala y entró un individuo de piel muy pálida, a quien le faltaban dos dedos de la mano izquierda.

—Ven aquí, hijo, acércate. ¿Estás preparando esa mesa para mi buen amigo Bill? —me preguntó.

Le dije que no sabía quién era su amigo Bill, que la mesa era para una persona a quien llamábamos capitán.

—Sí, sí —dijo—, seguro que es él. Tiene una cicatriz en la mejilla. ¡Ah! Menuda sorpresa le vamos a dar —aseguró.

El desconocido me agarró y nos escondimos en un rincón. De ese modo, la puerta nos ocultaría al abrirse. Por fin entró el capitán, cerró de un portazo y cruzó la sala en línea recta hacia la mesa.

—Bill… —gritó el desconocido.

El capitán se volvió en redondo y se quedó frente a nosotros. Parecía que acababa de ver un fantasma.

—¡Perro Negro! —exclamó sorprendido.

—¿Quién si no? —contestó el otro—. El mismo Perro Negro de siempre, que ha venido a ver a su antiguo compañero, Billy Bones.

«¿Así que ese es el verdadero nombre del capitán?», pensé para mí.

Se sentaron, cada uno a un lado de la mesa. Los dejé allí y me dirigí a la otra sala. Hice todo lo posible por escuchar su conversación, pero durante mucho tiempo solo me llegaron algunos murmullos.

Después, las voces subieron de tono y, de repente, un estruendo llenó el local. Se oían caer sillas y volcar mesas entre ruido de sables. Al momento vi a Perro Negro, que huía presuroso, sin mirar hacia atrás. El capitán, por su parte, se desplomó en el suelo.

Fue un verdadero alivio que al abrirse de nuevo la puerta apareciera el doctor Livesey.

—¡Doctor, doctor! —grité—. No sé qué tiene. ¡Está herido!

—¿Herido? Ni soñarlo —aseguró el doctor—. Ha sufrido un ataque al corazón.

El doctor le administró medicinas y luego, con mucho esfuerzo, nos las arreglamos para llevarlo al dormitorio y tumbarlo en la cama.

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Durante los días siguientes estuve demasiado ocupado atendiendo en la posada, aunque comprobé que el capitán se recuperaba y volvía a sus antiguas costumbres. Una tarde, a las tres, me encontraba yo junto a la puerta cuando vi que un ciego se acercaba muy despacio por el camino. Tenía joroba y llevaba una gran capa de marinero con capucha. Nunca había visto a nadie con un aspecto tan horrible. Se detuvo

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